Encuentro con Ana Blandiana: la poeta y su poesía


El viernes 8 de noviembre de 2024 tuvo lugar un encuentro con Ana Blandiana en la Librería Rafael Alberti de Madrid. La autora se mostró entusiasmada desde el minuto uno: “Esta librería me parece casi un templo, un lugar místico. Lo visito por segunda vez y quería volver, porque estuve aquí cuando no era tan conocida”.

Es lógico. La mayoría de poetas son seres desconocidos para el gran público. Su nombre solo hace efecto sobre unos pocos iniciados. Y un día, si ocurre, si cae un premio notable, su vida se da la vuelta. Las lecturas íntimas de otro tiempo se trasladan a grandes teatros; surgen por primera vez o se multiplican entrevistas y portadas impensables. Por si era poca la emoción de la autora y los congregados, Lola Larumbe, al frente de la Alberti subrayó el momento: “esta tarde vamos a saber cómo se tocan las alas de un ángel”, en alusión a un verso y un libro de Ana Blandiana.

En España, la dimensión pública de Ana Blandiana (Timișoara, 1942), tiene un antes y un después de la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras (2024). Además de acudir a la ceremonia, en los últimos días ha sido invitada a leer en numerosos espacios. No obstante, en esta tarde noche de otoño tenemos el privilegio de celebrarla en una charla casi íntima, junto a su traductora Viorica Patea y Jordi Doce, editor del libro que por el que supe de ella por primera vez, “Un arcángel manchado de hollín” (Galaxia Gutenberg, 2021). Aunque es novelista, ensayista, autora de relatos y una destacada activista a favor de la libertad, esta tarde, con la complicidad y el buenhacer del Instituto de Cultura Rumano, acude en calidad de poeta.

La presenta Jordi Doce quien nos recuerda los motivos del encuentro, la concesión del premio ya citado y también que la obra de Ana Blandiana esté íntegramente traducida al castellano, algo que no es habitual y se ha logrado en veinte años. Jordi Doce, poeta, editor y traductor, sabe de lo que habla, del contraste que supone frente a otros autores, cuya obra está parcialmente traducida a nuestro idioma y realizada por distintas manos. Subraya que, en buena medida, la excepción ha sido posible gracias a Viorica Patea, la traductora de toda su obra tanto al español como al inglés, que además de la traducción ha aportado prólogos a cada libro. “Que haya habido una pareja de baile fija da mucha coherencia y unidad a la obra de Blandiana”, sostiene Jordi Doce, quien explica que nos encontramos ante una poesía “absolutamente reconocible desde el primer al último libro, aunque a lo largo de los diferentes títulos se hayan dado distintos periodos y estilos. Poemas, por lo general, breves donde una imagen se despliega con exuberancia en una metáfora extendida que también constituye una hipótesis sobre el mundo, y todo ello a través de un lenguaje aparentemente sencillo”.

En su presentación, Jordi Doce nos ofrece un recorrido preciso por el itinerario poético que ofrecen los libros de Ana Blandiana. Con una voz firme desde el primero de ellos, una decidida forma de decir. De la revelación inicial al repliegue del segundo título, tras abandonar Bucarest. El conocimiento poético se afianza frente al conocimiento científico y teórico; la poeta nos invita a disfrutar y a ser testigos del mundo natural sin agostarlo ni explotarlo, al tiempo que la poesía nos propone un sueño que se convierte en el propio acto creador. En once libros hay mucha poesía. En los títulos y en el recorrido se nos abre el apetito de la escucha. Dice Ana Blandiana que para escribir necesita retirarse de las rutinas cotidianas. En silencio, asiento, pensando en la insalvable distancia entre los poemas y las obligaciones. Por fin, llegamos a sus últimos libros que son los que se presentan esta tarde, aunque la coyuntura nos haya regalado una panorámica completa de su obra poética. El sueño dentro del sueño y otros poemas (Visor, 2024) es el undécimo que se publica en español, aunque fue el primer libro de la autora, hace sesenta años (las traducciones no han seguido un orden cronológico); y El ojo del grillo (Visor, 2024), el más lírico de toda su producción, según Jordi Doce.

Tras la introducción a su obra, toma la palabra Ana Blandiana. Me emociona escucharla: una voz entusiasta y alegre, por momentos, nerviosa, que me recuerda a una niña con zapatos nuevos, feliz con estos días que está viviendo, feliz al ver una librería rebosante para el encuentro. Reconoce Blandiana que, normalmente, las relaciones entre poetas no son muy buenas, y que en la presentación de Jordi Doce hay una forma de altruismo. Por eso prefiere hacer un inciso y comenzar su lectura con dos poemas incluidos en “Un arcángel manchado de hollín”.

