El peligro de conducir la vida

No hace mucho tiempo, en uno de los cajones de la cocina, coincidieron varias cajas de medicinas que incluían el aviso de mirar el prospecto en caso de conducción; algo que, en ese papel interior que pocas veces leemos, con su letra minúscula y sus epígrafes no aptos para aprensivos e hipocondríacos, se ampliaba al uso de máquinas.

El símbolo para esta advertencia es un coche enmarcado en un triángulo rojo de peligro, aquel que aprendimos en los primeros viajes familiares, cuando reconocer señales era una forma de matar un tiempo que se nos hacía interminable desde nuestra concepción infantil. “¿Cuánto queda?”

Hasta ese momento, nunca había reparado en ese aviso, porque no conduzco. Supongo que ante el elemento gráfico del automóvil, no me daba por aludida. Sin embargo, ante la suma de cajas y triángulos rojos, caí en la cuenta del “peligro” que albergaba el cajón y la necesidad de redefinirlo para cada persona.

¿Requiere más atención conducir un coche que guiar la propia vida? ¿El peligro de la conducción incluye también al peatón, que somos todos, despistado ante un semáforo o aturdido en mitad de un paso de cebra? ¿Qué implica más riesgo y responsabilidad: guiar un automóvil, un coche de bebé o una silla de ruedas?

Evidentemente, el alcance del daño que uno puede generar con un coche es potencialmente mayor; porque en caso de accidente, no sólo el conductor y el resto de pasajeros pueden resultar gravemente afectados por ese mareo personal e inoportuno. Hay un peligro de alcance social. Pero, en todo caso, cualquier accidente con consecuencias trágicas es demoledor para la persona y su entorno. Basta una pequeña fisura, un achaque imperceptible que, de pronto, se convierte en una irreparable vía de agua.

Ahora que el reciente debate sobre el efecto de la menstruación en la salud de tantas mujeres ha generado tanto vocerío insensato, y que la Ministra de Igualdad, Irene Montero, piensa y afirma que las mujeres no van a seguir yendo empastilladas a trabajar, mantengo serias dudas al respecto. Pero además, no olvido que España es uno de los países en los que más personas recurren a fármacos con este tipo de aviso. Salvo que el médico autorice una baja, acuden a su puesto de trabajo y se mueven por la ciudad (trenes, metros, escaleras…), sin pensar que, quizás, no están en las mejores condiciones. Eso por no hablar de todos esos cuidados inevitables, en los que manejamos cuchillos y cacerolas sobre el fuego, en los que atendemos un cuerpo frágil, que puede ser el nuestro, sobre la superficie resbaladiza de una bañera.

Volviendo al principio del texto y adaptando ese triángulo de advertencia a mi vida, me pregunté si se podría considerar el ordenador una máquina peligrosa. Es cierto que nadie mata a otro con un teclado, salvo que desde él se puedan dirigir drones y aviones de combate, algo que afortunadamente ignoro… Pero muchas veces me planteo si el sector terciario, casi siempre considerado como un espacio de privilegio, es o no saludable. Evidentemente, no requiere del esfuerzo físico del primario (agricultura y ganadería, pesca, recursos forestales y minería), ni de las exigencias y riesgos del sector industrial.

Dentro de ese sector, la oficina se ha considerado durante años un espacio ideal donde la vida laboral es más fácil. Sin embargo, basta con sumergirse en los textos de Kafka o visitar su maravilloso museo en Praga para descubrir el sueño convertido en pesadilla. El escritor, que era un genio condenado a una vida que odiaba, sufrió e intuyó lo que a estas alturas está ampliamente reconocido. Y es que dentro de los riesgos laborales contemporáneos se incluyen elementos posturales y factores psicosociales que no resultan ajenos a ningún espacio de trabajo, por mucho diseño y ambiente chill que nos presenten ciertas empresas.

La propia experiencia y la de personas conocidas me hace consciente de que muchos de los que trabajamos tras un ordenador podemos relatar momentos de fatiga, bloqueo, confusión y aturdimiento, que nos han llevado a cometer errores, vernos inmersos en conflictos con compañeros o superiores, sufrir ansiedad e indefensión hasta el punto de sentirnos el blanco de un campo de batalla… Ignoro hasta qué punto se puede generalizar esta situación pero, desde luego, confieso que a mí, me ha quitado el sueño demasiadas noches; al igual que ciertos correos, que no debí enviar o recibir, han sido el punto de partida de mucho sufrimiento. Pequeños o grandes errores que se agigantan cuando desatendemos ciertas señales de peligro que rodean la existencia cotidiana, y pueden crecer hasta devorarnos, si no sabemos detener nuestro inofensivo y ergonómico ratón de plástico.

No me gustaría que este texto se entienda como una queja. Me sobran los motivos para la gratitud y sentirme afortunada con la vida que tengo. El teclado, las palabras que surgen de él, me rescatan y alimentan. A diario y bien cerca, me topo con situaciones y escucho diálogos ajenos, como esos novelistas que buscan inspiración en la cola del súper, que me rasgan y me ubican en ese espacio de tranquilidad vital que muchas personas no alcanzan a pesar de su esfuerzo.

