Mala pata y buena suerte

Contemplabas cómo nevaba. El ritmo lento de los copos ralentizaba el tiempo. Esta vez era posible perderlo para contemplar la belleza, ese caer pausado y blanco, esa fiesta para los ojos. Minutos después, la lluvia y los rayos de un sol burlón. De pronto, una llamada de tu madre, completamente a deshora: “me han atropellado, me llevan al hospital”. Y toda la furia de la urgencia.

Pasados unos segundos, quizás minutos, cuando puedes pensar lo que acabas de escuchar, agradeces la voz que certifica la consciencia. Inmediatamente, también agradeces a tu propio corazón que soporte noticias a bocajarro. Y al llegar al hospital, das las gracias a quien ha dejado todo por llevarte y al cielo, porque el único daño parece estar en un pie.

Silla de ruedas, triaje. Silla de ruedas, rayos x. Silla de ruedas, consulta. Todo el mundo asume que empujar una silla de ruedas es fácil, incluso con los nervios de dos, con dos bolsos, dos abrigos, media cabeza y un ay sostenido. En la última consulta, te explican todo muy rápido (los sanitarios no están para perder un minuto y menos un día de nieve y hielo). Hay dos huesos fracturados. Un nombre que estudiaste hace décadas, el metatarso, y uno completamente nuevo, el maleolo. Junto al diagnóstico, prescripciones farmacológicas y clínicas, y una nueva cita, en tres semanas. Por encima de todo: que no apoye el pie o será peor (desplazamiento, cirugía, más tiempo de recuperación). Por primera vez, inyecciones de heparina. Y como no conduces, una ambulancia para el traslado al domicilio.

Hasta aquí llega el sistema, y agradeces lo que hay. Has perdido la cuenta de las veces que has dado las gracias hoy, a pesar del accidente, porque la desgracia podía haber sido total, a pesar del paso de cebra. Pero el sistema se desentiende de los cuidados. No pregunta quién puede levantar un peso herido de casi ochenta años sobre una pierna ni importa si alguien tiene miedo de las agujas. Tampoco se pregunta si, fuera del hospital, hay silla de ruedas, ascensor, plato de ducha o el número de manos que soportarán el auxilio… Lo que has visto en amistades y familiares entra en tu casa o, mejor dicho, en la casa de tu madre. Das las gracias, otra vez, porque es leve y cuestión de semanas, aunque sabes que es un nuevo principio. Hacía muy poco que habías comprado el tiempo para ti y demasiado pronto descubres que no decides nada. El tiempo, quizás, cotiza en un mercado que ignoras, tan volátil como la bolsa. La vida, seguro, son los planes que no teníamos.

Con los días de cuidados te enfrentas a un cambio vital y generacional. En la cocina, emplear los utensilios ajenos, desconocer el cómo de todos los electrodomésticos, pelearte con cada botón. En los armarios, buscar varias veces sábanas y toallas, servilletas y manteles. Aconsejas sin ser escuchada. Eres cabeza de familia y tu autoridad hace aguas en cada reproche. Las cosas que hagas o digas no serán suficientes ni correctas. Has entrado en un túnel del tiempo que te vincula a la infancia y algunos de los lastres que creíste haber soltado. Agradeces tantos años de doctorado cum laude en paciencia, a pesar de su trampa. Será la mejor medicina para compartir, además de los brazos.

Algunas voces cercanas se afanan para que recuperes la sensatez. Insisten en la suerte de la mala pata, porque la lesión no es grave. «Agradece que no ha sido peor», te dicen. Se multiplican los espejos y las comparaciones. Recuerdas lo que has ido leyendo en el maravilloso blog Te hablaré de mamá, escrito por dos hermanas rehermanadas por los cuidados. El mundo se tambalea en cada informativo: hay miles de desplazados por tormentas furiosas en España y varias masacres impunes que nos van noqueando calladamente: Gaza, Cisjordania, Irán, el ICE en Estados Unidos… Seguramente, sea cierto que no tienes derecho a quejarte. Pero, ¿hemos de callar y sabernos privilegiados en un sistema de bienestar que se derrumba ante el auge de un nuevo fascismo que quiere sacar tajada de la ignorancia y el odio?

Si ponemos las luces largas es aún peor. Algunas noches te preguntas qué seremos en unos años quienes hemos elegido no tener hijos, cuando se nos partan un par de huesos y no haya nadie que empuje la silla de ruedas ni nos lleve al baño.

Inmediatamente, vuelves a las luces cortas y los intermitentes de emergencia. El tiempo y la vida tienen planes que ignoras. Es mejor volver al presente: escribir y leer en las pausas posibles. También te aferras a las imágenes portentosas de la magnífica película Hamnet (2026), que has visto en uno de los relevos. Cuando Agnes se tambalea, ella misma o su hermano Bartholomew se aferran a la frase que su madre les dejó para vivir: “cuando tengas dudas, mantén el corazón abierto”. Eso haremos, una vez más.

Nuevo cuaderno y viejos bolígrafos

Tras un par de semanas con compromisos laborales, por fin, he inaugurado mi año distinto. Aunque el mundo siga ofreciéndonos unas dosis de dolor inaceptables, tras salir de una larga e íntima espiral de tristeza, mi camino se aferra a la vida y abraza las pequeñas alegrías y los buenos momentos que se presenten al alcance, en el marco del regalo que, tras casi treinta años de trabajo asalariado, he podido concederme. El regalo del tiempo, un año de excedencia laboral que comencé hace apenas ocho días y fui preparando desde los albores de 2026.

El primer cambio lo asumí el mismo 1 de enero, al elegir el cuaderno que será mi ‘Diario’ de este año, una práctica que mantengo con continuidad desde hace décadas. Últimamente, usaba agendas de tamaño cuartilla, donde todos los días de la semana ocupan el mismo espacio, y las fechas y horas sirven de pauta. Para 2026 recuperé un precioso cuaderno que, precisamente, por su delicada factura, no había estrenado aún.

Cuidadosamente guardado para alguna ocasión especial, recordaba su forma pero no su portada. Y al reencontrarlo, entendí que el libro al que aludía ‘Alicia en el país de las maravillas’ (Alice’s adventures in Wonderland, como reza el original reproducido en su cubierta), podía ser un buen presagio. Es cierto que para narrar la vida, para escribir para una misma, vale cualquier cuaderno, como ya nos demostró mi admirada Carmen Martín Gaite. A estas alturas, creo que he usado todo tipo de formatos y texturas. Desde pequeña, todos mis cuadernos fueron tesoros preciados de los que incluso salvaba sus últimas páginas en blanco cuando concluía un curso escolar o un proyecto esbozado a mano.

