Mala pata y buena suerte

Contemplabas cómo nevaba. El ritmo lento de los copos ralentizaba el tiempo. Esta vez era posible perderlo para contemplar la belleza, ese caer pausado y blanco, esa fiesta para los ojos. Minutos después, la lluvia y los rayos de un sol burlón. De pronto, una llamada de tu madre, completamente a deshora: “me han atropellado, me llevan al hospital”. Y toda la furia de la urgencia.

Pasados unos segundos, quizás minutos, cuando puedes pensar lo que acabas de escuchar, agradeces la voz que certifica la consciencia. Inmediatamente, también agradeces a tu propio corazón que soporte noticias a bocajarro. Y al llegar al hospital, das las gracias a quien ha dejado todo por llevarte y al cielo, porque el único daño parece estar en un pie.

Silla de ruedas, triaje. Silla de ruedas, rayos x. Silla de ruedas, consulta. Todo el mundo asume que empujar una silla de ruedas es fácil, incluso con los nervios de dos, con dos bolsos, dos abrigos, media cabeza y un ay sostenido. En la última consulta, te explican todo muy rápido (los sanitarios no están para perder un minuto y menos un día de nieve y hielo). Hay dos huesos fracturados. Un nombre que estudiaste hace décadas, el metatarso, y uno completamente nuevo, el maleolo. Junto al diagnóstico, prescripciones farmacológicas y clínicas, y una nueva cita, en tres semanas. Por encima de todo: que no apoye el pie o será peor (desplazamiento, cirugía, más tiempo de recuperación). Por primera vez, inyecciones de heparina. Y como no conduces, una ambulancia para el traslado al domicilio.

Hasta aquí llega el sistema, y agradeces lo que hay. Has perdido la cuenta de las veces que has dado las gracias hoy, a pesar del accidente, porque la desgracia podía haber sido total, a pesar del paso de cebra. Pero el sistema se desentiende de los cuidados. No pregunta quién puede levantar un peso herido de casi ochenta años sobre una pierna ni importa si alguien tiene miedo de las agujas. Tampoco se pregunta si, fuera del hospital, hay silla de ruedas, ascensor, plato de ducha o el número de manos que soportarán el auxilio… Lo que has visto en amistades y familiares entra en tu casa o, mejor dicho, en la casa de tu madre. Das las gracias, otra vez, porque es leve y cuestión de semanas, aunque sabes que es un nuevo principio. Hacía muy poco que habías comprado el tiempo para ti y demasiado pronto descubres que no decides nada. El tiempo, quizás, cotiza en un mercado que ignoras, tan volátil como la bolsa. La vida, seguro, son los planes que no teníamos.

Con los días de cuidados te enfrentas a un cambio vital y generacional. En la cocina, emplear los utensilios ajenos, desconocer el cómo de todos los electrodomésticos, pelearte con cada botón. En los armarios, buscar varias veces sábanas y toallas, servilletas y manteles. Aconsejas sin ser escuchada. Eres cabeza de familia y tu autoridad hace aguas en cada reproche. Las cosas que hagas o digas no serán suficientes ni correctas. Has entrado en un túnel del tiempo que te vincula a la infancia y algunos de los lastres que creíste haber soltado. Agradeces tantos años de doctorado cum laude en paciencia, a pesar de su trampa. Será la mejor medicina para compartir, además de los brazos.

Algunas voces cercanas se afanan para que recuperes la sensatez. Insisten en la suerte de la mala pata, porque la lesión no es grave. «Agradece que no ha sido peor», te dicen. Se multiplican los espejos y las comparaciones. Recuerdas lo que has ido leyendo en el maravilloso blog Te hablaré de mamá, escrito por dos hermanas rehermanadas por los cuidados. El mundo se tambalea en cada informativo: hay miles de desplazados por tormentas furiosas en España y varias masacres impunes que nos van noqueando calladamente: Gaza, Cisjordania, Irán, el ICE en Estados Unidos… Seguramente, sea cierto que no tienes derecho a quejarte. Pero, ¿hemos de callar y sabernos privilegiados en un sistema de bienestar que se derrumba ante el auge de un nuevo fascismo que quiere sacar tajada de la ignorancia y el odio?

Si ponemos las luces largas es aún peor. Algunas noches te preguntas qué seremos en unos años quienes hemos elegido no tener hijos, cuando se nos partan un par de huesos y no haya nadie que empuje la silla de ruedas ni nos lleve al baño.

Inmediatamente, vuelves a las luces cortas y los intermitentes de emergencia. El tiempo y la vida tienen planes que ignoras. Es mejor volver al presente: escribir y leer en las pausas posibles. También te aferras a las imágenes portentosas de la magnífica película Hamnet (2026), que has visto en uno de los relevos. Cuando Agnes se tambalea, ella misma o su hermano Bartholomew se aferran a la frase que su madre les dejó para vivir: “cuando tengas dudas, mantén el corazón abierto”. Eso haremos, una vez más.

Nuevo cuaderno y viejos bolígrafos

Tras un par de semanas con compromisos laborales, por fin, he inaugurado mi año distinto. Aunque el mundo siga ofreciéndonos unas dosis de dolor inaceptables, tras salir de una larga e íntima espiral de tristeza, mi camino se aferra a la vida y abraza las pequeñas alegrías y los buenos momentos que se presenten al alcance, en el marco del regalo que, tras casi treinta años de trabajo asalariado, he podido concederme. El regalo del tiempo, un año de excedencia laboral que comencé hace apenas ocho días y fui preparando desde los albores de 2026.

El primer cambio lo asumí el mismo 1 de enero, al elegir el cuaderno que será mi ‘Diario’ de este año, una práctica que mantengo con continuidad desde hace décadas. Últimamente, usaba agendas de tamaño cuartilla, donde todos los días de la semana ocupan el mismo espacio, y las fechas y horas sirven de pauta. Para 2026 recuperé un precioso cuaderno que, precisamente, por su delicada factura, no había estrenado aún.

