Madrid, abierta por obras

Queridos turistas, viajeros y paseantes:

Como madrileña, siento ganas de pediros perdón. Cuando reservasteis vuestras vacaciones, nadie os aviso que Madrid era una zanja.
En la Puerta del Sol, os he visto sufrir esquivando obstáculos y vallas, el suelo a pedazos, las losas partidas conviviendo con tramos levantados y cubiertos con un batiburrillo de cemento y piedra.
Me disculpo con todos vosotros, que buscabais el reloj de las campanadas y la baldosa del kilómetro cero, o intentabais alcanzar la suerte en Doña Manolita, paladear el bacalao de Casa Labra o las napolitanas de La Mallorquina.

Paseantes y turistas a la deriva, en un mar de zanjas. Puerta del Sol, Madrid, agosto de 2022.

Me consolaría si pudiera pediros que volváis en unos años, aunque no pondría mi mano en el fuego por ninguna fecha, pero tampoco es el caso. Cuando acabe la pesadilla en esa plaza que es tan simbólica para nosotros y para muchos de quienes nos visitan o se hacen madrileños con el tiempo, no intuyo demasiados alicientes.

A mi modo de ver, la Puerta del Sol será un solar de granito y fuego, inclemente con lluvia y sol, sin rastro de fuentes ni de las florecillas que resistían con el aliento de un agua débil que, al menos, invocaba la vida. Ni siquiera resistirá la salida del tren de Cercanías, que bautizamos como «Ballena o Tragabolas», un engendro feo con ínfulas modernas al que, gracias a los recuerdos, nos habíamos acostumbrado, una vez convertido en el caparazón de un paciente animal que se ha sumado a la reclamación de las causas más diversas.

Este tumulto de ruido y polvo que es ahora la Puerta del Sol ha sido el escenario de nuestra vida. Muchos momentos colectivos colmados de emoción se desarrollaron bajo el antiguo reloj que marca el cambio de año y la guitarra encendida de los finos de Jerez que reivindican la alegría. Es fácil recordar los días y las noches del 15-M, los gritos de silencio, su petición de palabra y utopía… Pero antes y después, Sol ha sido mucho más. Allí nos concentrábamos en la hora silenciosa de las ocho de la tarde, cada vez que la banda terrorista ETA cometía un atentado criminal. A su plaza llegaron las manos blancas, los carteles precarios, las sábanas prendidas de deseos y preguntas. Desde las calles aledañas entramos muchas veces, como un enorme río desbordado, pidiendo el fin de la guerra y la violencia (Ucrania, Irak, Palestina, Siria, Colombia…), la erradicación de la pobreza o la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. También celebramos música y festejo, y siempre fue un lugar de encuentro porque, ante la duda, el sitio para volver a abrazarnos ha sido y es junto al oso y el madroño, aunque lo muevan de sitio a capricho.

Nuestra Puerta del Sol, siempre abierta y hospitalaria, himno y promesa, pasará a ser una inmensa explanada sin alma; y al tiempo (no digáis que nadie lo vio venir), será un espacio más para alquilar. Sus baldosas áridas y desalmadas serán el escenario del lanzamiento de nuevas zapatillas deportivas, cacharros tecnológicos de última generación o la nueva temporada de alguna plataforma. Es decir, un paseo de la fama para las multinacionales que puedan pagar cifras desorbitadas que, mucho me temo, no redundará en el bienestar de las personas sino, en el mejor de los casos, en los números rojos de algún cuadro contable. Ya está ocurriendo en Plaza de España cada dos por tres, donde también se ha invertido una millonada a cambio de una reforma bastante dudosa a mis ojos de paseante.

Plaza de España, un solar convertido en espacio publicitario. La publicidad como fiesta urbana.

No me extrañó ayer, queridos visitantes, vuestro desasosiego, vuestro deseo de escapar de una trampa para quien no conozca ese racimo de calles que se abre a otras zonas de la ciudad algo más transitables… No obstante, prestad atención. Si salís hacia la calle Segovia, también está cortada al tráfico. Hay carteles medio vencidos en las marquesinas, porque les ha debido caer la lluvia furiosa de la última tormenta y mucho calor. Por eso se han arrugado y apenas son visibles, convertidos en un acordeón modesto, un papel de cigarrillo sin tabaco. Pero en Madrid, no hay que arrugarse… Seguro que dando un par de vueltas llegáis a la calle Toledo, por donde se han desviado algunas rutas de autobús. Si no eres turista y vas sin prisa es una alegría, coges el bus de la EMT y por el mismo precio parece uno turístico sin megafonía. Pero si eres un turista, entiendo que no entiendas nada… y que tampoco quieras volver a esta capital de libertad y barra libre para licencias de obras.

