La poesía de Rosa Lentini: belleza a partir del daño

En el marco de una nueva sesión del VII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, coordinado por Alberto Cubero, tuvo lugar un iluminador diálogo entre la poeta y traductora Rosa Lentini y el psicoanalista Juan del Pozo. Quienes escribimos poesía sabemos de su misterio, por eso, fue tan revelador y tan generoso el testimonio de Rosa Lentini quien, dando luz a su memoria y escritura, nos dejó pistas y preguntas, palabras y autores donde seguir indagándonos. Su lectura y la reflexión sobre su obra nos situaron ante cuestiones como la verdad; el peso del inconsciente y lo oculto; cuanto hay de sinceridad y máscara en el lenguaje poético.

Rosa Lentini se centró en los tres libros que han conformado lo que ella misma definió como su trilogía de objetos rotos o trilogía de la hostilidad: Tuvimos (2013), Hermosa nada (2019) y Fuera del día (2022), todos ellos publicados por Bartleby Editores. A través de sus poemas, regresamos a su infancia (y nuestra infancia), la niña maleable y férrea en la que me reconozco fácilmente; las relaciones familiares, los silencios y las mentiras de ese ámbito tan poco idílico en demasiadas ocasiones. Su voz acogedora y profundamente sincera nos fue llevando de la mano por territorios complejos como la culpa, el acecho, el abuso o los sueños.

Tras la lectura, el psicoanalista Juan del Pozo ofreció algunas reflexiones fruto de haberse adentrado en la obra de Rosa Lentini y de las conversaciones previas al encuentro presencial del 19 de abril, en una pequeña sala colmada nuevamente por la escucha más atenta. De su diálogo surgieron conexiones que me concernían, quizás porque, como dijo del Pozo, todas las vidas pueden ser las de cualquiera, pero cada quien tiene la suya que es única. Y lo que escrito así puede soñar a laberinto, tiene todo el sentido. Por eso la palabra poética y la literatura nos permiten conocernos leyendo a otros, igual que volver a decir y escucharnos en un tratamiento psicólogico que, por fin, nos permite comprender y perdonar(nos) y, “a partir de ahí, apartar el pasado para dejar espacio donde construir futuro desde otro lugar” de nosotros mismos. La gran revelación de la tarde fue subrayar la importancia del tiempo, radical en el poema y en el psicoanálisis. “Mientras la experiencia puede repetirse una y otra vez, el poema ofrece un presente que anuda pasado y futuro, es decir, los tres tiempos. Alcanzamos así el momento de la salud: no solo el trauma pasado, ni los castillos en el aire de un futuro irreal, y tampoco un presente sin expectativas”. Qué maravilla escuchar y sentir que “el poema nos lanza a la vida”, y entender así parte de mi propia escritura y de mis silencios también.

La conversación fue extraordinariamente rica en matices. Rosa Lentini reconoció en su poesía una huella fotográfica de la memoria, hecha de fragmentos, pero insistió en que: “por sí misma, la escritura de poesía no libera ni hace confesar. Lo que sí libera es hacer del dolor una obra de arte, cultivar la propia miseria y hacerla fértil, al ofrecérsela a los demás. Transcendiendo, gracias a la máscara que propicia que seas más capaz de contar, en el sentido de crear una ficción, esa cualidad que está en la raíz del ser humano y lo diferencia del resto de seres. Máscara y verdad están muy unidas, aunque siempre se cree lo contrario”.

El lenguaje fue otro de los ejes de la conversación, “ese código que el poeta usa con total libertad: cerca del niño, que recibe palabras que para él carecen de significación, y generando tantas interpretaciones como lectores”. En una experiencia que puede parecerse a la del psicoanálisis, donde de pronto “algo resuena y cuando ocurre, nos quitamos el corsé de lo que íbamos entendiendo hasta ahora”. Y las conexiones y los paralelismos continuaron, porque en la escritura y en la conciencia hay un mosaico, un tapiz de unos cuantos hilos de los que tiramos al escribir y al vivir. Casi cerrando el debate, dijo Alberto Cubero que “el poeta escribe desde la falta y con un lenguaje que es insuficiente”. Respondió Rosa Lentini que “las palabras son una forma de protección; el lenguaje es una cárcel pero también una liberación”. Y yo me quedé ahí, sumida en tanto… alojada en las palabras que son memoria y en las que han de venir, en los libros pendientes de leer, entre ellos, la ferviente recomendación de Lentini para que nos adentremos en Delleuze.

También, por supuesto, tengo que volver a leer los libros de Rosa Lentini cuya poesía os recomiendo. Como muestra, este poema, que leyó en esa remota tarde de abril y que sigue, al igual que todas sus palabras, resonándo(me).

TSUNAMI (1)

Espera, espacio al que nacemos,

codicia de las aguas previniéndonos,

obligados a imitar las ciudades

que erigen muros de contención

y puentes cruzando esos muros

aún después de largos años de calma.


El cálido sur hacia mí

impone esa barrera

y el sur-a-mi o la devastación

que arrastra la quietud.


Diez metros de piedras levantadas

no nos protegerán.

Rosa Lentini (Barcelona, 1957)

Otro cumpleaños que celebrar

Si atendemos a las noticias de los medios de comunicación, apenas hay motivos para celebrar. Supongo que, por eso, cada quien, sin dejar de abrir los ojos y el pensamiento a cuanto nos rodea, tiene derecho aún a atrincherarse en los espacios de íntima felicidad. Un nacimiento, un tratamiento médico concluido, un nuevo proyecto o un amor… Por supuesto, también un cumpleaños.

Escribo estas líneas para compartir la celebración del mío, el pasado Día del Libro, y agradecer vuestras felicitaciones y vuestra compañía. Sé que hay personas que viven su cumpleaños como quien se topa con un accidente del documento de identidad. No es mi caso.

Siempre lo he celebrado. Y quizás, tras los dos cumpleaños limitados por la pandemia, el primero, encerrada en casa con Fénix; y el segundo, los cincuenta, con restricciones para grupos y desplazamientos, soy aún más consciente de que seguir cumpliendo años, con la certeza de ser una persona afortunada, es una fiesta. Así ha sido también este año.

El primer regalo fue pedirme el día libre. Dormir algo más, levantarme y desayunar sin prisas, atender llamadas y mensajes, devolver la felicitación y el cariño con gratitud y emoción. Al subir la persiana del dormitorio, el reflejo del sol me recibió en un punto donde nunca lo había encontrado. Daba de lleno en la ventana de enfrente, me ofrecía un guiño de luz radiante para lanzarme a los 53. ¡Bienvenidos!

Cuando más tarde salí a la calle para compartir mesa y mantel, el cielo mostraba un azul limpio y espléndido, una fuerza indecible. Lo comenté con mi padre. Ese azul. Me contestó que ya Gómez de la Serna decía que la luz de abril era la mejor de los cielos madrileños y, por tanto, la más adecuada para visitar las salas del Museo del Prado. No dará tiempo en abril, pero tengo que volver al Prado y lo he anotado en los planes del nuevo año vital.

