Por fin, una doble primavera

Quienes leéis los textos que voy escribiendo para este espacio personal os habréis dado cuenta de los tiempos sombríos, del cansancio, de las veces que me faltó la energía. Es cierto que no ayudaron la pandemia ni las exigencias de la vida cotidiana, demasiado gobernada por esa palabra, exigencias, que he escrito antes de la más importante, la vida, la que no debemos convertir en complemento sino valorar como núcleo, lo único que tenemos.

Por eso creo que, en cierto modo, os debo un texto de renacimiento. Un texto que, esta vez, no está ligado a los buenos deseos del cambio de año o del cumpleaños, en los que siempre me surge una esperanza y un balance que me arroja a lo bueno, aunque, en los últimos años haya sido más teoría que práctica.

Con la perspectiva del tiempo, soy consciente de la fragilidad de la salud mental, incluso teniendo todo a los ojos de los demás; del daño que nos hace una existencia de la que nos sentimos ajenos. Años de terapia y la compañía de personas y cosas buenas van dando, por fin, resultado. Y aunque da un poco de miedo decir que la tormenta ha pasado, sí que creo que, por fin, está más lejos. La siento a la distancia, tras las ventanas de mi casa. Ahora sé que es capaz de arrasarlo todo. También confío en estar mejor preparada si vuelve, y que el aprendizaje de este tiempo (y el que queda), constituya un buen refugio. De paso, este texto me servirá para recordarme que estos momentos fueron posibles y de rescatarlos, con todas mis fuerzas.

En los últimos días, me he sorprendido a mí misma tomando fotografías de las flores de los jardines, cuando hacía tiempo que la cámara de mi teléfono móvil no registraba la llegada de la primavera a Madrid. A pesar de su marco ciertamente artificial, se han multiplicado centenares de flores hermosas dispuestas a recordarnos que la belleza, a veces, ayuda a una cierta reconciliación interior. Con el mismo impulso, mis ojos insisten en detenerse en el azul del cielo, tan espléndido y diverso, con esta multitud de nubes que juegan con nosotros entre nublados y chaparrones inofensivos.

Al regresar al Retiro, donde hacía demasiado tiempo que no paseaba sin prisa, he vuelto a recuperar la sensación de plenitud que me contagian sus enormes árboles, los espacios de sombra tejidos por un verdor radiante de ramas cruzadas y la belleza de parterres de flores, diversas y espléndidas, agradecidas por las recientes lluvias y una temperatura todavía agradable y tibia. Han brotado flores incluso en los tejadillos de las instalaciones de conservación. Los niños correteaban y el césped invitaba a la charla o la siesta. Los mirlos esquivaban la foto pero regalaban un canto alegre, peculiarmente vital. La cría de una pareja de patos aprendía a nadar en el pequeño estanque donde caía un agua mansa, procedente de la cascada artificial que nace en la Montaña de los Gatos. Y cuando llegué al Paseo de Coches, descubrí los preparativos de la próxima edición de la Feria del Libro. Allí estaban las casetas ya montadas, con sus persianas arriba y un gran vacío, hambriento de papel y palabras, de ficciones, ensayo y poesía, de viajes e ilusiones donde volveré en unos días.

Mi paseo continuó por la calle de Alcalá. El bullicio era innegable en terrazas repletas que ya no provocaron mi malestar. Se ha hecho un discurso tan infame de las cañas y se ha producido una invasión tan incívica de la vida vecinal a costa del terraceo que nos han robado también, de alguna manera, alegrarnos del reencuentro que se da en cada mesa, donde los grupos de amigos comparten risas y planes, y las parejas se reencuentran en besos y confidencias, por fin, fuera de las pantallas.

En el Paseo de Recoletos me esperaba la 46ª edición de la Feria del Libro Antiguo y Ocasión, que supuso otra doble cita, tanto con mi nostalgia como con mi renovación. En mis tiempos universitarios siempre iba, sobre todo, a la de otoño, cuando buscaba, a un precio reducido, algunos de los libros que necesitaría a lo largo del curso. Sin embargo, en las últimas ediciones, dejé de acudir o lo hice mirando los libros con desgana, sintiendo que no había lugar para ninguno más, mientras las lecturas pendientes se acumulaban estérilmente en casa. En la última visita, he recordado a aquella compradora impulsiva, que al margen del listado que generaban los estudios, se lanzaba a las gangas de los grandes nombres sin reparar en nada más. La lectora que soy, con los años, sabe que no todo vale. El tamaño de letra es crucial cuando descubres que, sin las gafas que corrigen la presbicia, incluso cuesta descifrar la letra enfática y mayúscula de títulos y autores en los lomos. Me llamó la atención ver aquellos libros de Enid Blyton, que llenaron las vacaciones de verano con largas noches de lectura, a precio de saldo.

No pude resistir la nostalgia ante esas ediciones; tampoco al acariciar los libros de las editoriales que nos proporcionaron el salto a una literatura de adultos en formatos asequibles. Allí estaban las ediciones de Austral, con su guarda de papel vencido; las de Alianza, Bruguera, Cátedra o Edaf; las que cruzaron el charco gracias a Losada; las colecciones de quiosco, que hicieron accesibles algunos títulos anhelados. De todas ellas, quedan ejemplares en mi biblioteca, y cada uno de esos libros me habla de la lectora que fui. Agitada por los intereses y motivaciones actuales, por la tarde primaveral y la fuerza del azar, que siempre es decisiva en las librerías de lance, volví a descubrir decenas de libros que me interesaban y la cartera se abrió más veces de las que había previsto. Es cierto que tengo ya suficientes libros pendientes de leer, en diversos rincones de la casa que ocultan la evidente acumulación. No obstante, que el deseo volviera a ponerse en marcha era una noticia excelente. Y me dejé llevar, manteniendo, eso sí, una cierta cordura. Por eso, me detuve cuando ya cargaba siete libros nuevos que prometen el descubrimiento de la literatura que hoy me interesa y nutre.

Creo que empiezo a salir de un para qué desganado y voy llegando a un porque sí. Ya era hora. No es un sí caprichoso e irracional sino una afirmación consciente de quien se reconoce en las heridas y abre un nuevo camino. La persona y los proyectos que quiero ser y emprender. Ya era hora. También hora de compartirlo y de agradecer a quienes habéis estado al lado, del cuerpo o de los textos, que vienen a ser un todo.

Otro cumpleaños que celebrar

Si atendemos a las noticias de los medios de comunicación, apenas hay motivos para celebrar. Supongo que, por eso, cada quien, sin dejar de abrir los ojos y el pensamiento a cuanto nos rodea, tiene derecho aún a atrincherarse en los espacios de íntima felicidad. Un nacimiento, un tratamiento médico concluido, un nuevo proyecto o un amor… Por supuesto, también un cumpleaños.