No obstante, es bueno que las ocasiones especiales sean celebradas como tales, inventando ritos cuando estos no existen, creando nuestro propio juego de amuletos y señales. Qué mejor que escribir este año sobre un papel sin renglones, sin números, con la invocación de la imaginación y la fantasía para anotar la vida de forma distinta.

El nuevo cuaderno me ha llevado también a repensar los materiales de escritura. Soy de usar cualquier tipo de bolígrafo, y apurarlo hasta el final. Los bolígrafos que llegan a casa, comprados, regalados o de carácter publicitario, van quedando en una caja metálica de bombones. Si al cogerlos no escriben, intento resucitarlos con garabatos sobre el papel o calor sobre la bolita reseca, como si un bolígrafo no pudiera quedarse con algo por escribir. Sin embargo, he recordado un par de bolígrafos especiales que habían quedado olvidados al agotarse su recambio y he decidido volver a usarlos. Ambos fueron el regalo de personas que reconocieron mi escritura y quisieron darme su aliento. En este tiempo sin excusas externas, me vendrá bien sentir su certeza de metal, resistente a pesar de los años, y aferrarme a ellos cuando mi propósito se tambalee.

Escribo estas líneas en la pantalla del ordenador, con una letra ampliada por el zoom, porque mis ojos cada vez exigen más tamaño. La mesa vuelve a resultar más ancha, una vez que he retirado los documentos y libros que provenían del ámbito laboral. Desde la pandemia, los espacios se mezclaron y las palabras que habían permanecido en atmósferas distintas se vieron forzadas a convivir. Al retirar papeles y carpetas ahora inútiles, reparé en que la mesa estaba sucia, de polvo, de pelusas y de prisa, de no mirar atentamente, de cercos de vasos y cierta desidia. Limpiar la mesa con esmero ha sido preparar también el camino. Junto al ordenador, tengo una botella de aluminio para que nunca falte el agua, un flexo que puede reforzar la luz cuando haga falta y, por supuesto, un elefante de madera que me trae el recuerdo de una persona muy querida que ya no está y siempre me animó a escribir.

Así pues, esta primera semana sin obligaciones laborales ha servido para poner orden y cuidado, y convertir viejos regalos en inesperados amuletos para la nueva travesía. Apenas he escrito, pero todas las tardes he salido al encuentro de la palabra ajena. La agenda se prestó para ello. Me acerqué a conocer la labor de Nueva York Poetry Press; escuché a Constantino Bértolo, comentando su último libro, El arte de rechazar manuscritos; celebré a las autoras que voy a descubrir gracias a la antología de mujeres poetas del surrealismo titulada La llama ebria, coeditada por Bartleby y La Torre Magnética, en un acto donde volvimos a recordar a Eugenio Castro; asistí a una conferencia sobre personas sin hogar en la que me contagié de una cierta esperanza, porque hay soluciones que cambian vidas, siempre y cuando la política institucional acompañe; disfruté de un nuevo encuentro del ciclo ‘Poesía y Psicoanálisis’, que sirvió para profundizar en la escritura de Esther Ramón; y, por último, acompañé la presentación del libro Palabra de mundo, de Antonio Méndez Rubio, publicado en Libros de la resistencia.

Supongo que, a través de la palabra ajena, he ido convocando la propia, descubriendo que, cuando se puede, escribir es ir llamando a las palabras sin forzarlas. Sé que vivimos tiempos oscuros. Hace poco, el psicoanalista Jorge Alemán escribía en una de sus redes sociales: “Nadie puede nombrar todo lo que está sucediendo, después del genocidio televisado de Gaza y la destrucción obscena de la historia. A partir de ahí, todo es diferente. Los horrores se multiplican intensamente en el mundo. La historia siempre encuentra nombres para todos los horrores, ¿y ahora? ¿Cómo se nombra todo esto y cómo se designa a los cómplices de esta situación?”

Carezco de respuesta. De hecho, muchas veces me pregunto qué sentido tiene retomar mis proyectos literarios. ¿Qué se puede aportar con un poema o con un nuevo libro? ¿Qué pueden ofrecer mis líneas en este contexto tan desamparado y cínico, tan presuntamente próspero y terriblemente miserable a la vez? Y sin embargo, me resisto a volver a caer en la desesperanza. Si nos rendimos, si dejamos de escribir y de hacernos preguntas, si dejamos de reunirnos en torno a la palabra, estaremos aún más perdidos y mucho más solos.

Feliz 2026: aprender a contemplar


Cerrar un año y abrir otro. Hacer balance y convocar la esperanza de las expectativas. Desde hace tiempo, lo hago de forma consciente, repasando las fotografías de los doce meses previos, que dan cuenta de los momentos más luminosos. Desde 2019, me ayuda este blog, donde los artículos aportan un calendario paralelo y más detalles del contexto.

Tras revisar las entradas publicadas en 2025, concluye un año similar a los últimos: con despedidas que dolieron, viajes que alumbraron esperanzas diversas, momentos extraordinarios, varias manifestaciones contra la barbarie, exposiciones y espectáculos, autoras clásicas o contemporáneas y libros que son aliento, mientras mis textos celebran su aniversario o languidecen inacabados.

Por su parte, mi copioso archivo fotográfico me brinda no sólo esos momentos sino también recuerdos íntimos que la memoria ordena o confunde de forma arbitraria. Fotos personales que quedaron al margen de las redes; paisajes, besos y rostros cotidianos; la omnipresencia de Fénix y las imágenes con las que la realidad nos sorprende cuando estamos dispuestos a encontrar belleza, a pesar de todos los pesares.

Esas fotografías, algunas borrosas o mal encuadradas, son la cara oculta de las cosas: los caramelos que nadie recogió en la cabalgata, las copas sucias tras los brindis, los proyectos que quisimos emprender y desfallecieron, los encuentros y las confidencias con las amistades, los hallazgos surreales de los márgenes, los tiempos muertos de las salas de espera y, sobre todo, una inesperada sucesión de cielos, con y sin nubes, con y sin ramas o edificios, de diversas estaciones y lugares…

Mientras los días de 2025 se fueron sucediendo, no fui consciente de todas las veces que fotografié el cielo: atardeceres y ocasos contra la prisa, nubes que me devolvían a los juegos infantiles, azules capaces de abrigar la esperanza, incluso en los días más grises. Por eso, en estas horas de balance, reconozco que se cumplió el propósito de hace un año, cuando al tiempo por estrenar le pedí agradecer la luz.

