Abrazarnos en el adiós

Con el regusto dulce del roscón aún en los labios, el 7 de enero amaneció con la noticia de la muerte en el chat de la familia. Los malos augurios se confirmaban para mi tito Antonio, el tío de tantísimos sobrinos; el marido, padre y abuelo de los brazos más abiertos.

Desperté de golpe sin despertarme del todo. Mis movimientos y cuanto se cruzaba por mi cabeza era una suma de torpezas fruto de la conmoción. De nuevo, la muerte estaba muy lejos en kilómetros y muy cerca en los recuerdos, que comenzaban a aflorar con el paso de los minutos hasta que, por fin, rompí a llorar. No volveré a escuchar esa voz entrañable que contaba chistes malos, casi siempre repetidos; esa voz que atesoraba, mejor que yo misma, las anécdotas profundas de los veranos y las playas de la infancia donde nunca más volveremos.

El desenlace ha sido rápido e inesperado. A ti, que te gustaba ir de prisa y llegar siempre el primero, has vuelto a elegir el carril de vehículos rápidos. Y te has ido llevándote tus ansias de vivir, tus andares apresurados, tu abrazo hospitalario y tu palabra desatada. Eras un torbellino generoso y bonachón, eras la historia de nuestra alegría porque, hasta que te atrapó la tristeza de los últimos tiempos, siempre nos recordabas lo bueno que habíamos compartido. Los días de Feria y aquellas tapas con el pequeño pellizco de la lotería; la aventura de ir a la playa en tu furgoneta, que desafiaba la normativa pero era el viaje más seguro del mundo; las largas partidas de dominó con los pies en la arena; el dulzor de la copa insistente de vino acompañada por unos picos y un trocito de queso o chacina; el sabor ancestral de la manteca colorá con chicharrones y el aire de poniente que se enredaba en mi pelo, en la última tarde posible junto al Atlántico.

De ti aprendí la expresión «ir a contramano», y así han sido todos mis pasos en esta mañana fatídica. Contra mano y contra la razón, con la necesidad de poner rumbo al sur, a pesar de las dudas y las gestiones torcidas, en un intento de abrazar que no cesaba de escurrirse.

Al final, lo he logrado. En Atocha, me volvía a derrotar la tristeza. Cómo abordar un tren con esa pena, entre tanto turista y su entusiasmo. Cómo llegar tan tarde para lo que era prioritario desde el amanecer. Mirando por la ventanilla, esquivé el reflejo de mis ojos en el cristal: un cielo repleto de nubes veloces y muy grises, anegadas de lágrimas.

Horas después, las palabras de reencuentro vibraban en la sala del tanatorio entre una multitud de familiares y amistades. Ojalá nos hayas visto por una rendija. Los besos y abrazos de quienes te quisimos, los mensajes de quienes no podían llegar. Ese es el recuerdo que dejas y nuestro mejor homenaje: una huella imborrable de cariño que hoy nos hace mejores.

La noche transcurrió con la inquietud de la duermevela. Vimos amanecer un cielo rojizo y azul, ese cielo que en la oración compartida, te celebraba. Y después, te acompañamos en un último paseo, el más lento que hemos hecho a tu lado. Por primera vez, he entrado al cementerio de Jerez, donde reposan los restos de mis abuelos paternos, perdidos en mi primera memoria, la de la niña que no alcanzaba a entender el significado de la palabra muerte y no pudo llorarlos.

He agradecido ese andar pausado y compartido, esa congregación de afectos tras el coche fúnebre, mientras me consolaba la serenidad de un paisaje detenido entre el espléndido azul del cielo, el rumor de las flores y la certeza de la piedra. Un rumor de pasos silenciosos hasta alcanzar el lugar último, donde experimentar la fraternidad, en el dolor de la despedida.

De nuevo en el tren, en mi viaje de vuelta, no he buscado brumas ni nubes al otro lado de la ventanilla. Me he detenido en los hermosos ojos de una preciosa bebé que no me perdía de vista, sorprendida por la forma o el color de mis gafas. Con su sonrisa tímida y su belleza intacta me traía de vuelta al lado de la esperanza y el brillo de la vida.

