Días y horas a medio morder

Quedaron en suspenso los últimos mordiscos; y el corazón, aún rodeado de carne, fue abandonado a la intemperie, a la espera del pico del pájaro o la succión del insecto.

Me pregunté quién perdió el hambre en ese instante, quién se hartó de morder. Me pregunté por el motivo de ese bodegón callejero y precario.

A veces nos falta el pulso así, entre bocado y bocado. Lo que tenía sentido en las dentelladas previas lo pierde en un parpadeo; y de pronto, faltan las fuerzas para todo, ya sea significativo o irrelevante.

¿Es lo mismo morder la vida que morder una manzana? ¿Qué podemos hacer con las pipas o los días que se atraviesan en la garganta como una terrible premonición? Frente a la certeza de un mundo que se rompe en una espiral interesada de odio, ¿cómo recuperar el apetito por cuanto nos pareció gozoso y extraordinario?

Aquel resto de manzana se había manifestado como un cuerpo extraño, al borde del abismo entre la posibilidad de una acera limpia y una papelera ninguneada.

Presentí que, en cuestión de horas, un golpe de gracia convertiría la fruta en mancha, justo cuando la lluvia desaparecía del pronóstico meteorológico. A partir de ahí, imaginé un mapa de azúcar sobre la acera, una hilera de hormigas, un principio de podredumbre al sol, el riesgo para una pisada incauta…

Llamaba la atención, entre las mascarillas aún presentes al aire libre y la sombra de la pandemia, ese rastro de saliva expuesta ante los ojos. El resto de manzana tenía algo de intocable. ¿Quién se atrevería a dar un manotazo sin guantes? Quizás por eso había aguantado ahí un par de idas y venidas con un margen ancho de horas. Hemos aprendido a no tocar y a temer el tacto como un nuevo mandato, aunque eso implique renunciar a abrazos y caricias tan imprescindibles como el aire.

No obstante, a pesar de las distancias tan bien aprendidas, la vida nos araña. Nunca estamos del todo a salvo, aunque a veces se nos olvide. Como se nos olvida un cierto bienestar anodino e insuficiente que sólo cobra valor ante las malas noticias que nos zarandean y nos comparan. Seguramente, llevo demasiado tiempo preguntándome por el derecho a las lágrimas. Sé que no soy la única. Nos hemos acostumbrado a un estar medio bien, sin entrar en detalles. Estar y resistir. Sobreponernos a los tropiezos y a los mordiscos que dejan nuevas cicatrices y heridas; marcas que, a pesar de su pequeñez, se vuelven tremendas bocas de insomnio y tristeza en ciertas madrugadas.

Quizás por eso, la manzana a medio morder se presentó como una metáfora, donde sólo hubo un gesto de mala educación o desidia. Una provocación ante los deseos que dejamos en la estocada. Un interrogante al inicio de un paso de cebra que no garantiza la vida del peatón. Un espejismo de equilibrio natural ante todo lo artificial que nos consume en el día a día, y nos deja desganados.

Y de nuevo, ¿qué? Reaprender a morder, como el cachorro que dejamos de ser.

Septiembre: tiempo de promesa

Septiembre tiene mucho de promesa. Eso fue tantas veces nuestro inicio de curso. Soñar lo que nos esperaba, no dormir en la víspera del primer día de colegio; desear buenos docentes y asignaturas motivadoras en los años universitarios, tan decepcionantes en tantos casos.

Ya no vuelvo al cole, pero mi año empieza dos veces. Y en ambos, estreno agenda de papel: la laboral, en septiembre; la personal, en enero. Por eso, todos los días que paso ante la fachada de las papelerías y librerías del barrio donde estos días hacen cola niños y mayores, me identifico con ellos. Y recuerdo con nostalgia la compra de material escolar nuevo, escaso pero ilusionante; y aquellos plásticos tediosos que nunca quedaban bien, con los que aprendíamos a cuidar incluso los libros que acabaríamos odiando.

Septiembre tiene también un poso de recuerdo y renovación que se conjugan bien. Volvemos de las vacaciones, de un tiempo distinto. Retomamos las tareas que nos agotaron antes de la pausa estival y tal vez, en este tiempo de reencuentro personal, hemos asumido cambios que tendrán que ensayarse y plasmarse ahora. Nos hemos prometido cuidarnos más, exigirnos menos, más descanso y más abrazos, más tiempo de calidad para nosotros y para la gente buena que nos rodea e importa.

Miro hacia atrás. A lo lejos, en días como estos recupero el recuerdo de las fiestas de otros septiembres. Fiestas de vendimia y vírgenes, bailes de verbena y coches de choque, los conciertos juveniles, las procesiones religiosas y su ritual de bendiciones. Ahora España es un país sin fiestas ni alegrías oficiales y tal vez por eso, la fiesta no es compartida. La pandemia nos ha roto; y mientras unos han asumido que no es tiempo de masas, otros las reivindican con furia y urgencia, como si no pudieran esperar más.

En los recuerdos más próximos, vuelvo a mirar las últimas fotos guardadas en el móvil. Sé que fueron verdad, que estuve en esos lugares. Ahora parece imposible que agosto se haya esfumado. Que no haya mar ni bosque, que no llevemos encima el plano mal doblado de una ciudad por descubrir, que preveamos cada calle y cada itinerario, y que aún no haya ninguna escapada en el horizonte.

Estos días vuelvo a escuchar las voces y los tiempos de la calle que me faltaban desde junio: el trasiego, las risas y los gritos de los jóvenes que acuden al instituto cercano, los timbres y músicas que estuvieron apagados y marcan otra vez el ritmo de sus horas y las mías. Discreta y simultáneamente, los árboles se están vistiendo de marrón a toda velocidad. Era más imperceptible a mitad del verano, pero ahora, las hojas han llenado las aceras de forma más temprana, quizás por esa ola de calor que pulverizó Madrid con fuego. Esos árboles insisten en reclamar nuestra mirada. “Me apago, me desnudo, no daré sombra por mucho tiempo”, me dice el castaño de la plaza. El mismo que ha sido, sin nombre, mi compañero en tantas horas de teletrabajo, horas de ventana cuando soñé otros paisajes.

