Feliz 2026: aprender a contemplar


Cerrar un año y abrir otro. Hacer balance y convocar la esperanza de las expectativas. Desde hace tiempo, lo hago de forma consciente, repasando las fotografías de los doce meses previos, que dan cuenta de los momentos más luminosos. Desde 2019, me ayuda este blog, donde los artículos aportan un calendario paralelo y más detalles del contexto.

Tras revisar las entradas publicadas en 2025, concluye un año similar a los últimos: con despedidas que dolieron, viajes que alumbraron esperanzas diversas, momentos extraordinarios, varias manifestaciones contra la barbarie, exposiciones y espectáculos, autoras clásicas o contemporáneas y libros que son aliento, mientras mis textos celebran su aniversario o languidecen inacabados.

Por su parte, mi copioso archivo fotográfico me brinda no sólo esos momentos sino también recuerdos íntimos que la memoria ordena o confunde de forma arbitraria. Fotos personales que quedaron al margen de las redes; paisajes, besos y rostros cotidianos; la omnipresencia de Fénix y las imágenes con las que la realidad nos sorprende cuando estamos dispuestos a encontrar belleza, a pesar de todos los pesares.

Esas fotografías, algunas borrosas o mal encuadradas, son la cara oculta de las cosas: los caramelos que nadie recogió en la cabalgata, las copas sucias tras los brindis, los proyectos que quisimos emprender y desfallecieron, los encuentros y las confidencias con las amistades, los hallazgos surreales de los márgenes, los tiempos muertos de las salas de espera y, sobre todo, una inesperada sucesión de cielos, con y sin nubes, con y sin ramas o edificios, de diversas estaciones y lugares…

Mientras los días de 2025 se fueron sucediendo, no fui consciente de todas las veces que fotografié el cielo: atardeceres y ocasos contra la prisa, nubes que me devolvían a los juegos infantiles, azules capaces de abrigar la esperanza, incluso en los días más grises. Por eso, en estas horas de balance, reconozco que se cumplió el propósito de hace un año, cuando al tiempo por estrenar le pedí agradecer la luz.

Para mí, 2026 será un año muy distinto. Llevo tiempo preparándolo y ahora que ya está aquí es inevitable sentir el vértigo de su radical novedad. Un año sin horarios impuestos. Un año para leer y escribir, para tantear el sueño, para intentar lo que las obligaciones y el cansancio han bloqueado. Un año para afrontar esos proyectos que pesan por irrealizables. Un año para contemplar y contemplarme, sin excusas.

Os deseo y me deseo un año en el que aprender cuanto nos sea posible, contemplando lo que tenemos al alcance. Al otro lado de nuestra ventana, hay un cielo que, con sus ciclos y colores, nos recuerda que la vida sigue su curso y que la mejor tarea es aprender a disfrutarla. No hace falta irse lejos, sino disfrutar del aquí y el ahora mientras podamos sonreír a la cámara más importante, la de nuestra paz interior, nuestra calma y nuestra íntima plenitud.

Para quienes estáis al otro lado de estas y otras líneas: ¡Feliz, contemplativo y pacífico 2026!

Un reencuentro con Carmen Martín Gaite


El pasado 14 de septiembre me fui a Matadero Madrid con la ilusión de escuchar a Mariana Enríquez, en el marco del Festival ‘Back to the Book’. Cuando, por fin, encontré el Auditorio, indicado de forma tan inquietante como alguno de sus relatos, me di también de bruces con la realidad de una cola interminable en la que unas ¿doscientas o trescientas? personas se quedaban sin entrar por aforo completo. A pesar del chasco, me alegró muchísimo que una autora de la calidad literaria y el talento de Enríquez tenga semejante legión de seguidores. Es un alivio que ese fenómeno no quede reducido a pseudo-escritores de redes sociales y obras insulsas, y espero que, para la próxima, le busquen un gran teatro o varias fechas; eso sería muy buena señal.

Como no escuchar a Mariana Enríquez era un escenario más que probable, llevaba otra idea en mente. El cambio de planes, disfrutar de la exposición titulada, “Carmen Martín Gaite y el collage: un diario en libertad. Visión de Nueva York”, fue fantástico. Un premio del azar recibido justo el último día de apertura, que me permitió volver a conectar con una escritora gigante que he leído mucho (aunque me quedan varios e importantes libros pendientes), y, en consecuencia, admiro muchísimo.

La muestra expositiva, organizada con motivo del centenario de su nacimiento por Casa del Lector, Fundación Carmen Martín Gaite y Ediciones Siruela, ofrecía la reproducción de un cuaderno titulado Visión de Nueva York’ (publicado por Siruela en 2024 y, con anterioridad, en una edición de 2005).

Carmen Martín Gaite fue elaborando esta obra durante su estancia en Estados Unidos, entre septiembre de 1980 y comienzos de 1981, recorriendo Nueva York (durante su estancia como escritora visitante en Barnard College), y visitando a su amigo José Luis Borau en Sherman Oaks, en Los Ángeles.

El resultado es una obra muy personal donde el collage comparte espacio con la nota manuscrita, ofreciendo una visión íntima y cómplice (el cuaderno se lo regaló a su hija Marta, que falleció pocos años después, y nunca quiso publicarlo en vida), que nos permite asomarnos a la mujer, la escritora, la conferenciante, la apasionada de la cultura o la fumadora que quiere dejar el tabaco y encuentra que, con el pegamento y las tijeras entre manos, logra olvidarse del cigarrillo… Como si nosotros la viéramos “entre visillos”, atisbando sus deseos y contradicciones, sus preocupaciones, sus papeles en desorden, su sentido del humor y también la determinación de quien se siente segura (eso me pareció a mí), y ya ha encontrado el camino y el sentido de su amplia vocación intelectual.

José Teruel, comisario de la exposición, biógrafo y gran conocedor de la obra de Martín Gaite, explica que “ante el vértigo de imágenes con el que ella se encuentra en Manhattan, experimenta cómo una narración lineal o secuencial no le basta y acepta el desafío de contar lo simultáneo e inabarcable a través de la técnica del collage”. No obstante, siendo divertidos e inteligentes, lo que más me gustó de la muestra son las anotaciones de los márgenes o los renglones donde la palabra de Carmen Martín Gaite nos permite asomarnos a la mujer que escribe y se define a sí misma: “Soy como una mujer de un cuadro de Hopper comiéndome una manzana en soledad”, tal y como leemos en uno de sus collages.

Acompañamos su viaje a través de mensajes, palabras e imágenes en movimiento. Los collages son una forma de divertimento y de escribir o crear de otra manera. Ella también subraya los encuentros con el azar, las «tentaciones inesperadas» que le salen al paso (una cena, un concierto, una lectura…), a las que no «sabe decir que no» y postergan su proyecto de escritura.

Desde Nueva York comprueba que, poco a poco, su apartamento pierde el orden inicial y el caos doméstico de los papeles desperdigados le recuerda su madrileño piso de Doctor Esquerdo. En las notas, habla consigo misma al tiempo que establece una escritura dialógica, en confianza, que nos convoca y nos sienta (¡ay, ojalá fuera posible!), a su lado, compartiendo mesa o sofá, con esa complicidad que preside toda su escritura. Ha sido inevitable recordar su mirada diáfana con la que me topé una tarde en Madrid, cuando mi timidez me impidió responder con palabras de admiración a su sonrisa. Nunca he olvidado aquel instante en el que no me atreví a decirle nada y me limité a que mi semblante de sorpresa feliz hablase por mí.

