Necesidad y belleza del silencio

El viernes por la tarde me acerqué al Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía a conocer parte de su colección en una renovada cuarta planta. Mientras subía las escaleras, me salió al paso la exposición de Juan Uslé, titulada “Ese barco en la montaña”, y cambié de rumbo. En la primera sala, me asombró el cuadro titulado ‘1960’, en alusión al año del hundimiento del buque Elorrio, que regresaba de Baltimore cargado de grano, y desapareció en las aguas frente a su casa familiar en la costa de Langre (Cantabria). Fue inevitable recordar las recientes y tenebrosas escenas de naves hundidas en las aguas de Ormuz, y adentrarse en la calma que ofrecían las primeras obras, como quien encuentra un antídoto frente a las terribles noticias que llegan de Oriente Medio donde se acaba con vidas humanas inocentes con total impunidad.

En algunos de los otros trabajos de Juan Uslé, me impactó aquel azul intenso tan oscuro que rodeaba la idea del naufragio, los huecos abiertos de ojos y miradas. Después, me dejé llevar por la propuesta del resto de salas, para descubrir la evolución del pintor. No quise detenerme en las cartelas y sus palabras, sino fluir en silencio por el color (de una paleta oscura, de azules y marrones a otra gama de azules más vivos, amarillos, rojos, rosas o blancos); y recorrer las líneas, tanto las verticales como la sucesión de horizontales que yo interpreté como pautas que se rompían ofreciendo rendijas y preguntas. Me interesó el peso de la memoria, con la infancia ocupando un lugar primordial en algunos proyectos; y después, la importancia de la fotografía y las técnicas de revelado. Su presencia es tan central que Uslé realizó unos trabajos bajo el título ‘Soñé que revelabas’, que derivaron en varias series a lo largo de cuatro décadas.

Además del trabajo pictórico, la muestra ofrece una serie de fotografías que permiten asomarse a un álbum de fotos casi privado, presentado como un collage y cierto aire de proyecto en curso. Ante la mezcla de instantáneas, reconecté con el placer de la creación y el juego que me permití con mi primera cámara digital. Captar el hallazgo del instante, la sorpresa de la calle y de la vida en paisajes y ventanas, texturas y sombras, contenedores y luces. Es decir, la fotografía que ya no requiere del viaje o el acontecimiento sino inspirada por lo cotidiano, que sale al paso y es bello sin serlo.

Aquellas imágenes me estaban interpelando, recordándome otras formas de mirar y escribir, mientras evitaba que mis dedos se lanzasen a teclear nada. Intencionadamente, opté por aplazar la escritura y que todo reposase en lo no dicho, a sabiendas de que tendré que volver a visitar la exposición para encontrarme con las palabras suspendidas. En aquel momento, necesitaba nutrirme con el silencio de salas casi vacías y de la obra abstracta, que permite escuchar lo que está por nacer.

De este modo, en la tarde noche del viernes me había impuesto un silencio que, sin saberlo, me estaba conectando con El libro blanco. Alfabeto de silencios (La Caja Books, 2026), sobre el que iban a conversar Vicente Luis Mora, su autor, y Mariano Peyrou la mañana siguiente.

Aunque la cita estaba convocaba bajo la fórmula del ‘Vermú literario’ y la maravillosa e histórica librería Pérgamo estaba bulliciosamente llena, el silencio fue el protagonista de la conversación, siguiendo el hilo de un libro que ha cosechado magníficas reseñas y comentarios. Atender este diálogo me sirvió para volver a adentrarme en las relaciones entre el silencio y la creación, una cuestión recurrente en algunos otros actos recientes.

El escritor, profesor y crítico Vicente Luis Mora explicaba la práctica literaria, donde confluyen lo lingüístico, lo artístico, lo antropológico y lo filosófico, como un espacio atravesado tanto por el silencio como por el lenguaje. Pudimos comprender, gracias a su generosidad al compartir la génesis del libro, como éste se había ido fraguando en sus distintas capas: la investigación, la dimensión intelectual y la labor del poeta, “que abre la espita sobre ese corpus” generado en torno al silencio por tantas y tan variadas voces previas. Así, en el libro, se cruzan números que esconden símbolos, listados donde la respiración de la poesía y el poso del estudio se abren paso tras un prólogo ficcional que lanza un primer guiño a quien se asoma a estas páginas de infinitas lecturas.

Deteniéndose en las listas, que conforman la mayor parte del libro, Mariano Peyrou, poeta y ensayista, apuntó que si bien ciertas clases de silencio provocan vacío, también el silencio puede ser un método de investigación o una apelación a la imaginación; y se preguntó por la lógica que busca el lector, necesariamente activo ante la propuesta de este libro, que no sabemos si nos propone un juego o no.

Por su parte, Vicente Luis Mora explicó que, “al escuchar, surgen momentos de creación y composición”, y que el libro “propone la aventura del encuentro”. De entre todas las posibles, plantea la pregunta poética, “dejando el libro abierto, que es lo que más me interesa”. (…) “Me gustaría que el libro haga preguntas al leer y genere o dispare la creatividad de otros, ofrecer un espacio donde las ideas se pongan a jugar”. El mismo autor reconocía que la escritura del libro le había desconcertado, reconociendo “ese estado de descubrimiento” como lo más interesante del acto creador. Y recogiendo la propuesta del juego: “cuando escribo, quiero jugar; si no, sería mecanografía”. ¡Menuda frase de aviso a navegantes!

En el turno de palabras, se notó la presencia de quienes ya se habían leído el libro y coincidían con Mariano Peyrou en haber disfrutado de “un libro raro, sin género, pero muy estimulante desde el punto de vista espiritual e intelectual, y ameno. Lo que es de una extrañeza maravillosa”.

A mí, también me lo pareció. Páginas que pueden generar pensamiento y creación, es decir, un verdadero regalo para quien quiera adentrarse en algunos de los silencios que plantea (“el lápiz sin estrenar”; “la celda de castigo”; “el enfado de nube”; “la persona infiel” o “el pájaro que enmudece en la bandada”…), o convocar los propios, para jugar a lo más imprevisible de la poesía.

Con el silencio de “La niña tímida en el recreo” (pág. 34), y mi nuevo libro recién firmado, volví a perderme por esas calles cuadriculadas de Madrid donde nunca logro orientarme. No obstante, mi despiste fue dichoso, porque el azar me puso ante la casa donde Carmen Laforet escribió su novela Nada, situada en la calle General Pardiñas, 107.

Placa en la calle General Pardiñas, 107, (Madrid), donde vivió Carmen Laforet

Así, nada y silencio se fundieron en una mañana invernal donde ya latía la primavera y el rumor de la palabra. En ese espacio mudo y vibrante, volví a convocar los deseos de escritura que laten en la raíz de este año vital tan distinto.

Como quien recibe un empujoncito de confianza, leyendo El libro blanco me he encontrado con algunas de mis maestras y su silencio correspondiente (15, página 57): “Las obras mutiladas o prohibidas por la censura franquista de Ana María Matute, de Concha Alós, de Dolores Medio, de Elena Soriano, de Carmen Laforet y tantas otras”.

De nuevo, he brindado por sus libros y por mis cuadernos, y he recordado las flores de los almendros y los prunos que tan calladamente siguen desafiando la fealdad y el ruido del mundo que nos acecha. ¡Bendito sea el significante del azar, y gracias siempre al silencio de la belleza!

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