Con el impulso del amor, feliz 2023

A punto de cerrar el año, vuelvo a hacer balance. 2022 me puso ante el espejo de la fragilidad y me dio la oportunidad de recuperarme. Llego a sus últimas horas más fuerte y consciente de la importancia de los afectos, la salud y las pequeñas cosas que constituyen la vida. Lo cierro con una sonrisa, dispuesta a mantenerla en 2023: con gratitud y sabiéndome afortunada.

Como si se tratase de un periódico muy personal, repaso el diario y las fotografías del año vivido. Me acuerdo de las experiencias de nuevos libros, lecturas compartidas y el contacto estimulante con autores que admiro. Rememoro sesiones de cine y teatro, algunos conciertos de músicas diversas y evocadoras, y noches de ópera. Exposiciones de fotografía, pintura y escultura dejaron la impronta de la mirada de otros, su trabajo con la materia para reflejar lo que son, lo que somos, ese conflicto que late en el arte y nos cuestiona… También ha habido viajes. Escapadas donde disfruté del rumor de los árboles, el reencuentro con el mar y la certeza monumental de la piedra. A veces se nos olvida que estamos rodeados de belleza, ya sea en un bosque, en una playa o a la sombra de lugares tan mágicos como la Alhambra o las iglesias románicas de Castilla. Todos estos espacios han sido refugio para un mundo que sigue siendo hostil en muchos aspectos: en la acción que no atiende al bien común, en la agresión y el olvido a quienes no tuvieron la suerte de un pasaporte privilegiado. Después de tantos meses de repliegue interior, volví a participar en algunas manifestaciones con la misma sensación simultánea de siempre: la inutilidad del gesto y su imperiosa necesidad. Supongo que en un mundo tan saturado como el nuestro, es bueno que aún alguna noticia nos golpee hasta movernos del sofá. Que sigamos siendo sensibles ante una barbarie que nos hace preguntas incómodas. Seguirán ahí en 2023 y volveremos a estar obligados a abrir los ojos.

No obstante, lo más importante de 2022 no está en las fotos sino en la recuperada experiencia del tacto. Los reencuentros felices con las personas que quiero, los abrazos que han sido tan posibles como inesperados, celebrar los cincuenta que aplazó la pandemia, volver a compartir una comida, bailar viejas canciones, sentir la caricia necesaria en la complicidad de lo cotidiano. Lo más valioso que tenemos es el amor, el afecto y el cariño de las personas que queremos y sentimos a nuestro lado. Y lo bueno de este año fue descubrir que no importaba el tiempo que hacía desde el último abrazo, todo parecía haber quedado suspendido en un anteayer más emocional que real, y era posible retomar la conversación en el mismo punto donde se había quedado, volver a besarnos casi como en aquella remota y primera vez.

Busco una imagen para cerrar este año y abrir el nuevo, y rescato una fotografía de un maravilloso paseo otoñal que recupera el placer de lo cercano. Alrededor de mis pisadas, estaban las piñas y las hojas caídas de los árboles, y bajo su sombra fermentaba silenciosa la renovación constante de la vida, un germinar y crecer tan callado como una caricia, tan necesario como un abrazo. Junto a los restos caducos, los nuevos brotes alentaban el futuro, brillante de gotas de lluvia. Una imagen que no tiene nada de naturaleza muerta sino de lo que merece la pena ser conservado y cuidado, lo que tenemos tan cerca de nosotros que puede pasar desapercibido ante nuestra prisa. La naturaleza nos ofrece calma, belleza y una lección de paciencia. En su silencio y su sencillez es más fácil descubrir quiénes somos y escuchar quiénes queremos ser.

Os deseo un año 2023 de buenos momentos, de escucha y caricia, de compartir y cuidar, de dar y recibir, de valorar lo que tenemos y sabernos afortunados, de afrontar cualquier intemperie con la certeza de un renacer más pleno.

Una manifestación histórica por la sanidad pública de Madrid

Tengo aún la emoción y el ánimo encendidos, tras participar esta mañana en la manifestación convocada por los “Vecinos y vecinas de los barrios y pueblos de Madrid”, contra el plan de destrucción de la atención primaria sanitaria.

No he podido acudir a otras citas y la de hoy, se preveía multitudinaria. Quise inventar excusas y pensar que no pasaba nada si faltaba; pero, al final, me recordé una promesa que hice en los meses duros de la pandemia, cuando era imposible manifestarse contra el desamparo, la mentira y la pésima gestión política sanitaria.

La mañana comenzó nublada, pero ya en el metro se percibía la energía de los días brillantes y las causas colectivas. El trasbordo hacia Ópera era multitudinario y dejé escapar un tren abarrotado en un andén casi lleno que esperaba al siguiente. Camisetas y batas blancas, corazones verdes, mascarillas diversas y personas de todas las edades. Una auxiliar de Metro guió a una pareja que empujaba la silla de ruedas de su hijo hacia el final del andén, donde iba a ser más fácil acceder a un vagón sin apreturas. El metro iba a tope, como en la hora punta de un día laborable, aunque era domingo.

Intentado salir del metro de Ópera a la superficie.

En la plaza de Ópera, desde donde debía salir la columna oeste, costaba encontrar hueco o moverse entre el gentío. Había salido el sol. Se escuchaba la batucada, pero no veía la cabecera ni parecía posible que aquella muchedumbre se moviera si la ruta tenía que atravesar la Puerta de Sol, convertida en ratonera, gracias a obras tan despilfarradoras como innecesarias.

Volví al metro. Pensé que era mejor avanzar hasta Sevilla bajo tierra. Dos estaciones y al salir, la calle Alcalá estaba aún vacía, pero a lo lejos, ya se divisaba la Plaza de Cibeles con mucha gente y me fui para allá. Allí, logré situarme muy cerca de la estatua y, gracias a los mensajes de móvil, encontrarme con amigas que hacía mucho tiempo que no veía. Desde la espalda de la diosa, veíamos la marea humana que bajaba desde la Puerta de Alcalá, y escuchábamos el rumor de la batucada que venía desde Atocha, y el mar de voces y pancartas caseras que procedía desde el norte, recorriendo el Paseo de Recoletos.

