Astillas, mi nuevo libro

Con alegría, con cierta timidez, con respeto a la palabra definitiva, me emociona anunciaros que Astillas, mi nuevo libro de poemas, ha salido de imprenta para llegar directamente a la 83ª edición de la Feria del Libro de Madrid, a la caseta de Bartleby Editores (232).

Astillas, Ana Belén Martín Vázquez. (Bartleby. Madrid, 2024)

Aún me cuesta creer que Astillas son ya páginas encuadernadas y temblorosas en el Parque del Retiro donde, en cuanto pueda, iré a su encuentro. Hace algunas fechas, cuando recorrí un Retiro primaveral que estallaba en buenos deseos, había comenzado el montaje de la Feria del Libro, pero aún era pronto para anunciar nada. Se trata de mi segundo poemario y aún así se repiten el titubeo de la impostora que pide permiso, la ansiedad y la torpeza de principiante. Algo parecido a lo que experimentaba cuando hacía teatro: por muy sabido que estuviera el texto, por muy ensayada que estuviera la obra y por muchas veces que la hubiéramos representado ante públicos diversos, las mariposas del estómago me tomaban por entero al exponerme ante otros con una voz y un cuerpo mucho más desnudos de lo que decía cualquier personaje.

Astillas es un libro escrito desde un dolor desconcertante. En él, apenas cabe un personaje ajeno, aunque la expresión poética siempre deja márgenes y espacios fuera de quien de lo escribe. Su título evoca la astilla que se clavaba en nuestro dedo infantil, provocando un dolor muy intenso, a pesar de surgir de un cuerpo minúsculo, casi invisible. En esa metáfora, se sustenta la sucesión de estos poemas que tienen su origen en momentos sombríos, una tristeza difícilmente explicable.

En la contraportada, Manuel Rico, director de la colección de poesía de Bartleby Ediciones, dice así: “La herida se proyecta en espejos imaginarios y encuentra su dimensión más inquietante en la realidad de la muerte y la experiencia de un cuerpo agotado. Los días, en cada amanecer, asoman inciertos, y la vida avanza bajo la sombra de obligaciones y renuncias que la condicionan y limitan. Para la poeta, la casa deja de ser refugio. El insomnio se funde con la memoria. Cada recuerdo, como cada palabra, dejan de acompañar, de ser cómplices”.

Como todos mis libros y proyectos literarios, Astillas es la historia de un largo viaje. Sus primeros poemas surgieron en 2018, en un inicio en tromba que buscaba una inalcanzable salvación a través de la palabra, un consuelo casi imposible. Los años de elaboración y relectura han acompañado lo vivido y, afortunadamente, confluyen en esta primavera y esta novedad editorial donde me permito interpretar esas astillas como el material con el que encender un nuevo fuego. Si el primer poema, un poema prólogo que enmarca el libro, parte de una invención de lágrimas a las que no se tiene derecho, el último apunta a un tú desvanecido que empieza a construirse en otro sitio. Astillas es la memoria rota de un tiempo difícil y también su costura, su apertura a la vida y al deseo negado.

Afortunadamente, la publicación de este libro cierra un período complejo. Por eso, nada me hace más ilusión que volver a la Feria del Libro de Madrid, y firmarlo el próximo viernes 14 de junio de 2024, de 19 a 21 horas, porque compartir duelo es una forma de volver a aferrarse a la vida. La Feria del Libro de Madrid es para mí un lugar mágico, casi mítico, donde los sueños han cobrado sentido en muchas ocasiones y, al igual que las astillas, también conecta con la infancia. Porque yo fui una niña que fantaseaba con estar al otro lado de las hileras de libros, en esos nombres que repetía la megafonía, y me emocionaba al ver que algunas pocas mujeres: Carmen Martín Gaite, Gloria Fuertes, Soledad Puértolas, Josefina Aldecoa, Maruja Torres… estaban al otro lado, aunque no hubiera rastro de ellas en mis libros de texto.

Agradezco a Bartleby Editores que lo haya alojado en su catálogo, donde también apareció De paso por los días. Algunos agradecimientos tienen nombre y apellidos: a Pepo Paz, por su trabajo y su esfuerzo, para que el libro y yo pudiéramos encontramos en la caseta 232; a Manuel Rico, director de la colección de poesía de Bartleby, por su lectura y su acogida; y a Cristina Morano, por su bella y atinada portada. Como todos los libros, Astillas ha sido posible también gracias a la inspiración de otras voces. Por eso, en las citas iniciales, he rescatado unos versos de “Desmesura”, de Francisca Aguirre, y un poema del tensó Tan cerca de ningún lugar, de Alberto Cubero y José Luis de la Fuente. El libro está dedicado a mi madre y a mi padre, porque es un alegría que lo puedan coger con sus manos. Además, al margen de los nombres impresos, responde a una gratitud inmensa hacia quienes me leen y me alientan a seguir en este extraño lugar de la poesía y la escritura.

