Semillas portentosas para resetear el sistema

Agosto se va apagando en el rescoldo de su fuego, tan térmicamente real en este verano de temperaturas extremas e incendios que nos empobrecen y nos debilitan ante el clima riguroso que nos espera. El calendario quema las últimas hojas hacia la vuelta al trabajo y mientras deshago la maleta y todas las cosas vuelven a su lugar, también hago balance.

Pienso en las líneas que escribí a finales de julio, cuando necesitaba una pausa y un cambio de aires tanto como respirar, quizás porque todo era lo mismo. Está claro que no solo me ha pasado a mí. Hasta la Dirección General de Tráfico (DGT) lanzó una campaña pidiendo prudencia, aprovechando el reclamo de que estábamos ante un verano muy especial y merecido.

Afortunadamente, la vida me ha brindado muchos veranos inolvidables. Entre todos ellos, éste ha sido lo que necesitaba: la pausa y la calma, el cambio del paisaje, recuperar el placer de la lectura y la escritura, el descubrimiento de nuevos lugares, la celebración de la brisa y la pereza, el tiempo de la conversación y la caricia.

Hasta cierto punto, he desconectado de la actualidad informativa, aunque con un móvil en la mano es difícil ignorar qué ocurre fuera del ámbito más cercano. Y en estos últimos días, prepararse para la vuelta a la normalidad ha sido también digerir algunas noticias que se hacían intragables. Entre ellas, ver como ese bien de primera necesidad, la electricidad, se ha convertido en artículo de lujo mientras las eléctricas declaran beneficios insultantes; el regreso de los talibanes al gobierno de Afganistán; la devolución de menores a Marruecos sin ninguna garantía; y la llegada de nuevas pateras a nuestras costas, con su dilema de supervivencia y naufragio, con el relato de la muerte que se pudo evitar.

Curiosamente, sin hacer un análisis exhaustivo, tengo la sensación de que, entre todas ellas, Afganistán ha levantado más titulares y ha generado más horas de información al servicio de la confusión y la falta de análisis. Es decir, nos han metido por los ojos lo que geográficamente nos queda más lejos y el asunto en el que, como ciudadanos y votantes, menos fuerza podemos hacer dada la situación del país afgano, convertido en un daño colateral de la geopolítica del más alto nivel.

Reconozco que ese abismo entre nosotros y Afganistán y esa preocupación colectiva repentina, me generó un enorme estupor. ¿Me había vuelto insensible? Después de varias horas dándole vueltas y recordando tantas manifestaciones y proclamas en las calles, tantas firmas aquí y allá, tantas lecturas… entendí que Afganistán no me sorprendía porque su destino estaba escrito desde hace mucho.

Apenas sabíamos nada de ese país hasta que se le culpó de ser refugio de los autores del 11-S. A partir de ahí se justificó una ocupación vergonzosa e ilegal, mientras ese ente nebuloso que llamamos comunidad internacional, cada uno con sus intereses, intentó sacar tajada. La retirada de tropas apenas cambia nada. Afganistán ha generado refugiados en estos veinte años, ha sido uno de los peores países del mundo para ser mujer o niña, pero no el único. Afortunadamente, encontré un artículo esclarecedor de Olga Rodríguez, que conoce bien la situación, la historia y a muchas y muchos afganos. En sus líneas, que demuestran que aún queda periodismo de verdad, habla de cinismo y acierta de pleno. ¿Cómo se pudo creer que una guerra y largos años de ocupación política, económica y militar generarían algo bueno para un país que, desde el minuto uno, fue objetivo de diversos mercenarios?

Cinismo, esa es la triste clave.

