Belleza e historia por la Alcarria

Al llegar a Pastrana nos recibe el sabor de la calma. Hemos evitado los días principales de Semana Santa y el pueblo late pausado, a la espera de su día grande y del regreso de quienes emigraron. Los visitantes somos pocos. En los bares de la Plaza de la Hora, algunos parroquianos comentan que anoche se quedaron sin luz durante tres horas, una avería que hoy se está arreglando y se ha convertido en la noticia local.

La oficina de turismo está ofreciendo una vista y se encuentra cerrada, así pues… callejeamos guiados por el instinto a lo largo de una serie de puntos de referencia (Ayuntamiento, Colegiata y oficina de Correos), y paneles que convierten Pastrana en un lugar familiar, un trazado urbano sin pérdida posible. Las calles y plazas lucen limpias y el agua aviva las fuentes que marcaron la historia pequeña de la ciudad (lavaderos y agua potable); la primavera asoma en los árboles florecidos que superan las tapias de algunos patios; los gatos toman el sol y vigilan nuestros pasos mientras el trino de los pájaros llena todo el silencio. El recorrido también muestra fincas en estado de ruina, solares y casas a la venta desde hace tanto que el número de teléfono ha desaparecido, devorado por el sol y el abandono.

En la Colegiata de Ntra. Sra. de la Asunción, encontramos las huellas de Santa Teresa: su imagen, en un retablo donde la rezo; unos paneles explicativos sobre su vida, obra y paso por Pastrana, donde fundó dos conventos; y una reliquia. Santa Teresa es la patrona de las escritoras desde 2016, y de un tiempo a esta parte me detengo ante ella con especial sentido, pensando en la pluma que sostiene entre los dedos, en la obra que escribió y no supe apreciar en los libros de texto de mi formación reglada, donde las mujeres fueron anécdota menor, monjas o locas. Como si fuese una restitución, agradezco cada vez que su imagen me sale al paso en una iglesia y lamento cuando el retablo carece de lampadario, porque no puedo prender las luces que tanto busco, aunque protejo el recuerdo del reencuentro.

El tesoro turístico “oficial” de Pastrana se encuentra, no obstante, bajo tierra. A través de la sacristía, se accede al Museo Parroquial de Tapices, una impresionante colección que constituye el mayor orgullo del pueblo. Aunque no pensaba que me fueran a deslumbrar, lo logran. Si no agaché la cabeza ante mi error, fue para no perderme nada de tantos metros cuadrados de seda y lana, bellamente tejidos. Los magníficos tapices relatan las campañas de Alfonso V de Portugal en Arcila y Tánger (1471). La primera ciudad fue asaltada y sus habitantes ejecutados o vendidos como esclavos, lo que provocó la rendición de la segunda. En tiempos bélicos como los actuales, contemplar esas escenas plantea preguntas sin respuesta. Las armas son muy distintas, pero los ejércitos pertrechados con banderas, pendones y una notable superioridad militar frente a una población civil aterrada no cambian: el mismo llanto ante la muerte y la tragedia de huir dejando todo atrás. Llamaron mi atención una serie de palabras en el friso superior de un tapiz, dedicado a las virtudes militares cuya existencia desconocía: obediencia, conciencia, constancia, disciplina… Ninguna guerra se puede presentar desde la óptica de la virtud, pero cómo conceder ninguna de ellas a los sátrapas que dirigen los ejércitos más letales de nuestro tiempo, olvidando que incluso las guerras y los códigos militares tenían normas y principios morales, hasta que ellos los han arrasado.

Desde el otro lado del altar mayor, también bajo tierra, se encuentra la cripta donde reposan los restos de los sucesivos duques de Pastrana y del Infantado, incluyendo a quienes fueron Príncipes de Éboli, personajes que algunas novelas y series de televisión han convertido en famosos que despiertan una cierta locura fan, muy propia de nuestro tiempo. Perpleja ante el fenómeno, agradecí que internet me pusiera al día de un capítulo histórico que en mis libros se debió titular “Felipe II y Antonio Pérez”, sin rastro de presencia femenina. En mi cabeza, la relación entre hechos históricos y nuestro presente me confirmaba que, a pesar de tanto avance galáctico, seguimos siendo una especie lamentable, dispuesta a traicionar y matar por una bolsa de monedas que solo ha cambiado de tamaño.

La Princesa de Éboli, Ana de Mendoza, volverá a ser central en la visita al Palacio Ducal que impresiona por su tamaño, sus bellos artesonados del siglo XVI y su triste historia, porque su construcción comenzó en el Renacimiento y ha concluido en el siglo XX, cambiando de dueños, usos y circunstancias. Actualmente, el edificio languidece medio dormido, como sede ocasional de la Universidad de Alcalá de Henares y la oficina de turismo local. De vez en cuando, su auditorio se usa para actividades teatrales y musicales, y está abierta una pequeña sala para exposiciones; pero duele pasar ante el rótulo de Biblioteca y descubrir una sala apagada sin un solo libro. Cabe plantearse si no podría ser dotada, al menos, de títulos infantiles y juveniles, de libros para todos los públicos que favorezcan la lectura de los vecinos, ya que tampoco hay una librería en la localidad.

Al día siguiente, guiados por la información de la web Lugares con Historia, nos propusimos visitar la Cueva de los Moros, situada en la carretera de Pastrana a Valdeconcha. Aprisco para ganado, santuario rupestre o lugar eremítico, se dice que San Juan de la Cruz pasó tiempo en ella. A falta de señal alguna, pasamos de largo, llegamos a Valdeconcha y dimos la vuelta, gracias a las indicaciones de un vecino, tan extrañado por el nombre como por nuestro interés. El hallazgo mereció la pena porque el inquietante lugar ofrece una serie de galerías donde resuena nuestra memoria como especie, y las huellas del fuego conviven con petroglifos y feos grafitis recientes. Refugio entre la piedra y la vegetación exterior, lugar de oración y descanso, oscuridad que se abre a la luz de un cielo que marca las horas. Inevitable preguntarse si no está indicado para evitar actos vandálicos o por pura desidia en la divulgación del patrimonio cultural. Personalmente, me temo que es lo segundo dado que, a pesar de las fechas de Semana Santa, algunos de los principales monumentos de la zona permanecían con su horario habitual: Recópolis, el Monasterio de Monsalud y el Convento del Carmen de Pastrana, cerrados de lunes a miércoles.

Afortunadamente, el campo estaba abierto y rebosante de vida en olivares y encinares, el vibrante amarillo de la retama, el olor del romero y el colorido de las flores silvestres que salpicaban un horizonte verde. El Tajo lucía espléndido, rodeando con su abrazo el precioso pueblo de Zorita de los Canes y colmando los pantanos de Buendía y Entrepeñas. Seguimos las indicaciones a Recópolis y descubrimos que, aunque el centro de interpretación y su taquilla estuvieran cerrados, era posible admirar los restos de la que fue una importante villa, primero visigoda y después musulmana. El viento nos fue empujando por la memoria de una ciudad reducida a su estructura, desvelada gracias a la fe sabia de la arqueología que ha permitido redescubrir lugares y palabras.

La última parada de nuestro viaje fue el Monasterio de Monsalud que disfrutamos escudriñando cada rincón, en pleno proceso de consolidación y restauración, gracias a las explicaciones entusiastas de su guía. El claustro, la antigua portería, el refectorio, la sacristía, la iglesia, la sala capitular… desfilaron ante nuestros ojos. Aunque algunos de esos espacios careciesen de cubierta y no quedasen imágenes religiosas, la imaginación y la memoria de otros monasterios suplía ese vacío que, sin embargo, emanaba una belleza serena que solo la piedra desnuda puede expresar y el enclave natural enfatizaba.

La belleza de estos paisajes y lugares pueden ser el asidero para recuperar la calma y una vida menos desquiciada. Por eso, sería recomendable que los responsables políticos de Castilla La Mancha y Guadalajara, se preocupasen por renovar cartelerías y ampliar horarios, dotar de sentido los espacios culturales disponibles; y, en suma, en tejer más vida, en lugar de sembrar, exclusivamente, placas fotovoltaicas y molinos eólicos que sustituyan las ¡dos! centrales nucleares de la zona. Nuestro viaje estuvo salpicado de constantes referencias al libro Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela, y contrasta el cuidado de esos carteles frente a otras desidias que invisibilizan los tesoros que esconde la comarca, más desconocidos e inaccesibles que los lugares donde don Camilo dio buena cuenta de su rica gastronomía.

