El tiempo raro. Cuatro semanas de confinamiento

Desde el 12 de marzo, cuando me despedí de la normalidad que marca la jornada laboral y empecé a teletrabajar, los tiempos siguieron siendo forzados. Mientras las redes se llenaban con opciones para no aburrirse, mis tareas se multiplicaban, ensanchadas por la complejidad de las videoconferencias, las llamadas en paralelo, las decisiones de correos asincrónicos… Por eso, estaba deseando que llegaran estas extrañas vacaciones de Semana Santa.

La pausa vacacional ha traído más horas de descanso. Por fin he podido habitar este tiempo raro que otros comentaban desde hace semanas, donde las horas se suceden sin que tengamos sensación de prisa. Aunque seguramente, comparto con muchos la noción de pérdida, incluida la del tiempo que se escapa entre dimensiones nuevas. En ese imaginario perpetuo en el que deseábamos más tiempo para leer y escribir, estas vacaciones arrojan también un saldo negativo. Pero estos días no son normales y nosotros no somos los mismos. Así que voy aprendiendo a no exigirme demasiado, a consolarme cuando decaen las fuerzas, a gestionar la falta de abrazos acariciando a Fénix que, como todos los gatos domésticos, no entiende qué hago tanto tiempo en casa y aspira a ocuparlo todo.

En este confinamiento, el vínculo social y el afecto está ligado a las máquinas que nos acercan las voces y los cuerpos que extrañamos. Pero esos cacharros no nos pueden abrazar, al igual que las fotos de otras vacaciones y sus paisajes no son consuelo ante la visión de las calles vacías y silenciosas donde a lo sumo vemos a alguien con su perro o la bolsa de la compra. Entre tanto, parece que empieza a haber más mascarillas y cada vez cuesta más ver una boca, aunque tampoco nos importa demasiado porque, en los últimas semanas, hemos aprendido que podían suponer una amenaza. No sabemos quién sonríe tras una mascarilla, ni quien aprieta los labios para restablecer sus fuezas.

También nos han ido llegando malas noticias. Conocidos, antiguos compañeros de trabajo, familiares y amigos de amigos… que se están yendo sin que podamos acompañar a quienes necesitan ser acompañados. Todas las pérdidas de estos días son a la vez distantes e íntimas, quizás por eso perder a Aute nos rompiera aún más por dentro. Escuchar sus canciones llenas de caricia, ternura y afecto, en un tiempo que lo ha prohibido casi todo, era vernos ante el espejo de su voz imposiblemente viva y de ¡ay!, reconocer “qué terriblemente absurdo es estar vivo” sin las experiencias y las personas que nos hacen latir.

Quién nos iba a decir que iba a pesar tanto el silencio. Cómo íbamos a imaginar que conoceríamos a los vecinos de los bloques próximos en una cita de balcones en la que a veces cuesta mantener las lágrimas a raya. Cómo hubiéramos creído que bajar la basura sería una de las pocas opciones para respirar un aire renovado y fresco distinto al de casa.

Todas las respuestas nos conducen a un tiempo extraño que no olvidaremos, un tiempo en el que, salvo programar llamadas y reuniones virtuales, hemos dejado de hacer planes. Se han esfumado varios cumpleaños que no hemos podido celebrar, las entradas de varios espectáculos y la reserva de alguna escapada. Igual que se nos ha ido la Semana Santa sin procesiones ni saetas, tampoco nos atrevemos a perfilar el verano ni el primer día en el que podremos abrazar a las personas que queremos o dar un paseo sin rumbo por el parque más grande y próximo que esté a nuestro alcance. Y en un susurro, como sin querer molestar, nos preguntamos cuándo será posible, mientras las brutales cifras del día a día se empeñan en retrasar una normalidad inalcanzable.

