La huella de un maestro

El pasado 8 de octubre, forcé el don de la ubicuidad, porque además de acompañar a Marga Mayordomo con su Meridiano de Greenwich, quería estar en la presentación del libro de memorias de Agustín García Matilla, uno de mis mejores profesores en aquella infausta Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, entre los años 1990/95.

Llegué tarde, pero llegué a tiempo; y me alegró el llenazo de la sala, en el Ateneo de Madrid. Aunque me había perdido las primeras palabras, era fácil retomar el hilo y el sentido de aquel encuentro en torno a un libro titulado: Recuerdo del tiempo vivido. ¿Para qué mi vida? Ikigai.

A pesar de los más de treinta años transcurridos, la voz de Agustín sonaba igual que en aquellas clases suyas tan estimulantes, donde era posible soñar con un periodismo y una televisión que sirvieran de motor para la transformación social; enseñanzas que daban sentido a una vocación que, personalmente, he perdido, mientras Agustín García Matilla se aferra aún a una lúcida esperanza. No en vano, la expresión japonesa que responde al título de sus memorias, apunta a la motivación que nos impulsa a actuar y a vivir. El Ikigai permite mirar hacia el futuro con esperanza cuando estamos haciendo lo que creemos que venimos a hacer al mundo. Se vincula a la autorrealización y es algo intrínseco y espontáneo, que hace que nuestros actos nos causen satisfacción por sí mismos. Este sentido vital se relaciona también con el ámbito laboral y cómo interaccionan nuestros intereses con lo que nos rodea.

Sólo desde esa visión es posible haber sido un gran profesor durante más de cuatro décadas. En estos tiempos de docentes exhaustos y desencantados, la respuesta de García Matilla sigue siendo la que experimenté en sus clases. “Mantener la ilusión. Sentir compasión hacia uno mismo y hacia los demás y admirar a mis estudiantes. Unos ojos iluminados en el aula compensaban a quienes me lo ponían difícil, a los que también tengo que agradecer que me obligaran a esforzarme más”.

Soy consciente de que mis ojos brillaron en la mayoría de sus clases y que aquella asignatura de nombre tan imposible como ampuloso para una facultad sin recursos, “Teoría y Práctica de la Comunicación Audiovisual”, me permitió aprender sobre la televisión; amar, aún más, el cine y descubrir la magia de la fotografía.

A lo largo de la presentación, con el realizador y guionista Manuel Valdivia Santiago y la dramaturga Paloma Pedrero Díaz-Caneja como cómplices imprescindibles, se proyectaron algunas de las fotografías incluidas en el libro, dando cuenta de algunas personas y momentos que han marcado su biografía, tanto en el ámbito familiar como profesional. Así, se recordó con emoción la trayectoria profesional y el carácter de su padre, Eduardo García Maroto, uno de los pioneros del cine español; y se refirió a su hermano, el dramaturgo Luis García Matilla, como su faro, y también, como la persona que le enganchó al teatro en su juventud, lo que dio paso a varias anécdotas de aquellas primeras experiencias como “teatrero”, una palabra mágica para quienes alguna vez, aunque haya sido de forma amateur, nos hemos subido a un escenario y hemos probado su veneno. Seguramente, en aquellas lides se afianzaron las cualidades de “liderazgo de un tímido”, como él mismo lo definió, explicando esa necesidad de “tirarte a la piscina porque crees en tus ideas, y quieres defenderlas”.

La conversación resultó una fiesta para las casi cien personas vinculadas a Agustín García Matilla que, con nuestra presencia, le ofrecíamos el homenaje y el aplauso que, seguramente, le debíamos desde hace mucho. Con un alarde impresionante de memoria, iba enlazando no solo sus recuerdos sino identificando los nombres y apellidos de compañeros de trabajo, amigos y antiguos alumnos, fruto de un largo periplo formativo, profesional y académico. Desde sus estudios en el Instituto de Radio y Televisión, cuando soñaba con ser director de cine, y empezó a investigar sobre el consumo de la televisión, la manipulación de los mensajes y el potencial educativo de los medios audiovisuales…

Lector y entusiasta incansable, un proyecto le llevó a otro, de forma constante e ilusionada, rodeado de equipos que él ha sabido engrasar con generosidad y amplitud de miras, confiando en la potencia del talento colectivo, de colegas y aprendizajes que llegaban desde América Latina con la impronta de Paulo Freire, entre otros. Así, con veintiséis años, se convirtió en el director técnico de la UNED, aplicando medios audioviduales a una educación a distancia que se limitaba al envío de temarios por correspondencia. Después, vendrían más de cuarenta años de docencia y diversas responsabilidades en las Universidades Complutense, Carlos III y el Campus de Segovia de la Universidad de Valladolid, donde ha sido decano, vicerrector y responsable de un proyecto que le ha hecho enormemente feliz, el Máster de Comunicación con Fines Sociales: Estrategias y Campañas. Una carrera que le ha convertido en uno de los mayores expertos en comunicación para la educación.

Tampoco faltó, en el repaso a su trayectoria profesional, su etapa al frente de los programas de servicio publico de TeleMadrid, en la época más bonita de una recién nacida televisión local. Aunque recordó la extrañeza que le generó el nombre, “¿por qué programas de servicio público cuando toda la programación debía ser servicio público de forma transversal?”. Agustín García Matilla y un amplio equipo de profesionales lograron hacer una televisión distinta, con un profundo sentido social, que fue reconocida por los premios de la UNESCO y, tristemente olvidada por los modelos televisivos (y repulsivos), que han venido después.

Como ciudadanos, tenemos que lamentar que esa televisión no haya sido posible y que tampoco llegase a buen puerto su candidatura y proyecto para el Consejo de RTVE hace pocos años. Creo que tendríamos un país distinto y mejor porque, a pesar de mis decepciones profesionales, sigo creyendo en que una comunicación al servicio de la educación puede transformar la sociedad para bien. Y porque coincido plenamente con las palabras de Agustín: “se puede hacer una televisión útil a la educación y a la cultura con los propios profesionales que hay en las televisiones; frente al modelo que privilegia la productora, que busca la rentabilidad, y los intereses políticos, centrados en su rédito electoral”. “Es muy triste que, desde los medios, se haya fomentado la hostilidad en lugar de promover una ciudadanía critica y consciente”, concluyó al respecto.

Casi acabando, entre las intervenciones del público, compañeros y amigos le tiraron varios cables para que se sumase a proyectos diversos… pero Agustín no quiso perder los pies de la realidad, de la urgencia de este tiempo: “la tarea primordial es recuperar la atención y enseñar a vivir y a ser buenos ciudadanos, al margen de los intereses de empresas y políticos hooligans”.

La tarde se cerró con generosidad, recordando que el libro cita a 2.500 personas, lo que demuestra que Agustín ha sido un gran impulsor de grupos de afines y equipos de trabajo, defensor de la cooperación y de la gente modesta que genera transformaciones sociales. La misma mirada con la que siempre ha entendido la educación, “el profesor es el que da oportunidades a los demás”. Eso es lo que ha hecho en su día a día, “aunque fuera poniendo mi primera Nikon en manos de mis estudiantes de Lenguaje Audiovisual”. Una foto de aquellos momentos se proyectó en la sala y recordé aquella mañana de sábado, cuando los alumnos de su asignatura íbamos por grupos a la Plaza Mayor de Madrid, para disparar con una cámara que nunca habíamos manejado. Allí descubrimos la ayuda del fotómetro, el hallazgo del enfoque y el punto de fuga, el juego de la arquitectura y los charcos, la belleza de la luz. Hicimos fotos en blanco y negro y nos sentimos distintos.

Más que la presentación de libro, el acto fue una fiesta de la amistad, un repaso a una vida enfocada al bien común. Mientras se publican biografías falsas, edulcoradas o insulsas, Agustín ha autoeditado sus memorias para hacer balance y asamblea, donando lo que se obtenga de las ventas a la Fundación EMALAIKAT, para sus proyectos en Etiopía.

Cuánto me alegra haberle tenido como profesor y dedicarle estas líneas de gratitud y homenaje. Quizás también responden a mi propio Ikigai, esa razón de ser que no debemos olvidar. Gracias, maestro, por la penúltima lección.