Pertenezco a la generación de los nietos y bisnietos de quienes trabajaron con las manos. De padres a hijos, fueron aspirando a algo mejor para su descendencia. Y en ese mundo idealizado, porque se idealiza lo que no se conoce, imaginaron trabajos sin el barro de la tierra ni la sangre de los mataderos, sin doblar la espalda para cargar cajas, remendar prendas hasta el infinito o lavar ropa ajena con el agua del río. Frente a ese relato, no me pasa inadvertida la cantidad de veces que, a quienes vivimos en los ambientes artificiales de edificios y oficinas más o menos inteligentes, se nos recomienda volver al campo, cultivar un pequeño huerto o un jardín, volver a tejer, restaurar madera, pintar mandalas, amasar harina y asistir al milagro de lo que surge a un ritmo lento, ya sea un hogaza de pan casero o una tomatera florecida.

Ningún mundo laboral es perfecto. Me vienen a la cabeza dos películas magníficas para enfrentar estos dos modelos: Smoking Room y Alcarrás. Quienes no nacimos con los apellidos y contactos que engordan las cuentas bancarias con facilidad, sabemos de las dificultades y hemos asumido sin rechistar la doctrina doméstica del esfuerzo y el trabajo bien hecho. Los que jamás accederemos a una puerta giratoria hemos experimentado que cierta medicación puede producir mareos. Y también vamos aprendiendo, a base de sustos, que los mareos existenciales pueden condicionar la conducción de la propia vida, lo único que tenemos. Por eso surge este texto. Porque creo que, en estos casos, es imprescindible hacer caso de las señales. Espero que cada lector identifique las suyas.

La inspiración de árboles y gatos

Enero se esfumó. Transcurrió volando desde el primer brindis a los regalos de Reyes, pasando por San Antón y un último día que fue a parar sobre un lunes desubicado, con esa orfandad de inicio de semana sin futuro. Enero dejó el regusto amargo de ciertos aniversarios y nuevas pérdidas, el recuerdo herido de las fotos de la gran nevada, la estela gastada de los buenos deseos y las cifras de otra ola que nos aleja del mar. Aunque cambiamos de año, persiste un calendario fugaz y dolorido en el que las promesas recién hechas al futuro se deshacen entre las exigencias de siempre, las viejas dolencias y el cansancio convertido en segunda piel.

Aturdida por la velocidad y las viejas dinámicas hilvanadas entre agotamiento y tristeza, en febrero he vuelto a poner en práctica esa terapia mía de “Caminar y fotografiar, para luego escribir”. Me he dado cuenta de que, mientras estuve en otras cosas, el tiempo ha sido, tras un paréntesis helado, extrañamente cálido. Así pues, en mis últimos paseos, me he reencontrado con árboles que empiezan a notar la primavera. Son audaces. No han padecido el frío de otros años que ralentizaba sus ciclos. Ahí están, exponiendo sus brotes antes de tiempo, incluso dejando ver las primeras flores. Como los gatos, los árboles no temen. Me gustaría aprender de ambos. Sienten, padecen, pero no temen y eso les hace mantener el pulso de la vida.

Lo de los gatos surge porque bajo los árboles y el sol invernal, terminé de leer el libro de John Gray, Filosofía felina, cuyo atractivo subtítulo “Los gatos y el sentido de la vida” (Sexto Piso), y sus simpáticas primeras líneas me llevaron a una compra impulsiva. El libro es un breve repaso filosófico, histórico y narrativo sobre estos felinos. No es lo que esperaba, pero reconozco que debería imprimir por toda la casa sus últimas páginas donde aparecen “Diez pistas felinas sobre como vivir bien”. Entre ellas, me quedé pensando en la segunda: “Es ridículo que te quejes de que no tienes suficiente tiempo”. ¿Cómo?, me pregunté casi indignada antes de seguir leyendo a Gray: “Haz aquello que sirva a algún fin tuyo propio y que disfrutes haciendo por sí mismo. Vive así y dispondrás de tiempo de sobra”.

Entonces caí en la cuenta de los textos para este blog que, sin llegar a teclear, pergeñé en mi cabeza; en las llamadas que no hice; en la novela y los poemarios que esperan su última revisión y son sistemáticamente condenados por falta de tiempo. A raíz de esa pista, pensé que tal vez, la que se condena soy yo: asumiendo tareas ingratas y dejando para los minutos estériles del cansancio lo que podría recompensar las horas desapacibles e inevitables. No es algo nuevo. Lo he comentado mil veces en distintos ámbitos. De pronto, verlo escrito por una autoridad le daba otra dimensión. La del mandamiento. La pista de la salvación.

Por eso escribo estas líneas que son un híbrido entre lo personal y lo público, entre lo literario y lo terapéutico: para volver a recordarme las promesas de tantas veces y la certeza de que no hay prórrogas.

