Miradas y ventanas del verano

Era aún julio cuando escribí la última crónica de este blog. Por entonces, el castaño que mide las estaciones frente a mi ventana, ya vestía otoño. También era una tarde asfixiante de julio cuando, antes de salir del metro, vi las escaleras y la rejilla del desagüe salpicadas de hojas exhaustas. Agostadas, pensé entonces, y jugué con esa ese intermedia. Madrid y yo misma estábamos agotadas. Por la temperatura y los meses transcurridos sin pausa, siguiendo el ritmo exigente de esta ciudad y las rutinas que nos atan a ella. Hojas muertas y personas al límite. Por eso, salimos en estampida. Por eso, buscamos refugios. Por eso, en agosto, se nos ve por todos lados e incluso, se pone de moda detestarnos, ese triste desatino.

Yo también me he escapado y confío en haberlo hecho sin molestar a nadie. Mis pasos cansados buscaban otros paisajes. Mis ojos sedientos necesitaban llenarse de agua. He regresado a lugares ya conocidos, lo que evita la ansiedad de ser turista. En Ginebra y en la playa almeriense de los últimos veranos, la hospitalidad de amigos y familiares me permitían sentirme como en casa, pero en otras casas. Habitaciones en las que, al levantar la persiana y celebrar un nuevo día para el ocio, no importaba desvelarse ni ver amanecer, desafiando la pereza que se iba instalando en todo el cuerpo.

A pesar de las elevadas temperaturas, disfruté mucho del verano ginebrino: la música y la animación en sus parques; la belleza del lago Lehman; las calles y monumentos de la ciudad vieja; la atmósfera del Café Literario junto al renovado Museo Rousseau; el cementerio de Plain-Palais, donde distintos bolígrafos reposaban sobre la tumba de Borges; el ambiente bohemio de Carouge; la escapada a Montreaux y al castillo de Chillon, tan distinto de como lo recordaba.

Ante el Mediterráneo, como siempre, un azul incesante me invitaba al baño, a flotar y nadar, a jugar con las olas, a contemplar durante horas un infinito de reflejos brillantes y también de sombras. Me resulta imposible no pensar en sus ahogados anónimos. A pesar de todo, el mar sigue siendo un bálsamo. Sus aguas, cada vez más preocupantemente cálidas, no tienen culpa ni responsabilidad. Son un bello escenario que las decisiones o la inacción política han convertido en inmensa sepultura. Igual que esos árboles que se caen sobre viandantes inocentes, heridos de desidia y condenados a venirse abajo.

Las vacaciones han sido propicias también para la lectura y la escritura. En la maleta, metí muchos más libros de los que pude leer, pero aún así, he disfrutado con tres títulos muy distintos que han dejado huella: Las fuentes, de Marie-Hélène Lafon; Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé y Punto de cruz, de Jazmina Barrera. En cuanto a la escritura, mis dedos han volado ágiles sobre el teclado del móvil donde crece un nuevo proyecto, mientras los libros publicados me hacían guiños, a través de reseñas y comentarios de nuevos lectores. De paso por los días (Bartleby, 2016), era incluido en el artículo “Cuatro refrescantes libros para el verano con la naturaleza como protagonista” firmado por Javier Morales en El Asombrario, demostrando que los libros no caducan. Siempre que regreso a la playa almeriense, me vienen a la memoria un par de poemas que surgieron en sus aguas y me repetí hasta que los pude memorizar, para escribirlos nada más alcanzar una libreta bajo la sombrilla.

Por su parte, Astillas (Bartleby, 2024), ha sido una fuente de alegrías y sorpresas inesperadas que comenzaron mucho antes de salir de Madrid. En la víspera de Santa Ana, mi madre me quiso hacer un regalo y me citó en Libro Ideas, la nueva librería que ha abierto en Príncipe Pío. Por supuesto, no hay mejor representante que una madre… Ni corta ni perezosa, preguntó por mi libro y cuando se lo entregaron, me presentó a los libreros, que no dudaron en ofrecerme firmar el ejemplar y dejarlo dedicado para su lector o lectora desconocido. Después, las redes sociales me han brindado la posibilidad de leer comentarios entusiastas para un libro que, a pesar de su tristeza, está encontrando su camino. De esta forma, Astillas cobra el mejor de sus sentidos: una forma recíproca de sanación. Los poemas que dolieron tanto son ahora espejo y refugio, es decir, reflejo; un temblor compartido que acompaña a otras personas.

Antes de hacer la maleta y regresar a casa, me detuve para mirar las fotos del verano y agradecer el disfrute de tantos días sin sobresaltos ni disgustos. Curiosamente, además de monumentos y paisajes, había hecho numerosas fotos de muy diversas ventanas y terrazas. En el azar de la recopilación, descubría la clave de este verano de 2024: mirar, por fin, hacia fuera después de tanto tiempo hacia dentro. Me llevo los colores de cielos cambiantes y espléndidos que se abren a nuevos horizontes. Sin buscarla, recordé la frase atribuida a Santa Teresa, que propone las ventanas como alternativa a las puertas cerradas. Seguramente, he deshecho la maleta mientras se van aflojando otros nudos.

En la rutina que nos espera, necesitaremos de una mirada amplia que nos permita soñar, ser y disfrutar en un espacio conocido donde no debemos permitir que el tiempo sea una condena. Feliz septiembre. Ya sabemos que ahora no comienza el año natural, pero para muchos, comienza el año.


Encuentros de poesía y mujeres

Los actos relacionados con la poesía y, especialmente, con la escrita por mujeres, han ido acumulándose en mi memoria y mi teléfono, con imágenes e ideas que ya, rara vez, anoto en libretas físicas. Por el camino, se cruzó la aparición de Astillas, mi nuevo libro, al que dediqué las pocas horas posibles para este blog. De nuevo, estas líneas son la escritura a destiempo, crónicas que quedaron a medias y, pasada la efervescencia de su presente, conservan el valor de la experiencia compartida para este camino de aprendizajes que es la poesía.

El primero de ellos tuvo lugar el 20 de abril, cuando la librería La Independiente, en Madrid, acogió un Vermut poético de Genialogías, asociación feminista de mujeres poetas de la que formo parte. Este tipo de encuentros, que comenzó hace años y tuvo su inevitable traspiés en la pandemia, ha vuelto con un formato nuevo en el que tres poetas abordan un tema que les concierne, en tanto escritoras y lectoras de poesía. La cita tiene algo de mesa camilla amplia donde se ponen en común más dudas que certezas. La confidencia guía un diálogo donde nos sentimos cómplices en la escucha y la palabra, con la honestidad y generosidad de seguir aprendiendo juntas.

Con el título ‘Lenguas del estado, una poética desde la periferia’, contó con María García Díaz, Berta Piñán y Begoña Chorques, de quienes apunto una breve presentación:

María García Díaz, (Pola de Siero, 1992). Escribe sus libros en asturiano o castellano. Es autora de Espacio virgen (Torremozas, 2015) con el que obtuvo el XVI Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven; Llírica astraición (Saltadera, 2016) o Suave la matriz (Saltadera, 2018).

Berta Piñan (Caño, Cangas de Onís, 1963). Es autora de una extensa obra poética, narrativa y ensayística. En cuanto a la poesía, que escribe originalmente en asturiano y traduce al castellano, cabe destacar: la antología Noches de incendio (1985-2002) (Ediciones Trea, 2005); La mancadura / El daño (Ediciones Trea, 2010) y Argayu / Derrumbe (Bartleby, 2024).