En unas horas habrán concluido las vacaciones. Los libros por leer, los textos por escribir serán historia. Otra oportunidad perdida. Las páginas de mi diario explicarán la falta de inspiración y concentración, lo rara también y esquiva que se ha vuelto la palabra. Mientras asumo que ciertos párrafos y versos serán imposibles, me consuelo con las ramas verdes que han crecido en los árboles que alcanzo a ver desde mi ventana.

Fuera de nuestros tabiques, la primavera avanza agradecida por la lluvia y los bosques se extrañan de nuestra ausencia y quizás la bendigan. Algunos, por primera vez, desean abrazar un árbol y otros, confiamos en ese reencuentro sanador. Estamos echando de menos los abrazos de las personas que queremos tanto como pasear por la naturaleza, entre su sombra y sus flores, en su arrullo de ramas nuevas.

Muchos intuyen que saldremos distintos de esta pandemia. Ojalá lo hagamos siendo más conscientes de lo que nos cura y nos perjudica. Ojalá lleguemos a tiempo a una primavera personal en la que seamos capaces de aprender de otras especies que en la resistencia, la resiliencia, se hacen más fuertes y más bellas.

Celebrar la primavera y la poesía a pesar del coronavirus

Miro el calendario y me recuerda que hoy es 21 de marzo. Estos días de desconcierto tengo que recurrir más de lo habitual a esa cuadricula organizada. El confinamiento forzoso al que nos ha obligado la lucha contra el Covid-19 ha triturado nuestra rutina. Los lunes tienen la misma dimensión del jueves o del resto de días laborables. ¿Qué día es hoy?

Se mantienen y, en mi caso, se amplían las horas de trabajo, convertidas en tiempo a destajo sin café compartido ni charla banal frente al microondas de la oficina. Sin embargo, ha desaparecido todo lo demás: la rutina de caminar, los abrazos de las personas queridas, poder tocar y ver a otros, aplazar ir a algún sitio por cansancio, acudir a mis queridos cines de la calle Martín de los Heros, compartir una caña con el bullicio del bar de fondo, tocar nuevos títulos en las librería que son segunda casa…

Hoy que es sábado podía haber dormido algo más, pero a las 7 de la mañana he abierto los ojos que también se han debido despistar con tantos días de encierro. El calendario me pide que celebre la poesía, ya que ayer pasé de largo ante el inicio de la primavera. Os confieso que estoy abatida y que me cuesta. Que me he puesto a escribir estas líneas como quien afronta un desafío con el que conjurar las lágrimas, la incertidumbre de este tiempo difícil y dolorosamente prorrogable.

Madrid ha amanecido muy gris. Por mis ventanas, que se han hecho cuerpo para acompañar este tiempo de contacto humano restringido, cuesta también encontrar la alegría. El silencio sigue marcando el tono de las calles y quienes pasean a sus perros o hacen cola en la puerta de la farmacia o caminan con las bolsas de la compra, llevan el peso de la lluvia como una carga adicional. Nos hace mucha falta la lluvia, pero hoy da la impresión de que Madrid llora con nosotros. No es la primera vez. Recuerdo aquella manifestación tremenda después de los atentados del 11-M. Acabamos calados hasta los huesos, por dentro y por fuera, manojos de llanto y lluvia.

Igual que entonces, tarde o temprano, esta ciudad que me vio nacer, que amo tanto y a veces odio, renacerá de nuevo, junto a la mayoría de nosotros, con el recuerdo de las pérdidas que conoceremos más o menos cercanas. En medio de este silencio que solo rompen los pájaros también ponemos el miedo en cuarentena. Nos quedamos en casa porque es nuestro deber y porque la calle es un lugar inhóspito donde deambulan seres con mascarilla y ojos asustados que hacen de espejo.

Quería escribir algo más alegre pero no me sale. Quizás porque es el Día de la Poesía y hoy, más que nunca, ella tiene todo el derecho a dictarme las palabras. La poesía es así: sale sola o no sale, te obliga, se impone. Si es de verdad, no se deja llevar por la alegría que no tienes. Pero como es compasiva y siempre fue consuelo, también permite versos abiertos a la esperanza, tan necesaria.