Comida y cena sirvieron para reencuentros, confidencias, alimentar el cuerpo y el espíritu. Rasgué papel de regalo, recibí sorpresas y flores. Tampoco olvidé entrar en una librería para unir mi celebración personal con el Día del Libro. Desde que tengo memoria, nunca ha faltado un libro nuevo en cada cumpleaños. También acudí a mi cita con la lectura y el aprendizaje de la escritura, en el taller de los martes. Escribir y leer me han constituido desde la infancia. Los libros jalonaron el camino. Los borradores propios, también.

Soy quien soy por mis ancestros y mis circunstancias, celebro cumplir años y sigo aprendiendo. Me interrogo por los aspectos que no me gustan y miro con la perspectiva del tiempo en quién me he convertido. En mi caso, todo cumpleaños es un balance. No he podido evitar pensar en la niña que soñaba ser escritora, sin el referente de nombres de mujeres donde poder reconocerse; tampoco en la joven que dudó entre estudiar Políticas o Periodismo. Finalmente, me decanté por el amor a las palabras, confiando, ingenua hasta la médula, en un periodismo capaz de ayudar al cambio social y contribuir a mejorar el nivel educativo y cultural de la sociedad.

En estos días, reconozco los espejos astillados, los sueños rotos y también, el material de construcción del futuro. En política, hubiera durado un cuarto de hora. En cuanto al periodismo, me queda este espacio irrelevante desde el que escribo algunos artículos sabiendo que no voy a cambiar nada. Si acaso, ayudar a la reflexión de otra persona tan aturdida como yo misma, con parecidas preguntas sin respuestas.

Somos los espectadores de una realidad atroz donde la vida y la verdad no valen nada. Donde los muertos del genocidio de Gaza son la cifra de un informativo, una frase telegráfica que responde a la exigencia de un titular bien escrito, aunque carezca de alma y consecuencias: “las autoridades de Gaza estiman en 34.350 los muertos en la Franja por la ofensiva de Israel”.

Entre tanto, en nuestro país, un montón de noticias prefabricadas desde el odio y la mentira alimentan el mecanismo de una justicia estéril y ponen en peligro los valores democráticos. No es nuevo, ha ocurrido en Brasil y Portugal, por citar un par de ejemplos. Y quizás, como ha comentado el ensayista César Rendueles en una red social, comenzó el 11 de marzo de 2004, cuando las familias de los muertos del peor atentado de nuestra historia fueron insultadas y calumniadas por quienes no se resignaban a la derrota electoral, consecuencia de otras mentiras. Me temo que nuestra democracia heredó una carga y unos manejos que tal vez sean demasiado venenosos para su futuro, como explica de forma magistral Ignacio Escolar, en el artículo titulado ¿Merece la pena?

No obstante, en medio del ruido y nuestro cansancio, aunque cueste, hay que seguir defendiendo la esperanza. Seguir escribiendo y leyendo para no dejar que el cerebro y el corazón sean colonizados por la insidia y la maldad. Resistir desde la alegría y la celebración de la vida, que es lo único que tenemos, sin perder la memoria ni la dignidad. Para ayudarme, rescato las palabras preliminares en la antología poética de Juan Carlos Mestre, titulada La desobediencia de las palabras, recientemente editada por Bartleby. “¿Qué puede decir el poeta en estos tiempos sombríos?”, se pregunta Crespo Massieu, responsable de la selección y el prólogo, que responde partiendo de la voz de Mestre: “alentar el discurso de lo imprevisible, ser una voz más en la república de la imaginación, defender la alegría y ayudar a construir la casa de la verdad”.

Cierro estas líneas desde la resistencia que conocemos los que no hemos sido hijos ni nietos del privilegio sino del esfuerzo. Pongo un punto y seguido en mi pequeña celebración de la vida con la belleza del álamo que todos los días veo desde mi ventana. Hace algunos veranos, por la noche, alguien quemó un contenedor próximo. El fuego alcanzó su corteza y las ramas más bajas. Aún quedan huellas de esas heridas, pero cada primavera se llena de hojas nuevas y ya es el árbol más alto de la plaza.

Encuentros con la poesía

Las semanas transcurren como ráfagas, mientras las obligaciones y las averías domésticas consumen el tiempo por entero o roban las horas que había soñado para mí. Mientras tanto, no paran de nacer libros, surgir encuentros y lecturas, pero me es imposible atender tantas convocatorias. Desde estas líneas, van también mis disculpas por las ausencias.

Reconozco que el cansancio y un cuerpo que requiere horas de ejercicio y cuidados no pueden con más horas de escucha sobre una silla, aunque íntimamente anhelo el encuentro con la palabra, para seguir alimentándome. Por eso, los viernes, algunos viernes, he acudido a su cita. La promesa del fin de semana y la celebración del abrazo aplazado me han dado el empujón definitivo. Aunque no haya habido tiempo para la crónica ni la reflexión posterior. Quizás no sea tarde, sobre todo, porque si se recuerda y se escribe, permanecerá.

En el VII Ciclo Poesía y Psicoanálisis, una de las actividades enmarcadas en los ‘Diálogos con el Arte’ que organiza el Foro Psicoanalítico de Madrid, escuché la voz poética y reflexiva de Arturo Borra que conversó con el psicoanalista Gabriel Hernández el pasado 15 de marzo. Una vez más, el diálogo, coordinado por Alberto Cubero, entre un poeta y un psicoanalista propició una atmósfera de íntima confianza en la que Arturo Borra nos hizo partícipes de sus poemas y sus procesos creativos “en estos tiempos, en los que peligra la hospitalidad de la escucha”. Frente a ese contexto, Borra nos dijo: “la escritura de la poesía busca cavar un pozo o abrir grietas. Es un ejercicio incómodo al que entregamos nuestro tiempo, y no sólo el tiempo; a cambio de, nada más y nada menos, que la propia poesía”. Su voz continuó: “uno escribe desde la intemperie, arrojado a una tierra de nadie que rebasa lo sistémico. La poesía apunta a otra lengua que no es comúnmente aceptada y, sin embargo, el acto poético es un acto de comunión, porque la poesía abre lo simbólico, surge de una experiencia de asombro y conecta con lo que no es decible, ofreciendo una propuesta de diálogo entre iguales, entre autor y lector”. Se citaron muchos autores, entre ellos, los que apunto en esa lista imposible de un ocio más ancho: Eduardo Milán, Jacques Derrida, Roberto Juarroz, Julia Kristeva, Mark Fisher… Mientras los propios libros de Arturo Borra volvieron a recordarme su lugar en las estanterías de casa, en especial, el titulado Poesía como exilio (Prensas de Zaragoza, 2017).

