Septiembre, el eco del reinicio

El calendario astronómico nos mantiene en el verano, aunque hace tiempo que arrancamos, ¡ay!, la hojita del mes de agosto y las lluvias, entre apocalípticas y deseadas, nos han metido en el otoño.

No queríamos verlo, pero nuestra ciudad y nuestra vida ya otoñaban, igual que los castaños de los parques, que fueron los primeros en perder su verdor (antes, incluso, de que hiciéramos las maletas de las vacaciones). Sus matices se suman a la confirmación apabullante de la llegada de un nuevo tiempo: el curso escolar 2023/24. Es decir, el inicio del año para quienes tenemos septiembre marcado como principio de propósitos y tareas, de obligaciones y promesas.

A veces el azar, que no nos ayuda con la combinación premiada de la lotería, nos ofrece otras señales. O tal vez, estamos dispuestos a buscar la carambola cabalística en las cosas, con el fin de ver tréboles de cuatro hojas por todos lados.

Es lo que me ha ocurrido este septiembre, en el que mis primeros compromisos laborales me llevaron a las instalaciones de la Universidad Complutense y las tormentas del primer fin de semana me recordaron aquel de hace cinco años en el que Fénix y yo empezamos a habitar las paredes de nuestra nueva casa. ¿Son señales? ¿Significan algo? ¿Le estoy sumando excesiva carga mágica al azar de una reunión y una tormenta de verano?

Es posible que no haya nada especial. Pero me gusta reinterpretar este tipo de guiños. En este nuevo inicio vital que me he propuesto, prefiero intuir la corriente secreta de los ciclos. Las etapas que se cierran para abrir periodos de nuevos aprendizajes de los que empiezo a ser consciente. La certeza de lo que he de asumir para vivir de otra manera.

Los cinco años con Fénix me interpelan sobre un proyecto literario iniciado en su encuentro; demorado, retomado y abandonado a lo largo y ancho de este lustro por todo tipo de motivos. Ahora sé que pondré el punto final. Que abandonar y desfallecer no son respuesta.

A finales de agosto y comenzando septiembre, la Ciudad Universitaria estaba casi vacía y su silencio era un marco perfecto para preguntarme qué persiste de la joven que pasó ocho años seguidos en ese campus para salir con dos licenciaturas, algunos sueños ya rotos y muchas ganas en los bolsillos.

Caminando de nuevo por aquel paisaje olvidado, comprobé que la Ciudad Universitaria y yo éramos distintas, aunque también las mismas. Sus edificios precarios de otro tiempo habían desaparecido o se habían asentado. Ya no quedaba nada del cubículo prefabricado y provisional de un banco donde se podían pagar las tasas. Sonreí al recordar aquella promoción tan pretérita como naíf con la que, si te abrías una cuenta para fraccionar el pago de la matrícula, te regalaban una carpeta archivadora con el logo del banco. Resulta irónico: aquella entidad bancaria, tan fulgurante a comienzos de los noventa, ya no existe más que como el caso de un escándalo financiero. Enfrente, lo que había sido un solar, se ha convertido en un Jardín Botánico cuyo edificio de acceso incluye una cafetería que me hubiera encantado disfrutar en aquellos años y a la que tal vez acuda de visita algún día, por pura nostalgia.

Ante Ciencias de la Información sentí un arrebato de rencor. Periodismo fue una carrera frustrante y hueca, salvo por contadas y honrosas excepciones que me animaron a concluir sus cinco años. Otra vez cinco. Pero he de reconocer que, en parte, soy quien soy gracias a aquellos cursos y sus distintas derivadas. Por eso, en unos segundos, pasé del rencor a la reconciliación, asumiendo que muchas voces intentaron disuadirme y no quise escucharlas. No debo echar balones fuera. Antes de conocer su nombre, ya albergaba el síndrome de la impostora. Por eso me empeñé en obtener el título que parecía más adecuado para ejercer una profesión que me apasionaba. Los años han demostrado mi error. Incluso el título estaba, en parte, equivocado.

También me detuve ante el edificio que entonces se llamaba “Antiguos comedores” y albergaba la zona para trámites del alumnado. Ante su estructura y solidez presentes, emergía el contraste de lo que hace más de treinta años resultaba precario y por hacer, igual que los rituales compartidos. La apertura de curso era un acto oficial sin estudiantes, un desfile de autoridades que nos eximía de ir a clase. No se organizaban eventos al finalizar el curso ni la carrera: recogías las últimas ‘papeletas’ y preguntabas en secretaría cuando estaría el título. Así de huérfanos. Incluso la orla, cargada de solemnidad, era un mero apuntarse y hacerse una foto en un pasillo con birrete de prestado.

Ante la avalancha de recuerdos, fue inevitable volver la mirada a los versos del poema “No volveré a ser joven” de Jaime Gil de Biedma, que tan acertadamente se leen en el vestíbulo del metro de la estación de Ciudad Universitaria.

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Con menos amargura que él, quise hacer las paces con esos deseos de llevarme la vida por delante, y agradecí haber llegado hasta aquí. Con más canas, más kilos, más años y no pocos disgustos, pero también más consciente y más atenta a lo que, precisamente, hay que aferrarse para que la vida mantenga el placer de su sentido.

Antes de volver a casa, con el poema aún vibrando en la cabeza, me detuve en el cielo azul brillante; en el bamboleo de las ramas de los árboles, tan bailarinas y luminosas, en aquella mañana de septiembre en la que todo invitaba a ser estrenado con las mismas ganas que yo misma le puse a cada curso escolar.

Me gustó ver un resto nebuloso extendido, pintando un renglón blanco en el cielo. Y pensé que ese subrayado era la clave. Porque los énfasis son nuestros. Sólo nosotros deberíamos establecerlos y luchar por ellos. Mientras la vida nos lleva a galope, en nuestra mano están los límites y los márgenes innegociables, los espacios y los sueños que nos salvan. Contradiciendo al poeta, vivir con plenitud en el presente es el único argumento de la obra.

Verano de memoria, sentidos y extrañeza

He percibido cierta extrañeza al comenzar este verano. Supongo que no se debe sólo a la convocatoria electoral, sino a sensaciones más íntimas. Quizás, porque el verano pasado me permití unas vacaciones extraordinarias, y al inicio de éste, han regresado con fuerza las preguntas de entonces y las respuestas son un remolino que me incomoda. Quizás también por la proximidad entre el cambio de estación y el Día de las Personas Refugiadas, que me sumergió en la sensación de bucle y desesperanza que facilitan las noticias diarias. Tenía un texto a medias, pero volvió a paralizarme la pregunta de si tiene sentido escribir y aún así, aquí estoy, de vuelta al teclado para que el blog tenga cierto movimiento (me abochornan tres textos publicados como balance de medio año), para dar sentido a los propósitos de hacer lo que me gusta y, seguramente, porque no sé vivir sin la escritura.

El verano del hemisferio norte se inició ligado a la tristeza de la memoria, al cumplirse un año de las muertes en la valla de Melilla, un aniversario de vergüenza, silencio y causas archivadas; devoluciones ilegales, muertos y desaparecidos sin funeral. El calendario también nos recordaba la sombra alargada e inútil del Día de los Refugiados. Una fecha que, en cada balance anual, arroja cifras más abultadas, mientras la Unión Europea maldice sus principios, construyendo un relato indecente del que las mafias y ciertos regímenes siguen sacando pingües beneficios. El texto que escribí en este blog allá por 2019 hubiera resultado nuevamente válido de no ser por el constante incremento de las cifras y porque este año dos noticias radicalmente opuestas miraban al mar: un naufragio sin precedentes en aguas griegas y la búsqueda de cinco aventureros millonarios tras el rastro del Titanic. Dos hundimientos y dos varas de medir, dos balances de víctimas mortales y una alarmante brecha entre la atención mediática y los recursos desplegados.

