Feliz 2022. Afectos, confianza y salud

Escribo en este 31 de diciembre mis mejores deseos para el nuevo año, y los comparto anhelando que se cumplan.

Al pensar estas palabras, recuerdo bien las de hace un año. Soñábamos que el cambio de dígito, pasar del 2020 al 2021, borraría de un plumazo al bicho y sus consecuencias. Y aquí estamos, doce meses, varias olas, cepas y letras griegas después, esperando nuevamente un año mejor para todos. Soy consciente de que los deseos rara vez llueven del cielo, y aún así tecleo con pasión cada letra, leo en voz alta cada palabra escrita, por si sumando fuerza y sentido fuera más factible el hechizo, y la magia que envuelve la última noche del año irradiara todo 2022. Ojalá.

Igual que todos los años, hago balance y sopeso su carga de lágrimas y alegrías, pérdidas, sobresaltos, preocupaciones y retos… Después de 365 días, hemos resistido y estamos en pie para contarlo. Y seguimos, dispuestos a brindar y a sonreír, a dar las gracias, a compartir con generosidad y a hacer del mundo un lugar más amable y solidario hasta dónde lleguen nuestras manos y nuestro aliento.

Como siempre, acompaño estas líneas con una fotografía tomada en 2021, que resume una celebración y un encuentro largamente deseados y pospuestos. Es una muestra de que los planes, que se nos desmoronan una y otra vez, llegan a realizarse: lo que no pudo ser en abril tuvo lugar en noviembre. Las circunstancias nos han enseñado a postergar, a tener más paciencia y perseverar, a asumir los cambios. La imagen, que muestra las manos de dos generaciones, me recuerda que somos parte de una cadena interminable de afectos y vulnerabilidades, más visibles que nunca. En nuestras muñecas, lucimos una pulsera que recibimos como regalo: el obsequio de un niño, trenzado con su ilusión y su tesón, que se ha convertido en una de mis joyas más queridas, porque su valor es el de la amistad cimentada en décadas, la familia que te regala la vida y el cariño que se mantiene a pesar de la distancia y los encuentros esporádicos. Me parece un excelente equipaje para afrontar el futuro.

En estas horas últimas de 2021, os deseo un 2022 lleno de buenos momentos y buenas noticias, en el que seamos capaces de apreciar lo que, de verdad, merece la pena. Los afectos y el cuidado hacia quienes nos rodean, la confianza y la experiencia adquiridas, la generosidad para escuchar y empatizar… Todo ello debería guiarnos para encarar el tiempo por venir, rodeados de amor, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles y con mucha salud. ¡Feliz 2022!

Sin noticias de mí

Ni octubre ni noviembre tuvieron su texto. Han sido meses exigentes de trabajo, pequeños contratiempos de salud, desánimo y falta de fuerzas… Pero también momentos de pausa, reencuentros felices, celebraciones pendientes, un par de viajes relámpago y un seguir replanteándome.

En lo peor del malestar físico, busqué el sosiego y la fortaleza de los árboles en paseos cercanos. El otoño parecía invitarme a soltar: dejar atrás lo que duele y no aporta, lo que no sirve para construir sino para hacerme más débil.

En el transcurso de estos meses de silencio, la presencia amorosa y cuidadora de los otros ha sido el refugio, junto al disfrute de la naturaleza y el arte: algunos libros y poemas sueltos, algunos espectáculos de música y teatro, y sesiones de cine que me ofrecieron, como los árboles, el camino de la renovación y la salida del laberinto.

Frente a la búsqueda de esperanza, escuchar las noticias diarias ha seguido siendo desalentador. Tanto dolor y tanta miseria atravesando con su daño el agua de la ducha, el placer del primer café, el plato de verduras de la cena… Tanto odio para restar energía en un país donde la luz sigue matando a través de malas combustiones e incendios evitables, donde las facturas niegan la dignidad. Así que, cada día apago antes la radio y la televisión, en defensa propia. Yo, que estudié periodismo y fantaseé con su poder de transformación social, les soltaría una monserga sobre ética periodística por minuto, pero no van a escucharme. Así que doy al botón en cuanto hurgan en la herida sin ánimo de contribuir a curarla o dan voz a quien no la merece.