Tras la pausa de Semana Santa, Ana Martín Puigpelat y Leandro Alonso, nos convocaron a la presentación de su último trabajo. Me reconcilié con el mundo cuando la poeta y editora Nares Montero reconoció que “la incomodidad es muy fértil”. Guardé esas palabras como amuleto presente y futuro, para luego, adentrarme en el libro que nos reunía, titulado La inversión o el reflejo, editado por Evohé. Entre montajes fotográficos profundamente inspiradores y poemas cuyo principio y proceso han olvidado sus autores, este trabajo a cuatro manos nos habla de lo impersonal y de la creación desde el nosotros, de la fuerza de un lenguaje casi telegramático y el peso de lo fragmentario, del poder evocador de la imagen y la palabra que se intercambia y crece.


Sin cerrar nada, cierra esta crónica de urgencia contra la amnesia, el acto organizado por la Asociación Brocal y celebrado el pasado el pasado viernes en Alcobendas, en torno al libro titulado Extravíos (Kaótica Libros, 2023), de Esther Peñas quien dice “escribir sin pensar” y reconoce este texto como un “libro a caballo entre lo reflexivo y lo poético, donde el amor, como territorio no conquistado por el capitalismo nos acoge». La conversación entre Esther Peñas y Alberto Cubero fue de nuevo inspiradora. Benditas sean las personas que aún sostienen que: “la mejor forma de vivir es hacerlo con gratuidad, y cuanto implica de cuidado, escucha, detalle y acoger al otro… Al margen de la recompensa”. Reconocía Esther Peñas que recibimos muchos impactos que nos distraen de lo que verdaderamente nos importa. Por eso, insistió en la importancia de recordarnos qué queremos y de ser honestos con nuestro deseo. Algunas de las palabras clave de la velada fueron belleza, bondad, esperanza y verdad, también la importancia de lo pequeño y los márgenes. Ojalá se cumpla su bella proclama, “distraídos venceremos”, y cada una de las “bienaventuranzas futuras” con las que se cierra este libro. Así, por ejemplo: “Bienaventurados los que no saben, porque serán colmados de flores. (…) Bienaventurados los astrónomos, pues ellos trazarán el camino”.

En una de las sillas, reposaba antes de llegar a manos de Esther Peñas, un ramo de lilas silvestres. Un regalo, un recuerdo y un guiño al tiempo, que me hizo recordar mi poema ‘Rituales’. Aquí lo dejo también, porque en estas fechas es inevitable.

Rituales

Los lilos ofrecen sus flores

en ramas cercanas.

Su generosidad sorprende.

Su entrega los desnuda.

Un golpe de nostalgia

sacude sus hojas firmes,

las astillas del tronco,

el perfume en los pétalos.

Son las lilas de la abuela.

Las vimos llegar

al jarrón verde de barro

en los años de la infancia.

De paso por los días, (Bartleby Editores, 2016. Madrid).

Esta nueva semana arranca con varios días marcados en par e impar, rojo y poesía:

– 16 de abril. Homenaje a Juan Carlos Mestre, dentro de los actos de la XXV edición de Vallecas Calle del Libro.

– 19 de abril. Nueva sesión del VII Ciclo de Poesía y Psicoanálisis, con Rosa Lentini.

– 20 de abril. Vermut poético de Genialogías: ‘Lenguas del estado, una poética desde la periferia’, con María García Díaz, Berta Piñán y Begoña Chorques.

Ojalá las fuerzas den para todos ellos. Ha llegado la primavera, estoy a punto de celebrar otro Día del Libro, es decir, de inaugurar otro año vital y renovar mis deseos. A pesar de cansancios y silencios, toca ser quien soy y amar cuanto me constituye. Si podéis y queréis, nos vemos por el camino.

Palabra de guerra o de paz

He dejado atrás semanas difíciles, marcadas por las palabras. Las que no se dicen, las que se malinterpretan, las que generan un equivoco mayor que el que intentan solventar y se multiplican en una espiral diabólica… Palabras enredadas, palabras dardo, herida, maldición, rasguño…

Su errático decir ha resonado en mi cabeza como un castigo. El insomnio y la jaqueca han sido permanentes mientras el aturullamiento verbal se hacía lenguaje, dejándome indefensa. A mí, que siempre tuve la palabra por aliada, que escribí como quien sueña.

Por eso, opté por el silencio. Pedí una tregua. Me refugié en algunos libros y películas, las palabras de otros; y en el paisaje, su calma sin lenguaje. Mejor callada, si no iba a ser capaz de pronunciar la palabra precisa, eficaz, mágica, sanadora, compañera…

En ese retiro mudo estaba el pasado 7 de octubre, cuando se produjeron los ataques de Hamas sobre Israel. Quise escribir algo, quise decir, pero me mantuve en silencio. No encontraba ninguna palabra capaz de explicar o contrarrestar tanta barbarie. Sabía, como sabe cualquiera que haya estado al tanto de las relaciones internacionales contemporáneas, que se trataba de otro salto hacia el abismo colectivo. Un hito gravísimo para un conflicto interminable.

Una semana después, ¿cómo escribir ante las imágenes que hemos visto de Gaza e Israel? Es dolorosamente irónico que esa zona, que se denomina “Tierra Santa” y fue escenario de las Sagradas Escrituras, sea la que ha acumulado tantas palabras dichas y escritas en vano durante décadas. De los diez mandamientos que aprendimos de pequeños, el segundo decía: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. ¿Cómo no preguntarse si existe dios? ¿Cómo no dolerse de lo que han hecho sus criaturas en su nombre a lo largo de los siglos?

El llanto de los supervivientes y heridos ha cubierto miles de cuerpos inertes, mientras los distintos actores desplegaban el lenguaje de la venganza o la diplomacia, con todos sus silencios y coartadas estériles, con sus intereses e intenciones en susurro. Y mientras, los gritos de dolor, a uno y otro lado. Gritos que no alcanzan a ser lenguaje articulado y nos igualan en lo humano de la lágrima. Gritos que son interjección desesperada. Y sábanas, abultadas y calladas, miles de sábanas que albergan cuerpos de todas las edades.

He estado tentada de compartir mi análisis de lo que estaba sucediendo, como he hecho otras veces, pero sabía que las redes sociales no son espacio de diálogo y evité meterme en el ruido… Pero ahora, con el corte de suministros básicos y el ultimátum que pesa sobre la franja de Gaza, medidas contrarias al derecho internacional, se me está haciendo nudo todo lo visto y escuchado. Y escribirlo es la forma de soltarlo, porque he conocido a palestinos e isralíes que anhelan la paz, cuyo dolor está silenciado bajo la amenaza de las armas.

En un acto imaginario imposible me veo ante el líder de Hamas, que ordenó los ataques del 7 de octubre, preguntándole para qué. La misma pregunta que le formularía a Netanyahu, que con la respuesta militar y el ultimátum sobre la población civil de Gaza está actuando de la misma forma ilegal que lo hizo Hamas, sumándole la desproporción de fuerzas. ¿Para qué, si en lugar de favorecer el acuerdo lo vais a imposibilitar?

Sabemos que un Estado no puede actuar igual que un grupo terrorista, salvo que opte por el terrorismo de estado. Además, como bien explica Jesús Núñez, en el artículo Palestina hundida en la barbarie, publicado en El Diario: “La guerra no comenzó el pasado sábado y, por tanto, resulta insostenible que Israel pretenda presentarse como víctima obligada a responder sin límite alguno, como si no llevase décadas incumpliendo el derecho internacional, desatendiendo sus obligaciones como potencia ocupante, violando los derechos humanos y aplicando un régimen de apartheid”.

