En la calle, manifestarse por Gaza

A raíz de la detención ilegal, en aguas internacionales, de la Global Sumud Flotilla, el cielo de Madrid ha vuelto a cobijar los gritos contra el genocidio de Gaza y la vulneración de derechos humanos en Cisjordania; y contra la impunidad de los reiterados crímenes del gobierno israelí, ante una comunidad internacional demasiado cínica, cobarde o cómplice, según los casos.

El cielo ha sido azul en la Plaza de la Provincia, violeta al girar en la Puerta del Sol y negra noche al llegar a Neptuno, a pesar de la luna.

Las banderas palestinas ondeaban diversas en función del tamaño de la tela y del mástil o cubrían la espalda de manifestantes. Hoy éramos muchos, muchísimos más que en otras ocasiones cuando hemos regresado a casa con una rara sensación de orfandad. Se han repetido, eso sí, los mismos cantos de otras veces y el nudo terrible en la garganta, porque las bombas caen sobre un pueblo al que además, están matando de hambre, sed y desesperanza. Un pueblo indefenso y chantajeado. ¿Qué estado puede nacer tan herido y ultrajado, tan indefenso?

Hemos gritado «La flotilla no se toca», «Palestina vencerá, desde el río hasta el mar», «Free, free Palestine», «Palestina, libertad» y todas nuestras palabras son mero anhelo. Lo peor, no obstante, es que sabemos que son mentira. No hay victoria posible ante el ejército más poderoso del mundo cumpliendo la misión de aniquilar.

Las kufiyas, las camisetas y chapas con sandías, los fulares con los colores verdes, rojo, blanco y negro se transformaban ante el reflejo artificial y azul de las numerosas furgonas policiales, parapetadas junto al Congreso de los Diputados y la sede de la Comunidad de Madrid. Hacía tiempo que no veía tanto policía antidisturbios. Era tan inevitable como retórico preguntarse qué orden defienden antes de volver a morderse los labios. Otra vez, el nudo en la garganta.

Hacía mucho también, que no veía a tanta juventud en una manifestación, y eso deshacía un poco el ahogo. Iban en cabeza y mantenían la fuerza de los cantos e incluso, los envolvían de una ligera música que quise confundir con una esperanza pequeña para el futuro.

Ojalá en Gaza y Palestina sepan que muchas personas les llevan en el corazón. Ojalá les llegue algo de este rumor ciudadano que se muere de asco y vergüenza cada vez que enciende la televisión o la radio o se asoma a los periódicos.

La realidad es tan tozuda como quienes seguimos gritando por las calles de cientos de ciudades, levantando la vista y mirando al cielo en un intento vano de consolarnos. Por unas horas, mientras se nos hace de noche y esperamos que no haya disturbios, porque hemos venido a reclamar la paz, a veces, sentimos una cierta fraternidad.

Y por eso, quedamos emplazados para la siguiente. En Madrid, será el sábado 4 de octubre, a las 18 horas, de Atocha a Callao. Volveremos a ver atardecer mientras muy lejos, se apagan varias decenas de vidas. Las consignas serán las mismas y saldrán de gargantas que no temen la afonía ni quedarse sin voz.

Aniversarios de tristeza


Hoy se cumple el triste 80º aniversario de la bomba atómica sobre Hiroshima y en unos días se cumplirá el de Nagasaki. Por eso, he recordado con fuerza y nitidez uno de los momentos más especiales de este año. El 29 de enero tuve la fortuna de conocer a Shigemitsu Tanaka que visitó el Colegio Lourdes FUHEM, junto a representantes de Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW) y la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), en un viaje organizado por la red española Alianza por el Desarme Nuclear.

