Entre la nieve y la lluvia

El pasado fin de semana salí del barrio y paseé por el centro de Madrid. Ocho días desde el fin de la nevada, y la ciudad presentaba un aspecto desolador de árboles caídos, aceras intransitables y basura amontonada. Quedaban rincones donde resistía la belleza de la nieve pero era difícil disfrutarla con la certeza de tanto árbol muerto y por morir, tanto riesgo de caída, tantas personas retenidas en sus domicilios ante unas aceras y unas calzadas que son una ruleta rusa.

Frente al paisaje de la calamidad, me refugié en los buenos vecinos que, conscientes del abandono institucional, nos arremangamos para hacer algo. Cada uno en la medida de sus fuerzas y su tiempo, de sus herramientas al alcance. Ellos son, nosotros somos, la esperanza que me alienta tras recorrer una ciudad herida y a la deriva, a pesar de la falta de mar.

Antes y después de la gran nevada, el pronóstico meteorológico ha sido y es protagonista. Dijeron nieve y hielo, y se ha cumplido. También han dicho lluvia. En las últimas horas, han avisado de que mañana, miércoles 20 de enero, vendrán lluvias y viento fuertes. A ver si alguien se lo ha contado a quienes tienen que tomar decisiones. De paso, que les expliquen que las alcantarillas están tapadas de nieve, hielo, ramas y basura. A ver si alguien adivina la que puede liar el agua. La que caiga del cielo se sumará al deshielo, a ese rastro turbio y abandonado que es un espejo hostil. Que alguien les explique también cuántas ramas partidas penden de un hilo de madera. Ojalá no tengamos, de nuevo, que sentir el bochorno y la derrota de una ciudad castigada por pésimos gestores. Ojalá los madrileños no tengamos, nuevamente, que pedir perdón a estas calles donde fuimos felices y no nos reconocemos.

En la víspera de la lluvia

Dicen que ayer era “blue monday”, el día más triste del año. La fecha es un mero reclamo comercial, pero he de reconocer que me salió un día bien triste. Un día de derrotas íntimas y fracasos personales, un día para repensar la vida. A mí los días malos me suelen dejar la resaca de un mal vino bebido a solas. Por eso hoy, arrastro aún cierta tristeza. He bajado a la calle y no he patinado. Algo es algo. Pero toda la suciedad y la barbarie me han vuelto a golpear en los ojos.

Al subir a casa, he pensado en la lluvia. En la lluvia prevista para mañana. Casi sin quererlo, me parece que me ha salido una plegaria.

Sólo nos cabe confiar en la lluvia.

Ojalá el agua sepa llover mañana, sepa arrastrar el hielo de forma dócil, sepa esquivar los obstáculos de las alcantarillas, sepa devolver las líneas blancas tan gastadas del paso de cebra de la esquina.

Si mañana la lluvia se equivoca, le echarán la culpa a ella.

Yo quiero creer en la lluvia.

Necesitamos un agua sanadora que cure las calzadas y las aceras de cada barrio, que disipe la suciedad de tanto gris pastoso, espanto de la nieve. Un agua sanadora que nos bendiga y nos permita volver a creer en una ciudad habitable e incluso bella.

Quiero creer que el agua de mañana será nuestra aliada porque estoy agotada de tantas pesadillas.

Si mañana nos falla el agua, sólo nos quedarán las lágrimas.

Días de nieve

Nieva sobre Madrid. Nevará tres días seguidos y es noticia. Esperábamos la nieve, la previsión era clara y fue repetida hasta el hartazgo. Aún así, la nieve nos sorprende. Tres días de nieve sobre las aceras, sobre los coches aparcados y los parques, sobre los contenedores de basura y las marquesinas de los autobuses. Tres días de una cantidad de nieve inusitada sobre la capital. Escribo estas líneas mientras va cuajando sobre todas las superficies, donde dará paso al hielo y al peligro. Progresivamente, será difícil avanzar por las aceras e incluso por la calzada.

Vemos la nieve desde el cobijo de un techo y su calor. Y pensamos en ese refrán, “año de nieves, año de bienes”. Seguimos queriendo mantener la esperanza, a pesar de que se nos ha resquebrajado entre las manos en los primeros días de enero. También sabemos que cada refrán tiene su lado oscuro, su contrapropuesta, aunque esta vez no nos viene a la cabeza y no queremos buscarlo. Por eso, no sabemos cómo interpretar esta nieve, tan blanca.

Nieva en el exterior pero se nos mete en casa porque las habitaciones tienen un blanco extraño, una luz refulgente que viene de afuera. Es una luz distinta a la habitual. La luz de las habitaciones tiene un reflejo de plata, el de ese cielo pálido que se confunde con las tejas blanqueadas.

El tiempo se detiene. Son días raros. Es fácil quedarse, igual que la nieve, suspendido mientras cae. Suave y agitada, pacífica y belicosa, por momentos. A pesar de la fuerza de algunos instantes en los que la tormenta arrecia, la nieve transmite paz. Va generando un manto blanco, un manto que desde mi ventana es una invitación de belleza.

Fénix mira la nieve y de vez en cuando hace el ademán de querer atrapar los copos que ve. Contemplo las cabriolas de un perro que la disfruta en el pequeño jardín que hay frente a mi edificio. Yo quisiera tener la determinación de Fénix y la alegría de ese perro, brincar la nieve como si fuera un juego. Ser cómplice de la diversión imprevista y fugaz.

Pero sabemos que hay gente muy cerca que no tiene luz, que hay gente cerca y lejos que no podrá pagar el recibo de la luz. Sabemos tantas cosas que la nieve, a duras penas puede ser la nieve de la infancia. Y a pesar de todo, la nieve es un imán y parece haber llegado para ejercer cierto alivio. Contemplarla nos cura un poco, como si su manto suave diera una pausa sobre nuestro corazón cansado, como si su dulce caída fuera un bálsamo para el dolor.

Me quedo durante las horas muertas mirando caer la nieve, mirando nevar. Voy de una ventana a otra constatando su avance. Cada vez que me asomo hay más blanco. Hay huellas de quienes se atrevieron a dar los primeros pasos sobre las zonas donde ha cuajado. En la terraza del bar de abajo la nieve se ha sentado sobre las sillas metálicas cubiertas de blanco a esperar que alguien traiga un café.