Mientras llegaban las cuatro cabeceras, distintas voces fueron tomando la palabra en el estrado. Sin partidos políticos ni banderas de ningún sindicato, reivindicando el sentir de quienes estábamos allí que, como se había pedido desde la organización, solo agitábamos pañuelos blancos.

Se recordó a la ‘Marea de Residencias’ en su lucha contra los protocolos de la vergüenza. Aquellos que, en tres días de marzo de 2020, establecieron por escrito que el deterioro cognitivo o la falta de movilidad descartaba el traslado hospitalario de centenares de mayores, que fueron condenados a morir solos y a no ser llorados.

La plaza enmudeció a pesar de estar rebosando, con un minuto de silencio dedicado a la memoria de residentes y sanitarios fallecidos durante la pandemia. Los pañuelos blancos volvieron a agitarse, en un intento imposible de enjugar las lágrimas de aquellos días.

Se ha reclamado la salud de todas las personas, al margen de su renta, su origen, su edad o situación administrativa. Debería dar igual quién acuda a un centro sanitario, la atención ha de ser pública, universal y de calidad. Y así se ha dicho una y otra vez, pensando y dando voz a las personas excluidas de tratamientos de VIH, a pacientes de enfermedades invisibilizadas, covid persistente o salud mental. También se ha defendido el trabajo de los centros sanitarios rurales, desmantelados en las últimas semanas para reabrir los centros de urgencias urbanos que se cerraron en marzo de 2020.

El personal sanitario lo ha dicho por activa y pasiva y hoy se ha vuelto a repetir: la atención primaria y de proximidad salvan vidas y son menos costosas que las urgencias hospitalarias. Y es una barbaridad mezquina y pura difamación acusar a los colectivos sanitarios de no querer trabajar cuando se dejaron la piel en la pandemia. ¿Acaso hemos podido olvidar, en tan poco tiempo, los aplausos, sus contagios y sus jornadas extenuantes, su desprotección para atender una infección desconocida sin guantes ni mascarillas suficientes?

El testimonio de los sanitarios nos sigue ofreciendo un discurso vocacional. Han pedido respeto por el dolor de sus pacientes, defendiendo una profesión que aman y no tiene sentido a través de una pantalla de plasma. Ellos y ellas, como se ha dicho, son héroes y heroínas que no llevan pulserita sino batas blancas. Algunos están siendo expedientados por denunciar la situación en la que están sus centros de salud. Son objeto de un discurso de odio que impulsa las amenazas y las agresiones físicas que reciben. Y sin duda, si se les ofrecieran condiciones dignas de trabajo, no optarían por el éxodo sanitario que está viviendo Madrid. Porque no se van: los echan, los trasladan, los despiden, los usan y los tiran como si fueran un trapo viejo.

Hoy, en el vigésimo aniversario del hundimiento del Prestige y de su marea negra, la plaza de Cibeles, la más blanca de la capital, ha sido un clamor contra la injusticia ante una situación de emergencia sanitaria y social que rompe las costuras de una sociedad teóricamente rica y sustentada en el estado de bienestar. Por mucho que los manipulen, los datos demuestran que falta presupuesto en atención primaria, en unidades médicas especializadas y en investigación. Y que el recorte sistemático y el desvío de fondos públicos hacia redes privadas o privatizadas suponen el incumplimiento de derechos constitucionales, como son el derecho a la salud y a la atención sanitaria de la ciudadanía.

Ha sido emocionante volver a entonar “El canto a la libertad” de Labordeta, devolviendo la dignidad a esa palabra que no merece ser pronunciada por quien la mancha y la ataca. Porque como bien se ha dicho hoy: “No hay libertad cuando hay enfermedad”. Parece que nos quieren enfermos y divididos, pero hoy la población de Madrid ha demostrado que está sana y unida.

A la hora de publicar estas líneas, la guerra de cifras está en marcha y el Consejero de Sanidad está quitando importancia a la manifestación de hoy. Me importa un bledo. A su desprecio, el mío. Quienes hemos participado en la convocatoria sabemos lo que hemos vivido. Hasta el sol se ha sumado a una jornada inolvidable. No se ha reforzado el sistema de transporte ni para ir ni para volver. No hemos escuchado al helicóptero que nos ha seguido otras veces. Si no nos esperaban, da igual: hemos estado presentes y vamos a seguir estando. Tenemos memoria y vamos a expandirla entre los olvidadizos, porque es una marea de ilusión y de vida. De utopía, ese seguir andando para avanzar. Ojalá la mañana de hoy sea un nuevo principio.



Noches de insomnio

Algunas noches gana el insomnio. Es tan poderoso que no solo desbarata la madrugada, también el amanecer y las horas del día por venir. Esa jornada para la que habíamos hecho planes, justo ahora, cuando el otoño acelera y se aprieta el nudo de las obligaciones; cuando los sueños de las horas libres se nos sueltan de la mano.

Cuántas vueltas sobre las sábanas cada vez más remolino. Cuántas ideas para esas horas malditas y estériles. Acuden tareas pendientes, viajes deseados, conversaciones empantanadas, proyectos estancados…

El oído se agudiza. Nos molesta el rumor del motor de un coche que no arranca, la certeza de una sombra en el portal. De fondo, percibimos un ir y venir constante de sirenas. Una ciudad sobresaltada en un mundo que no descansa, tan insomne como nosotros. Se multiplican las vidas y las muertes, los accidentes y los problemas, los semilleros presentes del insomnio del futuro.

Al día siguiente, en las noticias nunca faltan las emergencias. Pudo ser la explosión y el incendio de un local en un barrio de Madrid o la reyerta y su rastro de sangre sobre la acera. Más lejos, las redadas de la noche europea, cuando la policía se pone a rastrear mafias en golpes combinados. También el eco de proyectiles y su rastro de fuego entre Ucrania y Rusia; en las provincias y ciudades que no aprendimos en ninguna clase de geografía y se han vuelto tan cotidianas que, a pesar de su distancia y su extrañeza idiomática, resultan pronunciables.

