Poesía de ida y vuelta: humo de las astillas

Hace unas semanas, recibí por correo un sobre procedente de Brooklyn. Aunque esperaba su llegada, abrir el buzón desencadenó un sinfín de recuerdos y emociones.

Nunca he visitado Nueva York, pero he fantaseado con ese viaje, incluso, con vivir allí una temporada. Quizás algún día pueda ser, aunque cada vez parece menos probable. Hice memoria, creyendo que entraba en casa un sobre procedente de un país con el que nunca había tenido un contacto tan directo antes. ¡Menuda ciudadana del mundo, pensé!

Me equivocaba por poco. Una vez estuve en Estados Unidos, aunque fuera durante el par de horas que duró una escala en uno de sus aeropuertos internacionales. Tenía tan poco tiempo y tanto miedo a perderme que no llegué a pisar la calle, accesible y bulliciosa tras las puertas de cristal. Permanecí aturdida ante la magnitud del aeropuerto, la parafernalia del cuestionario a bordo y ser entrevistada por agentes de inmigración.

También recordé que, hace muchos años, una amiga trabajó en Washington y, seguramente (era una costumbre bonita), ella me envió más de una postal de aquellos lugares tantas veces vistos en el cine y la televisión hasta hacerse familiares. No obstante, aquellas cartas y tarjetas, que corresponden al tiempo previo a los teléfonos con cámara, nunca llegaron al buzón de donde vivo ahora. Actualmente, languidece vacío porque casi toda la correspondencia es digital; y solo de vez en cuando cobra sentido con una revista o un libro, solicitados con anhelo a golpe de clic.

Así pues, encontrar una carta como aquellas, con mi dirección escrita a mano, y leer “Brooklyn, NY” era tocar un espacio remotamente conocido: el escenario de mi propia nostalgia y también el de tantas películas y libros: ahora que estamos en otoño, con parques llenos de ocres y amarillos y aceras mojadas que te hacen buscar un café, una librería… Es decir, un mundo que ya, por lo que comentan, cada vez cuesta más encontrar en Nueva York y que en Madrid también está en peligro, aunque aún no sea tan evidente o no queramos verlo.

El sobre, con sus sellos circulares ilustrados con una brújula, constituía toda una metáfora. ¿A dónde ir, de dónde venir, cómo orientarnos? En el interior, había viajado un ejemplar de la revista de poesía ‘Cuadernos de humo cuarenta y siete’, editada por el equipo Humo, con H. Barrero, remitente de mi carta, a la cabeza.

La revista ofrecía aún más coincidencias mágicas y emocionantes. Un poema mío, publicado en Astillas, figuraba junto a los poemas de veintidós poetas españoles (sumamos 23 y eso es magia también), seleccionados y traducidos por Marcela Filippi, que recibió mi libro a través de un amigo común. La fuerza generosa del azar me había llevado primero a Roma y después a Nueva York gracias a la poesía, ¡benditas palabras que pudieron volar y alojarse tan lejos! Me vi junto a nombres de poetas que admiro y, por un segundo, me pregunté cómo me había colado en esa fiesta. Luego, recordé que me habían invitado Marcela e Hilario, y que ante su gesto de bienvenida solo cabían la celebración y la gratitud en lugar de la vergüenza.

El azar ha sido también sumamente certero con las imágenes que ilustran la revista, obra de Juan Carlos Mestre, con quien hice un taller de poesía en la primavera de 2007, titulado La República de la Imaginación, que lo cambió todo. Porque yo había escrito poesía desde niña, pero en la juventud y, sobre todo, al entrar en la etapa adulta y laboral, encargada de borrar sueños y descartar algunos naipes del juego de la vida, empecé a pensar que escribir poesía debía reducirse al ámbito privado de la respiración y que publicar era del todo imposible. Dos años después de aquel taller (lo he contado mil veces), vi mis poemas impresos en un libro con el mismo título, editado por Legados, que inauguraba su colección de Colectivos, donde volví con otros proyectos dos veces más (La escombrera y Odisea) y después a Disidencias (El Sastre de Apollinaire, 2023). De este modo, encontré un camino menos solitario y más iluminado, y la compañía de personas que me devolvieron la ilusión y las ganas de regresar a la poesía, de donde no me había ido nunca, aunque corría el riesgo de olvidarlo.

Aquel taller llevó al libro, el libro a un blog colaborativo, el blog a las redes sociales… Territorios que quizás nunca hubiera pisado sin aquellas tardes del mes de abril, cuando Juan Carlos Mestre, con elogios obviamente desmesurados que mis poemas no merecían, me devolvió la confianza. Porque a veces las palabras ayudan a sanar y a saltar, y aquella vez ocurrió. Y porque el azar también permitió reunir a un maravilloso grupo que supo crecer, nutriéndonos y celebrando los nuevos libros de cada uno, algunos con Agustín Sánchez Antequera, que era parte de aquel grupo, como editor. Así, la biblioteca ha ido aumentando a lo largo de los años con quienes estaban en aquella primera solapa y, más que amigos, eran y son luz y abrazo: Alberto Cubero, Manuela Temporelli, Laura Gómez Palma, Pilar Fraile, Juan Pedro Fernández, Pablo Martín Coble y Juan Carlos Mestre, junto a las creaciones de Calber en varias cubiertas y su eterno libro pendiente, mediado por innumerables trabajos de diseño y las risas de tantos encuentros compartidos.

Siguiendo con las coincidencias felices y los azares, las palabras preliminares de este Cuaderno de Humo que dan paso a los poemas se titulan “De ida y vuelta”, casi como uno de los archivos que va creciendo en mi ordenador. Dispuesta a descubrir carambolas que sean guiños mágicos, lo considero ya un excelente presagio, aunque solo el tiempo sabe si llegará a término y mantendrá ese título. En esas palabras, Marcela Filippi escribe: “Escribir es algo mágico, nadie nos pone límites. Escribo sobre mi mundo interior y exterior. A través de la escritura dibujo mi vida pasada, presente y futura, exorcizo mi dolor, mis miedos, me siento libre”.

Sus palabras, que comparto, se cumplen en estas líneas que nacen de la gratitud y enlazan la textura de las direcciones manuscritas de viejas postales con la última carta recibida, los proyectos en curso con el poeta que me puso en camino y la certeza de que, aunque escribir sea un acto solitario, escribimos gracias a que hay alguien que nos lee y, con su gesto de reconocimiento (ya sea silencioso o explícito), nos anima a seguir buscando las palabras donde ser verdaderamente libres.