Begoña Chorques (Xàtiva, 1974). En 2016, publicó su primer poemario, Olor de manzana verde. Después, presentó el poemario Ausencia / Ausencia, en versión bilingüe (2018). Mantiene el blog personal Una cambra pròpia (Un cuarto propio). Ha publicado diferentes relatos cortos y la novela ‘Només una. Que si no, faré tard‘.

Para quien ha nacido y crecido en Madrid, para quien el castellano ha sido su lengua materna y la primera de todas las lenguas, la de cultura, la familiar y la que se estudia, fue muy interesante acercarme a la experiencia de tres mujeres que han tenido la suerte de conocer dos lenguas desde la infancia y han vivido una situación de conflicto y pregunta en la que la lengua podía ser a la vez, arraigo y desarraigo, elección o encuentro y también la constante presencia del neologismo, para inventar lo que aún no se ha dicho.

Inevitablemente, junto a esa cuestión que unía a las tres poetas, surgieron otras en las que me sigo sintiendo interpelada, como son las cuestiones políticas, el sentimiento de clase y la condición de mujer.

El encuentro nos brindó la aclaración conceptual entre lengua minoritaria, minorizada y la diferencia entre oficial y no oficial. El término periférico nos permitió salir de lo político y entrar en lo cultural. Se recordó la frase de Cioran: “no habitamos un país, sino una lengua”. Por eso, según dónde se nazca y viva, cuando se puede escoger, la poeta ha de elegir en qué lengua quiere escribir. Begoña Chorques reconoció que, al escribir en valenciano, optó por la lengua materna que había en su casa. “Aunque no la empecé a escribir hasta 4° EGB, yo escribo para recoger la lengua de mi madre y de mi abuela”. En el caso de María García Díaz, en su colegio no se estudiaba asturiano: “No fui alfabetizada en esa lengua. Fue voluntad propia estudiarlo por mi cuenta y con la poesía, la posibilidad de escribir en la lengua en la que te dan el cariño”. Por último, Berta Piñán explicó que su caso fue una elección consciente y política al llegar a la universidad: “Yo no sabía que lo que hablaba en casa era asturiano y que, por tanto, era la lengua en la que escribía desde la adolescencia. Al descubrirlo, me sumé a una corriente que existía entre algunas personas de la cultura, que vivimos la aventura de normalización de una lengua y en mi caso, hacerlo desde lo poesía”.

Después de su charla y la lectura de sus poemas, citaron los nombres y las obras de otras. Y así, pude anotar a Maria Mercè Marçal, Rosalía de Castro, Nieves Neira, Chus Pato, Maria Josep Escrivá, Teresa Pascual, Luz Pichel, Mirem Agur Meabe, Olga Novo y Leire Bilbao. En su relación y mi apresurado apunte, quedan obras pendientes por descubrir, barreras y prejuicios, la carencia de escucha dentro de un mismo territorio. Y también la determinación de buscarlas.

Seguramente, aún mecida por la música del asturiano, me fui el 7 de mayo a la presentación del último libro de Berta Piñan, Argayu / Derrumbe (Bartleby, 2024), que nos ofreció una tarde memorable en la librería La Mistral. Como dijo la periodista Lara López en sus palabras iniciales: “Un libro, un bosque, un encuentro… La posibilidad de ser o escribir como ella, aunque, no. Versos raíces que dan alas. Un libro lleno de senderos y de presente”. En aquel momento, en el que Astillas no era sino un secreto que se batía contra mis últimas dudas, las palabras de Berta Piñán fueron luz que no pude agradecer. Porque ella fue honesta al explicar cómo se había enfrentado a la edición de un libro “escrito hace varios años, para lo bueno y para lo malo, al que, al final, le quité poemas y le cambié la estructura”. Palabras como duda y herida nos hermanaban, también la escritura sobre el tiempo y estar ante un texto que nos expone, conscientes del reto de asumir ese desnudo, lo que se escribió hace tanto y ahora resuena de otro modo tanto en la autora como en los demás lectores. Las frases de Berta Piñán de aquella tarde no se deberían perder: “De la mano de las demás, es como escribimos, en un tapiz, lleno de hilos”, con una “escritura para estar en el mundo y para entenderlo y comprendemos en él”. Y al hablar de poesía, presentarla “como esa combinación de trabajo y misterio, ese lugar extraño en el que decidimos quedarnos muchas tardes, muchos días; aunque fuera haga sol y la gente se esté divirtiendo y nos llamen para tomar un café”.

En junio, solo pude compartir uno de los reencuentros que propició Genialogías, y compartir versos, mesa y mantel con ocasión de nuestra Asamblea anual. La cita sirvió para escuchar poemas e iniciativas de otras, proyectos de varias, impulsos de muchas, confidencias de todas. Tuvimos como invitada a Ana López-Navajas, quien nos explicó el proyecto europeo Women’s Legacy, que rescata el legado cultural de las mujeres silenciado en los currículos educativos, tanto de España como de otros lugares del planeta. Un proyecto que se presentó en 2022 asombrando al mundo y que, dos años después, corre el riesgo de perder su ilusionante impulso porque un cambio de gobierno ha implicado dilaciones, desinterés y palos en la rueda.

Aún no saben algunos que el feminismo y las acciones de las mujeres no dependen de sus decisiones. Que muchas somos conscientes del fraude cultural y educativo en el que crecimos y eso nos resulta insoportable. Que necesitamos, como el aire, rescatar el tiempo y la memoria raptadas. Women’s Legacy presenta una cadena de voces femeninas, por mucho que los manuales, los libros de texto y el relato de la crítica, se empeñe aún hoy en presentar poetas y escritoras desperdigadas como si hubieran sido un verso suelto, la excepción o la cuota. No somos nada de eso y, aunque sabemos de la belleza de los márgenes y de las flores de un día, vamos a seguir trabajando por abarcar todos los caminos que se abran ante los ojos, cada una los suyos. Sin pedir permiso, simplemente, siendo. Rescatando los versos de Julia Uceda, recientemente fallecida, otra voz robada que hubiera sido faro si todo hubiera sido distinto.

La caída

Para Manuel Mantero

Hay que ir demoliendo

poco a poco la sombra

que vemos. Que nos dieron.

Que nos dijeron «eres».

Hay que apretar las sienes

entre los dedos. Hay

que asentir a ese punto

-comienzo, duda o hueco-,

que yace dentro.

Y es preciso

que en una noche todo arda

-el «eres», el «seremos»-

y el terror polvoriento

nos muestre su estructura.

Es urgente bajarse

de los dioses. Tomar

el fuego entre las manos.

Destruir esos «yo» que nos presentan

una hilera de sombras agotadas.

Y dejarse caer sobre el principio

de la vida. O del sueño.

Ser solamente vida

presente. Sin recuerdo

de ayer ni de mañana.

Julia Uceda. (Del libro Extraña juventud, 1962)

Astillas, mi nuevo libro

Con alegría, con cierta timidez, con respeto a la palabra definitiva, me emociona anunciaros que Astillas, mi nuevo libro de poemas, ha salido de imprenta para llegar directamente a la 83ª edición de la Feria del Libro de Madrid, a la caseta de Bartleby Editores (232).

