Belleza e historia por la Alcarria

Al llegar a Pastrana nos recibe el sabor de la calma. Hemos evitado los días principales de Semana Santa y el pueblo late pausado, a la espera de su día grande y del regreso de quienes emigraron. Los visitantes somos pocos. En los bares de la Plaza de la Hora, algunos parroquianos comentan que anoche se quedaron sin luz durante tres horas, una avería que hoy se está arreglando y se ha convertido en la noticia local.

La oficina de turismo está ofreciendo una vista y se encuentra cerrada, así pues… callejeamos guiados por el instinto a lo largo de una serie de puntos de referencia (Ayuntamiento, Colegiata y oficina de Correos), y paneles que convierten Pastrana en un lugar familiar, un trazado urbano sin pérdida posible. Las calles y plazas lucen limpias y el agua aviva las fuentes que marcaron la historia pequeña de la ciudad (lavaderos y agua potable); la primavera asoma en los árboles florecidos que superan las tapias de algunos patios; los gatos toman el sol y vigilan nuestros pasos mientras el trino de los pájaros llena todo el silencio. El recorrido también muestra fincas en estado de ruina, solares y casas a la venta desde hace tanto que el número de teléfono ha desaparecido, devorado por el sol y el abandono.

En la Colegiata de Ntra. Sra. de la Asunción, encontramos las huellas de Santa Teresa: su imagen, en un retablo donde la rezo; unos paneles explicativos sobre su vida, obra y paso por Pastrana, donde fundó dos conventos; y una reliquia. Santa Teresa es la patrona de las escritoras desde 2016, y de un tiempo a esta parte me detengo ante ella con especial sentido, pensando en la pluma que sostiene entre los dedos, en la obra que escribió y no supe apreciar en los libros de texto de mi formación reglada, donde las mujeres fueron anécdota menor, monjas o locas. Como si fuese una restitución, agradezco cada vez que su imagen me sale al paso en una iglesia y lamento cuando el retablo carece de lampadario, porque no puedo prender las luces que tanto busco, aunque protejo el recuerdo del reencuentro.

El tesoro turístico “oficial” de Pastrana se encuentra, no obstante, bajo tierra. A través de la sacristía, se accede al Museo Parroquial de Tapices, una impresionante colección que constituye el mayor orgullo del pueblo. Aunque no pensaba que me fueran a deslumbrar, lo logran. Si no agaché la cabeza ante mi error, fue para no perderme nada de tantos metros cuadrados de seda y lana, bellamente tejidos. Los magníficos tapices relatan las campañas de Alfonso V de Portugal en Arcila y Tánger (1471). La primera ciudad fue asaltada y sus habitantes ejecutados o vendidos como esclavos, lo que provocó la rendición de la segunda. En tiempos bélicos como los actuales, contemplar esas escenas plantea preguntas sin respuesta. Las armas son muy distintas, pero los ejércitos pertrechados con banderas, pendones y una notable superioridad militar frente a una población civil aterrada no cambian: el mismo llanto ante la muerte y la tragedia de huir dejando todo atrás. Llamaron mi atención una serie de palabras en el friso superior de un tapiz, dedicado a las virtudes militares cuya existencia desconocía: obediencia, conciencia, constancia, disciplina… Ninguna guerra se puede presentar desde la óptica de la virtud, pero cómo conceder ninguna de ellas a los sátrapas que dirigen los ejércitos más letales de nuestro tiempo, olvidando que incluso las guerras y los códigos militares tenían normas y principios morales, hasta que ellos los han arrasado.

Desde el otro lado del altar mayor, también bajo tierra, se encuentra la cripta donde reposan los restos de los sucesivos duques de Pastrana y del Infantado, incluyendo a quienes fueron Príncipes de Éboli, personajes que algunas novelas y series de televisión han convertido en famosos que despiertan una cierta locura fan, muy propia de nuestro tiempo. Perpleja ante el fenómeno, agradecí que internet me pusiera al día de un capítulo histórico que en mis libros se debió titular “Felipe II y Antonio Pérez”, sin rastro de presencia femenina. En mi cabeza, la relación entre hechos históricos y nuestro presente me confirmaba que, a pesar de tanto avance galáctico, seguimos siendo una especie lamentable, dispuesta a traicionar y matar por una bolsa de monedas que solo ha cambiado de tamaño.

La Princesa de Éboli, Ana de Mendoza, volverá a ser central en la visita al Palacio Ducal que impresiona por su tamaño, sus bellos artesonados del siglo XVI y su triste historia, porque su construcción comenzó en el Renacimiento y ha concluido en el siglo XX, cambiando de dueños, usos y circunstancias. Actualmente, el edificio languidece medio dormido, como sede ocasional de la Universidad de Alcalá de Henares y la oficina de turismo local. De vez en cuando, su auditorio se usa para actividades teatrales y musicales, y está abierta una pequeña sala para exposiciones; pero duele pasar ante el rótulo de Biblioteca y descubrir una sala apagada sin un solo libro. Cabe plantearse si no podría ser dotada, al menos, de títulos infantiles y juveniles, de libros para todos los públicos que favorezcan la lectura de los vecinos, ya que tampoco hay una librería en la localidad.

Al día siguiente, guiados por la información de la web Lugares con Historia, nos propusimos visitar la Cueva de los Moros, situada en la carretera de Pastrana a Valdeconcha. Aprisco para ganado, santuario rupestre o lugar eremítico, se dice que San Juan de la Cruz pasó tiempo en ella. A falta de señal alguna, pasamos de largo, llegamos a Valdeconcha y dimos la vuelta, gracias a las indicaciones de un vecino, tan extrañado por el nombre como por nuestro interés. El hallazgo mereció la pena porque el inquietante lugar ofrece una serie de galerías donde resuena nuestra memoria como especie, y las huellas del fuego conviven con petroglifos y feos grafitis recientes. Refugio entre la piedra y la vegetación exterior, lugar de oración y descanso, oscuridad que se abre a la luz de un cielo que marca las horas. Inevitable preguntarse si no está indicado para evitar actos vandálicos o por pura desidia en la divulgación del patrimonio cultural. Personalmente, me temo que es lo segundo dado que, a pesar de las fechas de Semana Santa, algunos de los principales monumentos de la zona permanecían con su horario habitual: Recópolis, el Monasterio de Monsalud y el Convento del Carmen de Pastrana, cerrados de lunes a miércoles.

Afortunadamente, el campo estaba abierto y rebosante de vida en olivares y encinares, el vibrante amarillo de la retama, el olor del romero y el colorido de las flores silvestres que salpicaban un horizonte verde. El Tajo lucía espléndido, rodeando con su abrazo el precioso pueblo de Zorita de los Canes y colmando los pantanos de Buendía y Entrepeñas. Seguimos las indicaciones a Recópolis y descubrimos que, aunque el centro de interpretación y su taquilla estuvieran cerrados, era posible admirar los restos de la que fue una importante villa, primero visigoda y después musulmana. El viento nos fue empujando por la memoria de una ciudad reducida a su estructura, desvelada gracias a la fe sabia de la arqueología que ha permitido redescubrir lugares y palabras.

La última parada de nuestro viaje fue el Monasterio de Monsalud que disfrutamos escudriñando cada rincón, en pleno proceso de consolidación y restauración, gracias a las explicaciones entusiastas de su guía. El claustro, la antigua portería, el refectorio, la sacristía, la iglesia, la sala capitular… desfilaron ante nuestros ojos. Aunque algunos de esos espacios careciesen de cubierta y no quedasen imágenes religiosas, la imaginación y la memoria de otros monasterios suplía ese vacío que, sin embargo, emanaba una belleza serena que solo la piedra desnuda puede expresar y el enclave natural enfatizaba.

La belleza de estos paisajes y lugares pueden ser el asidero para recuperar la calma y una vida menos desquiciada. Por eso, sería recomendable que los responsables políticos de Castilla La Mancha y Guadalajara, se preocupasen por renovar cartelerías y ampliar horarios, dotar de sentido los espacios culturales disponibles; y, en suma, en tejer más vida, en lugar de sembrar, exclusivamente, placas fotovoltaicas y molinos eólicos que sustituyan las ¡dos! centrales nucleares de la zona. Nuestro viaje estuvo salpicado de constantes referencias al libro Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela, y contrasta el cuidado de esos carteles frente a otras desidias que invisibilizan los tesoros que esconde la comarca, más desconocidos e inaccesibles que los lugares donde don Camilo dio buena cuenta de su rica gastronomía.

Ojalá que el presente y el futuro de esa España, vacía y maltratada, que nutre en tantos sentidos a quienes escapamos de ciudades cada vez más invivibles, pueda ser mucho más estimulante para sus propios habitantes, en lugar de reducirse a ser mesa de comilonas de fin de semana. En las localidades recorridas, en su patrimonio y paisaje, sobresalen aspectos cruciales para la vida de las personas, por cierto, mucho más asequibles que la última y cacareada misión espacial a la Luna que invadía los televisores de todos los bares.