Para mí, 2026 será un año muy distinto. Llevo tiempo preparándolo y ahora que ya está aquí es inevitable sentir el vértigo de su radical novedad. Un año sin horarios impuestos. Un año para leer y escribir, para tantear el sueño, para intentar lo que las obligaciones y el cansancio han bloqueado. Un año para afrontar esos proyectos que pesan por irrealizables. Un año para contemplar y contemplarme, sin excusas.

Os deseo y me deseo un año en el que aprender cuanto nos sea posible, contemplando lo que tenemos al alcance. Al otro lado de nuestra ventana, hay un cielo que, con sus ciclos y colores, nos recuerda que la vida sigue su curso y que la mejor tarea es aprender a disfrutarla. No hace falta irse lejos, sino disfrutar del aquí y el ahora mientras podamos sonreír a la cámara más importante, la de nuestra paz interior, nuestra calma y nuestra íntima plenitud.

Para quienes estáis al otro lado de estas y otras líneas: ¡Feliz, contemplativo y pacífico 2026!

Aniversarios de tristeza


Hoy se cumple el triste 80º aniversario de la bomba atómica sobre Hiroshima y en unos días se cumplirá el de Nagasaki. Por eso, he recordado con fuerza y nitidez uno de los momentos más especiales de este año. El 29 de enero tuve la fortuna de conocer a Shigemitsu Tanaka que visitó el Colegio Lourdes FUHEM, junto a representantes de Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW) y la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), en un viaje organizado por la red española Alianza por el Desarme Nuclear.

La experiencia de aquellos días quedó escrita en una entrada de mi blog, donde daba cuenta de la enorme recompensa de aquellos momentos. Sentada ante dos personas, Shigemitsu Tanaka y Carlos Umaña, que representaban a organizaciones que en distintos años habían sido merecedoras del Premio Nobel de la Paz (un premio del que espero que no haya que renegar en unos meses, aunque ya cuenta con algún tropiezo en su trayectoria), sentía el valor de servir y contribuir a ampliar la voz de quienes han volcado sus vidas en defender a la humanidad.

En las noticias del mediodía, he vuelto a ver algunas de las fotografías que ofrecieron entonces para ayudar a difundir su mensaje en España. Al escuchar el testimonio de un hibakusha, el término japonés con el que se nombra a las personas supervivientes y descendientes de quienes sufrieron el primer impacto de las explosiones sobre Hiroshima y Nagasaki, me he levantado de la silla como un resorte, para ver si era Shigemitsu Tanaka quien hablaba y, aunque no era él, su voz ha vuelto a resonarme como cuando le escuché en persona.

Es lógico que me haya parecido la misma voz. Es la misma lengua y el mismo acento regional. Y sobre todo, son las voces de la memoria del daño, aquella injusticia que acabó con las vidas de personas inocentes. Hay que recordar que, en cuestión de segundos, fueron aniquiladas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki, y que las bombas dejaron heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que siguen causando un gran sufrimiento. Es lógico que parezca la misma voz, porque están consagradas a dar testimonio desde la primera persona, con la determinación de contar, una y otra vez, a las siguientes generaciones lo que vivieron y sufrieron, con el objetivo de que no se vuelva a repetir. Como se explica en este artículo de Agustín Rivera Hernández sobre los hibakusha que siguen vivos su tono no es de odio. Su mensaje obedece a la responsabilidad de contar su experiencia, porque los supervivientes eran niños y van muriendo, y por encima de sus años y sus enfermedades les importa que otros no vivan lo que ellos.

Cuando se produjo el viaje de estas organizaciones a España, subrayaron el peligro de vivir en un mundo en el que el desafío armamentístico y la violencia resurgían con fuerza frente a la opción del acuerdo y la negociación, en una peligrosa dinámica creciente de beligerancia que sigue en alza. En sus palabras, recordaron Gaza y Palestina, cuando nos aferrábamos a la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado que se convirtió en ceniza pocos días después; también señalaron los casos de Ucrania y Rusia, de Corea y China, de India y Pakistán…

Estoy de vacaciones y, en la medida de lo posible, intento desconectar y recuperar fuerzas. Cuando viajo, no veo la televisión ni mantengo el hábito de encender la radio y escuchar las primeras desgracias del día… Pero ahora, hay un genocidio en marcha y el peso de semejante barbarie es insoslayable. Además, desde hace meses, opté por publicar textos y fotografías sobre Gaza y Palestina en mis redes sociales, harta de que el algoritmo y los medios de comunicación silenciasen buena parte de lo que estaba ocurriendo a la vista de todos o buscando excusas ante la desproporción de la respuesta militar israelí a los atentados del 7 de octubre.

Siempre he intentado mantener un tono educado en mis escritos. No he insultado a nadie y, sin embargo, en las últimas horas, he recibido insultos. No me importa, no me van a callar. Mi gesto no es heroico como el de periodistas y reporteros que resisten en Gaza para que sepamos lo que ocurre mientras acuden a los entierros de decenas de colegas. Mi gesto es un compromiso conmigo misma, porque escribo desde la libertad que tanto ha costado conseguir, ese derecho que nos puede ser arrebatado si no sabemos defenderlo.

Vivimos tiempos sombríos y el presente es tan sumamente brutal que nos está cerrando el horizonte. Los discursos de odio campan a sus anchas y el fascismo se justifica como opinión respetable. Buena parte de la política ha dejado de preocuparse por el bienestar de los pueblos, y la justicia internacional es tan lenta como exasperante. Nadie resucitará a las miles de personas que están siendo asesinadas en Gaza. Nadie podrá devolverles su salud ni sus hogares. Pero, en unos años, un tribunal internacional juzgará a los culpables. La justicia llegará tarde una vez más. Como ocurrió en Núremberg para millones de personas. Como ocurrió en genocidios y crímenes contra la humanidad que se produjeron cuando yo estudiaba periodismo y pensaba, de forma ilusa, que esta profesión podía mejorar el mundo. Los casos de Ruanda (1994) o Srebrenica (1995) se colaron en mis trabajos de carrera o mis primeras prácticas en una redacción de verdad, por eso los recuerdo ahora. Para la mayoría, fueron imágenes brutales que les impactaron y han desaparecido. Volverán a las noticias cuando se cumpla algún triste aniversario o haya una nueva película sobre ellas. Si alguien más joven nos preguntase cómo lo vivimos, al margen de circunstancias como las que he descrito, tendremos que reconocer que no nos enteramos mucho de lo que ocurría.

Escribo estas líneas sabiendo parte de lo que ocurre en Gaza. Leo, escucho y lo confronto con años de trabajo en cuestiones relacionadas con la paz, el derecho internacional humanitario y los conflictos internacionales. Tecleo y lloro, mientras espero a los jueces del futuro. Hoy, en un triste aniversario, recuerdo y rememoro el testimonio de quienes han dedicado su vida a construir paz, mientras intento acallar el espanto de las secuelas de este tiempo. Cuando viajo, a veces, fotografío ventanas y bellos horizontes para invocar la esperanza.