Visto lo visto, me permito aconsejaros que salgáis de esta zona en busca de ese Paisaje de la Luz, a ver si es cierto que queda algo luminoso entre tanta sombra abominable. Aunque he de advertiros que la última vez que me acerqué al Círculo de Bellas Artes también crecían zanjas y nuevas losas de granito por la calle Alcalá.
Para que no os falte de nada, muy cerca de allí, la Puerta que la canción coreó para ser mirada también está envuelta en andamios y lonas. Ni corto ni perezoso, alguien se inventó la visita a la obra, como se hizo en la catedral de Vitoria de la mano de Ken Follet y sus Pilares de la tierra, pero claro, lo que mal se copia, mal acaba; aunque también es cierto que las entradas volaron como el sentido común de la Plaza de la Villa. Ya sabemos que somos muchos, y como explicó aquel torero: “hay gente pá tó”.

Alguien me dirá que el mejor momento para las obras es el verano, pero aquí están abiertas todo el año… Modestamente, creo que no se puede reventar una ciudad en mil zanjas cuando se aspira a ser un referente turístico. No obstante, tampoco lo seremos ni lo deseo si a cambio de eventos y obras faraónicas se destruyen los rincones con encanto; antiguos cines y teatros se convierten en hoteles de gran lujo; y comercios tradicionales que lucían una placa conmemorativa en su fachada porque eran singulares, están cerrados y acumulan tristeza y suciedad a las puertas de un templo civil que se alquila o se traspasa.

Salazar, la papelería más antigua de Madrid, un ejemplo entre tantos comercios que se pierden.

El gran consuelo es que en el eje Prado-Recoletos, ese Paseo de la Luz reconocido ahora por la Unesco, tenéis nuestros magníficos museos (Prado, Jardín Botánico, Reina Sofía, Thyssen), y salas de exposiciones (Caixaforum, Centro-Centro, Círculo de Bellas Artes, Casa de América, Mapfre…); la cercana bendición de El Retiro, algún café con historia literaria y árboles sedientos, que proporcionan buena sombra y una dosis de sensatez urbanística. En ese espacio, espero que os podáis reconciliar con Madrid. No son lo único bueno que nos queda, pero lo encontraréis sin dificultad en vuestros planos y guías.

Como buenos visitantes, estaréis al margen de los mentideros y las noticias que se publican sobre el Ayuntamiento y las declaraciones del alcalde. Tampoco merece la pena seguir su día a día. Sólo suma más ruido al de los martillos neumáticos y las excavadoras. Entre los más recientes, lo de Carmina Burana es un chascarrillo y el encendido de aspersores, una vergonzosa falta de coordinación entre departamentos, aunque parece que lo tomamos con humor. Pero que nos arruinen el paisaje de nuestras vidas es un crimen.

Eso sí, siempre nos quedará el cielo.

Aniversarios en Sol

Hace algunas semanas, subí caminando desde la calle Alcalá hasta la Puerta del Sol. Era una tarde de viernes primaveral. Parecía un regalo después de muchos días de lluvia y cielo gris. Madrid quería despertarse y sentirse bonita, a pesar de todo. Me senté unos minutos en un banco de piedra ante un trío de músicos que interpretaban piezas clásicas junto a las puertas de la Real Academia de San Fernando. Les dejé unas monedas e intercambiamos unas sonrisas de gratitud a través de las mascarillas.

A medida que avanzaba, la luz que se dejaba entrever al fondo del horizonte se convertía en un imán. Aún lejos, la Puerta del Sol se intuía envuelta en esos colores únicos y apabullantes del atardecer madrileño, rebosante de turquesas, violetas y anaranjados. Sin filtros, la cámara del móvil sacó una fotografía que parecía un cuadro impresionista. Quedaban aún unos días para que comenzara la campaña electoral y se celebraran las elecciones. Los colores y la tibieza de la tarde querían ser un guiño a una esperanza improbable. Tal vez tanta belleza estaba ahí para algo. Al menos, consolaba.

Desde lejos, distinguí a un amplísimo corro de personas. Al ser tantos y mantener la distancia entre sí, abarcaban buena parte de la plaza. Pensé que era alguna concentración autorizada, pero era una reunión espontánea alrededor de un músico que, con buena voz y su guitarra, interpretaba canciones alegres que todos nos sabíamos. No faltó quién se puso a bailar ni quienes se lanzaron a hacer los coros de aquellos temas de viejos veranos que traían un soplo de brisa del mar, cierto aliento de felicidad posible. Los ojos brillaban. Sentíamos que estábamos vivos.

El reloj del edificio que alberga la sede de gobierno de la Comunidad de Madrid dio las nueve. Y a los pocos minutos, un par de coches de la policía municipal entraban en el espacio peatonal de la plaza y acababan con la música. Al verlos llegar, el músico explicó que el permiso para tocar expiraba a las nueve. Se disculpó… A pesar del reciente cambio horario y la primavera que queríamos disfrutar, las ordenanzas eran claras. El público se fue dispersando sin rechistar, echando unas monedas en la funda de la guitarra, mientras yo me quedé remoloneando por allí, esperando que la policía se fuera. No había multa, no se llevaban los instrumentos ni la recaudación… “Buena onda, todo bien, me despisté con la luz y el cambio de hora”, me dijo Charly Alvarenga (en Instagram). Nos despedimos con un amplio gracias.

