Árboles, más árboles, por favor

Este otoño de puertas para dentro, de jornadas laborales que acaban con la luz de la tarde ya vencida y fines de semana domésticos o con actividad en interiores, me ha dejado menos contacto con los árboles del que yo hubiera deseado. Pero un par de castaños que se divisan desde mi ventana me recuerdan que están ahí, cambiando de color, regalando belleza en este momento de dejar morir las hojas para renovar sus fuerzas.

El otoño es una estación de matices y cambios. Los primeros charcos, los reflejos ocres, las tardes cortas, el olor de una chimenea cercana que, en la extrañeza de la ciudad, arranca un olvidado olor de humo de leña. La promesa aplazada de un paseo por el bosque me llevó a evocar fotos de años atrás. Una fugaz visita al Retiro, para disfrutar de la magnífica exposición de Manolo Quejido, me recordó como se gestaron algunos poemas de tiempo atrás.

Árboles, árboles, árboles, me dije… con la intención de escribir unas líneas y rescatar aquellos viejos poemas en este blog, para rendirles un pequeño homenaje de nostalgia, mientras aguardaba el paseo entre su murmullo. Y en esas estaba cuando, hace un mes, se presentó en Sevilla el primer inventario de árboles singulares de la ciudad.

Resulta que en verano, un amigo que estaba trabajando en este proyecto y tenía mi libro De paso por los días (Bartleby, 2016), me pidió permiso para usar algún poema en el documento. Lógicamente, le di todos los permisos del mundo. Un tanto avergonzada, porque quién era yo después de haber leído (y participado), en el libro Naturaleza poética, editado por La imprenta; quién era yo cuando mi amigo y admirado poeta Gsús Bonilla andaba enredado en El mundo florece para ser escrito y otros proyectos de jardines encendidos; quién era yo leyendo, en el Diario de Sevilla, a Tomás García Rodríguez, al que he descubierto a través de las redes y reconozco sabio defensor de Sevilla y su paisaje arquitectónico y vegetal, como fácilmente se puede apreciar en artículos como éste. Ofrecí todos esos nombres, todas las excusas, todos los argumentos, todo mi pudor… y también, le reiteré que aquellos poemas eran ya de sus lectores más que míos.

En efecto, yo no era nadie, pero mis poemas le encajaban y siguió con su idea. Así pues, se permitían un nuevo vuelo que me hacía feliz. Aún más cuando vi la maqueta y supe que no iba sola, sino acompañada por Manuel Benítez Carrasco y Gustavo Adolfo Bécquer. El primero, cuyo nombre desconocía, es el autor del poema “Dice el árbol”, que forma parte de una bella tradición, pues su lectura acompaña a una asociación vecinal de Sevilla en cada plantación, y son sus versos los que dan voz al nuevo árbol, que pide que le cuiden y respeten como se merece. Al segundo le sobra presentación, poeta romántico sevillano, cuya poesía marcó nuestras lecturas juveniles y cuyo monumento se ubica en el Parque de María Luisa, a la sombra de un bello ejemplar, un taxodium, que consta en este inventario.

Este catálogo de árboles de Sevilla distingue 56 ejemplares y 28 arboledas singulares. Ha sido todo un descubrimiento asomarse a sus páginas y entender los criterios empleados y el aluvión de datos que justifican sus respectivas singularidades. Lo que destaca a los ojos de cualquier paseante, sus dimensiones, belleza y emplazamiento; se amplía con una completa serie de motivos que explican su presencia en el listado: su tamaño y la rareza de su especie; la edad cronológica y ontogénica; la forma y tipología de su crecimiento; sus valores culturales, paisajísticos o ecosistémicos; la adecuación al emplazamiento y su representatividad.

La recta final de la elaboración del inventario se cruzó con la poda parcial del ficus de San Jacinto y sus consecuencias, las manifestaciones a favor y en contra, los intereses y la intervención judicial… Al escribir estas líneas, ese ficus sigue en pie, y su resistencia respira sobre otros nombres que nos trasladan a la historia y la belleza de la ciudad hispalense.

Porque leer la nómina de los árboles recogidos en el inventario es iniciar un viaje lleno de olores y rincones, propiciados por la evocación: la araucaria de la Torre Norte; el pacano y el magnolio del Real Alcázar; el cassine y el celtis del Palacio de las Dueñas; el árbol de las cigüeñas; la ceiba del pabellón de Cuba; el pomelo del Monasterio de la Cartuja; el eucalipto de Pedro Salinas; la tipuana de la Calle Monzón; el ficus del Altozano o la morera del Cortijo del Alamillo… Y lo mismo ocurre con las arboledas: conjuntos de sombra y color gracias a plátanos, araucarias, cedros, naranjos, eucaliptos, jacarandás o washingtonias que van unidas a lugares como la Cartuja, la Glorieta de los Hermanos Machado, el Real Alcázar, el Convento de Santa Clara, La Pasarela…

Gracias a este documento, están a nuestro alcance los datos de cada ejemplar o del conjunto, fotografías globales y de detalle, el plano de la ubicación y las directrices técnicas para su gestión futura, porque de su seguimiento, cuidado y vigilancia puede depender que el árbol o la arboleda sigan cumpliendo años y celebrando su belleza…

Adentrarme en las páginas de este inventario me ha permitido hacerme más preguntas. Aunque soy una gran amante de los árboles y se cuelan con facilidad en mis poemas, me he dado cuenta de lo que mucho que ignoro de ellos. Seguramente no soy la única. Los urbanitas, que agradecemos su sombra en verano y nos cuidamos de los resbalones con sus hojas, apenas distinguimos las especies de esos grandes y pequeños ejemplares que nos ayudan a respirar todos los días. No en vano, mi contribución al libro colectivo La escombrera llevó por título “Testigos de madera”, y aquellos poemas se referían de forma alterna a árboles y humanos, enfatizando su mutua indolencia y su mala vecindad, madera insensible frente a la desidia colectiva.

Hoy sé que la madera siempre está viva. No sólo la que nos rodea en la vida vegetal de nuestras calles y parques, también la que hemos domesticado para hacer más acogedores nuestros hogares. Porosas a nuestros descuidos, dúctiles a nuestras pisadas, tacto de juegos infantiles o mazo para mezclar los sabores de la receta familiar, albergan el amor o la carcoma, o la combinación de ambos. Hoy sé, que si vuelvo a publicar un libro, plantaré un árbol. No con mis manos, sino a través de quienes saben, para compensar esa tala que se hace papel y late después entre palabras. Como gesto mínimo de gratitud hacia los árboles a los que sigo debiendo más de una visita.