Muchos días he sentido que las palabras no pueden con tanto o han sido secuestradas; que decir no va a aportar nada. Supongo que, en parte por eso, me he quedado suspendida en la pausa del para qué. Los libros a medias, las ganas ausentes, los proyectos alimentando un moho de desidia. Pero ese desaliento tampoco es sano y lo voy aprendiendo a fuerza del oírlo. Oírmelo.

Podemos permitirnos la tristeza, pero es imprescindible salir de ella tan pronto como nos sea posible porque tiene una alta capacidad para enredarnos. Tengo una amiga en Siria que me manda fotos de ciudades y personas dispuestas a salir adelante entre las ruinas. Conozco a personas suspendidas en la pausa de un tratamiento médico que viven la incertidumbre, a los que envío los ánimos que no me prodigo. Mi abuela decía que es muy fácil recetar a otros. Y hoy, recordándola en esta frase, creo que ha llegado el momento de la automedicación hasta ver la botella llena.

Por eso he vuelto al teclado, a los proyectos, a las palabras. Este texto es un tanteo; una forma de ver si hay eco y resuena, si una palabra lleva a otra, si el golpe de las yemas de los dedos sobre las letras abre el camino. Porque la escritura siempre estuvo ahí para rescatarme y no puedo olvidarlo. Porque, aunque sea para mí, las palabras siguen siendo aliadas. Teclear para preguntar y responderme, para dotar de sentido a los días por venir, para que los proyectos que arrancaron alguna vez con ilusión recuperen el pulso.

Volver a teclear como quien reaprende a caminar, a respirar, a recuperar sus órganos adormecidos. Por mí y por ellos. Porque necesitamos mucha fuerza para salir de tanto. Porque necesitamos la alegría, como la invocó tantas veces Almudena Grandes, a quien debo el deslumbramiento de Las edades de Lulú que me aportó otra mirada y otra forma de contar; la misma alegría que rimó Benedetti igualándola a la trinchera con la que defenderse de la miseria y los miserables. Es verdad que hubo y hay escapadas, afectos, paisajes, complicidades y brazos que están al alcance, en la ruta de los momentos alegres posibles. Así pues, parece que toca recalcular la ruta y que el GPS vuelva a orientarse hacia la esperanza.

Una oración para el verano

Hubo un tiempo en el que al inicio del verano empezábamos a soñar con las olas. Aquel Atlántico juguetón o furioso que nos desafiaba, al que contestábamos con la alegría y la fuerza de la infancia. Hubo un tiempo en el que, acariciando los últimos días de las vacaciones, se hablaba de uvas y cepas. Todo Jerez olía a vendimia, y el sol marcaba la pauta y el ritmo de aquel esfuerzo sobre los viñedos de la tierra albariza.

En este verano, las olas y las cepas son otras. No auguran nada bueno, pero aún así, necesitamos un verano que nos acune, que nos cuide, que nos sane. Un verano que ponga remedio al cansancio de cada uno. Un verano que nos ofrezca noches largas de conversación al fresco, nuevos baños de mar, el sabor de sardinas y guisos marineros junto a un puerto, la pereza de la siesta, el paseo entre la neblina de los bosques del norte, el frescor y la penumbra de los templos de piedra, el placer de las lecturas aplazadas, el sosiego de los lugares pequeños, el rumor de un riachuelo, el recorrido por las salas pausadas de un museo, el zumbido de algún insecto inofensivo, el silencio de amaneceres ajenos al horario laboral y la gozada de mirar el cielo durante horas…

Tenemos tantas ganas de un buen verano que los planes se nos hacen un nudo y rezamos hacia dentro, en una oración pagana que implora compasión. Tenemos tantas ganas de mar que el embarcadero del lago de la Casa de Campo nos resulta una alucinación propicia y una promesa. Así me pareció el pasado viernes, cuando la brisa aligeraba el calor sofocante de los días previos y una enorme luna desplegaba belleza con todas sus fuerzas, y nos la transmitía. Y era posible ver el mar desde Madrid.

Ojalá logremos el descanso que anhelamos, la paz que hemos echado en falta, el tiempo de la escucha hacia los demás y hacia nosotros mismos.

Os deseo lo mejor para estos días por venir y espero que lo podamos contar y compartir a la vuelta. Felices vacaciones, feliz pausa, feliz descanso.

