El lunes 16 de febrero volví a Enclave de Libros para conocer en persona y escuchar a Esperanza Ortega (Palencia, 1953), quien tras veinte años sin publicar un nuevo libro de poesía presentaba Los versos de mi amiga, editado en la Colección Esenciales de Galaxia Gutenberg. Ese silencio, que me parecía un principio de revelación y labor bien hecha, estimuló mi curiosidad después de una breve búsqueda por internet.
La librería se llenó hasta los topes, seguramente, por todas las amistades que buscaban el reencuentro, y porque la editorial presentaba la nueva obra como “un libro hospitalario”; en un aquí y ahora en el que necesitamos espacios de cobijo. Jordi Doce explicó que esta colección, que nació con el propósito de dar nueva vida a libros de otros tiempos, se ha abierto también a publicar títulos nuevos de poetas que ya formaban parte del catálogo, señalando que Esperanza Ortega figura en la antología Las ínsulas extrañas. En cuanto al nuevo texto, admitió que ofrecía elementos visibles en libros anteriores, como Mudanza, pero también evolución, al ofrecer una propuesta “más locuaz, más explícita, más discursiva. Aquí hay una apertura nueva, un mostrarse. Y también cierta ligereza en el decir, porque cosas que parecen sencillas no lo son tanto”. A continuación, Óscar Esquivias, insistió en el momento de celebración que suponía la publicación de este nuevo libro de poemas, recordando que el silencio al que aludía la invitación no había sido total, puesto que Esperanza Ortega había publicado, en las últimas décadas, artículos y un libro memorialístico que nos recomendó con entusiasmo y anoté convencida, Las cosas como eran.
Tras los presentadores, tomó la palabra Esperanza Ortega, que habló desde la alegría y el estupor del multitudinario reencuentro, y la sencillez de quien se expresa entre amigos. Sin conocerla antes, me encandiló su palabra sincera y generosa con la que explicó que, en estos años, hubo poemas (algunos publicados en revistas como Mirlo, entre otras); pero no libros, que requieren cierta unidad. Entre poema y confidencia, nos desveló algunas pistas que permitían comprender y compartir algunas de las claves de su cocina poética, desde la concepción del libro a la influencia de las lecturas, y también su evolución personal para atreverse a decir. Ninguna de sus palabras sonó en vano en mis oídos. De hecho, algunas frases podrán ser guía certera: “no está mal defender la poesía callando” o bien, “un poeta que deja de escribir poesía, puede seguir escribiendo por otros medios”.
Volviendo al libro, se hizo un inciso sobre el título. La palabra “amiga” es necesariamente polisémica para quien es autora de la biografía de Garcilaso de la Vega, una referencia que nos traslada a aquel tiempo del amor idealizado cantado por los trovadores. Aquí, “la amiga se presta a un diálogo sin drama, a compartir experiencias”, es la voz de esa mujer que acompaña e incluso puede ser la que está en contra, dijo Esperanza Ortega, aclarando a continuación “que esos poemas los suelo descartar”.
En línea con ese diálogo, lo que ofrece este libro es “el desdoblamiento habitual de la voz poética. Siempre ha estado ahí esa otra voz, aunque antes mi poesía era más minimalista, con muchos silencios que el lector tenía que llenar”. La reflexión de la autora continuaba compartiendo luz: “Los libros de poesía me surgen en momentos de crisis. Ahora hay cierta vecindad con la muerte, pero éste no es un libro elegíaco. La escritura es una forma de alejarla. Es un libro escrito por una mujer que, hasta cierto punto, hace balance sin amargura. El mundo familiar y doméstico no ha cambiado mucho, pero hay nuevas influencias, sobre todo, de las poetas norteamericanas, su ímpetu y su forma de decir. Su libertad. Las había leído hace mucho y de pronto, las he recuperado. Y me gustan”.

Las reflexiones sobre lo concreto de este libro se fueron convirtiendo también en una reflexión sobre la propia escritura; de hecho, el libro, inicialmente, se iba a llamar «Escribir un poema». “En mi poesía anterior, ha habido mucho fragmentarismo, pero en este libro no quería eso. Necesitaba un torrente. En el fragmento estaba antes el silencio de la angustia”, explicó Esperanza Ortega, mientras intercalaba la reflexión sobre la gestación de la obra con la lectura del poema acabado. Varios de ellos se refieren a la creación, el momento gozoso de su epifanía. También hay memoria.
Como siempre he pensado que memoria y escritura van de la mano, la escuché asintiendo, como si mi amiga fuera ella, como si la amiga fuera yo. Me encantó su voz, emocionada y apasionada sobre el decir poético. Una voz enérgica y jovial. No faltaron las confidencias tocadas por el sentido del humor, los recuerdos, los homenajes, las invitaciones a otras lecturas.
Los anfitriones habían dicho que la tarde era histórica y entre amigos, y así nos sentimos, incluso los recién llegados. La complicidad fue la esencia de una conversación que para mí fue doble descubrimiento, por la forma y por el fondo.
Os dejo un fragmento del poema que abre el libro… Si os quedáis con ganas de más, la respuesta está en librerías y bibliotecas.
Escribir un poema te llena de dicha.
Como una mendiga que entierra su tesoro,
sonríes en silencio,
el mundo te acompaña un trecho del camino;
sientes su vecindad,
ya no estás sola, ya no eres frágil,
ya no te duelen las rodillas,
podrías encaramarte a un árbol
y retar desde allí a tus poetas
a que suban contigo
a otear un paisaje
que existe solo gracias a tus versos.Pero escribir un poema no es tarea fácil,
podrían transcurrir días y meses
y años sin que tú escribas un poema
[…]
Esperanza Ortega. Los versos de mi amiga. (Galaxia Gutenberg, 2026)























