Sin noticias de mí

Ni octubre ni noviembre tuvieron su texto. Han sido meses exigentes de trabajo, pequeños contratiempos de salud, desánimo y falta de fuerzas… Pero también momentos de pausa, reencuentros felices, celebraciones pendientes, un par de viajes relámpago y un seguir replanteándome.

En lo peor del malestar físico, busqué el sosiego y la fortaleza de los árboles en paseos cercanos. El otoño parecía invitarme a soltar: dejar atrás lo que duele y no aporta, lo que no sirve para construir sino para hacerme más débil.

En el transcurso de estos meses de silencio, la presencia amorosa y cuidadora de los otros ha sido el refugio, junto al disfrute de la naturaleza y el arte: algunos libros y poemas sueltos, algunos espectáculos de música y teatro, y sesiones de cine que me ofrecieron, como los árboles, el camino de la renovación y la salida del laberinto.

Frente a la búsqueda de esperanza, escuchar las noticias diarias ha seguido siendo desalentador. Tanto dolor y tanta miseria atravesando con su daño el agua de la ducha, el placer del primer café, el plato de verduras de la cena… Tanto odio para restar energía en un país donde la luz sigue matando a través de malas combustiones e incendios evitables, donde las facturas niegan la dignidad. Así que, cada día apago antes la radio y la televisión, en defensa propia. Yo, que estudié periodismo y fantaseé con su poder de transformación social, les soltaría una monserga sobre ética periodística por minuto, pero no van a escucharme. Así que doy al botón en cuanto hurgan en la herida sin ánimo de contribuir a curarla o dan voz a quien no la merece.

Muchos días he sentido que las palabras no pueden con tanto o han sido secuestradas; que decir no va a aportar nada. Supongo que, en parte por eso, me he quedado suspendida en la pausa del para qué. Los libros a medias, las ganas ausentes, los proyectos alimentando un moho de desidia. Pero ese desaliento tampoco es sano y lo voy aprendiendo a fuerza del oírlo. Oírmelo.

Podemos permitirnos la tristeza, pero es imprescindible salir de ella tan pronto como nos sea posible porque tiene una alta capacidad para enredarnos. Tengo una amiga en Siria que me manda fotos de ciudades y personas dispuestas a salir adelante entre las ruinas. Conozco a personas suspendidas en la pausa de un tratamiento médico que viven la incertidumbre, a los que envío los ánimos que no me prodigo. Mi abuela decía que es muy fácil recetar a otros. Y hoy, recordándola en esta frase, creo que ha llegado el momento de la automedicación hasta ver la botella llena.

Por eso he vuelto al teclado, a los proyectos, a las palabras. Este texto es un tanteo; una forma de ver si hay eco y resuena, si una palabra lleva a otra, si el golpe de las yemas de los dedos sobre las letras abre el camino. Porque la escritura siempre estuvo ahí para rescatarme y no puedo olvidarlo. Porque, aunque sea para mí, las palabras siguen siendo aliadas. Teclear para preguntar y responderme, para dotar de sentido a los días por venir, para que los proyectos que arrancaron alguna vez con ilusión recuperen el pulso.

Volver a teclear como quien reaprende a caminar, a respirar, a recuperar sus órganos adormecidos. Por mí y por ellos. Porque necesitamos mucha fuerza para salir de tanto. Porque necesitamos la alegría, como la invocó tantas veces Almudena Grandes, a quien debo el deslumbramiento de Las edades de Lulú que me aportó otra mirada y otra forma de contar; la misma alegría que rimó Benedetti igualándola a la trinchera con la que defenderse de la miseria y los miserables. Es verdad que hubo y hay escapadas, afectos, paisajes, complicidades y brazos que están al alcance, en la ruta de los momentos alegres posibles. Así pues, parece que toca recalcular la ruta y que el GPS vuelva a orientarse hacia la esperanza.

Recibir el otoño entre libros y un poema

Comenzó y acabó la Feria del Libro y se despidió el verano, dando paso al otoño. De nuevo, el calendario parece ir al revés, acostumbrados como estábamos a una feria primaveral que regalaba tormentas junto a los primeros días de un calor insoportable y agorero. En esta última edición, cuando todo sigue teniendo un punto de extrañeza, se mantuvieron las tormentas mientras todo lo demás se me hizo raro. Así viví el acelerado paseo que pude dar (apenas una hora y media de una tarde, ¡ay!), por la Feria; en un viaje entre casetas fuera de lugar, fruto de una disposición endiablada, mientras la noche se echaba encima con el relente amenazando el primer resfriado y la sensación de que también esta cita se volvía a la vez deseada y hostil, un nuevo fruto de este destiempo permanente.

Pero, al menos, fui. Voy a quedarme con lo bueno. Al menos, volví a ver libros y casetas y caras conocidas y queridas. Al menos, me llevé alguna firma deseada y alguna sobrevenida. De rebote, me topé con mi admiradísimo Manolo García, del que soy una fan devota desde la adolescencia, como prueban las cintas de casete de Los Rápidos y Los Burros, la colección completa de El último de la Fila y sus trabajos posteriores en solitario, que guardo como tesoros. No me detuve en la larga fila de admiradores que aguardaban turno. La mayoría era de mi quinta y le contaba la misma batallita que yo le hubiera ofrecido: las canciones vividas sobre la piel, los conciertos que pude presenciar y los que lloré sin entrada, las veces que le escuché en directo dando saltos entusiasmados y coreando hasta la afonía. Los guardias de seguridad ya estaban avisando de que tal vez no habría tiempo para todos. Me ganaron la pereza, la premura de los tiempos y la sorpresa del imprevisto. Me prometí volver a escucharle pronto. Robé una foto que evitaba a la admiradora que podía haber sido yo y volví a retomar el rumbo de las casetas que estaban a punto de echar el cierre.

