Otro cumpleaños que celebrar

Si atendemos a las noticias de los medios de comunicación, apenas hay motivos para celebrar. Supongo que, por eso, cada quien, sin dejar de abrir los ojos y el pensamiento a cuanto nos rodea, tiene derecho aún a atrincherarse en los espacios de íntima felicidad. Un nacimiento, un tratamiento médico concluido, un nuevo proyecto o un amor… Por supuesto, también un cumpleaños.

Escribo estas líneas para compartir la celebración del mío, el pasado Día del Libro, y agradecer vuestras felicitaciones y vuestra compañía. Sé que hay personas que viven su cumpleaños como quien se topa con un accidente del documento de identidad. No es mi caso.

Siempre lo he celebrado. Y quizás, tras los dos cumpleaños limitados por la pandemia, el primero, encerrada en casa con Fénix; y el segundo, los cincuenta, con restricciones para grupos y desplazamientos, soy aún más consciente de que seguir cumpliendo años, con la certeza de ser una persona afortunada, es una fiesta. Así ha sido también este año.

El primer regalo fue pedirme el día libre. Dormir algo más, levantarme y desayunar sin prisas, atender llamadas y mensajes, devolver la felicitación y el cariño con gratitud y emoción. Al subir la persiana del dormitorio, el reflejo del sol me recibió en un punto donde nunca lo había encontrado. Daba de lleno en la ventana de enfrente, me ofrecía un guiño de luz radiante para lanzarme a los 53. ¡Bienvenidos!

Cuando más tarde salí a la calle para compartir mesa y mantel, el cielo mostraba un azul limpio y espléndido, una fuerza indecible. Lo comenté con mi padre. Ese azul. Me contestó que ya Gómez de la Serna decía que la luz de abril era la mejor de los cielos madrileños y, por tanto, la más adecuada para visitar las salas del Museo del Prado. No dará tiempo en abril, pero tengo que volver al Prado y lo he anotado en los planes del nuevo año vital.

Comida y cena sirvieron para reencuentros, confidencias, alimentar el cuerpo y el espíritu. Rasgué papel de regalo, recibí sorpresas y flores. Tampoco olvidé entrar en una librería para unir mi celebración personal con el Día del Libro. Desde que tengo memoria, nunca ha faltado un libro nuevo en cada cumpleaños. También acudí a mi cita con la lectura y el aprendizaje de la escritura, en el taller de los martes. Escribir y leer me han constituido desde la infancia. Los libros jalonaron el camino. Los borradores propios, también.

Soy quien soy por mis ancestros y mis circunstancias, celebro cumplir años y sigo aprendiendo. Me interrogo por los aspectos que no me gustan y miro con la perspectiva del tiempo en quién me he convertido. En mi caso, todo cumpleaños es un balance. No he podido evitar pensar en la niña que soñaba ser escritora, sin el referente de nombres de mujeres donde poder reconocerse; tampoco en la joven que dudó entre estudiar Políticas o Periodismo. Finalmente, me decanté por el amor a las palabras, confiando, ingenua hasta la médula, en un periodismo capaz de ayudar al cambio social y contribuir a mejorar el nivel educativo y cultural de la sociedad.

En estos días, reconozco los espejos astillados, los sueños rotos y también, el material de construcción del futuro. En política, hubiera durado un cuarto de hora. En cuanto al periodismo, me queda este espacio irrelevante desde el que escribo algunos artículos sabiendo que no voy a cambiar nada. Si acaso, ayudar a la reflexión de otra persona tan aturdida como yo misma, con parecidas preguntas sin respuestas.

Somos los espectadores de una realidad atroz donde la vida y la verdad no valen nada. Donde los muertos del genocidio de Gaza son la cifra de un informativo, una frase telegráfica que responde a la exigencia de un titular bien escrito, aunque carezca de alma y consecuencias: “las autoridades de Gaza estiman en 34.350 los muertos en la Franja por la ofensiva de Israel”.

Entre tanto, en nuestro país, un montón de noticias prefabricadas desde el odio y la mentira alimentan el mecanismo de una justicia estéril y ponen en peligro los valores democráticos. No es nuevo, ha ocurrido en Brasil y Portugal, por citar un par de ejemplos. Y quizás, como ha comentado el ensayista César Rendueles en una red social, comenzó el 11 de marzo de 2004, cuando las familias de los muertos del peor atentado de nuestra historia fueron insultadas y calumniadas por quienes no se resignaban a la derrota electoral, consecuencia de otras mentiras. Me temo que nuestra democracia heredó una carga y unos manejos que tal vez sean demasiado venenosos para su futuro, como explica de forma magistral Ignacio Escolar, en el artículo titulado ¿Merece la pena?

