Al llegar a Pastrana nos recibe el sabor de la calma. Hemos evitado los días principales de Semana Santa y el pueblo late pausado, a la espera de su día grande y del regreso de quienes emigraron. Los visitantes somos pocos. En los bares de la Plaza de la Hora, algunos parroquianos comentan que anoche se quedaron sin luz durante tres horas, una avería que hoy se está arreglando y se ha convertido en la noticia local.
La oficina de turismo está ofreciendo una vista y se encuentra cerrada, así pues… callejeamos guiados por el instinto a lo largo de una serie de puntos de referencia (Ayuntamiento, Colegiata y oficina de Correos), y paneles que convierten Pastrana en un lugar familiar, un trazado urbano sin pérdida posible. Las calles y plazas lucen limpias y el agua aviva las fuentes que marcaron la historia pequeña de la ciudad (lavaderos y agua potable); la primavera asoma en los árboles florecidos que superan las tapias de algunos patios; los gatos toman el sol y vigilan nuestros pasos mientras el trino de los pájaros llena todo el silencio. El recorrido también muestra fincas en estado de ruina, solares y casas a la venta desde hace tanto que el número de teléfono ha desaparecido, devorado por el sol y el abandono.


En la Colegiata de Ntra. Sra. de la Asunción, encontramos las huellas de Santa Teresa: su imagen, en un retablo donde la rezo; unos paneles explicativos sobre su vida, obra y paso por Pastrana, donde fundó dos conventos; y una reliquia. Santa Teresa es la patrona de las escritoras desde 2016, y de un tiempo a esta parte me detengo ante ella con especial sentido, pensando en la pluma que sostiene entre los dedos, en la obra que escribió y no supe apreciar en los libros de texto de mi formación reglada, donde las mujeres fueron anécdota menor, monjas o locas. Como si fuese una restitución, agradezco cada vez que su imagen me sale al paso en una iglesia y lamento cuando el retablo carece de lampadario, porque no puedo prender las luces que tanto busco, aunque protejo el recuerdo del reencuentro.
El tesoro turístico “oficial” de Pastrana se encuentra, no obstante, bajo tierra. A través de la sacristía, se accede al Museo Parroquial de Tapices, una impresionante colección que constituye el mayor orgullo del pueblo. Aunque no pensaba que me fueran a deslumbrar, lo logran. Si no agaché la cabeza ante mi error, fue para no perderme nada de tantos metros cuadrados de seda y lana, bellamente tejidos. Los magníficos tapices relatan las campañas de Alfonso V de Portugal en Arcila y Tánger (1471). La primera ciudad fue asaltada y sus habitantes ejecutados o vendidos como esclavos, lo que provocó la rendición de la segunda. En tiempos bélicos como los actuales, contemplar esas escenas plantea preguntas sin respuesta. Las armas son muy distintas, pero los ejércitos pertrechados con banderas, pendones y una notable superioridad militar frente a una población civil aterrada no cambian: el mismo llanto ante la muerte y la tragedia de huir dejando todo atrás. Llamaron mi atención una serie de palabras en el friso superior de un tapiz, dedicado a las virtudes militares cuya existencia desconocía: obediencia, conciencia, constancia, disciplina… Ninguna guerra se puede presentar desde la óptica de la virtud, pero cómo conceder ninguna de ellas a los sátrapas que dirigen los ejércitos más letales de nuestro tiempo, olvidando que incluso las guerras y los códigos militares tenían normas y principios morales, hasta que ellos los han arrasado.
Desde el otro lado del altar mayor, también bajo tierra, se encuentra la cripta donde reposan los restos de los sucesivos duques de Pastrana y del Infantado, incluyendo a quienes fueron Príncipes de Éboli, personajes que algunas novelas y series de televisión han convertido en famosos que despiertan una cierta locura fan, muy propia de nuestro tiempo. Perpleja ante el fenómeno, agradecí que internet me pusiera al día de un capítulo histórico que en mis libros se debió titular “Felipe II y Antonio Pérez”, sin rastro de presencia femenina. En mi cabeza, la relación entre hechos históricos y nuestro presente me confirmaba que, a pesar de tanto avance galáctico, seguimos siendo una especie lamentable, dispuesta a traicionar y matar por una bolsa de monedas que solo ha cambiado de tamaño.
La Princesa de Éboli, Ana de Mendoza, volverá a ser central en la visita al Palacio Ducal que impresiona por su tamaño, sus bellos artesonados del siglo XVI y su triste historia, porque su construcción comenzó en el Renacimiento y ha concluido en el siglo XX, cambiando de dueños, usos y circunstancias. Actualmente, el edificio languidece medio dormido, como sede ocasional de la Universidad de Alcalá de Henares y la oficina de turismo local. De vez en cuando, su auditorio se usa para actividades teatrales y musicales, y está abierta una pequeña sala para exposiciones; pero duele pasar ante el rótulo de Biblioteca y descubrir una sala apagada sin un solo libro. Cabe plantearse si no podría ser dotada, al menos, de títulos infantiles y juveniles, de libros para todos los públicos que favorezcan la lectura de los vecinos, ya que tampoco hay una librería en la localidad.


