Vivencias que serán recuerdo y energía

No todas las semanas la actividad profesional se transforma en una sonrisa espléndida; ni la poesía y el arte se suman al abrazo en compañía. Pero este enero tuvo una semana tan atípica en todo, tan agotadora y nutritiva a la vez, que ha merecido la pena escribirlo.

No todas las semanas se conoce a un Premio Nobel de la Paz…

Y yo he tenido la suerte de recibir a Shigemitsu Tanaka, en el Colegio Lourdes FUHEM, y de ser la fotógrafa ocasional de los primeros minutos; cuando en mitad del asombro, alguien le pidió que posase con la medalla que recibió en Oslo, representando a su organización, Nihon Hidankyo, el pasado diciembre.

Las horas previas fueron intensas, coordinando su encuentro con algunos medios de comunicación; y si bien es cierto que este trabajo suele ser ingrato, di por bien invertido el esfuerzo, que resulta mínimo ante el suyo, incansable a pesar de la edad, el jet-lag y las secuelas. Mi pequeña aportación ha sido contribuir a que su mensaje alcanzase a la opinión pública: “las armas nucleares pueden suponer el fin de la humanidad”, nos ha repetido. El riesgo nuclear ha impulsado a Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), y a la Alianza por el Desarme Nuclear a organizar este viaje institucional, para lograr que España firme el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN).

Tampoco todas las semanas me siento en un salón de actos escolar rebosante de alumnos y alumnas que, con su silencio y respeto, con su emoción contenida, reconocen que están siendo testigos de un día histórico en el que supervivientes y descendientes de Hiroshima y Nagasaki, los hibakusha, junto a los integrantes de diversas organizaciones contra las armas nucleares les transmiten su legado. Me impresionaron las voces cálidas y a la vez imponentes de Shigemitsu Tanaka, que tenía cuatro años cuando la bomba atómica arrasó su Nagasaki natal; y la de Carlos Umaña, copresidente de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW), y miembro de la Junta Directiva de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), organizaciones que han recibido el Nobel de la Paz en 1985 y 2017, respectivamente.

En sus discursos, pasado, presente y futuro se asomaban al peor de los espejos. Citaron Gaza y Palestina mientras la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado permitía cierta esperanza, aunque no podemos olvidar las más de 45.700 personas asesinadas y 108.800 heridas en la Franja, desde el inicio de la guerra. También mencionaron los nombres de Ucrania y Rusia, de Corea y China, y entonces, fuimos aún más conscientes de la amenaza nuclear que unos y otros dirigentes usan, comportándose como trileros mortíferos y bravucones, sin tener en cuenta que bastaron unos segundos para aniquilar a unas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki y dejar heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que a día de hoy siguen causando un gran sufrimiento.

Ni todas las semanas se asiste al abrazo de la nostalgia

Por supuesto, no todas las semanas presento y dinamizo un acto que reúne a la comunidad escolar de un Colegio como Begoña, que cerró sus puertas en junio de 2012. Su reencuentro me brindó la oportunidad de convertirme en testigo del amor que pervive entre quienes fueron estudiantes y docentes hace cuarenta, treinta o quince años…

Les escuché y me emocioné con ellos, porque en su relato de nostalgia y afectos reconocí algunas de las experiencias que marcaron mi etapa escolar en otro colegio de Madrid, pero en el mismo contexto socio-económico y político… Aquella España que se empezaba a reconstruir sobre bases democráticas y en las que muchas familias pensaban que sus hijos y, por primera vez, sus hijas, si estudiaban y se esforzaban lo suficiente, iban a tener las oportunidades y las vidas que les habían sido negadas a las generaciones anteriores.

Escuchamos allí que un colegio y un profe, aunque se le recuerde con un mote, pueden cambiar una vida, la vida que después puede transformar el mundo. Recordamos también la influencia de las primeras amistades y las experiencias vitales de la adolescencia y la juventud, cuando todo estaba por llegar y el futuro parecía un lugar mucho más luminoso que el que vislumbramos ahora.

Y cerrar la semana, con la poesía y al arte

No todas las semanas acudo a un acto literario en el que se presenta una editorial que acaba de echar el cierre tras veintisiete años de trabajo y unos cien títulos de un catálogo. Pero ese es el caso de Igitur, la editorial que protagonizó en la librería Enclave de Libros una nueva sesión del ciclo “¿Qué hay de la poesía hoy?”, que volvió a ser lumbre, belleza y afectos, como recordó Esther Peñas en su intervención inicial. Después, Ricardo Cano Gaviria y Rosa Lentini, editores de Igitur (y antes, de la revista Hora de Poesía), recordaron los títulos publicados, el camino de ilusiones y tropiezos junto a traductores y autores. Entre los últimos, les acompañaban Noni Benegas, Manuel Rico y Esther Ramón, que evocaron las páginas de los libros que cada uno había publicado en aquel sello remoto y audaz que, desde un Montblanc recóndito e independentista, traía aires renovados a una poesía monopolizada entonces por pocas editoriales y uniformada por estéticas que apenas dejaban margen.

De Igitur fueron las primeras traducciones al castellano de poetas que no estaban disponibles en España: Sharon Olds, Wisława Szymborska, Ungaretti, Mandelshtam, Montale, Mallarmé… y muchas mujeres poetas inéditas entonces: E. Bishop, J. Barnes, Lidia Pastan, Amelia Rosselli, Joyce Mansur, Rosa Leverolli…

Escuchándolos, y seguramente porque sus palabras coincidían con vivencias en las que la nostalgia no había dejado de interpelarme, me pregunté por mis lecturas de muchos años atrás, por mis errores y lagunas. Menos mal que Rosa Lentini insistió en que “no hay tiempo ni espacio físico ni psíquico para tanto como queremos leer”, y me perdoné un poco. Con esa indulgencia, volví a saltarme la prohibición autoimpuesta de no comprar más libros, y me dí un capricho que, en el fondo, tenía mucho de gratitud hacia sus esfuerzos de tantos años.

Por último, no todas las semanas acudo a la clausura de una exposición de mi amigo Leandro Alonso García; pero, desde que inauguró «De lo que queda», en Vamm Coffee House de Villalba, estaba pendiente el reencuentro, el abrazo y la confidencia en torno a ese misterio que es el arte.

La muestra recopilaba obra diversa a partir de la plasticidad y la potencial belleza del residuo y la imperfección que nos rodean; y cómo a través del video, la escultura, los collages, la fotografía o el fotomontaje, se despiertan nuestra mirada y nuestra capacidad de observación. Se proyectaron trabajos conjuntos de Leandro Alonso y Alberto Cubero, y al volver a ver y escuchar libros y proyectos que tienen ya más de diez años, como La textura metálica del dolor, retomamos la conversación sobre la relación entre las distintas manifestaciones artísticas y el hallazgo azaroso que, gracias al arte, nos conmociona.

Hasta aquí alcanza el relato de esa semana excepcional de un enero doloroso en muchos de sus días. Frente a los párrafos previos, lo habitual es que la cita “los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía”, crezca en mi cabeza hasta cobrar la dimensión de una valla publicitaria imaginaria, pero muy arraigada, al levantar o bajar la persiana de cada jornada. Y que, desde esa visión de pesadilla, me paralice un cansancio triste que me impide participar en espacios que disfruto. Por eso, me alegra tanto que esta semana haya sido distinta.

Las horas fueron propicias y, ojalá hubieran sido aún más anchas y largas, para poder sumarme al «Vermut poético», convocado por Genialogías, dedicado a Poesía y Ruptura, con Marga Mayordomo, Amparo Arróspide y Roxana Popelka; y al encuentro en torno a mi querido Francisco Moreno Galván, organizado por el Círculo Flamenco de Madrid. Evidentemente, ni el don de la ubicuidad ni las fuerzas dieron para tanto.

Si esos días, en el marco de los actos escolares citados, se recurrió a Rilke, “la patria es la infancia”; de pronto, entendí que de la niñez se sale cuando, de forma progresiva, la vida nos obliga a elegir entre opciones que, con los años, son cada vez más serias. El domingo, entre envases vacíos de vitaminas y analgésicos, elegí descansar porque mi cuerpo avisaba. Me tome una pequeña pausa mientras acariciaba algunas fotos y, como dicen los flamencos, me repetía aquello de “¡Que nos quiten lo bailao!”. Finalmente, el lunes… cualquier intento de baile cayó por tierra, con un trancazo monumental, y varios golpes que han resonado como un demoledor zapateado en mi cabeza. No obstante, no quiero olvidar lo bueno. Y en cuanto me recupere, confío en que esos recuerdos me permitan volver a bailar.

