Verano de memoria, sentidos y extrañeza

He percibido cierta extrañeza al comenzar este verano. Supongo que no se debe sólo a la convocatoria electoral, sino a sensaciones más íntimas. Quizás, porque el verano pasado me permití unas vacaciones extraordinarias, y al inicio de éste, han regresado con fuerza las preguntas de entonces y las respuestas son un remolino que me incomoda. Quizás también por la proximidad entre el cambio de estación y el Día de las Personas Refugiadas, que me sumergió en la sensación de bucle y desesperanza que facilitan las noticias diarias. Tenía un texto a medias, pero volvió a paralizarme la pregunta de si tiene sentido escribir y aún así, aquí estoy, de vuelta al teclado para que el blog tenga cierto movimiento (me abochornan tres textos publicados como balance de medio año), para dar sentido a los propósitos de hacer lo que me gusta y, seguramente, porque no sé vivir sin la escritura.

El verano del hemisferio norte se inició ligado a la tristeza de la memoria, al cumplirse un año de las muertes en la valla de Melilla, un aniversario de vergüenza, silencio y causas archivadas; devoluciones ilegales, muertos y desaparecidos sin funeral. El calendario también nos recordaba la sombra alargada e inútil del Día de los Refugiados. Una fecha que, en cada balance anual, arroja cifras más abultadas, mientras la Unión Europea maldice sus principios, construyendo un relato indecente del que las mafias y ciertos regímenes siguen sacando pingües beneficios. El texto que escribí en este blog allá por 2019 hubiera resultado nuevamente válido de no ser por el constante incremento de las cifras y porque este año dos noticias radicalmente opuestas miraban al mar: un naufragio sin precedentes en aguas griegas y la búsqueda de cinco aventureros millonarios tras el rastro del Titanic. Dos hundimientos y dos varas de medir, dos balances de víctimas mortales y una alarmante brecha entre la atención mediática y los recursos desplegados.

Lejos de la costa, en el caluroso verano madrileño, el mar no es más que una promesa y un horizonte más o menos remoto. En estas calles, cuando aprieta el calor, lo único que sabemos es que Madrid se vuelve más intenso e irrespirable, como si el verano dejara de ser una estación o un reclamo publicitario y se volviera una palabra sólida, insoslayable… En paralelo, las noches insomnes se multiplican. De modo, que los sentidos se agudizan mientras nuestra cabeza se atonta, presa del calor y del cansancio acumulados.

Es el mismo calor de todos los veranos, pero nos sacude de un día para otro. De pronto, los olores resurgen más fuertes que nunca: tanto el de las esquinas donde se superponen los orines como el de los diversos tipos de acacias, cuyas flores parecen estallar con las altas temperaturas. Bastó pasar cerca de un árbol casi incandescente para recordar un olor de la infancia, el “pan y quesito”, cuyas florecillas mordíamos sin entender el nombre, porque aquello no era ni pan ni queso, sino la sensación de merienda y golosina callejera. La vista, los ojos sufren, y es imposible avanzar sin gafas de sol ante una luz que hasta el anochecer implica un castigo furioso. Y el tacto vive en permanente alerta, pues rozar una barandilla o sentarse en un banco metálico a esperar el autobús puede quemar más que un mal sueño. En el caso del oído, tampoco le va mejor, sometido al ruido incesante de las ventanas abiertas por dónde se cuelan la discusión y la jarana, y el rumor de todo tipo de motores. Aunque agradezco el cansino y ruidoso aleteo de las chicharras, que confirman que es posible sobrevivir al calor y ponerle música, ese fondo sonoro que también había olvidado. Por su parte, la lengua seca insiste en reclamar agua, hasta el punto que cada peatón carga su botella, como si fuera un bastón que ayuda a no desvanecerse.

En el primer intento de escapada a la sierra, me equivoqué de tren o de andén o las dos cosas. Los retrasos se encadenaban en la estación y bajo el sol que cubría todo el andén, mis sentidos fallaron. Si hubo avisos por los altavoces o mensajes luminosos no les presté atención, sumida en el cansancio de un viernes por la tarde y la rutina de un viaje que he hecho incluso con los ojos cerrados. Pero no, uno no puede confiarse en el caos incesante de una ciudad donde las dinámicas urbanas (las obras, las incidencias, los cortes del servicio…), han superado el alcance de nuestro entendimiento y resistencia.

Después de quince minutos de solanera, agradecí tanto el aire acondicionado del tren que no atendí más razones. Una vez sentada, me relajó la sensación de movimiento, atravesar La Casa de Campo, coger aire en sus árboles y en el azul artificial de varias piscinas. El paisaje era el de siempre. Pero al dejar atrás Las Rozas, el tren dio un giro que se me hizo raro, aunque no le presté atención, fascinada como estaba ante la vista de jovencísimos corzos. Su belleza me impidió razonar, aunque algo iba mal. En mi aturdimiento, tampoco reaccioné al percibir que las torres del final de la Castellana se iban acercando, convertidas en figuras que se derretían bajo una luz implacable. En aquella sensación onírica, de corzos vivos y edificios llameantes, se escondía la realidad de que atravesábamos el Monte del Pardo en dirección a Madrid.

Salí del sueño a golpe de megafonía, está vez, sí, cuando una voz metálica anunció la llegada a Pitis, de nuevo en la capital. Salté al andén de una estación que no había pisado nunca, donde los demás viajeros también parecían náufragos a la espera de un destino incierto, ante la letanía de monitores y altavoces que explicaban lo obvio: “el servicio no se presta con normalidad”.

Recuperé la sensación de calor y cansancio, también las ganas de llorar. Tras una semana laboral agotadora, el fin de semana comenzaba desbaratando planes propios y ajenos. En Alpedrete, me esperaban para compartir la lectura de Mª Ángeles Pérez Lopez, y su Libro mediterráneo de los muertos, pero en aquel nudo ferroviario, el mar estaba tan lejos como la poesía. Mientras las voces de la catástrofe hacían metáforas hiperbólicas en mi cabeza, un mensaje amoroso me recordó que el mundo no se acababa ahí, y que tanto la poesía como el abrazo, esperarían el primer tren. Y yo, volví a aferrarme a la risa y a la esperanza. Y a desear un buen verano. Ojalá lo sea para quienes seguís estas líneas.

Un nuevo cumpleaños

Quiero agradecer al tiempo la celebración de la vida, con un nuevo cumpleaños.

También quiero agradecer su tiempo a todas las personas que se acordaron de la fecha, y me dedicaron el suyo.

He recibido muchos, muchos mensajes. Hoy en día, se multiplican los canales y las sorpresas, los formatos. Hay palabras y emoticonos, hay voces que llegan desde miles de kilómetros, videos, canciones… También hay besos y abrazos cercanos, los que son posibles. Y la fortuna de saberse querida, en cualquier caso.