Nieva y queremos pensar en año de bienes.

Antecedentes y consecuencias

Escribí el texto anterior en la tarde noche del viernes. Durante el día había empezado la nevada copiosa. Nunca me gusta publicar un texto sin darle reposo, salvo que alguna urgencia cambie los hábitos. Había escrito, con toda la intención, un texto de nieve y esperanza. Me acosté sabiendo que envejecería rápido. Que el sábado sería difícil no hablar de víctimas mortales y miles de afectados. Aún así, dejé reposar las palabras como si pudieran dormir sobre el alféizar de mis ventanas.

Y a las dos de la madrugada, se fue la electricidad de mi zona. Varios bloques quedaron sin luz. Las calderas de la calefacción se pararon y los pies empezaron a enfriarse incluso dentro de la cama. Las horas avanzaban y se iban esfumando las opciones de una ducha matinal y un desayuno que entonaran el cuerpo.

Pensé en quienes escribí anoche. En los que se ven privados de electricidad. De pronto, mi vecindario y yo misma éramos ellos. En la comodidad de nuestros hogares, la mayoría no disponemos de las estufas de butano ni los infernillos que están usando desde hace tres meses en la Cañada Real, pero nosotros podíamos confiar en unos muros un poco más firmes y en que el suministro tardaría solo unas horas en volver. Al final, han sido quince horas y se han hecho muy largas. Han mostrado por qué los servicios esenciales reciben ese nombre y que no son negociables ni aplazables.

La temperatura iba bajando en casa mientras yo no podía hacer seguimiento de la avería: mi teléfono se había quedado sin batería y la tablet no encontraba la red de un wifi apagado. Las horas iban pasando y que anocheciera empezaba a convertirse en amenaza. Afortunadamente, a media tarde ha vuelto la luz. Me he hecho una infusión y la he llenado de miel y jengibre. El termostato se ha empezado a recuperarse (de los 14º grados que marcaba ya va por 18º), y he puesto a cargar todos los dispositivos que me conectan con el mundo.

Por si acaso, este texto no va a esperar a mañana. Igual que no he esperado para dar las gracias a mi vecina, que me preparó un café con leche y me calentó la comida en su cocina de gas. Ese ha sido el calor de la jornada, junto a los mensajes de ánimo y preocupación, el apoyo desde un lejos que era cerca.

Ayer quise escribir un texto de nieve y esperanza, y hoy me mantengo en el propósito. Por eso no cito a los responsables políticos ni a la compañía eléctrica. Para que nada ni nadie manchen la nieve, y lo que alberga de infancia y belleza.

Feliz 2021: buenos momentos, abrazos y salud

Escribo en este 31 de diciembre mis mejores deseos para el nuevo año, y los comparto anhelando que se cumplan. Ojalá pulsar las teclas de los números que conforman el 2021 fuera suficiente para conjurar todo lo vivido en el año que dejamos atrás. Aunque sabemos que la última campanada y los brindis no aseguran la felicidad, esta nochevieja, como nunca antes y de forma global, necesitamos pensar que es posible. Así, aferrados a lo simbólico, estamos imaginando los meses por venir con la misma ilusión de las cartas infantiles a los reyes magos. En ellas, soñar y pedir era y es posible, y a veces, además, todo o buena parte llega a cumplirse.

Escribo y lo pido: buenos momentos, abrazos reales y mucha salud. Y me gustaría hacer magia y convertir las palabras en gestos físicos y profecías cumplidas. Como todos los años, también hago balance. Reconozco la carga de lágrimas que ha dejado 2020. Cuesta buscarle el lado bueno, pero lo ha tenido, porque seguimos latiendo y nos leemos, porque a pesar de todas sus turbulencias, hemos resistido momentos difíciles en los que nos han faltado hasta el aire de los parques y las caricias. 2020 no ha sido fácil y seguramente por eso, nos ha ofrecido una ruta acelerada por nuevos aprendizajes: sobre nuestra fortaleza y nuestra fragilidad; sobre las personas que nos resultaban imprescindibles, ya fuera en lo íntimo o en lo social; sobre el sentido del tacto y las muestras de afecto; sobre el valor de las sonrisas; sobre el miedo y la incertidumbre; sobre el verdadero sentido de palabras como solidaridad y compromiso; sobre la necesidad de estar en la naturaleza y ampliar el horizonte del paisaje.

Como siempre, junto a estas líneas comparto una fotografía tomada en 2020. Este año es raro también en eso. En el mismo momento de hacerla, allá por el mes de junio, supe que sería mi tarjeta de felicitación. Desde marzo, los niños pintaron arcoíris como símbolos de esperanza. Con la lluvia incesante de algunos días, con las tormentas meteorológicas reales que se sucedían ante mis ventanas, creo que este año he visto más arcoíris que nunca. En cada uno de ellos, al término de chubascos enfurecidos que intentaban desterrar tanta tristeza, quise ver un tiempo nuevo. Este me sorprendió en un parque, rodeada de árboles, y quise creer que tendría poderes mágicos. Ojalá.

En estas horas últimas de 2020, os deseo un 2021 lleno de buenos momentos y buenas noticias; en el que seamos capaces de disfrutar con lo que nos rodea, buscando la luz y la calma que tanto reconfortan después de cada tormenta. La precaución, la confianza y la experiencia deberían hacernos más sabios para apreciar lo fundamental y afrontar así el tiempo por venir. Y todo ello, rodeados de afecto y cariño, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles. ¡Feliz 2021!

Hojas de otoño sobre el futuro

Llevo casi dos meses sin publicar nada en este blog. El tiempo se ha tornado extraño de nuevo. Mi espacio exterior se volvió a cerrar y limitar por unas semanas. Lo pienso y me pregunto si esas restricciones no afectaron también a las palabras, al fluir que persiguen. Si al decir “cierre perimetral” y enmarcar ciertas calles, no se condenaron, de forma inconsciente, otras actividades posibles. Si la prohibición no ejerció más fuerza sobre mis pensamientos que sobre mi cuerpo. Si bajé los brazos y aplacé los sueños. Otra vez. Golpeada en lo hondo. Noqueada ante un perímetro caprichoso que me negaba los árboles más altos, cansada de tanta restricción acumulada. Algunos lo han llamado “fatiga pandémica”. Yo lo llamo fatiga a secas. Fatiga. Y coincido con María Moliner, letra a letra.

