Escribir, caminar y fotografiar como forma de resistencia

De un tiempo a esta parte, muchas veces me ha venido a la cabeza Francisca Aguirre, y aquel decir suyo de la escritura para conjurar la locura. La he buscado en Internet: «Escribo para no andar a gritos y para no volverme loca. La poesía tranquiliza. A mí me ayuda. El mundo es injusto pero el lenguaje es inocente», la frase aparece citada en la noticia de su muerte que ofreció el periódico Información.

En ese escribir para no enloquecer no debió ser la única ni la primera, igual que tampoco soy la primera ni la última en suscribirlo. Yo también escribo para no volverme loca. Y desde mayo, cuando pudimos volver a pasear, recuperando ese gesto tan humano tras una prohibición que duró un mes y medio, también paseo para no volverme loca. Y durante el paseo, saco fotografías, busco la imagen capaz de salvarme.

Paseo para recuperar el placer de caminar sin tener destino ni propósito concreto, para poder refugiarme bajo la sombra de los árboles. Hago fotos nuevas, para buscar otra mirada y también el pie a partir del que poder escribir otras cosas, para descubrir otra realidad en la realidad que me rodea, para encontrar resquicios de belleza en esos espacios cotidianos y próximos.

Escribo, paseo y hago fotos para no volverme loca. Y todo ello en una búsqueda, casi inconsciente, de dar un cierto sentido a este sinsentido, para hallar vida más allá de tanta muerte, tanta pesadumbre y tanta tristeza. La palabra, el camino inesperado y la imagen que salen al paso son una medicina improvisada, un placebo que no siempre funciona pero que pruebo a falta de otras opciones.

Al pasear, camino rápido, como si mis pasos quisieran romper este tiempo detenido, alejarme del presente, atravesar esa niebla fina con la que nos han cubierto los planes de futuro, los abrazos que no vamos a dar. Camino rápido como si quisiera huir de esta pesadilla.

Hago fotos. Con la ansiedad de quien no respira, mis ojos buscan el oxígeno de otro mundo en el mundo al alcance. Como si fuera una turista de mis calles, como si pudiera reconciliarme con los rincones de esta ciudad cada vez más golpeada, nuevamente golpeada, cuyo nombre vilipendiado se arrojan a la cara unos y otros, sin tener en cuenta que es mi casa, nuestra casa, la casa de tantos.

Me reconforta la luz del atardecer. Madrid sabe atardecer como pocas ciudades. Los anaranjados, los violetas y azules se mezclan y evocan la luz de Velázquez y de otros muchos. Al salir a la calle o desde la ventana tenemos postales diarias que muchos días han servido de consuelo.

Y escribo. Apenas pude escribir nada durante el primer confinamiento, aquel que marcó los meses de marzo, abril y mayo de este año. Forcé las palabras para mantener vivo este blog que echaba a andar, pero no hubo poemas ni letras dignas de mención más allá de aquellas entradas.

Sin embargo, ahora siento que las palabras se agolpan dentro de mí con las mismas ganas de salir corriendo que agitan mis pies y mis ojos. En estos días, se multiplican los renglones escritos en libretas de todo tipo porque si las palabras se me quedan dentro, me volveré del todo loca.

La boda de Rosa: disfrute y aprendizajes

El otro día me sorprendió la imagen de un ovillo de tul, al que habían ido a parar varias cacas de perro en el alcorque de un árbol. No me detuve a sacar una foto de aquel bodegón feo y extraño, donde la delicadeza del tejido se amalgamaba con la desidia y la mala educación humana, con la degradación cotidiana. Iba con prisa porque me cerraban una tienda en la que tenía que recoger un encargo. Iba con esa prisa torpe que nos impide detenernos a mirar, esa prisa que pervive en la nuca de los urbanitas como si fuera el hierro con el que se marca el ganado.

Seguí caminando sin que la imagen desapareciera de la cabeza. En mi obsesión, pensaba en aquella tela tejida para otros usos y mejor fin. Absurdamente, agradecí que la tela no sintiera ni supiera, que ignorase su destino de inmundicia. Inevitablemente, pensé en cuantas cosas se hacen y acaban igual, revueltas en basura ajena, pervertidas de su sentido original, del afecto y el mimo con el que se llevaron a cabo. Cuantos trabajos, cuantas tareas vilipendiadas por el impacto de los otros, cuanto tesón revolcado hasta hacernos sentir que nada vale la pena. Y me salían ejemplos dolorosos en todos los ámbitos, desde ese plato de comida familiar que no recibe una palabra agradecida sobre la mesa a los espacios profesionales donde tantas veces el buen hacer acaba en nudo y fracaso. Aquel trozo de tul descartado iba despertando un remolino de dolor. Conectaba con cuanto se ofrece a diario para ser desmerecido, con la palabra que se malentiende y acaba siendo pesadilla nocturna.

Estaba en esas derivas de tules y derrota, cuando se me cruzó insistente, el tul rojo que llena de sentido la última película de Iciar Bollaín, titulada La boda de Rosa. Confieso que había visto el tráiler y no me acababa de convencer (un día habrá que escribir de los tráilers, que tan pronto hunden películas que merecen la pena como nos invitan a tragarnos bodrios de los que hábilmente han seleccionado lo mejor). Pero las opiniones elogiosas de ciertas personas me quitaron las reservas. Y qué alegría. ¡Gracias!

