¿Qué ha sido de de mí desde finales de abril? Lo primordial ha sido escribir. Mi excedencia buscaba sanar cuerpo y alma, pero también, dentro de esa cura, dedicarme a proyectos literarios que las obligaciones empantanaron demasiado tiempo, dejando una carga de deseos incumplidos, su dosis de frustración y culpa.
Confieso que estas semanas he sido feliz, inmersa en ese trabajo silencioso y poco fotogénico de la escritura. Lo llamo “trabajar” porque son muchas horas de ordenador y requieren disciplina. En la misma mesa de los días de teletrabajo, destacan las diferencias. Sin más salario que la recompensa de hacer lo que más me gusta. Sin otro supervisor que yo misma. Una jefa rara, que exige y duda; que titubea antes de tachar y, al final, borra donde tropieza; que se atasca y atraviesa todos los estados de ánimo que la creación permite, de la euforia a la derrota. En mi ordenador, había textos muy avanzados, más de lo de lo que yo misma recordaba. Necesitaban continuidad, una cabeza despejada y algunas certezas. Y así, en un tiempo impensable, casi he concluido un par de proyectos. Siempre con el “casi” porque conviene que la palabra repose, aunque esta vez la siesta no será tan larga.
Por supuesto, la escritura se ha alimentado más allá de las paredes de mi casa. He paseado, he ido al teatro y al cine, he acompañado lecturas y charlas. Un sinfín de palabras y unas ganas locas de celebrarlas sin cansancio, una verdadera fiesta. En el María Guerrero disfruté de Lexicón, su arriesgada propuesta para cuestionar arte y postureo, realidad o ficción, vida o mentiras vividas. En el Teatro Real, Romeo y Julieta volvieron a morir por el odio entre sus apellidos y el infortunio de un mensaje a destiempo, con una puesta en escena y unas voces fascinantes. En cine, disfruté de Un poeta (aquí hay una reseña magnífica de Julio Mas), La gracia, Un mundo frágil y maravilloso, La isla de Amrum…, y recordé que, en caso de atasco vital o creativo, las buenas historias narradas en una sala oscura con pantalla grande siempre pueden solucionar las cosas.






Entre los libros, he asistido a las presentaciones de: Hacer y deshacer, la antología de la obra poética (1971-2025) de Pureza Canelo, una de las grandes poetas de nuestro país; la original mirada de Vida insecta, de Cristina Sánchez-Andrade; el reencuentro con viejos amigos y la camaradería feliz en torno a Elige todo, de David Fraguas; el humor y la memoria en nuevo tesoro de la Cartonera del Escorpión Azul, titulado El operario y la sal. Un cuento chino, de Óscar Curieses; el descubrimiento de Una biografía del olvido, una afinidad latiente con la poesía de María Alcantarilla; y la cálida voz de Graciela Baquero dando vida y aliento a su nuevo Giróvaga.
En sus últimos días, visité y disfruté de la doble exposición que la Biblioteca Nacional dedicó a Carmen Martín Gaite e Ignacio Aldecoa. Cualquiera de las dos exposiciones darían para una crónica, reflexionando sobre mis lecturas previas y los libros aún pendientes, la nueva mirada que ambas exposiciones arrojarían sobre sus obras. Además, en el caso de Carmen Martín Gaite, tendría que subrayar la emoción que me produjo contemplar algunos de sus objetos personales (su pluma estilográfica y su funda, tejida por ella, o el broche -Jazz-, prendido en una de sus boinas…); su imagen en diversas fotografías y escuchar su voz en recitados, entrevistas o discursos. De principio a fin, me hicieron temblar. Ha sido una mujer de letras, como rezaba el título de la exposición, en todas sus facetas y géneros. Pero además, fue una mujer culta y valiente, rota y renacida, trabajadora tenaz de vocación y talento. Vivió un tiempo en el que la escritura y el periodismo no estaban tan degradados como ahora, y ese espejo también daría para líneas que no vienen al caso, pero dejo anotadas en el cuaderno de las ideas.






