En este año distinto, también he disfrutado del habitual paréntesis vacacional. Resulta raro irse de vacaciones en mitad de una excedencia, pero el calendario y la rutina ordenan su propio ritmo. Así, los días de playa me han servido para celebrar que mi madre haya cumplido ochenta años y que, con algo de ayuda, puede entrar en el mar a darse un baño; y para acompañar el descanso de otros, su mirada posada en el vaivén de las olas y los colores del atardecer.
Personalmente, he notado como nunca la calma que venía en la maleta y la mente más despejada. Circunstancias que, lejos de la rutina de la casa y la ciudad habitual, me han permitido disfrutar ampliamente de la natación y la lectura. El cuerpo se ha recuperado, brazada a brazada, de las placenteras horas de silla de los últimos meses; y he leído con hambre, con atención y disfrute… pensando en los proyectos de escritura que me esperan en la recta final de este tiempo único.
Este año, al escoger los libros del viaje, he sido muy consciente de esa lectura con propósito. Y así, he optado por algunos que llevaban largo tiempo en casa y cobraban ese sentido especial. Voces de otras escritoras, estilos diversos, pistas y deslumbramientos muy íntimos que aún resuenan. Aunque no suelo dar cuenta de mis lecturas en este blog, esta vez me apetece esbozar unas líneas. Declarada la excepción, vaya también por delante la aclaración de que no son reseñas al uso, sino la huella, quizás desordenada, de una lectura profundamente personal y también, una expresión de gratitud.
Recuerdos del futuro. De Siri Hustvedt

Recuerdos del futuro (Seix Barral, 2019), ofrece un viaje por la escritura y por quien escribe. Cuarenta años separan a la joven Siri Hustvedt que llegó a Nueva York de la autora en la que se ha convertido.
En la narración alternan sus experiencias y amistades de entonces, algunos hitos de su biografía y su presente, junto con las notas de aquel viejo diario personal y del cuaderno Meads, donde intenta su novela. Los aciertos y los meandros de la escritura, los callejones tapiados, el hambre y las dudas desfilan por unas páginas que sirven casi de taller literario.
Siri Hustvedt, Minnesota para sus primeras y desconcertantes amistades, quería escribir una novela antes de acceder a la beca para cursar Literatura Comparada en la Universidad de Columbia. Por eso solicita y recibe una prórroga de un año. Ese tiempo tan distinto y parecido al mío, de tentativas y fracasos, me ha conectado de forma íntima con un libro donde el tema central es cómo escribir y escribirse. Los recuerdos y su manipulación, el peso de lo autobiográfico, la importancia de las lecturas, la relación entre escribir y fracasar, los elementos que sostienen la estructura narrativa y las heridas que va dejando la propia existencia… Así como numerosas reflexiones sobre la condición de la mujer artista, donde las figuras de la baronesa Elsa Hildegard Plötz (Elsa von Freytag-Loringhoven, de soltera), o Mary Shelley adquieren una relevancia y un significado inspirador que concierne a cualquier mujer que quiera firmar su propio relato con su nombre.
(Siri Hustvedt estará en Madrid el 24 de septiembre. Las entradas, a dos euros, se agotaron en junio. Como esa ciudad de Nueva York que no he pisado, supongo que Madrid lo ofrece todo; pero también exige un tiempo, un dinero y una atención que muchas veces nos deja con las manos vacías).
La trabajadora. De Elvira Navarro

Tras el viaje imaginario por Nueva York, necesitaba un libro que me devolviera a Madrid. La trabajadora (Random House, 2014), novela de Elvira Navarro, me permitía un regreso sin concesiones a una ciudad que cada vez es más dura, donde la precariedad laboral y la salud mental acaban por tejer un siniestro devenir. La vivienda escasa y carísima fuerza extrañas compañías bajo el mismo techo, en ese extrarradio poco fotogénico, en esos barrios donde laten las violencias y las amenazas, pasadas, presentes y futuras.
La convivencia entre Elisa y Susana está llena de secretos y falta de confianza, a pesar de compartir piso y algunas rutinas que las acercan y humanizan. Cada una tiene sus sueños y sus fantasías, sus proyectos vitales, sus heridas sin cicatriz, abiertas. Curiosamente, la novela nos sorprende llevándonos por episodios no esperados, pero perfectamente posibles. ¿Por qué no? Casualidades y causalidades se suceden. ¿No es eso lo que siempre promete la gran ciudad?
Magníficamente escrita, con metáforas y símiles de alto vuelo poético, con una estructura narrativa que deja indicios e impulsa cada nuevo capítulo, la novela es también una reflexión sobre la escritura, porque Elisa quiere escribir una novela, aunque el trabajo remunerado le roba la energía que necesita para su propia obra. En ese intento fallido, en ese trabajo alimenticio que aniquila el proyecto personal, resulta fácil reconocerse. Todo está al alcance y, sin embargo, una sensación de fracaso permanente no nos deja dormir.
La nostalgia de la Mujer Anfibio. De Cristina Sánchez-Andrade