Sillas vacías: la poesía de Liu Xia

En este Madrid libresco que tanto me tienta, con más presentaciones que tiempo y más propuestas literarias que estaciones de metro… se hace raro asistir a la presentación de una poeta que para mí era absolutamente desconocida y que, además, no estaría en el evento. Su nombre es Liu Xia y su libro ‘Sillas Vacías’. Sin embargo, acudo porque los organizadores de la cita son de total confianza: el acto se celebra en Enclave de Libros, lo presentan Miguel Casado y Esther Peñas y la obra está editada por Libros de la Resistencia.

Con esos antecedentes y a pesar de la imposibilidad del contacto personal con la autora y de la firma que habría anhelado mi mitomanía, me acerqué a descubrir a una poeta delicada cuya poesía es “una peculiar síntesis de habla sencilla y nítida con el extrañamiento que hace sensible lo no dicho, una elipsis que contrasta con momentos de corporeidad y detalle de lo cotidiano”, según la presentó Miguel Casado, traductor y autor del epílogo del libro.

¿Qué encontramos en el libro Sillas vacías? Esther Peñas insiste en “la sutileza, la conjura de los contrarios, las hipérboles sin estridencias, la exquisita elaboración de los silencios, la fuerza de las imágenes”. En el primero de los poemas recogidos en el libro, “un pájaro y luego otro”, el pájaro sirve para expresar el miedo a que la palabra pueda quebrar la belleza de lo desconocido. En los títulos de otros: “un día”, “juego” o “el abuelo materno”, vamos poco a poco descubriendo el universo poético de Liu Xia, inédita hasta ahora en nuestro país. Hojeamos las páginas y, en esta edición bilingüe en castellano y chino, se nos invita a ver un poema silente en los signos de una caligrafía incomprensible y a detenernos en las fotografías tomadas por la propia autora cuando estuvo bajo arresto domiciliario, unas imágenes inquietantes, como la que figura bajo estas líneas, que también nos permiten acercarnos al universo vital de la poeta.

Antes de responder a las preguntas de Esther Peñas, Miguel Casado nos relató que el encuentro con la poesía de Liu Xia fue completamente azaroso, tal y como se explica en el epílogo del libro. Curioseando entre títulos de autores chinos, halló dos libros de Liu Xiaobo, uno de ellos de poemas, actividad literaria de la que apenas se sabía en el exterior de China, dado que su dimensión política, que le hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz en 2010, había opacado su escritura poética. En ese libro de Liu Xiabo, Miguel Casado descubrió una cita con cuatro versos de Liu Xia, su segunda esposa; unos versos maravillosos que sirvieron de motor de búsqueda y para acercarse a esa mujer que quiso casarse con un preso político y recurrió a la poesía para comunicarse con su marido, en un intercambio epistolar con el que ambos eludían, en parte, el control de los censores y vigilantes de esas misivas.

Es fácil imaginar que la biografía y la obra poética y plástica de Liu Xia ha quedado “aplastada”, como dijo Miguel Casado, por el activismo de Liu Xiabo y sus consecuencias en la vida de ambos algo que, Liu Xia ya apunta en el bellísimo poema “2 de junio de 1989”, escrito poco después de los sucesos de la plaza de Tiananmen. “Mi interés por sus poemas tiene que ver con su calidad poética. ‘Sillas vacías’ es un libro incardinado en su vida como todos los grandes libros de grandes poetas”, concluyó Casado, recordando la frase de Herta Müller, quien impulsó una campaña internacional para sacar a Liu Xia de China y consideró que sus poemas “giraban en torno a la autoafirmación de una vida robada».

Cuando Miguel Casado y Esther Peñas comenzaron su conversación, los asistentes ya estábamos subyugados por la historia, la biografía y las condiciones en las que Liu Xia había escrito su obra. No obstante, ante los poemas, lo imprescindible era observar y disfrutar de su anunciada calidad poética. Y no quedó ninguna duda. Duele leerla y reconocer su condición de mujer en una sociedad patriarcal; su condición de mujer de un disidente político en un régimen férreo; y su condición de dar voz y representar a quien no la tiene, a pesar de que ella no quería tener un posicionamiento ni un papel político… Y a pesar de todo, la palabra se levanta y resiste.

En el tiempo de las preguntas y las respuestas supimos que las “Sillas vacías” del título hacen alusión al cuadro de Van Gogh, un referente europeo en la obra de Liu Xia, como también lo son Franz Kafka y Marguerite Duras. El conocido cuadro de Van Gogh le inspiró la escritura de un poema en 1998. Doce años después, una silla vacía representó a su marido en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz que no pudo recoger, y la expresión “silla vacía” fue prohibida en China. El azar volvía a unir lo poético a una experiencia vital ensombrecida por las decisiones y las miradas ajenas.

La conversación siguió en torno a cuestiones que son un misterio… Resulta difícil siquiera intuir cuál fue la posible retroalimentación de dos voces poéticas separadas a la fuerza, más allá del respeto a la independencia de cada uno y la necesidad de comunicación que se desprende de esa relación epistolar poética. Igualmente, es complicado saber cómo afectó a la poeta la censura y el confinamiento que sufrió, porque es algo que cada poeta vive de una forma única, (en variaciones múltiples que pueden ir desde el silencio a la autocensura), y que, en cualquier caso, suele tener más consecuencias sobre la difusión de la obra que sobre la propia escritura.

Se leyeron varios poemas y en la escucha fui reconociendo en la escritura de Liu Xia ese malestar que he leído en otras autoras, que entran en conflicto con su escritura y su inspiración; y también con la vida que deben cumplir y el deseo de ser otras, vital y literariamente, mientras se ven relegadas en un entorno mayoritariamente masculino. A pesar de la distancia, a pesar de la caligrafía china tan incomprensible, ahí estaban los versos que se preguntan por el espacio personal que la autora ocupa, el nido, el lugar propio e insignificante. En el poema “fraude”, ¡menudo título!, se expresa la tensión que supone la inspiración frente a la locura del papel en blanco y también el desdoblamiento de quien escribe. En “un día”, se encuentran la mujer poeta y la mujer que hace la cena para otros y debe cuidar las formas y las palabras. En “un pájaro y luego otro” está el poema que la hizo conocida en los círculos literarios de Pekín, cuando tenía veintiún años, ese primer poema que puede llegar a bloquear lo que resta por escribir o bien, abrir camino.

Liu Xia se mira en Marguerite Duras, que es quien le ofrece más peso en la concepción de la escritura. De ella recibe la misión de contar lo que vive, su verdad. Liu Xia encuentra en la poesía y en el arte una forma de resistir. Y a pesar de todas las distancias, las experiencias vitales, los espacios geográficos y un idioma tan distinto al mío, sus poemas son ya parte del hilo con el que seguiré tejiendo una forma de decir.



Encuentro con Ana Blandiana: la poeta y su poesía


El viernes 8 de noviembre de 2024 tuvo lugar un encuentro con Ana Blandiana en la Librería Rafael Alberti de Madrid. La autora se mostró entusiasmada desde el minuto uno: “Esta librería me parece casi un templo, un lugar místico. Lo visito por segunda vez y quería volver, porque estuve aquí cuando no era tan conocida”.

Es lógico. La mayoría de poetas son seres desconocidos para el gran público. Su nombre solo hace efecto sobre unos pocos iniciados. Y un día, si ocurre, si cae un premio notable, su vida se da la vuelta. Las lecturas íntimas de otro tiempo se trasladan a grandes teatros; surgen por primera vez o se multiplican entrevistas y portadas impensables. Por si era poca la emoción de la autora y los congregados, Lola Larumbe, al frente de la Alberti subrayó el momento: “esta tarde vamos a saber cómo se tocan las alas de un ángel”, en alusión a un verso y un libro de Ana Blandiana.

En España, la dimensión pública de Ana Blandiana (Timișoara, 1942), tiene un antes y un después de la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras (2024). Además de acudir a la ceremonia, en los últimos días ha sido invitada a leer en numerosos espacios. No obstante, en esta tarde noche de otoño tenemos el privilegio de celebrarla en una charla casi íntima, junto a su traductora Viorica Patea y Jordi Doce, editor del libro que por el que supe de ella por primera vez, “Un arcángel manchado de hollín” (Galaxia Gutenberg, 2021). Aunque es novelista, ensayista, autora de relatos y una destacada activista a favor de la libertad, esta tarde, con la complicidad y el buenhacer del Instituto de Cultura Rumano, acude en calidad de poeta.