“Fatiga:

Sensación que se experimenta después de un esfuerzo intenso o sostenido, físico, intelectual o moral, de falta de fuerzas para continuar con el esfuerzo o trabajo, a veces acompañada de malestar físico consistente especialmente en dificultad para respirar”.

Diccionario del uso del español. Es decir, la gran obra de María Moliner

Fuera de casa, el otoño era y es un consuelo. Ayuda a respirar con su belleza pausada. Casi en un susurro, nos ha sugerido que el cambio de las hojas, la transformación de los colores y el principio de la desnudez de los árboles promete un nuevo ciclo. Un reinicio, una renovación. Ojalá. Lo necesitamos como nunca. Necesitamos creer en un tiempo nuevo, tanto es así que confundimos esperanzas con certezas, vacunas con garantía de salud. Lo confundimos todo en nuestro deseo de aferrarnos a la magia de la bondad que estaría por venir. Un tiempo amable que nos cure.

Alcanzado diciembre, pesan los días del calendario como ningún otro año. Es cierto que siempre vamos arrastrando cansancio, que el tiempo laboral se hace arduo, pero este año es distinto. Desde marzo, nuestra vida se ha llenado de restricciones y palabras que condicionan nuestra existencia; hemos sufrido diversos embates de dolor y llanto, en una proporción mayor que ningún otro año; las calles han sido un espacio donde el miedo y la tristeza han dado protagonismo al trino de los pájaros. Un canto que rompía el silencio, sobresaltado por las sirenas de emergencia. Una melancolía generalizada ha disfrazado nuestras miradas, más resignadas, más conscientes, más dolidas.

Es difícil calcular cuando volveremos a ser los que fuimos, si será posible. Estamos aún en la grieta. Y aunque hay momentos de reencuentro y risa, aunque hemos recuperado cosas que un día fueron normales y luego no (tomar un café, ir a un cine, hojear novedades en una librería, hacer una pequeña escapada, pasear sin horarios), aún hay límites que marcan muchas diferencias con el tiempo anterior. Entre ellos, la posibilidad de abrazar y hacer planes. También su combinación, la posibilidad de planear un viaje o un encuentro para abrazar a otras personas, a las que viven en otra provincia o país, y forman parte de nuestras vidas.

La incertidumbre y el temor están ganando la partida. Nos podremos ver si no hay limitaciones de movilidad, si las normas de mi zona y tu zona son las mismas, si tú no tienes miedo, si ni tú ni yo tenemos síntomas. El condicional ha venido para quedarse y construir el presente.

Los mapas de carretera que, en otro puente de la Constitución, hubieran tejido los itinerarios de millones de personas hoy son, como en la fotografía, el escenario difuso de direcciones borradas por el agua de la lluvia, la fuerza de la tormenta y el rastro del otoño. Las indicaciones apenas son legibles, visibles, pero se intuyen tanto como nuestros deseos silenciados.

A veces una imagen lo explica todo. Se planta ante nuestros ojos y es un espejo, una afirmación, una sentencia. Somos los huéspedes de un tiempo y un espacio detenidos en un paréntesis con el que no contábamos. La vida que fluía mes tras mes, de festivo en festivo, dándonos una pausa de libertad y aire entre las obligaciones, se ha esfumado en la sucesión de los días que nacen iguales entre las mismas paredes y similares rutinas.

En otro tiempo, nos acostumbramos a recuperar las fuerzas a base de escapadas y actividades especiales que hoy resultan imposibles, y las hojas del otoño son el bálsamo al alcance. Caen ante los ojos como las hojas del calendario, como los deseos que no pudimos o supimos cumplir. Caen y dejan la senda del nuevo brote, ese milagro de la vida en el que hay que seguir creyendo. También en días como hoy, como mañana. Escribirlo tal vez sea la forma de empezar a creer.

Escribir, caminar y fotografiar como forma de resistencia

De un tiempo a esta parte, muchas veces me ha venido a la cabeza Francisca Aguirre, y aquel decir suyo de la escritura para conjurar la locura. La he buscado en Internet: «Escribo para no andar a gritos y para no volverme loca. La poesía tranquiliza. A mí me ayuda. El mundo es injusto pero el lenguaje es inocente», la frase aparece citada en la noticia de su muerte que ofreció el periódico Información.

En ese escribir para no enloquecer no debió ser la única ni la primera, igual que tampoco soy la primera ni la última en suscribirlo. Yo también escribo para no volverme loca. Y desde mayo, cuando pudimos volver a pasear, recuperando ese gesto tan humano tras una prohibición que duró un mes y medio, también paseo para no volverme loca. Y durante el paseo, saco fotografías, busco la imagen capaz de salvarme.

Paseo para recuperar el placer de caminar sin tener destino ni propósito concreto, para poder refugiarme bajo la sombra de los árboles. Hago fotos nuevas, para buscar otra mirada y también el pie a partir del que poder escribir otras cosas, para descubrir otra realidad en la realidad que me rodea, para encontrar resquicios de belleza en esos espacios cotidianos y próximos.

Escribo, paseo y hago fotos para no volverme loca. Y todo ello en una búsqueda, casi inconsciente, de dar un cierto sentido a este sinsentido, para hallar vida más allá de tanta muerte, tanta pesadumbre y tanta tristeza. La palabra, el camino inesperado y la imagen que salen al paso son una medicina improvisada, un placebo que no siempre funciona pero que pruebo a falta de otras opciones.

Al pasear, camino rápido, como si mis pasos quisieran romper este tiempo detenido, alejarme del presente, atravesar esa niebla fina con la que nos han cubierto los planes de futuro, los abrazos que no vamos a dar. Camino rápido como si quisiera huir de esta pesadilla.

Hago fotos. Con la ansiedad de quien no respira, mis ojos buscan el oxígeno de otro mundo en el mundo al alcance. Como si fuera una turista de mis calles, como si pudiera reconciliarme con los rincones de esta ciudad cada vez más golpeada, nuevamente golpeada, cuyo nombre vilipendiado se arrojan a la cara unos y otros, sin tener en cuenta que es mi casa, nuestra casa, la casa de tantos.