En este contexto, me ha sido imposible no acordarme del 11-S. De hecho, muchos medios consideraron el incendiario ataque de Hamas como el 11-S israelí: un ataque sorpresa que ha generado la muerte de centenares de inocentes. Los recuerdos me han llevado a lo que vino después. Una respuesta ilegal y desproporcionada que iba a sentar un dramático precedente. EEUU lo consideró el motivo suficiente para la guerra contra Afganistán, primero, y la de Irak, después. Algunos, en sus abultadas cuentas corrientes, tendrán la respuesta del para qué. El resto pensamos que la injusticia y la barbarie solo se engendran a sí mismas, en una cruel espiral de dolor. Basta con asomarse a los mapas y a los indicadores socio-económicos.

Hoy, domingo 15 de octubre, hay varias manifestaciones convocadas en apoyo a Palestina. Las citas apenas están teniendo difusión por razones económicas, ideológicas y de seguridad. Yo aún no sé si iré a la de Madrid. También me siento paralizada en el para qué. De qué nos va a servir si no vamos a detener la muerte. Qué consuelo puede aportar a quienes lo han perdido todo.

Mañana debería ser un día de fiesta, aunque sea de forma privada al menos para mí, porque en España celebramos el Día de las Escritoras, una palabra que me ha guiado desde el más íntimo secreto. Aunque hoy escribo y me pregunto para qué.

Menos mal que ayer acudí al homenaje a Antonio Gamoneda y él me supo dar la respuesta: “Después de todas las posguerras, el deber del poeta es la alegría, cuidar de los otros y defendernos del mal”. Me parece el mejor mandamiento posible.

De nuevo, me salvan las palabras ajenas. Me reconcilio con el mensaje que hermana. Me emociono con el video que recibo de mis sobrinas, en el que las veo como aprenden a leer. Me digo que la palabra es nuestra carne. Y que frente a una palabra en guerra, yo, como en aquel poema de Blas de Otero, Pido la paz y la palabra.

Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio»,
«sombra»,
«vacío»
etcétera.
Digo
«del hombre y su justicia»,
«océano pacífico»,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.

Verano de memoria, sentidos y extrañeza

He percibido cierta extrañeza al comenzar este verano. Supongo que no se debe sólo a la convocatoria electoral, sino a sensaciones más íntimas. Quizás, porque el verano pasado me permití unas vacaciones extraordinarias, y al inicio de éste, han regresado con fuerza las preguntas de entonces y las respuestas son un remolino que me incomoda. Quizás también por la proximidad entre el cambio de estación y el Día de las Personas Refugiadas, que me sumergió en la sensación de bucle y desesperanza que facilitan las noticias diarias. Tenía un texto a medias, pero volvió a paralizarme la pregunta de si tiene sentido escribir y aún así, aquí estoy, de vuelta al teclado para que el blog tenga cierto movimiento (me abochornan tres textos publicados como balance de medio año), para dar sentido a los propósitos de hacer lo que me gusta y, seguramente, porque no sé vivir sin la escritura.

El verano del hemisferio norte se inició ligado a la tristeza de la memoria, al cumplirse un año de las muertes en la valla de Melilla, un aniversario de vergüenza, silencio y causas archivadas; devoluciones ilegales, muertos y desaparecidos sin funeral. El calendario también nos recordaba la sombra alargada e inútil del Día de los Refugiados. Una fecha que, en cada balance anual, arroja cifras más abultadas, mientras la Unión Europea maldice sus principios, construyendo un relato indecente del que las mafias y ciertos regímenes siguen sacando pingües beneficios. El texto que escribí en este blog allá por 2019 hubiera resultado nuevamente válido de no ser por el constante incremento de las cifras y porque este año dos noticias radicalmente opuestas miraban al mar: un naufragio sin precedentes en aguas griegas y la búsqueda de cinco aventureros millonarios tras el rastro del Titanic. Dos hundimientos y dos varas de medir, dos balances de víctimas mortales y una alarmante brecha entre la atención mediática y los recursos desplegados.

Lejos de la costa, en el caluroso verano madrileño, el mar no es más que una promesa y un horizonte más o menos remoto. En estas calles, cuando aprieta el calor, lo único que sabemos es que Madrid se vuelve más intenso e irrespirable, como si el verano dejara de ser una estación o un reclamo publicitario y se volviera una palabra sólida, insoslayable… En paralelo, las noches insomnes se multiplican. De modo, que los sentidos se agudizan mientras nuestra cabeza se atonta, presa del calor y del cansancio acumulados.

Es el mismo calor de todos los veranos, pero nos sacude de un día para otro. De pronto, los olores resurgen más fuertes que nunca: tanto el de las esquinas donde se superponen los orines como el de los diversos tipos de acacias, cuyas flores parecen estallar con las altas temperaturas. Bastó pasar cerca de un árbol casi incandescente para recordar un olor de la infancia, el “pan y quesito”, cuyas florecillas mordíamos sin entender el nombre, porque aquello no era ni pan ni queso, sino la sensación de merienda y golosina callejera. La vista, los ojos sufren, y es imposible avanzar sin gafas de sol ante una luz que hasta el anochecer implica un castigo furioso. Y el tacto vive en permanente alerta, pues rozar una barandilla o sentarse en un banco metálico a esperar el autobús puede quemar más que un mal sueño. En el caso del oído, tampoco le va mejor, sometido al ruido incesante de las ventanas abiertas por dónde se cuelan la discusión y la jarana, y el rumor de todo tipo de motores. Aunque agradezco el cansino y ruidoso aleteo de las chicharras, que confirman que es posible sobrevivir al calor y ponerle música, ese fondo sonoro que también había olvidado. Por su parte, la lengua seca insiste en reclamar agua, hasta el punto que cada peatón carga su botella, como si fuera un bastón que ayuda a no desvanecerse.

En el primer intento de escapada a la sierra, me equivoqué de tren o de andén o las dos cosas. Los retrasos se encadenaban en la estación y bajo el sol que cubría todo el andén, mis sentidos fallaron. Si hubo avisos por los altavoces o mensajes luminosos no les presté atención, sumida en el cansancio de un viernes por la tarde y la rutina de un viaje que he hecho incluso con los ojos cerrados. Pero no, uno no puede confiarse en el caos incesante de una ciudad donde las dinámicas urbanas (las obras, las incidencias, los cortes del servicio…), han superado el alcance de nuestro entendimiento y resistencia.

