Necesidad y belleza del silencio

El viernes por la tarde me acerqué al Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía a conocer parte de su colección en una renovada cuarta planta. Mientras subía las escaleras, me salió al paso la exposición de Juan Uslé, titulada “Ese barco en la montaña”, y cambié de rumbo. En la primera sala, me asombró el cuadro titulado ‘1960’, en alusión al año del hundimiento del buque Elorrio, que regresaba de Baltimore cargado de grano, y desapareció en las aguas frente a su casa familiar en la costa de Langre (Cantabria). Fue inevitable recordar las recientes y tenebrosas escenas de naves hundidas en las aguas de Ormuz, y adentrarse en la calma que ofrecían las primeras obras, como quien encuentra un antídoto frente a las terribles noticias que llegan de Oriente Medio donde se acaba con vidas humanas inocentes con total impunidad.

En algunos de los otros trabajos de Juan Uslé, me impactó aquel azul intenso tan oscuro que rodeaba la idea del naufragio, los huecos abiertos de ojos y miradas. Después, me dejé llevar por la propuesta del resto de salas, para descubrir la evolución del pintor. No quise detenerme en las cartelas y sus palabras, sino fluir en silencio por el color (de una paleta oscura, de azules y marrones a otra gama de azules más vivos, amarillos, rojos, rosas o blancos); y recorrer las líneas, tanto las verticales como la sucesión de horizontales que yo interpreté como pautas que se rompían ofreciendo rendijas y preguntas. Me interesó el peso de la memoria, con la infancia ocupando un lugar primordial en algunos proyectos; y después, la importancia de la fotografía y las técnicas de revelado. Su presencia es tan central que Uslé realizó unos trabajos bajo el título ‘Soñé que revelabas’, que derivaron en varias series a lo largo de cuatro décadas.

Además del trabajo pictórico, la muestra ofrece una serie de fotografías que permiten asomarse a un álbum de fotos casi privado, presentado como un collage y cierto aire de proyecto en curso. Ante la mezcla de instantáneas, reconecté con el placer de la creación y el juego que me permití con mi primera cámara digital. Captar el hallazgo del instante, la sorpresa de la calle y de la vida en paisajes y ventanas, texturas y sombras, contenedores y luces. Es decir, la fotografía que ya no requiere del viaje o el acontecimiento sino inspirada por lo cotidiano, que sale al paso y es bello sin serlo.

Aquellas imágenes me estaban interpelando, recordándome otras formas de mirar y escribir, mientras evitaba que mis dedos se lanzasen a teclear nada. Intencionadamente, opté por aplazar la escritura y que todo reposase en lo no dicho, a sabiendas de que tendré que volver a visitar la exposición para encontrarme con las palabras suspendidas. En aquel momento, necesitaba nutrirme con el silencio de salas casi vacías y de la obra abstracta, que permite escuchar lo que está por nacer.

De este modo, en la tarde noche del viernes me había impuesto un silencio que, sin saberlo, me estaba conectando con El libro blanco. Alfabeto de silencios (La Caja Books, 2026), sobre el que iban a conversar Vicente Luis Mora, su autor, y Mariano Peyrou la mañana siguiente.

Aunque la cita estaba convocaba bajo la fórmula del ‘Vermú literario’ y la maravillosa e histórica librería Pérgamo estaba bulliciosamente llena, el silencio fue el protagonista de la conversación, siguiendo el hilo de un libro que ha cosechado magníficas reseñas y comentarios. Atender este diálogo me sirvió para volver a adentrarme en las relaciones entre el silencio y la creación, una cuestión recurrente en algunos otros actos recientes.

El escritor, profesor y crítico Vicente Luis Mora explicaba la práctica literaria, donde confluyen lo lingüístico, lo artístico, lo antropológico y lo filosófico, como un espacio atravesado tanto por el silencio como por el lenguaje. Pudimos comprender, gracias a su generosidad al compartir la génesis del libro, como éste se había ido fraguando en sus distintas capas: la investigación, la dimensión intelectual y la labor del poeta, “que abre la espita sobre ese corpus” generado en torno al silencio por tantas y tan variadas voces previas. Así, en el libro, se cruzan números que esconden símbolos, listados donde la respiración de la poesía y el poso del estudio se abren paso tras un prólogo ficcional que lanza un primer guiño a quien se asoma a estas páginas de infinitas lecturas.

Deteniéndose en las listas, que conforman la mayor parte del libro, Mariano Peyrou, poeta y ensayista, apuntó que si bien ciertas clases de silencio provocan vacío, también el silencio puede ser un método de investigación o una apelación a la imaginación; y se preguntó por la lógica que busca el lector, necesariamente activo ante la propuesta de este libro, que no sabemos si nos propone un juego o no.

Por su parte, Vicente Luis Mora explicó que, “al escuchar, surgen momentos de creación y composición”, y que el libro “propone la aventura del encuentro”. De entre todas las posibles, plantea la pregunta poética, “dejando el libro abierto, que es lo que más me interesa”. (…) “Me gustaría que el libro haga preguntas al leer y genere o dispare la creatividad de otros, ofrecer un espacio donde las ideas se pongan a jugar”. El mismo autor reconocía que la escritura del libro le había desconcertado, reconociendo “ese estado de descubrimiento” como lo más interesante del acto creador. Y recogiendo la propuesta del juego: “cuando escribo, quiero jugar; si no, sería mecanografía”. ¡Menuda frase de aviso a navegantes!

En el turno de palabras, se notó la presencia de quienes ya se habían leído el libro y coincidían con Mariano Peyrou en haber disfrutado de “un libro raro, sin género, pero muy estimulante desde el punto de vista espiritual e intelectual, y ameno. Lo que es de una extrañeza maravillosa”.

A mí, también me lo pareció. Páginas que pueden generar pensamiento y creación, es decir, un verdadero regalo para quien quiera adentrarse en algunos de los silencios que plantea (“el lápiz sin estrenar”; “la celda de castigo”; “el enfado de nube”; “la persona infiel” o “el pájaro que enmudece en la bandada”…), o convocar los propios, para jugar a lo más imprevisible de la poesía.

Con el silencio de “La niña tímida en el recreo” (pág. 34), y mi nuevo libro recién firmado, volví a perderme por esas calles cuadriculadas de Madrid donde nunca logro orientarme. No obstante, mi despiste fue dichoso, porque el azar me puso ante la casa donde Carmen Laforet escribió su novela Nada, situada en la calle General Pardiñas, 107.

Placa en la calle General Pardiñas, 107, (Madrid), donde vivió Carmen Laforet

Así, nada y silencio se fundieron en una mañana invernal donde ya latía la primavera y el rumor de la palabra. En ese espacio mudo y vibrante, volví a convocar los deseos de escritura que laten en la raíz de este año vital tan distinto.

Como quien recibe un empujoncito de confianza, leyendo El libro blanco me he encontrado con algunas de mis maestras y su silencio correspondiente (15, página 57): “Las obras mutiladas o prohibidas por la censura franquista de Ana María Matute, de Concha Alós, de Dolores Medio, de Elena Soriano, de Carmen Laforet y tantas otras”.

De nuevo, he brindado por sus libros y por mis cuadernos, y he recordado las flores de los almendros y los prunos que tan calladamente siguen desafiando la fealdad y el ruido del mundo que nos acecha. ¡Bendito sea el significante del azar, y gracias siempre al silencio de la belleza!

Asamblea, con Juan Carlos Mestre

Ayer, 16 de marzo, en la Asamblea convocada por Juan Carlos Mestre, nos adelantamos a la celebración del Día de la Poesía, tan inminente. El azar quiso que la gran fiesta de la palabra y la música que vivimos coincidiera también con el cumpleaños de César Vallejo, y que un verso de Antonio Gamoneda, que vincula la esperanza de los lunes con la poesía de Mestre, fuese a la vez real y premonitorio, prólogo de belleza y fraternidad, en el Ateneo de Madrid.

