Asamblea, con Juan Carlos Mestre

Ayer, 16 de marzo, en la Asamblea convocada por Juan Carlos Mestre, nos adelantamos a la celebración del Día de la Poesía, tan inminente. El azar quiso que la gran fiesta de la palabra y la música que vivimos coincidiera también con el cumpleaños de César Vallejo, y que un verso de Antonio Gamoneda, que vincula la esperanza de los lunes con la poesía de Mestre, fuese a la vez real y premonitorio, prólogo de belleza y fraternidad, en el Ateneo de Madrid.

Decenas y decenas de amigos y lectores nos encontramos allí para celebrar el libro publicado por Galaxia Gutenberg, titulado precisa y certeramente Asamblea, que reúne la poesía de Juan Carlos Mestre (1975-2025). El acto comenzó con su voz, recitando precisamente el poema del mismo título, emocionante como un himno, recordando desde sus primeros versos el sentido de una trayectoria poética de cincuenta años en los que la palabra insumisa, la utopía, la memoria y la conciencia cívica han estado siempre presentes: “Queridos compañeros carpinteros y ebanistas, les traigo el saludo solidario de los metafísicos”.

El poema continúa y aunque llega a decir “A partir de este momento la lírica no existe, / con el permiso de ustedes la poesía / ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno”, el resto del acto se encargó de demostrar que la poesía sigue viva, vibrante y necesaria a través de todas las voces que se sucedieron en el escenario del Aula Mayor del Ateneo y en la emoción del público. Quizás por eso, tras el poema ‘Asamblea’ se escuchó el ‘Salmo de los Bienaventurados’, y a través de esas bienaventuranzas renovadas por la riqueza metafórica de Mestre volvimos a la certeza de poesía, expresión única donde quizás esta herida humanidad pueda volver a latir sin dolor algún día.

Tras los primeros poemas y las melodías del acordeón, bellamente interpretadas por Cuco Pérez, tomaron la palabra Jordi Doce y Emilio Torné, responsables de la edición de este libro imprescindible. Jordi Doce se refirió a estos “cincuenta años de poesía que constituyen una fiesta de palabra y música” subrayando la vocación de intervenir en el mundo, creando “otra realidad a partir de la conciencia de la palabra poética”. Aquel niño que nació en una casa sin libros de Villafranca del Bierzo tuvo una madre que le enseño a leer en papeles pequeños y la suerte de encontrar las voces de unos primeros maestros de la palabra literaria. Desde los primeros años, tras pasar por la universidad de Barcelona, el viaje continuaría llevándole por medio mundo, poesía en voz, con años cruciales en Chile y Roma. De todos los viajes nació libro, y ahora, muchos de los que eran difíciles de encontrar, también están en Asamblea. Emilio Torné ofreció un repaso por toda la trayectoria poética de Juan Carlos Mestre y las vicisitudes de su obra publicada, que tan bien conoce. Han sido años de trabajo para finalizar este volumen de mil quinientas páginas, pero antes de esta Asamblea, Torné ha publicado casi todos los libros de Mestre, en aquellas cuidadísimas ediciones de Calambur que tanto se echan de menos. Obras que he ido atesorando, con sus extraordinarias dedicatorias de colores de acuarela y tinta negra, y que convivirán en mi biblioteca con este nuevo libro, porque lejos de ser redundantes, como pensaba antes del acto de ayer, dialogarán entre sí y serán compañeros.

A continuación, tomaron la palabra Brenda Escobedo, Mario Obrero y Selena Millares, quienes ofrecieron perspectivas distintas de la obra mestriana en brillantes intervenciones que ojalá podamos leer íntegramente para quedarnos con todas sus referencias y un mayor poso. Brenda Escobedo, dramaturga y directora de escena, recordó el reto y el placer de llevar La tumba de Keats a las tablas de La Abadía. Aquella belleza fue posible porque Mestre, explicó, es capaz de “decir la palabra con verdad” y ese gran poema, inabarcable para la escena, fue convertido en “el último soliloquio de un príncipe barroco” que, igual que Hamlet o Segismundo se refieren a aspectos dolorosos e incómodos, pero logran hacerlo con gran belleza. Por su parte, el poeta Mario Obrero se centró es aspectos lingüísticos, poniendo el foco en el trabajo de traducción que ha realizado del libro 200 gramos de patacas tristes, una obra en la que Mestre escribe con la lengua de sus mayores, aquel gallego hablado en su Bierzo natal donde el habla se funde con quienes construyeron el universo de la infancia, un lugar donde la memoria y la dignidad de la pobreza se mantienen en pie y siguen resistiendo ante las dinámicas del poder y la barbarie. Por último, la poeta y profesora universitaria Selena Millares, nos ofreció un bello texto en el que vinculaba la poesía de Mestre con la de otros poetas. Un flujo incesante de influencias y lecturas que abarcan los grandes nombres de Iberoamérica pero también de Europa y poetas españoles, voces que nutren y sirven para renacer una y otra vez.

Tras las intervenciones apoyadas en palabras explicativas, bellas y doctas, amenas y profundas en su decir… Llegó el momento de volver a la música. Amancio Prada con su voz única y su guitarra, Cuco Pérez con el acordeón y Juan Carlos Mestre, recitando, cerraron un acto sumamente emocionante en el que no faltaron la exhuberancia verbal y el testimonio, la palabra insumisa que abre el espacio de la utopía en un mundo de sombras y el recuerdo a los vivos y a los muertos, en especial, para Marta Agudo y Guadalupe Grande. Juan Carlos Mestre pronunció unas últimas palabras desde el escenario: “Gracias por la fraternidad y las generosas nieves de vuestra compañía”.

Mis aplausos de ayer y estas líneas aceleradas son mi forma de darle las gracias hoy, por los años y las palabras compartidas, por su aliento constante, por ser y estar y haber sido luz tantas veces. Gracias, siempre.

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