El 23 de abril de este año comenzó en su vigilia: la enésima noche de insomnio. Como al día siguiente era domingo, podía permitirme el lujo de no sufrir pensando en un despertador y un listado de tareas implacables. Esperaba un día relajado.

Fui llegando al amanecer despacio, imagino que igual que en aquella madrugada de hace 52 años, cuando las progresivas contracciones iban anunciándome.

La noche fue un viaje. Una mirada al año vital que se cerraba y al que se abría. Otro balance. ¿Qué le vamos a hacer? Soy una pesada de las fechas señaladas y los buenos propósitos.

A última hora, me venció el sueño; y al despertar, no se oyó el llanto del bebé sino los pasos de la mujer que soy. Un poco más lenta hacia la ducha, y al encuentro con los míos.

Ya había llegado un ramo de flores, también el libro que, todos los años, me auto-regalo. Después, los detalles de otros. Aquello en lo que pensaron que me haría feliz. Cómo no serlo. Compartir desayuno y almuerzo. Poder echarme una siesta que resultó sanadora. Mi tiempo es mío, a veces, y entonces, es un regalo de los mejores.

Y al caer la tarde, un paseo y una charla cómplice; las manos y las palabras propias y ajenas al encuentro de los deseos y los sueños; la literatura y los proyectos en curso, como una nueva determinación y un rumor de fondo. Porque escritura y lectura siempre estuvieron. Y nacer en el día del libro siempre fue un regalo. ¿Qué me iban a regalar?

Antes del anochecer, los ojos disfrutaron de la belleza de un paisaje próximo y arrebatado. El arrebol, las nubes de la lluvia imposible, los colores del cielo de Madrid, las siluetas que prendieron la imaginación de la infancia, la certeza de los árboles, la luna en sus primeros días de fase creciente junto a Venus.

Hoy tarareo la canción “Gracias a la vida”. Y sé que detrás de ese agradecimiento están las muchas manos que me sostienen, todos los ojos que me siguen leyendo, y me alientan. Por mí y por ellos, en esta nueva vuelta al sol, me propongo dar trabajo a la imprenta.

El tiempo y su azar dirán.

Mientras tanto, aquí queda escrito, y sigo tarareando, afortunada.

Viajar para volver a ser

Si no fuera porque ya la escribí, esta entrada podría titularse “Sin noticias de mí”. He dado un respingo al verme en abril y ser consciente de que no escribo en este blog desde que os hice llegar mis mejores deseos para 2023, en un remoto 31 de diciembre.

Abril… La primavera, mi cumpleaños, el día del libro y “el mes más cruel” del calendario, según aquel poema de T. S. Eliot que, en su libro La tierra baldía, lo condenó a la tristeza. Sonrío al poeta desde el propósito de contradecirle. Porque nada me gustaría más que un abril luminoso y esperanzado, un abril que traiga lluvia a raudales y también la energía y la vida del agua buena.

Echo la vista atrás… Reviso lo que no os he contado y anoté en líneas dispersas que no llegaron a conformar un texto cabal. Algunos libros que descubrí en sus respectivas presentaciones: La mujer imposible, de Ana Pérez Cañamares; Bellas damas sin piedad, de Lourdes Martínez; Sinfonía en rojo, de Elisabeth Mulder; Poesía, de Karin Boye; Anna (Capital Semilla), de Gsús Bonilla; Toma de tierra, de Yayo Herrero… La reflexión sobre la palabra y la experiencia poética de Federico Ocaña y Sonia Bueno, quienes en el VI Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, lograron conmoverme y reconectarme con ciertos proyectos; al igual que la ironía y la inteligencia de Enrique Vila-Matas en el Festival Capítulo Uno o el imponente recitado de La tumba de Keats, en la voz siempre vibrante de mi querido Juan Carlos Mestre. Espectáculos de ópera como Arabella, Aquiles en Esciros, La nariz, que disfruté desde ese paraíso que sigo interpretando como un premio; maravillosos conciertos de música de cámara en la Fundación Juan March; exposiciones como “Detente, instante” (una visión panorámica de la historia de la fotografía), o “Revelación”, de Leonora Carrington (que os recomiendo, porque sigue hasta el 7 de mayo en la sede de la Fundación Mapfre de Madrid). Y varias películas que me llevaron a otras vidas y otros tantos libros que, a pesar de su pálpito de deseo y necesidad, se multiplican sin leer y son el testimonio apilado del quiero y no puedo.

Sin duda, no han faltado ocasiones para un crónica cultural… Y sin embargo, otra vez, el cansancio y el llanto se aliaron en mi contra. La muerte de un amigo me paralizó, de nuevo el dolor de las preguntas sin respuesta, al constatar que convertimos la existencia en un remolino donde relegamos lo principal. También me interrogué por el calvario absurdo de la supervivencia, concebida como arrastrar un pie detrás del otro. Reflexioné por los pensamientos saboteadores que paralizan los deseos. Volví a cobrar conciencia de mi debilidad ante el daño que ejercen otros. Y de todo ello, volvió a emerger la sombra de una fractura íntima, demasiado persistente y profunda.

Afortunadamente, marzo me regaló dos viajes que han supuesto un revulsivo: Olomouc y Ginebra. Aunque todo viaje tiene su dimensión de descubrir o redescubrir lugares nuevos, alejados de nuestro mapa habitual, el propósito de ambos viajes no era el turístico, sino, por encima de todo, el abrazo. Visitar a personas que no están en Madrid, y que al abrirnos sus vidas y compartirlas, sirven de palanca para un reencuentro personal; porque a veces, al dialogar y pasear con otros, volvemos a escuchar antiguos latidos, que fueron fundamentales.

En Olomouc, una bella ciudad monumental checa, al recorrer los edificios de la universidad, recordé aquellos cursos remotos de veranos en el extranjero. Aunque se abría un abismo entre presente y pasado, fui capaz de rescatar aquel deseo por aprender y vivir. Estoy segura de que, si pudiera darse el imposible encuentro entre la joven estudiante que fui y la mujer que ha cumplido más de veinticinco años de experiencia profesional, les costaría reconocer la correlación entre los esfuerzos y los logros. Aquella joven se sentiría decepcionada y tal vez fuera capar de echar en cara la palabra fracaso a la otra. Sin embargo, esa misma, con el peso y el paso de los años, tendría que explicarle que la vida no es tan fácil y que quizás el gran error sea apostar por lo absoluto. Hay elecciones, decisiones y azares que marcan las cartas del futuro. El balance del presente quizás no sea el que alguna vez se soñó, pero a estas alturas empezamos a entender que los sueños rara vez se cumplen. En algún momento, más que a los sueños, apostamos a la realidad y ésta, desde su prosaísmo, nos mantiene pegados a la seguridad del suelo, en un moderado equilibrio más material que emocional. En Olomouc, me encantó visitar la biblioteca universitaria, repasar los anaqueles, recordar miles de horas de estudio… La idea quedó en el aire y, quizás no sea tarde para un nuevo curso, con un cuaderno especial; formalizar una matrícula y volver a esforzarse por la mera satisfacción personal.