Ojalá que el presente y el futuro de esa España, vacía y maltratada, que nutre en tantos sentidos a quienes escapamos de ciudades cada vez más invivibles, pueda ser mucho más estimulante para sus propios habitantes, en lugar de reducirse a ser mesa de comilonas de fin de semana. En las localidades recorridas, en su patrimonio y paisaje, sobresalen aspectos cruciales para la vida de las personas, por cierto, mucho más asequibles que la última y cacareada misión espacial a la Luna que invadía los televisores de todos los bares.

Necesidad y belleza del silencio

El viernes por la tarde me acerqué al Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía a conocer parte de su colección en una renovada cuarta planta. Mientras subía las escaleras, me salió al paso la exposición de Juan Uslé, titulada “Ese barco en la montaña”, y cambié de rumbo. En la primera sala, me asombró el cuadro titulado ‘1960’, en alusión al año del hundimiento del buque Elorrio, que regresaba de Baltimore cargado de grano, y desapareció en las aguas frente a su casa familiar en la costa de Langre (Cantabria). Fue inevitable recordar las recientes y tenebrosas escenas de naves hundidas en las aguas de Ormuz, y adentrarse en la calma que ofrecían las primeras obras, como quien encuentra un antídoto frente a las terribles noticias que llegan de Oriente Medio donde se acaba con vidas humanas inocentes con total impunidad.

En algunos de los otros trabajos de Juan Uslé, me impactó aquel azul intenso tan oscuro que rodeaba la idea del naufragio, los huecos abiertos de ojos y miradas. Después, me dejé llevar por la propuesta del resto de salas, para descubrir la evolución del pintor. No quise detenerme en las cartelas y sus palabras, sino fluir en silencio por el color (de una paleta oscura, de azules y marrones a otra gama de azules más vivos, amarillos, rojos, rosas o blancos); y recorrer las líneas, tanto las verticales como la sucesión de horizontales que yo interpreté como pautas que se rompían ofreciendo rendijas y preguntas. Me interesó el peso de la memoria, con la infancia ocupando un lugar primordial en algunos proyectos; y después, la importancia de la fotografía y las técnicas de revelado. Su presencia es tan central que Uslé realizó unos trabajos bajo el título ‘Soñé que revelabas’, que derivaron en varias series a lo largo de cuatro décadas.

Además del trabajo pictórico, la muestra ofrece una serie de fotografías que permiten asomarse a un álbum de fotos casi privado, presentado como un collage y cierto aire de proyecto en curso. Ante la mezcla de instantáneas, reconecté con el placer de la creación y el juego que me permití con mi primera cámara digital. Captar el hallazgo del instante, la sorpresa de la calle y de la vida en paisajes y ventanas, texturas y sombras, contenedores y luces. Es decir, la fotografía que ya no requiere del viaje o el acontecimiento sino inspirada por lo cotidiano, que sale al paso y es bello sin serlo.

Aquellas imágenes me estaban interpelando, recordándome otras formas de mirar y escribir, mientras evitaba que mis dedos se lanzasen a teclear nada. Intencionadamente, opté por aplazar la escritura y que todo reposase en lo no dicho, a sabiendas de que tendré que volver a visitar la exposición para encontrarme con las palabras suspendidas. En aquel momento, necesitaba nutrirme con el silencio de salas casi vacías y de la obra abstracta, que permite escuchar lo que está por nacer.

De este modo, en la tarde noche del viernes me había impuesto un silencio que, sin saberlo, me estaba conectando con El libro blanco. Alfabeto de silencios (La Caja Books, 2026), sobre el que iban a conversar Vicente Luis Mora, su autor, y Mariano Peyrou la mañana siguiente.

Aunque la cita estaba convocaba bajo la fórmula del ‘Vermú literario’ y la maravillosa e histórica librería Pérgamo estaba bulliciosamente llena, el silencio fue el protagonista de la conversación, siguiendo el hilo de un libro que ha cosechado magníficas reseñas y comentarios. Atender este diálogo me sirvió para volver a adentrarme en las relaciones entre el silencio y la creación, una cuestión recurrente en algunos otros actos recientes.

El escritor, profesor y crítico Vicente Luis Mora explicaba la práctica literaria, donde confluyen lo lingüístico, lo artístico, lo antropológico y lo filosófico, como un espacio atravesado tanto por el silencio como por el lenguaje. Pudimos comprender, gracias a su generosidad al compartir la génesis del libro, como éste se había ido fraguando en sus distintas capas: la investigación, la dimensión intelectual y la labor del poeta, “que abre la espita sobre ese corpus” generado en torno al silencio por tantas y tan variadas voces previas. Así, en el libro, se cruzan números que esconden símbolos, listados donde la respiración de la poesía y el poso del estudio se abren paso tras un prólogo ficcional que lanza un primer guiño a quien se asoma a estas páginas de infinitas lecturas.

Deteniéndose en las listas, que conforman la mayor parte del libro, Mariano Peyrou, poeta y ensayista, apuntó que si bien ciertas clases de silencio provocan vacío, también el silencio puede ser un método de investigación o una apelación a la imaginación; y se preguntó por la lógica que busca el lector, necesariamente activo ante la propuesta de este libro, que no sabemos si nos propone un juego o no.

Por su parte, Vicente Luis Mora explicó que, “al escuchar, surgen momentos de creación y composición”, y que el libro “propone la aventura del encuentro”. De entre todas las posibles, plantea la pregunta poética, “dejando el libro abierto, que es lo que más me interesa”. (…) “Me gustaría que el libro haga preguntas al leer y genere o dispare la creatividad de otros, ofrecer un espacio donde las ideas se pongan a jugar”. El mismo autor reconocía que la escritura del libro le había desconcertado, reconociendo “ese estado de descubrimiento” como lo más interesante del acto creador. Y recogiendo la propuesta del juego: “cuando escribo, quiero jugar; si no, sería mecanografía”. ¡Menuda frase de aviso a navegantes!

En el turno de palabras, se notó la presencia de quienes ya se habían leído el libro y coincidían con Mariano Peyrou en haber disfrutado de “un libro raro, sin género, pero muy estimulante desde el punto de vista espiritual e intelectual, y ameno. Lo que es de una extrañeza maravillosa”.

A mí, también me lo pareció. Páginas que pueden generar pensamiento y creación, es decir, un verdadero regalo para quien quiera adentrarse en algunos de los silencios que plantea (“el lápiz sin estrenar”; “la celda de castigo”; “el enfado de nube”; “la persona infiel” o “el pájaro que enmudece en la bandada”…), o convocar los propios, para jugar a lo más imprevisible de la poesía.

Con el silencio de “La niña tímida en el recreo” (pág. 34), y mi nuevo libro recién firmado, volví a perderme por esas calles cuadriculadas de Madrid donde nunca logro orientarme. No obstante, mi despiste fue dichoso, porque el azar me puso ante la casa donde Carmen Laforet escribió su novela Nada, situada en la calle General Pardiñas, 107.

Placa en la calle General Pardiñas, 107, (Madrid), donde vivió Carmen Laforet

Así, nada y silencio se fundieron en una mañana invernal donde ya latía la primavera y el rumor de la palabra. En ese espacio mudo y vibrante, volví a convocar los deseos de escritura que laten en la raíz de este año vital tan distinto.

Como quien recibe un empujoncito de confianza, leyendo El libro blanco me he encontrado con algunas de mis maestras y su silencio correspondiente (15, página 57): “Las obras mutiladas o prohibidas por la censura franquista de Ana María Matute, de Concha Alós, de Dolores Medio, de Elena Soriano, de Carmen Laforet y tantas otras”.

De nuevo, he brindado por sus libros y por mis cuadernos, y he recordado las flores de los almendros y los prunos que tan calladamente siguen desafiando la fealdad y el ruido del mundo que nos acecha. ¡Bendito sea el significante del azar, y gracias siempre al silencio de la belleza!

Asamblea, con Juan Carlos Mestre

Ayer, 16 de marzo, en la Asamblea convocada por Juan Carlos Mestre, nos adelantamos a la celebración del Día de la Poesía, tan inminente. El azar quiso que la gran fiesta de la palabra y la música que vivimos coincidiera también con el cumpleaños de César Vallejo, y que un verso de Antonio Gamoneda, que vincula la esperanza de los lunes con la poesía de Mestre, fuese a la vez real y premonitorio, prólogo de belleza y fraternidad, en el Ateneo de Madrid.

Decenas y decenas de amigos y lectores nos encontramos allí para celebrar el libro publicado por Galaxia Gutenberg, titulado precisa y certeramente Asamblea, que reúne la poesía de Juan Carlos Mestre (1975-2025). El acto comenzó con su voz, recitando precisamente el poema del mismo título, emocionante como un himno, recordando desde sus primeros versos el sentido de una trayectoria poética de cincuenta años en los que la palabra insumisa, la utopía, la memoria y la conciencia cívica han estado siempre presentes: “Queridos compañeros carpinteros y ebanistas, les traigo el saludo solidario de los metafísicos”.