En su Visión de Nueva York se cuela la ciudad, la política del momento («en este país tan grande», se pregunta junto a los rostros recortados de Carter y Reagan: «¿no hay nadie mejor para las presidenciales?»); las entradas a conciertos; las imágenes encontradas en periódicos y revistas; la importancia de las ventanas que funden interior y exterior; los billetes del transporte público y el resto de papelitos que arrastra la corriente del día a día. En sus notas, reflexiona sobre otras escritoras, sobre mujeres con las que se encuentra en la Universidad o en actos culturales y recuerda a Virginia Woolf, de quién, en su casa de El Boalo, tradujo Al faro.

Seguramente, hoy Nueva York es muy distinto del que conoció Carmen Martín Gaite. Pero también, seguramente, existen otros espacios donde, como ella dice, podemos seguir viviendo y escribiendo mientras las mujeres mantenemos «el afán por abarcar lo concreto y lo abstracto al mismo tiempo».

Personalmente, no me llama la atención hacer collages. Sin embargo, en la fotografía, encuentro otra forma de mirar, y también de captar y retener la escena que merece ser recordada y aquella para la que me cuesta encontrar la palabra.

La exposición, que hubiera fotografiado entera, mostraba algunas páginas que quedaron a medias o en blanco en aquel cuaderno de tapas marrones y líneas finas. Me he permitido interpretarlas como una invitación para darle sentido a un año y a un cuaderno muy especiales que van ganando peso entre mis proyectos. Cuando, en septiembre, visité esta exposición eran casi un secreto, pero actualmente mi anhelada excedencia se acerca.

Siento algo de vértigo ante ese tiempo nuevo y diáfano que deseo dedicar a leer y escribir, y también tengo claro que, si me falta la inspiración, romperé la hucha y buscaré el libro Visión de Nueva York, y volveré a mirarme en los retratos y las líneas manuscritas de Carmen Martín Gaite, en esa mirada no exenta de tristeza que me transmite tanta confianza.

Poesía de ida y vuelta: humo de las astillas

Hace unas semanas, recibí por correo un sobre procedente de Brooklyn. Aunque esperaba su llegada, abrir el buzón desencadenó un sinfín de recuerdos y emociones.

Nunca he visitado Nueva York, pero he fantaseado con ese viaje, incluso, con vivir allí una temporada. Quizás algún día pueda ser, aunque cada vez parece menos probable. Hice memoria, creyendo que entraba en casa un sobre procedente de un país con el que nunca había tenido un contacto tan directo antes. ¡Menuda ciudadana del mundo, pensé!

Me equivocaba por poco. Una vez estuve en Estados Unidos, aunque fuera durante el par de horas que duró una escala en uno de sus aeropuertos internacionales. Tenía tan poco tiempo y tanto miedo a perderme que no llegué a pisar la calle, accesible y bulliciosa tras las puertas de cristal. Permanecí aturdida ante la magnitud del aeropuerto, la parafernalia del cuestionario a bordo y ser entrevistada por agentes de inmigración.

También recordé que, hace muchos años, una amiga trabajó en Washington y, seguramente (era una costumbre bonita), ella me envió más de una postal de aquellos lugares tantas veces vistos en el cine y la televisión hasta hacerse familiares. No obstante, aquellas cartas y tarjetas, que corresponden al tiempo previo a los teléfonos con cámara, nunca llegaron al buzón de donde vivo ahora. Actualmente, languidece vacío porque casi toda la correspondencia es digital; y solo de vez en cuando cobra sentido con una revista o un libro, solicitados con anhelo a golpe de clic.

Así pues, encontrar una carta como aquellas, con mi dirección escrita a mano, y leer “Brooklyn, NY” era tocar un espacio remotamente conocido: el escenario de mi propia nostalgia y también el de tantas películas y libros: ahora que estamos en otoño, con parques llenos de ocres y amarillos y aceras mojadas que te hacen buscar un café, una librería… Es decir, un mundo que ya, por lo que comentan, cada vez cuesta más encontrar en Nueva York y que en Madrid también está en peligro, aunque aún no sea tan evidente o no queramos verlo.

El sobre, con sus sellos circulares ilustrados con una brújula, constituía toda una metáfora. ¿A dónde ir, de dónde venir, cómo orientarnos? En el interior, había viajado un ejemplar de la revista de poesía ‘Cuadernos de humo cuarenta y siete’, editada por el equipo Humo, con H. Barrero, remitente de mi carta, a la cabeza.

La revista ofrecía aún más coincidencias mágicas y emocionantes. Un poema mío, publicado en Astillas, figuraba junto a los poemas de veintidós poetas españoles (sumamos 23 y eso es magia también), seleccionados y traducidos por Marcela Filippi, que recibió mi libro a través de un amigo común. La fuerza generosa del azar me había llevado primero a Roma y después a Nueva York gracias a la poesía, ¡benditas palabras que pudieron volar y alojarse tan lejos! Me vi junto a nombres de poetas que admiro y, por un segundo, me pregunté cómo me había colado en esa fiesta. Luego, recordé que me habían invitado Marcela e Hilario, y que ante su gesto de bienvenida solo cabían la celebración y la gratitud en lugar de la vergüenza.

El azar ha sido también sumamente certero con las imágenes que ilustran la revista, obra de Juan Carlos Mestre, con quien hice un taller de poesía en la primavera de 2007, titulado La República de la Imaginación, que lo cambió todo. Porque yo había escrito poesía desde niña, pero en la juventud y, sobre todo, al entrar en la etapa adulta y laboral, encargada de borrar sueños y descartar algunos naipes del juego de la vida, empecé a pensar que escribir poesía debía reducirse al ámbito privado de la respiración y que publicar era del todo imposible. Dos años después de aquel taller (lo he contado mil veces), vi mis poemas impresos en un libro con el mismo título, editado por Legados, que inauguraba su colección de Colectivos, donde volví con otros proyectos dos veces más (La escombrera y Odisea) y después a Disidencias (El Sastre de Apollinaire, 2023). De este modo, encontré un camino menos solitario y más iluminado, y la compañía de personas que me devolvieron la ilusión y las ganas de regresar a la poesía, de donde no me había ido nunca, aunque corría el riesgo de olvidarlo.

Aquel taller llevó al libro, el libro a un blog colaborativo, el blog a las redes sociales… Territorios que quizás nunca hubiera pisado sin aquellas tardes del mes de abril, cuando Juan Carlos Mestre, con elogios obviamente desmesurados que mis poemas no merecían, me devolvió la confianza. Porque a veces las palabras ayudan a sanar y a saltar, y aquella vez ocurrió. Y porque el azar también permitió reunir a un maravilloso grupo que supo crecer, nutriéndonos y celebrando los nuevos libros de cada uno, algunos con Agustín Sánchez Antequera, que era parte de aquel grupo, como editor. Así, la biblioteca ha ido aumentando a lo largo de los años con quienes estaban en aquella primera solapa y, más que amigos, eran y son luz y abrazo: Alberto Cubero, Manuela Temporelli, Laura Gómez Palma, Pilar Fraile, Juan Pedro Fernández, Pablo Martín Coble y Juan Carlos Mestre, junto a las creaciones de Calber en varias cubiertas y su eterno libro pendiente, mediado por innumerables trabajos de diseño y las risas de tantos encuentros compartidos.

