Un mismo cielo para distintas lluvias

Llovió sobre Madrid. Con furia, sacudiendo persianas y toldos, salpicando los cristales hasta atemorizar al gato. Pero era solo agua. La tormenta ‘Aline’, con su nombre de muñeca para otra infancia. Aunque el rascacielos de enfrente se hubiera borrado en la neblina húmeda, haciendo invisible esa mole de gran hospital que se impone al horizonte de los días despejados.

Solo agua. Ráfagas de viento que agitan las gotas con violencia. Una pequeña alerta que cierra los parques y convierte en ríos y cascadas algunas carreteras y estaciones del metro, salpicado de avisos para que no resbalemos. Carteles amarillos que nos recuerdan nuestra fragilidad. Por fin, comienza el otoño; un otoño enrabietado por los efectos del cambio climático, una sorpresa tras un verano interminable.

Miro alrededor. Me miro. Nos hemos vestido de cualquier forma. La blusa de verano se asoma bajo la gabardina. Hemos rescatado unas botas entre las sandalias. Algunos pies desprevenidos se han calado. Es solo agua. Después de la calle nos espera un techo. Un techo y un armario o más de uno, y ropa seca. Un par de botas de invierno, quizás más de un par.

Como muchos jueves, tengo una cita médica; un momento para el dolor y su remedio. Recorro la calle sorteando paraguas y charcos. Por fin, ha perdido su pátina pegajosa y sucia. A la luz de las farolas, los charcos son el espejo de luces brillantes y siluetas apresuradas. Las aceras tienen un aire luminoso de nostalgia. Es solo agua, repito, intentando calmar la prisa de otros transeúntes y refugiarme en esta tarde extrañamente bella y dolorosa a un tiempo.

Antes de salir, había encendido la televisión. Mientras diluvia sobre mi ciudad, mucho más vacía que otras tardes, no puedo dejar de pensar en Gaza, donde llueven misiles y fuego, y el agua está cortada desde hace semanas. Sus alarmas son aullidos de muerte. Sus edificios son polvo de piedra pulverizada. Fueron vivienda, mezquita y escuela. Hoy son escombros. Ni armarios, ni botas ni ropa.

Me resulta inevitable recordar otro jueves, el 24 de febrero de 2022. Aquel día, el parque infantil donde aguardo la hora de mi consulta estaba lleno de niñas y niños vestidos de carnaval, y no faltaban los disfraces de superhéroes, hadas y seres mágicos. Aquella inocencia infantil contrastaba con las vidas suspendidas por la guerra de Ucrania, porque la invasión de su territorio había comenzado en la madrugada previa. Viví la desolación de la zona de juegos como la metáfora de una derrota que nos concernía como humanidad, a todos. También recordé que esa guerra no era la única. Dieciocho meses después, continúa, igual que otras tantas. Es más próxima y, por eso, le prestamos una cierta atención, pero ha perdido su desgraciada novedad.

Recorro el parque infantil. Tras el diluvio, los columpios rebosan agua y el suelo mullido anticaídas es una esponja encharcada. No hay rastro de niños o risas. En algunas zonas, el agua levanta un palmo sobre el suelo. Relaciono esa cantidad desmesurada de agua con la guerra de Israel contra Palestina, tan antigua. Una guerra que no comenzó este mes de octubre sino hace décadas. Aquí se acumula el agua y se equivocan los espacios. Allí se superponen las capas de odio y se mastica la desesperanza.

Pensar en Ucrania me lleva a la maternidad de Mariupol. La imagen de aquella mujer embarazada y herida, cuya criatura murió en el ataque antes de nacer. Supimos que ella falleció a los pocos días. Ahora, hemos aprendido otro nombre: el del hospital Al Ahli de Gaza. Las imágenes presentan cuerpos cubiertos y cuerpos heridos, un dolor desbordado. Se suceden tantas tragedias que nadie las narra. Además, apenas hay testigos. Muchos gazatíes levantan sus ojos a ese cielo reseco que es su único cobijo, con la mirada casi perdida. Un cielo encendido por llamaradas tan vergonzantes que nadie reconoce como suyas.

