Un reencuentro con Carmen Martín Gaite


El pasado 14 de septiembre me fui a Matadero Madrid con la ilusión de escuchar a Mariana Enríquez, en el marco del Festival ‘Back to the Book’. Cuando, por fin, encontré el Auditorio, indicado de forma tan inquietante como alguno de sus relatos, me di también de bruces con la realidad de una cola interminable en la que unas ¿doscientas o trescientas? personas se quedaban sin entrar por aforo completo. A pesar del chasco, me alegró muchísimo que una autora de la calidad literaria y el talento de Enríquez tenga semejante legión de seguidores. Es un alivio que ese fenómeno no quede reducido a pseudo-escritores de redes sociales y obras insulsas, y espero que, para la próxima, le busquen un gran teatro o varias fechas; eso sería muy buena señal.

Como no escuchar a Mariana Enríquez era un escenario más que probable, llevaba otra idea en mente. El cambio de planes, disfrutar de la exposición titulada, “Carmen Martín Gaite y el collage: un diario en libertad. Visión de Nueva York”, fue fantástico. Un premio del azar recibido justo el último día de apertura, que me permitió volver a conectar con una escritora gigante que he leído mucho (aunque me quedan varios e importantes libros pendientes), y, en consecuencia, admiro muchísimo.

La muestra expositiva, organizada con motivo del centenario de su nacimiento por Casa del Lector, Fundación Carmen Martín Gaite y Ediciones Siruela, ofrecía la reproducción de un cuaderno titulado Visión de Nueva York’ (publicado por Siruela en 2024 y, con anterioridad, en una edición de 2005).

Carmen Martín Gaite fue elaborando esta obra durante su estancia en Estados Unidos, entre septiembre de 1980 y comienzos de 1981, recorriendo Nueva York (durante su estancia como escritora visitante en Barnard College), y visitando a su amigo José Luis Borau en Sherman Oaks, en Los Ángeles.

El resultado es una obra muy personal donde el collage comparte espacio con la nota manuscrita, ofreciendo una visión íntima y cómplice (el cuaderno se lo regaló a su hija Marta, que falleció pocos años después, y nunca quiso publicarlo en vida), que nos permite asomarnos a la mujer, la escritora, la conferenciante, la apasionada de la cultura o la fumadora que quiere dejar el tabaco y encuentra que, con el pegamento y las tijeras entre manos, logra olvidarse del cigarrillo… Como si nosotros la viéramos “entre visillos”, atisbando sus deseos y contradicciones, sus preocupaciones, sus papeles en desorden, su sentido del humor y también la determinación de quien se siente segura (eso me pareció a mí), y ya ha encontrado el camino y el sentido de su amplia vocación intelectual.

José Teruel, comisario de la exposición, biógrafo y gran conocedor de la obra de Martín Gaite, explica que “ante el vértigo de imágenes con el que ella se encuentra en Manhattan, experimenta cómo una narración lineal o secuencial no le basta y acepta el desafío de contar lo simultáneo e inabarcable a través de la técnica del collage”. No obstante, siendo divertidos e inteligentes, lo que más me gustó de la muestra son las anotaciones de los márgenes o los renglones donde la palabra de Carmen Martín Gaite nos permite asomarnos a la mujer que escribe y se define a sí misma: “Soy como una mujer de un cuadro de Hopper comiéndome una manzana en soledad”, tal y como leemos en uno de sus collages.

Acompañamos su viaje a través de mensajes, palabras e imágenes en movimiento. Los collages son una forma de divertimento y de escribir o crear de otra manera. Ella también subraya los encuentros con el azar, las «tentaciones inesperadas» que le salen al paso (una cena, un concierto, una lectura…), a las que no «sabe decir que no» y postergan su proyecto de escritura.

Desde Nueva York comprueba que, poco a poco, su apartamento pierde el orden inicial y el caos doméstico de los papeles desperdigados le recuerda su madrileño piso de Doctor Esquerdo. En las notas, habla consigo misma al tiempo que establece una escritura dialógica, en confianza, que nos convoca y nos sienta (¡ay, ojalá fuera posible!), a su lado, compartiendo mesa o sofá, con esa complicidad que preside toda su escritura. Ha sido inevitable recordar su mirada diáfana con la que me topé una tarde en Madrid, cuando mi timidez me impidió responder con palabras de admiración a su sonrisa. Nunca he olvidado aquel instante en el que no me atreví a decirle nada y me limité a que mi semblante de sorpresa feliz hablase por mí.