Lejos de la costa, en el caluroso verano madrileño, el mar no es más que una promesa y un horizonte más o menos remoto. En estas calles, cuando aprieta el calor, lo único que sabemos es que Madrid se vuelve más intenso e irrespirable, como si el verano dejara de ser una estación o un reclamo publicitario y se volviera una palabra sólida, insoslayable… En paralelo, las noches insomnes se multiplican. De modo, que los sentidos se agudizan mientras nuestra cabeza se atonta, presa del calor y del cansancio acumulados.

Es el mismo calor de todos los veranos, pero nos sacude de un día para otro. De pronto, los olores resurgen más fuertes que nunca: tanto el de las esquinas donde se superponen los orines como el de los diversos tipos de acacias, cuyas flores parecen estallar con las altas temperaturas. Bastó pasar cerca de un árbol casi incandescente para recordar un olor de la infancia, el “pan y quesito”, cuyas florecillas mordíamos sin entender el nombre, porque aquello no era ni pan ni queso, sino la sensación de merienda y golosina callejera. La vista, los ojos sufren, y es imposible avanzar sin gafas de sol ante una luz que hasta el anochecer implica un castigo furioso. Y el tacto vive en permanente alerta, pues rozar una barandilla o sentarse en un banco metálico a esperar el autobús puede quemar más que un mal sueño. En el caso del oído, tampoco le va mejor, sometido al ruido incesante de las ventanas abiertas por dónde se cuelan la discusión y la jarana, y el rumor de todo tipo de motores. Aunque agradezco el cansino y ruidoso aleteo de las chicharras, que confirman que es posible sobrevivir al calor y ponerle música, ese fondo sonoro que también había olvidado. Por su parte, la lengua seca insiste en reclamar agua, hasta el punto que cada peatón carga su botella, como si fuera un bastón que ayuda a no desvanecerse.

En el primer intento de escapada a la sierra, me equivoqué de tren o de andén o las dos cosas. Los retrasos se encadenaban en la estación y bajo el sol que cubría todo el andén, mis sentidos fallaron. Si hubo avisos por los altavoces o mensajes luminosos no les presté atención, sumida en el cansancio de un viernes por la tarde y la rutina de un viaje que he hecho incluso con los ojos cerrados. Pero no, uno no puede confiarse en el caos incesante de una ciudad donde las dinámicas urbanas (las obras, las incidencias, los cortes del servicio…), han superado el alcance de nuestro entendimiento y resistencia.

Después de quince minutos de solanera, agradecí tanto el aire acondicionado del tren que no atendí más razones. Una vez sentada, me relajó la sensación de movimiento, atravesar La Casa de Campo, coger aire en sus árboles y en el azul artificial de varias piscinas. El paisaje era el de siempre. Pero al dejar atrás Las Rozas, el tren dio un giro que se me hizo raro, aunque no le presté atención, fascinada como estaba ante la vista de jovencísimos corzos. Su belleza me impidió razonar, aunque algo iba mal. En mi aturdimiento, tampoco reaccioné al percibir que las torres del final de la Castellana se iban acercando, convertidas en figuras que se derretían bajo una luz implacable. En aquella sensación onírica, de corzos vivos y edificios llameantes, se escondía la realidad de que atravesábamos el Monte del Pardo en dirección a Madrid.

Salí del sueño a golpe de megafonía, está vez, sí, cuando una voz metálica anunció la llegada a Pitis, de nuevo en la capital. Salté al andén de una estación que no había pisado nunca, donde los demás viajeros también parecían náufragos a la espera de un destino incierto, ante la letanía de monitores y altavoces que explicaban lo obvio: “el servicio no se presta con normalidad”.

Recuperé la sensación de calor y cansancio, también las ganas de llorar. Tras una semana laboral agotadora, el fin de semana comenzaba desbaratando planes propios y ajenos. En Alpedrete, me esperaban para compartir la lectura de Mª Ángeles Pérez Lopez, y su Libro mediterráneo de los muertos, pero en aquel nudo ferroviario, el mar estaba tan lejos como la poesía. Mientras las voces de la catástrofe hacían metáforas hiperbólicas en mi cabeza, un mensaje amoroso me recordó que el mundo no se acababa ahí, y que tanto la poesía como el abrazo, esperarían el primer tren. Y yo, volví a aferrarme a la risa y a la esperanza. Y a desear un buen verano. Ojalá lo sea para quienes seguís estas líneas.

Viajar para volver a ser

Si no fuera porque ya la escribí, esta entrada podría titularse “Sin noticias de mí”. He dado un respingo al verme en abril y ser consciente de que no escribo en este blog desde que os hice llegar mis mejores deseos para 2023, en un remoto 31 de diciembre.

Abril… La primavera, mi cumpleaños, el día del libro y “el mes más cruel” del calendario, según aquel poema de T. S. Eliot que, en su libro La tierra baldía, lo condenó a la tristeza. Sonrío al poeta desde el propósito de contradecirle. Porque nada me gustaría más que un abril luminoso y esperanzado, un abril que traiga lluvia a raudales y también la energía y la vida del agua buena.

Echo la vista atrás… Reviso lo que no os he contado y anoté en líneas dispersas que no llegaron a conformar un texto cabal. Algunos libros que descubrí en sus respectivas presentaciones: La mujer imposible, de Ana Pérez Cañamares; Bellas damas sin piedad, de Lourdes Martínez; Sinfonía en rojo, de Elisabeth Mulder; Poesía, de Karin Boye; Anna (Capital Semilla), de Gsús Bonilla; Toma de tierra, de Yayo Herrero… La reflexión sobre la palabra y la experiencia poética de Federico Ocaña y Sonia Bueno, quienes en el VI Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, lograron conmoverme y reconectarme con ciertos proyectos; al igual que la ironía y la inteligencia de Enrique Vila-Matas en el Festival Capítulo Uno o el imponente recitado de La tumba de Keats, en la voz siempre vibrante de mi querido Juan Carlos Mestre. Espectáculos de ópera como Arabella, Aquiles en Esciros, La nariz, que disfruté desde ese paraíso que sigo interpretando como un premio; maravillosos conciertos de música de cámara en la Fundación Juan March; exposiciones como “Detente, instante” (una visión panorámica de la historia de la fotografía), o “Revelación”, de Leonora Carrington (que os recomiendo, porque sigue hasta el 7 de mayo en la sede de la Fundación Mapfre de Madrid). Y varias películas que me llevaron a otras vidas y otros tantos libros que, a pesar de su pálpito de deseo y necesidad, se multiplican sin leer y son el testimonio apilado del quiero y no puedo.

Sin duda, no han faltado ocasiones para un crónica cultural… Y sin embargo, otra vez, el cansancio y el llanto se aliaron en mi contra. La muerte de un amigo me paralizó, de nuevo el dolor de las preguntas sin respuesta, al constatar que convertimos la existencia en un remolino donde relegamos lo principal. También me interrogué por el calvario absurdo de la supervivencia, concebida como arrastrar un pie detrás del otro. Reflexioné por los pensamientos saboteadores que paralizan los deseos. Volví a cobrar conciencia de mi debilidad ante el daño que ejercen otros. Y de todo ello, volvió a emerger la sombra de una fractura íntima, demasiado persistente y profunda.