Astillas, Ana Belén Martín Vázquez. (Bartleby. Madrid, 2024)

Aún me cuesta creer que Astillas son ya páginas encuadernadas y temblorosas en el Parque del Retiro donde, en cuanto pueda, iré a su encuentro. Hace algunas fechas, cuando recorrí un Retiro primaveral que estallaba en buenos deseos, había comenzado el montaje de la Feria del Libro, pero aún era pronto para anunciar nada. Se trata de mi segundo poemario y aún así se repiten el titubeo de la impostora que pide permiso, la ansiedad y la torpeza de principiante. Algo parecido a lo que experimentaba cuando hacía teatro: por muy sabido que estuviera el texto, por muy ensayada que estuviera la obra y por muchas veces que la hubiéramos representado ante públicos diversos, las mariposas del estómago me tomaban por entero al exponerme ante otros con una voz y un cuerpo mucho más desnudos de lo que decía cualquier personaje.

Astillas es un libro escrito desde un dolor desconcertante. En él, apenas cabe un personaje ajeno, aunque la expresión poética siempre deja márgenes y espacios fuera de quien de lo escribe. Su título evoca la astilla que se clavaba en nuestro dedo infantil, provocando un dolor muy intenso, a pesar de surgir de un cuerpo minúsculo, casi invisible. En esa metáfora, se sustenta la sucesión de estos poemas que tienen su origen en momentos sombríos, una tristeza difícilmente explicable.

En la contraportada, Manuel Rico, director de la colección de poesía de Bartleby Ediciones, dice así: “La herida se proyecta en espejos imaginarios y encuentra su dimensión más inquietante en la realidad de la muerte y la experiencia de un cuerpo agotado. Los días, en cada amanecer, asoman inciertos, y la vida avanza bajo la sombra de obligaciones y renuncias que la condicionan y limitan. Para la poeta, la casa deja de ser refugio. El insomnio se funde con la memoria. Cada recuerdo, como cada palabra, dejan de acompañar, de ser cómplices”.

Como todos mis libros y proyectos literarios, Astillas es la historia de un largo viaje. Sus primeros poemas surgieron en 2018, en un inicio en tromba que buscaba una inalcanzable salvación a través de la palabra, un consuelo casi imposible. Los años de elaboración y relectura han acompañado lo vivido y, afortunadamente, confluyen en esta primavera y esta novedad editorial donde me permito interpretar esas astillas como el material con el que encender un nuevo fuego. Si el primer poema, un poema prólogo que enmarca el libro, parte de una invención de lágrimas a las que no se tiene derecho, el último apunta a un tú desvanecido que empieza a construirse en otro sitio. Astillas es la memoria rota de un tiempo difícil y también su costura, su apertura a la vida y al deseo negado.

Afortunadamente, la publicación de este libro cierra un período complejo. Por eso, nada me hace más ilusión que volver a la Feria del Libro de Madrid, y firmarlo el próximo viernes 14 de junio de 2024, de 19 a 21 horas, porque compartir duelo es una forma de volver a aferrarse a la vida. La Feria del Libro de Madrid es para mí un lugar mágico, casi mítico, donde los sueños han cobrado sentido en muchas ocasiones y, al igual que las astillas, también conecta con la infancia. Porque yo fui una niña que fantaseaba con estar al otro lado de las hileras de libros, en esos nombres que repetía la megafonía, y me emocionaba al ver que algunas pocas mujeres: Carmen Martín Gaite, Gloria Fuertes, Soledad Puértolas, Josefina Aldecoa, Maruja Torres… estaban al otro lado, aunque no hubiera rastro de ellas en mis libros de texto.

Agradezco a Bartleby Editores que lo haya alojado en su catálogo, donde también apareció De paso por los días. Algunos agradecimientos tienen nombre y apellidos: a Pepo Paz, por su trabajo y su esfuerzo, para que el libro y yo pudiéramos encontramos en la caseta 232; a Manuel Rico, director de la colección de poesía de Bartleby, por su lectura y su acogida; y a Cristina Morano, por su bella y atinada portada. Como todos los libros, Astillas ha sido posible también gracias a la inspiración de otras voces. Por eso, en las citas iniciales, he rescatado unos versos de “Desmesura”, de Francisca Aguirre, y un poema del tensó Tan cerca de ningún lugar, de Alberto Cubero y José Luis de la Fuente. El libro está dedicado a mi madre y a mi padre, porque es un alegría que lo puedan coger con sus manos. Además, al margen de los nombres impresos, responde a una gratitud inmensa hacia quienes me leen y me alientan a seguir en este extraño lugar de la poesía y la escritura.

El libro estará disponible desde el martes 11 de junio en la caseta de Bartleby Editores (232), y en librerías el 24 de junio de 2024. Y mientras me enredo en palabras y deseos, me pongo a jugar con ese número capicúa íntimamente perfecto y con la noche mágica de San Juan, donde se celebra la renovación del fuego, y siento la fuerza de una fuerza inspiradora a la que aferrarme, después de todo.

A partir de ahora, Astillas es vuestro. Ojalá le deis cobijo y os acompañe.

La poesía de Rosa Lentini: belleza a partir del daño

En el marco de una nueva sesión del VII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, coordinado por Alberto Cubero, tuvo lugar un iluminador diálogo entre la poeta y traductora Rosa Lentini y el psicoanalista Juan del Pozo. Quienes escribimos poesía sabemos de su misterio, por eso, fue tan revelador y tan generoso el testimonio de Rosa Lentini quien, dando luz a su memoria y escritura, nos dejó pistas y preguntas, palabras y autores donde seguir indagándonos. Su lectura y la reflexión sobre su obra nos situaron ante cuestiones como la verdad; el peso del inconsciente y lo oculto; cuanto hay de sinceridad y máscara en el lenguaje poético.

Rosa Lentini se centró en los tres libros que han conformado lo que ella misma definió como su trilogía de objetos rotos o trilogía de la hostilidad: Tuvimos (2013), Hermosa nada (2019) y Fuera del día (2022), todos ellos publicados por Bartleby Editores. A través de sus poemas, regresamos a su infancia (y nuestra infancia), la niña maleable y férrea en la que me reconozco fácilmente; las relaciones familiares, los silencios y las mentiras de ese ámbito tan poco idílico en demasiadas ocasiones. Su voz acogedora y profundamente sincera nos fue llevando de la mano por territorios complejos como la culpa, el acecho, el abuso o los sueños.

Tras la lectura, el psicoanalista Juan del Pozo ofreció algunas reflexiones fruto de haberse adentrado en la obra de Rosa Lentini y de las conversaciones previas al encuentro presencial del 19 de abril, en una pequeña sala colmada nuevamente por la escucha más atenta. De su diálogo surgieron conexiones que me concernían, quizás porque, como dijo del Pozo, todas las vidas pueden ser las de cualquiera, pero cada quien tiene la suya que es única. Y lo que escrito así puede soñar a laberinto, tiene todo el sentido. Por eso la palabra poética y la literatura nos permiten conocernos leyendo a otros, igual que volver a decir y escucharnos en un tratamiento psicólogico que, por fin, nos permite comprender y perdonar(nos) y, “a partir de ahí, apartar el pasado para dejar espacio donde construir futuro desde otro lugar” de nosotros mismos. La gran revelación de la tarde fue subrayar la importancia del tiempo, radical en el poema y en el psicoanálisis. “Mientras la experiencia puede repetirse una y otra vez, el poema ofrece un presente que anuda pasado y futuro, es decir, los tres tiempos. Alcanzamos así el momento de la salud: no solo el trauma pasado, ni los castillos en el aire de un futuro irreal, y tampoco un presente sin expectativas”. Qué maravilla escuchar y sentir que “el poema nos lanza a la vida”, y entender así parte de mi propia escritura y de mis silencios también.

