Feliz 2024: paz, salud y un continuo renacer

Un año más, comparto con vosotros un texto que hace balance, recupera sensaciones y os desea lo mejor para los 366 días por venir…

Al hacer memoria de 2023, a través de fotografías, palabras y momentos, encuentro cierto latido que mantiene un compás de alegrías y tristezas marcando los días, igual que en los años precedentes. No obstante, vuelvo a escribir estas líneas desde la gratitud, sabiéndome afortunada; y también, desde la certeza de la propia fragilidad. Este año me sostuve gracias al amor y los afectos, tan diversos como necesarios; al disfrute del arte, que me rescata cuando la barbarie humana me duele y desengaña; y a los viajes, llevaran cerca o lejos, ampliando siempre el aire, el horizonte y la mirada.

Entre las diferencias con los años previos, la más importante ha sido acompañar una despedida, entendiendo cuánto amor había en cada gesto. Sin duda, es uno de los grandes aprendizajes que me deja 2023. Y junto al duelo, el imperativo de atender, abrazar, escuchar y decir mientras podamos. Porque ese legado nos acompañará siempre, dándonos aliento para seguir avanzando.

Estas líneas y la fotografía que acompaña el texto comparten, al igual que el cambio de año, ese momento del ocaso que conduce a un nuevo amanecer. Lo ideal sería soltar lo que no nos aporta, lo que nos daña o fatiga. Y hacerlo cada día, no sólo hoy, cuando antes de inaugurar el nuevo calendario convocamos la ilusión de un reinicio mágico. Aunque le demos a la última noche del año cierto cariz maravilloso, no olvidemos que todas las noches pueden serlo. Y aún más, recordemos que los nuevos comienzos nos esperan a cualquier hora y en cualquier lugar. Del mismo modo que, a veces, el paisaje más bello nos sale al encuentro cerca de casa, como en la foto. Para descubrirlo, sólo hay que tener los ojos abiertos, el tiempo necesario para apreciarlo y la serenidad para celebrarlo como un pequeño regalo, accesible, colectivo y esperanzador.

Ojalá que 2024 sea un año en el que la paz llegue a las zonas en guerra y sea también verdad dentro de cada persona. Ojalá nos acompañen la salud y los abrazos, las sonrisas y las palabras cómplices. Ojalá seamos capaces de encontrar la fortaleza necesaria para mantener la esperanza y renacer, cada día, con nuevos propósitos, partiendo de lo que tenemos al alcance, como en ese paseo sencillo que nos propone renacer siempre, en cada nueva mañana.

Abrazos para el camino.

Aprendizajes de un año que se agota

Mi abuela materna siempre tuvo manía a noviembre. Fechas familiares, la celebración de difuntos, alguna certeza íntima… No lo sé bien, pero me hizo heredera de un cierto escalofrío ante un mes que ella cargaba de temores con un refrán: “Noviembre, dichoso mes, empieza con los Santos y acaba en San Andrés”. No ha sido hasta este noviembre cuando he reparado en que ese “dichoso” era polisémico y también contradictorio. Dichoso, por feliz; dichoso, por molesto o fastidioso. La ambigüedad del refrán es evidente, pero el recuerdo de su tono enlutado al pronunciarlo nunca me dejó dudas. Era un tiempo del que recelar.

El último noviembre también ha sido polisémico: duro y luminoso, exigente hasta el extremo, lágrimas y abrazos. Nos ha llevado en volandas a través de las malas noticias de los periódicos y la rutina diaria hasta vislumbrar el final del año. Me ha conmocionado con una muerte inesperada que, no obstante, me brindó la oportunidad de acompañar y despedirme. Se fue la madre de unas amigas muy queridas, esas casi hermanas no de sangre que nos va regalando la vida. En los recuerdos que convocaron aquellas horas ante la enfermedad y el desenlace, rememoramos comidas y cenas, celebraciones y mudanzas, confidencias y viajes compartidos…

Mientras reflexionaba sobre la salud y fortaleza que mantienen mis padres, recordaba cómo en la infancia, las familias y las casas de las compañeras de colegio nos abrieron mundos nuevos, y su contacto constituía un primer aprendizaje de lo distinto. En aquel entonces, fallecían abuelas y abuelos, y nuestros padres parecían tótems seguros a los que aferrarse. De hecho, nos fuimos haciendo adultas a medida que les vimos quebrarse, y de un tiempo acá, en las orfandades ajenas que nos interpelan, somos más conscientes que nunca de lo efímero y la fragilidad que nos rodea.

La vida transcurre a lo largo del tiempo en varias dimensiones, que resulta pausado y vertiginoso a la vez. Las semanas, los meses, los años… se nos enredan hasta hacerse cuesta arriba entre las obligaciones y, de pronto, son parte de un pasado que se esfuma y desaparece. Reviso las fotos del último noviembre para saber si ocurrió algo además del dolor, y descubro que sí. La mirada, la placidez del sueño de Fénix y su tacto me salvaron muchas noches, igual que otras caricias y besos, igual que tantas palabras de consuelo al rescate. Dichoso mes, en su transcurso contra el tiempo, en sus urgencias contra mí misma, tan encerrada en el cansancio.

El repaso de las fotografías me devuelven un par de jornadas espléndidas en las que el arbolado de los parques fue un regalo. Lamenté no haber estado más atenta a su hermosa transformación otoñal, condenada a tanto viaje en metro y a la falta de paisaje vegetal en calles estrechas. Algunas películas maravillosas en la sala cinéfila y oscura, el único lugar donde soy capaz de disfrutar del cine, me permitieron asomarme a otras historias: Monstruo, la reposición de El espíritu de la colmena y El sur antes del estreno de Cerrar los ojos, El chico y la garza, El viejo roble, O corno, Scrapper, Vidas pasadas… En cada ocasión, pensé escribir alguna reseña, pero faltaron el tiempo y las fuerzas, de modo que la enumeración de esos títulos queda como memoria del disfrute y apresurada recomendación. Sé que no es lo mismo, pero el cine es otra forma de leer, y las atmósferas creadas por la luz y los debates que atraviesan a esos personajes me acompañaron mientras no fui capaz de iniciar la lectura de ningún libro. Sus páginas se hacían pesadas e inabarcables y, aunque he seguido comprando, mi interés por ellos se desvanecía al verlos llegar a casa. Mi conexión con la literatura se ha limitado a la lectura de unos pocos relatos y algunos poemas, y contadas charlas que han permitido mantener la ilusión de los proyectos desatendidos… Sé que siguen latiendo, que dormitan, al fondo del tiempo, esperando que yo recupere las palabras y sus ritmos.

