Cerrar un año y abrir otro. Hacer balance y convocar la esperanza de las expectativas. Desde hace tiempo, lo hago de forma consciente, repasando las fotografías de los doce meses previos, que dan cuenta de los momentos más luminosos. Desde 2019, me ayuda este blog, donde los artículos aportan un calendario paralelo y más detalles del contexto.
Por su parte, mi copioso archivo fotográfico me brinda no sólo esos momentos sino también recuerdos íntimos que la memoria ordena o confunde de forma arbitraria. Fotos personales que quedaron al margen de las redes; paisajes, besos y rostros cotidianos; la omnipresencia de Fénix y las imágenes con las que la realidad nos sorprende cuando estamos dispuestos a encontrar belleza, a pesar de todos los pesares.
Esas fotografías, algunas borrosas o mal encuadradas, son la cara oculta de las cosas: los caramelos que nadie recogió en la cabalgata, las copas sucias tras los brindis, los proyectos que quisimos emprender y desfallecieron, los encuentros y las confidencias con las amistades, los hallazgos surreales de los márgenes, los tiempos muertos de las salas de espera y, sobre todo, una inesperada sucesión de cielos, con y sin nubes, con y sin ramas o edificios, de diversas estaciones y lugares…
Mientras los días de 2025 se fueron sucediendo, no fui consciente de todas las veces que fotografié el cielo: atardeceres y ocasos contra la prisa, nubes que me devolvían a los juegos infantiles, azules capaces de abrigar la esperanza, incluso en los días más grises. Por eso, en estas horas de balance, reconozco que se cumplió el propósito de hace un año, cuando al tiempo por estrenar le pedí agradecer la luz.
Para mí, 2026 será un año muy distinto. Llevo tiempo preparándolo y ahora que ya está aquí es inevitable sentir el vértigo de su radical novedad. Un año sin horarios impuestos. Un año para leer y escribir, para tantear el sueño, para intentar lo que las obligaciones y el cansancio han bloqueado. Un año para afrontar esos proyectos que pesan por irrealizables. Un año para contemplar y contemplarme, sin excusas.
Os deseo y me deseo un año en el que aprender cuanto nos sea posible, contemplando lo que tenemos al alcance. Al otro lado de nuestra ventana, hay un cielo que, con sus ciclos y colores, nos recuerda que la vida sigue su curso y que la mejor tarea es aprender a disfrutarla. No hace falta irse lejos, sino disfrutar del aquí y el ahora mientras podamos sonreír a la cámara más importante, la de nuestra paz interior, nuestra calma y nuestra íntima plenitud.
Para quienes estáis al otro lado de estas y otras líneas: ¡Feliz, contemplativo y pacífico 2026!
No escondo los años. Hoy han caído cincuenta y cuatro. Desde que tengo memoria, cada 23 de abril celebro mi cumpleaños y el Día del Libro. Festejo a esos seres de papel que transformaron mi infancia y después mi vida.
Brindo por ese maravilloso azar que provocó el regalo inevitable en tantos aniversarios. Después de dudas y tropiezos, celebro escribir y leer, dos actividades que se dan la mano en este día en el que, por encima de todo, tengo motivos para celebrar y agradecer la vida.
Tras tiempos sombríos, doy las gracias a la vocación que encontró el camino y a las personas que me rodean y hoy han estado tan cerca, ya sea en persona o a través de cientos de mensajes cariñosos, es decir, tiempo y palabras, ese doble tesoro con el que se pueden escribir libros nuevos.
Gracias al despertar y al primer café en buena compañía, al mantel compartido de la comida y la infusión imprevista a media tarde. Gracias al paseo del atardecer y su paisaje, a la belleza y la fragancia de las lilas silvestres. Gracias a los cumpleaños celebrados en los parques y terrazas, donde grupos de desconocidos cantaron un ‘Cumpleaños feliz’ que sentí mío. Gracias a los regalos y las llamadas. Gracias a las carantoñas de Fénix y a la mariposa y los pájaros que rodearon nuestra mesa tras el postre. Gracias a las librerías del barrio, donde libros para todos los públicos han tomado por un día parte de la acera, llamando la atención de peques y mayores, sembrando ficciones y versos.
Gracias a la vida: por fin, abierta, ancha, pendiente de nuevos planes y nuevas osadías. Cincuenta y cuatro no son veinticinco, pero «hoy es siempre todavía», como dijo el poeta. Y es posible soñar y atreverse, dar pasos nuevos con los zapatos azul celeste que compré para la primavera de hace un año y no llegué a estrenar, por si me hacían heridas.
Repaso septiembre y le agradezco que haya sido un mes amable, con su significado de reinicio, con el aliento de una nueva resistencia. Sin duda, el verano fue bueno y ha servido de equipaje. Desde mi casa, empecé a sentir el rumor de la juventud que se dirige cada mañana al instituto próximo; con sus llegadas y salidas, sus pasos marcan mi tiempo. El transporte público volvió a llenarse, literalmente; a pesar de la presión y el vapuleo de sentirme sardina en conserva de tercera, los ojos adormilados de los más pequeños fueron un soplo de ternura y misericordia.
Presenté Astillas en su primera lectura pública (habrá más, habrá tantas como surjan), y fui feliz. El dolor de sus páginas se ha convertido en motor de afectos, otra vez fortaleza y esperanza. Recibo mensajes de lectores que encuentran cierto alivio en sus poemas. Me sorprenden, al tiempo que sus palabras resultan sanadoras. Al principio, lo he ido regalando casi pidiendo perdón por su dureza, pero tiene razón quien me dice que no lo haga. Es el resultado de abrazar el dolor y cuanto supe escribir. Es el relato poético de una grieta de la que ha sido posible emerger.
En la víspera de la presentación fui a la peluquería. Quería estar guapa, igual que en cualquier fiesta que se precie. Justo cuando iba a salir de casa, se quedó parado mi reloj de pulsera. En el primer instante, intuí un mal presagio (la cabra tira al monte, la tristeza es pegajosa); acto seguido lo reinterpreté como el inicio de un tiempo nuevo. Se trata de celebrar, ¿recuerdas? Es cierto que la pila del reloj había durado menos que nunca. La última se paró a las puertas del tanatorio. Esta vez quise convertir la obsolescencia vertiginosa en un guiño feliz. Horas después regresaba a casa con el cabello renovado y, al menos, una pila puesta.