Ucrania: nueve meses de guerra

Recuerdo perfectamente el día que comenzó la invasión rusa de Ucrania. En la madrugada del 24 de febrero de 2022, Vladimir Putin anunció el inicio de los bombardeos en un discurso televisado. Nocturnidad y alevosía para un escenario que, durante las semanas previas de encuentros diplomáticos y noticias confusas, jamás imaginé que llegaría a ocurrir. Y sin embargo, estaba pasando.

Cuando encendí la radio aquella mañana, la rutina informativa también había saltado por los aires. El horror de un ataque a gran escala con bombardeos sobre ciudades como Kiev, Járkov u Odesa había cambiado el anodino guion habitual: la retahíla cansina de la agenda mediática, la información meteorológica, el estado de las carreteras en hora punta y los consabidos argumentos de los contertulios habituales.

Volví a preguntarme por mi adormecido olfato periodístico. Si alguna vez lo tuve, no era el mejor día para pensar que seguía ahí. Durante semanas vi a Putin como un fanfarrón insensato jugando de farol, un ególatra encantado de ser el centro de todas las miradas. Dimos más importancia a la medida de la mesa de sus encuentros internacionales que a lo que estaba gestándose en su cabeza. La falta de buenos análisis y lecturas, junto a la necesidad de refugio, me habían llevado a creer que no habría guerra. Me había equivocado.

La jornada entera fue triste. Las noticias convertían las horas en una derrota colectiva, una más. Se me despertaron los recuerdos de otras imágenes… La guerra de la antigua Yugoslavia y el genocidio de Ruanda; las víctimas de Chechenia, Colombia, Palestina… Algunos de esos conflictos los seguí de cerca en el verano de 1995, como redactora en prácticas del Canal Internacional de Televisión Española (TVE).

Imaginé la efervescencia de las redacciones, las pantallas encendidas con la señal de televisiones de todo el mundo, los sucesivos envíos de agencia y los preparativos apresurados para el viaje de los primeros enviados especiales. Pero me sentía muy lejos de todo aquello. Incluso me indignaba cierto sabor a adrenalina, una extraña euforia ante las narraciones envanecidas de quienes se creían protagonistas de la historia del siglo XXI, que estaba cambiando ante nuestros ojos. Nunca sintonicé con un periodismo espectáculo y sigo soñando con una misión de servicio público, concebida como herramienta para lograr una población mejor informada y más culta.

No fue un día fácil. Fracasaban la humanidad y su relato. Los intereses de diversa índole ocupaban el tablero de juego y comenzaban a extenderse como el aceite, igual que las mentiras. Las mejores intenciones se convertían en atropelladas iniciativas solidarias mientras los propios ciudadanos de Kiev derribaban los puentes de su ciudad. Aquella imagen sí era clave y comprensible, estaban dispuestos a luchar y eso implicaría una guerra larga. La población se dividía, entre la huida o prepararse para resistir. Los de siempre se frotaban las manos. También los de siempre enterraban los primeros muertos.

Aquella tarde me detuve mucho tiempo ante un parque infantil. Era jueves, pero el calendario escolar de Madrid lo había convertido en viernes de carnaval. El día siguiente no era lectivo y la jornada había sido especial, sobre todo, para los más pequeños. En los columpios, niños y niñas jugaban luciendo aún sus disfraces. Miré a quienes iban vestidos de superhéroes, hadas y otros seres mágicos; y no pude evitar pensar que necesitábamos héroes, heroínas y espíritus benefactores para salir de este tiempo sombrío. Frente a su bullicio y su alegría, imaginé los parques de las ciudades ucranianas, cargados de silencio y miedo. En los bancos cercanos, había mujeres embarazadas y parejas que acunaban el coche de un bebé mientras seguían con los ojos las idas y venidas de otro u otros críos; las charlas de algunos abuelos se mezclaban con las de algunas empleadas de hogar… la vida seguía a pesar de todo, y constituía un pequeño alegato a favor de la esperanza.

Entre tanto, mi cabeza viajaba a las escenas pequeñas que, a buen seguro, debían de seguir ocurriendo en las ciudades ucranianas. Me era fácil imaginar a alguna mujer que, en el baño de su casa, acabaría de enterarse de que estaba embarazada; alguna persona que habría recibido un mal diagnóstico en la cita médica posterior a unas pruebas; y alguna familia que estaría regresando del cementerio, tras enterrar a alguno de sus mayores tras una enfermedad de meses o semanas. Todas aquellas noticias íntimas se estaban sumando a la grandilocuencia de aquel 24 de febrero de 2022.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Y yo, muchas tardes, he regresado al mismo parque sobre la misma hora. En los días de lluvia y del calor intenso del verano, los columpios estuvieron vacíos y su imagen desolada me trasladó a las ciudades sin vida de la guerra. ¿Dónde están los superhéroes que podrían salvarnos de la debacle? He seguido pensando en aquellas personas que imaginé el primer día de bombardeos. Ahora que se cumplen nueve meses de invasión, estarán naciendo los bebés cuya gestación se ha producido durante la barbarie. Me pregunto cómo habrá sido escuchar su llanto tras el parto.

Con el tiempo, Ucrania se ha convertido en una guerra larga, como ocurrió en Siria, con muchos elementos en común. Salvo hitos significativos para el relato global (un salto cualitativo en el número de víctimas, en el objetivo alcanzado, en la atrocidad perpetrada o el cambio de bandera de algunas ciudades), ha dejado de abrir los informativos. Ahora Ucrania es una guerra más, como tantas, aunque más cercana en lo geográfico y con implicaciones económicas que tampoco se quisieron abordar desde el principio. Y mientras tanto, la población afectada ha intentado seguir con sus vidas. Sus duelos y su enfermedad, sus problemas laborales, su horizonte agrietado por decisiones ajenas.

Los columpios desiertos al caer la noche me interpelan. Recientemente, hemos alcanzado la cifra de población récord: somos ya 8.000 millones de personas. También en fechas recientes se ha celebrado una nueva cumbre climática cuyas conclusiones y acuerdos distan mucho de ser los ideales. Me pregunto qué mundo estamos dejando a quienes vienen detrás, a quienes rompen a llorar en su primer contacto con el aire que nos hemos acostumbrado a respirar.

Quizás todos, en los actos diarios, deberíamos pensar en algún niño, visualizarlo, y comprometernos con su inocencia y su futuro. Recuperar sus preguntas y sus respuestas. Abrazar sus tiempos y sus pausas. Simplificar el día a día, porque quizás la felicidad de todos pueda ser mucho más básica: alimento, afecto y abrigo.

Noches de insomnio

Algunas noches gana el insomnio. Es tan poderoso que no solo desbarata la madrugada, también el amanecer y las horas del día por venir. Esa jornada para la que habíamos hecho planes, justo ahora, cuando el otoño acelera y se aprieta el nudo de las obligaciones; cuando los sueños de las horas libres se nos sueltan de la mano.