Decenas y decenas de amigos y lectores nos encontramos allí para celebrar el libro publicado por Galaxia Gutenberg, titulado precisa y certeramente Asamblea, que reúne la poesía de Juan Carlos Mestre (1975-2025). El acto comenzó con su voz, recitando precisamente el poema del mismo título, emocionante como un himno, recordando desde sus primeros versos el sentido de una trayectoria poética de cincuenta años en los que la palabra insumisa, la utopía, la memoria y la conciencia cívica han estado siempre presentes: “Queridos compañeros carpinteros y ebanistas, les traigo el saludo solidario de los metafísicos”.

El poema continúa y aunque llega a decir “A partir de este momento la lírica no existe, / con el permiso de ustedes la poesía / ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno”, el resto del acto se encargó de demostrar que la poesía sigue viva, vibrante y necesaria a través de todas las voces que se sucedieron en el escenario del Aula Mayor del Ateneo y en la emoción del público. Quizás por eso, tras el poema ‘Asamblea’ se escuchó el ‘Salmo de los Bienaventurados’, y a través de esas bienaventuranzas renovadas por la riqueza metafórica de Mestre volvimos a la certeza de la poesía, expresión única donde quizás esta herida humanidad pueda volver a latir sin dolor algún día.

Tras los primeros poemas y las melodías del acordeón, bellamente interpretadas por Cuco Pérez, tomaron la palabra Jordi Doce y Emilio Torné, responsables de la edición de este libro imprescindible. Jordi Doce se refirió a estos “cincuenta años de poesía que constituyen una fiesta de palabra y música” subrayando la vocación de intervenir en el mundo, creando “otra realidad a partir de la conciencia de la palabra poética”. Aquel niño que nació en una casa sin libros de Villafranca del Bierzo tuvo una madre que le enseño a leer en papeles pequeños y la suerte de encontrar las voces de unos primeros maestros de la palabra literaria. Desde los primeros años, tras pasar por la universidad de Barcelona, el viaje continuaría llevándole por medio mundo, poesía en voz, con años cruciales en Chile y Roma. De todos los viajes nació libro, y ahora, muchos de los que eran difíciles de encontrar, también están en Asamblea. Emilio Torné ofreció un repaso por toda la trayectoria poética de Juan Carlos Mestre y las vicisitudes de su obra publicada, que tan bien conoce. Han sido años de trabajo para finalizar este volumen de mil quinientas páginas, pero antes de esta Asamblea, Torné ha publicado casi todos los libros de Mestre, en aquellas cuidadísimas ediciones de Calambur que tanto se echan de menos. Obras que he ido atesorando, con sus extraordinarias dedicatorias de colores de acuarela y tinta negra, y que convivirán en mi biblioteca con este nuevo libro, porque lejos de ser redundantes, como pensaba antes del acto de ayer, dialogarán entre sí y serán compañeros.

A continuación, tomaron la palabra Brenda Escobedo, Mario Obrero y Selena Millares, quienes ofrecieron perspectivas distintas de la obra mestriana en brillantes intervenciones que ojalá podamos leer íntegramente para quedarnos con todas sus referencias y un mayor poso. Brenda Escobedo, dramaturga y directora de escena, recordó el reto y el placer de llevar La tumba de Keats a las tablas de La Abadía. Aquella belleza fue posible porque Mestre, explicó, es capaz de “decir la palabra con verdad” y ese gran poema, inabarcable para la escena, fue convertido en “el último soliloquio de un príncipe barroco” que, igual que Hamlet o Segismundo se refieren a aspectos dolorosos e incómodos, pero logran hacerlo con gran belleza. Por su parte, el poeta Mario Obrero se centró es aspectos lingüísticos, poniendo el foco en el trabajo de traducción que ha realizado del libro 200 gramos de patacas tristes, una obra en la que Mestre escribe con la lengua de sus mayores, aquel gallego hablado en su Bierzo natal donde el habla se funde con quienes construyeron el universo de la infancia, un lugar donde la memoria y la dignidad de la pobreza se mantienen en pie y siguen resistiendo ante las dinámicas del poder y la barbarie. Por último, la poeta y profesora universitaria Selena Millares, nos ofreció un bello texto en el que vinculaba la poesía de Mestre con la de otros poetas. Un flujo incesante de influencias y lecturas que abarcan los grandes nombres de Iberoamérica pero también de Europa y poetas españoles, voces que nutren y sirven para renacer una y otra vez.

Tras las intervenciones apoyadas en palabras explicativas, bellas y doctas, amenas y profundas en su decir… Llegó el momento de volver a la música. Amancio Prada con su voz única y su guitarra, Cuco Pérez con el acordeón y Juan Carlos Mestre, recitando, cerraron un acto sumamente emocionante en el que no faltaron la exhuberancia verbal y el testimonio, la palabra insumisa que abre el espacio de la utopía en un mundo de sombras y el recuerdo a los vivos y a los muertos, en especial, para Marta Agudo y Guadalupe Grande. Juan Carlos Mestre pronunció unas últimas palabras desde el escenario: “Gracias por la fraternidad y las generosas nieves de vuestra compañía”.

Mis aplausos de ayer y estas líneas aceleradas son mi forma de darle las gracias hoy, por los años y las palabras compartidas, por su aliento constante, por ser y estar y haber sido luz tantas veces. Gracias, siempre.

Esperanza Ortega: los versos de una nueva amiga

El lunes 16 de febrero volví a Enclave de Libros para conocer en persona y escuchar a Esperanza Ortega (Palencia, 1953), quien tras veinte años sin publicar un nuevo libro de poesía presentaba Los versos de mi amiga, editado en la Colección Esenciales de Galaxia Gutenberg. Ese silencio, que me parecía un principio de revelación y labor bien hecha, estimuló mi curiosidad después de una breve búsqueda por internet.

La librería se llenó hasta los topes, seguramente, por todas las amistades que buscaban el reencuentro, y porque la editorial presentaba la nueva obra como “un libro hospitalario”; en un aquí y ahora en el que necesitamos espacios de cobijo. Jordi Doce explicó que esta colección, que nació con el propósito de dar nueva vida a libros de otros tiempos, se ha abierto también a publicar títulos nuevos de poetas que ya formaban parte del catálogo, señalando que Esperanza Ortega figura en la antología Las ínsulas extrañas. En cuanto al nuevo texto, admitió que ofrecía elementos visibles en libros anteriores, como Mudanza, pero también evolución, al ofrecer una propuesta “más locuaz, más explícita, más discursiva. Aquí hay una apertura nueva, un mostrarse. Y también cierta ligereza en el decir, porque cosas que parecen sencillas no lo son tanto”. A continuación, Óscar Esquivias, insistió en el momento de celebración que suponía la publicación de este nuevo libro de poemas, recordando que el silencio al que aludía la invitación no había sido total, puesto que Esperanza Ortega había publicado, en las últimas décadas, artículos y un libro memorialístico que nos recomendó con entusiasmo y anoté convencida, Las cosas como eran.

Tras los presentadores, tomó la palabra Esperanza Ortega, que habló desde la alegría y el estupor del multitudinario reencuentro, y la sencillez de quien se expresa entre amigos. Sin conocerla antes, me encandiló su palabra sincera y generosa con la que explicó que, en estos años, hubo poemas (algunos publicados en revistas como Mirlo, entre otras); pero no libros, que requieren cierta unidad. Entre poema y confidencia, nos desveló algunas pistas que permitían comprender y compartir algunas de las claves de su cocina poética, desde la concepción del libro a la influencia de las lecturas, y también su evolución personal para atreverse a decir. Ninguna de sus palabras sonó en vano en mis oídos. De hecho, algunas frases podrán ser guía certera: “no está mal defender la poesía callando” o bien, “un poeta que deja de escribir poesía, puede seguir escribiendo por otros medios”.

Volviendo al libro, se hizo un inciso sobre el título. La palabra “amiga” es necesariamente polisémica para quien es autora de la biografía de Garcilaso de la Vega, una referencia que nos traslada a aquel tiempo del amor idealizado cantado por los trovadores. Aquí, “la amiga se presta a un diálogo sin drama, a compartir experiencias”, es la voz de esa mujer que acompaña e incluso puede ser la que está en contra, dijo Esperanza Ortega, aclarando a continuación “que esos poemas los suelo descartar”.