Las sirenas quedaban muy lejos de casa, pero resultaron ciertas y cercanas, nublando el amanecer como una mala resaca. Tras noches así, uno se levanta torpe, muy torpe. Con un nudo de cansancio enredado a la pesadilla previa al despertador. Con el cuerpo envuelto en la funda siniestra de una noche para olvidar.

Las soluciones al alcance son las persianas. Al otro lado, ya hay luz. La ducha y su caricia dulce. El agua tibia sobre la cabeza, derramándose sobre la piel hasta despertarla, me recuerda que habito entre los afortunados.

En la cocina, el café que iba a ser la segunda salvación acaba espolvoreado sobre la encimera, en un desayuno que no encuentra su sitio ni su paz. Cuanto se me escapa entre los dedos parece prevenirme contra un mal día. El resultado es un bodegón cuya belleza es el extraño resultado de una mañana por hacer.

Quizás no dormí porque estoy nerviosa. Quizás el café no sea la mejor solución y este volcarse sea una advertencia. Pero no es fácil salir de la rutina de los gestos aprendidos. Necesito café para despertarme, aunque haya estado media noche despierta. Necesito su olor de pócima casi sagrada para entrar en el día laborable con la fuerza que no encuentro entre lo accidental y lo fortuito.

Los gestos conocidos nos permiten reconocernos tras esa noche extraña, reconstruirnos para las horas que nos esperan. El paisaje habitual al otro lado de las ventanas, la acidez de las primeras naranjas de la temporada, el rumor del café, ahora sí, convertido en líquido alquímico cuyo perfume inunda la cocina reconciliándome con el día de hoy. La noche fue mala, pero el día no tiene por qué serlo. De pronto, pienso que la torpeza de mis manos insomnes no suponen un mal augurio.

Tal vez aprendimos a vivir bajo la sombra de los indicios equivocados. Desde hace tiempo, desaprendo las cosas que me hirieron. Replanteo las supersticiones asumidas. Cuestiono las maldiciones que me lastran, las palabras que no suman. Aunque los pensamientos cargados de automatismos siguen acudiendo, de pronto, me pregunto por qué me basta un tropiezo insignificante para echarle mal de ojo a toda la jornada. Me prometo no hacerlo más.

Mientras borbotea el café, perdono mis manos y me salvo con ellas. Reconozco que les quedan muchas horas por delante. Es injusto condenar sus actos por un puñado de café molido derramado. Han de desayunar y acariciar a un gato. Deben trabajar, encontrando en el teclado las palabras exactas y los números que cuadran. Han de hacer la comida, la lista de la compra y la limpieza del arenero. Tendrán que estirarse en la clase de pilates hasta recuperar la certeza de su elástica fuerza nuevamente, antes de regresar a casa acarreando las bolsas de la frutería. Y guardarlo todo y preparar la cena, y cepillar al gato que presume de ser inasequible a todo insomnio. Tendrán que marcar números y letras para comunicarme con otros, intercambiarán complicidad y ayuda. Conservarán la nostalgia de la caricia y habitarán el placer de ciertas horas.

Estas manos no esconden ninguna sombra. Sólo saben del trabajo, del cuidado y del amor. Además, son las herramientas de mi escritura. Se encargan de sostenerme. Desde hoy mismo, me prometo respetar sus torpezas, que son las mías. Sin duda, nos exigimos demasiado y ese no es el mejor camino. ¡Buenos días!

Septiembre, preludio del otoño

Quedan diez días para que acabe formalmente el verano, aunque desde que abrimos septiembre en calendarios y agendas nos hemos adentrado en un otoño mental, al margen de exactitudes científicas. Hace años, el cambio de estación era siempre el 21. No obstante, ahora que los ciclos están atómicamente calculados, el día y la hora varían mientras nosotros nos aferramos a fechas conocidas para seguir dando sentido a este andar con un pie detrás del otro, este avanzar con o sin grandes preguntas.

Septiembre es la vuelta al cole. Las manos de Cristina y Rosa forrando libros en la pequeña librería del barrio, las familias haciendo colas interminables ante las papelerías, las tiendas de uniformes y zapatos, el reencuentro con los rostros habituales algo más bronceados y sonrientes.

Sobre todo para quienes no regresamos a las aulas, septiembre son nuestros recuerdos escolares. Cuando todo estaba por hacer y las semanas y los trimestres prometían un descubrimiento constante… Por eso, sigue latiendo con toda la fuerza de un ciclo nuevo. Conocíamos a compañeros que, con el tiempo, podrían ser amigos para siempre. Pero éramos tan jóvenes que no sabíamos nada del futuro. De hecho, usábamos la palabra siempre muy a la ligera, ajenos a su dimensión real. También ignorábamos que ese tesoro de la amistad que estaba tan cerca y era tan sumamente espontáneo nos iba a permitir sobrevivir en los años venideros. Sin saber la teoría, disfrutábamos de la práctica: vivíamos la vida, la desafiábamos, nos burlábamos de su seriedad, y algunas veces, la besábamos los labios y sentíamos un escalofrío memorable.

Escribo estas líneas cuando los colegios ya están a pleno rendimiento. Los primeros días de septiembre abrieron sus puertas tímidamente. Sin el ruido y el ajetreo del alumnado, los docentes comenzaron a trazar la cuadratura del círculo: horarios, programaciones, proyectos de curso… En vez de música de fondo, sonaba una nueva ley educativa que, como siempre, ha llegado con mucho ruido y a trompicones, con desarrollos curriculares tan rezagados como un mal estudiante. Volveremos a confiarles el presente y el futuro del país mientras preparamos la cantinela de la crítica sin valorar su esfuerzo. Yo, que no me atreví a ser uno de ellos, les admiro más en cada curso escolar que comienza. No olvido que los dos últimos han sido especialmente exigentes, y no bajaron los brazos mientras tragaban sapos y lágrimas en silencio, durante un tiempo que hemos querido desterrar de nuestra memoria colectiva de mala manera. Con el paso de los días, el alumnado ha llegado también a los centros escolares, con más o menos ganas, más o menos nerviosismo. Su caudal de voces vuelve a llenar los alrededores de mi casa. El pasado 8 de septiembre incluso sonó música en el patio del instituto próximo, y me gustó que la vuelta al cole fuera algo parecido a una fiesta.