Cuántas vueltas sobre las sábanas cada vez más remolino. Cuántas ideas para esas horas malditas y estériles. Acuden tareas pendientes, viajes deseados, conversaciones empantanadas, proyectos estancados…

El oído se agudiza. Nos molesta el rumor del motor de un coche que no arranca, la certeza de una sombra en el portal. De fondo, percibimos un ir y venir constante de sirenas. Una ciudad sobresaltada en un mundo que no descansa, tan insomne como nosotros. Se multiplican las vidas y las muertes, los accidentes y los problemas, los semilleros presentes del insomnio del futuro.

Al día siguiente, en las noticias nunca faltan las emergencias. Pudo ser la explosión y el incendio de un local en un barrio de Madrid o la reyerta y su rastro de sangre sobre la acera. Más lejos, las redadas de la noche europea, cuando la policía se pone a rastrear mafias en golpes combinados. También el eco de proyectiles y su rastro de fuego entre Ucrania y Rusia; en las provincias y ciudades que no aprendimos en ninguna clase de geografía y se han vuelto tan cotidianas que, a pesar de su distancia y su extrañeza idiomática, resultan pronunciables.

Las sirenas quedaban muy lejos de casa, pero resultaron ciertas y cercanas, nublando el amanecer como una mala resaca. Tras noches así, uno se levanta torpe, muy torpe. Con un nudo de cansancio enredado a la pesadilla previa al despertador. Con el cuerpo envuelto en la funda siniestra de una noche para olvidar.

Las soluciones al alcance son las persianas. Al otro lado, ya hay luz. La ducha y su caricia dulce. El agua tibia sobre la cabeza, derramándose sobre la piel hasta despertarla, me recuerda que habito entre los afortunados.

En la cocina, el café que iba a ser la segunda salvación acaba espolvoreado sobre la encimera, en un desayuno que no encuentra su sitio ni su paz. Cuanto se me escapa entre los dedos parece prevenirme contra un mal día. El resultado es un bodegón cuya belleza es el extraño resultado de una mañana por hacer.

Quizás no dormí porque estoy nerviosa. Quizás el café no sea la mejor solución y este volcarse sea una advertencia. Pero no es fácil salir de la rutina de los gestos aprendidos. Necesito café para despertarme, aunque haya estado media noche despierta. Necesito su olor de pócima casi sagrada para entrar en el día laborable con la fuerza que no encuentro entre lo accidental y lo fortuito.

Los gestos conocidos nos permiten reconocernos tras esa noche extraña, reconstruirnos para las horas que nos esperan. El paisaje habitual al otro lado de las ventanas, la acidez de las primeras naranjas de la temporada, el rumor del café, ahora sí, convertido en líquido alquímico cuyo perfume inunda la cocina reconciliándome con el día de hoy. La noche fue mala, pero el día no tiene por qué serlo. De pronto, pienso que la torpeza de mis manos insomnes no suponen un mal augurio.

Tal vez aprendimos a vivir bajo la sombra de los indicios equivocados. Desde hace tiempo, desaprendo las cosas que me hirieron. Replanteo las supersticiones asumidas. Cuestiono las maldiciones que me lastran, las palabras que no suman. Aunque los pensamientos cargados de automatismos siguen acudiendo, de pronto, me pregunto por qué me basta un tropiezo insignificante para echarle mal de ojo a toda la jornada. Me prometo no hacerlo más.

Mientras borbotea el café, perdono mis manos y me salvo con ellas. Reconozco que les quedan muchas horas por delante. Es injusto condenar sus actos por un puñado de café molido derramado. Han de desayunar y acariciar a un gato. Deben trabajar, encontrando en el teclado las palabras exactas y los números que cuadran. Han de hacer la comida, la lista de la compra y la limpieza del arenero. Tendrán que estirarse en la clase de pilates hasta recuperar la certeza de su elástica fuerza nuevamente, antes de regresar a casa acarreando las bolsas de la frutería. Y guardarlo todo y preparar la cena, y cepillar al gato que presume de ser inasequible a todo insomnio. Tendrán que marcar números y letras para comunicarme con otros, intercambiarán complicidad y ayuda. Conservarán la nostalgia de la caricia y habitarán el placer de ciertas horas.

Estas manos no esconden ninguna sombra. Sólo saben del trabajo, del cuidado y del amor. Además, son las herramientas de mi escritura. Se encargan de sostenerme. Desde hoy mismo, me prometo respetar sus torpezas, que son las mías. Sin duda, nos exigimos demasiado y ese no es el mejor camino. ¡Buenos días!

Septiembre, preludio del otoño

Quedan diez días para que acabe formalmente el verano, aunque desde que abrimos septiembre en calendarios y agendas nos hemos adentrado en un otoño mental, al margen de exactitudes científicas. Hace años, el cambio de estación era siempre el 21. No obstante, ahora que los ciclos están atómicamente calculados, el día y la hora varían mientras nosotros nos aferramos a fechas conocidas para seguir dando sentido a este andar con un pie detrás del otro, este avanzar con o sin grandes preguntas.

Septiembre es la vuelta al cole. Las manos de Cristina y Rosa forrando libros en la pequeña librería del barrio, las familias haciendo colas interminables ante las papelerías, las tiendas de uniformes y zapatos, el reencuentro con los rostros habituales algo más bronceados y sonrientes.

Sobre todo para quienes no regresamos a las aulas, septiembre son nuestros recuerdos escolares. Cuando todo estaba por hacer y las semanas y los trimestres prometían un descubrimiento constante… Por eso, sigue latiendo con toda la fuerza de un ciclo nuevo. Conocíamos a compañeros que, con el tiempo, podrían ser amigos para siempre. Pero éramos tan jóvenes que no sabíamos nada del futuro. De hecho, usábamos la palabra siempre muy a la ligera, ajenos a su dimensión real. También ignorábamos que ese tesoro de la amistad que estaba tan cerca y era tan sumamente espontáneo nos iba a permitir sobrevivir en los años venideros. Sin saber la teoría, disfrutábamos de la práctica: vivíamos la vida, la desafiábamos, nos burlábamos de su seriedad, y algunas veces, la besábamos los labios y sentíamos un escalofrío memorable.