El día de la presentación elegí una camisa especial que apenas he estrenado y me puse una pulsera delicada que no suelo usar, por miedo a perderla. Por si refrescaba, me llevé sobre los hombros una prenda que era el homenaje y recuerdo a una mujer que, en vida y en su despedida, me animó a seguir escribiendo. También estrené zapatos. Podían hacerme daño y quise arriesgarme. La tarde se alargó hasta la noche y volví a casa sin una rozadura. Para mí era importante refutar un par de poemas del libro que escribí con la vista fija en el suelo. Uno comienza con el verso “Te vas de paseo al cansancio”. El otro (página 94), lo leí en voz alta para los asistentes al acto como quien pronuncia una oración nueva contra lo que fue:
Ya no lustras tus zapatos ni en la noche de reyes.
Calzas pasos cansados y tropiezos.
El abandono delata tu pelea con la piedra, su propio chocarse hasta hacerte caer.
Mentiría si dijera o escribiera que, en este septiembre, no ha habido cansancio ni días en los que sentir el peso insomne de la noche o las horas de la jornada laboral como una carga, pero no tiene nada que ver con los años y meses previos. Ahora, en lugar de dejar que ocupen todo el espacio, he arrinconado esos pensamientos en lo posible y, al igual que hice en verano, me he dejado atrapar por la luz exterior, pacífica y acogedora. Mis ojos han optado por mirar a las ventanas, que ofrecían atardeceres y ocasos matizados por la calma.
Al otro lado del cristal, el castaño se ha vuelto más y más marrón. El cielo se ha puesto de todos los colores. Alguna mañana madrugar tuvo su recompensa de luz mágica al levantar las persianas. En ese descubrimiento cotidiano recordé al protagonista de Perfect days, esa película tan evocadora y profunda de Wim Wenders.
Mientras se hacía el café, esa placidez pequeña ha estallado al escuchar el relato radiofónico de la matanza constante de los inocentes, la suma diaria que arrojará un genocidio para la posteridad. Las primeras crónicas ofrecen su recuento rutinario de víctimas bajo las bombas en Gaza y Cisjordania o de cadáveres en nuevos naufragios a pocos kilómetros de las costas españolas. Me costaba imaginar cómo es despertar en esos lugares con los que compartimos el mismo cielo. Desde mi ventaba podía disfrutar de una mañana clara, sin rastro de la humareda que dejan los proyectiles, sin el olor a gasolina de cayucos a la deriva. El relato de los enviados especiales incluía el término “campo de refugiados” para situar el punto del mapa donde la esperanza se había roto antes del amanecer.
Una luz suave me rodeaba mientras las palabras se teñían de mentiras. ¿Por qué decimos campo? ¿Cómo podemos seguir apelando al refugio donde se asesina a mujeres y niños? Septiembre ha sido un regalo y escribirlo es atesorarlo, a pesar de que el lenguaje y los tiempos vuelvan a enfrentarse; algo que también ocurre en Astillas, un poemario, en parte, en guerra con las palabras. La pregunta es cómo defender una cierta placidez cuando se cumple un año del inicio de un genocidio. Aquella remota estudiante de periodismo que fui nunca pudo imaginarse que el derecho a la información pudiera estar reñido con el derecho a la salud, pero muchos días necesito apagar las noticias y mirar por la ventana y pensar que este cielo es el de todos.
Ante el televisor que me ofrece la crónica feroz de un año de barbarie, me asalta la duda de si tenemos derecho a sentirnos bien dentro de nuestra pequeña existencia en orden. Quiero creer que sí, que me toca dar gracias a la vida, y seguir buscando la belleza cotidiana a través de las ventanas. Ese gesto no es incompatible con recordar, con toda su fuerza etimológica, a quienes sobreviven sin horizonte.
Era aún julio cuando escribí la última crónica de este blog. Por entonces, el castaño que mide las estaciones frente a mi ventana, ya vestía otoño. También era una tarde asfixiante de julio cuando, antes de salir del metro, vi las escaleras y la rejilla del desagüe salpicadas de hojas exhaustas. Agostadas, pensé entonces, y jugué con esa ese intermedia. Madrid y yo misma estábamos agotadas. Por la temperatura y los meses transcurridos sin pausa, siguiendo el ritmo exigente de esta ciudad y las rutinas que nos atan a ella. Hojas muertas y personas al límite. Por eso, salimos en estampida. Por eso, buscamos refugios. Por eso, en agosto, se nos ve por todos lados e incluso, se pone de moda detestarnos, ese triste desatino.
Yo también me he escapado y confío en haberlo hecho sin molestar a nadie. Mis pasos cansados buscaban otros paisajes. Mis ojos sedientos necesitaban llenarse de agua. He regresado a lugares ya conocidos, lo que evita la ansiedad de ser turista. En Ginebra y en la playa almeriense de los últimos veranos, la hospitalidad de amigos y familiares me permitían sentirme como en casa, pero en otras casas. Habitaciones en las que, al levantar la persiana y celebrar un nuevo día para el ocio, no importaba desvelarse ni ver amanecer, desafiando la pereza que se iba instalando en todo el cuerpo.
A pesar de las elevadas temperaturas, disfruté mucho del verano ginebrino: la música y la animación en sus parques; la belleza del lago Lehman; las calles y monumentos de la ciudad vieja; la atmósfera del Café Literario junto al renovado Museo Rousseau; el cementerio de Plain-Palais, donde distintos bolígrafos reposaban sobre la tumba de Borges; el ambiente bohemio de Carouge; la escapada a Montreaux y al castillo de Chillon, tan distinto de como lo recordaba.