No soy un gato. No puedo aspirar a las horas de sueño de mi querido Fénix ni al tiempo que dedica a la contemplación del mundo. Su tiempo es ancho y feliz con todas las necesidades cubiertas. Pero también es cierto que cuando quiere algo lo pide de forma insistente y en su maullido está toda la urgencia de lo inaplazable. Si quiere atún o un trocito de algo que huele en la bolsa de la compra lo quiere ya, y soy capaz de cambiar el orden de los factores para atenderle. ¿Y atenderme a mí? ¿Atender mis proyectos, mis cuidados, mis deseos? ¿Estoy esperando a ser gato para lograrlo?

Esos primeros brotes de los almendros, esas primeras flores de los árboles frutales de hueso que forman parte del vecindario me están avisando. Con su valiente fragilidad me piden que ignore el ruido de los martillos neumáticos que rompen las aceras y el asfalto próximos en una atmósfera que también les amenaza; que relativice la incomodidad de las visitas al dentista y otros chequeos; que no sucumba en el embrollo de las averías domésticas; que disfrute de ese minuto en el que aún resiste la alegría por hacer, posponiendo la tarea ingrata para después.

Veremos. No es la primera que lo escribo aquí. Pero cada vez es más apremiante ponerlo en práctica. El calendario nos lleva por delante a pesar de este tiempo extraño y detenido. Los meses pasan y somos nosotros los que tenemos que sacar las cuentas de cada jornada, y que salga a nuestro favor.

Feliz 2022. Afectos, confianza y salud

Escribo en este 31 de diciembre mis mejores deseos para el nuevo año, y los comparto anhelando que se cumplan.

Al pensar estas palabras, recuerdo bien las de hace un año. Soñábamos que el cambio de dígito, pasar del 2020 al 2021, borraría de un plumazo al bicho y sus consecuencias. Y aquí estamos, doce meses, varias olas, cepas y letras griegas después, esperando nuevamente un año mejor para todos. Soy consciente de que los deseos rara vez llueven del cielo, y aún así tecleo con pasión cada letra, leo en voz alta cada palabra escrita, por si sumando fuerza y sentido fuera más factible el hechizo, y la magia que envuelve la última noche del año irradiara todo 2022. Ojalá.

Igual que todos los años, hago balance y sopeso su carga de lágrimas y alegrías, pérdidas, sobresaltos, preocupaciones y retos… Después de 365 días, hemos resistido y estamos en pie para contarlo. Y seguimos, dispuestos a brindar y a sonreír, a dar las gracias, a compartir con generosidad y a hacer del mundo un lugar más amable y solidario hasta dónde lleguen nuestras manos y nuestro aliento.

Como siempre, acompaño estas líneas con una fotografía tomada en 2021, que resume una celebración y un encuentro largamente deseados y pospuestos. Es una muestra de que los planes, que se nos desmoronan una y otra vez, llegan a realizarse: lo que no pudo ser en abril tuvo lugar en noviembre. Las circunstancias nos han enseñado a postergar, a tener más paciencia y perseverar, a asumir los cambios. La imagen, que muestra las manos de dos generaciones, me recuerda que somos parte de una cadena interminable de afectos y vulnerabilidades, más visibles que nunca. En nuestras muñecas, lucimos una pulsera que recibimos como regalo: el obsequio de un niño, trenzado con su ilusión y su tesón, que se ha convertido en una de mis joyas más queridas, porque su valor es el de la amistad cimentada en décadas, la familia que te regala la vida y el cariño que se mantiene a pesar de la distancia y los encuentros esporádicos. Me parece un excelente equipaje para afrontar el futuro.

En estas horas últimas de 2021, os deseo un 2022 lleno de buenos momentos y buenas noticias, en el que seamos capaces de apreciar lo que, de verdad, merece la pena. Los afectos y el cuidado hacia quienes nos rodean, la confianza y la experiencia adquiridas, la generosidad para escuchar y empatizar… Todo ello debería guiarnos para encarar el tiempo por venir, rodeados de amor, con mi abrazo, con todos los abrazos posibles y con mucha salud. ¡Feliz 2022!

Por una gratitud cotidiana y sincera

Tras la última entrada del blog, titulada Sin noticias de mí, recibí muchos y emocionantes mensajes de personas que se reconocían en el malestar que yo expresaba, y agradecían que mis palabras pusieran voz a su propio laberinto. Su generosa respuesta me desbordó y pensé en escribir algo para dar las gracias, un texto que podía haberse titulado “Con noticias de vosotros”.

Pero la idea inicial se fue completando con otras y, al margen de ese agradecimiento puntual que di a cada uno de mis lectores y les reitero nuevamente ahora, me propuse escribir algo más amplio sobre la gratitud. El tema me lleva rondando mucho tiempo y, tras lo visto a raíz de algunas muertes recientes, me urgía a reflexionar sobre lo que decimos y callamos, lo que ayuda o hiere, lo que resulta irrelevante o estimula en nuestra relación con los otros.