La presenta Jordi Doce quien nos recuerda los motivos del encuentro, la concesión del premio ya citado y también que la obra de Ana Blandiana esté íntegramente traducida al castellano, algo que no es habitual y se ha logrado en veinte años. Jordi Doce, poeta, editor y traductor, sabe de lo que habla, del contraste que supone frente a otros autores, cuya obra está parcialmente traducida a nuestro idioma y realizada por distintas manos. Subraya que, en buena medida, la excepción ha sido posible gracias a Viorica Patea, la traductora de toda su obra tanto al español como al inglés, que además de la traducción ha aportado prólogos a cada libro. “Que haya habido una pareja de baile fija da mucha coherencia y unidad a la obra de Blandiana”, sostiene Jordi Doce, quien explica que nos encontramos ante una poesía “absolutamente reconocible desde el primer al último libro, aunque a lo largo de los diferentes títulos se hayan dado distintos periodos y estilos. Poemas, por lo general, breves donde una imagen se despliega con exuberancia en una metáfora extendida que también constituye una hipótesis sobre el mundo, y todo ello a través de un lenguaje aparentemente sencillo”.

En su presentación, Jordi Doce nos ofrece un recorrido preciso por el itinerario poético que ofrecen los libros de Ana Blandiana. Con una voz firme desde el primero de ellos, una decidida forma de decir. De la revelación inicial al repliegue del segundo título, tras abandonar Bucarest. El conocimiento poético se afianza frente al conocimiento científico y teórico; la poeta nos invita a disfrutar y a ser testigos del mundo natural sin agostarlo ni explotarlo, al tiempo que la poesía nos propone un sueño que se convierte en el propio acto creador. En once libros hay mucha poesía. En los títulos y en el recorrido se nos abre el apetito de la escucha. Dice Ana Blandiana que para escribir necesita retirarse de las rutinas cotidianas. En silencio, asiento, pensando en la insalvable distancia entre los poemas y las obligaciones. Por fin, llegamos a sus últimos libros que son los que se presentan esta tarde, aunque la coyuntura nos haya regalado una panorámica completa de su obra poética. El sueño dentro del sueño y otros poemas (Visor, 2024) es el undécimo que se publica en español, aunque fue el primer libro de la autora, hace sesenta años (las traducciones no han seguido un orden cronológico); y El ojo del grillo (Visor, 2024), el más lírico de toda su producción, según Jordi Doce.

Tras la introducción a su obra, toma la palabra Ana Blandiana. Me emociona escucharla: una voz entusiasta y alegre, por momentos, nerviosa, que me recuerda a una niña con zapatos nuevos, feliz con estos días que está viviendo, feliz al ver una librería rebosante para el encuentro. Reconoce Blandiana que, normalmente, las relaciones entre poetas no son muy buenas, y que en la presentación de Jordi Doce hay una forma de altruismo. Por eso prefiere hacer un inciso y comenzar su lectura con dos poemas incluidos en “Un arcángel manchado de hollín”.

Cuando Ana Blandiana lee sus poemas su voz se transforma. No tiembla ni titubea, no hay rastro de ese nerviosismo agitado con el que nos ha dado las gracias. Como en una especie de trance casi litúrgico, su voz suena poderosa y rotunda en una lengua que no entiendo pero me emociona, también en lo rítmico y en la musicalidad de unos versos que cantan dispuestos a conmovernos. Escuchamos cada poema en rumano y después su traducción. Los poemas me sorprenden. Hay humor y giros inesperados y preguntas transcendentales; todo junto. En algunos versos, me habla una mujer que intenta encontrar su sitio mientras se plantea dónde está el bien y dónde el mal. La oscuridad, el frío, la soledad, el viaje. El demonio, los demonios. Las dudas que vamos encontrando ante el paso tiempo y nuestra propia existencia. Y en varias ocasiones, los ángeles, que caen desde lo alto, que aparecen manchados, que son juzgados en los mercados. Los ángeles que la poeta entiende: caen desde el cielo no por la culpa y su pecado, sino por su agotamiento. Estando donde estamos no puedo evitar pensar en Sobre los ángeles de Rafael Alberti, preguntarme de dónde salen los ángeles de Blandiana.

Lee algunos poemas que ha señalado con papelitos amarillos, con los mismos post-it que usamos los poetas menores; también se salta algunas páginas, evitando otros que no quiere leer. Me resuena un verso final: “Las palabras que han vendido su alma carecen de sombra”. Y la sombra es necesaria para la poesía, nos explica.

Tras la lectura, Jordi Doce y ella entablan una conversación: ¿Cómo leerse? ¿Cómo enfrentarse a su propia obra tantos años después? ¿Qué espacio ofrece a los lectores de su poesía? ¿Puede el idioma condicionar o hacer distinta una obra poética?

Ella reconoce que no suele leer sus propias páginas salvo cuando tiene que hacerlo en público. “En esos momentos, no puedo creer que yo haya escrito ese texto. Me parece que lo ha hecho otra persona. Hay un distanciamiento que me produce asombro”. También nos detenemos a pensar qué implica leer o escribir poesía en libertad o durante una dictadura. Blandiana, que fue prohibida en su país, reconoce lo que supone determinado contexto político: “Antes yo decía la mitad y el público entendía mucho más de lo que yo decía. La poesía tenía un cariz subversivo que escapaba a la censura. Se creaba un vínculo especial entre autor y lector. Sin embargo, aquí y ahora, en libertad, hay menos significados posibles y el resultado es más pobre”.

Después de esa paradoja, nos acercamos a la poesía como salvaguarda y lugar de resistencia. ¿Puede la poesía proteger de lo exterior, crear un mundo interior donde protegerse de la dictadura? “La poesía y la literatura, en general, me han ayudado”, reconocía Blandiana. “Cuando me estaba prohibido escribir, escribí una novela. Al pasar el sufrimiento a la novela, el mal se transformaba en otra cosa. Para un escritor, escribir siempre le salva. Más allá de mí, lo extraordinario es que la gente necesitaba respirar y eso era posible a través de la poesía”.

La velada se consumió en la comunión de los minutos cómplices. Entre las últimas reflexiones de Ana Blandiana me quedo con ésta: “La verdadera lucha de un poeta es expresar lo inexpresable. Una lucha continua que va hasta el final”.

Hace algunos años, Ana Blandiana visitó Madrid y protagonizó una lectura junto a Antonio Gamoneda para la que no tuve fuerzas. Acercarme a la charla del pasado viernes tuvo algo de restitución mientras la escuchaba y cuando, al acabar el acto, su sonrisa y la mía se encontraron en mis torpes indicaciones para la dedicatoria del libro, sin disponer de un idioma común. Tal y como nos habían pedido en la librería para facilitar el proceso, escribí en un papel mi nombre y mi primer apellido. Ella entendió perfectamente cuál era el “nombre familiar”, tan común en varios idiomas, pero pensó que Ana y Belén éramos dos. Sonreí agradecida ante esa dedicatoria donde también dibujó una flor sencilla suspendida en un largo tallo.

El sábado siguiente, cuando visité la sugerente y magnífica exposición “31 mujeres. Una exposición de Peggy Guggenheim”, en la Fundación Mapfre de Madrid, me encontré con este texto: “La primera sección pone de manifiesto el importante papel que cumplió la estrategia creativa de la autorrepresentación en el trabajo de las mujeres artistas del periodo (años 40). A través de sus autorretratos o de los elaborados disfraces y maquillajes extravagantes que lucían en su vida diaria y en performances improvisadas, las artistas se dotaban de personalidades inventadas, escapando así de las expectativas sociales y los roles de género prescritos por la ideología burguesa”. Y volví a entender eso de ser dos. No en vano, ese texto iba encabezado por un gran título: ‘El “yo” como arte’. En ese instante, pensé en el nombre como obligación y documento, el yo como contrato social frente a la posibilidad de tener alas, como los ángeles de Ana Blandiana.

Mª Ángeles Maeso: un abrazo poético ante la adversidad

El pasado martes 29 de octubre se celebró en Madrid un homenaje a María Ángeles Maeso, un acto que sus organizadores convocaron a modo de “Abrazo poético” y llenó a rebosar el Espacio Huerga & Fierro.

El resultado fueron unas horas en las que, en efecto, la poesía se convirtió en un gran abrazo colectivo donde distintas personas iban sentándose al lado de Mª Ángeles, en el pequeño escenario, y explicaban qué poema habían elegido y por qué, antes de compartir su lectura en un silencio cómplice.

Uno tras otro, alcanzando casi la treintena, los poemas fueron dejando constancia de la obra poética de la autora soriana, sin más orden que el afecto y la emoción de cada persona que leía, un eco que se ampliaba en quienes escuchaban.