El poema continúa y aunque llega a decir “A partir de este momento la lírica no existe, / con el permiso de ustedes la poesía / ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno”, el resto del acto se encargó de demostrar que la poesía sigue viva, vibrante y necesaria a través de todas las voces que se sucedieron en el escenario del Aula Mayor del Ateneo y en la emoción del público. Quizás por eso, tras el poema ‘Asamblea’ se escuchó el ‘Salmo de los Bienaventurados’, y a través de esas bienaventuranzas renovadas por la riqueza metafórica de Mestre volvimos a la certeza de la poesía, expresión única donde quizás esta herida humanidad pueda volver a latir sin dolor algún día.

Tras los primeros poemas y las melodías del acordeón, bellamente interpretadas por Cuco Pérez, tomaron la palabra Jordi Doce y Emilio Torné, responsables de la edición de este libro imprescindible. Jordi Doce se refirió a estos “cincuenta años de poesía que constituyen una fiesta de palabra y música” subrayando la vocación de intervenir en el mundo, creando “otra realidad a partir de la conciencia de la palabra poética”. Aquel niño que nació en una casa sin libros de Villafranca del Bierzo tuvo una madre que le enseño a leer en papeles pequeños y la suerte de encontrar las voces de unos primeros maestros de la palabra literaria. Desde los primeros años, tras pasar por la universidad de Barcelona, el viaje continuaría llevándole por medio mundo, poesía en voz, con años cruciales en Chile y Roma. De todos los viajes nació libro, y ahora, muchos de los que eran difíciles de encontrar, también están en Asamblea. Emilio Torné ofreció un repaso por toda la trayectoria poética de Juan Carlos Mestre y las vicisitudes de su obra publicada, que tan bien conoce. Han sido años de trabajo para finalizar este volumen de mil quinientas páginas, pero antes de esta Asamblea, Torné ha publicado casi todos los libros de Mestre, en aquellas cuidadísimas ediciones de Calambur que tanto se echan de menos. Obras que he ido atesorando, con sus extraordinarias dedicatorias de colores de acuarela y tinta negra, y que convivirán en mi biblioteca con este nuevo libro, porque lejos de ser redundantes, como pensaba antes del acto de ayer, dialogarán entre sí y serán compañeros.

A continuación, tomaron la palabra Brenda Escobedo, Mario Obrero y Selena Millares, quienes ofrecieron perspectivas distintas de la obra mestriana en brillantes intervenciones que ojalá podamos leer íntegramente para quedarnos con todas sus referencias y un mayor poso. Brenda Escobedo, dramaturga y directora de escena, recordó el reto y el placer de llevar La tumba de Keats a las tablas de La Abadía. Aquella belleza fue posible porque Mestre, explicó, es capaz de “decir la palabra con verdad” y ese gran poema, inabarcable para la escena, fue convertido en “el último soliloquio de un príncipe barroco” que, igual que Hamlet o Segismundo se refieren a aspectos dolorosos e incómodos, pero logran hacerlo con gran belleza. Por su parte, el poeta Mario Obrero se centró es aspectos lingüísticos, poniendo el foco en el trabajo de traducción que ha realizado del libro 200 gramos de patacas tristes, una obra en la que Mestre escribe con la lengua de sus mayores, aquel gallego hablado en su Bierzo natal donde el habla se funde con quienes construyeron el universo de la infancia, un lugar donde la memoria y la dignidad de la pobreza se mantienen en pie y siguen resistiendo ante las dinámicas del poder y la barbarie. Por último, la poeta y profesora universitaria Selena Millares, nos ofreció un bello texto en el que vinculaba la poesía de Mestre con la de otros poetas. Un flujo incesante de influencias y lecturas que abarcan los grandes nombres de Iberoamérica pero también de Europa y poetas españoles, voces que nutren y sirven para renacer una y otra vez.

Tras las intervenciones apoyadas en palabras explicativas, bellas y doctas, amenas y profundas en su decir… Llegó el momento de volver a la música. Amancio Prada con su voz única y su guitarra, Cuco Pérez con el acordeón y Juan Carlos Mestre, recitando, cerraron un acto sumamente emocionante en el que no faltaron la exhuberancia verbal y el testimonio, la palabra insumisa que abre el espacio de la utopía en un mundo de sombras y el recuerdo a los vivos y a los muertos, en especial, para Marta Agudo y Guadalupe Grande. Juan Carlos Mestre pronunció unas últimas palabras desde el escenario: “Gracias por la fraternidad y las generosas nieves de vuestra compañía”.

Mis aplausos de ayer y estas líneas aceleradas son mi forma de darle las gracias hoy, por los años y las palabras compartidas, por su aliento constante, por ser y estar y haber sido luz tantas veces. Gracias, siempre.

Compartir poesía: Limaduras del decir

En los huecos de este tiempo de cuidados, vuelvo a la poesía en cuanto puedo. Lo hago alternando la lectura de dos libros que compré recientemente, Palabra de mundo, de Antonio Méndez Rubio (Libros de la Resistencia, 2025) y La llama ebria: Antología de mujeres poetas del surrealismo (Bartleby, 2025); y también, disfrutando de algún acto, cuando los turnos lo permiten.

Entre los últimos encuentros a los que he podido asistir, y saborear quizás como nunca, ha estado la presentación del libro Limaduras del decir (Eolas, 2025), de Iván Navarro Lluesma. Una celebración en torno a la poesía, una vez más, en Enclave de Libros.

Limaduras del decir. Lo esencial del poema entre silencios

El viernes 6 de febrero, la presentación de Limaduras del decir nos brindó un diálogo intenso entre el autor del libro, Iván Navarro Lluesma y Alberto Cubero. Ambos fueron desvelando algunos de estos poemas, “limados hasta la brevedad final” con la que se presentan en esta obra; al tiempo que profundizaron en cuestiones relevantes en cuanto a la conexión entre la escritura poética y la interpretación psicoanalítica. “El psicoanalista devuelve las palabras al analizante para que resuenen. Mientras que, cuando escribes y tiempo después vuelves a leer tu texto, éste se vuelve extraño; de modo que también se da esa resonancia, a la vez que la escritura permite soltar lastre”, explicó el autor del libro.

En otro momento de la charla, se incidió en el papel que juega el silencio tanto en la poesía como en el psicoanálisis. Si Lacan señaló la necesidad de “hablar con la palabra que no se tiene”, Navarro y Cubero coincidían al señalar que “sin silencio no puede surgir la palabra ni la subjetividad, así como la dificultad de sostener, a día de hoy, el silencio”.

Otras preguntas apuntaron a las numerosas referencias en torno a la naturaleza que incluye el libro. En ese sentido, Iván Navarro apuntó: “Se mira fuera para vernos ahí. La naturaleza me interpela y me permite hablar del interior”. La relación entre tiempo y tristeza se explicó así: “mientras el tiempo subjetivo se parcela, el tiempo cósmico se nos escapa. ¿Cómo definir la tristeza?, se preguntó Navarro. “Es un tiempo pegajoso, que atrapa al ser”, resolvió. En cuanto a la palabra y la escritura, apunté frases que aún resuenan: “Somos más cuando estamos en el borde del decir o de la escritura”; “La palabra cuando toca el cuerpo se hace piel” o poder ver la escritura a mano como “un acto de rebeldía”, vinculando ese gesto con la obra de Octavio Paz, El signo y el garabato.

En suma, decir y callar, encontrar la palabra que nos vincula con quien escucha o nos lee, dando lugar al silencio que este mundo no ofrece. El acto fue íntimo y especial. De esos que sólo la poesía propicia, un bello encuentro en torno a la rareza de esa expresión que tantas veces me ha salvado. Y así sigue. Os copio a continuación dos poemas del libro Limaduras del decir, de Iván Navarro Lluesma y lamento que el sistema de edición no me permita reproducir los espacios y las tabulaciones del original… Si os quedan ganas de más, librerías o bibliotecas os recibirán con los brazos abiertos.

¿y si la palabra estuviera hueca?

mi cuerpo

sería de garabatos

a la espera

de nuevas comisuras

****

no puedo hablarte del amor

porque ocurre en el silencio

del decir

hablar recubre el acto

y el acto no es un hecho

sólo puede amarse

en el acto del decir

Limaduras del decir, Iván Navarro Lluesma. (Eolas Editorial, 2025)

Nuevo cuaderno y viejos bolígrafos

Tras un par de semanas con compromisos laborales, por fin, he inaugurado mi año distinto. Aunque el mundo siga ofreciéndonos unas dosis de dolor inaceptables, tras salir de una larga e íntima espiral de tristeza, mi camino se aferra a la vida y abraza las pequeñas alegrías y los buenos momentos que se presenten al alcance, en el marco del regalo que, tras casi treinta años de trabajo asalariado, he podido concederme. El regalo del tiempo, un año de excedencia laboral que comencé hace apenas ocho días y fui preparando desde los albores de 2026.