Me reconforta la luz del atardecer. Madrid sabe atardecer como pocas ciudades. Los anaranjados, los violetas y azules se mezclan y evocan la luz de Velázquez y de otros muchos. Al salir a la calle o desde la ventana tenemos postales diarias que muchos días han servido de consuelo.

Y escribo. Apenas pude escribir nada durante el primer confinamiento, aquel que marcó los meses de marzo, abril y mayo de este año. Forcé las palabras para mantener vivo este blog que echaba a andar, pero no hubo poemas ni letras dignas de mención más allá de aquellas entradas.

Sin embargo, ahora siento que las palabras se agolpan dentro de mí con las mismas ganas de salir corriendo que agitan mis pies y mis ojos. En estos días, se multiplican los renglones escritos en libretas de todo tipo porque si las palabras se me quedan dentro, me volveré del todo loca.

Fin de ciclo

Dejamos atrás una primavera apenas vista. Tras meses de encierro, hemos ido saliendo a hurtadillas. Los nísperos y los albaquicoques habían llegado a las fruterías, mientras en las tiendas de moda la ropa de abrigo evocaba un tiempo suspendido. Nos hemos perdido la floración de almendros y cerezos, y al recuperar el paisaje, los parques y los márgenes de nuestras calles eran un espectáculo de margaritas y amapolas rodeadas del desorden y la belleza de otras flores silvestres.

Semana a semana hemos ido recibiendo prórrogas del estado de alarma. Así, obedientes y endurecidos frente a palabras que a pesar de su significado se han hecho rutina, hemos comenzado el verano, que coincide con ese término de ‘la nueva normalidad’, a pesar de que también la normalidad ha sido pulverizada y asumimos vivir en un oxímoron.

Aunque durante este tiempo no hemos podido escalar más que las horas agotadoras de intensas jornadas laborales, huérfanas de afecto y válvulas de escape, pero repletas de incomprensión y sobrecarga, nos explicaron que el alivio sería progresivo recorriendo las cuatro fases de la desescalada.

La historia de Madrid es sobrada y tristemente conocida. Con miles de muertes, sus residencias a la deriva, sus UCIS colapsadas, sus sanitarios dejándose la vida y una gestión política al más puro estilo de Donald Trump, basada en la mentira y el circo mediático, a golpe de foto y de tuit, tapando hechos que deberán ser juzgados.

Como no podíamos pasar de la fase cero a la uno, nos inventaron la cero y medio. Y ahora, que no hemos recorrido el itinerario cabal de los números tres y cuatro, vamos a saltar desde la fase dos a la nueva normalidad, todavía con centros de salud cerrados o muy mermados en sus plantillas.

Madrid nos mata, pero resistimos

Allá va la Comunidad de Madrid, con un gobierno roto que ha ido de desfase en desfase y una ciudadanía dividida entre la prudencia, la vida y la necesidad. Allá va la ciudad de Madrid, que con el mismo nombre que la comunidad no es ni de lejos lo mismo. Ese topónimo común confunde. La comunidad es más grande, es rural y metropolitana, es un enjambre de ciudades y de pueblos aislados, un territorio sumamente desigual. La ciudad, a su manera, es también enorme, y está acostumbrada a la brega, a la dureza y también al disfrute que permite compensar tanta exigencia. Las horas de metro, las jornadas interminables, los horarios liberados que convierten en precariado a tantas y tantas personas, los precios desorbitados de la vivienda, la carestía frente a otras regiones en la cesta de la compra o el transporte… Sí, Madrid sigue matando; y dando vida.

Madrid es un espacio de resistencia, siempre lo ha sido. Basta recorrer su historia: guerras y algaradas comenzaron y acabaron aquí, también revoluciones y graves atentados terroristas. Y a pesar de todo, Madrid resiste, sobre todo, gracias a su gente, venida de todas partes, primero de España y luego del mundo, con ganas de prosperar. Esa energía la ha convertido en una ciudad única y portentosa, muchas veces invivible; sobre todo, cuando no existe la promesa de poder escaparse de ella cada cierto tiempo. Por eso, los que vivimos en Madrid somos gente que mira el calendario. Hasta marzo de este año, los más afortunados, aprovechando un puente, un festivo o una pausa escolar, huíamos en tropel en operaciones salida que nos prometían cambiar de aires y respirar mejor.

A partir del 21 de junio, con el fin del estado de alarma, parece que aquella vieja rutina podrá ser posible de nuevo. En estas semanas de soledad y silencio, en las colas de las tiendas he hablado con muchos desconocidos. Los más mayores, añoraban poderse ir al pueblo, cultivar el pequeño huerto, sentir el pálpito de la tierra que brota y aún es su conexión con la vida. Los trabajadores en activo empezaban a sentir la falta de aire, extrañaban las pausas vacacionales, la maleta y el vivir en otro lado, donde es posible caminar y pensar más lentamente.

Ahora parece que en algunos sitios no seremos bienvenidos. Lo fuimos antes de este virus, cuando dejábamos los ahorros de un trimestre o de todo un año y parecíamos triunfadores en localidades donde llenábamos bares, terrazas, hoteles y playas. Pocos se daban cuenta de que en el fondo éramos unos pobres diablos, en ocasiones compensando la vida de demasiadas semanas laborales sumidas en la náusea.

Puede que ahora ese dinero no valga nada. Que valga más el miedo. Que no nos quieran ni ver. Aunque yo creo que ese rollo de la ‘madrileñofobia’ tiene mucho de invento mediático. Insiste en la tendencia, incrementada por esta pandemia, de seguir destruyendo el lenguaje, inventando lo que no existe para que nuestras vidas sean más raquíticas. En el fondo dará igual. Todos los de aquí, nacidos o residentes, tenemos familiares y amigos en otras provincias y países, y sabemos que sus brazos están dispuestos a acogernos. Con prudencia y respeto, por supuesto. Encontraremos el rincón que nos dé cobijo, el árbol que nos reciba y nos preste su rumor natural para compensar tanto daño. En estos momentos, además, necesito creerlo.

Aire, aire, aire

Yo aún no sé si podré irme, a dónde ni por cuánto tiempo. Los planes quedaron en un extraño limbo cuando el calendario se volvió enteramente lunes. Las novedades me han pillado con la agenda en blanco y el cuerpo fatigado.

