Belleza e historia por la Alcarria

Al llegar a Pastrana nos recibe el sabor de la calma. Hemos evitado los días principales de Semana Santa y el pueblo late pausado, a la espera de su día grande y del regreso de quienes emigraron. Los visitantes somos pocos. En los bares de la Plaza de la Hora, algunos parroquianos comentan que anoche se quedaron sin luz durante tres horas, una avería que hoy se está arreglando y se ha convertido en la noticia local.

La oficina de turismo está ofreciendo una vista y se encuentra cerrada, así pues… callejeamos guiados por el instinto a lo largo de una serie de puntos de referencia (Ayuntamiento, Colegiata y oficina de Correos), y paneles que convierten Pastrana en un lugar familiar, un trazado urbano sin pérdida posible. Las calles y plazas lucen limpias y el agua aviva las fuentes que marcaron la historia pequeña de la ciudad (lavaderos y agua potable); la primavera asoma en los árboles florecidos que superan las tapias de algunos patios; los gatos toman el sol y vigilan nuestros pasos mientras el trino de los pájaros llena todo el silencio. El recorrido también muestra fincas en estado de ruina, solares y casas a la venta desde hace tanto que el número de teléfono ha desaparecido, devorado por el sol y el abandono.

En la Colegiata de Ntra. Sra. de la Asunción, encontramos las huellas de Santa Teresa: su imagen, en un retablo donde la rezo; unos paneles explicativos sobre su vida, obra y paso por Pastrana, donde fundó dos conventos; y una reliquia. Santa Teresa es la patrona de las escritoras desde 2016, y de un tiempo a esta parte me detengo ante ella con especial sentido, pensando en la pluma que sostiene entre los dedos, en la obra que escribió y no supe apreciar en los libros de texto de mi formación reglada, donde las mujeres fueron anécdota menor, monjas o locas. Como si fuese una restitución, agradezco cada vez que su imagen me sale al paso en una iglesia y lamento cuando el retablo carece de lampadario, porque no puedo prender las luces que tanto busco, aunque protejo el recuerdo del reencuentro.

El tesoro turístico “oficial” de Pastrana se encuentra, no obstante, bajo tierra. A través de la sacristía, se accede al Museo Parroquial de Tapices, una impresionante colección que constituye el mayor orgullo del pueblo. Aunque no pensaba que me fueran a deslumbrar, lo logran. Si no agaché la cabeza ante mi error, fue para no perderme nada de tantos metros cuadrados de seda y lana, bellamente tejidos. Los magníficos tapices relatan las campañas de Alfonso V de Portugal en Arcila y Tánger (1471). La primera ciudad fue asaltada y sus habitantes ejecutados o vendidos como esclavos, lo que provocó la rendición de la segunda. En tiempos bélicos como los actuales, contemplar esas escenas plantea preguntas sin respuesta. Las armas son muy distintas, pero los ejércitos pertrechados con banderas, pendones y una notable superioridad militar frente a una población civil aterrada no cambian: el mismo llanto ante la muerte y la tragedia de huir dejando todo atrás. Llamaron mi atención una serie de palabras en el friso superior de un tapiz, dedicado a las virtudes militares cuya existencia desconocía: obediencia, conciencia, constancia, disciplina… Ninguna guerra se puede presentar desde la óptica de la virtud, pero cómo conceder ninguna de ellas a los sátrapas que dirigen los ejércitos más letales de nuestro tiempo, olvidando que incluso las guerras y los códigos militares tenían normas y principios morales, hasta que ellos los han arrasado.

Desde el otro lado del altar mayor, también bajo tierra, se encuentra la cripta donde reposan los restos de los sucesivos duques de Pastrana y del Infantado, incluyendo a quienes fueron Príncipes de Éboli, personajes que algunas novelas y series de televisión han convertido en famosos que despiertan una cierta locura fan, muy propia de nuestro tiempo. Perpleja ante el fenómeno, agradecí que internet me pusiera al día de un capítulo histórico que en mis libros se debió titular “Felipe II y Antonio Pérez”, sin rastro de presencia femenina. En mi cabeza, la relación entre hechos históricos y nuestro presente me confirmaba que, a pesar de tanto avance galáctico, seguimos siendo una especie lamentable, dispuesta a traicionar y matar por una bolsa de monedas que solo ha cambiado de tamaño.

La Princesa de Éboli, Ana de Mendoza, volverá a ser central en la visita al Palacio Ducal que impresiona por su tamaño, sus bellos artesonados del siglo XVI y su triste historia, porque su construcción comenzó en el Renacimiento y ha concluido en el siglo XX, cambiando de dueños, usos y circunstancias. Actualmente, el edificio languidece medio dormido, como sede ocasional de la Universidad de Alcalá de Henares y la oficina de turismo local. De vez en cuando, su auditorio se usa para actividades teatrales y musicales, y está abierta una pequeña sala para exposiciones; pero duele pasar ante el rótulo de Biblioteca y descubrir una sala apagada sin un solo libro. Cabe plantearse si no podría ser dotada, al menos, de títulos infantiles y juveniles, de libros para todos los públicos que favorezcan la lectura de los vecinos, ya que tampoco hay una librería en la localidad.

Al día siguiente, guiados por la información de la web Lugares con Historia, nos propusimos visitar la Cueva de los Moros, situada en la carretera de Pastrana a Valdeconcha. Aprisco para ganado, santuario rupestre o lugar eremítico, se dice que San Juan de la Cruz pasó tiempo en ella. A falta de señal alguna, pasamos de largo, llegamos a Valdeconcha y dimos la vuelta, gracias a las indicaciones de un vecino, tan extrañado por el nombre como por nuestro interés. El hallazgo mereció la pena porque el inquietante lugar ofrece una serie de galerías donde resuena nuestra memoria como especie, y las huellas del fuego conviven con petroglifos y feos grafitis recientes. Refugio entre la piedra y la vegetación exterior, lugar de oración y descanso, oscuridad que se abre a la luz de un cielo que marca las horas. Inevitable preguntarse si no está indicado para evitar actos vandálicos o por pura desidia en la divulgación del patrimonio cultural. Personalmente, me temo que es lo segundo dado que, a pesar de las fechas de Semana Santa, algunos de los principales monumentos de la zona permanecían con su horario habitual: Recópolis, el Monasterio de Monsalud y el Convento del Carmen de Pastrana, cerrados de lunes a miércoles.

Afortunadamente, el campo estaba abierto y rebosante de vida en olivares y encinares, el vibrante amarillo de la retama, el olor del romero y el colorido de las flores silvestres que salpicaban un horizonte verde. El Tajo lucía espléndido, rodeando con su abrazo el precioso pueblo de Zorita de los Canes y colmando los pantanos de Buendía y Entrepeñas. Seguimos las indicaciones a Recópolis y descubrimos que, aunque el centro de interpretación y su taquilla estuvieran cerrados, era posible admirar los restos de la que fue una importante villa, primero visigoda y después musulmana. El viento nos fue empujando por la memoria de una ciudad reducida a su estructura, desvelada gracias a la fe sabia de la arqueología que ha permitido redescubrir lugares y palabras.