Necesidad y belleza del silencio

El viernes por la tarde me acerqué al Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía a conocer parte de su colección en una renovada cuarta planta. Mientras subía las escaleras, me salió al paso la exposición de Juan Uslé, titulada “Ese barco en la montaña”, y cambié de rumbo. En la primera sala, me asombró el cuadro titulado ‘1960’, en alusión al año del hundimiento del buque Elorrio, que regresaba de Baltimore cargado de grano, y desapareció en las aguas frente a su casa familiar en la costa de Langre (Cantabria). Fue inevitable recordar las recientes y tenebrosas escenas de naves hundidas en las aguas de Ormuz, y adentrarse en la calma que ofrecían las primeras obras, como quien encuentra un antídoto frente a las terribles noticias que llegan de Oriente Medio donde se acaba con vidas humanas inocentes con total impunidad.

En algunos de los otros trabajos de Juan Uslé, me impactó aquel azul intenso tan oscuro que rodeaba la idea del naufragio, los huecos abiertos de ojos y miradas. Después, me dejé llevar por la propuesta del resto de salas, para descubrir la evolución del pintor. No quise detenerme en las cartelas y sus palabras, sino fluir en silencio por el color (de una paleta oscura, de azules y marrones a otra gama de azules más vivos, amarillos, rojos, rosas o blancos); y recorrer las líneas, tanto las verticales como la sucesión de horizontales que yo interpreté como pautas que se rompían ofreciendo rendijas y preguntas. Me interesó el peso de la memoria, con la infancia ocupando un lugar primordial en algunos proyectos; y después, la importancia de la fotografía y las técnicas de revelado. Su presencia es tan central que Uslé realizó unos trabajos bajo el título ‘Soñé que revelabas’, que derivaron en varias series a lo largo de cuatro décadas.

Además del trabajo pictórico, la muestra ofrece una serie de fotografías que permiten asomarse a un álbum de fotos casi privado, presentado como un collage y cierto aire de proyecto en curso. Ante la mezcla de instantáneas, reconecté con el placer de la creación y el juego que me permití con mi primera cámara digital. Captar el hallazgo del instante, la sorpresa de la calle y de la vida en paisajes y ventanas, texturas y sombras, contenedores y luces. Es decir, la fotografía que ya no requiere del viaje o el acontecimiento sino inspirada por lo cotidiano, que sale al paso y es bello sin serlo.

Aquellas imágenes me estaban interpelando, recordándome otras formas de mirar y escribir, mientras evitaba que mis dedos se lanzasen a teclear nada. Intencionadamente, opté por aplazar la escritura y que todo reposase en lo no dicho, a sabiendas de que tendré que volver a visitar la exposición para encontrarme con las palabras suspendidas. En aquel momento, necesitaba nutrirme con el silencio de salas casi vacías y de la obra abstracta, que permite escuchar lo que está por nacer.

De este modo, en la tarde noche del viernes me había impuesto un silencio que, sin saberlo, me estaba conectando con El libro blanco. Alfabeto de silencios (La Caja Books, 2026), sobre el que iban a conversar Vicente Luis Mora, su autor, y Mariano Peyrou la mañana siguiente.

Aunque la cita estaba convocaba bajo la fórmula del ‘Vermú literario’ y la maravillosa e histórica librería Pérgamo estaba bulliciosamente llena, el silencio fue el protagonista de la conversación, siguiendo el hilo de un libro que ha cosechado magníficas reseñas y comentarios. Atender este diálogo me sirvió para volver a adentrarme en las relaciones entre el silencio y la creación, una cuestión recurrente en algunos otros actos recientes.

El escritor, profesor y crítico Vicente Luis Mora explicaba la práctica literaria, donde confluyen lo lingüístico, lo artístico, lo antropológico y lo filosófico, como un espacio atravesado tanto por el silencio como por el lenguaje. Pudimos comprender, gracias a su generosidad al compartir la génesis del libro, como éste se había ido fraguando en sus distintas capas: la investigación, la dimensión intelectual y la labor del poeta, “que abre la espita sobre ese corpus” generado en torno al silencio por tantas y tan variadas voces previas. Así, en el libro, se cruzan números que esconden símbolos, listados donde la respiración de la poesía y el poso del estudio se abren paso tras un prólogo ficcional que lanza un primer guiño a quien se asoma a estas páginas de infinitas lecturas.

Deteniéndose en las listas, que conforman la mayor parte del libro, Mariano Peyrou, poeta y ensayista, apuntó que si bien ciertas clases de silencio provocan vacío, también el silencio puede ser un método de investigación o una apelación a la imaginación; y se preguntó por la lógica que busca el lector, necesariamente activo ante la propuesta de este libro, que no sabemos si nos propone un juego o no.

Por su parte, Vicente Luis Mora explicó que, “al escuchar, surgen momentos de creación y composición”, y que el libro “propone la aventura del encuentro”. De entre todas las posibles, plantea la pregunta poética, “dejando el libro abierto, que es lo que más me interesa”. (…) “Me gustaría que el libro haga preguntas al leer y genere o dispare la creatividad de otros, ofrecer un espacio donde las ideas se pongan a jugar”. El mismo autor reconocía que la escritura del libro le había desconcertado, reconociendo “ese estado de descubrimiento” como lo más interesante del acto creador. Y recogiendo la propuesta del juego: “cuando escribo, quiero jugar; si no, sería mecanografía”. ¡Menuda frase de aviso a navegantes!

En el turno de palabras, se notó la presencia de quienes ya se habían leído el libro y coincidían con Mariano Peyrou en haber disfrutado de “un libro raro, sin género, pero muy estimulante desde el punto de vista espiritual e intelectual, y ameno. Lo que es de una extrañeza maravillosa”.

A mí, también me lo pareció. Páginas que pueden generar pensamiento y creación, es decir, un verdadero regalo para quien quiera adentrarse en algunos de los silencios que plantea (“el lápiz sin estrenar”; “la celda de castigo”; “el enfado de nube”; “la persona infiel” o “el pájaro que enmudece en la bandada”…), o convocar los propios, para jugar a lo más imprevisible de la poesía.

Con el silencio de “La niña tímida en el recreo” (pág. 34), y mi nuevo libro recién firmado, volví a perderme por esas calles cuadriculadas de Madrid donde nunca logro orientarme. No obstante, mi despiste fue dichoso, porque el azar me puso ante la casa donde Carmen Laforet escribió su novela Nada, situada en la calle General Pardiñas, 107.

Placa en la calle General Pardiñas, 107, (Madrid), donde vivió Carmen Laforet

Así, nada y silencio se fundieron en una mañana invernal donde ya latía la primavera y el rumor de la palabra. En ese espacio mudo y vibrante, volví a convocar los deseos de escritura que laten en la raíz de este año vital tan distinto.

Como quien recibe un empujoncito de confianza, leyendo El libro blanco me he encontrado con algunas de mis maestras y su silencio correspondiente (15, página 57): “Las obras mutiladas o prohibidas por la censura franquista de Ana María Matute, de Concha Alós, de Dolores Medio, de Elena Soriano, de Carmen Laforet y tantas otras”.

De nuevo, he brindado por sus libros y por mis cuadernos, y he recordado las flores de los almendros y los prunos que tan calladamente siguen desafiando la fealdad y el ruido del mundo que nos acecha. ¡Bendito sea el significante del azar, y gracias siempre al silencio de la belleza!

Esperanza Ortega: los versos de una nueva amiga

El lunes 16 de febrero volví a Enclave de Libros para conocer en persona y escuchar a Esperanza Ortega (Palencia, 1953), quien tras veinte años sin publicar un nuevo libro de poesía presentaba Los versos de mi amiga, editado en la Colección Esenciales de Galaxia Gutenberg. Ese silencio, que me parecía un principio de revelación y labor bien hecha, estimuló mi curiosidad después de una breve búsqueda por internet.

La librería se llenó hasta los topes, seguramente, por todas las amistades que buscaban el reencuentro, y porque la editorial presentaba la nueva obra como “un libro hospitalario”; en un aquí y ahora en el que necesitamos espacios de cobijo. Jordi Doce explicó que esta colección, que nació con el propósito de dar nueva vida a libros de otros tiempos, se ha abierto también a publicar títulos nuevos de poetas que ya formaban parte del catálogo, señalando que Esperanza Ortega figura en la antología Las ínsulas extrañas. En cuanto al nuevo texto, admitió que ofrecía elementos visibles en libros anteriores, como Mudanza, pero también evolución, al ofrecer una propuesta “más locuaz, más explícita, más discursiva. Aquí hay una apertura nueva, un mostrarse. Y también cierta ligereza en el decir, porque cosas que parecen sencillas no lo son tanto”. A continuación, Óscar Esquivias, insistió en el momento de celebración que suponía la publicación de este nuevo libro de poemas, recordando que el silencio al que aludía la invitación no había sido total, puesto que Esperanza Ortega había publicado, en las últimas décadas, artículos y un libro memorialístico que nos recomendó con entusiasmo y anoté convencida, Las cosas como eran.

