Las vacaciones han vuelto a ser un bálsamo para los afortunados que hemos tenido unos días de descanso. Sabemos lo que significa esa palabra frente a las voces antónimas heterodoxas que no dan tregua: trabajo, horarios, obligaciones, rutina, hastío… El rumor de maletas por la calle, el trote de esas ruedas tan pequeñas como escandalosas empezaron a hacernos cosquillas antes del Viernes de Dolores.
En mi primer día libre quise escribir algo para este blog, pero no salieron las palabras. Solo era capaz de hacer inventario de los cansancios acumulados y alentar las ilusiones para los paisajes y días por venir, con todas sus horas convertidas en ofrenda personal. El texto quedó en mero esbozo. Ahora que el agotamiento se ha disipado, quizás tenga sentido evocar algo de cuanto quedó sin escribir en tantas semanas sin crónicas, con la excepción de aquel día en el que la masacre puso fin a la frágil tregua en Palestina y aquel horror, junto a la reivindicación de cuanto nos hace humanos, provocaron mis palabras, como una sacudida.
A pesar de lo no escrito, febrero, marzo y el comienzo de abril dieron para mucho, pero no tuve tiempo de compartirlo aquí. Para recordar el ocio y el disfrute de esos meses he tenido que recurrir a la memoria de mi teléfono, donde fotografías y notas languidecían, pendientes de ser rescatadas. Todas ellas han vuelto a recordarme que la vida sigue ofreciéndome motivos para la alegría y que disfrutar los pequeños regalos cotidianos es, en realidad, otra obligación que no debería perder de vista cuando las horas sean estranguladas por el despertador y los deberes. Una vez más, escribir sirve para dejar señales en el camino y guardar una dosis de vitaminas para cuando vuelvan a bajar las defensas.
La mayor parte de esas fotografías han sido tomadas en distintos viajes. No es raro. Aunque lo intentemos, al final, cuesta percatarse de alguna novedad en los recorridos y calles habituales. Si no fuera por esta lluviosa primavera que trajo una floración espectacular de especies silvestres y de los prunos y almendros de los alrededores, apenas conservaría material que muestre la belleza y la sorpresa que a veces encierra lo cotidiano. Frente a lo de siempre, Toledo, Ginebra y Burgos han sido breves escapadas a lugares que he visitado en varias ocasiones y ofrecieron la posibilidad de una pausa y el reencuentro con personas queridas y un tiempo más ancho y generoso.



Las tres ciudades han vuelto a ser espacios acogedores donde el paseo ha contribuido a la serenidad porque, cuando desaparece la urgencia descubridora del turista, se saborea y disfruta el lugar que ya forma parte de nuestra memoria. Podría parecer que no tienen nada que ver entre sí, pero en las tres subyace el abrazo que supone recorrer calles antiguas donde han coexistido diferentes culturas y lenguas, y tanto el trazado urbano como los monumentos siguen dando cuenta de esa convivencia y de la evolución.
Así, Ginebra presume de ciudad refugio desde hace siglos; mientras la huella del arte mudéjar pervive en artesonados, estructuras y decoraciones del Monasterio de Santa María La Real de Las Huelgas (Burgos), porque muchos artesanos moriscos de Toledo recibieron la llamada de Alfonso VIII para trabajar en el primer monasterio; igual que los restos de estilos y ritos diversos conviven en armonía en la maravillosa Mezquita del Cristo de la Luz (Toledo). Y por supuesto, la contemplación monumental nos permite conectar con quienes nos precedieron. Sigo celebrando el asombro que me genera ver la evolución del románico al gótico, imaginar a aquellos artesanos y primeros arquitectos que se atrevieron a aligerar las construcciones buscando el cielo. Su afán por la belleza y la transcendencia en esas bóvedas imposibles me resultan apelaciones contemporáneas. Así mismo, ante esos retablos de diversas épocas, que explican las escrituras y la historia del poder que configuraron el pensamiento durante siglos, es lógico preguntarse quienes somos ahora, en este siglo XXI que se vuelve irrespirable en la distancia mínima de un botón de nuestro móvil, en cuanto pasamos de la cámara de fotos a un periódico digital.


En la reciente visita a Burgos, me ha conmovido que persistan la clausura y la oración en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, la Cartuja de Miraflores o en el citado monasterio de Las Huelgas; y resulta inevitable que, en la proximidad de ese rumor, rodeados por tanta imagen sagrada y tanta piedra bendecida, se busque y encuentre una conexión espiritual. Quizás por eso me resonó tanto un mensaje escrito con letras modernas en las escaleras de la capilla de Santa Tecla y Santiago, en la catedral de Burgos: “Peregrinos de esperanza”.
La contemplación del arte y la compañía de las personas que queremos son formas de dejarnos atravesar por esa esperanza. Si seguimos celebrando la vida con otros; si brindamos y hasta bailamos con ellos en sus recientes cumpleaños; si ofrecemos nuestros poemas en una lectura en voz alta; si ponemos la mesa para compartir una comida sencilla y rica; si intercambiamos un beso de buenos días o buenas noches; si nos emocionamos ante el descubrimiento de nuevos libros, películas, cuadros y espectáculos escénicos es porque ni las noticias de los medios de comunicación ni las obligaciones que nos aturden cada día han logrado acabar con lo más profundo que somos.
Llevamos la cuenta de la desgracia. Sabemos que en Palestina se ha superado la cifra de 50.000 personas asesinadas. Sabemos que mientras unos rezan otros siguen conjugando con maldad y alevosía los verbos de la desolación ajena. Estuvimos de vacaciones pero no olvidamos, resistimos en esa vergüenza que no podemos detener.
Ahora que las ruedecitas de las maletas del vecindario vuelven a sonar con el mismo escándalo de la ida, aunque con cierta desgana por el regreso, es imprescindible fijar la vista en los árboles que nos rodean. En los últimos días de marzo, sus ramas estaban casi desnudas y parecían muertas. Había que detenerse muy cerca para descubrir pequeños brotes donde aguardaba la explosión de la vida. Abril ha llenado esas ramas de hojas verdes, su fortaleza y su lozanía son fruto de la lluvia cadenciosa y constante de esta una nueva primavera. Que esa imagen sea también la nuestra. Que mantengamos la esperanza. Que permanezcamos nutridos y bendecidos por los días y las horas en las que el paseo y el descanso nos reconciliaron con otras forma de mirar, caminar y enlazar las manos.
Como siempre, lleno de sentido y humanidad ante lo bueno y malo de la vida. Besos
Me gustaLe gusta a 1 persona