La última parada de nuestro viaje fue el Monasterio de Monsalud que disfrutamos escudriñando cada rincón, en pleno proceso de consolidación y restauración, gracias a las explicaciones entusiastas de su guía. El claustro, la antigua portería, el refectorio, la sacristía, la iglesia, la sala capitular… desfilaron ante nuestros ojos. Aunque algunos de esos espacios careciesen de cubierta y no quedasen imágenes religiosas, la imaginación y la memoria de otros monasterios suplía ese vacío que, sin embargo, emanaba una belleza serena que solo la piedra desnuda puede expresar y el enclave natural enfatizaba.

La belleza de estos paisajes y lugares pueden ser el asidero para recuperar la calma y una vida menos desquiciada. Por eso, sería recomendable que los responsables políticos de Castilla La Mancha y Guadalajara, se preocupasen por renovar cartelerías y ampliar horarios, dotar de sentido los espacios culturales disponibles; y, en suma, en tejer más vida, en lugar de sembrar, exclusivamente, placas fotovoltaicas y molinos eólicos que sustituyan las ¡dos! centrales nucleares de la zona. Nuestro viaje estuvo salpicado de constantes referencias al libro Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela, y contrasta el cuidado de esos carteles frente a otras desidias que invisibilizan los tesoros que esconde la comarca, más desconocidos e inaccesibles que los lugares donde don Camilo dio buena cuenta de su rica gastronomía.

Ojalá que el presente y el futuro de esa España, vacía y maltratada, que nutre en tantos sentidos a quienes escapamos de ciudades cada vez más invivibles, pueda ser mucho más estimulante para sus propios habitantes, en lugar de reducirse a ser mesa de comilonas de fin de semana. En las localidades recorridas, en su patrimonio y paisaje, sobresalen aspectos cruciales para la vida de las personas, por cierto, mucho más asequibles que la última y cacareada misión espacial a la Luna que invadía los televisores de todos los bares.

Necesidad y belleza del silencio

El viernes por la tarde me acerqué al Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía a conocer parte de su colección en una renovada cuarta planta. Mientras subía las escaleras, me salió al paso la exposición de Juan Uslé, titulada “Ese barco en la montaña”, y cambié de rumbo. En la primera sala, me asombró el cuadro titulado ‘1960’, en alusión al año del hundimiento del buque Elorrio, que regresaba de Baltimore cargado de grano, y desapareció en las aguas frente a su casa familiar en la costa de Langre (Cantabria). Fue inevitable recordar las recientes y tenebrosas escenas de naves hundidas en las aguas de Ormuz, y adentrarse en la calma que ofrecían las primeras obras, como quien encuentra un antídoto frente a las terribles noticias que llegan de Oriente Medio donde se acaba con vidas humanas inocentes con total impunidad.

En algunos de los otros trabajos de Juan Uslé, me impactó aquel azul intenso tan oscuro que rodeaba la idea del naufragio, los huecos abiertos de ojos y miradas. Después, me dejé llevar por la propuesta del resto de salas, para descubrir la evolución del pintor. No quise detenerme en las cartelas y sus palabras, sino fluir en silencio por el color (de una paleta oscura, de azules y marrones a otra gama de azules más vivos, amarillos, rojos, rosas o blancos); y recorrer las líneas, tanto las verticales como la sucesión de horizontales que yo interpreté como pautas que se rompían ofreciendo rendijas y preguntas. Me interesó el peso de la memoria, con la infancia ocupando un lugar primordial en algunos proyectos; y después, la importancia de la fotografía y las técnicas de revelado. Su presencia es tan central que Uslé realizó unos trabajos bajo el título ‘Soñé que revelabas’, que derivaron en varias series a lo largo de cuatro décadas.

Además del trabajo pictórico, la muestra ofrece una serie de fotografías que permiten asomarse a un álbum de fotos casi privado, presentado como un collage y cierto aire de proyecto en curso. Ante la mezcla de instantáneas, reconecté con el placer de la creación y el juego que me permití con mi primera cámara digital. Captar el hallazgo del instante, la sorpresa de la calle y de la vida en paisajes y ventanas, texturas y sombras, contenedores y luces. Es decir, la fotografía que ya no requiere del viaje o el acontecimiento sino inspirada por lo cotidiano, que sale al paso y es bello sin serlo.

Aquellas imágenes me estaban interpelando, recordándome otras formas de mirar y escribir, mientras evitaba que mis dedos se lanzasen a teclear nada. Intencionadamente, opté por aplazar la escritura y que todo reposase en lo no dicho, a sabiendas de que tendré que volver a visitar la exposición para encontrarme con las palabras suspendidas. En aquel momento, necesitaba nutrirme con el silencio de salas casi vacías y de la obra abstracta, que permite escuchar lo que está por nacer.

De este modo, en la tarde noche del viernes me había impuesto un silencio que, sin saberlo, me estaba conectando con El libro blanco. Alfabeto de silencios (La Caja Books, 2026), sobre el que iban a conversar Vicente Luis Mora, su autor, y Mariano Peyrou la mañana siguiente.

Aunque la cita estaba convocaba bajo la fórmula del ‘Vermú literario’ y la maravillosa e histórica librería Pérgamo estaba bulliciosamente llena, el silencio fue el protagonista de la conversación, siguiendo el hilo de un libro que ha cosechado magníficas reseñas y comentarios. Atender este diálogo me sirvió para volver a adentrarme en las relaciones entre el silencio y la creación, una cuestión recurrente en algunos otros actos recientes.

El escritor, profesor y crítico Vicente Luis Mora explicaba la práctica literaria, donde confluyen lo lingüístico, lo artístico, lo antropológico y lo filosófico, como un espacio atravesado tanto por el silencio como por el lenguaje. Pudimos comprender, gracias a su generosidad al compartir la génesis del libro, como éste se había ido fraguando en sus distintas capas: la investigación, la dimensión intelectual y la labor del poeta, “que abre la espita sobre ese corpus” generado en torno al silencio por tantas y tan variadas voces previas. Así, en el libro, se cruzan números que esconden símbolos, listados donde la respiración de la poesía y el poso del estudio se abren paso tras un prólogo ficcional que lanza un primer guiño a quien se asoma a estas páginas de infinitas lecturas.