Los inesperados fallecimientos de Almudena Grandes y Verónica Forqué llenaron los medios de comunicación y las redes sociales de artículos y comentarios que elogiaban la trayectoria profesional y la calidad humana de ambas. Desde voces expertas en sus respectivos ámbitos, el literario o el interpretativo, pasando por compañeros de oficio, sus familiares y amigos hasta una inmensa multitud de admiradores, se volcaron en mensajes de duelo y reconocimiento. Palabras sordas y a destiempo que les rendían homenaje y agradecían los buenos momentos que ambas habían generado a través de sus textos y de sus horas de interpretación en la pequeña y gran pantalla.

En ambos casos, como tantas otras veces, mi pregunta fue la misma. ¿Por qué esperamos a la muerte para elogiar y reconocer? ¿Por qué somos tan rácanos con quienes aun nos pueden escuchar? ¿Por qué racionamos las caricias que pueden ser felizmente recibidas y salvar un día sin aliento?

Evidentemente, mis líneas no quieren animar a una alocada persecución de admiradores que asalten la tranquilidad de nadie. Cuando compramos un disco, un libro, la entrada del cine, un concierto o una obra de teatro ya estamos reconociendo… Si reseñamos, si recomendamos esa obra, estamos agradeciendo, igual que hacemos con los aplausos de los espectáculos en directo. En lo cotidiano, cuando volvemos a un comercio, cuando recomendamos el pan y las magdalenas de la tahona del barrio, cuando planeamos la cena de Navidad con el charcutero o intercambiamos recetas con los carniceros y pescaderos, les estamos haciendo partícipes de un bienestar al que ellos contribuyen y nuestra charla desenfadada, de algún modo, les incluye y reconoce.

Aunque algunos lo hayan olvidado, no hace tanto salíamos a los balcones y ventanas a agradecer el trabajo del personal sanitario que estaba dejándose la vida frente a un virus desconocido. Por aquel entonces, empezamos a valorar y agradecimos, de forma expresa y distinta, a quienes mantenían abastecidas las baldas del supermercado, a dependientes y cajeros de comercios de primera necesidad, al personal de limpieza que, provisto de desinfectante y guantes, se convertía en la sombra de nuestros pasos y borraba nuestras huellas con una mezcla de agua y lejía.

Pero al margen de los espacios de reconocimiento público tan obvios y de algunos aprendizajes que nos dejó la pandemia, dando valor a tareas tradicionalmente invisibilizadas, lo que me apesadumbra es la gratitud raquítica que ejercemos en el descuido del día a día. Y ante la desaparición de personas cercanas, me duele que se hayan ido sin que les hayamos dicho lo importantes que fueron en determinados momentos de nuestras vidas.

Unos días antes del fallecimiento del Almudena Grandes, discretamente y tan desapercibido que tardé días en encontrar algún obituario en la prensa, me enteré de que había fallecido Antonio Prieto, catedrático de Literatura de la Universidad Complutense, cuyas clases disfruté en la Facultad de Filología. Este verano, regresando de Salamanca y tras posar con la estatua de Fray Luis de León, relataba a mis compañeros de viaje cómo había conocido la obra de Fray Luis gracias a las clases magistrales de Antonio Prieto y cómo los nervios de aquellos exámenes orales que resultaban un raro desafío en aquellos tiempos, estuvieron a punto de llevarme con una oda de Fray Luis a la convocatoria de septiembre, aunque finalmente Boscán me lanzó un salvavidas. El curso que yo fui alumna de Prieto era, según se comentaba por los pasillos, su último como docente, al menos en los cursos de licenciatura y, sin embargo, en su última clase, tan magistral como las anteriores, no fuimos capaces de cerrar aquella hora con la ovación que año tras año le habían dedicado clases enteras de estudiantes. Aquella torpeza colectiva, aquel no atrevernos a romper el silencio emocionante del aula con un sonoro aplauso ha vuelto a mi memoria, mordiendo los recuerdos de aquellas lecciones extraordinarias sobre Petrarca, Cervantes y tantos autores de los Siglos de Oro. Ni él ni yo hablamos nunca de nuestro amor por la poesía, y esa falta de espacio para la confidencia me privó de decirle que gracias a sus clases encontró sentido y título mi primer poemario, que permanece inédito como un peldaño de aprendizaje necesario. Nunca le reconocí lo que me aportó en aquellas horas lectivas de los jueves y viernes que se convertían en un placer estético e intelectual.

En este tiempo de dificultades y demasiadas palabras dichas en vano, me he preguntado muchas veces hasta qué punto soy agradecida con quien me cuida, quien me ayuda, quien me quiere y me da soporte. También me he cuestionado si le doy más lugar en mi cabeza y en las noches insomnes a quien hiere y ofende, a quien desprecia y ningunea. Nunca fue mi fuerte hacer ecuaciones, pero me gustaría vivir el tiempo por venir desde la gratitud más que desde el enojo o el odio.

Si tiro del hilo, además del mencionado Antonio Prieto, hubo muchos profesores (en el colegio, en la universidad y en los estudios de postgrado), que me hicieron quien soy, tan amante de la palabra y el razonamiento crítico. En el ámbito laboral, me he encontrado con personas maravillosas que, desde una posición igual o superior, han sabido guiarme y sacar lo mejor de mí, jefes, jefas y compañeros, que se ganaban ese puesto desde el ejemplo y el estímulo, en lugar del ordeno y mando. Qué decir de la familia y los amigos, de las personas que han alentado mi escritura, arraigándome en el sentido profundo de mi propia vida; qué decir de quienes nos aman tanto que nos perdonan y acompañan en los momentos de más dolor y torpeza, ofreciéndonos empatía y afecto, de forma incondicional.