Escribo estas líneas cuando los colegios ya están a pleno rendimiento. Los primeros días de septiembre abrieron sus puertas tímidamente. Sin el ruido y el ajetreo del alumnado, los docentes comenzaron a trazar la cuadratura del círculo: horarios, programaciones, proyectos de curso… En vez de música de fondo, sonaba una nueva ley educativa que, como siempre, ha llegado con mucho ruido y a trompicones, con desarrollos curriculares tan rezagados como un mal estudiante. Volveremos a confiarles el presente y el futuro del país mientras preparamos la cantinela de la crítica sin valorar su esfuerzo. Yo, que no me atreví a ser uno de ellos, les admiro más en cada curso escolar que comienza. No olvido que los dos últimos han sido especialmente exigentes, y no bajaron los brazos mientras tragaban sapos y lágrimas en silencio, durante un tiempo que hemos querido desterrar de nuestra memoria colectiva de mala manera. Con el paso de los días, el alumnado ha llegado también a los centros escolares, con más o menos ganas, más o menos nerviosismo. Su caudal de voces vuelve a llenar los alrededores de mi casa. El pasado 8 de septiembre incluso sonó música en el patio del instituto próximo, y me gustó que la vuelta al cole fuera algo parecido a una fiesta.

Los comercios y los bares que habían cerrado o modificado sus horarios han recuperado sus ritmos anchos y largos, de sol a sol. Las cajas registradoras están exhaustas y las televisiones, de nuevo enchufadas durante todo el día a pesar del precio de la luz, rocían el primer café con un halo negativo de catástrofe. La actualidad no está para alegrías, pero septiembre nunca fue un mes para rendirse.

En parques y avenidas, los árboles nos van anticipando la próxima estación. Se han precipitado al cubrirse de ocres, marrones y amarillos, pero este no ha sido un verano fácil para ellos. Hace mucho que no llueve como antes, y además de su estrés hídrico, saben de otros de su especie, calcinados aquí y allá por toda España, sumidos en la desolación de la ceniza. Los árboles se comunican entre sí mientras los humanos, que respiramos gracias a ellos, permanecemos con nuestros sentidos adormecidos (porque el verano fue solo un despertar pasajero), y la inteligencia ocupada en lo absurdo, mientras nos jugamos el futuro del planeta.

En voz alta o de forma íntima, todos estamos haciendo planes para el otoño y para el curso recién inaugurado. A mí, me gustaría verme el próximo otoño como esa chica de la fotografía, aprovechando la belleza de las hojas, la fuerza del sol que ya no quema, la calma de las ramas que bailan. Me gustaría disfrutar de una pausa consciente, de las que nos conectan con la raíz de la vida.

Aunque aún es pronto para saber si mis hojas, es decir, mis proyectos cambiarán de color o caerán exhaustos, me gustaría permanecer firme como el árbol. Quiero pensar que sabré abrigarlos; y así, permanecerán vivos y continuarán evolucionando. A medida que avance el otoño los veré pasar, tarde o temprano, cubiertos por gorros y bufandas para evitar el relente de cada amanecer. Resistiendo.

Volveremos a oler el humo de los puestos de castañas y bastará su memoria de infancia para caer en la cuenta de que, con nuestras manos calientes, todo será posible.

Madrid, abierta por obras

Queridos turistas, viajeros y paseantes:

Como madrileña, siento ganas de pediros perdón. Cuando reservasteis vuestras vacaciones, nadie os aviso que Madrid era una zanja.
En la Puerta del Sol, os he visto sufrir esquivando obstáculos y vallas, el suelo a pedazos, las losas partidas conviviendo con tramos levantados y cubiertos con un batiburrillo de cemento y piedra.
Me disculpo con todos vosotros, que buscabais el reloj de las campanadas y la baldosa del kilómetro cero, o intentabais alcanzar la suerte en Doña Manolita, paladear el bacalao de Casa Labra o las napolitanas de La Mallorquina.

Paseantes y turistas a la deriva, en un mar de zanjas. Puerta del Sol, Madrid, agosto de 2022.

Me consolaría si pudiera pediros que volváis en unos años, aunque no pondría mi mano en el fuego por ninguna fecha, pero tampoco es el caso. Cuando acabe la pesadilla en esa plaza que es tan simbólica para nosotros y para muchos de quienes nos visitan o se hacen madrileños con el tiempo, no intuyo demasiados alicientes.

A mi modo de ver, la Puerta del Sol será un solar de granito y fuego, inclemente con lluvia y sol, sin rastro de fuentes ni de las florecillas que resistían con el aliento de un agua débil que, al menos, invocaba la vida. Ni siquiera resistirá la salida del tren de Cercanías, que bautizamos como «Ballena o Tragabolas», un engendro feo con ínfulas modernas al que, gracias a los recuerdos, nos habíamos acostumbrado, una vez convertido en el caparazón de un paciente animal que se ha sumado a la reclamación de las causas más diversas.

Este tumulto de ruido y polvo que es ahora la Puerta del Sol ha sido el escenario de nuestra vida. Muchos momentos colectivos colmados de emoción se desarrollaron bajo el antiguo reloj que marca el cambio de año y la guitarra encendida de los finos de Jerez que reivindican la alegría. Es fácil recordar los días y las noches del 15-M, los gritos de silencio, su petición de palabra y utopía… Pero antes y después, Sol ha sido mucho más. Allí nos concentrábamos en la hora silenciosa de las ocho de la tarde, cada vez que la banda terrorista ETA cometía un atentado criminal. A su plaza llegaron las manos blancas, los carteles precarios, las sábanas prendidas de deseos y preguntas. Desde las calles aledañas entramos muchas veces, como un enorme río desbordado, pidiendo el fin de la guerra y la violencia (Ucrania, Irak, Palestina, Siria, Colombia…), la erradicación de la pobreza o la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. También celebramos música y festejo, y siempre fue un lugar de encuentro porque, ante la duda, el sitio para volver a abrazarnos ha sido y es junto al oso y el madroño, aunque lo muevan de sitio a capricho.

Nuestra Puerta del Sol, siempre abierta y hospitalaria, himno y promesa, pasará a ser una inmensa explanada sin alma; y al tiempo (no digáis que nadie lo vio venir), será un espacio más para alquilar. Sus baldosas áridas y desalmadas serán el escenario del lanzamiento de nuevas zapatillas deportivas, cacharros tecnológicos de última generación o la nueva temporada de alguna plataforma. Es decir, un paseo de la fama para las multinacionales que puedan pagar cifras desorbitadas que, mucho me temo, no redundará en el bienestar de las personas sino, en el mejor de los casos, en los números rojos de algún cuadro contable. Ya está ocurriendo en Plaza de España cada dos por tres, donde también se ha invertido una millonada a cambio de una reforma bastante dudosa a mis ojos de paseante.

Plaza de España, un solar convertido en espacio publicitario. La publicidad como fiesta urbana.