Tras los presentadores, tomó la palabra Esperanza Ortega, que habló desde la alegría y el estupor del multitudinario reencuentro, y la sencillez de quien se expresa entre amigos. Sin conocerla antes, me encandiló su palabra sincera y generosa con la que explicó que, en estos años, hubo poemas (algunos publicados en revistas como Mirlo, entre otras); pero no libros, que requieren cierta unidad. Entre poema y confidencia, nos desveló algunas pistas que permitían comprender y compartir algunas de las claves de su cocina poética, desde la concepción del libro a la influencia de las lecturas, y también su evolución personal para atreverse a decir. Ninguna de sus palabras sonó en vano en mis oídos. De hecho, algunas frases podrán ser guía certera: “no está mal defender la poesía callando” o bien, “un poeta que deja de escribir poesía, puede seguir escribiendo por otros medios”.

Volviendo al libro, se hizo un inciso sobre el título. La palabra “amiga” es necesariamente polisémica para quien es autora de la biografía de Garcilaso de la Vega, una referencia que nos traslada a aquel tiempo del amor idealizado cantado por los trovadores. Aquí, “la amiga se presta a un diálogo sin drama, a compartir experiencias”, es la voz de esa mujer que acompaña e incluso puede ser la que está en contra, dijo Esperanza Ortega, aclarando a continuación “que esos poemas los suelo descartar”.

En línea con ese diálogo, lo que ofrece este libro es “el desdoblamiento habitual de la voz poética. Siempre ha estado ahí esa otra voz, aunque antes mi poesía era más minimalista, con muchos silencios que el lector tenía que llenar”. La reflexión de la autora continuaba compartiendo luz: “Los libros de poesía me surgen en momentos de crisis. Ahora hay cierta vecindad con la muerte, pero éste no es un libro elegíaco. La escritura es una forma de alejarla. Es un libro escrito por una mujer que, hasta cierto punto, hace balance sin amargura. El mundo familiar y doméstico no ha cambiado mucho, pero hay nuevas influencias, sobre todo, de las poetas norteamericanas, su ímpetu y su forma de decir. Su libertad. Las había leído hace mucho y de pronto, las he recuperado. Y me gustan”.

Las reflexiones sobre lo concreto de este libro se fueron convirtiendo también en una reflexión sobre la propia escritura; de hecho, el libro, inicialmente, se iba a llamar «Escribir un poema». “En mi poesía anterior, ha habido mucho fragmentarismo, pero en este libro no quería eso. Necesitaba un torrente. En el fragmento estaba antes el silencio de la angustia”, explicó Esperanza Ortega, mientras intercalaba la reflexión sobre la gestación de la obra con la lectura del poema acabado. Varios de ellos se refieren a la creación, el momento gozoso de su epifanía. También hay memoria.

Como siempre he pensado que memoria y escritura van de la mano, la escuché asintiendo, como si mi amiga fuera ella, como si la amiga fuera yo. Me encantó su voz, emocionada y apasionada sobre el decir poético. Una voz enérgica y jovial. No faltaron las confidencias tocadas por el sentido del humor, los recuerdos, los homenajes, las invitaciones a otras lecturas.

Los anfitriones habían dicho que la tarde era histórica y entre amigos, y así nos sentimos, incluso los recién llegados. La complicidad fue la esencia de una conversación que para mí fue doble descubrimiento, por la forma y por el fondo.

Os dejo un fragmento del poema que abre el libro… Si os quedáis con ganas de más, la respuesta está en librerías y bibliotecas.

Escribir un poema te llena de dicha.
Como una mendiga que entierra su tesoro,
sonríes en silencio,
el mundo te acompaña un trecho del camino;
sientes su vecindad,
ya no estás sola, ya no eres frágil,
ya no te duelen las rodillas,
podrías encaramarte a un árbol
y retar desde allí a tus poetas
a que suban contigo
a otear un paisaje
que existe solo gracias a tus versos.

Pero escribir un poema no es tarea fácil,
podrían transcurrir días y meses
y años sin que tú escribas un poema
[…]

Esperanza Ortega. Los versos de mi amiga. (Galaxia Gutenberg, 2026)

Nuevo cuaderno y viejos bolígrafos

Tras un par de semanas con compromisos laborales, por fin, he inaugurado mi año distinto. Aunque el mundo siga ofreciéndonos unas dosis de dolor inaceptables, tras salir de una larga e íntima espiral de tristeza, mi camino se aferra a la vida y abraza las pequeñas alegrías y los buenos momentos que se presenten al alcance, en el marco del regalo que, tras casi treinta años de trabajo asalariado, he podido concederme. El regalo del tiempo, un año de excedencia laboral que comencé hace apenas ocho días y fui preparando desde los albores de 2026.

El primer cambio lo asumí el mismo 1 de enero, al elegir el cuaderno que será mi ‘Diario’ de este año, una práctica que mantengo con continuidad desde hace décadas. Últimamente, usaba agendas de tamaño cuartilla, donde todos los días de la semana ocupan el mismo espacio, y las fechas y horas sirven de pauta. Para 2026 recuperé un precioso cuaderno que, precisamente, por su delicada factura, no había estrenado aún.

Cuidadosamente guardado para alguna ocasión especial, recordaba su forma pero no su portada. Y al reencontrarlo, entendí que el libro al que aludía ‘Alicia en el país de las maravillas’ (Alice’s adventures in Wonderland, como reza el original reproducido en su cubierta), podía ser un buen presagio. Es cierto que para narrar la vida, para escribir para una misma, vale cualquier cuaderno, como ya nos demostró mi admirada Carmen Martín Gaite. A estas alturas, creo que he usado todo tipo de formatos y texturas. Desde pequeña, todos mis cuadernos fueron tesoros preciados de los que incluso salvaba sus últimas páginas en blanco cuando concluía un curso escolar o un proyecto esbozado a mano.

No obstante, es bueno que las ocasiones especiales sean celebradas como tales, inventando ritos cuando estos no existen, creando nuestro propio juego de amuletos y señales. Qué mejor que escribir este año sobre un papel sin renglones, sin números, con la invocación de la imaginación y la fantasía para anotar la vida de forma distinta.

El nuevo cuaderno me ha llevado también a repensar los materiales de escritura. Soy de usar cualquier tipo de bolígrafo, y apurarlo hasta el final. Los bolígrafos que llegan a casa, comprados, regalados o de carácter publicitario, van quedando en una caja metálica de bombones. Si al cogerlos no escriben, intento resucitarlos con garabatos sobre el papel o calor sobre la bolita reseca, como si un bolígrafo no pudiera quedarse con algo por escribir. Sin embargo, he recordado un par de bolígrafos especiales que habían quedado olvidados al agotarse su recambio y he decidido volver a usarlos. Ambos fueron el regalo de personas que reconocieron mi escritura y quisieron darme su aliento. En este tiempo sin excusas externas, me vendrá bien sentir su certeza de metal, resistente a pesar de los años, y aferrarme a ellos cuando mi propósito se tambalee.

Escribo estas líneas en la pantalla del ordenador, con una letra ampliada por el zoom, porque mis ojos cada vez exigen más tamaño. La mesa vuelve a resultar más ancha, una vez que he retirado los documentos y libros que provenían del ámbito laboral. Desde la pandemia, los espacios se mezclaron y las palabras que habían permanecido en atmósferas distintas se vieron forzadas a convivir. Al retirar papeles y carpetas ahora inútiles, reparé en que la mesa estaba sucia, de polvo, de pelusas y de prisa, de no mirar atentamente, de cercos de vasos y cierta desidia. Limpiar la mesa con esmero ha sido preparar también el camino. Junto al ordenador, tengo una botella de aluminio para que nunca falte el agua, un flexo que puede reforzar la luz cuando haga falta y, por supuesto, un elefante de madera que me trae el recuerdo de una persona muy querida que ya no está y siempre me animó a escribir.

Así pues, esta primera semana sin obligaciones laborales ha servido para poner orden y cuidado, y convertir viejos regalos en inesperados amuletos para la nueva travesía. Apenas he escrito, pero todas las tardes he salido al encuentro de la palabra ajena. La agenda se prestó para ello. Me acerqué a conocer la labor de Nueva York Poetry Press; escuché a Constantino Bértolo, comentando su último libro, El arte de rechazar manuscritos; celebré a las autoras que voy a descubrir gracias a la antología de mujeres poetas del surrealismo titulada La llama ebria, coeditada por Bartleby y La Torre Magnética, en un acto donde volvimos a recordar a Eugenio Castro; asistí a una conferencia sobre personas sin hogar en la que me contagié de una cierta esperanza, porque hay soluciones que cambian vidas, siempre y cuando la política institucional acompañe; disfruté de un nuevo encuentro del ciclo ‘Poesía y Psicoanálisis’, que sirvió para profundizar en la escritura de Esther Ramón; y, por último, acompañé la presentación del libro Palabra de mundo, de Antonio Méndez Rubio, publicado en Libros de la resistencia.