Recordar el abrazo de Santiago de Compostela


Inicié mis vacaciones tras un día agitado, intenso. No faltó el imprevisto que dejó cuestiones para la vuelta, el suspense de lo inacabado. También tuve que ir al dentista contra reloj. De nuevo en casa, los últimos preparativos, las caricias a Fénix, los consejos ansiosos para quien se haría cargo de él, la gratitud y la angustia.

Llegando a la estación, pegatinas pegadas en farolas y marquesinas. Una pequeña acción de guerrilla y resistencia frente al asesinato y la barbarie. Los días de vacaciones tendrán lugar en el contexto histórico de un genocidio. Sé que no voy a olvidarlo. Ni podré ni quiero hacerlo.

Cuando el autobús sale del túnel, me brinda el atardecer, ese momento de última luz, de pausa. A falta de nubes, la luna en cuarto creciente es una promesa de abundancia. Tiempo de nuevos paisajes y lecturas, de compartir sosiego, mi mayor deseo. Eso me prometo mientras llego a la sierra de Madrid para pasar la primera noche, más cerca del norte que espera tras el amanecer.

Atravesamos Castilla. Mi mirada se ensancha. Es un paisaje árido, puro amarillo, pero disfruto viendo los campos donde ya se ha cosechado el cereal y se apilan pacas rectangulares de paja, como almohadas olvidadas, esperando su traslado. Dan testimonio de que aquí hubo espiga crecida, tallo y mano de hombre.

El viaje sigue, el paisaje cambia, se renueva. Cerca de La Bañeza se ven casas cueva desde la carretera; y la arena gana color, desde el anaranjado a un granate ferroso. Las tierras leonesas están espléndidas de vegetación. Los árboles erguidos presumen de vida bajo un cielo azul.

El trayecto va salpicado de topónimos nuevos, que remiten a una historia y una etimología, esa ciencia que mira hacia el principio, memoria de la lengua y de la especie: Aldealengua, Aldeanueva… Descubro nombres con música y abrazo: Toral, Brañuelas, Brazuelo, Villabrázaro… Y la riqueza que concedió el agua… porque hay lugares que se vinculan al río Cega o al Eresma, mientras otros unen su nombre a la ribera, la fuente, la vega… en un homenaje agradecido, puesto que sin agua no hubiera sido posible la vida en comunidad.

La primera parada es Villafranca del Bierzo, una visita pendiente desde hacía muchos años por diversos motivos. Vemos y olemos el humo de un incendio cercano. Escuchamos los motores de los medios aéreos que descargan agua. Viajes de ida y vuelta. No llegamos a ver el fuego, pero semanas después sabemos que parte de nuestras fotos son ceniza.

Entramos en la Colegiata y en algunas iglesias. Quizás no recé lo suficiente. Me detengo en la belleza sencilla de la piedra, en la luz de velas y vidrieras. Recorremos la calle del Agua donde los edificios en ruina o en venta cohabitan con espacios vivos. Me fijo en las cosas pequeñas que hacen que un lugar sea aún habitable, como las esquelas pegadas en los sitios de paso… Y los detalles del nombre, el parentesco («viuda que fue…»), la descendencia, el nombre y los dos apellidos junto al apodo que, entre paréntesis, enmarca y acerca el vínculo con la persona que todos conocían.

A la hora del desayuno, la conversación gira en torno al fuego. Los lugareños hablan con quien acaba de llegar y le cuentan la presión por levantar un parque eólico, la amenaza sobre castaños centenarios, la vida de los abuelos, que se alimentaron gracias a esos bosques que hoy resisten más abandonados y vulnerables, como hemos visto después.

Nos acercamos al Monasterio de Santa María de Carracedo, donde el esplendor de la piedra y los siglos de historia resuenan entre los muros y las bóvedas en pie, y también en las zonas que no se conservan pero dan cuenta de la grandeza perdida. Hospital y refugio de peregrinos, huertas y palomares, dinero y política, el ingenio del agua, fe y cultura… Nos reencontramos con el silencio en un lugar turístico (aunque minoritario), y recibimos la amabilidad de quienes lo cuidan y lo atienden, que nos conceden la alegría del huésped bienvenido.

La última visita antes de reiniciar el viaje es a la iglesia románica de Santiago, en Villafranca del Bierzo. En su interior, está prohibido sacar fotografías y hago un esfuerzo enorme para conservar en mi memoria la llama de las velas en hilera que han dejado los fieles. Ese temblor. Esa luz. Ese subrayado mudo de oración ante la imagen del apóstol. Necesitamos creer.

Cruzamos el puente romano, nos despedimos del río Burbia… El paisaje hacia Santiago de Compostela es verde y frondoso, magnífico: los Ancares Leoneses. Prometemos volver cuando haga falta llenar los ojos de vida. En ese momento, pienso que sus árboles me van a esperar con la misma altura y la misma belleza. A ratos, mi mirada vuelve al móvil, pero no para activar la cámara sino para atender el aviso del hotel cuya recepción cierra dos horas antes de nuestra hora prevista de llegada. Afortunadamente, la tecnología y la amabilidad de los desconocidos soluciona cada paso. Es su negocio y lo cuidan, pero también cuidan al viajero. Vivo en Madrid, una ciudad que no soporta ni cuida a nadie, y noto esa caricia distinta, el contraste.

En los primeros y temerosos pasos nocturnos, Santiago me resulta oscuro e incluso un tanto inhóspito. La primera escena es una pelea o un robo. Como en casi todos los sitios, se cruzan los destinos de maleantes y aprovechados con personas sin hogar o sin rumbo, en un babel de lenguas. También creo distinguir la figura perdida de peregrinos que quizás no recuerdan cuando llegaron. De día, la ciudad es bien distinta. Bulliciosa, vital, excesivamente repleta de visitantes y, no obstante, disfrutable. En la oficina de turismo, se exhibe una campaña que dice que Santiago es frágil y permite descargarse una guía para un turismo sostenible. Me temo que la guía llega tarde. Santiago ha expulsado ya a la mayoría de sus habitantes. No hay tiendas para ellos, como si fuera posible alimentarse solo de souvenirs, tartas de almendra y cremas de orujo. No obstante, en pocas horas, Santiago de Compostela me ha conquistado para siempre.

Callejear permite conocer una iglesia detrás de otra y descubrir plazas llenas de vida. Es posible escuchar un concierto festivo en la plaza de Quintana y, a continuación, una misa cantada en la iglesia de San Paio de Antealtares, donde las monjas benedictinas abren la verja de la clausura y un órgano algo afónico compite con el jolgorio exterior. Apenas cuatrocientos metros separan elecciones vitales que están en las antípodas, pero la ciudad parece ofrecer espiritualidad y fiesta, gastronomía y piedra, canción y flores.