Atravesé la Feria como una loca sin plano, como “el loco de la calle” de aquella canción, jugando con el mal azar de quien dispuso una numeración caótica partida en cuatro hileras. Demasiados planos paralelos para una cabeza de letras al límite de las fuerzas y de la propia paciencia. No pude encontrar todo lo que buscaba. No tuve tiempo del paseo relajado de otras ediciones, cuando el calor cedía y el sol permitía el respiro de las casetas caídas en desgracia, en el extremo achicharrado.

Aunque un día después de publicar el artículo inicial, voy leyendo noticias que me hacen ver las cosas de otra manera, y retocar el texto con este nuevo párrafo. Quizás mi errático paseo no se debió al despiste y al cansancio, sino a que la Feria, este año, ha maltratado a las pequeñas editoriales que suelen ser mi objetivo, y así lo han hecho constar en una carta abierta que reclama explicaciones y dimisiones. Estaban mal situadas, aunque les cobraron lo mismo y les supone un esfuerzo mayor asumir todos los extras de quince días de Feria; han sido arrinconadas aunque, desde mi punto de vista que es el de muchos, estas pequeñas firmas son las que hacen que la Feria del Libro de Madrid merezca la pena, porque muchos lectores amamos su fondo editorial y la Feria es el mejor escaparate para que un libro nos lleve a otro, y para ojear títulos que en su momento no vimos, pero que una vez cerca de los dedos, no se nos vuelven a escapar.

Este año no tuve tiempo de procesar todos los recuerdos que mueve cada Feria del Libro, porque esta vez era tan distinta que no se producía esa llamada inconsciente de la memoria. Pero los recuerdos siguen ahí. Vinieron en tropel el día de la inauguración, cuando ante las imágenes por televisión pude evocar aquellas ferias normales, cuando la primavera y el verano se aliaban; cuando trabajaba muy cerca y El Retiro era un paseo habitual, donde me paraba un día sí y otro también, y vagaba entre casetas, mecida por el runrún del anuncio de las firmas; cuando recorría la Feria de niña, soñándome como autora al otro lado de los mostradores. Al ver la fotografía del mosaico que formaban todas las portadas en la caseta de Bartleby, también caí en la cuenta de que mi libro, De paso por los días, había cumplido cinco años, en la última primavera, cuando yo cumplí cincuenta. Abril y mayo fueron meses en los que no nos pudimos reunir para celebrar nada, y si lo hicimos fue con celebraciones íntimas y pequeñas que abrigaban un corazón castigado sin abrazos ni demasiadas alegrías.

Este tiempo pandémico y raro nos ha movido y removido tanto, que seguimos descolocados. Pero la Feria ha vuelto y aquel libro, con sus cinco años cumplidos, se ha asomado nuevamente al Paseo de Coches del Retiro, consciente de que la poesía no caduca nunca. También he recordado que muchos de los poemas del libro se escribieron en ese maravilloso parque de Madrid. Aquellos paseos habituales eran un bálsamo, en los que, contra la rutina y la barbarie diaria, yo buscaba la paz en el rumor del arbolado; escudriñando los colores y los movimientos de las hojas que daban paso a una estación tras otra; espiando la presencia de aves e insectos que buscaban agua, sombra o resguardo; topándome con otras miradas igual de melancólicas, felices o heridas que la mía.

Cuando acabé la primera versión del libro, estructurado en las cuatro estaciones, éste comenzaba por la primavera, manteniendo el orden de la escritura original. Pero luego, en las sucesivas correcciones, fui pensando que la primavera era más obvia, más habitualmente lírica y cambié el orden del libro, que empezó por el otoño.

Ahora, ante este nuevo otoño, que tiene mucho de reinicio; que, en lo personal, está siendo un tiempo de reencuentro y abrigo para conmigo misma, quiero recuperar alguno de esos poemas. Para celebrar el quinto aniversario de aquel libro que fue camino y sueño, para recuperar las fuerzas ante el futuro, para trazar un presente más transitable y consciente. Ojalá.

Porque la poesía siempre es refugio. Porque he cometido la torpeza de olvidarme de lo importante. Porque cada septiembre es un principio y soy afortunada, os dejo este “Paisaje” que se escribió hace muchos, muchísimos años; y aún me habla del valor de los sueños que se intentan. Y de no desfallecer.

PAISAJE

Sorprende a los ojos

viajeros del trópico

la caducidad de castaños

y plátanos dormidos,

asumir el rojizo

de la vida que se extingue.

En el recuerdo

se borran las palmeras,

las sombrillas de pobre.

El árbol caduco

es rescoldo de fuego,

remoto vuelo naranja

del ave del paraíso.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Septiembre: tiempo de promesa

Septiembre tiene mucho de promesa. Eso fue tantas veces nuestro inicio de curso. Soñar lo que nos esperaba, no dormir en la víspera del primer día de colegio; desear buenos docentes y asignaturas motivadoras en los años universitarios, tan decepcionantes en tantos casos.

Ya no vuelvo al cole, pero mi año empieza dos veces. Y en ambos, estreno agenda de papel: la laboral, en septiembre; la personal, en enero. Por eso, todos los días que paso ante la fachada de las papelerías y librerías del barrio donde estos días hacen cola niños y mayores, me identifico con ellos. Y recuerdo con nostalgia la compra de material escolar nuevo, escaso pero ilusionante; y aquellos plásticos tediosos que nunca quedaban bien, con los que aprendíamos a cuidar incluso los libros que acabaríamos odiando.

Septiembre tiene también un poso de recuerdo y renovación que se conjugan bien. Volvemos de las vacaciones, de un tiempo distinto. Retomamos las tareas que nos agotaron antes de la pausa estival y tal vez, en este tiempo de reencuentro personal, hemos asumido cambios que tendrán que ensayarse y plasmarse ahora. Nos hemos prometido cuidarnos más, exigirnos menos, más descanso y más abrazos, más tiempo de calidad para nosotros y para la gente buena que nos rodea e importa.

