Astillas, mi nuevo libro

Con alegría, con cierta timidez, con respeto a la palabra definitiva, me emociona anunciaros que Astillas, mi nuevo libro de poemas, ha salido de imprenta para llegar directamente a la 83ª edición de la Feria del Libro de Madrid, a la caseta de Bartleby Editores (232).

Astillas, Ana Belén Martín Vázquez. (Bartleby. Madrid, 2024)

Aún me cuesta creer que Astillas son ya páginas encuadernadas y temblorosas en el Parque del Retiro donde, en cuanto pueda, iré a su encuentro. Hace algunas fechas, cuando recorrí un Retiro primaveral que estallaba en buenos deseos, había comenzado el montaje de la Feria del Libro, pero aún era pronto para anunciar nada. Se trata de mi segundo poemario y aún así se repiten el titubeo de la impostora que pide permiso, la ansiedad y la torpeza de principiante. Algo parecido a lo que experimentaba cuando hacía teatro: por muy sabido que estuviera el texto, por muy ensayada que estuviera la obra y por muchas veces que la hubiéramos representado ante públicos diversos, las mariposas del estómago me tomaban por entero al exponerme ante otros con una voz y un cuerpo mucho más desnudos de lo que decía cualquier personaje.

Astillas es un libro escrito desde un dolor desconcertante. En él, apenas cabe un personaje ajeno, aunque la expresión poética siempre deja márgenes y espacios fuera de quien de lo escribe. Su título evoca la astilla que se clavaba en nuestro dedo infantil, provocando un dolor muy intenso, a pesar de surgir de un cuerpo minúsculo, casi invisible. En esa metáfora, se sustenta la sucesión de estos poemas que tienen su origen en momentos sombríos, una tristeza difícilmente explicable.

En la contraportada, Manuel Rico, director de la colección de poesía de Bartleby Ediciones, dice así: “La herida se proyecta en espejos imaginarios y encuentra su dimensión más inquietante en la realidad de la muerte y la experiencia de un cuerpo agotado. Los días, en cada amanecer, asoman inciertos, y la vida avanza bajo la sombra de obligaciones y renuncias que la condicionan y limitan. Para la poeta, la casa deja de ser refugio. El insomnio se funde con la memoria. Cada recuerdo, como cada palabra, dejan de acompañar, de ser cómplices”.

Como todos mis libros y proyectos literarios, Astillas es la historia de un largo viaje. Sus primeros poemas surgieron en 2018, en un inicio en tromba que buscaba una inalcanzable salvación a través de la palabra, un consuelo casi imposible. Los años de elaboración y relectura han acompañado lo vivido y, afortunadamente, confluyen en esta primavera y esta novedad editorial donde me permito interpretar esas astillas como el material con el que encender un nuevo fuego. Si el primer poema, un poema prólogo que enmarca el libro, parte de una invención de lágrimas a las que no se tiene derecho, el último apunta a un tú desvanecido que empieza a construirse en otro sitio. Astillas es la memoria rota de un tiempo difícil y también su costura, su apertura a la vida y al deseo negado.

Afortunadamente, la publicación de este libro cierra un período complejo. Por eso, nada me hace más ilusión que volver a la Feria del Libro de Madrid, y firmarlo el próximo viernes 14 de junio de 2024, de 19 a 21 horas, porque compartir duelo es una forma de volver a aferrarse a la vida. La Feria del Libro de Madrid es para mí un lugar mágico, casi mítico, donde los sueños han cobrado sentido en muchas ocasiones y, al igual que las astillas, también conecta con la infancia. Porque yo fui una niña que fantaseaba con estar al otro lado de las hileras de libros, en esos nombres que repetía la megafonía, y me emocionaba al ver que algunas pocas mujeres: Carmen Martín Gaite, Gloria Fuertes, Soledad Puértolas, Josefina Aldecoa, Maruja Torres… estaban al otro lado, aunque no hubiera rastro de ellas en mis libros de texto.

Agradezco a Bartleby Editores que lo haya alojado en su catálogo, donde también apareció De paso por los días. Algunos agradecimientos tienen nombre y apellidos: a Pepo Paz, por su trabajo y su esfuerzo, para que el libro y yo pudiéramos encontramos en la caseta 232; a Manuel Rico, director de la colección de poesía de Bartleby, por su lectura y su acogida; y a Cristina Morano, por su bella y atinada portada. Como todos los libros, Astillas ha sido posible también gracias a la inspiración de otras voces. Por eso, en las citas iniciales, he rescatado unos versos de “Desmesura”, de Francisca Aguirre, y un poema del tensó Tan cerca de ningún lugar, de Alberto Cubero y José Luis de la Fuente. El libro está dedicado a mi madre y a mi padre, porque es un alegría que lo puedan coger con sus manos. Además, al margen de los nombres impresos, responde a una gratitud inmensa hacia quienes me leen y me alientan a seguir en este extraño lugar de la poesía y la escritura.

