Verano de memoria, sentidos y extrañeza

He percibido cierta extrañeza al comenzar este verano. Supongo que no se debe sólo a la convocatoria electoral, sino a sensaciones más íntimas. Quizás, porque el verano pasado me permití unas vacaciones extraordinarias, y al inicio de éste, han regresado con fuerza las preguntas de entonces y las respuestas son un remolino que me incomoda. Quizás también por la proximidad entre el cambio de estación y el Día de las Personas Refugiadas, que me sumergió en la sensación de bucle y desesperanza que facilitan las noticias diarias. Tenía un texto a medias, pero volvió a paralizarme la pregunta de si tiene sentido escribir y aún así, aquí estoy, de vuelta al teclado para que el blog tenga cierto movimiento (me abochornan tres textos publicados como balance de medio año), para dar sentido a los propósitos de hacer lo que me gusta y, seguramente, porque no sé vivir sin la escritura.

El verano del hemisferio norte se inició ligado a la tristeza de la memoria, al cumplirse un año de las muertes en la valla de Melilla, un aniversario de vergüenza, silencio y causas archivadas; devoluciones ilegales, muertos y desaparecidos sin funeral. El calendario también nos recordaba la sombra alargada e inútil del Día de los Refugiados. Una fecha que, en cada balance anual, arroja cifras más abultadas, mientras la Unión Europea maldice sus principios, construyendo un relato indecente del que las mafias y ciertos regímenes siguen sacando pingües beneficios. El texto que escribí en este blog allá por 2019 hubiera resultado nuevamente válido de no ser por el constante incremento de las cifras y porque este año dos noticias radicalmente opuestas miraban al mar: un naufragio sin precedentes en aguas griegas y la búsqueda de cinco aventureros millonarios tras el rastro del Titanic. Dos hundimientos y dos varas de medir, dos balances de víctimas mortales y una alarmante brecha entre la atención mediática y los recursos desplegados.

Lejos de la costa, en el caluroso verano madrileño, el mar no es más que una promesa y un horizonte más o menos remoto. En estas calles, cuando aprieta el calor, lo único que sabemos es que Madrid se vuelve más intenso e irrespirable, como si el verano dejara de ser una estación o un reclamo publicitario y se volviera una palabra sólida, insoslayable… En paralelo, las noches insomnes se multiplican. De modo, que los sentidos se agudizan mientras nuestra cabeza se atonta, presa del calor y del cansancio acumulados.

Es el mismo calor de todos los veranos, pero nos sacude de un día para otro. De pronto, los olores resurgen más fuertes que nunca: tanto el de las esquinas donde se superponen los orines como el de los diversos tipos de acacias, cuyas flores parecen estallar con las altas temperaturas. Bastó pasar cerca de un árbol casi incandescente para recordar un olor de la infancia, el “pan y quesito”, cuyas florecillas mordíamos sin entender el nombre, porque aquello no era ni pan ni queso, sino la sensación de merienda y golosina callejera. La vista, los ojos sufren, y es imposible avanzar sin gafas de sol ante una luz que hasta el anochecer implica un castigo furioso. Y el tacto vive en permanente alerta, pues rozar una barandilla o sentarse en un banco metálico a esperar el autobús puede quemar más que un mal sueño. En el caso del oído, tampoco le va mejor, sometido al ruido incesante de las ventanas abiertas por dónde se cuelan la discusión y la jarana, y el rumor de todo tipo de motores. Aunque agradezco el cansino y ruidoso aleteo de las chicharras, que confirman que es posible sobrevivir al calor y ponerle música, ese fondo sonoro que también había olvidado. Por su parte, la lengua seca insiste en reclamar agua, hasta el punto que cada peatón carga su botella, como si fuera un bastón que ayuda a no desvanecerse.

En el primer intento de escapada a la sierra, me equivoqué de tren o de andén o las dos cosas. Los retrasos se encadenaban en la estación y bajo el sol que cubría todo el andén, mis sentidos fallaron. Si hubo avisos por los altavoces o mensajes luminosos no les presté atención, sumida en el cansancio de un viernes por la tarde y la rutina de un viaje que he hecho incluso con los ojos cerrados. Pero no, uno no puede confiarse en el caos incesante de una ciudad donde las dinámicas urbanas (las obras, las incidencias, los cortes del servicio…), han superado el alcance de nuestro entendimiento y resistencia.