Los comercios y los bares que habían cerrado o modificado sus horarios han recuperado sus ritmos anchos y largos, de sol a sol. Las cajas registradoras están exhaustas y las televisiones, de nuevo enchufadas durante todo el día a pesar del precio de la luz, rocían el primer café con un halo negativo de catástrofe. La actualidad no está para alegrías, pero septiembre nunca fue un mes para rendirse.

En parques y avenidas, los árboles nos van anticipando la próxima estación. Se han precipitado al cubrirse de ocres, marrones y amarillos, pero este no ha sido un verano fácil para ellos. Hace mucho que no llueve como antes, y además de su estrés hídrico, saben de otros de su especie, calcinados aquí y allá por toda España, sumidos en la desolación de la ceniza. Los árboles se comunican entre sí mientras los humanos, que respiramos gracias a ellos, permanecemos con nuestros sentidos adormecidos (porque el verano fue solo un despertar pasajero), y la inteligencia ocupada en lo absurdo, mientras nos jugamos el futuro del planeta.

En voz alta o de forma íntima, todos estamos haciendo planes para el otoño y para el curso recién inaugurado. A mí, me gustaría verme el próximo otoño como esa chica de la fotografía, aprovechando la belleza de las hojas, la fuerza del sol que ya no quema, la calma de las ramas que bailan. Me gustaría disfrutar de una pausa consciente, de las que nos conectan con la raíz de la vida.

Aunque aún es pronto para saber si mis hojas, es decir, mis proyectos cambiarán de color o caerán exhaustos, me gustaría permanecer firme como el árbol. Quiero pensar que sabré abrigarlos; y así, permanecerán vivos y continuarán evolucionando. A medida que avance el otoño los veré pasar, tarde o temprano, cubiertos por gorros y bufandas para evitar el relente de cada amanecer. Resistiendo.

Volveremos a oler el humo de los puestos de castañas y bastará su memoria de infancia para caer en la cuenta de que, con nuestras manos calientes, todo será posible.

El mar como punto de inflexión

Si este fuera un verano normal, estaría apurando los últimos días antes de incorporarme al trabajo. Afortunadamente, mis vacaciones extraordinarias se alargarán un mes más.

En este verano distinto, pensé que iba a escribir más en el blog, pero lo cierto es que me he centrado en otros proyectos, así que se han ido acumulando exposiciones, experiencias, películas, reencuentros, libros y viajes sin que haya dado cuenta de ellos por aquí. También, tal y como esperaba, ha habido demandas de salud y reparaciones domésticas que han requerido dedicación, y por supuesto, unas temperaturas excesivas que han limitado mucho los planes previos.

Durante este tiempo ancho, el viaje a la playa ha supuesto un punto de inflexión. En cierto modo, era el paréntesis reconocible para unas vacaciones diferentes. Llegar al apartamento de los últimos veranos, al mar, a la piscina, al cuerpo tumbado sobre el césped, al ritmo distinto que configuran el ambiente vacacional colectivo y vivir al nivel de mar. Dormir mejor, acunada por una brisa que habíamos olvidado en Madrid a lo largo de tantas madrugadas sofocantes. Nadar mucho, recuperando el placer del pez que llevo dentro.

Antes del viaje, Madrid me brindó la oportunidad del disfrute del arte. Exposiciones y salas de cine, junto a la memoria sentimental de haber nacido y crecido en sus calles, son fuertes motivos para perdonarla su dureza e inclemencia, de las que raras veces puedo responsabilizar a la propia ciudad. De un tiempo a esta parte, está abierta en mil zanjas. Me pregunto si nos gastaremos todo el presupuesto de los fondos de recuperación en aceras que solo servirán para reclamar la limosna del futuro sobre los mejores pavimentos de toda Europa, aunque este texto no quería ir en esa dirección.

Volviendo al arte y a su asidero de salvación, disfruté del último trabajo conjunto del escultor Leandro Alonso y la poeta Ana Martín Puigpelat, titulado Anverso Re-Verso. En el marco de PhotoEspaña, visité la exposición Sculpting Reality, una muestra colectiva que se puede ver hasta el 28 de agosto en el Círculo de Bellas Artes y Casa de América. Precisamente en Casa de América se ofrece, con buen criterio y amplitud, la serie Double Elephant Portfolio, un trabajo excelente de algunos de los mejores fotógrafos que han construido la memoria gráfica de Estados Unidos. A PhotoEspaña le resta poco tiempo, así que al margen de nuevas averías, buscaré hueco para las exposiciones aún al alcance de Pérez Siquier y Paolo Gasparini, en Fundación Mapfre; Sebastiao Salgado, en el Palacio Real, y Catalá-Roca en la sala de El Águila, junto a la Biblioteca Regional.

Fuera de Madrid, en Segovia, amistad y admiración me brindaron la oportunidad de asistir a la inauguración de la exposición de Evaristo Bellotti, Esculturas por escrito. Casi una década de trabajo mostrada con un gusto exquisito en el Palacio de Quintanar, un universo de materiales y miradas al que ojalá pueda volver antes de su clausura en octubre y del que da buena cuenta esta entrevista.

Esculturas por escrito. Exposición de Evaristo Bellotti. Palacio de Quintanar, Segovia.