Siguiendo con las coincidencias felices y los azares, las palabras preliminares de este Cuaderno de Humo que dan paso a los poemas se titulan “De ida y vuelta”, casi como uno de los archivos que va creciendo en mi ordenador. Dispuesta a descubrir carambolas que sean guiños mágicos, lo considero ya un excelente presagio, aunque solo el tiempo sabe si llegará a término y mantendrá ese título. En esas palabras, Marcela Filippi escribe: “Escribir es algo mágico, nadie nos pone límites. Escribo sobre mi mundo interior y exterior. A través de la escritura dibujo mi vida pasada, presente y futura, exorcizo mi dolor, mis miedos, me siento libre”.

Sus palabras, que comparto, se cumplen en estas líneas que nacen de la gratitud y enlazan la textura de las direcciones manuscritas de viejas postales con la última carta recibida, los proyectos en curso con el poeta que me puso en camino y la certeza de que, aunque escribir sea un acto solitario, escribimos gracias a que hay alguien que nos lee y, con su gesto de reconocimiento (ya sea silencioso o explícito), nos anima a seguir buscando las palabras donde ser verdaderamente libres.

Fernanda García Lao y Mónica Ojeda en ‘Estación Saturno’


El viernes 17 de octubre tuvo lugar en Madrid el encuentro de dos escritoras portentosas, Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) y Mónica Ojeda (Ecuador, 1988), cuyas obras me tienen alucinada e impresionada a partes iguales. La posibilidad de escuchar la conversación de ambas constituía el mejor antídoto contra el cansancio acumulado a lo largo de una semana subterránea.

Su encuentro, en la librería Enclave de Libros, era la primera presentación pública de Estación Saturno (Candaya, 2025), la última novela de García Lao, y una nueva muestra de «esa literatura arrebatada desde el lado oscuro de las cosas», que caracteriza su escritura, según su editora, Olga Candaya.

Olga Candaya, Mónica Ojeda y Fernanda García Lao (de izquierda a derecha).

Obviamente, aún no me ha dado tiempo a leer Estación Saturno, pero estoy segura de que, a medida de que avance por sus páginas, tendré que reconocer que Olga Candaya no se equivocó al presentarlo como «un libro conmovedor y emocionante, que da argumentos para la indignación y también para la risa, gracias a ese humor dolorido tan presente en García Lao». Igual que tampoco erraba al anticipar la charla de las dos escritoras como «una sobredosis de inteligencia». Así lo demostraron al preguntar y contestar, al perderse en los recovecos de un libro recién salido de imprenta del que había que hablar sin desvelar las sorpresas que, a buen seguro, deparará a sus lectores.

Las dos autoras, de generaciones y tradiciones distintas, se mostraron más que cómplices desde el primer momento, haciendo evidentes su admiración recíproca y las lecturas comunes, entre ellas, «las de aquellas grandes escritoras que no hicieron boom». Es decir, “Marosa di Giorgio, Clarice Lispector, Elena Garro, Sara Gallardo o Armonía Somers”…, nombres que anoté con prisas, para recordarme volver a entrañables conocidas o descubrir pistas para futuros disfrutes.

Las primeras palabras de Mónica Ojeda en torno a Estación Saturno fueron para reconocer un libro que «me emocionó, asombró y dislocó. Un libro brillante, inteligente, atravesado no por el terror, sino por lo inquietante». Así mismo, subrayó la escritura tan particular de García Lao: «siempre buscando nuevas formas de contar a través de una estructura particular e interesante».

Está claro que el libro ofrecerá muchas lecturas, pero, entre ellas, su autora quiso subrayar que Estacion saturno es también la historia de un duelo. Un duelo que funciona como generador, disparador de diversas historias. “El mundo se disloca cuando perdemos algo y esa dislocación genera otra lengua”. En efecto, el duelo está contado en la cubierta del libro, en la sinopsis de la novela: Dos hermanos (un hombre y una mujer) viajan en auto tras enterrar a quien fue el mayor de los tres. Un gato, lo único que les queda del hermano muerto, se les escapa en una estación de servicio. Siguiendo su huella, llegan a un hotel de nombre chino y arquitectura imposible, donde las dimensiones temporales se subvierten y donde los avistamientos de ovnis, la esclavitud sexual, la corrupción y la mentira conviven en un mismo plano: una suerte de maqueta aterradora de lo extraño y del mundo, en la que la normalidad no tiene cabida.

¿Cuál fue el origen de la novela?, preguntó Ojeda. Las novelas tienen varios ingresos, improntas, influencias, reconoció García Lao: “Luego se cuenta el relato del relato”. Y entre esos motores, citó el impacto de una película de Bergman, “El silencio”. Imágenes que dieron pie a “querer hacer un guion roto, traducir el cine a la literatura». Es decir, en lugar de escribir una novela que se pudiera convertir en película, “hacer una película escribible”. Después, siguió explicando su búsqueda para situar la ficción: “en el mapa de Buenos Aires, surgió un lugar abandonado y llamado Estación Saturno que, tras una investigación se convirtió en el escenario inspirador de la novela”.

Cualquiera que se haya aventurado al territorio ficcional de García Lao con anterioridad puede entender ese punto de partida extraño y singular que va a conducir a una historia única. Personalmente, creo reconocer la génesis y algunos pasos de su novela anterior Sulfuro, con esa ruptura de la realidad que tanto interesa a la escritora mendocina y tanto sorprende a sus lectores.

La conversación con Mónica Ojeda se convirtió en una verdadera fiesta sobre la cocina de la escritura de García Lao porque mientras Ojeda nos hacía partícipes de su propio entusiasmo, García Lao era muy generosa al explicar su forma de trabajar, con sus azares (el i ching, por ejemplo), y los descartes (“el yo me aburre”). El diálogo entre ambas nos permitió un anticipo tentador de los personajes de la novela; una reflexión sobre el tiempo, el espacio y las voces narradoras; el rastro inconsciente de la propia biografía y el desdoble de la literatura… El duelo, el erotismo, la represión, la libertad, lo político que transciende lo político… La escritura que anticipa monstruos…

Cuando el tiempo de su charla tocó a su fin nos dio pena, porque el silencio de la sala era tan sobrecogedor como el impronunciable Hotel Tiānqì, donde se desarrolla parte de la acción; y aún queríamos conocer algo más de las inquietantes hermanas Chi o del Capitán Minor, esa caricatura feroz que, con la intuición de la literatura, se anticipa a algunos de los líderes políticos de nuestro tiempo.

Estación Saturno no remite a ningún planeta interestelar, pero la conversación entre dos autoras que aman y afrontan la literatura con pasión, inteligencia y talento, nos permitió alcanzar otra dimensión. Fue una lástima regresar de forma abrupta al planeta Tierra, aunque en el aterrizaje nos vimos bien rodeados de libros y sonreímos conscientes de haber compartido una tarde única. Junto a los libros firmados nos llevábamos la memoria de su vibración y las palabras entusiastas de las dos escritoras, su simpatía y complicidad.

Me acerqué a Mónica Ojeda con su libro Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (Random House, 2024), una novela impresionante que leí el pasado verano y que, en algunas páginas, tuve que señalar con barras verticales en los márgenes, para evitar subrayar todas las líneas. Me encantó su lenguaje poético, la descripción de los personajes y del paisaje, tan potentes y conectados entre sí; esa narración tan fiera de la vida y de la muerte; la estructura levantada sobre la mirada de los personajes y el diario de un padre presente y ausente, hijo también de sus propias fracturas… ¡Un libro maravilloso que recomiendo! Compré Las voladoras (Páginas de Espuma, 2020) que ya va por su vigésima edición, porque me encanta el género del relato, y su lectura es más viable cuando no hay vacaciones… Y anoté sus novelas Mandíbula y Nefando (ambas en Candaya).