También he visitado cuatro exposiciones de arte, una raquítica pero reconfortante conexión con el color y la materia, una forma de expresión artística donde no media el lenguaje y, sin embargo, éste es convocado gracias a la conexión que nos transciende más allá de la palabra. Sorolla y Medardo Rosso, en la Fundación Mapfre (hasta el 7 de enero en la sede de Recoletos, de Madrid); Luis Gordillo en la sala Alcalá 31, con dime quién eres Yo (gratuita y hasta el 14 de enero); y por último, ya en diciembre, Caminante son tus huellas, una muestra colectiva en Cafebrería ad Hoc (c/ Buen Suceso, 14, que concluirá en febrero de 2024).

Mientras las calles de las ciudades rebosan de luces navideñas y personas dispuestas a atender su llamada de ilusión y consumo, afronto el último mes del año sumida en la pausa que le he pedido al puente de diciembre. Sin viajes ni maletas, buscando el encuentro sosegado y la conversación, el cuidado del cuerpo y la búsqueda de cierta paz interior.

Muy pronto tocará despedirse de 2023, recordar los propósitos que hicimos al iniciarlo y recuperamos en la pausa del verano. Hacer balance. Ya sé que no he cumplido en todo. Demasiado cortisol por mis venas, lejos de aquella canción canalla de mi juventud; el insomnio convertido en el peor de los pijamas posibles; las hormonas haciendo trampas a los deseos y el malestar psíquico formulando preguntas para las que carezco de respuestas.

Me gustaría contemplar las luces navideñas con un chispazo de esperanza. Mientras aguardo ese destello, la conexión con el arte y el aliento de algunas personas me mantendrán a flote, escudriñando el calendario del mes de diciembre, cargado de tareas e iluminado por la promesa de unas vacaciones en las que buscaré la desnudez de los árboles. Para entonces, el otoño será hojarasca vencida. El cambio de solsticio conformará esa ilusión a la que aferrarnos. Nuevas agendas y almanaques albergarán espacios en blanco donde proponerse deseos. En un nuevo juramento, íntimo y silencioso, renovaremos los votos de las ilusiones pendientes, para echar a andar como manecillas de viejos relojes, tic-tac, un paso tras otro. Adelante, siempre.

Septiembre, el eco del reinicio

El calendario astronómico nos mantiene en el verano, aunque hace tiempo que arrancamos, ¡ay!, la hojita del mes de agosto y las lluvias, entre apocalípticas y deseadas, nos han metido en el otoño.

No queríamos verlo, pero nuestra ciudad y nuestra vida ya otoñaban, igual que los castaños de los parques, que fueron los primeros en perder su verdor (antes, incluso, de que hiciéramos las maletas de las vacaciones). Sus matices se suman a la confirmación apabullante de la llegada de un nuevo tiempo: el curso escolar 2023/24. Es decir, el inicio del año para quienes tenemos septiembre marcado como principio de propósitos y tareas, de obligaciones y promesas.

A veces el azar, que no nos ayuda con la combinación premiada de la lotería, nos ofrece otras señales. O tal vez, estamos dispuestos a buscar la carambola cabalística en las cosas, con el fin de ver tréboles de cuatro hojas por todos lados.

Es lo que me ha ocurrido este septiembre, en el que mis primeros compromisos laborales me llevaron a las instalaciones de la Universidad Complutense y las tormentas del primer fin de semana me recordaron aquel de hace cinco años en el que Fénix y yo empezamos a habitar las paredes de nuestra nueva casa. ¿Son señales? ¿Significan algo? ¿Le estoy sumando excesiva carga mágica al azar de una reunión y una tormenta de verano?

Es posible que no haya nada especial. Pero me gusta reinterpretar este tipo de guiños. En este nuevo inicio vital que me he propuesto, prefiero intuir la corriente secreta de los ciclos. Las etapas que se cierran para abrir periodos de nuevos aprendizajes de los que empiezo a ser consciente. La certeza de lo que he de asumir para vivir de otra manera.

Los cinco años con Fénix me interpelan sobre un proyecto literario iniciado en su encuentro; demorado, retomado y abandonado a lo largo y ancho de este lustro por todo tipo de motivos. Ahora sé que pondré el punto final. Que abandonar y desfallecer no son respuesta.

A finales de agosto y comenzando septiembre, la Ciudad Universitaria estaba casi vacía y su silencio era un marco perfecto para preguntarme qué persiste de la joven que pasó ocho años seguidos en ese campus para salir con dos licenciaturas, algunos sueños ya rotos y muchas ganas en los bolsillos.

Caminando de nuevo por aquel paisaje olvidado, comprobé que la Ciudad Universitaria y yo éramos distintas, aunque también las mismas. Sus edificios precarios de otro tiempo habían desaparecido o se habían asentado. Ya no quedaba nada del cubículo prefabricado y provisional de un banco donde se podían pagar las tasas. Sonreí al recordar aquella promoción tan pretérita como naíf con la que, si te abrías una cuenta para fraccionar el pago de la matrícula, te regalaban una carpeta archivadora con el logo del banco. Resulta irónico: aquella entidad bancaria, tan fulgurante a comienzos de los noventa, ya no existe más que como el caso de un escándalo financiero. Enfrente, lo que había sido un solar, se ha convertido en un Jardín Botánico cuyo edificio de acceso incluye una cafetería que me hubiera encantado disfrutar en aquellos años y a la que tal vez acuda de visita algún día, por pura nostalgia.

Ante Ciencias de la Información sentí un arrebato de rencor. Periodismo fue una carrera frustrante y hueca, salvo por contadas y honrosas excepciones que me animaron a concluir sus cinco años. Otra vez cinco. Pero he de reconocer que, en parte, soy quien soy gracias a aquellos cursos y sus distintas derivadas. Por eso, en unos segundos, pasé del rencor a la reconciliación, asumiendo que muchas voces intentaron disuadirme y no quise escucharlas. No debo echar balones fuera. Antes de conocer su nombre, ya albergaba el síndrome de la impostora. Por eso me empeñé en obtener el título que parecía más adecuado para ejercer una profesión que me apasionaba. Los años han demostrado mi error. Incluso el título estaba, en parte, equivocado.