Reconozco que me gusta como dirige y las historias que elige Iciar Bollaín. La he seguido desde que en 1995 estrenara su primera película como directora, aquella Hola, ¿estás sola? que me puso, nos puso, ante un cine que hablaba de mí, de nosotras. Después he visto la mayor parte de su filmografía (Flores de otro mundo, Te doy mis ojos, Mataharis, También la lluvia, Katmandú, un espejo en el cielo, En tierra extraña, El olivo…).

Como en su primera película, con La boda de Rosa vuelve a ofrecerme un espejo personal y generacional, un espejo marcadamente femenino. No dudo que haya espectadores que se quedarán con la risa, la sonrisa de la historia, que digan, como las señoras que estaban cinco filas mas atrás, que les ha parecido «entretenida».

Pero la película es mucho más que la peripecia que presenta. La historia se construye sobre el silencio y la incomprensión familiar, lo que acabamos siendo, guiados por el mandato de no desobedecer y cumplir el plan trazado. La película son las relaciones familiares que se mantienen, gracias al peso del amor y el lazo filial, sobre lo que no se dice, lo que se teme, lo que se calla, lo que nos duele o nos avergüenza. La película es la historia de una mujer que toma una decisión, una mujer que por primera vez quiere escribir el guion de su vida y, tal vez lo más original, necesita que las personas a las que quiere la acompañen en ese viaje personal y plenamente consciente.

Es fácil reconocerse, reconocer a las decenas de Rosas que nos rodean. Esas mujeres con manos para todos, que olvidan sus deseos por satisfacer las demandas de los demás. Candela Peña está magnífica, como lo estuvo en Te doy mis ojos. Su mirada nos pide el abrazo y el gesto de complicidad mostrando fragilidad y fortaleza en cada secuencia. Además, está acompañada por un reparto en estado de gracia porque su drama íntimo, sus fisuras, sus contradicciones no serían tan creíbles sin la potencia dramática de Sergi López, convencido de su rol de primogénito; sin una hermana como la que encarna Nathalie Poza, en un momento vital que se va cargando de sombras; el padre amoroso, egoísta y hasta cierto punto dependiente que levanta con todos sus matices Ramón Barea; y la vulnerabilidad y la determinación de Paula Usero, la hija de Rosa, que igual que su madre, quiere ser muchas cosas y como ella se empieza a resquebrajar sin decirlo en voz alta, en un espejo de madre-hija que empieza a ser su propio abismo.

Disfruté muchísimo cada minuto de La boda de Rosa. Me emocioné con una historia ajena (o quizás no tanto), volví a escucharme una sonora carcajada después de mucho tiempo. Me sentó más que bien recuperar la luz del Mediterráneo y ese golpe de algarabía posible que entraña la felicidad.

Yo sé que La boda de Rosa es una película, seguramente la que necesitaba en estos días turbios y tristes. Pero igual que creo conocer a muchas mujeres que podrían asumir como suyos varios fotogramas, quiero lograr que esta película sea una señal para mi presente. Personalmente, me quedo con esa batalla contra el miedo, para ver si pensándolo me hago más valiente. Me quedo con ese tul rojo que redime el tul abandonado con el que empezaron estas líneas.

De mayor, es decir, a partir de ya, debería ser yo la que no tuviera miedo, la que no permitiera que nadie ensuciara mis días o el tejido que albergó algunos de mis sueños.

Madrid, fase 1: entre la tormenta y la esperanza

Había ganas de pasar de fase aunque el temor de muchos era que lo hacíamos a tientas, que las urgencias económicas no cuadraban con los indicadores sanitarios, que los centros de atención primaria seguían en cuadro, tan destartalados como si por ellos hubiera pasado una guerra y también estuvieran en una incierta tarea de reconstrucción.

El primer día de la fase 1, el lunes 25 de mayo, antes de la hora del paseo, bajé a hacer unas compras y me topé con varias unidades del SAMUR y la Policía. A cierta distancia, no faltaba un grupo extenso de mirones. Debía de haber ocurrido algo muy grave porque el dispositivo ocupaba dos calles, pero pasé de largo sin atreverme a girar la cabeza, preguntándome si aquellos que observaban no habían tenido, hasta ese momento, bastante muerte a la que mirar.

Avancé con prisa. El cielo estaba cargado con la pesadez gris oscura de nubes de tormenta que finalmente rompieron con fiereza. Hechas mis compras, tuve que esperar a que escampara para volver a casa. Lo hice bajo un pasadizo al que llegaba la lluvia, que sentí con alegría sobre el rostro a pesar de la mascarilla. Mientras tanto, a lo lejos, seguía aquel despliegue de policías y sanitarios manteniendo el pulso de nuevo.

La tormenta y el accidente me resultaban avisos de alerta. Las nubes negras, la lluvia torrencial, la muerte que acecha en la esquina parecían reclamar prudencia. Pero al volver a casa pude contemplar un arco iris, el mismo que apareció en uno de los peores momentos de la pandemia sobre Madrid, y lo quise entender como un guiño de esperanza.

A pesar de los temores, la calle era otra

Uno de los alivios del cambio de fase fue acceder a los grandes parques de Madrid. Llegar hasta Madrid Río, por fin sin cintas plásticas prohibiendo el paso, y recorrer La Casa de Campo, donde los amplios espacios y el tamaño de los árboles permiten soñar con otros paisajes y una naturaleza menos domesticada.

