Contradicciones de una (no) escritora

Hace algunas semanas vi Sueños de una escritora en Nueva York, dirigida por Philippe Falardeau. Desconocía lo que me esperaba, pero la palabra “escritora” y la confianza que me inspira la programación del Renoir de Plaza de España, bastaron como imán para llevarme hasta la taquilla. El título, tan descriptivo y poco metafórico, no exigía demasiadas dotes de detective.

Leo ahora las críticas y sé que la película no pasará a la historia del cine, pero no coincido con la mayoría de ellas. Tampoco me importa. Voy al cine desde que tengo uso de razón. Mi memoria atesora las películas infantiles con merienda en cines madrileños desaparecidos, como el California o el Cartago; y también las cintas más recientes, como Hijos del sol, Nomadland, Otra ronda, En un lugar salvaje o El olvido que seremos.

Sé que no siempre se coincide con la crítica. Y que de esos desencuentros surgen sorpresas que se lleva una, tanto para bien como para mal. Ocurre con el arte en general y con las películas en particular que sus imágenes nos hacen de espejo durante una hora y media, sobre todo, cuando estamos inmersos en la historia, dentro de la sala oscura del cine. Y que la conexión que establezcamos con los personajes, como ocurre en las novelas, puede ser definitiva para conformar nuestra valoración subjetiva.

Seguramente, disfruté Sueños de una escritora en Nueva York porque las preguntas que se plantea la joven Joanna Rakoff, autora de la novela autobiográfica Mi año con Salinger, en la que se basa la película, son algunas de las que me atraviesan desde hace demasiado tiempo.

La sinopsis de la película dice más o menos así: “A finales de los años noventa, Joanna, una joven que sueña con ser escritora, consigue trabajo en una de las principales agencias literarias de Nueva York como ayudante de la directora. Entre otras tareas, ha de responder las numerosas cartas que envían los fans de uno de los escritores de la firma, el mítico J.D. Salinger”.

Lejos de la peripecia del año o par de años que se ven en la pantalla, yo me quedé suspendida en cuestiones que constituyen el mar de fondo de la protagonista. Preguntas sobre la vocación literaria; la necesidad de un trabajo que permita la subsistencia mientras se aplazan los sueños, a riesgo de que el día a día laboral los devore por completo; o sobre hasta qué punto son decisivas las personas que se cruzan en nuestra vida, sobre todo, en esos primeros años en los que podría arrancar una prometedora carrera literaria.

Joanna, interpretada por Margaret Qualley, quien sabe aportar a su papel determinación, idealismo y fragilidad al tiempo, y muchos de los personajes que forman parte de su vida tienen vocación literaria. Y la película plantea lo que cada uno de ellos pone o quita de su parte, carambolas del destino a parte, para llegar a cumplirla o renunciar a ella.

Igual que yo hice, Joanna estudia literatura en la universidad y acaba hastiada. Se pregunta por la vida, se siente atraída por su latido pero no encuentra su sitio. Tal vez esa lectura constante, casi bulímica de otros autores, que yo misma recuerdo como una pesadilla, la arrojan fuera del mundo de la literatura impresa para llevarla hasta una vida precaria en Nueva York.

Y en ese mundo real, busca un trabajo relacionado con la literatura donde, curiosamente, debe ocultar su vocación y sus escritos. La agencia literaria busca una asistente eficaz, una chica para todo, disciplinada y discreta que no tenga aspiraciones propias. ¿Resuena?

El papel de la directora de la agencia, interpretado magistralmente por una magnética Sigourney Weaver me recordó a algunas de mis jefas, aunque luego lo amplié a jefes en general, hombres y mujeres. Ellos y ellas han sido claves. Sutilmente, con premios y castigos, con reconocimientos y ninguneos ayudan a construir o destruir la autoestima de quien salta al ruedo de la vida laboral cargado de idealismo. Sin querer, recorrí mi propia biografía sacando conclusiones. Por supuesto, también están las elecciones de amistad, sentimentales y amorosas, en suma, las personas que alientan o desaniman. Y no se trata de buscar las respuestas en otros, sino de ver hasta qué punto en esa construcción con los demás podemos alejarnos de nosotros mismos, ya sea de forma esporádica o definitiva.

