Un reencuentro con Carmen Martín Gaite


El pasado 14 de septiembre me fui a Matadero Madrid con la ilusión de escuchar a Mariana Enríquez, en el marco del Festival ‘Back to the Book’. Cuando, por fin, encontré el Auditorio, indicado de forma tan inquietante como alguno de sus relatos, me di también de bruces con la realidad de una cola interminable en la que unas ¿doscientas o trescientas? personas se quedaban sin entrar por aforo completo. A pesar del chasco, me alegró muchísimo que una autora de la calidad literaria y el talento de Enríquez tenga semejante legión de seguidores. Es un alivio que ese fenómeno no quede reducido a pseudo-escritores de redes sociales y obras insulsas, y espero que, para la próxima, le busquen un gran teatro o varias fechas; eso sería muy buena señal.

Como no escuchar a Mariana Enríquez era un escenario más que probable, llevaba otra idea en mente. El cambio de planes, disfrutar de la exposición titulada, “Carmen Martín Gaite y el collage: un diario en libertad. Visión de Nueva York”, fue fantástico. Un premio del azar recibido justo el último día de apertura, que me permitió volver a conectar con una escritora gigante que he leído mucho (aunque me quedan varios e importantes libros pendientes), y, en consecuencia, admiro muchísimo.

La muestra expositiva, organizada con motivo del centenario de su nacimiento por Casa del Lector, Fundación Carmen Martín Gaite y Ediciones Siruela, ofrecía la reproducción de un cuaderno titulado Visión de Nueva York’ (publicado por Siruela en 2024 y, con anterioridad, en una edición de 2005).

Carmen Martín Gaite fue elaborando esta obra durante su estancia en Estados Unidos, entre septiembre de 1980 y comienzos de 1981, recorriendo Nueva York (durante su estancia como escritora visitante en Barnard College), y visitando a su amigo José Luis Borau en Sherman Oaks, en Los Ángeles.

El resultado es una obra muy personal donde el collage comparte espacio con la nota manuscrita, ofreciendo una visión íntima y cómplice (el cuaderno se lo regaló a su hija Marta, que falleció pocos años después, y nunca quiso publicarlo en vida), que nos permite asomarnos a la mujer, la escritora, la conferenciante, la apasionada de la cultura o la fumadora que quiere dejar el tabaco y encuentra que, con el pegamento y las tijeras entre manos, logra olvidarse del cigarrillo… Como si nosotros la viéramos “entre visillos”, atisbando sus deseos y contradicciones, sus preocupaciones, sus papeles en desorden, su sentido del humor y también la determinación de quien se siente segura (eso me pareció a mí), y ya ha encontrado el camino y el sentido de su amplia vocación intelectual.

José Teruel, comisario de la exposición, biógrafo y gran conocedor de la obra de Martín Gaite, explica que “ante el vértigo de imágenes con el que ella se encuentra en Manhattan, experimenta cómo una narración lineal o secuencial no le basta y acepta el desafío de contar lo simultáneo e inabarcable a través de la técnica del collage”. No obstante, siendo divertidos e inteligentes, lo que más me gustó de la muestra son las anotaciones de los márgenes o los renglones donde la palabra de Carmen Martín Gaite nos permite asomarnos a la mujer que escribe y se define a sí misma: “Soy como una mujer de un cuadro de Hopper comiéndome una manzana en soledad”, tal y como leemos en uno de sus collages.

Acompañamos su viaje a través de mensajes, palabras e imágenes en movimiento. Los collages son una forma de divertimento y de escribir o crear de otra manera. Ella también subraya los encuentros con el azar, las «tentaciones inesperadas» que le salen al paso (una cena, un concierto, una lectura…), a las que no «sabe decir que no» y postergan su proyecto de escritura.

Desde Nueva York comprueba que, poco a poco, su apartamento pierde el orden inicial y el caos doméstico de los papeles desperdigados le recuerda su madrileño piso de Doctor Esquerdo. En las notas, habla consigo misma al tiempo que establece una escritura dialógica, en confianza, que nos convoca y nos sienta (¡ay, ojalá fuera posible!), a su lado, compartiendo mesa o sofá, con esa complicidad que preside toda su escritura. Ha sido inevitable recordar su mirada diáfana con la que me topé una tarde en Madrid, cuando mi timidez me impidió responder con palabras de admiración a su sonrisa. Nunca he olvidado aquel instante en el que no me atreví a decirle nada y me limité a que mi semblante de sorpresa feliz hablase por mí.