Las terrazas estaban repletas. El ruido volvía a ser el habitual a pesar de las distancias entre las mesas, a pesar de los carteles que recordaban que era mejor no abrazarse ni estrechar las manos. El trajín de los camareros hacía sentir que la ciudad comenzaba a recuperar el pulso después de haber estado, de alguna forma, en un coma generalizado e inducido.

Cada comercio que ha levantado el cierre ha sido otro pasito hacia la alegría. Han vuelto a estar detrás del mostrador en la ferretería, la mercería, la pequeña tienda de moda…, y con su llegada, resurge la esperanza de salir adelante de nuevo, todos a una. A mí me han dado ganas de entrar a todos y cada uno de los comercios. Abrazarles, aunque no se pudiera. Así que he ido a darles la bienvenida, a comprar algo aunque no me hiciera demasiada falta.

Y saliendo del barrio, también he llegado hasta una de las librerías de las que son casa y refugio. Enclave de Libros esperaba con gel y mascarillas, y la misma complicidad de siempre. Tocaba desquitarse de los meses robados, el día del libro que no fue, el inicio de una feria del libro que se retrasa hasta octubre. Arrimar el hombro y mover la caja decaída por la ausencia de palabras vivas.

A pesar de la alegría, la tristeza sigue latiendo

Las terrazas y los grupos de personas que se reencuentran ofrecen un mensaje de ánimo que resulta imprescindible. Porque además de robarnos el mes de abril, como decía aquella canción de Joaquín Sabina, el virus nos ha robado nuestra ciudad tal y como la conocíamos.

Los bares y restaurantes que no pueden sacar mesas fuera, esas barras que siempre animó el bullicio permanecen en silencio. Desde la entrada, tutelada por banquetas o mamparas, nos avisan de que han vuelto a la cocina, que puedes pedir y recoger la comida o que te la llevan ellos. Son los bares de toda la vida, los que no recurren a abusadoras plataformas de reparto a domicilio y en un folio pegado sobre el cristal, ofrecen un número para recibir pedidos por wasap. Se les nota a la legua que están con el agua al cuello y echan de menos a cientos de trabajadores: los del café rápido a primera hora, los grupos de compañeros a media mañana, los menús de mediodía con patatas fritas o ensalada.

El metro está lleno de carteles que recuerdan el peligro y el uso obligatorio de la mascarilla. Un gesto tan habitual como adelantar a alguien en la escalera mecánica resulta imprudente porque impide mantener la distancia de seguridad. La megafonía insiste en no acercarse, usar los ascensores de uno en uno, ayudar a personas con discapacidad visual para que no se aproximen demasiado a otros. Es un metro sobrecargado de señalética que ahonda la desazón de los viajeros.

Muchas tiendas ofrecen gel hidroalcohólico en la entrada. Su ayuda para limpiarnos una y otra vez es reconocer la amenaza de gestos cotidianos: buscar la etiqueta en una blusa, mirar los ingredientes de una lata nueva para Fénix, elegir chocolate en una tienda de comercio justo… Tocar es peligroso. Pero nos cuesta asimilarlo porque el tacto nos hace más humanos y, como el resto de sentidos, nos permite conocer lo que nos rodea.

Madrid sigue a medio gas, extrañamente llena y vacía al mismo tiempo. Hay más gente en la calle, pero la mascarilla nos impide atisbar una sonrisa o un gesto amable. El miedo se ha convertido en un vecino nuevo que ha venido a quedarse, aunque no a todos nos afecta su presencia por igual.

Entre tanto, cada vez se hace más insoslayable la necesidad de muchas personas que han visto temblar sus vidas al desaparecer sus ingresos. Durante las semanas de confinamiento, desde mi ventana he visto una de las muchas colas del hambre que han surgido en Madrid: personas que, separadas por un metro, avanzaban durante toda la mañana hasta llegar a la puerta de la Asociación de Vecinos Alto de Extremadura. También me he cruzado con quienes esperaban que se abriera el local de la Red de Solidaridad Popular de Latina y Carabanchel. Y en los comercios del barrio, han proliferado los carteles que piden alimentos mientras otros acaban de colgar el anuncio de liquidación por cierre. Se suman a los que ya lo hicieron una vez pasaron las últimas navidades, aquellas en las que brindamos por un año que se antojaba redondo y se ha convertido en un interrogante lleno de aristas.

El 8 de junio, en Madrid, pasamos a la fase 2 con las mismas dudas del paso anterior. Ese día tocará también ir al centro de salud a reconocer el trabajo de los sanitarios, manteniendo la distancia y el aplauso, recordando que si no hay medios para ellos no hay medios para los ciudadanos. Seguro que vuelve a ser una concentración emocionante, como las anteriores. Donde la gente se sumaba desde la acera próxima y desde el otro lado del paseo, desde la mediana, y nuestro aplauso resonaba con el apoyo del claxon de taxis y autobuses que se sumaban al grito de “sanitarios necesarios”.

Cada uno, en función de sus circunstancias, ha sobrellevado como ha podido las consecuencias de la pandemia, la muerte o la enfermedad de personas más o menos próximas, el confinamiento, la pérdida o la sobrecarga de trabajo… Ahora nos toca lidiar con la incertidumbre de los próximos días llevando una mochila de heridas y esperanza. Ojalá no olvidemos meter una buena dosis de solidaridad y fraternidad.