El primer cambio lo asumí el mismo 1 de enero, al elegir el cuaderno que será mi ‘Diario’ de este año, una práctica que mantengo con continuidad desde hace décadas. Últimamente, usaba agendas de tamaño cuartilla, donde todos los días de la semana ocupan el mismo espacio, y las fechas y horas sirven de pauta. Para 2026 recuperé un precioso cuaderno que, precisamente, por su delicada factura, no había estrenado aún.

Cuidadosamente guardado para alguna ocasión especial, recordaba su forma pero no su portada. Y al reencontrarlo, entendí que el libro al que aludía ‘Alicia en el país de las maravillas’ (Alice’s adventures in Wonderland, como reza el original reproducido en su cubierta), podía ser un buen presagio. Es cierto que para narrar la vida, para escribir para una misma, vale cualquier cuaderno, como ya nos demostró mi admirada Carmen Martín Gaite. A estas alturas, creo que he usado todo tipo de formatos y texturas. Desde pequeña, todos mis cuadernos fueron tesoros preciados de los que incluso salvaba sus últimas páginas en blanco cuando concluía un curso escolar o un proyecto esbozado a mano.

No obstante, es bueno que las ocasiones especiales sean celebradas como tales, inventando ritos cuando estos no existen, creando nuestro propio juego de amuletos y señales. Qué mejor que escribir este año sobre un papel sin renglones, sin números, con la invocación de la imaginación y la fantasía para anotar la vida de forma distinta.

El nuevo cuaderno me ha llevado también a repensar los materiales de escritura. Soy de usar cualquier tipo de bolígrafo, y apurarlo hasta el final. Los bolígrafos que llegan a casa, comprados, regalados o de carácter publicitario, van quedando en una caja metálica de bombones. Si al cogerlos no escriben, intento resucitarlos con garabatos sobre el papel o calor sobre la bolita reseca, como si un bolígrafo no pudiera quedarse con algo por escribir. Sin embargo, he recordado un par de bolígrafos especiales que habían quedado olvidados al agotarse su recambio y he decidido volver a usarlos. Ambos fueron el regalo de personas que reconocieron mi escritura y quisieron darme su aliento. En este tiempo sin excusas externas, me vendrá bien sentir su certeza de metal, resistente a pesar de los años, y aferrarme a ellos cuando mi propósito se tambalee.

Escribo estas líneas en la pantalla del ordenador, con una letra ampliada por el zoom, porque mis ojos cada vez exigen más tamaño. La mesa vuelve a resultar más ancha, una vez que he retirado los documentos y libros que provenían del ámbito laboral. Desde la pandemia, los espacios se mezclaron y las palabras que habían permanecido en atmósferas distintas se vieron forzadas a convivir. Al retirar papeles y carpetas ahora inútiles, reparé en que la mesa estaba sucia, de polvo, de pelusas y de prisa, de no mirar atentamente, de cercos de vasos y cierta desidia. Limpiar la mesa con esmero ha sido preparar también el camino. Junto al ordenador, tengo una botella de aluminio para que nunca falte el agua, un flexo que puede reforzar la luz cuando haga falta y, por supuesto, un elefante de madera que me trae el recuerdo de una persona muy querida que ya no está y siempre me animó a escribir.

Así pues, esta primera semana sin obligaciones laborales ha servido para poner orden y cuidado, y convertir viejos regalos en inesperados amuletos para la nueva travesía. Apenas he escrito, pero todas las tardes he salido al encuentro de la palabra ajena. La agenda se prestó para ello. Me acerqué a conocer la labor de Nueva York Poetry Press; escuché a Constantino Bértolo, comentando su último libro, El arte de rechazar manuscritos; celebré a las autoras que voy a descubrir gracias a la antología de mujeres poetas del surrealismo titulada La llama ebria, coeditada por Bartleby y La Torre Magnética, en un acto donde volvimos a recordar a Eugenio Castro; asistí a una conferencia sobre personas sin hogar en la que me contagié de una cierta esperanza, porque hay soluciones que cambian vidas, siempre y cuando la política institucional acompañe; disfruté de un nuevo encuentro del ciclo ‘Poesía y Psicoanálisis’, que sirvió para profundizar en la escritura de Esther Ramón; y, por último, acompañé la presentación del libro Palabra de mundo, de Antonio Méndez Rubio, publicado en Libros de la resistencia.

Supongo que, a través de la palabra ajena, he ido convocando la propia, descubriendo que, cuando se puede, escribir es ir llamando a las palabras sin forzarlas. Sé que vivimos tiempos oscuros. Hace poco, el psicoanalista Jorge Alemán escribía en una de sus redes sociales: “Nadie puede nombrar todo lo que está sucediendo, después del genocidio televisado de Gaza y la destrucción obscena de la historia. A partir de ahí, todo es diferente. Los horrores se multiplican intensamente en el mundo. La historia siempre encuentra nombres para todos los horrores, ¿y ahora? ¿Cómo se nombra todo esto y cómo se designa a los cómplices de esta situación?”

Carezco de respuesta. De hecho, muchas veces me pregunto qué sentido tiene retomar mis proyectos literarios. ¿Qué se puede aportar con un poema o con un nuevo libro? ¿Qué pueden ofrecer mis líneas en este contexto tan desamparado y cínico, tan presuntamente próspero y terriblemente miserable a la vez? Y sin embargo, me resisto a volver a caer en la desesperanza. Si nos rendimos, si dejamos de escribir y de hacernos preguntas, si dejamos de reunirnos en torno a la palabra, estaremos aún más perdidos y mucho más solos.

Un reencuentro con Carmen Martín Gaite


El pasado 14 de septiembre me fui a Matadero Madrid con la ilusión de escuchar a Mariana Enríquez, en el marco del Festival ‘Back to the Book’. Cuando, por fin, encontré el Auditorio, indicado de forma tan inquietante como alguno de sus relatos, me di también de bruces con la realidad de una cola interminable en la que unas ¿doscientas o trescientas? personas se quedaban sin entrar por aforo completo. A pesar del chasco, me alegró muchísimo que una autora de la calidad literaria y el talento de Enríquez tenga semejante legión de seguidores. Es un alivio que ese fenómeno no quede reducido a pseudo-escritores de redes sociales y obras insulsas, y espero que, para la próxima, le busquen un gran teatro o varias fechas; eso sería muy buena señal.

Como no escuchar a Mariana Enríquez era un escenario más que probable, llevaba otra idea en mente. El cambio de planes, disfrutar de la exposición titulada, “Carmen Martín Gaite y el collage: un diario en libertad. Visión de Nueva York”, fue fantástico. Un premio del azar recibido justo el último día de apertura, que me permitió volver a conectar con una escritora gigante que he leído mucho (aunque me quedan varios e importantes libros pendientes), y, en consecuencia, admiro muchísimo.

La muestra expositiva, organizada con motivo del centenario de su nacimiento por Casa del Lector, Fundación Carmen Martín Gaite y Ediciones Siruela, ofrecía la reproducción de un cuaderno titulado Visión de Nueva York’ (publicado por Siruela en 2024 y, con anterioridad, en una edición de 2005).

Carmen Martín Gaite fue elaborando esta obra durante su estancia en Estados Unidos, entre septiembre de 1980 y comienzos de 1981, recorriendo Nueva York (durante su estancia como escritora visitante en Barnard College), y visitando a su amigo José Luis Borau en Sherman Oaks, en Los Ángeles.

El resultado es una obra muy personal donde el collage comparte espacio con la nota manuscrita, ofreciendo una visión íntima y cómplice (el cuaderno se lo regaló a su hija Marta, que falleció pocos años después, y nunca quiso publicarlo en vida), que nos permite asomarnos a la mujer, la escritora, la conferenciante, la apasionada de la cultura o la fumadora que quiere dejar el tabaco y encuentra que, con el pegamento y las tijeras entre manos, logra olvidarse del cigarrillo… Como si nosotros la viéramos “entre visillos”, atisbando sus deseos y contradicciones, sus preocupaciones, sus papeles en desorden, su sentido del humor y también la determinación de quien se siente segura (eso me pareció a mí), y ya ha encontrado el camino y el sentido de su amplia vocación intelectual.