Afortunadamente, marzo me regaló dos viajes que han supuesto un revulsivo: Olomouc y Ginebra. Aunque todo viaje tiene su dimensión de descubrir o redescubrir lugares nuevos, alejados de nuestro mapa habitual, el propósito de ambos viajes no era el turístico, sino, por encima de todo, el abrazo. Visitar a personas que no están en Madrid, y que al abrirnos sus vidas y compartirlas, sirven de palanca para un reencuentro personal; porque a veces, al dialogar y pasear con otros, volvemos a escuchar antiguos latidos, que fueron fundamentales.

En Olomouc, una bella ciudad monumental checa, al recorrer los edificios de la universidad, recordé aquellos cursos remotos de veranos en el extranjero. Aunque se abría un abismo entre presente y pasado, fui capaz de rescatar aquel deseo por aprender y vivir. Estoy segura de que, si pudiera darse el imposible encuentro entre la joven estudiante que fui y la mujer que ha cumplido más de veinticinco años de experiencia profesional, les costaría reconocer la correlación entre los esfuerzos y los logros. Aquella joven se sentiría decepcionada y tal vez fuera capar de echar en cara la palabra fracaso a la otra. Sin embargo, esa misma, con el peso y el paso de los años, tendría que explicarle que la vida no es tan fácil y que quizás el gran error sea apostar por lo absoluto. Hay elecciones, decisiones y azares que marcan las cartas del futuro. El balance del presente quizás no sea el que alguna vez se soñó, pero a estas alturas empezamos a entender que los sueños rara vez se cumplen. En algún momento, más que a los sueños, apostamos a la realidad y ésta, desde su prosaísmo, nos mantiene pegados a la seguridad del suelo, en un moderado equilibrio más material que emocional. En Olomouc, me encantó visitar la biblioteca universitaria, repasar los anaqueles, recordar miles de horas de estudio… La idea quedó en el aire y, quizás no sea tarde para un nuevo curso, con un cuaderno especial; formalizar una matrícula y volver a esforzarse por la mera satisfacción personal.

Ginebra, la histórica ciudad refugio a orilla del lago Lehman, me resultó acogedora nada más aterrizar, aunque habían pasado muchos años desde mis visitas anteriores. A pesar de la noche, el paisaje y las calles resultaban reconocibles. A pesar de la falta de lazos de sangre, un piso distinto era un hogar lleno de abrazos y deseos de ser hermana y tía. Y es que los años también me han enseñado que la familia enmarcada por dos apellidos se puede ampliar con personas que encontramos fuera del techo que nos dieron nuestros padres. Los primeros días fueron familiares: acompañar al colegio, ayudar a recortar o colorear, redescubrir el juego y el lenguaje, disfrutar del aire libre en un paisaje verde, compartir la inocencia de la risa… Y con todo ello, el viaje hubiera sido perfecto para devolverme a un mundo de afectos y manos, de palabras que acompañan y consuelan, de existencias que se hacen más fuertes en los aprendizajes compartidos. Pero, además, disfruté de algunas horas libres y solitarias en las que recuperé la sensación de viajera. En ellas, al volver a hacer fotos, afloró el placer de la mirada que intenta atrapar una belleza distinta y al mismo tiempo, atrapa al testigo. Curiosamente, las imágenes que iba atesorando en el móvil, me iban revelando lo inesperado. Así, en una foto donde aproveché un cristal que hacía de espejo salí desenfocada y en un selfi con un paisaje azul y repleto de edificios, el fondo salió quemado y sin contraste, mientras yo sonreía. En ese momento en el que, perpleja ante el resultado, intentaba otro enfoque, peleando con un viento fortísimo en la torre de la catedral de Saint Pierre y un brazo demasiado corto para un buen encuadre, apareció un turista que se ofreció a hacerme la foto. Aunque me gusta hacerlas a mí, su sonrisa y su disponibilidad me convencieron. Y le reconocí que era mi mejor retrato de aquel día. Enseguida junté las piezas de la jornada, y concluí que somos mejores cuando nos dejamos ayudar.

Volver a ser es un camino largo y consciente, personal y acompañado. Habrá días grises, pero a falta de luz, me aferraré a otras manos y voces. Habrá que ir desterrando, de una vez por todas, esas certezas absolutas que sólo enmascaran excusas. Habrá que reconocer y buscar un equilibrio entre suelo y cielo, realidad y proyectos. Habrá que volver a ser lo mejor de aquella joven que fui, con la experiencia acumulada y la certeza de que la vida es el gran viaje que tenemos al alcance.

Árboles, más árboles, por favor

Este otoño de puertas para dentro, de jornadas laborales que acaban con la luz de la tarde ya vencida y fines de semana domésticos o con actividad en interiores, me ha dejado menos contacto con los árboles del que yo hubiera deseado. Pero un par de castaños que se divisan desde mi ventana me recuerdan que están ahí, cambiando de color, regalando belleza en este momento de dejar morir las hojas para renovar sus fuerzas.

El otoño es una estación de matices y cambios. Los primeros charcos, los reflejos ocres, las tardes cortas, el olor de una chimenea cercana que, en la extrañeza de la ciudad, arranca un olvidado olor de humo de leña. La promesa aplazada de un paseo por el bosque me llevó a evocar fotos de años atrás. Una fugaz visita al Retiro, para disfrutar de la magnífica exposición de Manolo Quejido, me recordó como se gestaron algunos poemas de tiempo atrás.

Árboles, árboles, árboles, me dije… con la intención de escribir unas líneas y rescatar aquellos viejos poemas en este blog, para rendirles un pequeño homenaje de nostalgia, mientras aguardaba el paseo entre su murmullo. Y en esas estaba cuando, hace un mes, se presentó en Sevilla el primer inventario de árboles singulares de la ciudad.

Resulta que en verano, un amigo que estaba trabajando en este proyecto y tenía mi libro De paso por los días (Bartleby, 2016), me pidió permiso para usar algún poema en el documento. Lógicamente, le di todos los permisos del mundo. Un tanto avergonzada, porque quién era yo después de haber leído (y participado), en el libro Naturaleza poética, editado por La imprenta; quién era yo cuando mi amigo y admirado poeta Gsús Bonilla andaba enredado en El mundo florece para ser escrito y otros proyectos de jardines encendidos; quién era yo leyendo, en el Diario de Sevilla, a Tomás García Rodríguez, al que he descubierto a través de las redes y reconozco sabio defensor de Sevilla y su paisaje arquitectónico y vegetal, como fácilmente se puede apreciar en artículos como éste. Ofrecí todos esos nombres, todas las excusas, todos los argumentos, todo mi pudor… y también, le reiteré que aquellos poemas eran ya de sus lectores más que míos.