Supongo que necesitamos creer que con los tres, cinco o diez aviones que va a fletar cada gobierno hemos arreglado algo. Es cierto que algunas personas salvarán la vida, pero no sabremos cuántos ni en qué condiciones. Su llegada y su vida en Europa estará tan llena de obstáculos como la de quienes les precedieron; basta recordar otra mentira bonita, aquella de “Wellcome Refugees” de hace años. La comunidad internacional ya mencionada vuelve a organizar cumbres de urgencia y, como en otras previas, se vislumbra una de las estrategias a seguir, dar dinero a los países limítrofes para que contengan el flujo de la desesperación. O ¿también hemos olvidado el dineral que recibió Turquía para hacer el trabajo sucio con la crisis de refugiados que vivió Grecia en 2015? A sus costas llegaron, de forma mayoritaria, sirios, iraquíes y afganos. Esos países tan jodidamente liberados, gracias a varias guerras empujadas por occidente de las que todos tenemos memoria.

En la misma línea, también supongo que queremos creer que los menores que vuelven a Marruecos estarán mejor con sus familias. Aunque es fácil intuir lo que subyace en la vida de esos niños y jóvenes que huyen de sus hogares o de las calles donde vivían. También dormiremos mejor si pensamos que las pateras en las que mueren personas a diario o la situación de miles de personas que han llegado a nuestras costas no es cosa nuestra sino suya: porque se subieron a cuatro tablones que les prometían un sitio mejor. Venían a nuestra casa y se han muerto en las puertas.

Lamentablemente, yo no tengo soluciones sino la certeza de que somos los testigos de una gran tragedia. A diferencia de otras guerras, otros genocidios, epidemias y desastres naturales de otras épocas, nosotros vemos las consecuencias en pantallas inevitables y, por eso, no podemos decir que no estamos al tanto. Pero ante la magnitud de los desafíos y la intencionada ocultación de las causas, lo cierto es que cada vez nos sentimos más indefensos y vulnerables. La globalización, la dimensión mundial de las decisiones económicas, políticas, sociales y medioambientales nos afectan, pero estamos lejos de poder intervenir. Sólo nos ofrecen dolor, el que cada uno gestiona como mejor sabe y puede.

Los que hemos cumplido cincuenta años vimos, muy jóvenes, aquellas acampadas que reclamaron el 0,7% para cooperación internacional. No hace tanto, celebramos una primavera de esperanza. En el mundo árabe, brotaron las revueltas y las peticiones de libertad y futuro; nuestras plazas se iluminaron con el 15M e incluso a las puertas simbólicas del poder financiero acamparon muchas personas bajo el lema “Occupy Wall Street”.

El ejercicio de memoria no puede más que dejarme un regusto amargo. Me reconozco vencida. Y sin embargo, hay muchas personas que aún no han bajado los brazos y que, en muchos casos, se juegan la vida por defender los derechos de otros y la salud de su tierra amenazada. Su coraje y su determinación son un último bastión de esperanza. Pienso en ellos y en que necesitamos semillas. Ojalá sean tantas y tan portentosas que sirvan para resetear por completo el sistema.

No dejo de pensar en la frase atribuida a Mahatma Ghandi: “Hay suficiente en el mundo para cubrir las necesidades de todos, pero no para satisfacer su codicia”. Ahora, somos muchos más habitantes sobre la tierra que cuando él expresó esta dicotomía; y además, nos han hecho creer que necesitamos demasiadas cosas, pero también se han dado notables avances científicos que pueden jugar a favor.

Me pregunto si seremos capaces de asumir los cambios. Estamos en un momento en el que más que parches, necesitamos reiniciar desde lo pequeño, desde la dignidad de todos y la generosidad de cada uno; y acabar con la codicia. Eso también lo he pensado este verano, contemplando la calma y la belleza del paisaje; o ante la fuerza de una brizna verde, que crece y da sombra y esperanza, contra todo pronóstico.

Recortes del tiempo efímero

Me encantan los periódicos. Su tacto, su olor, la sensación de nuevo y viejo que dejan sobre las yemas de los dedos. Desde hace demasiado tiempo tengo el gusto o la manía de archivar, conservar, apilarlos… Siempre pienso que un día recortaré el artículo que tanto me interesaba, que leeré los análisis de fondo, esa mirada, al margen de la fecha de publicación, que explica certeramente la realidad que nos concierne.