No me extrañó ayer, queridos visitantes, vuestro desasosiego, vuestro deseo de escapar de una trampa para quien no conozca ese racimo de calles que se abre a otras zonas de la ciudad algo más transitables… No obstante, prestad atención. Si salís hacia la calle Segovia, también está cortada al tráfico. Hay carteles medio vencidos en las marquesinas, porque les ha debido caer la lluvia furiosa de la última tormenta y mucho calor. Por eso se han arrugado y apenas son visibles, convertidos en un acordeón modesto, un papel de cigarrillo sin tabaco. Pero en Madrid, no hay que arrugarse… Seguro que dando un par de vueltas llegáis a la calle Toledo, por donde se han desviado algunas rutas de autobús. Si no eres turista y vas sin prisa es una alegría, coges el bus de la EMT y por el mismo precio parece uno turístico sin megafonía. Pero si eres un turista, entiendo que no entiendas nada… y que tampoco quieras volver a esta capital de libertad y barra libre para licencias de obras.

Visto lo visto, me permito aconsejaros que salgáis de esta zona en busca de ese Paisaje de la Luz, a ver si es cierto que queda algo luminoso entre tanta sombra abominable. Aunque he de advertiros que la última vez que me acerqué al Círculo de Bellas Artes también crecían zanjas y nuevas losas de granito por la calle Alcalá.
Para que no os falte de nada, muy cerca de allí, la Puerta que la canción coreó para ser mirada también está envuelta en andamios y lonas. Ni corto ni perezoso, alguien se inventó la visita a la obra, como se hizo en la catedral de Vitoria de la mano de Ken Follet y sus Pilares de la tierra, pero claro, lo que mal se copia, mal acaba; aunque también es cierto que las entradas volaron como el sentido común de la Plaza de la Villa. Ya sabemos que somos muchos, y como explicó aquel torero: “hay gente pá tó”.

Alguien me dirá que el mejor momento para las obras es el verano, pero aquí están abiertas todo el año… Modestamente, creo que no se puede reventar una ciudad en mil zanjas cuando se aspira a ser un referente turístico. No obstante, tampoco lo seremos ni lo deseo si a cambio de eventos y obras faraónicas se destruyen los rincones con encanto; antiguos cines y teatros se convierten en hoteles de gran lujo; y comercios tradicionales que lucían una placa conmemorativa en su fachada porque eran singulares, están cerrados y acumulan tristeza y suciedad a las puertas de un templo civil que se alquila o se traspasa.

Salazar, la papelería más antigua de Madrid, un ejemplo entre tantos comercios que se pierden.

El gran consuelo es que en el eje Prado-Recoletos, ese Paseo de la Luz reconocido ahora por la Unesco, tenéis nuestros magníficos museos (Prado, Jardín Botánico, Reina Sofía, Thyssen), y salas de exposiciones (Caixaforum, Centro-Centro, Círculo de Bellas Artes, Casa de América, Mapfre…); la cercana bendición de El Retiro, algún café con historia literaria y árboles sedientos, que proporcionan buena sombra y una dosis de sensatez urbanística. En ese espacio, espero que os podáis reconciliar con Madrid. No son lo único bueno que nos queda, pero lo encontraréis sin dificultad en vuestros planos y guías.

Como buenos visitantes, estaréis al margen de los mentideros y las noticias que se publican sobre el Ayuntamiento y las declaraciones del alcalde. Tampoco merece la pena seguir su día a día. Sólo suma más ruido al de los martillos neumáticos y las excavadoras. Entre los más recientes, lo de Carmina Burana es un chascarrillo y el encendido de aspersores, una vergonzosa falta de coordinación entre departamentos, aunque parece que lo tomamos con humor. Pero que nos arruinen el paisaje de nuestras vidas es un crimen.

Eso sí, siempre nos quedará el cielo.

El mar como punto de inflexión

Si este fuera un verano normal, estaría apurando los últimos días antes de incorporarme al trabajo. Afortunadamente, mis vacaciones extraordinarias se alargarán un mes más.

En este verano distinto, pensé que iba a escribir más en el blog, pero lo cierto es que me he centrado en otros proyectos, así que se han ido acumulando exposiciones, experiencias, películas, reencuentros, libros y viajes sin que haya dado cuenta de ellos por aquí. También, tal y como esperaba, ha habido demandas de salud y reparaciones domésticas que han requerido dedicación, y por supuesto, unas temperaturas excesivas que han limitado mucho los planes previos.

Durante este tiempo ancho, el viaje a la playa ha supuesto un punto de inflexión. En cierto modo, era el paréntesis reconocible para unas vacaciones diferentes. Llegar al apartamento de los últimos veranos, al mar, a la piscina, al cuerpo tumbado sobre el césped, al ritmo distinto que configuran el ambiente vacacional colectivo y vivir al nivel de mar. Dormir mejor, acunada por una brisa que habíamos olvidado en Madrid a lo largo de tantas madrugadas sofocantes. Nadar mucho, recuperando el placer del pez que llevo dentro.

Antes del viaje, Madrid me brindó la oportunidad del disfrute del arte. Exposiciones y salas de cine, junto a la memoria sentimental de haber nacido y crecido en sus calles, son fuertes motivos para perdonarla su dureza e inclemencia, de las que raras veces puedo responsabilizar a la propia ciudad. De un tiempo a esta parte, está abierta en mil zanjas. Me pregunto si nos gastaremos todo el presupuesto de los fondos de recuperación en aceras que solo servirán para reclamar la limosna del futuro sobre los mejores pavimentos de toda Europa, aunque este texto no quería ir en esa dirección.

Volviendo al arte y a su asidero de salvación, disfruté del último trabajo conjunto del escultor Leandro Alonso y la poeta Ana Martín Puigpelat, titulado Anverso Re-Verso. En el marco de PhotoEspaña, visité la exposición Sculpting Reality, una muestra colectiva que se puede ver hasta el 28 de agosto en el Círculo de Bellas Artes y Casa de América. Precisamente en Casa de América se ofrece, con buen criterio y amplitud, la serie Double Elephant Portfolio, un trabajo excelente de algunos de los mejores fotógrafos que han construido la memoria gráfica de Estados Unidos. A PhotoEspaña le resta poco tiempo, así que al margen de nuevas averías, buscaré hueco para las exposiciones aún al alcance de Pérez Siquier y Paolo Gasparini, en Fundación Mapfre; Sebastiao Salgado, en el Palacio Real, y Catalá-Roca en la sala de El Águila, junto a la Biblioteca Regional.

Fuera de Madrid, en Segovia, amistad y admiración me brindaron la oportunidad de asistir a la inauguración de la exposición de Evaristo Bellotti, Esculturas por escrito. Casi una década de trabajo mostrada con un gusto exquisito en el Palacio de Quintanar, un universo de materiales y miradas al que ojalá pueda volver antes de su clausura en octubre y del que da buena cuenta esta entrevista.

Esculturas por escrito. Exposición de Evaristo Bellotti. Palacio de Quintanar, Segovia.