Santiago es una ciudad completamente abierta. Sorprende la accesibilidad casi permanente a sus numerosísimas iglesias (Santa María del Camino, la Capilla de las Ánimas, San Bietio, San Agustín, San Fiz de Solovio, San Martín de Pinario, Santa María del Sar…), quizás inevitable por el discurrir constante de peregrinos. El acceso sin barrera a los templos contrasta con otros viajes donde el intento de conocer el patrimonio, cerrado a cal y canto en demasiadas ocasiones, resulta fallido.

Los edificios civiles también están abiertos. Desde claustros y patios, la belleza que esconden antiguos conventos, casas palaciegas y sedes universitarias atraen al visitante, que se deja seducir y, al acceder, se siente nuevamente bienvenido y puede observar la belleza del tiempo desde ventanas y escaleras. Al levantar la vista, las torres de la catedral salen al encuentro casi siempre, mientras que, solo de vez en cuando, se descubre la vida cotidiana de un vecindario escaso: una olla al fuego, la ropa de la colada o el busto asomado de quien contempla el constante trajín de otros que están de paso. Las campanas nos acompañan a lo largo del día. Marcan las horas, recuerdan el por qué del camino y del destino, las preguntas íntimas que quizás nos trajeron hasta esta ciudad.

Interrogantes, peticiones y rezos permanecen en la atmósfera de cada templo, en las velas prendidas a pesar del humo y su impacto. En Santiago, salvo en puntuales excepciones, esas pequeñas llamas son reales y no simulaciones eléctricas. La mirada establece una comunicación con ese fuego. Se siente la necesidad de permanecer en el silencio del templo, junto a la piedra y el cirio prendido, en el secreto orante de la plegaria, en la belleza del arte y su compañía de siglos, en esa búsqueda de sentido y transcendencia.

En el día de la partida, Santiago de Compostela ha dejado una huella que acompañará el camino de vuelta y, seguramente, el resto de la vida. Nada más arrancar ya se nota la nostalgia, cierta morriña, mientras desde la carretera divisamos paisajes verdes y fértiles. Pinares, maizales y viñedos nos conducen a Castilla donde el amarillo intenso de sus campos y sus atardeceres se impone como paisaje y como termómetro otra vez sofocante.

Tras un par de días en el calor inclemente de Madrid, un nuevo viaje me lleva a una playa del sur, en Almería. Un año más, el primer despertar no lo genera ningún sonido artificial sino el sol, que inaugura el día y se cuela a raudales por las ventanas que dejamos abiertas invitando a la brisa nocturna. Despierto porque amanece. No porque hayan empezado a trabajar las máquinas que asfaltan el barrio. Despierto sin cansancio, aunque son las siete y media de la mañana, porque los pájaros se han puesto a cantar.

Tras el desayuno, el paisaje y el ambiente son la memoria y la certeza de los veranos de mi infancia. Sombrillas, neveras, sillas de playa, flotadores y pareos con colores vibrantes y exagerados por la luz; los cuerpos bronceados y tendidos sobre la arena; los baños en el mar y la mirada fija en las mareas; las conversaciones triviales de los reencuentros en el chiringuito… Hay ganas de disfrutar y relajarse, hay una decisión colectiva de flotar.

Algunas noches, en mis sueños, aun se cuelan iglesias románicas, góticas y barrocas; me veo rodeada por la piedra y el paisaje del viaje anterior. Como si algo de mí siguiera allí, recordando un camino pendiente y el deseo de regresar.

El viaje como reencuentro

Las vacaciones han vuelto a ser un bálsamo para los afortunados que hemos tenido unos días de descanso. Sabemos lo que significa esa palabra frente a las voces antónimas heterodoxas que no dan tregua: trabajo, horarios, obligaciones, rutina, hastío… El rumor de maletas por la calle, el trote de esas ruedas tan pequeñas como escandalosas empezaron a hacernos cosquillas antes del Viernes de Dolores.

En mi primer día libre quise escribir algo para este blog, pero no salieron las palabras. Solo era capaz de hacer inventario de los cansancios acumulados y alentar las ilusiones para los paisajes y días por venir, con todas sus horas convertidas en ofrenda personal. El texto quedó en mero esbozo. Ahora que el agotamiento se ha disipado, quizás tenga sentido evocar algo de cuanto quedó sin escribir en tantas semanas sin crónicas, con la excepción de aquel día en el que la masacre puso fin a la frágil tregua en Palestina y aquel horror, junto a la reivindicación de cuanto nos hace humanos, provocaron mis palabras, como una sacudida.

A pesar de lo no escrito, febrero, marzo y el comienzo de abril dieron para mucho, pero no tuve tiempo de compartirlo aquí. Para recordar el ocio y el disfrute de esos meses he tenido que recurrir a la memoria de mi teléfono, donde fotografías y notas languidecían, pendientes de ser rescatadas. Todas ellas han vuelto a recordarme que la vida sigue ofreciéndome motivos para la alegría y que disfrutar los pequeños regalos cotidianos es, en realidad, otra obligación que no debería perder de vista cuando las horas sean estranguladas por el despertador y los deberes. Una vez más, escribir sirve para dejar señales en el camino y guardar una dosis de vitaminas para cuando vuelvan a bajar las defensas.

La mayor parte de esas fotografías han sido tomadas en distintos viajes. No es raro. Aunque lo intentemos, al final, cuesta percatarse de alguna novedad en los recorridos y calles habituales. Si no fuera por esta lluviosa primavera que trajo una floración espectacular de especies silvestres y de los prunos y almendros de los alrededores, apenas conservaría material que muestre la belleza y la sorpresa que a veces encierra lo cotidiano. Frente a lo de siempre, Toledo, Ginebra y Burgos han sido breves escapadas a lugares que he visitado en varias ocasiones y ofrecieron la posibilidad de una pausa y el reencuentro con personas queridas y un tiempo más ancho y generoso.

Las tres ciudades han vuelto a ser espacios acogedores donde el paseo ha contribuido a la serenidad porque, cuando desaparece la urgencia descubridora del turista, se saborea y disfruta el lugar que ya forma parte de nuestra memoria. Podría parecer que no tienen nada que ver entre sí, pero en las tres subyace el abrazo que supone recorrer calles antiguas donde han coexistido diferentes culturas y lenguas, y tanto el trazado urbano como los monumentos siguen dando cuenta de esa convivencia y de la evolución.