La experiencia de aquellos días quedó escrita en una entrada de mi blog, donde daba cuenta de la enorme recompensa de aquellos momentos. Sentada ante dos personas, Shigemitsu Tanaka y Carlos Umaña, que representaban a organizaciones que en distintos años habían sido merecedoras del Premio Nobel de la Paz (un premio del que espero que no haya que renegar en unos meses, aunque ya cuenta con algún tropiezo en su trayectoria), sentía el valor de servir y contribuir a ampliar la voz de quienes han volcado sus vidas en defender a la humanidad.

En las noticias del mediodía, he vuelto a ver algunas de las fotografías que ofrecieron entonces para ayudar a difundir su mensaje en España. Al escuchar el testimonio de un hibakusha, el término japonés con el que se nombra a las personas supervivientes y descendientes de quienes sufrieron el primer impacto de las explosiones sobre Hiroshima y Nagasaki, me he levantado de la silla como un resorte, para ver si era Shigemitsu Tanaka quien hablaba y, aunque no era él, su voz ha vuelto a resonarme como cuando le escuché en persona.

Es lógico que me haya parecido la misma voz. Es la misma lengua y el mismo acento regional. Y sobre todo, son las voces de la memoria del daño, aquella injusticia que acabó con las vidas de personas inocentes. Hay que recordar que, en cuestión de segundos, fueron aniquiladas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki, y que las bombas dejaron heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que siguen causando un gran sufrimiento. Es lógico que parezca la misma voz, porque están consagradas a dar testimonio desde la primera persona, con la determinación de contar, una y otra vez, a las siguientes generaciones lo que vivieron y sufrieron, con el objetivo de que no se vuelva a repetir. Como se explica en este artículo de Agustín Rivera Hernández sobre los hibakusha que siguen vivos su tono no es de odio. Su mensaje obedece a la responsabilidad de contar su experiencia, porque los supervivientes eran niños y van muriendo, y por encima de sus años y sus enfermedades les importa que otros no vivan lo que ellos.

Cuando se produjo el viaje de estas organizaciones a España, subrayaron el peligro de vivir en un mundo en el que el desafío armamentístico y la violencia resurgían con fuerza frente a la opción del acuerdo y la negociación, en una peligrosa dinámica creciente de beligerancia que sigue en alza. En sus palabras, recordaron Gaza y Palestina, cuando nos aferrábamos a la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado que se convirtió en ceniza pocos días después; también señalaron los casos de Ucrania y Rusia, de Corea y China, de India y Pakistán…

Estoy de vacaciones y, en la medida de lo posible, intento desconectar y recuperar fuerzas. Cuando viajo, no veo la televisión ni mantengo el hábito de encender la radio y escuchar las primeras desgracias del día… Pero ahora, hay un genocidio en marcha y el peso de semejante barbarie es insoslayable. Además, desde hace meses, opté por publicar textos y fotografías sobre Gaza y Palestina en mis redes sociales, harta de que el algoritmo y los medios de comunicación silenciasen buena parte de lo que estaba ocurriendo a la vista de todos o buscando excusas ante la desproporción de la respuesta militar israelí a los atentados del 7 de octubre.

Siempre he intentado mantener un tono educado en mis escritos. No he insultado a nadie y, sin embargo, en las últimas horas, he recibido insultos. No me importa, no me van a callar. Mi gesto no es heroico como el de periodistas y reporteros que resisten en Gaza para que sepamos lo que ocurre mientras acuden a los entierros de decenas de colegas. Mi gesto es un compromiso conmigo misma, porque escribo desde la libertad que tanto ha costado conseguir, ese derecho que nos puede ser arrebatado si no sabemos defenderlo.