En línea con ese diálogo, lo que ofrece este libro es “el desdoblamiento habitual de la voz poética. Siempre ha estado ahí esa otra voz, aunque antes mi poesía era más minimalista, con muchos silencios que el lector tenía que llenar”. La reflexión de la autora continuaba compartiendo luz: “Los libros de poesía me surgen en momentos de crisis. Ahora hay cierta vecindad con la muerte, pero éste no es un libro elegíaco. La escritura es una forma de alejarla. Es un libro escrito por una mujer que, hasta cierto punto, hace balance sin amargura. El mundo familiar y doméstico no ha cambiado mucho, pero hay nuevas influencias, sobre todo, de las poetas norteamericanas, su ímpetu y su forma de decir. Su libertad. Las había leído hace mucho y de pronto, las he recuperado. Y me gustan”.

Las reflexiones sobre lo concreto de este libro se fueron convirtiendo también en una reflexión sobre la propia escritura; de hecho, el libro, inicialmente, se iba a llamar «Escribir un poema». “En mi poesía anterior, ha habido mucho fragmentarismo, pero en este libro no quería eso. Necesitaba un torrente. En el fragmento estaba antes el silencio de la angustia”, explicó Esperanza Ortega, mientras intercalaba la reflexión sobre la gestación de la obra con la lectura del poema acabado. Varios de ellos se refieren a la creación, el momento gozoso de su epifanía. También hay memoria.

Como siempre he pensado que memoria y escritura van de la mano, la escuché asintiendo, como si mi amiga fuera ella, como si la amiga fuera yo. Me encantó su voz, emocionada y apasionada sobre el decir poético. Una voz enérgica y jovial. No faltaron las confidencias tocadas por el sentido del humor, los recuerdos, los homenajes, las invitaciones a otras lecturas.

Los anfitriones habían dicho que la tarde era histórica y entre amigos, y así nos sentimos, incluso los recién llegados. La complicidad fue la esencia de una conversación que para mí fue doble descubrimiento, por la forma y por el fondo.

Os dejo un fragmento del poema que abre el libro… Si os quedáis con ganas de más, la respuesta está en librerías y bibliotecas.

Escribir un poema te llena de dicha.
Como una mendiga que entierra su tesoro,
sonríes en silencio,
el mundo te acompaña un trecho del camino;
sientes su vecindad,
ya no estás sola, ya no eres frágil,
ya no te duelen las rodillas,
podrías encaramarte a un árbol
y retar desde allí a tus poetas
a que suban contigo
a otear un paisaje
que existe solo gracias a tus versos.

Pero escribir un poema no es tarea fácil,
podrían transcurrir días y meses
y años sin que tú escribas un poema
[…]

Esperanza Ortega. Los versos de mi amiga. (Galaxia Gutenberg, 2026)

Compartir poesía: Limaduras del decir

En los huecos de este tiempo de cuidados, vuelvo a la poesía en cuanto puedo. Lo hago alternando la lectura de dos libros que compré recientemente, Palabra de mundo, de Antonio Méndez Rubio (Libros de la Resistencia, 2025) y La llama ebria: Antología de mujeres poetas del surrealismo (Bartleby, 2025); y también, disfrutando de algún acto, cuando los turnos lo permiten.

Entre los últimos encuentros a los que he podido asistir, y saborear quizás como nunca, ha estado la presentación del libro Limaduras del decir (Eolas, 2025), de Iván Navarro Lluesma. Una celebración en torno a la poesía, una vez más, en Enclave de Libros.

Limaduras del decir. Lo esencial del poema entre silencios

El viernes 6 de febrero, la presentación de Limaduras del decir nos brindó un diálogo intenso entre el autor del libro, Iván Navarro Lluesma y Alberto Cubero. Ambos fueron desvelando algunos de estos poemas, “limados hasta la brevedad final” con la que se presentan en esta obra; al tiempo que profundizaron en cuestiones relevantes en cuanto a la conexión entre la escritura poética y la interpretación psicoanalítica. “El psicoanalista devuelve las palabras al analizante para que resuenen. Mientras que, cuando escribes y tiempo después vuelves a leer tu texto, éste se vuelve extraño; de modo que también se da esa resonancia, a la vez que la escritura permite soltar lastre”, explicó el autor del libro.

En otro momento de la charla, se incidió en el papel que juega el silencio tanto en la poesía como en el psicoanálisis. Si Lacan señaló la necesidad de “hablar con la palabra que no se tiene”, Navarro y Cubero coincidían al señalar que “sin silencio no puede surgir la palabra ni la subjetividad, así como la dificultad de sostener, a día de hoy, el silencio”.

Otras preguntas apuntaron a las numerosas referencias en torno a la naturaleza que incluye el libro. En ese sentido, Iván Navarro apuntó: “Se mira fuera para vernos ahí. La naturaleza me interpela y me permite hablar del interior”. La relación entre tiempo y tristeza se explicó así: “mientras el tiempo subjetivo se parcela, el tiempo cósmico se nos escapa. ¿Cómo definir la tristeza?, se preguntó Navarro. “Es un tiempo pegajoso, que atrapa al ser”, resolvió. En cuanto a la palabra y la escritura, apunté frases que aún resuenan: “Somos más cuando estamos en el borde del decir o de la escritura”; “La palabra cuando toca el cuerpo se hace piel” o poder ver la escritura a mano como “un acto de rebeldía”, vinculando ese gesto con la obra de Octavio Paz, El signo y el garabato.

En suma, decir y callar, encontrar la palabra que nos vincula con quien escucha o nos lee, dando lugar al silencio que este mundo no ofrece. El acto fue íntimo y especial. De esos que sólo la poesía propicia, un bello encuentro en torno a la rareza de esa expresión que tantas veces me ha salvado. Y así sigue. Os copio a continuación dos poemas del libro Limaduras del decir, de Iván Navarro Lluesma y lamento que el sistema de edición no me permita reproducir los espacios y las tabulaciones del original… Si os quedan ganas de más, librerías o bibliotecas os recibirán con los brazos abiertos.

¿y si la palabra estuviera hueca?

mi cuerpo

sería de garabatos

a la espera

de nuevas comisuras

****

no puedo hablarte del amor

porque ocurre en el silencio

del decir

hablar recubre el acto

y el acto no es un hecho

sólo puede amarse

en el acto del decir

Limaduras del decir, Iván Navarro Lluesma. (Eolas Editorial, 2025)

Nuevo cuaderno y viejos bolígrafos

Tras un par de semanas con compromisos laborales, por fin, he inaugurado mi año distinto. Aunque el mundo siga ofreciéndonos unas dosis de dolor inaceptables, tras salir de una larga e íntima espiral de tristeza, mi camino se aferra a la vida y abraza las pequeñas alegrías y los buenos momentos que se presenten al alcance, en el marco del regalo que, tras casi treinta años de trabajo asalariado, he podido concederme. El regalo del tiempo, un año de excedencia laboral que comencé hace apenas ocho días y fui preparando desde los albores de 2026.

El primer cambio lo asumí el mismo 1 de enero, al elegir el cuaderno que será mi ‘Diario’ de este año, una práctica que mantengo con continuidad desde hace décadas. Últimamente, usaba agendas de tamaño cuartilla, donde todos los días de la semana ocupan el mismo espacio, y las fechas y horas sirven de pauta. Para 2026 recuperé un precioso cuaderno que, precisamente, por su delicada factura, no había estrenado aún.

Cuidadosamente guardado para alguna ocasión especial, recordaba su forma pero no su portada. Y al reencontrarlo, entendí que el libro al que aludía ‘Alicia en el país de las maravillas’ (Alice’s adventures in Wonderland, como reza el original reproducido en su cubierta), podía ser un buen presagio. Es cierto que para narrar la vida, para escribir para una misma, vale cualquier cuaderno, como ya nos demostró mi admirada Carmen Martín Gaite. A estas alturas, creo que he usado todo tipo de formatos y texturas. Desde pequeña, todos mis cuadernos fueron tesoros preciados de los que incluso salvaba sus últimas páginas en blanco cuando concluía un curso escolar o un proyecto esbozado a mano.

No obstante, es bueno que las ocasiones especiales sean celebradas como tales, inventando ritos cuando estos no existen, creando nuestro propio juego de amuletos y señales. Qué mejor que escribir este año sobre un papel sin renglones, sin números, con la invocación de la imaginación y la fantasía para anotar la vida de forma distinta.