Del silencioso confinamiento al griterío de la desescalada

Cuando comencé este blog, quería, en parte, rescatar esa columna de opinión con la que soñaba cuando escribía en la revista del colegio y aspiraba a ser escritora o columnista y todo era posible. Abrir el blog, ya lo dije en su día, era un forma de reencontrar mis deseos y quizás de volver a pelear alguna batalla que había dado por perdida. Pero cuando apenas había trazado un plan de escritura, llegó el coronavirus y tomó nuestras vidas por asalto. Convertido en monotema, lo invadió todo y colonizó nuestras mentes. Y ha habido muchos días de estar cansada para pensar y escribir más de lo mismo.

La pandemia de la Covid-19 nos obligó a meternos en casa, hizo de nuestro hogar nuestro lugar de trabajo, confundiendo nuestras paredes diarias; nuestra ventana para imaginar y contemplar atardeceres fue la de los aplausos y la búsqueda de un consuelo imposible; las calles se llenaron de silencio y las palabras quedaron condenadas a vivir entre dispositivos electrónicos donde les faltaba toda la piel de la caricia y el abrazo que tanto necesitábamos.

A medida que avanzaron las semanas, las cifras y el miedo se fueron adueñando del día a día. Esperábamos los datos oficiales como quien espera noticias en una sala desolada junto al pasillo de paliativos. Conociendo o no el nombre o el rostro de las personas que estaban en las UCIS, conociendo más o menos de cerca los casos y la evolución de personas infectadas, conociendo el mayúsculo reto de los hospitales… todos estábamos en esa espera que vivimos durante semanas en un abatimiento comunitario. Fueron días de lágrimas privadas e íntimas. Llorábamos por la impotencia y el agotamiento de los sanitarios, por sus muertes; llorábamos por los tanatorios desbordados y las morgues improvisadas, por la prohibición de unas despedidas humanas y fraternas; llorábamos por el abandono de los ancianos que morían solos y sin cuidados; llorábamos por la necesidad y las colas del hambre que empezaban a recorrer los barrios de forma tan sigilosa y callada como surgían las redes de ayuda mutua.

Quizás haya que recordarlo ahora, cuando las cifras de fallecidos se sitúan en torno al medio centenar, hubo días en los que rozamos el millar. Y también llegó ese día en el que el recuento a la baja comenzó a ser tendencia y se hizo real aquella frase horrenda de “doblegar la curva”.

“Menos que ayer, menos que ayer”: repetíamos en un rezo secreto.

Lo malo es que a medida que las cifras nos empezaban a dar esperanza y se abrían algunas grietas de un confinamiento estricto, con los paseos infantiles y las pequeñas caminatas sin bolsa de la compra, comenzó a romperse el silencio. Y lo hizo de la peor manera posible: con insultos o malos modos, con acusaciones falsas e irresponsables, con el juego sucio político llevado al extremo del bochorno y la vergüenza ajena, con la dimisión de personal técnico que no estaba dispuesto a firmar contra su conciencia. Si durante los días más duros en la evolución de la pandemia en España, algunos dudamos de los mensajes esperanzados que apelaban a que esta crisis nos haría mejores, la confirmación de nuestros temores era atronadora a través de los medios de comunicación.

El calendario avanza y cada día veo menos la televisión y mantengo menos tiempo la radio encendida, no soporto ese repugnante juego dialéctico sin un ápice de ética; leo algunos titulares de prensa por mantener un pie en el mundo, pero me tomo muy en serio la distancia necesaria para protegerme del daño. Y en las redes sociales, constato también la división y el odio. Por eso, las pocas veces que he querido dejar un comentario medido y moderado o he compartido alguna iniciativa que me parecía adecuada, me ha pasado lo que no me había ocurrido hasta ahora, que he recibido un comentario que se parecía mucho más a un escupitajo que a un argumento.

Deberíamos recordar que escupir está muy feo.

Los que tenemos cierta edad vimos carteles que prohibían escupir en los remotos autobuses que iban a la periferia. Mis ojos infantiles los miraban sorprendidos, porque yo no entendía por qué había que escupir en un autobús ni en ningún sitio. Ahora que sabemos tanto de la carga vírica de gotas y microgotas de saliva deberíamos restringir al máximo la palabra convertida en esputo que se extiende en ámbitos políticos ante el estupor de buena parte de los ciudadanos.

Por un momento, he llegado a agradecer que los bares estuvieran cerrados y que se hayan evitado broncas de barra que podían haber acabado mucho peor que las de aquellos lunes, ¿os acordáis?, tras un partido de fútbol de rivalidad máxima y polémica absurda.

La diferencia entre aquellos rifirrafes y los de hoy es que ahora, sí, nos va la vida en ello. La vida de todos. Y que no podremos salir de esta crisis sanitaria, con sus derivadas sociales, económicas, educativas y políticas, desde el enfrentamiento, la mala gestión y la mala baba. Necesitamos profesionales y buen criterio, anteponer el interés colectivo al individual y en ese sentido, me gustaría expresar toda mi admiración por Fernando Simón, que me parece la persona que desde el principio y al límite de sus fuerzas, ha mantenido el pulso de esta crisis echándose a sus espaldas mucho más de lo que se le podía exigir. A diferencia de otros, Simón se ha dado cuenta de que tenía que dar lo mejor de sí, y lo ha hecho. Ha trabajado, ha pasado la enfermedad, ha seguido coordinando a su equipo del que no ha dado nombres para proteger su independencia. Lo que me pareció mal al principio, un gesto oscurantista, ahora me parece un acto de extrema generosidad. Por eso confío en que esas querellas que le están presentado acaben en el cubo de la basura.