No hay que desesperar ante la inminencia del otoño. Los teatros vuelven a levantar el telón, la cartelera podría salir de su letargo y en El Retiro, la Feria del Libro de Madrid vuelve a citarnos, después de tanto y después de todo, para que sigamos soñando con la primavera. Podría ser que tras esas hojas, que caducan en los árboles, se escondan otras de papel y tinta dispuestas a acompañarnos de por vida.

Es todo tan incierto… Y a pesar de ese temblor, tenemos que seguir soñando. Nos lo hemos prometido. Para eso hemos resistido estos meses tan duros y tan amargos. Eso nos juramos ante el mar y bajo los pinares del verano. Septiembre es recuerdo, pero también promesa de un tiempo nuevo. Por fuera y por dentro. Vamos a ello.

Una oración para el verano

Hubo un tiempo en el que al inicio del verano empezábamos a soñar con las olas. Aquel Atlántico juguetón o furioso que nos desafiaba, al que contestábamos con la alegría y la fuerza de la infancia. Hubo un tiempo en el que, acariciando los últimos días de las vacaciones, se hablaba de uvas y cepas. Todo Jerez olía a vendimia, y el sol marcaba la pauta y el ritmo de aquel esfuerzo sobre los viñedos de la tierra albariza.

En este verano, las olas y las cepas son otras. No auguran nada bueno, pero aún así, necesitamos un verano que nos acune, que nos cuide, que nos sane. Un verano que ponga remedio al cansancio de cada uno. Un verano que nos ofrezca noches largas de conversación al fresco, nuevos baños de mar, el sabor de sardinas y guisos marineros junto a un puerto, la pereza de la siesta, el paseo entre la neblina de los bosques del norte, el frescor y la penumbra de los templos de piedra, el placer de las lecturas aplazadas, el sosiego de los lugares pequeños, el rumor de un riachuelo, el recorrido por las salas pausadas de un museo, el zumbido de algún insecto inofensivo, el silencio de amaneceres ajenos al horario laboral y la gozada de mirar el cielo durante horas…

Tenemos tantas ganas de un buen verano que los planes se nos hacen un nudo y rezamos hacia dentro, en una oración pagana que implora compasión. Tenemos tantas ganas de mar que el embarcadero del lago de la Casa de Campo nos resulta una alucinación propicia y una promesa. Así me pareció el pasado viernes, cuando la brisa aligeraba el calor sofocante de los días previos y una enorme luna desplegaba belleza con todas sus fuerzas, y nos la transmitía. Y era posible ver el mar desde Madrid.

Ojalá logremos el descanso que anhelamos, la paz que hemos echado en falta, el tiempo de la escucha hacia los demás y hacia nosotros mismos.

Os deseo lo mejor para estos días por venir y espero que lo podamos contar y compartir a la vuelta. Felices vacaciones, feliz pausa, feliz descanso.

Recortes del tiempo efímero

Me encantan los periódicos. Su tacto, su olor, la sensación de nuevo y viejo que dejan sobre las yemas de los dedos. Desde hace demasiado tiempo tengo el gusto o la manía de archivar, conservar, apilarlos… Siempre pienso que un día recortaré el artículo que tanto me interesaba, que leeré los análisis de fondo, esa mirada, al margen de la fecha de publicación, que explica certeramente la realidad que nos concierne.

Pero lo cierto es que rara vez tengo tiempo para volver a ellos y al final, están destinados a ocupar un rincón de la casa donde acaban por volverse paisaje. Hasta que un día su presencia sombría acaba por molestar y los tiro sin ver, o les doy una última oportunidad de lectura inoportuna y desmerecida.

Ocurre entonces que las noticias son viejas, aunque el periódico no tenga más de unas semanas. Que apenas recuerdas algunos de los sucesos que incluye. Que se produjeron novedades, giros inesperados, reacciones, traiciones, mentiras… Ocurre que la crónica de aquel cercano entonces contrasta con lo que esta mañana escuchabas por la radio entre el sonido del agua de la ducha.

En España, lamentablemente, los periódicos se llenan de lo que dijo menganito y contestó fulanito. También es habitual que los susodichos sean políticos muy bien remunerados que aún no han entendido que les pagamos por hacer más que por hablar. De ahí que una gran mayoría pierda la fuerza por la boca, y una buena parte de su sueldo desaparezca convertido en saliva cuando no en mala baba. Esas páginas de crónica declarativa de circunstancias y coyuntura no soportan ni un par de días sobre la mesa. Son irrelevantes, y sólo constatan su inoperancia y nuestra decepción.

Sin embargo, hay noticias y testimonios que nos conmueven, de buena mañana; datos económicos de consecuencias y sombras alargadas; dramas grandes y pequeños que nos atraviesan; países y regiones que estallan en convulsiones sociales o escaladas bélicas, y luego no resisten la agitación del suceso continúo en nuestra asfixiada memoria. Eran noticias que abrieron sección, que estuvieron en portada y con el paso de los días son olvido.

Hoy ha sido uno de esos días de limpieza. Antes de que los periódicos hicieran su último viaje al contenedor azul, les he echado ese vistazo rápido que inútilmente intentaba hacerles justicia. Como otras veces, entre sus páginas han surgido muchos titulares que no han dejado de hacerme preguntas: sobre la fragilidad de mi memoria, sobre el azar de lo importante, sobre las sombras y las luces que cubren la actualidad, sobre los intereses que mueven el foco y hacen girar nuestra mirada.

He recortado esas páginas para darles una oportunidad de lectura sosegada, de seguir el hilo y no olvidar… porque esas noticias que un día se colaron en un periódico nos siguen hablando de un mundo roto que no queremos ver.