Llovió en Madrid durante horas y horas. Pero era solo agua. Aunque ese desbordamiento sobre las aceras removiera nuestras lágrimas, el cielo ha recuperado su azul. Mientras tanto, se ha abierto el paso fronterizo de Rafah. Otro nombre nuevo para la cartografía de los conflictos internacionales. Constituye una pequeña esperanza, pero también es la mentira hecha nudo y propaganda. Los veinte camiones autorizados para entrar en Gaza transportan muy poco frente al desastre que viven sus habitantes. Son un paraguas en mitad del diluvio, para una franja sin agua luz ni medicinas, que vive amenazada por los truenos y los relámpagos de la guerra.

Sé que soy afortunada. Nuestras emergencias son nimias frente a otras, nuestro dolor es casi de andar por casa, pero se agranda porque aún no hemos perdido la empatía. Y aunque duela, más vale que la mantengamos firmemente enraízada. Qué bien que Meryl Streep, cuyo trabajo artístico nos ha emocionado tantas veces, aprovechando el gran micrófono que tenía ayer, haya reivindicado esa palabra. Ojalá resuene más fuerte y más lejos, hasta hacerse realidad. Ojalá sea posible la tregua, y después la paz.

Entre la nieve y la lluvia

El pasado fin de semana salí del barrio y paseé por el centro de Madrid. Ocho días desde el fin de la nevada, y la ciudad presentaba un aspecto desolador de árboles caídos, aceras intransitables y basura amontonada. Quedaban rincones donde resistía la belleza de la nieve pero era difícil disfrutarla con la certeza de tanto árbol muerto y por morir, tanto riesgo de caída, tantas personas retenidas en sus domicilios ante unas aceras y unas calzadas que son una ruleta rusa.

Frente al paisaje de la calamidad, me refugié en los buenos vecinos que, conscientes del abandono institucional, nos arremangamos para hacer algo. Cada uno en la medida de sus fuerzas y su tiempo, de sus herramientas al alcance. Ellos son, nosotros somos, la esperanza que me alienta tras recorrer una ciudad herida y a la deriva, a pesar de la falta de mar.

Antes y después de la gran nevada, el pronóstico meteorológico ha sido y es protagonista. Dijeron nieve y hielo, y se ha cumplido. También han dicho lluvia. En las últimas horas, han avisado de que mañana, miércoles 20 de enero, vendrán lluvias y viento fuertes. A ver si alguien se lo ha contado a quienes tienen que tomar decisiones. De paso, que les expliquen que las alcantarillas están tapadas de nieve, hielo, ramas y basura. A ver si alguien adivina la que puede liar el agua. La que caiga del cielo se sumará al deshielo, a ese rastro turbio y abandonado que es un espejo hostil. Que alguien les explique también cuántas ramas partidas penden de un hilo de madera. Ojalá no tengamos, de nuevo, que sentir el bochorno y la derrota de una ciudad castigada por pésimos gestores. Ojalá los madrileños no tengamos, nuevamente, que pedir perdón a estas calles donde fuimos felices y no nos reconocemos.

En la víspera de la lluvia

Dicen que ayer era “blue monday”, el día más triste del año. La fecha es un mero reclamo comercial, pero he de reconocer que me salió un día bien triste. Un día de derrotas íntimas y fracasos personales, un día para repensar la vida. A mí los días malos me suelen dejar la resaca de un mal vino bebido a solas. Por eso hoy, arrastro aún cierta tristeza. He bajado a la calle y no he patinado. Algo es algo. Pero toda la suciedad y la barbarie me han vuelto a golpear en los ojos.

Al subir a casa, he pensado en la lluvia. En la lluvia prevista para mañana. Casi sin quererlo, me parece que me ha salido una plegaria.

Sólo nos cabe confiar en la lluvia.

Ojalá el agua sepa llover mañana, sepa arrastrar el hielo de forma dócil, sepa esquivar los obstáculos de las alcantarillas, sepa devolver las líneas blancas tan gastadas del paso de cebra de la esquina.

Si mañana la lluvia se equivoca, le echarán la culpa a ella.

Yo quiero creer en la lluvia.

Necesitamos un agua sanadora que cure las calzadas y las aceras de cada barrio, que disipe la suciedad de tanto gris pastoso, espanto de la nieve. Un agua sanadora que nos bendiga y nos permita volver a creer en una ciudad habitable e incluso bella.

Quiero creer que el agua de mañana será nuestra aliada porque estoy agotada de tantas pesadillas.

Si mañana nos falla el agua, sólo nos quedarán las lágrimas.

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