Miro hacia atrás. A lo lejos, en días como estos recupero el recuerdo de las fiestas de otros septiembres. Fiestas de vendimia y vírgenes, bailes de verbena y coches de choque, los conciertos juveniles, las procesiones religiosas y su ritual de bendiciones. Ahora España es un país sin fiestas ni alegrías oficiales y tal vez por eso, la fiesta no es compartida. La pandemia nos ha roto; y mientras unos han asumido que no es tiempo de masas, otros las reivindican con furia y urgencia, como si no pudieran esperar más.

En los recuerdos más próximos, vuelvo a mirar las últimas fotos guardadas en el móvil. Sé que fueron verdad, que estuve en esos lugares. Ahora parece imposible que agosto se haya esfumado. Que no haya mar ni bosque, que no llevemos encima el plano mal doblado de una ciudad por descubrir, que preveamos cada calle y cada itinerario, y que aún no haya ninguna escapada en el horizonte.

Estos días vuelvo a escuchar las voces y los tiempos de la calle que me faltaban desde junio: el trasiego, las risas y los gritos de los jóvenes que acuden al instituto cercano, los timbres y músicas que estuvieron apagados y marcan otra vez el ritmo de sus horas y las mías. Discreta y simultáneamente, los árboles se están vistiendo de marrón a toda velocidad. Era más imperceptible a mitad del verano, pero ahora, las hojas han llenado las aceras de forma más temprana, quizás por esa ola de calor que pulverizó Madrid con fuego. Esos árboles insisten en reclamar nuestra mirada. “Me apago, me desnudo, no daré sombra por mucho tiempo”, me dice el castaño de la plaza. El mismo que ha sido, sin nombre, mi compañero en tantas horas de teletrabajo, horas de ventana cuando soñé otros paisajes.

No hay que desesperar ante la inminencia del otoño. Los teatros vuelven a levantar el telón, la cartelera podría salir de su letargo y en El Retiro, la Feria del Libro de Madrid vuelve a citarnos, después de tanto y después de todo, para que sigamos soñando con la primavera. Podría ser que tras esas hojas, que caducan en los árboles, se escondan otras de papel y tinta dispuestas a acompañarnos de por vida.

Es todo tan incierto… Y a pesar de ese temblor, tenemos que seguir soñando. Nos lo hemos prometido. Para eso hemos resistido estos meses tan duros y tan amargos. Eso nos juramos ante el mar y bajo los pinares del verano. Septiembre es recuerdo, pero también promesa de un tiempo nuevo. Por fuera y por dentro. Vamos a ello.

Una oración para el verano

Hubo un tiempo en el que al inicio del verano empezábamos a soñar con las olas. Aquel Atlántico juguetón o furioso que nos desafiaba, al que contestábamos con la alegría y la fuerza de la infancia. Hubo un tiempo en el que, acariciando los últimos días de las vacaciones, se hablaba de uvas y cepas. Todo Jerez olía a vendimia, y el sol marcaba la pauta y el ritmo de aquel esfuerzo sobre los viñedos de la tierra albariza.

En este verano, las olas y las cepas son otras. No auguran nada bueno, pero aún así, necesitamos un verano que nos acune, que nos cuide, que nos sane. Un verano que ponga remedio al cansancio de cada uno. Un verano que nos ofrezca noches largas de conversación al fresco, nuevos baños de mar, el sabor de sardinas y guisos marineros junto a un puerto, la pereza de la siesta, el paseo entre la neblina de los bosques del norte, el frescor y la penumbra de los templos de piedra, el placer de las lecturas aplazadas, el sosiego de los lugares pequeños, el rumor de un riachuelo, el recorrido por las salas pausadas de un museo, el zumbido de algún insecto inofensivo, el silencio de amaneceres ajenos al horario laboral y la gozada de mirar el cielo durante horas…

Tenemos tantas ganas de un buen verano que los planes se nos hacen un nudo y rezamos hacia dentro, en una oración pagana que implora compasión. Tenemos tantas ganas de mar que el embarcadero del lago de la Casa de Campo nos resulta una alucinación propicia y una promesa. Así me pareció el pasado viernes, cuando la brisa aligeraba el calor sofocante de los días previos y una enorme luna desplegaba belleza con todas sus fuerzas, y nos la transmitía. Y era posible ver el mar desde Madrid.

Ojalá logremos el descanso que anhelamos, la paz que hemos echado en falta, el tiempo de la escucha hacia los demás y hacia nosotros mismos.

Os deseo lo mejor para estos días por venir y espero que lo podamos contar y compartir a la vuelta. Felices vacaciones, feliz pausa, feliz descanso.

Aniversarios en Sol

Hace algunas semanas, subí caminando desde la calle Alcalá hasta la Puerta del Sol. Era una tarde de viernes primaveral. Parecía un regalo después de muchos días de lluvia y cielo gris. Madrid quería despertarse y sentirse bonita, a pesar de todo. Me senté unos minutos en un banco de piedra ante un trío de músicos que interpretaban piezas clásicas junto a las puertas de la Real Academia de San Fernando. Les dejé unas monedas e intercambiamos unas sonrisas de gratitud a través de las mascarillas.

A medida que avanzaba, la luz que se dejaba entrever al fondo del horizonte se convertía en un imán. Aún lejos, la Puerta del Sol se intuía envuelta en esos colores únicos y apabullantes del atardecer madrileño, rebosante de turquesas, violetas y anaranjados. Sin filtros, la cámara del móvil sacó una fotografía que parecía un cuadro impresionista. Quedaban aún unos días para que comenzara la campaña electoral y se celebraran las elecciones. Los colores y la tibieza de la tarde querían ser un guiño a una esperanza improbable. Tal vez tanta belleza estaba ahí para algo. Al menos, consolaba.