Cuidadosamente guardado para alguna ocasión especial, recordaba su forma pero no su portada. Y al reencontrarlo, entendí que el libro al que aludía ‘Alicia en el país de las maravillas’ (Alice’s adventures in Wonderland, como reza el original reproducido en su cubierta), podía ser un buen presagio. Es cierto que para narrar la vida, para escribir para una misma, vale cualquier cuaderno, como ya nos demostró mi admirada Carmen Martín Gaite. A estas alturas, creo que he usado todo tipo de formatos y texturas. Desde pequeña, todos mis cuadernos fueron tesoros preciados de los que incluso salvaba sus últimas páginas en blanco cuando concluía un curso escolar o un proyecto esbozado a mano.

No obstante, es bueno que las ocasiones especiales sean celebradas como tales, inventando ritos cuando estos no existen, creando nuestro propio juego de amuletos y señales. Qué mejor que escribir este año sobre un papel sin renglones, sin números, con la invocación de la imaginación y la fantasía para anotar la vida de forma distinta.

El nuevo cuaderno me ha llevado también a repensar los materiales de escritura. Soy de usar cualquier tipo de bolígrafo, y apurarlo hasta el final. Los bolígrafos que llegan a casa, comprados, regalados o de carácter publicitario, van quedando en una caja metálica de bombones. Si al cogerlos no escriben, intento resucitarlos con garabatos sobre el papel o calor sobre la bolita reseca, como si un bolígrafo no pudiera quedarse con algo por escribir. Sin embargo, he recordado un par de bolígrafos especiales que habían quedado olvidados al agotarse su recambio y he decidido volver a usarlos. Ambos fueron el regalo de personas que reconocieron mi escritura y quisieron darme su aliento. En este tiempo sin excusas externas, me vendrá bien sentir su certeza de metal, resistente a pesar de los años, y aferrarme a ellos cuando mi propósito se tambalee.

Escribo estas líneas en la pantalla del ordenador, con una letra ampliada por el zoom, porque mis ojos cada vez exigen más tamaño. La mesa vuelve a resultar más ancha, una vez que he retirado los documentos y libros que provenían del ámbito laboral. Desde la pandemia, los espacios se mezclaron y las palabras que habían permanecido en atmósferas distintas se vieron forzadas a convivir. Al retirar papeles y carpetas ahora inútiles, reparé en que la mesa estaba sucia, de polvo, de pelusas y de prisa, de no mirar atentamente, de cercos de vasos y cierta desidia. Limpiar la mesa con esmero ha sido preparar también el camino. Junto al ordenador, tengo una botella de aluminio para que nunca falte el agua, un flexo que puede reforzar la luz cuando haga falta y, por supuesto, un elefante de madera que me trae el recuerdo de una persona muy querida que ya no está y siempre me animó a escribir.

Así pues, esta primera semana sin obligaciones laborales ha servido para poner orden y cuidado, y convertir viejos regalos en inesperados amuletos para la nueva travesía. Apenas he escrito, pero todas las tardes he salido al encuentro de la palabra ajena. La agenda se prestó para ello. Me acerqué a conocer la labor de Nueva York Poetry Press; escuché a Constantino Bértolo, comentando su último libro, El arte de rechazar manuscritos; celebré a las autoras que voy a descubrir gracias a la antología de mujeres poetas del surrealismo titulada La llama ebria, coeditada por Bartleby y La Torre Magnética, en un acto donde volvimos a recordar a Eugenio Castro; asistí a una conferencia sobre personas sin hogar en la que me contagié de una cierta esperanza, porque hay soluciones que cambian vidas, siempre y cuando la política institucional acompañe; disfruté de un nuevo encuentro del ciclo ‘Poesía y Psicoanálisis’, que sirvió para profundizar en la escritura de Esther Ramón; y, por último, acompañé la presentación del libro Palabra de mundo, de Antonio Méndez Rubio, publicado en Libros de la resistencia.

Supongo que, a través de la palabra ajena, he ido convocando la propia, descubriendo que, cuando se puede, escribir es ir llamando a las palabras sin forzarlas. Sé que vivimos tiempos oscuros. Hace poco, el psicoanalista Jorge Alemán escribía en una de sus redes sociales: “Nadie puede nombrar todo lo que está sucediendo, después del genocidio televisado de Gaza y la destrucción obscena de la historia. A partir de ahí, todo es diferente. Los horrores se multiplican intensamente en el mundo. La historia siempre encuentra nombres para todos los horrores, ¿y ahora? ¿Cómo se nombra todo esto y cómo se designa a los cómplices de esta situación?”

Carezco de respuesta. De hecho, muchas veces me pregunto qué sentido tiene retomar mis proyectos literarios. ¿Qué se puede aportar con un poema o con un nuevo libro? ¿Qué pueden ofrecer mis líneas en este contexto tan desamparado y cínico, tan presuntamente próspero y terriblemente miserable a la vez? Y sin embargo, me resisto a volver a caer en la desesperanza. Si nos rendimos, si dejamos de escribir y de hacernos preguntas, si dejamos de reunirnos en torno a la palabra, estaremos aún más perdidos y mucho más solos.

Feliz 2026: aprender a contemplar


Cerrar un año y abrir otro. Hacer balance y convocar la esperanza de las expectativas. Desde hace tiempo, lo hago de forma consciente, repasando las fotografías de los doce meses previos, que dan cuenta de los momentos más luminosos. Desde 2019, me ayuda este blog, donde los artículos aportan un calendario paralelo y más detalles del contexto.

Tras revisar las entradas publicadas en 2025, concluye un año similar a los últimos: con despedidas que dolieron, viajes que alumbraron esperanzas diversas, momentos extraordinarios, varias manifestaciones contra la barbarie, exposiciones y espectáculos, autoras clásicas o contemporáneas y libros que son aliento, mientras mis textos celebran su aniversario o languidecen inacabados.

Por su parte, mi copioso archivo fotográfico me brinda no sólo esos momentos sino también recuerdos íntimos que la memoria ordena o confunde de forma arbitraria. Fotos personales que quedaron al margen de las redes; paisajes, besos y rostros cotidianos; la omnipresencia de Fénix y las imágenes con las que la realidad nos sorprende cuando estamos dispuestos a encontrar belleza, a pesar de todos los pesares.