El libro estará disponible desde el martes 11 de junio en la caseta de Bartleby Editores (232), y en librerías el 24 de junio de 2024. Y mientras me enredo en palabras y deseos, me pongo a jugar con ese número capicúa íntimamente perfecto y con la noche mágica de San Juan, donde se celebra la renovación del fuego, y siento la fuerza de una fuerza inspiradora a la que aferrarme, después de todo.

A partir de ahora, Astillas es vuestro. Ojalá le deis cobijo y os acompañe.

Días y horas a medio morder

Quedaron en suspenso los últimos mordiscos; y el corazón, aún rodeado de carne, fue abandonado a la intemperie, a la espera del pico del pájaro o la succión del insecto.

Me pregunté quién perdió el hambre en ese instante, quién se hartó de morder. Me pregunté por el motivo de ese bodegón callejero y precario.

A veces nos falta el pulso así, entre bocado y bocado. Lo que tenía sentido en las dentelladas previas lo pierde en un parpadeo; y de pronto, faltan las fuerzas para todo, ya sea significativo o irrelevante.

¿Es lo mismo morder la vida que morder una manzana? ¿Qué podemos hacer con las pipas o los días que se atraviesan en la garganta como una terrible premonición? Frente a la certeza de un mundo que se rompe en una espiral interesada de odio, ¿cómo recuperar el apetito por cuanto nos pareció gozoso y extraordinario?

Aquel resto de manzana se había manifestado como un cuerpo extraño, al borde del abismo entre la posibilidad de una acera limpia y una papelera ninguneada.

Presentí que, en cuestión de horas, un golpe de gracia convertiría la fruta en mancha, justo cuando la lluvia desaparecía del pronóstico meteorológico. A partir de ahí, imaginé un mapa de azúcar sobre la acera, una hilera de hormigas, un principio de podredumbre al sol, el riesgo para una pisada incauta…

Llamaba la atención, entre las mascarillas aún presentes al aire libre y la sombra de la pandemia, ese rastro de saliva expuesta ante los ojos. El resto de manzana tenía algo de intocable. ¿Quién se atrevería a dar un manotazo sin guantes? Quizás por eso había aguantado ahí un par de idas y venidas con un margen ancho de horas. Hemos aprendido a no tocar y a temer el tacto como un nuevo mandato, aunque eso implique renunciar a abrazos y caricias tan imprescindibles como el aire.

No obstante, a pesar de las distancias tan bien aprendidas, la vida nos araña. Nunca estamos del todo a salvo, aunque a veces se nos olvide. Como se nos olvida un cierto bienestar anodino e insuficiente que sólo cobra valor ante las malas noticias que nos zarandean y nos comparan. Seguramente, llevo demasiado tiempo preguntándome por el derecho a las lágrimas. Sé que no soy la única. Nos hemos acostumbrado a un estar medio bien, sin entrar en detalles. Estar y resistir. Sobreponernos a los tropiezos y a los mordiscos que dejan nuevas cicatrices y heridas; marcas que, a pesar de su pequeñez, se vuelven tremendas bocas de insomnio y tristeza en ciertas madrugadas.

Quizás por eso, la manzana a medio morder se presentó como una metáfora, donde sólo hubo un gesto de mala educación o desidia. Una provocación ante los deseos que dejamos en la estocada. Un interrogante al inicio de un paso de cebra que no garantiza la vida del peatón. Un espejismo de equilibrio natural ante todo lo artificial que nos consume en el día a día, y nos deja desganados.

Y de nuevo, ¿qué? Reaprender a morder, como el cachorro que dejamos de ser.

Siempre contra la guerra

El domingo 20 de febrero asistí en el Teatro Español a la representación de “La batalla de los ausentes”, el último montaje de La Zaranda, un prodigio escénico que sigo desde hace años con fervorosa admiración. Lo que hacen no es nada fácil. Como verdaderos maestros, se valen de una escenografía y unos recursos mínimos, que requieren de la complicidad y la imaginación del espectador, para compartir un lenguaje único, con el que provocan la sonrisa o el nudo en la garganta en cuestión de segundos.

