Este año distinto ha permitido una escapada a primeros de julio. La planeamos hace tantos meses, que el calor no parecía una amenaza, y mucho menos en el Pirineo oscense, pero, sin duda, ha sido el invitado más incómodo e inesperado de estos días. Jornadas con cuarenta grados y alerta roja que, no obstante, han merecido la pena, por esa distancia que permite cambiar paisaje y paisanaje, rutinas y espacios, ritmos y tareas. Y, sobre todo, colmar los ojos de belleza natural y monumental, de la memoria que surge en la simbiosis de ambas.
Después de atravesar muchos túneles, el asfalto desapareció bajo las ruedas del coche que avanzaba por carreteras sinuosas, mientras la vista se alimentaba de valles arbolados que rodean y abrazan. La misma bienvenida de hace tres años cuando descubrí esta zona de España y quedé fascinada.
Las fotos y los recuerdos de entonces y ahora permitían comparaciones evidentes. Menos gente que en el malaventurado agosto. Más calor, aunque a medida que avanzaba la tarde iba refrescando y la noche exigía una leve colcha. Y más sequía, porque me he asomado a numerosos cauces y barrancos secos, donde solo quedaba el nombre del río, mientras otros como el Ara o el Cinca se podían cruzar a pie, sin mojarse más allá de las rodillas, en las cercanías de Broto o Aínsa. Ciertamente, ganaba el color verde, pero si afinabas la vista, descubrías que incluso el musgo amarilleaba sobre algunas rocas. También nuestros anfitriones nos explicaban que nunca antes se habían visto obligados a regar el jardín o las plantas, que nos confortaban al regresar de la excursión de cada día, desde el pasado mes de mayo.

Contemplar pequeñas cascadas y bosques espléndidos ha sido la mejor cura para estos días de calor extremo. El espejo donde plantearse las preguntas que la humanidad tiene ante sí, mientras nos distraemos con lo primero que pasa, para evitar pensar en unas condiciones climáticas que ponen en riesgo el futuro inmediato de casi todo. Vivimos en un planeta hermoso y con recursos que la codicia desmedida de unos cuantos destroza y compromete. El vuelo de rapaces y golondrinas, la felicidad de las mariposas más grandes y bellas que haya visto nunca en libertad, y el sobresalto ante la aparición de lagartos y lagartijas insistían en preguntarme a dónde vamos cómo especie; tan alzados sobre nuestras dos piernas y gobernados por un ejercicio obsceno del poder, más omnímodo y descontrolado, seguramente, que ninguno antes en la historia.









Fragén fue nuestra casa y nuestro primer y último paisaje de cada día. Una pequeña aldea donde los alojamientos rurales conviven con las prácticas agrícolas y el silencio. Veraneantes y residentes intercambiábamos saludos y algo de charla sobre el calor y las posibilidades de tormenta, mientras buscábamos la sombra de la fuente y la piedra oscura. Desde su punto alto en la montaña, redescubrimos Broto y la cascada de Sorrosal, vistos desde arriba. En los días sucesivos, recorrimos calles limpias y comercios, su ritmo lento; la pausa desértica de las horas de canícula; las aldeas vacías; las persianas hasta abajo y las puertas cerradas; los bares y restaurantes de trato amable, con acento andaluz en muchos casos; el abandono y la ruina de contadas fachadas; los cementerios minúsculos y las iglesias cerradas a cal y canto. Antes de que la memoria confunda las fotografías, anotamos nuestros pasos por Broto, Oto, Sarvise, Boltaña, Aínsa, Fanlo, el cañón de Añísclo y el valle de Vió, Buerba, Roda de Isábena, Torla y el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. También los nombres de Teresa Pamiés (1919-2012), tres décadas de exilio y un libro de regreso, Vacaciones aragonesas (1989); y de Rudolf Wilmes, que en los años treinta del pasado siglo realizó su tesis doctoral sobre la cultura tradicional del valle de Vió.
De todos los templos marcados en el mapa, sólo pudimos visitar el de Roda de Isábena, la primera catedral levantada en la Península Ibérica, la primera sede episcopal hasta que perdió ese rango en favor de Lleida, por el interés de los condes de Ribagorza. La historia política y jurídica mezclada con la belleza de la piedra, del templo y su enclave. Al igual que ocurría entre los valles pirenaicos, la hermosura volvía a ganar la partida. Para mí el templo de Roda de Isábena va a seguir siendo catedral: la primera, románica y singular. Una joya por dentro y fuera que se ha levantado varias veces: tras la reconquista, tras la desamortización de Mendizábal y tras los sucesivos robos patrimoniales de Erik el Belga. Un templo donde la cripta se encuentra abierta bajo el altar mayor porque los constructores se encontraron con roca y eso cambió el plan de la obra. Hace cientos de años, con menos tecnología y más sentido de la trascendencia, parece que supieron buscar el equilibrio y la belleza que conmueven tantos siglos después. Inevitable de nuevo, que vengan a la cabeza ciertos contemporáneos dispuestos a conquistar el espacio o quienes juran sus cargos sobre textos sagrados sin temer a ningún dios, sin respeto a la palabra ni a las vidas ajenas. Junto al altar mayor, se abría una pequeña capilla con pinturas románicas originales. El Pantocrátor; el cielo y el infierno; y San Miguel pesando almas en una balanza que hoy no resistiría la carga de tanta maldad. A los pies del templo, el coro, donde la luz se filtraba por los huecos de un pequeño rosetón y un órgano guardaba silencio, esperando volver a lucirse en el próximo concierto. En un lateral, el claustro, recordando oraciones y plegarias. De nuevo, la maravilla y la esperanza como guía y propósito.




Al viajar, no sólo nos alejamos de los lugares y hábitos cotidianos, también nos encontramos con nosotros mismos. Sobre todo, si, como en este caso, el lugar elegido invita al silencio, a contemplar una grandiosidad que nos confronta con nuestro lugar en el mundo, como parte de la especie más dañina y también más creativa sobre la tierra. En medio de esos parajes tan armónicos y a la vez tan tensionados por un calor dolorosamente nuevo, cuesta entender la dinámica de estos tiempos condenados al abismo de una contradictoria inacción.
Nuestro móvil nos permite hacer videos y fotografías magníficas, y seguir comunicados con las personas queridas o avisar de una emergencia. Simultáneamente, nos conecta con medios de comunicación y redes sociales que actualizan los recuentos de la desgracia, en gran medida evitable, que no cesa. Las hectáreas calcinadas de este verano (que a mediados de julio ya son más del doble que el terrible 2025), junto a las personas que han perdido la vida y sus vidas, por la falta de políticas adecuadas y una buena gestión de los recursos comunes. Y, por supuesto, los asesinatos de los más débiles, esquinados en los márgenes, pero publicados en estos días de cifras tristes y redondas: los 1.100 palestinos muertos y la crisis humanitaria de Gaza, tras nueve meses de falsa tregua; los 1.000 días de genocidio denunciados por CEAR.
Tenemos los conocimientos y la tecnología, supongo que nos falta humanidad y fraternidad, humildad y generosidad. Por eso necesitamos los bosques, para recordarnos que junto al árbol podremos seguir respirando. De paso, para medir nuestra altura, real y moral.
Posdata: Concluí este texto ayer, 15 de julio de 2026, y hoy el periódico informa de un incendio en Ordesa y Monte Perdido. El calor, la tormenta eléctrica, los rayos… Ojalá puedan extinguirlo cuanto antes. Antes de que estas fotos y mis recuerdos sean pura ceniza.








