Desde lejos, distinguí a un amplísimo corro de personas. Al ser tantos y mantener la distancia entre sí, abarcaban buena parte de la plaza. Pensé que era alguna concentración autorizada, pero era una reunión espontánea alrededor de un músico que, con buena voz y su guitarra, interpretaba canciones alegres que todos nos sabíamos. No faltó quién se puso a bailar ni quienes se lanzaron a hacer los coros de aquellos temas de viejos veranos que traían un soplo de brisa del mar, cierto aliento de felicidad posible. Los ojos brillaban. Sentíamos que estábamos vivos.

El reloj del edificio que alberga la sede de gobierno de la Comunidad de Madrid dio las nueve. Y a los pocos minutos, un par de coches de la policía municipal entraban en el espacio peatonal de la plaza y acababan con la música. Al verlos llegar, el músico explicó que el permiso para tocar expiraba a las nueve. Se disculpó… A pesar del reciente cambio horario y la primavera que queríamos disfrutar, las ordenanzas eran claras. El público se fue dispersando sin rechistar, echando unas monedas en la funda de la guitarra, mientras yo me quedé remoloneando por allí, esperando que la policía se fuera. No había multa, no se llevaban los instrumentos ni la recaudación… “Buena onda, todo bien, me despisté con la luz y el cambio de hora”, me dijo Charly Alvarenga (en Instagram). Nos despedimos con un amplio gracias.

La policía cumplía órdenes, impedía la felicidad por unos minutos de más. Nos devolvía a esta vida reglada que condiciona tantas cosas pequeñas e imprescindibles. Seguí mi camino y me detuve ante el escaparate de La Mallorquina, ya cerrada. Aquel rumor de azúcar cálido, el recuerdo de sus napolitanas de crema recién hechas me devolvían el buen sabor de boca de una tarde que había iniciado con el propósito de cuidar del alma y el cuerpo, tan atravesados por las derivadas de la pandemia.

Han pasado muchas cosas dentro y fuera de la Puerta del Sol desde aquel 9 de abril en el que me iba haciendo nuevas promesas, mientras paseaba por algunos de mis rincones más queridos de Madrid.

En lo personal, cumplí 50 años e imaginé un texto, en línea con el del año pasado, pero luego faltaron tiempo y ganas para escribirlo; también ha habido muchas citas médicas, propias y ajenas, y lo que queda, demandando energía y llamadas, atención a la agenda y al cuidado, cierta paciencia que se agota entre vacunas, pruebas diagnósticas y consultas diversas. Afortunadamente, nada es grave, pero sí fatigoso, en unos tiempos en los que las fuerzas van muy justitas. En lo político, tampoco encontré el brío necesario para analizar algunos hitos de la delirante campaña electoral de las elecciones autonómicas madrileñas; y después, atragantada con la tristeza que me brindaron las urnas, tuve una digestión demasiado pesada en la que se juntaron unos resultados incontestables, una falta de autocrítica casi generalizada y un recital de improperios e insultos con los que se nos bendijo a todos los madrileños, desde una diversidad de rincones y voces que decían ser progresistas.

Reconozco que me estaba costando recuperarme de todo esto cuando la Puerta del Sol vuelve a las portadas de los medios, ya sea por el desfile etílico del fin del estado de alarma (que no solo se produjo en esta ciudad); y ante el inminente décimo aniversario de aquel 15-M con el que esa plaza madrileña también atrajo las miradas de medio mundo. Tampoco puedo olvidar que en Sol hemos visto concentraciones por Colombia (y las que quedan), y no tardará en llegar la bandera palestina (si es que no lo ha hecho ya).

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en un momento inolvidable de la película Casablanca. Y yo estoy por contestarle que sí, que el mundo se derrumba mientras unos se emborrachan, otros se lavan las manos o se frotan los ojos, y otros se curan las heridas o entierran a sus muertos. Confío en que también nos quede sitio para el amor porque de lo contrario, estamos perdidos.

Un gran amigo y fiel lector me dijo una vez que mis textos siempre median o terminan mal. Su reto era que un día me atreviera a darle la vuelta a la tristeza y acabar en alto, en plan locura. Pienso en él mientras alcanzo estas líneas sintiendo una doble derrota: por haber descubierto el plan y porque no soy capaz de hacer lo que me pide. ¿Cómo escribir la esperanza sin caer en un fallo enorme de coherencia narrativa? ¿Cómo mantener la chispa de la ilusión ante este cotidiano devenir de egoísmo?

Soñando otro mundo, en 2011. (Foto personal).

Quizás el único camino, a estas alturas del texto, sea volver a esa Puerta del Sol donde hace diez años empezamos a soñar otro mundo. Si alguien nos hubiera contado lo que íbamos a vivir en tan sólo una década no le hubiéramos creído. Aquel entusiasmo y compromiso colectivo es algo que no olvidaremos nunca quienes durante aquellas noches entrelazamos las manos y levantamos gritos silenciosos que estallaban en aplausos cargados de una contagiosa y feliz energía. En los años posteriores, hubo nuevas concentraciones y asambleas, movidas por la nostalgia y también por un deseo de cambio que seguía latiendo y aspiraba a más. El año pasado reinó el silencio. Este año yo solo tengo interrogantes.

Ahora mismo, es imposible tomarle la mano a alguien, más aún si es un desconocido; y manifestarse en un entusiasta enjambre humano como aquel. Me temo que la confianza en los procesos colectivos ha vuelto al espacio de la utopía, aunque me consuela saber que sigue latiendo y salva vidas en multitud de hospitales y en otros espacios de resistencia y solidaridad.