Después de quince minutos de solanera, agradecí tanto el aire acondicionado del tren que no atendí más razones. Una vez sentada, me relajó la sensación de movimiento, atravesar La Casa de Campo, coger aire en sus árboles y en el azul artificial de varias piscinas. El paisaje era el de siempre. Pero al dejar atrás Las Rozas, el tren dio un giro que se me hizo raro, aunque no le presté atención, fascinada como estaba ante la vista de jovencísimos corzos. Su belleza me impidió razonar, aunque algo iba mal. En mi aturdimiento, tampoco reaccioné al percibir que las torres del final de la Castellana se iban acercando, convertidas en figuras que se derretían bajo una luz implacable. En aquella sensación onírica, de corzos vivos y edificios llameantes, se escondía la realidad de que atravesábamos el Monte del Pardo en dirección a Madrid.

Salí del sueño a golpe de megafonía, está vez, sí, cuando una voz metálica anunció la llegada a Pitis, de nuevo en la capital. Salté al andén de una estación que no había pisado nunca, donde los demás viajeros también parecían náufragos a la espera de un destino incierto, ante la letanía de monitores y altavoces que explicaban lo obvio: “el servicio no se presta con normalidad”.

Recuperé la sensación de calor y cansancio, también las ganas de llorar. Tras una semana laboral agotadora, el fin de semana comenzaba desbaratando planes propios y ajenos. En Alpedrete, me esperaban para compartir la lectura de Mª Ángeles Pérez Lopez, y su Libro mediterráneo de los muertos, pero en aquel nudo ferroviario, el mar estaba tan lejos como la poesía. Mientras las voces de la catástrofe hacían metáforas hiperbólicas en mi cabeza, un mensaje amoroso me recordó que el mundo no se acababa ahí, y que tanto la poesía como el abrazo, esperarían el primer tren. Y yo, volví a aferrarme a la risa y a la esperanza. Y a desear un buen verano. Ojalá lo sea para quienes seguís estas líneas.

Un nuevo cumpleaños

Quiero agradecer al tiempo la celebración de la vida, con un nuevo cumpleaños.

También quiero agradecer su tiempo a todas las personas que se acordaron de la fecha, y me dedicaron el suyo.

He recibido muchos, muchos mensajes. Hoy en día, se multiplican los canales y las sorpresas, los formatos. Hay palabras y emoticonos, hay voces que llegan desde miles de kilómetros, videos, canciones… También hay besos y abrazos cercanos, los que son posibles. Y la fortuna de saberse querida, en cualquier caso.

El 23 de abril de este año comenzó en su vigilia: la enésima noche de insomnio. Como al día siguiente era domingo, podía permitirme el lujo de no sufrir pensando en un despertador y un listado de tareas implacables. Esperaba un día relajado.

Fui llegando al amanecer despacio, imagino que igual que en aquella madrugada de hace 52 años, cuando las progresivas contracciones iban anunciándome.

La noche fue un viaje. Una mirada al año vital que se cerraba y al que se abría. Otro balance. ¿Qué le vamos a hacer? Soy una pesada de las fechas señaladas y los buenos propósitos.

A última hora, me venció el sueño; y al despertar, no se oyó el llanto del bebé sino los pasos de la mujer que soy. Un poco más lenta hacia la ducha, y al encuentro con los míos.

Ya había llegado un ramo de flores, también el libro que, todos los años, me auto-regalo. Después, los detalles de otros. Aquello en lo que pensaron que me haría feliz. Cómo no serlo. Compartir desayuno y almuerzo. Poder echarme una siesta que resultó sanadora. Mi tiempo es mío, a veces, y entonces, es un regalo de los mejores.

Y al caer la tarde, un paseo y una charla cómplice; las manos y las palabras propias y ajenas al encuentro de los deseos y los sueños; la literatura y los proyectos en curso, como una nueva determinación y un rumor de fondo. Porque escritura y lectura siempre estuvieron. Y nacer en el día del libro siempre fue un regalo. ¿Qué me iban a regalar?

Antes del anochecer, los ojos disfrutaron de la belleza de un paisaje próximo y arrebatado. El arrebol, las nubes de la lluvia imposible, los colores del cielo de Madrid, las siluetas que prendieron la imaginación de la infancia, la certeza de los árboles, la luna en sus primeros días de fase creciente junto a Venus.

Hoy tarareo la canción “Gracias a la vida”. Y sé que detrás de ese agradecimiento están las muchas manos que me sostienen, todos los ojos que me siguen leyendo, y me alientan. Por mí y por ellos, en esta nueva vuelta al sol, me propongo dar trabajo a la imprenta.

El tiempo y su azar dirán.

Mientras tanto, aquí queda escrito, y sigo tarareando, afortunada.

La palabra escrita y el latido vital

En la librería Enclave de Libros, el lunes 14 de noviembre, fue la tarde de María Negroni, felizmente acompañada por Esther Peñas y Juan Carlos Mestre. Un par de horas magistrales sobre la escritura de poesía: el vértigo lingüístico, la palabra que detona, la falla entre significado y sentido, la indagación y el error. Llené el móvil de notas. Mientras los dedos tecleaban, la cabeza celebraba la fiesta de una poesía que se abría con la experiencia amplia de los tres implicados. Entre las muchas frases anotadas, algunas de las que, creo, dijo María Negroni: «El poema como una miniatura del mundo. Lo único que interesa es lo que no sabemos. La poesía es ese espacio donde el lenguaje nos lleva en una ceguera trabajada y trabajosa en una serie de preguntas sin respuestas. Preguntas básicas sobre la existencia, la muerte, el mundo… En la poesía, se produce una tensión máxima del lenguaje que no sé da en ningún otro género. La poesía tiene que ver con los sobresaltos, los alumbramientos y la intensidad emocional que se da en todo texto literario”.

Juan Carlos Mestre, María Negroni y Esther Peñas.

El jueves, 17 de noviembre, en la sala Ámbito Cultural, en el marco del Festival Eñe, tuve la fortuna de escuchar a Alejandro Zambra, quien conversó con Gonzalo Escarpa sobre sus libros y su escritura. Fue un encuentro chispeante en el que descubrí que Zambra no sólo es el gran escritor que me fascina, sino también un hombre lleno de inteligencia y sentido del humor, honesto, llano, buen conversador. De la poesía dijo: “La poesía está muy ligada a lo oral y a la música, por eso me enganchó, pero se enseña muy mal. Sólo se disfruta con placer si uno se topa con ella. Y un poema se lee mil veces, igual que un disco, por puro disfrute, al margen de que se entienda o no”. Sin prisa por irse, Alejandro Zambra, que comenzó como poeta y ahora es un conocido novelista al que le gusta mezclar géneros y romper los códigos establecidos, compartió generosamente los secretos de su quehacer literario y ofreció algunas claves para quienes imparten talleres literarios y quienes se acercan a ellos con el ánimo de aprender a escribir. Personalmente, después de tantos y tantos años como alumna en esos espacios mágicos para la creación literaria, entendí algunas cosas que me han ocurrido o han ocurrido a otros. “Se escribe desde la duda, siempre. Y los talleres quieren resolver las dudas. Los profes son heroicos. Asumen muchos riesgos. Pero hay muy malos talleres de escritura: aquellos en los que o bien los profesores elogian todo o bien aquellos que le dicen a alguien que no tiene talento. Personalmente, creo más en los procesos”. Y más allá de esos procesos, unas palabras de ánimo que resonaban con todo el peso de la verdad y la historia: “Todo lo que hoy es buena literatura en su momento fue raro. Por eso es tan difícil enseñar a escribir. No se trata de buscar lo que nadie ha hecho. La página no está en blanco, está en negro. Todo está escrito. La clave es borrar y quedarse con lo que uno quiere”. Al final, me acerqué a que me firmara Formas de volver a casa, y pude agradecerle personalmente que ese libro me devolviera, en un momento clave, la pasión por la lectura y la escritura de narrativa. Ojalá que se pueda ver su charla, titulada Poeta chileno, jugando con el título de su último libro, en el canal audiovisual del Eñe, porque fue verdadera medicina para los días de bloqueo ante la escritura.