Y ya que estaba en Segovia, cómo no regresar a la Casa de Antonio Machado en esa ciudad. La que fue su pensión durante años, el espacio que es testimonio de memoria, la huella de un poeta admirado y de un tiempo que no pudo ser. Apreciar cada rincón reflexionando sobre cómo languidece y acabará perdiéndose la Casa de Vicente Aleixandre, Velintonia 3, en Madrid. Establecer, nuevamente, paralelismos entre cómo se cuida el patrimonio y se ofrecen espacios para el arte en ciudades más amables que la mía… Aunque este texto no quería ir por el camino del enojo, la decepción es tan obvia que no puedo soslayar mi tristeza.

Los viajes me han permitido visitar espacios mágicos, las obras de arte de nuestros antepasados. Regresé a La Alhambra y a localidades de Soria y Segovia: San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero, Ayllón, Riaza… Arte nazarí, arte mozárabe, arte románico, arte gótico y renacentista… La piedra trabajada desde la modestia del yeso o la cantería para desafiar el tiempo y ofrecernos, siglos después, la sensibilidad de quienes nos precedieron y agradecer los trabajos de conservación que nos garantizan esos refugios de esperanza.

Si fuimos capaces de tanta belleza, ¿no habremos de ser capaces de mejorar lo que nos rodea? Sólo por fantasear, me pregunto qué pasaría si esos señores que disfrutan creando guerras y amasando millones que empujan a otros a la miseria se sentaran ante un fuentecilla de la Alhambra, en el atrio de Santa María del Rivero o en el interior de la ermita de San Baudelio de Berlanga. ¿Cambiaría su mirada sobre las cosas? Supongo que no, pero a mí me consuelan el rumor del agua, la sabiduría de los jardineros, el arte que resiste el paso del tiempo, la pintura rescatada en un fresco milenario, el trabajo de personas que intentan salvar la casa en ruinas, la aldea abandonada y el paisaje que nos constituye.

Es tan importante como necesario apreciar la naturaleza y resucitar los sentidos adormecidos… Es cierto que las vacaciones de verano son un momento propicio. Ante unas horas más amplias, es posible detenerse sin prisa ante florecillas y árboles desconocidos, agradecer el frescor de la piedra y recrearse en el vaivén de las olas que procuran un paisaje especial en cada atardecer.

Al regreso del mar, la tarea es no perder la huella de esa luz que llenó cada jornada viajera. Que el paisaje cotidiano no secuestre la posibilidad del disfrute. Continúa amaneciendo y atardeciendo. El sol y las nubes siguen reinventando la belleza. Los árboles comienzan a intuir el otoño que la sequía adelanta en aceras salpicadas de hojas mortecinas. Nos quedan libros, películas y exposiciones que descubrir. Y en la agenda, tenemos la opción de reencontrarnos con personas cuya palabra abraza. No veamos el regreso como un castigo, sino como una nueva búsqueda hacia el equilibrio.

Días y horas a medio morder

Quedaron en suspenso los últimos mordiscos; y el corazón, aún rodeado de carne, fue abandonado a la intemperie, a la espera del pico del pájaro o la succión del insecto.

Me pregunté quién perdió el hambre en ese instante, quién se hartó de morder. Me pregunté por el motivo de ese bodegón callejero y precario.

A veces nos falta el pulso así, entre bocado y bocado. Lo que tenía sentido en las dentelladas previas lo pierde en un parpadeo; y de pronto, faltan las fuerzas para todo, ya sea significativo o irrelevante.

¿Es lo mismo morder la vida que morder una manzana? ¿Qué podemos hacer con las pipas o los días que se atraviesan en la garganta como una terrible premonición? Frente a la certeza de un mundo que se rompe en una espiral interesada de odio, ¿cómo recuperar el apetito por cuanto nos pareció gozoso y extraordinario?

Aquel resto de manzana se había manifestado como un cuerpo extraño, al borde del abismo entre la posibilidad de una acera limpia y una papelera ninguneada.

Presentí que, en cuestión de horas, un golpe de gracia convertiría la fruta en mancha, justo cuando la lluvia desaparecía del pronóstico meteorológico. A partir de ahí, imaginé un mapa de azúcar sobre la acera, una hilera de hormigas, un principio de podredumbre al sol, el riesgo para una pisada incauta…

Llamaba la atención, entre las mascarillas aún presentes al aire libre y la sombra de la pandemia, ese rastro de saliva expuesta ante los ojos. El resto de manzana tenía algo de intocable. ¿Quién se atrevería a dar un manotazo sin guantes? Quizás por eso había aguantado ahí un par de idas y venidas con un margen ancho de horas. Hemos aprendido a no tocar y a temer el tacto como un nuevo mandato, aunque eso implique renunciar a abrazos y caricias tan imprescindibles como el aire.

No obstante, a pesar de las distancias tan bien aprendidas, la vida nos araña. Nunca estamos del todo a salvo, aunque a veces se nos olvide. Como se nos olvida un cierto bienestar anodino e insuficiente que sólo cobra valor ante las malas noticias que nos zarandean y nos comparan. Seguramente, llevo demasiado tiempo preguntándome por el derecho a las lágrimas. Sé que no soy la única. Nos hemos acostumbrado a un estar medio bien, sin entrar en detalles. Estar y resistir. Sobreponernos a los tropiezos y a los mordiscos que dejan nuevas cicatrices y heridas; marcas que, a pesar de su pequeñez, se vuelven tremendas bocas de insomnio y tristeza en ciertas madrugadas.

Quizás por eso, la manzana a medio morder se presentó como una metáfora, donde sólo hubo un gesto de mala educación o desidia. Una provocación ante los deseos que dejamos en la estocada. Un interrogante al inicio de un paso de cebra que no garantiza la vida del peatón. Un espejismo de equilibrio natural ante todo lo artificial que nos consume en el día a día, y nos deja desganados.

Y de nuevo, ¿qué? Reaprender a morder, como el cachorro que dejamos de ser.

Renacer ante el mar

Hace unos días comencé mis vacaciones de Semana Santa con un viaje relámpago a Barcelona. Ida y vuelta en dos días. Un encuentro familiar, una excusa para el abrazo. Nos debemos tantos, que no importa hacer un viaje a lo loco. Ganarle horas a la distancia que amplió la pandemia. ¿Cuántas visitas no han sido? ¿Cuántos puentes fueron días sin posibilidad? ¿Cuántas escapadas se descartaron durante los cierres perimetrales?

Aunque acusaba la falta de sueño y el cansancio acumulado, me sentí revivir sentada en el tren, redescubriendo el paisaje por la ventanilla. He hecho muchas veces ese mismo trayecto y soy capaz de reconocerlo, a pesar de la velocidad. La ciudad se desdibuja y la tierra cambia de color. Se suceden pequeñas colinas y parcelas donde el cuerpo sigue trabajando la tierra. El paisaje estaba salpicado de almendros y otros frutales en flor. En los taludes del tren y en el campo, se asomaban florecillas y hierbas silvestres. No logré ver amapolas, pero sí, margaritas y esas flores amarillas que resultaban un auténtico manjar para aquel canario de la infancia. Tras las lluvias de los últimos días los colores vibraban, resultando casi apabullantes.