También me detuve ante el edificio que entonces se llamaba “Antiguos comedores” y albergaba la zona para trámites del alumnado. Ante su estructura y solidez presentes, emergía el contraste de lo que hace más de treinta años resultaba precario y por hacer, igual que los rituales compartidos. La apertura de curso era un acto oficial sin estudiantes, un desfile de autoridades que nos eximía de ir a clase. No se organizaban eventos al finalizar el curso ni la carrera: recogías las últimas ‘papeletas’ y preguntabas en secretaría cuando estaría el título. Así de huérfanos. Incluso la orla, cargada de solemnidad, era un mero apuntarse y hacerse una foto en un pasillo con birrete de prestado.

Ante la avalancha de recuerdos, fue inevitable volver la mirada a los versos del poema “No volveré a ser joven” de Jaime Gil de Biedma, que tan acertadamente se leen en el vestíbulo del metro de la estación de Ciudad Universitaria.

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Con menos amargura que él, quise hacer las paces con esos deseos de llevarme la vida por delante, y agradecí haber llegado hasta aquí. Con más canas, más kilos, más años y no pocos disgustos, pero también más consciente y más atenta a lo que, precisamente, hay que aferrarse para que la vida mantenga el placer de su sentido.

Antes de volver a casa, con el poema aún vibrando en la cabeza, me detuve en el cielo azul brillante; en el bamboleo de las ramas de los árboles, tan bailarinas y luminosas, en aquella mañana de septiembre en la que todo invitaba a ser estrenado con las mismas ganas que yo misma le puse a cada curso escolar.

Me gustó ver un resto nebuloso extendido, pintando un renglón blanco en el cielo. Y pensé que ese subrayado era la clave. Porque los énfasis son nuestros. Sólo nosotros deberíamos establecerlos y luchar por ellos. Mientras la vida nos lleva a galope, en nuestra mano están los límites y los márgenes innegociables, los espacios y los sueños que nos salvan. Contradiciendo al poeta, vivir con plenitud en el presente es el único argumento de la obra.

Un nuevo cumpleaños

Quiero agradecer al tiempo la celebración de la vida, con un nuevo cumpleaños.

También quiero agradecer su tiempo a todas las personas que se acordaron de la fecha, y me dedicaron el suyo.

He recibido muchos, muchos mensajes. Hoy en día, se multiplican los canales y las sorpresas, los formatos. Hay palabras y emoticonos, hay voces que llegan desde miles de kilómetros, videos, canciones… También hay besos y abrazos cercanos, los que son posibles. Y la fortuna de saberse querida, en cualquier caso.

El 23 de abril de este año comenzó en su vigilia: la enésima noche de insomnio. Como al día siguiente era domingo, podía permitirme el lujo de no sufrir pensando en un despertador y un listado de tareas implacables. Esperaba un día relajado.

Fui llegando al amanecer despacio, imagino que igual que en aquella madrugada de hace 52 años, cuando las progresivas contracciones iban anunciándome.

La noche fue un viaje. Una mirada al año vital que se cerraba y al que se abría. Otro balance. ¿Qué le vamos a hacer? Soy una pesada de las fechas señaladas y los buenos propósitos.

A última hora, me venció el sueño; y al despertar, no se oyó el llanto del bebé sino los pasos de la mujer que soy. Un poco más lenta hacia la ducha, y al encuentro con los míos.

Ya había llegado un ramo de flores, también el libro que, todos los años, me auto-regalo. Después, los detalles de otros. Aquello en lo que pensaron que me haría feliz. Cómo no serlo. Compartir desayuno y almuerzo. Poder echarme una siesta que resultó sanadora. Mi tiempo es mío, a veces, y entonces, es un regalo de los mejores.

Y al caer la tarde, un paseo y una charla cómplice; las manos y las palabras propias y ajenas al encuentro de los deseos y los sueños; la literatura y los proyectos en curso, como una nueva determinación y un rumor de fondo. Porque escritura y lectura siempre estuvieron. Y nacer en el día del libro siempre fue un regalo. ¿Qué me iban a regalar?

Antes del anochecer, los ojos disfrutaron de la belleza de un paisaje próximo y arrebatado. El arrebol, las nubes de la lluvia imposible, los colores del cielo de Madrid, las siluetas que prendieron la imaginación de la infancia, la certeza de los árboles, la luna en sus primeros días de fase creciente junto a Venus.

Hoy tarareo la canción “Gracias a la vida”. Y sé que detrás de ese agradecimiento están las muchas manos que me sostienen, todos los ojos que me siguen leyendo, y me alientan. Por mí y por ellos, en esta nueva vuelta al sol, me propongo dar trabajo a la imprenta.

El tiempo y su azar dirán.

Mientras tanto, aquí queda escrito, y sigo tarareando, afortunada.

Con el impulso del amor, feliz 2023

A punto de cerrar el año, vuelvo a hacer balance. 2022 me puso ante el espejo de la fragilidad y me dio la oportunidad de recuperarme. Llego a sus últimas horas más fuerte y consciente de la importancia de los afectos, la salud y las pequeñas cosas que constituyen la vida. Lo cierro con una sonrisa, dispuesta a mantenerla en 2023: con gratitud y sabiéndome afortunada.

Como si se tratase de un periódico muy personal, repaso el diario y las fotografías del año vivido. Me acuerdo de las experiencias de nuevos libros, lecturas compartidas y el contacto estimulante con autores que admiro. Rememoro sesiones de cine y teatro, algunos conciertos de músicas diversas y evocadoras, y noches de ópera. Exposiciones de fotografía, pintura y escultura dejaron la impronta de la mirada de otros, su trabajo con la materia para reflejar lo que son, lo que somos, ese conflicto que late en el arte y nos cuestiona… También ha habido viajes. Escapadas donde disfruté del rumor de los árboles, el reencuentro con el mar y la certeza monumental de la piedra. A veces se nos olvida que estamos rodeados de belleza, ya sea en un bosque, en una playa o a la sombra de lugares tan mágicos como la Alhambra o las iglesias románicas de Castilla. Todos estos espacios han sido refugio para un mundo que sigue siendo hostil en muchos aspectos: en la acción que no atiende al bien común, en la agresión y el olvido a quienes no tuvieron la suerte de un pasaporte privilegiado. Después de tantos meses de repliegue interior, volví a participar en algunas manifestaciones con la misma sensación simultánea de siempre: la inutilidad del gesto y su imperiosa necesidad. Supongo que en un mundo tan saturado como el nuestro, es bueno que aún alguna noticia nos golpee hasta movernos del sofá. Que sigamos siendo sensibles ante una barbarie que nos hace preguntas incómodas. Seguirán ahí en 2023 y volveremos a estar obligados a abrir los ojos.