El libro estará disponible desde el martes 11 de junio en la caseta de Bartleby Editores (232), y en librerías el 24 de junio de 2024. Y mientras me enredo en palabras y deseos, me pongo a jugar con ese número capicúa íntimamente perfecto y con la noche mágica de San Juan, donde se celebra la renovación del fuego, y siento la fuerza de una fuerza inspiradora a la que aferrarme, después de todo.

A partir de ahora, Astillas es vuestro. Ojalá le deis cobijo y os acompañe.

Guadalupe Grande: la muerte incomprensible

Aún estábamos tocando la posibilidad de la esperanza, inaugurando el año nuevo, cuando en la noche del 2 de enero llegaba la terrible y sorpresiva noticia de la muerte de Guadalupe Grande. Los mensajes se sucedían entre la tristeza y la conmoción. Sigo sin creer que no volveré a verla. Sigo sin asimilar que ya no está y tal vez escribirlo sea una forma de entenderlo, y también de hacerle mi pequeño homenaje como un acto de gratitud por todo lo que me enseñó y compartimos.

Coincidí con Guadalupe Grande muchas veces. Era habitual en lecturas poéticas, recitales, actos culturales y reivindicativos en los que amigos comunes acabaron por presentarnos. Al margen de estos encuentros, que fueron una constante, en otoño de 2012, me apunté al Taller de Creación de Poética que ella comenzó a impartir para el Ateneo Cultural 1º de Mayo de Comisiones Obreras. Y tras aquel primer curso lectivo, hubo cuatro más. Así que fueron cinco años compartiendo poesía y mucho más que poesía, todos los martes excepto festivos y vacaciones.

El taller lleva, llevaba por nombre “Un camaleón en la cocina”. Los tiempos verbales se confunden porque el taller seguía en marcha, ahora en formato on-line por la pandemia, con nuevos compañeros que se iban sumando mientras los antiguos nos dábamos una pausa y nos manteníamos en la lista de correo. Era su forma de decirnos que siempre estábamos invitados a las lecturas y a volver cualquier día, ya fuera para compartir poemas o los vinos que daban continuidad a la cita literaria y poética, esa complicidad que se ensanchaba en horas inolvidables. Todos nos sentíamos a gusto diciendo que éramos “camaleones”, encajando en esa forma de hacer que ella planteó desde el principio. Entender la poesía como una cocina, donde las lecturas son los ingredientes indispensables que aportan lo sustancial y también innovan, en un proceso constante de creación en el que el plato nunca debe ser el mismo; y con la posibilidad de que un elemento sorprendente, el camaleón, por ejemplo, le aportara esa otra cosa que hay en la buena poesía: el lenguaje que sale de lo común, el hallazgo de la metáfora, la imagen que levanta el poema.

Con los años y la confianza de una cita semanal durante tantas tardes, Guadalupe Grande se convirtió en Lupe, como la llamaban sus amigos y familiares. Nos presentaba autores muy diversos, con el propósito de abrir horizontes, y al abordar nuestros textos nunca fue complaciente. No aceptaba un adjetivo de más, una metáfora manida ni los vicios que cada uno traía ya en su escritura. Era siempre exigente y por eso aprendíamos. Pero era también generosa. Nos animaba a seguir, a mejorar. Y no se limitaba a los textos del taller. Cuando De paso por los días era aún un manuscrito, se ofreció a leerlo. Y semanas después nos encontramos en el Café Comercial, donde me animó a publicarlo, aunque no con el título y la estructura que tenía entonces. Recogí sus sugerencias y en las lecturas de presentación siempre agradecí su aportación y su aliento, que contribuyeron, junto al de otros, a que el libro tuviera su forma definitiva.

Más allá de la poesía y lo literario, compartíamos otros intereses. Dentro y fuera del taller nos recomendábamos películas, exposiciones de fotografía, obras de teatro… la cocina se nutría con otras manifestaciones artísticas por las que Guadalupe Grande también se interesaba. De hecho, ella misma trabajaba el collage y el video, entrecruzando disciplinas y lenguajes como se puede ver en su blog Caja de luz.

En esa mezcla heteredoxa de saberes y miradas, estaba seguramente lo que había aprendido desde pequeña, en la casa familiar formada por Félix Grande y Francisca Aguirre, padres de los que se ocupó hasta sus últimas horas y poetas imprescindibles de nuestra historia literaria. En aquel hogar, las puertas siempre estuvieron abiertas para escritores, músicos, pintores… creadores de arte y vida, que vienen a ser vasos comunicantes imprescindibles para sortear la existencia y sus injusticias. Entre esas dos figuras generosas en la amistad y la conversación creció Lupe y, por eso, no es extraño que las redes se hayan llenado estos días de sus poemas y sus trabajos audiovisuales, y sobre todo, de una inmensa muestra de cariño y afecto con la que la recordamos muchísimas personas. A ella, que era una mujer discreta y delicada, le hubiera sorprendido ver hasta qué punto estaba presente y era necesaria. A ella, que nos queda para siempre en su obra (cuatro libros de poemas, artículos y trabajos audiovisuales), la echaremos de menos como persona inteligente y firme en la conversación política, en el encuentro alrededor de la poesía y en el análisis certero de los muchos males que aquejan y duelen a quienes soñamos un país distinto, sobre todo, un país más culto y respetuoso con las personas que han entregado su vida al arte y a la cultura.