Así, Ginebra presume de ciudad refugio desde hace siglos; mientras la huella del arte mudéjar pervive en artesonados, estructuras y decoraciones del Monasterio de Santa María La Real de Las Huelgas (Burgos), porque muchos artesanos moriscos de Toledo recibieron la llamada de Alfonso VIII para trabajar en el primer monasterio; igual que los restos de estilos y ritos diversos conviven en armonía en la maravillosa Mezquita del Cristo de la Luz (Toledo). Y por supuesto, la contemplación monumental nos permite conectar con quienes nos precedieron. Sigo celebrando el asombro que me genera ver la evolución del románico al gótico, imaginar a aquellos artesanos y primeros arquitectos que se atrevieron a aligerar las construcciones buscando el cielo. Su afán por la belleza y la transcendencia en esas bóvedas imposibles me resultan apelaciones contemporáneas. Así mismo, ante esos retablos de diversas épocas, que explican las escrituras y la historia del poder que configuraron el pensamiento durante siglos, es lógico preguntarse quienes somos ahora, en este siglo XXI que se vuelve irrespirable en la distancia mínima de un botón de nuestro móvil, en cuanto pasamos de la cámara de fotos a un periódico digital.

En la reciente visita a Burgos, me ha conmovido que persistan la clausura y la oración en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, la Cartuja de Miraflores o en el citado monasterio de Las Huelgas; y resulta inevitable que, en la proximidad de ese rumor, rodeados por tanta imagen sagrada y tanta piedra bendecida, se busque y encuentre una conexión espiritual. Quizás por eso me resonó tanto un mensaje escrito con letras modernas en las escaleras de la capilla de Santa Tecla y Santiago, en la catedral de Burgos: “Peregrinos de esperanza”.

La contemplación del arte y la compañía de las personas que queremos son formas de dejarnos atravesar por esa esperanza. Si seguimos celebrando la vida con otros; si brindamos y hasta bailamos con ellos en sus recientes cumpleaños; si ofrecemos nuestros poemas en una lectura en voz alta; si ponemos la mesa para compartir una comida sencilla y rica; si intercambiamos un beso de buenos días o buenas noches; si nos emocionamos ante el descubrimiento de nuevos libros, películas, cuadros y espectáculos escénicos es porque ni las noticias de los medios de comunicación ni las obligaciones que nos aturden cada día han logrado acabar con lo más profundo que somos.

Llevamos la cuenta de la desgracia. Sabemos que en Palestina se ha superado la cifra de 50.000 personas asesinadas. Sabemos que mientras unos rezan otros siguen conjugando con maldad y alevosía los verbos de la desolación ajena. Estuvimos de vacaciones pero no olvidamos, resistimos en esa vergüenza que no podemos detener.

Ahora que las ruedecitas de las maletas del vecindario vuelven a sonar con el mismo escándalo de la ida, aunque con cierta desgana por el regreso, es imprescindible fijar la vista en los árboles que nos rodean. En los últimos días de marzo, sus ramas estaban casi desnudas y parecían muertas. Había que detenerse muy cerca para descubrir pequeños brotes donde aguardaba la explosión de la vida. Abril ha llenado esas ramas de hojas verdes, su fortaleza y su lozanía son fruto de la lluvia cadenciosa y constante de esta una nueva primavera. Que esa imagen sea también la nuestra. Que mantengamos la esperanza. Que permanezcamos nutridos y bendecidos por los días y las horas en las que el paseo y el descanso nos reconciliaron con otras forma de mirar, caminar y enlazar las manos.

Unas vacaciones para recalcular la vida

Al regresar de un viaje, la primera en deshacerse es la maleta. Una vez vacía ha vuelto al fondo del armario, en un gesto que, sin duda, ha tranquilizado a Fénix. En estos cinco años de ser compañía y familia, nunca hasta ahora falté tantas noches seguidas y, aunque estuvo muy bien acompañado, ha debido echarme de menos y ya me lo ha comunicado. Pero yo necesitaba esta pausa más que comer, y sé hasta qué punto no se trata de recurrir a una frase hecha.

Vuelvo a habitar mi casa recuperando las rutinas domésticas suspendidas y ocupando de nuevo el espacio de la escritura. Este primer texto intenta retener los recuerdos de las recientes vacaciones, al igual que las fotografías. Otro paisaje fue posible y la fuerza de esas imágenes me aferra a la certeza del paraíso.

Los primeros días, en el Pirineo oscense, disfruté de un entorno mágico sólo con los ojos. Las piernas y el resto del cuerpo pedían recorridos cortos y se los concedimos. La montaña nos rodeaba espléndida y verde a pesar del calor, y su perfil permanente de fondo resultaba balsámico. Las callejuelas y las construcciones de pueblos bellísimos (Broto, Torla o Aínsa), nos llevaban a una vida en otra escala, seguramente más humana que la de la metrópoli. Incluso Jaca me resultaba gigante y bulliciosa en exceso, aunque su catedral y museo fueron dos descubrimientos magníficos que compensaban el gentío en calles y bares.

En consonancia con esa escala pequeña que mi mente demandaba, también el arte románico era el idóneo. Pequeñas capillas, nervaduras y cúpulas al alcance de lo artesano; la maestría de artistas cuyos nombres son un enigma pero de quienes queda su trabajo, un regalo para nuestros ojos fatigados. El Museo Diocesano de Jaca fue una maravillosa sorpresa y la guía que nos lo mostró lo convirtió en sobresaliente. En sus salas, se conservan pinturas murales y esculturas que, de otro modo, hubieran sido fruto del expolio o la desidia tras el abandono de muchos pueblos aragoneses. Cruzar el umbral de una sala y sentirse en las iglesias de Bagüés o Ruesta, entre otras, en los lugares sagrados que ya no existen, servía para hacer las paces con parte de nuestra historia del arte, la que hemos estado a punto de perder. Más allá de Jaca, la magia casi telúrica del monasterio de San Juan de la Peña y el silencio sereno de las dos iglesias de Santa Cruz de la Serós se complementaban con los paisajes que la naturaleza esculpe en la roca, ya sea en la cueva de las Güixas o en la cascada del Sorrosal, donde el rumor del agua era una forma de oración.

En ese contexto espacial y temporal donde el deseo de una primera visita impulsaba a descubrir algunos de los muchos lugares que nos habían recomendado, sentí otra necesidad: la de parar y tumbarme bajo una higuera o contemplar la montaña, la de disfrutar del contraste entre azules y verdes radiantes, dándome cuenta de que no estaba perdiendo el tiempo sino ganándolo. Entre mis recuerdos más valiosos de este verano, me nutren las horas de deleite en las que la cámara era incapaz de captar todos los matices que el ojo percibía. Cuando la mejor opción era poner el cuerpo a favor del paisaje y entregarse, para encarnar esa sensación de plenitud, la misma que días después disfruté junto al mar.