El nuevo cuaderno me ha llevado también a repensar los materiales de escritura. Soy de usar cualquier tipo de bolígrafo, y apurarlo hasta el final. Los bolígrafos que llegan a casa, comprados, regalados o de carácter publicitario, van quedando en una caja metálica de bombones. Si al cogerlos no escriben, intento resucitarlos con garabatos sobre el papel o calor sobre la bolita reseca, como si un bolígrafo no pudiera quedarse con algo por escribir. Sin embargo, he recordado un par de bolígrafos especiales que habían quedado olvidados al agotarse su recambio y he decidido volver a usarlos. Ambos fueron el regalo de personas que reconocieron mi escritura y quisieron darme su aliento. En este tiempo sin excusas externas, me vendrá bien sentir su certeza de metal, resistente a pesar de los años, y aferrarme a ellos cuando mi propósito se tambalee.

Escribo estas líneas en la pantalla del ordenador, con una letra ampliada por el zoom, porque mis ojos cada vez exigen más tamaño. La mesa vuelve a resultar más ancha, una vez que he retirado los documentos y libros que provenían del ámbito laboral. Desde la pandemia, los espacios se mezclaron y las palabras que habían permanecido en atmósferas distintas se vieron forzadas a convivir. Al retirar papeles y carpetas ahora inútiles, reparé en que la mesa estaba sucia, de polvo, de pelusas y de prisa, de no mirar atentamente, de cercos de vasos y cierta desidia. Limpiar la mesa con esmero ha sido preparar también el camino. Junto al ordenador, tengo una botella de aluminio para que nunca falte el agua, un flexo que puede reforzar la luz cuando haga falta y, por supuesto, un elefante de madera que me trae el recuerdo de una persona muy querida que ya no está y siempre me animó a escribir.

Así pues, esta primera semana sin obligaciones laborales ha servido para poner orden y cuidado, y convertir viejos regalos en inesperados amuletos para la nueva travesía. Apenas he escrito, pero todas las tardes he salido al encuentro de la palabra ajena. La agenda se prestó para ello. Me acerqué a conocer la labor de Nueva York Poetry Press; escuché a Constantino Bértolo, comentando su último libro, El arte de rechazar manuscritos; celebré a las autoras que voy a descubrir gracias a la antología de mujeres poetas del surrealismo titulada La llama ebria, coeditada por Bartleby y La Torre Magnética, en un acto donde volvimos a recordar a Eugenio Castro; asistí a una conferencia sobre personas sin hogar en la que me contagié de una cierta esperanza, porque hay soluciones que cambian vidas, siempre y cuando la política institucional acompañe; disfruté de un nuevo encuentro del ciclo ‘Poesía y Psicoanálisis’, que sirvió para profundizar en la escritura de Esther Ramón; y, por último, acompañé la presentación del libro Palabra de mundo, de Antonio Méndez Rubio, publicado en Libros de la resistencia.

Supongo que, a través de la palabra ajena, he ido convocando la propia, descubriendo que, cuando se puede, escribir es ir llamando a las palabras sin forzarlas. Sé que vivimos tiempos oscuros. Hace poco, el psicoanalista Jorge Alemán escribía en una de sus redes sociales: “Nadie puede nombrar todo lo que está sucediendo, después del genocidio televisado de Gaza y la destrucción obscena de la historia. A partir de ahí, todo es diferente. Los horrores se multiplican intensamente en el mundo. La historia siempre encuentra nombres para todos los horrores, ¿y ahora? ¿Cómo se nombra todo esto y cómo se designa a los cómplices de esta situación?”

Carezco de respuesta. De hecho, muchas veces me pregunto qué sentido tiene retomar mis proyectos literarios. ¿Qué se puede aportar con un poema o con un nuevo libro? ¿Qué pueden ofrecer mis líneas en este contexto tan desamparado y cínico, tan presuntamente próspero y terriblemente miserable a la vez? Y sin embargo, me resisto a volver a caer en la desesperanza. Si nos rendimos, si dejamos de escribir y de hacernos preguntas, si dejamos de reunirnos en torno a la palabra, estaremos aún más perdidos y mucho más solos.

Poesía de ida y vuelta: humo de las astillas

Hace unas semanas, recibí por correo un sobre procedente de Brooklyn. Aunque esperaba su llegada, abrir el buzón desencadenó un sinfín de recuerdos y emociones.

Nunca he visitado Nueva York, pero he fantaseado con ese viaje, incluso, con vivir allí una temporada. Quizás algún día pueda ser, aunque cada vez parece menos probable. Hice memoria, creyendo que entraba en casa un sobre procedente de un país con el que nunca había tenido un contacto tan directo antes. ¡Menuda ciudadana del mundo, pensé!

Me equivocaba por poco. Una vez estuve en Estados Unidos, aunque fuera durante el par de horas que duró una escala en uno de sus aeropuertos internacionales. Tenía tan poco tiempo y tanto miedo a perderme que no llegué a pisar la calle, accesible y bulliciosa tras las puertas de cristal. Permanecí aturdida ante la magnitud del aeropuerto, la parafernalia del cuestionario a bordo y ser entrevistada por agentes de inmigración.

También recordé que, hace muchos años, una amiga trabajó en Washington y, seguramente (era una costumbre bonita), ella me envió más de una postal de aquellos lugares tantas veces vistos en el cine y la televisión hasta hacerse familiares. No obstante, aquellas cartas y tarjetas, que corresponden al tiempo previo a los teléfonos con cámara, nunca llegaron al buzón de donde vivo ahora. Actualmente, languidece vacío porque casi toda la correspondencia es digital; y solo de vez en cuando cobra sentido con una revista o un libro, solicitados con anhelo a golpe de clic.

Así pues, encontrar una carta como aquellas, con mi dirección escrita a mano, y leer “Brooklyn, NY” era tocar un espacio remotamente conocido: el escenario de mi propia nostalgia y también el de tantas películas y libros: ahora que estamos en otoño, con parques llenos de ocres y amarillos y aceras mojadas que te hacen buscar un café, una librería… Es decir, un mundo que ya, por lo que comentan, cada vez cuesta más encontrar en Nueva York y que en Madrid también está en peligro, aunque aún no sea tan evidente o no queramos verlo.

El sobre, con sus sellos circulares ilustrados con una brújula, constituía toda una metáfora. ¿A dónde ir, de dónde venir, cómo orientarnos? En el interior, había viajado un ejemplar de la revista de poesía ‘Cuadernos de humo cuarenta y siete’, editada por el equipo Humo, con H. Barrero, remitente de mi carta, a la cabeza.

La revista ofrecía aún más coincidencias mágicas y emocionantes. Un poema mío, publicado en Astillas, figuraba junto a los poemas de veintidós poetas españoles (sumamos 23 y eso es magia también), seleccionados y traducidos por Marcela Filippi, que recibió mi libro a través de un amigo común. La fuerza generosa del azar me había llevado primero a Roma y después a Nueva York gracias a la poesía, ¡benditas palabras que pudieron volar y alojarse tan lejos! Me vi junto a nombres de poetas que admiro y, por un segundo, me pregunté cómo me había colado en esa fiesta. Luego, recordé que me habían invitado Marcela e Hilario, y que ante su gesto de bienvenida solo cabían la celebración y la gratitud en lugar de la vergüenza.

El azar ha sido también sumamente certero con las imágenes que ilustran la revista, obra de Juan Carlos Mestre, con quien hice un taller de poesía en la primavera de 2007, titulado La República de la Imaginación, que lo cambió todo. Porque yo había escrito poesía desde niña, pero en la juventud y, sobre todo, al entrar en la etapa adulta y laboral, encargada de borrar sueños y descartar algunos naipes del juego de la vida, empecé a pensar que escribir poesía debía reducirse al ámbito privado de la respiración y que publicar era del todo imposible. Dos años después de aquel taller (lo he contado mil veces), vi mis poemas impresos en un libro con el mismo título, editado por Legados, que inauguraba su colección de Colectivos, donde volví con otros proyectos dos veces más (La escombrera y Odisea) y después a Disidencias (El Sastre de Apollinaire, 2023). De este modo, encontré un camino menos solitario y más iluminado, y la compañía de personas que me devolvieron la ilusión y las ganas de regresar a la poesía, de donde no me había ido nunca, aunque corría el riesgo de olvidarlo.