No puedo acabar estas líneas sin recordar a todos los sanitarios que me atendieron hace unos días, primero, en la atribulada atención primaria madrileña, y después en urgencias del Hospital Clínico. En esas horas, a pesar de mi facilidad con la palabra, me sentí incapaz de encontrar las que estaban a la altura de su dedicación, su conocimiento y su atención. Afortunadamente, todo quedó en un susto, pero la experiencia me hizo recobrar fuerzas y proclamar un gracias a la vida más fuerte que nunca, espero que inolvidable.

Podría intentar una lista exhaustiva, pero citar aquí una sucesión de nombres resultaría un texto tedioso. Yo sé quiénes fueron y son, y estas líneas habrán de llegarles como una acción reparadora (con los que todavía estoy a tiempo), por las veces que no lo hice como debía. Y de ahora en adelante, las gracias las daré de corazón sin esperar grandes ocasiones ni muertes; pronunciaré sus seis letras como quien regala alegría y reconocimiento, como quien otorga un don. Según el Diccionario de María Moliner, gracias significa, en su segunda acepción: “ayuda sobrenatural concedida por Dios al hombre para el ejercicio del bien y el logro de la bienaventuranza”. Muy lejos de querer ser dios, creo que si entre hombres y mujeres nos vamos ayudando en el bien para un mejor futuro colectivo, estaremos mejor encaminados. En este tiempo de nuevos propósitos de cara al cambio de año, ya tengo el primero: agradecer.

Muchas gracias por haber leído hasta aquí, por pertenecer a mi vida y hacerla mucho más feliz y gratificante. Gracias por ser el sol que templa el alma después del frío.

Sin noticias de mí

Ni octubre ni noviembre tuvieron su texto. Han sido meses exigentes de trabajo, pequeños contratiempos de salud, desánimo y falta de fuerzas… Pero también momentos de pausa, reencuentros felices, celebraciones pendientes, un par de viajes relámpago y un seguir replanteándome.

En lo peor del malestar físico, busqué el sosiego y la fortaleza de los árboles en paseos cercanos. El otoño parecía invitarme a soltar: dejar atrás lo que duele y no aporta, lo que no sirve para construir sino para hacerme más débil.

En el transcurso de estos meses de silencio, la presencia amorosa y cuidadora de los otros ha sido el refugio, junto al disfrute de la naturaleza y el arte: algunos libros y poemas sueltos, algunos espectáculos de música y teatro, y sesiones de cine que me ofrecieron, como los árboles, el camino de la renovación y la salida del laberinto.

Frente a la búsqueda de esperanza, escuchar las noticias diarias ha seguido siendo desalentador. Tanto dolor y tanta miseria atravesando con su daño el agua de la ducha, el placer del primer café, el plato de verduras de la cena… Tanto odio para restar energía en un país donde la luz sigue matando a través de malas combustiones e incendios evitables, donde las facturas niegan la dignidad. Así que, cada día apago antes la radio y la televisión, en defensa propia. Yo, que estudié periodismo y fantaseé con su poder de transformación social, les soltaría una monserga sobre ética periodística por minuto, pero no van a escucharme. Así que doy al botón en cuanto hurgan en la herida sin ánimo de contribuir a curarla o dan voz a quien no la merece.

Muchos días he sentido que las palabras no pueden con tanto o han sido secuestradas; que decir no va a aportar nada. Supongo que, en parte por eso, me he quedado suspendida en la pausa del para qué. Los libros a medias, las ganas ausentes, los proyectos alimentando un moho de desidia. Pero ese desaliento tampoco es sano y lo voy aprendiendo a fuerza del oírlo. Oírmelo.

Podemos permitirnos la tristeza, pero es imprescindible salir de ella tan pronto como nos sea posible porque tiene una alta capacidad para enredarnos. Tengo una amiga en Siria que me manda fotos de ciudades y personas dispuestas a salir adelante entre las ruinas. Conozco a personas suspendidas en la pausa de un tratamiento médico que viven la incertidumbre, a los que envío los ánimos que no me prodigo. Mi abuela decía que es muy fácil recetar a otros. Y hoy, recordándola en esta frase, creo que ha llegado el momento de la automedicación hasta ver la botella llena.

Por eso he vuelto al teclado, a los proyectos, a las palabras. Este texto es un tanteo; una forma de ver si hay eco y resuena, si una palabra lleva a otra, si el golpe de las yemas de los dedos sobre las letras abre el camino. Porque la escritura siempre estuvo ahí para rescatarme y no puedo olvidarlo. Porque, aunque sea para mí, las palabras siguen siendo aliadas. Teclear para preguntar y responderme, para dotar de sentido a los días por venir, para que los proyectos que arrancaron alguna vez con ilusión recuperen el pulso.