En la misma playa almeriense de los últimos veranos ha sido aún más fácil ese dejarse llevar. En mi caso, el agua del mar o de la piscina lo hace siempre posible. Flotar y mecerse. Nadar y pasear para tonificar el cuerpo oxidado en su postura sedente. Cuando ya conoces un lugar, no llegas con el apremio del turista, ese veneno que nos han inoculado para que nuestras vacaciones sigan siendo contra-reloj, también productivas. El tiempo se vuelve más básico y basta mirar la altura del sol y preguntarse si tenemos hambre para ir a comer. El cuerpo apenas necesita un bañador o un pareo. Todo es esencial y posible. Dentro y fuera del agua, se recupera la consciencia de lo que supone vivir de forma apacible, también sin noticias: al margen de la programación informativa de radio y televisión.

Igual que en la montaña, junto al mar, mis ojos descansaron gracias a una gama amplia de verdes y azules, suavizados aquí por una neblina húmeda y envolvente; la recompensa de horizontes amplios y cielos infinitos, en un estar boca arriba que no se topaba más que con el lento discurrir de algunas nubes y los rayos solares. Al atardecer, el día se apagaba de forma inapreciable y pausada. Y la noche se hacía presente en la espuma blanca y burbujeante de las olas, esas que nos esperaban al día siguiente para construir la melodía de un baño que es vaivén y cosquillas, en el cuerpo y en los oídos, como una canción muy querida.

Al inicio de este texto escribí que, al final de las vacaciones, la primera en deshacerse es la maleta. Ahora cruzo los dedos para que estos recuerdos no se deshagan, para que el día a día no los pulverice. Quiero atesorarlos porque significan salud y descanso, el valor de la pausa y la serenidad. Sé que no es ni será fácil. He vuelto al metro y me he visto sacudida por el cansancio de sus viajeros, que no han disfrutado de vacaciones. La voz de hombres y mujeres que pedían ayuda para mantener a sus familias a cambio de pañuelos de papel, caramelos o botellas frescas de agua. Madrid y su asfalto me han recibido en plena ola de calor, y abrir las ventanas es casi peor que mantenerlas cerradas. He vuelto a escuchar noticias y a leer los diarios electrónicos habituales, y constato que mientras la naturaleza sanaba mi cuerpo y tres libros maravillosos resultaban la única palabra necesaria, el mundo seguía ahí, con su saldo de muertos y desastres, la podredumbre del poder y el negocio a toda costa, la mentira y el periodismo sumiso o sensacionalista.

Antes de despedirme del mar, con un (pen)último baño, que es casi un ritual aprendido en la infancia, me di las gracias y me supe afortunada por estas vacaciones tan necesarias, deseando que el equilibrio alcanzado se mantenga, junto a la prioridad del cuidado. Somos tan frágiles que intentamos olvidarlo, y eso demuestra nuestra torpeza. Sólo tenemos un cuerpo y nuestra vida depende de su equilibrio. Este nuevo curso toca mimarlo y protegerlo; defenderlo como si fuera una fortaleza, conscientes de todos los flancos vulnerables.

Viajar para volver a ser

Si no fuera porque ya la escribí, esta entrada podría titularse “Sin noticias de mí”. He dado un respingo al verme en abril y ser consciente de que no escribo en este blog desde que os hice llegar mis mejores deseos para 2023, en un remoto 31 de diciembre.

Abril… La primavera, mi cumpleaños, el día del libro y “el mes más cruel” del calendario, según aquel poema de T. S. Eliot que, en su libro La tierra baldía, lo condenó a la tristeza. Sonrío al poeta desde el propósito de contradecirle. Porque nada me gustaría más que un abril luminoso y esperanzado, un abril que traiga lluvia a raudales y también la energía y la vida del agua buena.

Echo la vista atrás… Reviso lo que no os he contado y anoté en líneas dispersas que no llegaron a conformar un texto cabal. Algunos libros que descubrí en sus respectivas presentaciones: La mujer imposible, de Ana Pérez Cañamares; Bellas damas sin piedad, de Lourdes Martínez; Sinfonía en rojo, de Elisabeth Mulder; Poesía, de Karin Boye; Anna (Capital Semilla), de Gsús Bonilla; Toma de tierra, de Yayo Herrero… La reflexión sobre la palabra y la experiencia poética de Federico Ocaña y Sonia Bueno, quienes en el VI Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, lograron conmoverme y reconectarme con ciertos proyectos; al igual que la ironía y la inteligencia de Enrique Vila-Matas en el Festival Capítulo Uno o el imponente recitado de La tumba de Keats, en la voz siempre vibrante de mi querido Juan Carlos Mestre. Espectáculos de ópera como Arabella, Aquiles en Esciros, La nariz, que disfruté desde ese paraíso que sigo interpretando como un premio; maravillosos conciertos de música de cámara en la Fundación Juan March; exposiciones como “Detente, instante” (una visión panorámica de la historia de la fotografía), o “Revelación”, de Leonora Carrington (que os recomiendo, porque sigue hasta el 7 de mayo en la sede de la Fundación Mapfre de Madrid). Y varias películas que me llevaron a otras vidas y otros tantos libros que, a pesar de su pálpito de deseo y necesidad, se multiplican sin leer y son el testimonio apilado del quiero y no puedo.

Sin duda, no han faltado ocasiones para un crónica cultural… Y sin embargo, otra vez, el cansancio y el llanto se aliaron en mi contra. La muerte de un amigo me paralizó, de nuevo el dolor de las preguntas sin respuesta, al constatar que convertimos la existencia en un remolino donde relegamos lo principal. También me interrogué por el calvario absurdo de la supervivencia, concebida como arrastrar un pie detrás del otro. Reflexioné por los pensamientos saboteadores que paralizan los deseos. Volví a cobrar conciencia de mi debilidad ante el daño que ejercen otros. Y de todo ello, volvió a emerger la sombra de una fractura íntima, demasiado persistente y profunda.

Afortunadamente, marzo me regaló dos viajes que han supuesto un revulsivo: Olomouc y Ginebra. Aunque todo viaje tiene su dimensión de descubrir o redescubrir lugares nuevos, alejados de nuestro mapa habitual, el propósito de ambos viajes no era el turístico, sino, por encima de todo, el abrazo. Visitar a personas que no están en Madrid, y que al abrirnos sus vidas y compartirlas, sirven de palanca para un reencuentro personal; porque a veces, al dialogar y pasear con otros, volvemos a escuchar antiguos latidos, que fueron fundamentales.