En efecto, yo no era nadie, pero mis poemas le encajaban y siguió con su idea. Así pues, se permitían un nuevo vuelo que me hacía feliz. Aún más cuando vi la maqueta y supe que no iba sola, sino acompañada por Manuel Benítez Carrasco y Gustavo Adolfo Bécquer. El primero, cuyo nombre desconocía, es el autor del poema “Dice el árbol”, que forma parte de una bella tradición, pues su lectura acompaña a una asociación vecinal de Sevilla en cada plantación, y son sus versos los que dan voz al nuevo árbol, que pide que le cuiden y respeten como se merece. Al segundo le sobra presentación, poeta romántico sevillano, cuya poesía marcó nuestras lecturas juveniles y cuyo monumento se ubica en el Parque de María Luisa, a la sombra de un bello ejemplar, un taxodium, que consta en este inventario.

Este catálogo de árboles de Sevilla distingue 56 ejemplares y 28 arboledas singulares. Ha sido todo un descubrimiento asomarse a sus páginas y entender los criterios empleados y el aluvión de datos que justifican sus respectivas singularidades. Lo que destaca a los ojos de cualquier paseante, sus dimensiones, belleza y emplazamiento; se amplía con una completa serie de motivos que explican su presencia en el listado: su tamaño y la rareza de su especie; la edad cronológica y ontogénica; la forma y tipología de su crecimiento; sus valores culturales, paisajísticos o ecosistémicos; la adecuación al emplazamiento y su representatividad.

La recta final de la elaboración del inventario se cruzó con la poda parcial del ficus de San Jacinto y sus consecuencias, las manifestaciones a favor y en contra, los intereses y la intervención judicial… Al escribir estas líneas, ese ficus sigue en pie, y su resistencia respira sobre otros nombres que nos trasladan a la historia y la belleza de la ciudad hispalense.

Porque leer la nómina de los árboles recogidos en el inventario es iniciar un viaje lleno de olores y rincones, propiciados por la evocación: la araucaria de la Torre Norte; el pacano y el magnolio del Real Alcázar; el cassine y el celtis del Palacio de las Dueñas; el árbol de las cigüeñas; la ceiba del pabellón de Cuba; el pomelo del Monasterio de la Cartuja; el eucalipto de Pedro Salinas; la tipuana de la Calle Monzón; el ficus del Altozano o la morera del Cortijo del Alamillo… Y lo mismo ocurre con las arboledas: conjuntos de sombra y color gracias a plátanos, araucarias, cedros, naranjos, eucaliptos, jacarandás o washingtonias que van unidas a lugares como la Cartuja, la Glorieta de los Hermanos Machado, el Real Alcázar, el Convento de Santa Clara, La Pasarela…

Gracias a este documento, están a nuestro alcance los datos de cada ejemplar o del conjunto, fotografías globales y de detalle, el plano de la ubicación y las directrices técnicas para su gestión futura, porque de su seguimiento, cuidado y vigilancia puede depender que el árbol o la arboleda sigan cumpliendo años y celebrando su belleza…

Adentrarme en las páginas de este inventario me ha permitido hacerme más preguntas. Aunque soy una gran amante de los árboles y se cuelan con facilidad en mis poemas, me he dado cuenta de lo que mucho que ignoro de ellos. Seguramente no soy la única. Los urbanitas, que agradecemos su sombra en verano y nos cuidamos de los resbalones con sus hojas, apenas distinguimos las especies de esos grandes y pequeños ejemplares que nos ayudan a respirar todos los días. No en vano, mi contribución al libro colectivo La escombrera llevó por título “Testigos de madera”, y aquellos poemas se referían de forma alterna a árboles y humanos, enfatizando su mutua indolencia y su mala vecindad, madera insensible frente a la desidia colectiva.

Hoy sé que la madera siempre está viva. No sólo la que nos rodea en la vida vegetal de nuestras calles y parques, también la que hemos domesticado para hacer más acogedores nuestros hogares. Porosas a nuestros descuidos, dúctiles a nuestras pisadas, tacto de juegos infantiles o mazo para mezclar los sabores de la receta familiar, albergan el amor o la carcoma, o la combinación de ambos. Hoy sé, que si vuelvo a publicar un libro, plantaré un árbol. No con mis manos, sino a través de quienes saben, para compensar esa tala que se hace papel y late después entre palabras. Como gesto mínimo de gratitud hacia los árboles a los que sigo debiendo más de una visita.

La palabra escrita y el latido vital

En la librería Enclave de Libros, el lunes 14 de noviembre, fue la tarde de María Negroni, felizmente acompañada por Esther Peñas y Juan Carlos Mestre. Un par de horas magistrales sobre la escritura de poesía: el vértigo lingüístico, la palabra que detona, la falla entre significado y sentido, la indagación y el error. Llené el móvil de notas. Mientras los dedos tecleaban, la cabeza celebraba la fiesta de una poesía que se abría con la experiencia amplia de los tres implicados. Entre las muchas frases anotadas, algunas de las que, creo, dijo María Negroni: «El poema como una miniatura del mundo. Lo único que interesa es lo que no sabemos. La poesía es ese espacio donde el lenguaje nos lleva en una ceguera trabajada y trabajosa en una serie de preguntas sin respuestas. Preguntas básicas sobre la existencia, la muerte, el mundo… En la poesía, se produce una tensión máxima del lenguaje que no sé da en ningún otro género. La poesía tiene que ver con los sobresaltos, los alumbramientos y la intensidad emocional que se da en todo texto literario”.

Juan Carlos Mestre, María Negroni y Esther Peñas.

El jueves, 17 de noviembre, en la sala Ámbito Cultural, en el marco del Festival Eñe, tuve la fortuna de escuchar a Alejandro Zambra, quien conversó con Gonzalo Escarpa sobre sus libros y su escritura. Fue un encuentro chispeante en el que descubrí que Zambra no sólo es el gran escritor que me fascina, sino también un hombre lleno de inteligencia y sentido del humor, honesto, llano, buen conversador. De la poesía dijo: “La poesía está muy ligada a lo oral y a la música, por eso me enganchó, pero se enseña muy mal. Sólo se disfruta con placer si uno se topa con ella. Y un poema se lee mil veces, igual que un disco, por puro disfrute, al margen de que se entienda o no”. Sin prisa por irse, Alejandro Zambra, que comenzó como poeta y ahora es un conocido novelista al que le gusta mezclar géneros y romper los códigos establecidos, compartió generosamente los secretos de su quehacer literario y ofreció algunas claves para quienes imparten talleres literarios y quienes se acercan a ellos con el ánimo de aprender a escribir. Personalmente, después de tantos y tantos años como alumna en esos espacios mágicos para la creación literaria, entendí algunas cosas que me han ocurrido o han ocurrido a otros. “Se escribe desde la duda, siempre. Y los talleres quieren resolver las dudas. Los profes son heroicos. Asumen muchos riesgos. Pero hay muy malos talleres de escritura: aquellos en los que o bien los profesores elogian todo o bien aquellos que le dicen a alguien que no tiene talento. Personalmente, creo más en los procesos”. Y más allá de esos procesos, unas palabras de ánimo que resonaban con todo el peso de la verdad y la historia: “Todo lo que hoy es buena literatura en su momento fue raro. Por eso es tan difícil enseñar a escribir. No se trata de buscar lo que nadie ha hecho. La página no está en blanco, está en negro. Todo está escrito. La clave es borrar y quedarse con lo que uno quiere”. Al final, me acerqué a que me firmara Formas de volver a casa, y pude agradecerle personalmente que ese libro me devolviera, en un momento clave, la pasión por la lectura y la escritura de narrativa. Ojalá que se pueda ver su charla, titulada Poeta chileno, jugando con el título de su último libro, en el canal audiovisual del Eñe, porque fue verdadera medicina para los días de bloqueo ante la escritura.