Al día siguiente, guiados por la información de la web Lugares con Historia, nos propusimos visitar la Cueva de los Moros, situada en la carretera de Pastrana a Valdeconcha. Aprisco para ganado, santuario rupestre o lugar eremítico, se dice que San Juan de la Cruz pasó tiempo en ella. A falta de señal alguna, pasamos de largo, llegamos a Valdeconcha y dimos la vuelta, gracias a las indicaciones de un vecino, tan extrañado por el nombre como por nuestro interés. El hallazgo mereció la pena porque el inquietante lugar ofrece una serie de galerías donde resuena nuestra memoria como especie, y las huellas del fuego conviven con petroglifos y feos grafitis recientes. Refugio entre la piedra y la vegetación exterior, lugar de oración y descanso, oscuridad que se abre a la luz de un cielo que marca las horas. Inevitable preguntarse si no está indicado para evitar actos vandálicos o por pura desidia en la divulgación del patrimonio cultural. Personalmente, me temo que es lo segundo dado que, a pesar de las fechas de Semana Santa, algunos de los principales monumentos de la zona permanecían con su horario habitual: Recópolis, el Monasterio de Monsalud y el Convento del Carmen de Pastrana, cerrados de lunes a miércoles.
Afortunadamente, el campo estaba abierto y rebosante de vida en olivares y encinares, el vibrante amarillo de la retama, el olor del romero y el colorido de las flores silvestres que salpicaban un horizonte verde. El Tajo lucía espléndido, rodeando con su abrazo el precioso pueblo de Zorita de los Canes y colmando los pantanos de Buendía y Entrepeñas. Seguimos las indicaciones a Recópolis y descubrimos que, aunque el centro de interpretación y su taquilla estuvieran cerrados, era posible admirar los restos de la que fue una importante villa, primero visigoda y después musulmana. El viento nos fue empujando por la memoria de una ciudad reducida a su estructura, desvelada gracias a la fe sabia de la arqueología que ha permitido redescubrir lugares y palabras.
La última parada de nuestro viaje fue el Monasterio de Monsalud que disfrutamos escudriñando cada rincón, en pleno proceso de consolidación y restauración, gracias a las explicaciones entusiastas de su guía. El claustro, la antigua portería, el refectorio, la sacristía, la iglesia, la sala capitular… desfilaron ante nuestros ojos. Aunque algunos de esos espacios careciesen de cubierta y no quedasen imágenes religiosas, la imaginación y la memoria de otros monasterios suplía ese vacío que, sin embargo, emanaba una belleza serena que solo la piedra desnuda puede expresar y el enclave natural enfatizaba.



La belleza de estos paisajes y lugares pueden ser el asidero para recuperar la calma y una vida menos desquiciada. Por eso, sería recomendable que los responsables políticos de Castilla La Mancha y Guadalajara, se preocupasen por renovar cartelerías y ampliar horarios, dotar de sentido los espacios culturales disponibles; y, en suma, en tejer más vida, en lugar de sembrar, exclusivamente, placas fotovoltaicas y molinos eólicos que sustituyan las ¡dos! centrales nucleares de la zona. Nuestro viaje estuvo salpicado de constantes referencias al libro Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela, y contrasta el cuidado de esos carteles frente a otras desidias que invisibilizan los tesoros que esconde la comarca, más desconocidos e inaccesibles que los lugares donde don Camilo dio buena cuenta de su rica gastronomía.
Ojalá que el presente y el futuro de esa España, vacía y maltratada, que nutre en tantos sentidos a quienes escapamos de ciudades cada vez más invivibles, pueda ser mucho más estimulante para sus propios habitantes, en lugar de reducirse a ser mesa de comilonas de fin de semana. En las localidades recorridas, en su patrimonio y paisaje, sobresalen aspectos cruciales para la vida de las personas, por cierto, mucho más asequibles que la última y cacareada misión espacial a la Luna que invadía los televisores de todos los bares.