Como os decía, hoy no surgen versos nuevos con los que pueda alentaros, pero puedo volver a mi libro De paso por los días, y buscar un poema de su primavera, donde aleteen los impulsos de la savia que se abre camino incluso en esta horas castigadas. Confío en que tendremos oportunidad de volver a celebrar la caricia y el beso, de compartir poesía en lecturas con público cómplice, de disfrutar la vitalidad de nuestras calles. ¡Salud y poesía, más que nunca!

SORPRESA

La ciudad se sacudió

el frío y la lluvia.

Desterró el gris.

Palabras y brazos

tomaron las acercas.

La ciudad despertó.

De paso por los días. (Bartleby Editores, 2016)

11 de marzo: Homenaje

Desde 2004, el 11 de marzo no ha sido nunca más un día más. Desde entonces es un día orlado de luto en la memoria de muchos, entre los que me cuento.

Aquel día no perdí a nadie directo, a ningún familiar ni ningún conocido por aquel entonces… Pero los años y las circunstancias, el mundo grande que a veces se toca en tres pasos, sí me ha puesto en contacto con personas que no tuvieron esa fortuna. He llorado con ellos. He rozado su dolor sin consuelo. Siguen muy presentes, aunque tal vez ellos no lo sepan. Y hoy, están más que nunca.

Sentí aquel día y los sucesivos una herida difícil de explicar con palabras, un dolor que se renueva de alguna forma en cada aniversario.

Curiosamente, el de este año, con menos boato ceremonial, con menos actos protocolarios ante la crisis del coronavirus, me ha traído muchos recuerdos de aquel día. Porque hoy Madrid, como entonces, también respira y se mueve distinto, aunque por otros motivos.

Igual que en 2004, puro azar, yo he tenido que acudir a una cita médica y he atravesado calles más vacías de lo habitual, menos ruidosas, más latentes y en espera. Avenidas y medios de transporte donde la gente camina gestionando el miedo y la angustia, el no saber qué ocurrirá mañana ni cómo se alterará nuestro amanecer.

Hoy, igual que entonces, somos muy conscientes de nuestra fragilidad, recordamos que somos vulnerables. Y lo que parece obvio se agiganta ante nosotros porque, en lo cotidiano de los días normales, tendemos a olvidar que un instante azaroso puede transformarlo todo y derrumbar la ficción de control que hemos asumido.

El poema de hoy (que no recuerdo cuántos años tiene), se titula HOMENAJE, y está dedicado a las víctimas de aquel 11 de marzo que me sigue dando punzadas. Lo acompaña una fotografía del Bosque del Recuerdo. Curiosamente, la hice en color… pero las nubes y la tristeza de esos árboles la convirtieron en una fotografía tomada en blanco y negro.

Va por ellos, por los que se fueron y los que están con nosotros.

Homenaje

Todo el silencio es el sonido de aquellos días,
pesado y negro como el duelo.

Toda la lluvia es el rastro de las lágrimas,
un mar azul de llanto y palabra suspendida.

Todos los viajes son el camino de su recuerdo,
pasos distantes de quienes quedamos vivos
para llorar por ellos y abrazar su ausencia.

Todos los despertares son la pregunta
del dolor ante el espejo,
la mano que se extiende y vuela,
acariciando el aire.





Y ahora… ¿qué?

En el mismo momento en el que guardamos los regalos de reyes y nos deshicimos de sus envoltorios, estábamos dando por finalizado el día de la magia y la ilusión colectivas. Con el mordisco al último trozo del roscón, prometimos iniciar la dieta. Y al volver a encender la tele o el ordenador, los mensajes de buenos deseos se habían esfumado. Con la excusa del debate de investidura, la bronca estaba servida no solo en el lamentable espectáculo proporcionado por algunos de aquellos que el protocolo aún llama “señorías”, sino entre las familias y en las redes sociales, en las barras de los bares y en las pintadas amenazantes.