Llevamos mucho tiempo en casa y mucho dolor acumulado. Hemos consumido muchas horas de información que incluían tanto mensajes de odio como de esperanza, momentos de justicia y solidaridad junto a insidias y malas prácticas, todo ello sumado a grandes dosis de propaganda política, de muy diversa índole, que a todas luces sobraba en el menú del confinamiento.

Como ciudadanos, estamos haciendo una digestión más que pesada.

Personalmente, sé que aún no toca salir a la calle en masa. Sé que, si no se puede garantizar la distancia de dos metros, toca usar mascarilla aunque la odie y su uso solo me permita una respiración de aire limitado y turbio. Sé que debo ser corresponsable con el esfuerzo sanitario, con los fallecidos y los vulnerables. Acato las leyes y no por eso dejo de pensar. Leo, reflexiono y hablo con la gente que distingue entre palabra y escupitajo.

Sé que volveremos a las calles bajo una gran sábana blanca, en señal de paz y en defensa de la sanidad pública, y que me tendrán enfrente todos los que han hecho dejación de funciones y han actuado de mala fe para sacar un puñado de votos a costa del odio y otros instintos primarios. No habrá olvido para los fallecidos ni perdón para los irresponsables.

Cumpleaños confinado

El pasado jueves se celebraba el día del libro y yo cumplía un año más. Por ambos motivos, para mí siempre ha sido y es una fecha marcada con un círculo rojo sobre el calendario, día festivo aunque no sea domingo. A pesar de que desde hace más de cuatro semanas todos los días nos resultan similares en lo personal y colectivo, a medida que se acercaba la fecha, no obstante el confinamiento o precisamente por él, yo no quería pasar de largo por este cumple que empezaba a hacerse nudo en la garganta.

Unos días antes, al bajar a la compra, me había permitido algunos caprichos casi infantiles: patatas fritas y aceitunas, almendras y una porción individual de una tarta de queso. Olvidé las velas para pedir deseos, pero encontré los números de otros cumpleaños celebrados en casa: un 4 y un 6 que, si se daba la vuelta a costa de no encenderse, se convertía en 9.

En la tarde previa, un grupo de amigos reunido para otro propósito me cantaba el cumpleaños feliz por video llamada y en los primeros minutos del 23 de abril empezaron a llegar mensajes. Apagué la luz de la mesilla con una sonrisa. Al despertar no había rastro del dinosaurio, pero las felicitaciones se habían ido multiplicando y a medida que avanzaron las horas, su goteo se volvía un chaparrón de amor y cariño.

Con todas las palabras, las voces y los iconos fui construyendo un dique contra las sombras. Era un cumpleaños muy distinto, confinado y raro, sin más presencia real que la de Fénix ni otra caricia posible que su suave pelaje, pero repleto de emoción y con la certeza de saberme querida. ¿Qué mejor regalo?

Y aún así llegaron dos timbrazos al telefonillo, dos llamadas a destiempo cuando ya creía que mis sospechas o ciertas insinuaciones habían sido fruto de mi imaginación… Fénix estaba más excitado e intrigado que yo. Demasiados días sin visitas ni buzoneo publicitario, demasiado tiempo sin husmear zapatos que traigan el rumor de la calle. Fue una batalla lograr que se quedara dentro de casa. Seguí las instrucciones: salí al descansillo de la escalera y abrí la puerta del ascensor, donde en solitario viajaba una preciosa orquídea cuyas flores mira curioso sin atreverse a rozarlas. ¡Menos mal!

Me acosté agotada y feliz, con llamadas y mensajes pendientes de respuesta, confiando en poder atenderlos aprovechando el fin de semana. Antes de cerrar los ojos echaba cuentas… no recordaba cuál había sido el cumpleaños en el que no había estrenado libro, y me consolé pensando en todos los que aún aguardan su momento de lectura, y también en la lista secreta que voy haciendo para cuando reabran mis queridas librerías y pueda romper la hucha que he ido haciendo para ese día de reencuentro feliz con libros nuevos.

El viernes, contra pronóstico, volvió a sonar el timbre. Al otro lado del telefonillo mi nombre y apellidos, y la petición de que bajara a la calle a recoger un envío. Esta vez no hizo falta ascensor. Volé escaleras abajo y me encontré dos ojos muy oscuros, una boca tapada con mascarilla que me pedía el número de mi carnet de identidad y unos guantes azules que entregaban un paquete. Ahí estaba el libro de este cumpleaños anómalo que latía entre dos capas de cartón. Entré en casa con la sonrisa de quien ha encontrado el cofre del tesoro. Entre Fénix y yo rasgamos el envoltorio y encontramos no sólo una novela con una pinta estupenda sino también un doble disco de Aute, su «Entre amigos», que resonaba como un título mágico y perfecto para este aniversario tan bellamente acompañado a pesar de las circunstancias.

Soy afortunada. Los 49 han caído en estos días nubosos donde están confinados los afectos y los abrazos, pero me tomaré revancha en cuanto sea posible y pondré piel a todas las felicitaciones que hicieron de este cumpleaños uno de los inolvidables. A todos los que me leéis y me escribisteis, a quienes me llamasteis y dejasteis mensaje, a todos los que me habéis acompañado… os quiero dar unas gracias infinitas y profundamente sentidas, porque sé que no sólo estáis cuando el día está señalado en rojo sino también en la grisura de los otros, y que gracias a ese cariño se puede resistir no sólo en los días felices sino en los otros.