Mis lecturas de verano

En este año distinto, también he disfrutado del habitual paréntesis vacacional. Resulta raro irse de vacaciones en mitad de una excedencia, pero el calendario y la rutina ordenan su propio ritmo. Así, los días de playa me han servido para celebrar que mi madre haya cumplido ochenta años y que, con algo de ayuda, puede entrar en el mar a darse un baño; y para acompañar el descanso de otros, su mirada posada en el vaivén de las olas y los colores del atardecer.

Personalmente, he notado como nunca la calma que venía en la maleta y la mente más despejada. Circunstancias que, lejos de la rutina de la casa y la ciudad habitual, me han permitido disfrutar ampliamente de la natación y la lectura. El cuerpo se ha recuperado, brazada a brazada, de las placenteras horas de silla de los últimos meses; y he leído con hambre, con atención y disfrute… pensando en los proyectos de escritura que me esperan en la recta final de este tiempo único.

Este año, al escoger los libros del viaje, he sido muy consciente de esa lectura con propósito. Y así, he optado por algunos que llevaban largo tiempo en casa y cobraban ese sentido especial. Voces de otras escritoras, estilos diversos, pistas y deslumbramientos muy íntimos que aún resuenan. Aunque no suelo dar cuenta de mis lecturas en este blog, esta vez me apetece esbozar unas líneas. Declarada la excepción, vaya también por delante la aclaración de que no son reseñas al uso, sino la huella, quizás desordenada, de una lectura profundamente personal y también, una expresión de gratitud.

Recuerdos del futuro. De Siri Hustvedt

Recuerdos del futuro (Seix Barral, 2019), ofrece un viaje por la escritura y por quien escribe. Cuarenta años separan a la joven Siri Hustvedt que llegó a Nueva York de la autora en la que se ha convertido.

En la narración alternan sus experiencias y amistades de entonces, algunos hitos de su biografía y su presente, junto con las notas de aquel viejo diario personal y del cuaderno Meads, donde intenta su novela. Los aciertos y los meandros de la escritura, los callejones tapiados, el hambre y las dudas desfilan por unas páginas que sirven casi de taller literario.

Siri Hustvedt, Minnesota para sus primeras y desconcertantes amistades, quería escribir una novela antes de acceder a la beca para cursar Literatura Comparada en la Universidad de Columbia. Por eso solicita y recibe una prórroga de un año. Ese tiempo tan distinto y parecido al mío, de tentativas y fracasos, me ha conectado de forma íntima con un libro donde el tema central es cómo escribir y escribirse. Los recuerdos y su manipulación, el peso de lo autobiográfico, la importancia de las lecturas, la relación entre escribir y fracasar, los elementos que sostienen la estructura narrativa y las heridas que va dejando la propia existencia… Así como numerosas reflexiones sobre la condición de la mujer artista, donde las figuras de la baronesa Elsa Hildegard Plötz (Elsa von Freytag-Loringhoven, de soltera), o Mary Shelley adquieren una relevancia y un significado inspirador que concierne a cualquier mujer que quiera firmar su propio relato con su nombre.

(Siri Hustvedt estará en Madrid el 24 de septiembre. Las entradas, a dos euros, se agotaron en junio. Como esa ciudad de Nueva York que no he pisado, supongo que Madrid lo ofrece todo; pero también exige un tiempo, un dinero y una atención que muchas veces nos deja con las manos vacías).

La trabajadora. De Elvira Navarro

Tras el viaje imaginario por Nueva York, necesitaba un libro que me devolviera a Madrid. La trabajadora (Random House, 2014), novela de Elvira Navarro, me permitía un regreso sin concesiones a una ciudad que cada vez es más dura, donde la precariedad laboral y la salud mental acaban por tejer un siniestro devenir. La vivienda escasa y carísima fuerza extrañas compañías bajo el mismo techo, en ese extrarradio poco fotogénico, en esos barrios donde laten las violencias y las amenazas, pasadas, presentes y futuras.

La convivencia entre Elisa y Susana está llena de secretos y falta de confianza, a pesar de compartir piso y algunas rutinas que las acercan y humanizan. Cada una tiene sus sueños y sus fantasías, sus proyectos vitales, sus heridas sin cicatriz, abiertas. Curiosamente, la novela nos sorprende llevándonos por episodios no esperados, pero perfectamente posibles. ¿Por qué no? Casualidades y causalidades se suceden. ¿No es eso lo que siempre promete la gran ciudad?

Magníficamente escrita, con metáforas y símiles de alto vuelo poético, con una estructura narrativa que deja indicios e impulsa cada nuevo capítulo, la novela es también una reflexión sobre la escritura, porque Elisa quiere escribir una novela, aunque el trabajo remunerado le roba la energía que necesita para su propia obra. En ese intento fallido, en ese trabajo alimenticio que aniquila el proyecto personal, resulta fácil reconocerse. Todo está al alcance y, sin embargo, una sensación de fracaso permanente no nos deja dormir.

La nostalgia de la Mujer Anfibio. De Cristina Sánchez-Andrade

Tras el chute urbano y precario, busqué el contraste a través de este libro que se desarrolla en el entorno de la Ría de Arousa a lo largo de varias décadas, desde 1921 hasta las primeras elecciones democráticas. Imaginativa, evocadora, envolvente y maravillosamente escrita, la novela me propuso un viaje a otro paisaje y otras vidas. Una mirada poética en las descripciones del lugar y su atmósfera, una concienzuda estructura narrativa y numerosos toques de humor me han hecho disfrutar de las peripecias vitales de sus personajes, fascinantes y diversos, que funcionan como una orquesta perfectamente afinada.

La nostalgia de la Mujer Anfibio (Anagrama, 2022), novela de Cristina Sánchez-Andrade, se centra en la historia de tres generaciones de mujeres, pero va más allá del relato costumbrista, de esas tareas interminables que las atan al mar, a la tierra y a la moral de la época. Las mujeres se transforman en sus espacios propios, alcobas y lavaderos, y en contacto con lo mágico, en lo que callan e intuyen, un poder silencioso que teje la vida. Los secretos y los celos, la culpa y el deseo sexual atraviesan los días de una comunidad que se ha acostumbrado a no recordar. Un olvido que les protege y, a la vez, implica una amenaza que sostiene la tensión del relato, porque el deseo de saber sigue latiendo.

La lectura trepidante nos lleva en volandas, confundidos con pistas y giros narrativos, siguiendo las andanzas de personajes que nos hacen creer en ellos, aunque no sean totalmente de fiar. Página a página, se desvelan sus historias más íntimas, los viejos dolores sin resolver. Y al cerrar la novela, persiste la conmoción con la que nos llegan sus vidas, pequeñas y sufridas. El esfuerzo de la existencia. La resistencia, también. Y el lenguaje, preciso y poético, sosteniendo todo.

Léxico familiar. Natalia Ginzburg

Cerré las lecturas veraniegas regresando al relato de lo autobiográfico, para adentrarme en la infancia y juventud de Natalia Ginzburg a través de Léxico familiar (Lumen, 2022).

Dice la contraportada del libro que “la historia de la Italia antifascista se pasea en bata por sus páginas”. Y no puedo estar más de acuerdo. Porque lo que se ofrece es la mirada doméstica de la hija menor de una familia, un relato sin pretensiones literarias, que va dando cuenta del día a día de sus padres y hermanos, anotando cuanto conforma esa vida de puertas para dentro. Los juegos de palabras, las expresiones arraigadas en el léxico familiar, las conversaciones, las manías y el carácter de cada quien, los hitos biográficos que les acercan o separan dentro de los mismos apellidos… Y todo ello, con el contexto histórico del ascenso del fascismo en Italia, las detenciones, los encarcelamientos, la lucha política, la resistencia, la persecución de los judíos o la segunda guerra mundial y sus consecuencias… hechos de los que la familia Levi, obviamente, no queda al margen.

Esperaba encontrar algo más de la formación de Natalia Ginzburg como escritora, pero eso formaba parte de mis expectativas. El título no puede ser más preciso, Léxico familiar. Lo que se conversa y discute en las estancias de las casas donde se crece y se empieza a leer, también a observar la vida, con total naturalidad.