Lo que sí he descubierto, con más fuerza en las últimas semanas, es que tengo que dejar de hablar y de escribir sobre la covid-19. Hay otras palabras demandando su espacio entre la garganta y los dedos; otros paisajes, también mentales, que me urgen al cambio de fase.

Sé que el virus está entre nosotros. Sigue contagiando y matando. Pero voy a intentar tomarme unas vacaciones de su campo semántico y de todas las derivadas que ha acarreado y a día de hoy impone.

Con esta entrada, cierro una etapa de escritura sobrevenida, porque yo no elegí el tema. Voy a intentar airearme, en todos los sentidos. Os deseo lo mismo, aire para aliviar las penas del cuerpo y del alma, aire para que esa renovación nos cure de tanto. Buen verano y buena suerte.

Madrid, fase 1: entre la tormenta y la esperanza

Había ganas de pasar de fase aunque el temor de muchos era que lo hacíamos a tientas, que las urgencias económicas no cuadraban con los indicadores sanitarios, que los centros de atención primaria seguían en cuadro, tan destartalados como si por ellos hubiera pasado una guerra y también estuvieran en una incierta tarea de reconstrucción.

El primer día de la fase 1, el lunes 25 de mayo, antes de la hora del paseo, bajé a hacer unas compras y me topé con varias unidades del SAMUR y la Policía. A cierta distancia, no faltaba un grupo extenso de mirones. Debía de haber ocurrido algo muy grave porque el dispositivo ocupaba dos calles, pero pasé de largo sin atreverme a girar la cabeza, preguntándome si aquellos que observaban no habían tenido, hasta ese momento, bastante muerte a la que mirar.

Avancé con prisa. El cielo estaba cargado con la pesadez gris oscura de nubes de tormenta que finalmente rompieron con fiereza. Hechas mis compras, tuve que esperar a que escampara para volver a casa. Lo hice bajo un pasadizo al que llegaba la lluvia, que sentí con alegría sobre el rostro a pesar de la mascarilla. Mientras tanto, a lo lejos, seguía aquel despliegue de policías y sanitarios manteniendo el pulso de nuevo.

La tormenta y el accidente me resultaban avisos de alerta. Las nubes negras, la lluvia torrencial, la muerte que acecha en la esquina parecían reclamar prudencia. Pero al volver a casa pude contemplar un arco iris, el mismo que apareció en uno de los peores momentos de la pandemia sobre Madrid, y lo quise entender como un guiño de esperanza.

A pesar de los temores, la calle era otra

Uno de los alivios del cambio de fase fue acceder a los grandes parques de Madrid. Llegar hasta Madrid Río, por fin sin cintas plásticas prohibiendo el paso, y recorrer La Casa de Campo, donde los amplios espacios y el tamaño de los árboles permiten soñar con otros paisajes y una naturaleza menos domesticada.

Las terrazas estaban repletas. El ruido volvía a ser el habitual a pesar de las distancias entre las mesas, a pesar de los carteles que recordaban que era mejor no abrazarse ni estrechar las manos. El trajín de los camareros hacía sentir que la ciudad comenzaba a recuperar el pulso después de haber estado, de alguna forma, en un coma generalizado e inducido.

Cada comercio que ha levantado el cierre ha sido otro pasito hacia la alegría. Han vuelto a estar detrás del mostrador en la ferretería, la mercería, la pequeña tienda de moda…, y con su llegada, resurge la esperanza de salir adelante de nuevo, todos a una. A mí me han dado ganas de entrar a todos y cada uno de los comercios. Abrazarles, aunque no se pudiera. Así que he ido a darles la bienvenida, a comprar algo aunque no me hiciera demasiada falta.

Y saliendo del barrio, también he llegado hasta una de las librerías de las que son casa y refugio. Enclave de Libros esperaba con gel y mascarillas, y la misma complicidad de siempre. Tocaba desquitarse de los meses robados, el día del libro que no fue, el inicio de una feria del libro que se retrasa hasta octubre. Arrimar el hombro y mover la caja decaída por la ausencia de palabras vivas.

A pesar de la alegría, la tristeza sigue latiendo

Las terrazas y los grupos de personas que se reencuentran ofrecen un mensaje de ánimo que resulta imprescindible. Porque además de robarnos el mes de abril, como decía aquella canción de Joaquín Sabina, el virus nos ha robado nuestra ciudad tal y como la conocíamos.

Los bares y restaurantes que no pueden sacar mesas fuera, esas barras que siempre animó el bullicio permanecen en silencio. Desde la entrada, tutelada por banquetas o mamparas, nos avisan de que han vuelto a la cocina, que puedes pedir y recoger la comida o que te la llevan ellos. Son los bares de toda la vida, los que no recurren a abusadoras plataformas de reparto a domicilio y en un folio pegado sobre el cristal, ofrecen un número para recibir pedidos por wasap. Se les nota a la legua que están con el agua al cuello y echan de menos a cientos de trabajadores: los del café rápido a primera hora, los grupos de compañeros a media mañana, los menús de mediodía con patatas fritas o ensalada.

El metro está lleno de carteles que recuerdan el peligro y el uso obligatorio de la mascarilla. Un gesto tan habitual como adelantar a alguien en la escalera mecánica resulta imprudente porque impide mantener la distancia de seguridad. La megafonía insiste en no acercarse, usar los ascensores de uno en uno, ayudar a personas con discapacidad visual para que no se aproximen demasiado a otros. Es un metro sobrecargado de señalética que ahonda la desazón de los viajeros.

Muchas tiendas ofrecen gel hidroalcohólico en la entrada. Su ayuda para limpiarnos una y otra vez es reconocer la amenaza de gestos cotidianos: buscar la etiqueta en una blusa, mirar los ingredientes de una lata nueva para Fénix, elegir chocolate en una tienda de comercio justo… Tocar es peligroso. Pero nos cuesta asimilarlo porque el tacto nos hace más humanos y, como el resto de sentidos, nos permite conocer lo que nos rodea.

Madrid sigue a medio gas, extrañamente llena y vacía al mismo tiempo. Hay más gente en la calle, pero la mascarilla nos impide atisbar una sonrisa o un gesto amable. El miedo se ha convertido en un vecino nuevo que ha venido a quedarse, aunque no a todos nos afecta su presencia por igual.