Ginebra, la histórica ciudad refugio a orilla del lago Lehman, me resultó acogedora nada más aterrizar, aunque habían pasado muchos años desde mis visitas anteriores. A pesar de la noche, el paisaje y las calles resultaban reconocibles. A pesar de la falta de lazos de sangre, un piso distinto era un hogar lleno de abrazos y deseos de ser hermana y tía. Y es que los años también me han enseñado que la familia enmarcada por dos apellidos se puede ampliar con personas que encontramos fuera del techo que nos dieron nuestros padres. Los primeros días fueron familiares: acompañar al colegio, ayudar a recortar o colorear, redescubrir el juego y el lenguaje, disfrutar del aire libre en un paisaje verde, compartir la inocencia de la risa… Y con todo ello, el viaje hubiera sido perfecto para devolverme a un mundo de afectos y manos, de palabras que acompañan y consuelan, de existencias que se hacen más fuertes en los aprendizajes compartidos. Pero, además, disfruté de algunas horas libres y solitarias en las que recuperé la sensación de viajera. En ellas, al volver a hacer fotos, afloró el placer de la mirada que intenta atrapar una belleza distinta y al mismo tiempo, atrapa al testigo. Curiosamente, las imágenes que iba atesorando en el móvil, me iban revelando lo inesperado. Así, en una foto donde aproveché un cristal que hacía de espejo salí desenfocada y en un selfi con un paisaje azul y repleto de edificios, el fondo salió quemado y sin contraste, mientras yo sonreía. En ese momento en el que, perpleja ante el resultado, intentaba otro enfoque, peleando con un viento fortísimo en la torre de la catedral de Saint Pierre y un brazo demasiado corto para un buen encuadre, apareció un turista que se ofreció a hacerme la foto. Aunque me gusta hacerlas a mí, su sonrisa y su disponibilidad me convencieron. Y le reconocí que era mi mejor retrato de aquel día. Enseguida junté las piezas de la jornada, y concluí que somos mejores cuando nos dejamos ayudar.

Volver a ser es un camino largo y consciente, personal y acompañado. Habrá días grises, pero a falta de luz, me aferraré a otras manos y voces. Habrá que ir desterrando, de una vez por todas, esas certezas absolutas que sólo enmascaran excusas. Habrá que reconocer y buscar un equilibrio entre suelo y cielo, realidad y proyectos. Habrá que volver a ser lo mejor de aquella joven que fui, con la experiencia acumulada y la certeza de que la vida es el gran viaje que tenemos al alcance.

Con el impulso del amor, feliz 2023

A punto de cerrar el año, vuelvo a hacer balance. 2022 me puso ante el espejo de la fragilidad y me dio la oportunidad de recuperarme. Llego a sus últimas horas más fuerte y consciente de la importancia de los afectos, la salud y las pequeñas cosas que constituyen la vida. Lo cierro con una sonrisa, dispuesta a mantenerla en 2023: con gratitud y sabiéndome afortunada.

Como si se tratase de un periódico muy personal, repaso el diario y las fotografías del año vivido. Me acuerdo de las experiencias de nuevos libros, lecturas compartidas y el contacto estimulante con autores que admiro. Rememoro sesiones de cine y teatro, algunos conciertos de músicas diversas y evocadoras, y noches de ópera. Exposiciones de fotografía, pintura y escultura dejaron la impronta de la mirada de otros, su trabajo con la materia para reflejar lo que son, lo que somos, ese conflicto que late en el arte y nos cuestiona… También ha habido viajes. Escapadas donde disfruté del rumor de los árboles, el reencuentro con el mar y la certeza monumental de la piedra. A veces se nos olvida que estamos rodeados de belleza, ya sea en un bosque, en una playa o a la sombra de lugares tan mágicos como la Alhambra o las iglesias románicas de Castilla. Todos estos espacios han sido refugio para un mundo que sigue siendo hostil en muchos aspectos: en la acción que no atiende al bien común, en la agresión y el olvido a quienes no tuvieron la suerte de un pasaporte privilegiado. Después de tantos meses de repliegue interior, volví a participar en algunas manifestaciones con la misma sensación simultánea de siempre: la inutilidad del gesto y su imperiosa necesidad. Supongo que en un mundo tan saturado como el nuestro, es bueno que aún alguna noticia nos golpee hasta movernos del sofá. Que sigamos siendo sensibles ante una barbarie que nos hace preguntas incómodas. Seguirán ahí en 2023 y volveremos a estar obligados a abrir los ojos.

No obstante, lo más importante de 2022 no está en las fotos sino en la recuperada experiencia del tacto. Los reencuentros felices con las personas que quiero, los abrazos que han sido tan posibles como inesperados, celebrar los cincuenta que aplazó la pandemia, volver a compartir una comida, bailar viejas canciones, sentir la caricia necesaria en la complicidad de lo cotidiano. Lo más valioso que tenemos es el amor, el afecto y el cariño de las personas que queremos y sentimos a nuestro lado. Y lo bueno de este año fue descubrir que no importaba el tiempo que hacía desde el último abrazo, todo parecía haber quedado suspendido en un anteayer más emocional que real, y era posible retomar la conversación en el mismo punto donde se había quedado, volver a besarnos casi como en aquella remota y primera vez.

Busco una imagen para cerrar este año y abrir el nuevo, y rescato una fotografía de un maravilloso paseo otoñal que recupera el placer de lo cercano. Alrededor de mis pisadas, estaban las piñas y las hojas caídas de los árboles, y bajo su sombra fermentaba silenciosa la renovación constante de la vida, un germinar y crecer tan callado como una caricia, tan necesario como un abrazo. Junto a los restos caducos, los nuevos brotes alentaban el futuro, brillante de gotas de lluvia. Una imagen que no tiene nada de naturaleza muerta sino de lo que merece la pena ser conservado y cuidado, lo que tenemos tan cerca de nosotros que puede pasar desapercibido ante nuestra prisa. La naturaleza nos ofrece calma, belleza y una lección de paciencia. En su silencio y su sencillez es más fácil descubrir quiénes somos y escuchar quiénes queremos ser.

Os deseo un año 2023 de buenos momentos, de escucha y caricia, de compartir y cuidar, de dar y recibir, de valorar lo que tenemos y sabernos afortunados, de afrontar cualquier intemperie con la certeza de un renacer más pleno.

Árboles, más árboles, por favor

Este otoño de puertas para dentro, de jornadas laborales que acaban con la luz de la tarde ya vencida y fines de semana domésticos o con actividad en interiores, me ha dejado menos contacto con los árboles del que yo hubiera deseado. Pero un par de castaños que se divisan desde mi ventana me recuerdan que están ahí, cambiando de color, regalando belleza en este momento de dejar morir las hojas para renovar sus fuerzas.