A medida que avanzaban los kilómetros, se fueron despejando mis sentidos. Mis ojos tenían ganas de volver a leer. El bolígrafo comenzaba a hacerse necesario para subrayar aquellas páginas inspiradoras. También surgían las primeras ideas para un relato. Recordé cuántos viajes he hecho, a lo largo de los años, en el límite mismo del cansancio. Y cómo han logrado reconciliarme: el viaje como aliento. Volvía a ocurrir una vez más, y yo, silenciosamente, daba las gracias.

Llegué a Sants con la recompensa de varios relatos leídos y las notas de un texto a medias, recuperando el placer por las palabras. Eran pequeños síntomas de mejoría, la promesa de una pausa vacacional en la que reencontrarme. Bajé del tren con el doble de energía de la que tenía en Atocha, como si la lectura y la escritura hubieran sido el desayuno perfecto al que se añadía la magia de romper con la rutina y su cansancio. Ya que todo parecía posible, me detuve en la administración de lotería buscando la suerte que no tengo en Madrid. ¿Cómo no soñar con unas vacaciones perpetuas? Tampoco acerté los números de aquella noche. Me temo que los juegos de azar no son lo mío. Pero el mar estaba al alcance y me fui para allá.

Recuperé las sensaciones de ser turista, emprendiendo un camino distinto al habitual. Un plano de metro con otro dibujo, líneas de otros colores y nombres nuevos. Andenes más oscuros, anuncios con mensajes que nunca había visto y el sonido de otra lengua. El bullicio de un día laborable en el que yo estaba libre de tareas y horarios. Esa gozosa alegría.

El mar estaba cada vez más cerca. Primero, fue una línea de horizonte detrás del puerto; después, la masa azul que recogía una pequeña playa. Arena y partidos de voley, algunas toallas extendidas. El sol acariciaba el mediodía, engañando la sensación de frío. Avancé hacia el agua.

Recordé aquel viaje estival de la infancia, cuando al llegar a Jerez de la Frontera, que era nuestro destino, mi padre siguió conduciendo hasta la playa del Puerto de Santa María. Abrimos las maletas y nos cambiamos en un chiringuito de los que ya no existen. Ya lo escribió Rafael Alberti: nada mejor que ser marinero en tierra para desear el mar. Esta vez, ante el Mediterráneo, recuperaba aquellos recuerdos y volvía a vivir el mar como un premio. Pasados unos minutos también volvieron las palabras. El móvil se convertía en libreta improvisada. Podía ser el germen de un nuevo relato o de una historia más larga. Las primeras líneas fluían con la placidez del paisaje que me acunaba. Habían bastado unas horas para despertar hacia lo íntimo. El mar me ofrecía un nuevo principio: palabras en segunda persona para un yo que renacía.

Acabas de llegar a Barcelona y te has ido hasta la Ronda Litoral. Eres un náufrago de interior. Dejas atrás el Paseo Marítimo y te plantas ante el mar. Te enfrentas a su visión como quien busca curarse. El viento en la cara, el sol, el murmullo constante de las olas a tus pies.

Desde la última visita y tras las tormentas furiosas que se han sucedido, se ha formado un gran desnivel en la orilla. Nada que ver con la playa de pendiente suave que invitaba al baño como un imán. El resultado es un mirador, un trampolín donde surge un cierto vértigo. Un promontorio que te deja suspendida ante un incesante movimiento azul y verde, como si no hubiera suelo. Estás entre el agua y el horizonte. Ese espacio ideal de los veranos.

Al bajar la vista, descubres tus zapatos de todos los días. No has traído sandalias ni chanclas. No te has descalzado. La arena cede ante tu cuerpo extraño vestido aún de oficina. Se hunden tus pies y te cuesta caminar. No has podido resistirte a la fuerza de la orilla. Sabes que ese mar no te pertenece. Sólo has venido a que te bendiga y te dé esperanzas para seguir.

Celebrar la poesía

Otro año más llega el Día Mundial de la Poesía y me sorprende con las palabras a medio hacer, el apremio de otras obligaciones, el cansancio paralizante de los últimos años y la certeza de un mundo endiablado que no atiende versos ni metáforas.

Me recuerdo a mí misma que tengo que celebrar la poesía porque, es cierto, me ha dado tanto… Que no sería de recibo ni medianamente generoso, por mi parte, pasar por este día de puntillas como si no fuera piedra angular de mi existencia; un día tan festivo como mi cumpleaños o mi santo.

En el Día Mundial de la Poesía no he podido sumarme a ningún evento, y eso que había muchos en Madrid, multiplicados en espacios, pantallas e iniciativas. No voy a repetirme. Todas las causas de ese no estar, ya se han dicho al comenzar este texto. Y pueden sonar a excusa o disculpa, pero son verdad y me duelen, con sus raíces y consecuencias.

Por eso, aunque sea con estas líneas apresuradas, celebro y también pido perdón y comprensión a la poesía. Lo nuestro, como todo amor, está sometido a ciclos y baches, y aún así, se mantiene vivo y cumple poemas y aniversarios. La poesía ha estado siempre a mi lado. Comencé a escribir siendo una niña y la escritura, estoy segura, me salvó. En los cuadernos, encontré el espacio para lo que no podía decirse de otra manera; en los primeros premios escolares, hallé cierto sentido a lo que hacía. Pero convertirse en adulto es otra cosa. Ya lo dijo en esos versos tan certeros como inolvidables Jaime Gil de Biedma: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde (…)”. Después he sido, sí, una poeta tardía en la edición, como tantas; y aún soy, una poeta con más obra inédita que publicada, tampoco es tan raro.

De ese recorrido a bandazos, de ese amor que entrelaza vida y poesía surgen momentos felices y más dudas que certezas. Pero no pasa nada. Lo acepto. La poesía estará en mí mientras ella quiera, y ojalá me acompañe siempre. Aunque sea cierto que a veces, reniego. Sobre todo, cuando las horas se escapan en correcciones y trabajos baldíos. Pero también sé que el día que deje de escribir, mi vida no será plena.

En estas dudas y estos tirones internos, me ayudan las voces de otros poetas. Escuchándolos, una misma puede entenderse mejor y reconciliarse. No es fácil trabajar a tientas ni dejar un poemario acabado en el fondo del cajón y tirar la llave al mar de la propia derrota. No es fácil asumir que una nunca estará a la altura de esa amante que es la poesía. Por eso me alivia escuchar a otros. La última vez fue el pasado viernes 18 de marzo, en una nueva edición del ciclo Poesía y Psicoanálisis, que desarrolla el Foro Psiconalítico de Madrid en el marco de su actividad Diálogos con el Arte.