Ante la palabra herida del trío protagonista, supervivientes esperpénticos de una guerra que nadie recuerda, en el patio de butacas, nos resonaban las noticias prebélicas del este de Europa y también una escaramuza más modesta en la madrileña calle de Génova. La obra teatral, que ofrece una sátira del poder, me trasladaba a ambos escenarios, convertidos “en un combate sin tregua por la conquista de un destino”, como decía el programa de mano; donde los actores escenificaban los complejos mecanismos que llevan a los seres humanos a devorarse hasta el despojo.

Siguen en Madrid hasta el 20 de marzo, no os los perdáis.

No quiero confundir a nadie. En “La batalla de los ausentes” no hay nombres ni referencias temporales o geográficas. Precisamente desde esa indefinición, todos somos interpelados ante un poder tan estéril como despreciable que, al final, muestra las propias vergüenzas y una intemperie existencial de la que no salvan ni medallas ni homenajes, ni siquiera los recuerdos de una gloria efímera o imaginaria.

A partir del lunes, la semana fue frenética a nivel informativo. Obviamente, hay un abismo entre un dirigente político metafóricamente acuchillado por quienes creyó sus fieles, y un autócrata convencido de una misión imperial y asesina. Pero, en el fondo, todo gira en torno al poder y a la ambición; y teje una historia de vencedores y vencidos y un anhelo de justicia. Cuando el 24 de febrero despertamos con el inicio de la invasión rusa sobre Ucrania, asumí una nueva derrota colectiva. Ante las bombas, ante la propia impotencia y las preguntas sin respuesta, todo se hizo distinto. Quedaron en segundo plano las batallas campales de nuestro mediocre panorama político, y también las cuitas personales.

En los primeros momentos, pensé en escribir sobre la invasión de Ucrania. Recordaba tiempos lejanos, cuando los temas de geopolítica internacional ocupaban buena parte de mi jornada laboral. Rememoré aquellas lecciones sobre la guerra, que nos ayudaban a entender que los conflictos están llenos de matices, y que la verdad suele ser la primera víctima de todos ellos: Yugoslavia, Ruanda, Colombia… Con el paso de los días, toda la teoría saltaba por los aires ante la imagen de ciudades devastadas y el recuento de fallecidos y heridos, de vidas cercenadas y familias rotas, de un éxodo tristemente conmovedor. Más que argumentos salían torpezas, y me callé para no contribuir al daño ni al ruido.

El siguiente domingo, una semana después de ver “La batalla de los ausentes”, un grupo de poetas empezaba a idear un recital colectivo contra la guerra. Agradecí una invitación que rechacé inmediatamente, porque me sentía sin fuerzas. Las redes sociales seguían llenas de batalla. Posturas a favor y en contra de todo: tan malo escribir y compartir un poema contra la guerra como quedarse callado. En el debate, salían a colación todas las guerras activas en el mundo. La pregunta de por qué actuar ante unas y no otras, qué diferencia había entre los muertos de Ucrania o de Yemen. En la refriega de palabras, no había más que una nueva derrota.

Asistí a los incendios verbales desde el silencio y la lectura. Volví a los artículos de Carlos Taibo, uno de los mayores expertos en esa zona ahora en llamas. Los poemas y la figura del poeta Carlos Álvarez, fallecido ese mismo 27 de febrero, también sirvieron de telón de fondo. Su padre, capitán de la Guardia de Asalto que mantuvo su fidelidad a la legalidad republicana, fue fusilado en Sevilla el 24 de julio de 1936; y él mismo sufrió las cárceles franquistas y el exilio. A pesar de todo ello, quienes le conocieron y le recordaban en esas horas de duelo, le definían como un hombre ajeno al odio y el poeta de la reconciliación. Por otro lado, me encontré con un excelente artículo de Arturo Borra titulado La poesía y la guerra (de nuevo), en el que el autor se preguntaba por el papel de los poetas ante estos conflictos. Me consoló ver que no era la única que se estaba atragantando en sus preguntas y contradicciones.

Cartel del recital «12 horas de poesía contra la guerra».

