Encuentros de poesía y mujeres

Los actos relacionados con la poesía y, especialmente, con la escrita por mujeres, han ido acumulándose en mi memoria y mi teléfono, con imágenes e ideas que ya, rara vez, anoto en libretas físicas. Por el camino, se cruzó la aparición de Astillas, mi nuevo libro, al que dediqué las pocas horas posibles para este blog. De nuevo, estas líneas son la escritura a destiempo, crónicas que quedaron a medias y, pasada la efervescencia de su presente, conservan el valor de la experiencia compartida para este camino de aprendizajes que es la poesía.

El primero de ellos tuvo lugar el 20 de abril, cuando la librería La Independiente, en Madrid, acogió un Vermut poético de Genialogías, asociación feminista de mujeres poetas de la que formo parte. Este tipo de encuentros, que comenzó hace años y tuvo su inevitable traspiés en la pandemia, ha vuelto con un formato nuevo en el que tres poetas abordan un tema que les concierne, en tanto escritoras y lectoras de poesía. La cita tiene algo de mesa camilla amplia donde se ponen en común más dudas que certezas. La confidencia guía un diálogo donde nos sentimos cómplices en la escucha y la palabra, con la honestidad y generosidad de seguir aprendiendo juntas.

Con el título ‘Lenguas del estado, una poética desde la periferia’, contó con María García Díaz, Berta Piñán y Begoña Chorques, de quienes apunto una breve presentación:

María García Díaz, (Pola de Siero, 1992). Escribe sus libros en asturiano o castellano. Es autora de Espacio virgen (Torremozas, 2015) con el que obtuvo el XVI Premio Gloria Fuertes de Poesía Joven; Llírica astraición (Saltadera, 2016) o Suave la matriz (Saltadera, 2018).

Berta Piñan (Caño, Cangas de Onís, 1963). Es autora de una extensa obra poética, narrativa y ensayística. En cuanto a la poesía, que escribe originalmente en asturiano y traduce al castellano, cabe destacar: la antología Noches de incendio (1985-2002) (Ediciones Trea, 2005); La mancadura / El daño (Ediciones Trea, 2010) y Argayu / Derrumbe (Bartleby, 2024).

Begoña Chorques (Xàtiva, 1974). En 2016, publicó su primer poemario, Olor de manzana verde. Después, presentó el poemario Ausencia / Ausencia, en versión bilingüe (2018). Mantiene el blog personal Una cambra pròpia (Un cuarto propio). Ha publicado diferentes relatos cortos y la novela ‘Només una. Que si no, faré tard‘.

Para quien ha nacido y crecido en Madrid, para quien el castellano ha sido su lengua materna y la primera de todas las lenguas, la de cultura, la familiar y la que se estudia, fue muy interesante acercarme a la experiencia de tres mujeres que han tenido la suerte de conocer dos lenguas desde la infancia y han vivido una situación de conflicto y pregunta en la que la lengua podía ser a la vez, arraigo y desarraigo, elección o encuentro y también la constante presencia del neologismo, para inventar lo que aún no se ha dicho.

Inevitablemente, junto a esa cuestión que unía a las tres poetas, surgieron otras en las que me sigo sintiendo interpelada, como son las cuestiones políticas, el sentimiento de clase y la condición de mujer.

El encuentro nos brindó la aclaración conceptual entre lengua minoritaria, minorizada y la diferencia entre oficial y no oficial. El término periférico nos permitió salir de lo político y entrar en lo cultural. Se recordó la frase de Cioran: “no habitamos un país, sino una lengua”. Por eso, según dónde se nazca y viva, cuando se puede escoger, la poeta ha de elegir en qué lengua quiere escribir. Begoña Chorques reconoció que, al escribir en valenciano, optó por la lengua materna que había en su casa. “Aunque no la empecé a escribir hasta 4° EGB, yo escribo para recoger la lengua de mi madre y de mi abuela”. En el caso de María García Díaz, en su colegio no se estudiaba asturiano: “No fui alfabetizada en esa lengua. Fue voluntad propia estudiarlo por mi cuenta y con la poesía, la posibilidad de escribir en la lengua en la que te dan el cariño”. Por último, Berta Piñán explicó que su caso fue una elección consciente y política al llegar a la universidad: “Yo no sabía que lo que hablaba en casa era asturiano y que, por tanto, era la lengua en la que escribía desde la adolescencia. Al descubrirlo, me sumé a una corriente que existía entre algunas personas de la cultura, que vivimos la aventura de normalización de una lengua y en mi caso, hacerlo desde lo poesía”.

Después de su charla y la lectura de sus poemas, citaron los nombres y las obras de otras. Y así, pude anotar a Maria Mercè Marçal, Rosalía de Castro, Nieves Neira, Chus Pato, Maria Josep Escrivá, Teresa Pascual, Luz Pichel, Mirem Agur Meabe, Olga Novo y Leire Bilbao. En su relación y mi apresurado apunte, quedan obras pendientes por descubrir, barreras y prejuicios, la carencia de escucha dentro de un mismo territorio. Y también la determinación de buscarlas.