No obstante, en medio del ruido y nuestro cansancio, aunque cueste, hay que seguir defendiendo la esperanza. Seguir escribiendo y leyendo para no dejar que el cerebro y el corazón sean colonizados por la insidia y la maldad. Resistir desde la alegría y la celebración de la vida, que es lo único que tenemos, sin perder la memoria ni la dignidad. Para ayudarme, rescato las palabras preliminares en la antología poética de Juan Carlos Mestre, titulada La desobediencia de las palabras, recientemente editada por Bartleby. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se pregunta Crespo Massieu, responsable de la selección y el prólogo, que responde partiendo de la voz de Mestre: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”.

Cierro estas líneas desde la resistencia que conocemos los que no hemos sido hijos ni nietos del privilegio sino del esfuerzo. Pongo un punto y seguido en mi pequeña celebración de la vida con la belleza del álamo que todos los días veo desde mi ventana. Hace algunos veranos, por la noche, alguien quemó un contenedor próximo. El fuego alcanzó su corteza y las ramas más bajas. Aún quedan huellas de esas heridas, pero cada primavera se llena de hojas nuevas y ya es el árbol más alto de la plaza.

Un nuevo cumpleaños

Quiero agradecer al tiempo la celebración de la vida, con un nuevo cumpleaños.

También quiero agradecer su tiempo a todas las personas que se acordaron de la fecha, y me dedicaron el suyo.

He recibido muchos, muchos mensajes. Hoy en día, se multiplican los canales y las sorpresas, los formatos. Hay palabras y emoticonos, hay voces que llegan desde miles de kilómetros, videos, canciones… También hay besos y abrazos cercanos, los que son posibles. Y la fortuna de saberse querida, en cualquier caso.

El 23 de abril de este año comenzó en su vigilia: la enésima noche de insomnio. Como al día siguiente era domingo, podía permitirme el lujo de no sufrir pensando en un despertador y un listado de tareas implacables. Esperaba un día relajado.

Fui llegando al amanecer despacio, imagino que igual que en aquella madrugada de hace 52 años, cuando las progresivas contracciones iban anunciándome.

La noche fue un viaje. Una mirada al año vital que se cerraba y al que se abría. Otro balance. ¿Qué le vamos a hacer? Soy una pesada de las fechas señaladas y los buenos propósitos.

A última hora, me venció el sueño; y al despertar, no se oyó el llanto del bebé sino los pasos de la mujer que soy. Un poco más lenta hacia la ducha, y al encuentro con los míos.

Ya había llegado un ramo de flores, también el libro que, todos los años, me auto-regalo. Después, los detalles de otros. Aquello en lo que pensaron que me haría feliz. Cómo no serlo. Compartir desayuno y almuerzo. Poder echarme una siesta que resultó sanadora. Mi tiempo es mío, a veces, y entonces, es un regalo de los mejores.

Y al caer la tarde, un paseo y una charla cómplice; las manos y las palabras propias y ajenas al encuentro de los deseos y los sueños; la literatura y los proyectos en curso, como una nueva determinación y un rumor de fondo. Porque escritura y lectura siempre estuvieron. Y nacer en el día del libro siempre fue un regalo. ¿Qué me iban a regalar?

Antes del anochecer, los ojos disfrutaron de la belleza de un paisaje próximo y arrebatado. El arrebol, las nubes de la lluvia imposible, los colores del cielo de Madrid, las siluetas que prendieron la imaginación de la infancia, la certeza de los árboles, la luna en sus primeros días de fase creciente junto a Venus.

Hoy tarareo la canción “Gracias a la vida”. Y sé que detrás de ese agradecimiento están las muchas manos que me sostienen, todos los ojos que me siguen leyendo, y me alientan. Por mí y por ellos, en esta nueva vuelta al sol, me propongo dar trabajo a la imprenta.

El tiempo y su azar dirán.

Mientras tanto, aquí queda escrito, y sigo tarareando, afortunada.