Con gesto enfurruñado, el 7 de enero arrancó el calendario real de vuelta a la rutina: levantarse antes del amanecer para afrontar la jornada de cada quien, con sus satisfacciones, sinsabores y un remoto horizonte en cuanto a futuras pausas vacacionales.

Y de golpe, como en otras ocasiones, me interpelaba una frase que el personaje del Joven le dice a la Secretaria en la obra teatral Así que pasen cinco años, de Federico García Lorca. Es casi al principio de la misma. Ella le dice “Adiós”, y él la contesta:

– Adiós… ¿y qué? ¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco? ¿Dónde voy?

(Así que pasen cinco años, Federico García Lorca).

No es que me sepa muchos diálogos ni poemas de memoria, pero interpreté esta obra hace muchísimos años, cuando el teatro era algo que me apasionaba y disfrutaba no solo como espectadora (pasión que mantengo), sino cuando me atrevía a estar sobre el escenario y daba vida, por ejemplo, a aquel personaje de la Secretaria escrito por Lorca. 

Reinterpretando el texto y la escena, sentí que los que se despedían eran 2019 y sus últimos fuegos artificiales, mientras todos nosotros estábamos en la piel de ese personaje que se pregunta, en esa frase magnífica y por eso inolvidable a pesar de los años, qué hacer con el tiempo desconocido que se le venía encima.

Mañana será un lunes incontestable. Un lunes que da pie a una semana completa y sin márgenes. La velocidad habitual, las exigencias, el fin de todas las excusas. Podremos empezar a mirar la lista de nuevos propósitos e  intuir las primeras derrotas. Y lo malo no es, como le ocurre al personaje de García Lorca, que no sepamos qué hacer con el tiempo nuevo que comienza ni dónde ir. Lo peor es que sabemos que volveremos a transitar por lugares y momentos que detestamos. Y somos conscientes de que habría que hacer un esfuerzo gigante para intentar cambiar lo que no nos gusta, al tiempo que reconocemos que no todo está en nuestra mano.

Mientras los medios se hacen eco, con la falta de imaginación de todos los años, de los nuevos clientes de los gimnasios o de los que intentarán dejar de fumar; apenas he leído nada sobre transformaciones más profundas, sobre los propósitos que afectan al alma y al espíritu, al fondo emocional de lo que somos. ¿Cuántos pensamientos negativos hemos logrado desterrar? ¿Cuántas personas tóxicas hemos borrado de nuestra agenda de contactos? ¿Cuántos sapos hemos digerido ya con sabor a turrón de almendras?

Es cierto que en pocos días se me ha olvidado la paz y el propósito firmado junto al lago, pero el lago sigue bien cerca. Es cierto que 2020 ha empezado con malas noticias, con la muerte de la madre de un amigo del alma y el sacrificio de un gato de la familia que está muy enfermito, al que acaricié pocos días antes de Reyes. Pero es pronto para rendirse. Aunque el mundo no gire en el mejor de los sentidos posibles y la rutina nos haya golpeado con sus primeras certezas, quedan muchos días por delante.

Así que ante la pregunta del Joven, “¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco?”, la respuesta ha de ser tozuda. Seguir peleando, seguir intentando las metas y los deseos que nos animaban en el primer brindis de 2020. Cambiar lo que no nos gusta y mejorar en primera persona para que sea más fácil levantarse cuando aún no ha amanecido.

Feliz 2020

Como cada 31 de diciembre, comparto mis mejores deseos con las personas que acompañáis este camino que es la vida. Si bien es cierto que la campanada que marca un cambio de calendario no cambia nada, sigo confiando en que este momento simbólico sea un punto de inflexión para los buenos propósitos y la renovación de los sueños.