En su Visión de Nueva York se cuela la ciudad, la política del momento («en este país tan grande», se pregunta junto a los rostros recortados de Carter y Reagan: «¿no hay nadie mejor para las presidenciales?»); las entradas a conciertos; las imágenes encontradas en periódicos y revistas; la importancia de las ventanas que funden interior y exterior; los billetes del transporte público y el resto de papelitos que arrastra la corriente del día a día. En sus notas, reflexiona sobre otras escritoras, sobre mujeres con las que se encuentra en la Universidad o en actos culturales y recuerda a Virginia Woolf, de quién, en su casa de El Boalo, tradujo Al faro.

Seguramente, hoy Nueva York es muy distinto del que conoció Carmen Martín Gaite. Pero también, seguramente, existen otros espacios donde, como ella dice, podemos seguir viviendo y escribiendo mientras las mujeres mantenemos «el afán por abarcar lo concreto y lo abstracto al mismo tiempo».

Personalmente, no me llama la atención hacer collages. Sin embargo, en la fotografía, encuentro otra forma de mirar, y también de captar y retener la escena que merece ser recordada y aquella para la que me cuesta encontrar la palabra.

La exposición, que hubiera fotografiado entera, mostraba algunas páginas que quedaron a medias o en blanco en aquel cuaderno de tapas marrones y líneas finas. Me he permitido interpretarlas como una invitación para darle sentido a un año y a un cuaderno muy especiales que van ganando peso entre mis proyectos. Cuando, en septiembre, visité esta exposición eran casi un secreto, pero actualmente mi anhelada excedencia se acerca.

Siento algo de vértigo ante ese tiempo nuevo y diáfano que deseo dedicar a leer y escribir, y también tengo claro que, si me falta la inspiración, romperé la hucha y buscaré el libro Visión de Nueva York, y volveré a mirarme en los retratos y las líneas manuscritas de Carmen Martín Gaite, en esa mirada no exenta de tristeza que me transmite tanta confianza.

Fernanda García Lao y Mónica Ojeda en ‘Estación Saturno’


El viernes 17 de octubre tuvo lugar en Madrid el encuentro de dos escritoras portentosas, Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) y Mónica Ojeda (Ecuador, 1988), cuyas obras me tienen alucinada e impresionada a partes iguales. La posibilidad de escuchar la conversación de ambas constituía el mejor antídoto contra el cansancio acumulado a lo largo de una semana subterránea.

Su encuentro, en la librería Enclave de Libros, era la primera presentación pública de Estación Saturno (Candaya, 2025), la última novela de García Lao, y una nueva muestra de «esa literatura arrebatada desde el lado oscuro de las cosas», que caracteriza su escritura, según su editora, Olga Candaya.

Olga Candaya, Mónica Ojeda y Fernanda García Lao (de izquierda a derecha).

Obviamente, aún no me ha dado tiempo a leer Estación Saturno, pero estoy segura de que, a medida de que avance por sus páginas, tendré que reconocer que Olga Candaya no se equivocó al presentarlo como «un libro conmovedor y emocionante, que da argumentos para la indignación y también para la risa, gracias a ese humor dolorido tan presente en García Lao». Igual que tampoco erraba al anticipar la charla de las dos escritoras como «una sobredosis de inteligencia». Así lo demostraron al preguntar y contestar, al perderse en los recovecos de un libro recién salido de imprenta del que había que hablar sin desvelar las sorpresas que, a buen seguro, deparará a sus lectores.

Las dos autoras, de generaciones y tradiciones distintas, se mostraron más que cómplices desde el primer momento, haciendo evidentes su admiración recíproca y las lecturas comunes, entre ellas, «las de aquellas grandes escritoras que no hicieron boom». Es decir, “Marosa di Giorgio, Clarice Lispector, Elena Garro, Sara Gallardo o Armonía Somers”…, nombres que anoté con prisas, para recordarme volver a entrañables conocidas o descubrir pistas para futuros disfrutes.

Las primeras palabras de Mónica Ojeda en torno a Estación Saturno fueron para reconocer un libro que «me emocionó, asombró y dislocó. Un libro brillante, inteligente, atravesado no por el terror, sino por lo inquietante». Así mismo, subrayó la escritura tan particular de García Lao: «siempre buscando nuevas formas de contar a través de una estructura particular e interesante».

