Quienes leéis los textos que voy escribiendo para este espacio personal os habréis dado cuenta de los tiempos sombríos, del cansancio, de las veces que me faltó la energía. Es cierto que no ayudaron la pandemia ni las exigencias de la vida cotidiana, demasiado gobernada por esa palabra, exigencias, que he escrito antes de la más importante, la vida, la que no debemos convertir en complemento sino valorar como núcleo, lo único que tenemos.
Por eso creo que, en cierto modo, os debo un texto de renacimiento. Un texto que, esta vez, no está ligado a los buenos deseos del cambio de año o del cumpleaños, en los que siempre me surge una esperanza y un balance que me arroja a lo bueno, aunque, en los últimos años haya sido más teoría que práctica.
Con la perspectiva del tiempo, soy consciente de la fragilidad de la salud mental, incluso teniendo todo a los ojos de los demás; del daño que nos hace una existencia de la que nos sentimos ajenos. Años de terapia y la compañía de personas y cosas buenas van dando, por fin, resultado. Y aunque da un poco de miedo decir que la tormenta ha pasado, sí que creo que, por fin, está más lejos. La siento a la distancia, tras las ventanas de mi casa. Ahora sé que es capaz de arrasarlo todo. También confío en estar mejor preparada si vuelve, y que el aprendizaje de este tiempo (y el que queda), constituya un buen refugio. De paso, este texto me servirá para recordarme que estos momentos fueron posibles y de rescatarlos, con todas mis fuerzas.

En los últimos días, me he sorprendido a mí misma tomando fotografías de las flores de los jardines, cuando hacía tiempo que la cámara de mi teléfono móvil no registraba la llegada de la primavera a Madrid. A pesar de su marco ciertamente artificial, se han multiplicado centenares de flores hermosas dispuestas a recordarnos que la belleza, a veces, ayuda a una cierta reconciliación interior. Con el mismo impulso, mis ojos insisten en detenerse en el azul del cielo, tan espléndido y diverso, con esta multitud de nubes que juegan con nosotros entre nublados y chaparrones inofensivos.
Al regresar al Retiro, donde hacía demasiado tiempo que no paseaba sin prisa, he vuelto a recuperar la sensación de plenitud que me contagian sus enormes árboles, los espacios de sombra tejidos por un verdor radiante de ramas cruzadas y la belleza de parterres de flores, diversas y espléndidas, agradecidas por las recientes lluvias y una temperatura todavía agradable y tibia. Han brotado flores incluso en los tejadillos de las instalaciones de conservación. Los niños correteaban y el césped invitaba a la charla o la siesta. Los mirlos esquivaban la foto pero regalaban un canto alegre, peculiarmente vital. La cría de una pareja de patos aprendía a nadar en el pequeño estanque donde caía un agua mansa, procedente de la cascada artificial que nace en la Montaña de los Gatos. Y cuando llegué al Paseo de Coches, descubrí los preparativos de la próxima edición de la Feria del Libro. Allí estaban las casetas ya montadas, con sus persianas arriba y un gran vacío, hambriento de papel y palabras, de ficciones, ensayo y poesía, de viajes e ilusiones donde volveré en unos días.

Mi paseo continuó por la calle de Alcalá. El bullicio era innegable en terrazas repletas que ya no provocaron mi malestar. Se ha hecho un discurso tan infame de las cañas y se ha producido una invasión tan incívica de la vida vecinal a costa del terraceo que nos han robado también, de alguna manera, alegrarnos del reencuentro que se da en cada mesa, donde los grupos de amigos comparten risas y planes, y las parejas se reencuentran en besos y confidencias, por fin, fuera de las pantallas.
En el Paseo de Recoletos me esperaba la 46ª edición de la Feria del Libro Antiguo y Ocasión, que supuso otra doble cita, tanto con mi nostalgia como con mi renovación. En mis tiempos universitarios siempre iba, sobre todo, a la de otoño, cuando buscaba, a un precio reducido, algunos de los libros que necesitaría a lo largo del curso. Sin embargo, en las últimas ediciones, dejé de acudir o lo hice mirando los libros con desgana, sintiendo que no había lugar para ninguno más, mientras las lecturas pendientes se acumulaban estérilmente en casa. En la última visita, he recordado a aquella compradora impulsiva, que al margen del listado que generaban los estudios, se lanzaba a las gangas de los grandes nombres sin reparar en nada más. La lectora que soy, con los años, sabe que no todo vale. El tamaño de letra es crucial cuando descubres que, sin las gafas que corrigen la presbicia, incluso cuesta descifrar la letra enfática y mayúscula de títulos y autores en los lomos. Me llamó la atención ver aquellos libros de Enid Blyton, que llenaron las vacaciones de verano con largas noches de lectura, a precio de saldo.

No pude resistir la nostalgia ante esas ediciones; tampoco al acariciar los libros de las editoriales que nos proporcionaron el salto a una literatura de adultos en formatos asequibles. Allí estaban las ediciones de Austral, con su guarda de papel vencido; las de Alianza, Bruguera, Cátedra o Edaf; las que cruzaron el charco gracias a Losada; las colecciones de quiosco, que hicieron accesibles algunos títulos anhelados. De todas ellas, quedan ejemplares en mi biblioteca, y cada uno de esos libros me habla de la lectora que fui. Agitada por los intereses y motivaciones actuales, por la tarde primaveral y la fuerza del azar, que siempre es decisiva en las librerías de lance, volví a descubrir decenas de libros que me interesaban y la cartera se abrió más veces de las que había previsto. Es cierto que tengo ya suficientes libros pendientes de leer, en diversos rincones de la casa que ocultan la evidente acumulación. No obstante, que el deseo volviera a ponerse en marcha era una noticia excelente. Y me dejé llevar, manteniendo, eso sí, una cierta cordura. Por eso, me detuve cuando ya cargaba siete libros nuevos que prometen el descubrimiento de la literatura que hoy me interesa y nutre.
Creo que empiezo a salir de un para qué desganado y voy llegando a un porque sí. Ya era hora. No es un sí caprichoso e irracional sino una afirmación consciente de quien se reconoce en las heridas y abre un nuevo camino. La persona y los proyectos que quiero ser y emprender. Ya era hora. También hora de compartirlo y de agradecer a quienes habéis estado al lado, del cuerpo o de los textos, que vienen a ser un todo.