El cambio de año es ideal para hacer balance, agradecer lo recibido, reflexionar sobre los aprendizajes y empezar a pergeñar los retos del nuevo año, al que habrá que pedir que sea propicio en la salud, las sorpresas y el desarrollo de viejos y nuevos proyectos. Los meses irán dando y quitando, como siempre, y hará falta ser más sabios que el año anterior para no volver a tropezar en los mismos sitios y aprovechar mejor los momentos de afecto y vínculo, de ilusión y sonrisa, para que duren, perduren y nos nutran tanto como sea posible.

Junto a estas líneas comparto una fotografía tomada en 2019. Es cierto que, por primera vez, he estado tentada de volver a felicitaros con Fénix, pero él fue el protagonista del mensaje de 2019. Y aunque se merecería volver a serlo, porque ha sido amuleto y refugio en muchos momentos de este año que termina, no he querido repetirme.

Es cierto que desde que Fénix llegó a mi vida hay menos oportunidades de viajar y compartir lugares lejanos, pero esa circunstancia también me ha servido para apreciar mejor la belleza de lo próximo. Esta imagen captó un instante del atardecer junto al Lago de La Casa de Campo de Madrid. A veces se nos olvida lo que tenemos al alcance, lugares que permiten encontrar la calma y la magia, una superficie de agua donde las aves buscan refugio y la naturaleza regala paz y silencio.

En estas horas crepusculares de 2019, ese es mi deseo y mi ofrenda: que en 2020 seamos capaces de disfrutar al máximo con lo que nos rodea, que encontremos un equilibrio razonable en lo cotidiano, que podamos detenernos ante un paisaje que nos proporcione confianza y fuerzas para superar las dificultades, que disfrutemos de la serenidad y las pausas. Y todo ello, rodeados de afecto y cariño, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles. ¡Feliz 2020!

La navidad de cada quien. Celebra la tuya

Rituales

Tras el cristal,

almendras como rocas.

Tras el cristal,

guijarros dulces

para las felices fiestas.

Tras el cristal,

heridas abiertas

en la mirada del hambre.

Tras el cristal,

almíbar entre adornos,

ajonjolí y canela.

Tras el cristal,

promesas

del mejor mañana

roto a mordiscos,

al alba

del año nuevo.

Antecedentes e inspiración

Este poema, que se encuentra en mi libro De paso por los días (Bartleby, 2016), ofrece el ritual correspondiente a la parte dedicada al invierno.

He dudado mucho si subirlo hoy al blog, porque estoy leyendo muchas felicitaciones de navidad, muchos buenos deseos y no quería ser aguafiestas.

Finalmente, he decido publicarlo porque me apetece dar continuidad a la serie de los poemas titulados ‘Rituales’, de la que ya pudisteis leer la versión correspondiente al otoño, y también porque tampoco voy a ser la primera en señalar que estas fechas tienen una tremenda carga de ambivalencia. Gustan y duelen por igual, generan niveles máximos de filias y fobias. Con toda la energía de las luces festivas y los villancicos, nos ofrecen el contraste brutal de la pobreza que nos rodea, que tal vez se hace más evidente o nos golpea más entre los escaparates deslumbrantes y las bolsas que sabemos reconocer cargadas con lo innecesario.

Es cierto que nunca llueve a gusto de todos, pero en cualquier otra fecha uno puede sentirse afortunado o triste sin sentirse interpelado por una marea general que casi obliga a compartir con otros, a sonreír y a brindar. A medida que la navidad se ha hecho más consumo frente a su carga de celebración familiar y rito religioso, los mensajes de falsa alegría disfrazados de espumillón ficticio lo inundan todo y es difícil discrepar o resistirse. Por eso, paseando por la calle el otro día, me detuve a hacer la foto que ilustra estas líneas, porque el espejo roto reflejando un adorno luminoso me pareció una metáfora, una síntesis perfecta de estas fechas.