Y ya que estaba en Segovia, cómo no regresar a la Casa de Antonio Machado en esa ciudad. La que fue su pensión durante años, el espacio que es testimonio de memoria, la huella de un poeta admirado y de un tiempo que no pudo ser. Apreciar cada rincón reflexionando sobre cómo languidece y acabará perdiéndose la Casa de Vicente Aleixandre, Velintonia 3, en Madrid. Establecer, nuevamente, paralelismos entre cómo se cuida el patrimonio y se ofrecen espacios para el arte en ciudades más amables que la mía… Aunque este texto no quería ir por el camino del enojo, la decepción es tan obvia que no puedo soslayar mi tristeza.

Los viajes me han permitido visitar espacios mágicos, las obras de arte de nuestros antepasados. Regresé a La Alhambra y a localidades de Soria y Segovia: San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero, Ayllón, Riaza… Arte nazarí, arte mozárabe, arte románico, arte gótico y renacentista… La piedra trabajada desde la modestia del yeso o la cantería para desafiar el tiempo y ofrecernos, siglos después, la sensibilidad de quienes nos precedieron y agradecer los trabajos de conservación que nos garantizan esos refugios de esperanza.

Si fuimos capaces de tanta belleza, ¿no habremos de ser capaces de mejorar lo que nos rodea? Sólo por fantasear, me pregunto qué pasaría si esos señores que disfrutan creando guerras y amasando millones que empujan a otros a la miseria se sentaran ante un fuentecilla de la Alhambra, en el atrio de Santa María del Rivero o en el interior de la ermita de San Baudelio de Berlanga. ¿Cambiaría su mirada sobre las cosas? Supongo que no, pero a mí me consuelan el rumor del agua, la sabiduría de los jardineros, el arte que resiste el paso del tiempo, la pintura rescatada en un fresco milenario, el trabajo de personas que intentan salvar la casa en ruinas, la aldea abandonada y el paisaje que nos constituye.

Es tan importante como necesario apreciar la naturaleza y resucitar los sentidos adormecidos… Es cierto que las vacaciones de verano son un momento propicio. Ante unas horas más amplias, es posible detenerse sin prisa ante florecillas y árboles desconocidos, agradecer el frescor de la piedra y recrearse en el vaivén de las olas que procuran un paisaje especial en cada atardecer.

Al regreso del mar, la tarea es no perder la huella de esa luz que llenó cada jornada viajera. Que el paisaje cotidiano no secuestre la posibilidad del disfrute. Continúa amaneciendo y atardeciendo. El sol y las nubes siguen reinventando la belleza. Los árboles comienzan a intuir el otoño que la sequía adelanta en aceras salpicadas de hojas mortecinas. Nos quedan libros, películas y exposiciones que descubrir. Y en la agenda, tenemos la opción de reencontrarnos con personas cuya palabra abraza. No veamos el regreso como un castigo, sino como una nueva búsqueda hacia el equilibrio.

Unas vacaciones extraordinarias

Ha terminado el curso escolar y después de muchos años, vuelvo a sentirme como en los remotos tiempos estudiantiles, con un largo verano por delante. Llevo meses escribiendo del cansancio, la necesidad de buscarme y encontrarme, el desánimo que se ha hecho huésped, los sueños aplazados y la salud quebrada. Y de pronto, alguien me brindó la palabra necesaria, excedencia, y me dejó sin excusas ante el espejo vital de las obligaciones al que me acostumbré desde niña.

¿Excedencia? La voz mágica fue haciéndose grande e inaplazable a pesar de todo y contra todo pronóstico. No ha habido tiempo suficiente para ahorrar y emprender aventuras, tampoco mi cuerpo estaba preparado. Esta vez no hubiera sido capaz de llenar una maleta con los pliegues del cansancio. De momento, disfruto de la pausa y el sueño. Así pues, julio ha comenzado de forma extraña, desobedeciendo al despertador programado y perpleja ante un tiempo nuevo. Aún estoy desubicada frente al calendario, procesando los consejos que me llegan y los deseos propios, cuadrando la anchura de los días con las expectativas.

Mi extrañeza está rodeada de un silencio que recuerda el tiempo de la pandemia. El bar de abajo ha cambiado sus horarios y durante la mañana reina el silencio. El instituto próximo ha bajado las persianas de las aulas y ha desaparecido el bullicio que enmarcaba mi jornada laboral de teletrabajo, entre el paseo adormilado y numeroso de primera hora y la ruidosa estampida del mediodía. Pero este tiempo no es el del confinamiento y la pandemia, aunque el bicho siga suelto, vivito y coleando. En mi caso, confío en que sea el tiempo de la salud y el disfrute, también para los proyectos de escritura que requerían las horas seguidas que no existían.

Tras los primeros días, empieza a asustarme que todo este tiempo pueda evaporarse como en una magnífica tribuna de Juan José Millas, que recuerdo al inicio de cada periodo vacacional. En aquel texto, que no logro encontrar en Internet, el gran columnista que es Millás atinaba al comparar las vacaciones con la bebida que siendo un niño reclamaba en la verbena estival; y avisaba del peligro de que estos días tan anhelados se disipen como aquella gaseosa, consumida con un ansia que impedía saborearla.

Supongo que el recuerdo de ese texto y la obstinada huella de la productividad me llevó a buscar una larga lista de tareas (personales y domésticas), que hace tiempo escribí y después abandoné por falta de fuerzas. Nada más dar con ella, Fénix se tumbó encima. Lo interpreté como un alegato a favor de la pereza. Sólo él, capaz de dormir durante horas, podía imponerme el mandato del descanso y detener el tiempo. Cuando, por fin, levantó su tripa blanca del papel, descubrí que era una vieja versión. Un nuevo hallazgo a destiempo que me enfrentaba con lo que fijamos como tarea ineludible cuando tal vez no lo sea.

¿Sustituir un rodapié arañado? ¿Comprar disolvente para quitar el adhesivo de una puerta? ¿Abrir las cajas convertidas en mesilla tras una mudanza que cumple cuatro años? ¿Ordenar las fotos que se han vuelto hambrientos seres digitales que devoran el disco duro? ¿Revisar los contratos de suministros abusivos? Por supuesto, retomar el dentista y pagarlo religiosamente; volver a revisar mis ojos y atender nuevos achaques. Guardar la ropa de invierno y buscar el bañador del año pasado porque el agua será posible tarde o temprano, y hay que ver si falla el material elástico o mi cadera. La lista era y es demasiado larga. Estoy dispuesta a tener en cuenta ese consejo felino.