Hay titulares como el que dice que “La mayoría de las empleadas domésticas carece de un hogar digno”, y nos recuerda que alguna vez las calificamos como esenciales; la noticia se publicó en la sección de Madrid, ese territorio donde la libertad depende de la cuenta corriente. Un artículo amplio explica que en España, en mayo, había registrados 8,134 menores extranjeros tutelados, que se verán en la calle al cumplir la mayoría de edad. Por su parte, las secuelas de los enfermos de covid llegaron a ocupar la portada, porque se presentaban como una nueva amenaza, capaz de desbordar los servicios de rehabilitación de la sanidad española. Otro artículo nos recordaba que casi 3.000 pisos públicos de Madrid fueron vendidos a Encasa Cibeles, un fondo de inversión que solo está dispuesto a ganar, mientras los inquilinos continúan su batalla jurídica y la Comunidad de Madrid sigue jugando al “Pío, pío que yo no he sido”, aunque la operación fue firmada por el Gobierno de Ignacio González, una de las ranas que nos regaló Esperanza Aguirre. En Economía, leo que LG dejará de fabricar móviles tras pérdidas millonarias por la dura competencia china. LG sigue los pasos de otro gigante, Nokia, que también abandonó su ‘conecting people’ tras años de liderar el mercado. Por último, me llama la atención la foto de una mujer que llora y suplica: “Ayúdenme a liberar a mi hijo Roman”. Se refiere al periodista bielorruso que fue detenido tras el desvío forzoso de un vuelo comercial. Aquel aterrizaje y la posterior desaparición de Roman Protasevich alteró buena parte de la actividad de las aerolíneas que tenían que atravesar el espacio aéreo de Bielorrusia, pero ¿alguien sabe qué ha ocurrido después con el joven periodista y con su novia, detenidos en Minsk?

El puzzle me deja una profunda sensación de desasosiego. Vivo en una burbuja rodeada de dolor y desigualdades y lo sé. Coexisto con esas mujeres que limpian casas y asumen tareas de cuidados, viajo en el metro con ellas; pero permanezco al margen de su batalla diaria. Igual que con esos menores, que no son más que niños empujados por la pobreza y la vulneración de derechos básicos. Básico es también contar con un techo, igual que es fundamental la libertad de expresión o una sanidad pública que no esté permanentemente al borde del colapso… Pero todo está en jaque y en suspenso. Vivimos en un momento en el que un gobierno puede desviar un vuelo o vender tu casa. Y la línea de negocio de esa compañía gigantesca de la que alguna vez tuviste un móvil se derrite como un azucarillo, aunque logró ser uno de los primeros fabricantes del mundo y veíamos más su logotipo que a las personas de nuestra familia.

Supongo que para una ciudadanía con una opinión propia y fundamentada, la lectura y el seguimiento diario de las noticias es más un deber que una opción. Estar informado para opinar, para discernir. Pero poco aporta una información sin contexto ni seguimiento, que levanta un polvorín de sorpresa y ruido, y luego carece de análisis y continuidad. Vivimos en un mundo tan grande y tan hiperconectado que todo es a la vez relevante y nimio para nuestras vidas. Llevamos un año y medio sin levantar cabeza porque un virus se propagó a partir de la ciudad china de Wuhan. Hay decenas de fábricas paradas por falta de determinados minerales ante un planeta exhausto. Pero prima la anécdota, la foto o el video de impacto frente a tendencias de fondo que están conformando estructuras que aumentarán la pobreza, las desigualdades, el hambre, la crisis climática y la vulneración de derechos fundamentales.

Hace años, cuando nos íbamos de vacaciones y no llevamos un teléfono móvil encima, regresábamos a casa como nuevos. Los horarios al margen de los informativos televisivos nos permitían una desconexión total y, a veces, nos preguntábamos qué estaría pasando en el mundo mientras nos tomábamos un helado. Ahora, nos vayamos lejos o cerca, nuestro teléfono nos dará alertas y sobresaltos diarios, tanto de los irrelevantes como de los importantes. Y en cualquier punto del planeta encontraremos un televisor enchufado a tiempo completo, escupiendo imágenes impactantes con rótulos incomprensibles. Cada vez es más tentador volver a ese tiempo de paréntesis y hacerlo perpetuo. Y lo malo es que ese escenario tan apetecible y acogedor es también muy peligroso. Se da la paradoja de que si dejamos de pensar y de hacernos preguntas sobre todos los agujeros negros de la actualidad, tal vez seamos más felices en nuestra pequeña burbuja, pero estará creciendo el abismo que nos separa de una sociedad más habitable para la mayoría.

Contradicciones de una (no) escritora

Hace algunas semanas vi Sueños de una escritora en Nueva York, dirigida por Philippe Falardeau. Desconocía lo que me esperaba, pero la palabra “escritora” y la confianza que me inspira la programación del Renoir de Plaza de España, bastaron como imán para llevarme hasta la taquilla. El título, tan descriptivo y poco metafórico, no exigía demasiadas dotes de detective.

Leo ahora las críticas y sé que la película no pasará a la historia del cine, pero no coincido con la mayoría de ellas. Tampoco me importa. Voy al cine desde que tengo uso de razón. Mi memoria atesora las películas infantiles con merienda en cines madrileños desaparecidos, como el California o el Cartago; y también las cintas más recientes, como Hijos del sol, Nomadland, Otra ronda, En un lugar salvaje o El olvido que seremos.

Sé que no siempre se coincide con la crítica. Y que de esos desencuentros surgen sorpresas que se lleva una, tanto para bien como para mal. Ocurre con el arte en general y con las películas en particular que sus imágenes nos hacen de espejo durante una hora y media, sobre todo, cuando estamos inmersos en la historia, dentro de la sala oscura del cine. Y que la conexión que establezcamos con los personajes, como ocurre en las novelas, puede ser definitiva para conformar nuestra valoración subjetiva.

Seguramente, disfruté Sueños de una escritora en Nueva York porque las preguntas que se plantea la joven Joanna Rakoff, autora de la novela autobiográfica Mi año con Salinger, en la que se basa la película, son algunas de las que me atraviesan desde hace demasiado tiempo.