Recibir el otoño entre libros y un poema

Comenzó y acabó la Feria del Libro y se despidió el verano, dando paso al otoño. De nuevo, el calendario parece ir al revés, acostumbrados como estábamos a una feria primaveral que regalaba tormentas junto a los primeros días de un calor insoportable y agorero. En esta última edición, cuando todo sigue teniendo un punto de extrañeza, se mantuvieron las tormentas mientras todo lo demás se me hizo raro. Así viví el acelerado paseo que pude dar (apenas una hora y media de una tarde, ¡ay!), por la Feria; en un viaje entre casetas fuera de lugar, fruto de una disposición endiablada, mientras la noche se echaba encima con el relente amenazando el primer resfriado y la sensación de que también esta cita se volvía a la vez deseada y hostil, un nuevo fruto de este destiempo permanente.

Pero, al menos, fui. Voy a quedarme con lo bueno. Al menos, volví a ver libros y casetas y caras conocidas y queridas. Al menos, me llevé alguna firma deseada y alguna sobrevenida. De rebote, me topé con mi admiradísimo Manolo García, del que soy una fan devota desde la adolescencia, como prueban las cintas de casete de Los Rápidos y Los Burros, la colección completa de El último de la Fila y sus trabajos posteriores en solitario, que guardo como tesoros. No me detuve en la larga fila de admiradores que aguardaban turno. La mayoría era de mi quinta y le contaba la misma batallita que yo le hubiera ofrecido: las canciones vividas sobre la piel, los conciertos que pude presenciar y los que lloré sin entrada, las veces que le escuché en directo dando saltos entusiasmados y coreando hasta la afonía. Los guardias de seguridad ya estaban avisando de que tal vez no habría tiempo para todos. Me ganaron la pereza, la premura de los tiempos y la sorpresa del imprevisto. Me prometí volver a escucharle pronto. Robé una foto que evitaba a la admiradora que podía haber sido yo y volví a retomar el rumbo de las casetas que estaban a punto de echar el cierre.

Atravesé la Feria como una loca sin plano, como “el loco de la calle” de aquella canción, jugando con el mal azar de quien dispuso una numeración caótica partida en cuatro hileras. Demasiados planos paralelos para una cabeza de letras al límite de las fuerzas y de la propia paciencia. No pude encontrar todo lo que buscaba. No tuve tiempo del paseo relajado de otras ediciones, cuando el calor cedía y el sol permitía el respiro de las casetas caídas en desgracia, en el extremo achicharrado.

Aunque un día después de publicar el artículo inicial, voy leyendo noticias que me hacen ver las cosas de otra manera, y retocar el texto con este nuevo párrafo. Quizás mi errático paseo no se debió al despiste y al cansancio, sino a que la Feria, este año, ha maltratado a las pequeñas editoriales que suelen ser mi objetivo, y así lo han hecho constar en una carta abierta que reclama explicaciones y dimisiones. Estaban mal situadas, aunque les cobraron lo mismo y les supone un esfuerzo mayor asumir todos los extras de quince días de Feria; han sido arrinconadas aunque, desde mi punto de vista que es el de muchos, estas pequeñas firmas son las que hacen que la Feria del Libro de Madrid merezca la pena, porque muchos lectores amamos su fondo editorial y la Feria es el mejor escaparate para que un libro nos lleve a otro, y para ojear títulos que en su momento no vimos, pero que una vez cerca de los dedos, no se nos vuelven a escapar.

Este año no tuve tiempo de procesar todos los recuerdos que mueve cada Feria del Libro, porque esta vez era tan distinta que no se producía esa llamada inconsciente de la memoria. Pero los recuerdos siguen ahí. Vinieron en tropel el día de la inauguración, cuando ante las imágenes por televisión pude evocar aquellas ferias normales, cuando la primavera y el verano se aliaban; cuando trabajaba muy cerca y El Retiro era un paseo habitual, donde me paraba un día sí y otro también, y vagaba entre casetas, mecida por el runrún del anuncio de las firmas; cuando recorría la Feria de niña, soñándome como autora al otro lado de los mostradores. Al ver la fotografía del mosaico que formaban todas las portadas en la caseta de Bartleby, también caí en la cuenta de que mi libro, De paso por los días, había cumplido cinco años, en la última primavera, cuando yo cumplí cincuenta. Abril y mayo fueron meses en los que no nos pudimos reunir para celebrar nada, y si lo hicimos fue con celebraciones íntimas y pequeñas que abrigaban un corazón castigado sin abrazos ni demasiadas alegrías.

