11 de marzo: Homenaje

Desde 2004, el 11 de marzo no ha sido nunca más un día más. Desde entonces es un día orlado de luto en la memoria de muchos, entre los que me cuento.

Aquel día no perdí a nadie directo, a ningún familiar ni ningún conocido por aquel entonces… Pero los años y las circunstancias, el mundo grande que a veces se toca en tres pasos, sí me ha puesto en contacto con personas que no tuvieron esa fortuna. He llorado con ellos. He rozado su dolor sin consuelo. Siguen muy presentes, aunque tal vez ellos no lo sepan. Y hoy, están más que nunca.

Sentí aquel día y los sucesivos una herida difícil de explicar con palabras, un dolor que se renueva de alguna forma en cada aniversario.

Curiosamente, el de este año, con menos boato ceremonial, con menos actos protocolarios ante la crisis del coronavirus, me ha traído muchos recuerdos de aquel día. Porque hoy Madrid, como entonces, también respira y se mueve distinto, aunque por otros motivos.

Igual que en 2004, puro azar, yo he tenido que acudir a una cita médica y he atravesado calles más vacías de lo habitual, menos ruidosas, más latentes y en espera. Avenidas y medios de transporte donde la gente camina gestionando el miedo y la angustia, el no saber qué ocurrirá mañana ni cómo se alterará nuestro amanecer.

Hoy, igual que entonces, somos muy conscientes de nuestra fragilidad, recordamos que somos vulnerables. Y lo que parece obvio se agiganta ante nosotros porque, en lo cotidiano de los días normales, tendemos a olvidar que un instante azaroso puede transformarlo todo y derrumbar la ficción de control que hemos asumido.

El poema de hoy (que no recuerdo cuántos años tiene), se titula HOMENAJE, y está dedicado a las víctimas de aquel 11 de marzo que me sigue dando punzadas. Lo acompaña una fotografía del Bosque del Recuerdo. Curiosamente, la hice en color… pero las nubes y la tristeza de esos árboles la convirtieron en una fotografía tomada en blanco y negro.

Va por ellos, por los que se fueron y los que están con nosotros.

Homenaje

Todo el silencio es el sonido de aquellos días,
pesado y negro como el duelo.

Toda la lluvia es el rastro de las lágrimas,
un mar azul de llanto y palabra suspendida.

Todos los viajes son el camino de su recuerdo,
pasos distantes de quienes quedamos vivos
para llorar por ellos y abrazar su ausencia.

Todos los despertares son la pregunta
del dolor ante el espejo,
la mano que se extiende y vuela,
acariciando el aire.





El coronavirus y el miedo

Recuerdo perfectamente dos conversaciones que mantuve por wasap cuando en enero de 2020 empezaron a llegar noticias de un nuevo virus que estaba causando una epidemia, en principio, en la provincia china de Wuhan.

La primera fue con una amiga que vive en Hong Kong. La pregunté cómo estaba y tras tranquilizarme, me contó que no había forma de encontrar mascarillas, aunque aún no había ningún caso allí. También me confesó que estaba apenada por la ola de racismo en lugar de solidaridad que se estaba generando ante una enfermedad desconocida. Caí en la cuenta de que en ningún momento habíamos colgado en nuestras redes esos mensajes de apoyo incondicional que han generado otras noticias, como los atentados en suelo europeo, el incendio de Notre Dame o los que asolaron la Amazonía o Australia hace unos meses.

A nadie se le escapa que China es un país de libertades restringidas en muchos ámbitos donde el comunismo oficial es solo una fachada para un capitalismo despiadado. Las fábricas que nos abastecen de muchos productos, que consumimos sin mirar etiquetas, incumplen todos los derechos laborales que defendemos en nuestro cínico primer mundo. En medio de esa desafección generalizada, me conmovió descubrir que los habitantes de Wuhan se animaban unos a otros desde sus casas, y me estremeció que aquella soledad rompiera la noche con mensajes de ánimo entre personas retenidas en sus domicilios, amenazados por un virus descontrolado y el control gubernamental.

La segunda conversación la mantuve con una amiga que lleva muchos años trabajando en puestos de responsabilidad en el ámbito de la cooperación. Alguien que, por ejemplo, pisó hace años la zona de África afectada por el ébola y me decía, con conocimiento de causa, que los miedos que se cernían sobre el Mobile World Congress de Barcelona, por aquel entonces aún sin cancelar, eran fruto de la psicosis y el estigma, pues estábamos ante una epidemia más, en un país del tamaño de un continente.