Está claro que el libro ofrecerá muchas lecturas, pero, entre ellas, su autora quiso subrayar que Estacion saturno es también la historia de un duelo. Un duelo que funciona como generador, disparador de diversas historias. “El mundo se disloca cuando perdemos algo y esa dislocación genera otra lengua”. En efecto, el duelo está contado en la cubierta del libro, en la sinopsis de la novela: Dos hermanos (un hombre y una mujer) viajan en auto tras enterrar a quien fue el mayor de los tres. Un gato, lo único que les queda del hermano muerto, se les escapa en una estación de servicio. Siguiendo su huella, llegan a un hotel de nombre chino y arquitectura imposible, donde las dimensiones temporales se subvierten y donde los avistamientos de ovnis, la esclavitud sexual, la corrupción y la mentira conviven en un mismo plano: una suerte de maqueta aterradora de lo extraño y del mundo, en la que la normalidad no tiene cabida.

¿Cuál fue el origen de la novela?, preguntó Ojeda. Las novelas tienen varios ingresos, improntas, influencias, reconoció García Lao: “Luego se cuenta el relato del relato”. Y entre esos motores, citó el impacto de una película de Bergman, “El silencio”. Imágenes que dieron pie a “querer hacer un guion roto, traducir el cine a la literatura». Es decir, en lugar de escribir una novela que se pudiera convertir en película, “hacer una película escribible”. Después, siguió explicando su búsqueda para situar la ficción: “en el mapa de Buenos Aires, surgió un lugar abandonado y llamado Estación Saturno que, tras una investigación se convirtió en el escenario inspirador de la novela”.

Cualquiera que se haya aventurado al territorio ficcional de García Lao con anterioridad puede entender ese punto de partida extraño y singular que va a conducir a una historia única. Personalmente, creo reconocer la génesis y algunos pasos de su novela anterior Sulfuro, con esa ruptura de la realidad que tanto interesa a la escritora mendocina y tanto sorprende a sus lectores.

La conversación con Mónica Ojeda se convirtió en una verdadera fiesta sobre la cocina de la escritura de García Lao porque mientras Ojeda nos hacía partícipes de su propio entusiasmo, García Lao era muy generosa al explicar su forma de trabajar, con sus azares (el i ching, por ejemplo), y los descartes (“el yo me aburre”). El diálogo entre ambas nos permitió un anticipo tentador de los personajes de la novela; una reflexión sobre el tiempo, el espacio y las voces narradoras; el rastro inconsciente de la propia biografía y el desdoble de la literatura… El duelo, el erotismo, la represión, la libertad, lo político que transciende lo político… La escritura que anticipa monstruos…

Cuando el tiempo de su charla tocó a su fin nos dio pena, porque el silencio de la sala era tan sobrecogedor como el impronunciable Hotel Tiānqì, donde se desarrolla parte de la acción; y aún queríamos conocer algo más de las inquietantes hermanas Chi o del Capitán Minor, esa caricatura feroz que, con la intuición de la literatura, se anticipa a algunos de los líderes políticos de nuestro tiempo.

Estación Saturno no remite a ningún planeta interestelar, pero la conversación entre dos autoras que aman y afrontan la literatura con pasión, inteligencia y talento, nos permitió alcanzar otra dimensión. Fue una lástima regresar de forma abrupta al planeta Tierra, aunque en el aterrizaje nos vimos bien rodeados de libros y sonreímos conscientes de haber compartido una tarde única. Junto a los libros firmados nos llevábamos la memoria de su vibración y las palabras entusiastas de las dos escritoras, su simpatía y complicidad.

Me acerqué a Mónica Ojeda con su libro Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (Random House, 2024), una novela impresionante que leí el pasado verano y que, en algunas páginas, tuve que señalar con barras verticales en los márgenes, para evitar subrayar todas las líneas. Me encantó su lenguaje poético, la descripción de los personajes y del paisaje, tan potentes y conectados entre sí; esa narración tan fiera de la vida y de la muerte; la estructura levantada sobre la mirada de los personajes y el diario de un padre presente y ausente, hijo también de sus propias fracturas… ¡Un libro maravilloso que recomiendo! Compré Las voladoras (Páginas de Espuma, 2020) que ya va por su vigésima edición, porque me encanta el género del relato, y su lectura es más viable cuando no hay vacaciones… Y anoté sus novelas Mandíbula y Nefando (ambas en Candaya).

En cuanto a Fernanda García Lao, me hice con Estación Saturno, que esperará en la torre de lecturas pendientes; un libro que, al llegar a casa, se ha encontrado con varios de la misma autora… De relatos: Cómo usar un cuchillo y Teoría del tacto (Candaya, 2023), que fue finalista del Premio Tigre Juan y del Premio Setenil; los dos libros de poesía editados por Kriller71, Autobiografía con objetos (2022) y (No) me acuerdo (2025), y la ya mencionada novela Sulfuro (Candaya, 2023)… Llegué a Fernarda García Lao gracias a las redes, y nos conocimos en persona en un taller de fin de semana que impartió hace varios años, al que han seguido otros encuentros, con sus libros siempre, como coartada. Desde entonces, mi admiración por su escritura tan ágil y certera; y el alcance de su imaginación, forma y fondo, no dejan de crecer.