Gonzalo Escarpa conversa con Alejandro Zambra.

Y el fin de semana me recompensó con una escapada gozosa a Alpedrete y Cercedilla. El otoño me regaló un paisaje que disfruté poco tiempo, pero que vibraba con toda la belleza de esta estación. En las inmediaciones del Centro de Visitantes Valle de la Fuenfría tuve una hora mágica, para detenerme en las hojas de los robles y los helechos, los pinos y el musgo, el rastro del frío y las primeras setas.

Tras ese paseo sanador, aprendí mucho en un coloquio sobre la Sierra de Guadarrama, organizado dentro del Festival Bellota Art, promovido por La Dársena. Presentado por Alberto Cubero, el acto se convirtió en un refugio de belleza y sirvió para conocer la magnífica obra del fotógrafo Javier Sánchez, así como sus trabajos en colaboración con Julio Vías, escritor; y la sensibilidad del ilustrador Bernardo Lara. Los libros de los tres fueron también un homenaje a Miguel Tébar, editor de todos ellos al frente de ediciones La Librería, que falleció hace pocas fechas en un accidente de montaña. Sus explicaciones, las fotografías y las ilustraciones compartidas a lo largo de una mañana salpicada por los primeros copos de aguanieve nos recordaron la necesidad de mirar y respetar a esa sierra maravillosa que desde Madrid es horizonte, y el deber colectivo de preservar sus usos, su memoria y su paisaje. Cuánta sabiduría y sensibilidad en sus obras, cuánto oficio, cuánto tiempo dedicado a captar ese mundo que, entre las prisas y el absurdo de hacernos malos adultos, olvidamos disfrutar a pesar de que, paradójicamente, está tan al alcance. Un árbol, una sombra en la montaña, un pájaro, una nube, un atardecer… No lo puedo decir mejor que como lo expresó Bernardo Lara: “En el arte de mirar está todo. La naturaleza ya nos está mirando. Nosotros tenemos simplemente que mirarla, sin más propósito que ese, como los niños”.

Julio Llamazares conversa con José Manuel Navia, con una foto de éste, de fondo.

Y esas palabras resonaron mientras la ventanilla del coche, que nos devolvía a Madrid, iba dejando atrás montañas y nubes vestidas de fiesta. Mi gato Fénix celebró el regreso. Dio saltos y carreritas de bienvenida y no llegó a entender del todo porque las luces volvían a apagarse en casa. Pero como cierre, y a pesar del cansancio acumulado, quería llegar al Círculo de Bellas Artes, a escuchar el diálogo titulado Huellas sobre la tierra, entre Julio Llamazares y José Manuel Navia, que, curiosamente, sirvió de feliz continuación a la charla serrana. Fue un verdadero placer que nos dejaran colarnos en la conversación cómplice de dos amigos, que han compartido proyectos, reportajes, libros y viajes, y que han reflejado desde la escritura y la fotografía muchos de los paisajes y las experiencias vitales que, desde hace décadas, relatan la larga crónica de la memoria y la nostalgia. Aunque casi todo el mundo sepa escribir y haga la lista de la compra; aunque casi todo el mundo vaya con una cámara de fotos incorporada en su teléfono móvil; ambos defendieron la misión que, como escritor y fotógrafo, respectivamente, ellos han elegido: la de ofrecer su testimonio contra el tiempo y contra la muerte. Como ambos explicaron, ahora se habla mucho de la España vacía o vaciada, y demasiados periodistas les han aburrido a preguntas sobre las causas, a pesar de que ellos, como reconocieron ayer, no pueden dar respuestas que corresponden a sociólogos, demógrafos o economistas… Julio Llamazares dio la clave: La lluvia amarilla (que se publicó y leí con devoción en 1988), ya nos ponía frente a un momento y un personaje, a su morir solo que, lamentablemente, es hoy un fenómeno tan rural como urbano.

Sin duda, después de mucho tiempo de interiores y desgana, esta semana ha sido un tiempo de celebrar la vida y la escritura que, en mi caso, van tan unidas. Espero no perder el hilo de las palabras de tanto maestro ni el empuje de estas horas y su paisaje.

Una manifestación histórica por la sanidad pública de Madrid

Tengo aún la emoción y el ánimo encendidos, tras participar esta mañana en la manifestación convocada por los “Vecinos y vecinas de los barrios y pueblos de Madrid”, contra el plan de destrucción de la atención primaria sanitaria.

No he podido acudir a otras citas y la de hoy, se preveía multitudinaria. Quise inventar excusas y pensar que no pasaba nada si faltaba; pero, al final, me recordé una promesa que hice en los meses duros de la pandemia, cuando era imposible manifestarse contra el desamparo, la mentira y la pésima gestión política sanitaria.

La mañana comenzó nublada, pero ya en el metro se percibía la energía de los días brillantes y las causas colectivas. El trasbordo hacia Ópera era multitudinario y dejé escapar un tren abarrotado en un andén casi lleno que esperaba al siguiente. Camisetas y batas blancas, corazones verdes, mascarillas diversas y personas de todas las edades. Una auxiliar de Metro guió a una pareja que empujaba la silla de ruedas de su hijo hacia el final del andén, donde iba a ser más fácil acceder a un vagón sin apreturas. El metro iba a tope, como en la hora punta de un día laborable, aunque era domingo.

Intentado salir del metro de Ópera a la superficie.

En la plaza de Ópera, desde donde debía salir la columna oeste, costaba encontrar hueco o moverse entre el gentío. Había salido el sol. Se escuchaba la batucada, pero no veía la cabecera ni parecía posible que aquella muchedumbre se moviera si la ruta tenía que atravesar la Puerta de Sol, convertida en ratonera, gracias a obras tan despilfarradoras como innecesarias.

Volví al metro. Pensé que era mejor avanzar hasta Sevilla bajo tierra. Dos estaciones y al salir, la calle Alcalá estaba aún vacía, pero a lo lejos, ya se divisaba la Plaza de Cibeles con mucha gente y me fui para allá. Allí, logré situarme muy cerca de la estatua y, gracias a los mensajes de móvil, encontrarme con amigas que hacía mucho tiempo que no veía. Desde la espalda de la diosa, veíamos la marea humana que bajaba desde la Puerta de Alcalá, y escuchábamos el rumor de la batucada que venía desde Atocha, y el mar de voces y pancartas caseras que procedía desde el norte, recorriendo el Paseo de Recoletos.