Han aparecido ya varios obituarios sobre Guadalupe Grande y seguirán apareciendo. Os dejo a continuación los enlaces a algunos de los que se han publicado: Guadalupe Grande, la derrota innecesaria, de Manuel Rico en El País; el que firman Carmen Ochoa y Antonio Crespo en El Diario, titulado Una llave de niebla en Chamberí (en la muerte de Guadalupe Grande), y Muere la poeta Guadalupe Grande a los 55 años, de Antonio Lucas en El Mundo.

Todos los textos coinciden en destacar su trayectoria vital y literaria. Al margen de los énfasis de cada autor, las palabras duelen ante esta inesperada y temprana muerte. Como me dijo en el tanatorio mientras se velaba el cuerpo de su madre, “la muerte es incomprensible”. Hoy más que nunca esas palabras me resuenan en una herida profundísima. Es la herida por la presencia imposible, las citas y los correos no atendidos, la espera de ese otro día para vernos y llamarnos… Lo que ya no podrá ser.

Escribir, caminar y fotografiar como forma de resistencia

De un tiempo a esta parte, muchas veces me ha venido a la cabeza Francisca Aguirre, y aquel decir suyo de la escritura para conjurar la locura. La he buscado en Internet: «Escribo para no andar a gritos y para no volverme loca. La poesía tranquiliza. A mí me ayuda. El mundo es injusto pero el lenguaje es inocente», la frase aparece citada en la noticia de su muerte que ofreció el periódico Información.

En ese escribir para no enloquecer no debió ser la única ni la primera, igual que tampoco soy la primera ni la última en suscribirlo. Yo también escribo para no volverme loca. Y desde mayo, cuando pudimos volver a pasear, recuperando ese gesto tan humano tras una prohibición que duró un mes y medio, también paseo para no volverme loca. Y durante el paseo, saco fotografías, busco la imagen capaz de salvarme.

Paseo para recuperar el placer de caminar sin tener destino ni propósito concreto, para poder refugiarme bajo la sombra de los árboles. Hago fotos nuevas, para buscar otra mirada y también el pie a partir del que poder escribir otras cosas, para descubrir otra realidad en la realidad que me rodea, para encontrar resquicios de belleza en esos espacios cotidianos y próximos.

Escribo, paseo y hago fotos para no volverme loca. Y todo ello en una búsqueda, casi inconsciente, de dar un cierto sentido a este sinsentido, para hallar vida más allá de tanta muerte, tanta pesadumbre y tanta tristeza. La palabra, el camino inesperado y la imagen que salen al paso son una medicina improvisada, un placebo que no siempre funciona pero que pruebo a falta de otras opciones.

Al pasear, camino rápido, como si mis pasos quisieran romper este tiempo detenido, alejarme del presente, atravesar esa niebla fina con la que nos han cubierto los planes de futuro, los abrazos que no vamos a dar. Camino rápido como si quisiera huir de esta pesadilla.

Hago fotos. Con la ansiedad de quien no respira, mis ojos buscan el oxígeno de otro mundo en el mundo al alcance. Como si fuera una turista de mis calles, como si pudiera reconciliarme con los rincones de esta ciudad cada vez más golpeada, nuevamente golpeada, cuyo nombre vilipendiado se arrojan a la cara unos y otros, sin tener en cuenta que es mi casa, nuestra casa, la casa de tantos.

Me reconforta la luz del atardecer. Madrid sabe atardecer como pocas ciudades. Los anaranjados, los violetas y azules se mezclan y evocan la luz de Velázquez y de otros muchos. Al salir a la calle o desde la ventana tenemos postales diarias que muchos días han servido de consuelo.

Y escribo. Apenas pude escribir nada durante el primer confinamiento, aquel que marcó los meses de marzo, abril y mayo de este año. Forcé las palabras para mantener vivo este blog que echaba a andar, pero no hubo poemas ni letras dignas de mención más allá de aquellas entradas.

Sin embargo, ahora siento que las palabras se agolpan dentro de mí con las mismas ganas de salir corriendo que agitan mis pies y mis ojos. En estos días, se multiplican los renglones escritos en libretas de todo tipo porque si las palabras se me quedan dentro, me volveré del todo loca.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