Vivimos tiempos sombríos y el presente es tan sumamente brutal que nos está cerrando el horizonte. Los discursos de odio campan a sus anchas y el fascismo se justifica como opinión respetable. Buena parte de la política ha dejado de preocuparse por el bienestar de los pueblos, y la justicia internacional es tan lenta como exasperante. Nadie resucitará a las miles de personas que están siendo asesinadas en Gaza. Nadie podrá devolverles su salud ni sus hogares. Pero, en unos años, un tribunal internacional juzgará a los culpables. La justicia llegará tarde una vez más. Como ocurrió en Núremberg para millones de personas. Como ocurrió en genocidios y crímenes contra la humanidad que se produjeron cuando yo estudiaba periodismo y pensaba, de forma ilusa, que esta profesión podía mejorar el mundo. Los casos de Ruanda (1994) o Srebrenica (1995) se colaron en mis trabajos de carrera o mis primeras prácticas en una redacción de verdad, por eso los recuerdo ahora. Para la mayoría, fueron imágenes brutales que les impactaron y han desaparecido. Volverán a las noticias cuando se cumpla algún triste aniversario o haya una nueva película sobre ellas. Si alguien más joven nos preguntase cómo lo vivimos, al margen de circunstancias como las que he descrito, tendremos que reconocer que no nos enteramos mucho de lo que ocurría.

Escribo estas líneas sabiendo parte de lo que ocurre en Gaza. Leo, escucho y lo confronto con años de trabajo en cuestiones relacionadas con la paz, el derecho internacional humanitario y los conflictos internacionales. Tecleo y lloro, mientras espero a los jueces del futuro. Hoy, en un triste aniversario, recuerdo y rememoro el testimonio de quienes han dedicado su vida a construir paz, mientras intento acallar el espanto de las secuelas de este tiempo. Cuando viajo, a veces, fotografío ventanas y bellos horizontes para invocar la esperanza.

Palabras de paz y de guerra


Quizás un hombre llama a otro, al filo de nuestra media noche, y le avisa: «voy a matar». El otro no le detiene. Así pues, con su silencio cómplice o su permiso asesino, también mata. Cuando nos levantamos al día siguiente, nos despierta la brutalidad de una nueva masacre.

Desde los primeros análisis de urgencia y las cifras iniciales de seres humanos asesinados y heridos, las horas se van cargando de desesperanza… Trescientas, cuatrocientas, más de cuatrocientas personas: en su mayoría, mujeres, ancianos, niños y niñas, puesto que apenas quedaban hombres entre las ruinas previas. Las fotografías muestran sudarios de todos los tamaños, telas blancas que cubren lo que será un llanto incesante; el ajuar de las casas deshechas, colchas y mantas, son también mortajas improvisadas.

A quienes desde hace años repetimos las palabras de aquel libro y seguimos pidiendo la paz y la palabra, se nos queda un frío inconsolable en el cuerpo. Sabíamos que la tregua era frágil; que los párrafos del derecho humanitario se han convertido en quimera y lodo; y que la expresión ‘campo de refugiados’ esconde vergonzosos cementerios que nos condenan a todos por asistir a un genocidio en directo, con las manos detenidas por el espanto.

Las noticias del mediodía ofrecen el testimonio de quienes trabajan del lado de las víctimas. Hace semanas que, en medio de esto que desde lejos llamábamos tregua, habían cerrado el paso a los víveres, el agua potable y los medicamentos. Anoche los hospitales se vieron desbordados por decenas de personas que, en cuestión de minutos, llegaban para implorar un auxilio imposible: cómo curar cuerpos mutilados y quemados para siempre, órganos paralizados y una certeza de terror e indefensión que se encarnará en la tierra. Las cenizas permanecerán para siempre sobre una pequeña franja.

Alguien avisó que iba a matar y otro alguien le celebró la ocurrencia. Vuelvo a preguntarme por el significado y el valor de la palabra. Se dijo y se escribió: “acuerdo de paz”. Se dijo y se escribió “respeto al alto el fuego”. Pero los adjetivos han tenido razón, la frágil tregua, ¿recuerdas? Tan frágil como el cuerpo de un bebé, como el proceso de lactancia, como los primeros pasos de quien confía alcanzar la edad adulta mientras las bombas y las acciones de los malvados condenan su presente y su futuro.