Escribo estas líneas para compartir la celebración del mío, el pasado Día del Libro, y agradecer vuestras felicitaciones y vuestra compañía. Sé que hay personas que viven su cumpleaños como quien se topa con un accidente del documento de identidad. No es mi caso.

Siempre lo he celebrado. Y quizás, tras los dos cumpleaños limitados por la pandemia, el primero, encerrada en casa con Fénix; y el segundo, los cincuenta, con restricciones para grupos y desplazamientos, soy aún más consciente de que seguir cumpliendo años, con la certeza de ser una persona afortunada, es una fiesta. Así ha sido también este año.

El primer regalo fue pedirme el día libre. Dormir algo más, levantarme y desayunar sin prisas, atender llamadas y mensajes, devolver la felicitación y el cariño con gratitud y emoción. Al subir la persiana del dormitorio, el reflejo del sol me recibió en un punto donde nunca lo había encontrado. Daba de lleno en la ventana de enfrente, me ofrecía un guiño de luz radiante para lanzarme a los 53. ¡Bienvenidos!

Cuando más tarde salí a la calle para compartir mesa y mantel, el cielo mostraba un azul limpio y espléndido, una fuerza indecible. Lo comenté con mi padre. Ese azul. Me contestó que ya Gómez de la Serna decía que la luz de abril era la mejor de los cielos madrileños y, por tanto, la más adecuada para visitar las salas del Museo del Prado. No dará tiempo en abril, pero tengo que volver al Prado y lo he anotado en los planes del nuevo año vital.

Comida y cena sirvieron para reencuentros, confidencias, alimentar el cuerpo y el espíritu. Rasgué papel de regalo, recibí sorpresas y flores. Tampoco olvidé entrar en una librería para unir mi celebración personal con el Día del Libro. Desde que tengo memoria, nunca ha faltado un libro nuevo en cada cumpleaños. También acudí a mi cita con la lectura y el aprendizaje de la escritura, en el taller de los martes. Escribir y leer me han constituido desde la infancia. Los libros jalonaron el camino. Los borradores propios, también.

Soy quien soy por mis ancestros y mis circunstancias, celebro cumplir años y sigo aprendiendo. Me interrogo por los aspectos que no me gustan y miro con la perspectiva del tiempo en quién me he convertido. En mi caso, todo cumpleaños es un balance. No he podido evitar pensar en la niña que soñaba ser escritora, sin el referente de nombres de mujeres donde poder reconocerse; tampoco en la joven que dudó entre estudiar Políticas o Periodismo. Finalmente, me decanté por el amor a las palabras, confiando, ingenua hasta la médula, en un periodismo capaz de ayudar al cambio social y contribuir a mejorar el nivel educativo y cultural de la sociedad.

En estos días, reconozco los espejos astillados, los sueños rotos y también, el material de construcción del futuro. En política, hubiera durado un cuarto de hora. En cuanto al periodismo, me queda este espacio irrelevante desde el que escribo algunos artículos sabiendo que no voy a cambiar nada. Si acaso, ayudar a la reflexión de otra persona tan aturdida como yo misma, con parecidas preguntas sin respuestas.

Somos los espectadores de una realidad atroz donde la vida y la verdad no valen nada. Donde los muertos del genocidio de Gaza son la cifra de un informativo, una frase telegráfica que responde a la exigencia de un titular bien escrito, aunque carezca de alma y consecuencias: “las autoridades de Gaza estiman en 34.350 los muertos en la Franja por la ofensiva de Israel”.

Entre tanto, en nuestro país, un montón de noticias prefabricadas desde el odio y la mentira alimentan el mecanismo de una justicia estéril y ponen en peligro los valores democráticos. No es nuevo, ha ocurrido en Brasil y Portugal, por citar un par de ejemplos. Y quizás, como ha comentado el ensayista César Rendueles en una red social, comenzó el 11 de marzo de 2004, cuando las familias de los muertos del peor atentado de nuestra historia fueron insultadas y calumniadas por quienes no se resignaban a la derrota electoral, consecuencia de otras mentiras. Me temo que nuestra democracia heredó una carga y unos manejos que tal vez sean demasiado venenosos para su futuro, como explica de forma magistral Ignacio Escolar, en el artículo titulado ¿Merece la pena?

No obstante, en medio del ruido y nuestro cansancio, aunque cueste, hay que seguir defendiendo la esperanza. Seguir escribiendo y leyendo para no dejar que el cerebro y el corazón sean colonizados por la insidia y la maldad. Resistir desde la alegría y la celebración de la vida, que es lo único que tenemos, sin perder la memoria ni la dignidad. Para ayudarme, rescato las palabras preliminares en la antología poética de Juan Carlos Mestre, titulada La desobediencia de las palabras, recientemente editada por Bartleby. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se pregunta Crespo Massieu, responsable de la selección y el prólogo, que responde partiendo de la voz de Mestre: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”.

Cierro estas líneas desde la resistencia que conocemos los que no hemos sido hijos ni nietos del privilegio sino del esfuerzo. Pongo un punto y seguido en mi pequeña celebración de la vida con la belleza del álamo que todos los días veo desde mi ventana. Hace algunos veranos, por la noche, alguien quemó un contenedor próximo. El fuego alcanzó su corteza y las ramas más bajas. Aún quedan huellas de esas heridas, pero cada primavera se llena de hojas nuevas y ya es el árbol más alto de la plaza.

Un clamor no tan inútil

Ayer, 20 de enero de 2024, se convocaron más de un centenar de manifestaciones por toda España, para pedir la paz en Palestina y señalar el genocidio que está cometiendo el gobierno de Israel, contra un pueblo reiteradamente masacrado y ninguneado. También se desarrollaron 28 recitales poéticos con la misma causa. El de Madrid fue el primero en organizarse. A mediados de diciembre ya estaban buscando personas para coordinarlo y poetas que quisieran sumarse. Cuando se convocó la manifestación, estaba casi todo listo. Por eso se mantuvo, porque se podía ir a los dos sitios, antes o después, ninguna convocatoria sobraba. Todas las fuerzas, los pies, las gargantas hacían falta. En paralelo, se había prendido la chispa: poetas de otras ciudades fueron organizando otros, primero, en España; después, en ciudades de Bélgica, Suiza, Argentina, Colombia, Chile, México, Perú, Uruguay y Venezuela. Un total de 44 recitales y más de mil poetas.