Me ha parecido interesante lo que Natalia Ginzburg cuenta de su paso por la editorial Einaudi, sus conversaciones sobre literatura con Cesare Pavese y Felice Balbo, pero apenas son unos párrafos. Igual de breves que las experiencias más traumáticas, la detención y muerte de su marido, mientras ella logra escapar de los nazis con sus hijos pequeños… Todo está narrado desde una indolencia, como apunta un texto de Carmen Martín Gaite en la solapa, que sorprende. Quizás la mayor virtud del libro sea esa distancia, esa falta de dramatismo, esa escritura al natural que supone todo un reto estilístico y un aprendizaje.

Maravillas salpicadas de preguntas

Este año distinto ha permitido una escapada a primeros de julio. La planeamos hace tantos meses, que el calor no parecía una amenaza, y mucho menos en el Pirineo oscense, pero, sin duda, ha sido el invitado más incómodo e inesperado de estos días. Jornadas con cuarenta grados y alerta roja que, no obstante, han merecido la pena, por esa distancia que permite cambiar paisaje y paisanaje, rutinas y espacios, ritmos y tareas. Y, sobre todo, colmar los ojos de belleza natural y monumental, de la memoria que surge en la simbiosis de ambas.

Después de atravesar muchos túneles, el asfalto desapareció bajo las ruedas del coche que avanzaba por carreteras sinuosas, mientras la vista se alimentaba de valles arbolados que rodean y abrazan. La misma bienvenida de hace tres años cuando descubrí esta zona de España y quedé fascinada.

Las fotos y los recuerdos de entonces y ahora permitían comparaciones evidentes. Menos gente que en el malaventurado agosto. Más calor, aunque a medida que avanzaba la tarde iba refrescando y la noche exigía una leve colcha. Y más sequía, porque me he asomado a numerosos cauces y barrancos secos, donde solo quedaba el nombre del río, mientras otros como el Ara o el Cinca se podían cruzar a pie, sin mojarse más allá de las rodillas, en las cercanías de Broto o Aínsa. Ciertamente, ganaba el color verde, pero si afinabas la vista, descubrías que incluso el musgo amarilleaba sobre algunas rocas. También nuestros anfitriones nos explicaban que nunca antes se habían visto obligados a regar el jardín o las plantas, que nos confortaban al regresar de la excursión de cada día, desde el pasado mes de mayo.

Contemplar pequeñas cascadas y bosques espléndidos ha sido la mejor cura para estos días de calor extremo. El espejo donde plantearse las preguntas que la humanidad tiene ante sí, mientras nos distraemos con lo primero que pasa, para evitar pensar en unas condiciones climáticas que ponen en riesgo el futuro inmediato de casi todo. Vivimos en un planeta hermoso y con recursos que la codicia desmedida de unos cuantos destroza y compromete. El vuelo de rapaces y golondrinas, la felicidad de las mariposas más grandes y bellas que haya visto nunca en libertad, y el sobresalto ante la aparición de lagartos y lagartijas insistían en preguntarme a dónde vamos cómo especie; tan alzados sobre nuestras dos piernas y gobernados por un ejercicio obsceno del poder, más omnímodo y descontrolado, seguramente, que ninguno antes en la historia.

Fragén fue nuestra casa y nuestro primer y último paisaje de cada día. Una pequeña aldea donde los alojamientos rurales conviven con las prácticas agrícolas y el silencio. Veraneantes y residentes intercambiábamos saludos y algo de charla sobre el calor y las posibilidades de tormenta, mientras buscábamos la sombra de la fuente y la piedra oscura. Desde su punto alto en la montaña, redescubrimos Broto y la cascada de Sorrosal, vistos desde arriba. En los días sucesivos, recorrimos calles limpias y comercios, su ritmo lento; la pausa desértica de las horas de canícula; las aldeas vacías; las persianas hasta abajo y las puertas cerradas; los bares y restaurantes de trato amable, con acento andaluz en muchos casos; el abandono y la ruina de contadas fachadas; los cementerios minúsculos y las iglesias cerradas a cal y canto. Antes de que la memoria confunda las fotografías, anotamos nuestros pasos por Broto, Oto, Sarvise, Boltaña, Aínsa, Fanlo, el cañón de Añísclo y el valle de Vió, Buerba, Roda de Isábena, Torla y el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. También los nombres de Teresa Pamiés (1919-2012), tres décadas de exilio y un libro de regreso, Vacaciones aragonesas (1989); y de Rudolf Wilmes, que en los años treinta del pasado siglo realizó su tesis doctoral sobre la cultura tradicional del valle de Vió.

De todos los templos marcados en el mapa, sólo pudimos visitar el de Roda de Isábena, la primera catedral levantada en la Península Ibérica, la primera sede episcopal hasta que perdió ese rango en favor de Lleida, por el interés de los condes de Ribagorza. La historia política y jurídica mezclada con la belleza de la piedra, del templo y su enclave. Al igual que ocurría entre los valles pirenaicos, la hermosura volvía a ganar la partida. Para mí el templo de Roda de Isábena va a seguir siendo catedral: la primera, románica y singular. Una joya por dentro y fuera que se ha levantado varias veces: tras la reconquista, tras la desamortización de Mendizábal y tras los sucesivos robos patrimoniales de Erik el Belga. Un templo donde la cripta se encuentra abierta bajo el altar mayor porque los constructores se encontraron con roca y eso cambió el plan de la obra. Hace cientos de años, con menos tecnología y más sentido de la trascendencia, parece que supieron buscar el equilibrio y la belleza que conmueven tantos siglos después. Inevitable de nuevo, que vengan a la cabeza ciertos contemporáneos dispuestos a conquistar el espacio o quienes juran sus cargos sobre textos sagrados sin temer a ningún dios, sin respeto a la palabra ni a las vidas ajenas. Junto al altar mayor, se abría una pequeña capilla con pinturas románicas originales. El Pantocrátor; el cielo y el infierno; y San Miguel pesando almas en una balanza que hoy no resistiría la carga de tanta maldad. A los pies del templo, el coro, donde la luz se filtraba por los huecos de un pequeño rosetón y un órgano guardaba silencio, esperando volver a lucirse en el próximo concierto. En un lateral, el claustro, recordando oraciones y plegarias. De nuevo, la maravilla y la esperanza como guía y propósito.

Al viajar, no sólo nos alejamos de los lugares y hábitos cotidianos, también nos encontramos con nosotros mismos. Sobre todo, si, como en este caso, el lugar elegido invita al silencio, a contemplar una grandiosidad que nos confronta con nuestro lugar en el mundo, como parte de la especie más dañina y también más creativa sobre la tierra. En medio de esos parajes tan armónicos y a la vez tan tensionados por un calor dolorosamente nuevo, cuesta entender la dinámica de estos tiempos condenados al abismo de una contradictoria inacción.

Nuestro móvil nos permite hacer videos y fotografías magníficas, y seguir comunicados con las personas queridas o avisar de una emergencia. Simultáneamente, nos conecta con medios de comunicación y redes sociales que actualizan los recuentos de la desgracia, en gran medida evitable, que no cesa. Las hectáreas calcinadas de este verano (que a mediados de julio ya son más del doble que el terrible 2025), junto a las personas que han perdido la vida y sus vidas, por la falta de políticas adecuadas y una buena gestión de los recursos comunes. Y, por supuesto, los asesinatos de los más débiles, esquinados en los márgenes, pero publicados en estos días de cifras tristes y redondas: los 1.100 palestinos muertos y la crisis humanitaria de Gaza, tras nueve meses de falsa tregua; los 1.000 días de genocidio denunciados por CEAR.

Tenemos los conocimientos y la tecnología, supongo que nos falta humanidad y fraternidad, humildad y generosidad. Por eso necesitamos los bosques, para recordarnos que junto al árbol podremos seguir respirando. De paso, para medir nuestra altura, real y moral.

Posdata: Concluí este texto ayer, 15 de julio de 2026, y hoy el periódico informa de un incendio en Ordesa y Monte Perdido. El calor, la tormenta eléctrica, los rayos… Ojalá puedan extinguirlo cuanto antes. Antes de que estas fotos y mis recuerdos sean pura ceniza.