Ante el Mediterráneo, como siempre, un azul incesante me invitaba al baño, a flotar y nadar, a jugar con las olas, a contemplar durante horas un infinito de reflejos brillantes y también de sombras. Me resulta imposible no pensar en sus ahogados anónimos. A pesar de todo, el mar sigue siendo un bálsamo. Sus aguas, cada vez más preocupantemente cálidas, no tienen culpa ni responsabilidad. Son un bello escenario que las decisiones o la inacción política han convertido en inmensa sepultura. Igual que esos árboles que se caen sobre viandantes inocentes, heridos de desidia y condenados a venirse abajo.
Las vacaciones han sido propicias también para la lectura y la escritura. En la maleta, metí muchos más libros de los que pude leer, pero aún así, he disfrutado con tres títulos muy distintos que han dejado huella: Las fuentes, de Marie-Hélène Lafon; Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé y Punto de cruz, de Jazmina Barrera. En cuanto a la escritura, mis dedos han volado ágiles sobre el teclado del móvil donde crece un nuevo proyecto, mientras los libros publicados me hacían guiños, a través de reseñas y comentarios de nuevos lectores. De paso por los días (Bartleby, 2016), era incluido en el artículo “Cuatro refrescantes libros para el verano con la naturaleza como protagonista” firmado por Javier Morales en El Asombrario, demostrando que los libros no caducan. Siempre que regreso a la playa almeriense, me vienen a la memoria un par de poemas que surgieron en sus aguas y me repetí hasta que los pude memorizar, para escribirlos nada más alcanzar una libreta bajo la sombrilla.
Por su parte, Astillas (Bartleby, 2024), ha sido una fuente de alegrías y sorpresas inesperadas que comenzaron mucho antes de salir de Madrid. En la víspera de Santa Ana, mi madre me quiso hacer un regalo y me citó en Libro Ideas, la nueva librería que ha abierto en Príncipe Pío. Por supuesto, no hay mejor representante que una madre… Ni corta ni perezosa, preguntó por mi libro y cuando se lo entregaron, me presentó a los libreros, que no dudaron en ofrecerme firmar el ejemplar y dejarlo dedicado para su lector o lectora desconocido. Después, las redes sociales me han brindado la posibilidad de leer comentarios entusiastas para un libro que, a pesar de su tristeza, está encontrando su camino. De esta forma, Astillas cobra el mejor de sus sentidos: una forma recíproca de sanación. Los poemas que dolieron tanto son ahora espejo y refugio, es decir, reflejo; un temblor compartido que acompaña a otras personas.
Antes de hacer la maleta y regresar a casa, me detuve para mirar las fotos del verano y agradecer el disfrute de tantos días sin sobresaltos ni disgustos. Curiosamente, además de monumentos y paisajes, había hecho numerosas fotos de muy diversas ventanas y terrazas. En el azar de la recopilación, descubría la clave de este verano de 2024: mirar, por fin, hacia fuera después de tanto tiempo hacia dentro. Me llevo los colores de cielos cambiantes y espléndidos que se abren a nuevos horizontes. Sin buscarla, recordé la frase atribuida a Santa Teresa, que propone las ventanas como alternativa a las puertas cerradas. Seguramente, he deshecho la maleta mientras se van aflojando otros nudos.
En la rutina que nos espera, necesitaremos de una mirada amplia que nos permita soñar, ser y disfrutar en un espacio conocido donde no debemos permitir que el tiempo sea una condena. Feliz septiembre. Ya sabemos que ahora no comienza el año natural, pero para muchos, comienza el año.
Quienes leéis los textos que voy escribiendo para este espacio personal os habréis dado cuenta de los tiempos sombríos, del cansancio, de las veces que me faltó la energía. Es cierto que no ayudaron la pandemia ni las exigencias de la vida cotidiana, demasiado gobernada por esa palabra, exigencias, que he escrito antes de la más importante, la vida, la que no debemos convertir en complemento sino valorar como núcleo, lo único que tenemos.
Por eso creo que, en cierto modo, os debo un texto de renacimiento. Un texto que, esta vez, no está ligado a los buenos deseos del cambio de año o del cumpleaños, en los que siempre me surge una esperanza y un balance que me arroja a lo bueno, aunque, en los últimos años haya sido más teoría que práctica.
Con la perspectiva del tiempo, soy consciente de la fragilidad de la salud mental, incluso teniendo todo a los ojos de los demás; del daño que nos hace una existencia de la que nos sentimos ajenos. Años de terapia y la compañía de personas y cosas buenas van dando, por fin, resultado. Y aunque da un poco de miedo decir que la tormenta ha pasado, sí que creo que, por fin, está más lejos. La siento a la distancia, tras las ventanas de mi casa. Ahora sé que es capaz de arrasarlo todo. También confío en estar mejor preparada si vuelve, y que el aprendizaje de este tiempo (y el que queda), constituya un buen refugio. De paso, este texto me servirá para recordarme que estos momentos fueron posibles y de rescatarlos, con todas mis fuerzas.
En los últimos días, me he sorprendido a mí misma tomando fotografías de las flores de los jardines, cuando hacía tiempo que la cámara de mi teléfono móvil no registraba la llegada de la primavera a Madrid. A pesar de su marco ciertamente artificial, se han multiplicado centenares de flores hermosas dispuestas a recordarnos que la belleza, a veces, ayuda a una cierta reconciliación interior. Con el mismo impulso, mis ojos insisten en detenerse en el azul del cielo, tan espléndido y diverso, con esta multitud de nubes que juegan con nosotros entre nublados y chaparrones inofensivos.
Al regresar al Retiro, donde hacía demasiado tiempo que no paseaba sin prisa, he vuelto a recuperar la sensación de plenitud que me contagian sus enormes árboles, los espacios de sombra tejidos por un verdor radiante de ramas cruzadas y la belleza de parterres de flores, diversas y espléndidas, agradecidas por las recientes lluvias y una temperatura todavía agradable y tibia. Han brotado flores incluso en los tejadillos de las instalaciones de conservación. Los niños correteaban y el césped invitaba a la charla o la siesta. Los mirlos esquivaban la foto pero regalaban un canto alegre, peculiarmente vital. La cría de una pareja de patos aprendía a nadar en el pequeño estanque donde caía un agua mansa, procedente de la cascada artificial que nace en la Montaña de los Gatos. Y cuando llegué al Paseo de Coches, descubrí los preparativos de la próxima edición de la Feria del Libro. Allí estaban las casetas ya montadas, con sus persianas arriba y un gran vacío, hambriento de papel y palabras, de ficciones, ensayo y poesía, de viajes e ilusiones donde volveré en unos días.