¡No os las perdáis!

Vivencias que serán recuerdo y energía

No todas las semanas la actividad profesional se transforma en una sonrisa espléndida; ni la poesía y el arte se suman al abrazo en compañía. Pero este enero tuvo una semana tan atípica en todo, tan agotadora y nutritiva a la vez, que ha merecido la pena escribirlo.

No todas las semanas se conoce a un Premio Nobel de la Paz…

Y yo he tenido la suerte de recibir a Shigemitsu Tanaka, en el Colegio Lourdes FUHEM, y de ser la fotógrafa ocasional de los primeros minutos; cuando en mitad del asombro, alguien le pidió que posase con la medalla que recibió en Oslo, representando a su organización, Nihon Hidankyo, el pasado diciembre.

Las horas previas fueron intensas, coordinando su encuentro con algunos medios de comunicación; y si bien es cierto que este trabajo suele ser ingrato, di por bien invertido el esfuerzo, que resulta mínimo ante el suyo, incansable a pesar de la edad, el jet-lag y las secuelas. Mi pequeña aportación ha sido contribuir a que su mensaje alcanzase a la opinión pública: “las armas nucleares pueden suponer el fin de la humanidad”, nos ha repetido. El riesgo nuclear ha impulsado a Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), y a la Alianza por el Desarme Nuclear a organizar este viaje institucional, para lograr que España firme el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN).

Tampoco todas las semanas me siento en un salón de actos escolar rebosante de alumnos y alumnas que, con su silencio y respeto, con su emoción contenida, reconocen que están siendo testigos de un día histórico en el que supervivientes y descendientes de Hiroshima y Nagasaki, los hibakusha, junto a los integrantes de diversas organizaciones contra las armas nucleares les transmiten su legado. Me impresionaron las voces cálidas y a la vez imponentes de Shigemitsu Tanaka, que tenía cuatro años cuando la bomba atómica arrasó su Nagasaki natal; y la de Carlos Umaña, copresidente de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW), y miembro de la Junta Directiva de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), organizaciones que han recibido el Nobel de la Paz en 1985 y 2017, respectivamente.

En sus discursos, pasado, presente y futuro se asomaban al peor de los espejos. Citaron Gaza y Palestina mientras la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado permitía cierta esperanza, aunque no podemos olvidar las más de 45.700 personas asesinadas y 108.800 heridas en la Franja, desde el inicio de la guerra. También mencionaron los nombres de Ucrania y Rusia, de Corea y China, y entonces, fuimos aún más conscientes de la amenaza nuclear que unos y otros dirigentes usan, comportándose como trileros mortíferos y bravucones, sin tener en cuenta que bastaron unos segundos para aniquilar a unas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki y dejar heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que a día de hoy siguen causando un gran sufrimiento.

Ni todas las semanas se asiste al abrazo de la nostalgia

Por supuesto, no todas las semanas presento y dinamizo un acto que reúne a la comunidad escolar de un Colegio como Begoña, que cerró sus puertas en junio de 2012. Su reencuentro me brindó la oportunidad de convertirme en testigo del amor que pervive entre quienes fueron estudiantes y docentes hace cuarenta, treinta o quince años…

Les escuché y me emocioné con ellos, porque en su relato de nostalgia y afectos reconocí algunas de las experiencias que marcaron mi etapa escolar en otro colegio de Madrid, pero en el mismo contexto socio-económico y político… Aquella España que se empezaba a reconstruir sobre bases democráticas y en las que muchas familias pensaban que sus hijos y, por primera vez, sus hijas, si estudiaban y se esforzaban lo suficiente, iban a tener las oportunidades y las vidas que les habían sido negadas a las generaciones anteriores.

Escuchamos allí que un colegio y un profe, aunque se le recuerde con un mote, pueden cambiar una vida, la vida que después puede transformar el mundo. Recordamos también la influencia de las primeras amistades y las experiencias vitales de la adolescencia y la juventud, cuando todo estaba por llegar y el futuro parecía un lugar mucho más luminoso que el que vislumbramos ahora.