No obstante, lo más importante de 2022 no está en las fotos sino en la recuperada experiencia del tacto. Los reencuentros felices con las personas que quiero, los abrazos que han sido tan posibles como inesperados, celebrar los cincuenta que aplazó la pandemia, volver a compartir una comida, bailar viejas canciones, sentir la caricia necesaria en la complicidad de lo cotidiano. Lo más valioso que tenemos es el amor, el afecto y el cariño de las personas que queremos y sentimos a nuestro lado. Y lo bueno de este año fue descubrir que no importaba el tiempo que hacía desde el último abrazo, todo parecía haber quedado suspendido en un anteayer más emocional que real, y era posible retomar la conversación en el mismo punto donde se había quedado, volver a besarnos casi como en aquella remota y primera vez.

Busco una imagen para cerrar este año y abrir el nuevo, y rescato una fotografía de un maravilloso paseo otoñal que recupera el placer de lo cercano. Alrededor de mis pisadas, estaban las piñas y las hojas caídas de los árboles, y bajo su sombra fermentaba silenciosa la renovación constante de la vida, un germinar y crecer tan callado como una caricia, tan necesario como un abrazo. Junto a los restos caducos, los nuevos brotes alentaban el futuro, brillante de gotas de lluvia. Una imagen que no tiene nada de naturaleza muerta sino de lo que merece la pena ser conservado y cuidado, lo que tenemos tan cerca de nosotros que puede pasar desapercibido ante nuestra prisa. La naturaleza nos ofrece calma, belleza y una lección de paciencia. En su silencio y su sencillez es más fácil descubrir quiénes somos y escuchar quiénes queremos ser.

Os deseo un año 2023 de buenos momentos, de escucha y caricia, de compartir y cuidar, de dar y recibir, de valorar lo que tenemos y sabernos afortunados, de afrontar cualquier intemperie con la certeza de un renacer más pleno.

Ucrania: nueve meses de guerra

Recuerdo perfectamente el día que comenzó la invasión rusa de Ucrania. En la madrugada del 24 de febrero de 2022, Vladimir Putin anunció el inicio de los bombardeos en un discurso televisado. Nocturnidad y alevosía para un escenario que, durante las semanas previas de encuentros diplomáticos y noticias confusas, jamás imaginé que llegaría a ocurrir. Y sin embargo, estaba pasando.

Cuando encendí la radio aquella mañana, la rutina informativa también había saltado por los aires. El horror de un ataque a gran escala con bombardeos sobre ciudades como Kiev, Járkov u Odesa había cambiado el anodino guion habitual: la retahíla cansina de la agenda mediática, la información meteorológica, el estado de las carreteras en hora punta y los consabidos argumentos de los contertulios habituales.

Volví a preguntarme por mi adormecido olfato periodístico. Si alguna vez lo tuve, no era el mejor día para pensar que seguía ahí. Durante semanas vi a Putin como un fanfarrón insensato jugando de farol, un ególatra encantado de ser el centro de todas las miradas. Dimos más importancia a la medida de la mesa de sus encuentros internacionales que a lo que estaba gestándose en su cabeza. La falta de buenos análisis y lecturas, junto a la necesidad de refugio, me habían llevado a creer que no habría guerra. Me había equivocado.

La jornada entera fue triste. Las noticias convertían las horas en una derrota colectiva, una más. Se me despertaron los recuerdos de otras imágenes… La guerra de la antigua Yugoslavia y el genocidio de Ruanda; las víctimas de Chechenia, Colombia, Palestina… Algunos de esos conflictos los seguí de cerca en el verano de 1995, como redactora en prácticas del Canal Internacional de Televisión Española (TVE).

Imaginé la efervescencia de las redacciones, las pantallas encendidas con la señal de televisiones de todo el mundo, los sucesivos envíos de agencia y los preparativos apresurados para el viaje de los primeros enviados especiales. Pero me sentía muy lejos de todo aquello. Incluso me indignaba cierto sabor a adrenalina, una extraña euforia ante las narraciones envanecidas de quienes se creían protagonistas de la historia del siglo XXI, que estaba cambiando ante nuestros ojos. Nunca sintonicé con un periodismo espectáculo y sigo soñando con una misión de servicio público, concebida como herramienta para lograr una población mejor informada y más culta.

No fue un día fácil. Fracasaban la humanidad y su relato. Los intereses de diversa índole ocupaban el tablero de juego y comenzaban a extenderse como el aceite, igual que las mentiras. Las mejores intenciones se convertían en atropelladas iniciativas solidarias mientras los propios ciudadanos de Kiev derribaban los puentes de su ciudad. Aquella imagen sí era clave y comprensible, estaban dispuestos a luchar y eso implicaría una guerra larga. La población se dividía, entre la huida o prepararse para resistir. Los de siempre se frotaban las manos. También los de siempre enterraban los primeros muertos.

Aquella tarde me detuve mucho tiempo ante un parque infantil. Era jueves, pero el calendario escolar de Madrid lo había convertido en viernes de carnaval. El día siguiente no era lectivo y la jornada había sido especial, sobre todo, para los más pequeños. En los columpios, niños y niñas jugaban luciendo aún sus disfraces. Miré a quienes iban vestidos de superhéroes, hadas y otros seres mágicos; y no pude evitar pensar que necesitábamos héroes, heroínas y espíritus benefactores para salir de este tiempo sombrío. Frente a su bullicio y su alegría, imaginé los parques de las ciudades ucranianas, cargados de silencio y miedo. En los bancos cercanos, había mujeres embarazadas y parejas que acunaban el coche de un bebé mientras seguían con los ojos las idas y venidas de otro u otros críos; las charlas de algunos abuelos se mezclaban con las de algunas empleadas de hogar… la vida seguía a pesar de todo, y constituía un pequeño alegato a favor de la esperanza.