Mi paseo continuó por la calle de Alcalá. El bullicio era innegable en terrazas repletas que ya no provocaron mi malestar. Se ha hecho un discurso tan infame de las cañas y se ha producido una invasión tan incívica de la vida vecinal a costa del terraceo que nos han robado también, de alguna manera, alegrarnos del reencuentro que se da en cada mesa, donde los grupos de amigos comparten risas y planes, y las parejas se reencuentran en besos y confidencias, por fin, fuera de las pantallas.
En el Paseo de Recoletos me esperaba la 46ª edición de la Feria del Libro Antiguo y Ocasión, que supuso otra doble cita, tanto con mi nostalgia como con mi renovación. En mis tiempos universitarios siempre iba, sobre todo, a la de otoño, cuando buscaba, a un precio reducido, algunos de los libros que necesitaría a lo largo del curso. Sin embargo, en las últimas ediciones, dejé de acudir o lo hice mirando los libros con desgana, sintiendo que no había lugar para ninguno más, mientras las lecturas pendientes se acumulaban estérilmente en casa. En la última visita, he recordado a aquella compradora impulsiva, que al margen del listado que generaban los estudios, se lanzaba a las gangas de los grandes nombres sin reparar en nada más. La lectora que soy, con los años, sabe que no todo vale. El tamaño de letra es crucial cuando descubres que, sin las gafas que corrigen la presbicia, incluso cuesta descifrar la letra enfática y mayúscula de títulos y autores en los lomos. Me llamó la atención ver aquellos libros de Enid Blyton, que llenaron las vacaciones de verano con largas noches de lectura, a precio de saldo.
No pude resistir la nostalgia ante esas ediciones; tampoco al acariciar los libros de las editoriales que nos proporcionaron el salto a una literatura de adultos en formatos asequibles. Allí estaban las ediciones de Austral, con su guarda de papel vencido; las de Alianza, Bruguera, Cátedra o Edaf; las que cruzaron el charco gracias a Losada; las colecciones de quiosco, que hicieron accesibles algunos títulos anhelados. De todas ellas, quedan ejemplares en mi biblioteca, y cada uno de esos libros me habla de la lectora que fui. Agitada por los intereses y motivaciones actuales, por la tarde primaveral y la fuerza del azar, que siempre es decisiva en las librerías de lance, volví a descubrir decenas de libros que me interesaban y la cartera se abrió más veces de las que había previsto. Es cierto que tengo ya suficientes libros pendientes de leer, en diversos rincones de la casa que ocultan la evidente acumulación. No obstante, que el deseo volviera a ponerse en marcha era una noticia excelente. Y me dejé llevar, manteniendo, eso sí, una cierta cordura. Por eso, me detuve cuando ya cargaba siete libros nuevos que prometen el descubrimiento de la literatura que hoy me interesa y nutre.
Creo que empiezo a salir de un para qué desganado y voy llegando a un porque sí. Ya era hora. No es un sí caprichoso e irracional sino una afirmación consciente de quien se reconoce en las heridas y abre un nuevo camino. La persona y los proyectos que quiero ser y emprender. Ya era hora. También hora de compartirlo y de agradecer a quienes habéis estado al lado, del cuerpo o de los textos, que vienen a ser un todo.
Las semanas transcurren como ráfagas, mientras las obligaciones y las averías domésticas consumen el tiempo por entero o roban las horas que había soñado para mí. Mientras tanto, no paran de nacer libros, surgir encuentros y lecturas, pero me es imposible atender tantas convocatorias. Desde estas líneas, van también mis disculpas por las ausencias.
Reconozco que el cansancio y un cuerpo que requiere horas de ejercicio y cuidados no pueden con más horas de escucha sobre una silla, aunque íntimamente anhelo el encuentro con la palabra, para seguir alimentándome. Por eso, los viernes, algunos viernes, he acudido a su cita. La promesa del fin de semana y la celebración del abrazo aplazado me han dado el empujón definitivo. Aunque no haya habido tiempo para la crónica ni la reflexión posterior. Quizás no sea tarde, sobre todo, porque si se recuerda y se escribe, permanecerá.
En el VII Ciclo Poesía y Psicoanálisis, una de las actividades enmarcadas en los ‘Diálogos con el Arte’ que organiza el Foro Psicoanalítico de Madrid, escuché la voz poética y reflexiva de Arturo Borra que conversó con el psicoanalista Gabriel Hernández el pasado 15 de marzo. Una vez más, el diálogo, coordinado por Alberto Cubero, entre un poeta y un psicoanalista propició una atmósfera de íntima confianza en la que Arturo Borra nos hizo partícipes de sus poemas y sus procesos creativos “en estos tiempos, en los que peligra la hospitalidad de la escucha”. Frente a ese contexto, Borra nos dijo: “la escritura de la poesía busca cavar un pozo o abrir grietas. Es un ejercicio incómodo al que entregamos nuestro tiempo, y no sólo el tiempo; a cambio de, nada más y nada menos, que la propia poesía”. Su voz continuó: “uno escribe desde la intemperie, arrojado a una tierra de nadie que rebasa lo sistémico. La poesía apunta a otra lengua que no es comúnmente aceptada y, sin embargo, el acto poético es un acto de comunión, porque la poesía abre lo simbólico, surge de una experiencia de asombro y conecta con lo que no es decible, ofreciendo una propuesta de diálogo entre iguales, entre autor y lector”. Se citaron muchos autores, entre ellos, los que apunto en esa lista imposible de un ocio más ancho: Eduardo Milán, Jacques Derrida, Roberto Juarroz, Julia Kristeva, Mark Fisher… Mientras los propios libros de Arturo Borra volvieron a recordarme su lugar en las estanterías de casa, en especial, el titulado Poesía como exilio (Prensas de Zaragoza, 2017).