Joanna tuvo más lucidez que yo, al menos, hasta donde llega la película. Es cierto que tiene veintipocos años, pero no se quiere olvidar de quién quiere ser de mayor. Mientras tanto, yo, con medio siglo a las espaldas, no ceso de hacerme esa pregunta. Quizás porque las cifras redondas tienen ese poder impetuoso para el balance; y seguramente también porque, desde hace un año y medio, la muerte y la enfermedad andan desbocadas, encontrándose a personas cercanas a deshora.

No es verdad que tengamos todo el tiempo del mundo. No es verdad que nunca sea tarde. El calendario es muy tozudo y el azar, lejos de regalarme una buena lotería, se empeña en ser mezquino y huidizo. Pero más allá de los espejos y las películas estoy yo misma. Y me temo que esa es la cuestión: ¿quién soy y quién quiero ser?

(Continuará).

La boda de Rosa: disfrute y aprendizajes

El otro día me sorprendió la imagen de un ovillo de tul, al que habían ido a parar varias cacas de perro en el alcorque de un árbol. No me detuve a sacar una foto de aquel bodegón feo y extraño, donde la delicadeza del tejido se amalgamaba con la desidia y la mala educación humana, con la degradación cotidiana. Iba con prisa porque me cerraban una tienda en la que tenía que recoger un encargo. Iba con esa prisa torpe que nos impide detenernos a mirar, esa prisa que pervive en la nuca de los urbanitas como si fuera el hierro con el que se marca el ganado.

Seguí caminando sin que la imagen desapareciera de la cabeza. En mi obsesión, pensaba en aquella tela tejida para otros usos y mejor fin. Absurdamente, agradecí que la tela no sintiera ni supiera, que ignorase su destino de inmundicia. Inevitablemente, pensé en cuantas cosas se hacen y acaban igual, revueltas en basura ajena, pervertidas de su sentido original, del afecto y el mimo con el que se llevaron a cabo. Cuantos trabajos, cuantas tareas vilipendiadas por el impacto de los otros, cuanto tesón revolcado hasta hacernos sentir que nada vale la pena. Y me salían ejemplos dolorosos en todos los ámbitos, desde ese plato de comida familiar que no recibe una palabra agradecida sobre la mesa a los espacios profesionales donde tantas veces el buen hacer acaba en nudo y fracaso. Aquel trozo de tul descartado iba despertando un remolino de dolor. Conectaba con cuanto se ofrece a diario para ser desmerecido, con la palabra que se malentiende y acaba siendo pesadilla nocturna.

Estaba en esas derivas de tules y derrota, cuando se me cruzó insistente, el tul rojo que llena de sentido la última película de Iciar Bollaín, titulada La boda de Rosa. Confieso que había visto el tráiler y no me acababa de convencer (un día habrá que escribir de los tráilers, que tan pronto hunden películas que merecen la pena como nos invitan a tragarnos bodrios de los que hábilmente han seleccionado lo mejor). Pero las opiniones elogiosas de ciertas personas me quitaron las reservas. Y qué alegría. ¡Gracias!

Reconozco que me gusta como dirige y las historias que elige Iciar Bollaín. La he seguido desde que en 1995 estrenara su primera película como directora, aquella Hola, ¿estás sola? que me puso, nos puso, ante un cine que hablaba de mí, de nosotras. Después he visto la mayor parte de su filmografía (Flores de otro mundo, Te doy mis ojos, Mataharis, También la lluvia, Katmandú, un espejo en el cielo, En tierra extraña, El olivo…).