Volver a teclear como quien reaprende a caminar, a respirar, a recuperar sus órganos adormecidos. Por mí y por ellos. Porque necesitamos mucha fuerza para salir de tanto. Porque necesitamos la alegría, como la invocó tantas veces Almudena Grandes, a quien debo el deslumbramiento de Las edades de Lulú que me aportó otra mirada y otra forma de contar; la misma alegría que rimó Benedetti igualándola a la trinchera con la que defenderse de la miseria y los miserables. Es verdad que hubo y hay escapadas, afectos, paisajes, complicidades y brazos que están al alcance, en la ruta de los momentos alegres posibles. Así pues, parece que toca recalcular la ruta y que el GPS vuelva a orientarse hacia la esperanza.

Recibir el otoño entre libros y un poema

Comenzó y acabó la Feria del Libro y se despidió el verano, dando paso al otoño. De nuevo, el calendario parece ir al revés, acostumbrados como estábamos a una feria primaveral que regalaba tormentas junto a los primeros días de un calor insoportable y agorero. En esta última edición, cuando todo sigue teniendo un punto de extrañeza, se mantuvieron las tormentas mientras todo lo demás se me hizo raro. Así viví el acelerado paseo que pude dar (apenas una hora y media de una tarde, ¡ay!), por la Feria; en un viaje entre casetas fuera de lugar, fruto de una disposición endiablada, mientras la noche se echaba encima con el relente amenazando el primer resfriado y la sensación de que también esta cita se volvía a la vez deseada y hostil, un nuevo fruto de este destiempo permanente.

Pero, al menos, fui. Voy a quedarme con lo bueno. Al menos, volví a ver libros y casetas y caras conocidas y queridas. Al menos, me llevé alguna firma deseada y alguna sobrevenida. De rebote, me topé con mi admiradísimo Manolo García, del que soy una fan devota desde la adolescencia, como prueban las cintas de casete de Los Rápidos y Los Burros, la colección completa de El último de la Fila y sus trabajos posteriores en solitario, que guardo como tesoros. No me detuve en la larga fila de admiradores que aguardaban turno. La mayoría era de mi quinta y le contaba la misma batallita que yo le hubiera ofrecido: las canciones vividas sobre la piel, los conciertos que pude presenciar y los que lloré sin entrada, las veces que le escuché en directo dando saltos entusiasmados y coreando hasta la afonía. Los guardias de seguridad ya estaban avisando de que tal vez no habría tiempo para todos. Me ganaron la pereza, la premura de los tiempos y la sorpresa del imprevisto. Me prometí volver a escucharle pronto. Robé una foto que evitaba a la admiradora que podía haber sido yo y volví a retomar el rumbo de las casetas que estaban a punto de echar el cierre.

Atravesé la Feria como una loca sin plano, como “el loco de la calle” de aquella canción, jugando con el mal azar de quien dispuso una numeración caótica partida en cuatro hileras. Demasiados planos paralelos para una cabeza de letras al límite de las fuerzas y de la propia paciencia. No pude encontrar todo lo que buscaba. No tuve tiempo del paseo relajado de otras ediciones, cuando el calor cedía y el sol permitía el respiro de las casetas caídas en desgracia, en el extremo achicharrado.

Aunque un día después de publicar el artículo inicial, voy leyendo noticias que me hacen ver las cosas de otra manera, y retocar el texto con este nuevo párrafo. Quizás mi errático paseo no se debió al despiste y al cansancio, sino a que la Feria, este año, ha maltratado a las pequeñas editoriales que suelen ser mi objetivo, y así lo han hecho constar en una carta abierta que reclama explicaciones y dimisiones. Estaban mal situadas, aunque les cobraron lo mismo y les supone un esfuerzo mayor asumir todos los extras de quince días de Feria; han sido arrinconadas aunque, desde mi punto de vista que es el de muchos, estas pequeñas firmas son las que hacen que la Feria del Libro de Madrid merezca la pena, porque muchos lectores amamos su fondo editorial y la Feria es el mejor escaparate para que un libro nos lleve a otro, y para ojear títulos que en su momento no vimos, pero que una vez cerca de los dedos, no se nos vuelven a escapar.

Este año no tuve tiempo de procesar todos los recuerdos que mueve cada Feria del Libro, porque esta vez era tan distinta que no se producía esa llamada inconsciente de la memoria. Pero los recuerdos siguen ahí. Vinieron en tropel el día de la inauguración, cuando ante las imágenes por televisión pude evocar aquellas ferias normales, cuando la primavera y el verano se aliaban; cuando trabajaba muy cerca y El Retiro era un paseo habitual, donde me paraba un día sí y otro también, y vagaba entre casetas, mecida por el runrún del anuncio de las firmas; cuando recorría la Feria de niña, soñándome como autora al otro lado de los mostradores. Al ver la fotografía del mosaico que formaban todas las portadas en la caseta de Bartleby, también caí en la cuenta de que mi libro, De paso por los días, había cumplido cinco años, en la última primavera, cuando yo cumplí cincuenta. Abril y mayo fueron meses en los que no nos pudimos reunir para celebrar nada, y si lo hicimos fue con celebraciones íntimas y pequeñas que abrigaban un corazón castigado sin abrazos ni demasiadas alegrías.