Tras la pausa de Semana Santa, Ana Martín Puigpelat y Leandro Alonso, nos convocaron a la presentación de su último trabajo. Me reconcilié con el mundo cuando la poeta y editora Nares Montero reconoció que “la incomodidad es muy fértil”. Guardé esas palabras como amuleto presente y futuro, para luego, adentrarme en el libro que nos reunía, titulado La inversión o el reflejo, editado por Evohé. Entre montajes fotográficos profundamente inspiradores y poemas cuyo principio y proceso han olvidado sus autores, este trabajo a cuatro manos nos habla de lo impersonal y de la creación desde el nosotros, de la fuerza de un lenguaje casi telegramático y el peso de lo fragmentario, del poder evocador de la imagen y la palabra que se intercambia y crece.
Sin cerrar nada, cierra esta crónica de urgencia contra la amnesia, el acto organizado por la Asociación Brocal y celebrado el pasado el pasado viernes en Alcobendas, en torno al libro titulado Extravíos (Kaótica Libros, 2023), de Esther Peñas quien dice “escribir sin pensar” y reconoce este texto como un “libro a caballo entre lo reflexivo y lo poético, donde el amor, como territorio no conquistado por el capitalismo nos acoge». La conversación entre Esther Peñas y Alberto Cubero fue de nuevo inspiradora. Benditas sean las personas que aún sostienen que: “la mejor forma de vivir es hacerlo con gratuidad, y cuanto implica de cuidado, escucha, detalle y acoger al otro… Al margen de la recompensa”. Reconocía Esther Peñas que recibimos muchos impactos que nos distraen de lo que verdaderamente nos importa. Por eso, insistió en la importancia de recordarnos qué queremos y de ser honestos con nuestro deseo. Algunas de las palabras clave de la velada fueron belleza, bondad, esperanza y verdad, también la importancia de lo pequeño y los márgenes. Ojalá se cumpla su bella proclama, “distraídos venceremos”, y cada una de las “bienaventuranzas futuras” con las que se cierra este libro. Así, por ejemplo: “Bienaventurados los que no saben, porque serán colmados de flores. (…) Bienaventurados los astrónomos, pues ellos trazarán el camino”.
En una de las sillas, reposaba antes de llegar a manos de Esther Peñas, un ramo de lilas silvestres. Un regalo, un recuerdo y un guiño al tiempo, que me hizo recordar mi poema ‘Rituales’. Aquí lo dejo también, porque en estas fechas es inevitable.
– 20 de abril. Vermut poético de Genialogías: ‘Lenguas del estado, una poética desde la periferia’, con María García Díaz, Berta Piñán y Begoña Chorques.
Ojalá las fuerzas den para todos ellos. Ha llegado la primavera, estoy a punto de celebrar otro Día del Libro, es decir, de inaugurar otro año vital y renovar mis deseos. A pesar de cansancios y silencios, toca ser quien soy y amar cuanto me constituye. Si podéis y queréis, nos vemos por el camino.
Un año más, comparto con vosotros un texto que hace balance, recupera sensaciones y os desea lo mejor para los 366 días por venir…
Al hacer memoria de 2023, a través de fotografías, palabras y momentos, encuentro cierto latido que mantiene un compás de alegrías y tristezas marcando los días, igual que en los años precedentes. No obstante, vuelvo a escribir estas líneas desde la gratitud, sabiéndome afortunada; y también, desde la certeza de la propia fragilidad. Este año me sostuve gracias al amor y los afectos, tan diversos como necesarios; al disfrute del arte, que me rescata cuando la barbarie humana me duele y desengaña; y a los viajes, llevaran cerca o lejos, ampliando siempre el aire, el horizonte y la mirada.
Entre las diferencias con los años previos, la más importante ha sido acompañar una despedida, entendiendo cuánto amor había en cada gesto. Sin duda, es uno de los grandes aprendizajes que me deja 2023. Y junto al duelo, el imperativo de atender, abrazar, escuchar y decir mientras podamos. Porque ese legado nos acompañará siempre, dándonos aliento para seguir avanzando.
Estas líneas y la fotografía que acompaña el texto comparten, al igual que el cambio de año, ese momento del ocaso que conduce a un nuevo amanecer. Lo ideal sería soltar lo que no nos aporta, lo que nos daña o fatiga. Y hacerlo cada día, no sólo hoy, cuando antes de inaugurar el nuevo calendario convocamos la ilusión de un reinicio mágico. Aunque le demos a la última noche del año cierto cariz maravilloso, no olvidemos que todas las noches pueden serlo. Y aún más, recordemos que los nuevos comienzos nos esperan a cualquier hora y en cualquier lugar. Del mismo modo que, a veces, el paisaje más bello nos sale al encuentro cerca de casa, como en la foto. Para descubrirlo, sólo hay que tener los ojos abiertos, el tiempo necesario para apreciarlo y la serenidad para celebrarlo como un pequeño regalo, accesible, colectivo y esperanzador.
Ojalá que 2024 sea un año en el que la paz llegue a las zonas en guerra y sea también verdad dentro de cada persona. Ojalá nos acompañen la salud y los abrazos, las sonrisas y las palabras cómplices. Ojalá seamos capaces de encontrar la fortaleza necesaria para mantener la esperanza y renacer, cada día, con nuevos propósitos, partiendo de lo que tenemos al alcance, como en ese paseo sencillo que nos propone renacer siempre, en cada nueva mañana.
Mi abuela materna siempre tuvo manía a noviembre. Fechas familiares, la celebración de difuntos, alguna certeza íntima… No lo sé bien, pero me hizo heredera de un cierto escalofrío ante un mes que ella cargaba de temores con un refrán: “Noviembre, dichoso mes, empieza con los Santos y acaba en San Andrés”. No ha sido hasta este noviembre cuando he reparado en que ese “dichoso” era polisémico y también contradictorio. Dichoso, por feliz; dichoso, por molesto o fastidioso. La ambigüedad del refrán es evidente, pero el recuerdo de su tono enlutado al pronunciarlo nunca me dejó dudas. Era un tiempo del que recelar.