Supongo que, a través de la palabra ajena, he ido convocando la propia, descubriendo que, cuando se puede, escribir es ir llamando a las palabras sin forzarlas. Sé que vivimos tiempos oscuros. Hace poco, el psicoanalista Jorge Alemán escribía en una de sus redes sociales: “Nadie puede nombrar todo lo que está sucediendo, después del genocidio televisado de Gaza y la destrucción obscena de la historia. A partir de ahí, todo es diferente. Los horrores se multiplican intensamente en el mundo. La historia siempre encuentra nombres para todos los horrores, ¿y ahora? ¿Cómo se nombra todo esto y cómo se designa a los cómplices de esta situación?”

Carezco de respuesta. De hecho, muchas veces me pregunto qué sentido tiene retomar mis proyectos literarios. ¿Qué se puede aportar con un poema o con un nuevo libro? ¿Qué pueden ofrecer mis líneas en este contexto tan desamparado y cínico, tan presuntamente próspero y terriblemente miserable a la vez? Y sin embargo, me resisto a volver a caer en la desesperanza. Si nos rendimos, si dejamos de escribir y de hacernos preguntas, si dejamos de reunirnos en torno a la palabra, estaremos aún más perdidos y mucho más solos.

Un reencuentro con Carmen Martín Gaite


El pasado 14 de septiembre me fui a Matadero Madrid con la ilusión de escuchar a Mariana Enríquez, en el marco del Festival ‘Back to the Book’. Cuando, por fin, encontré el Auditorio, indicado de forma tan inquietante como alguno de sus relatos, me di también de bruces con la realidad de una cola interminable en la que unas ¿doscientas o trescientas? personas se quedaban sin entrar por aforo completo. A pesar del chasco, me alegró muchísimo que una autora de la calidad literaria y el talento de Enríquez tenga semejante legión de seguidores. Es un alivio que ese fenómeno no quede reducido a pseudo-escritores de redes sociales y obras insulsas, y espero que, para la próxima, le busquen un gran teatro o varias fechas; eso sería muy buena señal.

Como no escuchar a Mariana Enríquez era un escenario más que probable, llevaba otra idea en mente. El cambio de planes, disfrutar de la exposición titulada, “Carmen Martín Gaite y el collage: un diario en libertad. Visión de Nueva York”, fue fantástico. Un premio del azar recibido justo el último día de apertura, que me permitió volver a conectar con una escritora gigante que he leído mucho (aunque me quedan varios e importantes libros pendientes), y, en consecuencia, admiro muchísimo.

La muestra expositiva, organizada con motivo del centenario de su nacimiento por Casa del Lector, Fundación Carmen Martín Gaite y Ediciones Siruela, ofrecía la reproducción de un cuaderno titulado Visión de Nueva York’ (publicado por Siruela en 2024 y, con anterioridad, en una edición de 2005).

Carmen Martín Gaite fue elaborando esta obra durante su estancia en Estados Unidos, entre septiembre de 1980 y comienzos de 1981, recorriendo Nueva York (durante su estancia como escritora visitante en Barnard College), y visitando a su amigo José Luis Borau en Sherman Oaks, en Los Ángeles.

El resultado es una obra muy personal donde el collage comparte espacio con la nota manuscrita, ofreciendo una visión íntima y cómplice (el cuaderno se lo regaló a su hija Marta, que falleció pocos años después, y nunca quiso publicarlo en vida), que nos permite asomarnos a la mujer, la escritora, la conferenciante, la apasionada de la cultura o la fumadora que quiere dejar el tabaco y encuentra que, con el pegamento y las tijeras entre manos, logra olvidarse del cigarrillo… Como si nosotros la viéramos “entre visillos”, atisbando sus deseos y contradicciones, sus preocupaciones, sus papeles en desorden, su sentido del humor y también la determinación de quien se siente segura (eso me pareció a mí), y ya ha encontrado el camino y el sentido de su amplia vocación intelectual.

José Teruel, comisario de la exposición, biógrafo y gran conocedor de la obra de Martín Gaite, explica que “ante el vértigo de imágenes con el que ella se encuentra en Manhattan, experimenta cómo una narración lineal o secuencial no le basta y acepta el desafío de contar lo simultáneo e inabarcable a través de la técnica del collage”. No obstante, siendo divertidos e inteligentes, lo que más me gustó de la muestra son las anotaciones de los márgenes o los renglones donde la palabra de Carmen Martín Gaite nos permite asomarnos a la mujer que escribe y se define a sí misma: “Soy como una mujer de un cuadro de Hopper comiéndome una manzana en soledad”, tal y como leemos en uno de sus collages.

Acompañamos su viaje a través de mensajes, palabras e imágenes en movimiento. Los collages son una forma de divertimento y de escribir o crear de otra manera. Ella también subraya los encuentros con el azar, las «tentaciones inesperadas» que le salen al paso (una cena, un concierto, una lectura…), a las que no «sabe decir que no» y postergan su proyecto de escritura.

Desde Nueva York comprueba que, poco a poco, su apartamento pierde el orden inicial y el caos doméstico de los papeles desperdigados le recuerda su madrileño piso de Doctor Esquerdo. En las notas, habla consigo misma al tiempo que establece una escritura dialógica, en confianza, que nos convoca y nos sienta (¡ay, ojalá fuera posible!), a su lado, compartiendo mesa o sofá, con esa complicidad que preside toda su escritura. Ha sido inevitable recordar su mirada diáfana con la que me topé una tarde en Madrid, cuando mi timidez me impidió responder con palabras de admiración a su sonrisa. Nunca he olvidado aquel instante en el que no me atreví a decirle nada y me limité a que mi semblante de sorpresa feliz hablase por mí.

En su Visión de Nueva York se cuela la ciudad, la política del momento («en este país tan grande», se pregunta junto a los rostros recortados de Carter y Reagan: «¿no hay nadie mejor para las presidenciales?»); las entradas a conciertos; las imágenes encontradas en periódicos y revistas; la importancia de las ventanas que funden interior y exterior; los billetes del transporte público y el resto de papelitos que arrastra la corriente del día a día. En sus notas, reflexiona sobre otras escritoras, sobre mujeres con las que se encuentra en la Universidad o en actos culturales y recuerda a Virginia Woolf, de quién, en su casa de El Boalo, tradujo Al faro.

Seguramente, hoy Nueva York es muy distinto del que conoció Carmen Martín Gaite. Pero también, seguramente, existen otros espacios donde, como ella dice, podemos seguir viviendo y escribiendo mientras las mujeres mantenemos «el afán por abarcar lo concreto y lo abstracto al mismo tiempo».

Personalmente, no me llama la atención hacer collages. Sin embargo, en la fotografía, encuentro otra forma de mirar, y también de captar y retener la escena que merece ser recordada y aquella para la que me cuesta encontrar la palabra.

La exposición, que hubiera fotografiado entera, mostraba algunas páginas que quedaron a medias o en blanco en aquel cuaderno de tapas marrones y líneas finas. Me he permitido interpretarlas como una invitación para darle sentido a un año y a un cuaderno muy especiales que van ganando peso entre mis proyectos. Cuando, en septiembre, visité esta exposición eran casi un secreto, pero actualmente mi anhelada excedencia se acerca.

Siento algo de vértigo ante ese tiempo nuevo y diáfano que deseo dedicar a leer y escribir, y también tengo claro que, si me falta la inspiración, romperé la hucha y buscaré el libro Visión de Nueva York, y volveré a mirarme en los retratos y las líneas manuscritas de Carmen Martín Gaite, en esa mirada no exenta de tristeza que me transmite tanta confianza.

Fernanda García Lao y Mónica Ojeda en ‘Estación Saturno’


El viernes 17 de octubre tuvo lugar en Madrid el encuentro de dos escritoras portentosas, Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) y Mónica Ojeda (Ecuador, 1988), cuyas obras me tienen alucinada e impresionada a partes iguales. La posibilidad de escuchar la conversación de ambas constituía el mejor antídoto contra el cansancio acumulado a lo largo de una semana subterránea.

Su encuentro, en la librería Enclave de Libros, era la primera presentación pública de Estación Saturno (Candaya, 2025), la última novela de García Lao, y una nueva muestra de «esa literatura arrebatada desde el lado oscuro de las cosas», que caracteriza su escritura, según su editora, Olga Candaya.

Olga Candaya, Mónica Ojeda y Fernanda García Lao (de izquierda a derecha).

Obviamente, aún no me ha dado tiempo a leer Estación Saturno, pero estoy segura de que, a medida de que avance por sus páginas, tendré que reconocer que Olga Candaya no se equivocó al presentarlo como «un libro conmovedor y emocionante, que da argumentos para la indignación y también para la risa, gracias a ese humor dolorido tan presente en García Lao». Igual que tampoco erraba al anticipar la charla de las dos escritoras como «una sobredosis de inteligencia». Así lo demostraron al preguntar y contestar, al perderse en los recovecos de un libro recién salido de imprenta del que había que hablar sin desvelar las sorpresas que, a buen seguro, deparará a sus lectores.