En cuanto a Fernanda García Lao, me hice con Estación Saturno, que esperará en la torre de lecturas pendientes; un libro que, al llegar a casa, se ha encontrado con varios de la misma autora… De relatos: Cómo usar un cuchillo y Teoría del tacto (Candaya, 2023), que fue finalista del Premio Tigre Juan y del Premio Setenil; los dos libros de poesía editados por Kriller71, Autobiografía con objetos (2022) y (No) me acuerdo (2025), y la ya mencionada novela Sulfuro (Candaya, 2023)… Llegué a Fernarda García Lao gracias a las redes, y nos conocimos en persona en un taller de fin de semana que impartió hace varios años, al que han seguido otros encuentros, con sus libros siempre, como coartada. Desde entonces, mi admiración por su escritura tan ágil y certera; y el alcance de su imaginación, forma y fondo, no dejan de crecer.

¡No os las perdáis!

En la calle, manifestarse por Gaza

A raíz de la detención ilegal, en aguas internacionales, de la Global Sumud Flotilla, el cielo de Madrid ha vuelto a cobijar los gritos contra el genocidio de Gaza y la vulneración de derechos humanos en Cisjordania; y contra la impunidad de los reiterados crímenes del gobierno israelí, ante una comunidad internacional demasiado cínica, cobarde o cómplice, según los casos.

El cielo ha sido azul en la Plaza de la Provincia, violeta al girar en la Puerta del Sol y negra noche al llegar a Neptuno, a pesar de la luna.

Las banderas palestinas ondeaban diversas en función del tamaño de la tela y del mástil o cubrían la espalda de manifestantes. Hoy éramos muchos, muchísimos más que en otras ocasiones cuando hemos regresado a casa con una rara sensación de orfandad. Se han repetido, eso sí, los mismos cantos de otras veces y el nudo terrible en la garganta, porque las bombas caen sobre un pueblo al que además, están matando de hambre, sed y desesperanza. Un pueblo indefenso y chantajeado. ¿Qué estado puede nacer tan herido y ultrajado, tan indefenso?

Hemos gritado «La flotilla no se toca», «Palestina vencerá, desde el río hasta el mar», «Free, free Palestine», «Palestina, libertad» y todas nuestras palabras son mero anhelo. Lo peor, no obstante, es que sabemos que son mentira. No hay victoria posible ante el ejército más poderoso del mundo cumpliendo la misión de aniquilar.

Las kufiyas, las camisetas y chapas con sandías, los fulares con los colores verdes, rojo, blanco y negro se transformaban ante el reflejo artificial y azul de las numerosas furgonas policiales, parapetadas junto al Congreso de los Diputados y la sede de la Comunidad de Madrid. Hacía tiempo que no veía tanto policía antidisturbios. Era tan inevitable como retórico preguntarse qué orden defienden antes de volver a morderse los labios. Otra vez, el nudo en la garganta.

Hacía mucho también, que no veía a tanta juventud en una manifestación, y eso deshacía un poco el ahogo. Iban en cabeza y mantenían la fuerza de los cantos e incluso, los envolvían de una ligera música que quise confundir con una esperanza pequeña para el futuro.

Ojalá en Gaza y Palestina sepan que muchas personas les llevan en el corazón. Ojalá les llegue algo de este rumor ciudadano que se muere de asco y vergüenza cada vez que enciende la televisión o la radio o se asoma a los periódicos.

La realidad es tan tozuda como quienes seguimos gritando por las calles de cientos de ciudades, levantando la vista y mirando al cielo en un intento vano de consolarnos. Por unas horas, mientras se nos hace de noche y esperamos que no haya disturbios, porque hemos venido a reclamar la paz, a veces, sentimos una cierta fraternidad.

Y por eso, quedamos emplazados para la siguiente. En Madrid, será el sábado 4 de octubre, a las 18 horas, de Atocha a Callao. Volveremos a ver atardecer mientras muy lejos, se apagan varias decenas de vidas. Las consignas serán las mismas y saldrán de gargantas que no temen la afonía ni quedarse sin voz.

Recordar el abrazo de Santiago de Compostela


Inicié mis vacaciones tras un día agitado, intenso. No faltó el imprevisto que dejó cuestiones para la vuelta, el suspense de lo inacabado. También tuve que ir al dentista contra reloj. De nuevo en casa, los últimos preparativos, las caricias a Fénix, los consejos ansiosos para quien se haría cargo de él, la gratitud y la angustia.

Llegando a la estación, pegatinas pegadas en farolas y marquesinas. Una pequeña acción de guerrilla y resistencia frente al asesinato y la barbarie. Los días de vacaciones tendrán lugar en el contexto histórico de un genocidio. Sé que no voy a olvidarlo. Ni podré ni quiero hacerlo.

Cuando el autobús sale del túnel, me brinda el atardecer, ese momento de última luz, de pausa. A falta de nubes, la luna en cuarto creciente es una promesa de abundancia. Tiempo de nuevos paisajes y lecturas, de compartir sosiego, mi mayor deseo. Eso me prometo mientras llego a la sierra de Madrid para pasar la primera noche, más cerca del norte que espera tras el amanecer.

Atravesamos Castilla. Mi mirada se ensancha. Es un paisaje árido, puro amarillo, pero disfruto viendo los campos donde ya se ha cosechado el cereal y se apilan pacas rectangulares de paja, como almohadas olvidadas, esperando su traslado. Dan testimonio de que aquí hubo espiga crecida, tallo y mano de hombre.

El viaje sigue, el paisaje cambia, se renueva. Cerca de La Bañeza se ven casas cueva desde la carretera; y la arena gana color, desde el anaranjado a un granate ferroso. Las tierras leonesas están espléndidas de vegetación. Los árboles erguidos presumen de vida bajo un cielo azul.

El trayecto va salpicado de topónimos nuevos, que remiten a una historia y una etimología, esa ciencia que mira hacia el principio, memoria de la lengua y de la especie: Aldealengua, Aldeanueva… Descubro nombres con música y abrazo: Toral, Brañuelas, Brazuelo, Villabrázaro… Y la riqueza que concedió el agua… porque hay lugares que se vinculan al río Cega o al Eresma, mientras otros unen su nombre a la ribera, la fuente, la vega… en un homenaje agradecido, puesto que sin agua no hubiera sido posible la vida en comunidad.

La primera parada es Villafranca del Bierzo, una visita pendiente desde hacía muchos años por diversos motivos. Vemos y olemos el humo de un incendio cercano. Escuchamos los motores de los medios aéreos que descargan agua. Viajes de ida y vuelta. No llegamos a ver el fuego, pero semanas después sabemos que parte de nuestras fotos son ceniza.

Entramos en la Colegiata y en algunas iglesias. Quizás no recé lo suficiente. Me detengo en la belleza sencilla de la piedra, en la luz de velas y vidrieras. Recorremos la calle del Agua donde los edificios en ruina o en venta cohabitan con espacios vivos. Me fijo en las cosas pequeñas que hacen que un lugar sea aún habitable, como las esquelas pegadas en los sitios de paso… Y los detalles del nombre, el parentesco («viuda que fue…»), la descendencia, el nombre y los dos apellidos junto al apodo que, entre paréntesis, enmarca y acerca el vínculo con la persona que todos conocían.