Casi siempre, al amanecer de los sábados, el día llega con la huella del cansancio de la semana laboral previa. Me apetecía remolonear en la cama, bajo los rayos de sol que se colaban por la persiana… Pero sabía que era más importante levantarse por Palestina, ese gesto imperceptible de vencer el cansancio acumulado y vencer también la inercia de dejarse arrastrar por el para qué.

¿Para qué iba a servir volver a las calles? ¿Para qué recitar versos propios o ajenos invocando una paz que no parece importar a nadie? Pues, para estar de acuerdo conmigo misma, para no dejarme llevar. Me servía para plantar cara a la censura, al silencio, a la capa de secreto que había cubierto las convocatorias y su trabajo previo. Todas las convocatorias se habían transmitido más entre las personas y los medios de los márgenes que en los grandes altavoces. Las descubría zafiamente ocultadas por las principales redes sociales que quedaban en evidencia, mostrando sin tapujos por dónde va la verdad y por dónde sus intereses, y me dejaron ante otra pregunta inesperada. ¿Para qué seguir publicando en ellas, regalando mi trabajo (fotos, textos, poemas…), en el marco de una presunta libertad de expresión que está al servicio de intereses que no comparto? Esa pregunta sigue pendiente, mientras las otras se resolvieron. Ya veremos.



¿Para qué ir a la manifestación? Alcancé Cibeles cuando ya se intuía la llegada de la cabecera de la marcha. Me colé entre sus participantes y caminé en sentido contrario para hacerme una idea de su número y densidad. Coincidí con alguien que conozco (y eso pasa cuando somos pocos), pero no vi a otros muchos que estaban allí (así que, no éramos tan pocos). Se me llenaron los ojos de lágrimas al ver los pañuelos y las banderas palestinas que son el reciente sudario de más de 25.000 personas, la cifra de palestinos asesinados desde el 7 de octubre de 2023. Al escuchar el grito de Intifada, recordé cuantas veces he marchado por Palestina. Me emocionaron las banderas de Sudáfrica, y agradecí profundamente a ese país haber dado el paso ante la justicia internacional, en un proceso que será largo y se antoja extraordinariamente complejo, pero que al menos, llama al gobierno israelí genocida y asesino, lo mismo que deja entrever el Secretario General de Naciones Unidas o que piensa buena parte de la población, según las encuestas que confirman que aun nos duele tanta barbarie, ya sea en España o incluso entre los jóvenes de Estados Unidos. Me conmoví ante un grupo de mujeres jóvenes, cubiertas por el hiyab, que cantaban y danzaban en una reclamación de justicia que encarnaba la resistencia de un pueblo entero. Les agradecí su ejemplo, su energía y resistencia, su alegría frente a la adversidad. Pensé que sólo verlas me había dado la respuesta de para qué acudir a la manifestación. También sé que a la próxima, el día 27 de enero, volveré a ir por ellas.

Como la hora de mi turno de lectura se acercaba, dejé atrás a quienes seguían llegando a Cibeles, y me fui al recital. Se celebraba en el CSOA La Ferroviaria, donde ya, en marzo de 2022, fuimos convocados para leer contra la guerra de Ucrania, cuando se cumplía un mes de una invasión que el mes que viene tendrá ya dos años. Era fácil preguntarse para qué los versos, si estos iban a tener el mismo efecto sobre Netanyahu que el que hicieron sobre Putin. Ninguno. Pero, inmediatamente, pensé en las jóvenes de la manifestación previa y desterré de mi cabeza los nombres de los asesinos.

El grupo que leyó en Madrid, en el turno de 14 a 15 horas.

¿Para qué reunirnos en torno a la poesía? Para pronunciar nuestra palabra junto a la de poetas palestinos, vivos o muertos, residentes en Gaza, Cisjordania o en su amplio exilio, y darles voz en una asamblea de afectos y reencuentros, como si los suyos fueran posibles. Para escuchar el español y el árabe, con sus múltiples acentos, y pronunciar sustantivos y verbos con los que convocar la esperanza: pájaro, amor, cielo, hermana, amanecer, flores… Para ejercer una cierta resistencia, frente a la muerte y su barbarie, y construir un abrazo colectivo que nos mantuvo doce horas de escucha, como en una modesta y nutrida vigilia a favor de la paz. Para recaudar fondos destinados a UNRWA, la agencia de Naciones Unidas que trabaja con los refugiados palestinos desde hace décadas, a través de la donación de nuestros libros y la compra de otros. Para recordar a Refaat Alareer, un escritor y activista gazatí que fue asesinado junto a su familia por las tropas del ejército israelí en el norte de la Franja Gaza, el pasado 6 de diciembre de 2023. Su poema, escrito el 1 de noviembre y titulado “Si he de morir”, está dedicado al que era su hijo y hoy es otro de los miles de menores muertos en esta maldita guerra. Sus apenas veinte versos siguieron vivos, convertidos en un bello díptico, ligado a una hucha de resistencia, también para UNWRA. En mi memoria queda para siempre y resuena el poema entero, pero quizás estábamos allí por lo que dejó escrito en sus últimos versos:


Si debo morir,
que traiga esperanza,
que sea un relato.

Eso es lo que hicimos ayer, en las calles y en los recitales, al decir y al escuchar, al reconfortarnos en el reencuentro con tantas personas queridas que vemos tan de tarde en tarde. En memoria de quienes no pueden hacerlo, seguimos tejiendo el relato contra el genocidio y la muerte de miles de inocentes; el relato de la esperanza posible entre quienes se aferran al abrazo y rechazan que todo sea inútil.

Feliz 2024: paz, salud y un continuo renacer

Un año más, comparto con vosotros un texto que hace balance, recupera sensaciones y os desea lo mejor para los 366 días por venir…

Al hacer memoria de 2023, a través de fotografías, palabras y momentos, encuentro cierto latido que mantiene un compás de alegrías y tristezas marcando los días, igual que en los años precedentes. No obstante, vuelvo a escribir estas líneas desde la gratitud, sabiéndome afortunada; y también, desde la certeza de la propia fragilidad. Este año me sostuve gracias al amor y los afectos, tan diversos como necesarios; al disfrute del arte, que me rescata cuando la barbarie humana me duele y desengaña; y a los viajes, llevaran cerca o lejos, ampliando siempre el aire, el horizonte y la mirada.

Entre las diferencias con los años previos, la más importante ha sido acompañar una despedida, entendiendo cuánto amor había en cada gesto. Sin duda, es uno de los grandes aprendizajes que me deja 2023. Y junto al duelo, el imperativo de atender, abrazar, escuchar y decir mientras podamos. Porque ese legado nos acompañará siempre, dándonos aliento para seguir avanzando.