Las dos autoras, de generaciones y tradiciones distintas, se mostraron más que cómplices desde el primer momento, haciendo evidentes su admiración recíproca y las lecturas comunes, entre ellas, «las de aquellas grandes escritoras que no hicieron boom». Es decir, “Marosa di Giorgio, Clarice Lispector, Elena Garro, Sara Gallardo o Armonía Somers”…, nombres que anoté con prisas, para recordarme volver a entrañables conocidas o descubrir pistas para futuros disfrutes.

Las primeras palabras de Mónica Ojeda en torno a Estación Saturno fueron para reconocer un libro que «me emocionó, asombró y dislocó. Un libro brillante, inteligente, atravesado no por el terror, sino por lo inquietante». Así mismo, subrayó la escritura tan particular de García Lao: «siempre buscando nuevas formas de contar a través de una estructura particular e interesante».

Está claro que el libro ofrecerá muchas lecturas, pero, entre ellas, su autora quiso subrayar que Estacion saturno es también la historia de un duelo. Un duelo que funciona como generador, disparador de diversas historias. “El mundo se disloca cuando perdemos algo y esa dislocación genera otra lengua”. En efecto, el duelo está contado en la cubierta del libro, en la sinopsis de la novela: Dos hermanos (un hombre y una mujer) viajan en auto tras enterrar a quien fue el mayor de los tres. Un gato, lo único que les queda del hermano muerto, se les escapa en una estación de servicio. Siguiendo su huella, llegan a un hotel de nombre chino y arquitectura imposible, donde las dimensiones temporales se subvierten y donde los avistamientos de ovnis, la esclavitud sexual, la corrupción y la mentira conviven en un mismo plano: una suerte de maqueta aterradora de lo extraño y del mundo, en la que la normalidad no tiene cabida.

¿Cuál fue el origen de la novela?, preguntó Ojeda. Las novelas tienen varios ingresos, improntas, influencias, reconoció García Lao: “Luego se cuenta el relato del relato”. Y entre esos motores, citó el impacto de una película de Bergman, “El silencio”. Imágenes que dieron pie a “querer hacer un guion roto, traducir el cine a la literatura». Es decir, en lugar de escribir una novela que se pudiera convertir en película, “hacer una película escribible”. Después, siguió explicando su búsqueda para situar la ficción: “en el mapa de Buenos Aires, surgió un lugar abandonado y llamado Estación Saturno que, tras una investigación se convirtió en el escenario inspirador de la novela”.

Cualquiera que se haya aventurado al territorio ficcional de García Lao con anterioridad puede entender ese punto de partida extraño y singular que va a conducir a una historia única. Personalmente, creo reconocer la génesis y algunos pasos de su novela anterior Sulfuro, con esa ruptura de la realidad que tanto interesa a la escritora mendocina y tanto sorprende a sus lectores.

La conversación con Mónica Ojeda se convirtió en una verdadera fiesta sobre la cocina de la escritura de García Lao porque mientras Ojeda nos hacía partícipes de su propio entusiasmo, García Lao era muy generosa al explicar su forma de trabajar, con sus azares (el i ching, por ejemplo), y los descartes (“el yo me aburre”). El diálogo entre ambas nos permitió un anticipo tentador de los personajes de la novela; una reflexión sobre el tiempo, el espacio y las voces narradoras; el rastro inconsciente de la propia biografía y el desdoble de la literatura… El duelo, el erotismo, la represión, la libertad, lo político que transciende lo político… La escritura que anticipa monstruos…

Cuando el tiempo de su charla tocó a su fin nos dio pena, porque el silencio de la sala era tan sobrecogedor como el impronunciable Hotel Tiānqì, donde se desarrolla parte de la acción; y aún queríamos conocer algo más de las inquietantes hermanas Chi o del Capitán Minor, esa caricatura feroz que, con la intuición de la literatura, se anticipa a algunos de los líderes políticos de nuestro tiempo.

Estación Saturno no remite a ningún planeta interestelar, pero la conversación entre dos autoras que aman y afrontan la literatura con pasión, inteligencia y talento, nos permitió alcanzar otra dimensión. Fue una lástima regresar de forma abrupta al planeta Tierra, aunque en el aterrizaje nos vimos bien rodeados de libros y sonreímos conscientes de haber compartido una tarde única. Junto a los libros firmados nos llevábamos la memoria de su vibración y las palabras entusiastas de las dos escritoras, su simpatía y complicidad.

Me acerqué a Mónica Ojeda con su libro Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (Random House, 2024), una novela impresionante que leí el pasado verano y que, en algunas páginas, tuve que señalar con barras verticales en los márgenes, para evitar subrayar todas las líneas. Me encantó su lenguaje poético, la descripción de los personajes y del paisaje, tan potentes y conectados entre sí; esa narración tan fiera de la vida y de la muerte; la estructura levantada sobre la mirada de los personajes y el diario de un padre presente y ausente, hijo también de sus propias fracturas… ¡Un libro maravilloso que recomiendo! Compré Las voladoras (Páginas de Espuma, 2020) que ya va por su vigésima edición, porque me encanta el género del relato, y su lectura es más viable cuando no hay vacaciones… Y anoté sus novelas Mandíbula y Nefando (ambas en Candaya).

En cuanto a Fernanda García Lao, me hice con Estación Saturno, que esperará en la torre de lecturas pendientes; un libro que, al llegar a casa, se ha encontrado con varios de la misma autora… De relatos: Cómo usar un cuchillo y Teoría del tacto (Candaya, 2023), que fue finalista del Premio Tigre Juan y del Premio Setenil; los dos libros de poesía editados por Kriller71, Autobiografía con objetos (2022) y (No) me acuerdo (2025), y la ya mencionada novela Sulfuro (Candaya, 2023)… Llegué a Fernarda García Lao gracias a las redes, y nos conocimos en persona en un taller de fin de semana que impartió hace varios años, al que han seguido otros encuentros, con sus libros siempre, como coartada. Desde entonces, mi admiración por su escritura tan ágil y certera; y el alcance de su imaginación, forma y fondo, no dejan de crecer.

¡No os las perdáis!

Un año de ‘Astillas’, un año de vida

En 2024, tras varias tormentas, que afectaron descargas y aperturas de la Feria del Libro de Madrid, ‘Astillas’ llegó a la la caseta de Bartleby Editores el 11 de junio, y yo fui a firmarlo y a tocarlo por primera vez, feliz por tantísimo, el viernes 14. Diez días después, comenzaba su distribución en librerías.

Hace algunas fechas, al volver a la útima edición de la Feria del Libro de Madrid, de alguna forma, regresaba para celebrar este feliz aniversario. Para mi sorpresa, hubo más ventas de las esperadas y amigos que volvieron a la caseta de Bartleby y se llevaron Astillas o De paso por los días o ambos. Yo firmaba menos cansada que hace un año y menos nerviosa también. La palabra y el pulso de las dedicatorias fluían templadas, gracias a una etapa larga de aprendizajes sobre mí misma que me va reconciliando con quien soy y he sido.

A pesar de los años en los que las exigencias laborales y las peripecias vitales me despistaron de su condición de eje vital, la escritura siempre fue raíz. Jamás me olvidé de aquella niña que se puso a escribir un poema en un pupitre y, desde entonces, sintió la escritura como necesidad y llamada, como tarea y meta. En los primeros años de formación, faltaron referentes y lecturas: apenas mujeres en los libros de texto, apenas mujeres que pudieran dedicarse a la escritura. Quizás, por eso, el periodismo fue el camino. Pero llegué a una profesión que nada tenía que ver con lo que yo había imaginado tras las crónicas de Maruja Torres y Carmen Sarmiento o las entrevistas de Rosa Montero; y seguramente, tampoco tuve su determinación ni su arrojo. En la facultad de Ciencias de la Información (UCM) éramos legión y el mundo laboral nos condenaba a una precariedad de la que ningún medio hablaba, porque ellos mismos eran beneficiarios.

El periodismo soñado se diluyó; se convirtió en comunicación para la acción social, un espacio donde había tanto que hacer y aprender que la creación literaria apenas encontró su tiempo. El afuera tampoco ayudaba. Cumplí treinta, treinta y cinco, y desapareció la posibilidad de optar a los premios cuyos nombres había aprendido estudiando literatura contemporánea (Adonais), o incorporando nuevos títulos a mi pequeña biblioteca de entonces (Hiperión, Loewe…). Pensé que la niña y la joven que había escrito con soltura en los años previos no tenía cabida en el mundo adulto, que no valía. Supongo que también asumí «que la vida iba en serio». Y seguí escribiendo para mí y para el cajón, una dedicación permanente desde un rincón solitario.

Lo he pensado mucho últimamente… Si no llega a ser por un primer batacazo de tristeza, yo no hubiera llegado a los talleres literarios de La Casa Encendida, donde todo comenzó de nuevo, gracias a poetas consagrados que escucharon y animaron mis versos, un tanto oxidados después de tanto vacío. Si no llega a ser por aquel grupo que se hizo libro colectivo, La república de la imaginación (2009), y quienes nos encontramos por azar en aquel taller de Juan Carlos Mestre, tal vez, tampoco hubiera publicado nunca. Pero recibir galeradas y tocar aquel libro lo cambió todo. Cuando en la tarde de su presentación las lágrimas estuvieron a punto de impedirme hablar en público con casi cuarenta años, aquel instante cobraba el sentido de una vida, aunque no he sido consciente hasta muchos años después.