Celebrar la palabra propia y ajena

¿Qué ha sido de de mí desde finales de abril? Lo primordial ha sido escribir. Mi excedencia buscaba sanar cuerpo y alma, pero también, dentro de esa cura, dedicarme a proyectos literarios que las obligaciones empantanaron demasiado tiempo, dejando una carga de deseos incumplidos, su dosis de frustración y culpa.

Confieso que estas semanas he sido feliz, inmersa en ese trabajo silencioso y poco fotogénico de la escritura. Lo llamo “trabajar” porque son muchas horas de ordenador y requieren disciplina. En la misma mesa de los días de teletrabajo, destacan las diferencias. Sin más salario que la recompensa de hacer lo que más me gusta. Sin otro supervisor que yo misma. Una jefa rara, que exige y duda; que titubea antes de tachar y, al final, borra donde tropieza; que se atasca y atraviesa todos los estados de ánimo que la creación permite, de la euforia a la derrota. En mi ordenador, había textos muy avanzados, más de lo de lo que yo misma recordaba. Necesitaban continuidad, una cabeza despejada y algunas certezas. Y así, en un tiempo impensable, casi he concluido un par de proyectos. Siempre con el “casi” porque conviene que la palabra repose, aunque esta vez la siesta no será tan larga.

Por supuesto, la escritura se ha alimentado más allá de las paredes de mi casa. He paseado, he ido al teatro y al cine, he acompañado lecturas y charlas. Un sinfín de palabras y unas ganas locas de celebrarlas sin cansancio, una verdadera fiesta. En el María Guerrero disfruté de Lexicón, su arriesgada propuesta para cuestionar arte y postureo, realidad o ficción, vida o mentiras vividas. En el Teatro Real, Romeo y Julieta volvieron a morir por el odio entre sus apellidos y el infortunio de un mensaje a destiempo, con una puesta en escena y unas voces fascinantes. En cine, disfruté de Un poeta (aquí hay una reseña magnífica de Julio Mas), La gracia, Un mundo frágil y maravilloso, La isla de Amrum…, y recordé que, en caso de atasco vital o creativo, las buenas historias narradas en una sala oscura con pantalla grande siempre pueden solucionar las cosas.

Entre los libros, he asistido a las presentaciones de: Hacer y deshacer, la antología de la obra poética (1971-2025) de Pureza Canelo, una de las grandes poetas de nuestro país; la original mirada de Vida insecta, de Cristina Sánchez-Andrade; el reencuentro con viejos amigos y la camaradería feliz en torno a Elige todo, de David Fraguas; el humor y la memoria en nuevo tesoro de la Cartonera del Escorpión Azul, titulado El operario y la sal. Un cuento chino, de Óscar Curieses; el descubrimiento de Una biografía del olvido, una afinidad latiente con la poesía de María Alcantarilla; y la cálida voz de Graciela Baquero dando vida y aliento a su nuevo Giróvaga.

En sus últimos días, visité y disfruté de la doble exposición que la Biblioteca Nacional dedicó a Carmen Martín Gaite e Ignacio Aldecoa. Cualquiera de las dos exposiciones darían para una crónica, reflexionando sobre mis lecturas previas y los libros aún pendientes, la nueva mirada que ambas exposiciones arrojarían sobre sus obras. Además, en el caso de Carmen Martín Gaite, tendría que subrayar la emoción que me produjo contemplar algunos de sus objetos personales (su pluma estilográfica y su funda, tejida por ella, o el broche -Jazz-, prendido en una de sus boinas…); su imagen en diversas fotografías y escuchar su voz en recitados, entrevistas o discursos. De principio a fin, me hicieron temblar. Ha sido una mujer de letras, como rezaba el título de la exposición, en todas sus facetas y géneros. Pero además, fue una mujer culta y valiente, rota y renacida, trabajadora tenaz de vocación y talento. Vivió un tiempo en el que la escritura y el periodismo no estaban tan degradados como ahora, y ese espejo también daría para líneas que no vienen al caso, pero dejo anotadas en el cuaderno de las ideas.

Y, por supuesto, como cierre a estas semanas mediadas por la literatura, acudí a la 85ª edición de la Feria del Libro de Madrid. Como cada año, la feria ha supuesto saludar y reencontrarme; comprar o esquivar el gasto; ver de lejos a autores que admiro, sin atreverme a acercarme; celebrar a personas queridas, amigos y conocidos que firmaban e invitaron a su fiesta. Entre ellos, libros recién salidos de imprenta: Una luz manchada de ruido, el séptimo, exigente y magnífico poemario de Alberto Cubero, y Cantar el fuego, una travesía por la copla donde Esther Peñas desmonta estereotipos e ideas preconcebidas sobre este género. No pude estar en todo, aunque lo intenté. La Feria es desbordante, excesiva y, en ocasiones, hace perder el olor y el sentido del libro, pero es un feliz sueño cumplido y, por eso, me gusta revivirla cada año.

Entre los eventos, sólo pude asistir a la celebración de los ochenta años de la revista Ínsula, convocada por la palabra poética y un titulo ambiguo, “El poema y su taller”. En mi propia lectura, la razón de tanto. Recorrí casetas y casetas. Vi muchos libros que deseo, y me pregunté por lo que permanece sin leer en casa. La condición económica de la excedencia sirvió para evitar la compra compulsiva y felizmente alocada de otras ediciones.

Antes de mi propia firma, hice una escapada de veinticuatro horas a Barcelona. Viajé en un tren decorado con la publicidad de la Feria, que me esperaba en dos días. El viaje sirvió también como espacio de lectura y escritura, y de paisaje. La salida de Madrid, con su trazado de vías multiplicándose, los primeros terrenos baldíos plagados de escombros, un campo inundado con la basura que la ciudad expulsa en su voraz transformación sin ética y la desidia por los bienes comunes. Después, la vista se abrió sobre el campo, con cultivo o sin él. Con amapolas y espigas. Con lindes y delimitaciones claras, cuadrados verdes y marrones diversos. Los huertos, lo yermo. Algún pueblo pequeño sin nombre. Las hileras de paneles solares. Los gigantescos molinos eólicos. Las fábricas, las granjas. Las casas de campo o de vacaciones o las casetas de labranza. Polígonos y puentes. Caminos y autovías paralelos o perpendiculares a la vía ferroviaria. La velocidad del tren impidiéndome la foto que deseo. Cuando disparo, el paisaje es otro. Creo que no hace falta tanta prisa, pero debo ser de las pocas personas que quieren ir más despacio. En silencio, leí poemas mientras a mi alrededor se desplegaban sonoras conversaciones de negocios. Constructoras, placas solares, inversiones, reformas, inmobiliarias, guarda muebles, litigios… Escuché todo su mundo de presunción sin inocencia; y no les ofrecí ni una sola metáfora. Habría caído en saco roto.

Barcelona me recibió engalanada para el papa que ese mismo día había concluido su estancia en Madrid. Los mismos caminos para actividades y sentidos distintos, una mera coincidencia. Pero resultaba inevitable comparar el impacto de la visita en cada ciudad. Barcelona no estaba tomada por el evento. Paseé por sus calles y avenidas para reencontrarme con una ciudad cuya belleza siempre resulta natural. Las repetidas franquicias de Madrid y del mundo; pero también tiendas únicas, pequeñas, patisserias y hornos de pan, galerías, bares que mantienen la esencia… En las fachadas de esos edificios magníficos convivía una rara mezcla de banderas: la independentista, la vaticana, la palestina y la que proclama la diversidad sexual. Barcelona me brindó tiempo de celebración y trámites, comidas y vinos, un arroz mirando al mar y un tren de vuelta.

En Madrid, me esperaban la Feria y la caseta de Bartleby Editores, siempre abierta. Aunque ninguno de mis libros es novedad, firmé a amigos que aún no los tenían o los habían regalado; y a personas desconocidas que brindan el verdadero milagro de ser leído fuera del pequeño círculo que te reconoce. La tarde noche acabó feliz, aunque el regreso a casa fuera una odisea prosaica entre líneas de metro cortadas y autobuses donde un hombre gritó que no cabía «más ganado».

Sonreí entonces y sonrío con el recuerdo, porque la palabra late a pesar de una metáfora gastada. Unos días después, la Feria del Libro cerró antes de lo previsto, y los libros supervivientes regresaron a librerías y almacenes logísticos. Apiñados, con ganas de gritar que no son papel, sino ilusiones, verdaderas o impostadas. Y eso también, es otra historia.