Aniversarios en Sol

Hace algunas semanas, subí caminando desde la calle Alcalá hasta la Puerta del Sol. Era una tarde de viernes primaveral. Parecía un regalo después de muchos días de lluvia y cielo gris. Madrid quería despertarse y sentirse bonita, a pesar de todo. Me senté unos minutos en un banco de piedra ante un trío de músicos que interpretaban piezas clásicas junto a las puertas de la Real Academia de San Fernando. Les dejé unas monedas e intercambiamos unas sonrisas de gratitud a través de las mascarillas.

A medida que avanzaba, la luz que se dejaba entrever al fondo del horizonte se convertía en un imán. Aún lejos, la Puerta del Sol se intuía envuelta en esos colores únicos y apabullantes del atardecer madrileño, rebosante de turquesas, violetas y anaranjados. Sin filtros, la cámara del móvil sacó una fotografía que parecía un cuadro impresionista. Quedaban aún unos días para que comenzara la campaña electoral y se celebraran las elecciones. Los colores y la tibieza de la tarde querían ser un guiño a una esperanza improbable. Tal vez tanta belleza estaba ahí para algo. Al menos, consolaba.

Desde lejos, distinguí a un amplísimo corro de personas. Al ser tantos y mantener la distancia entre sí, abarcaban buena parte de la plaza. Pensé que era alguna concentración autorizada, pero era una reunión espontánea alrededor de un músico que, con buena voz y su guitarra, interpretaba canciones alegres que todos nos sabíamos. No faltó quién se puso a bailar ni quienes se lanzaron a hacer los coros de aquellos temas de viejos veranos que traían un soplo de brisa del mar, cierto aliento de felicidad posible. Los ojos brillaban. Sentíamos que estábamos vivos.

El reloj del edificio que alberga la sede de gobierno de la Comunidad de Madrid dio las nueve. Y a los pocos minutos, un par de coches de la policía municipal entraban en el espacio peatonal de la plaza y acababan con la música. Al verlos llegar, el músico explicó que el permiso para tocar expiraba a las nueve. Se disculpó… A pesar del reciente cambio horario y la primavera que queríamos disfrutar, las ordenanzas eran claras. El público se fue dispersando sin rechistar, echando unas monedas en la funda de la guitarra, mientras yo me quedé remoloneando por allí, esperando que la policía se fuera. No había multa, no se llevaban los instrumentos ni la recaudación… “Buena onda, todo bien, me despisté con la luz y el cambio de hora”, me dijo Charly Alvarenga (en Instagram). Nos despedimos con un amplio gracias.

La policía cumplía órdenes, impedía la felicidad por unos minutos de más. Nos devolvía a esta vida reglada que condiciona tantas cosas pequeñas e imprescindibles. Seguí mi camino y me detuve ante el escaparate de La Mallorquina, ya cerrada. Aquel rumor de azúcar cálido, el recuerdo de sus napolitanas de crema recién hechas me devolvían el buen sabor de boca de una tarde que había iniciado con el propósito de cuidar del alma y el cuerpo, tan atravesados por las derivadas de la pandemia.

Han pasado muchas cosas dentro y fuera de la Puerta del Sol desde aquel 9 de abril en el que me iba haciendo nuevas promesas, mientras paseaba por algunos de mis rincones más queridos de Madrid.

En lo personal, cumplí 50 años e imaginé un texto, en línea con el del año pasado, pero luego faltaron tiempo y ganas para escribirlo; también ha habido muchas citas médicas, propias y ajenas, y lo que queda, demandando energía y llamadas, atención a la agenda y al cuidado, cierta paciencia que se agota entre vacunas, pruebas diagnósticas y consultas diversas. Afortunadamente, nada es grave, pero sí fatigoso, en unos tiempos en los que las fuerzas van muy justitas. En lo político, tampoco encontré el brío necesario para analizar algunos hitos de la delirante campaña electoral de las elecciones autonómicas madrileñas; y después, atragantada con la tristeza que me brindaron las urnas, tuve una digestión demasiado pesada en la que se juntaron unos resultados incontestables, una falta de autocrítica casi generalizada y un recital de improperios e insultos con los que se nos bendijo a todos los madrileños, desde una diversidad de rincones y voces que decían ser progresistas.