Al final, cambié de opinión y me sumé al listado de casi un centenar de poetas que participarán mañana en el recital titulado “12 Horas de Poesía contra la guerra”, cuyo cartel explica “Poemas abrazados para abrazar pueblos. Poemas por la Paz”. Acudo con poemas viejos y la certeza de la inutilidad del gesto, la misma certeza que me acompañó tantas veces: en aquel multitudinario “No a la Guerra” contra la invasión de Irak; en las concentraciones y las marchas a favor del pueblo palestino o del saharaui; las voces ante la embajada de Siria; las lecturas a favor de las personas en busca de refugio y papeles, y las concentraciones ante tantos hechos de violencia y represión ejercidos por unos hombres contra otros…

Nuestra palabra, nuestro poema no va a cambiar las cosas; no nos hace mejores ni peores que los poetas que no pueden o no quieren participar o no han conocido la convocatoria. Nuestro gesto, aunque algunos crean que sí, no es un acto narcisista. Después de tantas dudas, me he dado cuenta de que esta vez leería aunque no hubiera nadie escuchando, porque el poema, como la obra de teatro de la que os he hablado, pueden ser actos de resistencia y esperanza. Lo más seguro es que “12 Horas de Poesía contra la guerra” sea como esos actos en los que, antes de la pandemia, nos encontrábamos poetas escuchando a poetas, y nos sentíamos ridículos, sin lectores ni público real. Pero esta vez es distinto porque, quizás más que nunca, necesitamos el calor de otros, llorar y leer juntos, abrazarnos contra la guerra después de tanto. Y lo que importa no es cuándo ni cuánto lea cada uno, sino leer doce horas, sin pausa, igual que esas bombas y esas sirenas, igual que el sufrimiento, que tampoco cesan. Lo que importa, como en “La batalla de los ausentes”, es no perder el horizonte.

La inspiración de árboles y gatos

Enero se esfumó. Transcurrió volando desde el primer brindis a los regalos de Reyes, pasando por San Antón y un último día que fue a parar sobre un lunes desubicado, con esa orfandad de inicio de semana sin futuro. Enero dejó el regusto amargo de ciertos aniversarios y nuevas pérdidas, el recuerdo herido de las fotos de la gran nevada, la estela gastada de los buenos deseos y las cifras de otra ola que nos aleja del mar. Aunque cambiamos de año, persiste un calendario fugaz y dolorido en el que las promesas recién hechas al futuro se deshacen entre las exigencias de siempre, las viejas dolencias y el cansancio convertido en segunda piel.

Aturdida por la velocidad y las viejas dinámicas hilvanadas entre agotamiento y tristeza, en febrero he vuelto a poner en práctica esa terapia mía de “Caminar y fotografiar, para luego escribir”. Me he dado cuenta de que, mientras estuve en otras cosas, el tiempo ha sido, tras un paréntesis helado, extrañamente cálido. Así pues, en mis últimos paseos, me he reencontrado con árboles que empiezan a notar la primavera. Son audaces. No han padecido el frío de otros años que ralentizaba sus ciclos. Ahí están, exponiendo sus brotes antes de tiempo, incluso dejando ver las primeras flores. Como los gatos, los árboles no temen. Me gustaría aprender de ambos. Sienten, padecen, pero no temen y eso les hace mantener el pulso de la vida.

Lo de los gatos surge porque bajo los árboles y el sol invernal, terminé de leer el libro de John Gray, Filosofía felina, cuyo atractivo subtítulo “Los gatos y el sentido de la vida” (Sexto Piso), y sus simpáticas primeras líneas me llevaron a una compra impulsiva. El libro es un breve repaso filosófico, histórico y narrativo sobre estos felinos. No es lo que esperaba, pero reconozco que debería imprimir por toda la casa sus últimas páginas donde aparecen “Diez pistas felinas sobre como vivir bien”. Entre ellas, me quedé pensando en la segunda: “Es ridículo que te quejes de que no tienes suficiente tiempo”. ¿Cómo?, me pregunté casi indignada antes de seguir leyendo a Gray: “Haz aquello que sirva a algún fin tuyo propio y que disfrutes haciendo por sí mismo. Vive así y dispondrás de tiempo de sobra”.

Entonces caí en la cuenta de los textos para este blog que, sin llegar a teclear, pergeñé en mi cabeza; en las llamadas que no hice; en la novela y los poemarios que esperan su última revisión y son sistemáticamente condenados por falta de tiempo. A raíz de esa pista, pensé que tal vez, la que se condena soy yo: asumiendo tareas ingratas y dejando para los minutos estériles del cansancio lo que podría recompensar las horas desapacibles e inevitables. No es algo nuevo. Lo he comentado mil veces en distintos ámbitos. De pronto, verlo escrito por una autoridad le daba otra dimensión. La del mandamiento. La pista de la salvación.