Deteniéndose en las listas, que conforman la mayor parte del libro, Mariano Peyrou, poeta y ensayista, apuntó que si bien ciertas clases de silencio provocan vacío, también el silencio puede ser un método de investigación o una apelación a la imaginación; y se preguntó por la lógica que busca el lector, necesariamente activo ante la propuesta de este libro, que no sabemos si nos propone un juego o no.

Por su parte, Vicente Luis Mora explicó que, “al escuchar, surgen momentos de creación y composición”, y que el libro “propone la aventura del encuentro”. De entre todas las posibles, plantea la pregunta poética, “dejando el libro abierto, que es lo que más me interesa”. (…) “Me gustaría que el libro haga preguntas al leer y genere o dispare la creatividad de otros, ofrecer un espacio donde las ideas se pongan a jugar”. El mismo autor reconocía que la escritura del libro le había desconcertado, reconociendo “ese estado de descubrimiento” como lo más interesante del acto creador. Y recogiendo la propuesta del juego: “cuando escribo, quiero jugar; si no, sería mecanografía”. ¡Menuda frase de aviso a navegantes!

En el turno de palabras, se notó la presencia de quienes ya se habían leído el libro y coincidían con Mariano Peyrou en haber disfrutado de “un libro raro, sin género, pero muy estimulante desde el punto de vista espiritual e intelectual, y ameno. Lo que es de una extrañeza maravillosa”.

A mí, también me lo pareció. Páginas que pueden generar pensamiento y creación, es decir, un verdadero regalo para quien quiera adentrarse en algunos de los silencios que plantea (“el lápiz sin estrenar”; “la celda de castigo”; “el enfado de nube”; “la persona infiel” o “el pájaro que enmudece en la bandada”…), o convocar los propios, para jugar a lo más imprevisible de la poesía.

Con el silencio de “La niña tímida en el recreo” (pág. 34), y mi nuevo libro recién firmado, volví a perderme por esas calles cuadriculadas de Madrid donde nunca logro orientarme. No obstante, mi despiste fue dichoso, porque el azar me puso ante la casa donde Carmen Laforet escribió su novela Nada, situada en la calle General Pardiñas, 107.

Placa en la calle General Pardiñas, 107, (Madrid), donde vivió Carmen Laforet

Así, nada y silencio se fundieron en una mañana invernal donde ya latía la primavera y el rumor de la palabra. En ese espacio mudo y vibrante, volví a convocar los deseos de escritura que laten en la raíz de este año vital tan distinto.

Como quien recibe un empujoncito de confianza, leyendo El libro blanco me he encontrado con algunas de mis maestras y su silencio correspondiente (15, página 57): “Las obras mutiladas o prohibidas por la censura franquista de Ana María Matute, de Concha Alós, de Dolores Medio, de Elena Soriano, de Carmen Laforet y tantas otras”.

De nuevo, he brindado por sus libros y por mis cuadernos, y he recordado las flores de los almendros y los prunos que tan calladamente siguen desafiando la fealdad y el ruido del mundo que nos acecha. ¡Bendito sea el significante del azar, y gracias siempre al silencio de la belleza!

Feliz 2026: aprender a contemplar


Cerrar un año y abrir otro. Hacer balance y convocar la esperanza de las expectativas. Desde hace tiempo, lo hago de forma consciente, repasando las fotografías de los doce meses previos, que dan cuenta de los momentos más luminosos. Desde 2019, me ayuda este blog, donde los artículos aportan un calendario paralelo y más detalles del contexto.

Tras revisar las entradas publicadas en 2025, concluye un año similar a los últimos: con despedidas que dolieron, viajes que alumbraron esperanzas diversas, momentos extraordinarios, varias manifestaciones contra la barbarie, exposiciones y espectáculos, autoras clásicas o contemporáneas y libros que son aliento, mientras mis textos celebran su aniversario o languidecen inacabados.

Por su parte, mi copioso archivo fotográfico me brinda no sólo esos momentos sino también recuerdos íntimos que la memoria ordena o confunde de forma arbitraria. Fotos personales que quedaron al margen de las redes; paisajes, besos y rostros cotidianos; la omnipresencia de Fénix y las imágenes con las que la realidad nos sorprende cuando estamos dispuestos a encontrar belleza, a pesar de todos los pesares.

Esas fotografías, algunas borrosas o mal encuadradas, son la cara oculta de las cosas: los caramelos que nadie recogió en la cabalgata, las copas sucias tras los brindis, los proyectos que quisimos emprender y desfallecieron, los encuentros y las confidencias con las amistades, los hallazgos surreales de los márgenes, los tiempos muertos de las salas de espera y, sobre todo, una inesperada sucesión de cielos, con y sin nubes, con y sin ramas o edificios, de diversas estaciones y lugares…

Mientras los días de 2025 se fueron sucediendo, no fui consciente de todas las veces que fotografié el cielo: atardeceres y ocasos contra la prisa, nubes que me devolvían a los juegos infantiles, azules capaces de abrigar la esperanza, incluso en los días más grises. Por eso, en estas horas de balance, reconozco que se cumplió el propósito de hace un año, cuando al tiempo por estrenar le pedí agradecer la luz.

Para mí, 2026 será un año muy distinto. Llevo tiempo preparándolo y ahora que ya está aquí es inevitable sentir el vértigo de su radical novedad. Un año sin horarios impuestos. Un año para leer y escribir, para tantear el sueño, para intentar lo que las obligaciones y el cansancio han bloqueado. Un año para afrontar esos proyectos que pesan por irrealizables. Un año para contemplar y contemplarme, sin excusas.

Os deseo y me deseo un año en el que aprender cuanto nos sea posible, contemplando lo que tenemos al alcance. Al otro lado de nuestra ventana, hay un cielo que, con sus ciclos y colores, nos recuerda que la vida sigue su curso y que la mejor tarea es aprender a disfrutarla. No hace falta irse lejos, sino disfrutar del aquí y el ahora mientras podamos sonreír a la cámara más importante, la de nuestra paz interior, nuestra calma y nuestra íntima plenitud.

Para quienes estáis al otro lado de estas y otras líneas: ¡Feliz, contemplativo y pacífico 2026!

Un reencuentro con Carmen Martín Gaite


El pasado 14 de septiembre me fui a Matadero Madrid con la ilusión de escuchar a Mariana Enríquez, en el marco del Festival ‘Back to the Book’. Cuando, por fin, encontré el Auditorio, indicado de forma tan inquietante como alguno de sus relatos, me di también de bruces con la realidad de una cola interminable en la que unas ¿doscientas o trescientas? personas se quedaban sin entrar por aforo completo. A pesar del chasco, me alegró muchísimo que una autora de la calidad literaria y el talento de Enríquez tenga semejante legión de seguidores. Es un alivio que ese fenómeno no quede reducido a pseudo-escritores de redes sociales y obras insulsas, y espero que, para la próxima, le busquen un gran teatro o varias fechas; eso sería muy buena señal.