Tras el chute urbano y precario, busqué el contraste a través de este libro que se desarrolla en el entorno de la Ría de Arousa a lo largo de varias décadas, desde 1921 hasta las primeras elecciones democráticas. Imaginativa, evocadora, envolvente y maravillosamente escrita, la novela me propuso un viaje a otro paisaje y otras vidas. Una mirada poética en las descripciones del lugar y su atmósfera, una concienzuda estructura narrativa y numerosos toques de humor me han hecho disfrutar de las peripecias vitales de sus personajes, fascinantes y diversos, que funcionan como una orquesta perfectamente afinada.
La nostalgia de la Mujer Anfibio (Anagrama, 2022), novela de Cristina Sánchez-Andrade, se centra en la historia de tres generaciones de mujeres, pero va más allá del relato costumbrista, de esas tareas interminables que las atan al mar, a la tierra y a la moral de la época. Las mujeres se transforman en sus espacios propios, alcobas y lavaderos, y en contacto con lo mágico, en lo que callan e intuyen, un poder silencioso que teje la vida. Los secretos y los celos, la culpa y el deseo sexual atraviesan los días de una comunidad que se ha acostumbrado a no recordar. Un olvido que les protege y, a la vez, implica una amenaza que sostiene la tensión del relato, porque el deseo de saber sigue latiendo.
La lectura trepidante nos lleva en volandas, confundidos con pistas y giros narrativos, siguiendo las andanzas de personajes que nos hacen creer en ellos, aunque no sean totalmente de fiar. Página a página, se desvelan sus historias más íntimas, los viejos dolores sin resolver. Y al cerrar la novela, persiste la conmoción con la que nos llegan sus vidas, pequeñas y sufridas. El esfuerzo de la existencia. La resistencia, también. Y el lenguaje, preciso y poético, sosteniendo todo.
Léxico familiar. Natalia Ginzburg

Cerré las lecturas veraniegas regresando al relato de lo autobiográfico, para adentrarme en la infancia y juventud de Natalia Ginzburg a través de Léxico familiar (Lumen, 2022).
Dice la contraportada del libro que “la historia de la Italia antifascista se pasea en bata por sus páginas”. Y no puedo estar más de acuerdo. Porque lo que se ofrece es la mirada doméstica de la hija menor de una familia, un relato sin pretensiones literarias, que va dando cuenta del día a día de sus padres y hermanos, anotando cuanto conforma esa vida de puertas para dentro. Los juegos de palabras, las expresiones arraigadas en el léxico familiar, las conversaciones, las manías y el carácter de cada quien, los hitos biográficos que les acercan o separan dentro de los mismos apellidos… Y todo ello, con el contexto histórico del ascenso del fascismo en Italia, las detenciones, los encarcelamientos, la lucha política, la resistencia, la persecución de los judíos o la segunda guerra mundial y sus consecuencias… hechos de los que la familia Levi, obviamente, no queda al margen.
Esperaba encontrar algo más de la formación de Natalia Ginzburg como escritora, pero eso formaba parte de mis expectativas. El título no puede ser más preciso, Léxico familiar. Lo que se conversa y discute en las estancias de las casas donde se crece y se empieza a leer, también a observar la vida, con total naturalidad.
Me ha parecido interesante lo que Natalia Ginzburg cuenta de su paso por la editorial Einaudi, sus conversaciones sobre literatura con Cesare Pavese y Felice Balbo, pero apenas son unos párrafos. Igual de breves que las experiencias más traumáticas, la detención y muerte de su marido, mientras ella logra escapar de los nazis con sus hijos pequeños… Todo está narrado desde una indolencia, como apunta un texto de Carmen Martín Gaite en la solapa, que sorprende. Quizás la mayor virtud del libro sea esa distancia, esa falta de dramatismo, esa escritura al natural que supone todo un reto estilístico y un aprendizaje.
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