Después de quince minutos de solanera, agradecí tanto el aire acondicionado del tren que no atendí más razones. Una vez sentada, me relajó la sensación de movimiento, atravesar La Casa de Campo, coger aire en sus árboles y en el azul artificial de varias piscinas. El paisaje era el de siempre. Pero al dejar atrás Las Rozas, el tren dio un giro que se me hizo raro, aunque no le presté atención, fascinada como estaba ante la vista de jovencísimos corzos. Su belleza me impidió razonar, aunque algo iba mal. En mi aturdimiento, tampoco reaccioné al percibir que las torres del final de la Castellana se iban acercando, convertidas en figuras que se derretían bajo una luz implacable. En aquella sensación onírica, de corzos vivos y edificios llameantes, se escondía la realidad de que atravesábamos el Monte del Pardo en dirección a Madrid.

Salí del sueño a golpe de megafonía, está vez, sí, cuando una voz metálica anunció la llegada a Pitis, de nuevo en la capital. Salté al andén de una estación que no había pisado nunca, donde los demás viajeros también parecían náufragos a la espera de un destino incierto, ante la letanía de monitores y altavoces que explicaban lo obvio: “el servicio no se presta con normalidad”.

Recuperé la sensación de calor y cansancio, también las ganas de llorar. Tras una semana laboral agotadora, el fin de semana comenzaba desbaratando planes propios y ajenos. En Alpedrete, me esperaban para compartir la lectura de Mª Ángeles Pérez Lopez, y su Libro mediterráneo de los muertos, pero en aquel nudo ferroviario, el mar estaba tan lejos como la poesía. Mientras las voces de la catástrofe hacían metáforas hiperbólicas en mi cabeza, un mensaje amoroso me recordó que el mundo no se acababa ahí, y que tanto la poesía como el abrazo, esperarían el primer tren. Y yo, volví a aferrarme a la risa y a la esperanza. Y a desear un buen verano. Ojalá lo sea para quienes seguís estas líneas.

Siempre contra la guerra

El domingo 20 de febrero asistí en el Teatro Español a la representación de “La batalla de los ausentes”, el último montaje de La Zaranda, un prodigio escénico que sigo desde hace años con fervorosa admiración. Lo que hacen no es nada fácil. Como verdaderos maestros, se valen de una escenografía y unos recursos mínimos, que requieren de la complicidad y la imaginación del espectador, para compartir un lenguaje único, con el que provocan la sonrisa o el nudo en la garganta en cuestión de segundos.

Ante la palabra herida del trío protagonista, supervivientes esperpénticos de una guerra que nadie recuerda, en el patio de butacas, nos resonaban las noticias prebélicas del este de Europa y también una escaramuza más modesta en la madrileña calle de Génova. La obra teatral, que ofrece una sátira del poder, me trasladaba a ambos escenarios, convertidos “en un combate sin tregua por la conquista de un destino”, como decía el programa de mano; donde los actores escenificaban los complejos mecanismos que llevan a los seres humanos a devorarse hasta el despojo.

Siguen en Madrid hasta el 20 de marzo, no os los perdáis.

No quiero confundir a nadie. En “La batalla de los ausentes” no hay nombres ni referencias temporales o geográficas. Precisamente desde esa indefinición, todos somos interpelados ante un poder tan estéril como despreciable que, al final, muestra las propias vergüenzas y una intemperie existencial de la que no salvan ni medallas ni homenajes, ni siquiera los recuerdos de una gloria efímera o imaginaria.

A partir del lunes, la semana fue frenética a nivel informativo. Obviamente, hay un abismo entre un dirigente político metafóricamente acuchillado por quienes creyó sus fieles, y un autócrata convencido de una misión imperial y asesina. Pero, en el fondo, todo gira en torno al poder y a la ambición; y teje una historia de vencedores y vencidos y un anhelo de justicia. Cuando el 24 de febrero despertamos con el inicio de la invasión rusa sobre Ucrania, asumí una nueva derrota colectiva. Ante las bombas, ante la propia impotencia y las preguntas sin respuesta, todo se hizo distinto. Quedaron en segundo plano las batallas campales de nuestro mediocre panorama político, y también las cuitas personales.

En los primeros momentos, pensé en escribir sobre la invasión de Ucrania. Recordaba tiempos lejanos, cuando los temas de geopolítica internacional ocupaban buena parte de mi jornada laboral. Rememoré aquellas lecciones sobre la guerra, que nos ayudaban a entender que los conflictos están llenos de matices, y que la verdad suele ser la primera víctima de todos ellos: Yugoslavia, Ruanda, Colombia… Con el paso de los días, toda la teoría saltaba por los aires ante la imagen de ciudades devastadas y el recuento de fallecidos y heridos, de vidas cercenadas y familias rotas, de un éxodo tristemente conmovedor. Más que argumentos salían torpezas, y me callé para no contribuir al daño ni al ruido.