Este tiempo pandémico y raro nos ha movido y removido tanto, que seguimos descolocados. Pero la Feria ha vuelto y aquel libro, con sus cinco años cumplidos, se ha asomado nuevamente al Paseo de Coches del Retiro, consciente de que la poesía no caduca nunca. También he recordado que muchos de los poemas del libro se escribieron en ese maravilloso parque de Madrid. Aquellos paseos habituales eran un bálsamo, en los que, contra la rutina y la barbarie diaria, yo buscaba la paz en el rumor del arbolado; escudriñando los colores y los movimientos de las hojas que daban paso a una estación tras otra; espiando la presencia de aves e insectos que buscaban agua, sombra o resguardo; topándome con otras miradas igual de melancólicas, felices o heridas que la mía.

Cuando acabé la primera versión del libro, estructurado en las cuatro estaciones, éste comenzaba por la primavera, manteniendo el orden de la escritura original. Pero luego, en las sucesivas correcciones, fui pensando que la primavera era más obvia, más habitualmente lírica y cambié el orden del libro, que empezó por el otoño.

Ahora, ante este nuevo otoño, que tiene mucho de reinicio; que, en lo personal, está siendo un tiempo de reencuentro y abrigo para conmigo misma, quiero recuperar alguno de esos poemas. Para celebrar el quinto aniversario de aquel libro que fue camino y sueño, para recuperar las fuerzas ante el futuro, para trazar un presente más transitable y consciente. Ojalá.

Porque la poesía siempre es refugio. Porque he cometido la torpeza de olvidarme de lo importante. Porque cada septiembre es un principio y soy afortunada, os dejo este “Paisaje” que se escribió hace muchos, muchísimos años; y aún me habla del valor de los sueños que se intentan. Y de no desfallecer.

PAISAJE

Sorprende a los ojos

viajeros del trópico

la caducidad de castaños

y plátanos dormidos,

asumir el rojizo

de la vida que se extingue.

En el recuerdo

se borran las palmeras,

las sombrillas de pobre.

El árbol caduco

es rescoldo de fuego,

remoto vuelo naranja

del ave del paraíso.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Aniversarios en Sol

Hace algunas semanas, subí caminando desde la calle Alcalá hasta la Puerta del Sol. Era una tarde de viernes primaveral. Parecía un regalo después de muchos días de lluvia y cielo gris. Madrid quería despertarse y sentirse bonita, a pesar de todo. Me senté unos minutos en un banco de piedra ante un trío de músicos que interpretaban piezas clásicas junto a las puertas de la Real Academia de San Fernando. Les dejé unas monedas e intercambiamos unas sonrisas de gratitud a través de las mascarillas.

A medida que avanzaba, la luz que se dejaba entrever al fondo del horizonte se convertía en un imán. Aún lejos, la Puerta del Sol se intuía envuelta en esos colores únicos y apabullantes del atardecer madrileño, rebosante de turquesas, violetas y anaranjados. Sin filtros, la cámara del móvil sacó una fotografía que parecía un cuadro impresionista. Quedaban aún unos días para que comenzara la campaña electoral y se celebraran las elecciones. Los colores y la tibieza de la tarde querían ser un guiño a una esperanza improbable. Tal vez tanta belleza estaba ahí para algo. Al menos, consolaba.

Desde lejos, distinguí a un amplísimo corro de personas. Al ser tantos y mantener la distancia entre sí, abarcaban buena parte de la plaza. Pensé que era alguna concentración autorizada, pero era una reunión espontánea alrededor de un músico que, con buena voz y su guitarra, interpretaba canciones alegres que todos nos sabíamos. No faltó quién se puso a bailar ni quienes se lanzaron a hacer los coros de aquellos temas de viejos veranos que traían un soplo de brisa del mar, cierto aliento de felicidad posible. Los ojos brillaban. Sentíamos que estábamos vivos.

El reloj del edificio que alberga la sede de gobierno de la Comunidad de Madrid dio las nueve. Y a los pocos minutos, un par de coches de la policía municipal entraban en el espacio peatonal de la plaza y acababan con la música. Al verlos llegar, el músico explicó que el permiso para tocar expiraba a las nueve. Se disculpó… A pesar del reciente cambio horario y la primavera que queríamos disfrutar, las ordenanzas eran claras. El público se fue dispersando sin rechistar, echando unas monedas en la funda de la guitarra, mientras yo me quedé remoloneando por allí, esperando que la policía se fuera. No había multa, no se llevaban los instrumentos ni la recaudación… “Buena onda, todo bien, me despisté con la luz y el cambio de hora”, me dijo Charly Alvarenga (en Instagram). Nos despedimos con un amplio gracias.