El otoño es una estación de matices y cambios. Los primeros charcos, los reflejos ocres, las tardes cortas, el olor de una chimenea cercana que, en la extrañeza de la ciudad, arranca un olvidado olor de humo de leña. La promesa aplazada de un paseo por el bosque me llevó a evocar fotos de años atrás. Una fugaz visita al Retiro, para disfrutar de la magnífica exposición de Manolo Quejido, me recordó como se gestaron algunos poemas de tiempo atrás.

Árboles, árboles, árboles, me dije… con la intención de escribir unas líneas y rescatar aquellos viejos poemas en este blog, para rendirles un pequeño homenaje de nostalgia, mientras aguardaba el paseo entre su murmullo. Y en esas estaba cuando, hace un mes, se presentó en Sevilla el primer inventario de árboles singulares de la ciudad.

Resulta que en verano, un amigo que estaba trabajando en este proyecto y tenía mi libro De paso por los días (Bartleby, 2016), me pidió permiso para usar algún poema en el documento. Lógicamente, le di todos los permisos del mundo. Un tanto avergonzada, porque quién era yo después de haber leído (y participado), en el libro Naturaleza poética, editado por La imprenta; quién era yo cuando mi amigo y admirado poeta Gsús Bonilla andaba enredado en El mundo florece para ser escrito y otros proyectos de jardines encendidos; quién era yo leyendo, en el Diario de Sevilla, a Tomás García Rodríguez, al que he descubierto a través de las redes y reconozco sabio defensor de Sevilla y su paisaje arquitectónico y vegetal, como fácilmente se puede apreciar en artículos como éste. Ofrecí todos esos nombres, todas las excusas, todos los argumentos, todo mi pudor… y también, le reiteré que aquellos poemas eran ya de sus lectores más que míos.

En efecto, yo no era nadie, pero mis poemas le encajaban y siguió con su idea. Así pues, se permitían un nuevo vuelo que me hacía feliz. Aún más cuando vi la maqueta y supe que no iba sola, sino acompañada por Manuel Benítez Carrasco y Gustavo Adolfo Bécquer. El primero, cuyo nombre desconocía, es el autor del poema “Dice el árbol”, que forma parte de una bella tradición, pues su lectura acompaña a una asociación vecinal de Sevilla en cada plantación, y son sus versos los que dan voz al nuevo árbol, que pide que le cuiden y respeten como se merece. Al segundo le sobra presentación, poeta romántico sevillano, cuya poesía marcó nuestras lecturas juveniles y cuyo monumento se ubica en el Parque de María Luisa, a la sombra de un bello ejemplar, un taxodium, que consta en este inventario.

Este catálogo de árboles de Sevilla distingue 56 ejemplares y 28 arboledas singulares. Ha sido todo un descubrimiento asomarse a sus páginas y entender los criterios empleados y el aluvión de datos que justifican sus respectivas singularidades. Lo que destaca a los ojos de cualquier paseante, sus dimensiones, belleza y emplazamiento; se amplía con una completa serie de motivos que explican su presencia en el listado: su tamaño y la rareza de su especie; la edad cronológica y ontogénica; la forma y tipología de su crecimiento; sus valores culturales, paisajísticos o ecosistémicos; la adecuación al emplazamiento y su representatividad.

La recta final de la elaboración del inventario se cruzó con la poda parcial del ficus de San Jacinto y sus consecuencias, las manifestaciones a favor y en contra, los intereses y la intervención judicial… Al escribir estas líneas, ese ficus sigue en pie, y su resistencia respira sobre otros nombres que nos trasladan a la historia y la belleza de la ciudad hispalense.

Porque leer la nómina de los árboles recogidos en el inventario es iniciar un viaje lleno de olores y rincones, propiciados por la evocación: la araucaria de la Torre Norte; el pacano y el magnolio del Real Alcázar; el cassine y el celtis del Palacio de las Dueñas; el árbol de las cigüeñas; la ceiba del pabellón de Cuba; el pomelo del Monasterio de la Cartuja; el eucalipto de Pedro Salinas; la tipuana de la Calle Monzón; el ficus del Altozano o la morera del Cortijo del Alamillo… Y lo mismo ocurre con las arboledas: conjuntos de sombra y color gracias a plátanos, araucarias, cedros, naranjos, eucaliptos, jacarandás o washingtonias que van unidas a lugares como la Cartuja, la Glorieta de los Hermanos Machado, el Real Alcázar, el Convento de Santa Clara, La Pasarela…

Gracias a este documento, están a nuestro alcance los datos de cada ejemplar o del conjunto, fotografías globales y de detalle, el plano de la ubicación y las directrices técnicas para su gestión futura, porque de su seguimiento, cuidado y vigilancia puede depender que el árbol o la arboleda sigan cumpliendo años y celebrando su belleza…

Adentrarme en las páginas de este inventario me ha permitido hacerme más preguntas. Aunque soy una gran amante de los árboles y se cuelan con facilidad en mis poemas, me he dado cuenta de lo que mucho que ignoro de ellos. Seguramente no soy la única. Los urbanitas, que agradecemos su sombra en verano y nos cuidamos de los resbalones con sus hojas, apenas distinguimos las especies de esos grandes y pequeños ejemplares que nos ayudan a respirar todos los días. No en vano, mi contribución al libro colectivo La escombrera llevó por título “Testigos de madera”, y aquellos poemas se referían de forma alterna a árboles y humanos, enfatizando su mutua indolencia y su mala vecindad, madera insensible frente a la desidia colectiva.

Hoy sé que la madera siempre está viva. No sólo la que nos rodea en la vida vegetal de nuestras calles y parques, también la que hemos domesticado para hacer más acogedores nuestros hogares. Porosas a nuestros descuidos, dúctiles a nuestras pisadas, tacto de juegos infantiles o mazo para mezclar los sabores de la receta familiar, albergan el amor o la carcoma, o la combinación de ambos. Hoy sé, que si vuelvo a publicar un libro, plantaré un árbol. No con mis manos, sino a través de quienes saben, para compensar esa tala que se hace papel y late después entre palabras. Como gesto mínimo de gratitud hacia los árboles a los que sigo debiendo más de una visita.

Una manifestación histórica por la sanidad pública de Madrid

Tengo aún la emoción y el ánimo encendidos, tras participar esta mañana en la manifestación convocada por los “Vecinos y vecinas de los barrios y pueblos de Madrid”, contra el plan de destrucción de la atención primaria sanitaria.

No he podido acudir a otras citas y la de hoy, se preveía multitudinaria. Quise inventar excusas y pensar que no pasaba nada si faltaba; pero, al final, me recordé una promesa que hice en los meses duros de la pandemia, cuando era imposible manifestarse contra el desamparo, la mentira y la pésima gestión política sanitaria.