Reconozco que me estaba costando recuperarme de todo esto cuando la Puerta del Sol vuelve a las portadas de los medios, ya sea por el desfile etílico del fin del estado de alarma (que no solo se produjo en esta ciudad); y ante el inminente décimo aniversario de aquel 15-M con el que esa plaza madrileña también atrajo las miradas de medio mundo. Tampoco puedo olvidar que en Sol hemos visto concentraciones por Colombia (y las que quedan), y no tardará en llegar la bandera palestina (si es que no lo ha hecho ya).

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en un momento inolvidable de la película Casablanca. Y yo estoy por contestarle que sí, que el mundo se derrumba mientras unos se emborrachan, otros se lavan las manos o se frotan los ojos, y otros se curan las heridas o entierran a sus muertos. Confío en que también nos quede sitio para el amor porque de lo contrario, estamos perdidos.

Un gran amigo y fiel lector me dijo una vez que mis textos siempre median o terminan mal. Su reto era que un día me atreviera a darle la vuelta a la tristeza y acabar en alto, en plan locura. Pienso en él mientras alcanzo estas líneas sintiendo una doble derrota: por haber descubierto el plan y porque no soy capaz de hacer lo que me pide. ¿Cómo escribir la esperanza sin caer en un fallo enorme de coherencia narrativa? ¿Cómo mantener la chispa de la ilusión ante este cotidiano devenir de egoísmo?

Soñando otro mundo, en 2011. (Foto personal).

Quizás el único camino, a estas alturas del texto, sea volver a esa Puerta del Sol donde hace diez años empezamos a soñar otro mundo. Si alguien nos hubiera contado lo que íbamos a vivir en tan sólo una década no le hubiéramos creído. Aquel entusiasmo y compromiso colectivo es algo que no olvidaremos nunca quienes durante aquellas noches entrelazamos las manos y levantamos gritos silenciosos que estallaban en aplausos cargados de una contagiosa y feliz energía. En los años posteriores, hubo nuevas concentraciones y asambleas, movidas por la nostalgia y también por un deseo de cambio que seguía latiendo y aspiraba a más. El año pasado reinó el silencio. Este año yo solo tengo interrogantes.

Ahora mismo, es imposible tomarle la mano a alguien, más aún si es un desconocido; y manifestarse en un entusiasta enjambre humano como aquel. Me temo que la confianza en los procesos colectivos ha vuelto al espacio de la utopía, aunque me consuela saber que sigue latiendo y salva vidas en multitud de hospitales y en otros espacios de resistencia y solidaridad.

Juntos podemos ser más fuertes, pero esta pandemia nos ha metido a cada uno en nuestro rincón, desde donde hemos visto que se rompían muchos nexos mientras luchábamos por no rompernos. Si bien los recuerdos tienen una fuerza contrastada para sacarnos de amnesias y traumas, no estoy muy segura de que las fotos de hace diez años, las canciones de otros veranos o el sabor de una napolitana de crema vayan a salvarnos. Habrá que ir pensando nuevos caminos. Y si en ellos podemos seguir cantando y bailando como en aquellas horas de la primavera de 2011, será buena señal. No habremos muerto.

Cuenta atrás hacia la primavera

El tiempo siempre nos hizo trampas. Cuando éramos pequeños soñábamos con crecer y anhelábamos que todo fuera más rápido, usar la mano entera para alcanzar el cinco y después, las dos manos para sumar hasta diez. ¡Menuda cifra! Luego atravesamos los años confusos de la adolescencia y la juventud. Ya no mostrábamos nuestra edad con los dedos de la mano, pero tampoco nos salían las cuentas. Era demasiado pronto para ciertas cosas, demasiado tarde para otras. Nos hicimos mayores sin ser realmente conscientes, y la década de los treinta y los cuarenta no cumplieron demasiado con el guion previsto, aunque en mi caso, a falta de un par de meses, están prácticamente completadas.

Día a día y año tras año, el calendario avanza y da la sensación de llevarnos por delante, aunque tachemos los días para saber en cuál estamos y señalemos algunos con círculos de colores para no despistarnos del todo. Tal vez sea la pandemia y la vida medio confinada, pero yo siento más que nunca este tiempo extraño que se escapa sin vivir. Mi confusión temporal se ha multiplicado a pesar de que tengo más calendarios que nunca ante los ojos. No faltan los momentos diarios en los que tengo que mirarlos varias veces. Y pellizcarme. La vida pasa.