Como en su primera película, con La boda de Rosa vuelve a ofrecerme un espejo personal y generacional, un espejo marcadamente femenino. No dudo que haya espectadores que se quedarán con la risa, la sonrisa de la historia, que digan, como las señoras que estaban cinco filas mas atrás, que les ha parecido «entretenida».

Pero la película es mucho más que la peripecia que presenta. La historia se construye sobre el silencio y la incomprensión familiar, lo que acabamos siendo, guiados por el mandato de no desobedecer y cumplir el plan trazado. La película son las relaciones familiares que se mantienen, gracias al peso del amor y el lazo filial, sobre lo que no se dice, lo que se teme, lo que se calla, lo que nos duele o nos avergüenza. La película es la historia de una mujer que toma una decisión, una mujer que por primera vez quiere escribir el guion de su vida y, tal vez lo más original, necesita que las personas a las que quiere la acompañen en ese viaje personal y plenamente consciente.

Es fácil reconocerse, reconocer a las decenas de Rosas que nos rodean. Esas mujeres con manos para todos, que olvidan sus deseos por satisfacer las demandas de los demás. Candela Peña está magnífica, como lo estuvo en Te doy mis ojos. Su mirada nos pide el abrazo y el gesto de complicidad mostrando fragilidad y fortaleza en cada secuencia. Además, está acompañada por un reparto en estado de gracia porque su drama íntimo, sus fisuras, sus contradicciones no serían tan creíbles sin la potencia dramática de Sergi López, convencido de su rol de primogénito; sin una hermana como la que encarna Nathalie Poza, en un momento vital que se va cargando de sombras; el padre amoroso, egoísta y hasta cierto punto dependiente que levanta con todos sus matices Ramón Barea; y la vulnerabilidad y la determinación de Paula Usero, la hija de Rosa, que igual que su madre, quiere ser muchas cosas y como ella se empieza a resquebrajar sin decirlo en voz alta, en un espejo de madre-hija que empieza a ser su propio abismo.

Disfruté muchísimo cada minuto de La boda de Rosa. Me emocioné con una historia ajena (o quizás no tanto), volví a escucharme una sonora carcajada después de mucho tiempo. Me sentó más que bien recuperar la luz del Mediterráneo y ese golpe de algarabía posible que entraña la felicidad.

Yo sé que La boda de Rosa es una película, seguramente la que necesitaba en estos días turbios y tristes. Pero igual que creo conocer a muchas mujeres que podrían asumir como suyos varios fotogramas, quiero lograr que esta película sea una señal para mi presente. Personalmente, me quedo con esa batalla contra el miedo, para ver si pensándolo me hago más valiente. Me quedo con ese tul rojo que redime el tul abandonado con el que empezaron estas líneas.

De mayor, es decir, a partir de ya, debería ser yo la que no tuviera miedo, la que no permitiera que nadie ensuciara mis días o el tejido que albergó algunos de mis sueños.

Sorry we missed you, la última película de Ken Loach

Sé que al ver las películas de Ken Loach no salgo ilesa, pero aun así no me salto ninguno de sus estrenos desde que le descubrí hace muchos años, cuando Lloviendo piedras (Raining Stones), se proyectó en España tras recibir el premio del Jurado en el Festival de Cannes (1993), y me sirvió para descubrirle.

Cuando me acerqué a los cines Golem de Madrid, esas magníficas películas sin palomitas, y compré la entrada para Sorry we missed you sabía que me arriesgaba a salir conmocionada, pero también estaba segura de que iba a ver una película que merecía la pena.

Una vez más, el nuevo trabajo de Ken Loach me pareció lúcido y portentoso, una obra de arte capaz de presentarnos de forma brillante y dolorosa algunos de los ángulos hostiles de la realidad. Esas afueras de Newcastle, esas historias de precariedad vital que se desarrollan en los márgenes menos soportables de nuestro sistema económico, podrían ser la de cualquier barrio humilde de nuestro país, y todos conocemos a alguien que se parece a Ricky, a su mujer Abby y a sus hijos Seb y Liza Jane. También puede que no hayamos hablado con ellos, pero nos hemos cruzado con sus miradas en el metro.

