Vida natural más que vegetal

Vida y muerte se tocan en estos arbustos que veo en mi recorrido diario. Plantados en la misma jardinera, coinciden en las horas de sol, las escasas gotas de lluvia y la dosis venenosa de los tubos de escape que alteran la paz de la avenida.

Las plantas secas conviven con las verdes y ambas me interrogan. Será porque hay días en los que a pesar de respirar y desarrollar las tareas que tocan, me siento tan fatigada que cuesta ese pequeño gesto de poner un pie delante de otro, y me reconozco en esas ramas exhaustas. A partir de mi cansancio, quisiera contagiarme de las que permanecen verdes y luchan a pesar de la amenaza, ese color pardo que se ha hecho inesperado vecino.

En la foto como en la realidad, vida y muerte son sombra y contacto. Sin una no existe la otra. Más que entes opuestos son complementarios que se encuentran en un filo azaroso: unas hojas y no otras perdieron la savia, igual que algunos seres llegaron a su final y otros mantienen su aliento.

Me pregunto por las raíces que se ocultan bajo la tierra: si fueron ellas las primeras en sentir la agonía. Me pregunto por el proceso, si todo obedece a un agente externo que fue pulverizando sus hojas, invadiendo todo, o si surgió desde dentro. Me pregunto por cómo dos plantas que están tan juntas no comparten el mismo futuro o si la que permanece verde ya siente miedo y acabará igual.

Desde hace tiempo, gracias en parte a las pistas que va dejando en sus textos el poeta y amigo Gsús Bonilla voy sabiendo más de la vida vegetal. Quizás, quienes amamos por igual las palabras y la botánica deberíamos desterrar la palabra vegetal para ciertos estados clínicos.

Parece que las plantas aprenden, se estresan, anticipan riesgos, reaccionan, se comunican, se reconocen. Solo que los seres con piernas y lenguaje no las entendemos y hemos decidido que son subsidiarias e inferiores. También aunque sabemos que nos proporcionan oxígeno y vida, cada tanto las quemamos por unas monedas o un problema de lindes. Y aún así, nos tenemos como especie evolucionada.

Personalmente, cada vez me hago más preguntas. Quizás sea por el otoño con su decorado de melancolía repartida en las aceras; quizás sea por la vida elegida, con todas sus exigencias por encima de las propias fuerzas. Muchos días me siento más en sintonía con lo animal que con lo humano, y si articulo palabras y escribo es por agarrarme a algo que dote de sentido al calendario.

Escribo árbol y lo imagino, y escribo savia y raíz, y algunas horas cobran más luz. Ante un estanque, en un parque, tras la ventanilla de un tren… toda esa naturaleza me permite conectar con la belleza y la certeza de lo cíclico. Y desde ahí, albergar cierta esperanza. Hay días que se salvan en la caricia de un gato y en la contemplación de un paisaje, a pesar del daño y la fatiga.  

La luz de los almendros

Sabíamos que la primavera esperaba agazapada, que el azul rompería el cielo y nos devolvería la luz perdida.


También intuíamos que el cambio iba a ser repentino, para sumar 15 ó 20 grados de un día para otro, y que un calor mareante nos sorprendería a cuestas con el abrigo y los pies apresados en las botas de invierno. 


Entre estas fotos de almendros callejeros y urbanos solo media una semana. A pesar del calor, la primavera parece querer animarnos. Los sueños siguen intactos a la espera.

Rara primavera

La primavera comenzó hace semanas, con el mandato de acompañar el duelo y el luto de personas muy cercanas y queridas. Desde entonces parece difícil encontrar colores, y las sucesivas borrascas se empeñan en que los días sean grises, se miren desde donde se miren. 


Sé que el campo está ahito de agua, aunque apenas he podido salir a su encuentro. Desde el tren se ven flores silvestres ocupando el paisaje. Se intuye que la vida sigue, a pesar del dolor. Cualquier día el sol nos arrasará los ojos y nos parecerá mentira.

La nevada

Abrir los ojos en la sierra y descubrir que la noche se inventó el paisaje del frio, en la víspera de la primavera.

Volver a ser la huella que inaugura la mañana, avanzar con miedo antes de la sal y disfrutar de la nieve, ya desde la ventanilla del bus.

Los charcos son espejos helados y los árboles visten de blanco. A lo lejos, el sol se intuye sobre Madrid.

Entre nubes

15-3-2018

Este viaje ha surgido de repente, apuntando con sus agujas y su azar a la fuerza de la vida, para abrazar a dos nuevos seres, dos niñas que duermen y aprenden a mirar el mundo, y a su madre y a su padre, que no cesan de descubrir que todo es totalmente nuevo. 


Como siempre, llevo lectura. Como pocas veces, apenas la he tocado.


Mi mundo son las nubes, un paisaje repleto de matices entre el sol, las tormentas y el arco iris, entre cerezos y almendros en flor que se escapan a la torpeza de mis dedos (es difícil apresar ese instante desde un tren de alta velocidad), entre ríos y acequias generosas.

Ojalá todo el azul y todos los violetas que voy sumando destierren ciertas tristezas, esas sombras que se mantienen en vilo. Contemplo este paisaje abierto y quiero ser esperanza.

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