Ahí debemos seguir, en tu memoria del disfrute y en nuestro presente de resistencia, gracias a las cosas buenas y sencillas del día a día. Ese es tu legado y no deberíamos olvidarlo nunca.

Renacer ante el mar

Hace unos días comencé mis vacaciones de Semana Santa con un viaje relámpago a Barcelona. Ida y vuelta en dos días. Un encuentro familiar, una excusa para el abrazo. Nos debemos tantos, que no importa hacer un viaje a lo loco. Ganarle horas a la distancia que amplió la pandemia. ¿Cuántas visitas no han sido? ¿Cuántos puentes fueron días sin posibilidad? ¿Cuántas escapadas se descartaron durante los cierres perimetrales?

Aunque acusaba la falta de sueño y el cansancio acumulado, me sentí revivir sentada en el tren, redescubriendo el paisaje por la ventanilla. He hecho muchas veces ese mismo trayecto y soy capaz de reconocerlo, a pesar de la velocidad. La ciudad se desdibuja y la tierra cambia de color. Se suceden pequeñas colinas y parcelas donde el cuerpo sigue trabajando la tierra. El paisaje estaba salpicado de almendros y otros frutales en flor. En los taludes del tren y en el campo, se asomaban florecillas y hierbas silvestres. No logré ver amapolas, pero sí, margaritas y esas flores amarillas que resultaban un auténtico manjar para aquel canario de la infancia. Tras las lluvias de los últimos días los colores vibraban, resultando casi apabullantes.

A medida que avanzaban los kilómetros, se fueron despejando mis sentidos. Mis ojos tenían ganas de volver a leer. El bolígrafo comenzaba a hacerse necesario para subrayar aquellas páginas inspiradoras. También surgían las primeras ideas para un relato. Recordé cuántos viajes he hecho, a lo largo de los años, en el límite mismo del cansancio. Y cómo han logrado reconciliarme: el viaje como aliento. Volvía a ocurrir una vez más, y yo, silenciosamente, daba las gracias.

Llegué a Sants con la recompensa de varios relatos leídos y las notas de un texto a medias, recuperando el placer por las palabras. Eran pequeños síntomas de mejoría, la promesa de una pausa vacacional en la que reencontrarme. Bajé del tren con el doble de energía de la que tenía en Atocha, como si la lectura y la escritura hubieran sido el desayuno perfecto al que se añadía la magia de romper con la rutina y su cansancio. Ya que todo parecía posible, me detuve en la administración de lotería buscando la suerte que no tengo en Madrid. ¿Cómo no soñar con unas vacaciones perpetuas? Tampoco acerté los números de aquella noche. Me temo que los juegos de azar no son lo mío. Pero el mar estaba al alcance y me fui para allá.

Recuperé las sensaciones de ser turista, emprendiendo un camino distinto al habitual. Un plano de metro con otro dibujo, líneas de otros colores y nombres nuevos. Andenes más oscuros, anuncios con mensajes que nunca había visto y el sonido de otra lengua. El bullicio de un día laborable en el que yo estaba libre de tareas y horarios. Esa gozosa alegría.

El mar estaba cada vez más cerca. Primero, fue una línea de horizonte detrás del puerto; después, la masa azul que recogía una pequeña playa. Arena y partidos de voley, algunas toallas extendidas. El sol acariciaba el mediodía, engañando la sensación de frío. Avancé hacia el agua.

Recordé aquel viaje estival de la infancia, cuando al llegar a Jerez de la Frontera, que era nuestro destino, mi padre siguió conduciendo hasta la playa del Puerto de Santa María. Abrimos las maletas y nos cambiamos en un chiringuito de los que ya no existen. Ya lo escribió Rafael Alberti: nada mejor que ser marinero en tierra para desear el mar. Esta vez, ante el Mediterráneo, recuperaba aquellos recuerdos y volvía a vivir el mar como un premio. Pasados unos minutos también volvieron las palabras. El móvil se convertía en libreta improvisada. Podía ser el germen de un nuevo relato o de una historia más larga. Las primeras líneas fluían con la placidez del paisaje que me acunaba. Habían bastado unas horas para despertar hacia lo íntimo. El mar me ofrecía un nuevo principio: palabras en segunda persona para un yo que renacía.