La sinopsis de la película dice más o menos así: “A finales de los años noventa, Joanna, una joven que sueña con ser escritora, consigue trabajo en una de las principales agencias literarias de Nueva York como ayudante de la directora. Entre otras tareas, ha de responder las numerosas cartas que envían los fans de uno de los escritores de la firma, el mítico J.D. Salinger”.

Lejos de la peripecia del año o par de años que se ven en la pantalla, yo me quedé suspendida en cuestiones que constituyen el mar de fondo de la protagonista. Preguntas sobre la vocación literaria; la necesidad de un trabajo que permita la subsistencia mientras se aplazan los sueños, a riesgo de que el día a día laboral los devore por completo; o sobre hasta qué punto son decisivas las personas que se cruzan en nuestra vida, sobre todo, en esos primeros años en los que podría arrancar una prometedora carrera literaria.

Joanna, interpretada por Margaret Qualley, quien sabe aportar a su papel determinación, idealismo y fragilidad al tiempo, y muchos de los personajes que forman parte de su vida tienen vocación literaria. Y la película plantea lo que cada uno de ellos pone o quita de su parte, carambolas del destino a parte, para llegar a cumplirla o renunciar a ella.

Igual que yo hice, Joanna estudia literatura en la universidad y acaba hastiada. Se pregunta por la vida, se siente atraída por su latido pero no encuentra su sitio. Tal vez esa lectura constante, casi bulímica de otros autores, que yo misma recuerdo como una pesadilla, la arrojan fuera del mundo de la literatura impresa para llevarla hasta una vida precaria en Nueva York.

Y en ese mundo real, busca un trabajo relacionado con la literatura donde, curiosamente, debe ocultar su vocación y sus escritos. La agencia literaria busca una asistente eficaz, una chica para todo, disciplinada y discreta que no tenga aspiraciones propias. ¿Resuena?

El papel de la directora de la agencia, interpretado magistralmente por una magnética Sigourney Weaver me recordó a algunas de mis jefas, aunque luego lo amplié a jefes en general, hombres y mujeres. Ellos y ellas han sido claves. Sutilmente, con premios y castigos, con reconocimientos y ninguneos ayudan a construir o destruir la autoestima de quien salta al ruedo de la vida laboral cargado de idealismo. Sin querer, recorrí mi propia biografía sacando conclusiones. Por supuesto, también están las elecciones de amistad, sentimentales y amorosas, en suma, las personas que alientan o desaniman. Y no se trata de buscar las respuestas en otros, sino de ver hasta qué punto en esa construcción con los demás podemos alejarnos de nosotros mismos, ya sea de forma esporádica o definitiva.

Joanna tuvo más lucidez que yo, al menos, hasta donde llega la película. Es cierto que tiene veintipocos años, pero no se quiere olvidar de quién quiere ser de mayor. Mientras tanto, yo, con medio siglo a las espaldas, no ceso de hacerme esa pregunta. Quizás porque las cifras redondas tienen ese poder impetuoso para el balance; y seguramente también porque, desde hace un año y medio, la muerte y la enfermedad andan desbocadas, encontrándose a personas cercanas a deshora.

No es verdad que tengamos todo el tiempo del mundo. No es verdad que nunca sea tarde. El calendario es muy tozudo y el azar, lejos de regalarme una buena lotería, se empeña en ser mezquino y huidizo. Pero más allá de los espejos y las películas estoy yo misma. Y me temo que esa es la cuestión: ¿quién soy y quién quiero ser?

(Continuará).

Aniversarios en Sol

Hace algunas semanas, subí caminando desde la calle Alcalá hasta la Puerta del Sol. Era una tarde de viernes primaveral. Parecía un regalo después de muchos días de lluvia y cielo gris. Madrid quería despertarse y sentirse bonita, a pesar de todo. Me senté unos minutos en un banco de piedra ante un trío de músicos que interpretaban piezas clásicas junto a las puertas de la Real Academia de San Fernando. Les dejé unas monedas e intercambiamos unas sonrisas de gratitud a través de las mascarillas.

A medida que avanzaba, la luz que se dejaba entrever al fondo del horizonte se convertía en un imán. Aún lejos, la Puerta del Sol se intuía envuelta en esos colores únicos y apabullantes del atardecer madrileño, rebosante de turquesas, violetas y anaranjados. Sin filtros, la cámara del móvil sacó una fotografía que parecía un cuadro impresionista. Quedaban aún unos días para que comenzara la campaña electoral y se celebraran las elecciones. Los colores y la tibieza de la tarde querían ser un guiño a una esperanza improbable. Tal vez tanta belleza estaba ahí para algo. Al menos, consolaba.

Desde lejos, distinguí a un amplísimo corro de personas. Al ser tantos y mantener la distancia entre sí, abarcaban buena parte de la plaza. Pensé que era alguna concentración autorizada, pero era una reunión espontánea alrededor de un músico que, con buena voz y su guitarra, interpretaba canciones alegres que todos nos sabíamos. No faltó quién se puso a bailar ni quienes se lanzaron a hacer los coros de aquellos temas de viejos veranos que traían un soplo de brisa del mar, cierto aliento de felicidad posible. Los ojos brillaban. Sentíamos que estábamos vivos.

El reloj del edificio que alberga la sede de gobierno de la Comunidad de Madrid dio las nueve. Y a los pocos minutos, un par de coches de la policía municipal entraban en el espacio peatonal de la plaza y acababan con la música. Al verlos llegar, el músico explicó que el permiso para tocar expiraba a las nueve. Se disculpó… A pesar del reciente cambio horario y la primavera que queríamos disfrutar, las ordenanzas eran claras. El público se fue dispersando sin rechistar, echando unas monedas en la funda de la guitarra, mientras yo me quedé remoloneando por allí, esperando que la policía se fuera. No había multa, no se llevaban los instrumentos ni la recaudación… “Buena onda, todo bien, me despisté con la luz y el cambio de hora”, me dijo Charly Alvarenga (en Instagram). Nos despedimos con un amplio gracias.