Entre tanto, mi cabeza viajaba a las escenas pequeñas que, a buen seguro, debían de seguir ocurriendo en las ciudades ucranianas. Me era fácil imaginar a alguna mujer que, en el baño de su casa, acabaría de enterarse de que estaba embarazada; alguna persona que habría recibido un mal diagnóstico en la cita médica posterior a unas pruebas; y alguna familia que estaría regresando del cementerio, tras enterrar a alguno de sus mayores tras una enfermedad de meses o semanas. Todas aquellas noticias íntimas se estaban sumando a la grandilocuencia de aquel 24 de febrero de 2022.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Y yo, muchas tardes, he regresado al mismo parque sobre la misma hora. En los días de lluvia y del calor intenso del verano, los columpios estuvieron vacíos y su imagen desolada me trasladó a las ciudades sin vida de la guerra. ¿Dónde están los superhéroes que podrían salvarnos de la debacle? He seguido pensando en aquellas personas que imaginé el primer día de bombardeos. Ahora que se cumplen nueve meses de invasión, estarán naciendo los bebés cuya gestación se ha producido durante la barbarie. Me pregunto cómo habrá sido escuchar su llanto tras el parto.

Con el tiempo, Ucrania se ha convertido en una guerra larga, como ocurrió en Siria, con muchos elementos en común. Salvo hitos significativos para el relato global (un salto cualitativo en el número de víctimas, en el objetivo alcanzado, en la atrocidad perpetrada o el cambio de bandera de algunas ciudades), ha dejado de abrir los informativos. Ahora Ucrania es una guerra más, como tantas, aunque más cercana en lo geográfico y con implicaciones económicas que tampoco se quisieron abordar desde el principio. Y mientras tanto, la población afectada ha intentado seguir con sus vidas. Sus duelos y su enfermedad, sus problemas laborales, su horizonte agrietado por decisiones ajenas.

Los columpios desiertos al caer la noche me interpelan. Recientemente, hemos alcanzado la cifra de población récord: somos ya 8.000 millones de personas. También en fechas recientes se ha celebrado una nueva cumbre climática cuyas conclusiones y acuerdos distan mucho de ser los ideales. Me pregunto qué mundo estamos dejando a quienes vienen detrás, a quienes rompen a llorar en su primer contacto con el aire que nos hemos acostumbrado a respirar.

Quizás todos, en los actos diarios, deberíamos pensar en algún niño, visualizarlo, y comprometernos con su inocencia y su futuro. Recuperar sus preguntas y sus respuestas. Abrazar sus tiempos y sus pausas. Simplificar el día a día, porque quizás la felicidad de todos pueda ser mucho más básica: alimento, afecto y abrigo.

La palabra escrita y el latido vital

En la librería Enclave de Libros, el lunes 14 de noviembre, fue la tarde de María Negroni, felizmente acompañada por Esther Peñas y Juan Carlos Mestre. Un par de horas magistrales sobre la escritura de poesía: el vértigo lingüístico, la palabra que detona, la falla entre significado y sentido, la indagación y el error. Llené el móvil de notas. Mientras los dedos tecleaban, la cabeza celebraba la fiesta de una poesía que se abría con la experiencia amplia de los tres implicados. Entre las muchas frases anotadas, algunas de las que, creo, dijo María Negroni: «El poema como una miniatura del mundo. Lo único que interesa es lo que no sabemos. La poesía es ese espacio donde el lenguaje nos lleva en una ceguera trabajada y trabajosa en una serie de preguntas sin respuestas. Preguntas básicas sobre la existencia, la muerte, el mundo… En la poesía, se produce una tensión máxima del lenguaje que no sé da en ningún otro género. La poesía tiene que ver con los sobresaltos, los alumbramientos y la intensidad emocional que se da en todo texto literario”.

Juan Carlos Mestre, María Negroni y Esther Peñas.

El jueves, 17 de noviembre, en la sala Ámbito Cultural, en el marco del Festival Eñe, tuve la fortuna de escuchar a Alejandro Zambra, quien conversó con Gonzalo Escarpa sobre sus libros y su escritura. Fue un encuentro chispeante en el que descubrí que Zambra no sólo es el gran escritor que me fascina, sino también un hombre lleno de inteligencia y sentido del humor, honesto, llano, buen conversador. De la poesía dijo: “La poesía está muy ligada a lo oral y a la música, por eso me enganchó, pero se enseña muy mal. Sólo se disfruta con placer si uno se topa con ella. Y un poema se lee mil veces, igual que un disco, por puro disfrute, al margen de que se entienda o no”. Sin prisa por irse, Alejandro Zambra, que comenzó como poeta y ahora es un conocido novelista al que le gusta mezclar géneros y romper los códigos establecidos, compartió generosamente los secretos de su quehacer literario y ofreció algunas claves para quienes imparten talleres literarios y quienes se acercan a ellos con el ánimo de aprender a escribir. Personalmente, después de tantos y tantos años como alumna en esos espacios mágicos para la creación literaria, entendí algunas cosas que me han ocurrido o han ocurrido a otros. “Se escribe desde la duda, siempre. Y los talleres quieren resolver las dudas. Los profes son heroicos. Asumen muchos riesgos. Pero hay muy malos talleres de escritura: aquellos en los que o bien los profesores elogian todo o bien aquellos que le dicen a alguien que no tiene talento. Personalmente, creo más en los procesos”. Y más allá de esos procesos, unas palabras de ánimo que resonaban con todo el peso de la verdad y la historia: “Todo lo que hoy es buena literatura en su momento fue raro. Por eso es tan difícil enseñar a escribir. No se trata de buscar lo que nadie ha hecho. La página no está en blanco, está en negro. Todo está escrito. La clave es borrar y quedarse con lo que uno quiere”. Al final, me acerqué a que me firmara Formas de volver a casa, y pude agradecerle personalmente que ese libro me devolviera, en un momento clave, la pasión por la lectura y la escritura de narrativa. Ojalá que se pueda ver su charla, titulada Poeta chileno, jugando con el título de su último libro, en el canal audiovisual del Eñe, porque fue verdadera medicina para los días de bloqueo ante la escritura.

Gonzalo Escarpa conversa con Alejandro Zambra.