Como no escuchar a Mariana Enríquez era un escenario más que probable, llevaba otra idea en mente. El cambio de planes, disfrutar de la exposición titulada, “Carmen Martín Gaite y el collage: un diario en libertad. Visión de Nueva York”, fue fantástico. Un premio del azar recibido justo el último día de apertura, que me permitió volver a conectar con una escritora gigante que he leído mucho (aunque me quedan varios e importantes libros pendientes), y, en consecuencia, admiro muchísimo.

La muestra expositiva, organizada con motivo del centenario de su nacimiento por Casa del Lector, Fundación Carmen Martín Gaite y Ediciones Siruela, ofrecía la reproducción de un cuaderno titulado Visión de Nueva York’ (publicado por Siruela en 2024 y, con anterioridad, en una edición de 2005).

Carmen Martín Gaite fue elaborando esta obra durante su estancia en Estados Unidos, entre septiembre de 1980 y comienzos de 1981, recorriendo Nueva York (durante su estancia como escritora visitante en Barnard College), y visitando a su amigo José Luis Borau en Sherman Oaks, en Los Ángeles.

El resultado es una obra muy personal donde el collage comparte espacio con la nota manuscrita, ofreciendo una visión íntima y cómplice (el cuaderno se lo regaló a su hija Marta, que falleció pocos años después, y nunca quiso publicarlo en vida), que nos permite asomarnos a la mujer, la escritora, la conferenciante, la apasionada de la cultura o la fumadora que quiere dejar el tabaco y encuentra que, con el pegamento y las tijeras entre manos, logra olvidarse del cigarrillo… Como si nosotros la viéramos “entre visillos”, atisbando sus deseos y contradicciones, sus preocupaciones, sus papeles en desorden, su sentido del humor y también la determinación de quien se siente segura (eso me pareció a mí), y ya ha encontrado el camino y el sentido de su amplia vocación intelectual.

José Teruel, comisario de la exposición, biógrafo y gran conocedor de la obra de Martín Gaite, explica que “ante el vértigo de imágenes con el que ella se encuentra en Manhattan, experimenta cómo una narración lineal o secuencial no le basta y acepta el desafío de contar lo simultáneo e inabarcable a través de la técnica del collage”. No obstante, siendo divertidos e inteligentes, lo que más me gustó de la muestra son las anotaciones de los márgenes o los renglones donde la palabra de Carmen Martín Gaite nos permite asomarnos a la mujer que escribe y se define a sí misma: “Soy como una mujer de un cuadro de Hopper comiéndome una manzana en soledad”, tal y como leemos en uno de sus collages.

Acompañamos su viaje a través de mensajes, palabras e imágenes en movimiento. Los collages son una forma de divertimento y de escribir o crear de otra manera. Ella también subraya los encuentros con el azar, las «tentaciones inesperadas» que le salen al paso (una cena, un concierto, una lectura…), a las que no «sabe decir que no» y postergan su proyecto de escritura.

Desde Nueva York comprueba que, poco a poco, su apartamento pierde el orden inicial y el caos doméstico de los papeles desperdigados le recuerda su madrileño piso de Doctor Esquerdo. En las notas, habla consigo misma al tiempo que establece una escritura dialógica, en confianza, que nos convoca y nos sienta (¡ay, ojalá fuera posible!), a su lado, compartiendo mesa o sofá, con esa complicidad que preside toda su escritura. Ha sido inevitable recordar su mirada diáfana con la que me topé una tarde en Madrid, cuando mi timidez me impidió responder con palabras de admiración a su sonrisa. Nunca he olvidado aquel instante en el que no me atreví a decirle nada y me limité a que mi semblante de sorpresa feliz hablase por mí.

En su Visión de Nueva York se cuela la ciudad, la política del momento («en este país tan grande», se pregunta junto a los rostros recortados de Carter y Reagan: «¿no hay nadie mejor para las presidenciales?»); las entradas a conciertos; las imágenes encontradas en periódicos y revistas; la importancia de las ventanas que funden interior y exterior; los billetes del transporte público y el resto de papelitos que arrastra la corriente del día a día. En sus notas, reflexiona sobre otras escritoras, sobre mujeres con las que se encuentra en la Universidad o en actos culturales y recuerda a Virginia Woolf, de quién, en su casa de El Boalo, tradujo Al faro.

Seguramente, hoy Nueva York es muy distinto del que conoció Carmen Martín Gaite. Pero también, seguramente, existen otros espacios donde, como ella dice, podemos seguir viviendo y escribiendo mientras las mujeres mantenemos «el afán por abarcar lo concreto y lo abstracto al mismo tiempo».

Personalmente, no me llama la atención hacer collages. Sin embargo, en la fotografía, encuentro otra forma de mirar, y también de captar y retener la escena que merece ser recordada y aquella para la que me cuesta encontrar la palabra.

La exposición, que hubiera fotografiado entera, mostraba algunas páginas que quedaron a medias o en blanco en aquel cuaderno de tapas marrones y líneas finas. Me he permitido interpretarlas como una invitación para darle sentido a un año y a un cuaderno muy especiales que van ganando peso entre mis proyectos. Cuando, en septiembre, visité esta exposición eran casi un secreto, pero actualmente mi anhelada excedencia se acerca.

Siento algo de vértigo ante ese tiempo nuevo y diáfano que deseo dedicar a leer y escribir, y también tengo claro que, si me falta la inspiración, romperé la hucha y buscaré el libro Visión de Nueva York, y volveré a mirarme en los retratos y las líneas manuscritas de Carmen Martín Gaite, en esa mirada no exenta de tristeza que me transmite tanta confianza.

En la calle, manifestarse por Gaza

A raíz de la detención ilegal, en aguas internacionales, de la Global Sumud Flotilla, el cielo de Madrid ha vuelto a cobijar los gritos contra el genocidio de Gaza y la vulneración de derechos humanos en Cisjordania; y contra la impunidad de los reiterados crímenes del gobierno israelí, ante una comunidad internacional demasiado cínica, cobarde o cómplice, según los casos.

El cielo ha sido azul en la Plaza de la Provincia, violeta al girar en la Puerta del Sol y negra noche al llegar a Neptuno, a pesar de la luna.

Las banderas palestinas ondeaban diversas en función del tamaño de la tela y del mástil o cubrían la espalda de manifestantes. Hoy éramos muchos, muchísimos más que en otras ocasiones cuando hemos regresado a casa con una rara sensación de orfandad. Se han repetido, eso sí, los mismos cantos de otras veces y el nudo terrible en la garganta, porque las bombas caen sobre un pueblo al que además, están matando de hambre, sed y desesperanza. Un pueblo indefenso y chantajeado. ¿Qué estado puede nacer tan herido y ultrajado, tan indefenso?