Esas fotografías, algunas borrosas o mal encuadradas, son la cara oculta de las cosas: los caramelos que nadie recogió en la cabalgata, las copas sucias tras los brindis, los proyectos que quisimos emprender y desfallecieron, los encuentros y las confidencias con las amistades, los hallazgos surreales de los márgenes, los tiempos muertos de las salas de espera y, sobre todo, una inesperada sucesión de cielos, con y sin nubes, con y sin ramas o edificios, de diversas estaciones y lugares…

Mientras los días de 2025 se fueron sucediendo, no fui consciente de todas las veces que fotografié el cielo: atardeceres y ocasos contra la prisa, nubes que me devolvían a los juegos infantiles, azules capaces de abrigar la esperanza, incluso en los días más grises. Por eso, en estas horas de balance, reconozco que se cumplió el propósito de hace un año, cuando al tiempo por estrenar le pedí agradecer la luz.

Para mí, 2026 será un año muy distinto. Llevo tiempo preparándolo y ahora que ya está aquí es inevitable sentir el vértigo de su radical novedad. Un año sin horarios impuestos. Un año para leer y escribir, para tantear el sueño, para intentar lo que las obligaciones y el cansancio han bloqueado. Un año para afrontar esos proyectos que pesan por irrealizables. Un año para contemplar y contemplarme, sin excusas.

Os deseo y me deseo un año en el que aprender cuanto nos sea posible, contemplando lo que tenemos al alcance. Al otro lado de nuestra ventana, hay un cielo que, con sus ciclos y colores, nos recuerda que la vida sigue su curso y que la mejor tarea es aprender a disfrutarla. No hace falta irse lejos, sino disfrutar del aquí y el ahora mientras podamos sonreír a la cámara más importante, la de nuestra paz interior, nuestra calma y nuestra íntima plenitud.

Para quienes estáis al otro lado de estas y otras líneas: ¡Feliz, contemplativo y pacífico 2026!

Un cumpleaños para celebrar la vida

No escondo los años. Hoy han caído cincuenta y cuatro. Desde que tengo memoria, cada 23 de abril celebro mi cumpleaños y el Día del Libro. Festejo a esos seres de papel que transformaron mi infancia y después mi vida.

Brindo por ese maravilloso azar que provocó el regalo inevitable en tantos aniversarios. Después de dudas y tropiezos, celebro escribir y leer, dos actividades que se dan la mano en este día en el que, por encima de todo, tengo motivos para celebrar y agradecer la vida.

Tras tiempos sombríos, doy las gracias a la vocación que encontró el camino y a las personas que me rodean y hoy han estado tan cerca, ya sea en persona o a través de cientos de mensajes cariñosos, es decir, tiempo y palabras, ese doble tesoro con el que se pueden escribir libros nuevos.


Gracias al despertar y al primer café en buena compañía, al mantel compartido de la comida y la infusión imprevista a media tarde. Gracias al paseo del atardecer y su paisaje, a la belleza y la fragancia de las lilas silvestres. Gracias a los cumpleaños celebrados en los parques y terrazas, donde grupos de desconocidos cantaron un ‘Cumpleaños feliz’ que sentí mío. Gracias a los regalos y las llamadas. Gracias a las carantoñas de Fénix y a la mariposa y los pájaros que rodearon nuestra mesa tras el postre. Gracias a las librerías del barrio, donde libros para todos los públicos han tomado por un día parte de la acera, llamando la atención de peques y mayores, sembrando ficciones y versos.


Gracias a la vida: por fin, abierta, ancha, pendiente de nuevos planes y nuevas osadías. Cincuenta y cuatro no son veinticinco, pero «hoy es siempre todavía», como dijo el poeta. Y es posible soñar y atreverse, dar pasos nuevos con los zapatos azul celeste que compré para la primavera de hace un año y no llegué a estrenar, por si me hacían heridas.

Gratitud y horizonte

Repaso septiembre y le agradezco que haya sido un mes amable, con su significado de reinicio, con el aliento de una nueva resistencia. Sin duda, el verano fue bueno y ha servido de equipaje. Desde mi casa, empecé a sentir el rumor de la juventud que se dirige cada mañana al instituto próximo; con sus llegadas y salidas, sus pasos marcan mi tiempo. El transporte público volvió a llenarse, literalmente; a pesar de la presión y el vapuleo de sentirme sardina en conserva de tercera, los ojos adormilados de los más pequeños fueron un soplo de ternura y misericordia.

Presenté Astillas en su primera lectura pública (habrá más, habrá tantas como surjan), y fui feliz. El dolor de sus páginas se ha convertido en motor de afectos, otra vez fortaleza y esperanza. Recibo mensajes de lectores que encuentran cierto alivio en sus poemas. Me sorprenden, al tiempo que sus palabras resultan sanadoras. Al principio, lo he ido regalando casi pidiendo perdón por su dureza, pero tiene razón quien me dice que no lo haga. Es el resultado de abrazar el dolor y cuanto supe escribir. Es el relato poético de una grieta de la que ha sido posible emerger.

En la víspera de la presentación fui a la peluquería. Quería estar guapa, igual que en cualquier fiesta que se precie. Justo cuando iba a salir de casa, se quedó parado mi reloj de pulsera. En el primer instante, intuí un mal presagio (la cabra tira al monte, la tristeza es pegajosa); acto seguido lo reinterpreté como el inicio de un tiempo nuevo. Se trata de celebrar, ¿recuerdas? Es cierto que la pila del reloj había durado menos que nunca. La última se paró a las puertas del tanatorio. Esta vez quise convertir la obsolescencia vertiginosa en un guiño feliz. Horas después regresaba a casa con el cabello renovado y, al menos, una pila puesta.

