Vivencias que serán recuerdo y energía

No todas las semanas la actividad profesional se transforma en una sonrisa espléndida; ni la poesía y el arte se suman al abrazo en compañía. Pero este enero tuvo una semana tan atípica en todo, tan agotadora y nutritiva a la vez, que ha merecido la pena escribirlo.

No todas las semanas se conoce a un Premio Nobel de la Paz…

Y yo he tenido la suerte de recibir a Shigemitsu Tanaka, en el Colegio Lourdes FUHEM, y de ser la fotógrafa ocasional de los primeros minutos; cuando en mitad del asombro, alguien le pidió que posase con la medalla que recibió en Oslo, representando a su organización, Nihon Hidankyo, el pasado diciembre.

Las horas previas fueron intensas, coordinando su encuentro con algunos medios de comunicación; y si bien es cierto que este trabajo suele ser ingrato, di por bien invertido el esfuerzo, que resulta mínimo ante el suyo, incansable a pesar de la edad, el jet-lag y las secuelas. Mi pequeña aportación ha sido contribuir a que su mensaje alcanzase a la opinión pública: “las armas nucleares pueden suponer el fin de la humanidad”, nos ha repetido. El riesgo nuclear ha impulsado a Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), y a la Alianza por el Desarme Nuclear a organizar este viaje institucional, para lograr que España firme el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN).

Tampoco todas las semanas me siento en un salón de actos escolar rebosante de alumnos y alumnas que, con su silencio y respeto, con su emoción contenida, reconocen que están siendo testigos de un día histórico en el que supervivientes y descendientes de Hiroshima y Nagasaki, los hibakusha, junto a los integrantes de diversas organizaciones contra las armas nucleares les transmiten su legado. Me impresionaron las voces cálidas y a la vez imponentes de Shigemitsu Tanaka, que tenía cuatro años cuando la bomba atómica arrasó su Nagasaki natal; y la de Carlos Umaña, copresidente de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW), y miembro de la Junta Directiva de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), organizaciones que han recibido el Nobel de la Paz en 1985 y 2017, respectivamente.

En sus discursos, pasado, presente y futuro se asomaban al peor de los espejos. Citaron Gaza y Palestina mientras la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado permitía cierta esperanza, aunque no podemos olvidar las más de 45.700 personas asesinadas y 108.800 heridas en la Franja, desde el inicio de la guerra. También mencionaron los nombres de Ucrania y Rusia, de Corea y China, y entonces, fuimos aún más conscientes de la amenaza nuclear que unos y otros dirigentes usan, comportándose como trileros mortíferos y bravucones, sin tener en cuenta que bastaron unos segundos para aniquilar a unas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki y dejar heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que a día de hoy siguen causando un gran sufrimiento.

Ni todas las semanas se asiste al abrazo de la nostalgia

Por supuesto, no todas las semanas presento y dinamizo un acto que reúne a la comunidad escolar de un Colegio como Begoña, que cerró sus puertas en junio de 2012. Su reencuentro me brindó la oportunidad de convertirme en testigo del amor que pervive entre quienes fueron estudiantes y docentes hace cuarenta, treinta o quince años…

Les escuché y me emocioné con ellos, porque en su relato de nostalgia y afectos reconocí algunas de las experiencias que marcaron mi etapa escolar en otro colegio de Madrid, pero en el mismo contexto socio-económico y político… Aquella España que se empezaba a reconstruir sobre bases democráticas y en las que muchas familias pensaban que sus hijos y, por primera vez, sus hijas, si estudiaban y se esforzaban lo suficiente, iban a tener las oportunidades y las vidas que les habían sido negadas a las generaciones anteriores.

Escuchamos allí que un colegio y un profe, aunque se le recuerde con un mote, pueden cambiar una vida, la vida que después puede transformar el mundo. Recordamos también la influencia de las primeras amistades y las experiencias vitales de la adolescencia y la juventud, cuando todo estaba por llegar y el futuro parecía un lugar mucho más luminoso que el que vislumbramos ahora.