Este tiempo pandémico y raro nos ha movido y removido tanto, que seguimos descolocados. Pero la Feria ha vuelto y aquel libro, con sus cinco años cumplidos, se ha asomado nuevamente al Paseo de Coches del Retiro, consciente de que la poesía no caduca nunca. También he recordado que muchos de los poemas del libro se escribieron en ese maravilloso parque de Madrid. Aquellos paseos habituales eran un bálsamo, en los que, contra la rutina y la barbarie diaria, yo buscaba la paz en el rumor del arbolado; escudriñando los colores y los movimientos de las hojas que daban paso a una estación tras otra; espiando la presencia de aves e insectos que buscaban agua, sombra o resguardo; topándome con otras miradas igual de melancólicas, felices o heridas que la mía.

Cuando acabé la primera versión del libro, estructurado en las cuatro estaciones, éste comenzaba por la primavera, manteniendo el orden de la escritura original. Pero luego, en las sucesivas correcciones, fui pensando que la primavera era más obvia, más habitualmente lírica y cambié el orden del libro, que empezó por el otoño.

Ahora, ante este nuevo otoño, que tiene mucho de reinicio; que, en lo personal, está siendo un tiempo de reencuentro y abrigo para conmigo misma, quiero recuperar alguno de esos poemas. Para celebrar el quinto aniversario de aquel libro que fue camino y sueño, para recuperar las fuerzas ante el futuro, para trazar un presente más transitable y consciente. Ojalá.

Porque la poesía siempre es refugio. Porque he cometido la torpeza de olvidarme de lo importante. Porque cada septiembre es un principio y soy afortunada, os dejo este “Paisaje” que se escribió hace muchos, muchísimos años; y aún me habla del valor de los sueños que se intentan. Y de no desfallecer.

PAISAJE

Sorprende a los ojos

viajeros del trópico

la caducidad de castaños

y plátanos dormidos,

asumir el rojizo

de la vida que se extingue.

En el recuerdo

se borran las palmeras,

las sombrillas de pobre.

El árbol caduco

es rescoldo de fuego,

remoto vuelo naranja

del ave del paraíso.

(De paso por los días, Bartleby, 2016)

Septiembre: tiempo de promesa

Septiembre tiene mucho de promesa. Eso fue tantas veces nuestro inicio de curso. Soñar lo que nos esperaba, no dormir en la víspera del primer día de colegio; desear buenos docentes y asignaturas motivadoras en los años universitarios, tan decepcionantes en tantos casos.

Ya no vuelvo al cole, pero mi año empieza dos veces. Y en ambos, estreno agenda de papel: la laboral, en septiembre; la personal, en enero. Por eso, todos los días que paso ante la fachada de las papelerías y librerías del barrio donde estos días hacen cola niños y mayores, me identifico con ellos. Y recuerdo con nostalgia la compra de material escolar nuevo, escaso pero ilusionante; y aquellos plásticos tediosos que nunca quedaban bien, con los que aprendíamos a cuidar incluso los libros que acabaríamos odiando.

Septiembre tiene también un poso de recuerdo y renovación que se conjugan bien. Volvemos de las vacaciones, de un tiempo distinto. Retomamos las tareas que nos agotaron antes de la pausa estival y tal vez, en este tiempo de reencuentro personal, hemos asumido cambios que tendrán que ensayarse y plasmarse ahora. Nos hemos prometido cuidarnos más, exigirnos menos, más descanso y más abrazos, más tiempo de calidad para nosotros y para la gente buena que nos rodea e importa.

Miro hacia atrás. A lo lejos, en días como estos recupero el recuerdo de las fiestas de otros septiembres. Fiestas de vendimia y vírgenes, bailes de verbena y coches de choque, los conciertos juveniles, las procesiones religiosas y su ritual de bendiciones. Ahora España es un país sin fiestas ni alegrías oficiales y tal vez por eso, la fiesta no es compartida. La pandemia nos ha roto; y mientras unos han asumido que no es tiempo de masas, otros las reivindican con furia y urgencia, como si no pudieran esperar más.

En los recuerdos más próximos, vuelvo a mirar las últimas fotos guardadas en el móvil. Sé que fueron verdad, que estuve en esos lugares. Ahora parece imposible que agosto se haya esfumado. Que no haya mar ni bosque, que no llevemos encima el plano mal doblado de una ciudad por descubrir, que preveamos cada calle y cada itinerario, y que aún no haya ninguna escapada en el horizonte.

Estos días vuelvo a escuchar las voces y los tiempos de la calle que me faltaban desde junio: el trasiego, las risas y los gritos de los jóvenes que acuden al instituto cercano, los timbres y músicas que estuvieron apagados y marcan otra vez el ritmo de sus horas y las mías. Discreta y simultáneamente, los árboles se están vistiendo de marrón a toda velocidad. Era más imperceptible a mitad del verano, pero ahora, las hojas han llenado las aceras de forma más temprana, quizás por esa ola de calor que pulverizó Madrid con fuego. Esos árboles insisten en reclamar nuestra mirada. “Me apago, me desnudo, no daré sombra por mucho tiempo”, me dice el castaño de la plaza. El mismo que ha sido, sin nombre, mi compañero en tantas horas de teletrabajo, horas de ventana cuando soñé otros paisajes.