La conversación fue extraordinariamente rica en matices. Rosa Lentini reconoció en su poesía una huella fotográfica de la memoria, hecha de fragmentos, pero insistió en que: “por sí misma, la escritura de poesía no libera ni hace confesar. Lo que sí libera es hacer del dolor una obra de arte, cultivar la propia miseria y hacerla fértil, al ofrecérsela a los demás. Transcendiendo, gracias a la máscara que propicia que seas más capaz de contar, en el sentido de crear una ficción, esa cualidad que está en la raíz del ser humano y lo diferencia del resto de seres. Máscara y verdad están muy unidas, aunque siempre se cree lo contrario”.

El lenguaje fue otro de los ejes de la conversación, “ese código que el poeta usa con total libertad: cerca del niño, que recibe palabras que para él carecen de significación, y generando tantas interpretaciones como lectores”. En una experiencia que puede parecerse a la del psicoanálisis, donde de pronto “algo resuena y cuando ocurre, nos quitamos el corsé de lo que íbamos entendiendo hasta ahora”. Y las conexiones y los paralelismos continuaron, porque en la escritura y en la conciencia hay un mosaico, un tapiz de unos cuantos hilos de los que tiramos al escribir y al vivir. Casi cerrando el debate, dijo Alberto Cubero que “el poeta escribe desde la falta y con un lenguaje que es insuficiente”. Respondió Rosa Lentini que “las palabras son una forma de protección; el lenguaje es una cárcel pero también una liberación”. Y yo me quedé ahí, sumida en tanto… alojada en las palabras que son memoria y en las que han de venir, en los libros pendientes de leer, entre ellos, la ferviente recomendación de Lentini para que nos adentremos en Delleuze.

También, por supuesto, tengo que volver a leer los libros de Rosa Lentini cuya poesía os recomiendo. Como muestra, este poema, que leyó en esa remota tarde de abril y que sigue, al igual que todas sus palabras, resonándo(me).

TSUNAMI (1)

Espera, espacio al que nacemos,

codicia de las aguas previniéndonos,

obligados a imitar las ciudades

que erigen muros de contención

y puentes cruzando esos muros

aún después de largos años de calma.


El cálido sur hacia mí

impone esa barrera

y el sur-a-mi o la devastación

que arrastra la quietud.


Diez metros de piedras levantadas

no nos protegerán.

Rosa Lentini (Barcelona, 1957)

La poesía de Juan Carlos Mestre y la desobediencia de las palabras

En mi crónica literaria anterior, anticipé varias fechas señaladas en par o impar, rojo y poesía para la siguiente semana. Afortunadamente, las fuerzas acompañaron y disfruté mucho de todas ellas. Aquí os dejo una parte de lo vivido y escuchado (continuará). Reescribirlas para mi blog es una forma de pensarlas, compartirlas y mantener el recuerdo, lo que supone, etimológicamente, volver a pasarlas por el corazón. Creemos que lo escrito permanece. Yo siento que sigue latiendo.

El pasado 16 de abril, la apertura de los actos de la XXV edición de Vallecas Calle del Libro comenzó con un magnífico y emotivo homenaje al poeta Juan Carlos Mestre. Manuel Rico, escritor y crítico, avisó a quienes le iban a escuchar por primera vez: “un poeta muy personal, profundamente comprometido en favor de la libertad, los derechos civiles y la memoria, con una voz que potencia aún más la que ya es, de por sí, una poesía dominada por un lenguaje vivo, lleno de iluminaciones, incertidumbres, quiebros imprevistos e imágenes deslumbrantes”. Estaban bien avisados los neófitos.

A continuación, tomó la palabra el poeta Antonio Crespo Massieu, encargado de la selección y el prólogo del libro titulado La desobediencia de las palabras, publicado por Bartleby Editores y entregado al final del acto a todos los asistentes. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se preguntaba y respondía Crespo Massieu, desde un conocimiento profundo y afectivo de la poesía de Mestre, entretejiendo las palabras de ambos: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”. Todo ello desde “un compromiso cívico que mira el horror de la historia con la terca voluntad de alimentar los sueños y proclamar la necesaria verdad de la esperanza”.

Las palabras esenciales de la poesía de Mestre volvían a enunciarse, y junto a ellas, los nombres de autores que han señalado su camino: Keats, Char, Camus, Celan, Benjamin, Arendt o Ajmatova… También la referencia a los títulos publicados por el poeta berciano, a lo largo de cuatro décadas, como una forma bellamente hilvanada de presentar su poética, yendo de la desgracia a la desobediencia pasando por la Antífona, La tumba de Keats, La casa roja o La bicicleta del panadero y acabando con 200 gramos de patacas tristes, un libro escrito en gallego que rinde homenaje a quienes hablaron esa lengua casi en secreto, en un acto de amor clandestino. Cerró Antonio Crespo su intervención como cierra el maravilloso prólogo de esta antología: “Ojalá algún día las estrellas sean para quien las trabaja”. Y todos asentimos con él.

La luz azulada que inundaba el escenario podía ser el cielo para esas estrellas en un auditorio asombrado en la voz de Mestre, que nos ofreció un recital en estado de gracia. Volvió a emocionarme como la primera vez, a pesar de las numerosas ocasiones en las que he tenido la suerte de escucharle. Me sorprendí a mí misma al reconocer que me sé de memoria muchos de los versos de sus poemas más celebrados, aunque me costaría recitar alguno de los míos. Agradecí haberme concedido el tiempo y el espacio para compartir aquellas de horas de homenaje y expresarle así, desde mi butaca, mi gratitud por el aliento y la confianza que siempre me ha transmitido, haciéndome creer que tenía sentido perseverar en la escritura.

Y después de esos poemas, después de la llamada a los ebanistas y la denuncia de los sátrapas, tras la memoria de la necesidad en los antepasados y el cruce de caminos entre “Cavalo Morto y Lèdo Ivo”, cuando los aplausos nos devolvieron a la realidad, tuvo lugar un breve coloquio entre los tres poetas y amigos, que aprovecharon para hacerse nuevas preguntas y nos ofrecieron así la magia de la confidencia y la camaradería, junto al respeto y la admiración mutuas. El acto concluyó con un largo poema de Juan Carlos Mestre, el mismo que cerró el recital “Poesía por Palestina”, organizado en Madrid (y otras tantas ciudades del mundo), el 20 de enero de 2024. El quinto mandamiento, «No matarás», repetido y doliente, volvió a conmocionar a quienes lo escuchamos, quedándose en el aire de las plegarias desatendidas, los ojos llorosos y la certeza de esta infamia contemporánea.

Tantos días después, cuando por fin publico estas líneas, esa guerra genocida sigue avanzando. Tantos días después, Mestre ha copiado el poema completo en sus redes sociales.