Hemos gritado «La flotilla no se toca», «Palestina vencerá, desde el río hasta el mar», «Free, free Palestine», «Palestina, libertad» y todas nuestras palabras son mero anhelo. Lo peor, no obstante, es que sabemos que son mentira. No hay victoria posible ante el ejército más poderoso del mundo cumpliendo la misión de aniquilar.

Las kufiyas, las camisetas y chapas con sandías, los fulares con los colores verdes, rojo, blanco y negro se transformaban ante el reflejo artificial y azul de las numerosas furgonas policiales, parapetadas junto al Congreso de los Diputados y la sede de la Comunidad de Madrid. Hacía tiempo que no veía tanto policía antidisturbios. Era tan inevitable como retórico preguntarse qué orden defienden antes de volver a morderse los labios. Otra vez, el nudo en la garganta.

Hacía mucho también, que no veía a tanta juventud en una manifestación, y eso deshacía un poco el ahogo. Iban en cabeza y mantenían la fuerza de los cantos e incluso, los envolvían de una ligera música que quise confundir con una esperanza pequeña para el futuro.

Ojalá en Gaza y Palestina sepan que muchas personas les llevan en el corazón. Ojalá les llegue algo de este rumor ciudadano que se muere de asco y vergüenza cada vez que enciende la televisión o la radio o se asoma a los periódicos.

La realidad es tan tozuda como quienes seguimos gritando por las calles de cientos de ciudades, levantando la vista y mirando al cielo en un intento vano de consolarnos. Por unas horas, mientras se nos hace de noche y esperamos que no haya disturbios, porque hemos venido a reclamar la paz, a veces, sentimos una cierta fraternidad.

Y por eso, quedamos emplazados para la siguiente. En Madrid, será el sábado 4 de octubre, a las 18 horas, de Atocha a Callao. Volveremos a ver atardecer mientras muy lejos, se apagan varias decenas de vidas. Las consignas serán las mismas y saldrán de gargantas que no temen la afonía ni quedarse sin voz.

Recordar el abrazo de Santiago de Compostela


Inicié mis vacaciones tras un día agitado, intenso. No faltó el imprevisto que dejó cuestiones para la vuelta, el suspense de lo inacabado. También tuve que ir al dentista contra reloj. De nuevo en casa, los últimos preparativos, las caricias a Fénix, los consejos ansiosos para quien se haría cargo de él, la gratitud y la angustia.

Llegando a la estación, pegatinas pegadas en farolas y marquesinas. Una pequeña acción de guerrilla y resistencia frente al asesinato y la barbarie. Los días de vacaciones tendrán lugar en el contexto histórico de un genocidio. Sé que no voy a olvidarlo. Ni podré ni quiero hacerlo.

Cuando el autobús sale del túnel, me brinda el atardecer, ese momento de última luz, de pausa. A falta de nubes, la luna en cuarto creciente es una promesa de abundancia. Tiempo de nuevos paisajes y lecturas, de compartir sosiego, mi mayor deseo. Eso me prometo mientras llego a la sierra de Madrid para pasar la primera noche, más cerca del norte que espera tras el amanecer.

Atravesamos Castilla. Mi mirada se ensancha. Es un paisaje árido, puro amarillo, pero disfruto viendo los campos donde ya se ha cosechado el cereal y se apilan pacas rectangulares de paja, como almohadas olvidadas, esperando su traslado. Dan testimonio de que aquí hubo espiga crecida, tallo y mano de hombre.

El viaje sigue, el paisaje cambia, se renueva. Cerca de La Bañeza se ven casas cueva desde la carretera; y la arena gana color, desde el anaranjado a un granate ferroso. Las tierras leonesas están espléndidas de vegetación. Los árboles erguidos presumen de vida bajo un cielo azul.

El trayecto va salpicado de topónimos nuevos, que remiten a una historia y una etimología, esa ciencia que mira hacia el principio, memoria de la lengua y de la especie: Aldealengua, Aldeanueva… Descubro nombres con música y abrazo: Toral, Brañuelas, Brazuelo, Villabrázaro… Y la riqueza que concedió el agua… porque hay lugares que se vinculan al río Cega o al Eresma, mientras otros unen su nombre a la ribera, la fuente, la vega… en un homenaje agradecido, puesto que sin agua no hubiera sido posible la vida en comunidad.

La primera parada es Villafranca del Bierzo, una visita pendiente desde hacía muchos años por diversos motivos. Vemos y olemos el humo de un incendio cercano. Escuchamos los motores de los medios aéreos que descargan agua. Viajes de ida y vuelta. No llegamos a ver el fuego, pero semanas después sabemos que parte de nuestras fotos son ceniza.

Entramos en la Colegiata y en algunas iglesias. Quizás no recé lo suficiente. Me detengo en la belleza sencilla de la piedra, en la luz de velas y vidrieras. Recorremos la calle del Agua donde los edificios en ruina o en venta cohabitan con espacios vivos. Me fijo en las cosas pequeñas que hacen que un lugar sea aún habitable, como las esquelas pegadas en los sitios de paso… Y los detalles del nombre, el parentesco («viuda que fue…»), la descendencia, el nombre y los dos apellidos junto al apodo que, entre paréntesis, enmarca y acerca el vínculo con la persona que todos conocían.

A la hora del desayuno, la conversación gira en torno al fuego. Los lugareños hablan con quien acaba de llegar y le cuentan la presión por levantar un parque eólico, la amenaza sobre castaños centenarios, la vida de los abuelos, que se alimentaron gracias a esos bosques que hoy resisten más abandonados y vulnerables, como hemos visto después.

Nos acercamos al Monasterio de Santa María de Carracedo, donde el esplendor de la piedra y los siglos de historia resuenan entre los muros y las bóvedas en pie, y también en las zonas que no se conservan pero dan cuenta de la grandeza perdida. Hospital y refugio de peregrinos, huertas y palomares, dinero y política, el ingenio del agua, fe y cultura… Nos reencontramos con el silencio en un lugar turístico (aunque minoritario), y recibimos la amabilidad de quienes lo cuidan y lo atienden, que nos conceden la alegría del huésped bienvenido.

La última visita antes de reiniciar el viaje es a la iglesia románica de Santiago, en Villafranca del Bierzo. En su interior, está prohibido sacar fotografías y hago un esfuerzo enorme para conservar en mi memoria la llama de las velas en hilera que han dejado los fieles. Ese temblor. Esa luz. Ese subrayado mudo de oración ante la imagen del apóstol. Necesitamos creer.