Pero lo cierto es que rara vez tengo tiempo para volver a ellos y al final, están destinados a ocupar un rincón de la casa donde acaban por volverse paisaje. Hasta que un día su presencia sombría acaba por molestar y los tiro sin ver, o les doy una última oportunidad de lectura inoportuna y desmerecida.

Ocurre entonces que las noticias son viejas, aunque el periódico no tenga más de unas semanas. Que apenas recuerdas algunos de los sucesos que incluye. Que se produjeron novedades, giros inesperados, reacciones, traiciones, mentiras… Ocurre que la crónica de aquel cercano entonces contrasta con lo que esta mañana escuchabas por la radio entre el sonido del agua de la ducha.

En España, lamentablemente, los periódicos se llenan de lo que dijo menganito y contestó fulanito. También es habitual que los susodichos sean políticos muy bien remunerados que aún no han entendido que les pagamos por hacer más que por hablar. De ahí que una gran mayoría pierda la fuerza por la boca, y una buena parte de su sueldo desaparezca convertido en saliva cuando no en mala baba. Esas páginas de crónica declarativa de circunstancias y coyuntura no soportan ni un par de días sobre la mesa. Son irrelevantes, y sólo constatan su inoperancia y nuestra decepción.

Sin embargo, hay noticias y testimonios que nos conmueven, de buena mañana; datos económicos de consecuencias y sombras alargadas; dramas grandes y pequeños que nos atraviesan; países y regiones que estallan en convulsiones sociales o escaladas bélicas, y luego no resisten la agitación del suceso continúo en nuestra asfixiada memoria. Eran noticias que abrieron sección, que estuvieron en portada y con el paso de los días son olvido.

Hoy ha sido uno de esos días de limpieza. Antes de que los periódicos hicieran su último viaje al contenedor azul, les he echado ese vistazo rápido que inútilmente intentaba hacerles justicia. Como otras veces, entre sus páginas han surgido muchos titulares que no han dejado de hacerme preguntas: sobre la fragilidad de mi memoria, sobre el azar de lo importante, sobre las sombras y las luces que cubren la actualidad, sobre los intereses que mueven el foco y hacen girar nuestra mirada.

He recortado esas páginas para darles una oportunidad de lectura sosegada, de seguir el hilo y no olvidar… porque esas noticias que un día se colaron en un periódico nos siguen hablando de un mundo roto que no queremos ver.

Hay titulares como el que dice que “La mayoría de las empleadas domésticas carece de un hogar digno”, y nos recuerda que alguna vez las calificamos como esenciales; la noticia se publicó en la sección de Madrid, ese territorio donde la libertad depende de la cuenta corriente. Un artículo amplio explica que en España, en mayo, había registrados 8,134 menores extranjeros tutelados, que se verán en la calle al cumplir la mayoría de edad. Por su parte, las secuelas de los enfermos de covid llegaron a ocupar la portada, porque se presentaban como una nueva amenaza, capaz de desbordar los servicios de rehabilitación de la sanidad española. Otro artículo nos recordaba que casi 3.000 pisos públicos de Madrid fueron vendidos a Encasa Cibeles, un fondo de inversión que solo está dispuesto a ganar, mientras los inquilinos continúan su batalla jurídica y la Comunidad de Madrid sigue jugando al “Pío, pío que yo no he sido”, aunque la operación fue firmada por el Gobierno de Ignacio González, una de las ranas que nos regaló Esperanza Aguirre. En Economía, leo que LG dejará de fabricar móviles tras pérdidas millonarias por la dura competencia china. LG sigue los pasos de otro gigante, Nokia, que también abandonó su ‘conecting people’ tras años de liderar el mercado. Por último, me llama la atención la foto de una mujer que llora y suplica: “Ayúdenme a liberar a mi hijo Roman”. Se refiere al periodista bielorruso que fue detenido tras el desvío forzoso de un vuelo comercial. Aquel aterrizaje y la posterior desaparición de Roman Protasevich alteró buena parte de la actividad de las aerolíneas que tenían que atravesar el espacio aéreo de Bielorrusia, pero ¿alguien sabe qué ha ocurrido después con el joven periodista y con su novia, detenidos en Minsk?