De paso por los días’ no hubiera visto la luz sin Manuela Temporelli, Guadalupe Grande, Serafín Picado, Manolo Rico ni Pepo Paz. Su aparición me obligó a leer versos en solitario y me permitió, por primera vez, sentarme al otro lado del mostrador de la Feria del Libro de Madrid, en ese parque del Retiro donde había empezado a soñar cuando me acercaba temblando a autores y autoras a quienes decía mi nombre en un susurro, sin atreverme a contarles que yo también escribía ni a preguntarles qué tenía que ocurrir para convertirme en autora. Sin embargo, ‘De paso por los días’ fue un libro silencioso y transparente. Supongo que mi pudor de primeriza lo frenó. En lo más íntimo, yo sabía que un primer libro no era nada más que eso, un peldaño deshabitado.

Por supuesto, seguía escribiendo, corrigiendo y enviando poemarios a algunos concursos. Seguramente, buscaba en la decisión de otros la confianza que aún me faltaba. Por eso, necesitaba publicar un segundo libro porque, aunque dos peldaños no hacen escalera, mi sensación de espejismo se sumaba a otros dolores y me asfixiaba.

La aparición de ‘Astillas’, imposible sin el aliento de Alberto Cubero y Gsús Bonilla, sin Manolo Rico y Pepo Paz, al frente de Bartleby Editores, dio inicio a un tiempo nuevo. El libro ha recorrido un periplo de actos públicos y lectores generosos a los que me gustaría recordar. Porque ‘Astillas’ fue la escritura del tiempo oscuro de la depresión, y su entrada en imprenta coincidió con la esperanza de sanar.

Íntimamente, algo me decía que ‘Astillas’ había sido la escritura del daño y se convertía en el principio de un tiempo nuevo, un renacer desde la ceniza. La poesía y la intuición suelen ir de la mano y esa alianza volvió a funcionar. Mientras estaba de vacaciones, comencé a leer y recibir los primeros mensajes de lectores de ‘Astillas’. Y ya no se trataba de familiares o amistades muy cercanas cuya lectura está empapada por un afecto de muchos años, sino de lectores espontáneos que, al acercarse al libro, se habían abrazado a su dolor para aliviar el mío y, ahora, lo contaban en sus redes sociales, entrevistas o blogs: Pilar, Jorge, Camino, Esther, Patricia, Tonia, Vicente, Eva, Carmen, Noni, Viktor, Ángela, Tonia, Berta, Pedro, Arturo, Fco. Javier, Emma, Salva, Antonio, Laura, Manuela, Ángel, Sonia, Julio, Pablo, Javier, Lidia, Sole, Amalia, Teresa, Iris, Cristina… o la alegría de algunos de poemas traducidos al italiano gracias a Marcela Filippi. A lo largo de doce meses, las presentaciones y las redes sociales han sido el espacio para recibir sus palabras y fotografías, y para devolver mi gratitud desbordada y sorprendida, profundamente sincera.

Como decía al principio, volver a la Feria del Libro de este año ha supuesto cerrar el círculo. Reencontrar lectores o encontrar rostros inesperados, incluso felizmente desconocidos. Soy muy consciente de lo que significa ‘Astillas’ en un sistema editorial como el español, donde se publican 90.000 títulos anuales, diez libros por hora; de lo que significa firmar en una Feria que ha contado con 7.200 sesiones de firma. Me temo que ahora, en la escritura literaria, también somos legión. Pero este texto no pretende encontrar mi lugar en ese mundo, sino reconocer que respiro donde alguna vez soñé. Y volver a dar las gracias, a quienes animaron y leyeron; a la palabra escrita y a la vida, que han cobrado impulso.

Rosana Acquaroni: poesía y verdad

Desde mi último texto, se han sucedido acontecimientos y sucesos sobre los que hubiera querido escribir. Sin embargo, una vez más, no hubo tiempo a tiempo y perdieron la oportunidad. A nuestra velocidad habitual, parecen noticias de hace siglos.

Se nos murió y enterramos a un Papa que pidió la paz sin lograrla. Se nos apagó una península entera y recorrimos kilómetros para alcanzar nuestra casa, ese refugio tan necesario y tan poco accesible para muchos. Celebramos la lluvia, el sol y la llegada de una primavera explosiva en cada recodo. Nos despedimos de José Mujica y añoramos, al recordarlo, más voces y más testimonios como los suyos. Nos manifestamos contra la matanza genocida del pueblo palestino y seguimos, día a día, actualizando cifras de niños y adultos asesinados, familias enteras en sudarios; mientras los vivos se enfrentan al hambre entre los escombros, y la ayuda humanitaria espera en los pasos fronterizos paralizados por la barbarie política.

Frente a la urgencia de lo que es noticia y las masacres que se convierten en “normales”, las horas laborales han alternado con momentos renovadores en los que el arte ha procurado luz y sentido. Música (El cuento del zar Saltán, en el Teatro Real), artes plásticas (Otros surrealismos, en la Fundación Mapfre), y encuentros literarios (sobre Edgar Alan Poe; o escuchando a Mario Montalbetti o Fernanda García Lao), han propiciado momentos gratificantes. Y mientras algunas notas quedan para otro escrito, comparto, en estas líneas, mis impresiones de una nueva sesión del VIII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, coordinado por Alberto Cubero, en el marco del espacio ‘Diálogos con el Arte’ que organiza el Foro Psicoanalítico de Madrid. El encuentro tuvo lugar el pasado 9 de mayo de 2025 y ofreció un diálogo entre la poeta Rosana Acquaroni y el psicoanalista Gabriel Hernández.

Una vez más, la conversación que vincula poesía y psicoanálisis sirvió para abordar la verdad de quien escribe, una verdad en mayúsculas. En las generosas palabras de Rosana Acquaroni, sincera y sin tapujos, encontré revelaciones que dan pie a conocer y (re)conocerme, como me ha ocurrido en otras sesiones. Y, por supuesto, para seguir aprendiendo. Anoté frases de Rosana con las que coincido: “la poesía como lugar de revelación y enigma”. Y a partir de esa premisa, entendí la importancia de citar al gran poeta chileno, Raúl Zurita: “Estoy completamente de acuerdo con Zurita cuando dice que uno tiene que escribir su verdad sin autocomplacencia”. Después de esas palabras preliminares, Rosana Acquaroni comenzó a leer poemas de La casa grande (Bartleby, 2018); libro que ha sido merecedor del Premio del Gremio de Libreros de Madrid (2019) y base de un podcast con mención especial en los Premios Ondas.. y que, sin duda, para su autora ha debido de brindar otro premio más íntimo y esencial: “La casa grande cambia mi manera de escribir, incorporando lo biográfico, creando cierto diálogo con el lector desde una experiencia que es a la vez personal y universal, y permite esa conexión”.

Explicó Rosana Acquaroni que La casa grande desvela un secreto familiar; y que “esa carga que se había densificado durante años surgió con sus tres primeros versos, revelando desde la poesía la historia de mi madre y la mía”. Si bien es un libro que habla de la locura, la soledad, la infancia y el amor; como dijo el psicoanalista Gabriel Hernández, es una “escritura hospitalaria que invita a leer”.

La lectura continuó hilvanada por muy diversas reflexiones, entre ellas, la preocupación por el lenguaje y la dimensión ética de lo que se dice y escribe. Apuntaron los amigos psicoanalistas que Lacan hablaba de la ética como el «bien decir». Seguramente, hay una cierta articulación de ética y estética, y también “un compromiso con lo que hay que decir”, como sostuvo Acquaroni. Así mismo, se recordó que poesía y filosofía fueron de la mano al principio, y sus preocupaciones explican esa conexión. Originalmente, «poiesis» significaba «hacer», en un sentido técnico, y se refería a la actividad creativa de todo trabajo artesanal, incluido el que realizaba un artista. Mientras la filosofía (del griego, ‘amor a la sabiduría’), apunta a una reflexión sobre lo humano y el universo.

Siglos después, en cada obra de arte, y un buen poema lo es, seguimos enredados en la pregunta y la multiplicidad de sus respuestas, de la mano de un lenguaje que, como decía Rosana, ha de ser exigente y, en la medida de lo posible, certero.

Como en otros Diálogos de este ciclo (me vine al recuerdo inevitablemente el que protagonizó Rosa Lentini), se volvió a hablar de la clarividencia que, en ocasiones, genera la poesía, capaz de hacernos ver lo que estaba oculto, retomando la cuestión de la verdad y la revelación enunciadas al principio de la charla. Sostenemos una larga cadena de significantes cargados de significados, y eso acaba atravesándonos.