Juntos podemos ser más fuertes, pero esta pandemia nos ha metido a cada uno en nuestro rincón, desde donde hemos visto que se rompían muchos nexos mientras luchábamos por no rompernos. Si bien los recuerdos tienen una fuerza contrastada para sacarnos de amnesias y traumas, no estoy muy segura de que las fotos de hace diez años, las canciones de otros veranos o el sabor de una napolitana de crema vayan a salvarnos. Habrá que ir pensando nuevos caminos. Y si en ellos podemos seguir cantando y bailando como en aquellas horas de la primavera de 2011, será buena señal. No habremos muerto.

Cuenta atrás hacia la primavera

El tiempo siempre nos hizo trampas. Cuando éramos pequeños soñábamos con crecer y anhelábamos que todo fuera más rápido, usar la mano entera para alcanzar el cinco y después, las dos manos para sumar hasta diez. ¡Menuda cifra! Luego atravesamos los años confusos de la adolescencia y la juventud. Ya no mostrábamos nuestra edad con los dedos de la mano, pero tampoco nos salían las cuentas. Era demasiado pronto para ciertas cosas, demasiado tarde para otras. Nos hicimos mayores sin ser realmente conscientes, y la década de los treinta y los cuarenta no cumplieron demasiado con el guion previsto, aunque en mi caso, a falta de un par de meses, están prácticamente completadas.

Día a día y año tras año, el calendario avanza y da la sensación de llevarnos por delante, aunque tachemos los días para saber en cuál estamos y señalemos algunos con círculos de colores para no despistarnos del todo. Tal vez sea la pandemia y la vida medio confinada, pero yo siento más que nunca este tiempo extraño que se escapa sin vivir. Mi confusión temporal se ha multiplicado a pesar de que tengo más calendarios que nunca ante los ojos. No faltan los momentos diarios en los que tengo que mirarlos varias veces. Y pellizcarme. La vida pasa.

Estamos a punto de concluir febrero. El carnaval fue una nube borrosa sin disfraces ni bailes; más que nunca, dejó un halo de ceniza. La naturaleza sigue, a su ritmo, y ya he visto almendros en flor. Quizás sus pétalos delicados y su fragancia estén intentando despertarnos de nuestro atontamiento. Y tal vez sea que los hemos visto sin verlos del todo. Se acerca la primavera, pero aún recordamos las heridas que nos dejó la última. Aquella que no disfrutamos ni vimos, la que quedó suspendida en lugares y olores que nos fueron prohibidos: ni el bosque ni el mar, ni el primer azahar, ni el incienso en las calles.

Ante este nuevo marzo, tampoco hacemos planes ni sabemos qué deseos formular o formularnos. El verbo salvar ha perdido su sentido, ¿qué vamos a salvar ahora, si apenas hemos salvado algo desde el año pasado? Las olas, por su parte, ya no nos llevan al mar sino a un listado interminable de cifras que esconden los nombres de personas que no están. Los itinerarios de otro tiempo permanecen cerrados, en un marasmo de normas ante el que nos hemos dado casi por vencidos. Escalar y desescalar no tiene nada que ver con un día de montaña y hace mucho que las curvas dejaron de ser el espacio de una caricia o el giro previo a un paisaje inesperado.

Se suma a mi confusión el hecho de que, en medio de este tiempo sin tiempo, nos insistan ahora en cada aniversario. Se va cumpliendo un año de cada hito fehaciente: el primer ingreso, el primer fallecido oficial, el primer sanitario contagiado, la primera residencia abandonada a su suerte, la primera declaración del estado de alarma… Y mientras los medios nos obligan a la memoria, revivimos el contraste entre el recuerdo de aquella perplejidad y nuestra experiencia hasta ahora. En lo más íntimo, llevamos el recuento de todos los abrazos a los que hemos renunciado, las celebraciones grandes o pequeñas aplazadas, los días que no hemos sido como éramos, los momentos en los que no pudimos hacer aquellas cosas que constituían la verdadera y anodina vida normal.

Vendrá la primavera y nos hará preguntas. Antes de su inicio oficial, aprovecharé los últimos días para coger impulso. De nuevo. Las esperanzas de enero se quebraron en pocos días y febrero, desde hace algunos años, se ha convertido para mí en el tiempo de las oportunidades. Un mes fetiche. Varias carambolas biográficas han hecho de él un mes propicio. Siempre le tuve cariño porque se cierra con el día de Andalucía, esa tierra que hice mía desde los afectos de la infancia, por mucho que mi documentación oficial no diga nada de ella. Pero los últimos febreros trajeron momentos de renacimiento personal y nuevas oportunidades vitales. Regalaron algún día libre que me permitió descansar y disfrutar de una cierta pausa para volver a calibrar las expectativas de brindis no tan remotos. Este febrero he tenido que aprovechar los días pendientes de 2020, esos días de vacaciones que caducan. Los que suelo guardar para el por si acaso, por si surge un imprevisto o algo especial. Días cargados de los planes que finalmente no existieron y a la postre han servido, y no es poco, para coger aire.

Hemos sumado tantas negativas y tanta tristeza, hemos acumulado tanto cansancio que es fácil que fallen las fuerzas. Hemos retorcido tanto nuestras palabras en nuevos y tristes significados que muchas de ellas han perdido su parte de magia y de esperanza. ¿Cómo podremos formular nuevos deseos sin palabras? Tal vez mirando esos pétalos, esos brotes. Resignificando esa vida vegetal y asumiendo parte de su fuerza, de su dinámica imparable.

Somos lo que hacemos con el día a día, ese ajetreo de tareas infinitas que no nos deja llegar a nada, ese tiempo robado por los deberes más que por los placeres y los deseos. Antes de que febrero desaparezca ante mis ojos, haré una nueva lista de ilusiones y proyectos. Quizás escribiéndolos pesen hasta cumplirse. Voy a intentar confiar otra vez en la magia de las palabras. Elegir las más rotundas. Tal vez no se evaporen como los días idénticos y lánguidos en los que nos hemos sumido.