A pesar de mi honda tristeza y mi falta de fe en la palabra, a la tarde decido salir. El temporal es tan serio que le han puesto nombre, pero en Madrid sólo se traduce en lluvia y frío. Aquí, no caen bombas ni metralla ni gases tóxicos ni sustancias químicas prohibidas. Busco en mi armario la kufiya que compré hace algunos meses y entiendo que ningún símbolo puede con tanta infamia. Me planteo que es posible que mi pañuelo haya sido tejido por manos yacentes que no volverán a coser estos hilos en cuyos dibujos imagino el vuelo de los pájaros, una libertad plena e inalcanzable. En señal de luto y respeto, vuelvo a guardarlo en su funda.

Atravieso la oscuridad del subsuelo del metro y llego a la librería Rafael Alberti, a la presentación del libro titulado ‘Tampoco yo soy un robot’ (Vaso Roto, 2024), de Amalia Iglesias Serna. En la calle arrecia la lluvia, pero la poesía vuelve a ser refugio. Esta tarde las palabras de la autora, acompañada por Isel Rivero y Fernando Castro Flórez servirán para reivindicar la belleza frente a la desolación y los valores humanos frente a la barbarie incivilizada que golpea el mundo donde vivimos.

En primer lugar, Isel Rivero repasa otros libros de Amalia Iglesias, las afinidades del camino previo: “el descubrimiento del lenguaje de las piedras, las cuevas del subsconsciente y la conciencia que emerge desde las tinieblas. Los ojos de piedra nos siguen mirando”. Y ahora, en el nuevo texto, la poeta observa el universo y se rebela contra una tecnología que nos anula. Dice Isel Rivero que “este libro ha de guardarse bajo la almohada y ser consultado como oráculo de bolsillo, porque además de abordar la tristeza como víspera de la esperanza, también es un libro de batalla y resistencia”.

Por su parte, Fernando Castro Flórez, ofrece su lectura erudita y apasionada del nuevo libro de Amalia Iglesias. En su voz resucitan libros leídos o pendientes, una nueva biblioteca donde guarecerse: poesía, filosofía y los sueños de nuestra especie; también se citan obras pictóricas y composiciones musicales; la reflexión y la defensa de los derechos humanos… Asistimos a una magistral charla de humanidades que reivindica la belleza del paisaje y la fuerza del horizonte, la necesidad de una esperanza y del regreso de las luciérnagas. Deseo que ese texto sea compartido para otros días oscuros que, sin duda, vendrán. Afortunadamente, el lado bueno de la tecnología lo permite en este video.

Gracias a las palabras de Isel Rivero y Fernando Castro Flórez y a los poemas de Amalia Iglesias encuentro la fuerza que me faltó cuando salí de casa. Sé que debo aferrarme a cuanto se ha dicho esta tarde porque coincido con ellos en que “la lengua siempre es un lugar de consuelo”. Me amparo en la sensibilidad de estos minutos como si fueran el salvoconducto que necesitara la humanidad… Volver a ser humanos, en su magnifica acepción racional y emocional; allá donde pervive la compasión y nadie tendría ni el plan ni el permiso para matar. Inevitablemente, me viene a la cabeza el recuerdo de los poemas de Rafeef Ziadah quien, en un inolvidable recital en Madrid, nos transmitió la petición de su pueblo: “no nos olvidéis, contad lo que ocurre”.

Me quedaría a vivir en el lugar de una lengua que abraza y anhela una verdadera justicia contra los malvados ególatras que condenan tantos amaneceres. El acto acaba y en la calle chispea. Regreso a casa con un calor pequeño que es pulverizado por las imágenes de las noticias en la televisión. Me duelen otra vez los cuerpos envueltos, la huida hacia la nada, la mirada de un niño cuya mano infantil repasa los escombros…

Abro el libro de Amalia Iglesias, miro el haz de luz de una farola reflejado en mi ventana. Quiero pensar que esta noche no caerán nuevas bombas. Tengo ganas de rezar y de llorar. Leo. El libro incluye una letanía y un réquiem, pregunta para qué y por qué. Quizás el poema sea una forma de oración.