A la hora del desayuno, la conversación gira en torno al fuego. Los lugareños hablan con quien acaba de llegar y le cuentan la presión por levantar un parque eólico, la amenaza sobre castaños centenarios, la vida de los abuelos, que se alimentaron gracias a esos bosques que hoy resisten más abandonados y vulnerables, como hemos visto después.

Nos acercamos al Monasterio de Santa María de Carracedo, donde el esplendor de la piedra y los siglos de historia resuenan entre los muros y las bóvedas en pie, y también en las zonas que no se conservan pero dan cuenta de la grandeza perdida. Hospital y refugio de peregrinos, huertas y palomares, dinero y política, el ingenio del agua, fe y cultura… Nos reencontramos con el silencio en un lugar turístico (aunque minoritario), y recibimos la amabilidad de quienes lo cuidan y lo atienden, que nos conceden la alegría del huésped bienvenido.

La última visita antes de reiniciar el viaje es a la iglesia románica de Santiago, en Villafranca del Bierzo. En su interior, está prohibido sacar fotografías y hago un esfuerzo enorme para conservar en mi memoria la llama de las velas en hilera que han dejado los fieles. Ese temblor. Esa luz. Ese subrayado mudo de oración ante la imagen del apóstol. Necesitamos creer.

Cruzamos el puente romano, nos despedimos del río Burbia… El paisaje hacia Santiago de Compostela es verde y frondoso, magnífico: los Ancares Leoneses. Prometemos volver cuando haga falta llenar los ojos de vida. En ese momento, pienso que sus árboles me van a esperar con la misma altura y la misma belleza. A ratos, mi mirada vuelve al móvil, pero no para activar la cámara sino para atender el aviso del hotel cuya recepción cierra dos horas antes de nuestra hora prevista de llegada. Afortunadamente, la tecnología y la amabilidad de los desconocidos soluciona cada paso. Es su negocio y lo cuidan, pero también cuidan al viajero. Vivo en Madrid, una ciudad que no soporta ni cuida a nadie, y noto esa caricia distinta, el contraste.

En los primeros y temerosos pasos nocturnos, Santiago me resulta oscuro e incluso un tanto inhóspito. La primera escena es una pelea o un robo. Como en casi todos los sitios, se cruzan los destinos de maleantes y aprovechados con personas sin hogar o sin rumbo, en un babel de lenguas. También creo distinguir la figura perdida de peregrinos que quizás no recuerdan cuando llegaron. De día, la ciudad es bien distinta. Bulliciosa, vital, excesivamente repleta de visitantes y, no obstante, disfrutable. En la oficina de turismo, se exhibe una campaña que dice que Santiago es frágil y permite descargarse una guía para un turismo sostenible. Me temo que la guía llega tarde. Santiago ha expulsado ya a la mayoría de sus habitantes. No hay tiendas para ellos, como si fuera posible alimentarse solo de souvenirs, tartas de almendra y cremas de orujo. No obstante, en pocas horas, Santiago de Compostela me ha conquistado para siempre.

Callejear permite conocer una iglesia detrás de otra y descubrir plazas llenas de vida. Es posible escuchar un concierto festivo en la plaza de Quintana y, a continuación, una misa cantada en la iglesia de San Paio de Antealtares, donde las monjas benedictinas abren la verja de la clausura y un órgano algo afónico compite con el jolgorio exterior. Apenas cuatrocientos metros separan elecciones vitales que están en las antípodas, pero la ciudad parece ofrecer espiritualidad y fiesta, gastronomía y piedra, canción y flores.

Santiago es una ciudad completamente abierta. Sorprende la accesibilidad casi permanente a sus numerosísimas iglesias (Santa María del Camino, la Capilla de las Ánimas, San Bietio, San Agustín, San Fiz de Solovio, San Martín de Pinario, Santa María del Sar…), quizás inevitable por el discurrir constante de peregrinos. El acceso sin barrera a los templos contrasta con otros viajes donde el intento de conocer el patrimonio, cerrado a cal y canto en demasiadas ocasiones, resulta fallido.

Los edificios civiles también están abiertos. Desde claustros y patios, la belleza que esconden antiguos conventos, casas palaciegas y sedes universitarias atraen al visitante, que se deja seducir y, al acceder, se siente nuevamente bienvenido y puede observar la belleza del tiempo desde ventanas y escaleras. Al levantar la vista, las torres de la catedral salen al encuentro casi siempre, mientras que, solo de vez en cuando, se descubre la vida cotidiana de un vecindario escaso: una olla al fuego, la ropa de la colada o el busto asomado de quien contempla el constante trajín de otros que están de paso. Las campanas nos acompañan a lo largo del día. Marcan las horas, recuerdan el por qué del camino y del destino, las preguntas íntimas que quizás nos trajeron hasta esta ciudad.

Interrogantes, peticiones y rezos permanecen en la atmósfera de cada templo, en las velas prendidas a pesar del humo y su impacto. En Santiago, salvo en puntuales excepciones, esas pequeñas llamas son reales y no simulaciones eléctricas. La mirada establece una comunicación con ese fuego. Se siente la necesidad de permanecer en el silencio del templo, junto a la piedra y el cirio prendido, en el secreto orante de la plegaria, en la belleza del arte y su compañía de siglos, en esa búsqueda de sentido y transcendencia.

En el día de la partida, Santiago de Compostela ha dejado una huella que acompañará el camino de vuelta y, seguramente, el resto de la vida. Nada más arrancar ya se nota la nostalgia, cierta morriña, mientras desde la carretera divisamos paisajes verdes y fértiles. Pinares, maizales y viñedos nos conducen a Castilla donde el amarillo intenso de sus campos y sus atardeceres se impone como paisaje y como termómetro otra vez sofocante.

Tras un par de días en el calor inclemente de Madrid, un nuevo viaje me lleva a una playa del sur, en Almería. Un año más, el primer despertar no lo genera ningún sonido artificial sino el sol, que inaugura el día y se cuela a raudales por las ventanas que dejamos abiertas invitando a la brisa nocturna. Despierto porque amanece. No porque hayan empezado a trabajar las máquinas que asfaltan el barrio. Despierto sin cansancio, aunque son las siete y media de la mañana, porque los pájaros se han puesto a cantar.

Tras el desayuno, el paisaje y el ambiente son la memoria y la certeza de los veranos de mi infancia. Sombrillas, neveras, sillas de playa, flotadores y pareos con colores vibrantes y exagerados por la luz; los cuerpos bronceados y tendidos sobre la arena; los baños en el mar y la mirada fija en las mareas; las conversaciones triviales de los reencuentros en el chiringuito… Hay ganas de disfrutar y relajarse, hay una decisión colectiva de flotar.

Algunas noches, en mis sueños, aun se cuelan iglesias románicas, góticas y barrocas; me veo rodeada por la piedra y el paisaje del viaje anterior. Como si algo de mí siguiera allí, recordando un camino pendiente y el deseo de regresar.

Aniversarios de tristeza


Hoy se cumple el triste 80º aniversario de la bomba atómica sobre Hiroshima y en unos días se cumplirá el de Nagasaki. Por eso, he recordado con fuerza y nitidez uno de los momentos más especiales de este año. El 29 de enero tuve la fortuna de conocer a Shigemitsu Tanaka que visitó el Colegio Lourdes FUHEM, junto a representantes de Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW) y la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), en un viaje organizado por la red española Alianza por el Desarme Nuclear.