Estamos a punto de concluir febrero. El carnaval fue una nube borrosa sin disfraces ni bailes; más que nunca, dejó un halo de ceniza. La naturaleza sigue, a su ritmo, y ya he visto almendros en flor. Quizás sus pétalos delicados y su fragancia estén intentando despertarnos de nuestro atontamiento. Y tal vez sea que los hemos visto sin verlos del todo. Se acerca la primavera, pero aún recordamos las heridas que nos dejó la última. Aquella que no disfrutamos ni vimos, la que quedó suspendida en lugares y olores que nos fueron prohibidos: ni el bosque ni el mar, ni el primer azahar, ni el incienso en las calles.

Ante este nuevo marzo, tampoco hacemos planes ni sabemos qué deseos formular o formularnos. El verbo salvar ha perdido su sentido, ¿qué vamos a salvar ahora, si apenas hemos salvado algo desde el año pasado? Las olas, por su parte, ya no nos llevan al mar sino a un listado interminable de cifras que esconden los nombres de personas que no están. Los itinerarios de otro tiempo permanecen cerrados, en un marasmo de normas ante el que nos hemos dado casi por vencidos. Escalar y desescalar no tiene nada que ver con un día de montaña y hace mucho que las curvas dejaron de ser el espacio de una caricia o el giro previo a un paisaje inesperado.

Se suma a mi confusión el hecho de que, en medio de este tiempo sin tiempo, nos insistan ahora en cada aniversario. Se va cumpliendo un año de cada hito fehaciente: el primer ingreso, el primer fallecido oficial, el primer sanitario contagiado, la primera residencia abandonada a su suerte, la primera declaración del estado de alarma… Y mientras los medios nos obligan a la memoria, revivimos el contraste entre el recuerdo de aquella perplejidad y nuestra experiencia hasta ahora. En lo más íntimo, llevamos el recuento de todos los abrazos a los que hemos renunciado, las celebraciones grandes o pequeñas aplazadas, los días que no hemos sido como éramos, los momentos en los que no pudimos hacer aquellas cosas que constituían la verdadera y anodina vida normal.

Vendrá la primavera y nos hará preguntas. Antes de su inicio oficial, aprovecharé los últimos días para coger impulso. De nuevo. Las esperanzas de enero se quebraron en pocos días y febrero, desde hace algunos años, se ha convertido para mí en el tiempo de las oportunidades. Un mes fetiche. Varias carambolas biográficas han hecho de él un mes propicio. Siempre le tuve cariño porque se cierra con el día de Andalucía, esa tierra que hice mía desde los afectos de la infancia, por mucho que mi documentación oficial no diga nada de ella. Pero los últimos febreros trajeron momentos de renacimiento personal y nuevas oportunidades vitales. Regalaron algún día libre que me permitió descansar y disfrutar de una cierta pausa para volver a calibrar las expectativas de brindis no tan remotos. Este febrero he tenido que aprovechar los días pendientes de 2020, esos días de vacaciones que caducan. Los que suelo guardar para el por si acaso, por si surge un imprevisto o algo especial. Días cargados de los planes que finalmente no existieron y a la postre han servido, y no es poco, para coger aire.

Hemos sumado tantas negativas y tanta tristeza, hemos acumulado tanto cansancio que es fácil que fallen las fuerzas. Hemos retorcido tanto nuestras palabras en nuevos y tristes significados que muchas de ellas han perdido su parte de magia y de esperanza. ¿Cómo podremos formular nuevos deseos sin palabras? Tal vez mirando esos pétalos, esos brotes. Resignificando esa vida vegetal y asumiendo parte de su fuerza, de su dinámica imparable.

Somos lo que hacemos con el día a día, ese ajetreo de tareas infinitas que no nos deja llegar a nada, ese tiempo robado por los deberes más que por los placeres y los deseos. Antes de que febrero desaparezca ante mis ojos, haré una nueva lista de ilusiones y proyectos. Quizás escribiéndolos pesen hasta cumplirse. Voy a intentar confiar otra vez en la magia de las palabras. Elegir las más rotundas. Tal vez no se evaporen como los días idénticos y lánguidos en los que nos hemos sumido.

Quiero brindar antes de tiempo por esa primavera que necesitamos, por una primavera en cada uno de nosotros. No dejéis de mirar las primeras flores, los brotes que salpican árboles y matorrales, dispuestos a contradecir las heridas de la nieve y de todo lo demás. A pesar de todo, necesitamos la esperanza.