Y cerrar la semana, con la poesía y al arte

No todas las semanas acudo a un acto literario en el que se presenta una editorial que acaba de echar el cierre tras veintisiete años de trabajo y unos cien títulos de un catálogo. Pero ese es el caso de Igitur, la editorial que protagonizó en la librería Enclave de Libros una nueva sesión del ciclo “¿Qué hay de la poesía hoy?”, que volvió a ser lumbre, belleza y afectos, como recordó Esther Peñas en su intervención inicial. Después, Ricardo Cano Gaviria y Rosa Lentini, editores de Igitur (y antes, de la revista Hora de Poesía), recordaron los títulos publicados, el camino de ilusiones y tropiezos junto a traductores y autores. Entre los últimos, les acompañaban Noni Benegas, Manuel Rico y Esther Ramón, que evocaron las páginas de los libros que cada uno había publicado en aquel sello remoto y audaz que, desde un Montblanc recóndito e independentista, traía aires renovados a una poesía monopolizada entonces por pocas editoriales y uniformada por estéticas que apenas dejaban margen.

De Igitur fueron las primeras traducciones al castellano de poetas que no estaban disponibles en España: Sharon Olds, Wisława Szymborska, Ungaretti, Mandelshtam, Montale, Mallarmé… y muchas mujeres poetas inéditas entonces: E. Bishop, J. Barnes, Lidia Pastan, Amelia Rosselli, Joyce Mansur, Rosa Leverolli…

Escuchándolos, y seguramente porque sus palabras coincidían con vivencias en las que la nostalgia no había dejado de interpelarme, me pregunté por mis lecturas de muchos años atrás, por mis errores y lagunas. Menos mal que Rosa Lentini insistió en que “no hay tiempo ni espacio físico ni psíquico para tanto como queremos leer”, y me perdoné un poco. Con esa indulgencia, volví a saltarme la prohibición autoimpuesta de no comprar más libros, y me dí un capricho que, en el fondo, tenía mucho de gratitud hacia sus esfuerzos de tantos años.

Por último, no todas las semanas acudo a la clausura de una exposición de mi amigo Leandro Alonso García; pero, desde que inauguró «De lo que queda», en Vamm Coffee House de Villalba, estaba pendiente el reencuentro, el abrazo y la confidencia en torno a ese misterio que es el arte.

La muestra recopilaba obra diversa a partir de la plasticidad y la potencial belleza del residuo y la imperfección que nos rodean; y cómo a través del video, la escultura, los collages, la fotografía o el fotomontaje, se despiertan nuestra mirada y nuestra capacidad de observación. Se proyectaron trabajos conjuntos de Leandro Alonso y Alberto Cubero, y al volver a ver y escuchar libros y proyectos que tienen ya más de diez años, como La textura metálica del dolor, retomamos la conversación sobre la relación entre las distintas manifestaciones artísticas y el hallazgo azaroso que, gracias al arte, nos conmociona.

Hasta aquí alcanza el relato de esa semana excepcional de un enero doloroso en muchos de sus días. Frente a los párrafos previos, lo habitual es que la cita “los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía”, crezca en mi cabeza hasta cobrar la dimensión de una valla publicitaria imaginaria, pero muy arraigada, al levantar o bajar la persiana de cada jornada. Y que, desde esa visión de pesadilla, me paralice un cansancio triste que me impide participar en espacios que disfruto. Por eso, me alegra tanto que esta semana haya sido distinta.

Las horas fueron propicias y, ojalá hubieran sido aún más anchas y largas, para poder sumarme al «Vermut poético», convocado por Genialogías, dedicado a Poesía y Ruptura, con Marga Mayordomo, Amparo Arróspide y Roxana Popelka; y al encuentro en torno a mi querido Francisco Moreno Galván, organizado por el Círculo Flamenco de Madrid. Evidentemente, ni el don de la ubicuidad ni las fuerzas dieron para tanto.

Si esos días, en el marco de los actos escolares citados, se recurrió a Rilke, “la patria es la infancia”; de pronto, entendí que de la niñez se sale cuando, de forma progresiva, la vida nos obliga a elegir entre opciones que, con los años, son cada vez más serias. El domingo, entre envases vacíos de vitaminas y analgésicos, elegí descansar porque mi cuerpo avisaba. Me tome una pequeña pausa mientras acariciaba algunas fotos y, como dicen los flamencos, me repetía aquello de “¡Que nos quiten lo bailao!”. Finalmente, el lunes… cualquier intento de baile cayó por tierra, con un trancazo monumental, y varios golpes que han resonado como un demoledor zapateado en mi cabeza. No obstante, no quiero olvidar lo bueno. Y en cuanto me recupere, confío en que esos recuerdos me permitan volver a bailar.

Unas vacaciones extraordinarias

Ha terminado el curso escolar y después de muchos años, vuelvo a sentirme como en los remotos tiempos estudiantiles, con un largo verano por delante. Llevo meses escribiendo del cansancio, la necesidad de buscarme y encontrarme, el desánimo que se ha hecho huésped, los sueños aplazados y la salud quebrada. Y de pronto, alguien me brindó la palabra necesaria, excedencia, y me dejó sin excusas ante el espejo vital de las obligaciones al que me acostumbré desde niña.