Y cerrar la semana, con la poesía y al arte

No todas las semanas acudo a un acto literario en el que se presenta una editorial que acaba de echar el cierre tras veintisiete años de trabajo y unos cien títulos de un catálogo. Pero ese es el caso de Igitur, la editorial que protagonizó en la librería Enclave de Libros una nueva sesión del ciclo “¿Qué hay de la poesía hoy?”, que volvió a ser lumbre, belleza y afectos, como recordó Esther Peñas en su intervención inicial. Después, Ricardo Cano Gaviria y Rosa Lentini, editores de Igitur (y antes, de la revista Hora de Poesía), recordaron los títulos publicados, el camino de ilusiones y tropiezos junto a traductores y autores. Entre los últimos, les acompañaban Noni Benegas, Manuel Rico y Esther Ramón, que evocaron las páginas de los libros que cada uno había publicado en aquel sello remoto y audaz que, desde un Montblanc recóndito e independentista, traía aires renovados a una poesía monopolizada entonces por pocas editoriales y uniformada por estéticas que apenas dejaban margen.

De Igitur fueron las primeras traducciones al castellano de poetas que no estaban disponibles en España: Sharon Olds, Wisława Szymborska, Ungaretti, Mandelshtam, Montale, Mallarmé… y muchas mujeres poetas inéditas entonces: E. Bishop, J. Barnes, Lidia Pastan, Amelia Rosselli, Joyce Mansur, Rosa Leverolli…

Escuchándolos, y seguramente porque sus palabras coincidían con vivencias en las que la nostalgia no había dejado de interpelarme, me pregunté por mis lecturas de muchos años atrás, por mis errores y lagunas. Menos mal que Rosa Lentini insistió en que “no hay tiempo ni espacio físico ni psíquico para tanto como queremos leer”, y me perdoné un poco. Con esa indulgencia, volví a saltarme la prohibición autoimpuesta de no comprar más libros, y me dí un capricho que, en el fondo, tenía mucho de gratitud hacia sus esfuerzos de tantos años.

Por último, no todas las semanas acudo a la clausura de una exposición de mi amigo Leandro Alonso García; pero, desde que inauguró «De lo que queda», en Vamm Coffee House de Villalba, estaba pendiente el reencuentro, el abrazo y la confidencia en torno a ese misterio que es el arte.

La muestra recopilaba obra diversa a partir de la plasticidad y la potencial belleza del residuo y la imperfección que nos rodean; y cómo a través del video, la escultura, los collages, la fotografía o el fotomontaje, se despiertan nuestra mirada y nuestra capacidad de observación. Se proyectaron trabajos conjuntos de Leandro Alonso y Alberto Cubero, y al volver a ver y escuchar libros y proyectos que tienen ya más de diez años, como La textura metálica del dolor, retomamos la conversación sobre la relación entre las distintas manifestaciones artísticas y el hallazgo azaroso que, gracias al arte, nos conmociona.

Hasta aquí alcanza el relato de esa semana excepcional de un enero doloroso en muchos de sus días. Frente a los párrafos previos, lo habitual es que la cita “los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía”, crezca en mi cabeza hasta cobrar la dimensión de una valla publicitaria imaginaria, pero muy arraigada, al levantar o bajar la persiana de cada jornada. Y que, desde esa visión de pesadilla, me paralice un cansancio triste que me impide participar en espacios que disfruto. Por eso, me alegra tanto que esta semana haya sido distinta.

Las horas fueron propicias y, ojalá hubieran sido aún más anchas y largas, para poder sumarme al «Vermut poético», convocado por Genialogías, dedicado a Poesía y Ruptura, con Marga Mayordomo, Amparo Arróspide y Roxana Popelka; y al encuentro en torno a mi querido Francisco Moreno Galván, organizado por el Círculo Flamenco de Madrid. Evidentemente, ni el don de la ubicuidad ni las fuerzas dieron para tanto.

Si esos días, en el marco de los actos escolares citados, se recurrió a Rilke, “la patria es la infancia”; de pronto, entendí que de la niñez se sale cuando, de forma progresiva, la vida nos obliga a elegir entre opciones que, con los años, son cada vez más serias. El domingo, entre envases vacíos de vitaminas y analgésicos, elegí descansar porque mi cuerpo avisaba. Me tome una pequeña pausa mientras acariciaba algunas fotos y, como dicen los flamencos, me repetía aquello de “¡Que nos quiten lo bailao!”. Finalmente, el lunes… cualquier intento de baile cayó por tierra, con un trancazo monumental, y varios golpes que han resonado como un demoledor zapateado en mi cabeza. No obstante, no quiero olvidar lo bueno. Y en cuanto me recupere, confío en que esos recuerdos me permitan volver a bailar.