El último noviembre también ha sido polisémico: duro y luminoso, exigente hasta el extremo, lágrimas y abrazos. Nos ha llevado en volandas a través de las malas noticias de los periódicos y la rutina diaria hasta vislumbrar el final del año. Me ha conmocionado con una muerte inesperada que, no obstante, me brindó la oportunidad de acompañar y despedirme. Se fue la madre de unas amigas muy queridas, esas casi hermanas no de sangre que nos va regalando la vida. En los recuerdos que convocaron aquellas horas ante la enfermedad y el desenlace, rememoramos comidas y cenas, celebraciones y mudanzas, confidencias y viajes compartidos…
Mientras reflexionaba sobre la salud y fortaleza que mantienen mis padres, recordaba cómo en la infancia, las familias y las casas de las compañeras de colegio nos abrieron mundos nuevos, y su contacto constituía un primer aprendizaje de lo distinto. En aquel entonces, fallecían abuelas y abuelos, y nuestros padres parecían tótems seguros a los que aferrarse. De hecho, nos fuimos haciendo adultas a medida que les vimos quebrarse, y de un tiempo acá, en las orfandades ajenas que nos interpelan, somos más conscientes que nunca de lo efímero y la fragilidad que nos rodea.
La vida transcurre a lo largo del tiempo en varias dimensiones, que resulta pausado y vertiginoso a la vez. Las semanas, los meses, los años… se nos enredan hasta hacerse cuesta arriba entre las obligaciones y, de pronto, son parte de un pasado que se esfuma y desaparece. Reviso las fotos del último noviembre para saber si ocurrió algo además del dolor, y descubro que sí. La mirada, la placidez del sueño de Fénix y su tacto me salvaron muchas noches, igual que otras caricias y besos, igual que tantas palabras de consuelo al rescate. Dichoso mes, en su transcurso contra el tiempo, en sus urgencias contra mí misma, tan encerrada en el cansancio.
El repaso de las fotografías me devuelven un par de jornadas espléndidas en las que el arbolado de los parques fue un regalo. Lamenté no haber estado más atenta a su hermosa transformación otoñal, condenada a tanto viaje en metro y a la falta de paisaje vegetal en calles estrechas. Algunas películas maravillosas en la sala cinéfila y oscura, el único lugar donde soy capaz de disfrutar del cine, me permitieron asomarme a otras historias: Monstruo, la reposición de El espíritu de la colmena y El sur antes del estreno de Cerrar los ojos, El chico y la garza, El viejo roble, O corno, Scrapper, Vidas pasadas… En cada ocasión, pensé escribir alguna reseña, pero faltaron el tiempo y las fuerzas, de modo que la enumeración de esos títulos queda como memoria del disfrute y apresurada recomendación. Sé que no es lo mismo, pero el cine es otra forma de leer, y las atmósferas creadas por la luz y los debates que atraviesan a esos personajes me acompañaron mientras no fui capaz de iniciar la lectura de ningún libro. Sus páginas se hacían pesadas e inabarcables y, aunque he seguido comprando, mi interés por ellos se desvanecía al verlos llegar a casa. Mi conexión con la literatura se ha limitado a la lectura de unos pocos relatos y algunos poemas, y contadas charlas que han permitido mantener la ilusión de los proyectos desatendidos… Sé que siguen latiendo, que dormitan, al fondo del tiempo, esperando que yo recupere las palabras y sus ritmos.
También he visitado cuatro exposiciones de arte, una raquítica pero reconfortante conexión con el color y la materia, una forma de expresión artística donde no media el lenguaje y, sin embargo, éste es convocado gracias a la conexión que nos transciende más allá de la palabra. Sorolla y Medardo Rosso, en la Fundación Mapfre (hasta el 7 de enero en la sede de Recoletos, de Madrid); Luis Gordillo en la sala Alcalá 31, condime quién eres Yo (gratuita y hasta el 14 de enero); y por último, ya en diciembre, Caminante son tus huellas, una muestra colectiva en Cafebrería ad Hoc (c/ Buen Suceso, 14, que concluirá en febrero de 2024).
Mientras las calles de las ciudades rebosan de luces navideñas y personas dispuestas a atender su llamada de ilusión y consumo, afronto el último mes del año sumida en la pausa que le he pedido al puente de diciembre. Sin viajes ni maletas, buscando el encuentro sosegado y la conversación, el cuidado del cuerpo y la búsqueda de cierta paz interior.
Muy pronto tocará despedirse de 2023, recordar los propósitos que hicimos al iniciarlo y recuperamos en la pausa del verano. Hacer balance. Ya sé que no he cumplido en todo. Demasiado cortisol por mis venas, lejos de aquella canción canalla de mi juventud; el insomnio convertido en el peor de los pijamas posibles; las hormonas haciendo trampas a los deseos y el malestar psíquico formulando preguntas para las que carezco de respuestas.
Me gustaría contemplar las luces navideñas con un chispazo de esperanza. Mientras aguardo ese destello, la conexión con el arte y el aliento de algunas personas me mantendrán a flote, escudriñando el calendario del mes de diciembre, cargado de tareas e iluminado por la promesa de unas vacaciones en las que buscaré la desnudez de los árboles. Para entonces, el otoño será hojarasca vencida. El cambio de solsticio conformará esa ilusión a la que aferrarnos. Nuevas agendas y almanaques albergarán espacios en blanco donde proponerse deseos. En un nuevo juramento, íntimo y silencioso, renovaremos los votos de las ilusiones pendientes, para echar a andar como manecillas de viejos relojes, tic-tac, un paso tras otro. Adelante, siempre.
El calendario astronómico nos mantiene en el verano, aunque hace tiempo que arrancamos, ¡ay!, la hojita del mes de agosto y las lluvias, entre apocalípticas y deseadas, nos han metido en el otoño.