No hay que desesperar ante la inminencia del otoño. Los teatros vuelven a levantar el telón, la cartelera podría salir de su letargo y en El Retiro, la Feria del Libro de Madrid vuelve a citarnos, después de tanto y después de todo, para que sigamos soñando con la primavera. Podría ser que tras esas hojas, que caducan en los árboles, se escondan otras de papel y tinta dispuestas a acompañarnos de por vida.

Es todo tan incierto… Y a pesar de ese temblor, tenemos que seguir soñando. Nos lo hemos prometido. Para eso hemos resistido estos meses tan duros y tan amargos. Eso nos juramos ante el mar y bajo los pinares del verano. Septiembre es recuerdo, pero también promesa de un tiempo nuevo. Por fuera y por dentro. Vamos a ello.

Y ahora… ¿qué?

En el mismo momento en el que guardamos los regalos de reyes y nos deshicimos de sus envoltorios, estábamos dando por finalizado el día de la magia y la ilusión colectivas. Con el mordisco al último trozo del roscón, prometimos iniciar la dieta. Y al volver a encender la tele o el ordenador, los mensajes de buenos deseos se habían esfumado. Con la excusa del debate de investidura, la bronca estaba servida no solo en el lamentable espectáculo proporcionado por algunos de aquellos que el protocolo aún llama “señorías”, sino entre las familias y en las redes sociales, en las barras de los bares y en las pintadas amenazantes.

Con gesto enfurruñado, el 7 de enero arrancó el calendario real de vuelta a la rutina: levantarse antes del amanecer para afrontar la jornada de cada quien, con sus satisfacciones, sinsabores y un remoto horizonte en cuanto a futuras pausas vacacionales.

Y de golpe, como en otras ocasiones, me interpelaba una frase que el personaje del Joven le dice a la Secretaria en la obra teatral Así que pasen cinco años, de Federico García Lorca. Es casi al principio de la misma. Ella le dice “Adiós”, y él la contesta:

– Adiós… ¿y qué? ¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco? ¿Dónde voy?

(Así que pasen cinco años, Federico García Lorca).

No es que me sepa muchos diálogos ni poemas de memoria, pero interpreté esta obra hace muchísimos años, cuando el teatro era algo que me apasionaba y disfrutaba no solo como espectadora (pasión que mantengo), sino cuando me atrevía a estar sobre el escenario y daba vida, por ejemplo, a aquel personaje de la Secretaria escrito por Lorca. 

Reinterpretando el texto y la escena, sentí que los que se despedían eran 2019 y sus últimos fuegos artificiales, mientras todos nosotros estábamos en la piel de ese personaje que se pregunta, en esa frase magnífica y por eso inolvidable a pesar de los años, qué hacer con el tiempo desconocido que se le venía encima.

Mañana será un lunes incontestable. Un lunes que da pie a una semana completa y sin márgenes. La velocidad habitual, las exigencias, el fin de todas las excusas. Podremos empezar a mirar la lista de nuevos propósitos e  intuir las primeras derrotas. Y lo malo no es, como le ocurre al personaje de García Lorca, que no sepamos qué hacer con el tiempo nuevo que comienza ni dónde ir. Lo peor es que sabemos que volveremos a transitar por lugares y momentos que detestamos. Y somos conscientes de que habría que hacer un esfuerzo gigante para intentar cambiar lo que no nos gusta, al tiempo que reconocemos que no todo está en nuestra mano.

Mientras los medios se hacen eco, con la falta de imaginación de todos los años, de los nuevos clientes de los gimnasios o de los que intentarán dejar de fumar; apenas he leído nada sobre transformaciones más profundas, sobre los propósitos que afectan al alma y al espíritu, al fondo emocional de lo que somos. ¿Cuántos pensamientos negativos hemos logrado desterrar? ¿Cuántas personas tóxicas hemos borrado de nuestra agenda de contactos? ¿Cuántos sapos hemos digerido ya con sabor a turrón de almendras?

Es cierto que en pocos días se me ha olvidado la paz y el propósito firmado junto al lago, pero el lago sigue bien cerca. Es cierto que 2020 ha empezado con malas noticias, con la muerte de la madre de un amigo del alma y el sacrificio de un gato de la familia que está muy enfermito, al que acaricié pocos días antes de Reyes. Pero es pronto para rendirse. Aunque el mundo no gire en el mejor de los sentidos posibles y la rutina nos haya golpeado con sus primeras certezas, quedan muchos días por delante.

Así que ante la pregunta del Joven, “¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco?”, la respuesta ha de ser tozuda. Seguir peleando, seguir intentando las metas y los deseos que nos animaban en el primer brindis de 2020. Cambiar lo que no nos gusta y mejorar en primera persona para que sea más fácil levantarse cuando aún no ha amanecido.

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