Quiero brindar antes de tiempo por esa primavera que necesitamos, por una primavera en cada uno de nosotros. No dejéis de mirar las primeras flores, los brotes que salpican árboles y matorrales, dispuestos a contradecir las heridas de la nieve y de todo lo demás. A pesar de todo, necesitamos la esperanza.

Permitidme que me mantenga suspendida de esa belleza, alojada en las nubes y las flores más tempranas, las que se atreven a desafiar madrugadas aún frías y heladas a destiempo. Todos los años se precipitan al nacer, se arriesgan a lluvias y ventoleras que siembran las aceras con su osadía. Seamos prudentes en el día a día, pero osados al desear, porque nos hacen falta más fuerzas que nunca.

Entre la nieve y la lluvia

El pasado fin de semana salí del barrio y paseé por el centro de Madrid. Ocho días desde el fin de la nevada, y la ciudad presentaba un aspecto desolador de árboles caídos, aceras intransitables y basura amontonada. Quedaban rincones donde resistía la belleza de la nieve pero era difícil disfrutarla con la certeza de tanto árbol muerto y por morir, tanto riesgo de caída, tantas personas retenidas en sus domicilios ante unas aceras y unas calzadas que son una ruleta rusa.

Frente al paisaje de la calamidad, me refugié en los buenos vecinos que, conscientes del abandono institucional, nos arremangamos para hacer algo. Cada uno en la medida de sus fuerzas y su tiempo, de sus herramientas al alcance. Ellos son, nosotros somos, la esperanza que me alienta tras recorrer una ciudad herida y a la deriva, a pesar de la falta de mar.

Antes y después de la gran nevada, el pronóstico meteorológico ha sido y es protagonista. Dijeron nieve y hielo, y se ha cumplido. También han dicho lluvia. En las últimas horas, han avisado de que mañana, miércoles 20 de enero, vendrán lluvias y viento fuertes. A ver si alguien se lo ha contado a quienes tienen que tomar decisiones. De paso, que les expliquen que las alcantarillas están tapadas de nieve, hielo, ramas y basura. A ver si alguien adivina la que puede liar el agua. La que caiga del cielo se sumará al deshielo, a ese rastro turbio y abandonado que es un espejo hostil. Que alguien les explique también cuántas ramas partidas penden de un hilo de madera. Ojalá no tengamos, de nuevo, que sentir el bochorno y la derrota de una ciudad castigada por pésimos gestores. Ojalá los madrileños no tengamos, nuevamente, que pedir perdón a estas calles donde fuimos felices y no nos reconocemos.

En la víspera de la lluvia

Dicen que ayer era “blue monday”, el día más triste del año. La fecha es un mero reclamo comercial, pero he de reconocer que me salió un día bien triste. Un día de derrotas íntimas y fracasos personales, un día para repensar la vida. A mí los días malos me suelen dejar la resaca de un mal vino bebido a solas. Por eso hoy, arrastro aún cierta tristeza. He bajado a la calle y no he patinado. Algo es algo. Pero toda la suciedad y la barbarie me han vuelto a golpear en los ojos.

Al subir a casa, he pensado en la lluvia. En la lluvia prevista para mañana. Casi sin quererlo, me parece que me ha salido una plegaria.

Sólo nos cabe confiar en la lluvia.

Ojalá el agua sepa llover mañana, sepa arrastrar el hielo de forma dócil, sepa esquivar los obstáculos de las alcantarillas, sepa devolver las líneas blancas tan gastadas del paso de cebra de la esquina.

Si mañana la lluvia se equivoca, le echarán la culpa a ella.

Yo quiero creer en la lluvia.

Necesitamos un agua sanadora que cure las calzadas y las aceras de cada barrio, que disipe la suciedad de tanto gris pastoso, espanto de la nieve. Un agua sanadora que nos bendiga y nos permita volver a creer en una ciudad habitable e incluso bella.

Quiero creer que el agua de mañana será nuestra aliada porque estoy agotada de tantas pesadillas.

Si mañana nos falla el agua, sólo nos quedarán las lágrimas.

Días de nieve

Nieva sobre Madrid. Nevará tres días seguidos y es noticia. Esperábamos la nieve, la previsión era clara y fue repetida hasta el hartazgo. Aún así, la nieve nos sorprende. Tres días de nieve sobre las aceras, sobre los coches aparcados y los parques, sobre los contenedores de basura y las marquesinas de los autobuses. Tres días de una cantidad de nieve inusitada sobre la capital. Escribo estas líneas mientras va cuajando sobre todas las superficies, donde dará paso al hielo y al peligro. Progresivamente, será difícil avanzar por las aceras e incluso por la calzada.

Vemos la nieve desde el cobijo de un techo y su calor. Y pensamos en ese refrán, “año de nieves, año de bienes”. Seguimos queriendo mantener la esperanza, a pesar de que se nos ha resquebrajado entre las manos en los primeros días de enero. También sabemos que cada refrán tiene su lado oscuro, su contrapropuesta, aunque esta vez no nos viene a la cabeza y no queremos buscarlo. Por eso, no sabemos cómo interpretar esta nieve, tan blanca.

Nieva en el exterior pero se nos mete en casa porque las habitaciones tienen un blanco extraño, una luz refulgente que viene de afuera. Es una luz distinta a la habitual. La luz de las habitaciones tiene un reflejo de plata, el de ese cielo pálido que se confunde con las tejas blanqueadas.

El tiempo se detiene. Son días raros. Es fácil quedarse, igual que la nieve, suspendido mientras cae. Suave y agitada, pacífica y belicosa, por momentos. A pesar de la fuerza de algunos instantes en los que la tormenta arrecia, la nieve transmite paz. Va generando un manto blanco, un manto que desde mi ventana es una invitación de belleza.