Permitidme que me mantenga suspendida de esa belleza, alojada en las nubes y las flores más tempranas, las que se atreven a desafiar madrugadas aún frías y heladas a destiempo. Todos los años se precipitan al nacer, se arriesgan a lluvias y ventoleras que siembran las aceras con su osadía. Seamos prudentes en el día a día, pero osados al desear, porque nos hacen falta más fuerzas que nunca.

Feliz 2021: buenos momentos, abrazos y salud

Escribo en este 31 de diciembre mis mejores deseos para el nuevo año, y los comparto anhelando que se cumplan. Ojalá pulsar las teclas de los números que conforman el 2021 fuera suficiente para conjurar todo lo vivido en el año que dejamos atrás. Aunque sabemos que la última campanada y los brindis no aseguran la felicidad, esta nochevieja, como nunca antes y de forma global, necesitamos pensar que es posible. Así, aferrados a lo simbólico, estamos imaginando los meses por venir con la misma ilusión de las cartas infantiles a los reyes magos. En ellas, soñar y pedir era y es posible, y a veces, además, todo o buena parte llega a cumplirse.

Escribo y lo pido: buenos momentos, abrazos reales y mucha salud. Y me gustaría hacer magia y convertir las palabras en gestos físicos y profecías cumplidas. Como todos los años, también hago balance. Reconozco la carga de lágrimas que ha dejado 2020. Cuesta buscarle el lado bueno, pero lo ha tenido, porque seguimos latiendo y nos leemos, porque a pesar de todas sus turbulencias, hemos resistido momentos difíciles en los que nos han faltado hasta el aire de los parques y las caricias. 2020 no ha sido fácil y seguramente por eso, nos ha ofrecido una ruta acelerada por nuevos aprendizajes: sobre nuestra fortaleza y nuestra fragilidad; sobre las personas que nos resultaban imprescindibles, ya fuera en lo íntimo o en lo social; sobre el sentido del tacto y las muestras de afecto; sobre el valor de las sonrisas; sobre el miedo y la incertidumbre; sobre el verdadero sentido de palabras como solidaridad y compromiso; sobre la necesidad de estar en la naturaleza y ampliar el horizonte del paisaje.

Como siempre, junto a estas líneas comparto una fotografía tomada en 2020. Este año es raro también en eso. En el mismo momento de hacerla, allá por el mes de junio, supe que sería mi tarjeta de felicitación. Desde marzo, los niños pintaron arcoíris como símbolos de esperanza. Con la lluvia incesante de algunos días, con las tormentas meteorológicas reales que se sucedían ante mis ventanas, creo que este año he visto más arcoíris que nunca. En cada uno de ellos, al término de chubascos enfurecidos que intentaban desterrar tanta tristeza, quise ver un tiempo nuevo. Este me sorprendió en un parque, rodeada de árboles, y quise creer que tendría poderes mágicos. Ojalá.

En estas horas últimas de 2020, os deseo un 2021 lleno de buenos momentos y buenas noticias; en el que seamos capaces de disfrutar con lo que nos rodea, buscando la luz y la calma que tanto reconfortan después de cada tormenta. La precaución, la confianza y la experiencia deberían hacernos más sabios para apreciar lo fundamental y afrontar así el tiempo por venir. Y todo ello, rodeados de afecto y cariño, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles. ¡Feliz 2021!

Escribir, caminar y fotografiar como forma de resistencia

De un tiempo a esta parte, muchas veces me ha venido a la cabeza Francisca Aguirre, y aquel decir suyo de la escritura para conjurar la locura. La he buscado en Internet: «Escribo para no andar a gritos y para no volverme loca. La poesía tranquiliza. A mí me ayuda. El mundo es injusto pero el lenguaje es inocente», la frase aparece citada en la noticia de su muerte que ofreció el periódico Información.

En ese escribir para no enloquecer no debió ser la única ni la primera, igual que tampoco soy la primera ni la última en suscribirlo. Yo también escribo para no volverme loca. Y desde mayo, cuando pudimos volver a pasear, recuperando ese gesto tan humano tras una prohibición que duró un mes y medio, también paseo para no volverme loca. Y durante el paseo, saco fotografías, busco la imagen capaz de salvarme.