La policía cumplía órdenes, impedía la felicidad por unos minutos de más. Nos devolvía a esta vida reglada que condiciona tantas cosas pequeñas e imprescindibles. Seguí mi camino y me detuve ante el escaparate de La Mallorquina, ya cerrada. Aquel rumor de azúcar cálido, el recuerdo de sus napolitanas de crema recién hechas me devolvían el buen sabor de boca de una tarde que había iniciado con el propósito de cuidar del alma y el cuerpo, tan atravesados por las derivadas de la pandemia.

Han pasado muchas cosas dentro y fuera de la Puerta del Sol desde aquel 9 de abril en el que me iba haciendo nuevas promesas, mientras paseaba por algunos de mis rincones más queridos de Madrid.

En lo personal, cumplí 50 años e imaginé un texto, en línea con el del año pasado, pero luego faltaron tiempo y ganas para escribirlo; también ha habido muchas citas médicas, propias y ajenas, y lo que queda, demandando energía y llamadas, atención a la agenda y al cuidado, cierta paciencia que se agota entre vacunas, pruebas diagnósticas y consultas diversas. Afortunadamente, nada es grave, pero sí fatigoso, en unos tiempos en los que las fuerzas van muy justitas. En lo político, tampoco encontré el brío necesario para analizar algunos hitos de la delirante campaña electoral de las elecciones autonómicas madrileñas; y después, atragantada con la tristeza que me brindaron las urnas, tuve una digestión demasiado pesada en la que se juntaron unos resultados incontestables, una falta de autocrítica casi generalizada y un recital de improperios e insultos con los que se nos bendijo a todos los madrileños, desde una diversidad de rincones y voces que decían ser progresistas.

Reconozco que me estaba costando recuperarme de todo esto cuando la Puerta del Sol vuelve a las portadas de los medios, ya sea por el desfile etílico del fin del estado de alarma (que no solo se produjo en esta ciudad); y ante el inminente décimo aniversario de aquel 15-M con el que esa plaza madrileña también atrajo las miradas de medio mundo. Tampoco puedo olvidar que en Sol hemos visto concentraciones por Colombia (y las que quedan), y no tardará en llegar la bandera palestina (si es que no lo ha hecho ya).

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en un momento inolvidable de la película Casablanca. Y yo estoy por contestarle que sí, que el mundo se derrumba mientras unos se emborrachan, otros se lavan las manos o se frotan los ojos, y otros se curan las heridas o entierran a sus muertos. Confío en que también nos quede sitio para el amor porque de lo contrario, estamos perdidos.

Un gran amigo y fiel lector me dijo una vez que mis textos siempre median o terminan mal. Su reto era que un día me atreviera a darle la vuelta a la tristeza y acabar en alto, en plan locura. Pienso en él mientras alcanzo estas líneas sintiendo una doble derrota: por haber descubierto el plan y porque no soy capaz de hacer lo que me pide. ¿Cómo escribir la esperanza sin caer en un fallo enorme de coherencia narrativa? ¿Cómo mantener la chispa de la ilusión ante este cotidiano devenir de egoísmo?

Soñando otro mundo, en 2011. (Foto personal).

Quizás el único camino, a estas alturas del texto, sea volver a esa Puerta del Sol donde hace diez años empezamos a soñar otro mundo. Si alguien nos hubiera contado lo que íbamos a vivir en tan sólo una década no le hubiéramos creído. Aquel entusiasmo y compromiso colectivo es algo que no olvidaremos nunca quienes durante aquellas noches entrelazamos las manos y levantamos gritos silenciosos que estallaban en aplausos cargados de una contagiosa y feliz energía. En los años posteriores, hubo nuevas concentraciones y asambleas, movidas por la nostalgia y también por un deseo de cambio que seguía latiendo y aspiraba a más. El año pasado reinó el silencio. Este año yo solo tengo interrogantes.

Ahora mismo, es imposible tomarle la mano a alguien, más aún si es un desconocido; y manifestarse en un entusiasta enjambre humano como aquel. Me temo que la confianza en los procesos colectivos ha vuelto al espacio de la utopía, aunque me consuela saber que sigue latiendo y salva vidas en multitud de hospitales y en otros espacios de resistencia y solidaridad.

Juntos podemos ser más fuertes, pero esta pandemia nos ha metido a cada uno en nuestro rincón, desde donde hemos visto que se rompían muchos nexos mientras luchábamos por no rompernos. Si bien los recuerdos tienen una fuerza contrastada para sacarnos de amnesias y traumas, no estoy muy segura de que las fotos de hace diez años, las canciones de otros veranos o el sabor de una napolitana de crema vayan a salvarnos. Habrá que ir pensando nuevos caminos. Y si en ellos podemos seguir cantando y bailando como en aquellas horas de la primavera de 2011, será buena señal. No habremos muerto.

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