La mañana comenzó nublada, pero ya en el metro se percibía la energía de los días brillantes y las causas colectivas. El trasbordo hacia Ópera era multitudinario y dejé escapar un tren abarrotado en un andén casi lleno que esperaba al siguiente. Camisetas y batas blancas, corazones verdes, mascarillas diversas y personas de todas las edades. Una auxiliar de Metro guió a una pareja que empujaba la silla de ruedas de su hijo hacia el final del andén, donde iba a ser más fácil acceder a un vagón sin apreturas. El metro iba a tope, como en la hora punta de un día laborable, aunque era domingo.

Intentado salir del metro de Ópera a la superficie.

En la plaza de Ópera, desde donde debía salir la columna oeste, costaba encontrar hueco o moverse entre el gentío. Había salido el sol. Se escuchaba la batucada, pero no veía la cabecera ni parecía posible que aquella muchedumbre se moviera si la ruta tenía que atravesar la Puerta de Sol, convertida en ratonera, gracias a obras tan despilfarradoras como innecesarias.

Volví al metro. Pensé que era mejor avanzar hasta Sevilla bajo tierra. Dos estaciones y al salir, la calle Alcalá estaba aún vacía, pero a lo lejos, ya se divisaba la Plaza de Cibeles con mucha gente y me fui para allá. Allí, logré situarme muy cerca de la estatua y, gracias a los mensajes de móvil, encontrarme con amigas que hacía mucho tiempo que no veía. Desde la espalda de la diosa, veíamos la marea humana que bajaba desde la Puerta de Alcalá, y escuchábamos el rumor de la batucada que venía desde Atocha, y el mar de voces y pancartas caseras que procedía desde el norte, recorriendo el Paseo de Recoletos.

Mientras llegaban las cuatro cabeceras, distintas voces fueron tomando la palabra en el estrado. Sin partidos políticos ni banderas de ningún sindicato, reivindicando el sentir de quienes estábamos allí que, como se había pedido desde la organización, solo agitábamos pañuelos blancos.

Se recordó a la ‘Marea de Residencias’ en su lucha contra los protocolos de la vergüenza. Aquellos que, en tres días de marzo de 2020, establecieron por escrito que el deterioro cognitivo o la falta de movilidad descartaba el traslado hospitalario de centenares de mayores, que fueron condenados a morir solos y a no ser llorados.

La plaza enmudeció a pesar de estar rebosando, con un minuto de silencio dedicado a la memoria de residentes y sanitarios fallecidos durante la pandemia. Los pañuelos blancos volvieron a agitarse, en un intento imposible de enjugar las lágrimas de aquellos días.

Se ha reclamado la salud de todas las personas, al margen de su renta, su origen, su edad o situación administrativa. Debería dar igual quién acuda a un centro sanitario, la atención ha de ser pública, universal y de calidad. Y así se ha dicho una y otra vez, pensando y dando voz a las personas excluidas de tratamientos de VIH, a pacientes de enfermedades invisibilizadas, covid persistente o salud mental. También se ha defendido el trabajo de los centros sanitarios rurales, desmantelados en las últimas semanas para reabrir los centros de urgencias urbanos que se cerraron en marzo de 2020.

El personal sanitario lo ha dicho por activa y pasiva y hoy se ha vuelto a repetir: la atención primaria y de proximidad salvan vidas y son menos costosas que las urgencias hospitalarias. Y es una barbaridad mezquina y pura difamación acusar a los colectivos sanitarios de no querer trabajar cuando se dejaron la piel en la pandemia. ¿Acaso hemos podido olvidar, en tan poco tiempo, los aplausos, sus contagios y sus jornadas extenuantes, su desprotección para atender una infección desconocida sin guantes ni mascarillas suficientes?

El testimonio de los sanitarios nos sigue ofreciendo un discurso vocacional. Han pedido respeto por el dolor de sus pacientes, defendiendo una profesión que aman y no tiene sentido a través de una pantalla de plasma. Ellos y ellas, como se ha dicho, son héroes y heroínas que no llevan pulserita sino batas blancas. Algunos están siendo expedientados por denunciar la situación en la que están sus centros de salud. Son objeto de un discurso de odio que impulsa las amenazas y las agresiones físicas que reciben. Y sin duda, si se les ofrecieran condiciones dignas de trabajo, no optarían por el éxodo sanitario que está viviendo Madrid. Porque no se van: los echan, los trasladan, los despiden, los usan y los tiran como si fueran un trapo viejo.

Hoy, en el vigésimo aniversario del hundimiento del Prestige y de su marea negra, la plaza de Cibeles, la más blanca de la capital, ha sido un clamor contra la injusticia ante una situación de emergencia sanitaria y social que rompe las costuras de una sociedad teóricamente rica y sustentada en el estado de bienestar. Por mucho que los manipulen, los datos demuestran que falta presupuesto en atención primaria, en unidades médicas especializadas y en investigación. Y que el recorte sistemático y el desvío de fondos públicos hacia redes privadas o privatizadas suponen el incumplimiento de derechos constitucionales, como son el derecho a la salud y a la atención sanitaria de la ciudadanía.

Ha sido emocionante volver a entonar “El canto a la libertad” de Labordeta, devolviendo la dignidad a esa palabra que no merece ser pronunciada por quien la mancha y la ataca. Porque como bien se ha dicho hoy: “No hay libertad cuando hay enfermedad”. Parece que nos quieren enfermos y divididos, pero hoy la población de Madrid ha demostrado que está sana y unida.

A la hora de publicar estas líneas, la guerra de cifras está en marcha y el Consejero de Sanidad está quitando importancia a la manifestación de hoy. Me importa un bledo. A su desprecio, el mío. Quienes hemos participado en la convocatoria sabemos lo que hemos vivido. Hasta el sol se ha sumado a una jornada inolvidable. No se ha reforzado el sistema de transporte ni para ir ni para volver. No hemos escuchado al helicóptero que nos ha seguido otras veces. Si no nos esperaban, da igual: hemos estado presentes y vamos a seguir estando. Tenemos memoria y vamos a expandirla entre los olvidadizos, porque es una marea de ilusión y de vida. De utopía, ese seguir andando para avanzar. Ojalá la mañana de hoy sea un nuevo principio.



Noches de insomnio

Algunas noches gana el insomnio. Es tan poderoso que no solo desbarata la madrugada, también el amanecer y las horas del día por venir. Esa jornada para la que habíamos hecho planes, justo ahora, cuando el otoño acelera y se aprieta el nudo de las obligaciones; cuando los sueños de las horas libres se nos sueltan de la mano.

Cuántas vueltas sobre las sábanas cada vez más remolino. Cuántas ideas para esas horas malditas y estériles. Acuden tareas pendientes, viajes deseados, conversaciones empantanadas, proyectos estancados…

El oído se agudiza. Nos molesta el rumor del motor de un coche que no arranca, la certeza de una sombra en el portal. De fondo, percibimos un ir y venir constante de sirenas. Una ciudad sobresaltada en un mundo que no descansa, tan insomne como nosotros. Se multiplican las vidas y las muertes, los accidentes y los problemas, los semilleros presentes del insomnio del futuro.