Estas líneas y la fotografía que acompaña el texto comparten, al igual que el cambio de año, ese momento del ocaso que conduce a un nuevo amanecer. Lo ideal sería soltar lo que no nos aporta, lo que nos daña o fatiga. Y hacerlo cada día, no sólo hoy, cuando antes de inaugurar el nuevo calendario convocamos la ilusión de un reinicio mágico. Aunque le demos a la última noche del año cierto cariz maravilloso, no olvidemos que todas las noches pueden serlo. Y aún más, recordemos que los nuevos comienzos nos esperan a cualquier hora y en cualquier lugar. Del mismo modo que, a veces, el paisaje más bello nos sale al encuentro cerca de casa, como en la foto. Para descubrirlo, sólo hay que tener los ojos abiertos, el tiempo necesario para apreciarlo y la serenidad para celebrarlo como un pequeño regalo, accesible, colectivo y esperanzador.

Ojalá que 2024 sea un año en el que la paz llegue a las zonas en guerra y sea también verdad dentro de cada persona. Ojalá nos acompañen la salud y los abrazos, las sonrisas y las palabras cómplices. Ojalá seamos capaces de encontrar la fortaleza necesaria para mantener la esperanza y renacer, cada día, con nuevos propósitos, partiendo de lo que tenemos al alcance, como en ese paseo sencillo que nos propone renacer siempre, en cada nueva mañana.

Abrazos para el camino.

Un mismo cielo para distintas lluvias

Llovió sobre Madrid. Con furia, sacudiendo persianas y toldos, salpicando los cristales hasta atemorizar al gato. Pero era solo agua. La tormenta ‘Aline’, con su nombre de muñeca para otra infancia. Aunque el rascacielos de enfrente se hubiera borrado en la neblina húmeda, haciendo invisible esa mole de gran hospital que se impone al horizonte de los días despejados.

Solo agua. Ráfagas de viento que agitan las gotas con violencia. Una pequeña alerta que cierra los parques y convierte en ríos y cascadas algunas carreteras y estaciones del metro, salpicado de avisos para que no resbalemos. Carteles amarillos que nos recuerdan nuestra fragilidad. Por fin, comienza el otoño; un otoño enrabietado por los efectos del cambio climático, una sorpresa tras un verano interminable.

Miro alrededor. Me miro. Nos hemos vestido de cualquier forma. La blusa de verano se asoma bajo la gabardina. Hemos rescatado unas botas entre las sandalias. Algunos pies desprevenidos se han calado. Es solo agua. Después de la calle nos espera un techo. Un techo y un armario o más de uno, y ropa seca. Un par de botas de invierno, quizás más de un par.

Como muchos jueves, tengo una cita médica; un momento para el dolor y su remedio. Recorro la calle sorteando paraguas y charcos. Por fin, ha perdido su pátina pegajosa y sucia. A la luz de las farolas, los charcos son el espejo de luces brillantes y siluetas apresuradas. Las aceras tienen un aire luminoso de nostalgia. Es solo agua, repito, intentando calmar la prisa de otros transeúntes y refugiarme en esta tarde extrañamente bella y dolorosa a un tiempo.

Antes de salir, había encendido la televisión. Mientras diluvia sobre mi ciudad, mucho más vacía que otras tardes, no puedo dejar de pensar en Gaza, donde llueven misiles y fuego, y el agua está cortada desde hace semanas. Sus alarmas son aullidos de muerte. Sus edificios son polvo de piedra pulverizada. Fueron vivienda, mezquita y escuela. Hoy son escombros. Ni armarios, ni botas ni ropa.

Me resulta inevitable recordar otro jueves, el 24 de febrero de 2022. Aquel día, el parque infantil donde aguardo la hora de mi consulta estaba lleno de niñas y niños vestidos de carnaval, y no faltaban los disfraces de superhéroes, hadas y seres mágicos. Aquella inocencia infantil contrastaba con las vidas suspendidas por la guerra de Ucrania, porque la invasión de su territorio había comenzado en la madrugada previa. Viví la desolación de la zona de juegos como la metáfora de una derrota que nos concernía como humanidad, a todos. También recordé que esa guerra no era la única. Dieciocho meses después, continúa, igual que otras tantas. Es más próxima y, por eso, le prestamos una cierta atención, pero ha perdido su desgraciada novedad.

Recorro el parque infantil. Tras el diluvio, los columpios rebosan agua y el suelo mullido anticaídas es una esponja encharcada. No hay rastro de niños o risas. En algunas zonas, el agua levanta un palmo sobre el suelo. Relaciono esa cantidad desmesurada de agua con la guerra de Israel contra Palestina, tan antigua. Una guerra que no comenzó este mes de octubre sino hace décadas. Aquí se acumula el agua y se equivocan los espacios. Allí se superponen las capas de odio y se mastica la desesperanza.

Pensar en Ucrania me lleva a la maternidad de Mariupol. La imagen de aquella mujer embarazada y herida, cuya criatura murió en el ataque antes de nacer. Supimos que ella falleció a los pocos días. Ahora, hemos aprendido otro nombre: el del hospital Al Ahli de Gaza. Las imágenes presentan cuerpos cubiertos y cuerpos heridos, un dolor desbordado. Se suceden tantas tragedias que nadie las narra. Además, apenas hay testigos. Muchos gazatíes levantan sus ojos a ese cielo reseco que es su único cobijo, con la mirada casi perdida. Un cielo encendido por llamaradas tan vergonzantes que nadie reconoce como suyas.

Llovió en Madrid durante horas y horas. Pero era solo agua. Aunque ese desbordamiento sobre las aceras removiera nuestras lágrimas, el cielo ha recuperado su azul. Mientras tanto, se ha abierto el paso fronterizo de Rafah. Otro nombre nuevo para la cartografía de los conflictos internacionales. Constituye una pequeña esperanza, pero también es la mentira hecha nudo y propaganda. Los veinte camiones autorizados para entrar en Gaza transportan muy poco frente al desastre que viven sus habitantes. Son un paraguas en mitad del diluvio, para una franja sin agua luz ni medicinas, que vive amenazada por los truenos y los relámpagos de la guerra.

Sé que soy afortunada. Nuestras emergencias son nimias frente a otras, nuestro dolor es casi de andar por casa, pero se agranda porque aún no hemos perdido la empatía. Y aunque duela, más vale que la mantengamos firmemente enraízada. Qué bien que Meryl Streep, cuyo trabajo artístico nos ha emocionado tantas veces, aprovechando el gran micrófono que tenía ayer, haya reivindicado esa palabra. Ojalá resuene más fuerte y más lejos, hasta hacerse realidad. Ojalá sea posible la tregua, y después la paz.