Y el fin de semana me recompensó con una escapada gozosa a Alpedrete y Cercedilla. El otoño me regaló un paisaje que disfruté poco tiempo, pero que vibraba con toda la belleza de esta estación. En las inmediaciones del Centro de Visitantes Valle de la Fuenfría tuve una hora mágica, para detenerme en las hojas de los robles y los helechos, los pinos y el musgo, el rastro del frío y las primeras setas.

Tras ese paseo sanador, aprendí mucho en un coloquio sobre la Sierra de Guadarrama, organizado dentro del Festival Bellota Art, promovido por La Dársena. Presentado por Alberto Cubero, el acto se convirtió en un refugio de belleza y sirvió para conocer la magnífica obra del fotógrafo Javier Sánchez, así como sus trabajos en colaboración con Julio Vías, escritor; y la sensibilidad del ilustrador Bernardo Lara. Los libros de los tres fueron también un homenaje a Miguel Tébar, editor de todos ellos al frente de ediciones La Librería, que falleció hace pocas fechas en un accidente de montaña. Sus explicaciones, las fotografías y las ilustraciones compartidas a lo largo de una mañana salpicada por los primeros copos de aguanieve nos recordaron la necesidad de mirar y respetar a esa sierra maravillosa que desde Madrid es horizonte, y el deber colectivo de preservar sus usos, su memoria y su paisaje. Cuánta sabiduría y sensibilidad en sus obras, cuánto oficio, cuánto tiempo dedicado a captar ese mundo que, entre las prisas y el absurdo de hacernos malos adultos, olvidamos disfrutar a pesar de que, paradójicamente, está tan al alcance. Un árbol, una sombra en la montaña, un pájaro, una nube, un atardecer… No lo puedo decir mejor que como lo expresó Bernardo Lara: “En el arte de mirar está todo. La naturaleza ya nos está mirando. Nosotros tenemos simplemente que mirarla, sin más propósito que ese, como los niños”.

Julio Llamazares conversa con José Manuel Navia, con una foto de éste, de fondo.

Y esas palabras resonaron mientras la ventanilla del coche, que nos devolvía a Madrid, iba dejando atrás montañas y nubes vestidas de fiesta. Mi gato Fénix celebró el regreso. Dio saltos y carreritas de bienvenida y no llegó a entender del todo porque las luces volvían a apagarse en casa. Pero como cierre, y a pesar del cansancio acumulado, quería llegar al Círculo de Bellas Artes, a escuchar el diálogo titulado Huellas sobre la tierra, entre Julio Llamazares y José Manuel Navia, que, curiosamente, sirvió de feliz continuación a la charla serrana. Fue un verdadero placer que nos dejaran colarnos en la conversación cómplice de dos amigos, que han compartido proyectos, reportajes, libros y viajes, y que han reflejado desde la escritura y la fotografía muchos de los paisajes y las experiencias vitales que, desde hace décadas, relatan la larga crónica de la memoria y la nostalgia. Aunque casi todo el mundo sepa escribir y haga la lista de la compra; aunque casi todo el mundo vaya con una cámara de fotos incorporada en su teléfono móvil; ambos defendieron la misión que, como escritor y fotógrafo, respectivamente, ellos han elegido: la de ofrecer su testimonio contra el tiempo y contra la muerte. Como ambos explicaron, ahora se habla mucho de la España vacía o vaciada, y demasiados periodistas les han aburrido a preguntas sobre las causas, a pesar de que ellos, como reconocieron ayer, no pueden dar respuestas que corresponden a sociólogos, demógrafos o economistas… Julio Llamazares dio la clave: La lluvia amarilla (que se publicó y leí con devoción en 1988), ya nos ponía frente a un momento y un personaje, a su morir solo que, lamentablemente, es hoy un fenómeno tan rural como urbano.

Sin duda, después de mucho tiempo de interiores y desgana, esta semana ha sido un tiempo de celebrar la vida y la escritura que, en mi caso, van tan unidas. Espero no perder el hilo de las palabras de tanto maestro ni el empuje de estas horas y su paisaje.

El peligro de conducir la vida

No hace mucho tiempo, en uno de los cajones de la cocina, coincidieron varias cajas de medicinas que incluían el aviso de mirar el prospecto en caso de conducción; algo que, en ese papel interior que pocas veces leemos, con su letra minúscula y sus epígrafes no aptos para aprensivos e hipocondríacos, se ampliaba al uso de máquinas.

El símbolo para esta advertencia es un coche enmarcado en un triángulo rojo de peligro, aquel que aprendimos en los primeros viajes familiares, cuando reconocer señales era una forma de matar un tiempo que se nos hacía interminable desde nuestra concepción infantil. “¿Cuánto queda?”

Hasta ese momento, nunca había reparado en ese aviso, porque no conduzco. Supongo que ante el elemento gráfico del automóvil, no me daba por aludida. Sin embargo, ante la suma de cajas y triángulos rojos, caí en la cuenta del “peligro” que albergaba el cajón y la necesidad de redefinirlo para cada persona.

¿Requiere más atención conducir un coche que guiar la propia vida? ¿El peligro de la conducción incluye también al peatón, que somos todos, despistado ante un semáforo o aturdido en mitad de un paso de cebra? ¿Qué implica más riesgo y responsabilidad: guiar un automóvil, un coche de bebé o una silla de ruedas?

Evidentemente, el alcance del daño que uno puede generar con un coche es potencialmente mayor; porque en caso de accidente, no sólo el conductor y el resto de pasajeros pueden resultar gravemente afectados por ese mareo personal e inoportuno. Hay un peligro de alcance social. Pero, en todo caso, cualquier accidente con consecuencias trágicas es demoledor para la persona y su entorno. Basta una pequeña fisura, un achaque imperceptible que, de pronto, se convierte en una irreparable vía de agua.

Ahora que el reciente debate sobre el efecto de la menstruación en la salud de tantas mujeres ha generado tanto vocerío insensato, y que la Ministra de Igualdad, Irene Montero, piensa y afirma que las mujeres no van a seguir yendo empastilladas a trabajar, mantengo serias dudas al respecto. Pero además, no olvido que España es uno de los países en los que más personas recurren a fármacos con este tipo de aviso. Salvo que el médico autorice una baja, acuden a su puesto de trabajo y se mueven por la ciudad (trenes, metros, escaleras…), sin pensar que, quizás, no están en las mejores condiciones. Eso por no hablar de todos esos cuidados inevitables, en los que manejamos cuchillos y cacerolas sobre el fuego, en los que atendemos un cuerpo frágil, que puede ser el nuestro, sobre la superficie resbaladiza de una bañera.