Un mismo cielo para distintas lluvias

Llovió sobre Madrid. Con furia, sacudiendo persianas y toldos, salpicando los cristales hasta atemorizar al gato. Pero era solo agua. La tormenta ‘Aline’, con su nombre de muñeca para otra infancia. Aunque el rascacielos de enfrente se hubiera borrado en la neblina húmeda, haciendo invisible esa mole de gran hospital que se impone al horizonte de los días despejados.

Solo agua. Ráfagas de viento que agitan las gotas con violencia. Una pequeña alerta que cierra los parques y convierte en ríos y cascadas algunas carreteras y estaciones del metro, salpicado de avisos para que no resbalemos. Carteles amarillos que nos recuerdan nuestra fragilidad. Por fin, comienza el otoño; un otoño enrabietado por los efectos del cambio climático, una sorpresa tras un verano interminable.

Miro alrededor. Me miro. Nos hemos vestido de cualquier forma. La blusa de verano se asoma bajo la gabardina. Hemos rescatado unas botas entre las sandalias. Algunos pies desprevenidos se han calado. Es solo agua. Después de la calle nos espera un techo. Un techo y un armario o más de uno, y ropa seca. Un par de botas de invierno, quizás más de un par.

Como muchos jueves, tengo una cita médica; un momento para el dolor y su remedio. Recorro la calle sorteando paraguas y charcos. Por fin, ha perdido su pátina pegajosa y sucia. A la luz de las farolas, los charcos son el espejo de luces brillantes y siluetas apresuradas. Las aceras tienen un aire luminoso de nostalgia. Es solo agua, repito, intentando calmar la prisa de otros transeúntes y refugiarme en esta tarde extrañamente bella y dolorosa a un tiempo.

Antes de salir, había encendido la televisión. Mientras diluvia sobre mi ciudad, mucho más vacía que otras tardes, no puedo dejar de pensar en Gaza, donde llueven misiles y fuego, y el agua está cortada desde hace semanas. Sus alarmas son aullidos de muerte. Sus edificios son polvo de piedra pulverizada. Fueron vivienda, mezquita y escuela. Hoy son escombros. Ni armarios, ni botas ni ropa.

Me resulta inevitable recordar otro jueves, el 24 de febrero de 2022. Aquel día, el parque infantil donde aguardo la hora de mi consulta estaba lleno de niñas y niños vestidos de carnaval, y no faltaban los disfraces de superhéroes, hadas y seres mágicos. Aquella inocencia infantil contrastaba con las vidas suspendidas por la guerra de Ucrania, porque la invasión de su territorio había comenzado en la madrugada previa. Viví la desolación de la zona de juegos como la metáfora de una derrota que nos concernía como humanidad, a todos. También recordé que esa guerra no era la única. Dieciocho meses después, continúa, igual que otras tantas. Es más próxima y, por eso, le prestamos una cierta atención, pero ha perdido su desgraciada novedad.

Recorro el parque infantil. Tras el diluvio, los columpios rebosan agua y el suelo mullido anticaídas es una esponja encharcada. No hay rastro de niños o risas. En algunas zonas, el agua levanta un palmo sobre el suelo. Relaciono esa cantidad desmesurada de agua con la guerra de Israel contra Palestina, tan antigua. Una guerra que no comenzó este mes de octubre sino hace décadas. Aquí se acumula el agua y se equivocan los espacios. Allí se superponen las capas de odio y se mastica la desesperanza.