Y en medio de ese delirio, un equipo de fútbol de la ciudad maldita podía venir a España a entrenar y pasar unos días, porque de nuevo el negocio y el show iban por delante de la coherencia informativa y el sentido común. En paralelo, varios países europeos repatriaban a sus nacionales y los aislaban en hospitales donde, al menos en el caso de España, han pasado la cuarentena sin incidencias, deseando retomar sus vidas en Wuhan, donde seguramente han encontrado la oportunidad de desarrollar una carrera profesional que su país no les brinda.

La suspensión del Mobile

Con información de goteo que los medios coreaban con hiperbólica alarma, varias empresas anunciaban que no irían al Mobile World Congress (MWC), hasta que el 18 de febrero se anunció su cancelación. En un evento al que iban a asistir 2.400 firmas, que se cayeran algunas de las grandes, mayoritariamente no asiáticas, parecía más que suficiente para que la organización declarara motivos de «fuerza mayor«, mientras las autoridades sanitarias sostenían que no había ninguna razón de salud pública para ello, algo que siguen manteniendo semanas después, cuando no se ha suspendido en España ningún evento multitudinario a pesar de que ya hay personas contagiadas.

La suspensión sonaba a guerra económica encubierta, al pánico de la empresa aseguradora, a intereses comerciales de altos vuelos… Su letra pequeña incluía la pérdida de 14.100 empleos temporales que iba a generar el MWC. Me imaginé el miedo de todas esas personas. Sus miedos a no tener suficiente para el alquiler del próximo mes; el descalabro de haber anticipado el precio de un uniforme que no iban a vestir; el descuadre de los días necesarios para una prestación de desempleo tras encadenar varios contratos… En suma, la esperanza de unos ingresos imprescindibles que se diluían como azucarillos en las expectativas de los invisibles.

Un mundo global solo para lo que mola

Somos paradójicos. Nos gusta vivir en un mundo que, para los ciudadanos de ciertos países, carece de fronteras. Nos encanta viajar a la otra punta del planeta y hacernos fotos. También nos priva recibir pedidos que atraviesan miles de kilómetros y nos ahorran unos cuantos euros: artilugios de toda índole y ropa y calzado con origen en Asia. Nos parece normal que en verano nuestras naranjas provengan de Sudáfrica o Argentina, por ejemplo, pero no nos gusta que los virus se muevan en un contexto que nos permite sentarnos en una cafetería de Madrid rodeados de personas que ayer estuvieron en la otra punta del planeta. Y sencillamente, no puede ser.

En un mundo global las amenazas son globales y parece increíble que todavía nos creamos a salvo de algo que ocurre en otro país o continente. No hay que caer en la alarma, pero tampoco vivir pensando que nuestras banderas y vergonzantes fronteras nos puedan proteger de problemas globales como una epidemia o la emergencia climática, que nos debería preocupar bastante más que el CoVid19.

Igual que esos fenómenos meteorológicos a los que hemos decidido poner nombre, los virus se mueven y nos conciernen a todos, aunque en nuestra mano está caer en la histeria colectiva o mantener la calma.

El pánico local y la irresponsabilidad de los medios de comunicación

Por todo lo anterior, para mí era obvio que este coronavirus llegaría a Europa, y que España, tarde o temprano, tendría su primer caso. Por eso me sorprende aún más el pánico que se ha desatado y la reacción de muchos medios de comunicación que han entrado en un irresponsable paroxismo.

La retransmisión de la noticia de cada nuevo caso me recordaba a aquellas remotas tardes de domingo, cuando todos los partidos de la liga de fútbol se jugaban a la vez y un pitido indicaba que se había producido un gol en algún lugar. ¡Gol en la Condomina! ¡Penalti en Carranza!

Los medios, tan raquíticos en sus recursos como en la asunción de criterios éticos y de servicio público, destinaban un equipo móvil a la puerta de cada centro hospitalario donde ingresaba un infectado con unos síntomas de menor virulencia que la gripe común. Y cada comunidad autónoma que se sumaba a la lista de “tenemos el primer caso” repetía la secuencia de torpezas y estupideces de las anteriores.