El puzzle me deja una profunda sensación de desasosiego. Vivo en una burbuja rodeada de dolor y desigualdades y lo sé. Coexisto con esas mujeres que limpian casas y asumen tareas de cuidados, viajo en el metro con ellas; pero permanezco al margen de su batalla diaria. Igual que con esos menores, que no son más que niños empujados por la pobreza y la vulneración de derechos básicos. Básico es también contar con un techo, igual que es fundamental la libertad de expresión o una sanidad pública que no esté permanentemente al borde del colapso… Pero todo está en jaque y en suspenso. Vivimos en un momento en el que un gobierno puede desviar un vuelo o vender tu casa. Y la línea de negocio de esa compañía gigantesca de la que alguna vez tuviste un móvil se derrite como un azucarillo, aunque logró ser uno de los primeros fabricantes del mundo y veíamos más su logotipo que a las personas de nuestra familia.

Supongo que para una ciudadanía con una opinión propia y fundamentada, la lectura y el seguimiento diario de las noticias es más un deber que una opción. Estar informado para opinar, para discernir. Pero poco aporta una información sin contexto ni seguimiento, que levanta un polvorín de sorpresa y ruido, y luego carece de análisis y continuidad. Vivimos en un mundo tan grande y tan hiperconectado que todo es a la vez relevante y nimio para nuestras vidas. Llevamos un año y medio sin levantar cabeza porque un virus se propagó a partir de la ciudad china de Wuhan. Hay decenas de fábricas paradas por falta de determinados minerales ante un planeta exhausto. Pero prima la anécdota, la foto o el video de impacto frente a tendencias de fondo que están conformando estructuras que aumentarán la pobreza, las desigualdades, el hambre, la crisis climática y la vulneración de derechos fundamentales.

Hace años, cuando nos íbamos de vacaciones y no llevamos un teléfono móvil encima, regresábamos a casa como nuevos. Los horarios al margen de los informativos televisivos nos permitían una desconexión total y, a veces, nos preguntábamos qué estaría pasando en el mundo mientras nos tomábamos un helado. Ahora, nos vayamos lejos o cerca, nuestro teléfono nos dará alertas y sobresaltos diarios, tanto de los irrelevantes como de los importantes. Y en cualquier punto del planeta encontraremos un televisor enchufado a tiempo completo, escupiendo imágenes impactantes con rótulos incomprensibles. Cada vez es más tentador volver a ese tiempo de paréntesis y hacerlo perpetuo. Y lo malo es que ese escenario tan apetecible y acogedor es también muy peligroso. Se da la paradoja de que si dejamos de pensar y de hacernos preguntas sobre todos los agujeros negros de la actualidad, tal vez seamos más felices en nuestra pequeña burbuja, pero estará creciendo el abismo que nos separa de una sociedad más habitable para la mayoría.

Un atasco de barcos y palabras

Tras seis días de trabajos, dieron fruto las maniobras para desencallar el Ever Given y el Canal de Suez volvió a estar operativo. De nuevo grandes cargueros lo atraviesan, mientras varios puertos se preparan para sortear un nuevo atasco de mercancías. El primero, lo provocó el accidente; a continuación, se intuye un tráfico a toda máquina para cumplir plazos y entregas antes de que se pudra lo que viaja en millones de contenedores, ajenos a nuestros ojos, y peor aún, al margen de una normativa sujeta a la moral y a la ética. Ya lo sé, soy una antigua.

He seguido el tema de forma lateral, porque estoy aburrida de este periodismo espectacular que apenas aporta algo. Quizás por eso no he escuchado a nadie subrayar que, aunque los medios hablan del Ever Given, el nombre más visible en la eslora del buque es Evergreen; y que en la popa, bajo esas mismas letras, figura escrito Panamá, el pabellón bajo el que, supongo, opera ese carguero. Es decir, que se trata de un barco que seguramente haya cambiando de naviera y/o nombre, y que usa una bandera de conveniencia. ¿Para librarse de multas e inspecciones? ¿Cómo en su día hicieron el Prestige y el Exxon Valdez? Ya lo sé, soy una aguafiestas, con lo bonito que ha resultado que el barco vuelva a navegar.