¿Excedencia? La voz mágica fue haciéndose grande e inaplazable a pesar de todo y contra todo pronóstico. No ha habido tiempo suficiente para ahorrar y emprender aventuras, tampoco mi cuerpo estaba preparado. Esta vez no hubiera sido capaz de llenar una maleta con los pliegues del cansancio. De momento, disfruto de la pausa y el sueño. Así pues, julio ha comenzado de forma extraña, desobedeciendo al despertador programado y perpleja ante un tiempo nuevo. Aún estoy desubicada frente al calendario, procesando los consejos que me llegan y los deseos propios, cuadrando la anchura de los días con las expectativas.

Mi extrañeza está rodeada de un silencio que recuerda el tiempo de la pandemia. El bar de abajo ha cambiado sus horarios y durante la mañana reina el silencio. El instituto próximo ha bajado las persianas de las aulas y ha desaparecido el bullicio que enmarcaba mi jornada laboral de teletrabajo, entre el paseo adormilado y numeroso de primera hora y la ruidosa estampida del mediodía. Pero este tiempo no es el del confinamiento y la pandemia, aunque el bicho siga suelto, vivito y coleando. En mi caso, confío en que sea el tiempo de la salud y el disfrute, también para los proyectos de escritura que requerían las horas seguidas que no existían.

Tras los primeros días, empieza a asustarme que todo este tiempo pueda evaporarse como en una magnífica tribuna de Juan José Millas, que recuerdo al inicio de cada periodo vacacional. En aquel texto, que no logro encontrar en Internet, el gran columnista que es Millás atinaba al comparar las vacaciones con la bebida que siendo un niño reclamaba en la verbena estival; y avisaba del peligro de que estos días tan anhelados se disipen como aquella gaseosa, consumida con un ansia que impedía saborearla.

Supongo que el recuerdo de ese texto y la obstinada huella de la productividad me llevó a buscar una larga lista de tareas (personales y domésticas), que hace tiempo escribí y después abandoné por falta de fuerzas. Nada más dar con ella, Fénix se tumbó encima. Lo interpreté como un alegato a favor de la pereza. Sólo él, capaz de dormir durante horas, podía imponerme el mandato del descanso y detener el tiempo. Cuando, por fin, levantó su tripa blanca del papel, descubrí que era una vieja versión. Un nuevo hallazgo a destiempo que me enfrentaba con lo que fijamos como tarea ineludible cuando tal vez no lo sea.

¿Sustituir un rodapié arañado? ¿Comprar disolvente para quitar el adhesivo de una puerta? ¿Abrir las cajas convertidas en mesilla tras una mudanza que cumple cuatro años? ¿Ordenar las fotos que se han vuelto hambrientos seres digitales que devoran el disco duro? ¿Revisar los contratos de suministros abusivos? Por supuesto, retomar el dentista y pagarlo religiosamente; volver a revisar mis ojos y atender nuevos achaques. Guardar la ropa de invierno y buscar el bañador del año pasado porque el agua será posible tarde o temprano, y hay que ver si falla el material elástico o mi cadera. La lista era y es demasiado larga. Estoy dispuesta a tener en cuenta ese consejo felino.

Recordaré que he llegado a este punto casi por prescripción médica. Pero también me apremia que esta pausa sea una cita con el deseo de completar los cuadernos abandonados y retomar el placer de la lectura, un reencuentro feliz y productivo con las palabras. Hay varios proyectos en curso y una pila de libros que han llegado a casa sin alcanzar el hueco alfabético de la estantería. ¡Me hacían tanta falta el día de su compra impulsiva! Pero luego, más que el impulso, faltó el aliento para dar sentido a su promesa de placer y aprendizaje, porque es imposible escribir sin leer, y desde hace demasiado no encuentro el estado mental que requieren los libros que necesito.

Junto a las exposiciones pendientes y las salas de cine, libros y cuadernos han de recrear un verano como el de mi infancia, cuando el calor sofocante me impedía dormir y la madrugada sin horarios se convertía en una interminable noche bajo el flexo, hasta que un mosquito más grande de lo habitual me sacaba de algún mundo imaginario.