Entre tanto, cada vez se hace más insoslayable la necesidad de muchas personas que han visto temblar sus vidas al desaparecer sus ingresos. Durante las semanas de confinamiento, desde mi ventana he visto una de las muchas colas del hambre que han surgido en Madrid: personas que, separadas por un metro, avanzaban durante toda la mañana hasta llegar a la puerta de la Asociación de Vecinos Alto de Extremadura. También me he cruzado con quienes esperaban que se abriera el local de la Red de Solidaridad Popular de Latina y Carabanchel. Y en los comercios del barrio, han proliferado los carteles que piden alimentos mientras otros acaban de colgar el anuncio de liquidación por cierre. Se suman a los que ya lo hicieron una vez pasaron las últimas navidades, aquellas en las que brindamos por un año que se antojaba redondo y se ha convertido en un interrogante lleno de aristas.

El 8 de junio, en Madrid, pasamos a la fase 2 con las mismas dudas del paso anterior. Ese día tocará también ir al centro de salud a reconocer el trabajo de los sanitarios, manteniendo la distancia y el aplauso, recordando que si no hay medios para ellos no hay medios para los ciudadanos. Seguro que vuelve a ser una concentración emocionante, como las anteriores. Donde la gente se sumaba desde la acera próxima y desde el otro lado del paseo, desde la mediana, y nuestro aplauso resonaba con el apoyo del claxon de taxis y autobuses que se sumaban al grito de “sanitarios necesarios”.

Cada uno, en función de sus circunstancias, ha sobrellevado como ha podido las consecuencias de la pandemia, la muerte o la enfermedad de personas más o menos próximas, el confinamiento, la pérdida o la sobrecarga de trabajo… Ahora nos toca lidiar con la incertidumbre de los próximos días llevando una mochila de heridas y esperanza. Ojalá no olvidemos meter una buena dosis de solidaridad y fraternidad.

Del silencioso confinamiento al griterío de la desescalada

Cuando comencé este blog, quería, en parte, rescatar esa columna de opinión con la que soñaba cuando escribía en la revista del colegio y aspiraba a ser escritora o columnista y todo era posible. Abrir el blog, ya lo dije en su día, era un forma de reencontrar mis deseos y quizás de volver a pelear alguna batalla que había dado por perdida. Pero cuando apenas había trazado un plan de escritura, llegó el coronavirus y tomó nuestras vidas por asalto. Convertido en monotema, lo invadió todo y colonizó nuestras mentes. Y ha habido muchos días de estar cansada para pensar y escribir más de lo mismo.

La pandemia de la Covid-19 nos obligó a meternos en casa, hizo de nuestro hogar nuestro lugar de trabajo, confundiendo nuestras paredes diarias; nuestra ventana para imaginar y contemplar atardeceres fue la de los aplausos y la búsqueda de un consuelo imposible; las calles se llenaron de silencio y las palabras quedaron condenadas a vivir entre dispositivos electrónicos donde les faltaba toda la piel de la caricia y el abrazo que tanto necesitábamos.

A medida que avanzaron las semanas, las cifras y el miedo se fueron adueñando del día a día. Esperábamos los datos oficiales como quien espera noticias en una sala desolada junto al pasillo de paliativos. Conociendo o no el nombre o el rostro de las personas que estaban en las UCIS, conociendo más o menos de cerca los casos y la evolución de personas infectadas, conociendo el mayúsculo reto de los hospitales… todos estábamos en esa espera que vivimos durante semanas en un abatimiento comunitario. Fueron días de lágrimas privadas e íntimas. Llorábamos por la impotencia y el agotamiento de los sanitarios, por sus muertes; llorábamos por los tanatorios desbordados y las morgues improvisadas, por la prohibición de unas despedidas humanas y fraternas; llorábamos por el abandono de los ancianos que morían solos y sin cuidados; llorábamos por la necesidad y las colas del hambre que empezaban a recorrer los barrios de forma tan sigilosa y callada como surgían las redes de ayuda mutua.

Quizás haya que recordarlo ahora, cuando las cifras de fallecidos se sitúan en torno al medio centenar, hubo días en los que rozamos el millar. Y también llegó ese día en el que el recuento a la baja comenzó a ser tendencia y se hizo real aquella frase horrenda de “doblegar la curva”.

“Menos que ayer, menos que ayer”: repetíamos en un rezo secreto.

Lo malo es que a medida que las cifras nos empezaban a dar esperanza y se abrían algunas grietas de un confinamiento estricto, con los paseos infantiles y las pequeñas caminatas sin bolsa de la compra, comenzó a romperse el silencio. Y lo hizo de la peor manera posible: con insultos o malos modos, con acusaciones falsas e irresponsables, con el juego sucio político llevado al extremo del bochorno y la vergüenza ajena, con la dimisión de personal técnico que no estaba dispuesto a firmar contra su conciencia. Si durante los días más duros en la evolución de la pandemia en España, algunos dudamos de los mensajes esperanzados que apelaban a que esta crisis nos haría mejores, la confirmación de nuestros temores era atronadora a través de los medios de comunicación.

El calendario avanza y cada día veo menos la televisión y mantengo menos tiempo la radio encendida, no soporto ese repugnante juego dialéctico sin un ápice de ética; leo algunos titulares de prensa por mantener un pie en el mundo, pero me tomo muy en serio la distancia necesaria para protegerme del daño. Y en las redes sociales, constato también la división y el odio. Por eso, las pocas veces que he querido dejar un comentario medido y moderado o he compartido alguna iniciativa que me parecía adecuada, me ha pasado lo que no me había ocurrido hasta ahora, que he recibido un comentario que se parecía mucho más a un escupitajo que a un argumento.

Deberíamos recordar que escupir está muy feo.

Los que tenemos cierta edad vimos carteles que prohibían escupir en los remotos autobuses que iban a la periferia. Mis ojos infantiles los miraban sorprendidos, porque yo no entendía por qué había que escupir en un autobús ni en ningún sitio. Ahora que sabemos tanto de la carga vírica de gotas y microgotas de saliva deberíamos restringir al máximo la palabra convertida en esputo que se extiende en ámbitos políticos ante el estupor de buena parte de los ciudadanos.