Afortunadamente, lo que transporta el Ever Given no deja una visible marea negra, sino las consecuencias de la globalización y del sistema económico que marca nuestra época, este capitalismo desquiciado que solo aspira a maximizar el beneficio económico. Algunos medios, aunque pocos, hablaron de las condiciones en las que suelen ser contratadas y trabajan las tripulaciones de esas moles fantasmas llenas de mercancías que hicieron cerrar las fábricas donde quizás trabajaron nuestros abuelos. Qué más da. Lo que importa es recibir los pedidos de Amazon y AliExpress. Que se entreguen las piezas de eso que aún fabricamos de milagro a partir del trabajo de empresas auxiliares. Lo que importa es que el comercio mundial vuelva a latir aunque sea dejando su reguero de daños colaterales. ¿Huella ecológica? ¿Cambio climático? ¿Deslocalización? ¿Quién dijo miedo?

De pronto, en una conexión inconsciente, la imagen del colapso del Canal de Suez me llevó hasta el mundo editorial más próximo. Imaginé los centenares de libros que detuvo la pandemia. Durante meses, no hubo librerías, ni ferias, ni presentaciones ni lecturas… Luego se fueron recuperando algunos de esos espacios donde solíamos acudir al encuentro del libro y el amigo, de la conversación más o menos literaria, pero no todo ha vuelto. Los meses de castigo dejaron huella en la salud, en el ánimo, en el bolsillo o en los tres sitios a la vez. Ya no somos los mismos.

Desde que reabrieron, visito las librerías como quien acude a un centro de rehabilitación, sin saber muy bien quién está más enfermo: las editoriales y los libros que esperan una mano, los libreros exhaustos o yo misma. Compro ejemplares que no leo, como si eso fuera parte del tratamiento que tengo al alcance. Apenas encuentro sosiego y tiempo para la lectura. Pero sigo comprando, por si alguna vez mis ojos y mi cabeza quieren perderse en esas páginas, por si recupero las fuerzas para ello. Por si me recupero yo.

En el rincón de mi estudio, miro también los cuadernos y los proyectos interrumpidos, los libros acabados y atascados en un proceso de tedio y avería, mucho más pequeño e íntimo que el del Canal de Suez, pero doloroso y extraño. Paralizante.

Pienso que quizás sea el momento de no escribir ni publicar más. No es una idea que venga desde Egipto y tampoco es fruto de la pandemia, puesto que lleva rondándome años. Lo que ha cambiado es que ahora la siento como una opción más cercana. Al decírmela en voz alta, reconozco que me duele y que seguramente no pueda evitar escribir, porque no me reconocería si lo dejara; pero tal vez tenga todo el sentido quitar importancia al hecho de publicar. Asumir que tal vez no vuelva a ser posible.

Muchas editoriales explican en sus páginas web que no están en disposición de leer ni recibir más originales. Me temo que hay tantas personas con libros acabados y sin salida que entre todos hacemos un atasco de palabras que tapona las siguientes; y lo que es peor, a veces, me da la sensación de que obstruyen la propia vida. Se obstruye el día a día en la pregunta del para qué. No es una pregunta nueva pero cobra más fuerza y cada vez me hace más daño no encontrarle respuesta.

Quizás sea mejor seguir escribiendo sin expectativas. Escribir como siempre hice, como quien respira. Escribir como cuando, desde muy pequeña, empecé a aprovechar las páginas no utilizadas de los cuadernos escolares. Escribir para mí y disfrutarlo. Sin esperar nada ni a nadie. Mucho menos una reseña, mucho menos un premio. Mucho menos la mentira de que hay lectores al otro lado. Al otro lado, solo hay amigos. Un pequeño grupo de personas fieles y queridas que me han dado aire durante años. Les agradezco mucho su paciencia y su ánimo. La mayoría estuvieron conmigo, de una manera u otra, aquella tarde mágica en la que presenté mi primer libro De paso por los días, allá en la primavera de 2016.