Paseo para recuperar el placer de caminar sin tener destino ni propósito concreto, para poder refugiarme bajo la sombra de los árboles. Hago fotos nuevas, para buscar otra mirada y también el pie a partir del que poder escribir otras cosas, para descubrir otra realidad en la realidad que me rodea, para encontrar resquicios de belleza en esos espacios cotidianos y próximos.

Escribo, paseo y hago fotos para no volverme loca. Y todo ello en una búsqueda, casi inconsciente, de dar un cierto sentido a este sinsentido, para hallar vida más allá de tanta muerte, tanta pesadumbre y tanta tristeza. La palabra, el camino inesperado y la imagen que salen al paso son una medicina improvisada, un placebo que no siempre funciona pero que pruebo a falta de otras opciones.

Al pasear, camino rápido, como si mis pasos quisieran romper este tiempo detenido, alejarme del presente, atravesar esa niebla fina con la que nos han cubierto los planes de futuro, los abrazos que no vamos a dar. Camino rápido como si quisiera huir de esta pesadilla.

Hago fotos. Con la ansiedad de quien no respira, mis ojos buscan el oxígeno de otro mundo en el mundo al alcance. Como si fuera una turista de mis calles, como si pudiera reconciliarme con los rincones de esta ciudad cada vez más golpeada, nuevamente golpeada, cuyo nombre vilipendiado se arrojan a la cara unos y otros, sin tener en cuenta que es mi casa, nuestra casa, la casa de tantos.

Me reconforta la luz del atardecer. Madrid sabe atardecer como pocas ciudades. Los anaranjados, los violetas y azules se mezclan y evocan la luz de Velázquez y de otros muchos. Al salir a la calle o desde la ventana tenemos postales diarias que muchos días han servido de consuelo.

Y escribo. Apenas pude escribir nada durante el primer confinamiento, aquel que marcó los meses de marzo, abril y mayo de este año. Forcé las palabras para mantener vivo este blog que echaba a andar, pero no hubo poemas ni letras dignas de mención más allá de aquellas entradas.

Sin embargo, ahora siento que las palabras se agolpan dentro de mí con las mismas ganas de salir corriendo que agitan mis pies y mis ojos. En estos días, se multiplican los renglones escritos en libretas de todo tipo porque si las palabras se me quedan dentro, me volveré del todo loca.

Fin de ciclo

Dejamos atrás una primavera apenas vista. Tras meses de encierro, hemos ido saliendo a hurtadillas. Los nísperos y los albaquicoques habían llegado a las fruterías, mientras en las tiendas de moda la ropa de abrigo evocaba un tiempo suspendido. Nos hemos perdido la floración de almendros y cerezos, y al recuperar el paisaje, los parques y los márgenes de nuestras calles eran un espectáculo de margaritas y amapolas rodeadas del desorden y la belleza de otras flores silvestres.

Semana a semana hemos ido recibiendo prórrogas del estado de alarma. Así, obedientes y endurecidos frente a palabras que a pesar de su significado se han hecho rutina, hemos comenzado el verano, que coincide con ese término de ‘la nueva normalidad’, a pesar de que también la normalidad ha sido pulverizada y asumimos vivir en un oxímoron.

Aunque durante este tiempo no hemos podido escalar más que las horas agotadoras de intensas jornadas laborales, huérfanas de afecto y válvulas de escape, pero repletas de incomprensión y sobrecarga, nos explicaron que el alivio sería progresivo recorriendo las cuatro fases de la desescalada.

La historia de Madrid es sobrada y tristemente conocida. Con miles de muertes, sus residencias a la deriva, sus UCIS colapsadas, sus sanitarios dejándose la vida y una gestión política al más puro estilo de Donald Trump, basada en la mentira y el circo mediático, a golpe de foto y de tuit, tapando hechos que deberán ser juzgados.

Como no podíamos pasar de la fase cero a la uno, nos inventaron la cero y medio. Y ahora, que no hemos recorrido el itinerario cabal de los números tres y cuatro, vamos a saltar desde la fase dos a la nueva normalidad, todavía con centros de salud cerrados o muy mermados en sus plantillas.