José Teruel, comisario de la exposición, biógrafo y gran conocedor de la obra de Martín Gaite, explica que “ante el vértigo de imágenes con el que ella se encuentra en Manhattan, experimenta cómo una narración lineal o secuencial no le basta y acepta el desafío de contar lo simultáneo e inabarcable a través de la técnica del collage”. No obstante, siendo divertidos e inteligentes, lo que más me gustó de la muestra son las anotaciones de los márgenes o los renglones donde la palabra de Carmen Martín Gaite nos permite asomarnos a la mujer que escribe y se define a sí misma: “Soy como una mujer de un cuadro de Hopper comiéndome una manzana en soledad”, tal y como leemos en uno de sus collages.

Acompañamos su viaje a través de mensajes, palabras e imágenes en movimiento. Los collages son una forma de divertimento y de escribir o crear de otra manera. Ella también subraya los encuentros con el azar, las «tentaciones inesperadas» que le salen al paso (una cena, un concierto, una lectura…), a las que no «sabe decir que no» y postergan su proyecto de escritura.

Desde Nueva York comprueba que, poco a poco, su apartamento pierde el orden inicial y el caos doméstico de los papeles desperdigados le recuerda su madrileño piso de Doctor Esquerdo. En las notas, habla consigo misma al tiempo que establece una escritura dialógica, en confianza, que nos convoca y nos sienta (¡ay, ojalá fuera posible!), a su lado, compartiendo mesa o sofá, con esa complicidad que preside toda su escritura. Ha sido inevitable recordar su mirada diáfana con la que me topé una tarde en Madrid, cuando mi timidez me impidió responder con palabras de admiración a su sonrisa. Nunca he olvidado aquel instante en el que no me atreví a decirle nada y me limité a que mi semblante de sorpresa feliz hablase por mí.

En su Visión de Nueva York se cuela la ciudad, la política del momento («en este país tan grande», se pregunta junto a los rostros recortados de Carter y Reagan: «¿no hay nadie mejor para las presidenciales?»); las entradas a conciertos; las imágenes encontradas en periódicos y revistas; la importancia de las ventanas que funden interior y exterior; los billetes del transporte público y el resto de papelitos que arrastra la corriente del día a día. En sus notas, reflexiona sobre otras escritoras, sobre mujeres con las que se encuentra en la Universidad o en actos culturales y recuerda a Virginia Woolf, de quién, en su casa de El Boalo, tradujo Al faro.

Seguramente, hoy Nueva York es muy distinto del que conoció Carmen Martín Gaite. Pero también, seguramente, existen otros espacios donde, como ella dice, podemos seguir viviendo y escribiendo mientras las mujeres mantenemos «el afán por abarcar lo concreto y lo abstracto al mismo tiempo».

Personalmente, no me llama la atención hacer collages. Sin embargo, en la fotografía, encuentro otra forma de mirar, y también de captar y retener la escena que merece ser recordada y aquella para la que me cuesta encontrar la palabra.

La exposición, que hubiera fotografiado entera, mostraba algunas páginas que quedaron a medias o en blanco en aquel cuaderno de tapas marrones y líneas finas. Me he permitido interpretarlas como una invitación para darle sentido a un año y a un cuaderno muy especiales que van ganando peso entre mis proyectos. Cuando, en septiembre, visité esta exposición eran casi un secreto, pero actualmente mi anhelada excedencia se acerca.

Siento algo de vértigo ante ese tiempo nuevo y diáfano que deseo dedicar a leer y escribir, y también tengo claro que, si me falta la inspiración, romperé la hucha y buscaré el libro Visión de Nueva York, y volveré a mirarme en los retratos y las líneas manuscritas de Carmen Martín Gaite, en esa mirada no exenta de tristeza que me transmite tanta confianza.

Recordar el abrazo de Santiago de Compostela


Inicié mis vacaciones tras un día agitado, intenso. No faltó el imprevisto que dejó cuestiones para la vuelta, el suspense de lo inacabado. También tuve que ir al dentista contra reloj. De nuevo en casa, los últimos preparativos, las caricias a Fénix, los consejos ansiosos para quien se haría cargo de él, la gratitud y la angustia.

Llegando a la estación, pegatinas pegadas en farolas y marquesinas. Una pequeña acción de guerrilla y resistencia frente al asesinato y la barbarie. Los días de vacaciones tendrán lugar en el contexto histórico de un genocidio. Sé que no voy a olvidarlo. Ni podré ni quiero hacerlo.

Cuando el autobús sale del túnel, me brinda el atardecer, ese momento de última luz, de pausa. A falta de nubes, la luna en cuarto creciente es una promesa de abundancia. Tiempo de nuevos paisajes y lecturas, de compartir sosiego, mi mayor deseo. Eso me prometo mientras llego a la sierra de Madrid para pasar la primera noche, más cerca del norte que espera tras el amanecer.

Atravesamos Castilla. Mi mirada se ensancha. Es un paisaje árido, puro amarillo, pero disfruto viendo los campos donde ya se ha cosechado el cereal y se apilan pacas rectangulares de paja, como almohadas olvidadas, esperando su traslado. Dan testimonio de que aquí hubo espiga crecida, tallo y mano de hombre.

El viaje sigue, el paisaje cambia, se renueva. Cerca de La Bañeza se ven casas cueva desde la carretera; y la arena gana color, desde el anaranjado a un granate ferroso. Las tierras leonesas están espléndidas de vegetación. Los árboles erguidos presumen de vida bajo un cielo azul.

El trayecto va salpicado de topónimos nuevos, que remiten a una historia y una etimología, esa ciencia que mira hacia el principio, memoria de la lengua y de la especie: Aldealengua, Aldeanueva… Descubro nombres con música y abrazo: Toral, Brañuelas, Brazuelo, Villabrázaro… Y la riqueza que concedió el agua… porque hay lugares que se vinculan al río Cega o al Eresma, mientras otros unen su nombre a la ribera, la fuente, la vega… en un homenaje agradecido, puesto que sin agua no hubiera sido posible la vida en comunidad.

La primera parada es Villafranca del Bierzo, una visita pendiente desde hacía muchos años por diversos motivos. Vemos y olemos el humo de un incendio cercano. Escuchamos los motores de los medios aéreos que descargan agua. Viajes de ida y vuelta. No llegamos a ver el fuego, pero semanas después sabemos que parte de nuestras fotos son ceniza.

Entramos en la Colegiata y en algunas iglesias. Quizás no recé lo suficiente. Me detengo en la belleza sencilla de la piedra, en la luz de velas y vidrieras. Recorremos la calle del Agua donde los edificios en ruina o en venta cohabitan con espacios vivos. Me fijo en las cosas pequeñas que hacen que un lugar sea aún habitable, como las esquelas pegadas en los sitios de paso… Y los detalles del nombre, el parentesco («viuda que fue…»), la descendencia, el nombre y los dos apellidos junto al apodo que, entre paréntesis, enmarca y acerca el vínculo con la persona que todos conocían.

A la hora del desayuno, la conversación gira en torno al fuego. Los lugareños hablan con quien acaba de llegar y le cuentan la presión por levantar un parque eólico, la amenaza sobre castaños centenarios, la vida de los abuelos, que se alimentaron gracias a esos bosques que hoy resisten más abandonados y vulnerables, como hemos visto después.

Nos acercamos al Monasterio de Santa María de Carracedo, donde el esplendor de la piedra y los siglos de historia resuenan entre los muros y las bóvedas en pie, y también en las zonas que no se conservan pero dan cuenta de la grandeza perdida. Hospital y refugio de peregrinos, huertas y palomares, dinero y política, el ingenio del agua, fe y cultura… Nos reencontramos con el silencio en un lugar turístico (aunque minoritario), y recibimos la amabilidad de quienes lo cuidan y lo atienden, que nos conceden la alegría del huésped bienvenido.

La última visita antes de reiniciar el viaje es a la iglesia románica de Santiago, en Villafranca del Bierzo. En su interior, está prohibido sacar fotografías y hago un esfuerzo enorme para conservar en mi memoria la llama de las velas en hilera que han dejado los fieles. Ese temblor. Esa luz. Ese subrayado mudo de oración ante la imagen del apóstol. Necesitamos creer.

Cruzamos el puente romano, nos despedimos del río Burbia… El paisaje hacia Santiago de Compostela es verde y frondoso, magnífico: los Ancares Leoneses. Prometemos volver cuando haga falta llenar los ojos de vida. En ese momento, pienso que sus árboles me van a esperar con la misma altura y la misma belleza. A ratos, mi mirada vuelve al móvil, pero no para activar la cámara sino para atender el aviso del hotel cuya recepción cierra dos horas antes de nuestra hora prevista de llegada. Afortunadamente, la tecnología y la amabilidad de los desconocidos soluciona cada paso. Es su negocio y lo cuidan, pero también cuidan al viajero. Vivo en Madrid, una ciudad que no soporta ni cuida a nadie, y noto esa caricia distinta, el contraste.