Seguramente, aún mecida por la música del asturiano, me fui el 7 de mayo a la presentación del último libro de Berta Piñan, Argayu / Derrumbe (Bartleby, 2024), que nos ofreció una tarde memorable en la librería La Mistral. Como dijo la periodista Lara López en sus palabras iniciales: “Un libro, un bosque, un encuentro… La posibilidad de ser o escribir como ella, aunque, no. Versos raíces que dan alas. Un libro lleno de senderos y de presente”. En aquel momento, en el que Astillas no era sino un secreto que se batía contra mis últimas dudas, las palabras de Berta Piñán fueron luz que no pude agradecer. Porque ella fue honesta al explicar cómo se había enfrentado a la edición de un libro “escrito hace varios años, para lo bueno y para lo malo, al que, al final, le quité poemas y le cambié la estructura”. Palabras como duda y herida nos hermanaban, también la escritura sobre el tiempo y estar ante un texto que nos expone, conscientes del reto de asumir ese desnudo, lo que se escribió hace tanto y ahora resuena de otro modo tanto en la autora como en los demás lectores. Las frases de Berta Piñán de aquella tarde no se deberían perder: “De la mano de las demás, es como escribimos, en un tapiz, lleno de hilos”, con una “escritura para estar en el mundo y para entenderlo y comprendemos en él”. Y al hablar de poesía, presentarla “como esa combinación de trabajo y misterio, ese lugar extraño en el que decidimos quedarnos muchas tardes, muchos días; aunque fuera haga sol y la gente se esté divirtiendo y nos llamen para tomar un café”.

En junio, solo pude compartir uno de los reencuentros que propició Genialogías, y compartir versos, mesa y mantel con ocasión de nuestra Asamblea anual. La cita sirvió para escuchar poemas e iniciativas de otras, proyectos de varias, impulsos de muchas, confidencias de todas. Tuvimos como invitada a Ana López-Navajas, quien nos explicó el proyecto europeo Women’s Legacy, que rescata el legado cultural de las mujeres silenciado en los currículos educativos, tanto de España como de otros lugares del planeta. Un proyecto que se presentó en 2022 asombrando al mundo y que, dos años después, corre el riesgo de perder su ilusionante impulso porque un cambio de gobierno ha implicado dilaciones, desinterés y palos en la rueda.

Aún no saben algunos que el feminismo y las acciones de las mujeres no dependen de sus decisiones. Que muchas somos conscientes del fraude cultural y educativo en el que crecimos y eso nos resulta insoportable. Que necesitamos, como el aire, rescatar el tiempo y la memoria raptadas. Women’s Legacy presenta una cadena de voces femeninas, por mucho que los manuales, los libros de texto y el relato de la crítica, se empeñe aún hoy en presentar poetas y escritoras desperdigadas como si hubieran sido un verso suelto, la excepción o la cuota. No somos nada de eso y, aunque sabemos de la belleza de los márgenes y de las flores de un día, vamos a seguir trabajando por abarcar todos los caminos que se abran ante los ojos, cada una los suyos. Sin pedir permiso, simplemente, siendo. Rescatando los versos de Julia Uceda, recientemente fallecida, otra voz robada que hubiera sido faro si todo hubiera sido distinto.

La caída

Para Manuel Mantero

Hay que ir demoliendo

poco a poco la sombra

que vemos. Que nos dieron.

Que nos dijeron «eres».

Hay que apretar las sienes

entre los dedos. Hay

que asentir a ese punto

-comienzo, duda o hueco-,

que yace dentro.

Y es preciso

que en una noche todo arda

-el «eres», el «seremos»-

y el terror polvoriento

nos muestre su estructura.

Es urgente bajarse

de los dioses. Tomar

el fuego entre las manos.

Destruir esos «yo» que nos presentan

una hilera de sombras agotadas.

Y dejarse caer sobre el principio

de la vida. O del sueño.

Ser solamente vida

presente. Sin recuerdo

de ayer ni de mañana.

Julia Uceda. (Del libro Extraña juventud, 1962)

Un 8 de marzo distinto

Hoy es 8 de marzo, pero no tiene nada que ver con ninguno de los anteriores. Me he vestido con un jersey morado, pero no abrazaré ni brindaré con mis compañeras de la oficina, no nos haremos una foto juntas, no habremos parado a las 12 horas a las puertas del centro de trabajo porque estamos teletrabajando. Tal vez nos consuele algo habernos visto las caras a través de zoom, haber sentido que la distancia nos afecta y que nos echamos de menos porque juntas somos más.

Tampoco acudiré a ninguna manifestación porque Madrid es la única ciudad de España donde se han prohibido. Compartiré mensajes y videos a través del teléfono y las redes sociales con mujeres conscientes de que nos sentimos más solas que en ningún otro 8 de marzo. Seguramente, este Día Internacional de la Mujer será más íntimo que ninguno. Pensando, repensando este mundo que nos sigue dando motivos para saber que debemos afrontar muchos espacios de reivindicación porque la igualdad de derechos no es realidad. Y aunque hemos avanzado, queda mucho por recorrer.