Madrid nos mata, pero resistimos

Allá va la Comunidad de Madrid, con un gobierno roto que ha ido de desfase en desfase y una ciudadanía dividida entre la prudencia, la vida y la necesidad. Allá va la ciudad de Madrid, que con el mismo nombre que la comunidad no es ni de lejos lo mismo. Ese topónimo común confunde. La comunidad es más grande, es rural y metropolitana, es un enjambre de ciudades y de pueblos aislados, un territorio sumamente desigual. La ciudad, a su manera, es también enorme, y está acostumbrada a la brega, a la dureza y también al disfrute que permite compensar tanta exigencia. Las horas de metro, las jornadas interminables, los horarios liberados que convierten en precariado a tantas y tantas personas, los precios desorbitados de la vivienda, la carestía frente a otras regiones en la cesta de la compra o el transporte… Sí, Madrid sigue matando; y dando vida.

Madrid es un espacio de resistencia, siempre lo ha sido. Basta recorrer su historia: guerras y algaradas comenzaron y acabaron aquí, también revoluciones y graves atentados terroristas. Y a pesar de todo, Madrid resiste, sobre todo, gracias a su gente, venida de todas partes, primero de España y luego del mundo, con ganas de prosperar. Esa energía la ha convertido en una ciudad única y portentosa, muchas veces invivible; sobre todo, cuando no existe la promesa de poder escaparse de ella cada cierto tiempo. Por eso, los que vivimos en Madrid somos gente que mira el calendario. Hasta marzo de este año, los más afortunados, aprovechando un puente, un festivo o una pausa escolar, huíamos en tropel en operaciones salida que nos prometían cambiar de aires y respirar mejor.

A partir del 21 de junio, con el fin del estado de alarma, parece que aquella vieja rutina podrá ser posible de nuevo. En estas semanas de soledad y silencio, en las colas de las tiendas he hablado con muchos desconocidos. Los más mayores, añoraban poderse ir al pueblo, cultivar el pequeño huerto, sentir el pálpito de la tierra que brota y aún es su conexión con la vida. Los trabajadores en activo empezaban a sentir la falta de aire, extrañaban las pausas vacacionales, la maleta y el vivir en otro lado, donde es posible caminar y pensar más lentamente.

Ahora parece que en algunos sitios no seremos bienvenidos. Lo fuimos antes de este virus, cuando dejábamos los ahorros de un trimestre o de todo un año y parecíamos triunfadores en localidades donde llenábamos bares, terrazas, hoteles y playas. Pocos se daban cuenta de que en el fondo éramos unos pobres diablos, en ocasiones compensando la vida de demasiadas semanas laborales sumidas en la náusea.

Puede que ahora ese dinero no valga nada. Que valga más el miedo. Que no nos quieran ni ver. Aunque yo creo que ese rollo de la ‘madrileñofobia’ tiene mucho de invento mediático. Insiste en la tendencia, incrementada por esta pandemia, de seguir destruyendo el lenguaje, inventando lo que no existe para que nuestras vidas sean más raquíticas. En el fondo dará igual. Todos los de aquí, nacidos o residentes, tenemos familiares y amigos en otras provincias y países, y sabemos que sus brazos están dispuestos a acogernos. Con prudencia y respeto, por supuesto. Encontraremos el rincón que nos dé cobijo, el árbol que nos reciba y nos preste su rumor natural para compensar tanto daño. En estos momentos, además, necesito creerlo.

Aire, aire, aire

Yo aún no sé si podré irme, a dónde ni por cuánto tiempo. Los planes quedaron en un extraño limbo cuando el calendario se volvió enteramente lunes. Las novedades me han pillado con la agenda en blanco y el cuerpo fatigado.

Lo que sí he descubierto, con más fuerza en las últimas semanas, es que tengo que dejar de hablar y de escribir sobre la covid-19. Hay otras palabras demandando su espacio entre la garganta y los dedos; otros paisajes, también mentales, que me urgen al cambio de fase.

Sé que el virus está entre nosotros. Sigue contagiando y matando. Pero voy a intentar tomarme unas vacaciones de su campo semántico y de todas las derivadas que ha acarreado y a día de hoy impone.

Con esta entrada, cierro una etapa de escritura sobrevenida, porque yo no elegí el tema. Voy a intentar airearme, en todos los sentidos. Os deseo lo mismo, aire para aliviar las penas del cuerpo y del alma, aire para que esa renovación nos cure de tanto. Buen verano y buena suerte.

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