Gonzalo Escarpa conversa con Alejandro Zambra.

Y el fin de semana me recompensó con una escapada gozosa a Alpedrete y Cercedilla. El otoño me regaló un paisaje que disfruté poco tiempo, pero que vibraba con toda la belleza de esta estación. En las inmediaciones del Centro de Visitantes Valle de la Fuenfría tuve una hora mágica, para detenerme en las hojas de los robles y los helechos, los pinos y el musgo, el rastro del frío y las primeras setas.

Tras ese paseo sanador, aprendí mucho en un coloquio sobre la Sierra de Guadarrama, organizado dentro del Festival Bellota Art, promovido por La Dársena. Presentado por Alberto Cubero, el acto se convirtió en un refugio de belleza y sirvió para conocer la magnífica obra del fotógrafo Javier Sánchez, así como sus trabajos en colaboración con Julio Vías, escritor; y la sensibilidad del ilustrador Bernardo Lara. Los libros de los tres fueron también un homenaje a Miguel Tébar, editor de todos ellos al frente de ediciones La Librería, que falleció hace pocas fechas en un accidente de montaña. Sus explicaciones, las fotografías y las ilustraciones compartidas a lo largo de una mañana salpicada por los primeros copos de aguanieve nos recordaron la necesidad de mirar y respetar a esa sierra maravillosa que desde Madrid es horizonte, y el deber colectivo de preservar sus usos, su memoria y su paisaje. Cuánta sabiduría y sensibilidad en sus obras, cuánto oficio, cuánto tiempo dedicado a captar ese mundo que, entre las prisas y el absurdo de hacernos malos adultos, olvidamos disfrutar a pesar de que, paradójicamente, está tan al alcance. Un árbol, una sombra en la montaña, un pájaro, una nube, un atardecer… No lo puedo decir mejor que como lo expresó Bernardo Lara: “En el arte de mirar está todo. La naturaleza ya nos está mirando. Nosotros tenemos simplemente que mirarla, sin más propósito que ese, como los niños”.

Julio Llamazares conversa con José Manuel Navia, con una foto de éste, de fondo.

Y esas palabras resonaron mientras la ventanilla del coche, que nos devolvía a Madrid, iba dejando atrás montañas y nubes vestidas de fiesta. Mi gato Fénix celebró el regreso. Dio saltos y carreritas de bienvenida y no llegó a entender del todo porque las luces volvían a apagarse en casa. Pero como cierre, y a pesar del cansancio acumulado, quería llegar al Círculo de Bellas Artes, a escuchar el diálogo titulado Huellas sobre la tierra, entre Julio Llamazares y José Manuel Navia, que, curiosamente, sirvió de feliz continuación a la charla serrana. Fue un verdadero placer que nos dejaran colarnos en la conversación cómplice de dos amigos, que han compartido proyectos, reportajes, libros y viajes, y que han reflejado desde la escritura y la fotografía muchos de los paisajes y las experiencias vitales que, desde hace décadas, relatan la larga crónica de la memoria y la nostalgia. Aunque casi todo el mundo sepa escribir y haga la lista de la compra; aunque casi todo el mundo vaya con una cámara de fotos incorporada en su teléfono móvil; ambos defendieron la misión que, como escritor y fotógrafo, respectivamente, ellos han elegido: la de ofrecer su testimonio contra el tiempo y contra la muerte. Como ambos explicaron, ahora se habla mucho de la España vacía o vaciada, y demasiados periodistas les han aburrido a preguntas sobre las causas, a pesar de que ellos, como reconocieron ayer, no pueden dar respuestas que corresponden a sociólogos, demógrafos o economistas… Julio Llamazares dio la clave: La lluvia amarilla (que se publicó y leí con devoción en 1988), ya nos ponía frente a un momento y un personaje, a su morir solo que, lamentablemente, es hoy un fenómeno tan rural como urbano.

Sin duda, después de mucho tiempo de interiores y desgana, esta semana ha sido un tiempo de celebrar la vida y la escritura que, en mi caso, van tan unidas. Espero no perder el hilo de las palabras de tanto maestro ni el empuje de estas horas y su paisaje.

El mar como punto de inflexión

Si este fuera un verano normal, estaría apurando los últimos días antes de incorporarme al trabajo. Afortunadamente, mis vacaciones extraordinarias se alargarán un mes más.

En este verano distinto, pensé que iba a escribir más en el blog, pero lo cierto es que me he centrado en otros proyectos, así que se han ido acumulando exposiciones, experiencias, películas, reencuentros, libros y viajes sin que haya dado cuenta de ellos por aquí. También, tal y como esperaba, ha habido demandas de salud y reparaciones domésticas que han requerido dedicación, y por supuesto, unas temperaturas excesivas que han limitado mucho los planes previos.

Durante este tiempo ancho, el viaje a la playa ha supuesto un punto de inflexión. En cierto modo, era el paréntesis reconocible para unas vacaciones diferentes. Llegar al apartamento de los últimos veranos, al mar, a la piscina, al cuerpo tumbado sobre el césped, al ritmo distinto que configuran el ambiente vacacional colectivo y vivir al nivel de mar. Dormir mejor, acunada por una brisa que habíamos olvidado en Madrid a lo largo de tantas madrugadas sofocantes. Nadar mucho, recuperando el placer del pez que llevo dentro.

Antes del viaje, Madrid me brindó la oportunidad del disfrute del arte. Exposiciones y salas de cine, junto a la memoria sentimental de haber nacido y crecido en sus calles, son fuertes motivos para perdonarla su dureza e inclemencia, de las que raras veces puedo responsabilizar a la propia ciudad. De un tiempo a esta parte, está abierta en mil zanjas. Me pregunto si nos gastaremos todo el presupuesto de los fondos de recuperación en aceras que solo servirán para reclamar la limosna del futuro sobre los mejores pavimentos de toda Europa, aunque este texto no quería ir en esa dirección.

Volviendo al arte y a su asidero de salvación, disfruté del último trabajo conjunto del escultor Leandro Alonso y la poeta Ana Martín Puigpelat, titulado Anverso Re-Verso. En el marco de PhotoEspaña, visité la exposición Sculpting Reality, una muestra colectiva que se puede ver hasta el 28 de agosto en el Círculo de Bellas Artes y Casa de América. Precisamente en Casa de América se ofrece, con buen criterio y amplitud, la serie Double Elephant Portfolio, un trabajo excelente de algunos de los mejores fotógrafos que han construido la memoria gráfica de Estados Unidos. A PhotoEspaña le resta poco tiempo, así que al margen de nuevas averías, buscaré hueco para las exposiciones aún al alcance de Pérez Siquier y Paolo Gasparini, en Fundación Mapfre; Sebastiao Salgado, en el Palacio Real, y Catalá-Roca en la sala de El Águila, junto a la Biblioteca Regional.

Fuera de Madrid, en Segovia, amistad y admiración me brindaron la oportunidad de asistir a la inauguración de la exposición de Evaristo Bellotti, Esculturas por escrito. Casi una década de trabajo mostrada con un gusto exquisito en el Palacio de Quintanar, un universo de materiales y miradas al que ojalá pueda volver antes de su clausura en octubre y del que da buena cuenta esta entrevista.

Esculturas por escrito. Exposición de Evaristo Bellotti. Palacio de Quintanar, Segovia.