Un año de ‘Astillas’, un año de vida

En 2024, tras varias tormentas, que afectaron descargas y aperturas de la Feria del Libro de Madrid, ‘Astillas’ llegó a la la caseta de Bartleby Editores el 11 de junio, y yo fui a firmarlo y a tocarlo por primera vez, feliz por tantísimo, el viernes 14. Diez días después, comenzaba su distribución en librerías.

Hace algunas fechas, al volver a la útima edición de la Feria del Libro de Madrid, de alguna forma, regresaba para celebrar este feliz aniversario. Para mi sorpresa, hubo más ventas de las esperadas y amigos que volvieron a la caseta de Bartleby y se llevaron Astillas o De paso por los días o ambos. Yo firmaba menos cansada que hace un año y menos nerviosa también. La palabra y el pulso de las dedicatorias fluían templadas, gracias a una etapa larga de aprendizajes sobre mí misma que me va reconciliando con quien soy y he sido.

A pesar de los años en los que las exigencias laborales y las peripecias vitales me despistaron de su condición de eje vital, la escritura siempre fue raíz. Jamás me olvidé de aquella niña que se puso a escribir un poema en un pupitre y, desde entonces, sintió la escritura como necesidad y llamada, como tarea y meta. En los primeros años de formación, faltaron referentes y lecturas: apenas mujeres en los libros de texto, apenas mujeres que pudieran dedicarse a la escritura. Quizás, por eso, el periodismo fue el camino. Pero llegué a una profesión que nada tenía que ver con lo que yo había imaginado tras las crónicas de Maruja Torres y Carmen Sarmiento o las entrevistas de Rosa Montero; y seguramente, tampoco tuve su determinación ni su arrojo. En la facultad de Ciencias de la Información (UCM) éramos legión y el mundo laboral nos condenaba a una precariedad de la que ningún medio hablaba, porque ellos mismos eran beneficiarios.

El periodismo soñado se diluyó; se convirtió en comunicación para la acción social, un espacio donde había tanto que hacer y aprender que la creación literaria apenas encontró su tiempo. El afuera tampoco ayudaba. Cumplí treinta, treinta y cinco, y desapareció la posibilidad de optar a los premios cuyos nombres había aprendido estudiando literatura contemporánea (Adonais), o incorporando nuevos títulos a mi pequeña biblioteca de entonces (Hiperión, Loewe…). Pensé que la niña y la joven que había escrito con soltura en los años previos no tenía cabida en el mundo adulto, que no valía. Supongo que también asumí «que la vida iba en serio». Y seguí escribiendo para mí y para el cajón, una dedicación permanente desde un rincón solitario.

Lo he pensado mucho últimamente… Si no llega a ser por un primer batacazo de tristeza, yo no hubiera llegado a los talleres literarios de La Casa Encendida, donde todo comenzó de nuevo, gracias a poetas consagrados que escucharon y animaron mis versos, un tanto oxidados después de tanto vacío. Si no llega a ser por aquel grupo que se hizo libro colectivo, La república de la imaginación (2009), y quienes nos encontramos por azar en aquel taller de Juan Carlos Mestre, tal vez, tampoco hubiera publicado nunca. Pero recibir galeradas y tocar aquel libro lo cambió todo. Cuando en la tarde de su presentación las lágrimas estuvieron a punto de impedirme hablar en público con casi cuarenta años, aquel instante cobraba el sentido de una vida, aunque no he sido consciente hasta muchos años después.

De paso por los días’ no hubiera visto la luz sin Manuela Temporelli, Guadalupe Grande, Serafín Picado, Manolo Rico ni Pepo Paz. Su aparición me obligó a leer versos en solitario y me permitió, por primera vez, sentarme al otro lado del mostrador de la Feria del Libro de Madrid, en ese parque del Retiro donde había empezado a soñar cuando me acercaba temblando a autores y autoras a quienes decía mi nombre en un susurro, sin atreverme a contarles que yo también escribía ni a preguntarles qué tenía que ocurrir para convertirme en autora. Sin embargo, ‘De paso por los días’ fue un libro silencioso y transparente. Supongo que mi pudor de primeriza lo frenó. En lo más íntimo, yo sabía que un primer libro no era nada más que eso, un peldaño deshabitado.

Por supuesto, seguía escribiendo, corrigiendo y enviando poemarios a algunos concursos. Seguramente, buscaba en la decisión de otros la confianza que aún me faltaba. Por eso, necesitaba publicar un segundo libro porque, aunque dos peldaños no hacen escalera, mi sensación de espejismo se sumaba a otros dolores y me asfixiaba.

La aparición de ‘Astillas’, imposible sin el aliento de Alberto Cubero y Gsús Bonilla, sin Manolo Rico y Pepo Paz, al frente de Bartleby Editores, dio inicio a un tiempo nuevo. El libro ha recorrido un periplo de actos públicos y lectores generosos a los que me gustaría recordar. Porque ‘Astillas’ fue la escritura del tiempo oscuro de la depresión, y su entrada en imprenta coincidió con la esperanza de sanar.

Íntimamente, algo me decía que ‘Astillas’ había sido la escritura del daño y se convertía en el principio de un tiempo nuevo, un renacer desde la ceniza. La poesía y la intuición suelen ir de la mano y esa alianza volvió a funcionar. Mientras estaba de vacaciones, comencé a leer y recibir los primeros mensajes de lectores de ‘Astillas’. Y ya no se trataba de familiares o amistades muy cercanas cuya lectura está empapada por un afecto de muchos años, sino de lectores espontáneos que, al acercarse al libro, se habían abrazado a su dolor para aliviar el mío y, ahora, lo contaban en sus redes sociales, entrevistas o blogs: Pilar, Jorge, Camino, Esther, Patricia, Tonia, Vicente, Eva, Carmen, Noni, Viktor, Ángela, Tonia, Berta, Pedro, Arturo, Fco. Javier, Emma, Salva, Antonio, Laura, Manuela, Ángel, Sonia, Julio, Pablo, Javier, Lidia, Sole, Amalia, Teresa, Iris, Cristina… o la alegría de algunos de poemas traducidos al italiano gracias a Marcela Filippi. A lo largo de doce meses, las presentaciones y las redes sociales han sido el espacio para recibir sus palabras y fotografías, y para devolver mi gratitud desbordada y sorprendida, profundamente sincera.