Al día siguiente, en las noticias nunca faltan las emergencias. Pudo ser la explosión y el incendio de un local en un barrio de Madrid o la reyerta y su rastro de sangre sobre la acera. Más lejos, las redadas de la noche europea, cuando la policía se pone a rastrear mafias en golpes combinados. También el eco de proyectiles y su rastro de fuego entre Ucrania y Rusia; en las provincias y ciudades que no aprendimos en ninguna clase de geografía y se han vuelto tan cotidianas que, a pesar de su distancia y su extrañeza idiomática, resultan pronunciables.

Las sirenas quedaban muy lejos de casa, pero resultaron ciertas y cercanas, nublando el amanecer como una mala resaca. Tras noches así, uno se levanta torpe, muy torpe. Con un nudo de cansancio enredado a la pesadilla previa al despertador. Con el cuerpo envuelto en la funda siniestra de una noche para olvidar.

Las soluciones al alcance son las persianas. Al otro lado, ya hay luz. La ducha y su caricia dulce. El agua tibia sobre la cabeza, derramándose sobre la piel hasta despertarla, me recuerda que habito entre los afortunados.

En la cocina, el café que iba a ser la segunda salvación acaba espolvoreado sobre la encimera, en un desayuno que no encuentra su sitio ni su paz. Cuanto se me escapa entre los dedos parece prevenirme contra un mal día. El resultado es un bodegón cuya belleza es el extraño resultado de una mañana por hacer.

Quizás no dormí porque estoy nerviosa. Quizás el café no sea la mejor solución y este volcarse sea una advertencia. Pero no es fácil salir de la rutina de los gestos aprendidos. Necesito café para despertarme, aunque haya estado media noche despierta. Necesito su olor de pócima casi sagrada para entrar en el día laborable con la fuerza que no encuentro entre lo accidental y lo fortuito.

Los gestos conocidos nos permiten reconocernos tras esa noche extraña, reconstruirnos para las horas que nos esperan. El paisaje habitual al otro lado de las ventanas, la acidez de las primeras naranjas de la temporada, el rumor del café, ahora sí, convertido en líquido alquímico cuyo perfume inunda la cocina reconciliándome con el día de hoy. La noche fue mala, pero el día no tiene por qué serlo. De pronto, pienso que la torpeza de mis manos insomnes no suponen un mal augurio.

Tal vez aprendimos a vivir bajo la sombra de los indicios equivocados. Desde hace tiempo, desaprendo las cosas que me hirieron. Replanteo las supersticiones asumidas. Cuestiono las maldiciones que me lastran, las palabras que no suman. Aunque los pensamientos cargados de automatismos siguen acudiendo, de pronto, me pregunto por qué me basta un tropiezo insignificante para echarle mal de ojo a toda la jornada. Me prometo no hacerlo más.

Mientras borbotea el café, perdono mis manos y me salvo con ellas. Reconozco que les quedan muchas horas por delante. Es injusto condenar sus actos por un puñado de café molido derramado. Han de desayunar y acariciar a un gato. Deben trabajar, encontrando en el teclado las palabras exactas y los números que cuadran. Han de hacer la comida, la lista de la compra y la limpieza del arenero. Tendrán que estirarse en la clase de pilates hasta recuperar la certeza de su elástica fuerza nuevamente, antes de regresar a casa acarreando las bolsas de la frutería. Y guardarlo todo y preparar la cena, y cepillar al gato que presume de ser inasequible a todo insomnio. Tendrán que marcar números y letras para comunicarme con otros, intercambiarán complicidad y ayuda. Conservarán la nostalgia de la caricia y habitarán el placer de ciertas horas.

Estas manos no esconden ninguna sombra. Sólo saben del trabajo, del cuidado y del amor. Además, son las herramientas de mi escritura. Se encargan de sostenerme. Desde hoy mismo, me prometo respetar sus torpezas, que son las mías. Sin duda, nos exigimos demasiado y ese no es el mejor camino. ¡Buenos días!

Septiembre, preludio del otoño

Quedan diez días para que acabe formalmente el verano, aunque desde que abrimos septiembre en calendarios y agendas nos hemos adentrado en un otoño mental, al margen de exactitudes científicas. Hace años, el cambio de estación era siempre el 21. No obstante, ahora que los ciclos están atómicamente calculados, el día y la hora varían mientras nosotros nos aferramos a fechas conocidas para seguir dando sentido a este andar con un pie detrás del otro, este avanzar con o sin grandes preguntas.

Septiembre es la vuelta al cole. Las manos de Cristina y Rosa forrando libros en la pequeña librería del barrio, las familias haciendo colas interminables ante las papelerías, las tiendas de uniformes y zapatos, el reencuentro con los rostros habituales algo más bronceados y sonrientes.

Sobre todo para quienes no regresamos a las aulas, septiembre son nuestros recuerdos escolares. Cuando todo estaba por hacer y las semanas y los trimestres prometían un descubrimiento constante… Por eso, sigue latiendo con toda la fuerza de un ciclo nuevo. Conocíamos a compañeros que, con el tiempo, podrían ser amigos para siempre. Pero éramos tan jóvenes que no sabíamos nada del futuro. De hecho, usábamos la palabra siempre muy a la ligera, ajenos a su dimensión real. También ignorábamos que ese tesoro de la amistad que estaba tan cerca y era tan sumamente espontáneo nos iba a permitir sobrevivir en los años venideros. Sin saber la teoría, disfrutábamos de la práctica: vivíamos la vida, la desafiábamos, nos burlábamos de su seriedad, y algunas veces, la besábamos los labios y sentíamos un escalofrío memorable.

Escribo estas líneas cuando los colegios ya están a pleno rendimiento. Los primeros días de septiembre abrieron sus puertas tímidamente. Sin el ruido y el ajetreo del alumnado, los docentes comenzaron a trazar la cuadratura del círculo: horarios, programaciones, proyectos de curso… En vez de música de fondo, sonaba una nueva ley educativa que, como siempre, ha llegado con mucho ruido y a trompicones, con desarrollos curriculares tan rezagados como un mal estudiante. Volveremos a confiarles el presente y el futuro del país mientras preparamos la cantinela de la crítica sin valorar su esfuerzo. Yo, que no me atreví a ser uno de ellos, les admiro más en cada curso escolar que comienza. No olvido que los dos últimos han sido especialmente exigentes, y no bajaron los brazos mientras tragaban sapos y lágrimas en silencio, durante un tiempo que hemos querido desterrar de nuestra memoria colectiva de mala manera. Con el paso de los días, el alumnado ha llegado también a los centros escolares, con más o menos ganas, más o menos nerviosismo. Su caudal de voces vuelve a llenar los alrededores de mi casa. El pasado 8 de septiembre incluso sonó música en el patio del instituto próximo, y me gustó que la vuelta al cole fuera algo parecido a una fiesta.