Por eso escribo estas líneas que son un híbrido entre lo personal y lo público, entre lo literario y lo terapéutico: para volver a recordarme las promesas de tantas veces y la certeza de que no hay prórrogas.

No soy un gato. No puedo aspirar a las horas de sueño de mi querido Fénix ni al tiempo que dedica a la contemplación del mundo. Su tiempo es ancho y feliz con todas las necesidades cubiertas. Pero también es cierto que cuando quiere algo lo pide de forma insistente y en su maullido está toda la urgencia de lo inaplazable. Si quiere atún o un trocito de algo que huele en la bolsa de la compra lo quiere ya, y soy capaz de cambiar el orden de los factores para atenderle. ¿Y atenderme a mí? ¿Atender mis proyectos, mis cuidados, mis deseos? ¿Estoy esperando a ser gato para lograrlo?

Esos primeros brotes de los almendros, esas primeras flores de los árboles frutales de hueso que forman parte del vecindario me están avisando. Con su valiente fragilidad me piden que ignore el ruido de los martillos neumáticos que rompen las aceras y el asfalto próximos en una atmósfera que también les amenaza; que relativice la incomodidad de las visitas al dentista y otros chequeos; que no sucumba en el embrollo de las averías domésticas; que disfrute de ese minuto en el que aún resiste la alegría por hacer, posponiendo la tarea ingrata para después.

Veremos. No es la primera que lo escribo aquí. Pero cada vez es más apremiante ponerlo en práctica. El calendario nos lleva por delante a pesar de este tiempo extraño y detenido. Los meses pasan y somos nosotros los que tenemos que sacar las cuentas de cada jornada, y que salga a nuestro favor.

Sin noticias de mí

Ni octubre ni noviembre tuvieron su texto. Han sido meses exigentes de trabajo, pequeños contratiempos de salud, desánimo y falta de fuerzas… Pero también momentos de pausa, reencuentros felices, celebraciones pendientes, un par de viajes relámpago y un seguir replanteándome.

En lo peor del malestar físico, busqué el sosiego y la fortaleza de los árboles en paseos cercanos. El otoño parecía invitarme a soltar: dejar atrás lo que duele y no aporta, lo que no sirve para construir sino para hacerme más débil.

En el transcurso de estos meses de silencio, la presencia amorosa y cuidadora de los otros ha sido el refugio, junto al disfrute de la naturaleza y el arte: algunos libros y poemas sueltos, algunos espectáculos de música y teatro, y sesiones de cine que me ofrecieron, como los árboles, el camino de la renovación y la salida del laberinto.

Frente a la búsqueda de esperanza, escuchar las noticias diarias ha seguido siendo desalentador. Tanto dolor y tanta miseria atravesando con su daño el agua de la ducha, el placer del primer café, el plato de verduras de la cena… Tanto odio para restar energía en un país donde la luz sigue matando a través de malas combustiones e incendios evitables, donde las facturas niegan la dignidad. Así que, cada día apago antes la radio y la televisión, en defensa propia. Yo, que estudié periodismo y fantaseé con su poder de transformación social, les soltaría una monserga sobre ética periodística por minuto, pero no van a escucharme. Así que doy al botón en cuanto hurgan en la herida sin ánimo de contribuir a curarla o dan voz a quien no la merece.

Muchos días he sentido que las palabras no pueden con tanto o han sido secuestradas; que decir no va a aportar nada. Supongo que, en parte por eso, me he quedado suspendida en la pausa del para qué. Los libros a medias, las ganas ausentes, los proyectos alimentando un moho de desidia. Pero ese desaliento tampoco es sano y lo voy aprendiendo a fuerza del oírlo. Oírmelo.

Podemos permitirnos la tristeza, pero es imprescindible salir de ella tan pronto como nos sea posible porque tiene una alta capacidad para enredarnos. Tengo una amiga en Siria que me manda fotos de ciudades y personas dispuestas a salir adelante entre las ruinas. Conozco a personas suspendidas en la pausa de un tratamiento médico que viven la incertidumbre, a los que envío los ánimos que no me prodigo. Mi abuela decía que es muy fácil recetar a otros. Y hoy, recordándola en esta frase, creo que ha llegado el momento de la automedicación hasta ver la botella llena.