No obstante, ante el panorama impuesto de felicidad, lo ideal sería que cada uno encontrase el punto de equilibrio personal para disfrutar de estas fechas. Sin olvidar que el mundo sigue hecho un desastre, sin renunciar a que deberíamos contribuir a mejorarlo, sin provocar disgustos ni avivar conflictos familiares, sin contribuir al derroche energético o de materiales, sin darle prioridad a lo superfluo o a lo que nos hace daño. Ser capaces de disfrutar desde lo pequeño y lo íntimo, desde ese espacio que nos permite estar en paz con nosotros mismos y con lo que nos rodea. 

Vida natural más que vegetal

Vida y muerte se tocan en estos arbustos que veo en mi recorrido diario. Plantados en la misma jardinera, coinciden en las horas de sol, las escasas gotas de lluvia y la dosis venenosa de los tubos de escape que alteran la paz de la avenida.

Las plantas secas conviven con las verdes y ambas me interrogan. Será porque hay días en los que a pesar de respirar y desarrollar las tareas que tocan, me siento tan fatigada que cuesta ese pequeño gesto de poner un pie delante de otro, y me reconozco en esas ramas exhaustas. A partir de mi cansancio, quisiera contagiarme de las que permanecen verdes y luchan a pesar de la amenaza, ese color pardo que se ha hecho inesperado vecino.

En la foto como en la realidad, vida y muerte son sombra y contacto. Sin una no existe la otra. Más que entes opuestos son complementarios que se encuentran en un filo azaroso: unas hojas y no otras perdieron la savia, igual que algunos seres llegaron a su final y otros mantienen su aliento.

Me pregunto por las raíces que se ocultan bajo la tierra: si fueron ellas las primeras en sentir la agonía. Me pregunto por el proceso, si todo obedece a un agente externo que fue pulverizando sus hojas, invadiendo todo, o si surgió desde dentro. Me pregunto por cómo dos plantas que están tan juntas no comparten el mismo futuro o si la que permanece verde ya siente miedo y acabará igual.

Desde hace tiempo, gracias en parte a las pistas que va dejando en sus textos el poeta y amigo Gsús Bonilla voy sabiendo más de la vida vegetal. Quizás, quienes amamos por igual las palabras y la botánica deberíamos desterrar la palabra vegetal para ciertos estados clínicos.

Parece que las plantas aprenden, se estresan, anticipan riesgos, reaccionan, se comunican, se reconocen. Solo que los seres con piernas y lenguaje no las entendemos y hemos decidido que son subsidiarias e inferiores. También aunque sabemos que nos proporcionan oxígeno y vida, cada tanto las quemamos por unas monedas o un problema de lindes. Y aún así, nos tenemos como especie evolucionada.

Personalmente, cada vez me hago más preguntas. Quizás sea por el otoño con su decorado de melancolía repartida en las aceras; quizás sea por la vida elegida, con todas sus exigencias por encima de las propias fuerzas. Muchos días me siento más en sintonía con lo animal que con lo humano, y si articulo palabras y escribo es por agarrarme a algo que dote de sentido al calendario.

Escribo árbol y lo imagino, y escribo savia y raíz, y algunas horas cobran más luz. Ante un estanque, en un parque, tras la ventanilla de un tren… toda esa naturaleza me permite conectar con la belleza y la certeza de lo cíclico. Y desde ahí, albergar cierta esperanza. Hay días que se salvan en la caricia de un gato y en la contemplación de un paisaje, a pesar del daño y la fatiga.  

Día de las librerías

Si este año las librerías están de fiesta el 8 de noviembre, me sumo encantada para celebrarlas por cuanto nos ofrecen de magia, complicidad y aventura.

Para mí, entrar en la mayoría de las librerías es una verdadera tentación, una experiencia que no se da en el resto de comercios.