Los comercios y los bares que habían cerrado o modificado sus horarios han recuperado sus ritmos anchos y largos, de sol a sol. Las cajas registradoras están exhaustas y las televisiones, de nuevo enchufadas durante todo el día a pesar del precio de la luz, rocían el primer café con un halo negativo de catástrofe. La actualidad no está para alegrías, pero septiembre nunca fue un mes para rendirse.

En parques y avenidas, los árboles nos van anticipando la próxima estación. Se han precipitado al cubrirse de ocres, marrones y amarillos, pero este no ha sido un verano fácil para ellos. Hace mucho que no llueve como antes, y además de su estrés hídrico, saben de otros de su especie, calcinados aquí y allá por toda España, sumidos en la desolación de la ceniza. Los árboles se comunican entre sí mientras los humanos, que respiramos gracias a ellos, permanecemos con nuestros sentidos adormecidos (porque el verano fue solo un despertar pasajero), y la inteligencia ocupada en lo absurdo, mientras nos jugamos el futuro del planeta.

En voz alta o de forma íntima, todos estamos haciendo planes para el otoño y para el curso recién inaugurado. A mí, me gustaría verme el próximo otoño como esa chica de la fotografía, aprovechando la belleza de las hojas, la fuerza del sol que ya no quema, la calma de las ramas que bailan. Me gustaría disfrutar de una pausa consciente, de las que nos conectan con la raíz de la vida.

Aunque aún es pronto para saber si mis hojas, es decir, mis proyectos cambiarán de color o caerán exhaustos, me gustaría permanecer firme como el árbol. Quiero pensar que sabré abrigarlos; y así, permanecerán vivos y continuarán evolucionando. A medida que avance el otoño los veré pasar, tarde o temprano, cubiertos por gorros y bufandas para evitar el relente de cada amanecer. Resistiendo.

Volveremos a oler el humo de los puestos de castañas y bastará su memoria de infancia para caer en la cuenta de que, con nuestras manos calientes, todo será posible.

El mar como punto de inflexión

Si este fuera un verano normal, estaría apurando los últimos días antes de incorporarme al trabajo. Afortunadamente, mis vacaciones extraordinarias se alargarán un mes más.

En este verano distinto, pensé que iba a escribir más en el blog, pero lo cierto es que me he centrado en otros proyectos, así que se han ido acumulando exposiciones, experiencias, películas, reencuentros, libros y viajes sin que haya dado cuenta de ellos por aquí. También, tal y como esperaba, ha habido demandas de salud y reparaciones domésticas que han requerido dedicación, y por supuesto, unas temperaturas excesivas que han limitado mucho los planes previos.

Durante este tiempo ancho, el viaje a la playa ha supuesto un punto de inflexión. En cierto modo, era el paréntesis reconocible para unas vacaciones diferentes. Llegar al apartamento de los últimos veranos, al mar, a la piscina, al cuerpo tumbado sobre el césped, al ritmo distinto que configuran el ambiente vacacional colectivo y vivir al nivel de mar. Dormir mejor, acunada por una brisa que habíamos olvidado en Madrid a lo largo de tantas madrugadas sofocantes. Nadar mucho, recuperando el placer del pez que llevo dentro.

Antes del viaje, Madrid me brindó la oportunidad del disfrute del arte. Exposiciones y salas de cine, junto a la memoria sentimental de haber nacido y crecido en sus calles, son fuertes motivos para perdonarla su dureza e inclemencia, de las que raras veces puedo responsabilizar a la propia ciudad. De un tiempo a esta parte, está abierta en mil zanjas. Me pregunto si nos gastaremos todo el presupuesto de los fondos de recuperación en aceras que solo servirán para reclamar la limosna del futuro sobre los mejores pavimentos de toda Europa, aunque este texto no quería ir en esa dirección.

Volviendo al arte y a su asidero de salvación, disfruté del último trabajo conjunto del escultor Leandro Alonso y la poeta Ana Martín Puigpelat, titulado Anverso Re-Verso. En el marco de PhotoEspaña, visité la exposición Sculpting Reality, una muestra colectiva que se puede ver hasta el 28 de agosto en el Círculo de Bellas Artes y Casa de América. Precisamente en Casa de América se ofrece, con buen criterio y amplitud, la serie Double Elephant Portfolio, un trabajo excelente de algunos de los mejores fotógrafos que han construido la memoria gráfica de Estados Unidos. A PhotoEspaña le resta poco tiempo, así que al margen de nuevas averías, buscaré hueco para las exposiciones aún al alcance de Pérez Siquier y Paolo Gasparini, en Fundación Mapfre; Sebastiao Salgado, en el Palacio Real, y Catalá-Roca en la sala de El Águila, junto a la Biblioteca Regional.

Fuera de Madrid, en Segovia, amistad y admiración me brindaron la oportunidad de asistir a la inauguración de la exposición de Evaristo Bellotti, Esculturas por escrito. Casi una década de trabajo mostrada con un gusto exquisito en el Palacio de Quintanar, un universo de materiales y miradas al que ojalá pueda volver antes de su clausura en octubre y del que da buena cuenta esta entrevista.

Esculturas por escrito. Exposición de Evaristo Bellotti. Palacio de Quintanar, Segovia.

Y ya que estaba en Segovia, cómo no regresar a la Casa de Antonio Machado en esa ciudad. La que fue su pensión durante años, el espacio que es testimonio de memoria, la huella de un poeta admirado y de un tiempo que no pudo ser. Apreciar cada rincón reflexionando sobre cómo languidece y acabará perdiéndose la Casa de Vicente Aleixandre, Velintonia 3, en Madrid. Establecer, nuevamente, paralelismos entre cómo se cuida el patrimonio y se ofrecen espacios para el arte en ciudades más amables que la mía… Aunque este texto no quería ir por el camino del enojo, la decepción es tan obvia que no puedo soslayar mi tristeza.

Los viajes me han permitido visitar espacios mágicos, las obras de arte de nuestros antepasados. Regresé a La Alhambra y a localidades de Soria y Segovia: San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero, Ayllón, Riaza… Arte nazarí, arte mozárabe, arte románico, arte gótico y renacentista… La piedra trabajada desde la modestia del yeso o la cantería para desafiar el tiempo y ofrecernos, siglos después, la sensibilidad de quienes nos precedieron y agradecer los trabajos de conservación que nos garantizan esos refugios de esperanza.

Si fuimos capaces de tanta belleza, ¿no habremos de ser capaces de mejorar lo que nos rodea? Sólo por fantasear, me pregunto qué pasaría si esos señores que disfrutan creando guerras y amasando millones que empujan a otros a la miseria se sentaran ante un fuentecilla de la Alhambra, en el atrio de Santa María del Rivero o en el interior de la ermita de San Baudelio de Berlanga. ¿Cambiaría su mirada sobre las cosas? Supongo que no, pero a mí me consuelan el rumor del agua, la sabiduría de los jardineros, el arte que resiste el paso del tiempo, la pintura rescatada en un fresco milenario, el trabajo de personas que intentan salvar la casa en ruinas, la aldea abandonada y el paisaje que nos constituye.