Y ya que estaba en Segovia, cómo no regresar a la Casa de Antonio Machado en esa ciudad. La que fue su pensión durante años, el espacio que es testimonio de memoria, la huella de un poeta admirado y de un tiempo que no pudo ser. Apreciar cada rincón reflexionando sobre cómo languidece y acabará perdiéndose la Casa de Vicente Aleixandre, Velintonia 3, en Madrid. Establecer, nuevamente, paralelismos entre cómo se cuida el patrimonio y se ofrecen espacios para el arte en ciudades más amables que la mía… Aunque este texto no quería ir por el camino del enojo, la decepción es tan obvia que no puedo soslayar mi tristeza.

Los viajes me han permitido visitar espacios mágicos, las obras de arte de nuestros antepasados. Regresé a La Alhambra y a localidades de Soria y Segovia: San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero, Ayllón, Riaza… Arte nazarí, arte mozárabe, arte románico, arte gótico y renacentista… La piedra trabajada desde la modestia del yeso o la cantería para desafiar el tiempo y ofrecernos, siglos después, la sensibilidad de quienes nos precedieron y agradecer los trabajos de conservación que nos garantizan esos refugios de esperanza.

Si fuimos capaces de tanta belleza, ¿no habremos de ser capaces de mejorar lo que nos rodea? Sólo por fantasear, me pregunto qué pasaría si esos señores que disfrutan creando guerras y amasando millones que empujan a otros a la miseria se sentaran ante un fuentecilla de la Alhambra, en el atrio de Santa María del Rivero o en el interior de la ermita de San Baudelio de Berlanga. ¿Cambiaría su mirada sobre las cosas? Supongo que no, pero a mí me consuelan el rumor del agua, la sabiduría de los jardineros, el arte que resiste el paso del tiempo, la pintura rescatada en un fresco milenario, el trabajo de personas que intentan salvar la casa en ruinas, la aldea abandonada y el paisaje que nos constituye.

Es tan importante como necesario apreciar la naturaleza y resucitar los sentidos adormecidos… Es cierto que las vacaciones de verano son un momento propicio. Ante unas horas más amplias, es posible detenerse sin prisa ante florecillas y árboles desconocidos, agradecer el frescor de la piedra y recrearse en el vaivén de las olas que procuran un paisaje especial en cada atardecer.

Al regreso del mar, la tarea es no perder la huella de esa luz que llenó cada jornada viajera. Que el paisaje cotidiano no secuestre la posibilidad del disfrute. Continúa amaneciendo y atardeciendo. El sol y las nubes siguen reinventando la belleza. Los árboles comienzan a intuir el otoño que la sequía adelanta en aceras salpicadas de hojas mortecinas. Nos quedan libros, películas y exposiciones que descubrir. Y en la agenda, tenemos la opción de reencontrarnos con personas cuya palabra abraza. No veamos el regreso como un castigo, sino como una nueva búsqueda hacia el equilibrio.

Crónica. Poesía de alto voltaje

El pasado sábado 25 de junio volvimos al templo de Enclave de Libros para la presentación del nuevo libro de poemas de Antonio Méndez Rubio, Tanto es así, editado por Vaso Roto.

Flanqueado por los poetas y atinados lectores, Esther Peñas y Carlos Jiménez Arribas, la palabra cobró su dimensión más espléndida y el misterio del buen hacer poético se fue desvelando en un acto que sentí infinitamente no haber grabado.

Estas notas tomadas al vuelo recogen parte de cuanto alberga el libro y lo que se dijo, parte de las preguntas y los temblores que se compartieron en una conversación generosa y cómplice.

Se habló de Tanto es así como poética del corte, la amputación de la forma, poesía del despojamiento. También del síncope, el poema que duele al escribirse y al leerse, en el marco de una honda coherencia y una indagación constante. De la poesía que está al margen del significado y de la lingüística, lo que no tiene nombre y existe. La reticencia a decir y a saber. El poema como entreacto, lugar de encuentro con el lector.

El diálogo se iba entrelazando como un acto erótico, porque el ‘eros’ estaba imantando todo. Si se refería Jiménez Arribas a “una obra que implica un cierre” dentro de una poética de mucha emoción; Esther Peñas exponía que “algunos cierran inaugurando”. Desbordado, Méndez Rubio atinó a decir que tal vez el poema “sea algo entreabierto donde corre el aire”. Quizás, como ese claro del bosque, como el ramaje de los árboles citados (álamos, olmos, encinas, olivos…), que también dejaron su rumor de hojas en el encuentro de ayer.

Hubo inevitables referencias a otras obras de Méndez Rubio, porque su poesía y su ensayo son también un bosque con el que estamos en deuda muchos lectores.

“Para mí el lenguaje es una fosa común”, dijo Méndez Rubio, quien alertó del tiempo que vivimos: “La vida está en destrucción, en todos los planos, eso ya lo sabemos desde hace mucho. Ahora, el siguiente paso es que no queramos vivir. Ese es el nuevo paso del nuevo fascismo en el que estamos. El nuevo negocio”.

Esa frase tan certera me puso frente al espejo de esos días en los que cuesta poner un pie detrás del otro, mantener el aliento necesario.

Y ante ese peligro que se cierne sobre nuestra existencia, actos como este, compartir palabra y abrazo, dejarse mecer por la poesía que nos mantiene en la emoción y en la alerta inteligente, quizás sea uno de los mejores caminos.

Por eso, salimos todos con un libro bajo el brazo, con una sonrisa en los labios, con la certeza de otra jornada nutriente para la vida.

Y para saciar el apetito que puedan dejar estas líneas, un par de poemas.

OTRA MAÑANA

que no es un signo. Da

el sol. Se para el aire

porque sí. Procuro

hacer con la ira

lo que tú con mi abrazo.

¿Ves? En árboles

sin tiempo para nada

la fruta existe

por instinto, por la insistencia

en las mismas palabras

que nos íbamos a tener

que decir.

DE AQUÍ SE VAN TAMBIÉN

los únicos pájaros

que hasta aquí habían venido

buscándose los unos

a los otros. Por

esa sensación de exilio

sus cuerpos no resisten

ser recordados.

Sus cuerpos reconocen

lo mismo: que eso

no significa nada.

Que el significado es una palabra

de menos.

(Poemas de las páginas 12 y 25, aunque podrían ser otras páginas, y otros los textos).

Tanto es así. Antonio Méndez Rubio. Vaso Roto Ediciones, (Madrid, 2022)

Celebrar la poesía

Otro año más llega el Día Mundial de la Poesía y me sorprende con las palabras a medio hacer, el apremio de otras obligaciones, el cansancio paralizante de los últimos años y la certeza de un mundo endiablado que no atiende versos ni metáforas.

Me recuerdo a mí misma que tengo que celebrar la poesía porque, es cierto, me ha dado tanto… Que no sería de recibo ni medianamente generoso, por mi parte, pasar por este día de puntillas como si no fuera piedra angular de mi existencia; un día tan festivo como mi cumpleaños o mi santo.

En el Día Mundial de la Poesía no he podido sumarme a ningún evento, y eso que había muchos en Madrid, multiplicados en espacios, pantallas e iniciativas. No voy a repetirme. Todas las causas de ese no estar, ya se han dicho al comenzar este texto. Y pueden sonar a excusa o disculpa, pero son verdad y me duelen, con sus raíces y consecuencias.