Os dejo la primera y la última estrofa de ese poema en prosa que escuece donde dice:

No hay escuelas en los cementerios, ni pájaros de Zarover que murmuren entre los salmos. Nadie necesita ser amigo de una cruz para convertirse en otra cruz. En el corral sacrifican al cordero y sobre las mortajas despuntan las estrellas con los dientes rotos. Toda persona es un igual entre la especie humana y ninguna salvedad enmudecerá su espíritu ante la degollación de los inocentes.

(…)

Son los tanques frente a lo único verdadero, la vida, el valor absoluto, es la ruina moral de los actos de fuerza, la disimetría del conflicto, la violencia irrestricta contra la modesta condición de las víctimas. Llámalo como quieras, pero entiéndelo de una vez para siempre, no hay escuela en los cementerios, escrito está, escrito estuvo y escrito sigue en las Tablas: No matarás, no matarás, no matarás.

Juan Carlos Mestre

Quien quiera leerle, puede empezar por este regalo…

Encuentros con la poesía

Las semanas transcurren como ráfagas, mientras las obligaciones y las averías domésticas consumen el tiempo por entero o roban las horas que había soñado para mí. Mientras tanto, no paran de nacer libros, surgir encuentros y lecturas, pero me es imposible atender tantas convocatorias. Desde estas líneas, van también mis disculpas por las ausencias.

Reconozco que el cansancio y un cuerpo que requiere horas de ejercicio y cuidados no pueden con más horas de escucha sobre una silla, aunque íntimamente anhelo el encuentro con la palabra, para seguir alimentándome. Por eso, los viernes, algunos viernes, he acudido a su cita. La promesa del fin de semana y la celebración del abrazo aplazado me han dado el empujón definitivo. Aunque no haya habido tiempo para la crónica ni la reflexión posterior. Quizás no sea tarde, sobre todo, porque si se recuerda y se escribe, permanecerá.

En el VII Ciclo Poesía y Psicoanálisis, una de las actividades enmarcadas en los ‘Diálogos con el Arte’ que organiza el Foro Psicoanalítico de Madrid, escuché la voz poética y reflexiva de Arturo Borra que conversó con el psicoanalista Gabriel Hernández el pasado 15 de marzo. Una vez más, el diálogo, coordinado por Alberto Cubero, entre un poeta y un psicoanalista propició una atmósfera de íntima confianza en la que Arturo Borra nos hizo partícipes de sus poemas y sus procesos creativos “en estos tiempos, en los que peligra la hospitalidad de la escucha”. Frente a ese contexto, Borra nos dijo: “la escritura de la poesía busca cavar un pozo o abrir grietas. Es un ejercicio incómodo al que entregamos nuestro tiempo, y no sólo el tiempo; a cambio de, nada más y nada menos, que la propia poesía”. Su voz continuó: “uno escribe desde la intemperie, arrojado a una tierra de nadie que rebasa lo sistémico. La poesía apunta a otra lengua que no es comúnmente aceptada y, sin embargo, el acto poético es un acto de comunión, porque la poesía abre lo simbólico, surge de una experiencia de asombro y conecta con lo que no es decible, ofreciendo una propuesta de diálogo entre iguales, entre autor y lector”. Se citaron muchos autores, entre ellos, los que apunto en esa lista imposible de un ocio más ancho: Eduardo Milán, Jacques Derrida, Roberto Juarroz, Julia Kristeva, Mark Fisher… Mientras los propios libros de Arturo Borra volvieron a recordarme su lugar en las estanterías de casa, en especial, el titulado Poesía como exilio (Prensas de Zaragoza, 2017).

Tras la pausa de Semana Santa, Ana Martín Puigpelat y Leandro Alonso, nos convocaron a la presentación de su último trabajo. Me reconcilié con el mundo cuando la poeta y editora Nares Montero reconoció que “la incomodidad es muy fértil”. Guardé esas palabras como amuleto presente y futuro, para luego, adentrarme en el libro que nos reunía, titulado La inversión o el reflejo, editado por Evohé. Entre montajes fotográficos profundamente inspiradores y poemas cuyo principio y proceso han olvidado sus autores, este trabajo a cuatro manos nos habla de lo impersonal y de la creación desde el nosotros, de la fuerza de un lenguaje casi telegramático y el peso de lo fragmentario, del poder evocador de la imagen y la palabra que se intercambia y crece.


Sin cerrar nada, cierra esta crónica de urgencia contra la amnesia, el acto organizado por la Asociación Brocal y celebrado el pasado el pasado viernes en Alcobendas, en torno al libro titulado Extravíos (Kaótica Libros, 2023), de Esther Peñas quien dice “escribir sin pensar” y reconoce este texto como un “libro a caballo entre lo reflexivo y lo poético, donde el amor, como territorio no conquistado por el capitalismo nos acoge». La conversación entre Esther Peñas y Alberto Cubero fue de nuevo inspiradora. Benditas sean las personas que aún sostienen que: “la mejor forma de vivir es hacerlo con gratuidad, y cuanto implica de cuidado, escucha, detalle y acoger al otro… Al margen de la recompensa”. Reconocía Esther Peñas que recibimos muchos impactos que nos distraen de lo que verdaderamente nos importa. Por eso, insistió en la importancia de recordarnos qué queremos y de ser honestos con nuestro deseo. Algunas de las palabras clave de la velada fueron belleza, bondad, esperanza y verdad, también la importancia de lo pequeño y los márgenes. Ojalá se cumpla su bella proclama, “distraídos venceremos”, y cada una de las “bienaventuranzas futuras” con las que se cierra este libro. Así, por ejemplo: “Bienaventurados los que no saben, porque serán colmados de flores. (…) Bienaventurados los astrónomos, pues ellos trazarán el camino”.

En una de las sillas, reposaba antes de llegar a manos de Esther Peñas, un ramo de lilas silvestres. Un regalo, un recuerdo y un guiño al tiempo, que me hizo recordar mi poema ‘Rituales’. Aquí lo dejo también, porque en estas fechas es inevitable.

Rituales

Los lilos ofrecen sus flores

en ramas cercanas.

Su generosidad sorprende.

Su entrega los desnuda.

Un golpe de nostalgia

sacude sus hojas firmes,

las astillas del tronco,

el perfume en los pétalos.

Son las lilas de la abuela.

Las vimos llegar

al jarrón verde de barro

en los años de la infancia.

De paso por los días, (Bartleby Editores, 2016. Madrid).

Esta nueva semana arranca con varios días marcados en par e impar, rojo y poesía:

– 16 de abril. Homenaje a Juan Carlos Mestre, dentro de los actos de la XXV edición de Vallecas Calle del Libro.

– 19 de abril. Nueva sesión del VII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, con Rosa Lentini.

– 20 de abril. Vermut poético de Genialogías: ‘Lenguas del estado, una poética desde la periferia’, con María García Díaz, Berta Piñán y Begoña Chorques.

Ojalá las fuerzas den para todos ellos. Ha llegado la primavera, estoy a punto de celebrar otro Día del Libro, es decir, de inaugurar otro año vital y renovar mis deseos. A pesar de cansancios y silencios, toca ser quien soy y amar cuanto me constituye. Si podéis y queréis, nos vemos por el camino.

Despedidas

Al volver del tanatorio, se me ha roto el reloj y solo tengo ganas de beber vino y comer palitos de anís para darle una patada a la muerte en la cara, decirle que no ha vencido.