Pensar en Ucrania me lleva a la maternidad de Mariupol. La imagen de aquella mujer embarazada y herida, cuya criatura murió en el ataque antes de nacer. Supimos que ella falleció a los pocos días. Ahora, hemos aprendido otro nombre: el del hospital Al Ahli de Gaza. Las imágenes presentan cuerpos cubiertos y cuerpos heridos, un dolor desbordado. Se suceden tantas tragedias que nadie las narra. Además, apenas hay testigos. Muchos gazatíes levantan sus ojos a ese cielo reseco que es su único cobijo, con la mirada casi perdida. Un cielo encendido por llamaradas tan vergonzantes que nadie reconoce como suyas.

Llovió en Madrid durante horas y horas. Pero era solo agua. Aunque ese desbordamiento sobre las aceras removiera nuestras lágrimas, el cielo ha recuperado su azul. Mientras tanto, se ha abierto el paso fronterizo de Rafah. Otro nombre nuevo para la cartografía de los conflictos internacionales. Constituye una pequeña esperanza, pero también es la mentira hecha nudo y propaganda. Los veinte camiones autorizados para entrar en Gaza transportan muy poco frente al desastre que viven sus habitantes. Son un paraguas en mitad del diluvio, para una franja sin agua luz ni medicinas, que vive amenazada por los truenos y los relámpagos de la guerra.

Sé que soy afortunada. Nuestras emergencias son nimias frente a otras, nuestro dolor es casi de andar por casa, pero se agranda porque aún no hemos perdido la empatía. Y aunque duela, más vale que la mantengamos firmemente enraízada. Qué bien que Meryl Streep, cuyo trabajo artístico nos ha emocionado tantas veces, aprovechando el gran micrófono que tenía ayer, haya reivindicado esa palabra. Ojalá resuene más fuerte y más lejos, hasta hacerse realidad. Ojalá sea posible la tregua, y después la paz.

Palabra de guerra o de paz

He dejado atrás semanas difíciles, marcadas por las palabras. Las que no se dicen, las que se malinterpretan, las que generan un equivoco mayor que el que intentan solventar y se multiplican en una espiral diabólica… Palabras enredadas, palabras dardo, herida, maldición, rasguño…

Su errático decir ha resonado en mi cabeza como un castigo. El insomnio y la jaqueca han sido permanentes mientras el aturullamiento verbal se hacía lenguaje, dejándome indefensa. A mí, que siempre tuve la palabra por aliada, que escribí como quien sueña.

Por eso, opté por el silencio. Pedí una tregua. Me refugié en algunos libros y películas, las palabras de otros; y en el paisaje, su calma sin lenguaje. Mejor callada, si no iba a ser capaz de pronunciar la palabra precisa, eficaz, mágica, sanadora, compañera…

En ese retiro mudo estaba el pasado 7 de octubre, cuando se produjeron los ataques de Hamas sobre Israel. Quise escribir algo, quise decir, pero me mantuve en silencio. No encontraba ninguna palabra capaz de explicar o contrarrestar tanta barbarie. Sabía, como sabe cualquiera que haya estado al tanto de las relaciones internacionales contemporáneas, que se trataba de otro salto hacia el abismo colectivo. Un hito gravísimo para un conflicto interminable.

Una semana después, ¿cómo escribir ante las imágenes que hemos visto de Gaza e Israel? Es dolorosamente irónico que esa zona, que se denomina “Tierra Santa” y fue escenario de las Sagradas Escrituras, sea la que ha acumulado tantas palabras dichas y escritas en vano durante décadas. De los diez mandamientos que aprendimos de pequeños, el segundo decía: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. ¿Cómo no preguntarse si existe dios? ¿Cómo no dolerse de lo que han hecho sus criaturas en su nombre a lo largo de los siglos?

El llanto de los supervivientes y heridos ha cubierto miles de cuerpos inertes, mientras los distintos actores desplegaban el lenguaje de la venganza o la diplomacia, con todos sus silencios y coartadas estériles, con sus intereses e intenciones en susurro. Y mientras, los gritos de dolor, a uno y otro lado. Gritos que no alcanzan a ser lenguaje articulado y nos igualan en lo humano de la lágrima. Gritos que son interjección desesperada. Y sábanas, abultadas y calladas, miles de sábanas que albergan cuerpos de todas las edades.