Por eso, aunque sea con estas líneas apresuradas, celebro y también pido perdón y comprensión a la poesía. Lo nuestro, como todo amor, está sometido a ciclos y baches, y aún así, se mantiene vivo y cumple poemas y aniversarios. La poesía ha estado siempre a mi lado. Comencé a escribir siendo una niña y la escritura, estoy segura, me salvó. En los cuadernos, encontré el espacio para lo que no podía decirse de otra manera; en los primeros premios escolares, hallé cierto sentido a lo que hacía. Pero convertirse en adulto es otra cosa. Ya lo dijo en esos versos tan certeros como inolvidables Jaime Gil de Biedma: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde (…)”. Después he sido, sí, una poeta tardía en la edición, como tantas; y aún soy, una poeta con más obra inédita que publicada, tampoco es tan raro.

De ese recorrido a bandazos, de ese amor que entrelaza vida y poesía surgen momentos felices y más dudas que certezas. Pero no pasa nada. Lo acepto. La poesía estará en mí mientras ella quiera, y ojalá me acompañe siempre. Aunque sea cierto que a veces, reniego. Sobre todo, cuando las horas se escapan en correcciones y trabajos baldíos. Pero también sé que el día que deje de escribir, mi vida no será plena.

En estas dudas y estos tirones internos, me ayudan las voces de otros poetas. Escuchándolos, una misma puede entenderse mejor y reconciliarse. No es fácil trabajar a tientas ni dejar un poemario acabado en el fondo del cajón y tirar la llave al mar de la propia derrota. No es fácil asumir que una nunca estará a la altura de esa amante que es la poesía. Por eso me alivia escuchar a otros. La última vez fue el pasado viernes 18 de marzo, en una nueva edición del ciclo Poesía y Psicoanálisis, que desarrolla el Foro Psiconalítico de Madrid en el marco de su actividad Diálogos con el Arte.

Esa tarde noche, en un espacio casi solemne de atención y escucha, Esther Peñas, poeta invitada, puso en voz alta esto mismo: la poesía como relación amorosa, esa vivencia de plenitud tan efímera. “El lenguaje es un fracaso porque el poema tan sólo roza lo que aspira alcanzar o habitar. En la escritura poética, como en el amor, se puede pensar que se ha alcanzado, pero luego te das cuenta de que no es así”. Sin duda, sus palabras son parte de la inspiración de este texto, que también incluye mi agradecimiento por esas horas de generosidad cómplice. Palabras rebosantes de verdad llenaron el espacio de la tarde mientras la poeta enunciaba “la creación poética como el pequeño reino de la fiebre y la alegría del encuentro”; “la importancia de dejar que el lenguaje se diga y que las palabras hagan sonar lo que callan”, y cuanto tiene la poesía de “asombro luminoso, de sentido inaugural y lenguaje inútil, en tanto alejada de todo propósito utilitarista”… “Escribir desde la brújula y no desde el mapa”, dijo Esther Peñas, compartiendo “la ceremonia mágica del lenguaje”. Cómo no agradecer esas confidencias. Cómo no escribirlas para rescartarlas en los días de zozobra. Cómo no seguir creyendo en la poesía.

Por último, para concluir mi pequeño homenaje a la poesía, le ofrezco el último poema que he escrito. Aunque soy de correcciones lentas y versiones infinitas, este poema quiere decirle que sigo activa, a pesar del silencio y mis desapariciones, a pesar de los libros que no acaban de ver la luz. Sigo escribiendo y quizás, el último poema sea la mejor forma de demostrarlo. Aunque no tenga título ni esté dado por concluido, aún respira. El amor sigue latiendo.

Feliz día de la poesía, feliz día a la poesía, a la que debo tanto.

Quisiste despertar
pero el día carecía de luz,
tan sin cielo.

Los edificios sin perfil.
La primavera sin pétalos.

Los árboles tan sin tiempo
como su amanecer detenido.

Quisiste despertar
y estaba todo en contra.

Siempre contra la guerra

El domingo 20 de febrero asistí en el Teatro Español a la representación de “La batalla de los ausentes”, el último montaje de La Zaranda, un prodigio escénico que sigo desde hace años con fervorosa admiración. Lo que hacen no es nada fácil. Como verdaderos maestros, se valen de una escenografía y unos recursos mínimos, que requieren de la complicidad y la imaginación del espectador, para compartir un lenguaje único, con el que provocan la sonrisa o el nudo en la garganta en cuestión de segundos.

Ante la palabra herida del trío protagonista, supervivientes esperpénticos de una guerra que nadie recuerda, en el patio de butacas, nos resonaban las noticias prebélicas del este de Europa y también una escaramuza más modesta en la madrileña calle de Génova. La obra teatral, que ofrece una sátira del poder, me trasladaba a ambos escenarios, convertidos “en un combate sin tregua por la conquista de un destino”, como decía el programa de mano; donde los actores escenificaban los complejos mecanismos que llevan a los seres humanos a devorarse hasta el despojo.

Siguen en Madrid hasta el 20 de marzo, no os los perdáis.

No quiero confundir a nadie. En “La batalla de los ausentes” no hay nombres ni referencias temporales o geográficas. Precisamente desde esa indefinición, todos somos interpelados ante un poder tan estéril como despreciable que, al final, muestra las propias vergüenzas y una intemperie existencial de la que no salvan ni medallas ni homenajes, ni siquiera los recuerdos de una gloria efímera o imaginaria.

A partir del lunes, la semana fue frenética a nivel informativo. Obviamente, hay un abismo entre un dirigente político metafóricamente acuchillado por quienes creyó sus fieles, y un autócrata convencido de una misión imperial y asesina. Pero, en el fondo, todo gira en torno al poder y a la ambición; y teje una historia de vencedores y vencidos y un anhelo de justicia. Cuando el 24 de febrero despertamos con el inicio de la invasión rusa sobre Ucrania, asumí una nueva derrota colectiva. Ante las bombas, ante la propia impotencia y las preguntas sin respuesta, todo se hizo distinto. Quedaron en segundo plano las batallas campales de nuestro mediocre panorama político, y también las cuitas personales.

En los primeros momentos, pensé en escribir sobre la invasión de Ucrania. Recordaba tiempos lejanos, cuando los temas de geopolítica internacional ocupaban buena parte de mi jornada laboral. Rememoré aquellas lecciones sobre la guerra, que nos ayudaban a entender que los conflictos están llenos de matices, y que la verdad suele ser la primera víctima de todos ellos: Yugoslavia, Ruanda, Colombia… Con el paso de los días, toda la teoría saltaba por los aires ante la imagen de ciudades devastadas y el recuento de fallecidos y heridos, de vidas cercenadas y familias rotas, de un éxodo tristemente conmovedor. Más que argumentos salían torpezas, y me callé para no contribuir al daño ni al ruido.

El siguiente domingo, una semana después de ver “La batalla de los ausentes”, un grupo de poetas empezaba a idear un recital colectivo contra la guerra. Agradecí una invitación que rechacé inmediatamente, porque me sentía sin fuerzas. Las redes sociales seguían llenas de batalla. Posturas a favor y en contra de todo: tan malo escribir y compartir un poema contra la guerra como quedarse callado. En el debate, salían a colación todas las guerras activas en el mundo. La pregunta de por qué actuar ante unas y no otras, qué diferencia había entre los muertos de Ucrania o de Yemen. En la refriega de palabras, no había más que una nueva derrota.