El día de la presentación elegí una camisa especial que apenas he estrenado y me puse una pulsera delicada que no suelo usar, por miedo a perderla. Por si refrescaba, me llevé sobre los hombros una prenda que era el homenaje y recuerdo a una mujer que, en vida y en su despedida, me animó a seguir escribiendo. También estrené zapatos. Podían hacerme daño y quise arriesgarme. La tarde se alargó hasta la noche y volví a casa sin una rozadura. Para mí era importante refutar un par de poemas del libro que escribí con la vista fija en el suelo. Uno comienza con el verso “Te vas de paseo al cansancio”. El otro (página 94), lo leí en voz alta para los asistentes al acto como quien pronuncia una oración nueva contra lo que fue:

Ya no lustras tus zapatos
ni en la noche de reyes.

Calzas pasos cansados
y tropiezos.

El abandono delata
tu pelea con la piedra,
su propio chocarse
hasta hacerte caer.

Mentiría si dijera o escribiera que, en este septiembre, no ha habido cansancio ni días en los que sentir el peso insomne de la noche o las horas de la jornada laboral como una carga, pero no tiene nada que ver con los años y meses previos. Ahora, en lugar de dejar que ocupen todo el espacio, he arrinconado esos pensamientos en lo posible y, al igual que hice en verano, me he dejado atrapar por la luz exterior, pacífica y acogedora. Mis ojos han optado por mirar a las ventanas, que ofrecían atardeceres y ocasos matizados por la calma.

Al otro lado del cristal, el castaño se ha vuelto más y más marrón. El cielo se ha puesto de todos los colores. Alguna mañana madrugar tuvo su recompensa de luz mágica al levantar las persianas. En ese descubrimiento cotidiano recordé al protagonista de Perfect days, esa película tan evocadora y profunda de Wim Wenders.

Mientras se hacía el café, esa placidez pequeña ha estallado al escuchar el relato radiofónico de la matanza constante de los inocentes, la suma diaria que arrojará un genocidio para la posteridad. Las primeras crónicas ofrecen su recuento rutinario de víctimas bajo las bombas en Gaza y Cisjordania o de cadáveres en nuevos naufragios a pocos kilómetros de las costas españolas. Me costaba imaginar cómo es despertar en esos lugares con los que compartimos el mismo cielo. Desde mi ventaba podía disfrutar de una mañana clara, sin rastro de la humareda que dejan los proyectiles, sin el olor a gasolina de cayucos a la deriva. El relato de los enviados especiales incluía el término “campo de refugiados” para situar el punto del mapa donde la esperanza se había roto antes del amanecer.

Una luz suave me rodeaba mientras las palabras se teñían de mentiras. ¿Por qué decimos campo? ¿Cómo podemos seguir apelando al refugio donde se asesina a mujeres y niños? Septiembre ha sido un regalo y escribirlo es atesorarlo, a pesar de que el lenguaje y los tiempos vuelvan a enfrentarse; algo que también ocurre en Astillas, un poemario, en parte, en guerra con las palabras. La pregunta es cómo defender una cierta placidez cuando se cumple un año del inicio de un genocidio. Aquella remota estudiante de periodismo que fui nunca pudo imaginarse que el derecho a la información pudiera estar reñido con el derecho a la salud, pero muchos días necesito apagar las noticias y mirar por la ventana y pensar que este cielo es el de todos.

Ante el televisor que me ofrece la crónica feroz de un año de barbarie, me asalta la duda de si tenemos derecho a sentirnos bien dentro de nuestra pequeña existencia en orden. Quiero creer que sí, que me toca dar gracias a la vida, y seguir buscando la belleza cotidiana a través de las ventanas. Ese gesto no es incompatible con recordar, con toda su fuerza etimológica, a quienes sobreviven sin horizonte.

Miradas y ventanas del verano

Era aún julio cuando escribí la última crónica de este blog. Por entonces, el castaño que mide las estaciones frente a mi ventana, ya vestía otoño. También era una tarde asfixiante de julio cuando, antes de salir del metro, vi las escaleras y la rejilla del desagüe salpicadas de hojas exhaustas. Agostadas, pensé entonces, y jugué con esa ese intermedia. Madrid y yo misma estábamos agotadas. Por la temperatura y los meses transcurridos sin pausa, siguiendo el ritmo exigente de esta ciudad y las rutinas que nos atan a ella. Hojas muertas y personas al límite. Por eso, salimos en estampida. Por eso, buscamos refugios. Por eso, en agosto, se nos ve por todos lados e incluso, se pone de moda detestarnos, ese triste desatino.

Yo también me he escapado y confío en haberlo hecho sin molestar a nadie. Mis pasos cansados buscaban otros paisajes. Mis ojos sedientos necesitaban llenarse de agua. He regresado a lugares ya conocidos, lo que evita la ansiedad de ser turista. En Ginebra y en la playa almeriense de los últimos veranos, la hospitalidad de amigos y familiares me permitían sentirme como en casa, pero en otras casas. Habitaciones en las que, al levantar la persiana y celebrar un nuevo día para el ocio, no importaba desvelarse ni ver amanecer, desafiando la pereza que se iba instalando en todo el cuerpo.

A pesar de las elevadas temperaturas, disfruté mucho del verano ginebrino: la música y la animación en sus parques; la belleza del lago Lehman; las calles y monumentos de la ciudad vieja; la atmósfera del Café Literario junto al renovado Museo Rousseau; el cementerio de Plain-Palais, donde distintos bolígrafos reposaban sobre la tumba de Borges; el ambiente bohemio de Carouge; la escapada a Montreaux y al castillo de Chillon, tan distinto de como lo recordaba.

Ante el Mediterráneo, como siempre, un azul incesante me invitaba al baño, a flotar y nadar, a jugar con las olas, a contemplar durante horas un infinito de reflejos brillantes y también de sombras. Me resulta imposible no pensar en sus ahogados anónimos. A pesar de todo, el mar sigue siendo un bálsamo. Sus aguas, cada vez más preocupantemente cálidas, no tienen culpa ni responsabilidad. Son un bello escenario que las decisiones o la inacción política han convertido en inmensa sepultura. Igual que esos árboles que se caen sobre viandantes inocentes, heridos de desidia y condenados a venirse abajo.