El siguiente domingo, una semana después de ver “La batalla de los ausentes”, un grupo de poetas empezaba a idear un recital colectivo contra la guerra. Agradecí una invitación que rechacé inmediatamente, porque me sentía sin fuerzas. Las redes sociales seguían llenas de batalla. Posturas a favor y en contra de todo: tan malo escribir y compartir un poema contra la guerra como quedarse callado. En el debate, salían a colación todas las guerras activas en el mundo. La pregunta de por qué actuar ante unas y no otras, qué diferencia había entre los muertos de Ucrania o de Yemen. En la refriega de palabras, no había más que una nueva derrota.

Asistí a los incendios verbales desde el silencio y la lectura. Volví a los artículos de Carlos Taibo, uno de los mayores expertos en esa zona ahora en llamas. Los poemas y la figura del poeta Carlos Álvarez, fallecido ese mismo 27 de febrero, también sirvieron de telón de fondo. Su padre, capitán de la Guardia de Asalto que mantuvo su fidelidad a la legalidad republicana, fue fusilado en Sevilla el 24 de julio de 1936; y él mismo sufrió las cárceles franquistas y el exilio. A pesar de todo ello, quienes le conocieron y le recordaban en esas horas de duelo, le definían como un hombre ajeno al odio y el poeta de la reconciliación. Por otro lado, me encontré con un excelente artículo de Arturo Borra titulado La poesía y la guerra (de nuevo), en el que el autor se preguntaba por el papel de los poetas ante estos conflictos. Me consoló ver que no era la única que se estaba atragantando en sus preguntas y contradicciones.

Cartel del recital «12 horas de poesía contra la guerra».

Al final, cambié de opinión y me sumé al listado de casi un centenar de poetas que participarán mañana en el recital titulado “12 Horas de Poesía contra la guerra”, cuyo cartel explica “Poemas abrazados para abrazar pueblos. Poemas por la Paz”. Acudo con poemas viejos y la certeza de la inutilidad del gesto, la misma certeza que me acompañó tantas veces: en aquel multitudinario “No a la Guerra” contra la invasión de Irak; en las concentraciones y las marchas a favor del pueblo palestino o del saharaui; las voces ante la embajada de Siria; las lecturas a favor de las personas en busca de refugio y papeles, y las concentraciones ante tantos hechos de violencia y represión ejercidos por unos hombres contra otros…

Nuestra palabra, nuestro poema no va a cambiar las cosas; no nos hace mejores ni peores que los poetas que no pueden o no quieren participar o no han conocido la convocatoria. Nuestro gesto, aunque algunos crean que sí, no es un acto narcisista. Después de tantas dudas, me he dado cuenta de que esta vez leería aunque no hubiera nadie escuchando, porque el poema, como la obra de teatro de la que os he hablado, pueden ser actos de resistencia y esperanza. Lo más seguro es que “12 Horas de Poesía contra la guerra” sea como esos actos en los que, antes de la pandemia, nos encontrábamos poetas escuchando a poetas, y nos sentíamos ridículos, sin lectores ni público real. Pero esta vez es distinto porque, quizás más que nunca, necesitamos el calor de otros, llorar y leer juntos, abrazarnos contra la guerra después de tanto. Y lo que importa no es cuándo ni cuánto lea cada uno, sino leer doce horas, sin pausa, igual que esas bombas y esas sirenas, igual que el sufrimiento, que tampoco cesan. Lo que importa, como en “La batalla de los ausentes”, es no perder el horizonte.

Semillas portentosas para resetear el sistema

Agosto se va apagando en el rescoldo de su fuego, tan térmicamente real en este verano de temperaturas extremas e incendios que nos empobrecen y nos debilitan ante el clima riguroso que nos espera. El calendario quema las últimas hojas hacia la vuelta al trabajo y mientras deshago la maleta y todas las cosas vuelven a su lugar, también hago balance.

Pienso en las líneas que escribí a finales de julio, cuando necesitaba una pausa y un cambio de aires tanto como respirar, quizás porque todo era lo mismo. Está claro que no solo me ha pasado a mí. Hasta la Dirección General de Tráfico (DGT) lanzó una campaña pidiendo prudencia, aprovechando el reclamo de que estábamos ante un verano muy especial y merecido.