Por un momento, he llegado a agradecer que los bares estuvieran cerrados y que se hayan evitado broncas de barra que podían haber acabado mucho peor que las de aquellos lunes, ¿os acordáis?, tras un partido de fútbol de rivalidad máxima y polémica absurda.

La diferencia entre aquellos rifirrafes y los de hoy es que ahora, sí, nos va la vida en ello. La vida de todos. Y que no podremos salir de esta crisis sanitaria, con sus derivadas sociales, económicas, educativas y políticas, desde el enfrentamiento, la mala gestión y la mala baba. Necesitamos profesionales y buen criterio, anteponer el interés colectivo al individual y en ese sentido, me gustaría expresar toda mi admiración por Fernando Simón, que me parece la persona que desde el principio y al límite de sus fuerzas, ha mantenido el pulso de esta crisis echándose a sus espaldas mucho más de lo que se le podía exigir. A diferencia de otros, Simón se ha dado cuenta de que tenía que dar lo mejor de sí, y lo ha hecho. Ha trabajado, ha pasado la enfermedad, ha seguido coordinando a su equipo del que no ha dado nombres para proteger su independencia. Lo que me pareció mal al principio, un gesto oscurantista, ahora me parece un acto de extrema generosidad. Por eso confío en que esas querellas que le están presentado acaben en el cubo de la basura.

Llevamos mucho tiempo en casa y mucho dolor acumulado. Hemos consumido muchas horas de información que incluían tanto mensajes de odio como de esperanza, momentos de justicia y solidaridad junto a insidias y malas prácticas, todo ello sumado a grandes dosis de propaganda política, de muy diversa índole, que a todas luces sobraba en el menú del confinamiento.

Como ciudadanos, estamos haciendo una digestión más que pesada.

Personalmente, sé que aún no toca salir a la calle en masa. Sé que, si no se puede garantizar la distancia de dos metros, toca usar mascarilla aunque la odie y su uso solo me permita una respiración de aire limitado y turbio. Sé que debo ser corresponsable con el esfuerzo sanitario, con los fallecidos y los vulnerables. Acato las leyes y no por eso dejo de pensar. Leo, reflexiono y hablo con la gente que distingue entre palabra y escupitajo.

Sé que volveremos a las calles bajo una gran sábana blanca, en señal de paz y en defensa de la sanidad pública, y que me tendrán enfrente todos los que han hecho dejación de funciones y han actuado de mala fe para sacar un puñado de votos a costa del odio y otros instintos primarios. No habrá olvido para los fallecidos ni perdón para los irresponsables.

11 de marzo: Homenaje

Desde 2004, el 11 de marzo no ha sido nunca más un día más. Desde entonces es un día orlado de luto en la memoria de muchos, entre los que me cuento.

Aquel día no perdí a nadie directo, a ningún familiar ni ningún conocido por aquel entonces… Pero los años y las circunstancias, el mundo grande que a veces se toca en tres pasos, sí me ha puesto en contacto con personas que no tuvieron esa fortuna. He llorado con ellos. He rozado su dolor sin consuelo. Siguen muy presentes, aunque tal vez ellos no lo sepan. Y hoy, están más que nunca.

Sentí aquel día y los sucesivos una herida difícil de explicar con palabras, un dolor que se renueva de alguna forma en cada aniversario.

Curiosamente, el de este año, con menos boato ceremonial, con menos actos protocolarios ante la crisis del coronavirus, me ha traído muchos recuerdos de aquel día. Porque hoy Madrid, como entonces, también respira y se mueve distinto, aunque por otros motivos.

Igual que en 2004, puro azar, yo he tenido que acudir a una cita médica y he atravesado calles más vacías de lo habitual, menos ruidosas, más latentes y en espera. Avenidas y medios de transporte donde la gente camina gestionando el miedo y la angustia, el no saber qué ocurrirá mañana ni cómo se alterará nuestro amanecer.

Hoy, igual que entonces, somos muy conscientes de nuestra fragilidad, recordamos que somos vulnerables. Y lo que parece obvio se agiganta ante nosotros porque, en lo cotidiano de los días normales, tendemos a olvidar que un instante azaroso puede transformarlo todo y derrumbar la ficción de control que hemos asumido.

El poema de hoy (que no recuerdo cuántos años tiene), se titula HOMENAJE, y está dedicado a las víctimas de aquel 11 de marzo que me sigue dando punzadas. Lo acompaña una fotografía del Bosque del Recuerdo. Curiosamente, la hice en color… pero las nubes y la tristeza de esos árboles la convirtieron en una fotografía tomada en blanco y negro.

Va por ellos, por los que se fueron y los que están con nosotros.

Homenaje

Todo el silencio es el sonido de aquellos días,
pesado y negro como el duelo.

Toda la lluvia es el rastro de las lágrimas,
un mar azul de llanto y palabra suspendida.

Todos los viajes son el camino de su recuerdo,
pasos distantes de quienes quedamos vivos
para llorar por ellos y abrazar su ausencia.

Todos los despertares son la pregunta
del dolor ante el espejo,
la mano que se extiende y vuela,
acariciando el aire.





El coronavirus y el miedo

Recuerdo perfectamente dos conversaciones que mantuve por wasap cuando en enero de 2020 empezaron a llegar noticias de un nuevo virus que estaba causando una epidemia, en principio, en la provincia china de Wuhan.

La primera fue con una amiga que vive en Hong Kong. La pregunté cómo estaba y tras tranquilizarme, me contó que no había forma de encontrar mascarillas, aunque aún no había ningún caso allí. También me confesó que estaba apenada por la ola de racismo en lugar de solidaridad que se estaba generando ante una enfermedad desconocida. Caí en la cuenta de que en ningún momento habíamos colgado en nuestras redes esos mensajes de apoyo incondicional que han generado otras noticias, como los atentados en suelo europeo, el incendio de Notre Dame o los que asolaron la Amazonía o Australia hace unos meses.