Fénix mira la nieve y de vez en cuando hace el ademán de querer atrapar los copos que ve. Contemplo las cabriolas de un perro que la disfruta en el pequeño jardín que hay frente a mi edificio. Yo quisiera tener la determinación de Fénix y la alegría de ese perro, brincar la nieve como si fuera un juego. Ser cómplice de la diversión imprevista y fugaz.

Pero sabemos que hay gente muy cerca que no tiene luz, que hay gente cerca y lejos que no podrá pagar el recibo de la luz. Sabemos tantas cosas que la nieve, a duras penas puede ser la nieve de la infancia. Y a pesar de todo, la nieve es un imán y parece haber llegado para ejercer cierto alivio. Contemplarla nos cura un poco, como si su manto suave diera una pausa sobre nuestro corazón cansado, como si su dulce caída fuera un bálsamo para el dolor.

Me quedo durante las horas muertas mirando caer la nieve, mirando nevar. Voy de una ventana a otra constatando su avance. Cada vez que me asomo hay más blanco. Hay huellas de quienes se atrevieron a dar los primeros pasos sobre las zonas donde ha cuajado. En la terraza del bar de abajo la nieve se ha sentado sobre las sillas metálicas cubiertas de blanco a esperar que alguien traiga un café.

Nieva y queremos pensar en año de bienes.

Antecedentes y consecuencias

Escribí el texto anterior en la tarde noche del viernes. Durante el día había empezado la nevada copiosa. Nunca me gusta publicar un texto sin darle reposo, salvo que alguna urgencia cambie los hábitos. Había escrito, con toda la intención, un texto de nieve y esperanza. Me acosté sabiendo que envejecería rápido. Que el sábado sería difícil no hablar de víctimas mortales y miles de afectados. Aún así, dejé reposar las palabras como si pudieran dormir sobre el alféizar de mis ventanas.

Y a las dos de la madrugada, se fue la electricidad de mi zona. Varios bloques quedaron sin luz. Las calderas de la calefacción se pararon y los pies empezaron a enfriarse incluso dentro de la cama. Las horas avanzaban y se iban esfumando las opciones de una ducha matinal y un desayuno que entonaran el cuerpo.

Pensé en quienes escribí anoche. En los que se ven privados de electricidad. De pronto, mi vecindario y yo misma éramos ellos. En la comodidad de nuestros hogares, la mayoría no disponemos de las estufas de butano ni los infernillos que están usando desde hace tres meses en la Cañada Real, pero nosotros podíamos confiar en unos muros un poco más firmes y en que el suministro tardaría solo unas horas en volver. Al final, han sido quince horas y se han hecho muy largas. Han mostrado por qué los servicios esenciales reciben ese nombre y que no son negociables ni aplazables.

La temperatura iba bajando en casa mientras yo no podía hacer seguimiento de la avería: mi teléfono se había quedado sin batería y la tablet no encontraba la red de un wifi apagado. Las horas iban pasando y que anocheciera empezaba a convertirse en amenaza. Afortunadamente, a media tarde ha vuelto la luz. Me he hecho una infusión y la he llenado de miel y jengibre. El termostato se ha empezado a recuperarse (de los 14º grados que marcaba ya va por 18º), y he puesto a cargar todos los dispositivos que me conectan con el mundo.

Por si acaso, este texto no va a esperar a mañana. Igual que no he esperado para dar las gracias a mi vecina, que me preparó un café con leche y me calentó la comida en su cocina de gas. Ese ha sido el calor de la jornada, junto a los mensajes de ánimo y preocupación, el apoyo desde un lejos que era cerca.

Ayer quise escribir un texto de nieve y esperanza, y hoy me mantengo en el propósito. Por eso no cito a los responsables políticos ni a la compañía eléctrica. Para que nada ni nadie manchen la nieve, y lo que alberga de infancia y belleza.

Feliz 2021: buenos momentos, abrazos y salud

Escribo en este 31 de diciembre mis mejores deseos para el nuevo año, y los comparto anhelando que se cumplan. Ojalá pulsar las teclas de los números que conforman el 2021 fuera suficiente para conjurar todo lo vivido en el año que dejamos atrás. Aunque sabemos que la última campanada y los brindis no aseguran la felicidad, esta nochevieja, como nunca antes y de forma global, necesitamos pensar que es posible. Así, aferrados a lo simbólico, estamos imaginando los meses por venir con la misma ilusión de las cartas infantiles a los reyes magos. En ellas, soñar y pedir era y es posible, y a veces, además, todo o buena parte llega a cumplirse.

Escribo y lo pido: buenos momentos, abrazos reales y mucha salud. Y me gustaría hacer magia y convertir las palabras en gestos físicos y profecías cumplidas. Como todos los años, también hago balance. Reconozco la carga de lágrimas que ha dejado 2020. Cuesta buscarle el lado bueno, pero lo ha tenido, porque seguimos latiendo y nos leemos, porque a pesar de todas sus turbulencias, hemos resistido momentos difíciles en los que nos han faltado hasta el aire de los parques y las caricias. 2020 no ha sido fácil y seguramente por eso, nos ha ofrecido una ruta acelerada por nuevos aprendizajes: sobre nuestra fortaleza y nuestra fragilidad; sobre las personas que nos resultaban imprescindibles, ya fuera en lo íntimo o en lo social; sobre el sentido del tacto y las muestras de afecto; sobre el valor de las sonrisas; sobre el miedo y la incertidumbre; sobre el verdadero sentido de palabras como solidaridad y compromiso; sobre la necesidad de estar en la naturaleza y ampliar el horizonte del paisaje.