Esa tarde noche, en un espacio casi solemne de atención y escucha, Esther Peñas, poeta invitada, puso en voz alta esto mismo: la poesía como relación amorosa, esa vivencia de plenitud tan efímera. “El lenguaje es un fracaso porque el poema tan sólo roza lo que aspira alcanzar o habitar. En la escritura poética, como en el amor, se puede pensar que se ha alcanzado, pero luego te das cuenta de que no es así”. Sin duda, sus palabras son parte de la inspiración de este texto, que también incluye mi agradecimiento por esas horas de generosidad cómplice. Palabras rebosantes de verdad llenaron el espacio de la tarde mientras la poeta enunciaba “la creación poética como el pequeño reino de la fiebre y la alegría del encuentro”; “la importancia de dejar que el lenguaje se diga y que las palabras hagan sonar lo que callan”, y cuanto tiene la poesía de “asombro luminoso, de sentido inaugural y lenguaje inútil, en tanto alejada de todo propósito utilitarista”… “Escribir desde la brújula y no desde el mapa”, dijo Esther Peñas, compartiendo “la ceremonia mágica del lenguaje”. Cómo no agradecer esas confidencias. Cómo no escribirlas para rescartarlas en los días de zozobra. Cómo no seguir creyendo en la poesía.

Por último, para concluir mi pequeño homenaje a la poesía, le ofrezco el último poema que he escrito. Aunque soy de correcciones lentas y versiones infinitas, este poema quiere decirle que sigo activa, a pesar del silencio y mis desapariciones, a pesar de los libros que no acaban de ver la luz. Sigo escribiendo y quizás, el último poema sea la mejor forma de demostrarlo. Aunque no tenga título ni esté dado por concluido, aún respira. El amor sigue latiendo.

Feliz día de la poesía, feliz día a la poesía, a la que debo tanto.

Quisiste despertar
pero el día carecía de luz,
tan sin cielo.

Los edificios sin perfil.
La primavera sin pétalos.

Los árboles tan sin tiempo
como su amanecer detenido.

Quisiste despertar
y estaba todo en contra.

La inspiración de árboles y gatos

Enero se esfumó. Transcurrió volando desde el primer brindis a los regalos de Reyes, pasando por San Antón y un último día que fue a parar sobre un lunes desubicado, con esa orfandad de inicio de semana sin futuro. Enero dejó el regusto amargo de ciertos aniversarios y nuevas pérdidas, el recuerdo herido de las fotos de la gran nevada, la estela gastada de los buenos deseos y las cifras de otra ola que nos aleja del mar. Aunque cambiamos de año, persiste un calendario fugaz y dolorido en el que las promesas recién hechas al futuro se deshacen entre las exigencias de siempre, las viejas dolencias y el cansancio convertido en segunda piel.

Aturdida por la velocidad y las viejas dinámicas hilvanadas entre agotamiento y tristeza, en febrero he vuelto a poner en práctica esa terapia mía de “Caminar y fotografiar, para luego escribir”. Me he dado cuenta de que, mientras estuve en otras cosas, el tiempo ha sido, tras un paréntesis helado, extrañamente cálido. Así pues, en mis últimos paseos, me he reencontrado con árboles que empiezan a notar la primavera. Son audaces. No han padecido el frío de otros años que ralentizaba sus ciclos. Ahí están, exponiendo sus brotes antes de tiempo, incluso dejando ver las primeras flores. Como los gatos, los árboles no temen. Me gustaría aprender de ambos. Sienten, padecen, pero no temen y eso les hace mantener el pulso de la vida.

Lo de los gatos surge porque bajo los árboles y el sol invernal, terminé de leer el libro de John Gray, Filosofía felina, cuyo atractivo subtítulo “Los gatos y el sentido de la vida” (Sexto Piso), y sus simpáticas primeras líneas me llevaron a una compra impulsiva. El libro es un breve repaso filosófico, histórico y narrativo sobre estos felinos. No es lo que esperaba, pero reconozco que debería imprimir por toda la casa sus últimas páginas donde aparecen “Diez pistas felinas sobre como vivir bien”. Entre ellas, me quedé pensando en la segunda: “Es ridículo que te quejes de que no tienes suficiente tiempo”. ¿Cómo?, me pregunté casi indignada antes de seguir leyendo a Gray: “Haz aquello que sirva a algún fin tuyo propio y que disfrutes haciendo por sí mismo. Vive así y dispondrás de tiempo de sobra”.

Entonces caí en la cuenta de los textos para este blog que, sin llegar a teclear, pergeñé en mi cabeza; en las llamadas que no hice; en la novela y los poemarios que esperan su última revisión y son sistemáticamente condenados por falta de tiempo. A raíz de esa pista, pensé que tal vez, la que se condena soy yo: asumiendo tareas ingratas y dejando para los minutos estériles del cansancio lo que podría recompensar las horas desapacibles e inevitables. No es algo nuevo. Lo he comentado mil veces en distintos ámbitos. De pronto, verlo escrito por una autoridad le daba otra dimensión. La del mandamiento. La pista de la salvación.

Por eso escribo estas líneas que son un híbrido entre lo personal y lo público, entre lo literario y lo terapéutico: para volver a recordarme las promesas de tantas veces y la certeza de que no hay prórrogas.

No soy un gato. No puedo aspirar a las horas de sueño de mi querido Fénix ni al tiempo que dedica a la contemplación del mundo. Su tiempo es ancho y feliz con todas las necesidades cubiertas. Pero también es cierto que cuando quiere algo lo pide de forma insistente y en su maullido está toda la urgencia de lo inaplazable. Si quiere atún o un trocito de algo que huele en la bolsa de la compra lo quiere ya, y soy capaz de cambiar el orden de los factores para atenderle. ¿Y atenderme a mí? ¿Atender mis proyectos, mis cuidados, mis deseos? ¿Estoy esperando a ser gato para lograrlo?

Esos primeros brotes de los almendros, esas primeras flores de los árboles frutales de hueso que forman parte del vecindario me están avisando. Con su valiente fragilidad me piden que ignore el ruido de los martillos neumáticos que rompen las aceras y el asfalto próximos en una atmósfera que también les amenaza; que relativice la incomodidad de las visitas al dentista y otros chequeos; que no sucumba en el embrollo de las averías domésticas; que disfrute de ese minuto en el que aún resiste la alegría por hacer, posponiendo la tarea ingrata para después.

Veremos. No es la primera que lo escribo aquí. Pero cada vez es más apremiante ponerlo en práctica. El calendario nos lleva por delante a pesar de este tiempo extraño y detenido. Los meses pasan y somos nosotros los que tenemos que sacar las cuentas de cada jornada, y que salga a nuestro favor.

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