Acabas de llegar a Barcelona y te has ido hasta la Ronda Litoral. Eres un náufrago de interior. Dejas atrás el Paseo Marítimo y te plantas ante el mar. Te enfrentas a su visión como quien busca curarse. El viento en la cara, el sol, el murmullo constante de las olas a tus pies.

Desde la última visita y tras las tormentas furiosas que se han sucedido, se ha formado un gran desnivel en la orilla. Nada que ver con la playa de pendiente suave que invitaba al baño como un imán. El resultado es un mirador, un trampolín donde surge un cierto vértigo. Un promontorio que te deja suspendida ante un incesante movimiento azul y verde, como si no hubiera suelo. Estás entre el agua y el horizonte. Ese espacio ideal de los veranos.

Al bajar la vista, descubres tus zapatos de todos los días. No has traído sandalias ni chanclas. No te has descalzado. La arena cede ante tu cuerpo extraño vestido aún de oficina. Se hunden tus pies y te cuesta caminar. No has podido resistirte a la fuerza de la orilla. Sabes que ese mar no te pertenece. Sólo has venido a que te bendiga y te dé esperanzas para seguir.

Una oración para el verano

Hubo un tiempo en el que al inicio del verano empezábamos a soñar con las olas. Aquel Atlántico juguetón o furioso que nos desafiaba, al que contestábamos con la alegría y la fuerza de la infancia. Hubo un tiempo en el que, acariciando los últimos días de las vacaciones, se hablaba de uvas y cepas. Todo Jerez olía a vendimia, y el sol marcaba la pauta y el ritmo de aquel esfuerzo sobre los viñedos de la tierra albariza.

En este verano, las olas y las cepas son otras. No auguran nada bueno, pero aún así, necesitamos un verano que nos acune, que nos cuide, que nos sane. Un verano que ponga remedio al cansancio de cada uno. Un verano que nos ofrezca noches largas de conversación al fresco, nuevos baños de mar, el sabor de sardinas y guisos marineros junto a un puerto, la pereza de la siesta, el paseo entre la neblina de los bosques del norte, el frescor y la penumbra de los templos de piedra, el placer de las lecturas aplazadas, el sosiego de los lugares pequeños, el rumor de un riachuelo, el recorrido por las salas pausadas de un museo, el zumbido de algún insecto inofensivo, el silencio de amaneceres ajenos al horario laboral y la gozada de mirar el cielo durante horas…

Tenemos tantas ganas de un buen verano que los planes se nos hacen un nudo y rezamos hacia dentro, en una oración pagana que implora compasión. Tenemos tantas ganas de mar que el embarcadero del lago de la Casa de Campo nos resulta una alucinación propicia y una promesa. Así me pareció el pasado viernes, cuando la brisa aligeraba el calor sofocante de los días previos y una enorme luna desplegaba belleza con todas sus fuerzas, y nos la transmitía. Y era posible ver el mar desde Madrid.

Ojalá logremos el descanso que anhelamos, la paz que hemos echado en falta, el tiempo de la escucha hacia los demás y hacia nosotros mismos.

Os deseo lo mejor para estos días por venir y espero que lo podamos contar y compartir a la vuelta. Felices vacaciones, feliz pausa, feliz descanso.

Una Semana Santa para la nostalgia

La naturaleza reverdecida y la primera luna nueva de la primavera han sido las dos señales que nos han anunciado la Semana Santa. Los ciclos vegetales y lunares respetan sus tiempos, mientras nosotros nos detenemos ante la segunda Semana Santa más extraña de nuestras vidas.