La palabra se enunció una y otra vez para hacernos llegar el recuerdo de la aldea, la importancia de los pronombres (¿Quién es se?, ¿Quién crees que eres yo?), el compromiso con la memoria y la justicia (Puentes de mimbre, Trazado de la periferia). Volvimos a recordar a la niña de la trilla cuyo padre fue asesinado en el inicio de la guerra (in)civil española y a los que mueren en los accidentes laborales de cada día, amarrados a la precariedad que, finalmente, supone un yugo mortal. Nos estremeció volver a escuchar el mismo dolor de ahora, veinte años atrás, en un recital que denunció otra matanza palestina en un poema de Mahmud Darwish leído entonces ante el Duero.

Los corderos, el pan, el arado, el desván, la resistencia de los cestos de mimbre, las condiciones del amor en tiempos del despido libre, los cuerpos heridos de mujeres y hombres. El desperdicio (Basura mundi), donde husmean los gatos y los desheredados. En suma, el poema que, en contra de la injusticia ejercida desde el poder, no se pronuncia a gritos, sino desde un decir firme, sereno, convencido y, sobre todo, profundamente poético.

Una vez concluyó la lectura de todas las personas voluntarias, M.ª Ángeles Maeso se mostraba profundamente agradecida. Dio las gracias con las manos nerviosas y el brillo en los ojos; también con las palabras. En ellas, supo devolvernos la voz y expresar la gratitud de todos porque la tarde había sido un gran regalo colectivo. Un regalo concebido para ella y repartido entre las personas allí congregadas, que habíamos tenido la gran suerte de compartir su abrazo poético, un gran acto de amor.

Al regresar a casa, pensaba en qué bueno es haber sembrado tanto y poder recoger esa cosecha en una noche perfumada de afectos. Me aferraba a los últimos versos del poema que elegí para mi lectura, que dice: “Y no olvides que lo urgente, es pintar el alba”. E imaginando esa esperanza, llegaba al barrio, mientras los truenos y los relámpagos anunciaban una larga noche de lluvia. Envuelta en el rumor de unas horas fraternas, pensé que incluso el temporal quedaba suspendido sobre los tejados, dejándome margen para entrar en el portal sin mojarme. Mientras subí dos tramos de escalera, comenzó un aguacero furioso sobre los ventanales, y no podía ni imaginar lo que llevaba horas ocurriendo en Valencia y otros puntos de Castilla La Mancha y Andalucía. Me acosté con la esperanza de un alba que, sin embargo, al día siguiente era puro estremecimiento; un ir y venir de mensajes a las personas conocidas y amigas que residen o tienen familia en las zonas afectadas para enviarles nuevos abrazos.

Desde entonces, los últimos días han sido conmoción y dolor. Nos han faltado algunas palabras y nos han sobrado muchas otras. La tristeza y la impotencia se imponen y reabren la herida de otros golpes colectivos. Las preguntas insoslayables plantean hasta qué punto las dimensiones de la tragedia que estamos viendo podían haber sido otras.

Y, en mitad de esta emergencia sin precedentes, en mitad del fango físico y del lodazal político y mediático, recupero la crónica de una tarde que fue homenaje y abrazo poético porque es “urgente pintar el alba”, como dice M.ª Ángeles Maeso en ese poema que da título a una maravillosa antología de su obra que, seguramente, nos podría ofrecer luz y consuelo ante las horas oscuras de estos momentos. Y porque la humanidad y el afecto compartidos son nuestros mejores aliados ante la tristeza individual y la catástrofe.

Encuentros de poesía y mujeres

Los actos relacionados con la poesía y, especialmente, con la escrita por mujeres, han ido acumulándose en mi memoria y mi teléfono, con imágenes e ideas que ya, rara vez, anoto en libretas físicas. Por el camino, se cruzó la aparición de Astillas, mi nuevo libro, al que dediqué las pocas horas posibles para este blog. De nuevo, estas líneas son la escritura a destiempo, crónicas que quedaron a medias y, pasada la efervescencia de su presente, conservan el valor de la experiencia compartida para este camino de aprendizajes que es la poesía.

El primero de ellos tuvo lugar el 20 de abril, cuando la librería La Independiente, en Madrid, acogió un Vermut poético de Genialogías, asociación feminista de mujeres poetas de la que formo parte. Este tipo de encuentros, que comenzó hace años y tuvo su inevitable traspiés en la pandemia, ha vuelto con un formato nuevo en el que tres poetas abordan un tema que les concierne, en tanto escritoras y lectoras de poesía. La cita tiene algo de mesa camilla amplia donde se ponen en común más dudas que certezas. La confidencia guía un diálogo donde nos sentimos cómplices en la escucha y la palabra, con la honestidad y generosidad de seguir aprendiendo juntas.

Con el título ‘Lenguas del estado, una poética desde la periferia’, contó con María García Díaz, Berta Piñán y Begoña Chorques, de quienes apunto una breve presentación:

María García Díaz, (Pola de Siero, 1992). Escribe sus libros en asturiano o castellano. Es autora de Espacio virgen (Torremozas, 2015) con el que obtuvo el XVI Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven; Llírica astraición (Saltadera, 2016) o Suave la matriz (Saltadera, 2018).

Berta Piñan (Caño, Cangas de Onís, 1963). Es autora de una extensa obra poética, narrativa y ensayística. En cuanto a la poesía, que escribe originalmente en asturiano y traduce al castellano, cabe destacar: la antología Noches de incendio (1985-2002) (Ediciones Trea, 2005); La mancadura / El daño (Ediciones Trea, 2010) y Argayu / Derrumbe (Bartleby, 2024).

Begoña Chorques (Xàtiva, 1974). En 2016, publicó su primer poemario, Olor de manzana verde. Después, presentó el poemario Ausencia / Ausencia, en versión bilingüe (2018). Mantiene el blog personal Una cambra pròpia (Un cuarto propio). Ha publicado diferentes relatos cortos y la novela ‘Només una. Que si no, faré tard‘.

Para quien ha nacido y crecido en Madrid, para quien el castellano ha sido su lengua materna y la primera de todas las lenguas, la de cultura, la familiar y la que se estudia, fue muy interesante acercarme a la experiencia de tres mujeres que han tenido la suerte de conocer dos lenguas desde la infancia y han vivido una situación de conflicto y pregunta en la que la lengua podía ser a la vez, arraigo y desarraigo, elección o encuentro y también la constante presencia del neologismo, para inventar lo que aún no se ha dicho.

Inevitablemente, junto a esa cuestión que unía a las tres poetas, surgieron otras en las que me sigo sintiendo interpelada, como son las cuestiones políticas, el sentimiento de clase y la condición de mujer.

El encuentro nos brindó la aclaración conceptual entre lengua minoritaria, minorizada y la diferencia entre oficial y no oficial. El término periférico nos permitió salir de lo político y entrar en lo cultural. Se recordó la frase de Cioran: “no habitamos un país, sino una lengua”. Por eso, según dónde se nazca y viva, cuando se puede escoger, la poeta ha de elegir en qué lengua quiere escribir. Begoña Chorques reconoció que, al escribir en valenciano, optó por la lengua materna que había en su casa. “Aunque no la empecé a escribir hasta 4° EGB, yo escribo para recoger la lengua de mi madre y de mi abuela”. En el caso de María García Díaz, en su colegio no se estudiaba asturiano: “No fui alfabetizada en esa lengua. Fue voluntad propia estudiarlo por mi cuenta y con la poesía, la posibilidad de escribir en la lengua en la que te dan el cariño”. Por último, Berta Piñán explicó que su caso fue una elección consciente y política al llegar a la universidad: “Yo no sabía que lo que hablaba en casa era asturiano y que, por tanto, era la lengua en la que escribía desde la adolescencia. Al descubrirlo, me sumé a una corriente que existía entre algunas personas de la cultura, que vivimos la aventura de normalización de una lengua y en mi caso, hacerlo desde lo poesía”.

Después de su charla y la lectura de sus poemas, citaron los nombres y las obras de otras. Y así, pude anotar a Maria Mercè Marçal, Rosalía de Castro, Nieves Neira, Chus Pato, Maria Josep Escrivá, Teresa Pascual, Luz Pichel, Mirem Agur Meabe, Olga Novo y Leire Bilbao. En su relación y mi apresurado apunte, quedan obras pendientes por descubrir, barreras y prejuicios, la carencia de escucha dentro de un mismo territorio. Y también la determinación de buscarlas.