Cruzamos el puente romano, nos despedimos del río Burbia… El paisaje hacia Santiago de Compostela es verde y frondoso, magnífico: los Ancares Leoneses. Prometemos volver cuando haga falta llenar los ojos de vida. En ese momento, pienso que sus árboles me van a esperar con la misma altura y la misma belleza. A ratos, mi mirada vuelve al móvil, pero no para activar la cámara sino para atender el aviso del hotel cuya recepción cierra dos horas antes de nuestra hora prevista de llegada. Afortunadamente, la tecnología y la amabilidad de los desconocidos soluciona cada paso. Es su negocio y lo cuidan, pero también cuidan al viajero. Vivo en Madrid, una ciudad que no soporta ni cuida a nadie, y noto esa caricia distinta, el contraste.

En los primeros y temerosos pasos nocturnos, Santiago me resulta oscuro e incluso un tanto inhóspito. La primera escena es una pelea o un robo. Como en casi todos los sitios, se cruzan los destinos de maleantes y aprovechados con personas sin hogar o sin rumbo, en un babel de lenguas. También creo distinguir la figura perdida de peregrinos que quizás no recuerdan cuando llegaron. De día, la ciudad es bien distinta. Bulliciosa, vital, excesivamente repleta de visitantes y, no obstante, disfrutable. En la oficina de turismo, se exhibe una campaña que dice que Santiago es frágil y permite descargarse una guía para un turismo sostenible. Me temo que la guía llega tarde. Santiago ha expulsado ya a la mayoría de sus habitantes. No hay tiendas para ellos, como si fuera posible alimentarse solo de souvenirs, tartas de almendra y cremas de orujo. No obstante, en pocas horas, Santiago de Compostela me ha conquistado para siempre.

Callejear permite conocer una iglesia detrás de otra y descubrir plazas llenas de vida. Es posible escuchar un concierto festivo en la plaza de Quintana y, a continuación, una misa cantada en la iglesia de San Paio de Antealtares, donde las monjas benedictinas abren la verja de la clausura y un órgano algo afónico compite con el jolgorio exterior. Apenas cuatrocientos metros separan elecciones vitales que están en las antípodas, pero la ciudad parece ofrecer espiritualidad y fiesta, gastronomía y piedra, canción y flores.

Santiago es una ciudad completamente abierta. Sorprende la accesibilidad casi permanente a sus numerosísimas iglesias (Santa María del Camino, la Capilla de las Ánimas, San Bietio, San Agustín, San Fiz de Solovio, San Martín de Pinario, Santa María del Sar…), quizás inevitable por el discurrir constante de peregrinos. El acceso sin barrera a los templos contrasta con otros viajes donde el intento de conocer el patrimonio, cerrado a cal y canto en demasiadas ocasiones, resulta fallido.

Los edificios civiles también están abiertos. Desde claustros y patios, la belleza que esconden antiguos conventos, casas palaciegas y sedes universitarias atraen al visitante, que se deja seducir y, al acceder, se siente nuevamente bienvenido y puede observar la belleza del tiempo desde ventanas y escaleras. Al levantar la vista, las torres de la catedral salen al encuentro casi siempre, mientras que, solo de vez en cuando, se descubre la vida cotidiana de un vecindario escaso: una olla al fuego, la ropa de la colada o el busto asomado de quien contempla el constante trajín de otros que están de paso. Las campanas nos acompañan a lo largo del día. Marcan las horas, recuerdan el por qué del camino y del destino, las preguntas íntimas que quizás nos trajeron hasta esta ciudad.

Interrogantes, peticiones y rezos permanecen en la atmósfera de cada templo, en las velas prendidas a pesar del humo y su impacto. En Santiago, salvo en puntuales excepciones, esas pequeñas llamas son reales y no simulaciones eléctricas. La mirada establece una comunicación con ese fuego. Se siente la necesidad de permanecer en el silencio del templo, junto a la piedra y el cirio prendido, en el secreto orante de la plegaria, en la belleza del arte y su compañía de siglos, en esa búsqueda de sentido y transcendencia.

En el día de la partida, Santiago de Compostela ha dejado una huella que acompañará el camino de vuelta y, seguramente, el resto de la vida. Nada más arrancar ya se nota la nostalgia, cierta morriña, mientras desde la carretera divisamos paisajes verdes y fértiles. Pinares, maizales y viñedos nos conducen a Castilla donde el amarillo intenso de sus campos y sus atardeceres se impone como paisaje y como termómetro otra vez sofocante.

Tras un par de días en el calor inclemente de Madrid, un nuevo viaje me lleva a una playa del sur, en Almería. Un año más, el primer despertar no lo genera ningún sonido artificial sino el sol, que inaugura el día y se cuela a raudales por las ventanas que dejamos abiertas invitando a la brisa nocturna. Despierto porque amanece. No porque hayan empezado a trabajar las máquinas que asfaltan el barrio. Despierto sin cansancio, aunque son las siete y media de la mañana, porque los pájaros se han puesto a cantar.

Tras el desayuno, el paisaje y el ambiente son la memoria y la certeza de los veranos de mi infancia. Sombrillas, neveras, sillas de playa, flotadores y pareos con colores vibrantes y exagerados por la luz; los cuerpos bronceados y tendidos sobre la arena; los baños en el mar y la mirada fija en las mareas; las conversaciones triviales de los reencuentros en el chiringuito… Hay ganas de disfrutar y relajarse, hay una decisión colectiva de flotar.

Algunas noches, en mis sueños, aun se cuelan iglesias románicas, góticas y barrocas; me veo rodeada por la piedra y el paisaje del viaje anterior. Como si algo de mí siguiera allí, recordando un camino pendiente y el deseo de regresar.

Un cumpleaños para celebrar la vida

No escondo los años. Hoy han caído cincuenta y cuatro. Desde que tengo memoria, cada 23 de abril celebro mi cumpleaños y el Día del Libro. Festejo a esos seres de papel que transformaron mi infancia y después mi vida.

Brindo por ese maravilloso azar que provocó el regalo inevitable en tantos aniversarios. Después de dudas y tropiezos, celebro escribir y leer, dos actividades que se dan la mano en este día en el que, por encima de todo, tengo motivos para celebrar y agradecer la vida.

Tras tiempos sombríos, doy las gracias a la vocación que encontró el camino y a las personas que me rodean y hoy han estado tan cerca, ya sea en persona o a través de cientos de mensajes cariñosos, es decir, tiempo y palabras, ese doble tesoro con el que se pueden escribir libros nuevos.


Gracias al despertar y al primer café en buena compañía, al mantel compartido de la comida y la infusión imprevista a media tarde. Gracias al paseo del atardecer y su paisaje, a la belleza y la fragancia de las lilas silvestres. Gracias a los cumpleaños celebrados en los parques y terrazas, donde grupos de desconocidos cantaron un ‘Cumpleaños feliz’ que sentí mío. Gracias a los regalos y las llamadas. Gracias a las carantoñas de Fénix y a la mariposa y los pájaros que rodearon nuestra mesa tras el postre. Gracias a las librerías del barrio, donde libros para todos los públicos han tomado por un día parte de la acera, llamando la atención de peques y mayores, sembrando ficciones y versos.