Septiembre, el eco del reinicio

El calendario astronómico nos mantiene en el verano, aunque hace tiempo que arrancamos, ¡ay!, la hojita del mes de agosto y las lluvias, entre apocalípticas y deseadas, nos han metido en el otoño.

No queríamos verlo, pero nuestra ciudad y nuestra vida ya otoñaban, igual que los castaños de los parques, que fueron los primeros en perder su verdor (antes, incluso, de que hiciéramos las maletas de las vacaciones). Sus matices se suman a la confirmación apabullante de la llegada de un nuevo tiempo: el curso escolar 2023/24. Es decir, el inicio del año para quienes tenemos septiembre marcado como principio de propósitos y tareas, de obligaciones y promesas.

A veces el azar, que no nos ayuda con la combinación premiada de la lotería, nos ofrece otras señales. O tal vez, estamos dispuestos a buscar la carambola cabalística en las cosas, con el fin de ver tréboles de cuatro hojas por todos lados.

Es lo que me ha ocurrido este septiembre, en el que mis primeros compromisos laborales me llevaron a las instalaciones de la Universidad Complutense y las tormentas del primer fin de semana me recordaron aquel de hace cinco años en el que Fénix y yo empezamos a habitar las paredes de nuestra nueva casa. ¿Son señales? ¿Significan algo? ¿Le estoy sumando excesiva carga mágica al azar de una reunión y una tormenta de verano?

Es posible que no haya nada especial. Pero me gusta reinterpretar este tipo de guiños. En este nuevo inicio vital que me he propuesto, prefiero intuir la corriente secreta de los ciclos. Las etapas que se cierran para abrir periodos de nuevos aprendizajes de los que empiezo a ser consciente. La certeza de lo que he de asumir para vivir de otra manera.

Los cinco años con Fénix me interpelan sobre un proyecto literario iniciado en su encuentro; demorado, retomado y abandonado a lo largo y ancho de este lustro por todo tipo de motivos. Ahora sé que pondré el punto final. Que abandonar y desfallecer no son respuesta.

A finales de agosto y comenzando septiembre, la Ciudad Universitaria estaba casi vacía y su silencio era un marco perfecto para preguntarme qué persiste de la joven que pasó ocho años seguidos en ese campus para salir con dos licenciaturas, algunos sueños ya rotos y muchas ganas en los bolsillos.

Caminando de nuevo por aquel paisaje olvidado, comprobé que la Ciudad Universitaria y yo éramos distintas, aunque también las mismas. Sus edificios precarios de otro tiempo habían desaparecido o se habían asentado. Ya no quedaba nada del cubículo prefabricado y provisional de un banco donde se podían pagar las tasas. Sonreí al recordar aquella promoción tan pretérita como naíf con la que, si te abrías una cuenta para fraccionar el pago de la matrícula, te regalaban una carpeta archivadora con el logo del banco. Resulta irónico: aquella entidad bancaria, tan fulgurante a comienzos de los noventa, ya no existe más que como el caso de un escándalo financiero. Enfrente, lo que había sido un solar, se ha convertido en un Jardín Botánico cuyo edificio de acceso incluye una cafetería que me hubiera encantado disfrutar en aquellos años y a la que tal vez acuda de visita algún día, por pura nostalgia.

Ante Ciencias de la Información sentí un arrebato de rencor. Periodismo fue una carrera frustrante y hueca, salvo por contadas y honrosas excepciones que me animaron a concluir sus cinco años. Otra vez cinco. Pero he de reconocer que, en parte, soy quien soy gracias a aquellos cursos y sus distintas derivadas. Por eso, en unos segundos, pasé del rencor a la reconciliación, asumiendo que muchas voces intentaron disuadirme y no quise escucharlas. No debo echar balones fuera. Antes de conocer su nombre, ya albergaba el síndrome de la impostora. Por eso me empeñé en obtener el título que parecía más adecuado para ejercer una profesión que me apasionaba. Los años han demostrado mi error. Incluso el título estaba, en parte, equivocado.

También me detuve ante el edificio que entonces se llamaba “Antiguos comedores” y albergaba la zona para trámites del alumnado. Ante su estructura y solidez presentes, emergía el contraste de lo que hace más de treinta años resultaba precario y por hacer, igual que los rituales compartidos. La apertura de curso era un acto oficial sin estudiantes, un desfile de autoridades que nos eximía de ir a clase. No se organizaban eventos al finalizar el curso ni la carrera: recogías las últimas ‘papeletas’ y preguntabas en secretaría cuando estaría el título. Así de huérfanos. Incluso la orla, cargada de solemnidad, era un mero apuntarse y hacerse una foto en un pasillo con birrete de prestado.

Ante la avalancha de recuerdos, fue inevitable volver la mirada a los versos del poema “No volveré a ser joven” de Jaime Gil de Biedma, que tan acertadamente se leen en el vestíbulo del metro de la estación de Ciudad Universitaria.

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Con menos amargura que él, quise hacer las paces con esos deseos de llevarme la vida por delante, y agradecí haber llegado hasta aquí. Con más canas, más kilos, más años y no pocos disgustos, pero también más consciente y más atenta a lo que, precisamente, hay que aferrarse para que la vida mantenga el placer de su sentido.

Antes de volver a casa, con el poema aún vibrando en la cabeza, me detuve en el cielo azul brillante; en el bamboleo de las ramas de los árboles, tan bailarinas y luminosas, en aquella mañana de septiembre en la que todo invitaba a ser estrenado con las mismas ganas que yo misma le puse a cada curso escolar.

Me gustó ver un resto nebuloso extendido, pintando un renglón blanco en el cielo. Y pensé que ese subrayado era la clave. Porque los énfasis son nuestros. Sólo nosotros deberíamos establecerlos y luchar por ellos. Mientras la vida nos lleva a galope, en nuestra mano están los límites y los márgenes innegociables, los espacios y los sueños que nos salvan. Contradiciendo al poeta, vivir con plenitud en el presente es el único argumento de la obra.

Verano de memoria, sentidos y extrañeza

He percibido cierta extrañeza al comenzar este verano. Supongo que no se debe sólo a la convocatoria electoral, sino a sensaciones más íntimas. Quizás, porque el verano pasado me permití unas vacaciones extraordinarias, y al inicio de éste, han regresado con fuerza las preguntas de entonces y las respuestas son un remolino que me incomoda. Quizás también por la proximidad entre el cambio de estación y el Día de las Personas Refugiadas, que me sumergió en la sensación de bucle y desesperanza que facilitan las noticias diarias. Tenía un texto a medias, pero volvió a paralizarme la pregunta de si tiene sentido escribir y aún así, aquí estoy, de vuelta al teclado para que el blog tenga cierto movimiento (me abochornan tres textos publicados como balance de medio año), para dar sentido a los propósitos de hacer lo que me gusta y, seguramente, porque no sé vivir sin la escritura.