Mientras llegaban las cuatro cabeceras, distintas voces fueron tomando la palabra en el estrado. Sin partidos políticos ni banderas de ningún sindicato, reivindicando el sentir de quienes estábamos allí que, como se había pedido desde la organización, solo agitábamos pañuelos blancos.

Se recordó a la ‘Marea de Residencias’ en su lucha contra los protocolos de la vergüenza. Aquellos que, en tres días de marzo de 2020, establecieron por escrito que el deterioro cognitivo o la falta de movilidad descartaba el traslado hospitalario de centenares de mayores, que fueron condenados a morir solos y a no ser llorados.

La plaza enmudeció a pesar de estar rebosando, con un minuto de silencio dedicado a la memoria de residentes y sanitarios fallecidos durante la pandemia. Los pañuelos blancos volvieron a agitarse, en un intento imposible de enjugar las lágrimas de aquellos días.

Se ha reclamado la salud de todas las personas, al margen de su renta, su origen, su edad o situación administrativa. Debería dar igual quién acuda a un centro sanitario, la atención ha de ser pública, universal y de calidad. Y así se ha dicho una y otra vez, pensando y dando voz a las personas excluidas de tratamientos de VIH, a pacientes de enfermedades invisibilizadas, covid persistente o salud mental. También se ha defendido el trabajo de los centros sanitarios rurales, desmantelados en las últimas semanas para reabrir los centros de urgencias urbanos que se cerraron en marzo de 2020.

El personal sanitario lo ha dicho por activa y pasiva y hoy se ha vuelto a repetir: la atención primaria y de proximidad salvan vidas y son menos costosas que las urgencias hospitalarias. Y es una barbaridad mezquina y pura difamación acusar a los colectivos sanitarios de no querer trabajar cuando se dejaron la piel en la pandemia. ¿Acaso hemos podido olvidar, en tan poco tiempo, los aplausos, sus contagios y sus jornadas extenuantes, su desprotección para atender una infección desconocida sin guantes ni mascarillas suficientes?

El testimonio de los sanitarios nos sigue ofreciendo un discurso vocacional. Han pedido respeto por el dolor de sus pacientes, defendiendo una profesión que aman y no tiene sentido a través de una pantalla de plasma. Ellos y ellas, como se ha dicho, son héroes y heroínas que no llevan pulserita sino batas blancas. Algunos están siendo expedientados por denunciar la situación en la que están sus centros de salud. Son objeto de un discurso de odio que impulsa las amenazas y las agresiones físicas que reciben. Y sin duda, si se les ofrecieran condiciones dignas de trabajo, no optarían por el éxodo sanitario que está viviendo Madrid. Porque no se van: los echan, los trasladan, los despiden, los usan y los tiran como si fueran un trapo viejo.

Hoy, en el vigésimo aniversario del hundimiento del Prestige y de su marea negra, la plaza de Cibeles, la más blanca de la capital, ha sido un clamor contra la injusticia ante una situación de emergencia sanitaria y social que rompe las costuras de una sociedad teóricamente rica y sustentada en el estado de bienestar. Por mucho que los manipulen, los datos demuestran que falta presupuesto en atención primaria, en unidades médicas especializadas y en investigación. Y que el recorte sistemático y el desvío de fondos públicos hacia redes privadas o privatizadas suponen el incumplimiento de derechos constitucionales, como son el derecho a la salud y a la atención sanitaria de la ciudadanía.

Ha sido emocionante volver a entonar “El canto a la libertad” de Labordeta, devolviendo la dignidad a esa palabra que no merece ser pronunciada por quien la mancha y la ataca. Porque como bien se ha dicho hoy: “No hay libertad cuando hay enfermedad”. Parece que nos quieren enfermos y divididos, pero hoy la población de Madrid ha demostrado que está sana y unida.

A la hora de publicar estas líneas, la guerra de cifras está en marcha y el Consejero de Sanidad está quitando importancia a la manifestación de hoy. Me importa un bledo. A su desprecio, el mío. Quienes hemos participado en la convocatoria sabemos lo que hemos vivido. Hasta el sol se ha sumado a una jornada inolvidable. No se ha reforzado el sistema de transporte ni para ir ni para volver. No hemos escuchado al helicóptero que nos ha seguido otras veces. Si no nos esperaban, da igual: hemos estado presentes y vamos a seguir estando. Tenemos memoria y vamos a expandirla entre los olvidadizos, porque es una marea de ilusión y de vida. De utopía, ese seguir andando para avanzar. Ojalá la mañana de hoy sea un nuevo principio.



Unas vacaciones extraordinarias

Ha terminado el curso escolar y después de muchos años, vuelvo a sentirme como en los remotos tiempos estudiantiles, con un largo verano por delante. Llevo meses escribiendo del cansancio, la necesidad de buscarme y encontrarme, el desánimo que se ha hecho huésped, los sueños aplazados y la salud quebrada. Y de pronto, alguien me brindó la palabra necesaria, excedencia, y me dejó sin excusas ante el espejo vital de las obligaciones al que me acostumbré desde niña.

¿Excedencia? La voz mágica fue haciéndose grande e inaplazable a pesar de todo y contra todo pronóstico. No ha habido tiempo suficiente para ahorrar y emprender aventuras, tampoco mi cuerpo estaba preparado. Esta vez no hubiera sido capaz de llenar una maleta con los pliegues del cansancio. De momento, disfruto de la pausa y el sueño. Así pues, julio ha comenzado de forma extraña, desobedeciendo al despertador programado y perpleja ante un tiempo nuevo. Aún estoy desubicada frente al calendario, procesando los consejos que me llegan y los deseos propios, cuadrando la anchura de los días con las expectativas.

Mi extrañeza está rodeada de un silencio que recuerda el tiempo de la pandemia. El bar de abajo ha cambiado sus horarios y durante la mañana reina el silencio. El instituto próximo ha bajado las persianas de las aulas y ha desaparecido el bullicio que enmarcaba mi jornada laboral de teletrabajo, entre el paseo adormilado y numeroso de primera hora y la ruidosa estampida del mediodía. Pero este tiempo no es el del confinamiento y la pandemia, aunque el bicho siga suelto, vivito y coleando. En mi caso, confío en que sea el tiempo de la salud y el disfrute, también para los proyectos de escritura que requerían las horas seguidas que no existían.

Tras los primeros días, empieza a asustarme que todo este tiempo pueda evaporarse como en una magnífica tribuna de Juan José Millas, que recuerdo al inicio de cada periodo vacacional. En aquel texto, que no logro encontrar en Internet, el gran columnista que es Millás atinaba al comparar las vacaciones con la bebida que siendo un niño reclamaba en la verbena estival; y avisaba del peligro de que estos días tan anhelados se disipen como aquella gaseosa, consumida con un ansia que impedía saborearla.