Como decía al principio, volver a la Feria del Libro de este año ha supuesto cerrar el círculo. Reencontrar lectores o encontrar rostros inesperados, incluso felizmente desconocidos. Soy muy consciente de lo que significa ‘Astillas’ en un sistema editorial como el español, donde se publican 90.000 títulos anuales, diez libros por hora; de lo que significa firmar en una Feria que ha contado con 7.200 sesiones de firma. Me temo que ahora, en la escritura literaria, también somos legión. Pero este texto no pretende encontrar mi lugar en ese mundo, sino reconocer que respiro donde alguna vez soñé. Y volver a dar las gracias, a quienes animaron y leyeron; a la palabra escrita y a la vida, que han cobrado impulso.

Un cumpleaños para celebrar la vida

No escondo los años. Hoy han caído cincuenta y cuatro. Desde que tengo memoria, cada 23 de abril celebro mi cumpleaños y el Día del Libro. Festejo a esos seres de papel que transformaron mi infancia y después mi vida.

Brindo por ese maravilloso azar que provocó el regalo inevitable en tantos aniversarios. Después de dudas y tropiezos, celebro escribir y leer, dos actividades que se dan la mano en este día en el que, por encima de todo, tengo motivos para celebrar y agradecer la vida.

Tras tiempos sombríos, doy las gracias a la vocación que encontró el camino y a las personas que me rodean y hoy han estado tan cerca, ya sea en persona o a través de cientos de mensajes cariñosos, es decir, tiempo y palabras, ese doble tesoro con el que se pueden escribir libros nuevos.


Gracias al despertar y al primer café en buena compañía, al mantel compartido de la comida y la infusión imprevista a media tarde. Gracias al paseo del atardecer y su paisaje, a la belleza y la fragancia de las lilas silvestres. Gracias a los cumpleaños celebrados en los parques y terrazas, donde grupos de desconocidos cantaron un ‘Cumpleaños feliz’ que sentí mío. Gracias a los regalos y las llamadas. Gracias a las carantoñas de Fénix y a la mariposa y los pájaros que rodearon nuestra mesa tras el postre. Gracias a las librerías del barrio, donde libros para todos los públicos han tomado por un día parte de la acera, llamando la atención de peques y mayores, sembrando ficciones y versos.


Gracias a la vida: por fin, abierta, ancha, pendiente de nuevos planes y nuevas osadías. Cincuenta y cuatro no son veinticinco, pero «hoy es siempre todavía», como dijo el poeta. Y es posible soñar y atreverse, dar pasos nuevos con los zapatos azul celeste que compré para la primavera de hace un año y no llegué a estrenar, por si me hacían heridas.

El viaje como reencuentro

Las vacaciones han vuelto a ser un bálsamo para los afortunados que hemos tenido unos días de descanso. Sabemos lo que significa esa palabra frente a las voces antónimas heterodoxas que no dan tregua: trabajo, horarios, obligaciones, rutina, hastío… El rumor de maletas por la calle, el trote de esas ruedas tan pequeñas como escandalosas empezaron a hacernos cosquillas antes del Viernes de Dolores.

En mi primer día libre quise escribir algo para este blog, pero no salieron las palabras. Solo era capaz de hacer inventario de los cansancios acumulados y alentar las ilusiones para los paisajes y días por venir, con todas sus horas convertidas en ofrenda personal. El texto quedó en mero esbozo. Ahora que el agotamiento se ha disipado, quizás tenga sentido evocar algo de cuanto quedó sin escribir en tantas semanas sin crónicas, con la excepción de aquel día en el que la masacre puso fin a la frágil tregua en Palestina y aquel horror, junto a la reivindicación de cuanto nos hace humanos, provocaron mis palabras, como una sacudida.

A pesar de lo no escrito, febrero, marzo y el comienzo de abril dieron para mucho, pero no tuve tiempo de compartirlo aquí. Para recordar el ocio y el disfrute de esos meses he tenido que recurrir a la memoria de mi teléfono, donde fotografías y notas languidecían, pendientes de ser rescatadas. Todas ellas han vuelto a recordarme que la vida sigue ofreciéndome motivos para la alegría y que disfrutar los pequeños regalos cotidianos es, en realidad, otra obligación que no debería perder de vista cuando las horas sean estranguladas por el despertador y los deberes. Una vez más, escribir sirve para dejar señales en el camino y guardar una dosis de vitaminas para cuando vuelvan a bajar las defensas.

La mayor parte de esas fotografías han sido tomadas en distintos viajes. No es raro. Aunque lo intentemos, al final, cuesta percatarse de alguna novedad en los recorridos y calles habituales. Si no fuera por esta lluviosa primavera que trajo una floración espectacular de especies silvestres y de los prunos y almendros de los alrededores, apenas conservaría material que muestre la belleza y la sorpresa que a veces encierra lo cotidiano. Frente a lo de siempre, Toledo, Ginebra y Burgos han sido breves escapadas a lugares que he visitado en varias ocasiones y ofrecieron la posibilidad de una pausa y el reencuentro con personas queridas y un tiempo más ancho y generoso.

Las tres ciudades han vuelto a ser espacios acogedores donde el paseo ha contribuido a la serenidad porque, cuando desaparece la urgencia descubridora del turista, se saborea y disfruta el lugar que ya forma parte de nuestra memoria. Podría parecer que no tienen nada que ver entre sí, pero en las tres subyace el abrazo que supone recorrer calles antiguas donde han coexistido diferentes culturas y lenguas, y tanto el trazado urbano como los monumentos siguen dando cuenta de esa convivencia y de la evolución.

Así, Ginebra presume de ciudad refugio desde hace siglos; mientras la huella del arte mudéjar pervive en artesonados, estructuras y decoraciones del Monasterio de Santa María La Real de Las Huelgas (Burgos), porque muchos artesanos moriscos de Toledo recibieron la llamada de Alfonso VIII para trabajar en el primer monasterio; igual que los restos de estilos y ritos diversos conviven en armonía en la maravillosa Mezquita del Cristo de la Luz (Toledo). Y por supuesto, la contemplación monumental nos permite conectar con quienes nos precedieron. Sigo celebrando el asombro que me genera ver la evolución del románico al gótico, imaginar a aquellos artesanos y primeros arquitectos que se atrevieron a aligerar las construcciones buscando el cielo. Su afán por la belleza y la transcendencia en esas bóvedas imposibles me resultan apelaciones contemporáneas. Así mismo, ante esos retablos de diversas épocas, que explican las escrituras y la historia del poder que configuraron el pensamiento durante siglos, es lógico preguntarse quienes somos ahora, en este siglo XXI que se vuelve irrespirable en la distancia mínima de un botón de nuestro móvil, en cuanto pasamos de la cámara de fotos a un periódico digital.