Gracias a la vida, otra vez

Sé que me repito en cada cumpleaños, pero me resulta inevitable dar gracias a la vida. Porque he cumplido un año más y lo sigo contando, en el espacio cada vez más reducido de personas con las necesidades básicas (techo, comida y afectos), y no tan básicas cubiertas (libros, bombones, regalos y algún capricho).

No me pesa cumplir años. Ni los niego ni los disimulo, aunque estos 55 suenan serios, en la recta hacia los sesenta. Su equilibrio de cifras iguales no permite la broma de alterar decenas y unidades, así que toca soplar fuerte y seguir pidiendo deseos.

El cumpleaños ha contado con su prólogo y su epílogo celebratorio. El día anterior, mi madre recibió el alta: el hueso roto de su pie está casi consolidado. Adiós a la bota ortopédica y a la exigencia de los cuidados. El día posterior, mis poemas fueron el eje de una nueva sesión del ciclo Poesía y Psicoanálisis, organizado por el Foro Psicoanalítico de Madrid de la EPFCL. A lo largo de la semana, mi tita Paqui, evolucionaba favorablemente tras un ingreso que nos asustó.

En la víspera de mi cumpleaños acudí a nadar, el deporte que más me relaja y reconecta. Al salir, me noté algo floja y saboreé una piruleta en forma de corazón, que llevaba en el bolso como quien lleva un amuleto. Iba caminando por calles muy próximas a las de mi infancia, mientras la lengua se ponía más y más roja, a base de colorante y azúcar. Hice una foto para apresar el sabor presente y dosificar la nostalgia. A pesar de las baldosas rotas y de las circunstancias que pueden hacernos tropezar, la vida sigue y merece la pena. Recordé las veces que, en las inmediaciones de aquel lugar, me caí y me desollé las rodillas, en los descampados desaparecidos que eran nuestros campos de juego infantil. Tantos años después, sé mucho más de los tipos de caídas que pueden acontecernos, y las que menos inquietud me suscitan son esas que sólo rompen la piel de las rodillas, a pesar de lo escandaloso de la sangre y el recuerdo de aquella mercromina de los ochenta que agigantaba la herida.

El día de mi cumpleaños se inauguró con una felicitación susurrada, en los primeros minutos del 23 de abril, cuya puerta abrí con un maullido cantarín que me dio los buenos días. Tras la felicitación felina, fueron llegando muchas otras, a través de diversos canales (llamadas, besos, mensajes de texto, redes sociales, correos…). Gracias a todos y todas, espero no haber dejado ninguna sin contestar. Compartí comida y cena, al aire libre, celebrando la temperatura primaveral, la brisa y el olor a tierra mojada que cerró la jornada. Entre medias, visité librerías y me gustó descubrirlas llenas y vivas, porque somos pocos los que las celebramos constantemente y resulta una alegría que los medios de comunicación, que eligen y abordan el tema de cada jornada hasta el hartazgo, por un día hablen de libros y empujen a tirios y troyanos ante estantes llenos de historias. Afortunada como soy, abrí regalos y busqué el jarrón para poner un ramo de margaritas en la mesa de la cocina. Entre los obsequios, claro, libros, y también otras sorpresas que son una invitación al viaje y a seguir bien acompañada por la lectura.

El viernes 24 de abril participé en la tercera sesión del ciclo Poesía y Psicoanálisis de este 2026, organizado por el Foro Psicoanalítico de Madrid de la EPFCL y coordinado por Alberto Cubero. Hasta ahora, había acudido en calidad de público a los veinticinco encuentros celebrados a lo largo de los nueve años que ha cumplido el Ciclo. Sin embargo, esta vez era yo quien leía poemas en un espacio tan conocido y tan dotado para la escucha. Aunque comencé nerviosa y atropellada leyendo ‘De paso por los días’, los poemas de ‘Astillas’ me dieron la pausa necesaria para volver a poner voz a su dolor, y compartir el proceso con los asistentes. Quizás era el lugar propicio para hablar sin tapujos, ni tener que sortear el tabú sobre el sufrimiento psíquico que puede surgir en otras lecturas. He disimulado, he callado mucho tiempo y ‘Astillas’ está ahí para recordarme lo vivido. Aunque algunos recuerdos puedan resultar confusos con el paso de los años, y la memoria pueda hacerme alguna trampa, soy plenamente consciente del proceso, de la herida y la sanación. También de la necesidad de agradecer a las personas que me han animado a mantener el pulso de la escritura, incluso cuando yo misma me despisté; y a las editoriales que me han acogido en sus catálogos, desde la primera vez que vi mi letra impresa, en Legados, hasta el espacio de afirmación que supone Bartleby, donde he publicado mis dos poemarios. Escribir siempre ha sido para mí una forma de vivir.

Después, el fin de semana ha permitido otros reencuentros, nuevos regalos (mi aniversario se parece más a una boda gitana que a un cumpleaños, y me encanta que así sea), y a visitar la exposición ‘El ojo que escucha’, de Vilhelm Hammershøi, en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Tras tantas emociones, la serenidad de la muestra se hizo refugio. En sus pinturas, disfruté la soledad de los espacios; la luz hecha materia, matiz, protagonista sin serlo; el vacío de las habitaciones y la presencia de puertas y ventanas, jugando con el afuera; el quinqué, la sopera y la caja de costura como esos objetos que han ido desapareciendo de nuestras casas y mantienen la huella de un pasado que tocamos alguna vez. Tras contemplar paisajes exteriores e interiores donde quedarme, me detuve en “Interior con mesa, estantería de libros y silla Windsor”, seguramente, no haga falta mucho más para alcanzar la paz que busco.

Ojalá que, en los meses por venir de este año sabático, no haya nuevos sobresaltos, y ese espacio pausado de Hammershøi sea también el mío. Ancho, amable y despejado, con la luz necesaria para que los nuevos proyectos literarios puedan alumbrarse. Por ellos brindo y celebro, agradecida, la vida.

Necesidad y belleza del silencio

El viernes por la tarde me acerqué al Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía a conocer parte de su colección en una renovada cuarta planta. Mientras subía las escaleras, me salió al paso la exposición de Juan Uslé, titulada “Ese barco en la montaña”, y cambié de rumbo. En la primera sala, me asombró el cuadro titulado ‘1960’, en alusión al año del hundimiento del buque Elorrio, que regresaba de Baltimore cargado de grano, y desapareció en las aguas frente a su casa familiar en la costa de Langre (Cantabria). Fue inevitable recordar las recientes y tenebrosas escenas de naves hundidas en las aguas de Ormuz, y adentrarse en la calma que ofrecían las primeras obras, como quien encuentra un antídoto frente a las terribles noticias que llegan de Oriente Medio donde se acaba con vidas humanas inocentes con total impunidad.

En algunos de los otros trabajos de Juan Uslé, me impactó aquel azul intenso tan oscuro que rodeaba la idea del naufragio, los huecos abiertos de ojos y miradas. Después, me dejé llevar por la propuesta del resto de salas, para descubrir la evolución del pintor. No quise detenerme en las cartelas y sus palabras, sino fluir en silencio por el color (de una paleta oscura, de azules y marrones a otra gama de azules más vivos, amarillos, rojos, rosas o blancos); y recorrer las líneas, tanto las verticales como la sucesión de horizontales que yo interpreté como pautas que se rompían ofreciendo rendijas y preguntas. Me interesó el peso de la memoria, con la infancia ocupando un lugar primordial en algunos proyectos; y después, la importancia de la fotografía y las técnicas de revelado. Su presencia es tan central que Uslé realizó unos trabajos bajo el título ‘Soñé que revelabas’, que derivaron en varias series a lo largo de cuatro décadas.

Además del trabajo pictórico, la muestra ofrece una serie de fotografías que permiten asomarse a un álbum de fotos casi privado, presentado como un collage y cierto aire de proyecto en curso. Ante la mezcla de instantáneas, reconecté con el placer de la creación y el juego que me permití con mi primera cámara digital. Captar el hallazgo del instante, la sorpresa de la calle y de la vida en paisajes y ventanas, texturas y sombras, contenedores y luces. Es decir, la fotografía que ya no requiere del viaje o el acontecimiento sino inspirada por lo cotidiano, que sale al paso y es bello sin serlo.