Ucrania: nueve meses de guerra

Recuerdo perfectamente el día que comenzó la invasión rusa de Ucrania. En la madrugada del 24 de febrero de 2022, Vladimir Putin anunció el inicio de los bombardeos en un discurso televisado. Nocturnidad y alevosía para un escenario que, durante las semanas previas de encuentros diplomáticos y noticias confusas, jamás imaginé que llegaría a ocurrir. Y sin embargo, estaba pasando.

Cuando encendí la radio aquella mañana, la rutina informativa también había saltado por los aires. El horror de un ataque a gran escala con bombardeos sobre ciudades como Kiev, Járkov u Odesa había cambiado el anodino guion habitual: la retahíla cansina de la agenda mediática, la información meteorológica, el estado de las carreteras en hora punta y los consabidos argumentos de los contertulios habituales.

Volví a preguntarme por mi adormecido olfato periodístico. Si alguna vez lo tuve, no era el mejor día para pensar que seguía ahí. Durante semanas vi a Putin como un fanfarrón insensato jugando de farol, un ególatra encantado de ser el centro de todas las miradas. Dimos más importancia a la medida de la mesa de sus encuentros internacionales que a lo que estaba gestándose en su cabeza. La falta de buenos análisis y lecturas, junto a la necesidad de refugio, me habían llevado a creer que no habría guerra. Me había equivocado.

La jornada entera fue triste. Las noticias convertían las horas en una derrota colectiva, una más. Se me despertaron los recuerdos de otras imágenes… La guerra de la antigua Yugoslavia y el genocidio de Ruanda; las víctimas de Chechenia, Colombia, Palestina… Algunos de esos conflictos los seguí de cerca en el verano de 1995, como redactora en prácticas del Canal Internacional de Televisión Española (TVE).

Imaginé la efervescencia de las redacciones, las pantallas encendidas con la señal de televisiones de todo el mundo, los sucesivos envíos de agencia y los preparativos apresurados para el viaje de los primeros enviados especiales. Pero me sentía muy lejos de todo aquello. Incluso me indignaba cierto sabor a adrenalina, una extraña euforia ante las narraciones envanecidas de quienes se creían protagonistas de la historia del siglo XXI, que estaba cambiando ante nuestros ojos. Nunca sintonicé con un periodismo espectáculo y sigo soñando con una misión de servicio público, concebida como herramienta para lograr una población mejor informada y más culta.

No fue un día fácil. Fracasaban la humanidad y su relato. Los intereses de diversa índole ocupaban el tablero de juego y comenzaban a extenderse como el aceite, igual que las mentiras. Las mejores intenciones se convertían en atropelladas iniciativas solidarias mientras los propios ciudadanos de Kiev derribaban los puentes de su ciudad. Aquella imagen sí era clave y comprensible, estaban dispuestos a luchar y eso implicaría una guerra larga. La población se dividía, entre la huida o prepararse para resistir. Los de siempre se frotaban las manos. También los de siempre enterraban los primeros muertos.

Aquella tarde me detuve mucho tiempo ante un parque infantil. Era jueves, pero el calendario escolar de Madrid lo había convertido en viernes de carnaval. El día siguiente no era lectivo y la jornada había sido especial, sobre todo, para los más pequeños. En los columpios, niños y niñas jugaban luciendo aún sus disfraces. Miré a quienes iban vestidos de superhéroes, hadas y otros seres mágicos; y no pude evitar pensar que necesitábamos héroes, heroínas y espíritus benefactores para salir de este tiempo sombrío. Frente a su bullicio y su alegría, imaginé los parques de las ciudades ucranianas, cargados de silencio y miedo. En los bancos cercanos, había mujeres embarazadas y parejas que acunaban el coche de un bebé mientras seguían con los ojos las idas y venidas de otro u otros críos; las charlas de algunos abuelos se mezclaban con las de algunas empleadas de hogar… la vida seguía a pesar de todo, y constituía un pequeño alegato a favor de la esperanza.