En la reciente visita a Burgos, me ha conmovido que persistan la clausura y la oración en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, la Cartuja de Miraflores o en el citado monasterio de Las Huelgas; y resulta inevitable que, en la proximidad de ese rumor, rodeados por tanta imagen sagrada y tanta piedra bendecida, se busque y encuentre una conexión espiritual. Quizás por eso me resonó tanto un mensaje escrito con letras modernas en las escaleras de la capilla de Santa Tecla y Santiago, en la catedral de Burgos: “Peregrinos de esperanza”.

La contemplación del arte y la compañía de las personas que queremos son formas de dejarnos atravesar por esa esperanza. Si seguimos celebrando la vida con otros; si brindamos y hasta bailamos con ellos en sus recientes cumpleaños; si ofrecemos nuestros poemas en una lectura en voz alta; si ponemos la mesa para compartir una comida sencilla y rica; si intercambiamos un beso de buenos días o buenas noches; si nos emocionamos ante el descubrimiento de nuevos libros, películas, cuadros y espectáculos escénicos es porque ni las noticias de los medios de comunicación ni las obligaciones que nos aturden cada día han logrado acabar con lo más profundo que somos.

Llevamos la cuenta de la desgracia. Sabemos que en Palestina se ha superado la cifra de 50.000 personas asesinadas. Sabemos que mientras unos rezan otros siguen conjugando con maldad y alevosía los verbos de la desolación ajena. Estuvimos de vacaciones pero no olvidamos, resistimos en esa vergüenza que no podemos detener.

Ahora que las ruedecitas de las maletas del vecindario vuelven a sonar con el mismo escándalo de la ida, aunque con cierta desgana por el regreso, es imprescindible fijar la vista en los árboles que nos rodean. En los últimos días de marzo, sus ramas estaban casi desnudas y parecían muertas. Había que detenerse muy cerca para descubrir pequeños brotes donde aguardaba la explosión de la vida. Abril ha llenado esas ramas de hojas verdes, su fortaleza y su lozanía son fruto de la lluvia cadenciosa y constante de esta una nueva primavera. Que esa imagen sea también la nuestra. Que mantengamos la esperanza. Que permanezcamos nutridos y bendecidos por los días y las horas en las que el paseo y el descanso nos reconciliaron con otras forma de mirar, caminar y enlazar las manos.

Palabras de paz y de guerra


Quizás un hombre llama a otro, al filo de nuestra media noche, y le avisa: «voy a matar». El otro no le detiene. Así pues, con su silencio cómplice o su permiso asesino, también mata. Cuando nos levantamos al día siguiente, nos despierta la brutalidad de una nueva masacre.

Desde los primeros análisis de urgencia y las cifras iniciales de seres humanos asesinados y heridos, las horas se van cargando de desesperanza… Trescientas, cuatrocientas, más de cuatrocientas personas: en su mayoría, mujeres, ancianos, niños y niñas, puesto que apenas quedaban hombres entre las ruinas previas. Las fotografías muestran sudarios de todos los tamaños, telas blancas que cubren lo que será un llanto incesante; el ajuar de las casas deshechas, colchas y mantas, son también mortajas improvisadas.

A quienes desde hace años repetimos las palabras de aquel libro y seguimos pidiendo la paz y la palabra, se nos queda un frío inconsolable en el cuerpo. Sabíamos que la tregua era frágil; que los párrafos del derecho humanitario se han convertido en quimera y lodo; y que la expresión ‘campo de refugiados’ esconde vergonzosos cementerios que nos condenan a todos por asistir a un genocidio en directo, con las manos detenidas por el espanto.

Las noticias del mediodía ofrecen el testimonio de quienes trabajan del lado de las víctimas. Hace semanas que, en medio de esto que desde lejos llamábamos tregua, habían cerrado el paso a los víveres, el agua potable y los medicamentos. Anoche los hospitales se vieron desbordados por decenas de personas que, en cuestión de minutos, llegaban para implorar un auxilio imposible: cómo curar cuerpos mutilados y quemados para siempre, órganos paralizados y una certeza de terror e indefensión que se encarnará en la tierra. Las cenizas permanecerán para siempre sobre una pequeña franja.

Alguien avisó que iba a matar y otro alguien le celebró la ocurrencia. Vuelvo a preguntarme por el significado y el valor de la palabra. Se dijo y se escribió: “acuerdo de paz”. Se dijo y se escribió “respeto al alto el fuego”. Pero los adjetivos han tenido razón, la frágil tregua, ¿recuerdas? Tan frágil como el cuerpo de un bebé, como el proceso de lactancia, como los primeros pasos de quien confía alcanzar la edad adulta mientras las bombas y las acciones de los malvados condenan su presente y su futuro.

A pesar de mi honda tristeza y mi falta de fe en la palabra, a la tarde decido salir. El temporal es tan serio que le han puesto nombre, pero en Madrid sólo se traduce en lluvia y frío. Aquí, no caen bombas ni metralla ni gases tóxicos ni sustancias químicas prohibidas. Busco en mi armario la kufiya que compré hace algunos meses y entiendo que ningún símbolo puede con tanta infamia. Me planteo que es posible que mi pañuelo haya sido tejido por manos yacentes que no volverán a coser estos hilos en cuyos dibujos imagino el vuelo de los pájaros, una libertad plena e inalcanzable. En señal de luto y respeto, vuelvo a guardarlo en su funda.

Atravieso la oscuridad del subsuelo del metro y llego a la librería Rafael Alberti, a la presentación del libro titulado ‘Tampoco yo soy un robot’ (Vaso Roto, 2024), de Amalia Iglesias Serna. En la calle arrecia la lluvia, pero la poesía vuelve a ser refugio. Esta tarde las palabras de la autora, acompañada por Isel Rivero y Fernando Castro Flórez servirán para reivindicar la belleza frente a la desolación y los valores humanos frente a la barbarie incivilizada que golpea el mundo donde vivimos.

En primer lugar, Isel Rivero repasa otros libros de Amalia Iglesias, las afinidades del camino previo: “el descubrimiento del lenguaje de las piedras, las cuevas del subsconsciente y la conciencia que emerge desde las tinieblas. Los ojos de piedra nos siguen mirando”. Y ahora, en el nuevo texto, la poeta observa el universo y se rebela contra una tecnología que nos anula. Dice Isel Rivero que “este libro ha de guardarse bajo la almohada y ser consultado como oráculo de bolsillo, porque además de abordar la tristeza como víspera de la esperanza, también es un libro de batalla y resistencia”.