Algunas flores que me regalaron el día que te fuiste al hospital, la última vez por tu propio pie según me han contado, siguen extrañamente vivas, desafiantes, en un jarrón azul que te recuerda. Dicen que te has ido buscando la flor más azul del mundo. Ahora, yo le pido a los dioses que queden en este mundo roto, les suplico… que no vuelvan a permitir que un amigo se vaya al otro lado de un portazo, dejándome tan sin aire y sin asideros, con tantas preguntas inhóspitas. Porque ya son muchos. Y en mi dolor se hacen los múltiplos de lo indecible.

¿Qué existencia es ésta que no permite abrazar a quien quieres, despedir de forma consciente? ¿Qué tipo de vida nos impide anticipar el adiós de alguien que estuvo tan cerca del alma, quizás sin saberlo?

Ayer alguien blasfemó al conocer la noticia, y le comprendo. Yo, que aun no blasfemo, me pregunto por el sentido del dolor, por esta desolación de las razones, por este sinsentido de las vidas con finales abruptos.

Puedo decir los nombres… Lupe, Juan Pedro, Eugenio… Por no decir Dagmar o Marta, cuya marcha intuimos sin poder rezarlas, porque no había oración. O desde la mirada de otros, decir Paco, Rodrigo, Leticia, Enrique, Jesús o Ana… personas que han retumbado porque su eco conmovió mi piel sin haber tejido más que un contacto efímero, más digital que presencial, que, no obstante, dejó la herida honda al contagiarme con el dolor de la pérdida profunda de otros.

Maldigo la muerte con todas sus letras. Aunque fuera anunciada tuvo lugar a deshoras. Había planes, había besos pendientes. Si como ayer, no tuvo indicios, dejó una desolada intemperie, un no creer.

Es lógico que tanto dolor acumulado clame contra un cielo que ayer se rompió a granizo. El cielo sabría por qué, iniciando marzo, con los cerezos en flor y la primavera en ciernes. El granizo sabía de su furia.

Justo ayer, celebramos y compartimos poesía al mediodía. Sin saberlo, recordamos voces que estaban a minutos de extinguirse o de encontrarse en un abrazo enlutado.

Escribo estas líneas mientras el sol se pone sobre Madrid. Hoy las nubes están más altas y el sol se cuela entre sus resquicios. Aun no llueve, aunque el pronóstico lo anuncia.

Desde mi cocina, diviso la mole imponente del Hospital Gómez Ulla. Un rayo de sol impacta sobre una ventana que parece un cuadrado de plata encendido. Me pregunto por quién duerme en esa habitación y le deseo una prórroga entre sus seres queridos, una oportunidad para llamar a quienes aún no saben que es grave.

Yo no blasfemo. Mi remota educación religiosa, el respeto a mis mayores me impide la palabra contra Dios… Pero rezo, cada tanto, aquel poema de César Vallejo.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

César Vallejo. Los heraldos negros. (1919)

Me quedan muchas cosas, y en estos días, más que en otros, soy plenamente consciente. Salud y amor me sostienen. Y la poesía permanece, por si pierdo pie. Abracemos en vida todo cuando sea posible.

Un clamor no tan inútil

Ayer, 20 de enero de 2024, se convocaron más de un centenar de manifestaciones por toda España, para pedir la paz en Palestina y señalar el genocidio que está cometiendo el gobierno de Israel, contra un pueblo reiteradamente masacrado y ninguneado. También se desarrollaron 28 recitales poéticos con la misma causa. El de Madrid fue el primero en organizarse. A mediados de diciembre ya estaban buscando personas para coordinarlo y poetas que quisieran sumarse. Cuando se convocó la manifestación, estaba casi todo listo. Por eso se mantuvo, porque se podía ir a los dos sitios, antes o después, ninguna convocatoria sobraba. Todas las fuerzas, los pies, las gargantas hacían falta. En paralelo, se había prendido la chispa: poetas de otras ciudades fueron organizando otros, primero, en España; después, en ciudades de Bélgica, Suiza, Argentina, Colombia, Chile, México, Perú, Uruguay y Venezuela. Un total de 44 recitales y más de mil poetas.

Casi siempre, al amanecer de los sábados, el día llega con la huella del cansancio de la semana laboral previa. Me apetecía remolonear en la cama, bajo los rayos de sol que se colaban por la persiana… Pero sabía que era más importante levantarse por Palestina, ese gesto imperceptible de vencer el cansancio acumulado y vencer también la inercia de dejarse arrastrar por el para qué.

¿Para qué iba a servir volver a las calles? ¿Para qué recitar versos propios o ajenos invocando una paz que no parece importar a nadie? Pues, para estar de acuerdo conmigo misma, para no dejarme llevar. Me servía para plantar cara a la censura, al silencio, a la capa de secreto que había cubierto las convocatorias y su trabajo previo. Todas las convocatorias se habían transmitido más entre las personas y los medios de los márgenes que en los grandes altavoces. Las descubría zafiamente ocultadas por las principales redes sociales que quedaban en evidencia, mostrando sin tapujos por dónde va la verdad y por dónde sus intereses, y me dejaron ante otra pregunta inesperada. ¿Para qué seguir publicando en ellas, regalando mi trabajo (fotos, textos, poemas…), en el marco de una presunta libertad de expresión que está al servicio de intereses que no comparto? Esa pregunta sigue pendiente, mientras las otras se resolvieron. Ya veremos.



¿Para qué ir a la manifestación? Alcancé Cibeles cuando ya se intuía la llegada de la cabecera de la marcha. Me colé entre sus participantes y caminé en sentido contrario para hacerme una idea de su número y densidad. Coincidí con alguien que conozco (y eso pasa cuando somos pocos), pero no vi a otros muchos que estaban allí (así que, no éramos tan pocos). Se me llenaron los ojos de lágrimas al ver los pañuelos y las banderas palestinas que son el reciente sudario de más de 25.000 personas, la cifra de palestinos asesinados desde el 7 de octubre de 2023. Al escuchar el grito de Intifada, recordé cuantas veces he marchado por Palestina. Me emocionaron las banderas de Sudáfrica, y agradecí profundamente a ese país haber dado el paso ante la justicia internacional, en un proceso que será largo y se antoja extraordinariamente complejo, pero que al menos, llama al gobierno israelí genocida y asesino, lo mismo que deja entrever el Secretario General de Naciones Unidas o que piensa buena parte de la población, según las encuestas que confirman que aun nos duele tanta barbarie, ya sea en España o incluso entre los jóvenes de Estados Unidos. Me conmoví ante un grupo de mujeres jóvenes, cubiertas por el hiyab, que cantaban y danzaban en una reclamación de justicia que encarnaba la resistencia de un pueblo entero. Les agradecí su ejemplo, su energía y resistencia, su alegría frente a la adversidad. Pensé que sólo verlas me había dado la respuesta de para qué acudir a la manifestación. También sé que a la próxima, el día 27 de enero, volveré a ir por ellas.

Como la hora de mi turno de lectura se acercaba, dejé atrás a quienes seguían llegando a Cibeles, y me fui al recital. Se celebraba en el CSOA La Ferroviaria, donde ya, en marzo de 2022, fuimos convocados para leer contra la guerra de Ucrania, cuando se cumplía un mes de una invasión que el mes que viene tendrá ya dos años. Era fácil preguntarse para qué los versos, si estos iban a tener el mismo efecto sobre Netanyahu que el que hicieron sobre Putin. Ninguno. Pero, inmediatamente, pensé en las jóvenes de la manifestación previa y desterré de mi cabeza los nombres de los asesinos.