En esa palabra poética inconsciente, encontré cierta afinidad con la conexión azarosa que puede generarse en una sesión psicoanalítica, cuando una expresión se carga de significado y, de forma inesperada, puede ayudar a descifrar parte del daño y también propiciar el proceso de sanación.

Después, nos adentramos en la lectura y la escucha de 18 ciervas (Bartleby, 2023), que Rosana Acquaroni definió como un Ars amandi, una polifonía de voces sobre el amor, desde el enamoramiento al desamor, pasando por la pasión y el encuentro. De nuevo, la palabra verdad se alzaba entre versos magníficos, donde el lenguaje y la estructura del libro habían sido inicialmente concebidos desde el hallazgo, para ser después búsqueda y trabajo, siguiendo el rastro y la impronta de las pinturas de la Cueva de Covalanas (Cantabria); y la imagen, tan mítica como real, de una cierva, ya sea dibujada, viva o herida por una escopeta de caza.

Las preguntas y respuestas volvieron a indagar en la relación y la distancia entre lo que se vive y se escribe. “Mi escritura no tiene nada que ver con la auto-ficción”, volvió a explicar Acquaroni: “Lo escrito tiene sentido si afecta al lector, si le toca, si le conmueve. Es transcender sobre lo vivido y que puedas decirlo de una manera que deje un lugar para otro. Un lugar donde pueda entrar y cobijarse. Ese es el gran milagro de la poesía”.

Concluyó Rosana Acquaroni que “la poesía es más grande que los poetas” y no puedo estar más de acuerdo. La palabra poética es más sabia que nosotras, nos precede y se nutre de numerosas fuentes de diversa índole, consciente e inconsciente, racional y lingüistica, azarosa y revelada. Entre ellas, también coincidimos en el descubrimiento de las poetas norteamericanas que, en un determinado momento, nos mostraron que se puede narrar desde la poesía.

Entre mis notas, quedan nuevas intuiciones para comprender mis propios procesos de escritura. También hay versos subrayados que resonarán en cada nueva lectura de los dos libros citados. A partir de ahora seré aún más consciente de que: “de la obediencia no se sale indemne” (La casa grande), y “el sacrificio no sacia la demanda” (18 ciervas).

En la medida de lo posible, hemos venido a este mundo a desarrollarnos como seres libres, y la escritura es una de las formas en las que, a día de hoy, es posible ejercer esa libertad. Nuestra biografía da cuenta de episodios y huellas que nos han marcado hasta llegar a esta reciente tarde de primavera en la que, escuchando las diversas intervenciones, se me vino a la cabeza que, quizás, el psicoanálisis no sirva para saber quién eres, pero te ayuda a decir quien no quieres ser.

Por eso, mientras la humanidad fracasa y la banca gana; mientras algunos se embolsan millones jugando con armas, tramas sucias y la muerte ajena, con los dividendos de la luz y los techos que no alcanzan a todos… Yo sigo leyendo y escribiendo, hilvanando palabras nuevas y aprendiendo gracias a la generosidad ajena, por si acaso en la palabra hubiera, de milagro, alguna posibilidad de entender y entendernos.

Palabras de paz y de guerra


Quizás un hombre llama a otro, al filo de nuestra media noche, y le avisa: «voy a matar». El otro no le detiene. Así pues, con su silencio cómplice o su permiso asesino, también mata. Cuando nos levantamos al día siguiente, nos despierta la brutalidad de una nueva masacre.

Desde los primeros análisis de urgencia y las cifras iniciales de seres humanos asesinados y heridos, las horas se van cargando de desesperanza… Trescientas, cuatrocientas, más de cuatrocientas personas: en su mayoría, mujeres, ancianos, niños y niñas, puesto que apenas quedaban hombres entre las ruinas previas. Las fotografías muestran sudarios de todos los tamaños, telas blancas que cubren lo que será un llanto incesante; el ajuar de las casas deshechas, colchas y mantas, son también mortajas improvisadas.

A quienes desde hace años repetimos las palabras de aquel libro y seguimos pidiendo la paz y la palabra, se nos queda un frío inconsolable en el cuerpo. Sabíamos que la tregua era frágil; que los párrafos del derecho humanitario se han convertido en quimera y lodo; y que la expresión ‘campo de refugiados’ esconde vergonzosos cementerios que nos condenan a todos por asistir a un genocidio en directo, con las manos detenidas por el espanto.

Las noticias del mediodía ofrecen el testimonio de quienes trabajan del lado de las víctimas. Hace semanas que, en medio de esto que desde lejos llamábamos tregua, habían cerrado el paso a los víveres, el agua potable y los medicamentos. Anoche los hospitales se vieron desbordados por decenas de personas que, en cuestión de minutos, llegaban para implorar un auxilio imposible: cómo curar cuerpos mutilados y quemados para siempre, órganos paralizados y una certeza de terror e indefensión que se encarnará en la tierra. Las cenizas permanecerán para siempre sobre una pequeña franja.

Alguien avisó que iba a matar y otro alguien le celebró la ocurrencia. Vuelvo a preguntarme por el significado y el valor de la palabra. Se dijo y se escribió: “acuerdo de paz”. Se dijo y se escribió “respeto al alto el fuego”. Pero los adjetivos han tenido razón, la frágil tregua, ¿recuerdas? Tan frágil como el cuerpo de un bebé, como el proceso de lactancia, como los primeros pasos de quien confía alcanzar la edad adulta mientras las bombas y las acciones de los malvados condenan su presente y su futuro.

A pesar de mi honda tristeza y mi falta de fe en la palabra, a la tarde decido salir. El temporal es tan serio que le han puesto nombre, pero en Madrid sólo se traduce en lluvia y frío. Aquí, no caen bombas ni metralla ni gases tóxicos ni sustancias químicas prohibidas. Busco en mi armario la kufiya que compré hace algunos meses y entiendo que ningún símbolo puede con tanta infamia. Me planteo que es posible que mi pañuelo haya sido tejido por manos yacentes que no volverán a coser estos hilos en cuyos dibujos imagino el vuelo de los pájaros, una libertad plena e inalcanzable. En señal de luto y respeto, vuelvo a guardarlo en su funda.

Atravieso la oscuridad del subsuelo del metro y llego a la librería Rafael Alberti, a la presentación del libro titulado ‘Tampoco yo soy un robot’ (Vaso Roto, 2024), de Amalia Iglesias Serna. En la calle arrecia la lluvia, pero la poesía vuelve a ser refugio. Esta tarde las palabras de la autora, acompañada por Isel Rivero y Fernando Castro Flórez servirán para reivindicar la belleza frente a la desolación y los valores humanos frente a la barbarie incivilizada que golpea el mundo donde vivimos.

En primer lugar, Isel Rivero repasa otros libros de Amalia Iglesias, las afinidades del camino previo: “el descubrimiento del lenguaje de las piedras, las cuevas del subsconsciente y la conciencia que emerge desde las tinieblas. Los ojos de piedra nos siguen mirando”. Y ahora, en el nuevo texto, la poeta observa el universo y se rebela contra una tecnología que nos anula. Dice Isel Rivero que “este libro ha de guardarse bajo la almohada y ser consultado como oráculo de bolsillo, porque además de abordar la tristeza como víspera de la esperanza, también es un libro de batalla y resistencia”.

Por su parte, Fernando Castro Flórez, ofrece su lectura erudita y apasionada del nuevo libro de Amalia Iglesias. En su voz resucitan libros leídos o pendientes, una nueva biblioteca donde guarecerse: poesía, filosofía y los sueños de nuestra especie; también se citan obras pictóricas y composiciones musicales; la reflexión y la defensa de los derechos humanos… Asistimos a una magistral charla de humanidades que reivindica la belleza del paisaje y la fuerza del horizonte, la necesidad de una esperanza y del regreso de las luciérnagas. Deseo que ese texto sea compartido para otros días oscuros que, sin duda, vendrán. Afortunadamente, el lado bueno de la tecnología lo permite en este video.

Gracias a las palabras de Isel Rivero y Fernando Castro Flórez y a los poemas de Amalia Iglesias encuentro la fuerza que me faltó cuando salí de casa. Sé que debo aferrarme a cuanto se ha dicho esta tarde porque coincido con ellos en que “la lengua siempre es un lugar de consuelo”. Me amparo en la sensibilidad de estos minutos como si fueran el salvoconducto que necesitara la humanidad… Volver a ser humanos, en su magnifica acepción racional y emocional; allá donde pervive la compasión y nadie tendría ni el plan ni el permiso para matar. Inevitablemente, me viene a la cabeza el recuerdo de los poemas de Rafeef Ziadah quien, en un inolvidable recital en Madrid, nos transmitió la petición de su pueblo: “no nos olvidéis, contad lo que ocurre”.