Al final, las voces de las autoridades sanitarias llamando a la calma se han emitido sin lograr ningún efecto en la población. Supongo que ha hecho más efecto ver mascarillas, tubos de ensayo en los laboratorios y las infografías de la propagación del virus en su dimensión geográfica y numérica. Como decía una profesora de la Facultad de Periodismo que me tocó padecer: “los muertos, primeroooooo”. Pues sí, sobre todo, los muertos; y en el cuarto oscuro, el derecho a la información, la vocación de que un buen periodismo puede contribuir a una ciudadanía crítica y la derrota íntima de quien ve que el oficio con el que soñó es hoy, con contadas excepciones, un verdadero asco.

Mientras tanto, los muertos caen por miles de sarampión en la República Democrática del Congo, 140 niños pueden morir en el campo de refugiados de Moria si no reciben la atención médica necesaria y Siria, por citar solo uno de los escenarios bélicos del momento, se desangra. Ante estos casos plagados de cadáveres, aquella profesora me podría decir que estoy olvidando el factor “proximidad”. En efecto, nos interesa más lo que pasa en nuestro entorno más cercano. Por eso debe ser noticia mirarnos el ombligo, decir que alguien tose y sembrar el miedo, siempre tan a flor de piel y tan interesante para ejercer el control sobre la masa.

Y mientras tanto, ya saben, lávense las manos.

Y ahora… ¿qué?

En el mismo momento en el que guardamos los regalos de reyes y nos deshicimos de sus envoltorios, estábamos dando por finalizado el día de la magia y la ilusión colectivas. Con el mordisco al último trozo del roscón, prometimos iniciar la dieta. Y al volver a encender la tele o el ordenador, los mensajes de buenos deseos se habían esfumado. Con la excusa del debate de investidura, la bronca estaba servida no solo en el lamentable espectáculo proporcionado por algunos de aquellos que el protocolo aún llama “señorías”, sino entre las familias y en las redes sociales, en las barras de los bares y en las pintadas amenazantes.

Con gesto enfurruñado, el 7 de enero arrancó el calendario real de vuelta a la rutina: levantarse antes del amanecer para afrontar la jornada de cada quien, con sus satisfacciones, sinsabores y un remoto horizonte en cuanto a futuras pausas vacacionales.

Y de golpe, como en otras ocasiones, me interpelaba una frase que el personaje del Joven le dice a la Secretaria en la obra teatral Así que pasen cinco años, de Federico García Lorca. Es casi al principio de la misma. Ella le dice “Adiós”, y él la contesta:

– Adiós… ¿y qué? ¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco? ¿Dónde voy?

(Así que pasen cinco años, Federico García Lorca).

No es que me sepa muchos diálogos ni poemas de memoria, pero interpreté esta obra hace muchísimos años, cuando el teatro era algo que me apasionaba y disfrutaba no solo como espectadora (pasión que mantengo), sino cuando me atrevía a estar sobre el escenario y daba vida, por ejemplo, a aquel personaje de la Secretaria escrito por Lorca. 

Reinterpretando el texto y la escena, sentí que los que se despedían eran 2019 y sus últimos fuegos artificiales, mientras todos nosotros estábamos en la piel de ese personaje que se pregunta, en esa frase magnífica y por eso inolvidable a pesar de los años, qué hacer con el tiempo desconocido que se le venía encima.

Mañana será un lunes incontestable. Un lunes que da pie a una semana completa y sin márgenes. La velocidad habitual, las exigencias, el fin de todas las excusas. Podremos empezar a mirar la lista de nuevos propósitos e  intuir las primeras derrotas. Y lo malo no es, como le ocurre al personaje de García Lorca, que no sepamos qué hacer con el tiempo nuevo que comienza ni dónde ir. Lo peor es que sabemos que volveremos a transitar por lugares y momentos que detestamos. Y somos conscientes de que habría que hacer un esfuerzo gigante para intentar cambiar lo que no nos gusta, al tiempo que reconocemos que no todo está en nuestra mano.

Mientras los medios se hacen eco, con la falta de imaginación de todos los años, de los nuevos clientes de los gimnasios o de los que intentarán dejar de fumar; apenas he leído nada sobre transformaciones más profundas, sobre los propósitos que afectan al alma y al espíritu, al fondo emocional de lo que somos. ¿Cuántos pensamientos negativos hemos logrado desterrar? ¿Cuántas personas tóxicas hemos borrado de nuestra agenda de contactos? ¿Cuántos sapos hemos digerido ya con sabor a turrón de almendras?