En Olomouc, una bella ciudad monumental checa, al recorrer los edificios de la universidad, recordé aquellos cursos remotos de veranos en el extranjero. Aunque se abría un abismo entre presente y pasado, fui capaz de rescatar aquel deseo por aprender y vivir. Estoy segura de que, si pudiera darse el imposible encuentro entre la joven estudiante que fui y la mujer que ha cumplido más de veinticinco años de experiencia profesional, les costaría reconocer la correlación entre los esfuerzos y los logros. Aquella joven se sentiría decepcionada y tal vez fuera capar de echar en cara la palabra fracaso a la otra. Sin embargo, esa misma, con el peso y el paso de los años, tendría que explicarle que la vida no es tan fácil y que quizás el gran error sea apostar por lo absoluto. Hay elecciones, decisiones y azares que marcan las cartas del futuro. El balance del presente quizás no sea el que alguna vez se soñó, pero a estas alturas empezamos a entender que los sueños rara vez se cumplen. En algún momento, más que a los sueños, apostamos a la realidad y ésta, desde su prosaísmo, nos mantiene pegados a la seguridad del suelo, en un moderado equilibrio más material que emocional. En Olomouc, me encantó visitar la biblioteca universitaria, repasar los anaqueles, recordar miles de horas de estudio… La idea quedó en el aire y, quizás no sea tarde para un nuevo curso, con un cuaderno especial; formalizar una matrícula y volver a esforzarse por la mera satisfacción personal.

Ginebra, la histórica ciudad refugio a orilla del lago Lehman, me resultó acogedora nada más aterrizar, aunque habían pasado muchos años desde mis visitas anteriores. A pesar de la noche, el paisaje y las calles resultaban reconocibles. A pesar de la falta de lazos de sangre, un piso distinto era un hogar lleno de abrazos y deseos de ser hermana y tía. Y es que los años también me han enseñado que la familia enmarcada por dos apellidos se puede ampliar con personas que encontramos fuera del techo que nos dieron nuestros padres. Los primeros días fueron familiares: acompañar al colegio, ayudar a recortar o colorear, redescubrir el juego y el lenguaje, disfrutar del aire libre en un paisaje verde, compartir la inocencia de la risa… Y con todo ello, el viaje hubiera sido perfecto para devolverme a un mundo de afectos y manos, de palabras que acompañan y consuelan, de existencias que se hacen más fuertes en los aprendizajes compartidos. Pero, además, disfruté de algunas horas libres y solitarias en las que recuperé la sensación de viajera. En ellas, al volver a hacer fotos, afloró el placer de la mirada que intenta atrapar una belleza distinta y al mismo tiempo, atrapa al testigo. Curiosamente, las imágenes que iba atesorando en el móvil, me iban revelando lo inesperado. Así, en una foto donde aproveché un cristal que hacía de espejo salí desenfocada y en un selfi con un paisaje azul y repleto de edificios, el fondo salió quemado y sin contraste, mientras yo sonreía. En ese momento en el que, perpleja ante el resultado, intentaba otro enfoque, peleando con un viento fortísimo en la torre de la catedral de Saint Pierre y un brazo demasiado corto para un buen encuadre, apareció un turista que se ofreció a hacerme la foto. Aunque me gusta hacerlas a mí, su sonrisa y su disponibilidad me convencieron. Y le reconocí que era mi mejor retrato de aquel día. Enseguida junté las piezas de la jornada, y concluí que somos mejores cuando nos dejamos ayudar.

Volver a ser es un camino largo y consciente, personal y acompañado. Habrá días grises, pero a falta de luz, me aferraré a otras manos y voces. Habrá que ir desterrando, de una vez por todas, esas certezas absolutas que sólo enmascaran excusas. Habrá que reconocer y buscar un equilibrio entre suelo y cielo, realidad y proyectos. Habrá que volver a ser lo mejor de aquella joven que fui, con la experiencia acumulada y la certeza de que la vida es el gran viaje que tenemos al alcance.

El mar como punto de inflexión

Si este fuera un verano normal, estaría apurando los últimos días antes de incorporarme al trabajo. Afortunadamente, mis vacaciones extraordinarias se alargarán un mes más.

En este verano distinto, pensé que iba a escribir más en el blog, pero lo cierto es que me he centrado en otros proyectos, así que se han ido acumulando exposiciones, experiencias, películas, reencuentros, libros y viajes sin que haya dado cuenta de ellos por aquí. También, tal y como esperaba, ha habido demandas de salud y reparaciones domésticas que han requerido dedicación, y por supuesto, unas temperaturas excesivas que han limitado mucho los planes previos.

Durante este tiempo ancho, el viaje a la playa ha supuesto un punto de inflexión. En cierto modo, era el paréntesis reconocible para unas vacaciones diferentes. Llegar al apartamento de los últimos veranos, al mar, a la piscina, al cuerpo tumbado sobre el césped, al ritmo distinto que configuran el ambiente vacacional colectivo y vivir al nivel de mar. Dormir mejor, acunada por una brisa que habíamos olvidado en Madrid a lo largo de tantas madrugadas sofocantes. Nadar mucho, recuperando el placer del pez que llevo dentro.

Antes del viaje, Madrid me brindó la oportunidad del disfrute del arte. Exposiciones y salas de cine, junto a la memoria sentimental de haber nacido y crecido en sus calles, son fuertes motivos para perdonarla su dureza e inclemencia, de las que raras veces puedo responsabilizar a la propia ciudad. De un tiempo a esta parte, está abierta en mil zanjas. Me pregunto si nos gastaremos todo el presupuesto de los fondos de recuperación en aceras que solo servirán para reclamar la limosna del futuro sobre los mejores pavimentos de toda Europa, aunque este texto no quería ir en esa dirección.

Volviendo al arte y a su asidero de salvación, disfruté del último trabajo conjunto del escultor Leandro Alonso y la poeta Ana Martín Puigpelat, titulado Anverso Re-Verso. En el marco de PhotoEspaña, visité la exposición Sculpting Reality, una muestra colectiva que se puede ver hasta el 28 de agosto en el Círculo de Bellas Artes y Casa de América. Precisamente en Casa de América se ofrece, con buen criterio y amplitud, la serie Double Elephant Portfolio, un trabajo excelente de algunos de los mejores fotógrafos que han construido la memoria gráfica de Estados Unidos. A PhotoEspaña le resta poco tiempo, así que al margen de nuevas averías, buscaré hueco para las exposiciones aún al alcance de Pérez Siquier y Paolo Gasparini, en Fundación Mapfre; Sebastiao Salgado, en el Palacio Real, y Catalá-Roca en la sala de El Águila, junto a la Biblioteca Regional.