El tiempo raro. Cuatro semanas de confinamiento

Desde el 12 de marzo, cuando me despedí de la normalidad que marca la jornada laboral y empecé a teletrabajar, los tiempos siguieron siendo forzados. Mientras las redes se llenaban con opciones para no aburrirse, mis tareas se multiplicaban, ensanchadas por la complejidad de las videoconferencias, las llamadas en paralelo, las decisiones de correos asincrónicos… Por eso, estaba deseando que llegaran estas extrañas vacaciones de Semana Santa.

La pausa vacacional ha traído más horas de descanso. Por fin he podido habitar este tiempo raro que otros comentaban desde hace semanas, donde las horas se suceden sin que tengamos sensación de prisa. Aunque seguramente, comparto con muchos la noción de pérdida, incluida la del tiempo que se escapa entre dimensiones nuevas. En ese imaginario perpetuo en el que deseábamos más tiempo para leer y escribir, estas vacaciones arrojan también un saldo negativo. Pero estos días no son normales y nosotros no somos los mismos. Así que voy aprendiendo a no exigirme demasiado, a consolarme cuando decaen las fuerzas, a gestionar la falta de abrazos acariciando a Fénix que, como todos los gatos domésticos, no entiende qué hago tanto tiempo en casa y aspira a ocuparlo todo.

En este confinamiento, el vínculo social y el afecto está ligado a las máquinas que nos acercan las voces y los cuerpos que extrañamos. Pero esos cacharros no nos pueden abrazar, al igual que las fotos de otras vacaciones y sus paisajes no son consuelo ante la visión de las calles vacías y silenciosas donde a lo sumo vemos a alguien con su perro o la bolsa de la compra. Entre tanto, parece que empieza a haber más mascarillas y cada vez cuesta más ver una boca, aunque tampoco nos importa demasiado porque, en los últimas semanas, hemos aprendido que podían suponer una amenaza. No sabemos quién sonríe tras una mascarilla, ni quien aprieta los labios para restablecer sus fuezas.

También nos han ido llegando malas noticias. Conocidos, antiguos compañeros de trabajo, familiares y amigos de amigos… que se están yendo sin que podamos acompañar a quienes necesitan ser acompañados. Todas las pérdidas de estos días son a la vez distantes e íntimas, quizás por eso perder a Aute nos rompiera aún más por dentro. Escuchar sus canciones llenas de caricia, ternura y afecto, en un tiempo que lo ha prohibido casi todo, era vernos ante el espejo de su voz imposiblemente viva y de ¡ay!, reconocer “qué terriblemente absurdo es estar vivo” sin las experiencias y las personas que nos hacen latir.

Quién nos iba a decir que iba a pesar tanto el silencio. Cómo íbamos a imaginar que conoceríamos a los vecinos de los bloques próximos en una cita de balcones en la que a veces cuesta mantener las lágrimas a raya. Cómo hubiéramos creído que bajar la basura sería una de las pocas opciones para respirar un aire renovado y fresco distinto al de casa.

Todas las respuestas nos conducen a un tiempo extraño que no olvidaremos, un tiempo en el que, salvo programar llamadas y reuniones virtuales, hemos dejado de hacer planes. Se han esfumado varios cumpleaños que no hemos podido celebrar, las entradas de varios espectáculos y la reserva de alguna escapada. Igual que se nos ha ido la Semana Santa sin procesiones ni saetas, tampoco nos atrevemos a perfilar el verano ni el primer día en el que podremos abrazar a las personas que queremos o dar un paseo sin rumbo por el parque más grande y próximo que esté a nuestro alcance. Y en un susurro, como sin querer molestar, nos preguntamos cuándo será posible, mientras las brutales cifras del día a día se empeñan en retrasar una normalidad inalcanzable.

En unas horas habrán concluido las vacaciones. Los libros por leer, los textos por escribir serán historia. Otra oportunidad perdida. Las páginas de mi diario explicarán la falta de inspiración y concentración, lo rara también y esquiva que se ha vuelto la palabra. Mientras asumo que ciertos párrafos y versos serán imposibles, me consuelo con las ramas verdes que han crecido en los árboles que alcanzo a ver desde mi ventana.

Fuera de nuestros tabiques, la primavera avanza agradecida por la lluvia y los bosques se extrañan de nuestra ausencia y quizás la bendigan. Algunos, por primera vez, desean abrazar un árbol y otros, confiamos en ese reencuentro sanador. Estamos echando de menos los abrazos de las personas que queremos tanto como pasear por la naturaleza, entre su sombra y sus flores, en su arrullo de ramas nuevas.

Muchos intuyen que saldremos distintos de esta pandemia. Ojalá lo hagamos siendo más conscientes de lo que nos cura y nos perjudica. Ojalá lleguemos a tiempo a una primavera personal en la que seamos capaces de aprender de otras especies que en la resistencia, la resiliencia, se hacen más fuertes y más bellas.

11 de marzo: Homenaje

Desde 2004, el 11 de marzo no ha sido nunca más un día más. Desde entonces es un día orlado de luto en la memoria de muchos, entre los que me cuento.

Aquel día no perdí a nadie directo, a ningún familiar ni ningún conocido por aquel entonces… Pero los años y las circunstancias, el mundo grande que a veces se toca en tres pasos, sí me ha puesto en contacto con personas que no tuvieron esa fortuna. He llorado con ellos. He rozado su dolor sin consuelo. Siguen muy presentes, aunque tal vez ellos no lo sepan. Y hoy, están más que nunca.