Supongo que el recuerdo de ese texto y la obstinada huella de la productividad me llevó a buscar una larga lista de tareas (personales y domésticas), que hace tiempo escribí y después abandoné por falta de fuerzas. Nada más dar con ella, Fénix se tumbó encima. Lo interpreté como un alegato a favor de la pereza. Sólo él, capaz de dormir durante horas, podía imponerme el mandato del descanso y detener el tiempo. Cuando, por fin, levantó su tripa blanca del papel, descubrí que era una vieja versión. Un nuevo hallazgo a destiempo que me enfrentaba con lo que fijamos como tarea ineludible cuando tal vez no lo sea.

¿Sustituir un rodapié arañado? ¿Comprar disolvente para quitar el adhesivo de una puerta? ¿Abrir las cajas convertidas en mesilla tras una mudanza que cumple cuatro años? ¿Ordenar las fotos que se han vuelto hambrientos seres digitales que devoran el disco duro? ¿Revisar los contratos de suministros abusivos? Por supuesto, retomar el dentista y pagarlo religiosamente; volver a revisar mis ojos y atender nuevos achaques. Guardar la ropa de invierno y buscar el bañador del año pasado porque el agua será posible tarde o temprano, y hay que ver si falla el material elástico o mi cadera. La lista era y es demasiado larga. Estoy dispuesta a tener en cuenta ese consejo felino.

Recordaré que he llegado a este punto casi por prescripción médica. Pero también me apremia que esta pausa sea una cita con el deseo de completar los cuadernos abandonados y retomar el placer de la lectura, un reencuentro feliz y productivo con las palabras. Hay varios proyectos en curso y una pila de libros que han llegado a casa sin alcanzar el hueco alfabético de la estantería. ¡Me hacían tanta falta el día de su compra impulsiva! Pero luego, más que el impulso, faltó el aliento para dar sentido a su promesa de placer y aprendizaje, porque es imposible escribir sin leer, y desde hace demasiado no encuentro el estado mental que requieren los libros que necesito.

Junto a las exposiciones pendientes y las salas de cine, libros y cuadernos han de recrear un verano como el de mi infancia, cuando el calor sofocante me impedía dormir y la madrugada sin horarios se convertía en una interminable noche bajo el flexo, hasta que un mosquito más grande de lo habitual me sacaba de algún mundo imaginario.

Para este tiempo de excedencia sin excesos, he de conectar con el largo verano que existió antes de las obligaciones, sus tardes anchas de calor y siesta, sus mañanas de pereza y tiempo por hacer. Recuerdo que, en aquellos meses de julio y agosto, rescataba las páginas sin escribir de los cuadernos escolares e intentaba historias más ambiciosas que mis recursos de narradora. También pasaba a limpio los poemas que habían ido surgiendo durante el curso. Sólo quería escribir y leer porque sabía que en las palabras existía un refugio contra cualquier inclemencia. Y ese era el mejor de los propósitos.

Hoy necesito reencontrarme con los sueños de la infancia. Quizás este verano similar y extenso sea propicio para sintonizar con quien fui y reconciliarme con quien no soy, hacer las paces con quien se perdió por recorridos vitales que no le eran propios y atendió urgencias que carecían de sentido.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Serán los cincuenta. Será haber llegado al límite de mis fuerzas y mis preguntas. Será el deseo de alimentar la vida con nutrientes reales y saludables. Será la palabra de otros que se ha hecho estímulo y motor. Será la necesidad de respeto para conmigo… Sin duda, deben ser muchas cosas. Tantas que, por fin, me he concedido el regalo del tiempo.

Crónica. Poesía de alto voltaje

El pasado sábado 25 de junio volvimos al templo de Enclave de Libros para la presentación del nuevo libro de poemas de Antonio Méndez Rubio, Tanto es así, editado por Vaso Roto.

Flanqueado por los poetas y atinados lectores, Esther Peñas y Carlos Jiménez Arribas, la palabra cobró su dimensión más espléndida y el misterio del buen hacer poético se fue desvelando en un acto que sentí infinitamente no haber grabado.

Estas notas tomadas al vuelo recogen parte de cuanto alberga el libro y lo que se dijo, parte de las preguntas y los temblores que se compartieron en una conversación generosa y cómplice.

Se habló de Tanto es así como poética del corte, la amputación de la forma, poesía del despojamiento. También del síncope, el poema que duele al escribirse y al leerse, en el marco de una honda coherencia y una indagación constante. De la poesía que está al margen del significado y de la lingüística, lo que no tiene nombre y existe. La reticencia a decir y a saber. El poema como entreacto, lugar de encuentro con el lector.

El diálogo se iba entrelazando como un acto erótico, porque el ‘eros’ estaba imantando todo. Si se refería Jiménez Arribas a “una obra que implica un cierre” dentro de una poética de mucha emoción; Esther Peñas exponía que “algunos cierran inaugurando”. Desbordado, Méndez Rubio atinó a decir que tal vez el poema “sea algo entreabierto donde corre el aire”. Quizás, como ese claro del bosque, como el ramaje de los árboles citados (álamos, olmos, encinas, olivos…), que también dejaron su rumor de hojas en el encuentro de ayer.

Hubo inevitables referencias a otras obras de Méndez Rubio, porque su poesía y su ensayo son también un bosque con el que estamos en deuda muchos lectores.

“Para mí el lenguaje es una fosa común”, dijo Méndez Rubio, quien alertó del tiempo que vivimos: “La vida está en destrucción, en todos los planos, eso ya lo sabemos desde hace mucho. Ahora, el siguiente paso es que no queramos vivir. Ese es el nuevo paso del nuevo fascismo en el que estamos. El nuevo negocio”.

Esa frase tan certera me puso frente al espejo de esos días en los que cuesta poner un pie detrás del otro, mantener el aliento necesario.

Y ante ese peligro que se cierne sobre nuestra existencia, actos como este, compartir palabra y abrazo, dejarse mecer por la poesía que nos mantiene en la emoción y en la alerta inteligente, quizás sea uno de los mejores caminos.

Por eso, salimos todos con un libro bajo el brazo, con una sonrisa en los labios, con la certeza de otra jornada nutriente para la vida.

Y para saciar el apetito que puedan dejar estas líneas, un par de poemas.

OTRA MAÑANA

que no es un signo. Da

el sol. Se para el aire

porque sí. Procuro

hacer con la ira

lo que tú con mi abrazo.

¿Ves? En árboles

sin tiempo para nada

la fruta existe

por instinto, por la insistencia

en las mismas palabras

que nos íbamos a tener

que decir.

DE AQUÍ SE VAN TAMBIÉN

los únicos pájaros

que hasta aquí habían venido

buscándose los unos

a los otros. Por

esa sensación de exilio

sus cuerpos no resisten

ser recordados.

Sus cuerpos reconocen

lo mismo: que eso

no significa nada.

Que el significado es una palabra

de menos.

(Poemas de las páginas 12 y 25, aunque podrían ser otras páginas, y otros los textos).

Tanto es así. Antonio Méndez Rubio. Vaso Roto Ediciones, (Madrid, 2022)

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