El verano del hemisferio norte se inició ligado a la tristeza de la memoria, al cumplirse un año de las muertes en la valla de Melilla, un aniversario de vergüenza, silencio y causas archivadas; devoluciones ilegales, muertos y desaparecidos sin funeral. El calendario también nos recordaba la sombra alargada e inútil del Día de los Refugiados. Una fecha que, en cada balance anual, arroja cifras más abultadas, mientras la Unión Europea maldice sus principios, construyendo un relato indecente del que las mafias y ciertos regímenes siguen sacando pingües beneficios. El texto que escribí en este blog allá por 2019 hubiera resultado nuevamente válido de no ser por el constante incremento de las cifras y porque este año dos noticias radicalmente opuestas miraban al mar: un naufragio sin precedentes en aguas griegas y la búsqueda de cinco aventureros millonarios tras el rastro del Titanic. Dos hundimientos y dos varas de medir, dos balances de víctimas mortales y una alarmante brecha entre la atención mediática y los recursos desplegados.

Lejos de la costa, en el caluroso verano madrileño, el mar no es más que una promesa y un horizonte más o menos remoto. En estas calles, cuando aprieta el calor, lo único que sabemos es que Madrid se vuelve más intenso e irrespirable, como si el verano dejara de ser una estación o un reclamo publicitario y se volviera una palabra sólida, insoslayable… En paralelo, las noches insomnes se multiplican. De modo, que los sentidos se agudizan mientras nuestra cabeza se atonta, presa del calor y del cansancio acumulados.

Es el mismo calor de todos los veranos, pero nos sacude de un día para otro. De pronto, los olores resurgen más fuertes que nunca: tanto el de las esquinas donde se superponen los orines como el de los diversos tipos de acacias, cuyas flores parecen estallar con las altas temperaturas. Bastó pasar cerca de un árbol casi incandescente para recordar un olor de la infancia, el “pan y quesito”, cuyas florecillas mordíamos sin entender el nombre, porque aquello no era ni pan ni queso, sino la sensación de merienda y golosina callejera. La vista, los ojos sufren, y es imposible avanzar sin gafas de sol ante una luz que hasta el anochecer implica un castigo furioso. Y el tacto vive en permanente alerta, pues rozar una barandilla o sentarse en un banco metálico a esperar el autobús puede quemar más que un mal sueño. En el caso del oído, tampoco le va mejor, sometido al ruido incesante de las ventanas abiertas por dónde se cuelan la discusión y la jarana, y el rumor de todo tipo de motores. Aunque agradezco el cansino y ruidoso aleteo de las chicharras, que confirman que es posible sobrevivir al calor y ponerle música, ese fondo sonoro que también había olvidado. Por su parte, la lengua seca insiste en reclamar agua, hasta el punto que cada peatón carga su botella, como si fuera un bastón que ayuda a no desvanecerse.

En el primer intento de escapada a la sierra, me equivoqué de tren o de andén o las dos cosas. Los retrasos se encadenaban en la estación y bajo el sol que cubría todo el andén, mis sentidos fallaron. Si hubo avisos por los altavoces o mensajes luminosos no les presté atención, sumida en el cansancio de un viernes por la tarde y la rutina de un viaje que he hecho incluso con los ojos cerrados. Pero no, uno no puede confiarse en el caos incesante de una ciudad donde las dinámicas urbanas (las obras, las incidencias, los cortes del servicio…), han superado el alcance de nuestro entendimiento y resistencia.

Después de quince minutos de solanera, agradecí tanto el aire acondicionado del tren que no atendí más razones. Una vez sentada, me relajó la sensación de movimiento, atravesar La Casa de Campo, coger aire en sus árboles y en el azul artificial de varias piscinas. El paisaje era el de siempre. Pero al dejar atrás Las Rozas, el tren dio un giro que se me hizo raro, aunque no le presté atención, fascinada como estaba ante la vista de jovencísimos corzos. Su belleza me impidió razonar, aunque algo iba mal. En mi aturdimiento, tampoco reaccioné al percibir que las torres del final de la Castellana se iban acercando, convertidas en figuras que se derretían bajo una luz implacable. En aquella sensación onírica, de corzos vivos y edificios llameantes, se escondía la realidad de que atravesábamos el Monte del Pardo en dirección a Madrid.

Salí del sueño a golpe de megafonía, está vez, sí, cuando una voz metálica anunció la llegada a Pitis, de nuevo en la capital. Salté al andén de una estación que no había pisado nunca, donde los demás viajeros también parecían náufragos a la espera de un destino incierto, ante la letanía de monitores y altavoces que explicaban lo obvio: “el servicio no se presta con normalidad”.

Recuperé la sensación de calor y cansancio, también las ganas de llorar. Tras una semana laboral agotadora, el fin de semana comenzaba desbaratando planes propios y ajenos. En Alpedrete, me esperaban para compartir la lectura de Mª Ángeles Pérez Lopez, y su Libro mediterráneo de los muertos, pero en aquel nudo ferroviario, el mar estaba tan lejos como la poesía. Mientras las voces de la catástrofe hacían metáforas hiperbólicas en mi cabeza, un mensaje amoroso me recordó que el mundo no se acababa ahí, y que tanto la poesía como el abrazo, esperarían el primer tren. Y yo, volví a aferrarme a la risa y a la esperanza. Y a desear un buen verano. Ojalá lo sea para quienes seguís estas líneas.

Un nuevo cumpleaños

Quiero agradecer al tiempo la celebración de la vida, con un nuevo cumpleaños.

También quiero agradecer su tiempo a todas las personas que se acordaron de la fecha, y me dedicaron el suyo.

He recibido muchos, muchos mensajes. Hoy en día, se multiplican los canales y las sorpresas, los formatos. Hay palabras y emoticonos, hay voces que llegan desde miles de kilómetros, videos, canciones… También hay besos y abrazos cercanos, los que son posibles. Y la fortuna de saberse querida, en cualquier caso.

El 23 de abril de este año comenzó en su vigilia: la enésima noche de insomnio. Como al día siguiente era domingo, podía permitirme el lujo de no sufrir pensando en un despertador y un listado de tareas implacables. Esperaba un día relajado.