Gracias a la vida: por fin, abierta, ancha, pendiente de nuevos planes y nuevas osadías. Cincuenta y cuatro no son veinticinco, pero «hoy es siempre todavía», como dijo el poeta. Y es posible soñar y atreverse, dar pasos nuevos con los zapatos azul celeste que compré para la primavera de hace un año y no llegué a estrenar, por si me hacían heridas.

El viaje como reencuentro

Las vacaciones han vuelto a ser un bálsamo para los afortunados que hemos tenido unos días de descanso. Sabemos lo que significa esa palabra frente a las voces antónimas heterodoxas que no dan tregua: trabajo, horarios, obligaciones, rutina, hastío… El rumor de maletas por la calle, el trote de esas ruedas tan pequeñas como escandalosas empezaron a hacernos cosquillas antes del Viernes de Dolores.

En mi primer día libre quise escribir algo para este blog, pero no salieron las palabras. Solo era capaz de hacer inventario de los cansancios acumulados y alentar las ilusiones para los paisajes y días por venir, con todas sus horas convertidas en ofrenda personal. El texto quedó en mero esbozo. Ahora que el agotamiento se ha disipado, quizás tenga sentido evocar algo de cuanto quedó sin escribir en tantas semanas sin crónicas, con la excepción de aquel día en el que la masacre puso fin a la frágil tregua en Palestina y aquel horror, junto a la reivindicación de cuanto nos hace humanos, provocaron mis palabras, como una sacudida.

A pesar de lo no escrito, febrero, marzo y el comienzo de abril dieron para mucho, pero no tuve tiempo de compartirlo aquí. Para recordar el ocio y el disfrute de esos meses he tenido que recurrir a la memoria de mi teléfono, donde fotografías y notas languidecían, pendientes de ser rescatadas. Todas ellas han vuelto a recordarme que la vida sigue ofreciéndome motivos para la alegría y que disfrutar los pequeños regalos cotidianos es, en realidad, otra obligación que no debería perder de vista cuando las horas sean estranguladas por el despertador y los deberes. Una vez más, escribir sirve para dejar señales en el camino y guardar una dosis de vitaminas para cuando vuelvan a bajar las defensas.

La mayor parte de esas fotografías han sido tomadas en distintos viajes. No es raro. Aunque lo intentemos, al final, cuesta percatarse de alguna novedad en los recorridos y calles habituales. Si no fuera por esta lluviosa primavera que trajo una floración espectacular de especies silvestres y de los prunos y almendros de los alrededores, apenas conservaría material que muestre la belleza y la sorpresa que a veces encierra lo cotidiano. Frente a lo de siempre, Toledo, Ginebra y Burgos han sido breves escapadas a lugares que he visitado en varias ocasiones y ofrecieron la posibilidad de una pausa y el reencuentro con personas queridas y un tiempo más ancho y generoso.

Las tres ciudades han vuelto a ser espacios acogedores donde el paseo ha contribuido a la serenidad porque, cuando desaparece la urgencia descubridora del turista, se saborea y disfruta el lugar que ya forma parte de nuestra memoria. Podría parecer que no tienen nada que ver entre sí, pero en las tres subyace el abrazo que supone recorrer calles antiguas donde han coexistido diferentes culturas y lenguas, y tanto el trazado urbano como los monumentos siguen dando cuenta de esa convivencia y de la evolución.

Así, Ginebra presume de ciudad refugio desde hace siglos; mientras la huella del arte mudéjar pervive en artesonados, estructuras y decoraciones del Monasterio de Santa María La Real de Las Huelgas (Burgos), porque muchos artesanos moriscos de Toledo recibieron la llamada de Alfonso VIII para trabajar en el primer monasterio; igual que los restos de estilos y ritos diversos conviven en armonía en la maravillosa Mezquita del Cristo de la Luz (Toledo). Y por supuesto, la contemplación monumental nos permite conectar con quienes nos precedieron. Sigo celebrando el asombro que me genera ver la evolución del románico al gótico, imaginar a aquellos artesanos y primeros arquitectos que se atrevieron a aligerar las construcciones buscando el cielo. Su afán por la belleza y la transcendencia en esas bóvedas imposibles me resultan apelaciones contemporáneas. Así mismo, ante esos retablos de diversas épocas, que explican las escrituras y la historia del poder que configuraron el pensamiento durante siglos, es lógico preguntarse quienes somos ahora, en este siglo XXI que se vuelve irrespirable en la distancia mínima de un botón de nuestro móvil, en cuanto pasamos de la cámara de fotos a un periódico digital.

En la reciente visita a Burgos, me ha conmovido que persistan la clausura y la oración en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, la Cartuja de Miraflores o en el citado monasterio de Las Huelgas; y resulta inevitable que, en la proximidad de ese rumor, rodeados por tanta imagen sagrada y tanta piedra bendecida, se busque y encuentre una conexión espiritual. Quizás por eso me resonó tanto un mensaje escrito con letras modernas en las escaleras de la capilla de Santa Tecla y Santiago, en la catedral de Burgos: “Peregrinos de esperanza”.

La contemplación del arte y la compañía de las personas que queremos son formas de dejarnos atravesar por esa esperanza. Si seguimos celebrando la vida con otros; si brindamos y hasta bailamos con ellos en sus recientes cumpleaños; si ofrecemos nuestros poemas en una lectura en voz alta; si ponemos la mesa para compartir una comida sencilla y rica; si intercambiamos un beso de buenos días o buenas noches; si nos emocionamos ante el descubrimiento de nuevos libros, películas, cuadros y espectáculos escénicos es porque ni las noticias de los medios de comunicación ni las obligaciones que nos aturden cada día han logrado acabar con lo más profundo que somos.

Llevamos la cuenta de la desgracia. Sabemos que en Palestina se ha superado la cifra de 50.000 personas asesinadas. Sabemos que mientras unos rezan otros siguen conjugando con maldad y alevosía los verbos de la desolación ajena. Estuvimos de vacaciones pero no olvidamos, resistimos en esa vergüenza que no podemos detener.

Ahora que las ruedecitas de las maletas del vecindario vuelven a sonar con el mismo escándalo de la ida, aunque con cierta desgana por el regreso, es imprescindible fijar la vista en los árboles que nos rodean. En los últimos días de marzo, sus ramas estaban casi desnudas y parecían muertas. Había que detenerse muy cerca para descubrir pequeños brotes donde aguardaba la explosión de la vida. Abril ha llenado esas ramas de hojas verdes, su fortaleza y su lozanía son fruto de la lluvia cadenciosa y constante de esta una nueva primavera. Que esa imagen sea también la nuestra. Que mantengamos la esperanza. Que permanezcamos nutridos y bendecidos por los días y las horas en las que el paseo y el descanso nos reconciliaron con otras forma de mirar, caminar y enlazar las manos.