Sentí aquel día y los sucesivos una herida difícil de explicar con palabras, un dolor que se renueva de alguna forma en cada aniversario.

Curiosamente, el de este año, con menos boato ceremonial, con menos actos protocolarios ante la crisis del coronavirus, me ha traído muchos recuerdos de aquel día. Porque hoy Madrid, como entonces, también respira y se mueve distinto, aunque por otros motivos.

Igual que en 2004, puro azar, yo he tenido que acudir a una cita médica y he atravesado calles más vacías de lo habitual, menos ruidosas, más latentes y en espera. Avenidas y medios de transporte donde la gente camina gestionando el miedo y la angustia, el no saber qué ocurrirá mañana ni cómo se alterará nuestro amanecer.

Hoy, igual que entonces, somos muy conscientes de nuestra fragilidad, recordamos que somos vulnerables. Y lo que parece obvio se agiganta ante nosotros porque, en lo cotidiano de los días normales, tendemos a olvidar que un instante azaroso puede transformarlo todo y derrumbar la ficción de control que hemos asumido.

El poema de hoy (que no recuerdo cuántos años tiene), se titula HOMENAJE, y está dedicado a las víctimas de aquel 11 de marzo que me sigue dando punzadas. Lo acompaña una fotografía del Bosque del Recuerdo. Curiosamente, la hice en color… pero las nubes y la tristeza de esos árboles la convirtieron en una fotografía tomada en blanco y negro.

Va por ellos, por los que se fueron y los que están con nosotros.

Homenaje

Todo el silencio es el sonido de aquellos días,
pesado y negro como el duelo.

Toda la lluvia es el rastro de las lágrimas,
un mar azul de llanto y palabra suspendida.

Todos los viajes son el camino de su recuerdo,
pasos distantes de quienes quedamos vivos
para llorar por ellos y abrazar su ausencia.

Todos los despertares son la pregunta
del dolor ante el espejo,
la mano que se extiende y vuela,
acariciando el aire.





Y ahora… ¿qué?

En el mismo momento en el que guardamos los regalos de reyes y nos deshicimos de sus envoltorios, estábamos dando por finalizado el día de la magia y la ilusión colectivas. Con el mordisco al último trozo del roscón, prometimos iniciar la dieta. Y al volver a encender la tele o el ordenador, los mensajes de buenos deseos se habían esfumado. Con la excusa del debate de investidura, la bronca estaba servida no solo en el lamentable espectáculo proporcionado por algunos de aquellos que el protocolo aún llama “señorías”, sino entre las familias y en las redes sociales, en las barras de los bares y en las pintadas amenazantes.

Con gesto enfurruñado, el 7 de enero arrancó el calendario real de vuelta a la rutina: levantarse antes del amanecer para afrontar la jornada de cada quien, con sus satisfacciones, sinsabores y un remoto horizonte en cuanto a futuras pausas vacacionales.

Y de golpe, como en otras ocasiones, me interpelaba una frase que el personaje del Joven le dice a la Secretaria en la obra teatral Así que pasen cinco años, de Federico García Lorca. Es casi al principio de la misma. Ella le dice “Adiós”, y él la contesta:

– Adiós… ¿y qué? ¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco? ¿Dónde voy?

(Así que pasen cinco años, Federico García Lorca).

No es que me sepa muchos diálogos ni poemas de memoria, pero interpreté esta obra hace muchísimos años, cuando el teatro era algo que me apasionaba y disfrutaba no solo como espectadora (pasión que mantengo), sino cuando me atrevía a estar sobre el escenario y daba vida, por ejemplo, a aquel personaje de la Secretaria escrito por Lorca. 

Reinterpretando el texto y la escena, sentí que los que se despedían eran 2019 y sus últimos fuegos artificiales, mientras todos nosotros estábamos en la piel de ese personaje que se pregunta, en esa frase magnífica y por eso inolvidable a pesar de los años, qué hacer con el tiempo desconocido que se le venía encima.

Mañana será un lunes incontestable. Un lunes que da pie a una semana completa y sin márgenes. La velocidad habitual, las exigencias, el fin de todas las excusas. Podremos empezar a mirar la lista de nuevos propósitos e  intuir las primeras derrotas. Y lo malo no es, como le ocurre al personaje de García Lorca, que no sepamos qué hacer con el tiempo nuevo que comienza ni dónde ir. Lo peor es que sabemos que volveremos a transitar por lugares y momentos que detestamos. Y somos conscientes de que habría que hacer un esfuerzo gigante para intentar cambiar lo que no nos gusta, al tiempo que reconocemos que no todo está en nuestra mano.

Mientras los medios se hacen eco, con la falta de imaginación de todos los años, de los nuevos clientes de los gimnasios o de los que intentarán dejar de fumar; apenas he leído nada sobre transformaciones más profundas, sobre los propósitos que afectan al alma y al espíritu, al fondo emocional de lo que somos. ¿Cuántos pensamientos negativos hemos logrado desterrar? ¿Cuántas personas tóxicas hemos borrado de nuestra agenda de contactos? ¿Cuántos sapos hemos digerido ya con sabor a turrón de almendras?