El grupo que leyó en Madrid, en el turno de 14 a 15 horas.

¿Para qué reunirnos en torno a la poesía? Para pronunciar nuestra palabra junto a la de poetas palestinos, vivos o muertos, residentes en Gaza, Cisjordania o en su amplio exilio, y darles voz en una asamblea de afectos y reencuentros, como si los suyos fueran posibles. Para escuchar el español y el árabe, con sus múltiples acentos, y pronunciar sustantivos y verbos con los que convocar la esperanza: pájaro, amor, cielo, hermana, amanecer, flores… Para ejercer una cierta resistencia, frente a la muerte y su barbarie, y construir un abrazo colectivo que nos mantuvo doce horas de escucha, como en una modesta y nutrida vigilia a favor de la paz. Para recaudar fondos destinados a UNRWA, la agencia de Naciones Unidas que trabaja con los refugiados palestinos desde hace décadas, a través de la donación de nuestros libros y la compra de otros. Para recordar a Refaat Alareer, un escritor y activista gazatí que fue asesinado junto a su familia por las tropas del ejército israelí en el norte de la Franja Gaza, el pasado 6 de diciembre de 2023. Su poema, escrito el 1 de noviembre y titulado “Si he de morir”, está dedicado al que era su hijo y hoy es otro de los miles de menores muertos en esta maldita guerra. Sus apenas veinte versos siguieron vivos, convertidos en un bello díptico, ligado a una hucha de resistencia, también para UNWRA. En mi memoria queda para siempre y resuena el poema entero, pero quizás estábamos allí por lo que dejó escrito en sus últimos versos:


Si debo morir,
que traiga esperanza,
que sea un relato.

Eso es lo que hicimos ayer, en las calles y en los recitales, al decir y al escuchar, al reconfortarnos en el reencuentro con tantas personas queridas que vemos tan de tarde en tarde. En memoria de quienes no pueden hacerlo, seguimos tejiendo el relato contra el genocidio y la muerte de miles de inocentes; el relato de la esperanza posible entre quienes se aferran al abrazo y rechazan que todo sea inútil.

Palabra de guerra o de paz

He dejado atrás semanas difíciles, marcadas por las palabras. Las que no se dicen, las que se malinterpretan, las que generan un equivoco mayor que el que intentan solventar y se multiplican en una espiral diabólica… Palabras enredadas, palabras dardo, herida, maldición, rasguño…

Su errático decir ha resonado en mi cabeza como un castigo. El insomnio y la jaqueca han sido permanentes mientras el aturullamiento verbal se hacía lenguaje, dejándome indefensa. A mí, que siempre tuve la palabra por aliada, que escribí como quien sueña.

Por eso, opté por el silencio. Pedí una tregua. Me refugié en algunos libros y películas, las palabras de otros; y en el paisaje, su calma sin lenguaje. Mejor callada, si no iba a ser capaz de pronunciar la palabra precisa, eficaz, mágica, sanadora, compañera…

En ese retiro mudo estaba el pasado 7 de octubre, cuando se produjeron los ataques de Hamas sobre Israel. Quise escribir algo, quise decir, pero me mantuve en silencio. No encontraba ninguna palabra capaz de explicar o contrarrestar tanta barbarie. Sabía, como sabe cualquiera que haya estado al tanto de las relaciones internacionales contemporáneas, que se trataba de otro salto hacia el abismo colectivo. Un hito gravísimo para un conflicto interminable.

Una semana después, ¿cómo escribir ante las imágenes que hemos visto de Gaza e Israel? Es dolorosamente irónico que esa zona, que se denomina “Tierra Santa” y fue escenario de las Sagradas Escrituras, sea la que ha acumulado tantas palabras dichas y escritas en vano durante décadas. De los diez mandamientos que aprendimos de pequeños, el segundo decía: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. ¿Cómo no preguntarse si existe dios? ¿Cómo no dolerse de lo que han hecho sus criaturas en su nombre a lo largo de los siglos?

El llanto de los supervivientes y heridos ha cubierto miles de cuerpos inertes, mientras los distintos actores desplegaban el lenguaje de la venganza o la diplomacia, con todos sus silencios y coartadas estériles, con sus intereses e intenciones en susurro. Y mientras, los gritos de dolor, a uno y otro lado. Gritos que no alcanzan a ser lenguaje articulado y nos igualan en lo humano de la lágrima. Gritos que son interjección desesperada. Y sábanas, abultadas y calladas, miles de sábanas que albergan cuerpos de todas las edades.

He estado tentada de compartir mi análisis de lo que estaba sucediendo, como he hecho otras veces, pero sabía que las redes sociales no son espacio de diálogo y evité meterme en el ruido… Pero ahora, con el corte de suministros básicos y el ultimátum que pesa sobre la franja de Gaza, medidas contrarias al derecho internacional, se me está haciendo nudo todo lo visto y escuchado. Y escribirlo es la forma de soltarlo, porque he conocido a palestinos e isralíes que anhelan la paz, cuyo dolor está silenciado bajo la amenaza de las armas.

En un acto imaginario imposible me veo ante el líder de Hamas, que ordenó los ataques del 7 de octubre, preguntándole para qué. La misma pregunta que le formularía a Netanyahu, que con la respuesta militar y el ultimátum sobre la población civil de Gaza está actuando de la misma forma ilegal que lo hizo Hamas, sumándole la desproporción de fuerzas. ¿Para qué, si en lugar de favorecer el acuerdo lo vais a imposibilitar?

Sabemos que un Estado no puede actuar igual que un grupo terrorista, salvo que opte por el terrorismo de estado. Además, como bien explica Jesús Núñez, en el artículo Palestina hundida en la barbarie, publicado en El Diario: “La guerra no comenzó el pasado sábado y, por tanto, resulta insostenible que Israel pretenda presentarse como víctima obligada a responder sin límite alguno, como si no llevase décadas incumpliendo el derecho internacional, desatendiendo sus obligaciones como potencia ocupante, violando los derechos humanos y aplicando un régimen de apartheid”.

En este contexto, me ha sido imposible no acordarme del 11-S. De hecho, muchos medios consideraron el incendiario ataque de Hamas como el 11-S israelí: un ataque sorpresa que ha generado la muerte de centenares de inocentes. Los recuerdos me han llevado a lo que vino después. Una respuesta ilegal y desproporcionada que iba a sentar un dramático precedente. EEUU lo consideró el motivo suficiente para la guerra contra Afganistán, primero, y la de Irak, después. Algunos, en sus abultadas cuentas corrientes, tendrán la respuesta del para qué. El resto pensamos que la injusticia y la barbarie solo se engendran a sí mismas, en una cruel espiral de dolor. Basta con asomarse a los mapas y a los indicadores socio-económicos.

Hoy, domingo 15 de octubre, hay varias manifestaciones convocadas en apoyo a Palestina. Las citas apenas están teniendo difusión por razones económicas, ideológicas y de seguridad. Yo aún no sé si iré a la de Madrid. También me siento paralizada en el para qué. De qué nos va a servir si no vamos a detener la muerte. Qué consuelo puede aportar a quienes lo han perdido todo.