Aquellas imágenes me estaban interpelando, recordándome otras formas de mirar y escribir, mientras evitaba que mis dedos se lanzasen a teclear nada. Intencionadamente, opté por aplazar la escritura y que todo reposase en lo no dicho, a sabiendas de que tendré que volver a visitar la exposición para encontrarme con las palabras suspendidas. En aquel momento, necesitaba nutrirme con el silencio de salas casi vacías y de la obra abstracta, que permite escuchar lo que está por nacer.

De este modo, en la tarde noche del viernes me había impuesto un silencio que, sin saberlo, me estaba conectando con El libro blanco. Alfabeto de silencios (La Caja Books, 2026), sobre el que iban a conversar Vicente Luis Mora, su autor, y Mariano Peyrou la mañana siguiente.

Aunque la cita estaba convocaba bajo la fórmula del ‘Vermú literario’ y la maravillosa e histórica librería Pérgamo estaba bulliciosamente llena, el silencio fue el protagonista de la conversación, siguiendo el hilo de un libro que ha cosechado magníficas reseñas y comentarios. Atender este diálogo me sirvió para volver a adentrarme en las relaciones entre el silencio y la creación, una cuestión recurrente en algunos otros actos recientes.

El escritor, profesor y crítico Vicente Luis Mora explicaba la práctica literaria, donde confluyen lo lingüístico, lo artístico, lo antropológico y lo filosófico, como un espacio atravesado tanto por el silencio como por el lenguaje. Pudimos comprender, gracias a su generosidad al compartir la génesis del libro, como éste se había ido fraguando en sus distintas capas: la investigación, la dimensión intelectual y la labor del poeta, “que abre la espita sobre ese corpus” generado en torno al silencio por tantas y tan variadas voces previas. Así, en el libro, se cruzan números que esconden símbolos, listados donde la respiración de la poesía y el poso del estudio se abren paso tras un prólogo ficcional que lanza un primer guiño a quien se asoma a estas páginas de infinitas lecturas.

Deteniéndose en las listas, que conforman la mayor parte del libro, Mariano Peyrou, poeta y ensayista, apuntó que si bien ciertas clases de silencio provocan vacío, también el silencio puede ser un método de investigación o una apelación a la imaginación; y se preguntó por la lógica que busca el lector, necesariamente activo ante la propuesta de este libro, que no sabemos si nos propone un juego o no.

Por su parte, Vicente Luis Mora explicó que, “al escuchar, surgen momentos de creación y composición”, y que el libro “propone la aventura del encuentro”. De entre todas las posibles, plantea la pregunta poética, “dejando el libro abierto, que es lo que más me interesa”. (…) “Me gustaría que el libro haga preguntas al leer y genere o dispare la creatividad de otros, ofrecer un espacio donde las ideas se pongan a jugar”. El mismo autor reconocía que la escritura del libro le había desconcertado, reconociendo “ese estado de descubrimiento” como lo más interesante del acto creador. Y recogiendo la propuesta del juego: “cuando escribo, quiero jugar; si no, sería mecanografía”. ¡Menuda frase de aviso a navegantes!

En el turno de palabras, se notó la presencia de quienes ya se habían leído el libro y coincidían con Mariano Peyrou en haber disfrutado de “un libro raro, sin género, pero muy estimulante desde el punto de vista espiritual e intelectual, y ameno. Lo que es de una extrañeza maravillosa”.

A mí, también me lo pareció. Páginas que pueden generar pensamiento y creación, es decir, un verdadero regalo para quien quiera adentrarse en algunos de los silencios que plantea (“el lápiz sin estrenar”; “la celda de castigo”; “el enfado de nube”; “la persona infiel” o “el pájaro que enmudece en la bandada”…), o convocar los propios, para jugar a lo más imprevisible de la poesía.

Con el silencio de “La niña tímida en el recreo” (pág. 34), y mi nuevo libro recién firmado, volví a perderme por esas calles cuadriculadas de Madrid donde nunca logro orientarme. No obstante, mi despiste fue dichoso, porque el azar me puso ante la casa donde Carmen Laforet escribió su novela Nada, situada en la calle General Pardiñas, 107.

Placa en la calle General Pardiñas, 107, (Madrid), donde vivió Carmen Laforet

Así, nada y silencio se fundieron en una mañana invernal donde ya latía la primavera y el rumor de la palabra. En ese espacio mudo y vibrante, volví a convocar los deseos de escritura que laten en la raíz de este año vital tan distinto.

Como quien recibe un empujoncito de confianza, leyendo El libro blanco me he encontrado con algunas de mis maestras y su silencio correspondiente (15, página 57): “Las obras mutiladas o prohibidas por la censura franquista de Ana María Matute, de Concha Alós, de Dolores Medio, de Elena Soriano, de Carmen Laforet y tantas otras”.

De nuevo, he brindado por sus libros y por mis cuadernos, y he recordado las flores de los almendros y los prunos que tan calladamente siguen desafiando la fealdad y el ruido del mundo que nos acecha. ¡Bendito sea el significante del azar, y gracias siempre al silencio de la belleza!

Asamblea, con Juan Carlos Mestre

Ayer, 16 de marzo, en la Asamblea convocada por Juan Carlos Mestre, nos adelantamos a la celebración del Día de la Poesía, tan inminente. El azar quiso que la gran fiesta de la palabra y la música que vivimos coincidiera también con el cumpleaños de César Vallejo, y que un verso de Antonio Gamoneda, que vincula la esperanza de los lunes con la poesía de Mestre, fuese a la vez real y premonitorio, prólogo de belleza y fraternidad, en el Ateneo de Madrid.

Decenas y decenas de amigos y lectores nos encontramos allí para celebrar el libro publicado por Galaxia Gutenberg, titulado precisa y certeramente Asamblea, que reúne la poesía de Juan Carlos Mestre (1975-2025). El acto comenzó con su voz, recitando precisamente el poema del mismo título, emocionante como un himno, recordando desde sus primeros versos el sentido de una trayectoria poética de cincuenta años en los que la palabra insumisa, la utopía, la memoria y la conciencia cívica han estado siempre presentes: “Queridos compañeros carpinteros y ebanistas, les traigo el saludo solidario de los metafísicos”.

El poema continúa y aunque llega a decir “A partir de este momento la lírica no existe, / con el permiso de ustedes la poesía / ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno”, el resto del acto se encargó de demostrar que la poesía sigue viva, vibrante y necesaria a través de todas las voces que se sucedieron en el escenario del Aula Mayor del Ateneo y en la emoción del público. Quizás por eso, tras el poema ‘Asamblea’ se escuchó el ‘Salmo de los Bienaventurados’, y a través de esas bienaventuranzas renovadas por la riqueza metafórica de Mestre volvimos a la certeza de la poesía, expresión única donde quizás esta herida humanidad pueda volver a latir sin dolor algún día.

Tras los primeros poemas y las melodías del acordeón, bellamente interpretadas por Cuco Pérez, tomaron la palabra Jordi Doce y Emilio Torné, responsables de la edición de este libro imprescindible. Jordi Doce se refirió a estos “cincuenta años de poesía que constituyen una fiesta de palabra y música” subrayando la vocación de intervenir en el mundo, creando “otra realidad a partir de la conciencia de la palabra poética”. Aquel niño que nació en una casa sin libros de Villafranca del Bierzo tuvo una madre que le enseño a leer en papeles pequeños y la suerte de encontrar las voces de unos primeros maestros de la palabra literaria. Desde los primeros años, tras pasar por la universidad de Barcelona, el viaje continuaría llevándole por medio mundo, poesía en voz, con años cruciales en Chile y Roma. De todos los viajes nació libro, y ahora, muchos de los que eran difíciles de encontrar, también están en Asamblea. Emilio Torné ofreció un repaso por toda la trayectoria poética de Juan Carlos Mestre y las vicisitudes de su obra publicada, que tan bien conoce. Han sido años de trabajo para finalizar este volumen de mil quinientas páginas, pero antes de esta Asamblea, Torné ha publicado casi todos los libros de Mestre, en aquellas cuidadísimas ediciones de Calambur que tanto se echan de menos. Obras que he ido atesorando, con sus extraordinarias dedicatorias de colores de acuarela y tinta negra, y que convivirán en mi biblioteca con este nuevo libro, porque lejos de ser redundantes, como pensaba antes del acto de ayer, dialogarán entre sí y serán compañeros.