Para este tiempo de excedencia sin excesos, he de conectar con el largo verano que existió antes de las obligaciones, sus tardes anchas de calor y siesta, sus mañanas de pereza y tiempo por hacer. Recuerdo que, en aquellos meses de julio y agosto, rescataba las páginas sin escribir de los cuadernos escolares e intentaba historias más ambiciosas que mis recursos de narradora. También pasaba a limpio los poemas que habían ido surgiendo durante el curso. Sólo quería escribir y leer porque sabía que en las palabras existía un refugio contra cualquier inclemencia. Y ese era el mejor de los propósitos.

Hoy necesito reencontrarme con los sueños de la infancia. Quizás este verano similar y extenso sea propicio para sintonizar con quien fui y reconciliarme con quien no soy, hacer las paces con quien se perdió por recorridos vitales que no le eran propios y atendió urgencias que carecían de sentido.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Serán los cincuenta. Será haber llegado al límite de mis fuerzas y mis preguntas. Será el deseo de alimentar la vida con nutrientes reales y saludables. Será la palabra de otros que se ha hecho estímulo y motor. Será la necesidad de respeto para conmigo… Sin duda, deben ser muchas cosas. Tantas que, por fin, me he concedido el regalo del tiempo.

Por una gratitud cotidiana y sincera

Tras la última entrada del blog, titulada Sin noticias de mí, recibí muchos y emocionantes mensajes de personas que se reconocían en el malestar que yo expresaba, y agradecían que mis palabras pusieran voz a su propio laberinto. Su generosa respuesta me desbordó y pensé en escribir algo para dar las gracias, un texto que podía haberse titulado “Con noticias de vosotros”.

Pero la idea inicial se fue completando con otras y, al margen de ese agradecimiento puntual que di a cada uno de mis lectores y les reitero nuevamente ahora, me propuse escribir algo más amplio sobre la gratitud. El tema me lleva rondando mucho tiempo y, tras lo visto a raíz de algunas muertes recientes, me urgía a reflexionar sobre lo que decimos y callamos, lo que ayuda o hiere, lo que resulta irrelevante o estimula en nuestra relación con los otros.

Los inesperados fallecimientos de Almudena Grandes y Verónica Forqué llenaron los medios de comunicación y las redes sociales de artículos y comentarios que elogiaban la trayectoria profesional y la calidad humana de ambas. Desde voces expertas en sus respectivos ámbitos, el literario o el interpretativo, pasando por compañeros de oficio, sus familiares y amigos hasta una inmensa multitud de admiradores, se volcaron en mensajes de duelo y reconocimiento. Palabras sordas y a destiempo que les rendían homenaje y agradecían los buenos momentos que ambas habían generado a través de sus textos y de sus horas de interpretación en la pequeña y gran pantalla.

En ambos casos, como tantas otras veces, mi pregunta fue la misma. ¿Por qué esperamos a la muerte para elogiar y reconocer? ¿Por qué somos tan rácanos con quienes aun nos pueden escuchar? ¿Por qué racionamos las caricias que pueden ser felizmente recibidas y salvar un día sin aliento?

Evidentemente, mis líneas no quieren animar a una alocada persecución de admiradores que asalten la tranquilidad de nadie. Cuando compramos un disco, un libro, la entrada del cine, un concierto o una obra de teatro ya estamos reconociendo… Si reseñamos, si recomendamos esa obra, estamos agradeciendo, igual que hacemos con los aplausos de los espectáculos en directo. En lo cotidiano, cuando volvemos a un comercio, cuando recomendamos el pan y las magdalenas de la tahona del barrio, cuando planeamos la cena de Navidad con el charcutero o intercambiamos recetas con los carniceros y pescaderos, les estamos haciendo partícipes de un bienestar al que ellos contribuyen y nuestra charla desenfadada, de algún modo, les incluye y reconoce.

Aunque algunos lo hayan olvidado, no hace tanto salíamos a los balcones y ventanas a agradecer el trabajo del personal sanitario que estaba dejándose la vida frente a un virus desconocido. Por aquel entonces, empezamos a valorar y agradecimos, de forma expresa y distinta, a quienes mantenían abastecidas las baldas del supermercado, a dependientes y cajeros de comercios de primera necesidad, al personal de limpieza que, provisto de desinfectante y guantes, se convertía en la sombra de nuestros pasos y borraba nuestras huellas con una mezcla de agua y lejía.

Pero al margen de los espacios de reconocimiento público tan obvios y de algunos aprendizajes que nos dejó la pandemia, dando valor a tareas tradicionalmente invisibilizadas, lo que me apesadumbra es la gratitud raquítica que ejercemos en el descuido del día a día. Y ante la desaparición de personas cercanas, me duele que se hayan ido sin que les hayamos dicho lo importantes que fueron en determinados momentos de nuestras vidas.