Las vacaciones han sido propicias también para la lectura y la escritura. En la maleta, metí muchos más libros de los que pude leer, pero aún así, he disfrutado con tres títulos muy distintos que han dejado huella: Las fuentes, de Marie-Hélène Lafon; Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé y Punto de cruz, de Jazmina Barrera. En cuanto a la escritura, mis dedos han volado ágiles sobre el teclado del móvil donde crece un nuevo proyecto, mientras los libros publicados me hacían guiños, a través de reseñas y comentarios de nuevos lectores. De paso por los días (Bartleby, 2016), era incluido en el artículo “Cuatro refrescantes libros para el verano con la naturaleza como protagonista” firmado por Javier Morales en El Asombrario, demostrando que los libros no caducan. Siempre que regreso a la playa almeriense, me vienen a la memoria un par de poemas que surgieron en sus aguas y me repetí hasta que los pude memorizar, para escribirlos nada más alcanzar una libreta bajo la sombrilla.

Por su parte, Astillas (Bartleby, 2024), ha sido una fuente de alegrías y sorpresas inesperadas que comenzaron mucho antes de salir de Madrid. En la víspera de Santa Ana, mi madre me quiso hacer un regalo y me citó en Libro Ideas, la nueva librería que ha abierto en Príncipe Pío. Por supuesto, no hay mejor representante que una madre… Ni corta ni perezosa, preguntó por mi libro y cuando se lo entregaron, me presentó a los libreros, que no dudaron en ofrecerme firmar el ejemplar y dejarlo dedicado para su lector o lectora desconocido. Después, las redes sociales me han brindado la posibilidad de leer comentarios entusiastas para un libro que, a pesar de su tristeza, está encontrando su camino. De esta forma, Astillas cobra el mejor de sus sentidos: una forma recíproca de sanación. Los poemas que dolieron tanto son ahora espejo y refugio, es decir, reflejo; un temblor compartido que acompaña a otras personas.

Antes de hacer la maleta y regresar a casa, me detuve para mirar las fotos del verano y agradecer el disfrute de tantos días sin sobresaltos ni disgustos. Curiosamente, además de monumentos y paisajes, había hecho numerosas fotos de muy diversas ventanas y terrazas. En el azar de la recopilación, descubría la clave de este verano de 2024: mirar, por fin, hacia fuera después de tanto tiempo hacia dentro. Me llevo los colores de cielos cambiantes y espléndidos que se abren a nuevos horizontes. Sin buscarla, recordé la frase atribuida a Santa Teresa, que propone las ventanas como alternativa a las puertas cerradas. Seguramente, he deshecho la maleta mientras se van aflojando otros nudos.

En la rutina que nos espera, necesitaremos de una mirada amplia que nos permita soñar, ser y disfrutar en un espacio conocido donde no debemos permitir que el tiempo sea una condena. Feliz septiembre. Ya sabemos que ahora no comienza el año natural, pero para muchos, comienza el año.


Por fin, una doble primavera

Quienes leéis los textos que voy escribiendo para este espacio personal os habréis dado cuenta de los tiempos sombríos, del cansancio, de las veces que me faltó la energía. Es cierto que no ayudaron la pandemia ni las exigencias de la vida cotidiana, demasiado gobernada por esa palabra, exigencias, que he escrito antes de la más importante, la vida, la que no debemos convertir en complemento sino valorar como núcleo, lo único que tenemos.

Por eso creo que, en cierto modo, os debo un texto de renacimiento. Un texto que, esta vez, no está ligado a los buenos deseos del cambio de año o del cumpleaños, en los que siempre me surge una esperanza y un balance que me arroja a lo bueno, aunque, en los últimos años haya sido más teoría que práctica.

Con la perspectiva del tiempo, soy consciente de la fragilidad de la salud mental, incluso teniendo todo a los ojos de los demás; del daño que nos hace una existencia de la que nos sentimos ajenos. Años de terapia y la compañía de personas y cosas buenas van dando, por fin, resultado. Y aunque da un poco de miedo decir que la tormenta ha pasado, sí que creo que, por fin, está más lejos. La siento a la distancia, tras las ventanas de mi casa. Ahora sé que es capaz de arrasarlo todo. También confío en estar mejor preparada si vuelve, y que el aprendizaje de este tiempo (y el que queda), constituya un buen refugio. De paso, este texto me servirá para recordarme que estos momentos fueron posibles y de rescatarlos, con todas mis fuerzas.

En los últimos días, me he sorprendido a mí misma tomando fotografías de las flores de los jardines, cuando hacía tiempo que la cámara de mi teléfono móvil no registraba la llegada de la primavera a Madrid. A pesar de su marco ciertamente artificial, se han multiplicado centenares de flores hermosas dispuestas a recordarnos que la belleza, a veces, ayuda a una cierta reconciliación interior. Con el mismo impulso, mis ojos insisten en detenerse en el azul del cielo, tan espléndido y diverso, con esta multitud de nubes que juegan con nosotros entre nublados y chaparrones inofensivos.

Al regresar al Retiro, donde hacía demasiado tiempo que no paseaba sin prisa, he vuelto a recuperar la sensación de plenitud que me contagian sus enormes árboles, los espacios de sombra tejidos por un verdor radiante de ramas cruzadas y la belleza de parterres de flores, diversas y espléndidas, agradecidas por las recientes lluvias y una temperatura todavía agradable y tibia. Han brotado flores incluso en los tejadillos de las instalaciones de conservación. Los niños correteaban y el césped invitaba a la charla o la siesta. Los mirlos esquivaban la foto pero regalaban un canto alegre, peculiarmente vital. La cría de una pareja de patos aprendía a nadar en el pequeño estanque donde caía un agua mansa, procedente de la cascada artificial que nace en la Montaña de los Gatos. Y cuando llegué al Paseo de Coches, descubrí los preparativos de la próxima edición de la Feria del Libro. Allí estaban las casetas ya montadas, con sus persianas arriba y un gran vacío, hambriento de papel y palabras, de ficciones, ensayo y poesía, de viajes e ilusiones donde volveré en unos días.