A la librería voy a mirar y a tocar, a hablar con los libreros, a que me recomienden y a dejar vagar mis ojos por portadas y páginas que quieren atrapar mi atención. Muchos libros lo logran, la voz melodiosa del librero también lo hace. Si es buen profesional, habrá reconocido el brillo en mis ojos y empezará a desplegar novedades y libros preciosos que se editaron hace tiempo, de esos que alguna vez se nos escaparon sin ser vistos.

Es entonces cuando me bajo precipitadamente del mundo de las letras y de su motor de utopía, y busco un punto de apoyo en el rincón oscuro de la contabilidad y el sentido común, para fijarme un presupuesto del que no desviarme demasiado. Afortunadamente, casi siempre hay un roto para un descosido. Y así surge un libro al paso, que acaba por venirse con nosotros… Si el presupuesto es menguante, la segunda mano y los libros de bolsillo son una fiesta, igual que los saldos que muchas veces me han dado alegrías inesperadas.

El día del libro y el día de las librerías

Para alguien que nació un 23 de abril, el día del libro no se olvida. Es más, ese azar maravilloso ha funcionado como imán. Desde el año 1988, cuando se instituyó como tal, ¿qué me iban a regalar los más perezosos o los amantes de los descuentos o los menos imaginativos? Tal vez al principio fuera así, pero lo cierto es que siempre he pedido y agradecido libros para celebrar la vida. Y casi siempre, aunque lluevan libros, yo misma entro de hurtadillas en alguna librería y me hago mi regalo. Ese capricho secreto que tiene el olor de la tinta y el papel, aunque para mí es el sabor de un chocolate o una galleta deliciosamente escondidos al fondo de la caja.

El día de las librerías no cuenta con tanta tradición. Este año estamos ante la novena edición, convocada por CEGAL, la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, que reúne a 1.600 librerías en toda España. Parece que la fecha cambia cada año, que se busca un viernes próximo al inicio de la campaña de navidad para recordarnos que las librerías están ahí.

En la misma batalla que afronta todo el comercio de proximidad de nuestras ciudades, las librerías ven caer sus ventas año a año y algunas bajan sus cierres de forma definitiva en silencio, dejando un barrio más huérfano o una calle más desamparada.

Cegal subraya en su convocatoria de este año que las librerías “no sólo actúan como centros de dinamización cultural sino que son espacios imprescindibles para la creación de comunidad”. Y reivindican “el trato familiar, cercano y afectuoso que ofrecen las librerías frente a la frialdad y la impersonalidad que imponen las multinacionales de venta online, poniendo en valor los vínculos que florecen entre los libreros y libreras y sus lectores”.

Estoy completamente de acuerdo. En las librerías intercambio euros por libros, pero también conversación, besos y abrazos. En muchas de ellas, cruzar su umbral es sentirte en casa de un conocido, un pariente queridísimo al que, por las circunstancias de la vida, no vemos tanto como nos gustaría. A veces voy a comprar y otras a saludar, a la presentación del libro de alguien a quien conozco y admiro, ya sea porque forme parte del ámbito de personas próximas o bien, de ese elenco de autores a los que me sigo acercando con torpeza y timidez como mera aprendiz. En los últimos años, he tenido el placer de ir también a leer mis propios textos y ver mi libro en los estantes que siempre me parecieron destinados a la obra de los demás. Son pequeños pasos que me demuestran que a veces, se cumplen los sueños, aunque sean de papel.