Por su parte, Fernando Castro Flórez, ofrece su lectura erudita y apasionada del nuevo libro de Amalia Iglesias. En su voz resucitan libros leídos o pendientes, una nueva biblioteca donde guarecerse: poesía, filosofía y los sueños de nuestra especie; también se citan obras pictóricas y composiciones musicales; la reflexión y la defensa de los derechos humanos… Asistimos a una magistral charla de humanidades que reivindica la belleza del paisaje y la fuerza del horizonte, la necesidad de una esperanza y del regreso de las luciérnagas. Deseo que ese texto sea compartido para otros días oscuros que, sin duda, vendrán. Afortunadamente, el lado bueno de la tecnología lo permite en este video.

Gracias a las palabras de Isel Rivero y Fernando Castro Flórez y a los poemas de Amalia Iglesias encuentro la fuerza que me faltó cuando salí de casa. Sé que debo aferrarme a cuanto se ha dicho esta tarde porque coincido con ellos en que “la lengua siempre es un lugar de consuelo”. Me amparo en la sensibilidad de estos minutos como si fueran el salvoconducto que necesitara la humanidad… Volver a ser humanos, en su magnifica acepción racional y emocional; allá donde pervive la compasión y nadie tendría ni el plan ni el permiso para matar. Inevitablemente, me viene a la cabeza el recuerdo de los poemas de Rafeef Ziadah quien, en un inolvidable recital en Madrid, nos transmitió la petición de su pueblo: “no nos olvidéis, contad lo que ocurre”.

Me quedaría a vivir en el lugar de una lengua que abraza y anhela una verdadera justicia contra los malvados ególatras que condenan tantos amaneceres. El acto acaba y en la calle chispea. Regreso a casa con un calor pequeño que es pulverizado por las imágenes de las noticias en la televisión. Me duelen otra vez los cuerpos envueltos, la huida hacia la nada, la mirada de un niño cuya mano infantil repasa los escombros…

Abro el libro de Amalia Iglesias, miro el haz de luz de una farola reflejado en mi ventana. Quiero pensar que esta noche no caerán nuevas bombas. Tengo ganas de rezar y de llorar. Leo. El libro incluye una letanía y un réquiem, pregunta para qué y por qué. Quizás el poema sea una forma de oración.

Vivencias que serán recuerdo y energía

No todas las semanas la actividad profesional se transforma en una sonrisa espléndida; ni la poesía y el arte se suman al abrazo en compañía. Pero este enero tuvo una semana tan atípica en todo, tan agotadora y nutritiva a la vez, que ha merecido la pena escribirlo.

No todas las semanas se conoce a un Premio Nobel de la Paz…

Y yo he tenido la suerte de recibir a Shigemitsu Tanaka, en el Colegio Lourdes FUHEM, y de ser la fotógrafa ocasional de los primeros minutos; cuando en mitad del asombro, alguien le pidió que posase con la medalla que recibió en Oslo, representando a su organización, Nihon Hidankyo, el pasado diciembre.

Las horas previas fueron intensas, coordinando su encuentro con algunos medios de comunicación; y si bien es cierto que este trabajo suele ser ingrato, di por bien invertido el esfuerzo, que resulta mínimo ante el suyo, incansable a pesar de la edad, el jet-lag y las secuelas. Mi pequeña aportación ha sido contribuir a que su mensaje alcanzase a la opinión pública: “las armas nucleares pueden suponer el fin de la humanidad”, nos ha repetido. El riesgo nuclear ha impulsado a Gensuiko (Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno), y a la Alianza por el Desarme Nuclear a organizar este viaje institucional, para lograr que España firme el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN).

Tampoco todas las semanas me siento en un salón de actos escolar rebosante de alumnos y alumnas que, con su silencio y respeto, con su emoción contenida, reconocen que están siendo testigos de un día histórico en el que supervivientes y descendientes de Hiroshima y Nagasaki, los hibakusha, junto a los integrantes de diversas organizaciones contra las armas nucleares les transmiten su legado. Me impresionaron las voces cálidas y a la vez imponentes de Shigemitsu Tanaka, que tenía cuatro años cuando la bomba atómica arrasó su Nagasaki natal; y la de Carlos Umaña, copresidente de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW), y miembro de la Junta Directiva de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN), organizaciones que han recibido el Nobel de la Paz en 1985 y 2017, respectivamente.

En sus discursos, pasado, presente y futuro se asomaban al peor de los espejos. Citaron Gaza y Palestina mientras la esperanza de un acuerdo de paz recién anunciado permitía cierta esperanza, aunque no podemos olvidar las más de 45.700 personas asesinadas y 108.800 heridas en la Franja, desde el inicio de la guerra. También mencionaron los nombres de Ucrania y Rusia, de Corea y China, y entonces, fuimos aún más conscientes de la amenaza nuclear que unos y otros dirigentes usan, comportándose como trileros mortíferos y bravucones, sin tener en cuenta que bastaron unos segundos para aniquilar a unas 225.000 personas en Hiroshima y Nagasaki y dejar heridas a unas 130.000, además de una cadena de impactos que a día de hoy siguen causando un gran sufrimiento.

Ni todas las semanas se asiste al abrazo de la nostalgia

Por supuesto, no todas las semanas presento y dinamizo un acto que reúne a la comunidad escolar de un Colegio como Begoña, que cerró sus puertas en junio de 2012. Su reencuentro me brindó la oportunidad de convertirme en testigo del amor que pervive entre quienes fueron estudiantes y docentes hace cuarenta, treinta o quince años…

Les escuché y me emocioné con ellos, porque en su relato de nostalgia y afectos reconocí algunas de las experiencias que marcaron mi etapa escolar en otro colegio de Madrid, pero en el mismo contexto socio-económico y político… Aquella España que se empezaba a reconstruir sobre bases democráticas y en las que muchas familias pensaban que sus hijos y, por primera vez, sus hijas, si estudiaban y se esforzaban lo suficiente, iban a tener las oportunidades y las vidas que les habían sido negadas a las generaciones anteriores.

Escuchamos allí que un colegio y un profe, aunque se le recuerde con un mote, pueden cambiar una vida, la vida que después puede transformar el mundo. Recordamos también la influencia de las primeras amistades y las experiencias vitales de la adolescencia y la juventud, cuando todo estaba por llegar y el futuro parecía un lugar mucho más luminoso que el que vislumbramos ahora.