Fui llegando al amanecer despacio, imagino que igual que en aquella madrugada de hace 52 años, cuando las progresivas contracciones iban anunciándome.

La noche fue un viaje. Una mirada al año vital que se cerraba y al que se abría. Otro balance. ¿Qué le vamos a hacer? Soy una pesada de las fechas señaladas y los buenos propósitos.

A última hora, me venció el sueño; y al despertar, no se oyó el llanto del bebé sino los pasos de la mujer que soy. Un poco más lenta hacia la ducha, y al encuentro con los míos.

Ya había llegado un ramo de flores, también el libro que, todos los años, me auto-regalo. Después, los detalles de otros. Aquello en lo que pensaron que me haría feliz. Cómo no serlo. Compartir desayuno y almuerzo. Poder echarme una siesta que resultó sanadora. Mi tiempo es mío, a veces, y entonces, es un regalo de los mejores.

Y al caer la tarde, un paseo y una charla cómplice; las manos y las palabras propias y ajenas al encuentro de los deseos y los sueños; la literatura y los proyectos en curso, como una nueva determinación y un rumor de fondo. Porque escritura y lectura siempre estuvieron. Y nacer en el día del libro siempre fue un regalo. ¿Qué me iban a regalar?

Antes del anochecer, los ojos disfrutaron de la belleza de un paisaje próximo y arrebatado. El arrebol, las nubes de la lluvia imposible, los colores del cielo de Madrid, las siluetas que prendieron la imaginación de la infancia, la certeza de los árboles, la luna en sus primeros días de fase creciente junto a Venus.

Hoy tarareo la canción “Gracias a la vida”. Y sé que detrás de ese agradecimiento están las muchas manos que me sostienen, todos los ojos que me siguen leyendo, y me alientan. Por mí y por ellos, en esta nueva vuelta al sol, me propongo dar trabajo a la imprenta.

El tiempo y su azar dirán.

Mientras tanto, aquí queda escrito, y sigo tarareando, afortunada.

Viajar para volver a ser

Si no fuera porque ya la escribí, esta entrada podría titularse “Sin noticias de mí”. He dado un respingo al verme en abril y ser consciente de que no escribo en este blog desde que os hice llegar mis mejores deseos para 2023, en un remoto 31 de diciembre.

Abril… La primavera, mi cumpleaños, el día del libro y “el mes más cruel” del calendario, según aquel poema de T. S. Eliot que, en su libro La tierra baldía, lo condenó a la tristeza. Sonrío al poeta desde el propósito de contradecirle. Porque nada me gustaría más que un abril luminoso y esperanzado, un abril que traiga lluvia a raudales y también la energía y la vida del agua buena.

Echo la vista atrás… Reviso lo que no os he contado y anoté en líneas dispersas que no llegaron a conformar un texto cabal. Algunos libros que descubrí en sus respectivas presentaciones: La mujer imposible, de Ana Pérez Cañamares; Bellas damas sin piedad, de Lourdes Martínez; Sinfonía en rojo, de Elisabeth Mulder; Poesía, de Karin Boye; Anna (Capital Semilla), de Gsús Bonilla; Toma de tierra, de Yayo Herrero… La reflexión sobre la palabra y la experiencia poética de Federico Ocaña y Sonia Bueno, quienes en el VI Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, lograron conmoverme y reconectarme con ciertos proyectos; al igual que la ironía y la inteligencia de Enrique Vila-Matas en el Festival Capítulo Uno o el imponente recitado de La tumba de Keats, en la voz siempre vibrante de mi querido Juan Carlos Mestre. Espectáculos de ópera como Arabella, Aquiles en Esciros, La nariz, que disfruté desde ese paraíso que sigo interpretando como un premio; maravillosos conciertos de música de cámara en la Fundación Juan March; exposiciones como “Detente, instante” (una visión panorámica de la historia de la fotografía), o “Revelación”, de Leonora Carrington (que os recomiendo, porque sigue hasta el 7 de mayo en la sede de la Fundación Mapfre de Madrid). Y varias películas que me llevaron a otras vidas y otros tantos libros que, a pesar de su pálpito de deseo y necesidad, se multiplican sin leer y son el testimonio apilado del quiero y no puedo.

Sin duda, no han faltado ocasiones para un crónica cultural… Y sin embargo, otra vez, el cansancio y el llanto se aliaron en mi contra. La muerte de un amigo me paralizó, de nuevo el dolor de las preguntas sin respuesta, al constatar que convertimos la existencia en un remolino donde relegamos lo principal. También me interrogué por el calvario absurdo de la supervivencia, concebida como arrastrar un pie detrás del otro. Reflexioné por los pensamientos saboteadores que paralizan los deseos. Volví a cobrar conciencia de mi debilidad ante el daño que ejercen otros. Y de todo ello, volvió a emerger la sombra de una fractura íntima, demasiado persistente y profunda.

Afortunadamente, marzo me regaló dos viajes que han supuesto un revulsivo: Olomouc y Ginebra. Aunque todo viaje tiene su dimensión de descubrir o redescubrir lugares nuevos, alejados de nuestro mapa habitual, el propósito de ambos viajes no era el turístico, sino, por encima de todo, el abrazo. Visitar a personas que no están en Madrid, y que al abrirnos sus vidas y compartirlas, sirven de palanca para un reencuentro personal; porque a veces, al dialogar y pasear con otros, volvemos a escuchar antiguos latidos, que fueron fundamentales.

En Olomouc, una bella ciudad monumental checa, al recorrer los edificios de la universidad, recordé aquellos cursos remotos de veranos en el extranjero. Aunque se abría un abismo entre presente y pasado, fui capaz de rescatar aquel deseo por aprender y vivir. Estoy segura de que, si pudiera darse el imposible encuentro entre la joven estudiante que fui y la mujer que ha cumplido más de veinticinco años de experiencia profesional, les costaría reconocer la correlación entre los esfuerzos y los logros. Aquella joven se sentiría decepcionada y tal vez fuera capar de echar en cara la palabra fracaso a la otra. Sin embargo, esa misma, con el peso y el paso de los años, tendría que explicarle que la vida no es tan fácil y que quizás el gran error sea apostar por lo absoluto. Hay elecciones, decisiones y azares que marcan las cartas del futuro. El balance del presente quizás no sea el que alguna vez se soñó, pero a estas alturas empezamos a entender que los sueños rara vez se cumplen. En algún momento, más que a los sueños, apostamos a la realidad y ésta, desde su prosaísmo, nos mantiene pegados a la seguridad del suelo, en un moderado equilibrio más material que emocional. En Olomouc, me encantó visitar la biblioteca universitaria, repasar los anaqueles, recordar miles de horas de estudio… La idea quedó en el aire y, quizás no sea tarde para un nuevo curso, con un cuaderno especial; formalizar una matrícula y volver a esforzarse por la mera satisfacción personal.