Recordaré que he llegado a este punto casi por prescripción médica. Pero también me apremia que esta pausa sea una cita con el deseo de completar los cuadernos abandonados y retomar el placer de la lectura, un reencuentro feliz y productivo con las palabras. Hay varios proyectos en curso y una pila de libros que han llegado a casa sin alcanzar el hueco alfabético de la estantería. ¡Me hacían tanta falta el día de su compra impulsiva! Pero luego, más que el impulso, faltó el aliento para dar sentido a su promesa de placer y aprendizaje, porque es imposible escribir sin leer, y desde hace demasiado no encuentro el estado mental que requieren los libros que necesito.

Junto a las exposiciones pendientes y las salas de cine, libros y cuadernos han de recrear un verano como el de mi infancia, cuando el calor sofocante me impedía dormir y la madrugada sin horarios se convertía en una interminable noche bajo el flexo, hasta que un mosquito más grande de lo habitual me sacaba de algún mundo imaginario.

Para este tiempo de excedencia sin excesos, he de conectar con el largo verano que existió antes de las obligaciones, sus tardes anchas de calor y siesta, sus mañanas de pereza y tiempo por hacer. Recuerdo que, en aquellos meses de julio y agosto, rescataba las páginas sin escribir de los cuadernos escolares e intentaba historias más ambiciosas que mis recursos de narradora. También pasaba a limpio los poemas que habían ido surgiendo durante el curso. Sólo quería escribir y leer porque sabía que en las palabras existía un refugio contra cualquier inclemencia. Y ese era el mejor de los propósitos.

Hoy necesito reencontrarme con los sueños de la infancia. Quizás este verano similar y extenso sea propicio para sintonizar con quien fui y reconciliarme con quien no soy, hacer las paces con quien se perdió por recorridos vitales que no le eran propios y atendió urgencias que carecían de sentido.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Serán los cincuenta. Será haber llegado al límite de mis fuerzas y mis preguntas. Será el deseo de alimentar la vida con nutrientes reales y saludables. Será la palabra de otros que se ha hecho estímulo y motor. Será la necesidad de respeto para conmigo… Sin duda, deben ser muchas cosas. Tantas que, por fin, me he concedido el regalo del tiempo.

Días y horas a medio morder

Quedaron en suspenso los últimos mordiscos; y el corazón, aún rodeado de carne, fue abandonado a la intemperie, a la espera del pico del pájaro o la succión del insecto.

Me pregunté quién perdió el hambre en ese instante, quién se hartó de morder. Me pregunté por el motivo de ese bodegón callejero y precario.

A veces nos falta el pulso así, entre bocado y bocado. Lo que tenía sentido en las dentelladas previas lo pierde en un parpadeo; y de pronto, faltan las fuerzas para todo, ya sea significativo o irrelevante.

¿Es lo mismo morder la vida que morder una manzana? ¿Qué podemos hacer con las pipas o los días que se atraviesan en la garganta como una terrible premonición? Frente a la certeza de un mundo que se rompe en una espiral interesada de odio, ¿cómo recuperar el apetito por cuanto nos pareció gozoso y extraordinario?

Aquel resto de manzana se había manifestado como un cuerpo extraño, al borde del abismo entre la posibilidad de una acera limpia y una papelera ninguneada.

Presentí que, en cuestión de horas, un golpe de gracia convertiría la fruta en mancha, justo cuando la lluvia desaparecía del pronóstico meteorológico. A partir de ahí, imaginé un mapa de azúcar sobre la acera, una hilera de hormigas, un principio de podredumbre al sol, el riesgo para una pisada incauta…

Llamaba la atención, entre las mascarillas aún presentes al aire libre y la sombra de la pandemia, ese rastro de saliva expuesta ante los ojos. El resto de manzana tenía algo de intocable. ¿Quién se atrevería a dar un manotazo sin guantes? Quizás por eso había aguantado ahí un par de idas y venidas con un margen ancho de horas. Hemos aprendido a no tocar y a temer el tacto como un nuevo mandato, aunque eso implique renunciar a abrazos y caricias tan imprescindibles como el aire.

No obstante, a pesar de las distancias tan bien aprendidas, la vida nos araña. Nunca estamos del todo a salvo, aunque a veces se nos olvide. Como se nos olvida un cierto bienestar anodino e insuficiente que sólo cobra valor ante las malas noticias que nos zarandean y nos comparan. Seguramente, llevo demasiado tiempo preguntándome por el derecho a las lágrimas. Sé que no soy la única. Nos hemos acostumbrado a un estar medio bien, sin entrar en detalles. Estar y resistir. Sobreponernos a los tropiezos y a los mordiscos que dejan nuevas cicatrices y heridas; marcas que, a pesar de su pequeñez, se vuelven tremendas bocas de insomnio y tristeza en ciertas madrugadas.

Quizás por eso, la manzana a medio morder se presentó como una metáfora, donde sólo hubo un gesto de mala educación o desidia. Una provocación ante los deseos que dejamos en la estocada. Un interrogante al inicio de un paso de cebra que no garantiza la vida del peatón. Un espejismo de equilibrio natural ante todo lo artificial que nos consume en el día a día, y nos deja desganados.

Y de nuevo, ¿qué? Reaprender a morder, como el cachorro que dejamos de ser.

Renacer ante el mar

Hace unos días comencé mis vacaciones de Semana Santa con un viaje relámpago a Barcelona. Ida y vuelta en dos días. Un encuentro familiar, una excusa para el abrazo. Nos debemos tantos, que no importa hacer un viaje a lo loco. Ganarle horas a la distancia que amplió la pandemia. ¿Cuántas visitas no han sido? ¿Cuántos puentes fueron días sin posibilidad? ¿Cuántas escapadas se descartaron durante los cierres perimetrales?