En los primeros y temerosos pasos nocturnos, Santiago me resulta oscuro e incluso un tanto inhóspito. La primera escena es una pelea o un robo. Como en casi todos los sitios, se cruzan los destinos de maleantes y aprovechados con personas sin hogar o sin rumbo, en un babel de lenguas. También creo distinguir la figura perdida de peregrinos que quizás no recuerdan cuando llegaron. De día, la ciudad es bien distinta. Bulliciosa, vital, excesivamente repleta de visitantes y, no obstante, disfrutable. En la oficina de turismo, se exhibe una campaña que dice que Santiago es frágil y permite descargarse una guía para un turismo sostenible. Me temo que la guía llega tarde. Santiago ha expulsado ya a la mayoría de sus habitantes. No hay tiendas para ellos, como si fuera posible alimentarse solo de souvenirs, tartas de almendra y cremas de orujo. No obstante, en pocas horas, Santiago de Compostela me ha conquistado para siempre.

Callejear permite conocer una iglesia detrás de otra y descubrir plazas llenas de vida. Es posible escuchar un concierto festivo en la plaza de Quintana y, a continuación, una misa cantada en la iglesia de San Paio de Antealtares, donde las monjas benedictinas abren la verja de la clausura y un órgano algo afónico compite con el jolgorio exterior. Apenas cuatrocientos metros separan elecciones vitales que están en las antípodas, pero la ciudad parece ofrecer espiritualidad y fiesta, gastronomía y piedra, canción y flores.

Santiago es una ciudad completamente abierta. Sorprende la accesibilidad casi permanente a sus numerosísimas iglesias (Santa María del Camino, la Capilla de las Ánimas, San Bietio, San Agustín, San Fiz de Solovio, San Martín de Pinario, Santa María del Sar…), quizás inevitable por el discurrir constante de peregrinos. El acceso sin barrera a los templos contrasta con otros viajes donde el intento de conocer el patrimonio, cerrado a cal y canto en demasiadas ocasiones, resulta fallido.

Los edificios civiles también están abiertos. Desde claustros y patios, la belleza que esconden antiguos conventos, casas palaciegas y sedes universitarias atraen al visitante, que se deja seducir y, al acceder, se siente nuevamente bienvenido y puede observar la belleza del tiempo desde ventanas y escaleras. Al levantar la vista, las torres de la catedral salen al encuentro casi siempre, mientras que, solo de vez en cuando, se descubre la vida cotidiana de un vecindario escaso: una olla al fuego, la ropa de la colada o el busto asomado de quien contempla el constante trajín de otros que están de paso. Las campanas nos acompañan a lo largo del día. Marcan las horas, recuerdan el por qué del camino y del destino, las preguntas íntimas que quizás nos trajeron hasta esta ciudad.

Interrogantes, peticiones y rezos permanecen en la atmósfera de cada templo, en las velas prendidas a pesar del humo y su impacto. En Santiago, salvo en puntuales excepciones, esas pequeñas llamas son reales y no simulaciones eléctricas. La mirada establece una comunicación con ese fuego. Se siente la necesidad de permanecer en el silencio del templo, junto a la piedra y el cirio prendido, en el secreto orante de la plegaria, en la belleza del arte y su compañía de siglos, en esa búsqueda de sentido y transcendencia.

En el día de la partida, Santiago de Compostela ha dejado una huella que acompañará el camino de vuelta y, seguramente, el resto de la vida. Nada más arrancar ya se nota la nostalgia, cierta morriña, mientras desde la carretera divisamos paisajes verdes y fértiles. Pinares, maizales y viñedos nos conducen a Castilla donde el amarillo intenso de sus campos y sus atardeceres se impone como paisaje y como termómetro otra vez sofocante.

Tras un par de días en el calor inclemente de Madrid, un nuevo viaje me lleva a una playa del sur, en Almería. Un año más, el primer despertar no lo genera ningún sonido artificial sino el sol, que inaugura el día y se cuela a raudales por las ventanas que dejamos abiertas invitando a la brisa nocturna. Despierto porque amanece. No porque hayan empezado a trabajar las máquinas que asfaltan el barrio. Despierto sin cansancio, aunque son las siete y media de la mañana, porque los pájaros se han puesto a cantar.

Tras el desayuno, el paisaje y el ambiente son la memoria y la certeza de los veranos de mi infancia. Sombrillas, neveras, sillas de playa, flotadores y pareos con colores vibrantes y exagerados por la luz; los cuerpos bronceados y tendidos sobre la arena; los baños en el mar y la mirada fija en las mareas; las conversaciones triviales de los reencuentros en el chiringuito… Hay ganas de disfrutar y relajarse, hay una decisión colectiva de flotar.

Algunas noches, en mis sueños, aun se cuelan iglesias románicas, góticas y barrocas; me veo rodeada por la piedra y el paisaje del viaje anterior. Como si algo de mí siguiera allí, recordando un camino pendiente y el deseo de regresar.

Rosana Acquaroni: poesía y verdad

Desde mi último texto, se han sucedido acontecimientos y sucesos sobre los que hubiera querido escribir. Sin embargo, una vez más, no hubo tiempo a tiempo y perdieron la oportunidad. A nuestra velocidad habitual, parecen noticias de hace siglos.

Se nos murió y enterramos a un Papa que pidió la paz sin lograrla. Se nos apagó una península entera y recorrimos kilómetros para alcanzar nuestra casa, ese refugio tan necesario y tan poco accesible para muchos. Celebramos la lluvia, el sol y la llegada de una primavera explosiva en cada recodo. Nos despedimos de José Mujica y añoramos, al recordarlo, más voces y más testimonios como los suyos. Nos manifestamos contra la matanza genocida del pueblo palestino y seguimos, día a día, actualizando cifras de niños y adultos asesinados, familias enteras en sudarios; mientras los vivos se enfrentan al hambre entre los escombros, y la ayuda humanitaria espera en los pasos fronterizos paralizados por la barbarie política.

Frente a la urgencia de lo que es noticia y las masacres que se convierten en “normales”, las horas laborales han alternado con momentos renovadores en los que el arte ha procurado luz y sentido. Música (El cuento del zar Saltán, en el Teatro Real), artes plásticas (Otros surrealismos, en la Fundación Mapfre), y encuentros literarios (sobre Edgar Alan Poe; o escuchando a Mario Montalbetti o Fernanda García Lao), han propiciado momentos gratificantes. Y mientras algunas notas quedan para otro escrito, comparto, en estas líneas, mis impresiones de una nueva sesión del VIII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, coordinado por Alberto Cubero, en el marco del espacio ‘Diálogos con el Arte’ que organiza el Foro Psicoanalítico de Madrid. El encuentro tuvo lugar el pasado 9 de mayo de 2025 y ofreció un diálogo entre la poeta Rosana Acquaroni y el psicoanalista Gabriel Hernández.

Una vez más, la conversación que vincula poesía y psicoanálisis sirvió para abordar la verdad de quien escribe, una verdad en mayúsculas. En las generosas palabras de Rosana Acquaroni, sincera y sin tapujos, encontré revelaciones que dan pie a conocer y (re)conocerme, como me ha ocurrido en otras sesiones. Y, por supuesto, para seguir aprendiendo. Anoté frases de Rosana con las que coincido: “la poesía como lugar de revelación y enigma”. Y a partir de esa premisa, entendí la importancia de citar al gran poeta chileno, Raúl Zurita: “Estoy completamente de acuerdo con Zurita cuando dice que uno tiene que escribir su verdad sin autocomplacencia”. Después de esas palabras preliminares, Rosana Acquaroni comenzó a leer poemas de La casa grande (Bartleby, 2018); libro que ha sido merecedor del Premio del Gremio de Libreros de Madrid (2019) y base de un podcast con mención especial en los Premios Ondas.. y que, sin duda, para su autora ha debido de brindar otro premio más íntimo y esencial: “La casa grande cambia mi manera de escribir, incorporando lo biográfico, creando cierto diálogo con el lector desde una experiencia que es a la vez personal y universal, y permite esa conexión”.

Explicó Rosana Acquaroni que La casa grande desvela un secreto familiar; y que “esa carga que se había densificado durante años surgió con sus tres primeros versos, revelando desde la poesía la historia de mi madre y la mía”. Si bien es un libro que habla de la locura, la soledad, la infancia y el amor; como dijo el psicoanalista Gabriel Hernández, es una “escritura hospitalaria que invita a leer”.