Es tan importante como necesario apreciar la naturaleza y resucitar los sentidos adormecidos… Es cierto que las vacaciones de verano son un momento propicio. Ante unas horas más amplias, es posible detenerse sin prisa ante florecillas y árboles desconocidos, agradecer el frescor de la piedra y recrearse en el vaivén de las olas que procuran un paisaje especial en cada atardecer.

Al regreso del mar, la tarea es no perder la huella de esa luz que llenó cada jornada viajera. Que el paisaje cotidiano no secuestre la posibilidad del disfrute. Continúa amaneciendo y atardeciendo. El sol y las nubes siguen reinventando la belleza. Los árboles comienzan a intuir el otoño que la sequía adelanta en aceras salpicadas de hojas mortecinas. Nos quedan libros, películas y exposiciones que descubrir. Y en la agenda, tenemos la opción de reencontrarnos con personas cuya palabra abraza. No veamos el regreso como un castigo, sino como una nueva búsqueda hacia el equilibrio.

Unas vacaciones extraordinarias

Ha terminado el curso escolar y después de muchos años, vuelvo a sentirme como en los remotos tiempos estudiantiles, con un largo verano por delante. Llevo meses escribiendo del cansancio, la necesidad de buscarme y encontrarme, el desánimo que se ha hecho huésped, los sueños aplazados y la salud quebrada. Y de pronto, alguien me brindó la palabra necesaria, excedencia, y me dejó sin excusas ante el espejo vital de las obligaciones al que me acostumbré desde niña.

¿Excedencia? La voz mágica fue haciéndose grande e inaplazable a pesar de todo y contra todo pronóstico. No ha habido tiempo suficiente para ahorrar y emprender aventuras, tampoco mi cuerpo estaba preparado. Esta vez no hubiera sido capaz de llenar una maleta con los pliegues del cansancio. De momento, disfruto de la pausa y el sueño. Así pues, julio ha comenzado de forma extraña, desobedeciendo al despertador programado y perpleja ante un tiempo nuevo. Aún estoy desubicada frente al calendario, procesando los consejos que me llegan y los deseos propios, cuadrando la anchura de los días con las expectativas.

Mi extrañeza está rodeada de un silencio que recuerda el tiempo de la pandemia. El bar de abajo ha cambiado sus horarios y durante la mañana reina el silencio. El instituto próximo ha bajado las persianas de las aulas y ha desaparecido el bullicio que enmarcaba mi jornada laboral de teletrabajo, entre el paseo adormilado y numeroso de primera hora y la ruidosa estampida del mediodía. Pero este tiempo no es el del confinamiento y la pandemia, aunque el bicho siga suelto, vivito y coleando. En mi caso, confío en que sea el tiempo de la salud y el disfrute, también para los proyectos de escritura que requerían las horas seguidas que no existían.

Tras los primeros días, empieza a asustarme que todo este tiempo pueda evaporarse como en una magnífica tribuna de Juan José Millas, que recuerdo al inicio de cada periodo vacacional. En aquel texto, que no logro encontrar en Internet, el gran columnista que es Millás atinaba al comparar las vacaciones con la bebida que siendo un niño reclamaba en la verbena estival; y avisaba del peligro de que estos días tan anhelados se disipen como aquella gaseosa, consumida con un ansia que impedía saborearla.

Supongo que el recuerdo de ese texto y la obstinada huella de la productividad me llevó a buscar una larga lista de tareas (personales y domésticas), que hace tiempo escribí y después abandoné por falta de fuerzas. Nada más dar con ella, Fénix se tumbó encima. Lo interpreté como un alegato a favor de la pereza. Sólo él, capaz de dormir durante horas, podía imponerme el mandato del descanso y detener el tiempo. Cuando, por fin, levantó su tripa blanca del papel, descubrí que era una vieja versión. Un nuevo hallazgo a destiempo que me enfrentaba con lo que fijamos como tarea ineludible cuando tal vez no lo sea.

¿Sustituir un rodapié arañado? ¿Comprar disolvente para quitar el adhesivo de una puerta? ¿Abrir las cajas convertidas en mesilla tras una mudanza que cumple cuatro años? ¿Ordenar las fotos que se han vuelto hambrientos seres digitales que devoran el disco duro? ¿Revisar los contratos de suministros abusivos? Por supuesto, retomar el dentista y pagarlo religiosamente; volver a revisar mis ojos y atender nuevos achaques. Guardar la ropa de invierno y buscar el bañador del año pasado porque el agua será posible tarde o temprano, y hay que ver si falla el material elástico o mi cadera. La lista era y es demasiado larga. Estoy dispuesta a tener en cuenta ese consejo felino.

Recordaré que he llegado a este punto casi por prescripción médica. Pero también me apremia que esta pausa sea una cita con el deseo de completar los cuadernos abandonados y retomar el placer de la lectura, un reencuentro feliz y productivo con las palabras. Hay varios proyectos en curso y una pila de libros que han llegado a casa sin alcanzar el hueco alfabético de la estantería. ¡Me hacían tanta falta el día de su compra impulsiva! Pero luego, más que el impulso, faltó el aliento para dar sentido a su promesa de placer y aprendizaje, porque es imposible escribir sin leer, y desde hace demasiado no encuentro el estado mental que requieren los libros que necesito.

Junto a las exposiciones pendientes y las salas de cine, libros y cuadernos han de recrear un verano como el de mi infancia, cuando el calor sofocante me impedía dormir y la madrugada sin horarios se convertía en una interminable noche bajo el flexo, hasta que un mosquito más grande de lo habitual me sacaba de algún mundo imaginario.

Para este tiempo de excedencia sin excesos, he de conectar con el largo verano que existió antes de las obligaciones, sus tardes anchas de calor y siesta, sus mañanas de pereza y tiempo por hacer. Recuerdo que, en aquellos meses de julio y agosto, rescataba las páginas sin escribir de los cuadernos escolares e intentaba historias más ambiciosas que mis recursos de narradora. También pasaba a limpio los poemas que habían ido surgiendo durante el curso. Sólo quería escribir y leer porque sabía que en las palabras existía un refugio contra cualquier inclemencia. Y ese era el mejor de los propósitos.

Hoy necesito reencontrarme con los sueños de la infancia. Quizás este verano similar y extenso sea propicio para sintonizar con quien fui y reconciliarme con quien no soy, hacer las paces con quien se perdió por recorridos vitales que no le eran propios y atendió urgencias que carecían de sentido.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Serán los cincuenta. Será haber llegado al límite de mis fuerzas y mis preguntas. Será el deseo de alimentar la vida con nutrientes reales y saludables. Será la palabra de otros que se ha hecho estímulo y motor. Será la necesidad de respeto para conmigo… Sin duda, deben ser muchas cosas. Tantas que, por fin, me he concedido el regalo del tiempo.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