La policía cumplía órdenes, impedía la felicidad por unos minutos de más. Nos devolvía a esta vida reglada que condiciona tantas cosas pequeñas e imprescindibles. Seguí mi camino y me detuve ante el escaparate de La Mallorquina, ya cerrada. Aquel rumor de azúcar cálido, el recuerdo de sus napolitanas de crema recién hechas me devolvían el buen sabor de boca de una tarde que había iniciado con el propósito de cuidar del alma y el cuerpo, tan atravesados por las derivadas de la pandemia.

Han pasado muchas cosas dentro y fuera de la Puerta del Sol desde aquel 9 de abril en el que me iba haciendo nuevas promesas, mientras paseaba por algunos de mis rincones más queridos de Madrid.

En lo personal, cumplí 50 años e imaginé un texto, en línea con el del año pasado, pero luego faltaron tiempo y ganas para escribirlo; también ha habido muchas citas médicas, propias y ajenas, y lo que queda, demandando energía y llamadas, atención a la agenda y al cuidado, cierta paciencia que se agota entre vacunas, pruebas diagnósticas y consultas diversas. Afortunadamente, nada es grave, pero sí fatigoso, en unos tiempos en los que las fuerzas van muy justitas. En lo político, tampoco encontré el brío necesario para analizar algunos hitos de la delirante campaña electoral de las elecciones autonómicas madrileñas; y después, atragantada con la tristeza que me brindaron las urnas, tuve una digestión demasiado pesada en la que se juntaron unos resultados incontestables, una falta de autocrítica casi generalizada y un recital de improperios e insultos con los que se nos bendijo a todos los madrileños, desde una diversidad de rincones y voces que decían ser progresistas.

Reconozco que me estaba costando recuperarme de todo esto cuando la Puerta del Sol vuelve a las portadas de los medios, ya sea por el desfile etílico del fin del estado de alarma (que no solo se produjo en esta ciudad); y ante el inminente décimo aniversario de aquel 15-M con el que esa plaza madrileña también atrajo las miradas de medio mundo. Tampoco puedo olvidar que en Sol hemos visto concentraciones por Colombia (y las que quedan), y no tardará en llegar la bandera palestina (si es que no lo ha hecho ya).

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, le dice Ilsa Lund a Rick Blaine en un momento inolvidable de la película Casablanca. Y yo estoy por contestarle que sí, que el mundo se derrumba mientras unos se emborrachan, otros se lavan las manos o se frotan los ojos, y otros se curan las heridas o entierran a sus muertos. Confío en que también nos quede sitio para el amor porque de lo contrario, estamos perdidos.

Un gran amigo y fiel lector me dijo una vez que mis textos siempre median o terminan mal. Su reto era que un día me atreviera a darle la vuelta a la tristeza y acabar en alto, en plan locura. Pienso en él mientras alcanzo estas líneas sintiendo una doble derrota: por haber descubierto el plan y porque no soy capaz de hacer lo que me pide. ¿Cómo escribir la esperanza sin caer en un fallo enorme de coherencia narrativa? ¿Cómo mantener la chispa de la ilusión ante este cotidiano devenir de egoísmo?

Soñando otro mundo, en 2011. (Foto personal).

Quizás el único camino, a estas alturas del texto, sea volver a esa Puerta del Sol donde hace diez años empezamos a soñar otro mundo. Si alguien nos hubiera contado lo que íbamos a vivir en tan sólo una década no le hubiéramos creído. Aquel entusiasmo y compromiso colectivo es algo que no olvidaremos nunca quienes durante aquellas noches entrelazamos las manos y levantamos gritos silenciosos que estallaban en aplausos cargados de una contagiosa y feliz energía. En los años posteriores, hubo nuevas concentraciones y asambleas, movidas por la nostalgia y también por un deseo de cambio que seguía latiendo y aspiraba a más. El año pasado reinó el silencio. Este año yo solo tengo interrogantes.

Ahora mismo, es imposible tomarle la mano a alguien, más aún si es un desconocido; y manifestarse en un entusiasta enjambre humano como aquel. Me temo que la confianza en los procesos colectivos ha vuelto al espacio de la utopía, aunque me consuela saber que sigue latiendo y salva vidas en multitud de hospitales y en otros espacios de resistencia y solidaridad.

Juntos podemos ser más fuertes, pero esta pandemia nos ha metido a cada uno en nuestro rincón, desde donde hemos visto que se rompían muchos nexos mientras luchábamos por no rompernos. Si bien los recuerdos tienen una fuerza contrastada para sacarnos de amnesias y traumas, no estoy muy segura de que las fotos de hace diez años, las canciones de otros veranos o el sabor de una napolitana de crema vayan a salvarnos. Habrá que ir pensando nuevos caminos. Y si en ellos podemos seguir cantando y bailando como en aquellas horas de la primavera de 2011, será buena señal. No habremos muerto.

Un paisaje de sombras

Vino Filomena y escribí de la nieve. Quizás fue una excusa para evitar al bichito. Va a hacer un año de mi primer texto descreído, cuando según las primeras informaciones la afección en España sería escasa. No vimos venir los miles de muertos, la realidad de un país arrasado económicamente, tanta niebla sobre el horizonte y sobre la vida de cada quien. Ahora vamos viendo los resultados pero somos conscientes de que no es una foto fija. Tiende a empeorar, mientras cada uno de nosotros intenta no resquebrajarse.

De Filomena sabíamos de su llegada. Excepto algunos políticos que están en una realidad paralela, todos lo sabíamos. Pero tampoco anticipamos que arrasaría con más del 60% del arbolado de la Casa de Campo y El Retiro. Ahora tenemos otra certeza. La belleza y la sombra que nos faltarán cuando busquemos su auxilio bajo el sol de los próximos meses.

Da la sensación de que Madrid va a mantener abiertas las heridas de este tiempo durante un alargado futuro de sombra. Una sombra sin árboles. Una sombra que se construye con centenares de cierres echados, casas vacías e innumerables duelos. Una sombra que se ha proyectado en el silencioso trabajo de cementerios y crematorios sin abrazos.