He estado tentada de compartir mi análisis de lo que estaba sucediendo, como he hecho otras veces, pero sabía que las redes sociales no son espacio de diálogo y evité meterme en el ruido… Pero ahora, con el corte de suministros básicos y el ultimátum que pesa sobre la franja de Gaza, medidas contrarias al derecho internacional, se me está haciendo nudo todo lo visto y escuchado. Y escribirlo es la forma de soltarlo, porque he conocido a palestinos e isralíes que anhelan la paz, cuyo dolor está silenciado bajo la amenaza de las armas.

En un acto imaginario imposible me veo ante el líder de Hamas, que ordenó los ataques del 7 de octubre, preguntándole para qué. La misma pregunta que le formularía a Netanyahu, que con la respuesta militar y el ultimátum sobre la población civil de Gaza está actuando de la misma forma ilegal que lo hizo Hamas, sumándole la desproporción de fuerzas. ¿Para qué, si en lugar de favorecer el acuerdo lo vais a imposibilitar?

Sabemos que un Estado no puede actuar igual que un grupo terrorista, salvo que opte por el terrorismo de estado. Además, como bien explica Jesús Núñez, en el artículo Palestina hundida en la barbarie, publicado en El Diario: “La guerra no comenzó el pasado sábado y, por tanto, resulta insostenible que Israel pretenda presentarse como víctima obligada a responder sin límite alguno, como si no llevase décadas incumpliendo el derecho internacional, desatendiendo sus obligaciones como potencia ocupante, violando los derechos humanos y aplicando un régimen de apartheid”.

En este contexto, me ha sido imposible no acordarme del 11-S. De hecho, muchos medios consideraron el incendiario ataque de Hamas como el 11-S israelí: un ataque sorpresa que ha generado la muerte de centenares de inocentes. Los recuerdos me han llevado a lo que vino después. Una respuesta ilegal y desproporcionada que iba a sentar un dramático precedente. EEUU lo consideró el motivo suficiente para la guerra contra Afganistán, primero, y la de Irak, después. Algunos, en sus abultadas cuentas corrientes, tendrán la respuesta del para qué. El resto pensamos que la injusticia y la barbarie solo se engendran a sí mismas, en una cruel espiral de dolor. Basta con asomarse a los mapas y a los indicadores socio-económicos.

Hoy, domingo 15 de octubre, hay varias manifestaciones convocadas en apoyo a Palestina. Las citas apenas están teniendo difusión por razones económicas, ideológicas y de seguridad. Yo aún no sé si iré a la de Madrid. También me siento paralizada en el para qué. De qué nos va a servir si no vamos a detener la muerte. Qué consuelo puede aportar a quienes lo han perdido todo.

Mañana debería ser un día de fiesta, aunque sea de forma privada al menos para mí, porque en España celebramos el Día de las Escritoras, una palabra que me ha guiado desde el más íntimo secreto. Aunque hoy escribo y me pregunto para qué.

Menos mal que ayer acudí al homenaje a Antonio Gamoneda y él me supo dar la respuesta: “Después de todas las posguerras, el deber del poeta es la alegría, cuidar de los otros y defendernos del mal”. Me parece el mejor mandamiento posible.

De nuevo, me salvan las palabras ajenas. Me reconcilio con el mensaje que hermana. Me emociono con el video que recibo de mis sobrinas, en el que las veo como aprenden a leer. Me digo que la palabra es nuestra carne. Y que frente a una palabra en guerra, yo, como en aquel poema de Blas de Otero, Pido la paz y la palabra.

Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio»,
«sombra»,
«vacío»
etcétera.
Digo
«del hombre y su justicia»,
«océano pacífico»,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.

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