Es cierto que en pocos días se me ha olvidado la paz y el propósito firmado junto al lago, pero el lago sigue bien cerca. Es cierto que 2020 ha empezado con malas noticias, con la muerte de la madre de un amigo del alma y el sacrificio de un gato de la familia que está muy enfermito, al que acaricié pocos días antes de Reyes. Pero es pronto para rendirse. Aunque el mundo no gire en el mejor de los sentidos posibles y la rutina nos haya golpeado con sus primeras certezas, quedan muchos días por delante.

Así que ante la pregunta del Joven, “¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco?”, la respuesta ha de ser tozuda. Seguir peleando, seguir intentando las metas y los deseos que nos animaban en el primer brindis de 2020. Cambiar lo que no nos gusta y mejorar en primera persona para que sea más fácil levantarse cuando aún no ha amanecido.

Feliz 2020

Como cada 31 de diciembre, comparto mis mejores deseos con las personas que acompañáis este camino que es la vida. Si bien es cierto que la campanada que marca un cambio de calendario no cambia nada, sigo confiando en que este momento simbólico sea un punto de inflexión para los buenos propósitos y la renovación de los sueños.

El cambio de año es ideal para hacer balance, agradecer lo recibido, reflexionar sobre los aprendizajes y empezar a pergeñar los retos del nuevo año, al que habrá que pedir que sea propicio en la salud, las sorpresas y el desarrollo de viejos y nuevos proyectos. Los meses irán dando y quitando, como siempre, y hará falta ser más sabios que el año anterior para no volver a tropezar en los mismos sitios y aprovechar mejor los momentos de afecto y vínculo, de ilusión y sonrisa, para que duren, perduren y nos nutran tanto como sea posible.

Junto a estas líneas comparto una fotografía tomada en 2019. Es cierto que, por primera vez, he estado tentada de volver a felicitaros con Fénix, pero él fue el protagonista del mensaje de 2019. Y aunque se merecería volver a serlo, porque ha sido amuleto y refugio en muchos momentos de este año que termina, no he querido repetirme.

Es cierto que desde que Fénix llegó a mi vida hay menos oportunidades de viajar y compartir lugares lejanos, pero esa circunstancia también me ha servido para apreciar mejor la belleza de lo próximo. Esta imagen captó un instante del atardecer junto al Lago de La Casa de Campo de Madrid. A veces se nos olvida lo que tenemos al alcance, lugares que permiten encontrar la calma y la magia, una superficie de agua donde las aves buscan refugio y la naturaleza regala paz y silencio.

En estas horas crepusculares de 2019, ese es mi deseo y mi ofrenda: que en 2020 seamos capaces de disfrutar al máximo con lo que nos rodea, que encontremos un equilibrio razonable en lo cotidiano, que podamos detenernos ante un paisaje que nos proporcione confianza y fuerzas para superar las dificultades, que disfrutemos de la serenidad y las pausas. Y todo ello, rodeados de afecto y cariño, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles. ¡Feliz 2020!

La navidad de cada quien. Celebra la tuya

Rituales

Tras el cristal,

almendras como rocas.

Tras el cristal,

guijarros dulces

para las felices fiestas.

Tras el cristal,

heridas abiertas

en la mirada del hambre.

Tras el cristal,

almíbar entre adornos,

ajonjolí y canela.

Tras el cristal,

promesas

del mejor mañana

roto a mordiscos,

al alba

del año nuevo.

Antecedentes e inspiración

Este poema, que se encuentra en mi libro De paso por los días (Bartleby, 2016), ofrece el ritual correspondiente a la parte dedicada al invierno.

He dudado mucho si subirlo hoy al blog, porque estoy leyendo muchas felicitaciones de navidad, muchos buenos deseos y no quería ser aguafiestas.

Finalmente, he decido publicarlo porque me apetece dar continuidad a la serie de los poemas titulados ‘Rituales’, de la que ya pudisteis leer la versión correspondiente al otoño, y también porque tampoco voy a ser la primera en señalar que estas fechas tienen una tremenda carga de ambivalencia. Gustan y duelen por igual, generan niveles máximos de filias y fobias. Con toda la energía de las luces festivas y los villancicos, nos ofrecen el contraste brutal de la pobreza que nos rodea, que tal vez se hace más evidente o nos golpea más entre los escaparates deslumbrantes y las bolsas que sabemos reconocer cargadas con lo innecesario.