La experiencia de aquellos días quedó escrita en una entrada de mi blog, donde daba cuenta de la enorme recompensa de aquellos momentos. Sentada ante dos personas, Shigemitsu Tanaka y Carlos Umaña, que representaban a organizaciones que en distintos años habían sido merecedoras del Premio Nobel de la Paz (un premio del que espero que no haya que renegar en unos meses, aunque ya cuenta con algún tropiezo en su trayectoria), sentía el valor de servir y contribuir a ampliar la voz de quienes han volcado sus vidas en defender a la humanidad.

En las noticias del mediodía, he vuelto a ver algunas de las fotografías que ofrecieron entonces para ayudar a difundir su mensaje en España. Al escuchar el testimonio de un hibakusha, el término japonés con el que se nombra a las personas supervivientes y descendientes de quienes sufrieron el primer impacto de las explosiones sobre Hiroshima y Nagasaki, me he levantado de la silla como un resorte, para ver si era Shigemitsu Tanaka quien hablaba y, aunque no era él, su voz ha vuelto a resonarme como cuando le escuché en persona.

Es lógico que me haya parecido la misma voz. Es la misma lengua y el mismo acento regional. Y sobre todo, son las voces de la memoria del daño, aquella injusticia que acabó con las vidas de personas inocentes. Hay que recordar que, en cuestión de segundos, fueron aniquiladas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki, y que las bombas dejaron heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que siguen causando un gran sufrimiento. Es lógico que parezca la misma voz, porque están consagradas a dar testimonio desde la primera persona, con la determinación de contar, una y otra vez, a las siguientes generaciones lo que vivieron y sufrieron, con el objetivo de que no se vuelva a repetir. Como se explica en este artículo de Agustín Rivera Hernández sobre los hibakusha que siguen vivos su tono no es de odio. Su mensaje obedece a la responsabilidad de contar su experiencia, porque los supervivientes eran niños y van muriendo, y por encima de sus años y sus enfermedades les importa que otros no vivan lo que ellos.

Cuando se produjo el viaje de estas organizaciones a España, subrayaron el peligro de vivir en un mundo en el que el desafío armamentístico y la violencia resurgían con fuerza frente a la opción del acuerdo y la negociación, en una peligrosa dinámica creciente de beligerancia que sigue en alza. En sus palabras, recordaron Gaza y Palestina, cuando nos aferrábamos a la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado que se convirtió en ceniza pocos días después; también señalaron los casos de Ucrania y Rusia, de Corea y China, de India y Pakistán…

Estoy de vacaciones y, en la medida de lo posible, intento desconectar y recuperar fuerzas. Cuando viajo, no veo la televisión ni mantengo el hábito de encender la radio y escuchar las primeras desgracias del día… Pero ahora, hay un genocidio en marcha y el peso de semejante barbarie es insoslayable. Además, desde hace meses, opté por publicar textos y fotografías sobre Gaza y Palestina en mis redes sociales, harta de que el algoritmo y los medios de comunicación silenciasen buena parte de lo que estaba ocurriendo a la vista de todos o buscando excusas ante la desproporción de la respuesta militar israelí a los atentados del 7 de octubre.

Siempre he intentado mantener un tono educado en mis escritos. No he insultado a nadie y, sin embargo, en las últimas horas, he recibido insultos. No me importa, no me van a callar. Mi gesto no es heroico como el de periodistas y reporteros que resisten en Gaza para que sepamos lo que ocurre mientras acuden a los entierros de decenas de colegas. Mi gesto es un compromiso conmigo misma, porque escribo desde la libertad que tanto ha costado conseguir, ese derecho que nos puede ser arrebatado si no sabemos defenderlo.

Vivimos tiempos sombríos y el presente es tan sumamente brutal que nos está cerrando el horizonte. Los discursos de odio campan a sus anchas y el fascismo se justifica como opinión respetable. Buena parte de la política ha dejado de preocuparse por el bienestar de los pueblos, y la justicia internacional es tan lenta como exasperante. Nadie resucitará a las miles de personas que están siendo asesinadas en Gaza. Nadie podrá devolverles su salud ni sus hogares. Pero, en unos años, un tribunal internacional juzgará a los culpables. La justicia llegará tarde una vez más. Como ocurrió en Núremberg para millones de personas. Como ocurrió en genocidios y crímenes contra la humanidad que se produjeron cuando yo estudiaba periodismo y pensaba, de forma ilusa, que esta profesión podía mejorar el mundo. Los casos de Ruanda (1994) o Srebrenica (1995) se colaron en mis trabajos de carrera o mis primeras prácticas en una redacción de verdad, por eso los recuerdo ahora. Para la mayoría, fueron imágenes brutales que les impactaron y han desaparecido. Volverán a las noticias cuando se cumpla algún triste aniversario o haya una nueva película sobre ellas. Si alguien más joven nos preguntase cómo lo vivimos, al margen de circunstancias como las que he descrito, tendremos que reconocer que no nos enteramos mucho de lo que ocurría.

Escribo estas líneas sabiendo parte de lo que ocurre en Gaza. Leo, escucho y lo confronto con años de trabajo en cuestiones relacionadas con la paz, el derecho internacional humanitario y los conflictos internacionales. Tecleo y lloro, mientras espero a los jueces del futuro. Hoy, en un triste aniversario, recuerdo y rememoro el testimonio de quienes han dedicado su vida a construir paz, mientras intento acallar el espanto de las secuelas de este tiempo. Cuando viajo, a veces, fotografío ventanas y bellos horizontes para invocar la esperanza.

Un año de ‘Astillas’, un año de vida

En 2024, tras varias tormentas, que afectaron descargas y aperturas de la Feria del Libro de Madrid, ‘Astillas’ llegó a la la caseta de Bartleby Editores el 11 de junio, y yo fui a firmarlo y a tocarlo por primera vez, feliz por tantísimo, el viernes 14. Diez días después, comenzaba su distribución en librerías.

Hace algunas fechas, al volver a la útima edición de la Feria del Libro de Madrid, de alguna forma, regresaba para celebrar este feliz aniversario. Para mi sorpresa, hubo más ventas de las esperadas y amigos que volvieron a la caseta de Bartleby y se llevaron Astillas o De paso por los días o ambos. Yo firmaba menos cansada que hace un año y menos nerviosa también. La palabra y el pulso de las dedicatorias fluían templadas, gracias a una etapa larga de aprendizajes sobre mí misma que me va reconciliando con quien soy y he sido.

A pesar de los años en los que las exigencias laborales y las peripecias vitales me despistaron de su condición de eje vital, la escritura siempre fue raíz. Jamás me olvidé de aquella niña que se puso a escribir un poema en un pupitre y, desde entonces, sintió la escritura como necesidad y llamada, como tarea y meta. En los primeros años de formación, faltaron referentes y lecturas: apenas mujeres en los libros de texto, apenas mujeres que pudieran dedicarse a la escritura. Quizás, por eso, el periodismo fue el camino. Pero llegué a una profesión que nada tenía que ver con lo que yo había imaginado tras las crónicas de Maruja Torres y Carmen Sarmiento o las entrevistas de Rosa Montero; y seguramente, tampoco tuve su determinación ni su arrojo. En la facultad de Ciencias de la Información (UCM) éramos legión y el mundo laboral nos condenaba a una precariedad de la que ningún medio hablaba, porque ellos mismos eran beneficiarios.