Volviendo al principio del texto y adaptando ese triángulo de advertencia a mi vida, me pregunté si se podría considerar el ordenador una máquina peligrosa. Es cierto que nadie mata a otro con un teclado, salvo que desde él se puedan dirigir drones y aviones de combate, algo que afortunadamente ignoro… Pero muchas veces me planteo si el sector terciario, casi siempre considerado como un espacio de privilegio, es o no saludable. Evidentemente, no requiere del esfuerzo físico del primario (agricultura y ganadería, pesca, recursos forestales y minería), ni de las exigencias y riesgos del sector industrial.

Dentro de ese sector, la oficina se ha considerado durante años un espacio ideal donde la vida laboral es más fácil. Sin embargo, basta con sumergirse en los textos de Kafka o visitar su maravilloso museo en Praga para descubrir el sueño convertido en pesadilla. El escritor, que era un genio condenado a una vida que odiaba, sufrió e intuyó lo que a estas alturas está ampliamente reconocido. Y es que dentro de los riesgos laborales contemporáneos se incluyen elementos posturales y factores psicosociales que no resultan ajenos a ningún espacio de trabajo, por mucho diseño y ambiente chill que nos presenten ciertas empresas.

La propia experiencia y la de personas conocidas me hace consciente de que muchos de los que trabajamos tras un ordenador podemos relatar momentos de fatiga, bloqueo, confusión y aturdimiento, que nos han llevado a cometer errores, vernos inmersos en conflictos con compañeros o superiores, sufrir ansiedad e indefensión hasta el punto de sentirnos el blanco de un campo de batalla… Ignoro hasta qué punto se puede generalizar esta situación pero, desde luego, confieso que a mí, me ha quitado el sueño demasiadas noches; al igual que ciertos correos, que no debí enviar o recibir, han sido el punto de partida de mucho sufrimiento. Pequeños o grandes errores que se agigantan cuando desatendemos ciertas señales de peligro que rodean la existencia cotidiana, y pueden crecer hasta devorarnos, si no sabemos detener nuestro inofensivo y ergonómico ratón de plástico.

No me gustaría que este texto se entienda como una queja. Me sobran los motivos para la gratitud y sentirme afortunada con la vida que tengo. El teclado, las palabras que surgen de él, me rescatan y alimentan. A diario y bien cerca, me topo con situaciones y escucho diálogos ajenos, como esos novelistas que buscan inspiración en la cola del súper, que me rasgan y me ubican en ese espacio de tranquilidad vital que muchas personas no alcanzan a pesar de su esfuerzo.

Pertenezco a la generación de los nietos y bisnietos de quienes trabajaron con las manos. De padres a hijos, fueron aspirando a algo mejor para su descendencia. Y en ese mundo idealizado, porque se idealiza lo que no se conoce, imaginaron trabajos sin el barro de la tierra ni la sangre de los mataderos, sin doblar la espalda para cargar cajas, remendar prendas hasta el infinito o lavar ropa ajena con el agua del río. Frente a ese relato, no me pasa inadvertida la cantidad de veces que, a quienes vivimos en los ambientes artificiales de edificios y oficinas más o menos inteligentes, se nos recomienda volver al campo, cultivar un pequeño huerto o un jardín, volver a tejer, restaurar madera, pintar mandalas, amasar harina y asistir al milagro de lo que surge a un ritmo lento, ya sea un hogaza de pan casero o una tomatera florecida.

Ningún mundo laboral es perfecto. Me vienen a la cabeza dos películas magníficas para enfrentar estos dos modelos: Smoking Room y Alcarrás. Quienes no nacimos con los apellidos y contactos que engordan las cuentas bancarias con facilidad, sabemos de las dificultades y hemos asumido sin rechistar la doctrina doméstica del esfuerzo y el trabajo bien hecho. Los que jamás accederemos a una puerta giratoria hemos experimentado que cierta medicación puede producir mareos. Y también vamos aprendiendo, a base de sustos, que los mareos existenciales pueden condicionar la conducción de la propia vida, lo único que tenemos. Por eso surge este texto. Porque creo que, en estos casos, es imprescindible hacer caso de las señales. Espero que cada lector identifique las suyas.

Días y horas a medio morder

Quedaron en suspenso los últimos mordiscos; y el corazón, aún rodeado de carne, fue abandonado a la intemperie, a la espera del pico del pájaro o la succión del insecto.

Me pregunté quién perdió el hambre en ese instante, quién se hartó de morder. Me pregunté por el motivo de ese bodegón callejero y precario.

A veces nos falta el pulso así, entre bocado y bocado. Lo que tenía sentido en las dentelladas previas lo pierde en un parpadeo; y de pronto, faltan las fuerzas para todo, ya sea significativo o irrelevante.

¿Es lo mismo morder la vida que morder una manzana? ¿Qué podemos hacer con las pipas o los días que se atraviesan en la garganta como una terrible premonición? Frente a la certeza de un mundo que se rompe en una espiral interesada de odio, ¿cómo recuperar el apetito por cuanto nos pareció gozoso y extraordinario?

Aquel resto de manzana se había manifestado como un cuerpo extraño, al borde del abismo entre la posibilidad de una acera limpia y una papelera ninguneada.

Presentí que, en cuestión de horas, un golpe de gracia convertiría la fruta en mancha, justo cuando la lluvia desaparecía del pronóstico meteorológico. A partir de ahí, imaginé un mapa de azúcar sobre la acera, una hilera de hormigas, un principio de podredumbre al sol, el riesgo para una pisada incauta…

Llamaba la atención, entre las mascarillas aún presentes al aire libre y la sombra de la pandemia, ese rastro de saliva expuesta ante los ojos. El resto de manzana tenía algo de intocable. ¿Quién se atrevería a dar un manotazo sin guantes? Quizás por eso había aguantado ahí un par de idas y venidas con un margen ancho de horas. Hemos aprendido a no tocar y a temer el tacto como un nuevo mandato, aunque eso implique renunciar a abrazos y caricias tan imprescindibles como el aire.