La policía cumplía órdenes, impedía la felicidad por unos minutos de más. Nos devolvía a esta vida reglada que condiciona tantas cosas pequeñas e imprescindibles. Seguí mi camino y me detuve ante el escaparate de La Mallorquina, ya cerrada. Aquel rumor de azúcar cálido, el recuerdo de sus napolitanas de crema recién hechas me devolvían el buen sabor de boca de una tarde que había iniciado con el propósito de cuidar del alma y el cuerpo, tan atravesados por las derivadas de la pandemia.

Han pasado muchas cosas dentro y fuera de la Puerta del Sol desde aquel 9 de abril en el que me iba haciendo nuevas promesas, mientras paseaba por algunos de mis rincones más queridos de Madrid.

En lo personal, cumplí 50 años e imaginé un texto, en línea con el del año pasado, pero luego faltaron tiempo y ganas para escribirlo; también ha habido muchas citas médicas, propias y ajenas, y lo que queda, demandando energía y llamadas, atención a la agenda y al cuidado, cierta paciencia que se agota entre vacunas, pruebas diagnósticas y consultas diversas. Afortunadamente, nada es grave, pero sí fatigoso, en unos tiempos en los que las fuerzas van muy justitas. En lo político, tampoco encontré el brío necesario para analizar algunos hitos de la delirante campaña electoral de las elecciones autonómicas madrileñas; y después, atragantada con la tristeza que me brindaron las urnas, tuve una digestión demasiado pesada en la que se juntaron unos resultados incontestables, una falta de autocrítica casi generalizada y un recital de improperios e insultos con los que se nos bendijo a todos los madrileños, desde una diversidad de rincones y voces que decían ser progresistas.

Reconozco que me estaba costando recuperarme de todo esto cuando la Puerta del Sol vuelve a las portadas de los medios, ya sea por el desfile etílico del fin del estado de alarma (que no solo se produjo en esta ciudad); y ante el inminente décimo aniversario de aquel 15-M con el que esa plaza madrileña también atrajo las miradas de medio mundo. Tampoco puedo olvidar que en Sol hemos visto concentraciones por Colombia (y las que quedan), y no tardará en llegar la bandera palestina (si es que no lo ha hecho ya).

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en un momento inolvidable de la película Casablanca. Y yo estoy por contestarle que sí, que el mundo se derrumba mientras unos se emborrachan, otros se lavan las manos o se frotan los ojos, y otros se curan las heridas o entierran a sus muertos. Confío en que también nos quede sitio para el amor porque de lo contrario, estamos perdidos.

Un gran amigo y fiel lector me dijo una vez que mis textos siempre median o terminan mal. Su reto era que un día me atreviera a darle la vuelta a la tristeza y acabar en alto, en plan locura. Pienso en él mientras alcanzo estas líneas sintiendo una doble derrota: por haber descubierto el plan y porque no soy capaz de hacer lo que me pide. ¿Cómo escribir la esperanza sin caer en un fallo enorme de coherencia narrativa? ¿Cómo mantener la chispa de la ilusión ante este cotidiano devenir de egoísmo?

Soñando otro mundo, en 2011. (Foto personal).

Quizás el único camino, a estas alturas del texto, sea volver a esa Puerta del Sol donde hace diez años empezamos a soñar otro mundo. Si alguien nos hubiera contado lo que íbamos a vivir en tan sólo una década no le hubiéramos creído. Aquel entusiasmo y compromiso colectivo es algo que no olvidaremos nunca quienes durante aquellas noches entrelazamos las manos y levantamos gritos silenciosos que estallaban en aplausos cargados de una contagiosa y feliz energía. En los años posteriores, hubo nuevas concentraciones y asambleas, movidas por la nostalgia y también por un deseo de cambio que seguía latiendo y aspiraba a más. El año pasado reinó el silencio. Este año yo solo tengo interrogantes.

Ahora mismo, es imposible tomarle la mano a alguien, más aún si es un desconocido; y manifestarse en un entusiasta enjambre humano como aquel. Me temo que la confianza en los procesos colectivos ha vuelto al espacio de la utopía, aunque me consuela saber que sigue latiendo y salva vidas en multitud de hospitales y en otros espacios de resistencia y solidaridad.