Aunque acusaba la falta de sueño y el cansancio acumulado, me sentí revivir sentada en el tren, redescubriendo el paisaje por la ventanilla. He hecho muchas veces ese mismo trayecto y soy capaz de reconocerlo, a pesar de la velocidad. La ciudad se desdibuja y la tierra cambia de color. Se suceden pequeñas colinas y parcelas donde el cuerpo sigue trabajando la tierra. El paisaje estaba salpicado de almendros y otros frutales en flor. En los taludes del tren y en el campo, se asomaban florecillas y hierbas silvestres. No logré ver amapolas, pero sí, margaritas y esas flores amarillas que resultaban un auténtico manjar para aquel canario de la infancia. Tras las lluvias de los últimos días los colores vibraban, resultando casi apabullantes.

A medida que avanzaban los kilómetros, se fueron despejando mis sentidos. Mis ojos tenían ganas de volver a leer. El bolígrafo comenzaba a hacerse necesario para subrayar aquellas páginas inspiradoras. También surgían las primeras ideas para un relato. Recordé cuántos viajes he hecho, a lo largo de los años, en el límite mismo del cansancio. Y cómo han logrado reconciliarme: el viaje como aliento. Volvía a ocurrir una vez más, y yo, silenciosamente, daba las gracias.

Llegué a Sants con la recompensa de varios relatos leídos y las notas de un texto a medias, recuperando el placer por las palabras. Eran pequeños síntomas de mejoría, la promesa de una pausa vacacional en la que reencontrarme. Bajé del tren con el doble de energía de la que tenía en Atocha, como si la lectura y la escritura hubieran sido el desayuno perfecto al que se añadía la magia de romper con la rutina y su cansancio. Ya que todo parecía posible, me detuve en la administración de lotería buscando la suerte que no tengo en Madrid. ¿Cómo no soñar con unas vacaciones perpetuas? Tampoco acerté los números de aquella noche. Me temo que los juegos de azar no son lo mío. Pero el mar estaba al alcance y me fui para allá.

Recuperé las sensaciones de ser turista, emprendiendo un camino distinto al habitual. Un plano de metro con otro dibujo, líneas de otros colores y nombres nuevos. Andenes más oscuros, anuncios con mensajes que nunca había visto y el sonido de otra lengua. El bullicio de un día laborable en el que yo estaba libre de tareas y horarios. Esa gozosa alegría.

El mar estaba cada vez más cerca. Primero, fue una línea de horizonte detrás del puerto; después, la masa azul que recogía una pequeña playa. Arena y partidos de voley, algunas toallas extendidas. El sol acariciaba el mediodía, engañando la sensación de frío. Avancé hacia el agua.

Recordé aquel viaje estival de la infancia, cuando al llegar a Jerez de la Frontera, que era nuestro destino, mi padre siguió conduciendo hasta la playa del Puerto de Santa María. Abrimos las maletas y nos cambiamos en un chiringuito de los que ya no existen. Ya lo escribió Rafael Alberti: nada mejor que ser marinero en tierra para desear el mar. Esta vez, ante el Mediterráneo, recuperaba aquellos recuerdos y volvía a vivir el mar como un premio. Pasados unos minutos también volvieron las palabras. El móvil se convertía en libreta improvisada. Podía ser el germen de un nuevo relato o de una historia más larga. Las primeras líneas fluían con la placidez del paisaje que me acunaba. Habían bastado unas horas para despertar hacia lo íntimo. El mar me ofrecía un nuevo principio: palabras en segunda persona para un yo que renacía.

Acabas de llegar a Barcelona y te has ido hasta la Ronda Litoral. Eres un náufrago de interior. Dejas atrás el Paseo Marítimo y te plantas ante el mar. Te enfrentas a su visión como quien busca curarse. El viento en la cara, el sol, el murmullo constante de las olas a tus pies.

Desde la última visita y tras las tormentas furiosas que se han sucedido, se ha formado un gran desnivel en la orilla. Nada que ver con la playa de pendiente suave que invitaba al baño como un imán. El resultado es un mirador, un trampolín donde surge un cierto vértigo. Un promontorio que te deja suspendida ante un incesante movimiento azul y verde, como si no hubiera suelo. Estás entre el agua y el horizonte. Ese espacio ideal de los veranos.

Al bajar la vista, descubres tus zapatos de todos los días. No has traído sandalias ni chanclas. No te has descalzado. La arena cede ante tu cuerpo extraño vestido aún de oficina. Se hunden tus pies y te cuesta caminar. No has podido resistirte a la fuerza de la orilla. Sabes que ese mar no te pertenece. Sólo has venido a que te bendiga y te dé esperanzas para seguir.

La inspiración de árboles y gatos

Enero se esfumó. Transcurrió volando desde el primer brindis a los regalos de Reyes, pasando por San Antón y un último día que fue a parar sobre un lunes desubicado, con esa orfandad de inicio de semana sin futuro. Enero dejó el regusto amargo de ciertos aniversarios y nuevas pérdidas, el recuerdo herido de las fotos de la gran nevada, la estela gastada de los buenos deseos y las cifras de otra ola que nos aleja del mar. Aunque cambiamos de año, persiste un calendario fugaz y dolorido en el que las promesas recién hechas al futuro se deshacen entre las exigencias de siempre, las viejas dolencias y el cansancio convertido en segunda piel.

Aturdida por la velocidad y las viejas dinámicas hilvanadas entre agotamiento y tristeza, en febrero he vuelto a poner en práctica esa terapia mía de “Caminar y fotografiar, para luego escribir”. Me he dado cuenta de que, mientras estuve en otras cosas, el tiempo ha sido, tras un paréntesis helado, extrañamente cálido. Así pues, en mis últimos paseos, me he reencontrado con árboles que empiezan a notar la primavera. Son audaces. No han padecido el frío de otros años que ralentizaba sus ciclos. Ahí están, exponiendo sus brotes antes de tiempo, incluso dejando ver las primeras flores. Como los gatos, los árboles no temen. Me gustaría aprender de ambos. Sienten, padecen, pero no temen y eso les hace mantener el pulso de la vida.