No obstante, a pesar de las distancias tan bien aprendidas, la vida nos araña. Nunca estamos del todo a salvo, aunque a veces se nos olvide. Como se nos olvida un cierto bienestar anodino e insuficiente que sólo cobra valor ante las malas noticias que nos zarandean y nos comparan. Seguramente, llevo demasiado tiempo preguntándome por el derecho a las lágrimas. Sé que no soy la única. Nos hemos acostumbrado a un estar medio bien, sin entrar en detalles. Estar y resistir. Sobreponernos a los tropiezos y a los mordiscos que dejan nuevas cicatrices y heridas; marcas que, a pesar de su pequeñez, se vuelven tremendas bocas de insomnio y tristeza en ciertas madrugadas.

Quizás por eso, la manzana a medio morder se presentó como una metáfora, donde sólo hubo un gesto de mala educación o desidia. Una provocación ante los deseos que dejamos en la estocada. Un interrogante al inicio de un paso de cebra que no garantiza la vida del peatón. Un espejismo de equilibrio natural ante todo lo artificial que nos consume en el día a día, y nos deja desganados.

Y de nuevo, ¿qué? Reaprender a morder, como el cachorro que dejamos de ser.

Renacer ante el mar

Hace unos días comencé mis vacaciones de Semana Santa con un viaje relámpago a Barcelona. Ida y vuelta en dos días. Un encuentro familiar, una excusa para el abrazo. Nos debemos tantos, que no importa hacer un viaje a lo loco. Ganarle horas a la distancia que amplió la pandemia. ¿Cuántas visitas no han sido? ¿Cuántos puentes fueron días sin posibilidad? ¿Cuántas escapadas se descartaron durante los cierres perimetrales?

Aunque acusaba la falta de sueño y el cansancio acumulado, me sentí revivir sentada en el tren, redescubriendo el paisaje por la ventanilla. He hecho muchas veces ese mismo trayecto y soy capaz de reconocerlo, a pesar de la velocidad. La ciudad se desdibuja y la tierra cambia de color. Se suceden pequeñas colinas y parcelas donde el cuerpo sigue trabajando la tierra. El paisaje estaba salpicado de almendros y otros frutales en flor. En los taludes del tren y en el campo, se asomaban florecillas y hierbas silvestres. No logré ver amapolas, pero sí, margaritas y esas flores amarillas que resultaban un auténtico manjar para aquel canario de la infancia. Tras las lluvias de los últimos días los colores vibraban, resultando casi apabullantes.

A medida que avanzaban los kilómetros, se fueron despejando mis sentidos. Mis ojos tenían ganas de volver a leer. El bolígrafo comenzaba a hacerse necesario para subrayar aquellas páginas inspiradoras. También surgían las primeras ideas para un relato. Recordé cuántos viajes he hecho, a lo largo de los años, en el límite mismo del cansancio. Y cómo han logrado reconciliarme: el viaje como aliento. Volvía a ocurrir una vez más, y yo, silenciosamente, daba las gracias.

Llegué a Sants con la recompensa de varios relatos leídos y las notas de un texto a medias, recuperando el placer por las palabras. Eran pequeños síntomas de mejoría, la promesa de una pausa vacacional en la que reencontrarme. Bajé del tren con el doble de energía de la que tenía en Atocha, como si la lectura y la escritura hubieran sido el desayuno perfecto al que se añadía la magia de romper con la rutina y su cansancio. Ya que todo parecía posible, me detuve en la administración de lotería buscando la suerte que no tengo en Madrid. ¿Cómo no soñar con unas vacaciones perpetuas? Tampoco acerté los números de aquella noche. Me temo que los juegos de azar no son lo mío. Pero el mar estaba al alcance y me fui para allá.

Recuperé las sensaciones de ser turista, emprendiendo un camino distinto al habitual. Un plano de metro con otro dibujo, líneas de otros colores y nombres nuevos. Andenes más oscuros, anuncios con mensajes que nunca había visto y el sonido de otra lengua. El bullicio de un día laborable en el que yo estaba libre de tareas y horarios. Esa gozosa alegría.

El mar estaba cada vez más cerca. Primero, fue una línea de horizonte detrás del puerto; después, la masa azul que recogía una pequeña playa. Arena y partidos de voley, algunas toallas extendidas. El sol acariciaba el mediodía, engañando la sensación de frío. Avancé hacia el agua.

Recordé aquel viaje estival de la infancia, cuando al llegar a Jerez de la Frontera, que era nuestro destino, mi padre siguió conduciendo hasta la playa del Puerto de Santa María. Abrimos las maletas y nos cambiamos en un chiringuito de los que ya no existen. Ya lo escribió Rafael Alberti: nada mejor que ser marinero en tierra para desear el mar. Esta vez, ante el Mediterráneo, recuperaba aquellos recuerdos y volvía a vivir el mar como un premio. Pasados unos minutos también volvieron las palabras. El móvil se convertía en libreta improvisada. Podía ser el germen de un nuevo relato o de una historia más larga. Las primeras líneas fluían con la placidez del paisaje que me acunaba. Habían bastado unas horas para despertar hacia lo íntimo. El mar me ofrecía un nuevo principio: palabras en segunda persona para un yo que renacía.

Acabas de llegar a Barcelona y te has ido hasta la Ronda Litoral. Eres un náufrago de interior. Dejas atrás el Paseo Marítimo y te plantas ante el mar. Te enfrentas a su visión como quien busca curarse. El viento en la cara, el sol, el murmullo constante de las olas a tus pies.

Desde la última visita y tras las tormentas furiosas que se han sucedido, se ha formado un gran desnivel en la orilla. Nada que ver con la playa de pendiente suave que invitaba al baño como un imán. El resultado es un mirador, un trampolín donde surge un cierto vértigo. Un promontorio que te deja suspendida ante un incesante movimiento azul y verde, como si no hubiera suelo. Estás entre el agua y el horizonte. Ese espacio ideal de los veranos.

Al bajar la vista, descubres tus zapatos de todos los días. No has traído sandalias ni chanclas. No te has descalzado. La arena cede ante tu cuerpo extraño vestido aún de oficina. Se hunden tus pies y te cuesta caminar. No has podido resistirte a la fuerza de la orilla. Sabes que ese mar no te pertenece. Sólo has venido a que te bendiga y te dé esperanzas para seguir.

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