Seguramente, aún mecida por la música del asturiano, me fui el 7 de mayo a la presentación del último libro de Berta Piñan, Argayu / Derrumbe (Bartleby, 2024), que nos ofreció una tarde memorable en la librería La Mistral. Como dijo la periodista Lara López en sus palabras iniciales: “Un libro, un bosque, un encuentro… La posibilidad de ser o escribir como ella, aunque, no. Versos raíces que dan alas. Un libro lleno de senderos y de presente”. En aquel momento, en el que Astillas no era sino un secreto que se batía contra mis últimas dudas, las palabras de Berta Piñán fueron luz que no pude agradecer. Porque ella fue honesta al explicar cómo se había enfrentado a la edición de un libro “escrito hace varios años, para lo bueno y para lo malo, al que, al final, le quité poemas y le cambié la estructura”. Palabras como duda y herida nos hermanaban, también la escritura sobre el tiempo y estar ante un texto que nos expone, conscientes del reto de asumir ese desnudo, lo que se escribió hace tanto y ahora resuena de otro modo tanto en la autora como en los demás lectores. Las frases de Berta Piñán de aquella tarde no se deberían perder: “De la mano de las demás, es como escribimos, en un tapiz, lleno de hilos”, con una “escritura para estar en el mundo y para entenderlo y comprendemos en él”. Y al hablar de poesía, presentarla “como esa combinación de trabajo y misterio, ese lugar extraño en el que decidimos quedarnos muchas tardes, muchos días; aunque fuera haga sol y la gente se esté divirtiendo y nos llamen para tomar un café”.

En junio, solo pude compartir uno de los reencuentros que propició Genialogías, y compartir versos, mesa y mantel con ocasión de nuestra Asamblea anual. La cita sirvió para escuchar poemas e iniciativas de otras, proyectos de varias, impulsos de muchas, confidencias de todas. Tuvimos como invitada a Ana López-Navajas, quien nos explicó el proyecto europeo Women’s Legacy, que rescata el legado cultural de las mujeres silenciado en los currículos educativos, tanto de España como de otros lugares del planeta. Un proyecto que se presentó en 2022 asombrando al mundo y que, dos años después, corre el riesgo de perder su ilusionante impulso porque un cambio de gobierno ha implicado dilaciones, desinterés y palos en la rueda.

Aún no saben algunos que el feminismo y las acciones de las mujeres no dependen de sus decisiones. Que muchas somos conscientes del fraude cultural y educativo en el que crecimos y eso nos resulta insoportable. Que necesitamos, como el aire, rescatar el tiempo y la memoria raptadas. Women’s Legacy presenta una cadena de voces femeninas, por mucho que los manuales, los libros de texto y el relato de la crítica, se empeñe aún hoy en presentar poetas y escritoras desperdigadas como si hubieran sido un verso suelto, la excepción o la cuota. No somos nada de eso y, aunque sabemos de la belleza de los márgenes y de las flores de un día, vamos a seguir trabajando por abarcar todos los caminos que se abran ante los ojos, cada una los suyos. Sin pedir permiso, simplemente, siendo. Rescatando los versos de Julia Uceda, recientemente fallecida, otra voz robada que hubiera sido faro si todo hubiera sido distinto.

La caída

Para Manuel Mantero

Hay que ir demoliendo

poco a poco la sombra

que vemos. Que nos dieron.

Que nos dijeron «eres».

Hay que apretar las sienes

entre los dedos. Hay

que asentir a ese punto

-comienzo, duda o hueco-,

que yace dentro.

Y es preciso

que en una noche todo arda

-el «eres», el «seremos»-

y el terror polvoriento

nos muestre su estructura.

Es urgente bajarse

de los dioses. Tomar

el fuego entre las manos.

Destruir esos «yo» que nos presentan

una hilera de sombras agotadas.

Y dejarse caer sobre el principio

de la vida. O del sueño.

Ser solamente vida

presente. Sin recuerdo

de ayer ni de mañana.

Julia Uceda. (Del libro Extraña juventud, 1962)

La poesía de Rosa Lentini: belleza a partir del daño

En el marco de una nueva sesión del VII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, coordinado por Alberto Cubero, tuvo lugar un iluminador diálogo entre la poeta y traductora Rosa Lentini y el psicoanalista Juan del Pozo. Quienes escribimos poesía sabemos de su misterio, por eso, fue tan revelador y tan generoso el testimonio de Rosa Lentini quien, dando luz a su memoria y escritura, nos dejó pistas y preguntas, palabras y autores donde seguir indagándonos. Su lectura y la reflexión sobre su obra nos situaron ante cuestiones como la verdad; el peso del inconsciente y lo oculto; cuanto hay de sinceridad y máscara en el lenguaje poético.

Rosa Lentini se centró en los tres libros que han conformado lo que ella misma definió como su trilogía de objetos rotos o trilogía de la hostilidad: Tuvimos (2013), Hermosa nada (2019) y Fuera del día (2022), todos ellos publicados por Bartleby Editores. A través de sus poemas, regresamos a su infancia (y nuestra infancia), la niña maleable y férrea en la que me reconozco fácilmente; las relaciones familiares, los silencios y las mentiras de ese ámbito tan poco idílico en demasiadas ocasiones. Su voz acogedora y profundamente sincera nos fue llevando de la mano por territorios complejos como la culpa, el acecho, el abuso o los sueños.

Tras la lectura, el psicoanalista Juan del Pozo ofreció algunas reflexiones fruto de haberse adentrado en la obra de Rosa Lentini y de las conversaciones previas al encuentro presencial del 19 de abril, en una pequeña sala colmada nuevamente por la escucha más atenta. De su diálogo surgieron conexiones que me concernían, quizás porque, como dijo del Pozo, todas las vidas pueden ser las de cualquiera, pero cada quien tiene la suya que es única. Y lo que escrito así puede soñar a laberinto, tiene todo el sentido. Por eso la palabra poética y la literatura nos permiten conocernos leyendo a otros, igual que volver a decir y escucharnos en un tratamiento psicólogico que, por fin, nos permite comprender y perdonar(nos) y, “a partir de ahí, apartar el pasado para dejar espacio donde construir futuro desde otro lugar” de nosotros mismos. La gran revelación de la tarde fue subrayar la importancia del tiempo, radical en el poema y en el psicoanálisis. “Mientras la experiencia puede repetirse una y otra vez, el poema ofrece un presente que anuda pasado y futuro, es decir, los tres tiempos. Alcanzamos así el momento de la salud: no solo el trauma pasado, ni los castillos en el aire de un futuro irreal, y tampoco un presente sin expectativas”. Qué maravilla escuchar y sentir que “el poema nos lanza a la vida”, y entender así parte de mi propia escritura y de mis silencios también.

La conversación fue extraordinariamente rica en matices. Rosa Lentini reconoció en su poesía una huella fotográfica de la memoria, hecha de fragmentos, pero insistió en que: “por sí misma, la escritura de poesía no libera ni hace confesar. Lo que sí libera es hacer del dolor una obra de arte, cultivar la propia miseria y hacerla fértil, al ofrecérsela a los demás. Transcendiendo, gracias a la máscara que propicia que seas más capaz de contar, en el sentido de crear una ficción, esa cualidad que está en la raíz del ser humano y lo diferencia del resto de seres. Máscara y verdad están muy unidas, aunque siempre se cree lo contrario”.

El lenguaje fue otro de los ejes de la conversación, “ese código que el poeta usa con total libertad: cerca del niño, que recibe palabras que para él carecen de significación, y generando tantas interpretaciones como lectores”. En una experiencia que puede parecerse a la del psicoanálisis, donde de pronto “algo resuena y cuando ocurre, nos quitamos el corsé de lo que íbamos entendiendo hasta ahora”. Y las conexiones y los paralelismos continuaron, porque en la escritura y en la conciencia hay un mosaico, un tapiz de unos cuantos hilos de los que tiramos al escribir y al vivir. Casi cerrando el debate, dijo Alberto Cubero que “el poeta escribe desde la falta y con un lenguaje que es insuficiente”. Respondió Rosa Lentini que “las palabras son una forma de protección; el lenguaje es una cárcel pero también una liberación”. Y yo me quedé ahí, sumida en tanto… alojada en las palabras que son memoria y en las que han de venir, en los libros pendientes de leer, entre ellos, la ferviente recomendación de Lentini para que nos adentremos en Delleuze.

También, por supuesto, tengo que volver a leer los libros de Rosa Lentini cuya poesía os recomiendo. Como muestra, este poema, que leyó en esa remota tarde de abril y que sigue, al igual que todas sus palabras, resonándo(me).