Empezamos a saber o a intuir que tampoco vamos a salir iguales. Ni indemnes. Lamento quitar las esperanzas de los que pensaron que saldríamos mejores. Supongo que ya no les quedan. A estas alturas, hemos visto a servidores de lo público y servidores de Dios convirtiendo su posición de servicio en privilegio, mientras los mercaderes del templo de la gran industria farmacéutica, tan opaca y opulenta desde que tengo memoria, ponen precio a la vida de la población, al margen de cualquier consideración ética y moral, en un casino vergonzoso de intereses en el que las instituciones europeas, nuestros representantes al fin y al cabo, tampoco salen bien paradas. El egoísmo y la codicia pautan las reglas del juego tal y como se explica en este excelente artículo que nos hace pensar lo fácil que es ser manipulados, una vez más, como ciudadanos necesitados de un culpable fácil.

La foto que ilustra estas líneas es una montaña de nieve sucia. Una de las muchas que surgieron por la ciudad, cuando después de días de demandas desatendidas, de picos y palas vecinales, sentimos el motor de las máquinas. Llegaron para apilar el hielo, a juntar en feos montones toda la belleza perdida, lo que la nieve tuvo de magia y accidente.

Estuvimos durante días pendientes de ese rumor de motores. Porque el silencio de la nieve, dio paso a la algarabía de los juegos; los golpes del precario instrumental contra el hielo, dejaron lugar al silencio ante el miedo a las caídas; y en ese nuevo peligro, empezamos a agudizar el oído. A la espera de los camiones que debían recoger la basura, de las máquinas que podían devolvernos la pequeñez de ser peatón sólo con mascarilla. Sin bastones ni muletas, sin el palo de la escoba ni los paraguas cerrados, todos ellos al servicio de un apoyo precario frente al hielo.

Las calles se poblaron de montoneras de hielo y nieve mientras se agotaban el yeso de las consultas de traumatología y los bancos de sangre para cirugías de urgencia. Tampoco supimos anticipar ese batacazo. Me pregunto si seremos capaces de anticipar alguno de los que se van fraguando, más o menos veladamente, ante nuestras poco perspicaces narices. Tal vez sean las mascarillas las que nos han restado también ese olfato que nos permitía anticipar ciertas amenazas.

Mientras esos montones de agua helada se han derretido nos quedan otros: amasijos de ramas, hojas y troncos que también esperan su camión. Ahora suena, más o menos cerca, el sonido de las motosierras. En ciertos puntos se van apilando los que ya eran brotes tempranos, las promesas de una primavera maldecida. El paisaje tiene algo de postbélico. Como si la inocente guerra de bolas de nieve hubiera dejado un resultado exagerado en este rastro de destrucción que nos acompañará durante semanas.

La victoria vecinal fue hacer practicables algunos cruces, las aceras, nuestros portales… pero más allá de esos pequeños rincones de paso cotidiano queda mucha ciudad y una dolorosa mole de incertidumbre y dolor, de vidas que se están rompiendo. Al margen de esos sacos de arena y sal municipal que no llegamos a ver, buscamos y volcamos sal en defensa propia, la sal gorda y la sal fina que pudimos encontrar en las baldas aturdidas de los supermercados. Reconozco que salpiqué de sal cuanto limpié de hielo, y que lo hice con el temor de esa superstición que vincula la sal derramada con las lágrimas futuras. Confié en que, por una vez, no se cumpliera la maldición de la sal. Que esa sal que nos protegía contra el resbalón y el golpe fuera benéfica. Pero parece que mi oración no tuvo resultado.

Las cifras de contagios, enfermos y fallecidos crecen trayendo nuevas lágrimas, y las vacunas y las ayudas para sobrevivir escasean como esos minerales básicos sobre los que el ser humano ha construido una civilización tras otra. Lo bueno sería aprender de la historia y corregir el rumbo del futuro. En lugar de dominar los puntos de acceso a las nuevas salinas y amasar nuevas fortunas millonarias, colaborar para disponer y distribuir la dosis justa y necesaria para el bien común. Pero eso supondría volver a tener esperanza. Y como algunos otros productos que se han hecho protagonistas en estos tiempos confusos, anda escasa. Supimos resolver la carencia de papel higiénico, de alcohol y mascarillas, de guantes, de harina y macarrones, de pan y verduras… pero va a ser mucho más difícil avanzar en cada nuevo amanecer si nos falta la esperanza que entre unos y otros nos están hurtando.

Entre la nieve y la lluvia

El pasado fin de semana salí del barrio y paseé por el centro de Madrid. Ocho días desde el fin de la nevada, y la ciudad presentaba un aspecto desolador de árboles caídos, aceras intransitables y basura amontonada. Quedaban rincones donde resistía la belleza de la nieve pero era difícil disfrutarla con la certeza de tanto árbol muerto y por morir, tanto riesgo de caída, tantas personas retenidas en sus domicilios ante unas aceras y unas calzadas que son una ruleta rusa.

Frente al paisaje de la calamidad, me refugié en los buenos vecinos que, conscientes del abandono institucional, nos arremangamos para hacer algo. Cada uno en la medida de sus fuerzas y su tiempo, de sus herramientas al alcance. Ellos son, nosotros somos, la esperanza que me alienta tras recorrer una ciudad herida y a la deriva, a pesar de la falta de mar.

Antes y después de la gran nevada, el pronóstico meteorológico ha sido y es protagonista. Dijeron nieve y hielo, y se ha cumplido. También han dicho lluvia. En las últimas horas, han avisado de que mañana, miércoles 20 de enero, vendrán lluvias y viento fuertes. A ver si alguien se lo ha contado a quienes tienen que tomar decisiones. De paso, que les expliquen que las alcantarillas están tapadas de nieve, hielo, ramas y basura. A ver si alguien adivina la que puede liar el agua. La que caiga del cielo se sumará al deshielo, a ese rastro turbio y abandonado que es un espejo hostil. Que alguien les explique también cuántas ramas partidas penden de un hilo de madera. Ojalá no tengamos, de nuevo, que sentir el bochorno y la derrota de una ciudad castigada por pésimos gestores. Ojalá los madrileños no tengamos, nuevamente, que pedir perdón a estas calles donde fuimos felices y no nos reconocemos.

