Algunas noches gana el insomnio. Es tan poderoso que no solo desbarata la madrugada, también el amanecer y las horas del día por venir. Esa jornada para la que habíamos hecho planes, justo ahora, cuando el otoño acelera y se aprieta el nudo de las obligaciones; cuando los sueños de las horas libres se nos sueltan de la mano.
Cuántas vueltas sobre las sábanas cada vez más remolino. Cuántas ideas para esas horas malditas y estériles. Acuden tareas pendientes, viajes deseados, conversaciones empantanadas, proyectos estancados…
El oído se agudiza. Nos molesta el rumor del motor de un coche que no arranca, la certeza de una sombra en el portal. De fondo, percibimos un ir y venir constante de sirenas. Una ciudad sobresaltada en un mundo que no descansa, tan insomne como nosotros. Se multiplican las vidas y las muertes, los accidentes y los problemas, los semilleros presentes del insomnio del futuro.
Al día siguiente, en las noticias nunca faltan las emergencias. Pudo ser la explosión y el incendio de un local en un barrio de Madrid o la reyerta y su rastro de sangre sobre la acera. Más lejos, las redadas de la noche europea, cuando la policía se pone a rastrear mafias en golpes combinados. También el eco de proyectiles y su rastro de fuego entre Ucrania y Rusia; en las provincias y ciudades que no aprendimos en ninguna clase de geografía y se han vuelto tan cotidianas que, a pesar de su distancia y su extrañeza idiomática, resultan pronunciables.
Las sirenas quedaban muy lejos de casa, pero resultaron ciertas y cercanas, nublando el amanecer como una mala resaca. Tras noches así, uno se levanta torpe, muy torpe. Con un nudo de cansancio enredado a la pesadilla previa al despertador. Con el cuerpo envuelto en la funda siniestra de una noche para olvidar.
Las soluciones al alcance son las persianas. Al otro lado, ya hay luz. La ducha y su caricia dulce. El agua tibia sobre la cabeza, derramándose sobre la piel hasta despertarla, me recuerda que habito entre los afortunados.
En la cocina, el café que iba a ser la segunda salvación acaba espolvoreado sobre la encimera, en un desayuno que no encuentra su sitio ni su paz. Cuanto se me escapa entre los dedos parece prevenirme contra un mal día. El resultado es un bodegón cuya belleza es el extraño resultado de una mañana por hacer.
Quizás no dormí porque estoy nerviosa. Quizás el café no sea la mejor solución y este volcarse sea una advertencia. Pero no es fácil salir de la rutina de los gestos aprendidos. Necesito café para despertarme, aunque haya estado media noche despierta. Necesito su olor de pócima casi sagrada para entrar en el día laborable con la fuerza que no encuentro entre lo accidental y lo fortuito.
Los gestos conocidos nos permiten reconocernos tras esa noche extraña, reconstruirnos para las horas que nos esperan. El paisaje habitual al otro lado de las ventanas, la acidez de las primeras naranjas de la temporada, el rumor del café, ahora sí, convertido en líquido alquímico cuyo perfume inunda la cocina reconciliándome con el día de hoy. La noche fue mala, pero el día no tiene por qué serlo. De pronto, pienso que la torpeza de mis manos insomnes no suponen un mal augurio.
Tal vez aprendimos a vivir bajo la sombra de los indicios equivocados. Desde hace tiempo, desaprendo las cosas que me hirieron. Replanteo las supersticiones asumidas. Cuestiono las maldiciones que me lastran, las palabras que no suman. Aunque los pensamientos cargados de automatismos siguen acudiendo, de pronto, me pregunto por qué me basta un tropiezo insignificante para echarle mal de ojo a toda la jornada. Me prometo no hacerlo más.
Mientras borbotea el café, perdono mis manos y me salvo con ellas. Reconozco que les quedan muchas horas por delante. Es injusto condenar sus actos por un puñado de café molido derramado. Han de desayunar y acariciar a un gato. Deben trabajar, encontrando en el teclado las palabras exactas y los números que cuadran. Han de hacer la comida, la lista de la compra y la limpieza del arenero. Tendrán que estirarse en la clase de pilates hasta recuperar la certeza de su elástica fuerza nuevamente, antes de regresar a casa acarreando las bolsas de la frutería. Y guardarlo todo y preparar la cena, y cepillar al gato que presume de ser inasequible a todo insomnio. Tendrán que marcar números y letras para comunicarme con otros, intercambiarán complicidad y ayuda. Conservarán la nostalgia de la caricia y habitarán el placer de ciertas horas.
Estas manos no esconden ninguna sombra. Sólo saben del trabajo, del cuidado y del amor. Además, son las herramientas de mi escritura. Se encargan de sostenerme. Desde hoy mismo, me prometo respetar sus torpezas, que son las mías. Sin duda, nos exigimos demasiado y ese no es el mejor camino. ¡Buenos días!
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