A continuación, tomaron la palabra Brenda Escobedo, Mario Obrero y Selena Millares, quienes ofrecieron perspectivas distintas de la obra mestriana en brillantes intervenciones que ojalá podamos leer íntegramente para quedarnos con todas sus referencias y un mayor poso. Brenda Escobedo, dramaturga y directora de escena, recordó el reto y el placer de llevar La tumba de Keats a las tablas de La Abadía. Aquella belleza fue posible porque Mestre, explicó, es capaz de “decir la palabra con verdad” y ese gran poema, inabarcable para la escena, fue convertido en “el último soliloquio de un príncipe barroco” que, igual que Hamlet o Segismundo se refieren a aspectos dolorosos e incómodos, pero logran hacerlo con gran belleza. Por su parte, el poeta Mario Obrero se centró es aspectos lingüísticos, poniendo el foco en el trabajo de traducción que ha realizado del libro 200 gramos de patacas tristes, una obra en la que Mestre escribe con la lengua de sus mayores, aquel gallego hablado en su Bierzo natal donde el habla se funde con quienes construyeron el universo de la infancia, un lugar donde la memoria y la dignidad de la pobreza se mantienen en pie y siguen resistiendo ante las dinámicas del poder y la barbarie. Por último, la poeta y profesora universitaria Selena Millares, nos ofreció un bello texto en el que vinculaba la poesía de Mestre con la de otros poetas. Un flujo incesante de influencias y lecturas que abarcan los grandes nombres de Iberoamérica pero también de Europa y poetas españoles, voces que nutren y sirven para renacer una y otra vez.

Tras las intervenciones apoyadas en palabras explicativas, bellas y doctas, amenas y profundas en su decir… Llegó el momento de volver a la música. Amancio Prada con su voz única y su guitarra, Cuco Pérez con el acordeón y Juan Carlos Mestre, recitando, cerraron un acto sumamente emocionante en el que no faltaron la exhuberancia verbal y el testimonio, la palabra insumisa que abre el espacio de la utopía en un mundo de sombras y el recuerdo a los vivos y a los muertos, en especial, para Marta Agudo y Guadalupe Grande. Juan Carlos Mestre pronunció unas últimas palabras desde el escenario: “Gracias por la fraternidad y las generosas nieves de vuestra compañía”.

Mis aplausos de ayer y estas líneas aceleradas son mi forma de darle las gracias hoy, por los años y las palabras compartidas, por su aliento constante, por ser y estar y haber sido luz tantas veces. Gracias, siempre.

Feliz 2026: aprender a contemplar


Cerrar un año y abrir otro. Hacer balance y convocar la esperanza de las expectativas. Desde hace tiempo, lo hago de forma consciente, repasando las fotografías de los doce meses previos, que dan cuenta de los momentos más luminosos. Desde 2019, me ayuda este blog, donde los artículos aportan un calendario paralelo y más detalles del contexto.

Tras revisar las entradas publicadas en 2025, concluye un año similar a los últimos: con despedidas que dolieron, viajes que alumbraron esperanzas diversas, momentos extraordinarios, varias manifestaciones contra la barbarie, exposiciones y espectáculos, autoras clásicas o contemporáneas y libros que son aliento, mientras mis textos celebran su aniversario o languidecen inacabados.

Por su parte, mi copioso archivo fotográfico me brinda no sólo esos momentos sino también recuerdos íntimos que la memoria ordena o confunde de forma arbitraria. Fotos personales que quedaron al margen de las redes; paisajes, besos y rostros cotidianos; la omnipresencia de Fénix y las imágenes con las que la realidad nos sorprende cuando estamos dispuestos a encontrar belleza, a pesar de todos los pesares.

Esas fotografías, algunas borrosas o mal encuadradas, son la cara oculta de las cosas: los caramelos que nadie recogió en la cabalgata, las copas sucias tras los brindis, los proyectos que quisimos emprender y desfallecieron, los encuentros y las confidencias con las amistades, los hallazgos surreales de los márgenes, los tiempos muertos de las salas de espera y, sobre todo, una inesperada sucesión de cielos, con y sin nubes, con y sin ramas o edificios, de diversas estaciones y lugares…

Mientras los días de 2025 se fueron sucediendo, no fui consciente de todas las veces que fotografié el cielo: atardeceres y ocasos contra la prisa, nubes que me devolvían a los juegos infantiles, azules capaces de abrigar la esperanza, incluso en los días más grises. Por eso, en estas horas de balance, reconozco que se cumplió el propósito de hace un año, cuando al tiempo por estrenar le pedí agradecer la luz.

Para mí, 2026 será un año muy distinto. Llevo tiempo preparándolo y ahora que ya está aquí es inevitable sentir el vértigo de su radical novedad. Un año sin horarios impuestos. Un año para leer y escribir, para tantear el sueño, para intentar lo que las obligaciones y el cansancio han bloqueado. Un año para afrontar esos proyectos que pesan por irrealizables. Un año para contemplar y contemplarme, sin excusas.

Os deseo y me deseo un año en el que aprender cuanto nos sea posible, contemplando lo que tenemos al alcance. Al otro lado de nuestra ventana, hay un cielo que, con sus ciclos y colores, nos recuerda que la vida sigue su curso y que la mejor tarea es aprender a disfrutarla. No hace falta irse lejos, sino disfrutar del aquí y el ahora mientras podamos sonreír a la cámara más importante, la de nuestra paz interior, nuestra calma y nuestra íntima plenitud.

Para quienes estáis al otro lado de estas y otras líneas: ¡Feliz, contemplativo y pacífico 2026!

Fernanda García Lao y Mónica Ojeda en ‘Estación Saturno’


El viernes 17 de octubre tuvo lugar en Madrid el encuentro de dos escritoras portentosas, Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) y Mónica Ojeda (Ecuador, 1988), cuyas obras me tienen alucinada e impresionada a partes iguales. La posibilidad de escuchar la conversación de ambas constituía el mejor antídoto contra el cansancio acumulado a lo largo de una semana subterránea.

Su encuentro, en la librería Enclave de Libros, era la primera presentación pública de Estación Saturno (Candaya, 2025), la última novela de García Lao, y una nueva muestra de «esa literatura arrebatada desde el lado oscuro de las cosas», que caracteriza su escritura, según su editora, Olga Candaya.

Olga Candaya, Mónica Ojeda y Fernanda García Lao (de izquierda a derecha).

Obviamente, aún no me ha dado tiempo a leer Estación Saturno, pero estoy segura de que, a medida de que avance por sus páginas, tendré que reconocer que Olga Candaya no se equivocó al presentarlo como «un libro conmovedor y emocionante, que da argumentos para la indignación y también para la risa, gracias a ese humor dolorido tan presente en García Lao». Igual que tampoco erraba al anticipar la charla de las dos escritoras como «una sobredosis de inteligencia». Así lo demostraron al preguntar y contestar, al perderse en los recovecos de un libro recién salido de imprenta del que había que hablar sin desvelar las sorpresas que, a buen seguro, deparará a sus lectores.

Las dos autoras, de generaciones y tradiciones distintas, se mostraron más que cómplices desde el primer momento, haciendo evidentes su admiración recíproca y las lecturas comunes, entre ellas, «las de aquellas grandes escritoras que no hicieron boom». Es decir, “Marosa di Giorgio, Clarice Lispector, Elena Garro, Sara Gallardo o Armonía Somers”…, nombres que anoté con prisas, para recordarme volver a entrañables conocidas o descubrir pistas para futuros disfrutes.

Las primeras palabras de Mónica Ojeda en torno a Estación Saturno fueron para reconocer un libro que «me emocionó, asombró y dislocó. Un libro brillante, inteligente, atravesado no por el terror, sino por lo inquietante». Así mismo, subrayó la escritura tan particular de García Lao: «siempre buscando nuevas formas de contar a través de una estructura particular e interesante».