Juntos podemos ser más fuertes, pero esta pandemia nos ha metido a cada uno en nuestro rincón, desde donde hemos visto que se rompían muchos nexos mientras luchábamos por no rompernos. Si bien los recuerdos tienen una fuerza contrastada para sacarnos de amnesias y traumas, no estoy muy segura de que las fotos de hace diez años, las canciones de otros veranos o el sabor de una napolitana de crema vayan a salvarnos. Habrá que ir pensando nuevos caminos. Y si en ellos podemos seguir cantando y bailando como en aquellas horas de la primavera de 2011, será buena señal. No habremos muerto.

48 cumpleaños

Ayer fue el día del libro y mi 48 cumpleaños. Lo inicié con una noche insomne a la que siguió la rutina de cualquier amanecer de un día laborable. Antes de llegar al trabajo, el suelo mojado y unas hojitas arremolinadas bajo la suela estuvieron a punto de hacerme caer de espaldas. Aún no sé cómo pude recuperar la verticalidad cuando ya me veía estampada en la acera. Tras el susto, me di cuenta de que tal vez acababa de nacer o que, sin necesidad de ser tan dramáticos, tenía la suerte de habitar un cuerpo frágil que aún así me daba la oportunidad de celebrar la vida con todos sus huesos intactos. Un buen principio. 

A partir de ahí el día se fue llenando de felicitaciones, bombones, dulces y cafés compartidos; regalos en forma de tela, papel o gato. A mediodía, comida familiar y paquetes sorpresa que escondían objetos para rehabitar la casa nueva. 

La conversación, las llamadas (¡tan raras en estos tiempos!), los mensajes de texto, la fotografía de las lilas de una casa de campo que inundaban de olor la pantalla de mi teléfono, la caricia esquiva o cariñosa de Fénix al que no le gusta mucho que dedique demasiado tiempo al móvil. 

Me salté los actos del día del libro. Tenía varios anotados, pero ya había reunido mi pequeño botín de libros en torno a este nuevo cumpleaños. Celebré la compañía y las llamadas, y me sentí afortunada. También fui haciendo balance, entre palabra y palabra. Es inevitable al responder cómo estás y preguntarte. Atreverte o no a averiguar lo que hay y lo que falta, los proyectos que exigen su tiempo mientras el contador de la vida coge carrerilla y cada vez hace más preguntas y menos concesiones. 

Soy afortunada no sólo por evitar la caída de la mañana sino por cuantos están a mi lado y acompañan la vida, a quienes hacen un hueco en la agenda y me recuerdan, en su sentido etimológico. Gracias por preguntarme por las cosas que importan y hacerlas presentes. Ha empezado un nuevo año y todo está por ser escrito.

En la víspera de las velas

Este domingo tiene algo de balance y cierre, en la víspera de un nuevo cumpleaños. 


Ha sido un fin de semana lleno de horas dedicadas a los libros y los escenarios, ocupando el lugar de espectador que aprende.
Ayer estuve de librera ocasional en la Feria del Libro del distrito de La Latina. Desde detrás de la mesa, seguí los ojos de niños, niñas y adolescentes prendidos por los objetos expuestos… y también, la mirada angustiada de la madre que sabe que no tiene para libros y los pasos de la abuela que, mesa tras mesa, encuentra el que busca para cada nieto. 

Y luego… Espectadora dichosa de ‘Ahora todo es noche’, fantástica producción de La Zaranda en el Teatro Español, y de la ópera ‘Gloriana’, en el Teatro Real. Dos representaciones que me han permitido pasar de una historia de sin techo y sin destino, como dicen esos personajes entrañables de La Zaranda, a las exigencias y los conflictos de un reina en la Inglaterra del siglo XVI; y todo ello tamizado por el juego y la magia de las luces, las voces, los escenarios que permiten el fascinante viaje de imaginar, crear y recrearse. 

He celebrado el cumpleaños desde la víspera con palabras, cafés, cañas y besos… Ha habido que atender tareas domésticas y nuevos versos… Y ahora mismo me sé muy afortunada, en mitad del camino que se sembró en la infancia, cuando un libro era el mejor regalo de todos los posibles e ir al teatro, un hondo temblor. Mañana no cambia nada, pero somos seres simbólicos y en eso andamos.

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