Aquel taller llevó al libro, el libro a un blog colaborativo, el blog a las redes sociales… Territorios que quizás nunca hubiera pisado sin aquellas tardes del mes de abril, cuando Juan Carlos Mestre, con elogios obviamente desmesurados que mis poemas no merecían, me devolvió la confianza. Porque a veces las palabras ayudan a sanar y a saltar, y aquella vez ocurrió. Y porque el azar también permitió reunir a un maravilloso grupo que supo crecer, nutriéndonos y celebrando los nuevos libros de cada uno, algunos con Agustín Sánchez Antequera, que era parte de aquel grupo, como editor. Así, la biblioteca ha ido aumentando a lo largo de los años con quienes estaban en aquella primera solapa y, más que amigos, eran y son luz y abrazo: Alberto Cubero, Manuela Temporelli, Laura Gómez Palma, Pilar Fraile, Juan Pedro Fernández, Pablo Martín Coble y Juan Carlos Mestre, junto a las creaciones de Calber en varias cubiertas y su eterno libro pendiente, mediado por innumerables trabajos de diseño y las risas de tantos encuentros compartidos.

Siguiendo con las coincidencias felices y los azares, las palabras preliminares de este Cuaderno de Humo que dan paso a los poemas se titulan “De ida y vuelta”, casi como uno de los archivos que va creciendo en mi ordenador. Dispuesta a descubrir carambolas que sean guiños mágicos, lo considero ya un excelente presagio, aunque solo el tiempo sabe si llegará a término y mantendrá ese título. En esas palabras, Marcela Filippi escribe: “Escribir es algo mágico, nadie nos pone límites. Escribo sobre mi mundo interior y exterior. A través de la escritura dibujo mi vida pasada, presente y futura, exorcizo mi dolor, mis miedos, me siento libre”.

Sus palabras, que comparto, se cumplen en estas líneas que nacen de la gratitud y enlazan la textura de las direcciones manuscritas de viejas postales con la última carta recibida, los proyectos en curso con el poeta que me puso en camino y la certeza de que, aunque escribir sea un acto solitario, escribimos gracias a que hay alguien que nos lee y, con su gesto de reconocimiento (ya sea silencioso o explícito), nos anima a seguir buscando las palabras donde ser verdaderamente libres.

Un año de ‘Astillas’, un año de vida

En 2024, tras varias tormentas, que afectaron descargas y aperturas de la Feria del Libro de Madrid, ‘Astillas’ llegó a la la caseta de Bartleby Editores el 11 de junio, y yo fui a firmarlo y a tocarlo por primera vez, feliz por tantísimo, el viernes 14. Diez días después, comenzaba su distribución en librerías.

Hace algunas fechas, al volver a la útima edición de la Feria del Libro de Madrid, de alguna forma, regresaba para celebrar este feliz aniversario. Para mi sorpresa, hubo más ventas de las esperadas y amigos que volvieron a la caseta de Bartleby y se llevaron Astillas o De paso por los días o ambos. Yo firmaba menos cansada que hace un año y menos nerviosa también. La palabra y el pulso de las dedicatorias fluían templadas, gracias a una etapa larga de aprendizajes sobre mí misma que me va reconciliando con quien soy y he sido.

A pesar de los años en los que las exigencias laborales y las peripecias vitales me despistaron de su condición de eje vital, la escritura siempre fue raíz. Jamás me olvidé de aquella niña que se puso a escribir un poema en un pupitre y, desde entonces, sintió la escritura como necesidad y llamada, como tarea y meta. En los primeros años de formación, faltaron referentes y lecturas: apenas mujeres en los libros de texto, apenas mujeres que pudieran dedicarse a la escritura. Quizás, por eso, el periodismo fue el camino. Pero llegué a una profesión que nada tenía que ver con lo que yo había imaginado tras las crónicas de Maruja Torres y Carmen Sarmiento o las entrevistas de Rosa Montero; y seguramente, tampoco tuve su determinación ni su arrojo. En la facultad de Ciencias de la Información (UCM) éramos legión y el mundo laboral nos condenaba a una precariedad de la que ningún medio hablaba, porque ellos mismos eran beneficiarios.

El periodismo soñado se diluyó; se convirtió en comunicación para la acción social, un espacio donde había tanto que hacer y aprender que la creación literaria apenas encontró su tiempo. El afuera tampoco ayudaba. Cumplí treinta, treinta y cinco, y desapareció la posibilidad de optar a los premios cuyos nombres había aprendido estudiando literatura contemporánea (Adonais), o incorporando nuevos títulos a mi pequeña biblioteca de entonces (Hiperión, Loewe…). Pensé que la niña y la joven que había escrito con soltura en los años previos no tenía cabida en el mundo adulto, que no valía. Supongo que también asumí «que la vida iba en serio». Y seguí escribiendo para mí y para el cajón, una dedicación permanente desde un rincón solitario.

Lo he pensado mucho últimamente… Si no llega a ser por un primer batacazo de tristeza, yo no hubiera llegado a los talleres literarios de La Casa Encendida, donde todo comenzó de nuevo, gracias a poetas consagrados que escucharon y animaron mis versos, un tanto oxidados después de tanto vacío. Si no llega a ser por aquel grupo que se hizo libro colectivo, La república de la imaginación (2009), y quienes nos encontramos por azar en aquel taller de Juan Carlos Mestre, tal vez, tampoco hubiera publicado nunca. Pero recibir galeradas y tocar aquel libro lo cambió todo. Cuando en la tarde de su presentación las lágrimas estuvieron a punto de impedirme hablar en público con casi cuarenta años, aquel instante cobraba el sentido de una vida, aunque no he sido consciente hasta muchos años después.

De paso por los días’ no hubiera visto la luz sin Manuela Temporelli, Guadalupe Grande, Serafín Picado, Manolo Rico ni Pepo Paz. Su aparición me obligó a leer versos en solitario y me permitió, por primera vez, sentarme al otro lado del mostrador de la Feria del Libro de Madrid, en ese parque del Retiro donde había empezado a soñar cuando me acercaba temblando a autores y autoras a quienes decía mi nombre en un susurro, sin atreverme a contarles que yo también escribía ni a preguntarles qué tenía que ocurrir para convertirme en autora. Sin embargo, ‘De paso por los días’ fue un libro silencioso y transparente. Supongo que mi pudor de primeriza lo frenó. En lo más íntimo, yo sabía que un primer libro no era nada más que eso, un peldaño deshabitado.

Por supuesto, seguía escribiendo, corrigiendo y enviando poemarios a algunos concursos. Seguramente, buscaba en la decisión de otros la confianza que aún me faltaba. Por eso, necesitaba publicar un segundo libro porque, aunque dos peldaños no hacen escalera, mi sensación de espejismo se sumaba a otros dolores y me asfixiaba.

La aparición de ‘Astillas’, imposible sin el aliento de Alberto Cubero y Gsús Bonilla, sin Manolo Rico y Pepo Paz, al frente de Bartleby Editores, dio inicio a un tiempo nuevo. El libro ha recorrido un periplo de actos públicos y lectores generosos a los que me gustaría recordar. Porque ‘Astillas’ fue la escritura del tiempo oscuro de la depresión, y su entrada en imprenta coincidió con la esperanza de sanar.