Transcurridos casi cinco años, puedo decir que aquello tuvo lugar, que me hizo feliz. Que el sueño fue realidad. Y asumir también que luego la realidad se ha transformado. Y nos deja ante este nuevo mundo empantanado donde todo está a la espera, aunque cada vez más se parece a aquella pieza teatral de Samuel Beckett, Esperando a Godot.

No sé si tiene sentido esperar, si llegarán los remolcadores para los viejos sueños, si merece la pena seguir corrigiendo páginas estériles en lugar de acariciar a Fénix, llamar a los amigos que están lejos o ver a los que viven dentro de los límites de esta vida perimetrada. El futuro lo dirá mientras trazo nuevos planes y reflexiono sobre mis propósitos vitales.

El coronavirus y el miedo

Recuerdo perfectamente dos conversaciones que mantuve por wasap cuando en enero de 2020 empezaron a llegar noticias de un nuevo virus que estaba causando una epidemia, en principio, en la provincia china de Wuhan.

La primera fue con una amiga que vive en Hong Kong. La pregunté cómo estaba y tras tranquilizarme, me contó que no había forma de encontrar mascarillas, aunque aún no había ningún caso allí. También me confesó que estaba apenada por la ola de racismo en lugar de solidaridad que se estaba generando ante una enfermedad desconocida. Caí en la cuenta de que en ningún momento habíamos colgado en nuestras redes esos mensajes de apoyo incondicional que han generado otras noticias, como los atentados en suelo europeo, el incendio de Notre Dame o los que asolaron la Amazonía o Australia hace unos meses.

A nadie se le escapa que China es un país de libertades restringidas en muchos ámbitos donde el comunismo oficial es solo una fachada para un capitalismo despiadado. Las fábricas que nos abastecen de muchos productos, que consumimos sin mirar etiquetas, incumplen todos los derechos laborales que defendemos en nuestro cínico primer mundo. En medio de esa desafección generalizada, me conmovió descubrir que los habitantes de Wuhan se animaban unos a otros desde sus casas, y me estremeció que aquella soledad rompiera la noche con mensajes de ánimo entre personas retenidas en sus domicilios, amenazados por un virus descontrolado y el control gubernamental.

La segunda conversación la mantuve con una amiga que lleva muchos años trabajando en puestos de responsabilidad en el ámbito de la cooperación. Alguien que, por ejemplo, pisó hace años la zona de África afectada por el ébola y me decía, con conocimiento de causa, que los miedos que se cernían sobre el Mobile World Congress de Barcelona, por aquel entonces aún sin cancelar, eran fruto de la psicosis y el estigma, pues estábamos ante una epidemia más, en un país del tamaño de un continente.

Y en medio de ese delirio, un equipo de fútbol de la ciudad maldita podía venir a España a entrenar y pasar unos días, porque de nuevo el negocio y el show iban por delante de la coherencia informativa y el sentido común. En paralelo, varios países europeos repatriaban a sus nacionales y los aislaban en hospitales donde, al menos en el caso de España, han pasado la cuarentena sin incidencias, deseando retomar sus vidas en Wuhan, donde seguramente han encontrado la oportunidad de desarrollar una carrera profesional que su país no les brinda.

La suspensión del Mobile

Con información de goteo que los medios coreaban con hiperbólica alarma, varias empresas anunciaban que no irían al Mobile World Congress (MWC), hasta que el 18 de febrero se anunció su cancelación. En un evento al que iban a asistir 2.400 firmas, que se cayeran algunas de las grandes, mayoritariamente no asiáticas, parecía más que suficiente para que la organización declarara motivos de «fuerza mayor«, mientras las autoridades sanitarias sostenían que no había ninguna razón de salud pública para ello, algo que siguen manteniendo semanas después, cuando no se ha suspendido en España ningún evento multitudinario a pesar de que ya hay personas contagiadas.