Y cerrar la semana, con la poesía y al arte

No todas las semanas acudo a un acto literario en el que se presenta una editorial que acaba de echar el cierre tras veintisiete años de trabajo y unos cien títulos de un catálogo. Pero ese es el caso de Igitur, la editorial que protagonizó en la librería Enclave de Libros una nueva sesión del ciclo “¿Qué hay de la poesía hoy?”, que volvió a ser lumbre, belleza y afectos, como recordó Esther Peñas en su intervención inicial. Después, Ricardo Cano Gaviria y Rosa Lentini, editores de Igitur (y antes, de la revista Hora de Poesía), recordaron los títulos publicados, el camino de ilusiones y tropiezos junto a traductores y autores. Entre los últimos, les acompañaban Noni Benegas, Manuel Rico y Esther Ramón, que evocaron las páginas de los libros que cada uno había publicado en aquel sello remoto y audaz que, desde un Montblanc recóndito e independentista, traía aires renovados a una poesía monopolizada entonces por pocas editoriales y uniformada por estéticas que apenas dejaban margen.

De Igitur fueron las primeras traducciones al castellano de poetas que no estaban disponibles en España: Sharon Olds, Wisława Szymborska, Ungaretti, Mandelshtam, Montale, Mallarmé… y muchas mujeres poetas inéditas entonces: E. Bishop, J. Barnes, Lidia Pastan, Amelia Rosselli, Joyce Mansur, Rosa Leverolli…

Escuchándolos, y seguramente porque sus palabras coincidían con vivencias en las que la nostalgia no había dejado de interpelarme, me pregunté por mis lecturas de muchos años atrás, por mis errores y lagunas. Menos mal que Rosa Lentini insistió en que “no hay tiempo ni espacio físico ni psíquico para tanto como queremos leer”, y me perdoné un poco. Con esa indulgencia, volví a saltarme la prohibición autoimpuesta de no comprar más libros, y me dí un capricho que, en el fondo, tenía mucho de gratitud hacia sus esfuerzos de tantos años.

Por último, no todas las semanas acudo a la clausura de una exposición de mi amigo Leandro Alonso García; pero, desde que inauguró «De lo que queda», en Vamm Coffee House de Villalba, estaba pendiente el reencuentro, el abrazo y la confidencia en torno a ese misterio que es el arte.

La muestra recopilaba obra diversa a partir de la plasticidad y la potencial belleza del residuo y la imperfección que nos rodean; y cómo a través del video, la escultura, los collages, la fotografía o el fotomontaje, se despiertan nuestra mirada y nuestra capacidad de observación. Se proyectaron trabajos conjuntos de Leandro Alonso y Alberto Cubero, y al volver a ver y escuchar libros y proyectos que tienen ya más de diez años, como La textura metálica del dolor, retomamos la conversación sobre la relación entre las distintas manifestaciones artísticas y el hallazgo azaroso que, gracias al arte, nos conmociona.

Hasta aquí alcanza el relato de esa semana excepcional de un enero doloroso en muchos de sus días. Frente a los párrafos previos, lo habitual es que la cita “los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía”, crezca en mi cabeza hasta cobrar la dimensión de una valla publicitaria imaginaria, pero muy arraigada, al levantar o bajar la persiana de cada jornada. Y que, desde esa visión de pesadilla, me paralice un cansancio triste que me impide participar en espacios que disfruto. Por eso, me alegra tanto que esta semana haya sido distinta.

Las horas fueron propicias y, ojalá hubieran sido aún más anchas y largas, para poder sumarme al «Vermut poético», convocado por Genialogías, dedicado a Poesía y Ruptura, con Marga Mayordomo, Amparo Arróspide y Roxana Popelka; y al encuentro en torno a mi querido Francisco Moreno Galván, organizado por el Círculo Flamenco de Madrid. Evidentemente, ni el don de la ubicuidad ni las fuerzas dieron para tanto.

Si esos días, en el marco de los actos escolares citados, se recurrió a Rilke, “la patria es la infancia”; de pronto, entendí que de la niñez se sale cuando, de forma progresiva, la vida nos obliga a elegir entre opciones que, con los años, son cada vez más serias. El domingo, entre envases vacíos de vitaminas y analgésicos, elegí descansar porque mi cuerpo avisaba. Me tome una pequeña pausa mientras acariciaba algunas fotos y, como dicen los flamencos, me repetía aquello de “¡Que nos quiten lo bailao!”. Finalmente, el lunes… cualquier intento de baile cayó por tierra, con un trancazo monumental, y varios golpes que han resonado como un demoledor zapateado en mi cabeza. No obstante, no quiero olvidar lo bueno. Y en cuanto me recupere, confío en que esos recuerdos me permitan volver a bailar.

Feliz 2025: agradecer la luz

Queridos amigos, queridas amigas:

Un año más escribo y comparto palabras e imágenes con las que cerrar un año y abrir otro. Es tradición, es impulso. De algún modo, es un rito colectivo, más o menos consciente. En mi caso, resulta ya una inevitable costumbre incorporada a las últimas horas del año, cuando busco el silencio necesario para detenerme a mirar hacia dentro y hacia fuera, en las fotografías que recuerdan lo vivido y las imágenes ausentes, para hacer balance y también, invocar la esperanza.

2024 deja el recuerdo de presentaciones de libros y exposiciones plásticas disfrutadas, siempre en compañía, una forma de ampliar la existencia; escapadas que permitieron cambiar el paisaje y renovar la perspectiva del horizonte desde nuevas ventanas; momentos para la ternura y los afectos, y la silenciosa caricia sobre la piel de Fénix. 2024 deja también abrazos que acompañaron la ausencia y el duelo, momentos duros en los que saberse afortunada en el lado de la vida, a pesar de un mundo roto en jirones de injusticia, esa espiral de abismo alimentada por el odio y la codicia que también convocó a la poesía, en un intento de decir no a la barbarie.

“Astilla” se ha convertido en mi palabra del año, en un plural luminoso que me ha permitido cerrar una etapa oscura y comenzar otra, impulsada por la gratitud y el deseo, algo que percibí íntimamente cuando llegó la primavera. Al elegirla para el título de mi libro, pensé en aquella brizna de madera incómoda y dolorosa clavada en un dedo infantil, aunque María Moliner en su magnífico diccionario la define como: “trozo de madera partido toscamente, de los que se gastan para leña” y así se presentó en la portada. Astillas y las palabras que lectores y lectoras me han ofrecido se han convertido en energía, el principio de un nuevo fuego.

Con esta idea de renacer concluyo estas líneas y elijo las fotografías para despedir 2024 y dar la bienvenida a 2025. Fotos tomadas en el silencio de un paseo por la naturaleza mientras los rayos del sol, siendo ocaso, podían confundirse con los de un amanecer. Os deseo un nuevo año en el que podáis mirar la oscuridad como un paréntesis hacia la luz, en el que cada despertar sea un regalo que agradecer a la vida.

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