Unos días antes del fallecimiento del Almudena Grandes, discretamente y tan desapercibido que tardé días en encontrar algún obituario en la prensa, me enteré de que había fallecido Antonio Prieto, catedrático de Literatura de la Universidad Complutense, cuyas clases disfruté en la Facultad de Filología. Este verano, regresando de Salamanca y tras posar con la estatua de Fray Luis de León, relataba a mis compañeros de viaje cómo había conocido la obra de Fray Luis gracias a las clases magistrales de Antonio Prieto y cómo los nervios de aquellos exámenes orales que resultaban un raro desafío en aquellos tiempos, estuvieron a punto de llevarme con una oda de Fray Luis a la convocatoria de septiembre, aunque finalmente Boscán me lanzó un salvavidas. El curso que yo fui alumna de Prieto era, según se comentaba por los pasillos, su último como docente, al menos en los cursos de licenciatura y, sin embargo, en su última clase, tan magistral como las anteriores, no fuimos capaces de cerrar aquella hora con la ovación que año tras año le habían dedicado clases enteras de estudiantes. Aquella torpeza colectiva, aquel no atrevernos a romper el silencio emocionante del aula con un sonoro aplauso ha vuelto a mi memoria, mordiendo los recuerdos de aquellas lecciones extraordinarias sobre Petrarca, Cervantes y tantos autores de los Siglos de Oro. Ni él ni yo hablamos nunca de nuestro amor por la poesía, y esa falta de espacio para la confidencia me privó de decirle que gracias a sus clases encontró sentido y título mi primer poemario, que permanece inédito como un peldaño de aprendizaje necesario. Nunca le reconocí lo que me aportó en aquellas horas lectivas de los jueves y viernes que se convertían en un placer estético e intelectual.

En este tiempo de dificultades y demasiadas palabras dichas en vano, me he preguntado muchas veces hasta qué punto soy agradecida con quien me cuida, quien me ayuda, quien me quiere y me da soporte. También me he cuestionado si le doy más lugar en mi cabeza y en las noches insomnes a quien hiere y ofende, a quien desprecia y ningunea. Nunca fue mi fuerte hacer ecuaciones, pero me gustaría vivir el tiempo por venir desde la gratitud más que desde el enojo o el odio.

Si tiro del hilo, además del mencionado Antonio Prieto, hubo muchos profesores (en el colegio, en la universidad y en los estudios de postgrado), que me hicieron quien soy, tan amante de la palabra y el razonamiento crítico. En el ámbito laboral, me he encontrado con personas maravillosas que, desde una posición igual o superior, han sabido guiarme y sacar lo mejor de mí, jefes, jefas y compañeros, que se ganaban ese puesto desde el ejemplo y el estímulo, en lugar del ordeno y mando. Qué decir de la familia y los amigos, de las personas que han alentado mi escritura, arraigándome en el sentido profundo de mi propia vida; qué decir de quienes nos aman tanto que nos perdonan y acompañan en los momentos de más dolor y torpeza, ofreciéndonos empatía y afecto, de forma incondicional.

No puedo acabar estas líneas sin recordar a todos los sanitarios que me atendieron hace unos días, primero, en la atribulada atención primaria madrileña, y después en urgencias del Hospital Clínico. En esas horas, a pesar de mi facilidad con la palabra, me sentí incapaz de encontrar las que estaban a la altura de su dedicación, su conocimiento y su atención. Afortunadamente, todo quedó en un susto, pero la experiencia me hizo recobrar fuerzas y proclamar un gracias a la vida más fuerte que nunca, espero que inolvidable.

Podría intentar una lista exhaustiva, pero citar aquí una sucesión de nombres resultaría un texto tedioso. Yo sé quiénes fueron y son, y estas líneas habrán de llegarles como una acción reparadora (con los que todavía estoy a tiempo), por las veces que no lo hice como debía. Y de ahora en adelante, las gracias las daré de corazón sin esperar grandes ocasiones ni muertes; pronunciaré sus seis letras como quien regala alegría y reconocimiento, como quien otorga un don. Según el Diccionario de María Moliner, gracias significa, en su segunda acepción: “ayuda sobrenatural concedida por Dios al hombre para el ejercicio del bien y el logro de la bienaventuranza”. Muy lejos de querer ser dios, creo que si entre hombres y mujeres nos vamos ayudando en el bien para un mejor futuro colectivo, estaremos mejor encaminados. En este tiempo de nuevos propósitos de cara al cambio de año, ya tengo el primero: agradecer.

Muchas gracias por haber leído hasta aquí, por pertenecer a mi vida y hacerla mucho más feliz y gratificante. Gracias por ser el sol que templa el alma después del frío.

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