TSUNAMI (1)

Espera, espacio al que nacemos,

codicia de las aguas previniéndonos,

obligados a imitar las ciudades

que erigen muros de contención

y puentes cruzando esos muros

aún después de largos años de calma.


El cálido sur hacia mí

impone esa barrera

y el sur-a-mi o la devastación

que arrastra la quietud.


Diez metros de piedras levantadas

no nos protegerán.

Rosa Lentini (Barcelona, 1957)

La poesía de Juan Carlos Mestre y la desobediencia de las palabras

En mi crónica literaria anterior, anticipé varias fechas señaladas en par o impar, rojo y poesía para la siguiente semana. Afortunadamente, las fuerzas acompañaron y disfruté mucho de todas ellas. Aquí os dejo una parte de lo vivido y escuchado (continuará). Reescribirlas para mi blog es una forma de pensarlas, compartirlas y mantener el recuerdo, lo que supone, etimológicamente, volver a pasarlas por el corazón. Creemos que lo escrito permanece. Yo siento que sigue latiendo.

El pasado 16 de abril, la apertura de los actos de la XXV edición de Vallecas Calle del Libro comenzó con un magnífico y emotivo homenaje al poeta Juan Carlos Mestre. Manuel Rico, escritor y crítico, avisó a quienes le iban a escuchar por primera vez: “un poeta muy personal, profundamente comprometido en favor de la libertad, los derechos civiles y la memoria, con una voz que potencia aún más la que ya es, de por sí, una poesía dominada por un lenguaje vivo, lleno de iluminaciones, incertidumbres, quiebros imprevistos e imágenes deslumbrantes”. Estaban bien avisados los neófitos.

A continuación, tomó la palabra el poeta Antonio Crespo Massieu, encargado de la selección y el prólogo del libro titulado La desobediencia de las palabras, publicado por Bartleby Editores y entregado al final del acto a todos los asistentes. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se preguntaba y respondía Crespo Massieu, desde un conocimiento profundo y afectivo de la poesía de Mestre, entretejiendo las palabras de ambos: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”. Todo ello desde “un compromiso cívico que mira el horror de la historia con la terca voluntad de alimentar los sueños y proclamar la necesaria verdad de la esperanza”.

Las palabras esenciales de la poesía de Mestre volvían a enunciarse, y junto a ellas, los nombres de autores que han señalado su camino: Keats, Char, Camus, Celan, Benjamin, Arendt o Ajmatova… También la referencia a los títulos publicados por el poeta berciano, a lo largo de cuatro décadas, como una forma bellamente hilvanada de presentar su poética, yendo de la desgracia a la desobediencia pasando por la Antífona, La tumba de Keats, La casa roja o La bicicleta del panadero y acabando con 200 gramos de patacas tristes, un libro escrito en gallego que rinde homenaje a quienes hablaron esa lengua casi en secreto, en un acto de amor clandestino. Cerró Antonio Crespo su intervención como cierra el maravilloso prólogo de esta antología: “Ojalá algún día las estrellas sean para quien las trabaja”. Y todos asentimos con él.

La luz azulada que inundaba el escenario podía ser el cielo para esas estrellas en un auditorio asombrado en la voz de Mestre, que nos ofreció un recital en estado de gracia. Volvió a emocionarme como la primera vez, a pesar de las numerosas ocasiones en las que he tenido la suerte de escucharle. Me sorprendí a mí misma al reconocer que me sé de memoria muchos de los versos de sus poemas más celebrados, aunque me costaría recitar alguno de los míos. Agradecí haberme concedido el tiempo y el espacio para compartir aquellas de horas de homenaje y expresarle así, desde mi butaca, mi gratitud por el aliento y la confianza que siempre me ha transmitido, haciéndome creer que tenía sentido perseverar en la escritura.

Y después de esos poemas, después de la llamada a los ebanistas y la denuncia de los sátrapas, tras la memoria de la necesidad en los antepasados y el cruce de caminos entre “Cavalo Morto y Lèdo Ivo”, cuando los aplausos nos devolvieron a la realidad, tuvo lugar un breve coloquio entre los tres poetas y amigos, que aprovecharon para hacerse nuevas preguntas y nos ofrecieron así la magia de la confidencia y la camaradería, junto al respeto y la admiración mutuas. El acto concluyó con un largo poema de Juan Carlos Mestre, el mismo que cerró el recital “Poesía por Palestina”, organizado en Madrid (y otras tantas ciudades del mundo), el 20 de enero de 2024. El quinto mandamiento, «No matarás», repetido y doliente, volvió a conmocionar a quienes lo escuchamos, quedándose en el aire de las plegarias desatendidas, los ojos llorosos y la certeza de esta infamia contemporánea.

Tantos días después, cuando por fin publico estas líneas, esa guerra genocida sigue avanzando. Tantos días después, Mestre ha copiado el poema completo en sus redes sociales.

Os dejo la primera y la última estrofa de ese poema en prosa que escuece donde dice:

No hay escuelas en los cementerios, ni pájaros de Zarover que murmuren entre los salmos. Nadie necesita ser amigo de una cruz para convertirse en otra cruz. En el corral sacrifican al cordero y sobre las mortajas despuntan las estrellas con los dientes rotos. Toda persona es un igual entre la especie humana y ninguna salvedad enmudecerá su espíritu ante la degollación de los inocentes.

(…)

Son los tanques frente a lo único verdadero, la vida, el valor absoluto, es la ruina moral de los actos de fuerza, la disimetría del conflicto, la violencia irrestricta contra la modesta condición de las víctimas. Llámalo como quieras, pero entiéndelo de una vez para siempre, no hay escuela en los cementerios, escrito está, escrito estuvo y escrito sigue en las Tablas: No matarás, no matarás, no matarás.

Juan Carlos Mestre

Quien quiera leerle, puede empezar por este regalo…

Aprendizajes de un año que se agota

Mi abuela materna siempre tuvo manía a noviembre. Fechas familiares, la celebración de difuntos, alguna certeza íntima… No lo sé bien, pero me hizo heredera de un cierto escalofrío ante un mes que ella cargaba de temores con un refrán: “Noviembre, dichoso mes, empieza con los Santos y acaba en San Andrés”. No ha sido hasta este noviembre cuando he reparado en que ese “dichoso” era polisémico y también contradictorio. Dichoso, por feliz; dichoso, por molesto o fastidioso. La ambigüedad del refrán es evidente, pero el recuerdo de su tono enlutado al pronunciarlo nunca me dejó dudas. Era un tiempo del que recelar.

El último noviembre también ha sido polisémico: duro y luminoso, exigente hasta el extremo, lágrimas y abrazos. Nos ha llevado en volandas a través de las malas noticias de los periódicos y la rutina diaria hasta vislumbrar el final del año. Me ha conmocionado con una muerte inesperada que, no obstante, me brindó la oportunidad de acompañar y despedirme. Se fue la madre de unas amigas muy queridas, esas casi hermanas no de sangre que nos va regalando la vida. En los recuerdos que convocaron aquellas horas ante la enfermedad y el desenlace, rememoramos comidas y cenas, celebraciones y mudanzas, confidencias y viajes compartidos…

Mientras reflexionaba sobre la salud y fortaleza que mantienen mis padres, recordaba cómo en la infancia, las familias y las casas de las compañeras de colegio nos abrieron mundos nuevos, y su contacto constituía un primer aprendizaje de lo distinto. En aquel entonces, fallecían abuelas y abuelos, y nuestros padres parecían tótems seguros a los que aferrarse. De hecho, nos fuimos haciendo adultas a medida que les vimos quebrarse, y de un tiempo acá, en las orfandades ajenas que nos interpelan, somos más conscientes que nunca de lo efímero y la fragilidad que nos rodea.

La vida transcurre a lo largo del tiempo en varias dimensiones, que resulta pausado y vertiginoso a la vez. Las semanas, los meses, los años… se nos enredan hasta hacerse cuesta arriba entre las obligaciones y, de pronto, son parte de un pasado que se esfuma y desaparece. Reviso las fotos del último noviembre para saber si ocurrió algo además del dolor, y descubro que sí. La mirada, la placidez del sueño de Fénix y su tacto me salvaron muchas noches, igual que otras caricias y besos, igual que tantas palabras de consuelo al rescate. Dichoso mes, en su transcurso contra el tiempo, en sus urgencias contra mí misma, tan encerrada en el cansancio.