Pensé que hoy sería un lunes más, un 8 de marzo más; pero es el 8 de marzo más triste que recuerdo. Es el 8 de marzo que, también, como todo en este tiempo, marca la pandemia. Igual que fue un cumpleaños triste, una Semana Santa tristísima, una primavera robada, un verano mutilado, unas navidades llenas de límites y un día a día condicionado… hoy toca sumar una fecha más que se contagia del pesar y las limitaciones de este tiempo. Y reconozco que me ha afectado. Hoy, como tantos del 2020 y 2021, es un día de fiesta que no puedo celebrar como quisiera.

Por primera vez en años, en la noche del 7 de marzo y en el amanecer del 8, no he escuchado coros de mujeres cantando por las calles: “Vecina, escucha, estamos en la lucha”, “Aquí estamos las feministas”, con su ruido de cacerolas y percusión doméstica, combativa y luminosa. Aún no salí de casa e ignoro si hay pancartas, si hay pintadas, si hay folios pegados en las farolas, en las marquesinas de los autobuses, en el acceso al metro. Es un 8 de marzo raro en el que, forzada por la nostalgia, me acuerdo de otros y me hago nuevas promesas.

En 2019 secundé la huelga feminista y fui a la manifestación, entretuve las horas de la mañana en repasar los sueños robados o aplazados, en hacer memoria de la mujer que soy. Aquello quedó por escrito en este artículo.

Hoy no voy a repetir lo ya escrito, pero al volver a leer ese texto reconozco las heridas de siempre y vuelvo a invocar la necesidad de que las cosas cambien. Que cambien para bien y cuanto antes, porque lo mismo nos cansamos de aguantar y perdemos la paciencia. La paciencia de trabajar sin descanso y ser menos consideradas, la paciencia de acatar mandatos ajenos como si fuéramos siempre niñas o mujeres incapaces o locas. Durante siglos nos pidieron estar calladitas, resignadas, en segundo plano… Y algunos se atreven a pedirlo a día de hoy, desde espacios de poder, olvidando que la lucha y las conquistas de las mujeres beneficiarán al mundo. También a sus hijas e hijos.

En los últimos años me ha emocionado la fuerza de las más jóvenes. Ellas han hecho que vuelva a las calles. Antes del “No es no”, el “No estás sola” y “Yo te creo, hermana” hubo otro gran día violeta: El tren de la libertad. Fue el 1 de febrero de 2014 cuando miles de mujeres procedentes de toda España salimos a las calles de Madrid y acabamos forzando la dimisión de un ministro que pretendía devolver el aborto, un derecho sexual y reproductivo de las mujeres, a los años de la prohibición y la caverna del castigo. Supongo que se pasó de frenada. No calculó nada bien entre su potencial electoral y nuestra furia colectiva. A los hombres obcecados que vuelven a manosear nuestros derechos y nuestras palabras, a los que cobardemente vandalizan la imagen de nuestras referentes, les recomiendo que revisen la hemeroteca. Que pongan sus barbas a remojar. Que lean. Que escuchen.  

Hace años que hemos decidido no dar un paso atrás. La pandemia nos ha puesto contra las cuerdas: en casa, más precarizadas, más silenciadas, más pobres, más indefensas. Las cifras están ahí para quien las quiera buscar. Se multiplican en las webs de organizaciones feministas, sindicatos, asociaciones, partidos políticos, organismos nacionales e internacionales y platean un escenario desolador. Por poner un ejemplo, os dejo las que ofrece la Coordinadora de ONGD de España, junto al lema de este año, “Ante la emergencia social, el feminismo es esencial”.  

  • Una de cada tres mujeres en todo el mundo ha experimentado  violencia física o sexual, principalmente a manos de su pareja.
  • A nivel mundial, solo 10 de los 152 jefes de estado elegidos son mujeres.
  • Durante el estado de alarma las peticiones de asistencia a víctimas de violencia de género en España supusieron un 57,9% más que el año anterior.
  • El Comité de Emergencia de la OMS para COVID-19 cuenta con un 20% de representación femenina
  • Las mujeres realizan el triple de trabajo doméstico y asistencial sin remuneración.
  • La Covid-19 podría provocar la pérdida de 25 millones de trabajos, situación en las que las trabajadoras migrantes son especialmente vulnerables.
  • En la UE la brecha salarial entre hombres y mujeres es del 24%. En España del 27%.

Datos así nos tienen que rearmar. Este año es especial. Seguiremos siendo responsables. Creo que es una palabra que sabemos vestir desde que nos trajeron al mundo. No nos resulta grande ser corresponsables del momento histórico que estamos viviendo, pero tenemos memoria colectiva. Y no la vamos a perder. El año que viene volveremos a ser una cascada violeta imparable y hasta entonces, seguiremos atentas y trabajando. Reconstruyéndonos desde lo personal y recuperando las fuerzas y el compromiso colectivo.

Vamos, mujeres, junto a los hombres que están dispuestos a acompañar este camino y esta lucha. Tenemos que ser capaces de abrazar la esperanza a pesar de tanta frustración y tanta injusticia.

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