Ginebra, la histórica ciudad refugio a orilla del lago Lehman, me resultó acogedora nada más aterrizar, aunque habían pasado muchos años desde mis visitas anteriores. A pesar de la noche, el paisaje y las calles resultaban reconocibles. A pesar de la falta de lazos de sangre, un piso distinto era un hogar lleno de abrazos y deseos de ser hermana y tía. Y es que los años también me han enseñado que la familia enmarcada por dos apellidos se puede ampliar con personas que encontramos fuera del techo que nos dieron nuestros padres. Los primeros días fueron familiares: acompañar al colegio, ayudar a recortar o colorear, redescubrir el juego y el lenguaje, disfrutar del aire libre en un paisaje verde, compartir la inocencia de la risa… Y con todo ello, el viaje hubiera sido perfecto para devolverme a un mundo de afectos y manos, de palabras que acompañan y consuelan, de existencias que se hacen más fuertes en los aprendizajes compartidos. Pero, además, disfruté de algunas horas libres y solitarias en las que recuperé la sensación de viajera. En ellas, al volver a hacer fotos, afloró el placer de la mirada que intenta atrapar una belleza distinta y al mismo tiempo, atrapa al testigo. Curiosamente, las imágenes que iba atesorando en el móvil, me iban revelando lo inesperado. Así, en una foto donde aproveché un cristal que hacía de espejo salí desenfocada y en un selfi con un paisaje azul y repleto de edificios, el fondo salió quemado y sin contraste, mientras yo sonreía. En ese momento en el que, perpleja ante el resultado, intentaba otro enfoque, peleando con un viento fortísimo en la torre de la catedral de Saint Pierre y un brazo demasiado corto para un buen encuadre, apareció un turista que se ofreció a hacerme la foto. Aunque me gusta hacerlas a mí, su sonrisa y su disponibilidad me convencieron. Y le reconocí que era mi mejor retrato de aquel día. Enseguida junté las piezas de la jornada, y concluí que somos mejores cuando nos dejamos ayudar.

Volver a ser es un camino largo y consciente, personal y acompañado. Habrá días grises, pero a falta de luz, me aferraré a otras manos y voces. Habrá que ir desterrando, de una vez por todas, esas certezas absolutas que sólo enmascaran excusas. Habrá que reconocer y buscar un equilibrio entre suelo y cielo, realidad y proyectos. Habrá que volver a ser lo mejor de aquella joven que fui, con la experiencia acumulada y la certeza de que la vida es el gran viaje que tenemos al alcance.

Con el impulso del amor, feliz 2023

A punto de cerrar el año, vuelvo a hacer balance. 2022 me puso ante el espejo de la fragilidad y me dio la oportunidad de recuperarme. Llego a sus últimas horas más fuerte y consciente de la importancia de los afectos, la salud y las pequeñas cosas que constituyen la vida. Lo cierro con una sonrisa, dispuesta a mantenerla en 2023: con gratitud y sabiéndome afortunada.

Como si se tratase de un periódico muy personal, repaso el diario y las fotografías del año vivido. Me acuerdo de las experiencias de nuevos libros, lecturas compartidas y el contacto estimulante con autores que admiro. Rememoro sesiones de cine y teatro, algunos conciertos de músicas diversas y evocadoras, y noches de ópera. Exposiciones de fotografía, pintura y escultura dejaron la impronta de la mirada de otros, su trabajo con la materia para reflejar lo que son, lo que somos, ese conflicto que late en el arte y nos cuestiona… También ha habido viajes. Escapadas donde disfruté del rumor de los árboles, el reencuentro con el mar y la certeza monumental de la piedra. A veces se nos olvida que estamos rodeados de belleza, ya sea en un bosque, en una playa o a la sombra de lugares tan mágicos como la Alhambra o las iglesias románicas de Castilla. Todos estos espacios han sido refugio para un mundo que sigue siendo hostil en muchos aspectos: en la acción que no atiende al bien común, en la agresión y el olvido a quienes no tuvieron la suerte de un pasaporte privilegiado. Después de tantos meses de repliegue interior, volví a participar en algunas manifestaciones con la misma sensación simultánea de siempre: la inutilidad del gesto y su imperiosa necesidad. Supongo que en un mundo tan saturado como el nuestro, es bueno que aún alguna noticia nos golpee hasta movernos del sofá. Que sigamos siendo sensibles ante una barbarie que nos hace preguntas incómodas. Seguirán ahí en 2023 y volveremos a estar obligados a abrir los ojos.

No obstante, lo más importante de 2022 no está en las fotos sino en la recuperada experiencia del tacto. Los reencuentros felices con las personas que quiero, los abrazos que han sido tan posibles como inesperados, celebrar los cincuenta que aplazó la pandemia, volver a compartir una comida, bailar viejas canciones, sentir la caricia necesaria en la complicidad de lo cotidiano. Lo más valioso que tenemos es el amor, el afecto y el cariño de las personas que queremos y sentimos a nuestro lado. Y lo bueno de este año fue descubrir que no importaba el tiempo que hacía desde el último abrazo, todo parecía haber quedado suspendido en un anteayer más emocional que real, y era posible retomar la conversación en el mismo punto donde se había quedado, volver a besarnos casi como en aquella remota y primera vez.

Busco una imagen para cerrar este año y abrir el nuevo, y rescato una fotografía de un maravilloso paseo otoñal que recupera el placer de lo cercano. Alrededor de mis pisadas, estaban las piñas y las hojas caídas de los árboles, y bajo su sombra fermentaba silenciosa la renovación constante de la vida, un germinar y crecer tan callado como una caricia, tan necesario como un abrazo. Junto a los restos caducos, los nuevos brotes alentaban el futuro, brillante de gotas de lluvia. Una imagen que no tiene nada de naturaleza muerta sino de lo que merece la pena ser conservado y cuidado, lo que tenemos tan cerca de nosotros que puede pasar desapercibido ante nuestra prisa. La naturaleza nos ofrece calma, belleza y una lección de paciencia. En su silencio y su sencillez es más fácil descubrir quiénes somos y escuchar quiénes queremos ser.

Os deseo un año 2023 de buenos momentos, de escucha y caricia, de compartir y cuidar, de dar y recibir, de valorar lo que tenemos y sabernos afortunados, de afrontar cualquier intemperie con la certeza de un renacer más pleno.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