La suspensión sonaba a guerra económica encubierta, al pánico de la empresa aseguradora, a intereses comerciales de altos vuelos… Su letra pequeña incluía la pérdida de 14.100 empleos temporales que iba a generar el MWC. Me imaginé el miedo de todas esas personas. Sus miedos a no tener suficiente para el alquiler del próximo mes; el descalabro de haber anticipado el precio de un uniforme que no iban a vestir; el descuadre de los días necesarios para una prestación de desempleo tras encadenar varios contratos… En suma, la esperanza de unos ingresos imprescindibles que se diluían como azucarillos en las expectativas de los invisibles.

Un mundo global solo para lo que mola

Somos paradójicos. Nos gusta vivir en un mundo que, para los ciudadanos de ciertos países, carece de fronteras. Nos encanta viajar a la otra punta del planeta y hacernos fotos. También nos priva recibir pedidos que atraviesan miles de kilómetros y nos ahorran unos cuantos euros: artilugios de toda índole y ropa y calzado con origen en Asia. Nos parece normal que en verano nuestras naranjas provengan de Sudáfrica o Argentina, por ejemplo, pero no nos gusta que los virus se muevan en un contexto que nos permite sentarnos en una cafetería de Madrid rodeados de personas que ayer estuvieron en la otra punta del planeta. Y sencillamente, no puede ser.

En un mundo global las amenazas son globales y parece increíble que todavía nos creamos a salvo de algo que ocurre en otro país o continente. No hay que caer en la alarma, pero tampoco vivir pensando que nuestras banderas y vergonzantes fronteras nos puedan proteger de problemas globales como una epidemia o la emergencia climática, que nos debería preocupar bastante más que el CoVid19.

Igual que esos fenómenos meteorológicos a los que hemos decidido poner nombre, los virus se mueven y nos conciernen a todos, aunque en nuestra mano está caer en la histeria colectiva o mantener la calma.

El pánico local y la irresponsabilidad de los medios de comunicación

Por todo lo anterior, para mí era obvio que este coronavirus llegaría a Europa, y que España, tarde o temprano, tendría su primer caso. Por eso me sorprende aún más el pánico que se ha desatado y la reacción de muchos medios de comunicación que han entrado en un irresponsable paroxismo.

La retransmisión de la noticia de cada nuevo caso me recordaba a aquellas remotas tardes de domingo, cuando todos los partidos de la liga de fútbol se jugaban a la vez y un pitido indicaba que se había producido un gol en algún lugar. ¡Gol en la Condomina! ¡Penalti en Carranza!

Los medios, tan raquíticos en sus recursos como en la asunción de criterios éticos y de servicio público, destinaban un equipo móvil a la puerta de cada centro hospitalario donde ingresaba un infectado con unos síntomas de menor virulencia que la gripe común. Y cada comunidad autónoma que se sumaba a la lista de “tenemos el primer caso” repetía la secuencia de torpezas y estupideces de las anteriores.

Al final, las voces de las autoridades sanitarias llamando a la calma se han emitido sin lograr ningún efecto en la población. Supongo que ha hecho más efecto ver mascarillas, tubos de ensayo en los laboratorios y las infografías de la propagación del virus en su dimensión geográfica y numérica. Como decía una profesora de la Facultad de Periodismo que me tocó padecer: “los muertos, primeroooooo”. Pues sí, sobre todo, los muertos; y en el cuarto oscuro, el derecho a la información, la vocación de que un buen periodismo puede contribuir a una ciudadanía crítica y la derrota íntima de quien ve que el oficio con el que soñó es hoy, con contadas excepciones, un verdadero asco.

Mientras tanto, los muertos caen por miles de sarampión en la República Democrática del Congo, 140 niños pueden morir en el campo de refugiados de Moria si no reciben la atención médica necesaria y Siria, por citar solo uno de los escenarios bélicos del momento, se desangra. Ante estos casos plagados de cadáveres, aquella profesora me podría decir que estoy olvidando el factor “proximidad”. En efecto, nos interesa más lo que pasa en nuestro entorno más cercano. Por eso debe ser noticia mirarnos el ombligo, decir que alguien tose y sembrar el miedo, siempre tan a flor de piel y tan interesante para ejercer el control sobre la masa.

Y mientras tanto, ya saben, lávense las manos.

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