Afortunadamente, la vida me ha brindado muchos veranos inolvidables. Entre todos ellos, éste ha sido lo que necesitaba: la pausa y la calma, el cambio del paisaje, recuperar el placer de la lectura y la escritura, el descubrimiento de nuevos lugares, la celebración de la brisa y la pereza, el tiempo de la conversación y la caricia.

Hasta cierto punto, he desconectado de la actualidad informativa, aunque con un móvil en la mano es difícil ignorar qué ocurre fuera del ámbito más cercano. Y en estos últimos días, prepararse para la vuelta a la normalidad ha sido también digerir algunas noticias que se hacían intragables. Entre ellas, ver como ese bien de primera necesidad, la electricidad, se ha convertido en artículo de lujo mientras las eléctricas declaran beneficios insultantes; el regreso de los talibanes al gobierno de Afganistán; la devolución de menores a Marruecos sin ninguna garantía; y la llegada de nuevas pateras a nuestras costas, con su dilema de supervivencia y naufragio, con el relato de la muerte que se pudo evitar.

Curiosamente, sin hacer un análisis exhaustivo, tengo la sensación de que, entre todas ellas, Afganistán ha levantado más titulares y ha generado más horas de información al servicio de la confusión y la falta de análisis. Es decir, nos han metido por los ojos lo que geográficamente nos queda más lejos y el asunto en el que, como ciudadanos y votantes, menos fuerza podemos hacer dada la situación del país afgano, convertido en un daño colateral de la geopolítica del más alto nivel.

Reconozco que ese abismo entre nosotros y Afganistán y esa preocupación colectiva repentina, me generó un enorme estupor. ¿Me había vuelto insensible? Después de varias horas dándole vueltas y recordando tantas manifestaciones y proclamas en las calles, tantas firmas aquí y allá, tantas lecturas… entendí que Afganistán no me sorprendía porque su destino estaba escrito desde hace mucho.

Apenas sabíamos nada de ese país hasta que se le culpó de ser refugio de los autores del 11-S. A partir de ahí se justificó una ocupación vergonzosa e ilegal, mientras ese ente nebuloso que llamamos comunidad internacional, cada uno con sus intereses, intentó sacar tajada. La retirada de tropas apenas cambia nada. Afganistán ha generado refugiados en estos veinte años, ha sido uno de los peores países del mundo para ser mujer o niña, pero no el único. Afortunadamente, encontré un artículo esclarecedor de Olga Rodríguez, que conoce bien la situación, la historia y a muchas y muchos afganos. En sus líneas, que demuestran que aún queda periodismo de verdad, habla de cinismo y acierta de pleno. ¿Cómo se pudo creer que una guerra y largos años de ocupación política, económica y militar generarían algo bueno para un país que, desde el minuto uno, fue objetivo de diversos mercenarios?

Cinismo, esa es la triste clave.

Supongo que necesitamos creer que con los tres, cinco o diez aviones que va a fletar cada gobierno hemos arreglado algo. Es cierto que algunas personas salvarán la vida, pero no sabremos cuántos ni en qué condiciones. Su llegada y su vida en Europa estará tan llena de obstáculos como la de quienes les precedieron; basta recordar otra mentira bonita, aquella de “Wellcome Refugees” de hace años. La comunidad internacional ya mencionada vuelve a organizar cumbres de urgencia y, como en otras previas, se vislumbra una de las estrategias a seguir, dar dinero a los países limítrofes para que contengan el flujo de la desesperación. O ¿también hemos olvidado el dineral que recibió Turquía para hacer el trabajo sucio con la crisis de refugiados que vivió Grecia en 2015? A sus costas llegaron, de forma mayoritaria, sirios, iraquíes y afganos. Esos países tan jodidamente liberados, gracias a varias guerras empujadas por occidente de las que todos tenemos memoria.

En la misma línea, también supongo que queremos creer que los menores que vuelven a Marruecos estarán mejor con sus familias. Aunque es fácil intuir lo que subyace en la vida de esos niños y jóvenes que huyen de sus hogares o de las calles donde vivían. También dormiremos mejor si pensamos que las pateras en las que mueren personas a diario o la situación de miles de personas que han llegado a nuestras costas no es cosa nuestra sino suya: porque se subieron a cuatro tablones que les prometían un sitio mejor. Venían a nuestra casa y se han muerto en las puertas.