Asistí a los incendios verbales desde el silencio y la lectura. Volví a los artículos de Carlos Taibo, uno de los mayores expertos en esa zona ahora en llamas. Los poemas y la figura del poeta Carlos Álvarez, fallecido ese mismo 27 de febrero, también sirvieron de telón de fondo. Su padre, capitán de la Guardia de Asalto que mantuvo su fidelidad a la legalidad republicana, fue fusilado en Sevilla el 24 de julio de 1936; y él mismo sufrió las cárceles franquistas y el exilio. A pesar de todo ello, quienes le conocieron y le recordaban en esas horas de duelo, le definían como un hombre ajeno al odio y el poeta de la reconciliación. Por otro lado, me encontré con un excelente artículo de Arturo Borra titulado La poesía y la guerra (de nuevo), en el que el autor se preguntaba por el papel de los poetas ante estos conflictos. Me consoló ver que no era la única que se estaba atragantando en sus preguntas y contradicciones.

Cartel del recital «12 horas de poesía contra la guerra».

Al final, cambié de opinión y me sumé al listado de casi un centenar de poetas que participarán mañana en el recital titulado “12 Horas de Poesía contra la guerra”, cuyo cartel explica “Poemas abrazados para abrazar pueblos. Poemas por la Paz”. Acudo con poemas viejos y la certeza de la inutilidad del gesto, la misma certeza que me acompañó tantas veces: en aquel multitudinario “No a la Guerra” contra la invasión de Irak; en las concentraciones y las marchas a favor del pueblo palestino o del saharaui; las voces ante la embajada de Siria; las lecturas a favor de las personas en busca de refugio y papeles, y las concentraciones ante tantos hechos de violencia y represión ejercidos por unos hombres contra otros…

Nuestra palabra, nuestro poema no va a cambiar las cosas; no nos hace mejores ni peores que los poetas que no pueden o no quieren participar o no han conocido la convocatoria. Nuestro gesto, aunque algunos crean que sí, no es un acto narcisista. Después de tantas dudas, me he dado cuenta de que esta vez leería aunque no hubiera nadie escuchando, porque el poema, como la obra de teatro de la que os he hablado, pueden ser actos de resistencia y esperanza. Lo más seguro es que “12 Horas de Poesía contra la guerra” sea como esos actos en los que, antes de la pandemia, nos encontrábamos poetas escuchando a poetas, y nos sentíamos ridículos, sin lectores ni público real. Pero esta vez es distinto porque, quizás más que nunca, necesitamos el calor de otros, llorar y leer juntos, abrazarnos contra la guerra después de tanto. Y lo que importa no es cuándo ni cuánto lea cada uno, sino leer doce horas, sin pausa, igual que esas bombas y esas sirenas, igual que el sufrimiento, que tampoco cesan. Lo que importa, como en “La batalla de los ausentes”, es no perder el horizonte.

La inspiración de árboles y gatos

Enero se esfumó. Transcurrió volando desde el primer brindis a los regalos de Reyes, pasando por San Antón y un último día que fue a parar sobre un lunes desubicado, con esa orfandad de inicio de semana sin futuro. Enero dejó el regusto amargo de ciertos aniversarios y nuevas pérdidas, el recuerdo herido de las fotos de la gran nevada, la estela gastada de los buenos deseos y las cifras de otra ola que nos aleja del mar. Aunque cambiamos de año, persiste un calendario fugaz y dolorido en el que las promesas recién hechas al futuro se deshacen entre las exigencias de siempre, las viejas dolencias y el cansancio convertido en segunda piel.

Aturdida por la velocidad y las viejas dinámicas hilvanadas entre agotamiento y tristeza, en febrero he vuelto a poner en práctica esa terapia mía de “Caminar y fotografiar, para luego escribir”. Me he dado cuenta de que, mientras estuve en otras cosas, el tiempo ha sido, tras un paréntesis helado, extrañamente cálido. Así pues, en mis últimos paseos, me he reencontrado con árboles que empiezan a notar la primavera. Son audaces. No han padecido el frío de otros años que ralentizaba sus ciclos. Ahí están, exponiendo sus brotes antes de tiempo, incluso dejando ver las primeras flores. Como los gatos, los árboles no temen. Me gustaría aprender de ambos. Sienten, padecen, pero no temen y eso les hace mantener el pulso de la vida.

Lo de los gatos surge porque bajo los árboles y el sol invernal, terminé de leer el libro de John Gray, Filosofía felina, cuyo atractivo subtítulo “Los gatos y el sentido de la vida” (Sexto Piso), y sus simpáticas primeras líneas me llevaron a una compra impulsiva. El libro es un breve repaso filosófico, histórico y narrativo sobre estos felinos. No es lo que esperaba, pero reconozco que debería imprimir por toda la casa sus últimas páginas donde aparecen “Diez pistas felinas sobre como vivir bien”. Entre ellas, me quedé pensando en la segunda: “Es ridículo que te quejes de que no tienes suficiente tiempo”. ¿Cómo?, me pregunté casi indignada antes de seguir leyendo a Gray: “Haz aquello que sirva a algún fin tuyo propio y que disfrutes haciendo por sí mismo. Vive así y dispondrás de tiempo de sobra”.

Entonces caí en la cuenta de los textos para este blog que, sin llegar a teclear, pergeñé en mi cabeza; en las llamadas que no hice; en la novela y los poemarios que esperan su última revisión y son sistemáticamente condenados por falta de tiempo. A raíz de esa pista, pensé que tal vez, la que se condena soy yo: asumiendo tareas ingratas y dejando para los minutos estériles del cansancio lo que podría recompensar las horas desapacibles e inevitables. No es algo nuevo. Lo he comentado mil veces en distintos ámbitos. De pronto, verlo escrito por una autoridad le daba otra dimensión. La del mandamiento. La pista de la salvación.

Por eso escribo estas líneas que son un híbrido entre lo personal y lo público, entre lo literario y lo terapéutico: para volver a recordarme las promesas de tantas veces y la certeza de que no hay prórrogas.

No soy un gato. No puedo aspirar a las horas de sueño de mi querido Fénix ni al tiempo que dedica a la contemplación del mundo. Su tiempo es ancho y feliz con todas las necesidades cubiertas. Pero también es cierto que cuando quiere algo lo pide de forma insistente y en su maullido está toda la urgencia de lo inaplazable. Si quiere atún o un trocito de algo que huele en la bolsa de la compra lo quiere ya, y soy capaz de cambiar el orden de los factores para atenderle. ¿Y atenderme a mí? ¿Atender mis proyectos, mis cuidados, mis deseos? ¿Estoy esperando a ser gato para lograrlo?

Esos primeros brotes de los almendros, esas primeras flores de los árboles frutales de hueso que forman parte del vecindario me están avisando. Con su valiente fragilidad me piden que ignore el ruido de los martillos neumáticos que rompen las aceras y el asfalto próximos en una atmósfera que también les amenaza; que relativice la incomodidad de las visitas al dentista y otros chequeos; que no sucumba en el embrollo de las averías domésticas; que disfrute de ese minuto en el que aún resiste la alegría por hacer, posponiendo la tarea ingrata para después.

Veremos. No es la primera que lo escribo aquí. Pero cada vez es más apremiante ponerlo en práctica. El calendario nos lleva por delante a pesar de este tiempo extraño y detenido. Los meses pasan y somos nosotros los que tenemos que sacar las cuentas de cada jornada, y que salga a nuestro favor.

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