Por eso he vuelto al teclado, a los proyectos, a las palabras. Este texto es un tanteo; una forma de ver si hay eco y resuena, si una palabra lleva a otra, si el golpe de las yemas de los dedos sobre las letras abre el camino. Porque la escritura siempre estuvo ahí para rescatarme y no puedo olvidarlo. Porque, aunque sea para mí, las palabras siguen siendo aliadas. Teclear para preguntar y responderme, para dotar de sentido a los días por venir, para que los proyectos que arrancaron alguna vez con ilusión recuperen el pulso.

Volver a teclear como quien reaprende a caminar, a respirar, a recuperar sus órganos adormecidos. Por mí y por ellos. Porque necesitamos mucha fuerza para salir de tanto. Porque necesitamos la alegría, como la invocó tantas veces Almudena Grandes, a quien debo el deslumbramiento de Las edades de Lulú que me aportó otra mirada y otra forma de contar; la misma alegría que rimó Benedetti igualándola a la trinchera con la que defenderse de la miseria y los miserables. Es verdad que hubo y hay escapadas, afectos, paisajes, complicidades y brazos que están al alcance, en la ruta de los momentos alegres posibles. Así pues, parece que toca recalcular la ruta y que el GPS vuelva a orientarse hacia la esperanza.

Entre la nieve y la lluvia

El pasado fin de semana salí del barrio y paseé por el centro de Madrid. Ocho días desde el fin de la nevada, y la ciudad presentaba un aspecto desolador de árboles caídos, aceras intransitables y basura amontonada. Quedaban rincones donde resistía la belleza de la nieve pero era difícil disfrutarla con la certeza de tanto árbol muerto y por morir, tanto riesgo de caída, tantas personas retenidas en sus domicilios ante unas aceras y unas calzadas que son una ruleta rusa.

Frente al paisaje de la calamidad, me refugié en los buenos vecinos que, conscientes del abandono institucional, nos arremangamos para hacer algo. Cada uno en la medida de sus fuerzas y su tiempo, de sus herramientas al alcance. Ellos son, nosotros somos, la esperanza que me alienta tras recorrer una ciudad herida y a la deriva, a pesar de la falta de mar.

Antes y después de la gran nevada, el pronóstico meteorológico ha sido y es protagonista. Dijeron nieve y hielo, y se ha cumplido. También han dicho lluvia. En las últimas horas, han avisado de que mañana, miércoles 20 de enero, vendrán lluvias y viento fuertes. A ver si alguien se lo ha contado a quienes tienen que tomar decisiones. De paso, que les expliquen que las alcantarillas están tapadas de nieve, hielo, ramas y basura. A ver si alguien adivina la que puede liar el agua. La que caiga del cielo se sumará al deshielo, a ese rastro turbio y abandonado que es un espejo hostil. Que alguien les explique también cuántas ramas partidas penden de un hilo de madera. Ojalá no tengamos, de nuevo, que sentir el bochorno y la derrota de una ciudad castigada por pésimos gestores. Ojalá los madrileños no tengamos, nuevamente, que pedir perdón a estas calles donde fuimos felices y no nos reconocemos.

En la víspera de la lluvia

Dicen que ayer era “blue monday”, el día más triste del año. La fecha es un mero reclamo comercial, pero he de reconocer que me salió un día bien triste. Un día de derrotas íntimas y fracasos personales, un día para repensar la vida. A mí los días malos me suelen dejar la resaca de un mal vino bebido a solas. Por eso hoy, arrastro aún cierta tristeza. He bajado a la calle y no he patinado. Algo es algo. Pero toda la suciedad y la barbarie me han vuelto a golpear en los ojos.

Al subir a casa, he pensado en la lluvia. En la lluvia prevista para mañana. Casi sin quererlo, me parece que me ha salido una plegaria.

Sólo nos cabe confiar en la lluvia.

Ojalá el agua sepa llover mañana, sepa arrastrar el hielo de forma dócil, sepa esquivar los obstáculos de las alcantarillas, sepa devolver las líneas blancas tan gastadas del paso de cebra de la esquina.

Si mañana la lluvia se equivoca, le echarán la culpa a ella.

Yo quiero creer en la lluvia.

Necesitamos un agua sanadora que cure las calzadas y las aceras de cada barrio, que disipe la suciedad de tanto gris pastoso, espanto de la nieve. Un agua sanadora que nos bendiga y nos permita volver a creer en una ciudad habitable e incluso bella.

Quiero creer que el agua de mañana será nuestra aliada porque estoy agotada de tantas pesadillas.

Si mañana nos falla el agua, sólo nos quedarán las lágrimas.

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