Me quedaría a vivir en el lugar de una lengua que abraza y anhela una verdadera justicia contra los malvados ególatras que condenan tantos amaneceres. El acto acaba y en la calle chispea. Regreso a casa con un calor pequeño que es pulverizado por las imágenes de las noticias en la televisión. Me duelen otra vez los cuerpos envueltos, la huida hacia la nada, la mirada de un niño cuya mano infantil repasa los escombros…

Abro el libro de Amalia Iglesias, miro el haz de luz de una farola reflejado en mi ventana. Quiero pensar que esta noche no caerán nuevas bombas. Tengo ganas de rezar y de llorar. Leo. El libro incluye una letanía y un réquiem, pregunta para qué y por qué. Quizás el poema sea una forma de oración.

Vivencias que serán recuerdo y energía

No todas las semanas la actividad profesional se transforma en una sonrisa espléndida; ni la poesía y el arte se suman al abrazo en compañía. Pero este enero tuvo una semana tan atípica en todo, tan agotadora y nutritiva a la vez, que ha merecido la pena escribirlo.

No todas las semanas se conoce a un Premio Nobel de la Paz…

Y yo he tenido la suerte de recibir a Shigemitsu Tanaka, en el Colegio Lourdes FUHEM, y de ser la fotógrafa ocasional de los primeros minutos; cuando en mitad del asombro, alguien le pidió que posase con la medalla que recibió en Oslo, representando a su organización, Nihon Hidankyo, el pasado diciembre.

Las horas previas fueron intensas, coordinando su encuentro con algunos medios de comunicación; y si bien es cierto que este trabajo suele ser ingrato, di por bien invertido el esfuerzo, que resulta mínimo ante el suyo, incansable a pesar de la edad, el jet-lag y las secuelas. Mi pequeña aportación ha sido contribuir a que su mensaje alcanzase a la opinión pública: “las armas nucleares pueden suponer el fin de la humanidad”, nos ha repetido. El riesgo nuclear ha impulsado a Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), y a la Alianza por el Desarme Nuclear a organizar este viaje institucional, para lograr que España firme el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN).

Tampoco todas las semanas me siento en un salón de actos escolar rebosante de alumnos y alumnas que, con su silencio y respeto, con su emoción contenida, reconocen que están siendo testigos de un día histórico en el que supervivientes y descendientes de Hiroshima y Nagasaki, los hibakusha, junto a los integrantes de diversas organizaciones contra las armas nucleares les transmiten su legado. Me impresionaron las voces cálidas y a la vez imponentes de Shigemitsu Tanaka, que tenía cuatro años cuando la bomba atómica arrasó su Nagasaki natal; y la de Carlos Umaña, copresidente de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW), y miembro de la Junta Directiva de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), organizaciones que han recibido el Nobel de la Paz en 1985 y 2017, respectivamente.

En sus discursos, pasado, presente y futuro se asomaban al peor de los espejos. Citaron Gaza y Palestina mientras la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado permitía cierta esperanza, aunque no podemos olvidar las más de 45.700 personas asesinadas y 108.800 heridas en la Franja, desde el inicio de la guerra. También mencionaron los nombres de Ucrania y Rusia, de Corea y China, y entonces, fuimos aún más conscientes de la amenaza nuclear que unos y otros dirigentes usan, comportándose como trileros mortíferos y bravucones, sin tener en cuenta que bastaron unos segundos para aniquilar a unas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki y dejar heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que a día de hoy siguen causando un gran sufrimiento.

Ni todas las semanas se asiste al abrazo de la nostalgia

Por supuesto, no todas las semanas presento y dinamizo un acto que reúne a la comunidad escolar de un Colegio como Begoña, que cerró sus puertas en junio de 2012. Su reencuentro me brindó la oportunidad de convertirme en testigo del amor que pervive entre quienes fueron estudiantes y docentes hace cuarenta, treinta o quince años…

Les escuché y me emocioné con ellos, porque en su relato de nostalgia y afectos reconocí algunas de las experiencias que marcaron mi etapa escolar en otro colegio de Madrid, pero en el mismo contexto socio-económico y político… Aquella España que se empezaba a reconstruir sobre bases democráticas y en las que muchas familias pensaban que sus hijos y, por primera vez, sus hijas, si estudiaban y se esforzaban lo suficiente, iban a tener las oportunidades y las vidas que les habían sido negadas a las generaciones anteriores.

Escuchamos allí que un colegio y un profe, aunque se le recuerde con un mote, pueden cambiar una vida, la vida que después puede transformar el mundo. Recordamos también la influencia de las primeras amistades y las experiencias vitales de la adolescencia y la juventud, cuando todo estaba por llegar y el futuro parecía un lugar mucho más luminoso que el que vislumbramos ahora.

Y cerrar la semana, con la poesía y al arte

No todas las semanas acudo a un acto literario en el que se presenta una editorial que acaba de echar el cierre tras veintisiete años de trabajo y unos cien títulos de un catálogo. Pero ese es el caso de Igitur, la editorial que protagonizó en la librería Enclave de Libros una nueva sesión del ciclo “¿Qué hay de la poesía hoy?”, que volvió a ser lumbre, belleza y afectos, como recordó Esther Peñas en su intervención inicial. Después, Ricardo Cano Gaviria y Rosa Lentini, editores de Igitur (y antes, de la revista Hora de Poesía), recordaron los títulos publicados, el camino de ilusiones y tropiezos junto a traductores y autores. Entre los últimos, les acompañaban Noni Benegas, Manuel Rico y Esther Ramón, que evocaron las páginas de los libros que cada uno había publicado en aquel sello remoto y audaz que, desde un Montblanc recóndito e independentista, traía aires renovados a una poesía monopolizada entonces por pocas editoriales y uniformada por estéticas que apenas dejaban margen.

De Igitur fueron las primeras traducciones al castellano de poetas que no estaban disponibles en España: Sharon Olds, Wisława Szymborska, Ungaretti, Mandelshtam, Montale, Mallarmé… y muchas mujeres poetas inéditas entonces: E. Bishop, J. Barnes, Lidia Pastan, Amelia Rosselli, Joyce Mansur, Rosa Leverolli…

Escuchándolos, y seguramente porque sus palabras coincidían con vivencias en las que la nostalgia no había dejado de interpelarme, me pregunté por mis lecturas de muchos años atrás, por mis errores y lagunas. Menos mal que Rosa Lentini insistió en que “no hay tiempo ni espacio físico ni psíquico para tanto como queremos leer”, y me perdoné un poco. Con esa indulgencia, volví a saltarme la prohibición autoimpuesta de no comprar más libros, y me dí un capricho que, en el fondo, tenía mucho de gratitud hacia sus esfuerzos de tantos años.

Por último, no todas las semanas acudo a la clausura de una exposición de mi amigo Leandro Alonso García; pero, desde que inauguró «De lo que queda», en Vamm Coffee House de Villalba, estaba pendiente el reencuentro, el abrazo y la confidencia en torno a ese misterio que es el arte.

La muestra recopilaba obra diversa a partir de la plasticidad y la potencial belleza del residuo y la imperfección que nos rodean; y cómo a través del video, la escultura, los collages, la fotografía o el fotomontaje, se despiertan nuestra mirada y nuestra capacidad de observación. Se proyectaron trabajos conjuntos de Leandro Alonso y Alberto Cubero, y al volver a ver y escuchar libros y proyectos que tienen ya más de diez años, como La textura metálica del dolor, retomamos la conversación sobre la relación entre las distintas manifestaciones artísticas y el hallazgo azaroso que, gracias al arte, nos conmociona.

Hasta aquí alcanza el relato de esa semana excepcional de un enero doloroso en muchos de sus días. Frente a los párrafos previos, lo habitual es que la cita “los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía”, crezca en mi cabeza hasta cobrar la dimensión de una valla publicitaria imaginaria, pero muy arraigada, al levantar o bajar la persiana de cada jornada. Y que, desde esa visión de pesadilla, me paralice un cansancio triste que me impide participar en espacios que disfruto. Por eso, me alegra tanto que esta semana haya sido distinta.

Las horas fueron propicias y, ojalá hubieran sido aún más anchas y largas, para poder sumarme al «Vermut poético», convocado por Genialogías, dedicado a Poesía y Ruptura, con Marga Mayordomo, Amparo Arróspide y Roxana Popelka; y al encuentro en torno a mi querido Francisco Moreno Galván, organizado por el Círculo Flamenco de Madrid. Evidentemente, ni el don de la ubicuidad ni las fuerzas dieron para tanto.

Si esos días, en el marco de los actos escolares citados, se recurrió a Rilke, “la patria es la infancia”; de pronto, entendí que de la niñez se sale cuando, de forma progresiva, la vida nos obliga a elegir entre opciones que, con los años, son cada vez más serias. El domingo, entre envases vacíos de vitaminas y analgésicos, elegí descansar porque mi cuerpo avisaba. Me tome una pequeña pausa mientras acariciaba algunas fotos y, como dicen los flamencos, me repetía aquello de “¡Que nos quiten lo bailao!”. Finalmente, el lunes… cualquier intento de baile cayó por tierra, con un trancazo monumental, y varios golpes que han resonado como un demoledor zapateado en mi cabeza. No obstante, no quiero olvidar lo bueno. Y en cuanto me recupere, confío en que esos recuerdos me permitan volver a bailar.

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