La lectura continuó hilvanada por muy diversas reflexiones, entre ellas, la preocupación por el lenguaje y la dimensión ética de lo que se dice y escribe. Apuntaron los amigos psicoanalistas que Lacan hablaba de la ética como el «bien decir». Seguramente, hay una cierta articulación de ética y estética, y también “un compromiso con lo que hay que decir”, como sostuvo Acquaroni. Así mismo, se recordó que poesía y filosofía fueron de la mano al principio, y sus preocupaciones explican esa conexión. Originalmente, «poiesis» significaba «hacer», en un sentido técnico, y se refería a la actividad creativa de todo trabajo artesanal, incluido el que realizaba un artista. Mientras la filosofía (del griego, ‘amor a la sabiduría’), apunta a una reflexión sobre lo humano y el universo.

Siglos después, en cada obra de arte, y un buen poema lo es, seguimos enredados en la pregunta y la multiplicidad de sus respuestas, de la mano de un lenguaje que, como decía Rosana, ha de ser exigente y, en la medida de lo posible, certero.

Como en otros Diálogos de este ciclo (me vine al recuerdo inevitablemente el que protagonizó Rosa Lentini), se volvió a hablar de la clarividencia que, en ocasiones, genera la poesía, capaz de hacernos ver lo que estaba oculto, retomando la cuestión de la verdad y la revelación enunciadas al principio de la charla. Sostenemos una larga cadena de significantes cargados de significados, y eso acaba atravesándonos.

En esa palabra poética inconsciente, encontré cierta afinidad con la conexión azarosa que puede generarse en una sesión psicoanalítica, cuando una expresión se carga de significado y, de forma inesperada, puede ayudar a descifrar parte del daño y también propiciar el proceso de sanación.

Después, nos adentramos en la lectura y la escucha de 18 ciervas (Bartleby, 2023), que Rosana Acquaroni definió como un Ars amandi, una polifonía de voces sobre el amor, desde el enamoramiento al desamor, pasando por la pasión y el encuentro. De nuevo, la palabra verdad se alzaba entre versos magníficos, donde el lenguaje y la estructura del libro habían sido inicialmente concebidos desde el hallazgo, para ser después búsqueda y trabajo, siguiendo el rastro y la impronta de las pinturas de la Cueva de Covalanas (Cantabria); y la imagen, tan mítica como real, de una cierva, ya sea dibujada, viva o herida por una escopeta de caza.

Las preguntas y respuestas volvieron a indagar en la relación y la distancia entre lo que se vive y se escribe. “Mi escritura no tiene nada que ver con la auto-ficción”, volvió a explicar Acquaroni: “Lo escrito tiene sentido si afecta al lector, si le toca, si le conmueve. Es transcender sobre lo vivido y que puedas decirlo de una manera que deje un lugar para otro. Un lugar donde pueda entrar y cobijarse. Ese es el gran milagro de la poesía”.

Concluyó Rosana Acquaroni que “la poesía es más grande que los poetas” y no puedo estar más de acuerdo. La palabra poética es más sabia que nosotras, nos precede y se nutre de numerosas fuentes de diversa índole, consciente e inconsciente, racional y lingüistica, azarosa y revelada. Entre ellas, también coincidimos en el descubrimiento de las poetas norteamericanas que, en un determinado momento, nos mostraron que se puede narrar desde la poesía.

Entre mis notas, quedan nuevas intuiciones para comprender mis propios procesos de escritura. También hay versos subrayados que resonarán en cada nueva lectura de los dos libros citados. A partir de ahora seré aún más consciente de que: “de la obediencia no se sale indemne” (La casa grande), y “el sacrificio no sacia la demanda” (18 ciervas).

En la medida de lo posible, hemos venido a este mundo a desarrollarnos como seres libres, y la escritura es una de las formas en las que, a día de hoy, es posible ejercer esa libertad. Nuestra biografía da cuenta de episodios y huellas que nos han marcado hasta llegar a esta reciente tarde de primavera en la que, escuchando las diversas intervenciones, se me vino a la cabeza que, quizás, el psicoanálisis no sirva para saber quién eres, pero te ayuda a decir quien no quieres ser.

Por eso, mientras la humanidad fracasa y la banca gana; mientras algunos se embolsan millones jugando con armas, tramas sucias y la muerte ajena, con los dividendos de la luz y los techos que no alcanzan a todos… Yo sigo leyendo y escribiendo, hilvanando palabras nuevas y aprendiendo gracias a la generosidad ajena, por si acaso en la palabra hubiera, de milagro, alguna posibilidad de entender y entendernos.

El viaje como reencuentro

Las vacaciones han vuelto a ser un bálsamo para los afortunados que hemos tenido unos días de descanso. Sabemos lo que significa esa palabra frente a las voces antónimas heterodoxas que no dan tregua: trabajo, horarios, obligaciones, rutina, hastío… El rumor de maletas por la calle, el trote de esas ruedas tan pequeñas como escandalosas empezaron a hacernos cosquillas antes del Viernes de Dolores.

En mi primer día libre quise escribir algo para este blog, pero no salieron las palabras. Solo era capaz de hacer inventario de los cansancios acumulados y alentar las ilusiones para los paisajes y días por venir, con todas sus horas convertidas en ofrenda personal. El texto quedó en mero esbozo. Ahora que el agotamiento se ha disipado, quizás tenga sentido evocar algo de cuanto quedó sin escribir en tantas semanas sin crónicas, con la excepción de aquel día en el que la masacre puso fin a la frágil tregua en Palestina y aquel horror, junto a la reivindicación de cuanto nos hace humanos, provocaron mis palabras, como una sacudida.

A pesar de lo no escrito, febrero, marzo y el comienzo de abril dieron para mucho, pero no tuve tiempo de compartirlo aquí. Para recordar el ocio y el disfrute de esos meses he tenido que recurrir a la memoria de mi teléfono, donde fotografías y notas languidecían, pendientes de ser rescatadas. Todas ellas han vuelto a recordarme que la vida sigue ofreciéndome motivos para la alegría y que disfrutar los pequeños regalos cotidianos es, en realidad, otra obligación que no debería perder de vista cuando las horas sean estranguladas por el despertador y los deberes. Una vez más, escribir sirve para dejar señales en el camino y guardar una dosis de vitaminas para cuando vuelvan a bajar las defensas.

La mayor parte de esas fotografías han sido tomadas en distintos viajes. No es raro. Aunque lo intentemos, al final, cuesta percatarse de alguna novedad en los recorridos y calles habituales. Si no fuera por esta lluviosa primavera que trajo una floración espectacular de especies silvestres y de los prunos y almendros de los alrededores, apenas conservaría material que muestre la belleza y la sorpresa que a veces encierra lo cotidiano. Frente a lo de siempre, Toledo, Ginebra y Burgos han sido breves escapadas a lugares que he visitado en varias ocasiones y ofrecieron la posibilidad de una pausa y el reencuentro con personas queridas y un tiempo más ancho y generoso.

Las tres ciudades han vuelto a ser espacios acogedores donde el paseo ha contribuido a la serenidad porque, cuando desaparece la urgencia descubridora del turista, se saborea y disfruta el lugar que ya forma parte de nuestra memoria. Podría parecer que no tienen nada que ver entre sí, pero en las tres subyace el abrazo que supone recorrer calles antiguas donde han coexistido diferentes culturas y lenguas, y tanto el trazado urbano como los monumentos siguen dando cuenta de esa convivencia y de la evolución.

Así, Ginebra presume de ciudad refugio desde hace siglos; mientras la huella del arte mudéjar pervive en artesonados, estructuras y decoraciones del Monasterio de Santa María La Real de Las Huelgas (Burgos), porque muchos artesanos moriscos de Toledo recibieron la llamada de Alfonso VIII para trabajar en el primer monasterio; igual que los restos de estilos y ritos diversos conviven en armonía en la maravillosa Mezquita del Cristo de la Luz (Toledo). Y por supuesto, la contemplación monumental nos permite conectar con quienes nos precedieron. Sigo celebrando el asombro que me genera ver la evolución del románico al gótico, imaginar a aquellos artesanos y primeros arquitectos que se atrevieron a aligerar las construcciones buscando el cielo. Su afán por la belleza y la transcendencia en esas bóvedas imposibles me resultan apelaciones contemporáneas. Así mismo, ante esos retablos de diversas épocas, que explican las escrituras y la historia del poder que configuraron el pensamiento durante siglos, es lógico preguntarse quienes somos ahora, en este siglo XXI que se vuelve irrespirable en la distancia mínima de un botón de nuestro móvil, en cuanto pasamos de la cámara de fotos a un periódico digital.