Mi paseo continuó por la calle de Alcalá. El bullicio era innegable en terrazas repletas que ya no provocaron mi malestar. Se ha hecho un discurso tan infame de las cañas y se ha producido una invasión tan incívica de la vida vecinal a costa del terraceo que nos han robado también, de alguna manera, alegrarnos del reencuentro que se da en cada mesa, donde los grupos de amigos comparten risas y planes, y las parejas se reencuentran en besos y confidencias, por fin, fuera de las pantallas.

En el Paseo de Recoletos me esperaba la 46ª edición de la Feria del Libro Antiguo y Ocasión, que supuso otra doble cita, tanto con mi nostalgia como con mi renovación. En mis tiempos universitarios siempre iba, sobre todo, a la de otoño, cuando buscaba, a un precio reducido, algunos de los libros que necesitaría a lo largo del curso. Sin embargo, en las últimas ediciones, dejé de acudir o lo hice mirando los libros con desgana, sintiendo que no había lugar para ninguno más, mientras las lecturas pendientes se acumulaban estérilmente en casa. En la última visita, he recordado a aquella compradora impulsiva, que al margen del listado que generaban los estudios, se lanzaba a las gangas de los grandes nombres sin reparar en nada más. La lectora que soy, con los años, sabe que no todo vale. El tamaño de letra es crucial cuando descubres que, sin las gafas que corrigen la presbicia, incluso cuesta descifrar la letra enfática y mayúscula de títulos y autores en los lomos. Me llamó la atención ver aquellos libros de Enid Blyton, que llenaron las vacaciones de verano con largas noches de lectura, a precio de saldo.

No pude resistir la nostalgia ante esas ediciones; tampoco al acariciar los libros de las editoriales que nos proporcionaron el salto a una literatura de adultos en formatos asequibles. Allí estaban las ediciones de Austral, con su guarda de papel vencido; las de Alianza, Bruguera, Cátedra o Edaf; las que cruzaron el charco gracias a Losada; las colecciones de quiosco, que hicieron accesibles algunos títulos anhelados. De todas ellas, quedan ejemplares en mi biblioteca, y cada uno de esos libros me habla de la lectora que fui. Agitada por los intereses y motivaciones actuales, por la tarde primaveral y la fuerza del azar, que siempre es decisiva en las librerías de lance, volví a descubrir decenas de libros que me interesaban y la cartera se abrió más veces de las que había previsto. Es cierto que tengo ya suficientes libros pendientes de leer, en diversos rincones de la casa que ocultan la evidente acumulación. No obstante, que el deseo volviera a ponerse en marcha era una noticia excelente. Y me dejé llevar, manteniendo, eso sí, una cierta cordura. Por eso, me detuve cuando ya cargaba siete libros nuevos que prometen el descubrimiento de la literatura que hoy me interesa y nutre.

Creo que empiezo a salir de un para qué desganado y voy llegando a un porque sí. Ya era hora. No es un sí caprichoso e irracional sino una afirmación consciente de quien se reconoce en las heridas y abre un nuevo camino. La persona y los proyectos que quiero ser y emprender. Ya era hora. También hora de compartirlo y de agradecer a quienes habéis estado al lado, del cuerpo o de los textos, que vienen a ser un todo.

Encuentros con la poesía

Las semanas transcurren como ráfagas, mientras las obligaciones y las averías domésticas consumen el tiempo por entero o roban las horas que había soñado para mí. Mientras tanto, no paran de nacer libros, surgir encuentros y lecturas, pero me es imposible atender tantas convocatorias. Desde estas líneas, van también mis disculpas por las ausencias.

Reconozco que el cansancio y un cuerpo que requiere horas de ejercicio y cuidados no pueden con más horas de escucha sobre una silla, aunque íntimamente anhelo el encuentro con la palabra, para seguir alimentándome. Por eso, los viernes, algunos viernes, he acudido a su cita. La promesa del fin de semana y la celebración del abrazo aplazado me han dado el empujón definitivo. Aunque no haya habido tiempo para la crónica ni la reflexión posterior. Quizás no sea tarde, sobre todo, porque si se recuerda y se escribe, permanecerá.

En el VII Ciclo Poesía y Psicoanálisis, una de las actividades enmarcadas en los ‘Diálogos con el Arte’ que organiza el Foro Psicoanalítico de Madrid, escuché la voz poética y reflexiva de Arturo Borra que conversó con el psicoanalista Gabriel Hernández el pasado 15 de marzo. Una vez más, el diálogo, coordinado por Alberto Cubero, entre un poeta y un psicoanalista propició una atmósfera de íntima confianza en la que Arturo Borra nos hizo partícipes de sus poemas y sus procesos creativos “en estos tiempos, en los que peligra la hospitalidad de la escucha”. Frente a ese contexto, Borra nos dijo: “la escritura de la poesía busca cavar un pozo o abrir grietas. Es un ejercicio incómodo al que entregamos nuestro tiempo, y no sólo el tiempo; a cambio de, nada más y nada menos, que la propia poesía”. Su voz continuó: “uno escribe desde la intemperie, arrojado a una tierra de nadie que rebasa lo sistémico. La poesía apunta a otra lengua que no es comúnmente aceptada y, sin embargo, el acto poético es un acto de comunión, porque la poesía abre lo simbólico, surge de una experiencia de asombro y conecta con lo que no es decible, ofreciendo una propuesta de diálogo entre iguales, entre autor y lector”. Se citaron muchos autores, entre ellos, los que apunto en esa lista imposible de un ocio más ancho: Eduardo Milán, Jacques Derrida, Roberto Juarroz, Julia Kristeva, Mark Fisher… Mientras los propios libros de Arturo Borra volvieron a recordarme su lugar en las estanterías de casa, en especial, el titulado Poesía como exilio (Prensas de Zaragoza, 2017).