No queríamos verlo, pero nuestra ciudad y nuestra vida ya otoñaban, igual que los castaños de los parques, que fueron los primeros en perder su verdor (antes, incluso, de que hiciéramos las maletas de las vacaciones). Sus matices se suman a la confirmación apabullante de la llegada de un nuevo tiempo: el curso escolar 2023/24. Es decir, el inicio del año para quienes tenemos septiembre marcado como principio de propósitos y tareas, de obligaciones y promesas.
A veces el azar, que no nos ayuda con la combinación premiada de la lotería, nos ofrece otras señales. O tal vez, estamos dispuestos a buscar la carambola cabalística en las cosas, con el fin de ver tréboles de cuatro hojas por todos lados.
Es lo que me ha ocurrido este septiembre, en el que mis primeros compromisos laborales me llevaron a las instalaciones de la Universidad Complutense y las tormentas del primer fin de semana me recordaron aquel de hace cinco años en el que Fénix y yo empezamos a habitar las paredes de nuestra nueva casa. ¿Son señales? ¿Significan algo? ¿Le estoy sumando excesiva carga mágica al azar de una reunión y una tormenta de verano?
Es posible que no haya nada especial. Pero me gusta reinterpretar este tipo de guiños. En este nuevo inicio vital que me he propuesto, prefiero intuir la corriente secreta de los ciclos. Las etapas que se cierran para abrir periodos de nuevos aprendizajes de los que empiezo a ser consciente. La certeza de lo que he de asumir para vivir de otra manera.
Los cinco años con Fénix me interpelan sobre un proyecto literario iniciado en su encuentro; demorado, retomado y abandonado a lo largo y ancho de este lustro por todo tipo de motivos. Ahora sé que pondré el punto final. Que abandonar y desfallecer no son respuesta.
A finales de agosto y comenzando septiembre, la Ciudad Universitaria estaba casi vacía y su silencio era un marco perfecto para preguntarme qué persiste de la joven que pasó ocho años seguidos en ese campus para salir con dos licenciaturas, algunos sueños ya rotos y muchas ganas en los bolsillos.
Caminando de nuevo por aquel paisaje olvidado, comprobé que la Ciudad Universitaria y yo éramos distintas, aunque también las mismas. Sus edificios precarios de otro tiempo habían desaparecido o se habían asentado. Ya no quedaba nada del cubículo prefabricado y provisional de un banco donde se podían pagar las tasas. Sonreí al recordar aquella promoción tan pretérita como naíf con la que, si te abrías una cuenta para fraccionar el pago de la matrícula, te regalaban una carpeta archivadora con el logo del banco. Resulta irónico: aquella entidad bancaria, tan fulgurante a comienzos de los noventa, ya no existe más que como el caso de un escándalo financiero. Enfrente, lo que había sido un solar, se ha convertido en un Jardín Botánico cuyo edificio de acceso incluye una cafetería que me hubiera encantado disfrutar en aquellos años y a la que tal vez acuda de visita algún día, por pura nostalgia.
Ante Ciencias de la Información sentí un arrebato de rencor. Periodismo fue una carrera frustrante y hueca, salvo por contadas y honrosas excepciones que me animaron a concluir sus cinco años. Otra vez cinco. Pero he de reconocer que, en parte, soy quien soy gracias a aquellos cursos y sus distintas derivadas. Por eso, en unos segundos, pasé del rencor a la reconciliación, asumiendo que muchas voces intentaron disuadirme y no quise escucharlas. No debo echar balones fuera. Antes de conocer su nombre, ya albergaba el síndrome de la impostora. Por eso me empeñé en obtener el título que parecía más adecuado para ejercer una profesión que me apasionaba. Los años han demostrado mi error. Incluso el título estaba, en parte, equivocado.
También me detuve ante el edificio que entonces se llamaba “Antiguos comedores” y albergaba la zona para trámites del alumnado. Ante su estructura y solidez presentes, emergía el contraste de lo que hace más de treinta años resultaba precario y por hacer, igual que los rituales compartidos. La apertura de curso era un acto oficial sin estudiantes, un desfile de autoridades que nos eximía de ir a clase. No se organizaban eventos al finalizar el curso ni la carrera: recogías las últimas ‘papeletas’ y preguntabas en secretaría cuando estaría el título. Así de huérfanos. Incluso la orla, cargada de solemnidad, era un mero apuntarse y hacerse una foto en un pasillo con birrete de prestado.
Ante la avalancha de recuerdos, fue inevitable volver la mirada a los versos del poema “No volveré a ser joven” de Jaime Gil de Biedma, que tan acertadamente se leen en el vestíbulo del metro de la estación de Ciudad Universitaria.
Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde -como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.
Con menos amargura que él, quise hacer las paces con esos deseos de llevarme la vida por delante, y agradecí haber llegado hasta aquí. Con más canas, más kilos, más años y no pocos disgustos, pero también más consciente y más atenta a lo que, precisamente, hay que aferrarse para que la vida mantenga el placer de su sentido.
Antes de volver a casa, con el poema aún vibrando en la cabeza, me detuve en el cielo azul brillante; en el bamboleo de las ramas de los árboles, tan bailarinas y luminosas, en aquella mañana de septiembre en la que todo invitaba a ser estrenado con las mismas ganas que yo misma le puse a cada curso escolar.
Me gustó ver un resto nebuloso extendido, pintando un renglón blanco en el cielo. Y pensé que ese subrayado era la clave. Porque los énfasis son nuestros. Sólo nosotros deberíamos establecerlos y luchar por ellos. Mientras la vida nos lleva a galope, en nuestra mano están los límites y los márgenes innegociables, los espacios y los sueños que nos salvan. Contradiciendo al poeta, vivir con plenitud en el presente es el único argumento de la obra.
Al regresar de un viaje, la primera en deshacerse es la maleta. Una vez vacía ha vuelto al fondo del armario, en un gesto que, sin duda, ha tranquilizado a Fénix. En estos cinco años de ser compañía y familia, nunca hasta ahora falté tantas noches seguidas y, aunque estuvo muy bien acompañado, ha debido echarme de menos y ya me lo ha comunicado. Pero yo necesitaba esta pausa más que comer, y sé hasta qué punto no se trata de recurrir a una frase hecha.