En la víspera de la lluvia

Dicen que ayer era “blue monday”, el día más triste del año. La fecha es un mero reclamo comercial, pero he de reconocer que me salió un día bien triste. Un día de derrotas íntimas y fracasos personales, un día para repensar la vida. A mí los días malos me suelen dejar la resaca de un mal vino bebido a solas. Por eso hoy, arrastro aún cierta tristeza. He bajado a la calle y no he patinado. Algo es algo. Pero toda la suciedad y la barbarie me han vuelto a golpear en los ojos.

Al subir a casa, he pensado en la lluvia. En la lluvia prevista para mañana. Casi sin quererlo, me parece que me ha salido una plegaria.

Sólo nos cabe confiar en la lluvia.

Ojalá el agua sepa llover mañana, sepa arrastrar el hielo de forma dócil, sepa esquivar los obstáculos de las alcantarillas, sepa devolver las líneas blancas tan gastadas del paso de cebra de la esquina.

Si mañana la lluvia se equivoca, le echarán la culpa a ella.

Yo quiero creer en la lluvia.

Necesitamos un agua sanadora que cure las calzadas y las aceras de cada barrio, que disipe la suciedad de tanto gris pastoso, espanto de la nieve. Un agua sanadora que nos bendiga y nos permita volver a creer en una ciudad habitable e incluso bella.

Quiero creer que el agua de mañana será nuestra aliada porque estoy agotada de tantas pesadillas.

Si mañana nos falla el agua, sólo nos quedarán las lágrimas.

Días de nieve

Nieva sobre Madrid. Nevará tres días seguidos y es noticia. Esperábamos la nieve, la previsión era clara y fue repetida hasta el hartazgo. Aún así, la nieve nos sorprende. Tres días de nieve sobre las aceras, sobre los coches aparcados y los parques, sobre los contenedores de basura y las marquesinas de los autobuses. Tres días de una cantidad de nieve inusitada sobre la capital. Escribo estas líneas mientras va cuajando sobre todas las superficies, donde dará paso al hielo y al peligro. Progresivamente, será difícil avanzar por las aceras e incluso por la calzada.

Vemos la nieve desde el cobijo de un techo y su calor. Y pensamos en ese refrán, “año de nieves, año de bienes”. Seguimos queriendo mantener la esperanza, a pesar de que se nos ha resquebrajado entre las manos en los primeros días de enero. También sabemos que cada refrán tiene su lado oscuro, su contrapropuesta, aunque esta vez no nos viene a la cabeza y no queremos buscarlo. Por eso, no sabemos cómo interpretar esta nieve, tan blanca.

Nieva en el exterior pero se nos mete en casa porque las habitaciones tienen un blanco extraño, una luz refulgente que viene de afuera. Es una luz distinta a la habitual. La luz de las habitaciones tiene un reflejo de plata, el de ese cielo pálido que se confunde con las tejas blanqueadas.

El tiempo se detiene. Son días raros. Es fácil quedarse, igual que la nieve, suspendido mientras cae. Suave y agitada, pacífica y belicosa, por momentos. A pesar de la fuerza de algunos instantes en los que la tormenta arrecia, la nieve transmite paz. Va generando un manto blanco, un manto que desde mi ventana es una invitación de belleza.

Fénix mira la nieve y de vez en cuando hace el ademán de querer atrapar los copos que ve. Contemplo las cabriolas de un perro que la disfruta en el pequeño jardín que hay frente a mi edificio. Yo quisiera tener la determinación de Fénix y la alegría de ese perro, brincar la nieve como si fuera un juego. Ser cómplice de la diversión imprevista y fugaz.

Pero sabemos que hay gente muy cerca que no tiene luz, que hay gente cerca y lejos que no podrá pagar el recibo de la luz. Sabemos tantas cosas que la nieve, a duras penas puede ser la nieve de la infancia. Y a pesar de todo, la nieve es un imán y parece haber llegado para ejercer cierto alivio. Contemplarla nos cura un poco, como si su manto suave diera una pausa sobre nuestro corazón cansado, como si su dulce caída fuera un bálsamo para el dolor.

Me quedo durante las horas muertas mirando caer la nieve, mirando nevar. Voy de una ventana a otra constatando su avance. Cada vez que me asomo hay más blanco. Hay huellas de quienes se atrevieron a dar los primeros pasos sobre las zonas donde ha cuajado. En la terraza del bar de abajo la nieve se ha sentado sobre las sillas metálicas cubiertas de blanco a esperar que alguien traiga un café.

Nieva y queremos pensar en año de bienes.

Antecedentes y consecuencias

Escribí el texto anterior en la tarde noche del viernes. Durante el día había empezado la nevada copiosa. Nunca me gusta publicar un texto sin darle reposo, salvo que alguna urgencia cambie los hábitos. Había escrito, con toda la intención, un texto de nieve y esperanza. Me acosté sabiendo que envejecería rápido. Que el sábado sería difícil no hablar de víctimas mortales y miles de afectados. Aún así, dejé reposar las palabras como si pudieran dormir sobre el alféizar de mis ventanas.

Y a las dos de la madrugada, se fue la electricidad de mi zona. Varios bloques quedaron sin luz. Las calderas de la calefacción se pararon y los pies empezaron a enfriarse incluso dentro de la cama. Las horas avanzaban y se iban esfumando las opciones de una ducha matinal y un desayuno que entonaran el cuerpo.

Pensé en quienes escribí anoche. En los que se ven privados de electricidad. De pronto, mi vecindario y yo misma éramos ellos. En la comodidad de nuestros hogares, la mayoría no disponemos de las estufas de butano ni los infernillos que están usando desde hace tres meses en la Cañada Real, pero nosotros podíamos confiar en unos muros un poco más firmes y en que el suministro tardaría solo unas horas en volver. Al final, han sido quince horas y se han hecho muy largas. Han mostrado por qué los servicios esenciales reciben ese nombre y que no son negociables ni aplazables.