Fuera de Madrid, en Segovia, amistad y admiración me brindaron la oportunidad de asistir a la inauguración de la exposición de Evaristo Bellotti, Esculturas por escrito. Casi una década de trabajo mostrada con un gusto exquisito en el Palacio de Quintanar, un universo de materiales y miradas al que ojalá pueda volver antes de su clausura en octubre y del que da buena cuenta esta entrevista.

Esculturas por escrito. Exposición de Evaristo Bellotti. Palacio de Quintanar, Segovia.

Y ya que estaba en Segovia, cómo no regresar a la Casa de Antonio Machado en esa ciudad. La que fue su pensión durante años, el espacio que es testimonio de memoria, la huella de un poeta admirado y de un tiempo que no pudo ser. Apreciar cada rincón reflexionando sobre cómo languidece y acabará perdiéndose la Casa de Vicente Aleixandre, Velintonia 3, en Madrid. Establecer, nuevamente, paralelismos entre cómo se cuida el patrimonio y se ofrecen espacios para el arte en ciudades más amables que la mía… Aunque este texto no quería ir por el camino del enojo, la decepción es tan obvia que no puedo soslayar mi tristeza.

Los viajes me han permitido visitar espacios mágicos, las obras de arte de nuestros antepasados. Regresé a La Alhambra y a localidades de Soria y Segovia: San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero, Ayllón, Riaza… Arte nazarí, arte mozárabe, arte románico, arte gótico y renacentista… La piedra trabajada desde la modestia del yeso o la cantería para desafiar el tiempo y ofrecernos, siglos después, la sensibilidad de quienes nos precedieron y agradecer los trabajos de conservación que nos garantizan esos refugios de esperanza.

Si fuimos capaces de tanta belleza, ¿no habremos de ser capaces de mejorar lo que nos rodea? Sólo por fantasear, me pregunto qué pasaría si esos señores que disfrutan creando guerras y amasando millones que empujan a otros a la miseria se sentaran ante un fuentecilla de la Alhambra, en el atrio de Santa María del Rivero o en el interior de la ermita de San Baudelio de Berlanga. ¿Cambiaría su mirada sobre las cosas? Supongo que no, pero a mí me consuelan el rumor del agua, la sabiduría de los jardineros, el arte que resiste el paso del tiempo, la pintura rescatada en un fresco milenario, el trabajo de personas que intentan salvar la casa en ruinas, la aldea abandonada y el paisaje que nos constituye.

Es tan importante como necesario apreciar la naturaleza y resucitar los sentidos adormecidos… Es cierto que las vacaciones de verano son un momento propicio. Ante unas horas más amplias, es posible detenerse sin prisa ante florecillas y árboles desconocidos, agradecer el frescor de la piedra y recrearse en el vaivén de las olas que procuran un paisaje especial en cada atardecer.

Al regreso del mar, la tarea es no perder la huella de esa luz que llenó cada jornada viajera. Que el paisaje cotidiano no secuestre la posibilidad del disfrute. Continúa amaneciendo y atardeciendo. El sol y las nubes siguen reinventando la belleza. Los árboles comienzan a intuir el otoño que la sequía adelanta en aceras salpicadas de hojas mortecinas. Nos quedan libros, películas y exposiciones que descubrir. Y en la agenda, tenemos la opción de reencontrarnos con personas cuya palabra abraza. No veamos el regreso como un castigo, sino como una nueva búsqueda hacia el equilibrio.

Renacer ante el mar

Hace unos días comencé mis vacaciones de Semana Santa con un viaje relámpago a Barcelona. Ida y vuelta en dos días. Un encuentro familiar, una excusa para el abrazo. Nos debemos tantos, que no importa hacer un viaje a lo loco. Ganarle horas a la distancia que amplió la pandemia. ¿Cuántas visitas no han sido? ¿Cuántos puentes fueron días sin posibilidad? ¿Cuántas escapadas se descartaron durante los cierres perimetrales?

Aunque acusaba la falta de sueño y el cansancio acumulado, me sentí revivir sentada en el tren, redescubriendo el paisaje por la ventanilla. He hecho muchas veces ese mismo trayecto y soy capaz de reconocerlo, a pesar de la velocidad. La ciudad se desdibuja y la tierra cambia de color. Se suceden pequeñas colinas y parcelas donde el cuerpo sigue trabajando la tierra. El paisaje estaba salpicado de almendros y otros frutales en flor. En los taludes del tren y en el campo, se asomaban florecillas y hierbas silvestres. No logré ver amapolas, pero sí, margaritas y esas flores amarillas que resultaban un auténtico manjar para aquel canario de la infancia. Tras las lluvias de los últimos días los colores vibraban, resultando casi apabullantes.

A medida que avanzaban los kilómetros, se fueron despejando mis sentidos. Mis ojos tenían ganas de volver a leer. El bolígrafo comenzaba a hacerse necesario para subrayar aquellas páginas inspiradoras. También surgían las primeras ideas para un relato. Recordé cuántos viajes he hecho, a lo largo de los años, en el límite mismo del cansancio. Y cómo han logrado reconciliarme: el viaje como aliento. Volvía a ocurrir una vez más, y yo, silenciosamente, daba las gracias.

Llegué a Sants con la recompensa de varios relatos leídos y las notas de un texto a medias, recuperando el placer por las palabras. Eran pequeños síntomas de mejoría, la promesa de una pausa vacacional en la que reencontrarme. Bajé del tren con el doble de energía de la que tenía en Atocha, como si la lectura y la escritura hubieran sido el desayuno perfecto al que se añadía la magia de romper con la rutina y su cansancio. Ya que todo parecía posible, me detuve en la administración de lotería buscando la suerte que no tengo en Madrid. ¿Cómo no soñar con unas vacaciones perpetuas? Tampoco acerté los números de aquella noche. Me temo que los juegos de azar no son lo mío. Pero el mar estaba al alcance y me fui para allá.

Recuperé las sensaciones de ser turista, emprendiendo un camino distinto al habitual. Un plano de metro con otro dibujo, líneas de otros colores y nombres nuevos. Andenes más oscuros, anuncios con mensajes que nunca había visto y el sonido de otra lengua. El bullicio de un día laborable en el que yo estaba libre de tareas y horarios. Esa gozosa alegría.

El mar estaba cada vez más cerca. Primero, fue una línea de horizonte detrás del puerto; después, la masa azul que recogía una pequeña playa. Arena y partidos de voley, algunas toallas extendidas. El sol acariciaba el mediodía, engañando la sensación de frío. Avancé hacia el agua.