El periodismo soñado se diluyó; se convirtió en comunicación para la acción social, un espacio donde había tanto que hacer y aprender que la creación literaria apenas encontró su tiempo. El afuera tampoco ayudaba. Cumplí treinta, treinta y cinco, y desapareció la posibilidad de optar a los premios cuyos nombres había aprendido estudiando literatura contemporánea (Adonais), o incorporando nuevos títulos a mi pequeña biblioteca de entonces (Hiperión, Loewe…). Pensé que la niña y la joven que había escrito con soltura en los años previos no tenía cabida en el mundo adulto, que no valía. Supongo que también asumí «que la vida iba en serio». Y seguí escribiendo para mí y para el cajón, una dedicación permanente desde un rincón solitario.

Lo he pensado mucho últimamente… Si no llega a ser por un primer batacazo de tristeza, yo no hubiera llegado a los talleres literarios de La Casa Encendida, donde todo comenzó de nuevo, gracias a poetas consagrados que escucharon y animaron mis versos, un tanto oxidados después de tanto vacío. Si no llega a ser por aquel grupo que se hizo libro colectivo, La república de la imaginación (2009), y quienes nos encontramos por azar en aquel taller de Juan Carlos Mestre, tal vez, tampoco hubiera publicado nunca. Pero recibir galeradas y tocar aquel libro lo cambió todo. Cuando en la tarde de su presentación las lágrimas estuvieron a punto de impedirme hablar en público con casi cuarenta años, aquel instante cobraba el sentido de una vida, aunque no he sido consciente hasta muchos años después.

De paso por los días’ no hubiera visto la luz sin Manuela Temporelli, Guadalupe Grande, Serafín Picado, Manolo Rico ni Pepo Paz. Su aparición me obligó a leer versos en solitario y me permitió, por primera vez, sentarme al otro lado del mostrador de la Feria del Libro de Madrid, en ese parque del Retiro donde había empezado a soñar cuando me acercaba temblando a autores y autoras a quienes decía mi nombre en un susurro, sin atreverme a contarles que yo también escribía ni a preguntarles qué tenía que ocurrir para convertirme en autora. Sin embargo, ‘De paso por los días’ fue un libro silencioso y transparente. Supongo que mi pudor de primeriza lo frenó. En lo más íntimo, yo sabía que un primer libro no era nada más que eso, un peldaño deshabitado.

Por supuesto, seguía escribiendo, corrigiendo y enviando poemarios a algunos concursos. Seguramente, buscaba en la decisión de otros la confianza que aún me faltaba. Por eso, necesitaba publicar un segundo libro porque, aunque dos peldaños no hacen escalera, mi sensación de espejismo se sumaba a otros dolores y me asfixiaba.

La aparición de ‘Astillas’, imposible sin el aliento de Alberto Cubero y Gsús Bonilla, sin Manolo Rico y Pepo Paz, al frente de Bartleby Editores, dio inicio a un tiempo nuevo. El libro ha recorrido un periplo de actos públicos y lectores generosos a los que me gustaría recordar. Porque ‘Astillas’ fue la escritura del tiempo oscuro de la depresión, y su entrada en imprenta coincidió con la esperanza de sanar.

Íntimamente, algo me decía que ‘Astillas’ había sido la escritura del daño y se convertía en el principio de un tiempo nuevo, un renacer desde la ceniza. La poesía y la intuición suelen ir de la mano y esa alianza volvió a funcionar. Mientras estaba de vacaciones, comencé a leer y recibir los primeros mensajes de lectores de ‘Astillas’. Y ya no se trataba de familiares o amistades muy cercanas cuya lectura está empapada por un afecto de muchos años, sino de lectores espontáneos que, al acercarse al libro, se habían abrazado a su dolor para aliviar el mío y, ahora, lo contaban en sus redes sociales, entrevistas o blogs: Pilar, Jorge, Camino, Esther, Patricia, Tonia, Vicente, Eva, Carmen, Noni, Viktor, Ángela, Tonia, Berta, Pedro, Arturo, Fco. Javier, Emma, Salva, Antonio, Laura, Manuela, Ángel, Sonia, Julio, Pablo, Javier, Lidia, Sole, Amalia, Teresa, Iris, Cristina… o la alegría de algunos de poemas traducidos al italiano gracias a Marcela Filippi. A lo largo de doce meses, las presentaciones y las redes sociales han sido el espacio para recibir sus palabras y fotografías, y para devolver mi gratitud desbordada y sorprendida, profundamente sincera.

Como decía al principio, volver a la Feria del Libro de este año ha supuesto cerrar el círculo. Reencontrar lectores o encontrar rostros inesperados, incluso felizmente desconocidos. Soy muy consciente de lo que significa ‘Astillas’ en un sistema editorial como el español, donde se publican 90.000 títulos anuales, diez libros por hora; de lo que significa firmar en una Feria que ha contado con 7.200 sesiones de firma. Me temo que ahora, en la escritura literaria, también somos legión. Pero este texto no pretende encontrar mi lugar en ese mundo, sino reconocer que respiro donde alguna vez soñé. Y volver a dar las gracias, a quienes animaron y leyeron; a la palabra escrita y a la vida, que han cobrado impulso.

Rosana Acquaroni: poesía y verdad

Desde mi último texto, se han sucedido acontecimientos y sucesos sobre los que hubiera querido escribir. Sin embargo, una vez más, no hubo tiempo a tiempo y perdieron la oportunidad. A nuestra velocidad habitual, parecen noticias de hace siglos.

Se nos murió y enterramos a un Papa que pidió la paz sin lograrla. Se nos apagó una península entera y recorrimos kilómetros para alcanzar nuestra casa, ese refugio tan necesario y tan poco accesible para muchos. Celebramos la lluvia, el sol y la llegada de una primavera explosiva en cada recodo. Nos despedimos de José Mujica y añoramos, al recordarlo, más voces y más testimonios como los suyos. Nos manifestamos contra la matanza genocida del pueblo palestino y seguimos, día a día, actualizando cifras de niños y adultos asesinados, familias enteras en sudarios; mientras los vivos se enfrentan al hambre entre los escombros, y la ayuda humanitaria espera en los pasos fronterizos paralizados por la barbarie política.

Frente a la urgencia de lo que es noticia y las masacres que se convierten en “normales”, las horas laborales han alternado con momentos renovadores en los que el arte ha procurado luz y sentido. Música (El cuento del zar Saltán, en el Teatro Real), artes plásticas (Otros surrealismos, en la Fundación Mapfre), y encuentros literarios (sobre Edgar Alan Poe; o escuchando a Mario Montalbetti o Fernanda García Lao), han propiciado momentos gratificantes. Y mientras algunas notas quedan para otro escrito, comparto, en estas líneas, mis impresiones de una nueva sesión del VIII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, coordinado por Alberto Cubero, en el marco del espacio ‘Diálogos con el Arte’ que organiza el Foro Psicoanalítico de Madrid. El encuentro tuvo lugar el pasado 9 de mayo de 2025 y ofreció un diálogo entre la poeta Rosana Acquaroni y el psicoanalista Gabriel Hernández.