En su Visión de Nueva York se cuela la ciudad, la política del momento («en este país tan grande», se pregunta junto a los rostros recortados de Carter y Reagan: «¿no hay nadie mejor para las presidenciales?»); las entradas a conciertos; las imágenes encontradas en periódicos y revistas; la importancia de las ventanas que funden interior y exterior; los billetes del transporte público y el resto de papelitos que arrastra la corriente del día a día. En sus notas, reflexiona sobre otras escritoras, sobre mujeres con las que se encuentra en la Universidad o en actos culturales y recuerda a Virginia Woolf, de quién, en su casa de El Boalo, tradujo Al faro.

Seguramente, hoy Nueva York es muy distinto del que conoció Carmen Martín Gaite. Pero también, seguramente, existen otros espacios donde, como ella dice, podemos seguir viviendo y escribiendo mientras las mujeres mantenemos «el afán por abarcar lo concreto y lo abstracto al mismo tiempo».

Personalmente, no me llama la atención hacer collages. Sin embargo, en la fotografía, encuentro otra forma de mirar, y también de captar y retener la escena que merece ser recordada y aquella para la que me cuesta encontrar la palabra.

La exposición, que hubiera fotografiado entera, mostraba algunas páginas que quedaron a medias o en blanco en aquel cuaderno de tapas marrones y líneas finas. Me he permitido interpretarlas como una invitación para darle sentido a un año y a un cuaderno muy especiales que van ganando peso entre mis proyectos. Cuando, en septiembre, visité esta exposición eran casi un secreto, pero actualmente mi anhelada excedencia se acerca.

Siento algo de vértigo ante ese tiempo nuevo y diáfano que deseo dedicar a leer y escribir, y también tengo claro que, si me falta la inspiración, romperé la hucha y buscaré el libro Visión de Nueva York, y volveré a mirarme en los retratos y las líneas manuscritas de Carmen Martín Gaite, en esa mirada no exenta de tristeza que me transmite tanta confianza.

Fernanda García Lao y Mónica Ojeda en ‘Estación Saturno’


El viernes 17 de octubre tuvo lugar en Madrid el encuentro de dos escritoras portentosas, Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) y Mónica Ojeda (Ecuador, 1988), cuyas obras me tienen alucinada e impresionada a partes iguales. La posibilidad de escuchar la conversación de ambas constituía el mejor antídoto contra el cansancio acumulado a lo largo de una semana subterránea.

Su encuentro, en la librería Enclave de Libros, era la primera presentación pública de Estación Saturno (Candaya, 2025), la última novela de García Lao, y una nueva muestra de «esa literatura arrebatada desde el lado oscuro de las cosas», que caracteriza su escritura, según su editora, Olga Candaya.

Olga Candaya, Mónica Ojeda y Fernanda García Lao (de izquierda a derecha).

Obviamente, aún no me ha dado tiempo a leer Estación Saturno, pero estoy segura de que, a medida de que avance por sus páginas, tendré que reconocer que Olga Candaya no se equivocó al presentarlo como «un libro conmovedor y emocionante, que da argumentos para la indignación y también para la risa, gracias a ese humor dolorido tan presente en García Lao». Igual que tampoco erraba al anticipar la charla de las dos escritoras como «una sobredosis de inteligencia». Así lo demostraron al preguntar y contestar, al perderse en los recovecos de un libro recién salido de imprenta del que había que hablar sin desvelar las sorpresas que, a buen seguro, deparará a sus lectores.

Las dos autoras, de generaciones y tradiciones distintas, se mostraron más que cómplices desde el primer momento, haciendo evidentes su admiración recíproca y las lecturas comunes, entre ellas, «las de aquellas grandes escritoras que no hicieron boom». Es decir, “Marosa di Giorgio, Clarice Lispector, Elena Garro, Sara Gallardo o Armonía Somers”…, nombres que anoté con prisas, para recordarme volver a entrañables conocidas o descubrir pistas para futuros disfrutes.

Las primeras palabras de Mónica Ojeda en torno a Estación Saturno fueron para reconocer un libro que «me emocionó, asombró y dislocó. Un libro brillante, inteligente, atravesado no por el terror, sino por lo inquietante». Así mismo, subrayó la escritura tan particular de García Lao: «siempre buscando nuevas formas de contar a través de una estructura particular e interesante».

Está claro que el libro ofrecerá muchas lecturas, pero, entre ellas, su autora quiso subrayar que Estacion saturno es también la historia de un duelo. Un duelo que funciona como generador, disparador de diversas historias. “El mundo se disloca cuando perdemos algo y esa dislocación genera otra lengua”. En efecto, el duelo está contado en la cubierta del libro, en la sinopsis de la novela: Dos hermanos (un hombre y una mujer) viajan en auto tras enterrar a quien fue el mayor de los tres. Un gato, lo único que les queda del hermano muerto, se les escapa en una estación de servicio. Siguiendo su huella, llegan a un hotel de nombre chino y arquitectura imposible, donde las dimensiones temporales se subvierten y donde los avistamientos de ovnis, la esclavitud sexual, la corrupción y la mentira conviven en un mismo plano: una suerte de maqueta aterradora de lo extraño y del mundo, en la que la normalidad no tiene cabida.