Lo de los gatos surge porque bajo los árboles y el sol invernal, terminé de leer el libro de John Gray, Filosofía felina, cuyo atractivo subtítulo “Los gatos y el sentido de la vida” (Sexto Piso), y sus simpáticas primeras líneas me llevaron a una compra impulsiva. El libro es un breve repaso filosófico, histórico y narrativo sobre estos felinos. No es lo que esperaba, pero reconozco que debería imprimir por toda la casa sus últimas páginas donde aparecen “Diez pistas felinas sobre como vivir bien”. Entre ellas, me quedé pensando en la segunda: “Es ridículo que te quejes de que no tienes suficiente tiempo”. ¿Cómo?, me pregunté casi indignada antes de seguir leyendo a Gray: “Haz aquello que sirva a algún fin tuyo propio y que disfrutes haciendo por sí mismo. Vive así y dispondrás de tiempo de sobra”.

Entonces caí en la cuenta de los textos para este blog que, sin llegar a teclear, pergeñé en mi cabeza; en las llamadas que no hice; en la novela y los poemarios que esperan su última revisión y son sistemáticamente condenados por falta de tiempo. A raíz de esa pista, pensé que tal vez, la que se condena soy yo: asumiendo tareas ingratas y dejando para los minutos estériles del cansancio lo que podría recompensar las horas desapacibles e inevitables. No es algo nuevo. Lo he comentado mil veces en distintos ámbitos. De pronto, verlo escrito por una autoridad le daba otra dimensión. La del mandamiento. La pista de la salvación.

Por eso escribo estas líneas que son un híbrido entre lo personal y lo público, entre lo literario y lo terapéutico: para volver a recordarme las promesas de tantas veces y la certeza de que no hay prórrogas.

No soy un gato. No puedo aspirar a las horas de sueño de mi querido Fénix ni al tiempo que dedica a la contemplación del mundo. Su tiempo es ancho y feliz con todas las necesidades cubiertas. Pero también es cierto que cuando quiere algo lo pide de forma insistente y en su maullido está toda la urgencia de lo inaplazable. Si quiere atún o un trocito de algo que huele en la bolsa de la compra lo quiere ya, y soy capaz de cambiar el orden de los factores para atenderle. ¿Y atenderme a mí? ¿Atender mis proyectos, mis cuidados, mis deseos? ¿Estoy esperando a ser gato para lograrlo?

Esos primeros brotes de los almendros, esas primeras flores de los árboles frutales de hueso que forman parte del vecindario me están avisando. Con su valiente fragilidad me piden que ignore el ruido de los martillos neumáticos que rompen las aceras y el asfalto próximos en una atmósfera que también les amenaza; que relativice la incomodidad de las visitas al dentista y otros chequeos; que no sucumba en el embrollo de las averías domésticas; que disfrute de ese minuto en el que aún resiste la alegría por hacer, posponiendo la tarea ingrata para después.

Veremos. No es la primera que lo escribo aquí. Pero cada vez es más apremiante ponerlo en práctica. El calendario nos lleva por delante a pesar de este tiempo extraño y detenido. Los meses pasan y somos nosotros los que tenemos que sacar las cuentas de cada jornada, y que salga a nuestro favor.

Feliz 2022. Afectos, confianza y salud

Escribo en este 31 de diciembre mis mejores deseos para el nuevo año, y los comparto anhelando que se cumplan.

Al pensar estas palabras, recuerdo bien las de hace un año. Soñábamos que el cambio de dígito, pasar del 2020 al 2021, borraría de un plumazo al bicho y sus consecuencias. Y aquí estamos, doce meses, varias olas, cepas y letras griegas después, esperando nuevamente un año mejor para todos. Soy consciente de que los deseos rara vez llueven del cielo, y aún así tecleo con pasión cada letra, leo en voz alta cada palabra escrita, por si sumando fuerza y sentido fuera más factible el hechizo, y la magia que envuelve la última noche del año irradiara todo 2022. Ojalá.

Igual que todos los años, hago balance y sopeso su carga de lágrimas y alegrías, pérdidas, sobresaltos, preocupaciones y retos… Después de 365 días, hemos resistido y estamos en pie para contarlo. Y seguimos, dispuestos a brindar y a sonreír, a dar las gracias, a compartir con generosidad y a hacer del mundo un lugar más amable y solidario hasta dónde lleguen nuestras manos y nuestro aliento.

Como siempre, acompaño estas líneas con una fotografía tomada en 2021, que resume una celebración y un encuentro largamente deseados y pospuestos. Es una muestra de que los planes, que se nos desmoronan una y otra vez, llegan a realizarse: lo que no pudo ser en abril tuvo lugar en noviembre. Las circunstancias nos han enseñado a postergar, a tener más paciencia y perseverar, a asumir los cambios. La imagen, que muestra las manos de dos generaciones, me recuerda que somos parte de una cadena interminable de afectos y vulnerabilidades, más visibles que nunca. En nuestras muñecas, lucimos una pulsera que recibimos como regalo: el obsequio de un niño, trenzado con su ilusión y su tesón, que se ha convertido en una de mis joyas más queridas, porque su valor es el de la amistad cimentada en décadas, la familia que te regala la vida y el cariño que se mantiene a pesar de la distancia y los encuentros esporádicos. Me parece un excelente equipaje para afrontar el futuro.

En estas horas últimas de 2021, os deseo un 2022 lleno de buenos momentos y buenas noticias, en el que seamos capaces de apreciar lo que, de verdad, merece la pena. Los afectos y el cuidado hacia quienes nos rodean, la confianza y la experiencia adquiridas, la generosidad para escuchar y empatizar… Todo ello debería guiarnos para encarar el tiempo por venir, rodeados de amor, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles y con mucha salud. ¡Feliz 2022!

Blog de WordPress.com.

Subir ↑