Una vez más, la conversación que vincula poesía y psicoanálisis sirvió para abordar la verdad de quien escribe, una verdad en mayúsculas. En las generosas palabras de Rosana Acquaroni, sincera y sin tapujos, encontré revelaciones que dan pie a conocer y (re)conocerme, como me ha ocurrido en otras sesiones. Y, por supuesto, para seguir aprendiendo. Anoté frases de Rosana con las que coincido: “la poesía como lugar de revelación y enigma”. Y a partir de esa premisa, entendí la importancia de citar al gran poeta chileno, Raúl Zurita: “Estoy completamente de acuerdo con Zurita cuando dice que uno tiene que escribir su verdad sin autocomplacencia”. Después de esas palabras preliminares, Rosana Acquaroni comenzó a leer poemas de La casa grande (Bartleby, 2018); libro que ha sido merecedor del Premio del Gremio de Libreros de Madrid (2019) y base de un podcast con mención especial en los Premios Ondas.. y que, sin duda, para su autora ha debido de brindar otro premio más íntimo y esencial: “La casa grande cambia mi manera de escribir, incorporando lo biográfico, creando cierto diálogo con el lector desde una experiencia que es a la vez personal y universal, y permite esa conexión”.

Explicó Rosana Acquaroni que La casa grande desvela un secreto familiar; y que “esa carga que se había densificado durante años surgió con sus tres primeros versos, revelando desde la poesía la historia de mi madre y la mía”. Si bien es un libro que habla de la locura, la soledad, la infancia y el amor; como dijo el psicoanalista Gabriel Hernández, es una “escritura hospitalaria que invita a leer”.

La lectura continuó hilvanada por muy diversas reflexiones, entre ellas, la preocupación por el lenguaje y la dimensión ética de lo que se dice y escribe. Apuntaron los amigos psicoanalistas que Lacan hablaba de la ética como el «bien decir». Seguramente, hay una cierta articulación de ética y estética, y también “un compromiso con lo que hay que decir”, como sostuvo Acquaroni. Así mismo, se recordó que poesía y filosofía fueron de la mano al principio, y sus preocupaciones explican esa conexión. Originalmente, «poiesis» significaba «hacer», en un sentido técnico, y se refería a la actividad creativa de todo trabajo artesanal, incluido el que realizaba un artista. Mientras la filosofía (del griego, ‘amor a la sabiduría’), apunta a una reflexión sobre lo humano y el universo.

Siglos después, en cada obra de arte, y un buen poema lo es, seguimos enredados en la pregunta y la multiplicidad de sus respuestas, de la mano de un lenguaje que, como decía Rosana, ha de ser exigente y, en la medida de lo posible, certero.

Como en otros Diálogos de este ciclo (me vine al recuerdo inevitablemente el que protagonizó Rosa Lentini), se volvió a hablar de la clarividencia que, en ocasiones, genera la poesía, capaz de hacernos ver lo que estaba oculto, retomando la cuestión de la verdad y la revelación enunciadas al principio de la charla. Sostenemos una larga cadena de significantes cargados de significados, y eso acaba atravesándonos.

En esa palabra poética inconsciente, encontré cierta afinidad con la conexión azarosa que puede generarse en una sesión psicoanalítica, cuando una expresión se carga de significado y, de forma inesperada, puede ayudar a descifrar parte del daño y también propiciar el proceso de sanación.

Después, nos adentramos en la lectura y la escucha de 18 ciervas (Bartleby, 2023), que Rosana Acquaroni definió como un Ars amandi, una polifonía de voces sobre el amor, desde el enamoramiento al desamor, pasando por la pasión y el encuentro. De nuevo, la palabra verdad se alzaba entre versos magníficos, donde el lenguaje y la estructura del libro habían sido inicialmente concebidos desde el hallazgo, para ser después búsqueda y trabajo, siguiendo el rastro y la impronta de las pinturas de la Cueva de Covalanas (Cantabria); y la imagen, tan mítica como real, de una cierva, ya sea dibujada, viva o herida por una escopeta de caza.

Las preguntas y respuestas volvieron a indagar en la relación y la distancia entre lo que se vive y se escribe. “Mi escritura no tiene nada que ver con la auto-ficción”, volvió a explicar Acquaroni: “Lo escrito tiene sentido si afecta al lector, si le toca, si le conmueve. Es transcender sobre lo vivido y que puedas decirlo de una manera que deje un lugar para otro. Un lugar donde pueda entrar y cobijarse. Ese es el gran milagro de la poesía”.

Concluyó Rosana Acquaroni que “la poesía es más grande que los poetas” y no puedo estar más de acuerdo. La palabra poética es más sabia que nosotras, nos precede y se nutre de numerosas fuentes de diversa índole, consciente e inconsciente, racional y lingüistica, azarosa y revelada. Entre ellas, también coincidimos en el descubrimiento de las poetas norteamericanas que, en un determinado momento, nos mostraron que se puede narrar desde la poesía.

Entre mis notas, quedan nuevas intuiciones para comprender mis propios procesos de escritura. También hay versos subrayados que resonarán en cada nueva lectura de los dos libros citados. A partir de ahora seré aún más consciente de que: “de la obediencia no se sale indemne” (La casa grande), y “el sacrificio no sacia la demanda” (18 ciervas).

En la medida de lo posible, hemos venido a este mundo a desarrollarnos como seres libres, y la escritura es una de las formas en las que, a día de hoy, es posible ejercer esa libertad. Nuestra biografía da cuenta de episodios y huellas que nos han marcado hasta llegar a esta reciente tarde de primavera en la que, escuchando las diversas intervenciones, se me vino a la cabeza que, quizás, el psicoanálisis no sirva para saber quién eres, pero te ayuda a decir quien no quieres ser.

Por eso, mientras la humanidad fracasa y la banca gana; mientras algunos se embolsan millones jugando con armas, tramas sucias y la muerte ajena, con los dividendos de la luz y los techos que no alcanzan a todos… Yo sigo leyendo y escribiendo, hilvanando palabras nuevas y aprendiendo gracias a la generosidad ajena, por si acaso en la palabra hubiera, de milagro, alguna posibilidad de entender y entendernos.

Un cumpleaños para celebrar la vida

No escondo los años. Hoy han caído cincuenta y cuatro. Desde que tengo memoria, cada 23 de abril celebro mi cumpleaños y el Día del Libro. Festejo a esos seres de papel que transformaron mi infancia y después mi vida.

Brindo por ese maravilloso azar que provocó el regalo inevitable en tantos aniversarios. Después de dudas y tropiezos, celebro escribir y leer, dos actividades que se dan la mano en este día en el que, por encima de todo, tengo motivos para celebrar y agradecer la vida.

Tras tiempos sombríos, doy las gracias a la vocación que encontró el camino y a las personas que me rodean y hoy han estado tan cerca, ya sea en persona o a través de cientos de mensajes cariñosos, es decir, tiempo y palabras, ese doble tesoro con el que se pueden escribir libros nuevos.


Gracias al despertar y al primer café en buena compañía, al mantel compartido de la comida y la infusión imprevista a media tarde. Gracias al paseo del atardecer y su paisaje, a la belleza y la fragancia de las lilas silvestres. Gracias a los cumpleaños celebrados en los parques y terrazas, donde grupos de desconocidos cantaron un ‘Cumpleaños feliz’ que sentí mío. Gracias a los regalos y las llamadas. Gracias a las carantoñas de Fénix y a la mariposa y los pájaros que rodearon nuestra mesa tras el postre. Gracias a las librerías del barrio, donde libros para todos los públicos han tomado por un día parte de la acera, llamando la atención de peques y mayores, sembrando ficciones y versos.


Gracias a la vida: por fin, abierta, ancha, pendiente de nuevos planes y nuevas osadías. Cincuenta y cuatro no son veinticinco, pero «hoy es siempre todavía», como dijo el poeta. Y es posible soñar y atreverse, dar pasos nuevos con los zapatos azul celeste que compré para la primavera de hace un año y no llegué a estrenar, por si me hacían heridas.

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