¿Cuál fue el origen de la novela?, preguntó Ojeda. Las novelas tienen varios ingresos, improntas, influencias, reconoció García Lao: “Luego se cuenta el relato del relato”. Y entre esos motores, citó el impacto de una película de Bergman, “El silencio”. Imágenes que dieron pie a “querer hacer un guion roto, traducir el cine a la literatura». Es decir, en lugar de escribir una novela que se pudiera convertir en película, “hacer una película escribible”. Después, siguió explicando su búsqueda para situar la ficción: “en el mapa de Buenos Aires, surgió un lugar abandonado y llamado Estación Saturno que, tras una investigación se convirtió en el escenario inspirador de la novela”.

Cualquiera que se haya aventurado al territorio ficcional de García Lao con anterioridad puede entender ese punto de partida extraño y singular que va a conducir a una historia única. Personalmente, creo reconocer la génesis y algunos pasos de su novela anterior Sulfuro, con esa ruptura de la realidad que tanto interesa a la escritora mendocina y tanto sorprende a sus lectores.

La conversación con Mónica Ojeda se convirtió en una verdadera fiesta sobre la cocina de la escritura de García Lao porque mientras Ojeda nos hacía partícipes de su propio entusiasmo, García Lao era muy generosa al explicar su forma de trabajar, con sus azares (el i ching, por ejemplo), y los descartes (“el yo me aburre”). El diálogo entre ambas nos permitió un anticipo tentador de los personajes de la novela; una reflexión sobre el tiempo, el espacio y las voces narradoras; el rastro inconsciente de la propia biografía y el desdoble de la literatura… El duelo, el erotismo, la represión, la libertad, lo político que transciende lo político… La escritura que anticipa monstruos…

Cuando el tiempo de su charla tocó a su fin nos dio pena, porque el silencio de la sala era tan sobrecogedor como el impronunciable Hotel Tiānqì, donde se desarrolla parte de la acción; y aún queríamos conocer algo más de las inquietantes hermanas Chi o del Capitán Minor, esa caricatura feroz que, con la intuición de la literatura, se anticipa a algunos de los líderes políticos de nuestro tiempo.

Estación Saturno no remite a ningún planeta interestelar, pero la conversación entre dos autoras que aman y afrontan la literatura con pasión, inteligencia y talento, nos permitió alcanzar otra dimensión. Fue una lástima regresar de forma abrupta al planeta Tierra, aunque en el aterrizaje nos vimos bien rodeados de libros y sonreímos conscientes de haber compartido una tarde única. Junto a los libros firmados nos llevábamos la memoria de su vibración y las palabras entusiastas de las dos escritoras, su simpatía y complicidad.

Me acerqué a Mónica Ojeda con su libro Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (Random House, 2024), una novela impresionante que leí el pasado verano y que, en algunas páginas, tuve que señalar con barras verticales en los márgenes, para evitar subrayar todas las líneas. Me encantó su lenguaje poético, la descripción de los personajes y del paisaje, tan potentes y conectados entre sí; esa narración tan fiera de la vida y de la muerte; la estructura levantada sobre la mirada de los personajes y el diario de un padre presente y ausente, hijo también de sus propias fracturas… ¡Un libro maravilloso que recomiendo! Compré Las voladoras (Páginas de Espuma, 2020) que ya va por su vigésima edición, porque me encanta el género del relato, y su lectura es más viable cuando no hay vacaciones… Y anoté sus novelas Mandíbula y Nefando (ambas en Candaya).

En cuanto a Fernanda García Lao, me hice con Estación Saturno, que esperará en la torre de lecturas pendientes; un libro que, al llegar a casa, se ha encontrado con varios de la misma autora… De relatos: Cómo usar un cuchillo y Teoría del tacto (Candaya, 2023), que fue finalista del Premio Tigre Juan y del Premio Setenil; los dos libros de poesía editados por Kriller71, Autobiografía con objetos (2022) y (No) me acuerdo (2025), y la ya mencionada novela Sulfuro (Candaya, 2023)… Llegué a Fernarda García Lao gracias a las redes, y nos conocimos en persona en un taller de fin de semana que impartió hace varios años, al que han seguido otros encuentros, con sus libros siempre, como coartada. Desde entonces, mi admiración por su escritura tan ágil y certera; y el alcance de su imaginación, forma y fondo, no dejan de crecer.

¡No os las perdáis!

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