Tras la pausa de Semana Santa, Ana Martín Puigpelat y Leandro Alonso, nos convocaron a la presentación de su último trabajo. Me reconcilié con el mundo cuando la poeta y editora Nares Montero reconoció que “la incomodidad es muy fértil”. Guardé esas palabras como amuleto presente y futuro, para luego, adentrarme en el libro que nos reunía, titulado La inversión o el reflejo, editado por Evohé. Entre montajes fotográficos profundamente inspiradores y poemas cuyo principio y proceso han olvidado sus autores, este trabajo a cuatro manos nos habla de lo impersonal y de la creación desde el nosotros, de la fuerza de un lenguaje casi telegramático y el peso de lo fragmentario, del poder evocador de la imagen y la palabra que se intercambia y crece.


Sin cerrar nada, cierra esta crónica de urgencia contra la amnesia, el acto organizado por la Asociación Brocal y celebrado el pasado el pasado viernes en Alcobendas, en torno al libro titulado Extravíos (Kaótica Libros, 2023), de Esther Peñas quien dice “escribir sin pensar” y reconoce este texto como un “libro a caballo entre lo reflexivo y lo poético, donde el amor, como territorio no conquistado por el capitalismo nos acoge». La conversación entre Esther Peñas y Alberto Cubero fue de nuevo inspiradora. Benditas sean las personas que aún sostienen que: “la mejor forma de vivir es hacerlo con gratuidad, y cuanto implica de cuidado, escucha, detalle y acoger al otro… Al margen de la recompensa”. Reconocía Esther Peñas que recibimos muchos impactos que nos distraen de lo que verdaderamente nos importa. Por eso, insistió en la importancia de recordarnos qué queremos y de ser honestos con nuestro deseo. Algunas de las palabras clave de la velada fueron belleza, bondad, esperanza y verdad, también la importancia de lo pequeño y los márgenes. Ojalá se cumpla su bella proclama, “distraídos venceremos”, y cada una de las “bienaventuranzas futuras” con las que se cierra este libro. Así, por ejemplo: “Bienaventurados los que no saben, porque serán colmados de flores. (…) Bienaventurados los astrónomos, pues ellos trazarán el camino”.

En una de las sillas, reposaba antes de llegar a manos de Esther Peñas, un ramo de lilas silvestres. Un regalo, un recuerdo y un guiño al tiempo, que me hizo recordar mi poema ‘Rituales’. Aquí lo dejo también, porque en estas fechas es inevitable.

Rituales

Los lilos ofrecen sus flores

en ramas cercanas.

Su generosidad sorprende.

Su entrega los desnuda.

Un golpe de nostalgia

sacude sus hojas firmes,

las astillas del tronco,

el perfume en los pétalos.

Son las lilas de la abuela.

Las vimos llegar

al jarrón verde de barro

en los años de la infancia.

De paso por los días, (Bartleby Editores, 2016. Madrid).

Esta nueva semana arranca con varios días marcados en par e impar, rojo y poesía:

– 16 de abril. Homenaje a Juan Carlos Mestre, dentro de los actos de la XXV edición de Vallecas Calle del Libro.

– 19 de abril. Nueva sesión del VII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, con Rosa Lentini.

– 20 de abril. Vermut poético de Genialogías: ‘Lenguas del estado, una poética desde la periferia’, con María García Díaz, Berta Piñán y Begoña Chorques.

Ojalá las fuerzas den para todos ellos. Ha llegado la primavera, estoy a punto de celebrar otro Día del Libro, es decir, de inaugurar otro año vital y renovar mis deseos. A pesar de cansancios y silencios, toca ser quien soy y amar cuanto me constituye. Si podéis y queréis, nos vemos por el camino.

Feliz 2024: paz, salud y un continuo renacer

Un año más, comparto con vosotros un texto que hace balance, recupera sensaciones y os desea lo mejor para los 366 días por venir…

Al hacer memoria de 2023, a través de fotografías, palabras y momentos, encuentro cierto latido que mantiene un compás de alegrías y tristezas marcando los días, igual que en los años precedentes. No obstante, vuelvo a escribir estas líneas desde la gratitud, sabiéndome afortunada; y también, desde la certeza de la propia fragilidad. Este año me sostuve gracias al amor y los afectos, tan diversos como necesarios; al disfrute del arte, que me rescata cuando la barbarie humana me duele y desengaña; y a los viajes, llevaran cerca o lejos, ampliando siempre el aire, el horizonte y la mirada.

Entre las diferencias con los años previos, la más importante ha sido acompañar una despedida, entendiendo cuánto amor había en cada gesto. Sin duda, es uno de los grandes aprendizajes que me deja 2023. Y junto al duelo, el imperativo de atender, abrazar, escuchar y decir mientras podamos. Porque ese legado nos acompañará siempre, dándonos aliento para seguir avanzando.

Estas líneas y la fotografía que acompaña el texto comparten, al igual que el cambio de año, ese momento del ocaso que conduce a un nuevo amanecer. Lo ideal sería soltar lo que no nos aporta, lo que nos daña o fatiga. Y hacerlo cada día, no sólo hoy, cuando antes de inaugurar el nuevo calendario convocamos la ilusión de un reinicio mágico. Aunque le demos a la última noche del año cierto cariz maravilloso, no olvidemos que todas las noches pueden serlo. Y aún más, recordemos que los nuevos comienzos nos esperan a cualquier hora y en cualquier lugar. Del mismo modo que, a veces, el paisaje más bello nos sale al encuentro cerca de casa, como en la foto. Para descubrirlo, sólo hay que tener los ojos abiertos, el tiempo necesario para apreciarlo y la serenidad para celebrarlo como un pequeño regalo, accesible, colectivo y esperanzador.

Ojalá que 2024 sea un año en el que la paz llegue a las zonas en guerra y sea también verdad dentro de cada persona. Ojalá nos acompañen la salud y los abrazos, las sonrisas y las palabras cómplices. Ojalá seamos capaces de encontrar la fortaleza necesaria para mantener la esperanza y renacer, cada día, con nuevos propósitos, partiendo de lo que tenemos al alcance, como en ese paseo sencillo que nos propone renacer siempre, en cada nueva mañana.

Abrazos para el camino.