Entre tanto, mi cabeza viajaba a las escenas pequeñas que, a buen seguro, debían de seguir ocurriendo en las ciudades ucranianas. Me era fácil imaginar a alguna mujer que, en el baño de su casa, acabaría de enterarse de que estaba embarazada; alguna persona que habría recibido un mal diagnóstico en la cita médica posterior a unas pruebas; y alguna familia que estaría regresando del cementerio, tras enterrar a alguno de sus mayores tras una enfermedad de meses o semanas. Todas aquellas noticias íntimas se estaban sumando a la grandilocuencia de aquel 24 de febrero de 2022.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Y yo, muchas tardes, he regresado al mismo parque sobre la misma hora. En los días de lluvia y del calor intenso del verano, los columpios estuvieron vacíos y su imagen desolada me trasladó a las ciudades sin vida de la guerra. ¿Dónde están los superhéroes que podrían salvarnos de la debacle? He seguido pensando en aquellas personas que imaginé el primer día de bombardeos. Ahora que se cumplen nueve meses de invasión, estarán naciendo los bebés cuya gestación se ha producido durante la barbarie. Me pregunto cómo habrá sido escuchar su llanto tras el parto.

Con el tiempo, Ucrania se ha convertido en una guerra larga, como ocurrió en Siria, con muchos elementos en común. Salvo hitos significativos para el relato global (un salto cualitativo en el número de víctimas, en el objetivo alcanzado, en la atrocidad perpetrada o el cambio de bandera de algunas ciudades), ha dejado de abrir los informativos. Ahora Ucrania es una guerra más, como tantas, aunque más cercana en lo geográfico y con implicaciones económicas que tampoco se quisieron abordar desde el principio. Y mientras tanto, la población afectada ha intentado seguir con sus vidas. Sus duelos y su enfermedad, sus problemas laborales, su horizonte agrietado por decisiones ajenas.

Los columpios desiertos al caer la noche me interpelan. Recientemente, hemos alcanzado la cifra de población récord: somos ya 8.000 millones de personas. También en fechas recientes se ha celebrado una nueva cumbre climática cuyas conclusiones y acuerdos distan mucho de ser los ideales. Me pregunto qué mundo estamos dejando a quienes vienen detrás, a quienes rompen a llorar en su primer contacto con el aire que nos hemos acostumbrado a respirar.

Quizás todos, en los actos diarios, deberíamos pensar en algún niño, visualizarlo, y comprometernos con su inocencia y su futuro. Recuperar sus preguntas y sus respuestas. Abrazar sus tiempos y sus pausas. Simplificar el día a día, porque quizás la felicidad de todos pueda ser mucho más básica: alimento, afecto y abrigo.

Unas vacaciones extraordinarias

Ha terminado el curso escolar y después de muchos años, vuelvo a sentirme como en los remotos tiempos estudiantiles, con un largo verano por delante. Llevo meses escribiendo del cansancio, la necesidad de buscarme y encontrarme, el desánimo que se ha hecho huésped, los sueños aplazados y la salud quebrada. Y de pronto, alguien me brindó la palabra necesaria, excedencia, y me dejó sin excusas ante el espejo vital de las obligaciones al que me acostumbré desde niña.

¿Excedencia? La voz mágica fue haciéndose grande e inaplazable a pesar de todo y contra todo pronóstico. No ha habido tiempo suficiente para ahorrar y emprender aventuras, tampoco mi cuerpo estaba preparado. Esta vez no hubiera sido capaz de llenar una maleta con los pliegues del cansancio. De momento, disfruto de la pausa y el sueño. Así pues, julio ha comenzado de forma extraña, desobedeciendo al despertador programado y perpleja ante un tiempo nuevo. Aún estoy desubicada frente al calendario, procesando los consejos que me llegan y los deseos propios, cuadrando la anchura de los días con las expectativas.

Mi extrañeza está rodeada de un silencio que recuerda el tiempo de la pandemia. El bar de abajo ha cambiado sus horarios y durante la mañana reina el silencio. El instituto próximo ha bajado las persianas de las aulas y ha desaparecido el bullicio que enmarcaba mi jornada laboral de teletrabajo, entre el paseo adormilado y numeroso de primera hora y la ruidosa estampida del mediodía. Pero este tiempo no es el del confinamiento y la pandemia, aunque el bicho siga suelto, vivito y coleando. En mi caso, confío en que sea el tiempo de la salud y el disfrute, también para los proyectos de escritura que requerían las horas seguidas que no existían.