En la reciente visita a Burgos, me ha conmovido que persistan la clausura y la oración en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, la Cartuja de Miraflores o en el citado monasterio de Las Huelgas; y resulta inevitable que, en la proximidad de ese rumor, rodeados por tanta imagen sagrada y tanta piedra bendecida, se busque y encuentre una conexión espiritual. Quizás por eso me resonó tanto un mensaje escrito con letras modernas en las escaleras de la capilla de Santa Tecla y Santiago, en la catedral de Burgos: “Peregrinos de esperanza”.

La contemplación del arte y la compañía de las personas que queremos son formas de dejarnos atravesar por esa esperanza. Si seguimos celebrando la vida con otros; si brindamos y hasta bailamos con ellos en sus recientes cumpleaños; si ofrecemos nuestros poemas en una lectura en voz alta; si ponemos la mesa para compartir una comida sencilla y rica; si intercambiamos un beso de buenos días o buenas noches; si nos emocionamos ante el descubrimiento de nuevos libros, películas, cuadros y espectáculos escénicos es porque ni las noticias de los medios de comunicación ni las obligaciones que nos aturden cada día han logrado acabar con lo más profundo que somos.

Llevamos la cuenta de la desgracia. Sabemos que en Palestina se ha superado la cifra de 50.000 personas asesinadas. Sabemos que mientras unos rezan otros siguen conjugando con maldad y alevosía los verbos de la desolación ajena. Estuvimos de vacaciones pero no olvidamos, resistimos en esa vergüenza que no podemos detener.

Ahora que las ruedecitas de las maletas del vecindario vuelven a sonar con el mismo escándalo de la ida, aunque con cierta desgana por el regreso, es imprescindible fijar la vista en los árboles que nos rodean. En los últimos días de marzo, sus ramas estaban casi desnudas y parecían muertas. Había que detenerse muy cerca para descubrir pequeños brotes donde aguardaba la explosión de la vida. Abril ha llenado esas ramas de hojas verdes, su fortaleza y su lozanía son fruto de la lluvia cadenciosa y constante de esta una nueva primavera. Que esa imagen sea también la nuestra. Que mantengamos la esperanza. Que permanezcamos nutridos y bendecidos por los días y las horas en las que el paseo y el descanso nos reconciliaron con otras forma de mirar, caminar y enlazar las manos.

Palabras de paz y de guerra


Quizás un hombre llama a otro, al filo de nuestra media noche, y le avisa: «voy a matar». El otro no le detiene. Así pues, con su silencio cómplice o su permiso asesino, también mata. Cuando nos levantamos al día siguiente, nos despierta la brutalidad de una nueva masacre.

Desde los primeros análisis de urgencia y las cifras iniciales de seres humanos asesinados y heridos, las horas se van cargando de desesperanza… Trescientas, cuatrocientas, más de cuatrocientas personas: en su mayoría, mujeres, ancianos, niños y niñas, puesto que apenas quedaban hombres entre las ruinas previas. Las fotografías muestran sudarios de todos los tamaños, telas blancas que cubren lo que será un llanto incesante; el ajuar de las casas deshechas, colchas y mantas, son también mortajas improvisadas.

A quienes desde hace años repetimos las palabras de aquel libro y seguimos pidiendo la paz y la palabra, se nos queda un frío inconsolable en el cuerpo. Sabíamos que la tregua era frágil; que los párrafos del derecho humanitario se han convertido en quimera y lodo; y que la expresión ‘campo de refugiados’ esconde vergonzosos cementerios que nos condenan a todos por asistir a un genocidio en directo, con las manos detenidas por el espanto.

Las noticias del mediodía ofrecen el testimonio de quienes trabajan del lado de las víctimas. Hace semanas que, en medio de esto que desde lejos llamábamos tregua, habían cerrado el paso a los víveres, el agua potable y los medicamentos. Anoche los hospitales se vieron desbordados por decenas de personas que, en cuestión de minutos, llegaban para implorar un auxilio imposible: cómo curar cuerpos mutilados y quemados para siempre, órganos paralizados y una certeza de terror e indefensión que se encarnará en la tierra. Las cenizas permanecerán para siempre sobre una pequeña franja.

Alguien avisó que iba a matar y otro alguien le celebró la ocurrencia. Vuelvo a preguntarme por el significado y el valor de la palabra. Se dijo y se escribió: “acuerdo de paz”. Se dijo y se escribió “respeto al alto el fuego”. Pero los adjetivos han tenido razón, la frágil tregua, ¿recuerdas? Tan frágil como el cuerpo de un bebé, como el proceso de lactancia, como los primeros pasos de quien confía alcanzar la edad adulta mientras las bombas y las acciones de los malvados condenan su presente y su futuro.

A pesar de mi honda tristeza y mi falta de fe en la palabra, a la tarde decido salir. El temporal es tan serio que le han puesto nombre, pero en Madrid sólo se traduce en lluvia y frío. Aquí, no caen bombas ni metralla ni gases tóxicos ni sustancias químicas prohibidas. Busco en mi armario la kufiya que compré hace algunos meses y entiendo que ningún símbolo puede con tanta infamia. Me planteo que es posible que mi pañuelo haya sido tejido por manos yacentes que no volverán a coser estos hilos en cuyos dibujos imagino el vuelo de los pájaros, una libertad plena e inalcanzable. En señal de luto y respeto, vuelvo a guardarlo en su funda.

Atravieso la oscuridad del subsuelo del metro y llego a la librería Rafael Alberti, a la presentación del libro titulado ‘Tampoco yo soy un robot’ (Vaso Roto, 2024), de Amalia Iglesias Serna. En la calle arrecia la lluvia, pero la poesía vuelve a ser refugio. Esta tarde las palabras de la autora, acompañada por Isel Rivero y Fernando Castro Flórez servirán para reivindicar la belleza frente a la desolación y los valores humanos frente a la barbarie incivilizada que golpea el mundo donde vivimos.

En primer lugar, Isel Rivero repasa otros libros de Amalia Iglesias, las afinidades del camino previo: “el descubrimiento del lenguaje de las piedras, las cuevas del subsconsciente y la conciencia que emerge desde las tinieblas. Los ojos de piedra nos siguen mirando”. Y ahora, en el nuevo texto, la poeta observa el universo y se rebela contra una tecnología que nos anula. Dice Isel Rivero que “este libro ha de guardarse bajo la almohada y ser consultado como oráculo de bolsillo, porque además de abordar la tristeza como víspera de la esperanza, también es un libro de batalla y resistencia”.

Por su parte, Fernando Castro Flórez, ofrece su lectura erudita y apasionada del nuevo libro de Amalia Iglesias. En su voz resucitan libros leídos o pendientes, una nueva biblioteca donde guarecerse: poesía, filosofía y los sueños de nuestra especie; también se citan obras pictóricas y composiciones musicales; la reflexión y la defensa de los derechos humanos… Asistimos a una magistral charla de humanidades que reivindica la belleza del paisaje y la fuerza del horizonte, la necesidad de una esperanza y del regreso de las luciérnagas. Deseo que ese texto sea compartido para otros días oscuros que, sin duda, vendrán. Afortunadamente, el lado bueno de la tecnología lo permite en este video.

Gracias a las palabras de Isel Rivero y Fernando Castro Flórez y a los poemas de Amalia Iglesias encuentro la fuerza que me faltó cuando salí de casa. Sé que debo aferrarme a cuanto se ha dicho esta tarde porque coincido con ellos en que “la lengua siempre es un lugar de consuelo”. Me amparo en la sensibilidad de estos minutos como si fueran el salvoconducto que necesitara la humanidad… Volver a ser humanos, en su magnifica acepción racional y emocional; allá donde pervive la compasión y nadie tendría ni el plan ni el permiso para matar. Inevitablemente, me viene a la cabeza el recuerdo de los poemas de Rafeef Ziadah quien, en un inolvidable recital en Madrid, nos transmitió la petición de su pueblo: “no nos olvidéis, contad lo que ocurre”.

Me quedaría a vivir en el lugar de una lengua que abraza y anhela una verdadera justicia contra los malvados ególatras que condenan tantos amaneceres. El acto acaba y en la calle chispea. Regreso a casa con un calor pequeño que es pulverizado por las imágenes de las noticias en la televisión. Me duelen otra vez los cuerpos envueltos, la huida hacia la nada, la mirada de un niño cuya mano infantil repasa los escombros…

Abro el libro de Amalia Iglesias, miro el haz de luz de una farola reflejado en mi ventana. Quiero pensar que esta noche no caerán nuevas bombas. Tengo ganas de rezar y de llorar. Leo. El libro incluye una letanía y un réquiem, pregunta para qué y por qué. Quizás el poema sea una forma de oración.

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