El repaso de las fotografías me devuelven un par de jornadas espléndidas en las que el arbolado de los parques fue un regalo. Lamenté no haber estado más atenta a su hermosa transformación otoñal, condenada a tanto viaje en metro y a la falta de paisaje vegetal en calles estrechas. Algunas películas maravillosas en la sala cinéfila y oscura, el único lugar donde soy capaz de disfrutar del cine, me permitieron asomarme a otras historias: Monstruo, la reposición de El espíritu de la colmena y El sur antes del estreno de Cerrar los ojos, El chico y la garza, El viejo roble, O corno, Scrapper, Vidas pasadas… En cada ocasión, pensé escribir alguna reseña, pero faltaron el tiempo y las fuerzas, de modo que la enumeración de esos títulos queda como memoria del disfrute y apresurada recomendación. Sé que no es lo mismo, pero el cine es otra forma de leer, y las atmósferas creadas por la luz y los debates que atraviesan a esos personajes me acompañaron mientras no fui capaz de iniciar la lectura de ningún libro. Sus páginas se hacían pesadas e inabarcables y, aunque he seguido comprando, mi interés por ellos se desvanecía al verlos llegar a casa. Mi conexión con la literatura se ha limitado a la lectura de unos pocos relatos y algunos poemas, y contadas charlas que han permitido mantener la ilusión de los proyectos desatendidos… Sé que siguen latiendo, que dormitan, al fondo del tiempo, esperando que yo recupere las palabras y sus ritmos.

También he visitado cuatro exposiciones de arte, una raquítica pero reconfortante conexión con el color y la materia, una forma de expresión artística donde no media el lenguaje y, sin embargo, éste es convocado gracias a la conexión que nos transciende más allá de la palabra. Sorolla y Medardo Rosso, en la Fundación Mapfre (hasta el 7 de enero en la sede de Recoletos, de Madrid); Luis Gordillo en la sala Alcalá 31, con dime quién eres Yo (gratuita y hasta el 14 de enero); y por último, ya en diciembre, Caminante son tus huellas, una muestra colectiva en Cafebrería ad Hoc (c/ Buen Suceso, 14, que concluirá en febrero de 2024).

Mientras las calles de las ciudades rebosan de luces navideñas y personas dispuestas a atender su llamada de ilusión y consumo, afronto el último mes del año sumida en la pausa que le he pedido al puente de diciembre. Sin viajes ni maletas, buscando el encuentro sosegado y la conversación, el cuidado del cuerpo y la búsqueda de cierta paz interior.

Muy pronto tocará despedirse de 2023, recordar los propósitos que hicimos al iniciarlo y recuperamos en la pausa del verano. Hacer balance. Ya sé que no he cumplido en todo. Demasiado cortisol por mis venas, lejos de aquella canción canalla de mi juventud; el insomnio convertido en el peor de los pijamas posibles; las hormonas haciendo trampas a los deseos y el malestar psíquico formulando preguntas para las que carezco de respuestas.

Me gustaría contemplar las luces navideñas con un chispazo de esperanza. Mientras aguardo ese destello, la conexión con el arte y el aliento de algunas personas me mantendrán a flote, escudriñando el calendario del mes de diciembre, cargado de tareas e iluminado por la promesa de unas vacaciones en las que buscaré la desnudez de los árboles. Para entonces, el otoño será hojarasca vencida. El cambio de solsticio conformará esa ilusión a la que aferrarnos. Nuevas agendas y almanaques albergarán espacios en blanco donde proponerse deseos. En un nuevo juramento, íntimo y silencioso, renovaremos los votos de las ilusiones pendientes, para echar a andar como manecillas de viejos relojes, tic-tac, un paso tras otro. Adelante, siempre.

Unas vacaciones para recalcular la vida

Al regresar de un viaje, la primera en deshacerse es la maleta. Una vez vacía ha vuelto al fondo del armario, en un gesto que, sin duda, ha tranquilizado a Fénix. En estos cinco años de ser compañía y familia, nunca hasta ahora falté tantas noches seguidas y, aunque estuvo muy bien acompañado, ha debido echarme de menos y ya me lo ha comunicado. Pero yo necesitaba esta pausa más que comer, y sé hasta qué punto no se trata de recurrir a una frase hecha.

Vuelvo a habitar mi casa recuperando las rutinas domésticas suspendidas y ocupando de nuevo el espacio de la escritura. Este primer texto intenta retener los recuerdos de las recientes vacaciones, al igual que las fotografías. Otro paisaje fue posible y la fuerza de esas imágenes me aferra a la certeza del paraíso.

Los primeros días, en el Pirineo oscense, disfruté de un entorno mágico sólo con los ojos. Las piernas y el resto del cuerpo pedían recorridos cortos y se los concedimos. La montaña nos rodeaba espléndida y verde a pesar del calor, y su perfil permanente de fondo resultaba balsámico. Las callejuelas y las construcciones de pueblos bellísimos (Broto, Torla o Aínsa), nos llevaban a una vida en otra escala, seguramente más humana que la de la metrópoli. Incluso Jaca me resultaba gigante y bulliciosa en exceso, aunque su catedral y museo fueron dos descubrimientos magníficos que compensaban el gentío en calles y bares.

En consonancia con esa escala pequeña que mi mente demandaba, también el arte románico era el idóneo. Pequeñas capillas, nervaduras y cúpulas al alcance de lo artesano; la maestría de artistas cuyos nombres son un enigma pero de quienes queda su trabajo, un regalo para nuestros ojos fatigados. El Museo Diocesano de Jaca fue una maravillosa sorpresa y la guía que nos lo mostró lo convirtió en sobresaliente. En sus salas, se conservan pinturas murales y esculturas que, de otro modo, hubieran sido fruto del expolio o la desidia tras el abandono de muchos pueblos aragoneses. Cruzar el umbral de una sala y sentirse en las iglesias de Bagüés o Ruesta, entre otras, en los lugares sagrados que ya no existen, servía para hacer las paces con parte de nuestra historia del arte, la que hemos estado a punto de perder. Más allá de Jaca, la magia casi telúrica del monasterio de San Juan de la Peña y el silencio sereno de las dos iglesias de Santa Cruz de la Serós se complementaban con los paisajes que la naturaleza esculpe en la roca, ya sea en la cueva de las Güixas o en la cascada del Sorrosal, donde el rumor del agua era una forma de oración.

En ese contexto espacial y temporal donde el deseo de una primera visita impulsaba a descubrir algunos de los muchos lugares que nos habían recomendado, sentí otra necesidad: la de parar y tumbarme bajo una higuera o contemplar la montaña, la de disfrutar del contraste entre azules y verdes radiantes, dándome cuenta de que no estaba perdiendo el tiempo sino ganándolo. Entre mis recuerdos más valiosos de este verano, me nutren las horas de deleite en las que la cámara era incapaz de captar todos los matices que el ojo percibía. Cuando la mejor opción era poner el cuerpo a favor del paisaje y entregarse, para encarnar esa sensación de plenitud, la misma que días después disfruté junto al mar.

En la misma playa almeriense de los últimos veranos ha sido aún más fácil ese dejarse llevar. En mi caso, el agua del mar o de la piscina lo hace siempre posible. Flotar y mecerse. Nadar y pasear para tonificar el cuerpo oxidado en su postura sedente. Cuando ya conoces un lugar, no llegas con el apremio del turista, ese veneno que nos han inoculado para que nuestras vacaciones sigan siendo contra-reloj, también productivas. El tiempo se vuelve más básico y basta mirar la altura del sol y preguntarse si tenemos hambre para ir a comer. El cuerpo apenas necesita un bañador o un pareo. Todo es esencial y posible. Dentro y fuera del agua, se recupera la consciencia de lo que supone vivir de forma apacible, también sin noticias: al margen de la programación informativa de radio y televisión.

Igual que en la montaña, junto al mar, mis ojos descansaron gracias a una gama amplia de verdes y azules, suavizados aquí por una neblina húmeda y envolvente; la recompensa de horizontes amplios y cielos infinitos, en un estar boca arriba que no se topaba más que con el lento discurrir de algunas nubes y los rayos solares. Al atardecer, el día se apagaba de forma inapreciable y pausada. Y la noche se hacía presente en la espuma blanca y burbujeante de las olas, esas que nos esperaban al día siguiente para construir la melodía de un baño que es vaivén y cosquillas, en el cuerpo y en los oídos, como una canción muy querida.