Como siempre, junto a estas líneas comparto una fotografía tomada en 2020. Este año es raro también en eso. En el mismo momento de hacerla, allá por el mes de junio, supe que sería mi tarjeta de felicitación. Desde marzo, los niños pintaron arcoíris como símbolos de esperanza. Con la lluvia incesante de algunos días, con las tormentas meteorológicas reales que se sucedían ante mis ventanas, creo que este año he visto más arcoíris que nunca. En cada uno de ellos, al término de chubascos enfurecidos que intentaban desterrar tanta tristeza, quise ver un tiempo nuevo. Este me sorprendió en un parque, rodeada de árboles, y quise creer que tendría poderes mágicos. Ojalá.

En estas horas últimas de 2020, os deseo un 2021 lleno de buenos momentos y buenas noticias; en el que seamos capaces de disfrutar con lo que nos rodea, buscando la luz y la calma que tanto reconfortan después de cada tormenta. La precaución, la confianza y la experiencia deberían hacernos más sabios para apreciar lo fundamental y afrontar así el tiempo por venir. Y todo ello, rodeados de afecto y cariño, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles. ¡Feliz 2021!

Hojas de otoño sobre el futuro

Llevo casi dos meses sin publicar nada en este blog. El tiempo se ha tornado extraño de nuevo. Mi espacio exterior se volvió a cerrar y limitar por unas semanas. Lo pienso y me pregunto si esas restricciones no afectaron también a las palabras, al fluir que persiguen. Si al decir “cierre perimetral” y enmarcar ciertas calles, no se condenaron, de forma inconsciente, otras actividades posibles. Si la prohibición no ejerció más fuerza sobre mis pensamientos que sobre mi cuerpo. Si bajé los brazos y aplacé los sueños. Otra vez. Golpeada en lo hondo. Noqueada ante un perímetro caprichoso que me negaba los árboles más altos, cansada de tanta restricción acumulada. Algunos lo han llamado “fatiga pandémica”. Yo lo llamo fatiga a secas. Fatiga. Y coincido con María Moliner, letra a letra.

“Fatiga:

Sensación que se experimenta después de un esfuerzo intenso o sostenido, físico, intelectual o moral, de falta de fuerzas para continuar con el esfuerzo o trabajo, a veces acompañada de malestar físico consistente especialmente en dificultad para respirar”.

Diccionario del uso del español. Es decir, la gran obra de María Moliner

Fuera de casa, el otoño era y es un consuelo. Ayuda a respirar con su belleza pausada. Casi en un susurro, nos ha sugerido que el cambio de las hojas, la transformación de los colores y el principio de la desnudez de los árboles promete un nuevo ciclo. Un reinicio, una renovación. Ojalá. Lo necesitamos como nunca. Necesitamos creer en un tiempo nuevo, tanto es así que confundimos esperanzas con certezas, vacunas con garantía de salud. Lo confundimos todo en nuestro deseo de aferrarnos a la magia de la bondad que estaría por venir. Un tiempo amable que nos cure.

Alcanzado diciembre, pesan los días del calendario como ningún otro año. Es cierto que siempre vamos arrastrando cansancio, que el tiempo laboral se hace arduo, pero este año es distinto. Desde marzo, nuestra vida se ha llenado de restricciones y palabras que condicionan nuestra existencia; hemos sufrido diversos embates de dolor y llanto, en una proporción mayor que ningún otro año; las calles han sido un espacio donde el miedo y la tristeza han dado protagonismo al trino de los pájaros. Un canto que rompía el silencio, sobresaltado por las sirenas de emergencia. Una melancolía generalizada ha disfrazado nuestras miradas, más resignadas, más conscientes, más dolidas.

Es difícil calcular cuando volveremos a ser los que fuimos, si será posible. Estamos aún en la grieta. Y aunque hay momentos de reencuentro y risa, aunque hemos recuperado cosas que un día fueron normales y luego no (tomar un café, ir a un cine, hojear novedades en una librería, hacer una pequeña escapada, pasear sin horarios), aún hay límites que marcan muchas diferencias con el tiempo anterior. Entre ellos, la posibilidad de abrazar y hacer planes. También su combinación, la posibilidad de planear un viaje o un encuentro para abrazar a otras personas, a las que viven en otra provincia o país, y forman parte de nuestras vidas.

La incertidumbre y el temor están ganando la partida. Nos podremos ver si no hay limitaciones de movilidad, si las normas de mi zona y tu zona son las mismas, si tú no tienes miedo, si ni tú ni yo tenemos síntomas. El condicional ha venido para quedarse y construir el presente.

Los mapas de carretera que, en otro puente de la Constitución, hubieran tejido los itinerarios de millones de personas hoy son, como en la fotografía, el escenario difuso de direcciones borradas por el agua de la lluvia, la fuerza de la tormenta y el rastro del otoño. Las indicaciones apenas son legibles, visibles, pero se intuyen tanto como nuestros deseos silenciados.

A veces una imagen lo explica todo. Se planta ante nuestros ojos y es un espejo, una afirmación, una sentencia. Somos los huéspedes de un tiempo y un espacio detenidos en un paréntesis con el que no contábamos. La vida que fluía mes tras mes, de festivo en festivo, dándonos una pausa de libertad y aire entre las obligaciones, se ha esfumado en la sucesión de los días que nacen iguales entre las mismas paredes y similares rutinas.

En otro tiempo, nos acostumbramos a recuperar las fuerzas a base de escapadas y actividades especiales que hoy resultan imposibles, y las hojas del otoño son el bálsamo al alcance. Caen ante los ojos como las hojas del calendario, como los deseos que no pudimos o supimos cumplir. Caen y dejan la senda del nuevo brote, ese milagro de la vida en el que hay que seguir creyendo. También en días como hoy, como mañana. Escribirlo tal vez sea la forma de empezar a creer.

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