Mañana debería ser un día de fiesta, aunque sea de forma privada al menos para mí, porque en España celebramos el Día de las Escritoras, una palabra que me ha guiado desde el más íntimo secreto. Aunque hoy escribo y me pregunto para qué.

Menos mal que ayer acudí al homenaje a Antonio Gamoneda y él me supo dar la respuesta: “Después de todas las posguerras, el deber del poeta es la alegría, cuidar de los otros y defendernos del mal”. Me parece el mejor mandamiento posible.

De nuevo, me salvan las palabras ajenas. Me reconcilio con el mensaje que hermana. Me emociono con el video que recibo de mis sobrinas, en el que las veo como aprenden a leer. Me digo que la palabra es nuestra carne. Y que frente a una palabra en guerra, yo, como en aquel poema de Blas de Otero, Pido la paz y la palabra.

Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio»,
«sombra»,
«vacío»
etcétera.
Digo
«del hombre y su justicia»,
«océano pacífico»,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.

Verano de memoria, sentidos y extrañeza

He percibido cierta extrañeza al comenzar este verano. Supongo que no se debe sólo a la convocatoria electoral, sino a sensaciones más íntimas. Quizás, porque el verano pasado me permití unas vacaciones extraordinarias, y al inicio de éste, han regresado con fuerza las preguntas de entonces y las respuestas son un remolino que me incomoda. Quizás también por la proximidad entre el cambio de estación y el Día de las Personas Refugiadas, que me sumergió en la sensación de bucle y desesperanza que facilitan las noticias diarias. Tenía un texto a medias, pero volvió a paralizarme la pregunta de si tiene sentido escribir y aún así, aquí estoy, de vuelta al teclado para que el blog tenga cierto movimiento (me abochornan tres textos publicados como balance de medio año), para dar sentido a los propósitos de hacer lo que me gusta y, seguramente, porque no sé vivir sin la escritura.

El verano del hemisferio norte se inició ligado a la tristeza de la memoria, al cumplirse un año de las muertes en la valla de Melilla, un aniversario de vergüenza, silencio y causas archivadas; devoluciones ilegales, muertos y desaparecidos sin funeral. El calendario también nos recordaba la sombra alargada e inútil del Día de los Refugiados. Una fecha que, en cada balance anual, arroja cifras más abultadas, mientras la Unión Europea maldice sus principios, construyendo un relato indecente del que las mafias y ciertos regímenes siguen sacando pingües beneficios. El texto que escribí en este blog allá por 2019 hubiera resultado nuevamente válido de no ser por el constante incremento de las cifras y porque este año dos noticias radicalmente opuestas miraban al mar: un naufragio sin precedentes en aguas griegas y la búsqueda de cinco aventureros millonarios tras el rastro del Titanic. Dos hundimientos y dos varas de medir, dos balances de víctimas mortales y una alarmante brecha entre la atención mediática y los recursos desplegados.

Lejos de la costa, en el caluroso verano madrileño, el mar no es más que una promesa y un horizonte más o menos remoto. En estas calles, cuando aprieta el calor, lo único que sabemos es que Madrid se vuelve más intenso e irrespirable, como si el verano dejara de ser una estación o un reclamo publicitario y se volviera una palabra sólida, insoslayable… En paralelo, las noches insomnes se multiplican. De modo, que los sentidos se agudizan mientras nuestra cabeza se atonta, presa del calor y del cansancio acumulados.

Es el mismo calor de todos los veranos, pero nos sacude de un día para otro. De pronto, los olores resurgen más fuertes que nunca: tanto el de las esquinas donde se superponen los orines como el de los diversos tipos de acacias, cuyas flores parecen estallar con las altas temperaturas. Bastó pasar cerca de un árbol casi incandescente para recordar un olor de la infancia, el “pan y quesito”, cuyas florecillas mordíamos sin entender el nombre, porque aquello no era ni pan ni queso, sino la sensación de merienda y golosina callejera. La vista, los ojos sufren, y es imposible avanzar sin gafas de sol ante una luz que hasta el anochecer implica un castigo furioso. Y el tacto vive en permanente alerta, pues rozar una barandilla o sentarse en un banco metálico a esperar el autobús puede quemar más que un mal sueño. En el caso del oído, tampoco le va mejor, sometido al ruido incesante de las ventanas abiertas por dónde se cuelan la discusión y la jarana, y el rumor de todo tipo de motores. Aunque agradezco el cansino y ruidoso aleteo de las chicharras, que confirman que es posible sobrevivir al calor y ponerle música, ese fondo sonoro que también había olvidado. Por su parte, la lengua seca insiste en reclamar agua, hasta el punto que cada peatón carga su botella, como si fuera un bastón que ayuda a no desvanecerse.

En el primer intento de escapada a la sierra, me equivoqué de tren o de andén o las dos cosas. Los retrasos se encadenaban en la estación y bajo el sol que cubría todo el andén, mis sentidos fallaron. Si hubo avisos por los altavoces o mensajes luminosos no les presté atención, sumida en el cansancio de un viernes por la tarde y la rutina de un viaje que he hecho incluso con los ojos cerrados. Pero no, uno no puede confiarse en el caos incesante de una ciudad donde las dinámicas urbanas (las obras, las incidencias, los cortes del servicio…), han superado el alcance de nuestro entendimiento y resistencia.

Después de quince minutos de solanera, agradecí tanto el aire acondicionado del tren que no atendí más razones. Una vez sentada, me relajó la sensación de movimiento, atravesar La Casa de Campo, coger aire en sus árboles y en el azul artificial de varias piscinas. El paisaje era el de siempre. Pero al dejar atrás Las Rozas, el tren dio un giro que se me hizo raro, aunque no le presté atención, fascinada como estaba ante la vista de jovencísimos corzos. Su belleza me impidió razonar, aunque algo iba mal. En mi aturdimiento, tampoco reaccioné al percibir que las torres del final de la Castellana se iban acercando, convertidas en figuras que se derretían bajo una luz implacable. En aquella sensación onírica, de corzos vivos y edificios llameantes, se escondía la realidad de que atravesábamos el Monte del Pardo en dirección a Madrid.

Salí del sueño a golpe de megafonía, está vez, sí, cuando una voz metálica anunció la llegada a Pitis, de nuevo en la capital. Salté al andén de una estación que no había pisado nunca, donde los demás viajeros también parecían náufragos a la espera de un destino incierto, ante la letanía de monitores y altavoces que explicaban lo obvio: “el servicio no se presta con normalidad”.

Recuperé la sensación de calor y cansancio, también las ganas de llorar. Tras una semana laboral agotadora, el fin de semana comenzaba desbaratando planes propios y ajenos. En Alpedrete, me esperaban para compartir la lectura de Mª Ángeles Pérez Lopez, y su Libro mediterráneo de los muertos, pero en aquel nudo ferroviario, el mar estaba tan lejos como la poesía. Mientras las voces de la catástrofe hacían metáforas hiperbólicas en mi cabeza, un mensaje amoroso me recordó que el mundo no se acababa ahí, y que tanto la poesía como el abrazo, esperarían el primer tren. Y yo, volví a aferrarme a la risa y a la esperanza. Y a desear un buen verano. Ojalá lo sea para quienes seguís estas líneas.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