Tras los primeros días, empieza a asustarme que todo este tiempo pueda evaporarse como en una magnífica tribuna de Juan José Millas, que recuerdo al inicio de cada periodo vacacional. En aquel texto, que no logro encontrar en Internet, el gran columnista que es Millás atinaba al comparar las vacaciones con la bebida que siendo un niño reclamaba en la verbena estival; y avisaba del peligro de que estos días tan anhelados se disipen como aquella gaseosa, consumida con un ansia que impedía saborearla.

Supongo que el recuerdo de ese texto y la obstinada huella de la productividad me llevó a buscar una larga lista de tareas (personales y domésticas), que hace tiempo escribí y después abandoné por falta de fuerzas. Nada más dar con ella, Fénix se tumbó encima. Lo interpreté como un alegato a favor de la pereza. Sólo él, capaz de dormir durante horas, podía imponerme el mandato del descanso y detener el tiempo. Cuando, por fin, levantó su tripa blanca del papel, descubrí que era una vieja versión. Un nuevo hallazgo a destiempo que me enfrentaba con lo que fijamos como tarea ineludible cuando tal vez no lo sea.

¿Sustituir un rodapié arañado? ¿Comprar disolvente para quitar el adhesivo de una puerta? ¿Abrir las cajas convertidas en mesilla tras una mudanza que cumple cuatro años? ¿Ordenar las fotos que se han vuelto hambrientos seres digitales que devoran el disco duro? ¿Revisar los contratos de suministros abusivos? Por supuesto, retomar el dentista y pagarlo religiosamente; volver a revisar mis ojos y atender nuevos achaques. Guardar la ropa de invierno y buscar el bañador del año pasado porque el agua será posible tarde o temprano, y hay que ver si falla el material elástico o mi cadera. La lista era y es demasiado larga. Estoy dispuesta a tener en cuenta ese consejo felino.

Recordaré que he llegado a este punto casi por prescripción médica. Pero también me apremia que esta pausa sea una cita con el deseo de completar los cuadernos abandonados y retomar el placer de la lectura, un reencuentro feliz y productivo con las palabras. Hay varios proyectos en curso y una pila de libros que han llegado a casa sin alcanzar el hueco alfabético de la estantería. ¡Me hacían tanta falta el día de su compra impulsiva! Pero luego, más que el impulso, faltó el aliento para dar sentido a su promesa de placer y aprendizaje, porque es imposible escribir sin leer, y desde hace demasiado no encuentro el estado mental que requieren los libros que necesito.

Junto a las exposiciones pendientes y las salas de cine, libros y cuadernos han de recrear un verano como el de mi infancia, cuando el calor sofocante me impedía dormir y la madrugada sin horarios se convertía en una interminable noche bajo el flexo, hasta que un mosquito más grande de lo habitual me sacaba de algún mundo imaginario.

Para este tiempo de excedencia sin excesos, he de conectar con el largo verano que existió antes de las obligaciones, sus tardes anchas de calor y siesta, sus mañanas de pereza y tiempo por hacer. Recuerdo que, en aquellos meses de julio y agosto, rescataba las páginas sin escribir de los cuadernos escolares e intentaba historias más ambiciosas que mis recursos de narradora. También pasaba a limpio los poemas que habían ido surgiendo durante el curso. Sólo quería escribir y leer porque sabía que en las palabras existía un refugio contra cualquier inclemencia. Y ese era el mejor de los propósitos.

Hoy necesito reencontrarme con los sueños de la infancia. Quizás este verano similar y extenso sea propicio para sintonizar con quien fui y reconciliarme con quien no soy, hacer las paces con quien se perdió por recorridos vitales que no le eran propios y atendió urgencias que carecían de sentido.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Serán los cincuenta. Será haber llegado al límite de mis fuerzas y mis preguntas. Será el deseo de alimentar la vida con nutrientes reales y saludables. Será la palabra de otros que se ha hecho estímulo y motor. Será la necesidad de respeto para conmigo… Sin duda, deben ser muchas cosas. Tantas que, por fin, me he concedido el regalo del tiempo.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