Íntimamente, algo me decía que ‘Astillas’ había sido la escritura del daño y se convertía en el principio de un tiempo nuevo, un renacer desde la ceniza. La poesía y la intuición suelen ir de la mano y esa alianza volvió a funcionar. Mientras estaba de vacaciones, comencé a leer y recibir los primeros mensajes de lectores de ‘Astillas’. Y ya no se trataba de familiares o amistades muy cercanas cuya lectura está empapada por un afecto de muchos años, sino de lectores espontáneos que, al acercarse al libro, se habían abrazado a su dolor para aliviar el mío y, ahora, lo contaban en sus redes sociales, entrevistas o blogs: Pilar, Jorge, Camino, Esther, Patricia, Tonia, Vicente, Eva, Carmen, Noni, Viktor, Ángela, Tonia, Berta, Pedro, Arturo, Fco. Javier, Emma, Salva, Antonio, Laura, Manuela, Ángel, Sonia, Julio, Pablo, Javier, Lidia, Sole, Amalia, Teresa, Iris, Cristina… o la alegría de algunos de poemas traducidos al italiano gracias a Marcela Filippi. A lo largo de doce meses, las presentaciones y las redes sociales han sido el espacio para recibir sus palabras y fotografías, y para devolver mi gratitud desbordada y sorprendida, profundamente sincera.

Como decía al principio, volver a la Feria del Libro de este año ha supuesto cerrar el círculo. Reencontrar lectores o encontrar rostros inesperados, incluso felizmente desconocidos. Soy muy consciente de lo que significa ‘Astillas’ en un sistema editorial como el español, donde se publican 90.000 títulos anuales, diez libros por hora; de lo que significa firmar en una Feria que ha contado con 7.200 sesiones de firma. Me temo que ahora, en la escritura literaria, también somos legión. Pero este texto no pretende encontrar mi lugar en ese mundo, sino reconocer que respiro donde alguna vez soñé. Y volver a dar las gracias, a quienes animaron y leyeron; a la palabra escrita y a la vida, que han cobrado impulso.

Rosana Acquaroni: poesía y verdad

Desde mi último texto, se han sucedido acontecimientos y sucesos sobre los que hubiera querido escribir. Sin embargo, una vez más, no hubo tiempo a tiempo y perdieron la oportunidad. A nuestra velocidad habitual, parecen noticias de hace siglos.

Se nos murió y enterramos a un Papa que pidió la paz sin lograrla. Se nos apagó una península entera y recorrimos kilómetros para alcanzar nuestra casa, ese refugio tan necesario y tan poco accesible para muchos. Celebramos la lluvia, el sol y la llegada de una primavera explosiva en cada recodo. Nos despedimos de José Mujica y añoramos, al recordarlo, más voces y más testimonios como los suyos. Nos manifestamos contra la matanza genocida del pueblo palestino y seguimos, día a día, actualizando cifras de niños y adultos asesinados, familias enteras en sudarios; mientras los vivos se enfrentan al hambre entre los escombros, y la ayuda humanitaria espera en los pasos fronterizos paralizados por la barbarie política.

Frente a la urgencia de lo que es noticia y las masacres que se convierten en “normales”, las horas laborales han alternado con momentos renovadores en los que el arte ha procurado luz y sentido. Música (El cuento del zar Saltán, en el Teatro Real), artes plásticas (Otros surrealismos, en la Fundación Mapfre), y encuentros literarios (sobre Edgar Alan Poe; o escuchando a Mario Montalbetti o Fernanda García Lao), han propiciado momentos gratificantes. Y mientras algunas notas quedan para otro escrito, comparto, en estas líneas, mis impresiones de una nueva sesión del VIII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, coordinado por Alberto Cubero, en el marco del espacio ‘Diálogos con el Arte’ que organiza el Foro Psicoanalítico de Madrid. El encuentro tuvo lugar el pasado 9 de mayo de 2025 y ofreció un diálogo entre la poeta Rosana Acquaroni y el psicoanalista Gabriel Hernández.

Una vez más, la conversación que vincula poesía y psicoanálisis sirvió para abordar la verdad de quien escribe, una verdad en mayúsculas. En las generosas palabras de Rosana Acquaroni, sincera y sin tapujos, encontré revelaciones que dan pie a conocer y (re)conocerme, como me ha ocurrido en otras sesiones. Y, por supuesto, para seguir aprendiendo. Anoté frases de Rosana con las que coincido: “la poesía como lugar de revelación y enigma”. Y a partir de esa premisa, entendí la importancia de citar al gran poeta chileno, Raúl Zurita: “Estoy completamente de acuerdo con Zurita cuando dice que uno tiene que escribir su verdad sin autocomplacencia”. Después de esas palabras preliminares, Rosana Acquaroni comenzó a leer poemas de La casa grande (Bartleby, 2018); libro que ha sido merecedor del Premio del Gremio de Libreros de Madrid (2019) y base de un podcast con mención especial en los Premios Ondas.. y que, sin duda, para su autora ha debido de brindar otro premio más íntimo y esencial: “La casa grande cambia mi manera de escribir, incorporando lo biográfico, creando cierto diálogo con el lector desde una experiencia que es a la vez personal y universal, y permite esa conexión”.

Explicó Rosana Acquaroni que La casa grande desvela un secreto familiar; y que “esa carga que se había densificado durante años surgió con sus tres primeros versos, revelando desde la poesía la historia de mi madre y la mía”. Si bien es un libro que habla de la locura, la soledad, la infancia y el amor; como dijo el psicoanalista Gabriel Hernández, es una “escritura hospitalaria que invita a leer”.

La lectura continuó hilvanada por muy diversas reflexiones, entre ellas, la preocupación por el lenguaje y la dimensión ética de lo que se dice y escribe. Apuntaron los amigos psicoanalistas que Lacan hablaba de la ética como el «bien decir». Seguramente, hay una cierta articulación de ética y estética, y también “un compromiso con lo que hay que decir”, como sostuvo Acquaroni. Así mismo, se recordó que poesía y filosofía fueron de la mano al principio, y sus preocupaciones explican esa conexión. Originalmente, «poiesis» significaba «hacer», en un sentido técnico, y se refería a la actividad creativa de todo trabajo artesanal, incluido el que realizaba un artista. Mientras la filosofía (del griego, ‘amor a la sabiduría’), apunta a una reflexión sobre lo humano y el universo.

Siglos después, en cada obra de arte, y un buen poema lo es, seguimos enredados en la pregunta y la multiplicidad de sus respuestas, de la mano de un lenguaje que, como decía Rosana, ha de ser exigente y, en la medida de lo posible, certero.

Como en otros Diálogos de este ciclo (me vine al recuerdo inevitablemente el que protagonizó Rosa Lentini), se volvió a hablar de la clarividencia que, en ocasiones, genera la poesía, capaz de hacernos ver lo que estaba oculto, retomando la cuestión de la verdad y la revelación enunciadas al principio de la charla. Sostenemos una larga cadena de significantes cargados de significados, y eso acaba atravesándonos.

En esa palabra poética inconsciente, encontré cierta afinidad con la conexión azarosa que puede generarse en una sesión psicoanalítica, cuando una expresión se carga de significado y, de forma inesperada, puede ayudar a descifrar parte del daño y también propiciar el proceso de sanación.

Después, nos adentramos en la lectura y la escucha de 18 ciervas (Bartleby, 2023), que Rosana Acquaroni definió como un Ars amandi, una polifonía de voces sobre el amor, desde el enamoramiento al desamor, pasando por la pasión y el encuentro. De nuevo, la palabra verdad se alzaba entre versos magníficos, donde el lenguaje y la estructura del libro habían sido inicialmente concebidos desde el hallazgo, para ser después búsqueda y trabajo, siguiendo el rastro y la impronta de las pinturas de la Cueva de Covalanas (Cantabria); y la imagen, tan mítica como real, de una cierva, ya sea dibujada, viva o herida por una escopeta de caza.

Las preguntas y respuestas volvieron a indagar en la relación y la distancia entre lo que se vive y se escribe. “Mi escritura no tiene nada que ver con la auto-ficción”, volvió a explicar Acquaroni: “Lo escrito tiene sentido si afecta al lector, si le toca, si le conmueve. Es transcender sobre lo vivido y que puedas decirlo de una manera que deje un lugar para otro. Un lugar donde pueda entrar y cobijarse. Ese es el gran milagro de la poesía”.

Concluyó Rosana Acquaroni que “la poesía es más grande que los poetas” y no puedo estar más de acuerdo. La palabra poética es más sabia que nosotras, nos precede y se nutre de numerosas fuentes de diversa índole, consciente e inconsciente, racional y lingüistica, azarosa y revelada. Entre ellas, también coincidimos en el descubrimiento de las poetas norteamericanas que, en un determinado momento, nos mostraron que se puede narrar desde la poesía.