A nadie se le escapa que China es un país de libertades restringidas en muchos ámbitos donde el comunismo oficial es solo una fachada para un capitalismo despiadado. Las fábricas que nos abastecen de muchos productos, que consumimos sin mirar etiquetas, incumplen todos los derechos laborales que defendemos en nuestro cínico primer mundo. En medio de esa desafección generalizada, me conmovió descubrir que los habitantes de Wuhan se animaban unos a otros desde sus casas, y me estremeció que aquella soledad rompiera la noche con mensajes de ánimo entre personas retenidas en sus domicilios, amenazados por un virus descontrolado y el control gubernamental.

La segunda conversación la mantuve con una amiga que lleva muchos años trabajando en puestos de responsabilidad en el ámbito de la cooperación. Alguien que, por ejemplo, pisó hace años la zona de África afectada por el ébola y me decía, con conocimiento de causa, que los miedos que se cernían sobre el Mobile World Congress de Barcelona, por aquel entonces aún sin cancelar, eran fruto de la psicosis y el estigma, pues estábamos ante una epidemia más, en un país del tamaño de un continente.

Y en medio de ese delirio, un equipo de fútbol de la ciudad maldita podía venir a España a entrenar y pasar unos días, porque de nuevo el negocio y el show iban por delante de la coherencia informativa y el sentido común. En paralelo, varios países europeos repatriaban a sus nacionales y los aislaban en hospitales donde, al menos en el caso de España, han pasado la cuarentena sin incidencias, deseando retomar sus vidas en Wuhan, donde seguramente han encontrado la oportunidad de desarrollar una carrera profesional que su país no les brinda.

La suspensión del Mobile

Con información de goteo que los medios coreaban con hiperbólica alarma, varias empresas anunciaban que no irían al Mobile World Congress (MWC), hasta que el 18 de febrero se anunció su cancelación. En un evento al que iban a asistir 2.400 firmas, que se cayeran algunas de las grandes, mayoritariamente no asiáticas, parecía más que suficiente para que la organización declarara motivos de «fuerza mayor«, mientras las autoridades sanitarias sostenían que no había ninguna razón de salud pública para ello, algo que siguen manteniendo semanas después, cuando no se ha suspendido en España ningún evento multitudinario a pesar de que ya hay personas contagiadas.

La suspensión sonaba a guerra económica encubierta, al pánico de la empresa aseguradora, a intereses comerciales de altos vuelos… Su letra pequeña incluía la pérdida de 14.100 empleos temporales que iba a generar el MWC. Me imaginé el miedo de todas esas personas. Sus miedos a no tener suficiente para el alquiler del próximo mes; el descalabro de haber anticipado el precio de un uniforme que no iban a vestir; el descuadre de los días necesarios para una prestación de desempleo tras encadenar varios contratos… En suma, la esperanza de unos ingresos imprescindibles que se diluían como azucarillos en las expectativas de los invisibles.

Un mundo global solo para lo que mola

Somos paradójicos. Nos gusta vivir en un mundo que, para los ciudadanos de ciertos países, carece de fronteras. Nos encanta viajar a la otra punta del planeta y hacernos fotos. También nos priva recibir pedidos que atraviesan miles de kilómetros y nos ahorran unos cuantos euros: artilugios de toda índole y ropa y calzado con origen en Asia. Nos parece normal que en verano nuestras naranjas provengan de Sudáfrica o Argentina, por ejemplo, pero no nos gusta que los virus se muevan en un contexto que nos permite sentarnos en una cafetería de Madrid rodeados de personas que ayer estuvieron en la otra punta del planeta. Y sencillamente, no puede ser.

En un mundo global las amenazas son globales y parece increíble que todavía nos creamos a salvo de algo que ocurre en otro país o continente. No hay que caer en la alarma, pero tampoco vivir pensando que nuestras banderas y vergonzantes fronteras nos puedan proteger de problemas globales como una epidemia o la emergencia climática, que nos debería preocupar bastante más que el CoVid19.

Igual que esos fenómenos meteorológicos a los que hemos decidido poner nombre, los virus se mueven y nos conciernen a todos, aunque en nuestra mano está caer en la histeria colectiva o mantener la calma.

El pánico local y la irresponsabilidad de los medios de comunicación

Por todo lo anterior, para mí era obvio que este coronavirus llegaría a Europa, y que España, tarde o temprano, tendría su primer caso. Por eso me sorprende aún más el pánico que se ha desatado y la reacción de muchos medios de comunicación que han entrado en un irresponsable paroxismo.

La retransmisión de la noticia de cada nuevo caso me recordaba a aquellas remotas tardes de domingo, cuando todos los partidos de la liga de fútbol se jugaban a la vez y un pitido indicaba que se había producido un gol en algún lugar. ¡Gol en la Condomina! ¡Penalti en Carranza!

Los medios, tan raquíticos en sus recursos como en la asunción de criterios éticos y de servicio público, destinaban un equipo móvil a la puerta de cada centro hospitalario donde ingresaba un infectado con unos síntomas de menor virulencia que la gripe común. Y cada comunidad autónoma que se sumaba a la lista de “tenemos el primer caso” repetía la secuencia de torpezas y estupideces de las anteriores.

Al final, las voces de las autoridades sanitarias llamando a la calma se han emitido sin lograr ningún efecto en la población. Supongo que ha hecho más efecto ver mascarillas, tubos de ensayo en los laboratorios y las infografías de la propagación del virus en su dimensión geográfica y numérica. Como decía una profesora de la Facultad de Periodismo que me tocó padecer: “los muertos, primeroooooo”. Pues sí, sobre todo, los muertos; y en el cuarto oscuro, el derecho a la información, la vocación de que un buen periodismo puede contribuir a una ciudadanía crítica y la derrota íntima de quien ve que el oficio con el que soñó es hoy, con contadas excepciones, un verdadero asco.

Mientras tanto, los muertos caen por miles de sarampión en la República Democrática del Congo, 140 niños pueden morir en el campo de refugiados de Moria si no reciben la atención médica necesaria y Siria, por citar solo uno de los escenarios bélicos del momento, se desangra. Ante estos casos plagados de cadáveres, aquella profesora me podría decir que estoy olvidando el factor “proximidad”. En efecto, nos interesa más lo que pasa en nuestro entorno más cercano. Por eso debe ser noticia mirarnos el ombligo, decir que alguien tose y sembrar el miedo, siempre tan a flor de piel y tan interesante para ejercer el control sobre la masa.

Y mientras tanto, ya saben, lávense las manos.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