Aprendizajes de un año que se agota

Mi abuela materna siempre tuvo manía a noviembre. Fechas familiares, la celebración de difuntos, alguna certeza íntima… No lo sé bien, pero me hizo heredera de un cierto escalofrío ante un mes que ella cargaba de temores con un refrán: “Noviembre, dichoso mes, empieza con los Santos y acaba en San Andrés”. No ha sido hasta este noviembre cuando he reparado en que ese “dichoso” era polisémico y también contradictorio. Dichoso, por feliz; dichoso, por molesto o fastidioso. La ambigüedad del refrán es evidente, pero el recuerdo de su tono enlutado al pronunciarlo nunca me dejó dudas. Era un tiempo del que recelar.

El último noviembre también ha sido polisémico: duro y luminoso, exigente hasta el extremo, lágrimas y abrazos. Nos ha llevado en volandas a través de las malas noticias de los periódicos y la rutina diaria hasta vislumbrar el final del año. Me ha conmocionado con una muerte inesperada que, no obstante, me brindó la oportunidad de acompañar y despedirme. Se fue la madre de unas amigas muy queridas, esas casi hermanas no de sangre que nos va regalando la vida. En los recuerdos que convocaron aquellas horas ante la enfermedad y el desenlace, rememoramos comidas y cenas, celebraciones y mudanzas, confidencias y viajes compartidos…

Mientras reflexionaba sobre la salud y fortaleza que mantienen mis padres, recordaba cómo en la infancia, las familias y las casas de las compañeras de colegio nos abrieron mundos nuevos, y su contacto constituía un primer aprendizaje de lo distinto. En aquel entonces, fallecían abuelas y abuelos, y nuestros padres parecían tótems seguros a los que aferrarse. De hecho, nos fuimos haciendo adultas a medida que les vimos quebrarse, y de un tiempo acá, en las orfandades ajenas que nos interpelan, somos más conscientes que nunca de lo efímero y la fragilidad que nos rodea.

La vida transcurre a lo largo del tiempo en varias dimensiones, que resulta pausado y vertiginoso a la vez. Las semanas, los meses, los años… se nos enredan hasta hacerse cuesta arriba entre las obligaciones y, de pronto, son parte de un pasado que se esfuma y desaparece. Reviso las fotos del último noviembre para saber si ocurrió algo además del dolor, y descubro que sí. La mirada, la placidez del sueño de Fénix y su tacto me salvaron muchas noches, igual que otras caricias y besos, igual que tantas palabras de consuelo al rescate. Dichoso mes, en su transcurso contra el tiempo, en sus urgencias contra mí misma, tan encerrada en el cansancio.

El repaso de las fotografías me devuelven un par de jornadas espléndidas en las que el arbolado de los parques fue un regalo. Lamenté no haber estado más atenta a su hermosa transformación otoñal, condenada a tanto viaje en metro y a la falta de paisaje vegetal en calles estrechas. Algunas películas maravillosas en la sala cinéfila y oscura, el único lugar donde soy capaz de disfrutar del cine, me permitieron asomarme a otras historias: Monstruo, la reposición de El espíritu de la colmena y El sur antes del estreno de Cerrar los ojos, El chico y la garza, El viejo roble, O corno, Scrapper, Vidas pasadas… En cada ocasión, pensé escribir alguna reseña, pero faltaron el tiempo y las fuerzas, de modo que la enumeración de esos títulos queda como memoria del disfrute y apresurada recomendación. Sé que no es lo mismo, pero el cine es otra forma de leer, y las atmósferas creadas por la luz y los debates que atraviesan a esos personajes me acompañaron mientras no fui capaz de iniciar la lectura de ningún libro. Sus páginas se hacían pesadas e inabarcables y, aunque he seguido comprando, mi interés por ellos se desvanecía al verlos llegar a casa. Mi conexión con la literatura se ha limitado a la lectura de unos pocos relatos y algunos poemas, y contadas charlas que han permitido mantener la ilusión de los proyectos desatendidos… Sé que siguen latiendo, que dormitan, al fondo del tiempo, esperando que yo recupere las palabras y sus ritmos.

También he visitado cuatro exposiciones de arte, una raquítica pero reconfortante conexión con el color y la materia, una forma de expresión artística donde no media el lenguaje y, sin embargo, éste es convocado gracias a la conexión que nos transciende más allá de la palabra. Sorolla y Medardo Rosso, en la Fundación Mapfre (hasta el 7 de enero en la sede de Recoletos, de Madrid); Luis Gordillo en la sala Alcalá 31, con dime quién eres Yo (gratuita y hasta el 14 de enero); y por último, ya en diciembre, Caminante son tus huellas, una muestra colectiva en Cafebrería ad Hoc (c/ Buen Suceso, 14, que concluirá en febrero de 2024).

Mientras las calles de las ciudades rebosan de luces navideñas y personas dispuestas a atender su llamada de ilusión y consumo, afronto el último mes del año sumida en la pausa que le he pedido al puente de diciembre. Sin viajes ni maletas, buscando el encuentro sosegado y la conversación, el cuidado del cuerpo y la búsqueda de cierta paz interior.

Muy pronto tocará despedirse de 2023, recordar los propósitos que hicimos al iniciarlo y recuperamos en la pausa del verano. Hacer balance. Ya sé que no he cumplido en todo. Demasiado cortisol por mis venas, lejos de aquella canción canalla de mi juventud; el insomnio convertido en el peor de los pijamas posibles; las hormonas haciendo trampas a los deseos y el malestar psíquico formulando preguntas para las que carezco de respuestas.

Me gustaría contemplar las luces navideñas con un chispazo de esperanza. Mientras aguardo ese destello, la conexión con el arte y el aliento de algunas personas me mantendrán a flote, escudriñando el calendario del mes de diciembre, cargado de tareas e iluminado por la promesa de unas vacaciones en las que buscaré la desnudez de los árboles. Para entonces, el otoño será hojarasca vencida. El cambio de solsticio conformará esa ilusión a la que aferrarnos. Nuevas agendas y almanaques albergarán espacios en blanco donde proponerse deseos. En un nuevo juramento, íntimo y silencioso, renovaremos los votos de las ilusiones pendientes, para echar a andar como manecillas de viejos relojes, tic-tac, un paso tras otro. Adelante, siempre.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