Entre mis notas, quedan nuevas intuiciones para comprender mis propios procesos de escritura. También hay versos subrayados que resonarán en cada nueva lectura de los dos libros citados. A partir de ahora seré aún más consciente de que: “de la obediencia no se sale indemne” (La casa grande), y “el sacrificio no sacia la demanda” (18 ciervas).

En la medida de lo posible, hemos venido a este mundo a desarrollarnos como seres libres, y la escritura es una de las formas en las que, a día de hoy, es posible ejercer esa libertad. Nuestra biografía da cuenta de episodios y huellas que nos han marcado hasta llegar a esta reciente tarde de primavera en la que, escuchando las diversas intervenciones, se me vino a la cabeza que, quizás, el psicoanálisis no sirva para saber quién eres, pero te ayuda a decir quien no quieres ser.

Por eso, mientras la humanidad fracasa y la banca gana; mientras algunos se embolsan millones jugando con armas, tramas sucias y la muerte ajena, con los dividendos de la luz y los techos que no alcanzan a todos… Yo sigo leyendo y escribiendo, hilvanando palabras nuevas y aprendiendo gracias a la generosidad ajena, por si acaso en la palabra hubiera, de milagro, alguna posibilidad de entender y entendernos.

Palabras de paz y de guerra


Quizás un hombre llama a otro, al filo de nuestra media noche, y le avisa: «voy a matar». El otro no le detiene. Así pues, con su silencio cómplice o su permiso asesino, también mata. Cuando nos levantamos al día siguiente, nos despierta la brutalidad de una nueva masacre.

Desde los primeros análisis de urgencia y las cifras iniciales de seres humanos asesinados y heridos, las horas se van cargando de desesperanza… Trescientas, cuatrocientas, más de cuatrocientas personas: en su mayoría, mujeres, ancianos, niños y niñas, puesto que apenas quedaban hombres entre las ruinas previas. Las fotografías muestran sudarios de todos los tamaños, telas blancas que cubren lo que será un llanto incesante; el ajuar de las casas deshechas, colchas y mantas, son también mortajas improvisadas.

A quienes desde hace años repetimos las palabras de aquel libro y seguimos pidiendo la paz y la palabra, se nos queda un frío inconsolable en el cuerpo. Sabíamos que la tregua era frágil; que los párrafos del derecho humanitario se han convertido en quimera y lodo; y que la expresión ‘campo de refugiados’ esconde vergonzosos cementerios que nos condenan a todos por asistir a un genocidio en directo, con las manos detenidas por el espanto.

Las noticias del mediodía ofrecen el testimonio de quienes trabajan del lado de las víctimas. Hace semanas que, en medio de esto que desde lejos llamábamos tregua, habían cerrado el paso a los víveres, el agua potable y los medicamentos. Anoche los hospitales se vieron desbordados por decenas de personas que, en cuestión de minutos, llegaban para implorar un auxilio imposible: cómo curar cuerpos mutilados y quemados para siempre, órganos paralizados y una certeza de terror e indefensión que se encarnará en la tierra. Las cenizas permanecerán para siempre sobre una pequeña franja.

Alguien avisó que iba a matar y otro alguien le celebró la ocurrencia. Vuelvo a preguntarme por el significado y el valor de la palabra. Se dijo y se escribió: “acuerdo de paz”. Se dijo y se escribió “respeto al alto el fuego”. Pero los adjetivos han tenido razón, la frágil tregua, ¿recuerdas? Tan frágil como el cuerpo de un bebé, como el proceso de lactancia, como los primeros pasos de quien confía alcanzar la edad adulta mientras las bombas y las acciones de los malvados condenan su presente y su futuro.

A pesar de mi honda tristeza y mi falta de fe en la palabra, a la tarde decido salir. El temporal es tan serio que le han puesto nombre, pero en Madrid sólo se traduce en lluvia y frío. Aquí, no caen bombas ni metralla ni gases tóxicos ni sustancias químicas prohibidas. Busco en mi armario la kufiya que compré hace algunos meses y entiendo que ningún símbolo puede con tanta infamia. Me planteo que es posible que mi pañuelo haya sido tejido por manos yacentes que no volverán a coser estos hilos en cuyos dibujos imagino el vuelo de los pájaros, una libertad plena e inalcanzable. En señal de luto y respeto, vuelvo a guardarlo en su funda.

Atravieso la oscuridad del subsuelo del metro y llego a la librería Rafael Alberti, a la presentación del libro titulado ‘Tampoco yo soy un robot’ (Vaso Roto, 2024), de Amalia Iglesias Serna. En la calle arrecia la lluvia, pero la poesía vuelve a ser refugio. Esta tarde las palabras de la autora, acompañada por Isel Rivero y Fernando Castro Flórez servirán para reivindicar la belleza frente a la desolación y los valores humanos frente a la barbarie incivilizada que golpea el mundo donde vivimos.

En primer lugar, Isel Rivero repasa otros libros de Amalia Iglesias, las afinidades del camino previo: “el descubrimiento del lenguaje de las piedras, las cuevas del subsconsciente y la conciencia que emerge desde las tinieblas. Los ojos de piedra nos siguen mirando”. Y ahora, en el nuevo texto, la poeta observa el universo y se rebela contra una tecnología que nos anula. Dice Isel Rivero que “este libro ha de guardarse bajo la almohada y ser consultado como oráculo de bolsillo, porque además de abordar la tristeza como víspera de la esperanza, también es un libro de batalla y resistencia”.

Por su parte, Fernando Castro Flórez, ofrece su lectura erudita y apasionada del nuevo libro de Amalia Iglesias. En su voz resucitan libros leídos o pendientes, una nueva biblioteca donde guarecerse: poesía, filosofía y los sueños de nuestra especie; también se citan obras pictóricas y composiciones musicales; la reflexión y la defensa de los derechos humanos… Asistimos a una magistral charla de humanidades que reivindica la belleza del paisaje y la fuerza del horizonte, la necesidad de una esperanza y del regreso de las luciérnagas. Deseo que ese texto sea compartido para otros días oscuros que, sin duda, vendrán. Afortunadamente, el lado bueno de la tecnología lo permite en este video.

Gracias a las palabras de Isel Rivero y Fernando Castro Flórez y a los poemas de Amalia Iglesias encuentro la fuerza que me faltó cuando salí de casa. Sé que debo aferrarme a cuanto se ha dicho esta tarde porque coincido con ellos en que “la lengua siempre es un lugar de consuelo”. Me amparo en la sensibilidad de estos minutos como si fueran el salvoconducto que necesitara la humanidad… Volver a ser humanos, en su magnifica acepción racional y emocional; allá donde pervive la compasión y nadie tendría ni el plan ni el permiso para matar. Inevitablemente, me viene a la cabeza el recuerdo de los poemas de Rafeef Ziadah quien, en un inolvidable recital en Madrid, nos transmitió la petición de su pueblo: “no nos olvidéis, contad lo que ocurre”.

Me quedaría a vivir en el lugar de una lengua que abraza y anhela una verdadera justicia contra los malvados ególatras que condenan tantos amaneceres. El acto acaba y en la calle chispea. Regreso a casa con un calor pequeño que es pulverizado por las imágenes de las noticias en la televisión. Me duelen otra vez los cuerpos envueltos, la huida hacia la nada, la mirada de un niño cuya mano infantil repasa los escombros…

Abro el libro de Amalia Iglesias, miro el haz de luz de una farola reflejado en mi ventana. Quiero pensar que esta noche no caerán nuevas bombas. Tengo ganas de rezar y de llorar. Leo. El libro incluye una letanía y un réquiem, pregunta para qué y por qué. Quizás el poema sea una forma de oración.

Vivencias que serán recuerdo y energía

No todas las semanas la actividad profesional se transforma en una sonrisa espléndida; ni la poesía y el arte se suman al abrazo en compañía. Pero este enero tuvo una semana tan atípica en todo, tan agotadora y nutritiva a la vez, que ha merecido la pena escribirlo.