Abrazarnos en el adiós

Con el regusto dulce del roscón aún en los labios, el 7 de enero amaneció con la noticia de la muerte en el chat de la familia. Los malos augurios se confirmaban para mi tito Antonio, el tío de tantísimos sobrinos; el marido, padre y abuelo de los brazos más abiertos.

Desperté de golpe sin despertarme del todo. Mis movimientos y cuanto se cruzaba por mi cabeza era una suma de torpezas fruto de la conmoción. De nuevo, la muerte estaba muy lejos en kilómetros y muy cerca en los recuerdos, que comenzaban a aflorar con el paso de los minutos hasta que, por fin, rompí a llorar. No volveré a escuchar esa voz entrañable que contaba chistes malos, casi siempre repetidos; esa voz que atesoraba, mejor que yo misma, las anécdotas profundas de los veranos y las playas de la infancia donde nunca más volveremos.

El desenlace ha sido rápido e inesperado. A ti, que te gustaba ir de prisa y llegar siempre el primero, has vuelto a elegir el carril de vehículos rápidos. Y te has ido llevándote tus ansias de vivir, tus andares apresurados, tu abrazo hospitalario y tu palabra desatada. Eras un torbellino generoso y bonachón, eras la historia de nuestra alegría porque, hasta que te atrapó la tristeza de los últimos tiempos, siempre nos recordabas lo bueno que habíamos compartido. Los días de Feria y aquellas tapas con el pequeño pellizco de la lotería; la aventura de ir a la playa en tu furgoneta, que desafiaba la normativa pero era el viaje más seguro del mundo; las largas partidas de dominó con los pies en la arena; el dulzor de la copa insistente de vino acompañada por unos picos y un trocito de queso o chacina; el sabor ancestral de la manteca colorá con chicharrones y el aire de poniente que se enredaba en mi pelo, en la última tarde posible junto al Atlántico.

De ti aprendí la expresión «ir a contramano», y así han sido todos mis pasos en esta mañana fatídica. Contra mano y contra la razón, con la necesidad de poner rumbo al sur, a pesar de las dudas y las gestiones torcidas, en un intento de abrazar que no cesaba de escurrirse.

Al final, lo he logrado. En Atocha, me volvía a derrotar la tristeza. Cómo abordar un tren con esa pena, entre tanto turista y su entusiasmo. Cómo llegar tan tarde para lo que era prioritario desde el amanecer. Mirando por la ventanilla, esquivé el reflejo de mis ojos en el cristal: un cielo repleto de nubes veloces y muy grises, anegadas de lágrimas.

Horas después, las palabras de reencuentro vibraban en la sala del tanatorio entre una multitud de familiares y amistades. Ojalá nos hayas visto por una rendija. Los besos y abrazos de quienes te quisimos, los mensajes de quienes no podían llegar. Ese es el recuerdo que dejas y nuestro mejor homenaje: una huella imborrable de cariño que hoy nos hace mejores.

La noche transcurrió con la inquietud de la duermevela. Vimos amanecer un cielo rojizo y azul, ese cielo que en la oración compartida, te celebraba. Y después, te acompañamos en un último paseo, el más lento que hemos hecho a tu lado. Por primera vez, he entrado al cementerio de Jerez, donde reposan los restos de mis abuelos paternos, perdidos en mi primera memoria, la de la niña que no alcanzaba a entender el significado de la palabra muerte y no pudo llorarlos.

He agradecido ese andar pausado y compartido, esa congregación de afectos tras el coche fúnebre, mientras me consolaba la serenidad de un paisaje detenido entre el espléndido azul del cielo, el rumor de las flores y la certeza de la piedra. Un rumor de pasos silenciosos hasta alcanzar el lugar último, donde experimentar la fraternidad, en el dolor de la despedida.

De nuevo en el tren, en mi viaje de vuelta, no he buscado brumas ni nubes al otro lado de la ventanilla. Me he detenido en los hermosos ojos de una preciosa bebé que no me perdía de vista, sorprendida por la forma o el color de mis gafas. Con su sonrisa tímida y su belleza intacta me traía de vuelta al lado de la esperanza y el brillo de la vida.

Ahí debemos seguir, en tu memoria del disfrute y en nuestro presente de resistencia, gracias a las cosas buenas y sencillas del día a día. Ese es tu legado y no deberíamos olvidarlo nunca.

Feliz 2025: agradecer la luz

Queridos amigos, queridas amigas:

Un año más escribo y comparto palabras e imágenes con las que cerrar un año y abrir otro. Es tradición, es impulso. De algún modo, es un rito colectivo, más o menos consciente. En mi caso, resulta ya una inevitable costumbre incorporada a las últimas horas del año, cuando busco el silencio necesario para detenerme a mirar hacia dentro y hacia fuera, en las fotografías que recuerdan lo vivido y las imágenes ausentes, para hacer balance y también, invocar la esperanza.

2024 deja el recuerdo de presentaciones de libros y exposiciones plásticas disfrutadas, siempre en compañía, una forma de ampliar la existencia; escapadas que permitieron cambiar el paisaje y renovar la perspectiva del horizonte desde nuevas ventanas; momentos para la ternura y los afectos, y la silenciosa caricia sobre la piel de Fénix. 2024 deja también abrazos que acompañaron la ausencia y el duelo, momentos duros en los que saberse afortunada en el lado de la vida, a pesar de un mundo roto en jirones de injusticia, esa espiral de abismo alimentada por el odio y la codicia que también convocó a la poesía, en un intento de decir no a la barbarie.

“Astilla” se ha convertido en mi palabra del año, en un plural luminoso que me ha permitido cerrar una etapa oscura y comenzar otra, impulsada por la gratitud y el deseo, algo que percibí íntimamente cuando llegó la primavera. Al elegirla para el título de mi libro, pensé en aquella brizna de madera incómoda y dolorosa clavada en un dedo infantil, aunque María Moliner en su magnífico diccionario la define como: “trozo de madera partido toscamente, de los que se gastan para leña” y así se presentó en la portada. Astillas y las palabras que lectores y lectoras me han ofrecido se han convertido en energía, el principio de un nuevo fuego.

Con esta idea de renacer concluyo estas líneas y elijo las fotografías para despedir 2024 y dar la bienvenida a 2025. Fotos tomadas en el silencio de un paseo por la naturaleza mientras los rayos del sol, siendo ocaso, podían confundirse con los de un amanecer. Os deseo un nuevo año en el que podáis mirar la oscuridad como un paréntesis hacia la luz, en el que cada despertar sea un regalo que agradecer a la vida.

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