Cuando Ana Blandiana lee sus poemas su voz se transforma. No tiembla ni titubea, no hay rastro de ese nerviosismo agitado con el que nos ha dado las gracias. Como en una especie de trance casi litúrgico, su voz suena poderosa y rotunda en una lengua que no entiendo pero me emociona, también en lo rítmico y en la musicalidad de unos versos que cantan dispuestos a conmovernos. Escuchamos cada poema en rumano y después su traducción. Los poemas me sorprenden. Hay humor y giros inesperados y preguntas transcendentales; todo junto. En algunos versos, me habla una mujer que intenta encontrar su sitio mientras se plantea dónde está el bien y dónde el mal. La oscuridad, el frío, la soledad, el viaje. El demonio, los demonios. Las dudas que vamos encontrando ante el paso tiempo y nuestra propia existencia. Y en varias ocasiones, los ángeles, que caen desde lo alto, que aparecen manchados, que son juzgados en los mercados. Los ángeles que la poeta entiende: caen desde el cielo no por la culpa y su pecado, sino por su agotamiento. Estando donde estamos no puedo evitar pensar en Sobre los ángeles de Rafael Alberti, preguntarme de dónde salen los ángeles de Blandiana.

Lee algunos poemas que ha señalado con papelitos amarillos, con los mismos post-it que usamos los poetas menores; también se salta algunas páginas, evitando otros que no quiere leer. Me resuena un verso final: “Las palabras que han vendido su alma carecen de sombra”. Y la sombra es necesaria para la poesía, nos explica.

Tras la lectura, Jordi Doce y ella entablan una conversación: ¿Cómo leerse? ¿Cómo enfrentarse a su propia obra tantos años después? ¿Qué espacio ofrece a los lectores de su poesía? ¿Puede el idioma condicionar o hacer distinta una obra poética?

Ella reconoce que no suele leer sus propias páginas salvo cuando tiene que hacerlo en público. “En esos momentos, no puedo creer que yo haya escrito ese texto. Me parece que lo ha hecho otra persona. Hay un distanciamiento que me produce asombro”. También nos detenemos a pensar qué implica leer o escribir poesía en libertad o durante una dictadura. Blandiana, que fue prohibida en su país, reconoce lo que supone determinado contexto político: “Antes yo decía la mitad y el público entendía mucho más de lo que yo decía. La poesía tenía un cariz subversivo que escapaba a la censura. Se creaba un vínculo especial entre autor y lector. Sin embargo, aquí y ahora, en libertad, hay menos significados posibles y el resultado es más pobre”.

Después de esa paradoja, nos acercamos a la poesía como salvaguarda y lugar de resistencia. ¿Puede la poesía proteger de lo exterior, crear un mundo interior donde protegerse de la dictadura? “La poesía y la literatura, en general, me han ayudado”, reconocía Blandiana. “Cuando me estaba prohibido escribir, escribí una novela. Al pasar el sufrimiento a la novela, el mal se transformaba en otra cosa. Para un escritor, escribir siempre le salva. Más allá de mí, lo extraordinario es que la gente necesitaba respirar y eso era posible a través de la poesía”.

La velada se consumió en la comunión de los minutos cómplices. Entre las últimas reflexiones de Ana Blandiana me quedo con ésta: “La verdadera lucha de un poeta es expresar lo inexpresable. Una lucha continua que va hasta el final”.

Hace algunos años, Ana Blandiana visitó Madrid y protagonizó una lectura junto a Antonio Gamoneda para la que no tuve fuerzas. Acercarme a la charla del pasado viernes tuvo algo de restitución mientras la escuchaba y cuando, al acabar el acto, su sonrisa y la mía se encontraron en mis torpes indicaciones para la dedicatoria del libro, sin disponer de un idioma común. Tal y como nos habían pedido en la librería para facilitar el proceso, escribí en un papel mi nombre y mi primer apellido. Ella entendió perfectamente cuál era el “nombre familiar”, tan común en varios idiomas, pero pensó que Ana y Belén éramos dos. Sonreí agradecida ante esa dedicatoria donde también dibujó una flor sencilla suspendida en un largo tallo.

El sábado siguiente, cuando visité la sugerente y magnífica exposición “31 mujeres. Una exposición de Peggy Guggenheim”, en la Fundación Mapfre de Madrid, me encontré con este texto: “La primera sección pone de manifiesto el importante papel que cumplió la estrategia creativa de la autorrepresentación en el trabajo de las mujeres artistas del periodo (años 40). A través de sus autorretratos o de los elaborados disfraces y maquillajes extravagantes que lucían en su vida diaria y en performances improvisadas, las artistas se dotaban de personalidades inventadas, escapando así de las expectativas sociales y los roles de género prescritos por la ideología burguesa”. Y volví a entender eso de ser dos. No en vano, ese texto iba encabezado por un gran título: ‘El “yo” como arte’. En ese instante, pensé en el nombre como obligación y documento, el yo como contrato social frente a la posibilidad de tener alas, como los ángeles de Ana Blandiana.

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