Es cierto que en pocos días se me ha olvidado la paz y el propósito firmado junto al lago, pero el lago sigue bien cerca. Es cierto que 2020 ha empezado con malas noticias, con la muerte de la madre de un amigo del alma y el sacrificio de un gato de la familia que está muy enfermito, al que acaricié pocos días antes de Reyes. Pero es pronto para rendirse. Aunque el mundo no gire en el mejor de los sentidos posibles y la rutina nos haya golpeado con sus primeras certezas, quedan muchos días por delante.

Así que ante la pregunta del Joven, “¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco?”, la respuesta ha de ser tozuda. Seguir peleando, seguir intentando las metas y los deseos que nos animaban en el primer brindis de 2020. Cambiar lo que no nos gusta y mejorar en primera persona para que sea más fácil levantarse cuando aún no ha amanecido.

Feliz 2020

Como cada 31 de diciembre, comparto mis mejores deseos con las personas que acompañáis este camino que es la vida. Si bien es cierto que la campanada que marca un cambio de calendario no cambia nada, sigo confiando en que este momento simbólico sea un punto de inflexión para los buenos propósitos y la renovación de los sueños.

El cambio de año es ideal para hacer balance, agradecer lo recibido, reflexionar sobre los aprendizajes y empezar a pergeñar los retos del nuevo año, al que habrá que pedir que sea propicio en la salud, las sorpresas y el desarrollo de viejos y nuevos proyectos. Los meses irán dando y quitando, como siempre, y hará falta ser más sabios que el año anterior para no volver a tropezar en los mismos sitios y aprovechar mejor los momentos de afecto y vínculo, de ilusión y sonrisa, para que duren, perduren y nos nutran tanto como sea posible.

Junto a estas líneas comparto una fotografía tomada en 2019. Es cierto que, por primera vez, he estado tentada de volver a felicitaros con Fénix, pero él fue el protagonista del mensaje de 2019. Y aunque se merecería volver a serlo, porque ha sido amuleto y refugio en muchos momentos de este año que termina, no he querido repetirme.

Es cierto que desde que Fénix llegó a mi vida hay menos oportunidades de viajar y compartir lugares lejanos, pero esa circunstancia también me ha servido para apreciar mejor la belleza de lo próximo. Esta imagen captó un instante del atardecer junto al Lago de La Casa de Campo de Madrid. A veces se nos olvida lo que tenemos al alcance, lugares que permiten encontrar la calma y la magia, una superficie de agua donde las aves buscan refugio y la naturaleza regala paz y silencio.

En estas horas crepusculares de 2019, ese es mi deseo y mi ofrenda: que en 2020 seamos capaces de disfrutar al máximo con lo que nos rodea, que encontremos un equilibrio razonable en lo cotidiano, que podamos detenernos ante un paisaje que nos proporcione confianza y fuerzas para superar las dificultades, que disfrutemos de la serenidad y las pausas. Y todo ello, rodeados de afecto y cariño, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles. ¡Feliz 2020!

La navidad de cada quien. Celebra la tuya

Rituales

Tras el cristal,

almendras como rocas.

Tras el cristal,

guijarros dulces

para las felices fiestas.

Tras el cristal,

heridas abiertas

en la mirada del hambre.

Tras el cristal,

almíbar entre adornos,

ajonjolí y canela.

Tras el cristal,

promesas

del mejor mañana

roto a mordiscos,

al alba

del año nuevo.

Antecedentes e inspiración

Este poema, que se encuentra en mi libro De paso por los días (Bartleby, 2016), ofrece el ritual correspondiente a la parte dedicada al invierno.

He dudado mucho si subirlo hoy al blog, porque estoy leyendo muchas felicitaciones de navidad, muchos buenos deseos y no quería ser aguafiestas.

Finalmente, he decido publicarlo porque me apetece dar continuidad a la serie de los poemas titulados ‘Rituales’, de la que ya pudisteis leer la versión correspondiente al otoño, y también porque tampoco voy a ser la primera en señalar que estas fechas tienen una tremenda carga de ambivalencia. Gustan y duelen por igual, generan niveles máximos de filias y fobias. Con toda la energía de las luces festivas y los villancicos, nos ofrecen el contraste brutal de la pobreza que nos rodea, que tal vez se hace más evidente o nos golpea más entre los escaparates deslumbrantes y las bolsas que sabemos reconocer cargadas con lo innecesario.

Es cierto que nunca llueve a gusto de todos, pero en cualquier otra fecha uno puede sentirse afortunado o triste sin sentirse interpelado por una marea general que casi obliga a compartir con otros, a sonreír y a brindar. A medida que la navidad se ha hecho más consumo frente a su carga de celebración familiar y rito religioso, los mensajes de falsa alegría disfrazados de espumillón ficticio lo inundan todo y es difícil discrepar o resistirse. Por eso, paseando por la calle el otro día, me detuve a hacer la foto que ilustra estas líneas, porque el espejo roto reflejando un adorno luminoso me pareció una metáfora, una síntesis perfecta de estas fechas.

No obstante, ante el panorama impuesto de felicidad, lo ideal sería que cada uno encontrase el punto de equilibrio personal para disfrutar de estas fechas. Sin olvidar que el mundo sigue hecho un desastre, sin renunciar a que deberíamos contribuir a mejorarlo, sin provocar disgustos ni avivar conflictos familiares, sin contribuir al derroche energético o de materiales, sin darle prioridad a lo superfluo o a lo que nos hace daño. Ser capaces de disfrutar desde lo pequeño y lo íntimo, desde ese espacio que nos permite estar en paz con nosotros mismos y con lo que nos rodea. 

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