Es inevitable no pensar las fechas, a pesar de este calendario aturdido por la pandemia. Es difícil no acusar la nostalgia tras este Domingo de Ramos con tan poco aire celebrativo, tan vaciado de los ritos que construyeron nuestra infancia, aunque fuera algo tan nimio como estrenar calcetines.

Desde hace semanas, las torrijas hacen su guiño dulce en los escaparates, pero este domingo no ha sido fácil encontrar un puesto callejero de palmas y ramas de olivo. Tampoco se escuchan las ruedecitas de las maletas que huyen de la ciudad ni se hacen planes en voz alta.

Decía nostalgia, y no puedo evitar pensar en otros Domingos de Ramos cuando, en Jerez de la Frontera, amanecía mirando el cielo, deseándolo resplandeciente para disfrutar las procesiones que inauguraban una semana repleta de belleza, un goce para los sentidos al margen de la fe religiosa.

No he sido fiel a la cita todos los años, pero en estos dos últimos he añorado como nunca aquel olor a azahar que se mezclaba con el incienso en calles caldeadas por un sol generoso, aquella sensación de fiesta en las plazuelas y las miradas. La música y el silencio, lo solemne y lo mágico, el sincretismo ante una emoción primigenia.

Decía nostalgia y recupero los recuerdos de aquel trasiego de penitentes que caminaban apresurados con su túnica recién planchada; aquel nerviosismo a las puertas de los templos, con el gentío aguardando el inicio del ritual, la apertura de la puerta y la aparición de la cruz de guía; y por fin, la pisada acompasada de todos a una, tan poco habitual en este país, repartiendo el peso bajo el respiradero; y el grito del capataz, guiando a decenas de hombres en penumbra, bajo la descomunal carga de un paso de misterio o de palio, dotándole de belleza y vida con un movimiento calculado, sutil y extraordinario a un tiempo, sin poder contemplarlo.

Esta Semana Santa no habrá procesiones ni saetas en las calles, tampoco esa algarabía pagana que compartía un vino y conversación entre un paso procesional y el siguiente; mientras los niños se afanaban en amasar una bola de cera con la derramada por los cirios penitenciales, mientras los adultos se preguntaban por sus propias cuitas, ante la figura de un dios traicionado o crucificado y una madre doliente.

No habrá viajes, pero estamos vivos. No habrá viajes, pero este año, a diferencia del pasado, podré estar acompañada. No habrá viajes, pero hay parques, museos, librerías, salas de cine y teatro que podré disfrutar en este tiempo de descanso que agradezco como si fuera agua bendita.

Tras más de un año de pandemia y del cambio que a cada uno le ha supuesto en su vida y en su interior, recibo agradecida esta pausa y casi echo de menos el silencio de épocas más rígidas. Si fuera posible, pediría un poco de silencio a nuestros políticos, al margen de que sean creyentes o de la fe que profesen… les pediría un poco de respeto hacia la ciudadanía. Que se recogieran como antiguas beatas a pensar en sus faltas, a hacer un verdadero examen de conciencia.

Personalmente, creo que el comportamiento de muchos representantes públicos nos ha sumido en una pandemia peor que la del covid. Se llama desesperanza. Surge de verles a la gresca, interesados y egoístas, preocupados por su posición y sus sillas, como esos falsos creyentes que se dan golpes en el pecho en un sitio privilegiado de la carrera oficial, mientras otros buscan la religión en gestos pequeños que son realmente salvadores.

Quizás por eso me ha venido a la cabeza y a la memoria ese resoplido colectivo, compartiendo el escaso aire posible mientras paso a paso continúa ese trabajo esforzado fuera de los focos. Bajo el peso enorme de estructuras de madera y plata, con el firme propósito de avanzar sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo; midiendo cada centímetro de los giros en calles estrechas para no dañar el paso; sacando fuerzas de donde apenas quedan al regresar al templo, en un alarde de belleza y entrega que es difícil de entender si no se ha vivido de cerca.

Decía y digo nostalgia, pero también digo presente y futuro. Ojalá supiéramos recuperar la fe y la esperanza, y caminar todos a una, para reconstruir los daños que nos rodean desde la última primavera.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