No todas las semanas se conoce a un Premio Nobel de la Paz…

Y yo he tenido la suerte de recibir a Shigemitsu Tanaka, en el Colegio Lourdes FUHEM, y de ser la fotógrafa ocasional de los primeros minutos; cuando en mitad del asombro, alguien le pidió que posase con la medalla que recibió en Oslo, representando a su organización, Nihon Hidankyo, el pasado diciembre.

Las horas previas fueron intensas, coordinando su encuentro con algunos medios de comunicación; y si bien es cierto que este trabajo suele ser ingrato, di por bien invertido el esfuerzo, que resulta mínimo ante el suyo, incansable a pesar de la edad, el jet-lag y las secuelas. Mi pequeña aportación ha sido contribuir a que su mensaje alcanzase a la opinión pública: “las armas nucleares pueden suponer el fin de la humanidad”, nos ha repetido. El riesgo nuclear ha impulsado a Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), y a la Alianza por el Desarme Nuclear a organizar este viaje institucional, para lograr que España firme el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN).

Tampoco todas las semanas me siento en un salón de actos escolar rebosante de alumnos y alumnas que, con su silencio y respeto, con su emoción contenida, reconocen que están siendo testigos de un día histórico en el que supervivientes y descendientes de Hiroshima y Nagasaki, los hibakusha, junto a los integrantes de diversas organizaciones contra las armas nucleares les transmiten su legado. Me impresionaron las voces cálidas y a la vez imponentes de Shigemitsu Tanaka, que tenía cuatro años cuando la bomba atómica arrasó su Nagasaki natal; y la de Carlos Umaña, copresidente de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW), y miembro de la Junta Directiva de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), organizaciones que han recibido el Nobel de la Paz en 1985 y 2017, respectivamente.

En sus discursos, pasado, presente y futuro se asomaban al peor de los espejos. Citaron Gaza y Palestina mientras la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado permitía cierta esperanza, aunque no podemos olvidar las más de 45.700 personas asesinadas y 108.800 heridas en la Franja, desde el inicio de la guerra. También mencionaron los nombres de Ucrania y Rusia, de Corea y China, y entonces, fuimos aún más conscientes de la amenaza nuclear que unos y otros dirigentes usan, comportándose como trileros mortíferos y bravucones, sin tener en cuenta que bastaron unos segundos para aniquilar a unas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki y dejar heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que a día de hoy siguen causando un gran sufrimiento.

Ni todas las semanas se asiste al abrazo de la nostalgia

Por supuesto, no todas las semanas presento y dinamizo un acto que reúne a la comunidad escolar de un Colegio como Begoña, que cerró sus puertas en junio de 2012. Su reencuentro me brindó la oportunidad de convertirme en testigo del amor que pervive entre quienes fueron estudiantes y docentes hace cuarenta, treinta o quince años…

Les escuché y me emocioné con ellos, porque en su relato de nostalgia y afectos reconocí algunas de las experiencias que marcaron mi etapa escolar en otro colegio de Madrid, pero en el mismo contexto socio-económico y político… Aquella España que se empezaba a reconstruir sobre bases democráticas y en las que muchas familias pensaban que sus hijos y, por primera vez, sus hijas, si estudiaban y se esforzaban lo suficiente, iban a tener las oportunidades y las vidas que les habían sido negadas a las generaciones anteriores.

Escuchamos allí que un colegio y un profe, aunque se le recuerde con un mote, pueden cambiar una vida, la vida que después puede transformar el mundo. Recordamos también la influencia de las primeras amistades y las experiencias vitales de la adolescencia y la juventud, cuando todo estaba por llegar y el futuro parecía un lugar mucho más luminoso que el que vislumbramos ahora.

Y cerrar la semana, con la poesía y al arte

No todas las semanas acudo a un acto literario en el que se presenta una editorial que acaba de echar el cierre tras veintisiete años de trabajo y unos cien títulos de un catálogo. Pero ese es el caso de Igitur, la editorial que protagonizó en la librería Enclave de Libros una nueva sesión del ciclo “¿Qué hay de la poesía hoy?”, que volvió a ser lumbre, belleza y afectos, como recordó Esther Peñas en su intervención inicial. Después, Ricardo Cano Gaviria y Rosa Lentini, editores de Igitur (y antes, de la revista Hora de Poesía), recordaron los títulos publicados, el camino de ilusiones y tropiezos junto a traductores y autores. Entre los últimos, les acompañaban Noni Benegas, Manuel Rico y Esther Ramón, que evocaron las páginas de los libros que cada uno había publicado en aquel sello remoto y audaz que, desde un Montblanc recóndito e independentista, traía aires renovados a una poesía monopolizada entonces por pocas editoriales y uniformada por estéticas que apenas dejaban margen.

De Igitur fueron las primeras traducciones al castellano de poetas que no estaban disponibles en España: Sharon Olds, Wisława Szymborska, Ungaretti, Mandelshtam, Montale, Mallarmé… y muchas mujeres poetas inéditas entonces: E. Bishop, J. Barnes, Lidia Pastan, Amelia Rosselli, Joyce Mansur, Rosa Leverolli…

Escuchándolos, y seguramente porque sus palabras coincidían con vivencias en las que la nostalgia no había dejado de interpelarme, me pregunté por mis lecturas de muchos años atrás, por mis errores y lagunas. Menos mal que Rosa Lentini insistió en que “no hay tiempo ni espacio físico ni psíquico para tanto como queremos leer”, y me perdoné un poco. Con esa indulgencia, volví a saltarme la prohibición autoimpuesta de no comprar más libros, y me dí un capricho que, en el fondo, tenía mucho de gratitud hacia sus esfuerzos de tantos años.

Por último, no todas las semanas acudo a la clausura de una exposición de mi amigo Leandro Alonso García; pero, desde que inauguró «De lo que queda», en Vamm Coffee House de Villalba, estaba pendiente el reencuentro, el abrazo y la confidencia en torno a ese misterio que es el arte.

La muestra recopilaba obra diversa a partir de la plasticidad y la potencial belleza del residuo y la imperfección que nos rodean; y cómo a través del video, la escultura, los collages, la fotografía o el fotomontaje, se despiertan nuestra mirada y nuestra capacidad de observación. Se proyectaron trabajos conjuntos de Leandro Alonso y Alberto Cubero, y al volver a ver y escuchar libros y proyectos que tienen ya más de diez años, como La textura metálica del dolor, retomamos la conversación sobre la relación entre las distintas manifestaciones artísticas y el hallazgo azaroso que, gracias al arte, nos conmociona.

Hasta aquí alcanza el relato de esa semana excepcional de un enero doloroso en muchos de sus días. Frente a los párrafos previos, lo habitual es que la cita “los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía”, crezca en mi cabeza hasta cobrar la dimensión de una valla publicitaria imaginaria, pero muy arraigada, al levantar o bajar la persiana de cada jornada. Y que, desde esa visión de pesadilla, me paralice un cansancio triste que me impide participar en espacios que disfruto. Por eso, me alegra tanto que esta semana haya sido distinta.

Las horas fueron propicias y, ojalá hubieran sido aún más anchas y largas, para poder sumarme al «Vermut poético», convocado por Genialogías, dedicado a Poesía y Ruptura, con Marga Mayordomo, Amparo Arróspide y Roxana Popelka; y al encuentro en torno a mi querido Francisco Moreno Galván, organizado por el Círculo Flamenco de Madrid. Evidentemente, ni el don de la ubicuidad ni las fuerzas dieron para tanto.

Si esos días, en el marco de los actos escolares citados, se recurrió a Rilke, “la patria es la infancia”; de pronto, entendí que de la niñez se sale cuando, de forma progresiva, la vida nos obliga a elegir entre opciones que, con los años, son cada vez más serias. El domingo, entre envases vacíos de vitaminas y analgésicos, elegí descansar porque mi cuerpo avisaba. Me tome una pequeña pausa mientras acariciaba algunas fotos y, como dicen los flamencos, me repetía aquello de “¡Que nos quiten lo bailao!”. Finalmente, el lunes… cualquier intento de baile cayó por tierra, con un trancazo monumental, y varios golpes que han resonado como un demoledor zapateado en mi cabeza. No obstante, no quiero olvidar lo bueno. Y en cuanto me recupere, confío en que esos recuerdos me permitan volver a bailar.

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