Vuelvo a habitar mi casa recuperando las rutinas domésticas suspendidas y ocupando de nuevo el espacio de la escritura. Este primer texto intenta retener los recuerdos de las recientes vacaciones, al igual que las fotografías. Otro paisaje fue posible y la fuerza de esas imágenes me aferra a la certeza del paraíso.
Los primeros días, en el Pirineo oscense, disfruté de un entorno mágico sólo con los ojos. Las piernas y el resto del cuerpo pedían recorridos cortos y se los concedimos. La montaña nos rodeaba espléndida y verde a pesar del calor, y su perfil permanente de fondo resultaba balsámico. Las callejuelas y las construcciones de pueblos bellísimos (Broto, Torla o Aínsa), nos llevaban a una vida en otra escala, seguramente más humana que la de la metrópoli. Incluso Jaca me resultaba gigante y bulliciosa en exceso, aunque su catedral y museo fueron dos descubrimientos magníficos que compensaban el gentío en calles y bares.
En consonancia con esa escala pequeña que mi mente demandaba, también el arte románico era el idóneo. Pequeñas capillas, nervaduras y cúpulas al alcance de lo artesano; la maestría de artistas cuyos nombres son un enigma pero de quienes queda su trabajo, un regalo para nuestros ojos fatigados. El Museo Diocesano de Jaca fue una maravillosa sorpresa y la guía que nos lo mostró lo convirtió en sobresaliente. En sus salas, se conservan pinturas murales y esculturas que, de otro modo, hubieran sido fruto del expolio o la desidia tras el abandono de muchos pueblos aragoneses. Cruzar el umbral de una sala y sentirse en las iglesias de Bagüés o Ruesta, entre otras, en los lugares sagrados que ya no existen, servía para hacer las paces con parte de nuestra historia del arte, la que hemos estado a punto de perder. Más allá de Jaca, la magia casi telúrica del monasterio de San Juan de la Peña y el silencio sereno de las dos iglesias de Santa Cruz de la Serós se complementaban con los paisajes que la naturaleza esculpe en la roca, ya sea en la cueva de las Güixas o en la cascada del Sorrosal, donde el rumor del agua era una forma de oración.
En ese contexto espacial y temporal donde el deseo de una primera visita impulsaba a descubrir algunos de los muchos lugares que nos habían recomendado, sentí otra necesidad: la de parar y tumbarme bajo una higuera o contemplar la montaña, la de disfrutar del contraste entre azules y verdes radiantes, dándome cuenta de que no estaba perdiendo el tiempo sino ganándolo. Entre mis recuerdos más valiosos de este verano, me nutren las horas de deleite en las que la cámara era incapaz de captar todos los matices que el ojo percibía. Cuando la mejor opción era poner el cuerpo a favor del paisaje y entregarse, para encarnar esa sensación de plenitud, la misma que días después disfruté junto al mar.
En la misma playa almeriense de los últimos veranos ha sido aún más fácil ese dejarse llevar. En mi caso, el agua del mar o de la piscina lo hace siempre posible. Flotar y mecerse. Nadar y pasear para tonificar el cuerpo oxidado en su postura sedente. Cuando ya conoces un lugar, no llegas con el apremio del turista, ese veneno que nos han inoculado para que nuestras vacaciones sigan siendo contra-reloj, también productivas. El tiempo se vuelve más básico y basta mirar la altura del sol y preguntarse si tenemos hambre para ir a comer. El cuerpo apenas necesita un bañador o un pareo. Todo es esencial y posible. Dentro y fuera del agua, se recupera la consciencia de lo que supone vivir de forma apacible, también sin noticias: al margen de la programación informativa de radio y televisión.
Igual que en la montaña, junto al mar, mis ojos descansaron gracias a una gama amplia de verdes y azules, suavizados aquí por una neblina húmeda y envolvente; la recompensa de horizontes amplios y cielos infinitos, en un estar boca arriba que no se topaba más que con el lento discurrir de algunas nubes y los rayos solares. Al atardecer, el día se apagaba de forma inapreciable y pausada. Y la noche se hacía presente en la espuma blanca y burbujeante de las olas, esas que nos esperaban al día siguiente para construir la melodía de un baño que es vaivén y cosquillas, en el cuerpo y en los oídos, como una canción muy querida.
Al inicio de este texto escribí que, al final de las vacaciones, la primera en deshacerse es la maleta. Ahora cruzo los dedos para que estos recuerdos no se deshagan, para que el día a día no los pulverice. Quiero atesorarlos porque significan salud y descanso, el valor de la pausa y la serenidad. Sé que no es ni será fácil. He vuelto al metro y me he visto sacudida por el cansancio de sus viajeros, que no han disfrutado de vacaciones. La voz de hombres y mujeres que pedían ayuda para mantener a sus familias a cambio de pañuelos de papel, caramelos o botellas frescas de agua. Madrid y su asfalto me han recibido en plena ola de calor, y abrir las ventanas es casi peor que mantenerlas cerradas. He vuelto a escuchar noticias y a leer los diarios electrónicos habituales, y constato que mientras la naturaleza sanaba mi cuerpo y tres libros maravillosos resultaban la única palabra necesaria, el mundo seguía ahí, con su saldo de muertos y desastres, la podredumbre del poder y el negocio a toda costa, la mentira y el periodismo sumiso o sensacionalista.
Antes de despedirme del mar, con un (pen)último baño, que es casi un ritual aprendido en la infancia, me di las gracias y me supe afortunada por estas vacaciones tan necesarias, deseando que el equilibrio alcanzado se mantenga, junto a la prioridad del cuidado. Somos tan frágiles que intentamos olvidarlo, y eso demuestra nuestra torpeza. Sólo tenemos un cuerpo y nuestra vida depende de su equilibrio. Este nuevo curso toca mimarlo y protegerlo; defenderlo como si fuera una fortaleza, conscientes de todos los flancos vulnerables.