Está claro que el libro ofrecerá muchas lecturas, pero, entre ellas, su autora quiso subrayar que Estacion saturno es también la historia de un duelo. Un duelo que funciona como generador, disparador de diversas historias. “El mundo se disloca cuando perdemos algo y esa dislocación genera otra lengua”. En efecto, el duelo está contado en la cubierta del libro, en la sinopsis de la novela: Dos hermanos (un hombre y una mujer) viajan en auto tras enterrar a quien fue el mayor de los tres. Un gato, lo único que les queda del hermano muerto, se les escapa en una estación de servicio. Siguiendo su huella, llegan a un hotel de nombre chino y arquitectura imposible, donde las dimensiones temporales se subvierten y donde los avistamientos de ovnis, la esclavitud sexual, la corrupción y la mentira conviven en un mismo plano: una suerte de maqueta aterradora de lo extraño y del mundo, en la que la normalidad no tiene cabida.

¿Cuál fue el origen de la novela?, preguntó Ojeda. Las novelas tienen varios ingresos, improntas, influencias, reconoció García Lao: “Luego se cuenta el relato del relato”. Y entre esos motores, citó el impacto de una película de Bergman, “El silencio”. Imágenes que dieron pie a “querer hacer un guion roto, traducir el cine a la literatura». Es decir, en lugar de escribir una novela que se pudiera convertir en película, “hacer una película escribible”. Después, siguió explicando su búsqueda para situar la ficción: “en el mapa de Buenos Aires, surgió un lugar abandonado y llamado Estación Saturno que, tras una investigación se convirtió en el escenario inspirador de la novela”.

Cualquiera que se haya aventurado al territorio ficcional de García Lao con anterioridad puede entender ese punto de partida extraño y singular que va a conducir a una historia única. Personalmente, creo reconocer la génesis y algunos pasos de su novela anterior Sulfuro, con esa ruptura de la realidad que tanto interesa a la escritora mendocina y tanto sorprende a sus lectores.

La conversación con Mónica Ojeda se convirtió en una verdadera fiesta sobre la cocina de la escritura de García Lao porque mientras Ojeda nos hacía partícipes de su propio entusiasmo, García Lao era muy generosa al explicar su forma de trabajar, con sus azares (el i ching, por ejemplo), y los descartes (“el yo me aburre”). El diálogo entre ambas nos permitió un anticipo tentador de los personajes de la novela; una reflexión sobre el tiempo, el espacio y las voces narradoras; el rastro inconsciente de la propia biografía y el desdoble de la literatura… El duelo, el erotismo, la represión, la libertad, lo político que transciende lo político… La escritura que anticipa monstruos…

Cuando el tiempo de su charla tocó a su fin nos dio pena, porque el silencio de la sala era tan sobrecogedor como el impronunciable Hotel Tiānqì, donde se desarrolla parte de la acción; y aún queríamos conocer algo más de las inquietantes hermanas Chi o del Capitán Minor, esa caricatura feroz que, con la intuición de la literatura, se anticipa a algunos de los líderes políticos de nuestro tiempo.

Estación Saturno no remite a ningún planeta interestelar, pero la conversación entre dos autoras que aman y afrontan la literatura con pasión, inteligencia y talento, nos permitió alcanzar otra dimensión. Fue una lástima regresar de forma abrupta al planeta Tierra, aunque en el aterrizaje nos vimos bien rodeados de libros y sonreímos conscientes de haber compartido una tarde única. Junto a los libros firmados nos llevábamos la memoria de su vibración y las palabras entusiastas de las dos escritoras, su simpatía y complicidad.

Me acerqué a Mónica Ojeda con su libro Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (Random House, 2024), una novela impresionante que leí el pasado verano y que, en algunas páginas, tuve que señalar con barras verticales en los márgenes, para evitar subrayar todas las líneas. Me encantó su lenguaje poético, la descripción de los personajes y del paisaje, tan potentes y conectados entre sí; esa narración tan fiera de la vida y de la muerte; la estructura levantada sobre la mirada de los personajes y el diario de un padre presente y ausente, hijo también de sus propias fracturas… ¡Un libro maravilloso que recomiendo! Compré Las voladoras (Páginas de Espuma, 2020) que ya va por su vigésima edición, porque me encanta el género del relato, y su lectura es más viable cuando no hay vacaciones… Y anoté sus novelas Mandíbula y Nefando (ambas en Candaya).

En cuanto a Fernanda García Lao, me hice con Estación Saturno, que esperará en la torre de lecturas pendientes; un libro que, al llegar a casa, se ha encontrado con varios de la misma autora… De relatos: Cómo usar un cuchillo y Teoría del tacto (Candaya, 2023), que fue finalista del Premio Tigre Juan y del Premio Setenil; los dos libros de poesía editados por Kriller71, Autobiografía con objetos (2022) y (No) me acuerdo (2025), y la ya mencionada novela Sulfuro (Candaya, 2023)… Llegué a Fernarda García Lao gracias a las redes, y nos conocimos en persona en un taller de fin de semana que impartió hace varios años, al que han seguido otros encuentros, con sus libros siempre, como coartada. Desde entonces, mi admiración por su escritura tan ágil y certera; y el alcance de su imaginación, forma y fondo, no dejan de crecer.

¡No os las perdáis!

En la calle, manifestarse por Gaza

A raíz de la detención ilegal, en aguas internacionales, de la Global Sumud Flotilla, el cielo de Madrid ha vuelto a cobijar los gritos contra el genocidio de Gaza y la vulneración de derechos humanos en Cisjordania; y contra la impunidad de los reiterados crímenes del gobierno israelí, ante una comunidad internacional demasiado cínica, cobarde o cómplice, según los casos.

El cielo ha sido azul en la Plaza de la Provincia, violeta al girar en la Puerta del Sol y negra noche al llegar a Neptuno, a pesar de la luna.

Las banderas palestinas ondeaban diversas en función del tamaño de la tela y del mástil o cubrían la espalda de manifestantes. Hoy éramos muchos, muchísimos más que en otras ocasiones cuando hemos regresado a casa con una rara sensación de orfandad. Se han repetido, eso sí, los mismos cantos de otras veces y el nudo terrible en la garganta, porque las bombas caen sobre un pueblo al que además, están matando de hambre, sed y desesperanza. Un pueblo indefenso y chantajeado. ¿Qué estado puede nacer tan herido y ultrajado, tan indefenso?

Hemos gritado «La flotilla no se toca», «Palestina vencerá, desde el río hasta el mar», «Free, free Palestine», «Palestina, libertad» y todas nuestras palabras son mero anhelo. Lo peor, no obstante, es que sabemos que son mentira. No hay victoria posible ante el ejército más poderoso del mundo cumpliendo la misión de aniquilar.

Las kufiyas, las camisetas y chapas con sandías, los fulares con los colores verdes, rojo, blanco y negro se transformaban ante el reflejo artificial y azul de las numerosas furgonas policiales, parapetadas junto al Congreso de los Diputados y la sede de la Comunidad de Madrid. Hacía tiempo que no veía tanto policía antidisturbios. Era tan inevitable como retórico preguntarse qué orden defienden antes de volver a morderse los labios. Otra vez, el nudo en la garganta.

Hacía mucho también, que no veía a tanta juventud en una manifestación, y eso deshacía un poco el ahogo. Iban en cabeza y mantenían la fuerza de los cantos e incluso, los envolvían de una ligera música que quise confundir con una esperanza pequeña para el futuro.

Ojalá en Gaza y Palestina sepan que muchas personas les llevan en el corazón. Ojalá les llegue algo de este rumor ciudadano que se muere de asco y vergüenza cada vez que enciende la televisión o la radio o se asoma a los periódicos.

La realidad es tan tozuda como quienes seguimos gritando por las calles de cientos de ciudades, levantando la vista y mirando al cielo en un intento vano de consolarnos. Por unas horas, mientras se nos hace de noche y esperamos que no haya disturbios, porque hemos venido a reclamar la paz, a veces, sentimos una cierta fraternidad.

Y por eso, quedamos emplazados para la siguiente. En Madrid, será el sábado 4 de octubre, a las 18 horas, de Atocha a Callao. Volveremos a ver atardecer mientras muy lejos, se apagan varias decenas de vidas. Las consignas serán las mismas y saldrán de gargantas que no temen la afonía ni quedarse sin voz.

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