Es cierto que nunca llueve a gusto de todos, pero en cualquier otra fecha uno puede sentirse afortunado o triste sin sentirse interpelado por una marea general que casi obliga a compartir con otros, a sonreír y a brindar. A medida que la navidad se ha hecho más consumo frente a su carga de celebración familiar y rito religioso, los mensajes de falsa alegría disfrazados de espumillón ficticio lo inundan todo y es difícil discrepar o resistirse. Por eso, paseando por la calle el otro día, me detuve a hacer la foto que ilustra estas líneas, porque el espejo roto reflejando un adorno luminoso me pareció una metáfora, una síntesis perfecta de estas fechas.

No obstante, ante el panorama impuesto de felicidad, lo ideal sería que cada uno encontrase el punto de equilibrio personal para disfrutar de estas fechas. Sin olvidar que el mundo sigue hecho un desastre, sin renunciar a que deberíamos contribuir a mejorarlo, sin provocar disgustos ni avivar conflictos familiares, sin contribuir al derroche energético o de materiales, sin darle prioridad a lo superfluo o a lo que nos hace daño. Ser capaces de disfrutar desde lo pequeño y lo íntimo, desde ese espacio que nos permite estar en paz con nosotros mismos y con lo que nos rodea. 

Vida natural más que vegetal

Vida y muerte se tocan en estos arbustos que veo en mi recorrido diario. Plantados en la misma jardinera, coinciden en las horas de sol, las escasas gotas de lluvia y la dosis venenosa de los tubos de escape que alteran la paz de la avenida.

Las plantas secas conviven con las verdes y ambas me interrogan. Será porque hay días en los que a pesar de respirar y desarrollar las tareas que tocan, me siento tan fatigada que cuesta ese pequeño gesto de poner un pie delante de otro, y me reconozco en esas ramas exhaustas. A partir de mi cansancio, quisiera contagiarme de las que permanecen verdes y luchan a pesar de la amenaza, ese color pardo que se ha hecho inesperado vecino.

En la foto como en la realidad, vida y muerte son sombra y contacto. Sin una no existe la otra. Más que entes opuestos son complementarios que se encuentran en un filo azaroso: unas hojas y no otras perdieron la savia, igual que algunos seres llegaron a su final y otros mantienen su aliento.

Me pregunto por las raíces que se ocultan bajo la tierra: si fueron ellas las primeras en sentir la agonía. Me pregunto por el proceso, si todo obedece a un agente externo que fue pulverizando sus hojas, invadiendo todo, o si surgió desde dentro. Me pregunto por cómo dos plantas que están tan juntas no comparten el mismo futuro o si la que permanece verde ya siente miedo y acabará igual.

Desde hace tiempo, gracias en parte a las pistas que va dejando en sus textos el poeta y amigo Gsús Bonilla voy sabiendo más de la vida vegetal. Quizás, quienes amamos por igual las palabras y la botánica deberíamos desterrar la palabra vegetal para ciertos estados clínicos.

Parece que las plantas aprenden, se estresan, anticipan riesgos, reaccionan, se comunican, se reconocen. Solo que los seres con piernas y lenguaje no las entendemos y hemos decidido que son subsidiarias e inferiores. También aunque sabemos que nos proporcionan oxígeno y vida, cada tanto las quemamos por unas monedas o un problema de lindes. Y aún así, nos tenemos como especie evolucionada.

Personalmente, cada vez me hago más preguntas. Quizás sea por el otoño con su decorado de melancolía repartida en las aceras; quizás sea por la vida elegida, con todas sus exigencias por encima de las propias fuerzas. Muchos días me siento más en sintonía con lo animal que con lo humano, y si articulo palabras y escribo es por agarrarme a algo que dote de sentido al calendario.

Escribo árbol y lo imagino, y escribo savia y raíz, y algunas horas cobran más luz. Ante un estanque, en un parque, tras la ventanilla de un tren… toda esa naturaleza me permite conectar con la belleza y la certeza de lo cíclico. Y desde ahí, albergar cierta esperanza. Hay días que se salvan en la caricia de un gato y en la contemplación de un paisaje, a pesar del daño y la fatiga.  

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