Y, por supuesto, como cierre a estas semanas mediadas por la literatura, acudí a la 85ª edición de la Feria del Libro de Madrid. Como cada año, la feria ha supuesto saludar y reencontrarme; comprar o esquivar el gasto; ver de lejos a autores que admiro, sin atreverme a acercarme; celebrar a personas queridas, amigos y conocidos que firmaban e invitaron a su fiesta. Entre ellos, libros recién salidos de imprenta: Una luz manchada de ruido, el séptimo, exigente y magnífico poemario de Alberto Cubero, y Cantar el fuego, una travesía por la copla donde Esther Peñas desmonta estereotipos e ideas preconcebidas sobre este género. No pude estar en todo, aunque lo intenté. La Feria es desbordante, excesiva y, en ocasiones, hace perder el olor y el sentido del libro, pero es un feliz sueño cumplido y, por eso, me gusta revivirla cada año.
Entre los eventos, sólo pude asistir a la celebración de los ochenta años de la revista Ínsula, convocada por la palabra poética y un titulo ambiguo, “El poema y su taller”. En mi propia lectura, la razón de tanto. Recorrí casetas y casetas. Vi muchos libros que deseo, y me pregunté por lo que permanece sin leer en casa. La condición económica de la excedencia sirvió para evitar la compra compulsiva y felizmente alocada de otras ediciones.



Antes de mi propia firma, hice una escapada de veinticuatro horas a Barcelona. Viajé en un tren decorado con la publicidad de la Feria, que me esperaba en dos días. El viaje sirvió también como espacio de lectura y escritura, y de paisaje. La salida de Madrid, con su trazado de vías multiplicándose, los primeros terrenos baldíos plagados de escombros, un campo inundado con la basura que la ciudad expulsa en su voraz transformación sin ética y la desidia por los bienes comunes. Después, la vista se abrió sobre el campo, con cultivo o sin él. Con amapolas y espigas. Con lindes y delimitaciones claras, cuadrados verdes y marrones diversos. Los huertos, lo yermo. Algún pueblo pequeño sin nombre. Las hileras de paneles solares. Los gigantescos molinos eólicos. Las fábricas, las granjas. Las casas de campo o de vacaciones o las casetas de labranza. Polígonos y puentes. Caminos y autovías paralelos o perpendiculares a la vía ferroviaria. La velocidad del tren impidiéndome la foto que deseo. Cuando disparo, el paisaje es otro. Creo que no hace falta tanta prisa, pero debo ser de las pocas personas que quieren ir más despacio. En silencio, leí poemas mientras a mi alrededor se desplegaban sonoras conversaciones de negocios. Constructoras, placas solares, inversiones, reformas, inmobiliarias, guarda muebles, litigios… Escuché todo su mundo de presunción sin inocencia; y no les ofrecí ni una sola metáfora. Habría caído en saco roto.
Barcelona me recibió engalanada para el papa que ese mismo día había concluido su estancia en Madrid. Los mismos caminos para actividades y sentidos distintos, una mera coincidencia. Pero resultaba inevitable comparar el impacto de la visita en cada ciudad. Barcelona no estaba tomada por el evento. Paseé por sus calles y avenidas para reencontrarme con una ciudad cuya belleza siempre resulta natural. Las repetidas franquicias de Madrid y del mundo; pero también tiendas únicas, pequeñas, patisserias y hornos de pan, galerías, bares que mantienen la esencia… En las fachadas de esos edificios magníficos convivía una rara mezcla de banderas: la independentista, la vaticana, la palestina y la que proclama la diversidad sexual. Barcelona me brindó tiempo de celebración y trámites, comidas y vinos, un arroz mirando al mar y un tren de vuelta.



En Madrid, me esperaban la Feria y la caseta de Bartleby Editores, siempre abierta. Aunque ninguno de mis libros es novedad, firmé a amigos que aún no los tenían o los habían regalado; y a personas desconocidas que brindan el verdadero milagro de ser leído fuera del pequeño círculo que te reconoce. La tarde noche acabó feliz, aunque el regreso a casa fuera una odisea prosaica entre líneas de metro cortadas y autobuses donde un hombre gritó que no cabía «más ganado».
Sonreí entonces y sonrío con el recuerdo, porque la palabra late a pesar de una metáfora gastada. Unos días después, la Feria del Libro cerró antes de lo previsto, y los libros supervivientes regresaron a librerías y almacenes logísticos. Apiñados, con ganas de gritar que no son papel, sino ilusiones, verdaderas o impostadas. Y eso también, es otra historia.



