Un guion sobre los trabajadores pobres

El guion de Paul Laverty es como siempre inmejorable, lleno de matices y muy sabio para detener la dosis de dolor en ese punto donde puede resultar intolerable. La injusticia se hace fuerte en los recovecos del amor y la ternura, en la fortaleza de una familia humilde cuyos afectos se resienten por culpa de la brutalidad del afuera. 

Los actores, tan veraces, tan de carne y tan al límite de las fuerzas, logran ese estado de gracia en el que los personajes que interpretan y su persona son lo mismo. Y una les ve en la cocina, en el salón, cogiendo el autobús o peleando con la vida y les reconoce. Y más allá de reconocerles, se plantea por qué hemos asumido como normalidad la barbarie que condena a la marginación a los trabajadores que a pesar de serlo, son pobres. Esa porción creciente de las estadísticas se deja la piel para progresar y ofrecer un futuro a sus hijos, al margen de que la voracidad de un capitalismo sin escrúpulos ha vendido su sudor y sus ganas de salir adelante a precio de saldo.

Fuera del cine, la ciudad de Madríd había encendido las luces navideñas. En el metro, de vuelta a casa, muchos iban con bolsas y los anuncios nos avasallaban desde todos los ángulos con el dichoso Black Friday, y con una infinidad de aplicaciones que nos proponen cualquier oferta y servicio a golpe de clic.

Los personajes de la película, sus historias, su sufrimiento se me hacían un nudo en medio de toda esa parafernalia. Sorry we missed you, aunque no se considera un documental, tiene todo el peso de una realidad injusta y despiadada.

La cara oculta de la economía low-cost

Ha sido fácil hacernos creer que podíamos pedir la comida a domicilio sin sobreprecio y a tiempo récord, que los productos son más baratos aunque hayan recorrido miles de kilómetros y hayan consumido mucho combustible dejando una huella ecológica insostenible. Pero todo eso es mentira.

Detrás de lo barato se esconde la precariedad de alguien que hemos hecho invisible o hemos llamado emprendedor. Ellos, los falsos autónomos de Glovo o Deliveroo, los repartidores que trabajan para empresas intermediarias de Amazon, son la última versión de una esclavitud moderna que se desenvuelve a través de plataformas digitales donde se calculan sus horarios, su productividad y su disponibilidad sin tener en cuenta un mínimo de justicia social y laboral. Por supuesto, de valores éticos, ni hablamos.

En los créditos de la película había una línea en la que seguramente reparamos muchos de los espectadores, que estábamos aún aturdidos cuando dieron las luces de la sala. Esa línea agradecía los testimonios de los conductores con los que habían hablado para escribir el guion. Sin sus testimonios hubiera sido imposible levantar una película tan alarmantemente verdadera.

El otro colectivo laboral precarizado que la película refleja de forma magistral es el de las mujeres cuidadoras, las invisibles de la dependencia. Gracias al personaje de Abby, vemos sus jornadas contra reloj para atender a los más vulnerables: ancianos, enfermos, demenciados. Personas solas que en su cuidador tienen un apoyo cuya nómina es miserable gracias, en parte, a esa cadena de contratas y empresarios oportunistas que acaba gestionando servicios sociales básicos. 

Ken Loach lo explica magistralmente en algunas entrevistas: “el sistema ha llegado a la perfección, con el obrero obligado a explotarse a sí mismo para sobrevivir”. Tal vez para esta película no ha hecho falta recurrir a la imaginación, pero son indiscutibles el talento y los ojos bien abiertos para saber contarlo como lo hace él. ¡A sus 83 años!

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