Algunas de mis librerías favoritas

En el día de las librerías, se me hace raro no citar algunas de mis favoritas… pero sé que corro el riesgo de olvidarme de algún nombre fundamental. Llevo desde ayer anotándolas, en un intento de que el cansancio no me lleve al desliz, y ante la lista que tengo ante los ojos, también me pregunto por cómo ordenarlas. Podría optar por un orden cronológico, citando las librerías de la infancia y la juventud, en su mayoría cerradas. Podría recorrer las que visité en viajes por España y por el extranjero, que fueron dejando huellas y recuerdos. Podría concluir con aquellas que me abrieron sus puertas como autora, que apilaron varios ejemplares de mi libro junto a la caja o, aún más valientes, aquellas donde leí cuando era una poeta inédita. Podría citar las que regentan esos libreros que al llegar me saludan por mi nombre o las que en los últimos  tiempos acogieron los actos que me hicieron salir de casa y disfrutar escuchando a otros. También podrían venir a cuento las librerías de los barrios donde he vivido y se convirtieron en un escaparate cómplice y amable cercano a casa. Por último, también tengo anotadas las librerías donde he debatido proyectos colectivos o he hecho talleres literarios que han alimentado y siguen alimentando libros futuros.

Son tantas, y es tan tarde para seguir escribiendo… que creo que no voy a hacer distinción porque hoy es el día de todas. Esas pequeñas historias que me han venido a la cabeza son buenas ideas para otros días.

Ahora toca publicar este texto, compartirlo con quien lo quiera leer y salir a la calle a por un libro, porque en la librería del barrio nos están esperando con los brazos abiertos.

Por fin, ¡hola blog!

Arranca mi blog. Inicio algo que no sé a dónde me va a llevar, si cumplirá mis expectativas, si voy a responder con una escritura constante y la inspiración atenta. Tampoco sé si habrá lectores para este espacio que quería poner en marcha de desde hace años.

Los textos anteriores a éste son entradas que ya tenía publicadas en mi perfil de Facebook, las más recientes. Sirven de punto de partida y evitan la sensación de vacío y de todo por hacer. También es cierto que ahora mismo quedan ajustes y libros y poemas por incorporar, pero iré haciendo la tarea poco a poco, entre otras tantas.

Por lo demás, llevo un par de semanas pensando a qué iba a dedicar esta primera entrada. Hacía tiempo que no tardaba tanto en dar con un tema del que escribir. Y no voy a darle más vueltas. Por eso estoy tecleando así, porque escribir y respirar y vivir fueron siempre, para mí, actos involuntarios, casi reflejos.

Tengo esa sensación feliz que me inspiran los cuadernos, las libretas preciosas con las que me voy haciendo. Espacios de escritura tan especiales que, tal vez por eso, siguen sin estrenar. Internet deja menos lugar a los puntos suspensivos o más bien, a los actos suspensos. Si abres la puerta, la abres y lo demás tendrá que fluir con trabajo de escritura y lectura.

Digo en la presentación que este es un espacio de libertad, también de aprendizaje. Mañana comienzo un curso que me ayudará muchísimo y por el camino me acompañarán personas que están dispuestas a ayudarme en la batalla tecnológica.

Cierro estas líneas cayendo en mi propia paradoja: si tanto te gustan las libretas, ¿qué haces en Internet? Sonrío. Son cosas de los tiempos. Y tal vez ha llegado la hora de que las libretas cerradas se abran.

A la feria

Vuelve a Madrid una de las Ferias más bonitas del mundo… y yo tengo la suerte de poder volver al otro lado del mostrador, en la soleada caseta de Bartleby Editores.

No temáis al calor ni al fuego del ángel caído, que no estará muy lejos. Por mi parte, firmo el mismo libro de hace tres años, cuyo influjo y presencia sigo celebrando. 

Tal vez estoy a punto de ser una autora de esas que se quedan ahí, suspendida de un primer libro quizás prometedor; medio maldita en el río de la vida que quita tiempo a la poesía toda. 

Es posible que sea vuestra última oportunidad y si no, tal vez se os ocurra el nombre de alguien a quien pueda gustarle. La tercera opción, la más segura, apunta a que en la caseta 266 habrá novedades interesantes y muchas sonrisas para quienes vengáis a vernos. ¡El 5 de junio os espero/esperamos!

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