Lamentablemente, yo no tengo soluciones sino la certeza de que somos los testigos de una gran tragedia. A diferencia de otras guerras, otros genocidios, epidemias y desastres naturales de otras épocas, nosotros vemos las consecuencias en pantallas inevitables y, por eso, no podemos decir que no estamos al tanto. Pero ante la magnitud de los desafíos y la intencionada ocultación de las causas, lo cierto es que cada vez nos sentimos más indefensos y vulnerables. La globalización, la dimensión mundial de las decisiones económicas, políticas, sociales y medioambientales nos afectan, pero estamos lejos de poder intervenir. Sólo nos ofrecen dolor, el que cada uno gestiona como mejor sabe y puede.

Los que hemos cumplido cincuenta años vimos, muy jóvenes, aquellas acampadas que reclamaron el 0,7% para cooperación internacional. No hace tanto, celebramos una primavera de esperanza. En el mundo árabe, brotaron las revueltas y las peticiones de libertad y futuro; nuestras plazas se iluminaron con el 15M e incluso a las puertas simbólicas del poder financiero acamparon muchas personas bajo el lema “Occupy Wall Street”.

El ejercicio de memoria no puede más que dejarme un regusto amargo. Me reconozco vencida. Y sin embargo, hay muchas personas que aún no han bajado los brazos y que, en muchos casos, se juegan la vida por defender los derechos de otros y la salud de su tierra amenazada. Su coraje y su determinación son un último bastión de esperanza. Pienso en ellos y en que necesitamos semillas. Ojalá sean tantas y tan portentosas que sirvan para resetear por completo el sistema.

No dejo de pensar en la frase atribuida a Mahatma Ghandi: “Hay suficiente en el mundo para cubrir las necesidades de todos, pero no para satisfacer su codicia”. Ahora, somos muchos más habitantes sobre la tierra que cuando él expresó esta dicotomía; y además, nos han hecho creer que necesitamos demasiadas cosas, pero también se han dado notables avances científicos que pueden jugar a favor.

Me pregunto si seremos capaces de asumir los cambios. Estamos en un momento en el que más que parches, necesitamos reiniciar desde lo pequeño, desde la dignidad de todos y la generosidad de cada uno; y acabar con la codicia. Eso también lo he pensado este verano, contemplando la calma y la belleza del paisaje; o ante la fuerza de una brizna verde, que crece y da sombra y esperanza, contra todo pronóstico.

¿Cómo decir refugiado?

El 20 de junio es el día de los Refugiados. Un día especial que para ellos es uno más en medio de un calendario vital suspendido, una efeméride declarada por la ONU con el fin de llamar la atención sobre estas personas que se han visto obligadas a dejar su país. La guerra, la persecución o el terror expulsan a 24 personas por minuto, según datos de ACNUR.

El día de los Refugiados o la propia palabra podrían significar amparo, aunque distan mucho de serlo. Viendo las imágenes de los campamentos donde se hacinan miles de personas en todo el mundo, el 85% en los países en desarrollo, es difícil pronunciar la palabra refugio.

Más bien estamos ante una aspiración legítima en medio de la inclemencia y la intemperie. ¿Cómo llamarles refugiados si no se respetan los derechos contenidos en la Convención de 1951? 

Desde 2015, en Europa, al decir refugiados pensamos en Grecia, en Italia, en el Mediterráneo entero, convertido en una gran tumba; en el espacio de la desolación que, siendo tan cercana, apenas percibimos.

Nuestro 20 de junio de acomodados occidentales nos recuerda a la fecha del inicio del verano, el inicio de aquellas vacaciones escolares interminables que, en mi caso, discurrían en pisos sobradamente calurosos y tenían el premio de disfrutar del mar por unos días.

Pero lo cierto es que ahora ya no puedo mirar igual a ese mar que siempre fue un lugar mágico y sanador. En cierto modo siento que las decisiones políticas aplazadas me lo han robado. Me apena contemplarlo. A pesar de su belleza y el disfrute que me brinda bañarme en el Mediterráneo, ya no puedo quitarme de la cabeza los barcos abandonados a su suerte y la realidad de los náufragos. ¿Qué decir que no se haya dicho y escrito sin volver a usar palabras como vergüenza y barbarie? 

Ahora, ese paisaje tiene mucho de lo que ofrece este poema, incluido en la parte de «Verano», en mi libro «De paso por los días», publicado por Bartleby Editores.

NAUFRAGIO

Bañarse en el mar, 
las sombras encerradas 
en todas sus olas, 
el escozor del vaivén
de rocas y arena.

Morderse la sal 
de los labios. Ser consciente
de la memoria oculta
de los ahogados

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