Recordé aquel viaje estival de la infancia, cuando al llegar a Jerez de la Frontera, que era nuestro destino, mi padre siguió conduciendo hasta la playa del Puerto de Santa María. Abrimos las maletas y nos cambiamos en un chiringuito de los que ya no existen. Ya lo escribió Rafael Alberti: nada mejor que ser marinero en tierra para desear el mar. Esta vez, ante el Mediterráneo, recuperaba aquellos recuerdos y volvía a vivir el mar como un premio. Pasados unos minutos también volvieron las palabras. El móvil se convertía en libreta improvisada. Podía ser el germen de un nuevo relato o de una historia más larga. Las primeras líneas fluían con la placidez del paisaje que me acunaba. Habían bastado unas horas para despertar hacia lo íntimo. El mar me ofrecía un nuevo principio: palabras en segunda persona para un yo que renacía.

Acabas de llegar a Barcelona y te has ido hasta la Ronda Litoral. Eres un náufrago de interior. Dejas atrás el Paseo Marítimo y te plantas ante el mar. Te enfrentas a su visión como quien busca curarse. El viento en la cara, el sol, el murmullo constante de las olas a tus pies.

Desde la última visita y tras las tormentas furiosas que se han sucedido, se ha formado un gran desnivel en la orilla. Nada que ver con la playa de pendiente suave que invitaba al baño como un imán. El resultado es un mirador, un trampolín donde surge un cierto vértigo. Un promontorio que te deja suspendida ante un incesante movimiento azul y verde, como si no hubiera suelo. Estás entre el agua y el horizonte. Ese espacio ideal de los veranos.

Al bajar la vista, descubres tus zapatos de todos los días. No has traído sandalias ni chanclas. No te has descalzado. La arena cede ante tu cuerpo extraño vestido aún de oficina. Se hunden tus pies y te cuesta caminar. No has podido resistirte a la fuerza de la orilla. Sabes que ese mar no te pertenece. Sólo has venido a que te bendiga y te dé esperanzas para seguir.

Sin noticias de mí

Ni octubre ni noviembre tuvieron su texto. Han sido meses exigentes de trabajo, pequeños contratiempos de salud, desánimo y falta de fuerzas… Pero también momentos de pausa, reencuentros felices, celebraciones pendientes, un par de viajes relámpago y un seguir replanteándome.

En lo peor del malestar físico, busqué el sosiego y la fortaleza de los árboles en paseos cercanos. El otoño parecía invitarme a soltar: dejar atrás lo que duele y no aporta, lo que no sirve para construir sino para hacerme más débil.

En el transcurso de estos meses de silencio, la presencia amorosa y cuidadora de los otros ha sido el refugio, junto al disfrute de la naturaleza y el arte: algunos libros y poemas sueltos, algunos espectáculos de música y teatro, y sesiones de cine que me ofrecieron, como los árboles, el camino de la renovación y la salida del laberinto.

Frente a la búsqueda de esperanza, escuchar las noticias diarias ha seguido siendo desalentador. Tanto dolor y tanta miseria atravesando con su daño el agua de la ducha, el placer del primer café, el plato de verduras de la cena… Tanto odio para restar energía en un país donde la luz sigue matando a través de malas combustiones e incendios evitables, donde las facturas niegan la dignidad. Así que, cada día apago antes la radio y la televisión, en defensa propia. Yo, que estudié periodismo y fantaseé con su poder de transformación social, les soltaría una monserga sobre ética periodística por minuto, pero no van a escucharme. Así que doy al botón en cuanto hurgan en la herida sin ánimo de contribuir a curarla o dan voz a quien no la merece.

Muchos días he sentido que las palabras no pueden con tanto o han sido secuestradas; que decir no va a aportar nada. Supongo que, en parte por eso, me he quedado suspendida en la pausa del para qué. Los libros a medias, las ganas ausentes, los proyectos alimentando un moho de desidia. Pero ese desaliento tampoco es sano y lo voy aprendiendo a fuerza del oírlo. Oírmelo.

Podemos permitirnos la tristeza, pero es imprescindible salir de ella tan pronto como nos sea posible porque tiene una alta capacidad para enredarnos. Tengo una amiga en Siria que me manda fotos de ciudades y personas dispuestas a salir adelante entre las ruinas. Conozco a personas suspendidas en la pausa de un tratamiento médico que viven la incertidumbre, a los que envío los ánimos que no me prodigo. Mi abuela decía que es muy fácil recetar a otros. Y hoy, recordándola en esta frase, creo que ha llegado el momento de la automedicación hasta ver la botella llena.

Por eso he vuelto al teclado, a los proyectos, a las palabras. Este texto es un tanteo; una forma de ver si hay eco y resuena, si una palabra lleva a otra, si el golpe de las yemas de los dedos sobre las letras abre el camino. Porque la escritura siempre estuvo ahí para rescatarme y no puedo olvidarlo. Porque, aunque sea para mí, las palabras siguen siendo aliadas. Teclear para preguntar y responderme, para dotar de sentido a los días por venir, para que los proyectos que arrancaron alguna vez con ilusión recuperen el pulso.

Volver a teclear como quien reaprende a caminar, a respirar, a recuperar sus órganos adormecidos. Por mí y por ellos. Porque necesitamos mucha fuerza para salir de tanto. Porque necesitamos la alegría, como la invocó tantas veces Almudena Grandes, a quien debo el deslumbramiento de Las edades de Lulú que me aportó otra mirada y otra forma de contar; la misma alegría que rimó Benedetti igualándola a la trinchera con la que defenderse de la miseria y los miserables. Es verdad que hubo y hay escapadas, afectos, paisajes, complicidades y brazos que están al alcance, en la ruta de los momentos alegres posibles. Así pues, parece que toca recalcular la ruta y que el GPS vuelva a orientarse hacia la esperanza.

Entre nubes

15-3-2018

Este viaje ha surgido de repente, apuntando con sus agujas y su azar a la fuerza de la vida, para abrazar a dos nuevos seres, dos niñas que duermen y aprenden a mirar el mundo, y a su madre y a su padre, que no cesan de descubrir que todo es totalmente nuevo. 


Como siempre, llevo lectura. Como pocas veces, apenas la he tocado.


Mi mundo son las nubes, un paisaje repleto de matices entre el sol, las tormentas y el arco iris, entre cerezos y almendros en flor que se escapan a la torpeza de mis dedos (es difícil apresar ese instante desde un tren de alta velocidad), entre ríos y acequias generosas.

Ojalá todo el azul y todos los violetas que voy sumando destierren ciertas tristezas, esas sombras que se mantienen en vilo. Contemplo este paisaje abierto y quiero ser esperanza.

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