Al inicio de este texto escribí que, al final de las vacaciones, la primera en deshacerse es la maleta. Ahora cruzo los dedos para que estos recuerdos no se deshagan, para que el día a día no los pulverice. Quiero atesorarlos porque significan salud y descanso, el valor de la pausa y la serenidad. Sé que no es ni será fácil. He vuelto al metro y me he visto sacudida por el cansancio de sus viajeros, que no han disfrutado de vacaciones. La voz de hombres y mujeres que pedían ayuda para mantener a sus familias a cambio de pañuelos de papel, caramelos o botellas frescas de agua. Madrid y su asfalto me han recibido en plena ola de calor, y abrir las ventanas es casi peor que mantenerlas cerradas. He vuelto a escuchar noticias y a leer los diarios electrónicos habituales, y constato que mientras la naturaleza sanaba mi cuerpo y tres libros maravillosos resultaban la única palabra necesaria, el mundo seguía ahí, con su saldo de muertos y desastres, la podredumbre del poder y el negocio a toda costa, la mentira y el periodismo sumiso o sensacionalista.

Antes de despedirme del mar, con un (pen)último baño, que es casi un ritual aprendido en la infancia, me di las gracias y me supe afortunada por estas vacaciones tan necesarias, deseando que el equilibrio alcanzado se mantenga, junto a la prioridad del cuidado. Somos tan frágiles que intentamos olvidarlo, y eso demuestra nuestra torpeza. Sólo tenemos un cuerpo y nuestra vida depende de su equilibrio. Este nuevo curso toca mimarlo y protegerlo; defenderlo como si fuera una fortaleza, conscientes de todos los flancos vulnerables.

Viajar para volver a ser

Si no fuera porque ya la escribí, esta entrada podría titularse “Sin noticias de mí”. He dado un respingo al verme en abril y ser consciente de que no escribo en este blog desde que os hice llegar mis mejores deseos para 2023, en un remoto 31 de diciembre.

Abril… La primavera, mi cumpleaños, el día del libro y “el mes más cruel” del calendario, según aquel poema de T. S. Eliot que, en su libro La tierra baldía, lo condenó a la tristeza. Sonrío al poeta desde el propósito de contradecirle. Porque nada me gustaría más que un abril luminoso y esperanzado, un abril que traiga lluvia a raudales y también la energía y la vida del agua buena.

Echo la vista atrás… Reviso lo que no os he contado y anoté en líneas dispersas que no llegaron a conformar un texto cabal. Algunos libros que descubrí en sus respectivas presentaciones: La mujer imposible, de Ana Pérez Cañamares; Bellas damas sin piedad, de Lourdes Martínez; Sinfonía en rojo, de Elisabeth Mulder; Poesía, de Karin Boye; Anna (Capital Semilla), de Gsús Bonilla; Toma de tierra, de Yayo Herrero… La reflexión sobre la palabra y la experiencia poética de Federico Ocaña y Sonia Bueno, quienes en el VI Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, lograron conmoverme y reconectarme con ciertos proyectos; al igual que la ironía y la inteligencia de Enrique Vila-Matas en el Festival Capítulo Uno o el imponente recitado de La tumba de Keats, en la voz siempre vibrante de mi querido Juan Carlos Mestre. Espectáculos de ópera como Arabella, Aquiles en Esciros, La nariz, que disfruté desde ese paraíso que sigo interpretando como un premio; maravillosos conciertos de música de cámara en la Fundación Juan March; exposiciones como “Detente, instante” (una visión panorámica de la historia de la fotografía), o “Revelación”, de Leonora Carrington (que os recomiendo, porque sigue hasta el 7 de mayo en la sede de la Fundación Mapfre de Madrid). Y varias películas que me llevaron a otras vidas y otros tantos libros que, a pesar de su pálpito de deseo y necesidad, se multiplican sin leer y son el testimonio apilado del quiero y no puedo.

Sin duda, no han faltado ocasiones para un crónica cultural… Y sin embargo, otra vez, el cansancio y el llanto se aliaron en mi contra. La muerte de un amigo me paralizó, de nuevo el dolor de las preguntas sin respuesta, al constatar que convertimos la existencia en un remolino donde relegamos lo principal. También me interrogué por el calvario absurdo de la supervivencia, concebida como arrastrar un pie detrás del otro. Reflexioné por los pensamientos saboteadores que paralizan los deseos. Volví a cobrar conciencia de mi debilidad ante el daño que ejercen otros. Y de todo ello, volvió a emerger la sombra de una fractura íntima, demasiado persistente y profunda.

Afortunadamente, marzo me regaló dos viajes que han supuesto un revulsivo: Olomouc y Ginebra. Aunque todo viaje tiene su dimensión de descubrir o redescubrir lugares nuevos, alejados de nuestro mapa habitual, el propósito de ambos viajes no era el turístico, sino, por encima de todo, el abrazo. Visitar a personas que no están en Madrid, y que al abrirnos sus vidas y compartirlas, sirven de palanca para un reencuentro personal; porque a veces, al dialogar y pasear con otros, volvemos a escuchar antiguos latidos, que fueron fundamentales.

En Olomouc, una bella ciudad monumental checa, al recorrer los edificios de la universidad, recordé aquellos cursos remotos de veranos en el extranjero. Aunque se abría un abismo entre presente y pasado, fui capaz de rescatar aquel deseo por aprender y vivir. Estoy segura de que, si pudiera darse el imposible encuentro entre la joven estudiante que fui y la mujer que ha cumplido más de veinticinco años de experiencia profesional, les costaría reconocer la correlación entre los esfuerzos y los logros. Aquella joven se sentiría decepcionada y tal vez fuera capar de echar en cara la palabra fracaso a la otra. Sin embargo, esa misma, con el peso y el paso de los años, tendría que explicarle que la vida no es tan fácil y que quizás el gran error sea apostar por lo absoluto. Hay elecciones, decisiones y azares que marcan las cartas del futuro. El balance del presente quizás no sea el que alguna vez se soñó, pero a estas alturas empezamos a entender que los sueños rara vez se cumplen. En algún momento, más que a los sueños, apostamos a la realidad y ésta, desde su prosaísmo, nos mantiene pegados a la seguridad del suelo, en un moderado equilibrio más material que emocional. En Olomouc, me encantó visitar la biblioteca universitaria, repasar los anaqueles, recordar miles de horas de estudio… La idea quedó en el aire y, quizás no sea tarde para un nuevo curso, con un cuaderno especial; formalizar una matrícula y volver a esforzarse por la mera satisfacción personal.

Ginebra, la histórica ciudad refugio a orilla del lago Lehman, me resultó acogedora nada más aterrizar, aunque habían pasado muchos años desde mis visitas anteriores. A pesar de la noche, el paisaje y las calles resultaban reconocibles. A pesar de la falta de lazos de sangre, un piso distinto era un hogar lleno de abrazos y deseos de ser hermana y tía. Y es que los años también me han enseñado que la familia enmarcada por dos apellidos se puede ampliar con personas que encontramos fuera del techo que nos dieron nuestros padres. Los primeros días fueron familiares: acompañar al colegio, ayudar a recortar o colorear, redescubrir el juego y el lenguaje, disfrutar del aire libre en un paisaje verde, compartir la inocencia de la risa… Y con todo ello, el viaje hubiera sido perfecto para devolverme a un mundo de afectos y manos, de palabras que acompañan y consuelan, de existencias que se hacen más fuertes en los aprendizajes compartidos. Pero, además, disfruté de algunas horas libres y solitarias en las que recuperé la sensación de viajera. En ellas, al volver a hacer fotos, afloró el placer de la mirada que intenta atrapar una belleza distinta y al mismo tiempo, atrapa al testigo. Curiosamente, las imágenes que iba atesorando en el móvil, me iban revelando lo inesperado. Así, en una foto donde aproveché un cristal que hacía de espejo salí desenfocada y en un selfi con un paisaje azul y repleto de edificios, el fondo salió quemado y sin contraste, mientras yo sonreía. En ese momento en el que, perpleja ante el resultado, intentaba otro enfoque, peleando con un viento fortísimo en la torre de la catedral de Saint Pierre y un brazo demasiado corto para un buen encuadre, apareció un turista que se ofreció a hacerme la foto. Aunque me gusta hacerlas a mí, su sonrisa y su disponibilidad me convencieron. Y le reconocí que era mi mejor retrato de aquel día. Enseguida junté las piezas de la jornada, y concluí que somos mejores cuando nos dejamos ayudar.

Volver a ser es un camino largo y consciente, personal y acompañado. Habrá días grises, pero a falta de luz, me aferraré a otras manos y voces. Habrá que ir desterrando, de una vez por todas, esas certezas absolutas que sólo enmascaran excusas. Habrá que reconocer y buscar un equilibrio entre suelo y cielo, realidad y proyectos. Habrá que volver a ser lo mejor de aquella joven que fui, con la experiencia acumulada y la certeza de que la vida es el gran viaje que tenemos al alcance.

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