La temperatura iba bajando en casa mientras yo no podía hacer seguimiento de la avería: mi teléfono se había quedado sin batería y la tablet no encontraba la red de un wifi apagado. Las horas iban pasando y que anocheciera empezaba a convertirse en amenaza. Afortunadamente, a media tarde ha vuelto la luz. Me he hecho una infusión y la he llenado de miel y jengibre. El termostato se ha empezado a recuperarse (de los 14º grados que marcaba ya va por 18º), y he puesto a cargar todos los dispositivos que me conectan con el mundo.

Por si acaso, este texto no va a esperar a mañana. Igual que no he esperado para dar las gracias a mi vecina, que me preparó un café con leche y me calentó la comida en su cocina de gas. Ese ha sido el calor de la jornada, junto a los mensajes de ánimo y preocupación, el apoyo desde un lejos que era cerca.

Ayer quise escribir un texto de nieve y esperanza, y hoy me mantengo en el propósito. Por eso no cito a los responsables políticos ni a la compañía eléctrica. Para que nada ni nadie manchen la nieve, y lo que alberga de infancia y belleza.

Hojas de otoño sobre el futuro

Llevo casi dos meses sin publicar nada en este blog. El tiempo se ha tornado extraño de nuevo. Mi espacio exterior se volvió a cerrar y limitar por unas semanas. Lo pienso y me pregunto si esas restricciones no afectaron también a las palabras, al fluir que persiguen. Si al decir “cierre perimetral” y enmarcar ciertas calles, no se condenaron, de forma inconsciente, otras actividades posibles. Si la prohibición no ejerció más fuerza sobre mis pensamientos que sobre mi cuerpo. Si bajé los brazos y aplacé los sueños. Otra vez. Golpeada en lo hondo. Noqueada ante un perímetro caprichoso que me negaba los árboles más altos, cansada de tanta restricción acumulada. Algunos lo han llamado “fatiga pandémica”. Yo lo llamo fatiga a secas. Fatiga. Y coincido con María Moliner, letra a letra.

“Fatiga:

Sensación que se experimenta después de un esfuerzo intenso o sostenido, físico, intelectual o moral, de falta de fuerzas para continuar con el esfuerzo o trabajo, a veces acompañada de malestar físico consistente especialmente en dificultad para respirar”.

Diccionario del uso del español. Es decir, la gran obra de María Moliner

Fuera de casa, el otoño era y es un consuelo. Ayuda a respirar con su belleza pausada. Casi en un susurro, nos ha sugerido que el cambio de las hojas, la transformación de los colores y el principio de la desnudez de los árboles promete un nuevo ciclo. Un reinicio, una renovación. Ojalá. Lo necesitamos como nunca. Necesitamos creer en un tiempo nuevo, tanto es así que confundimos esperanzas con certezas, vacunas con garantía de salud. Lo confundimos todo en nuestro deseo de aferrarnos a la magia de la bondad que estaría por venir. Un tiempo amable que nos cure.

Alcanzado diciembre, pesan los días del calendario como ningún otro año. Es cierto que siempre vamos arrastrando cansancio, que el tiempo laboral se hace arduo, pero este año es distinto. Desde marzo, nuestra vida se ha llenado de restricciones y palabras que condicionan nuestra existencia; hemos sufrido diversos embates de dolor y llanto, en una proporción mayor que ningún otro año; las calles han sido un espacio donde el miedo y la tristeza han dado protagonismo al trino de los pájaros. Un canto que rompía el silencio, sobresaltado por las sirenas de emergencia. Una melancolía generalizada ha disfrazado nuestras miradas, más resignadas, más conscientes, más dolidas.

Es difícil calcular cuando volveremos a ser los que fuimos, si será posible. Estamos aún en la grieta. Y aunque hay momentos de reencuentro y risa, aunque hemos recuperado cosas que un día fueron normales y luego no (tomar un café, ir a un cine, hojear novedades en una librería, hacer una pequeña escapada, pasear sin horarios), aún hay límites que marcan muchas diferencias con el tiempo anterior. Entre ellos, la posibilidad de abrazar y hacer planes. También su combinación, la posibilidad de planear un viaje o un encuentro para abrazar a otras personas, a las que viven en otra provincia o país, y forman parte de nuestras vidas.

La incertidumbre y el temor están ganando la partida. Nos podremos ver si no hay limitaciones de movilidad, si las normas de mi zona y tu zona son las mismas, si tú no tienes miedo, si ni tú ni yo tenemos síntomas. El condicional ha venido para quedarse y construir el presente.

Los mapas de carretera que, en otro puente de la Constitución, hubieran tejido los itinerarios de millones de personas hoy son, como en la fotografía, el escenario difuso de direcciones borradas por el agua de la lluvia, la fuerza de la tormenta y el rastro del otoño. Las indicaciones apenas son legibles, visibles, pero se intuyen tanto como nuestros deseos silenciados.

A veces una imagen lo explica todo. Se planta ante nuestros ojos y es un espejo, una afirmación, una sentencia. Somos los huéspedes de un tiempo y un espacio detenidos en un paréntesis con el que no contábamos. La vida que fluía mes tras mes, de festivo en festivo, dándonos una pausa de libertad y aire entre las obligaciones, se ha esfumado en la sucesión de los días que nacen iguales entre las mismas paredes y similares rutinas.

En otro tiempo, nos acostumbramos a recuperar las fuerzas a base de escapadas y actividades especiales que hoy resultan imposibles, y las hojas del otoño son el bálsamo al alcance. Caen ante los ojos como las hojas del calendario, como los deseos que no pudimos o supimos cumplir. Caen y dejan la senda del nuevo brote, ese milagro de la vida en el que hay que seguir creyendo. También en días como hoy, como mañana. Escribirlo tal vez sea la forma de empezar a creer.

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